Nos encomendamos, Señor, como cada domingo. Ante tu presencia nos ponemos en tus manos. Te damos las gracias por el privilegio de tener la sabiduría de tu palabra, de tu revelación escrita a la disposición de nosotros. Nos disponemos ahora, Señor, a considerar una historia de ella y te pedimos que seas tú en medio nuestro. Permítenos, Señor, sentirnos acompañados. Permite que sea tu Espíritu Santo haciendo que tu palabra se impregne en nosotros.
Mira aquellos, Señor, que quizás no están tan familiarizados con la predicación de tu palabra; permite que entiendan y que tengan una disposición a obedecer. Mira a mis hermanos que ya fueron salvos, Señor; permite que entiendan su salvación, que la valoren todavía de una manera más profunda, más especial. Permite, Señor, que aquellos que han estado considerando el Evangelio, hoy, por la exposición del Evangelio en la Escritura, se sientan, Señor, compelidos a obedecer, a rendir su vida en adoración a ti. Gracias por tu palabra, Señor. Acompáñanos en este tiempo. En el nombre de Jesús, amén.
Acompáñenme, hermanos, en sus Biblias, segundo libro de Samuel, en el capítulo 9. Recuerden que en este año completo he estado exponiendo la Escritura en el Antiguo Testamento, con la meta específica de que podamos ver a Cristo revelado en toda su palabra. Hace unos cuantos domingos comencé a predicar acerca de la historia de Israel, que es el periodo de la monarquía. Ya hemos considerado el reinado de Saúl, que fue el primer rey de Israel. También, el domingo pasado, expuse acerca de uno de los episodios en la vida del rey David.
Y hoy expondré de nuevo la Escritura en este momento histórico, que es David ya no preparándose para reinar, sino David siendo rey de Israel, y la misericordia que hizo hacia Mefiboset. Considero, hermanos, necesario dedicarle por lo menos dos sermones a la historia del rey David, porque es una historia sumamente larga en la Escritura. Por lo menos la mitad del libro de primera de Samuel se dedica al rey David mientras David se preparaba para ser rey de Israel, y el segundo libro de Samuel completo se dedica a su reinado. Y si buscan el libro de los Salmos, gran parte del libro de los Salmos fue dedicada al rey David. Podríamos decir que el rey David es el personaje central en el Antiguo Testamento.
Tipología y anuncio de la gracia en la historia de Mefiboset
Hoy estaremos viendo la misericordia de David hacia Mefiboset, y es esta un anuncio de nuestra propia salvación. Dice nuestra introducción que las historias narradas en el Antiguo Testamento no solamente contienen lecciones prácticas para llevar una vida piadosa, sino que apuntan figuradamente a diferentes doctrinas que alcanzan su mayor claridad con la venida de Cristo, que es el punto culminante de toda la revelación. Estas anticipaciones figuradas reciben el nombre de tipos o símbolos tipológicos.
Esto fue lo que permitió que los primeros cristianos entendieran que verdaderamente Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios, anunciado y esperado. Hoy veremos una tipología histórica de nuestra salvación con la figura del rey David y la gracia que mostró hacia Mefiboset. Veremos que la salvación es la iniciativa de Dios, que se ofrece no por obras o méritos, sino por pura gracia; que tiene su origen en los méritos de alguien más; que se recibe con profundo agradecimiento y humillación, y que seremos capacitados para recibir sus beneficios.
Terminaremos viendo que la promesa de salvación puede permanecer a pesar de nuestros errores, pues cuando venimos arrepentidos llegamos a experimentar aún más profundamente el misericordioso amor de Dios; que la gloria de Dios es aún más grande cuando su amor es aún más manifiesto. Acompáñenme al capítulo 9 del segundo libro de Samuel y consideremos esta historia, tratando de ver en ella reflejada nuestra propia salvación.
Lo que haré es que leeremos completo el capítulo 9, que es un capítulo relativamente corto, y luego, en cinco partes, estaré explicando la relación que guarda esta historia con nuestra propia salvación. En este momento, David ya está siendo rey sobre Israel. Ya ha tenido una victoria relativamente plena.
El reino está en un tiempo de tranquilidad, y en este momento entonces se introduce la historia de Mefiboset. Dice así la palabra del Señor, segundo libro de Samuel, capítulo 9:
Dijo David: ¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán? Y había un siervo de la casa de Saúl que se llamaba Siba, el cual llamaron para que viniese a David; y el rey le dijo: ¿Eres tú Siba? Y él respondió: Tu siervo. El rey le dijo: ¿No ha quedado nadie de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia de Dios? Y Siba respondió al rey: Aún ha quedado un hijo de Jonatán, lisiado de los pies.
Entonces el rey le preguntó: ¿Dónde está? Y Siba respondió al rey: He aquí, él está en casa de Maquir hijo de Amiel, en Lodebar. Entonces envió el rey David, y le trajo de la casa de Maquir hijo de Amiel, de Lodebar. Y vino Mefiboset hijo de Jonatán, hijo de Saúl, a David, y se postró sobre su rostro e hizo reverencia. Y dijo David: Mefiboset. Y él respondió: He aquí tu siervo. Y le dijo David: No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre, y te devolveré todas las tierras de Saúl tu padre; y tú comerás siempre a mi mesa. Y él inclinándose dijo: ¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?
Entonces el rey llamó a Siba siervo de Saúl, y le dijo: Todo lo que fue de Saúl y de toda su casa, yo lo he dado al hijo de tu señor. Tú, pues, le labrarás las tierras, tú con tus hijos y tus siervos; y almacenarás los frutos, para que el hijo de tu señor tenga pan para comer. Pero Mefiboset el hijo de tu señor comerá siempre a mi mesa. Y tenía Siba quince hijos y veinte siervos. Y respondió Siba al rey: Conforme a todo lo que ha mandado mi señor el rey a su siervo, así lo hará tu siervo. Mefiboset, dijo el rey, comerá a mi mesa como uno de los hijos del rey. Y tenía Mefiboset un hijo pequeño que se llamaba Micaía. Y toda la familia de la casa de Siba eran siervos de Mefiboset. Y moraba Mefiboset en Jerusalén, porque comía siempre a la mesa del rey; y estaba lisiado de ambos pies.
— 2 Samuel 9:1–13
Hermanos, estas son una de las historias más sobrecogedoras del Antiguo Testamento sobre la gracia del Señor manifestada a un hombre. Podríamos considerar diferentes otras historias del Antiguo Testamento que también se refieren a la gracia del Señor, pero yo encuentro que, de todas esas historias, esta es la historia más sobrecogedora.
Tal como vimos el domingo pasado, el rey David había estado huyendo durante toda su vida de la persecución de Saúl. Ya por la misericordia del Señor, David había llegado a reinar sobre Israel. El mismo Señor se encargó de hacer que la familia de Saúl quedara despojada del reino sin tener David que intervenir. No era algo deseable para ningún rey tener en su séquito, tener en su reino, a los hijos del rey pasado; no era lo que se acostumbraba humanamente hablando. Las posibilidades de Mefiboset eran mínimas. Era una persona incapacitada físicamente, pertenecía a la familia contraria, a la familia del rey David. Por sus propios medios, él nunca podía haber conseguido una manifestación de la gracia del rey tan amplia como la que consiguió.
Nosotros somos Mefiboset: la iniciativa soberana de Dios
Y me gustaría, hermanos, que mientras predique esta porción de la Escritura recuerden ustedes desde ahora que nosotros somos Mefiboset; que, del mismo modo, hemos sido alcanzados por la salvación del Señor cuando nosotros no lo merecíamos; que por la gracia del Señor nosotros hemos sido acercados. Pero más que esto, me gustaría que nosotros analizáramos nuestra propia salvación en cinco puntos, y que a la luz de esta historia podamos nosotros ver nuestra propia historia.
Comenzaré considerando la primera parte, y es que Mefiboset fue mandado a buscar. Con esto pretendo explicar que la salvación es la iniciativa de Dios. “Dijo David: ¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán?” Lo mandaron a buscar. Mefiboset no estaba contando con esta providencia. En sus planes, en sus sueños, no estaba que jamás podría sentarse en la mesa del rey David. Pero Mefiboset fue mandado a buscar.
Quiero establecer, hermanos, que la salvación no es la iniciativa nuestra; es la iniciativa de Dios, que nosotros somos el objeto de la salvación de Dios, pero es por su amplia misericordia. Que si acaso dependiera de nosotros, ninguno de nosotros merecería estar hoy congregado en la iglesia del Señor. Es por la misericordia del Señor, no es por otra bondad, que nosotros hemos sido alcanzados.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.
— 1 Juan 4:10
Que no es la iniciativa de Rafael hacia Dios, que es la iniciativa de Dios hacia todos nosotros. David le mandó a buscar; no le buscó personalmente, pero fue una invitación personal. No fue que David fue a casa de Mefiboset, no fue que David mandó a buscar a todos y se equivocó; pero en ese envío, en esa iniciativa, se puede entender que el llamado es un llamado personal. Quizás aquí hay personas que dicen: “Yo nunca escuché la voz de Dios directamente, que me estaba llamando a mí; nunca Dios me llamó por mi propio nombre”, pero Dios te mandó a llamar. Y si acaso el llamado salió de la casa del rey, es un llamado personal.
Miren, si David no lo hubiese buscado, Mefiboset nunca hubiese ido. Había razones por las cuales Mefiboset nunca podía haber llegado a la presencia de David. Bueno, la primera razón es una razón física: era lisiado de ambos pies, era un cojo. Este era un defecto vergonzoso en el mundo antiguo. Una persona con un defecto en su cuerpo no se presentaba en la corte del rey. La corte del rey estaba reservada para lo más refinado de la sociedad. ¿Qué busca un cojo en la casa del rey?
Pero no solamente era un defecto vergonzoso y una incapacidad física; al mismo tiempo se puede decir que era nieto de Saúl, el enemigo de David. ¿Saben cómo salió Mefiboset cojo, cómo llegó a estar cojo? Que cuando la familia de Saúl salió de Jerusalén, quien le cuidaba salió corriendo con él para salvarle la vida y se le cayó, y parece que los huesos del niño no se juntaron bien y quedó cojo para toda su vida. Mefiboset salió de Jerusalén cuando tenía cinco años. Ya era un hombre que tenía hijos y no había regresado a Jerusalén. ¿Qué posibilidades había de que Mefiboset volviera a estar en Jerusalén y estar en la casa del rey? Ningunas. Era un riesgo para la consolidación del reino.
Del no había memoria. Mefiboset no era un hombre conocido. David hubo que preguntar si acaso había alguien. “¿Acaso hay aquí algún descendiente de Saúl, algún descendiente de Jonatán al cual yo le haga misericordia? ¿Queda alguien?” No era un hombre conocido en Jerusalén. No había una genealogía que hablara de él. David tuvo que salir a buscar, y apareció alguien de aquellos tiempos que recordó que un niño lisiado de pies, que parece que fue tan insignificante Mefiboset, que ni siquiera lo mandaron a buscar, estaba viviendo en alguna parte.
Hermanos, la salvación es la iniciativa de Dios y no depende de nosotros. El Señor pregunta por nosotros directamente; en esto vemos la intencionalidad de la salvación. Recuerdo cuando el rey David iba a ser ungido, que su papá puso a desfilar todos sus hijos y ninguno de esos fue hallado, y el profeta preguntó: “¿Acaso no habrá alguno más?” La salvación del Señor es un llamado personal. Y quizá tú no verás a Dios que venga a buscarte él con sus propias manos, pero cualquier medio que utilice el Señor para llamarte debe ser considerado como llamado personal.
El llamado de Dios y las evidencias de su amor
En esta pregunta de David hay una intencionalidad. Hermanos, si un hombre dice que tomó la iniciativa de su salvación, sucede una de dos cosas: obtiene una imagen disminuida de quién es Dios u obtiene una imagen exagerada de quién es él. Si tú entiendes que por tus propios medios pudiste ser salvo, sucede una de esas dos cosas: o todavía no entiendes la profunda enemistad que existe entre tú y Dios, ignoras tal cosa, o todavía no entiendes ese profundo amor de Dios que hace que se supere esa enemistad.
No somos salvos porque salimos a buscar a Dios; somos salvos porque Dios nos buscó a nosotros.
No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros.
— Juan 15:16
Es la intencionalidad del llamado de Dios. Es un llamado personal: Dios te mandó a llamar. Hay evidencias del llamado de Dios en cada hombre. Hay personas que dirán: “Yo nunca vi un ángel”, yo tampoco. “Yo nunca escuché una voz gutural que dijo: ‘Hijo mío, ven a mi presencia’”, pero hay maneras en que Dios nos manda a buscar.
El instrumento que el Señor utilizó con Mefiboset fue un siervo de Saúl que se llamaba Siba. El instrumento que el Señor utilizará contigo, yo no sé cuál es, pero el Señor utilizará algún instrumento. Quiero dar evidencias de que Dios está llamando al hombre, si tú dudas de que el Señor tiene un amor expansivo que sale a buscar a sus hijos. Yo he traído evidencias de que Dios ama al hombre.
Primera evidencia: la expansión de la iglesia. Que haya una iglesia literalmente ahora mismo en cada barrio, en cada pueblo, en cada poblado, en los lugares más recónditos. Tú encontrarás una iglesia local. La iglesia local es un llamado de Dios al mundo. El culto cristiano, la asamblea de la iglesia, las puertas abiertas, el que todos vengan a escuchar la predicación y a participar en la adoración, es una invitación directa. Dios te llama si has oído de un culto cristiano. Si has visto que por tu casa hay una pequeña iglesia, puedes entender que esa pequeña iglesia, ese culto cristiano, es una evidencia del llamado de Dios.
La segunda evidencia: la disponibilidad de las Sagradas Escrituras. Al día de hoy se podría decir que la Biblia está en cada lengua principal, y no solamente en cada lengua principal, sino también en pequeños dialectos; que el Señor se haya encargado de dejar testimonio escrito y traducirlo a tu propia lengua, es una evidencia de que Dios te está llamando. Son muchas las personas que han entendido el amor de Dios porque alguien les regaló un Nuevo Testamento, una Biblia, un pequeño tratado con porciones de las Escrituras. Que la palabra de Dios esté disponible es una evidencia de que Dios nos ama.
La tercera evidencia: la paciencia benevolente de Dios. ¿Por qué el Señor no te ha destruido? ¿Mereces tú la vida? ¿Mereces tú estar presente? ¿Por qué Dios no te ha destruido? Dice la Escritura que el Señor no retarda su venida, como algunos dicen, sino que es paciente, esperando que todos entren; que ninguno se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento. Tú merecías la muerte instantánea, tú no merecías estar vivo; pero que estés vivo, que respires.
Pon tu mano en el pecho. Si tú sientes que tus pulmones se inflan, significa que estás vivo, y si estás vivo es por la misericordia del Señor. Y la única razón que dice la Escritura que tiene el Señor para permitir la vida del impío es esperar que el impío abra sus ojos a la realidad de Dios y que proceda a la salvación.
Mefiboset no merecía entrar en la ciudad santa. Tú no merecías sentarte a la mesa del Rey. Tú fuiste mandado a buscar. Ya que hay gente que todavía no entiende que Dios le busca, te pregunto sobre tu conciencia. La cuarta evidencia: la conciencia de pecado. La providencia del Señor para el pecador es que, cuando estás en el absoluto silencio, recuerdes que eres miserable, te recuerdes triste. Esa tristeza que le llega al pecador en su silencio es la conciencia que da testimonio en contra suyo. Te dice: “Tú no eres bueno. Tú estás correctamente vestido por fuera, pero por dentro tu corazón apesta”. El Señor le llamaba “sepulcro blanqueado”.
Quizás tú no estás escuchando tu conciencia porque quizás los niveles de alcohol, cada cierto tiempo, cuando eso se enciende, lo detienen. Quizás tú no estás escuchando tu conciencia porque siempre estás rodeado de gente; y hay personas que necesitan estar rodeadas de gente. Quizás tú no estás escuchando tu conciencia porque tienes a Twitter, tienes a Facebook, tienes a Instagram, que te están mandando constantemente un tuit, te están alimentando, y eso hace que te distraigas. Pero cuando detienes todo ese ruido, encontrarás tu conciencia, y tu conciencia te dirá que estás muerto en tus delitos y pecados, que no eres tan bueno como dice tu perfil, que adentro de ti tú no eres tan alegre como tú dices que eres; que hay una tristeza que te llega de vez en cuando. Es tu conciencia que está hablando a ti, que te dice: “Eres pecador y necesitas de Dios”.
La quinta evidencia: la predicación personal. Yo diría que, al día de hoy, virtualmente no hay un dominicano que pueda decir que Dios no le ama, porque alguien te ha dado el testimonio de Cristo. A ese que tú quizás le respondiste con maldición porque te dio un tratado, ese te estaba diciendo: “Dios te ama”. Ese que tiene un megáfono encendido, y tú le tildaste de loco, lo que salió a la calle fue a decirte que Dios te ama. Ese que te detuvo y te invitó a una iglesia, lo que te está diciendo es: “Dios te ama”. El testimonio personal de Cristo es evidencia de que Dios ama al hombre y le invita a que venga a su presencia.
Pero termino este punto con esta otra evidencia: las providenciales situaciones de cambio. El ser humano vive en su comodidad y llega a entender que está bien, pero cada cierto tiempo el Señor vuelca su vida y permite que experimente una crisis, quizás más grande o más pequeña. Quizás la crisis que vas a experimentar es una crisis financiera. Quizás te van a despedir de tu trabajo. Quizás tengas una situación de salud. Quizás pierdas un ser querido. Pero en situaciones como esa, el hombre se abre a su realidad y dice: “Caramba, he salido de mi zona de confort. Ha cambiado mi realidad. ¿Con qué me he encontrado? Con que estoy muerto en mis delitos y pecados”.
Son muchas las personas que han venido a Cristo después de haber perdido un empleo, después de haber tenido un accidente, después de haber tenido una situación de salud, después de haber perdido un ser querido. Y es que, en momentos como esos, el ser humano se abre a la realidad de que es más vulnerable de lo que pensaba.
Con todo esto te digo que la salvación es la iniciativa de Dios. No fue que Mefiboset buscó al rey David, fue que el rey David preguntó y mandó a buscar a Mefiboset. No es que tú hiciste un esfuerzo para salvarte, es que el Señor dio a su Hijo para morir por ti en una cruz. El esfuerzo está del lado de él y la invitación también.
Tengo que moverme a un segundo punto. Ya te he explicado que la salvación es iniciativa de Dios, no del hombre. Ahora te diré que la salvación no se ofrece ni por obras ni por méritos. Cuando David preguntó si acaso había alguno, no le trajeron un guerrero fornido, no le dijeron: “Aquí hay uno que es más grande que Goliat”. No le trajeron un hombre sabio: “Mira, aquí hay uno que estaba en la corte de Saúl, es el hombre más inteligente que hay en todo el reino”. No le trajeron un gran administrador como José, no le dijeron: “Sí, aquí hay uno que es hijo de Jonatán, el más iluminado administrador que puedes tener en tu corte”. Le trajeron un lisiado.
David quería hacer misericordia, y el objeto de su misericordia era uno que no podía devolver la gracia. ¿Qué podía hacer Mefiboset para agradar a David? ¿Cómo podía ser útil para él? ¿Podía él luchar por David? ¿Podía defender a David? No podía hacerlo.
Salvación por gracia, no por méritos
La salvación no se ofrece ni por obras ni por méritos. El mérito es de Cristo y las buenas obras son el resultado de nuestra salvación. Me permiten leer lo que dice el libro de Efesios, en el capítulo 2, desde el versículo 1:
Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.
Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia.
— Efesios 2:1–7
Hermanos, nosotros no fuimos llamados para que el Señor utilice el talento nuestro. Nosotros fuimos llamados cojos en nuestros pecados. Así como Mefiboset era lisiado de pierna, nosotros no teníamos nada en nosotros mismos con lo cual podíamos agradar a Dios. Nosotros no somos dignos, somos dignificados. Nosotros no somos justos, somos justificados. Nosotros no vencimos, Cristo venció por nosotros.
La salvación no es “yo he vencido, soy un cristiano”. Es más, hay personas que están confundidas con esto, piensan que el cristianismo es como un premio al logro. “Yo soy cristiano; tú sabes, sí, ya yo vencí”. Tú no has vencido. Dice la Escritura que Cristo venció, y en Cristo vencemos nosotros. No ha salido de nosotros virtud, no ha salido de nosotros méritos; todo el mérito es de él.
Mefiboset no tenía nada que darle al rey David, y el rey David dijo que estaba por mostrarle “misericordia de Dios”. En primer lugar les he dicho que la iniciativa es de Dios. En segundo lugar les he dicho que no es por mérito, no es por obras ni es por nuestra capacidad; es por los méritos de alguien más, y ese alguien más es Cristo.
Es más, David le dijo a Mefiboset: “Yo no te conozco a ti, pero años atrás, cuando David estaba corriendo, él se encontró con Jonatán y le prometió a Jonatán que haría misericordia con su descendencia”. Mira, Cristo quizá a ti no te conoce en el sentido de que tú no tenías méritos, pero el Padre conoce a Cristo, y los méritos de Cristo son aplicados a ti. No es porque tú lo lograste, es porque Cristo lo logró, y cuando el Padre te ve a ti, él ve a Cristo. Por tus propios medios tú no podías estar en pie en la presencia del Señor, pero la justicia de Cristo te ha sido imputada a ti.
La misericordia ofrecida a Jonatán la recibió Mefiboset. Recuerden, hermanos, la salvación es iniciativa de Dios. En segundo lugar, la salvación se ofrece a nosotros por pura gracia.
Cómo se recibe la gracia: solicitud, humillación y gratitud
En este tercer punto pienso detenerme. Mefiboset es mandado a llamar, es el ente pasivo. Cuando Mefiboset llega a la presencia del rey, recibe una misericordia; se le han dado cosas con las que él no contaba. Resumo lo que se le ha dado. Dice el texto:
“Y vino Mefiboset hijo de Jonatán, hijo de Saúl, a David, y se postró sobre su rostro e hizo reverencia. Y dijo David: Mefiboset. Y él respondió: He aquí tu siervo. Y le dijo David: No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre, y te devolveré todas las tierras de Saúl tu padre, y tú comerás siempre en mi mesa”.
Resumamos lo que este hombre está consiguiendo, no por sus propios méritos, sino por los méritos de alguien más. ¿Qué está consiguiendo Mefiboset? Le han dado acceso a la mesa del rey. Le han dado una gran herencia, una herencia que él quizá ni siquiera iba a poder contar durante toda su vida, porque era todo lo que había tenido el rey Saúl.
Y me gustaría también poner en proporción cuál ha sido su actitud ante esto. Lo primero es que ha respondido con solicitud, con profunda reverencia, humillación, con temor ante el rey y al mismo tiempo con agradecimiento. Hermanos, miren, la salvación es algo tan sobrecogedor que uno a veces no sabe cómo responder al Señor por esto que nos ha dado. Y si tú no sabes cómo se responde al Señor por esto que te ha dado, toma el ejemplo de Mefiboset.
Lo primero es que Mefiboset vino, eso se llama solicitud. Cuando lo mandaron a buscar, vino. Bueno, pues Mefiboset podría decir: “Yo me lo merezco porque yo vine”. Eso es lo mismo que dicen algunos hermanos míos: que la salvación es suya porque ellos fueron los que aceptaron a Cristo. Hermano, y eso es mérito: haberse movido para recibir algo que usted no merecía, eso es mérito. Pero la Escritura presenta que todo es gracia.
Lo segundo: una profunda humillación. Dice que se postró e hizo reverencia. Le dijo: “He aquí tu siervo”. Y David tuvo que calmarlo; David le dijo: “No temas”. ¿Y a qué podía temerle Mefiboset, hermano? Te puedes imaginar a qué podía temerle. Bueno, él podía pensar: “Yo soy nieto de Saúl. Mi familia salió de aquí corriendo. Yo he estado viviendo, desde los cinco años, fuera de Jerusalén y lejos de Israel porque tengo temor a que si pongo un pie aquí dentro me lleven la cabeza. Y ahora me encuentro postrado, con la cabeza en el suelo, ante el rey David”. David tuvo que decirle: “No temas, Mefiboset”.
Pecador que está aquí presente, persona que no tiene todavía la gracia de Cristo sobre tu cabeza, ten cuidado al presentarte en la presencia del Señor. ¿Cómo que se aparece un pecador ante el Señor? Un pecador que viene se le aparece humillado y dice: “Señor, yo sé que tú tienes la autoridad para llevarme la cabeza, pero yo apelo a tu misericordia. Tú me mandaste a buscar y vine”. Uno no entra a la presencia del Señor soberbio, uno no entra engreído.
He escuchado personas que dicen: “Yo estoy esperando el día en que me voy a convertir”, y yo a veces sospecho que ellos creen que cuando lleguen a convertirse a la iglesia se van a abrir las puertas, van a aparecer luces, les van a tirar una alfombra, van a venir hasta aquí y van a decir: “Yo me arrepiento ante el Señor”. No es así. Mefiboset admira la presencia del rey, pero va a venir solícito, va a venir con una profunda humillación y lleno de temor. Y si realmente tú has reconocido quién es Dios, y qué grande es tu deuda con Dios, tu corazón debería decir: “Ay, ay, ay, yo estoy aquí, y si él no hace misericordia, me llevan la cabeza”.
Es como Ester cuando llegó donde el rey; ella dijo: “Mira, yo voy a presentarme, y que sea lo que el Señor quiera. Si me llevan la cabeza, que me la lleven; si no, entonces que haga conmigo misericordia”.
Amigo que está aquí presente, si tú no te has arrepentido de tus pecados ante el Señor, tú eres su enemigo. Dice la Escritura que tú eres enemigo de Dios, y lo que tú tienes que hacer es mostrar una profunda humillación.
Algo interesante en esto, hermano, es que Mefiboset recibió, de un momento a otro, una gran provisión, pero en medio de esa provisión se nota su humillación. No es que Mefiboset anda corriendo diciendo: “Ahora el mérito que lo había tenido era el mérito de los hijos”. Miren, ni siquiera los sirvientes de David tenían el derecho que él tenía. Es la familia más íntima. La gente se preguntará: “¿Pero y eso no?” El mérito no es comer, no es la comida, porque comida tenían en sus tierras, es comer con el rey. Es el acceso a la intimidad del rey, a la cercanía.
Yo imagino que estando ahí tan cerca en la casa del rey, él escuchaba los pensamientos del rey y sus planes para el día, su agenda diaria, hasta sus preocupaciones. El privilegio de los hijos. Hermano, eso es significativo. Miren, cualquier persona llega a la oficina de alguien, pero no todas las personas llegan a la mesa del desayuno de ese alguien.
Me contaban en días pasados unas personas de una fundación de estas que hacen aquí responsabilidad social y todos esos temas. Me dicen: “Mira, nosotros estuvimos entrando aquí al país y buscamos entrar por los medios de comunicación y demás, y los empresarios no nos recibían. Como lo hicimos fue que fuimos a los colegios donde estudian los hijos de los empresarios, y a través de los hijos de ellos nosotros mandábamos el mensaje, y los hijos, cuando estaban desayunando, aparecían: ‘Papi, mira, yo pertenezco a tal fundación que anda buscando hacer tal cosa, yo quisiera que tú les ayudes’. Y cuando nosotros entramos así entonces dio resultado”. Ah, es que no es lo mismo mandarle a un empresario de este país una propuesta a su oficina que dársela con su hijo en la hora del desayuno.
¿Cuál era el acceso que tenía Mefiboset? Mefiboset tenía acceso a verse todas las veces con el rey al comenzar el día. Podía comer con él, el acceso a la mesa del rey, la intimidad. Pero miren cómo él mismo se calificó: él dijo: “Yo soy un perro muerto”. Todavía queda una lección para todo aquel que se considera cristiano: es entender que tú no eres creyente por tus propios méritos, sino por los méritos de Cristo.
Pablo era el apóstol Pablo, y en sus cartas hablaba de Pablo pecador. Pablo era el apóstol Pablo, y él decía de él: “Yo soy el menor de todos los santos, el más pequeño”. Y decía: “Entre los apóstoles, yo soy un abortivo; no soy digno de ser llamado apóstol porque perseguí la iglesia del Señor”. ¡Qué distinto esto con mis hermanos al día de hoy, que cuando se les dice: “¿Y tú quién eres?”, dicen: “No, yo soy un santo, yo soy creyente”!
A veces, hermanos, apelamos a esas cosas que son asuntos que emocionan, pero hay que decirlo con cuidado. Por ejemplo, quizá en tu perfil de Twitter, en tu bio, dice: “Hija favorita de Papá Dios”. Hay otro que dice: “Hijo del Rey”. ¿Hijo del Rey Saúl es lo que tú eres, hijo del Rey Saúl? Otro dice: “Yo soy heredero”. Hermanos, todas esas cosas son verdad. Miren, nada de eso es mentira, nada de eso es mentira, pero primero di que tú eres pecador, que estabas muerto en tu delito y pecado, y que por la misericordia del Señor has pasado de muerte a vida.
Mefiboset dijo: “¿Qué soy yo? Yo soy un perro muerto al que el rey ha mostrado misericordia”. Eso es lo que es un cristiano, no es alguien que es mejor que nadie; es una persona que estaba tan muerto como todos los muertos de esta tierra y vio la misericordia del Señor.
Les he dicho en primer lugar que la salvación es la iniciativa de Dios. Les he dicho en segundo lugar que no es por mérito, que los cojos podemos entrar. Y les he dicho en tercer lugar que se recibe con solicitud, con profunda humillación, con un temor reverente y con mucho agradecimiento. El Señor no está esperando que tú vengas con ofrenda todos los días; lo que está esperando es que todos los días tú te levantes diciendo: “Señor, gracias por la salvación de mi alma. Gracias porque estaba muerto y estoy vivo. Gracias porque tengo esperanza”.
Dios nos capacita para disfrutar los beneficios de la salvación
Paso al cuarto punto. A Mefiboset le están dando cosas, pero Mefiboset no tiene capacidad de aprovechar esas cosas. Una de las cosas que le han dado a Mefiboset es tierra, pero él es cojo. ¿Cómo va Mefiboset a explotar esa tierra? ¿Cómo va a cultivar? ¿Cómo va a arar?
La providencia del Señor es tan grande que él no solamente pone el querer, él pone el hacer, el tener la capacidad de que lo hagas. “Mefiboset, yo sé que tú eres cojo, yo lo sé, tú estás postrado, pero yo sé que tú has lisiado de piernas. No solamente te voy a dar todas estas propiedades, sino que te voy a dar una familia completa para que administre esas propiedades a favor tuyo”.
Miren lo que le dijo el rey David: “No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre; te devolveré toda la tierra de Saúl tu padre”. ¿Qué hago yo con tierra si soy cojo? Verlas quizás. “Y tú comerás siempre de mi mesa”. “Y él, inclinándose, dijo: ¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?” Entonces el rey llamó a Siba siervo de Saúl y le dijo: “Todo lo que fue de Saúl y de toda su casa, yo lo he dado al hijo de tu señor. Tú, pues, le labrarás las tierras, tú con tus hijos y tus siervos, y almacenarás los frutos para que el hijo de tu señor tenga pan para comer. Pero Mefiboset, el hijo de tu señor, comerá siempre a mi mesa”.
Y lo mejor: manda que este hombre, Siba, que tenía quince hijos y veinte siervos, se ponga a trabajar a favor de Mefiboset. Hermanos, una provisión así es la provisión del Señor. Y déjenme relacionar esto con tu salvación. No es un asunto material. No es material el asunto; es que la salvación del Señor es algo tan grande, y tu necesidad es algo tan patética, hermano, que aunque él entregara la salvación, por tus propios medios tú no podrías aplicarla.
Estaba leyendo ahora que el ébola es una epidemia mundial. Estaba leyendo a uno de los primeros científicos que encontró el ébola, y decía que cuando estaban alimentando a los pacientes con solución salina algunos estaban tan desnutridos que no podían ni siquiera administrarles el medicamento. Estaban ahí los nutrientes, pero por su boca estaban ya tan secos que no podían ni siquiera hacer la labor de tragar.
La salvación es algo tan grande y nuestra necesidad es algo tan patético, hermano, que aunque nos entregaran la salvación, por nuestros propios medios nosotros no podríamos aplicarla. Dice la Escritura que para que nosotros seamos salvos el Señor ha hecho una labor sobrenatural, que se llama regeneración, y que si acaso el Señor no nos regenerara, nosotros no podríamos llegar a abrir los ojos a la realidad de Dios.
Lo que te digo en cuarto lugar es que seremos capacitados para recibir los beneficios de la salvación. Eso se llama regeneración. Es una obra sobrenatural que hace el Espíritu Santo en nosotros, que nos da una capacitación sobrenatural, nos da un nuevo entendimiento, nuevos deseos y nuevas capacidades.
La pregunta natural que hay en el incrédulo antes de hacerse cristiano es que él dice: “Es que yo sé que yo no puedo ser cristiano. Yo no tengo la capacidad. Yo no aguanto, usted trae un culto cristiano de dos horas y en los primeros quince minutos me va a ver sentarse en un lado de la silla, después en otro lado, y me voy a aburrir y voy a buscar qué hacer. Es que yo no entiendo esto”.
Dice la Escritura que las cosas de Dios, para el hombre natural, son locura. Traiga al incrédulo a la casa del Señor; tú piensas que se va a gozar en el Señor, hermanos, que va a cantar al Señor con ese gozo, y él va a estar al lado diciendo: “¿Y qué es lo que yo le veo a este asunto? ¿Cómo es que ellos aguantan?” Hermano, un hombre que no ha sido regenerado el culto cristiano tiene un gran problema para él: que no entiende, tiene los ojos cerrados.
Pero al mismo tiempo tú le dirás: “Mira, tú deberías resolver hacerte cristiano; esta es la voluntad del Señor”. Y él te va a decir: “Guau, mira, yo no tengo capacidad para vivir la vida en santidad, para dejar eso. Yo dejar de hacer eso… yo no puedo hacerlo, yo no puedo”. Entonces te dicen muy sinceramente: “Yo no voy a ser un hipócrita, diciéndotelo, yo sé que no puedo hacerlo”. Y es verdad que no pueden hacerlo, y es verdad que no entienden.
“Es que yo no deseo las cosas que ustedes desean”, te dicen. “Los deseos míos son la vanidad de los ojos, la vanagloria de la vida, los deseos de la carne. Ustedes tienen un deseo que no tengo yo. Es que hay gente que nació para ser cristiano; hay gente que no nació para ser cristiano”. No, la diferencia está en que hay gente que, por la misericordia del Señor, recibió la salvación y la regeneración, y gente que no la ha visto.
“Mefiboset, ¿qué haces tú con tierra si no tienes piernas?” El Señor provee no solamente la salvación, sino los medios para que nosotros podamos llegar a obtener los beneficios de la salvación. Cuando una persona llega a Cristo, lo primero que hace el Señor es que le abre los ojos. La Biblia, señores, una persona la lee y dice: “Es que yo no entiendo la Biblia, yo la leo y seguido me duermo”. Pero cuando el Espíritu Santo comienza a regenerar, tú tienes una pasión por considerar la palabra del Señor que tú no puedes detenerte.
La vida en santidad, hermano, lo que antes tú amabas ahora te apesta. Lo que antes tú disfrutabas ahora rechazas. Lo que tú no podías hacer, mira, tú vas a decir el primer mes: “Yo he hecho cosas este mes para la gloria del Señor que yo no sabía que yo podía hacer”. Es que tú no podías hacerlo; es como que Mefiboset está comiendo las uvas de su campo y él está diciendo: “Estoy comiendo uvas”. No es que tú podías haber cultivado esas uvas; te faltaban piernas.
Miren, aun si recibiéramos bienes, no podríamos nosotros producir con ellos nada que sea de valor o agradable ante el Señor. Algunas personas dirán: “Yo no soy cristiano y yo hago buenas obras”. Dice el libro de Isaías, capítulo 64, versículo 6, que tus buenas obras, si no son hechas por el Señor a través de ti, son como trapos de inmundicia, y nada de eso tiene valor delante del Señor.
Alguien te dirá: “Yo soy un hombre serio, yo soy una mujer esforzada, yo no soy cristiana”. Nada de eso tiene valor delante del Señor; dice él que todo eso es trapo de inmundicia. Pero al mismo tiempo advierto a mis hermanos de un problema en el ámbito cristiano: que intentamos darles los frutos de nuestra salvación al inconverso y él no lo entiende. Tú intentas decirle: “Mira, hazlo así”, y él no entiende; esas cosas para él son locura. Dice la Escritura que eso es como intentar darle las perlas a los cerdos.
La única manera en que el incrédulo, la única manera en que Mefiboset puede disfrutar de los beneficios de la tierra de Saúl, es que a Mefiboset le mandan quince hijos, dice, y cantidad de siervos para que le cultiven esa tierra y le den a él los beneficios. Esos somos nosotros ante el Señor.
Les he enseñado en primer lugar que la salvación es la iniciativa de Dios. Les he enseñado que no es por los méritos de Mefiboset: Mefiboset no era un guerrero, Mefiboset no era un administrador, Mefiboset no era un hombre letrado, Mefiboset era un cojo, alguien que se avergonzaba de su condición y fue sentado. Les he enseñado que hay que recibirlo con solicitud, que hay que recibirlo con agradecimiento, con profunda humillación. Y les he dicho que seremos capacitados por el Señor, espiritualmente, para recibir los beneficios.
Antes de pasar al último punto hago un preámbulo. Quizá hay personas que han estado considerando la vida cristiana y me dicen: “Que no puedo”. Yo lo creo, es verdad. Quizá hay personas que han intentado ser cristianos en sus propias fuerzas; no se logra. Quizá hay gente que ha dicho: “Me propongo durar un mes sin pecar”, días, horas no duras tú sin que peques. Pero vengo a decirte que, si el Señor te ha llamado, no solamente te dará la herencia gloriosa, sino que te dará la capacidad para que disfrutes de esa herencia. El Señor te regenera, el Señor abre los ojos de tu entendimiento, el Señor te da nuevos deseos en tu corazón y el Señor te da la entereza de carácter para hacer su voluntad.
La historia posterior de Mefiboset y la gracia que restaura
La historia de Mefiboset no terminó aquí. Es una historia más larga, y de esto ya tengo que avanzar más rápido, pero está en los capítulos 16 y 19 de 2 Samuel. Acompáñenme al capítulo 16.
Comenzamos el capítulo 9: el reino estaba en relativa paz, David estaba reinando y mandó a buscar a Mefiboset. La realidad cambió: Absalón, el hijo de David, se rebeló contra su padre. David había tenido que salir de nuevo de Jerusalén, está saliendo avergonzado. David está sintiendo ahora mismo dolor, frustración. Su hijo lo ha traicionado, ha tenido que dejar el reino. Y cuando sale David, escuchen lo que sucedió, capítulo 16. Es una historia mucho más amplia, yo le estoy resumiendo.
David está dejando Jerusalén; hay una rebelión en el reino, Absalón le ha quitado el trono. Sucede que cuando va saliendo, dice el capítulo 16:
Cuando David pasó un poco más allá de la cumbre del monte, he aquí Siba, criado de Mefiboset, que salía a recibirle con un par de asnos enalbardados, y sobre ellos doscientos panes, cien racimos de pasas, cien panes de higos secos y un cuero de vino. Y dijo el rey a Siba: ¿Qué es esto? Y Siba respondió: Los asnos son para que monte la familia del rey, y los panes y las pasas para que coman los criados, y el vino para que beban los que se cansen en el desierto. Y dijo el rey: ¿Dónde está el hijo de tu señor? Y Siba respondió al rey: He aquí, él se ha quedado en Jerusalén, porque ha dicho: Hoy me devolverá la casa de Israel el reino de mi padre. Entonces el rey dijo a Siba: He aquí, sea tuyo todo lo que tiene Mefiboset. Y respondió Siba, inclinándose: Rey, señor mío, halle yo gracia delante de ti.
— 2 Samuel 16:1–4
Óiganme, la historia no se queda ahí. Pero todavía ahora tengo necesidad de que vean el cuadro. Cuando aparece Mefiboset, aparece después; aquí aparece primero Siba. David va saliendo y los amigos de David salen a ayudarlo. Y cuando él pregunta: “¿Dónde está Mefiboset?”, Siba responde: “No, Mefiboset lo que está es tirando ahora, que el trono tuyo se lo den a él, al cojo”. No quiero hilar mucho por ahí porque hay que poner el texto en contexto.
Acompáñenme un poco más hacia adelante. Después sucedió que el Señor le devolvió el reino a David, y ahora David no iba de salida de Jerusalén, sino que iba de regreso. Y cuando David viene de regreso, acompáñenme al capítulo 19, versículo 24. El Señor lo restauró. Aquí hubo una gran batalla donde el Señor le dio la victoria, le devolvió a David el trono de Israel. David es restaurado en su reino.
También Mefiboset, hijo de Saúl, descendió a recibir al rey; no había lavado sus pies, ni había cortado su barba, ni tampoco había lavado sus vestidos, desde el día en que el rey salió hasta el día en que volvió en paz. Y luego que vino él a Jerusalén a recibir al rey, el rey le dijo: Mefiboset, ¿por qué no fuiste conmigo? Y él respondió: Rey, señor mío, mi siervo me engañó, pues tu siervo había dicho: Enalbardaré un asno, y montaré en él, e iré al rey, porque tu siervo es cojo. Pero él ha calumniado a tu siervo delante de mi señor el rey; mas mi señor el rey es como un ángel de Dios; haz, pues, lo que bien te parezca. Porque toda la casa de mi padre era digna de muerte delante de mi señor el rey; mas tú pusiste a tu siervo entre los convidados a tu mesa. ¿Qué derecho, pues, tengo aún para clamar más al rey?
Y el rey le dijo: ¿Para qué más palabras? Yo he determinado que tú y Siba os dividáis las tierras. Y Mefiboset dijo al rey: Deja que él las tome todas, pues que mi señor el rey ha vuelto en paz a su casa.
— 2 Samuel 19:24–30
Hermanos, aquí hay un dilema. El asunto es que hay dos posibilidades: o Mefiboset realmente se rebeló contra David y, ante la debilidad del rey, aprovechó el contexto, aprovechó la circunstancia; o Mefiboset fue vilmente engañado por Siba, una de las dos. La realidad es que los comentaristas bíblicos no se ponen de acuerdo en ese asunto; si Mefiboset fue engañado o Mefiboset se rebeló, no se sabe. Yo tampoco aspiro a resolver el dilema.
La nota clara, si fue que Mefiboset lo engañaron o fue que Mefiboset realmente esperaba gobernar sobre Israel, no se sabe. Ahora, hay algo que sí se sabe, hermanos: fuera que Mefiboset se rebelara o fuera que Mefiboset lo engañaran, el rey le dijo: “¿Para qué más palabras? Para qué más palabras, Mefiboset. Yo te hice misericordia cuando tú mismo decías que tú eras un perro muerto, y a ese perro muerto lo senté yo en mi mesa por pura gracia. Probablemente tú te sentiste confundido, probablemente te engañaron. Pero ahora tú estás aquí, ¿qué haremos? ¿Para qué más palabras?”
Si ya te mostré mi misericordia inicialmente, cuando tú te calificabas como un perro muerto, quizá el perro ladró, quizá el perro mordió, el perro vomitó y hasta lamió su vómito. Tú mismo decías que tú eras un perro. Bueno, ¿cuál es la realidad del pecado ante Dios? Mira, cuando tú vengas a Cristo probablemente la rebelión todavía anida en tu corazón y hagan cosas en tu vida que no agraden al Señor, y tú le des la espalda, y tú te rebeles contra Dios. Y cuando tú te arrepientes y vienes de nuevo ante él, ¿sabes qué te va a decir el Señor? “¿Para qué más palabras?”
“Yo te amé cuando no podías devolverme el favor. Yo te hice misericordia cuando tú decías que tú eras un perro muerto. Yo te dignifiqué cuando tú no merecías nada. Y ahora que has venido arrepentido de nuevo, ¿no te voy a recibir? ¿Para qué más palabras?”
Dice el libro de Hebreos que, si pecamos, abogado tenemos que nos defienda, y no uno que no se haya compadecido de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo, según nosotros, pero sin pecado. Hermanos, yo no pretendo resolver aquí el dilema de si Mefiboset se rebeló o si Mefiboset fue engañado. Por un caso o por el otro, la seguridad de Mefiboset estaba segura porque no dependía de sus propios méritos, sino de los méritos de su señor.
La salvación es por gracia. Dice la Escritura que el Señor es poderoso para guardarnos sin caída, pero si hemos pecado y nos movemos de nuevo ante el Señor, y nos arrepentimos de corazón, el Señor nos dice: “¿Para qué más palabras?”
Hermanos, la gracia del Señor es tan amplia que no solamente alcanza para traer a un pecador de la muerte a la vida, también alcanza para restaurar al pecador. Y lo más sobrecogedor de todo este asunto es que la gloria de Dios es aún más grande cuando su amor es aún más manifiesto. David, como rey, se engrandeció ante la misericordia mostrada a Mefiboset y le dijo: “Mira, yo a ti te amé cuando tú no lo merecías. Probablemente me traicionaste, y aún te amo”.
El Señor te amó cuando nadie más te iba a amar. Y si acaso tú caíste, vuelves ante la presencia del Señor, que abogado tienes que te defienda. No es la voluntad de un cristiano traicionar al Señor, no es la voluntad de un cristiano rebelarse. Pero dice la Escritura que el que dice que no peca miente. Somos débiles, la rebelión está en nuestro corazón.
Hermanos, ¿saben qué somos nosotros ante el Señor? Perros muertos. Y a veces estamos en la mesa del Señor y decimos: “Pero es que soy un perro”. No, tú lo dices. “Perdone, mi Señor, a su perro muerto, que usted quiso sentar en su mesa”. No es la voluntad mía que ninguno de mis hermanos se comporten como perro, pero la verdad es que a veces ladramos y hasta mordemos.
No soy un anulador, hermano. Habrá veces que usted va a encontrarse a usted mismo, no al hermano, sino que se va a encontrar a usted mismo participando en cosas donde dice: “Óyeme, pero el Señor me ha mostrado tanta gracia, me sentó a su mesa; ¿esta es la manera en que yo devuelvo su favor? ¿Esta es la manera en que yo correspondo?” Y tú le vas a tener que decir: “Señor, perdona a este perro muerto, que es siervo tuyo por tu misericordia”.
No cuentes con tus méritos, cuenta con los méritos de Cristo. Mefiboset dijo al rey: “Deja que él tome todas las tierras, pues que mi señor el rey ha vuelto en paz a su casa”. No sé si es verdad, no sé si es mentira, yo no tengo el corazón de Mefiboset. Pero yo veo, hermanos, que el rey se engrandeció.
El Señor te perdona para traerte, te perdona para mantenerte, y en todo eso su amor es más manifiesto y su gloria es más grande. La gloria del Señor es más amplia en la salvación. No porque Pedro no le negara; el amor del Señor se mostró más grande cuando le dijo a Pedro tres veces: “Pedro, ¿me amas? Pedro, ¿me amas? Pedro, ¿me amas? Apacienta mis ovejas”.
Quiero preguntarle aquí a algún hermano mío, y no veo a nadie, pero te pregunto: ¿Has estado tú ladrando últimamente? ¿Has estado tú comportándote no a la altura de la dignidad de tu llamado? Te trajo el Señor de tus delitos y pecados, y has vuelto tú voluntariamente a entregarte de nuevo en los brazos de la muerte. Hermano, si esa es tu voluntad, si ese es tu caso, ven ante la presencia del Señor.
Dice la Escritura que es su voluntad decir: “No más palabras”. No hace falta que me expliques, no más palabras. “Mi gracia supera tu argumento, mi gracia supera tu necesidad”.
Llamado al arrepentimiento y oración final
Cierra tus ojos un momento. Yo oro al Señor por todas las personas que están aquí congregadas. Oro en dos sentidos. Quizás que hay personas que están lejos de la presencia del Señor, que todavía están muertas en sus delitos y pecados. Quizás que hay gente que está considerando la vida cristiana, pero sabe que no tiene la capacidad. Quizás que hay personas que ven la vida cristiana de lejos y piensan: “Eso es para unos cuantos elegidos, eso es para unos cuantos que…”.
El elegido del Señor es aquel que, cuando el Señor le convoca, viene a su presencia solícitamente. Si tú piensas que no tienes la capacidad para vivir la vida cristiana, si tú piensas que no tienes los méritos, que no tienes el carácter, que no tienes el entendimiento, que tú lees la palabra del Señor y no la entiendes, bienvenido; así éramos todos nosotros antes de ser regenerados.
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Dice también: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. Dice el Señor que él no ha venido a buscar a los justos, sino a buscar a los pecadores para que vengan al arrepentimiento. Cuando tú resuelves hacer la voluntad del Señor, el Señor te da los medios para que puedas hacerla.
Mefiboset no podía cultivar el campo, y su rey le dio los medios para que su campo fuera cultivado. Esa tu vida es el campo de Mefiboset. Tú no puedes cultivar tu vida para la gloria de tu Rey por tus propios medios, pero el Señor te dará los medios. Te invito a que tú te humilles ante el Señor para que seas levantado.
Resuelve en este momento seguir a Cristo, hacer su voluntad, y verás las abundantes provisiones que vendrán de la mesa del Señor para ti, para que puedas hacerlo. Resuelve hacer en tu vida la voluntad del Señor. Verás cómo el Señor, de ser necesario, manda ángeles para que tú puedas hacerlo.
Oro por mis hermanos que están aquí presentes, que quizás, quizás, sólo quizás, han estado deshonrando y abusando de aquel que les amó primero. Momento regular: que después que el Señor les sacó de la muerte, voluntariamente se están entregando de nuevo en los brazos de la muerte.
Hermano, si esa es tu voluntad, si ese es tu caso, ven ante la presencia del Señor, que dice la Escritura que es su voluntad decir: “No más palabras”. No hace falta que me expliques más, no más palabras. Mi gracia supera tu argumento, mi gracia supera tu necesidad.
Te pido, Señor, por este pueblo que está aquí congregado. Permite que las personas que han escuchado la predicación de tu palabra y que todavía no son cristianos, pronto muchos de ellos estén sentados a tu mesa. Y que aquellos, Señor, que están ya sentados a tu mesa, que quizás por alguna razón se han desviado, puedan sentir de ti la respuesta: “No más palabras”.
Bendice a tu pueblo, Señor. Bendice esta congregación. Bendice especialmente tu iglesia. Gracias, Señor, por tu abundante gracia. En el nombre de Jesús, amén.
Que el Señor les bendiga, hermanos, que el Señor les acompañe. Nos vemos el próximo miércoles.