Mis hermanos, un embajador, quiero que sepan que es un enviado oficial, que es un representante de algún soberano extranjero y proporciona un vínculo entre un país que lo acoge y el país que él representa como tal. Los embajadores trabajan para construir relaciones y desarrollar políticas que favorecen tanto al anfitrión como a aquel del cual son parte del desarrollo mismo. Un embajador es designado por el líder, en este caso de su país, a quien representa, y es una autoridad para hablar, mis hermanos, en su nombre. Un embajador, desde muy simple, es decir, tiene que ser un ciudadano. Directamente vive en un país, es correcto, pero ante otros representa ese país y debe representar el mensaje totalmente del líder a quien es enviado en este caso también.
Encarnar el carácter de su país de origen, siguiendo las leyes y costumbres que no son necesariamente conocidas por el país que lo está recibiendo o dando la bienvenida, podrían serlo, pero debe hacer esto todo el tiempo respetando las leyes y costumbres de aquel que lo recibió, en este caso el anfitrión. ¿Por qué traigo esta definición, mis hermanos, el significado de lo que es un embajador? Ese es el tema del mensaje de esta tarde: “Embajadores de Cristo”. Traigo esta definición porque esto es lo que significa en el sistema del mundo o representa la palabra embajador. Esto es lo que significa, esta es la autoridad, este es el poder que tiene a nivel sociopolítico y sociocultural un embajador y lo que representa como tal aquí en la tierra. Pero ustedes sabían, mis hermanos, que nosotros estamos llamados a ser embajadores del reino de los cielos.
Tener la facultad y la oportunidad de representar, y tener un trabajo tan importante como ser representante, embajador de nada más y nada menos que de aquel que creó los cielos y la tierra, aquel que creó todo y que dio su vida en propiciación de nuestro pecado, aun sin tú y yo merecerlo. Es un privilegio. Es algo por lo cual nosotros debemos sentirnos honrados, porque a pesar de ser pecadores desde nuestro nacimiento, Él nos ha dado el privilegio de ser embajadores y representantes de su reino aquí en la tierra. Quiero que vayan conmigo a la segunda carta a los Corintios y vamos a estar trabajando en el capítulo 5, del verso 11 hasta el 21. Segunda carta a los Corintios, capítulo 5.
Lectura bíblica y oración inicial
Del verso 11 al 21 es donde vamos a estar trabajando la tarde de hoy. Estaré leyendo en la Reina-Valera, amén.
Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres; pero a Dios le es manifiesto lo que somos, y espero que también lo sea a vuestras conciencias. No nos recomendamos, pues, otra vez a vosotros, sino os damos ocasión de gloriaros por nosotros, para que tengáis con qué responder a los que se glorían en las apariencias y no en el corazón. Porque si estamos locos, es para Dios; y si somos cuerdos, es para vosotros. Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.
— 2 Corintios 5:11-21
Padre, gracias por tu Palabra, Señor.
Ellas son las que transforman, ellas son las que nos van a ayudar a nosotros a poder formar y fortalecer el carácter de Cristo en la vida de cada uno de tus creyentes y tus discípulos. Permite que tu Espíritu Santo sea quien nos ayude a poder entender, comprender, asimilar y, sobre todo, poner en práctica lo que tú tienes para nosotros a través de tu Palabra. En el nombre de Jesús, amén y amén. Puede sentarse, mis hermanos.
Es propicio, mis hermanos, poder comprender lo que significa para nosotros llevar un título tan honorífico como el de embajador. Por eso les hablaba acerca de la definición, se la explicaba, de lo que significa aquí en la tierra. Imagínese usted que directamente Luis Abinader lo llama a usted para que sea embajador en el pueblo de Israel.
Entonces usted se sentiría honrado por esa atribución que se le puede hacer y por esa elección. Sin embargo, esto es más fácil decirlo que hacerlo. Pero se puede. No se queda ahí. Sí se puede, porque estamos llamados a ser embajadores del reino. Pablo, hablando y contextualizando lo que estaba haciendo, y poniendo en orden a los corintios, les estaba dando una cátedra de reforma del corazón de estos hermanos para que comprendan la importancia de lo que Cristo hizo en la cruz del Calvario y comiencen a comportarse como dignos del gran sacrificio de Cristo, para que hoy en día nosotros, tú y yo, seamos justificados por medio de la fe en aquel que murió en esa cruz y resucitó.
Y esto me lleva a mí a mi primer encabezado dentro del tema: Dios te escoge y te transforma de adentro hacia fuera. Es importante comprender que para poder llegar a ser un embajador se necesita un prerrequisito para poder cumplir dicha tarea. Eso no se escoge de la noche a la mañana. Yo no me levanté hoy diciendo: “Sandra, hoy soy un embajador de República Dominicana y me voy para Siria o para cualquier país de estos a representar”, no. Hay un prerrequisito para que esto sea cumplido en nosotros. Antes, una persona, para ser embajador, primero debe ser electo por el Estado y, en este caso, por el líder de ese país.
Escogidos desde antes de la fundación del mundo
Bueno, mis hermanos, así mismo, de la misma manera, tú y yo somos electos, escogidos desde antes de la fundación del mundo para ser representantes de Dios aquí en la tierra, de forma tal que la ciudadanía de Dios no es un privilegio que nosotros elijamos.
Sino que tampoco es un derecho por igual. Es una elección total del Dios Todopoderoso, que hace que tú y yo formemos parte del reino celestial. No somos nosotros los que elegimos esto, Él nos seleccionó, nos eligió a nosotros. Dice la Palabra en Efesios, capítulo 1, verso 3 al 5, lo siguiente —pueden ir anotando y luego lo leen en sus hogares—:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestes en Cristo, según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él, en amor, habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de quién, de Cristo, según el puro afecto de su voluntad”.
No hay forma de tomar en cuenta que yo tomé la decisión sin antes entender que ya el Espíritu Santo fue quien me convenció de pecado. Yo no puedo comprender, o entender, o llenarme a mí mismo de orgullo pensando que yo hice la elección por el Señor. Yo tenía esa percepción errada de que “yo voy a tomar la decisión de seguir a Cristo”. Sí, tú tomas la decisión, pero yo quiero que tú entiendas que no eres tú quien lo hizo, sino el Señor que tuvo misericordia de tu vida y puso el querer como el hacer en ti, para que tú vengas al redil y formes parte de la ciudadanía del reino.
Vamos a desglosar un poco este texto que estamos trabajando. En este caso es 2 Corintios, capítulo 5, del verso 11 hasta el que leímos anteriormente:
“Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres; pero a Dios le es manifiesto lo que somos, y esperamos que también lo sea para vuestra conciencia. No nos recomendamos, pues, otra vez a vosotros, sino os damos ocasión de gloriaros por nosotros, ¿para qué? Para que tengáis con qué responder a los que se glorían en las apariencias y no en el corazón”.
Luego de que ya somos elegidos por el Señor, que es la primera parte para pertenecer a la ciudadanía celestial, y luego ser un ciudadano, y posteriormente ser un embajador, hay que entender que debe hacerse una transformación de adentro hacia fuera.
Nueva criatura: transformación de adentro hacia afuera
El creyente que es un discípulo no es aquel que se transforma de manera exterior, como leíamos en el texto anterior acerca de las apariencias, sino que es de adentro hacia fuera. Dice más adelante en el verso 16:
“De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así”, es decir, hay una vieja manera de vivir que ya no es la que vale, sino la que sigue a continuación después de lo que Cristo hizo por nosotros.
Aquí viene el énfasis principal:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de quién, de Dios, no de mí, no de ti; proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación”.
Es interesante esta parte porque esto nos hace ver a nosotros que somos un granito de arena en medio del mar, en medio de lo que es la reconciliación. Es Dios mismo, a través de Él mismo por medio de Cristo, quien nos da la oportunidad de que tú y yo podamos nuevamente reconciliarnos con Él. Si nosotros vemos desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la historia es la siguiente: el hombre se aparta y Dios lo recoge. Esa es la historia de la redención: el hombre se aparta y Dios, en su misericordia y su amor, aparta un lugar para nosotros y nos recoge. Ese siempre ha sido el hilo de la reconciliación.
Pero, ¿qué significa estar en Cristo? Estas dos palabras constituyen una parte tan pequeña, pero a la vez tienen un ejemplo tan grande para nosotros poder expresar lo que significa estar en Cristo.
Estar en Cristo no es solamente yo pertenecer a un cuerpo de una iglesia. Trasciende mucho más, va más allá. Hay cuatro áreas que pueden identificar que esa realidad está siendo visible en nuestro corazón, en nuestra mente y en nuestro estilo de vivir. Número uno: nos da la seguridad, al creyente, en Cristo, quien cargó en su cuerpo el juicio de Dios contra el pecado. Tus pecados te son perdonados, no por tu carita bonita, es por lo que Cristo hizo en la cruz del Calvario, es por medio de Cristo.
Segundo: la aceptación del creyente en el único en quien Dios se ha complacido. Mis hermanos, la única forma de la propiciación del perdón de nuestro pecado era solamente por medio de Dios mismo, a través de su Hijo, que es Cristo Jesús.
Tú no podías decir: “yo tengo ahora esta oportunidad de pedirle que me perdone todos mis pecados”, es imposible, si no se había hecho lo que Cristo hizo en la cruz del Calvario. Número tres: también nos da la seguridad futura del creyente en aquel quien es la resurrección a vida eterna y el único garante de la herencia en el cielo. Cristo dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie, absolutamente nadie, va al Padre si no es por mí”. Mi hermano, la forma de alcanzar el cielo no es por tus propias fuerzas, no es por tu propio medio, no son tus dones, no son tus habilidades, incluso no es lo que tú entiendas creer a través de la relación que tienes con el Señor.
Es a través de Cristo. Son matemáticas simples: dos más dos igual a cuatro. Aquí no hay mucho que sumar ni restar. Número cuatro: la participación del creyente en la naturaleza divina de Cristo, en el Verbo eterno. Cristo dijo: “Separados de mí nada podéis hacer”. O sea, es decir, que a través de la participación que tenemos con Cristo es que nosotros podemos funcionar en una iglesia que Él ha dejado para que tú y yo seamos parte del redil. Tú no funcionas aquí porque tú puedes, tú funcionas aquí porque Cristo quiere. Eso es algo que nos pone a nosotros como el siervo y no como el amo. Nosotros somos servidores de Cristo y, por ende, le servimos a un Dios vivo.
Nuevo nacimiento y perdón total
Y esto es lo que es estar en Cristo. Pero hay algo más: nueva criatura somos. ¿Qué significa esto? Esta palabra se traduce como algo nuevo, creado, pero con una excelencia en la expresión, que incluye el perdón del cristiano, de sus pecados, que fueron pagados por la muerte y resurrección de Cristo. Ya no somos lo que éramos antes, sino que somos una nueva criatura. Es importante, es interesante, porque a través de esto se habla del nuevo nacimiento. ¿Qué pasó con Nicodemo cuando se le acercó a Cristo? Él le dijo: “Señor, ¿qué yo tengo que hacer para alcanzar el reino de Dios?”. Y Él le dijo: “Nicodemo, te es necesario nacer de nuevo”.
“¿Cómo así, Señor? ¿Cómo tú crees que yo puedo, después de la edad que yo tengo, volverme un niño y entrar en el vientre de mi madre?”. Ah. Es que lo que le estaba diciendo Cristo, en este caso, era que tenía que tener una muerte y un nuevo nacimiento, pero a nivel espiritual. Lo que pasa es que muchas veces el pecado ciega lo que nosotros podemos ver a nivel espiritual, y no es revelado en el momento oportuno sino cuando Dios le plazca, según su soberana y perfecta voluntad. Es importante comprender esa parte para que entendamos que nuestra salvación y nuestro nuevo nacimiento dependen del Señor.
“Las cosas viejas pasaron”, dice el texto, “he aquí todas son hechas nuevas”. Esto también nos reconforta a nosotros, mis hermanos, porque a través de esto, muchas veces, entendiendo que hay pecados que son tan fuertes que hemos cometido, creemos que Dios no puede perdonarlos. Cuando tú vienes al Señor en arrepentimiento y fe, porque el Espíritu Santo te ha convencido de pecado, tú tienes que entender que tu pecado, que era rojo como el carmesí, Él lo vuelve blanco como la lana. No hay pecado que el Señor no pueda perdonar, no hay transformación que Él no pueda hacer en tu vida si tú vienes en arrepentimiento y fe, para que Él sea tu Rey, y en este caso tú tengas participación en la vida eterna.
Dice el verso 18: “Y todo esto proviene de Dios”, es decir, mis hermanos, que nos está aclarando que no es de nosotros, es de Dios de donde viene la salvación, “quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación”. Pero bueno, acá, aquí parece como un trabalenguas: nos reconcilió, el ministerio de la reconciliación, como que estamos redundando. No, mis hermanos, es lo que nosotros vamos a aprender y de lo que nosotros vamos a hablar al final.
Aquel que no ha conocido al Señor, ¿de qué le predicamos? De una reconciliación con el Señor. Recuérdese que por Adán, por uno, vino la muerte a todos, pero por otro vino la salvación a muchos. Es decir, que ese es el Evangelio que se predica: el ministerio de la reconciliación, volver nuevamente a los pies del Maestro.
Dice Martyn Lloyd-Jones lo siguiente: “El cristianismo no es algo que nosotros controlamos, no es algo que nosotros tomamos, sino algo que nos toma a nosotros; y no es algo que tú controlas y manipulas a la vez, sino algo que te controla y te gobierna toda tu vida”. Es decir, mis hermanos, que cuando tú eres escogido por el Señor, tu vida no depende de ti.
Inmediatamente tú comienzas a caminar y a formar un modelo y un carácter, que las personas que te conocían dicen: “Pero tú no te pareces a como eras hace unos años. Tú como que hablas diferente, te comportas diferente”. Y no pase como con Pedro. “Pero Pedro, tú dices que no eres de ellos, pero tú hablas como ellos, te vistes como ellos, te comportas como ellos; pero tú eres de ellos”. Aunque lo niegues, la esencia de Cristo comienza a manifestarse en tu vida y en mi vida de forma tal, que comenzamos a testificar de lo que Él ha hecho en nosotros. Y esto nos da a nosotros lo siguiente: que mediante el sello del Espíritu Santo, bajo el conocimiento de su Palabra y con el poder de poder ejercerla en nuestras vidas, entonces nosotros pregonamos las buenas nuevas de salvación que son Cristo.
Y de esta forma nosotros testificamos, a través de que ya somos una nueva criatura y ya no pertenecemos a la parte de la muerte, sino que ahora tenemos vida eterna en Cristo Jesús. Y es interesante porque esto nos reconforta a nosotros, esto trae aliento a la vida del creyente. Porque si dependiera de nosotros, no estuviéramos aquí. Pero como depende del Señor y de la transformación progresiva que Él hace en el creyente, entonces Él permite, bajo su misericordia, su soberanía y su voluntad, que tú y yo crezcamos a la manera que Él quiere: la manera de Cristo Jesús.
El llamado: somos embajadores en nombre de Cristo
Y ahí caemos al verso principal. Ahora comienza el mensaje: “Así que somos embajadores en el nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en el nombre de Cristo: reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”.
Es interesante, mis hermanos, porque yo sé que ustedes dirán: “Brandy, pero el contexto que está hablando aquí Pablo se refiere a él mismo como un embajador, o sea, los apóstoles que están llevando y ministrando la Palabra son los que son los embajadores del reino aquí en la tierra”. Bueno, mis hermanos, les voy a decir que esto nos corresponde a todos. ¿Por qué? Porque Pablo dijo lo siguiente: “Sed imitadores de mí, como yo imito a Cristo”. Y Cristo dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Entonces, el ministerio de la reconciliación, cuando se envió la comisión a los discípulos, les dijeron: “Id por todo el mundo y predicad este evangelio a toda criatura, haciendo discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
Es decir, que aquellos que han conocido la verdad por medio de esos apóstoles se convirtieron en discípulos. ¿Y qué hace un discípulo? Imita a su Maestro. Y, por ende, nosotros debemos ser imitadores de aquellos que han sido enseñados e instruidos a través de la Palabra del Señor; y por ende, el ser embajador de Cristo nos corresponde a todos. No es un grupito: a todos.
Se supone que ya el Espíritu Santo te ha bautizado, y por ende ya tú eres un representante, porque Cristo prometió que estaría contigo todos los días de tu vida, hasta el final de qué, del mundo. Y si Él está contigo, entonces tú eres un representante de Él; por medio de ti la verdad estará siendo testificada, estará siendo hablada a través de ti, porque somos el medio. Pero realmente esto conlleva a un sinnúmero de cosas que primero deben darse en la vida de nosotros, porque ser un embajador de Cristo no es algo que se da de la noche a la mañana.
Primero —y ahí entro a otro subtema— es que cada creyente debe madurar espiritualmente para representar a Cristo.
Madurez espiritual para representar al Reino
No se puede ser un representante o no se puede ser un embajador sin antes primeramente tener conocimiento de la ciudadanía a la que corresponde. Recuérdense que les hablé hace un rato acerca de una definición de lo que significa ser un embajador y lo que conlleva como tal. Esta persona debe estar capacitada a nivel de conocimiento sociocultural, pero aparte de esto tiene que tener el dominio y la destreza para poder hablar acerca de todos los temas correspondientes a lo que es su ciudadanía. De forma tal que, aunque él viva dentro de esa ciudad, en la parte donde él está, él tiene parte de su ciudadanía como tal dentro de ese territorio.
De modo que, por ejemplo, ustedes han visto películas donde hay personas que tienen problemas en un Estado. ¿A dónde van directamente? Bueno, al consulado de su país. ¿Quién está en su consulado? La mayoría de veces están los embajadores, son los representantes formales. Y aunque tú tengas tus leyes y tú tengas tus normas como ciudadano de República Dominicana, tú debes respetar las leyes del país en el cual tú estás. Es decir, es lo mismo que Cristo dijo en la oración que hizo por sus discípulos: “Yo no te pido que los quites del mundo, sino que los guardes”. Al final, nosotros estamos en un mundo caído, pero no significa que nosotros vivamos de forma como el sistema y el mundo quieren, porque ya nuestra ciudadanía tiene otra identidad en el Señor, amén.
Alcanzar plena madurez debería ser directamente el objetivo principal de todo creyente. El autor de Hebreos reprendió a los cristianos por no madurar de la siguiente manera, Hebreos 5:12 al 14 dice lo siguiente:
“Porque debiendo ser ya maestros” —oigan cómo comienza este autor— “porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de la palabra de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño.
Pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal”.
¿Qué significa esto y qué nos dice esto a nosotros? Todo creyente, no uno, todo creyente debe llegar al punto de ser capaz de enseñar a los demás. Esto no quiere decir, mis hermanos, que usted sea un teólogo de la Palabra. Es que el conocimiento del Dios que usted sirve debe estar impregnado en usted de forma tal que usted tenga base para usted poder expresar quién es el Dios que usted le sirve. Usted no puede ser un niño espiritual toda su vida. Y aunque sí van a haber dentro de la comunidad del Señor, porque Pablo decía: “Cuiden a los débiles en la fe”, aún así ese no es el fin del todo, hay algo más.
Nosotros, como cristianos, debemos estar fielmente buscando de manera progresiva el proceso de santificación, que esto nos lleva a nosotros, por medio de una vida en comunión con la Palabra de Dios y una vida en comunión en oración, a alcanzar una madurez diferente, de forma tal que yo tenga la facultad tanto espiritual como de conocimiento del Dios al que yo le sirvo, para poder expresar acerca de Cristo de una forma que no haya contradicción, que pueda impedir esa verdad en mi vida. La Biblia no apoya directamente que todos los creyentes, automáticamente aceptan al Señor y tienen o alcanzan una madurez espiritual. Es por medio de Cristo, en Cristo, por Cristo y para Cristo.
¿Y cómo se hace eso? Por medio de la oración y el estudio sumergido en la Palabra de Dios. ¿Cómo se alcanza la madurez? Es decir, que para yo ser un embajador de Cristo yo tengo que tener bases sólidas para poder hablar de Aquel a quien yo represento. Yo no puedo representar a mi país si ni siquiera conozco cuándo se fundó.
El mismo. Que se celebra el 27 de febrero, el Día de la Independencia. Se supone que por lo menos eso es lo básico. Un embajador tiene más, conoce historia. Así mismo estamos llamados a conocer, de forma tal, a nuestro Dios, por medio de la Palabra, que podamos hablar de cualquier tema para poder contradecir las artimañas del enemigo cuando quieran imponer ideologías que vayan en contra de nuestros principios y valores, a través de su Palabra.
Yo defino la madurez espiritual de la siguiente manera: la madurez espiritual no es el resultado de estar ocupados en las actividades de la iglesia, sino el carácter de Cristo formándose en nosotros, transformando nuestra vida, dando fruto de arrepentimiento en armonía con una relación en oración y sumergidos en la Palabra de Dios. Te lo repito: la madurez espiritual no es el resultado de estar ocupados en las actividades de la iglesia, sino el carácter de Cristo formándose en nosotros, transformando nuestra vida, dando fruto de arrepentimiento en una armonía con la relación en oración y el sumergimiento en la Palabra de Dios. Así se alcanza la madurez espiritual.
El hecho, mis hermanos, de usted poder participar de actividades congregacionales no significa que usted sea maduro en la fe. Ojo con esto, que pudiéramos entender que porque yo tengo una posición en mi iglesia significa que yo soy un maduro espiritualmente hablando. Error. Hay algo más importante que lo ministerial aquí en la tierra, que es el fruto del Espíritu en usted. Porque Cristo dijo: “Por sus frutos los conocerán”.
¿Qué es el fruto del Espíritu? Siempre lo digo: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza —que es dominio propio—; contra tales cosas no hay ley. De modo, mis hermanos, que esta es la forma para nosotros poder alcanzar la madurez espiritual. Y no significa —vuelvo y les reitero— que eso sea malo, al contrario. El hecho de que usted esté participando en los ministerios de la congregación, eso es, como dice un pastor, “eso es like”, ok, excelente, porque usted está dedicando un tiempo valioso a lo que son los ministerios del reino. Excelente. Pero su relación, mis hermanos, es primordial.
Porque sería muy fuerte que cuando Cristo venga o partamos a su presencia, el día del juicio Él nos diga como a aquellos que decían: “Señor, pero en tu nombre no hice tales cosas; saqué fuera demonios en tu nombre; yo predicaba en tu nombre, Señor; yo servía en la iglesia.
Y yo cuidaba niños, y yo predicaba, y yo pastoreaba”. Eso no es el fin del todo. “Apartaos de mí, hacedores de maldad”. Tu relación con el Señor. Lo secundario es lo que viene después como resultado de lo que Dios está haciendo a través de tu corazón y a través de tu mente, transformándote de gloria en gloria.
El otro subtema es: ya hemos leído y hemos sabido que para ser un embajador de Cristo primero Dios nos elige a nosotros. No nosotros elegimos ese cargo, esa responsabilidad tan hermosa que nos da. Dios nos escoge a nosotros. Lo segundo es que debe haber una madurez espiritual en cada uno de nosotros, ¿para qué? Para que nosotros tengamos el conocimiento, la base sólida de poder representar al reino y saber cuál es el Dios que tú y yo servimos.
El tercer subtema es el siguiente: los cristianos deben ser sal y luz, ¿en qué? En ciudades asentadas sobre los montes. Y esto está hablando de testimonio. Una cosa es yo ser un representante y otra cosa es yo testificar directamente que lo soy; que aquel que me vea diga: “Ese es dominicano, bueno… Ah no, ese es cristiano”.
Sal y luz: el peso del testimonio
Miren, antes de entrar en esta parte, que es muy importante, esto es tan, tan delicado… Pero para nosotros debe ser algo que nos lleve a poder reflexionar, de forma tal que en nuestra vida hagamos un alto y hagamos un examen de introspección para ver cómo nosotros andamos. Es importante, para el Señor, saber qué dicen los demás de Él, porque Él les preguntó: “¿Qué dicen aquellos que yo soy?”. “Ah no, tú eres el profeta…”, “tú eres esto…”. Ok. Es importante comprender que nosotros debemos dar un testimonio por el cual debemos ser sal y luz para aquellos que no conocen al Dios que tú y yo le servimos.
Y hago un ejemplo con esto. Hace unos cuantos años ya, yo trabajaba para una empresa de telecomunicaciones —no digo el nombre—. En servicio al cliente se van a dos cosas: la gente va a dos cosas, o va a comprar o a sacar un servicio, o va a discutir. No hay más. O van a sacar un servicio o a buscar algo que sea beneficioso para ellos, hablando de telecomunicaciones; o van a quejarse, lamentablemente, esa es la realidad. El representante de servicio al cliente es el representante, y el cliente, ¿qué hace? Nosotros éramos como psicólogos de los clientes como tal.
En medio de que yo estoy atendiendo a un cliente, hay una señora que llega “revolteada” porque el internet se lo cortaron. ¿Y cómo esa señora empezó? Le dijo de todo al muchacho de servicio, eran muchachas, yo las veía al lado, yo las veía llorando, porque hay gente que se “corren”. Y yo: “¡Wow, pero lo que está diciendo!”. Incluso comenzó a decir palabras mal dichas. Yo: “¡Wow, qué forma!”. Y el cliente que estaba al frente de mí me decía: “¡Guau, pero qué mala educación!”. Y yo por dentro de mí, dije una palabra: “Jehová, por favor, que no diga que es cristiana”.
Porque tenía la vestimenta, ustedes saben. Yo: “Jehová, que no diga que es cristiana”.
Inmediatamente yo dije eso en mi mente, la señora, lo último que dijo fue: “Y para que tú veas, yo soy cristiana”. ¡Dios santo! Esa persona que yo tenía al frente me dijo: “¡Bah!, pero mira, por eso yo dudo a veces de que… de que ser cristiano…”. Porque lo que vio de la señora. Mis hermanos, es un hilo muy fino que depende de una cosa tan sencilla como tener dominio propio para nosotros testificar de una forma inadecuada ante aquellos que no conocen del Señor. ¿Y tú sabes qué es lo malo? Que nos encasillan a todos por uno, porque somos un cuerpo. El que dice que es cristiano, todo el que es cristiano está en la tómbola, no se salva nadie. Bueno, de esa forma.
Es tan importante nosotros comprender cómo testificamos con nuestra vida ante aquellos que no conocen. Mis hermanos, nos están siempre chequeando. El enemigo está atento a ver dónde tú te doblas, para ahí mismo ponerte algo para que tú tropieces y decaigas. A mí me dio vergüenza ajena, sinceramente. Yo me dije: “Señor, ten misericordia”. Pero realmente lo que esa persona tuvo como percepción fue: “Guau, lamentablemente esos cristianos están peor que los que están fuera, porque los que están fuera a veces tienen mejor educación que esos que dicen que están dentro”.
Y eso me chocó. Y ahí tuve que decirle: “Mire, varón, es lamentable el caso, pero yo soy cristiano, y lamentablemente tú sabes que nosotros somos todos pecadores, no hay nadie perfecto, estamos en un proceso de arrepentimiento”. Yo ayudé a la señora para que no se viera mal delante del cliente. Pues ahí estoy predicando por la señora, para que no se vea mal delante del cliente. Y aun así, luego él me dijo: “Mira, tienes razón, es verdad lo que tú dices, pero, varón, tienen que manejarse”.
O sea, es importante, mis hermanos, entender que nosotros somos la sal y la luz. ¿Qué hace la sal? Conserva. Nosotros debemos conservar nuestra identidad, para que cuando vengan situaciones como esa, ese fruto del Espíritu en nosotros, ese dominio propio, sea lo primero que salga. Porque es en situaciones como esas donde nosotros vamos a ser probados. Si tú tienes problemas de ira, el Señor te va a poner muchas situaciones para que tú entonces confrontes esa ira. Si tú tienes problemas de ego, van a llegar muchísimas situaciones para que tú tengas la facultad de ver si ese ego se ha desinflado o sigue más elevado. Si tu problema es la paciencia… ¡ay, Padre! Bueno, no lo sé, no lo sé, no sé cómo es esa parte, porque todavía no tengo hijos, pero tengo sobrinos y no es fácil.
Y tengo dos que tengo el fin de semana con ellos y no es fácil. Entonces debemos comprender, mis hermanos, que hay un hilo muy fino, normalmente, entre la cordura y el raciocinio. Pero hay un hilo más fino todavía entre nosotros poder testificar de manera incorrecta o de manera correcta. Porque si nos dejamos llevar por nuestros delitos y pecados, mis hermanos, lamentablemente, nuestro testimonio se hiere. Miren, usted puede hacer setenta cosas buenas; haga una sola mala. Para el hombre natural, el hombre pecador, usted puede hacer setenta cosas buenas, haga una mala, y se van a marcar, se van a reconocer y a conocer por esa sola cosa mala más que por las setenta buenas que tú has hecho. Lamentablemente, por causa del pecado.
Sin embargo, Dios no es así. Dios, por setenta malas cosas que tú hagas, con una buena… ¡gloria a Dios por eso! Porque Él sabe de dónde nos ha sacado, Él sabe de dónde te sacó, y aun así Él ve tu crecimiento a través de Él y del Espíritu, para que tú seas una mejor persona y vayas alcanzando esa madurez para que esos comportamientos se vayan erradicando de tu vida. Pero es importante comprender esta parte.
¿Qué dice el Evangelio de Mateo? Dice lo siguiente:
Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
— Mateo 5:13-16
Esto lo dijo Cristo, mis hermanos. Es decir, que hay una importancia en que tú y yo podamos testificar de una manera correcta delante de los hombres. El hecho de usted ser un representante del reino ya hace que su identidad cambie, es decir, su DNI o su cédula ya no dice “cédula de pecador”, sino “cédula de un pecador arrepentido en fe”. Ya su cédula no dice “Satanás”, su cédula ahora dice “Cristo”, y con mayúsculas. Porque su identidad cambió de muerte a vida.
Y eso es un privilegio que tú y yo debemos pisar fino a la hora de hablar, pensar, actuar, comportarnos, pensar, decir y hacer. Porque somos embajadores de un reino que trasciende la eternidad. Dice 1 Pedro 2:12, en esencia, lo siguiente: puede que no glorifiquen a Dios inmediatamente, de hecho, es muy probable que no lo hagan, pero lo harán cuando sus mentes sean abiertas a la verdad de Dios. ¿Cómo la mente es abierta a la verdad de Dios, si tú y yo nos estamos comportando de una forma igual o peor que aquellos que no conocen? No se puede.
Yo siempre he dicho: claro, la Palabra de Dios es la que transforma la vida, es la que cambia, es la que modifica el comportamiento del ser humano. Pero aun así, mis hermanos, es importante cuidar nuestro testimonio. Hay una importancia que Cristo marca con respecto a esto, que somos sal. Y para conservar nuestra identidad delante de los hombres, significa comportarse como tal.
De forma que si nosotros no lo estamos haciendo de la manera correcta y ya no estamos siendo sal, ¿para qué sirve eso? Para desecharlo. Pero también somos luz, para alumbrar a aquellos que están en tinieblas. ¿Cómo nosotros alumbramos a los que están en tinieblas? A través de lo que Cristo ha hecho en nosotros, utilizando el Espíritu Santo en nosotros para glorificarlo a Él con nuestro testimonio y hablando su Palabra, a tiempo y fuera de tiempo, por medio de la misma.
Entender esto, mis hermanos, es mucho más profundo de lo que nosotros pudiéramos ver. Los verdaderos cristianos deben convertirse en representantes o en una representación viva del carácter de Cristo. Todos los cristianos deben representar las enseñanzas de Jesús, su fe, su amor, su carácter y el reino venidero. De esta manera, ellos son embajadores de Cristo, el gobernante de ese reino. Este es el llamado de todo creyente. Nosotros estamos todos expuestos a esta verdad, no nos quedamos fuera ninguno.
Y no quiero, mis hermanos, que usted se sienta con esto: “Guau, pero realmente lo que vino fue a darme duro con esta parte”. No, no, no, mi hermano, yo mismo me he confrontado con esta parte. Porque pudiera ser que en algún momento determinado de mi vida yo actúe de una manera incorrecta y pudiera entonces estar dañando lo que el Señor pudiera estar haciendo a través de mí. Y no es que el Señor no lo va a hacer, porque Él lo hace contigo o sin ti, porque no somos indispensables para su obra.
Aun así, es un privilegio formar parte del proceso de redención y de reconciliación de toda la humanidad por medio de nosotros. Es decir, que para ser un embajador de Cristo lo primero que yo tengo que ver es lo siguiente: lo primero es que Cristo nos escoge a nosotros, no nosotros escogimos esta parte, y eso nos da un privilegio aún mayor. Segundo, debe haber una madurez y un conocimiento tal que nosotros podamos tener bases sólidas para poder hablar acerca de la representación que hacemos. Yo no puedo hablar de República Dominicana si no conozco que aquí se come mangú con huevo, ¿me entienden? O sea, ¿me entienden el contexto?
Lo tercero es que nosotros debemos ser sal y luz.
Privilegio y responsabilidad de representar el Reino
Sal y luz. Es decir, nuestro testimonio debe tener la influencia para nosotros poder representar al reino. Usted se sentiría bien honrado si a usted le dijeran: “Mire, nos gustaría que usted sea un representante en tal país”. Póngase París, que muchos quieren ir. Ser un representante allá, ¿eso qué significa? Usted tiene un privilegio, pero aparte tiene muchos beneficios como tal. Ser un embajador tiene muchos beneficios incluidos. Dentro de esos, ¿cuál es el mayor beneficio que tiene un embajador de Cristo? La eternidad, mis hermanos.
El hecho de que usted y yo seamos salvos, usted no necesita más de ahí. No puede exigirle a Dios más de lo que ya le dio. Ya Él lo hizo. Su salvación está garantizada. Por ende, ¿cuál es nuestro trabajo? Representarlo de la manera correcta, testificar de su grandeza y de su poder en nuestra vida, honrarlo en vida, pero también honrarlo en relación.
Acuérdese que le dije que la madurez espiritual no representa usted estar envuelto en muchos ministerios o en muchas cosas que tengan que ver con el Señor. Es una vida directamente de relación y conocimiento a través de su Palabra. Como fruto de lo mismo, usted va a tener un crecimiento espiritual y esto lo lleva a tener ciertas funciones dentro del pueblo del Señor, pero no es el fin. El fin de todo es tu relación directa con el Señor, para que entonces tú seas un verdadero embajador del reino.
Y de esta forma, mis hermanos, nosotros podemos representar de manera digna, honrada, a aquel que nos ha escogido a nosotros sin merecerlo, para poder representar el reino de Dios y su justicia aquí en la tierra.
Es más que un privilegio poder comprender esta verdad. Es más que una honra poder entender esta realidad y poder nosotros hacerla palpable en nuestra vida, lo que nos da una seguridad de que ya no es por nuestras propias fuerzas, sino por lo que Él hace. Porque, como les dije anteriormente, Él dijo: “Separados de mí, nada podréis hacer”. Y a través de Él es que nosotros vamos a honrarlo de una manera digna delante del Señor.
Quiero que se queden con eso, mis hermanos: que nosotros somos embajadores, y tú y yo tenemos la responsabilidad de representarlo de la mejor manera posible aquí en la tierra. Debemos honrar ese privilegio que tú y yo tenemos porque…
No lo merecíamos, y aun así, en su amor, en su bondad, en su misericordia, hoy en día tú y yo estamos aquí, recibiendo lo que hoy en día otros aún no van ni siquiera a poder tener: la conexión y la salvación de nuestro Señor.