Es el libro de Filemón. Y desde aquí quisiera mostrarle a la iglesia, a través del ejemplo de una relación restaurada, cómo las relaciones entre el pueblo de Dios, las relaciones de hermandad, también necesitan ser restauradas. Es la carta de Pablo a Filemón. Recuerden que estamos casi terminando el Salmo 119 y, después de un capítulo tan largo, ver una sola carta y poderla leer juntos, hermanos, es como algo distinto. No todos los libros del Nuevo Testamento son muy amplios; este, en una sola página, cabe. El editorial de un periódico probablemente sea en volumen del tamaño de la carta de Pablo a Filemón, pero aquí hay mucho amor y aquí hay una verdad espiritual que necesitamos no aprender, sino recordar. Dice así la Escritura, carta de Pablo a Filemón.
Pablo, prisionero de Jesucristo, y el hermano Timoteo, al amado Filemón, colaborador nuestro, y a la amada hermana Apia, y Arquipo nuestro compañero de milicia, y a la iglesia que está en tu casa: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Doy gracias a mi Dios, haciendo siempre memoria de ti en mis oraciones, porque oigo del amor y de la fe que tienes hacia el Señor Jesús, y para con todos los santos; para que la participación de tu fe sea eficaz en el conocimiento de todo el bien que está en vosotros por Cristo Jesús. Pues tenemos gran gozo y consolación en tu amor, porque por ti, oh hermano, han sido confortados los corazones de los santos.
— Filemón 1-7
Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que conviene, más bien te ruego por amor, siendo como soy Pablo ya anciano, y ahora, además, prisionero de Jesucristo. Te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis prisiones —se le está hablando de manera figurada de Onésimo como si fuera su propio hijo en la carne, pero es otro hermano—, el cual en otro tiempo te fue inútil, pero ahora a ti y a mí nos es útil; el cual vuelvo a enviarte; tú, pues, recíbele como a mí mismo.
Yo quisiera retenerle conmigo, para que en lugar tuyo me sirviese en mis prisiones por el evangelio; pero nada quise hacer sin tu consentimiento, para que tu favor no fuese como de necesidad, sino voluntario. Porque quizá para esto se apartó de ti por algún tiempo, para que le recibieses para siempre; no ya como esclavo, sino más que esclavo, como hermano amado, mayormente para mí, pero cuánto más para ti, tanto en la carne como en el Señor. Así que, si me tienes por compañero, recíbele como a mí mismo. Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta. Yo Pablo lo escribo de mi mano, yo lo pagaré; por no decirte que aún tú mismo te me debes también. Sí, hermano, tenga yo algún provecho de ti en el Señor; conforta mi corazón en el Señor. Te he escrito confiando en tu obediencia, sabiendo que harás aún más de lo que te digo. Prepárame también alojamiento; porque espero que por vuestras oraciones os seré concedido. Te saludan Epafras, mi compañero de prisiones por Cristo Jesús, Marcos, Aristarco, Demas y Lucas, mis colaboradores. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén.
— Filemón 8-25
Hemos leído un libro completo del Nuevo Testamento. Hay una parte relativamente poco mencionada del ministerio al Señor, y es el hecho de que nuestras relaciones como iglesia se deterioran. Hoy no he venido a hablar de restauración de relaciones en nuestros matrimonios; he venido a hablar de restauración de relaciones en nuestra iglesia. Las relaciones no son estables; tienen diferentes momentos. A veces tenemos relaciones muy cercanas, a veces se deterioran y, frecuentemente, en vez de ser restauradas, las relaciones se quedan en un punto muerto, que para los fines de la causa de Cristo es una situación aún peor que un conflicto abierto.
Punto muerto relacional en la iglesia
Es el momento cuando usted dice: “Yo estoy dejando que la fiesta vaya en paz”. Probablemente no estamos muy cercanos, pero tampoco estamos en un conflicto abierto. Son hermanos que pueden físicamente estar juntos, pero no sintiendo lo mismo, no teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa, como dice Filipenses 2:2. Son miembros de una misma iglesia que pueden sentarse en la misma fila y hasta saludarse, pero no servir juntos. Son heridas aparentemente olvidadas, pero que se vuelven a abrir regularmente en el momento menos indicado. El mensaje de la carta a Filemón es que no basta con dejar el pasado atrás; las relaciones deben ser restauradas activamente, algo que es relativamente costoso, pero vale la pena.
Vemos aquí que las relaciones no son solamente un asunto entre nosotros, algo privado, sino un asunto que tiene que ver con la iglesia y es de interés para todo el pueblo del Señor. Cualquier persona que tenga ya años en los caminos del Señor sabe que las relaciones no son siempre iguales, y personas que en un momento son muy cercanas, en otro momento no lo son. Hay situaciones que se quedan en el corazón de uno, y uno piensa que eso se quedó en el pasado, pero tarde o temprano esas cosas como que emergen. Quedamos como en un punto muerto, y no es la voluntad del Señor que la iglesia tenga relaciones en un punto muerto. Es la voluntad del Señor que las relaciones sean activamente restauradas.
¿Cuál es el contexto de esta carta, una carta corta? Se describe que el esclavo Onésimo defraudó a su amo en Colosas y escapó de él. No sabemos cómo fue que le defraudó, si fue que sustrajo dinero, no sabemos si fue un hecho violento, si salió mal de un motivo y le dijo otra cosa; no sabemos. Pero ahora, en Roma, a 2000 km de distancia, un lugar en el que había muy pocas posibilidades de ser encontrado por su amo y donde él podía ser un perfecto desconocido viviendo en la gran ciudad, Onésimo conoció a Cristo, al parecer por el testimonio del apóstol Pablo. Él ha estado conviviendo con Pablo durante un tiempo, de forma tal que Pablo dice que espiritualmente le engendró en sus prisiones.
Onésimo, el riesgo de volver y el alto valor de las relaciones
Y ahora llega el momento de restaurar una relación. Entonces el apóstol le anima a volver a hacer el viaje de regreso a su amo, corriendo un riesgo enorme, para intentar restaurar su relación con Filemón. Si era bien recibido, la iglesia en Colosas quedaría en mejor posición que antes: un testimonio de perdón y restauración, y un nuevo obrero para la iglesia local. Y si no era recibido, moriría. Esta carta es muy elegante para lo que aquí se está describiendo, que es algo muy peligroso. En el mundo antiguo, un esclavo que defraudaba a su amo tenía que pagar con su vida. Y Onésimo ya logró llegar a Roma, y en Roma él está bien. Él podría decir: “Eso fue un problema que se quedó en Colosas, eso es agua que pasó por el río”.
De hecho, al parecer el apóstol Pablo no había tenido la ocasión de visitar físicamente esta iglesia, pero la conocía y sabía que era una iglesia del Señor. Y ahora Pablo le da la exhortación difícil a Onésimo, y providencialmente Onésimo la recibe. Y es que no basta poner 2000 km de distancia; hay que volver al lugar donde comenzó el conflicto para tratar de resolverlo. Quisiera mostrar desde aquí, hermanos, el alto valor que tienen para Dios las relaciones. Quisiera mostrar también que restaurar una relación es un asunto sumamente costoso y difícil. Y quisiera tomar como ejemplo el proceder del apóstol Pablo para indicarle a la iglesia cómo podríamos nosotros comenzar a restaurar relaciones.
¿Alguien dirá: “Es que hay un problema ahora mismo en la iglesia”? Problemas hay siempre. Problemas tenemos todos. Tomarse en serio la vida de la iglesia requiere que nuestras relaciones no se queden en pausa. La iglesia es un tejido relacional y el alto valor que tienen las relaciones en la iglesia es un asunto que tenemos que rescatar. El ministerio cristiano no avanza principalmente con nuestros dones. El ministerio cristiano no avanza principalmente a través de nuestros recursos u oportunidades. El ministerio cristiano avanza a través de las relaciones, y para que juntos podamos hacer la obra del Señor necesitamos aprender a ponernos de acuerdo. Y hay cosas que parece que se pueden dejar en el pasado. Yo quise invitar hoy a la iglesia a que, activamente, busquen reconciliación. De nada sirve el conocimiento, los instrumentos, la disposición, si no existen fuertes relaciones. Gran parte de lo que podemos hacer para Dios tendremos que aprender a hacerlo juntos.
La iglesia como cuerpo relacional, no individuos aislados
No en vano, el Nuevo Testamento abunda con metáforas que son congregacionales, plurales, ejemplos de equipo de trabajo. No es que Cristo necesitara tener discípulos; Él era todopoderoso, pero Él eligió, en gran medida para darnos ejemplo a nosotros, un grupo heterogéneo de hombres que en lo humano pareciera que iban a restar más de lo que iban a aportar al ministerio del Señor. Pero Él eligió trabajar con gente. No es la voluntad del Señor que nosotros seamos sueltos. La obra de Cristo avanza en relaciones: Pablo y Bernabé, Pablo, Bernabé y Juan Marcos, Pablo y Timoteo, Timoteo y Juan Marcos. En Hechos 13 se menciona a Simón llamado Níger, Lucio de Cirene, Manaén y Saulo, que estaban orando juntos porque querían hacer la obra del Señor.
Onésimo, Tíquico, Aristarco, Lucas y Epafras parece que trabajaban juntos para el Señor. Pablo y Tito. Yo voy enterado; Pablo nunca aparece solo. Uno dirá: “Pablo, pero tú tienes la elocuencia necesaria, tú tienes todo el conocimiento, tú solo puedes visitar la iglesia”. Pablo elegía edificar la iglesia en equipo y, para edificar la iglesia en equipo, hay que trabajar en relaciones. Si buscas las imágenes de la iglesia en el Nuevo Testamento, todas son comunitarias, colectivas, plurales. Iglesia significa asamblea. Yo recuerdo que durante un tiempo, mientras yo escribía en internet, yo popularicé una frase; decía: “Yo soy la iglesia”. Y parecía tan emotivo: yo soy la iglesia. Pero al mismo tiempo tiene un peligro enorme. “Yo soy la iglesia” significa que yo represento a Cristo, “yo soy la iglesia” significa que no tenemos siempre que estar juntos para comportarnos como cristianos, pero al mismo tiempo podría transmitir la idea de que yo soy autosuficiente en sí mismo, de que yo, como un individuo, soy iglesia. ¿Sabes lo que significa iglesia? Iglesia significa asamblea.
Y un miembro no hace asamblea. La iglesia se presenta como una familia. “Yo soy una familia de uno” no es una familia. Hay relaciones. La iglesia se presenta como un edificio bien coordinado, y un edificio bien coordinado es más que puertas y blocks sueltos. Hay un andamiaje; hay elementos que mantienen este edificio en orden. La iglesia se presenta como un cuerpo con diferentes miembros, como un jardín, como una ciudad, como un rebaño. Estoy mostrando, hermano, que no basta con que usted se aproxime a la vida cristiana como usted solo, porque también me necesita a mí y yo lo necesito a usted, y que no basta con tener relaciones nominales: hay que eliminar las asperezas y que los creyentes aprendan a ponerse de acuerdo.
Pretendemos que lo somos, pero aun las iglesias locales tienen que aprender a trabajar juntas. Esto es un ecosistema, y lo que está pasando en la iglesia de al lado tiene que ver con la iglesia aquí presente. Es interesante que Pablo está en Roma y el problema ocurrió en la iglesia en Colosas, y él dice: “Vamos ahora a visitar los problemas del pasado, a rascar la herida vieja”. Eso ya “murió en Colosas”; de hecho, esa gente quizá ni siquiera están pensando en ti. No. El apóstol se toma tan en serio la iglesia en Roma como la iglesia en Colosas y le dice: “Hay que ponerse de acuerdo”. En este momento Pablo está preso, y Pablo preso entiende necesario que Filemón y Onésimo se reconcilien, porque tarde o temprano ellos van a encontrarse, y esperemos que cuando se encuentren ya estén reconciliados.
Reconciliación: costosa, pero necesaria
Donde es fácil decirlo que hacerlo. Gran parte de la experiencia cristiana es la experiencia de la reconciliación. Dios estaba en Cristo reconciliando consigo el mundo; nos encargó el ministerio de la reconciliación. Y reconciliarse no es fácil, sobre todo porque uno piensa que no hace falta. Las cosas que más ralentizan el avance de la causa de Cristo son asuntos que parecen pasivos, que no se notan: por eso es un pasivo activo, porque siguen estando en medio de nosotros. Son tristezas del pasado que todavía nos alcanzan. Yo hablaba con Carlos y le decía: “Tengo tiempo con ganas de predicar esta carta con este énfasis”. Yo tengo cantidad de momentos donde he visto la mano del Señor en reconciliar relaciones.
Yo no lo quisiera llenar de testimonios personales, pero espero que el Señor dé gracia al respecto. En privado le he testificado a muchos de ustedes la manera en que yo salí de la iglesia de Lucerna. Yo tenía en ese momento 25 años. Habían situaciones que probablemente yo no compartía, pero yo estaba siendo llamado por el Señor a sembrar una iglesia. Yo no me despedí de la iglesia, sino que salí. Y la manera en que salí después entendí que fue una manera muy poco elegante, pues no me despedí. Yo podría justificarlo de diferentes maneras, pero la realidad es que era una iglesia donde yo había orado y amado, y yo en la iglesia de Lucerna no era un cero a la izquierda; era un hermano muy activo.
Y no lo digo por mí, hermanos; yo creo que el Señor me visitó y me dio gracia, y a los pocos meses yo fui a la oficina del pastor Parra. Le dije: “Pastor, mire, aunque usted y yo habíamos hablado muchas veces de esto, yo quiero decirle que la manera en que yo salí de aquí quizás no fue la manera apropiada, y yo quiero despedirme”. Y usted me dice: “Yo no creo que Parra tuviera una agenda en eso, yo no creo que él estuviera pensando en ti”. Pero mi corazón estaba cargado, porque había una relación importante en mi vida que era la relación con alguien que me formó, y no hubo una despedida. Y le mandé una cartita, hermano, la cartita más emotiva que yo pude conseguir.
Y después me encargué, año tras año, durante 15 años, de darle una llamadita al pastor Parra para que él sepa que yo lo apreciaba, invitarle a la iglesia, porque yo entendía que era una relación que debía ser restaurada. No le digo, hermano, que Parra tuviera una agenda conmigo, ni que estuviera pensando en mí, pero había algo en mi corazón que me recordaba que yo salí de Colosas, pero que en Colosas se quedó un tema abierto. Tiempo atrás me llamó alguien de la iglesia de Lucerna y me dijo: “Estamos celebrando el Día del Pastor y quisiéramos que usted venga a predicarle a Lucerna”. Hermano, yo creo que fue uno de los momentos más emotivos de mi ministerio.
Testimonio personal de reconciliación y su fruto
Yo sentí que la debida diligencia que se hizo en el momento de llegar donde Parra a decirle: “Pastor, yo quiero que usted sepa que hay gratitud en mi corazón”, y que, probablemente, aun saliendo de aquí a otro lugar, quizás no me despedí, quizás no existían los mecanismos, qué sé yo, pero yo quiero que usted sepa que lo que hay en mi corazón es gratitud. Yo creo que la cartita que se mandó en aquel momento valió la pena, y creo que las invitaciones reiteradas y la deferencia hacia él, el Señor lo usó como medio de gracia. No digo, hermano, que haya habido un tema pendiente con Parra; nunca lo hubo. Pero uno sabe cuando en el corazón las cosas no están correctas, ¿pueden entenderme? En eso hay un lenguaje no verbal donde usted sabe que las cosas no están en orden. Hermano, yo llegué ese día a la iglesia de Lucerna; yo tenía más de una década que yo no llegaba. Yo recuerdo que ese día llegué a la iglesia donde yo crecí y me encontré con mi gente, me encontré con mi pastor.
Cuando él me vio, hermano, fue para él una sorpresa verme, porque los hermanos querían agradarlo llevando a alguien que Parra había formado para que predicara. Prediqué dos veces, hermano, y yo creo que el gozo de haber sentido… yo salí liviano. Yo recuerdo salir de la iglesia donde había predicado dos veces, compartimos un rato en su oficina; él hizo un chiste —Parra es muy gracioso—. Yo creo que a muchos de ustedes les consta, hermanos, el amor que hay en mi corazón hacia Parra, pero al mismo tiempo yo quiero que les conste que esa relación no siempre estuvo igual.
Pero el Señor hizo un milagro. Del mismo modo testifico, hermano, así como en la iglesia ocurre en cualquier relación, que hay momentos altos y momentos bajos, pero debe haber una intención activa de reconciliarnos. Hay llamadas que hay que hacer, hay visitas que hay que hacer, si entendemos que realmente somos recursos en la causa de Cristo y que la causa de Cristo es más grande que nuestros egos, que nuestros intereses, que nuestras particularidades. Yo creo que cuando ponemos la causa de Cristo por encima de mi comodidad particular, hacemos lo que hay que hacer. El conflicto entre dos hermanos, Onésimo y Filemón, compete a toda la iglesia. Alguien dice: “Son asuntos privados”. No, no es privado, porque tú eres parte de algo más grande que tú, y que tú mismo no miras. Eso realmente nadie lo sabe, tú lo sabes, está en tu corazón. Hay que buscar la reconciliación.
A veces uno quiere impulsar cosas en los caminos del Señor, pero uno puede sentir quizá no la hostilidad, pero sí la falta de armonía. Le recuerdo esa anécdota que la he compartido; la leí en un libro. Decía que Winston Churchill, cuando fue primer ministro, cada iniciativa que él tenía en el Parlamento, había una persona que se le oponía. Y él decía: “¿Pero por qué esta persona se me opone?”. Cada vez que él proponía algo, la persona se oponía. Eso pasa a veces en la iglesia del Señor, que hay un hermano que tiene una iniciativa, pero la gente no respalda la iniciativa. ¿Y por qué? Porque es el hermano. Y quizá no es un asunto explícito, pero hay algo en tu corazón que, si lo propusiera otro, probablemente tú lo respaldarías con un poco más de ánimo. Lo que hizo Churchill fue que él entendió que él quería impulsar iniciativas a favor del Reino Unido, y él visitó a la persona en su casa.
El esfuerzo intencional por reconciliar y su impacto en la iglesia
Le tocó la puerta. Le dijo: “Mire, circulan que soy tal, yo soy Winston Churchill, nos encontramos en el Parlamento, y yo quiero que usted me haga un favor: que usted me preste un libro”. Y la persona le prestó un libro a Churchill, y Churchill se llevó el libro a su casa y después se lo devolvió. Pero la persona sintió que, cuando Churchill le pidió un favor, algo se subsanó en la relación. Y dice Churchill que, de ahí en adelante, cada iniciativa que él propuso en el Parlamento fue aprobada por ese hombre. Ay, hermano, a veces lo que necesitamos no es un talento nuevo, es que dos hermanos de una iglesia local se pongan de acuerdo y digan: “Hermano, mira, tú y yo servimos por allá en el 2012, y la verdad es que no nos fue bien, no nos pudimos poner de acuerdo. Vamos a juntarnos y vamos a un café, porque si el Señor no ha venido, por ahí está el 2024, el 25, el 29, y hay muchas cosas que juntos podemos hacer para el Señor”.
Este conflicto no es algo privado. De hecho, Pablo, cuando saluda, saluda a Apia, saluda a Arquipo, y al final de la carta menciona como cinco nombres. ¿Privado? No, no, hermano, no es tan privado, porque tú eres parte de la iglesia del Señor. Es que tú estás representando algo que es más grande que tú, y no es lo que eres tú: es lo que tú representas, y tú representas algo muy valioso para el pueblo del Señor. Una relación entre dos hermanos que no ha sido restaurada está afectando no solamente a Pablo, no solamente a Onésimo; está afectando al mismo tiempo a Apia, a Arquipo, a la iglesia que está en su casa, está afectando a Epafras, está afectando a Marcos, Aristarco, Demas, Lucas y a los demás colaboradores. Nosotros no somos isla; somos parte de un cuerpo mucho más grande que nosotros mismos.
¿Qué muestro con esto, hermano? Que no es privado. Me llama la atención lo aparentemente insignificante del caso con relación al esfuerzo que está haciendo Pablo. Uno dice: “Pablo, ¿y realmente vale la pena? ¿Vale la pena depender de un esclavo? ¿Vale la pena mandar a este hombre a más de 2000 km, con viajes en barco, para que llegue a un lugar donde probablemente su llegada lo que sea es una llegada escandalosa? ¿Hace falta exponerlo?”. Bueno, se mandaron dos cartas: la carta a Filemón y la carta a los Colosenses, y bajaron juntas. Fue un asunto tan complejo que el apóstol Pablo le mandó una carta a la iglesia de Colosas y le mandó una carta privada a Filemón con dos equipos: uno llevaba una carta y otro llevaba otra carta. Y yo digo: “Pablo, ¿realmente hace falta?”.
Oye, pero Onésimo no es tan importante; Filemón no es tan importante; Onésimo no es tan importante ni Filemón. Cristo importa, y la causa de Cristo requiere que nosotros hagamos altos sacrificios, entre ellos limar las asperezas. Y decir, hermano: “Mira, tú y yo vamos a tener que ponernos de acuerdo, porque probablemente no tengamos el mismo registro, probablemente no hayamos conectado, pero tú estás aquí y yo también”. Uno no trabaja, hermano, con quien uno quiere trabajar; uno trabaja con quien el Señor le concede trabajar. Y hay gente con la que hay que comenzar, aunque sea con cachú, pero eso fue lo que el Señor te trajo. Bueno, yo tengo esa resolución: yo le voy a buscar la vuelta a mis hermanos.
El costo real de la reconciliación: riesgo, incomodidad y fe
No para entretener a nadie, pero yo admito que no trabajo con todos mis hermanos con el mismo nivel de coincidencia que con otros. Pero hay algunos que, aunque no tengamos el mayor nivel de empatía, necesitamos trabajar juntos. Yo elijo trabajar con mis hermanos. ¿Por qué elijo trabajar con mis hermanos? Porque el Señor me los puso aquí. No voy a esperar a que llegue “el hermano ideal” que no ha llegado; con este es que hay que trabajar. “Pero que ya yo estoy cansado de sacar chispa con este”. Bueno, vamos a intentar sacar menos chispa y producir más fruto. Hermanos, enfatizo la diligencia personal. Quizá Pablo le hubiese dicho a Onésimo: “Mira, Onésimo, vamos a mandar una carta a ver qué dicen”.
No. “Onésimo, vamos a mandar una carta y la vamos a mandar contigo”. “Pablo, ¿y de verdad hay que mandar la carta y que la lleve yo?”. “Ay, sí, hermano, la vas a llevar tú”. Filemón no pastoreaba una mega iglesia en Colosas; según el versículo 2, la iglesia se reunía en una casa. O sea, que estamos hablando de un conflicto con una congregación que probablemente tenía, digamos, 20 integrantes, 15, 25, lo que quepa en una casa. Métale 40 si era una casa grande. Pero ahí había una relación que se había dañado y necesitaba ser restaurada porque los dos temían a Cristo. Hermano, y si los dos tememos a Cristo, no hay manera en que nosotros no nos podamos poner de acuerdo, porque tenemos a Cristo.
No quisiera, hermanos, ser en esto iluso y pensar que es una diligencia de un fin de semana. No, hermano, restaurar relaciones es difícil, sobre todo las relaciones que parece que están bien, porque son relaciones donde hay que rascar de nuevo una herida muy vieja, donde uno pretende que esa herida no está ahí, pero aquí está de nuevo la herida. Hay que volver, y eso no es cómodo. La reconciliación es un trabajo difícil, y es difícil porque frecuentemente optamos por perdonar administrativamente y dejar las cosas como están. “Ya yo lo perdoné”. ¿Él sabe que tú lo perdonaste? “Ya yo eso no lo tengo en mi corazón”. ¿Pero él sabe que hubo algo en tu corazón? “¿Y para qué lo tiene que saber?”. Ahí está el tema.
Es el detalle de que uno piensa que intentar restaurar relaciones puede producir un conflicto aún más grande, y es verdad. Te imaginas que la noticia hubiese sido que, de allá para acá, le llevaron la cabeza a Onésimo y que hubo un revuelo tan grande en esa iglesia que se dividió. Y el apóstol Pablo pensando: “Ese era un problema que no era fuego, y ahora yo desperté el problema”. Hermano, restaurar relaciones requiere poner cosas en riesgo. Parece una expresión de amor decir: “Yo dejé las cosas como están”, pero dice la Escritura en 1 Corintios 13:4 que el amor es sufrido.
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece.
— 1 Corintios 13:4
“Eso ya no hay ni que hablarlo, eso pasó, eso es algo que dejamos el año pasado”. No, hermano, hay que sufrir la reconciliación.
Matrimonio, iglesia y el peligro del “cascarón” sin corazón
Recuerden que hay dos instituciones que Dios creó y una anuncia a la otra, y tanto la iglesia como el matrimonio, cuando usted no busca activamente ponerse de acuerdo y limar las asperezas, usted lo que está es invirtiendo en los problemas del futuro. Quienes eligen tomar distancia terminan haciendo gran daño. ¿Ha visto usted a otra persona que fue herida y no dijo que fue herida, sino que guardó la herida en su corazón? Y nadie sabe que esa persona tiene la herida en su corazón, pero la herida está ahí. Sentido de abandono emocional. Ha habido otra persona que emocionalmente se desconectó, y tú dices: “Mira, yo sé que él y yo estamos juntos, pero la verdad es que hay algo que falta”.
Quitó el corazón. Ah, no, yo lo he hecho, y le pido al Señor que me dé la gracia de no volver a hacerlo. Cuando tú te sientes que estás herido y tú guardas el corazón, y tú dices: “No, ya me ha mordido tres veces, yo prometo a veces con Harold: ‘Hombre, es que yo no estoy listo para la conversación, porque la persona me ha mordido ya tres veces, y yo quisiera que me muerda el año entrante, no este mismo año’”. Bueno, pero yo también muerdo, ¿me siguen? El matrimonio funciona igual. Los matrimonios que más se están deteriorando son los matrimonios que no eligieron limar sus asperezas, porque uno de los dos cedió.
Y yo invito ahora, cuando me reúno con un matrimonio, a decirle: “No se den por vencidos”. “¿Cómo que no se den?”. “No, mira, llega un momento en que tú tienes que tener la discusión que hay que tener, que hay que tener el pleito que hay que tener”. Recuerdo un momento en que me llamó el pastor Luis y me agarró justo cuando yo estaba teniendo una fuerte discusión con Harold. Yo hablé con Harold, hermano, le pedí permiso para hacerle la anécdota, porque claro, nosotros no somos una pareja ideal. Yo no voy a comprar el problema de mañana en mi casa. No, pero la verdad, hermano, yo no tengo un matrimonio ideal; yo tengo un matrimonio que hemos tenido que luchar para ponernos de acuerdo. Y sí, hemos tenido que luchar.
Hay personas que siempre están como en la misma página, que siempre están de acuerdo. Para que Harold y yo nos pongamos de acuerdo y glorifiquemos al Señor juntos en el matrimonio, nos ha requerido años y trabajar activamente. No ha sido un asunto de un fin de semana, y frecuentemente no estamos de acuerdo.
Tener los conflictos necesarios para ganar verdadera paz
Y en alguna temporada yo he elegido tener con mi esposa los conflictos que hay que tener, porque yo digo, hermano —y al decir la palabra siento que quizá alguno se ofenda, no te quiero ofender, es que esa ha sido mi experiencia—, yo me resisto a tener un cascarón de matrimonio. Un cascarón de matrimonio es cuando los elementos están ahí, pero no hay sentimientos, no hay emoción, no hay deseo. Yo quiero tener un interés en mi esposa y que ella tenga un interés en mí, y para eso tenemos que trabajar activamente las diferencias. Y me llamó el pastor, y cuando me llamó me dice: “¿Qué tú haces, Rafa?”. “Mira, acabo de tener aquí un pleito con Harold”. “Apaga y vámonos”.
Yo siento que Luis se asustó: “¿Rafa, qué es lo que pasa?”. “No, es que yo tengo un matrimonio que no me ha sido fácil”. Pero mirando en retrospectiva, hermano, agradezco al Señor esa temporada de conflicto en mi matrimonio, porque de ahí salieron muchas cosas buenas, entre ellas que logramos restauración y nos pusimos de acuerdo. En la iglesia sucede lo mismo. Bueno, hay discusiones que usted tiene que tener con sus hermanos. “No, ¿y para qué? Porque eso trae tristeza”. “Sí, para que él sepa que yo lo entristecí”. De hecho, hay hermanos que usted tiene que llamarlos para cosas sencillas: “Mira, hermano, realmente me fue ofensivo eso que tú me dijiste, y yo quiero que tú lo sepas”.
El que asume vivir así parece que está comprando problemas. Tú no estás comprando problemas; tú estás comprando paz. Tú estás comprando fruto. Estás comprando armonía para el pueblo del Señor. Y el que elige siempre guardar silencio, perdonar administrativamente como yo le llamo —que eso es “no, eso no hay que hablarlo”—, ni hablarlo. Háblalo. Di qué fue lo que te dolió. Hay cosas que son tonterías, pero duelen igual. Semi tonterías, si respetas mi tontería, déjame decirte que me duele la tontería. Esta semana yo voy a estar dando tickets a cualquier persona que quiera venir conmigo a hablar de tonterías. No es broma, hermano, es una broma, pero lo que quiero decir es que hay cosas que parecen insignificantes. Toma un ticket para tu insignificancia, figuradamente hablando; bébase un café con esa persona.
Restaura una relación por amor a Cristo. Encuentra un “Onésimo–Filemón” con el cual caer allá con una carta y decirle: “Mira, yo vine a decirte que probablemente tú no te recuerdas, pero nosotros en el 2008 tuvimos una discusión. Yo quiero que tú sepas que yo no estoy pensando en eso, porque yo no sé si tú estás pensando en eso”. ¿Entiendes la lógica? Tú tienes que decir: “Yo no estoy pensando en eso, pero yo quiero asegurarme de que tú tampoco estés pensando en eso”. Y frecuentemente, después de eso, hay un abrazo, hermano, y una palmadita en la espalda y mucho fruto por la causa de Cristo. Esa es la razón por la que el Señor puso la carga de la reconciliación del lado del agraviado. Miren Mateo 18 completo: se trata de restauración de relaciones.
La carga de la reconciliación según Mateo 18
Y una parte de Mateo 18 te dice que si tu hermano peca contra ti, ¿quédate en tu casa, pon dos sillas y espera a que el hermano venga? No. Dice Mateo 18 que si tu hermano peca contra ti, ve y busca tú al hermano que pecó contra ti. Eso es amor cristiano. “Oye, pero yo fui el ofendido”. Sí, pero Cristo fue más ofendido que tú en cualquier situación, y, probablemente, la persona que te ofendió no sabe que te ofendió. Y este conflicto que tú tienes en tu corazón va a repercutir en poco fruto para la gloria del Señor. La carga en la reconciliación, en la Escritura, está del lado del agraviado. Hermano, no para que la gente se pase la vida pisándole la piel a la gente, metiendo los dedos en los ojos y entendiendo que “al que le dolió que grite”. No es eso.
Lo que estoy mostrando, hermano, es que tú no deberías asumir que todo el mundo entiende la misma cosa. Si a ti te dolió, búscale tú. De hecho, Mateo 18 completo trata de restauración de relaciones. Dice: “¿Quién es el mayor de todos?”. Y responde: “El que se humilla como un niño”. Dice Mateo 18:6–9 que evitemos hacer caer a nuestros hermanos pequeños. Dice Mateo 18:10–14 que cuando al Señor se le extravió una oveja, Él dejó 99 y la salió a buscar. La gente habla de eso como si fuera principalmente sobre evangelismo; no es principalmente sobre evangelismo, es principalmente sobre restauración en las relaciones. Es que el Señor te salió a buscar a ti; si Él te buscó a ti, sal tú a buscar a tu hermano.
Del 15 al 21 se describe un proceso de reparación que se ha tomado como si fuera un proceso para la disciplina en la iglesia. No es la disciplina en la iglesia; son conflictos personales. Dice: “Si tu hermano peca contra ti, ve tú y búscalo. Y si no te recibe, busca a alguien que te acompañe, porque tú quieres que tu hermano te reciba y tú quieres restaurar la relación”. Hermano, qué hermoso es alguien que se cierra banda en que él no se conforma con que esa relación esté en el estado que está. Es un hermano que parece necio, porque dice: “No, hermano, que yo quiero ponerme de acuerdo contigo, y aunque tú no quieras ponerte de acuerdo conmigo en este momento, yo lo voy a seguir intentando”. La parábola de los dos deudores, todo está en el mismo capítulo; el Señor está hablando de restauración en las relaciones de la iglesia. Buscar la relación restaurada es realmente difícil.
Fue difícil para Pablo. Uno diría: “Pablo, pero tú sí eres ingenuo, estás comprando un problema. Fuiste a buscar a un esclavo que defraudó a su amo. Quédate callado”. Nosotros no podemos vivir así como viven los incrédulos. “No te metas en problemas”. No, métete, hermano, con prudencia, métete. Porque en gran medida el pueblo del Señor pierde sus batallas porque está dividido contra sí mismo, y el pueblo que está dividido contra sí mismo no prevalecerá. ¿“Pablo, ahí estás tú opinando”? No, no está opinando; es que Pablo ama la iglesia del Señor. Sin embargo, tengo que reconocer que esto fue un asunto costosísimo para Pablo. Pablo no estaba en un momento cómodo de su vida. Él escribe y dice: “Ya anciano y, ahora, además, prisionero de Jesucristo”. Pablo estaba preso, y el preso es el que está mandando a Onésimo. “Fulano, pero yo estoy preso, ¿tú no? Ve, reconcíliate”.
El riesgo de interceder y el ejemplo de Pablo
Ay, hermano, hay gente que, en vez de buscar la reconciliación de sus hermanos, lo que hace es que le toma banda al otro y utiliza el dolor que ocurrió en una relación para aprovecharse de eso. Dos fueron muy cercanos, y aparece un tercero y dice: “No, mira, tú peleaste con fulano; júntate conmigo”. No, no, no, ve, júntate con Filemón. Al interceder por Onésimo, Pablo estaba arriesgando que esta carta a Filemón fuera una carta incendiaria. Es el tipo de carta donde te dicen que sí o te estás comprando un lío grande. Pablo está colocando de frente a Filemón con relación a Onésimo, y le habla en la carta con un nivel de autoridad que esa carta… Él va a tener que decir que sí, y si tú vas a decir que no, se dañó la relación con Pablo.
Después que Pablo le dice a él: “Mira, si él te debe algo, yo te lo pagaré; es más, tú mismo te me debes a mí. Recíbelo como si fuera a mí”. ¿Cómo tú le dices que no? De Filemón decir que no, significaría que ahora hay dos relaciones deterioradas: la relación entre Onésimo y Filemón, y la relación entre Filemón y Pablo. Parece que Pablo está comprando un problema, pero yo creo que el Señor puede tener misericordia. Yo no le estoy predicando a nadie; me predico a mí principalmente. Pero yo estoy consciente de que uno a veces conoce conflictos que están abiertos, y hay gente que se deja llevar del morbo del conflicto, porque al hombre natural eso le gusta.
“Vamos a ver si se van a encontrar, a ver cómo se saludan”. Eso es diabólico. Eso no es de Dios. Entre las cosas que aborrece Jehová están aquellos que siembran discordia entre hermanos. Usted no viene a la iglesia a comprar una novela, a ver si se saludan, a ver si se dan la mano: “No, mira, ni se juntaron; uno salió por una puerta y otro por la otra”. ¿Usted se congrega o usted se congrega en la iglesia para reconciliar relaciones? Y si usted conoce que una relación necesita ser trabajada, no sea indolente, diga: “Miren, ustedes han trabajado juntos muchos años; búsquense”.
La vehemencia con que Pablo escribió no daba lugar a un plan B. Pablo puso todo en esta carta. Le dice en el versículo 8: “Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que conviene…”. Eso no es un: “Mira, yo supe que hubo algo ahí, y yo quiero saber si tú estás pensando en eso”. No, Pablo, hermano, se está arriesgando con un riesgo enorme. Yo soy muy conservador para pedir favores; me arriesgo poco, no me gusta colocar a la gente en la posición de que me diga que no, y le bordeo y busco la manera. Pero con otro tipo de cosas hay que ser frontal. “Mira, fulano, ahorita te voy a hacer una llamada, una llamada incómoda. ¿No puedo hablar ahora?”. “Yo sé que sucedió algo en algún momento; yo quiero invitarte a que en este año no dejemos que llegue el 2024 sin ponernos de acuerdo”.
Fue difícil. No, no es tan fácil; todos tenemos nuestros propios líos como para salir a lidiar con los líos de otros, pero eso es piadoso. Buscar la reconciliación. También estaba siendo difícil para Onésimo. Yo me imagino a Onésimo cuando Pablo le dijo: “Oye, Onésimo, tenemos que hablar del tema aquel”. “¿De qué, Pablo?”. “De lo que pasó en Colosas”. Se rompe el hielo ahí; no es fácil, hermano. “¿Qué, Pablo? ¿De verdad estamos hablando de eso? Pablo, yo de eso no voy a hablar”. “No, sí, ven, Onésimo, ven”. Yo me imagino a Pablo ahí preso, y Onésimo vino a visitarlo, a traerle algo —dice que le servía en sus prisiones—. Quizás le trajo una comida o algo, y Pablo le dijo: “Oye, hermano, gracias, qué bueno estaba. Mira, hay algo de lo que tenemos que hablar”. “Sí, ¿tiene usted un nuevo viaje misionero, hay alguna tarea para mí?”. “Sí, Onésimo, mira, yo quisiera que hablemos de lo que sucedió en Colosas”. Y comienza ahí Onésimo a respirar profundo: “Yo no hablo de eso, no quiero hablar de eso”. “Hay que hablar”.
El riesgo personal de Onésimo y el llamado a vencer el temor
Pablo envió una carta, pero Onésimo llevaría su propio cuerpo. Él fue el mensajero. Llega Onésimo, “para acá”, en esta parte del mundo, con su linda cara, y ha llegado. Bueno, esa carta era un salvoconducto. Yo me imagino a Onésimo llegando a Colosas. El apóstol Pablo, según Colosenses, no lo mandó solo; le mandó a alguien que lo acompañara, porque hay cosas que es mejor enfrentarlas acompañado. Pablo, hermano, eso es alta diplomacia. Pablo le mandó una carta a Colosas, le dijo a la iglesia en Colosas que compartiera la carta con otra iglesia más, mandó como cuatro emisarios: dos con una carta y dos con otra; está buscando que cuando lo maten, por lo menos alguien dé la noticia. Yo me imagino que Pablo dijo: “Miren, lleguen ustedes primero, manden la carta para la iglesia, y cuando la iglesia haya leído la carta, entonces lleguen ustedes”.
Ya imagino a Filemón, a Onésimo llegando donde Filemón, sudando: “Aquí… mira, lee eso. Yo soy Onésimo, hermano, y yo no hablo. Lee eso; y lee la firma final primero, para que tú veas que dice: ‘Yo, Pablo, lo escribo de mi propia mano’. Léelo”. Y después que lo leyó, el silencio incómodo. Recuerden que el castigo legal que correspondía por traicionar a tu amo era la muerte. Onésimo estaba dispuesto a correr un gran riesgo por amor a Cristo, a su iglesia, evidenciando las realidades de su fe. ¿Sabes cómo tú sabes que tú naciste de nuevo? Porque ya no le tienes tanto temor al hombre. Tú dices: “Mira, lo que me toque es lo que me toque, pero yo voy a hacer lo que hay que hacer”. La gente dice: “A mí no me gustan los conflictos”. Esa es la generalidad de la gente; a mí tampoco me gustan, hermano, pero ¿qué tú vas a hacer? Aquí se nace. A nadie le gustan.
Por otro lado, Pablo le dice a él, en el versículo 16: “Te lo estoy enviando ya no como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado, mayormente para mí, pero cuánto más para ti, tanto en la carne como en el Señor”. O sea, Pablo, lo que tú me estás diciendo es que tú vas a disponer ahora de mi casa. “O sea, ahora tú vas a decir cuáles esclavos míos son esclavos y cuáles no”. Qué duro, hermano. Mira lo que Pablo está pidiendo aquí por Onésimo; es costosísimo. Era algo absolutamente legítimo que Filemón le recibiera y lo mandara para su casucha de esclavo de nuevo y que haga su trabajo. Pero él le está diciendo: “Mira, yo te lo estoy mandando, pero no lo recibas allá como un esclavo, sino como más que esclavo, como un hermano amado”.
A mí me han hecho solicitudes de este tipo, hermano. No así, o sea, quién soy yo para que me hagan solicitudes así, pero me han pedido cosas que yo digo: “¿Pero esta persona entiende que yo soy el dueño de la vida de alguien?”. ¿A quién tú le pides eso? Eso es abrupto, eso no se pide. ¿Usted se imagina, hermano, que él era libre en Roma y ahora, cuando llega a Colosas, lo vuelvan a esclavizar y hasta lo vendan a otro? “Mira, como tú me lo hayas graduado a mí ya no me sirve a mí; sirve al vecino”. Un riesgo enorme. En este momento ya no era un conflicto solo con Filemón, sino con toda su casa, quizá hasta con la ciudad, porque esas cosas corren. Por eso Pablo le está escribiendo; se infiere —dicen algunos comentaristas— que Apia y Arquipo, al parecer, eran la esposa y el hijo de Filemón, y Pablo está escribiendo a toda la familia, porque un esclavo era un asunto familiar.
La dificultad para Filemón: perdonar cuando fuiste el agraviado
Ya mencioné que la reconciliación estaba siendo difícil para Pablo porque está comprando un problema ajeno. Está siendo difícil para Onésimo, que está corriendo un riesgo personal alto. Ahora póngase en el caso de Filemón. Usted fue al que lo deshonraron, usted fue al que lo dañaron, y de paso lo dañan feo. Y ahora ustedes quieren que al que le dañó usted le dé la ñapa. “Guau, Pablo, ¿me estás diciendo a mí ahora que al esclavo que me defraudó yo lo premie?”. Perdonar siempre ha sido tenido como una muestra de debilidad. Si Filemón le perdonaba, yo le aseguro que iban a haber 15 en Colosas diciendo: “Mira a ese, blandito. Por eso que a mí no me gustan los cristianos; ahora va una moda que al esclavo que defrauda lo premian”. Ah, no, ese es el evangelio.
Que en vez de darte lo que te corresponde, te están dando lo que no te corresponde. Eso es gracia. Yo creo que un ejemplo dramático de la gracia es este: que usted defrauda a quien no debe defraudar, lo ponen al frente, y en vez de darte lo que te tocaba, te dan lo que tú no estabas esperando. Pablo mismo se ofreció a pagar la deuda, pero el problema ya no es la deuda. Si fue robo —no digo que fuera robo, pero si fue robo, porque él le dice: “Si algo te defraudó, yo te lo pago”—, cuando una persona te roba, lo moral duele más que lo material. Esa sensación de que alguien me quitó algo, que me defraudó, que me traicionó, duele más el sentido de que alguien de tu confianza te haya fallado que hasta el valor material. O sea, que lo que Pablo está diciendo de “yo te lo pagaré” quizás es el problema mínimo. ¿Cómo tú me pagas el corazón?
¿Cómo tú le vas a pedir ahora que le reciba con confianza? “Porque tú crees en él; yo no creo en él”. Al perdonar, Filemón estaría transgrediendo una norma social y, sobre todo, él tendría que ahora reconocer y reconectarse con Onésimo. Escuche: ya Onésimo no es el Onésimo que se fue; el Onésimo que está regresando de Roma ya tiene en su haber más de 4000 km, y en el mundo antiguo eso le cambia la mala vida a cualquiera, porque eran tránsitos muy ajetreados. Ya es otro hombre en muchos sentidos. A veces esa persona que te defraudó tiempo atrás, tú te reencuentras con la persona y esa no es la persona que era; es otra persona en otro sentido. Y reconocer a nuestros hermanos es una tarea que está pendiente.
Ahora Onésimo era un cristiano formado por Pablo, a quien evidentemente Filemón admira. O sea, siendo el mismo hombre que se fue, este es un hombre diferente. Eso cuesta mucho en las relaciones, y es la razón por la cual las relaciones se mueren, porque la gente se aferra a una foto en la vida de alguien. La gente piensa que quien le dañó en los 90 es la misma persona el día de hoy. Esa no es la misma persona; es otra persona. Y para tú reconciliarte ahora, tú tienes que reconocer a otra persona.
La gente cambia: volver a reconocer a los hermanos
Ahora Pablo le recomienda en dos versículos a Onésimo como obrero. Dice, en el versículo 11: “Él te fue inútil, pero ahora nos es útil”, y más adelante, en Colosenses, dice: “Lo he probado”. ¿Qué es lo que estamos viendo aquí, hermano? Que los seres humanos no somos objetos estáticos; estamos cambiando. Y que los hermanos que tú conociste en el 2008 probablemente ya no son los mismos. Yo he hecho este esfuerzo intencionalmente en los últimos años, y es volver a reconocer a mis hermanos. Hay gente que estamos trabajando juntos hace ya 15 años, y yo no puedo pensar que somos los mismos muchachos solteros que comenzamos en el 2008. Yo he tenido que reencontrarme con mis hermanos en otros momentos de su vida y decir: “Mira, ya no es una joven soltera; ahora es una hermana casada, con unos cuantos niños, con un marido, con una vida productiva; ya no es la misma persona que yo conocí”. Y lo mismo al revés: ya no es fulano; esa persona no existe.
Hermano, no piensen que yo soy el mismo hombre. Con Harold yo bromeo de eso; ayer hablaba en el retiro de jóvenes acerca del matrimonio y les decía que parte de tú permanecer casado es entender que tu esposa va a cambiar muchas veces y tu esposo también, y tú vas a tener que volver a entusiasmarte con la versión del momento. No somos los mismos, y tu iglesia local ha cambiado mucho. Hay gente que se quedó con el Pez Mundial del 2012. “Nosotros los de antes ya no somos los mismos”, dijo el poeta. Tus hermanos tienen un registro emocional distinto, tienen prioridades diferentes, tienen actitudes que probablemente a ti te parezca que los desconoces, y vas a tener que conocerles de nuevo. Y, sobre todo, si realmente son del Señor, el Señor hace cosa nueva todos los días en nuestro corazón.
La esperanza de la reconciliación es esta: aquel que te ofendió antes ya no existe, y tú vas a tener que volver a encontrarte con él. Hay una gran injusticia en aferrarse a la gente a una foto. Esa persona que se queda enganchada dice: “No, él es así, él era así, él fue así, es inconstante”. “No, mira, yo le conozco y ya no lo es”. “Sí, en el 2011 él me dijo que iba a hacer una cosa y no la hizo”. Espérate, en el 2011. Lo que te quiero invitar es a que mires a tus hermanos de nuevo y te reentusiasmes diciendo: “Probablemente son otras personas en muchos sentidos; tienen otro corazón. El Señor ha seguido obrando”. Lo que va a tener que hacer en este momento Filemón es recibir a Onésimo, pero reconocer a Onésimo: “Sí, a Onésimo, pero es que ya tú no hablas igual, ya tú no piensas igual, ya tú no eres el mismo hombre”. “No, no es el mismo hombre”. Y ahí hay salud para las relaciones.
Qué triste es una persona que siempre se queda como enganchada: “No, que tú cambiaste”. Y utiliza esa frase como manipulación: “No, es que tú estás muy cambiado”. ¿Y qué tú esperabas? ¿Qué tú querías, que yo me quedara igualito? Hay gente que quiere como que todo se quede estático: “Yo me quedo aquí esperando que tú llegues”. No, Onésimo cambió; Filemón, reencuéntrate con Onésimo.
Cambios de etapa y la necesidad de actualizarnos en las relaciones
Cambios en las etapas de la vida. Yo no hablé con ellas, hermanos, pero nadie lo interprete mal. Yo he tenido que volver a reconectarme con mis hermanas. Hace unos años, Rocío y Lillian eran mujeres solteras, y ver a mis hermanas, con quienes crecimos en la casa de Maribel y Neto, que estábamos ahí juntos, y ahora las dos tienen su propia casa y sus maridos. En muchos sentidos, Rocío no es la mujer que era. Yo tengo que volver a reencontrarme con Rocío y con su esposo. Y Lillian, una mujer casada, con marido, su propia casa, y ahora yo tengo que reencontrarme con Lillian y con Julio. ¿Entienden la sabiduría que esto tiene? Nosotros no somos los mismos muchachos que vivíamos antes en las familias. Eso trae gran daño: padres que no entienden que sus hijos cambiaron, hijos que no entienden que sus padres son otros, hermanos que no entienden que las relaciones no son las mismas.
“Nosotros los de antes ya no somos los mismos”. Parte de reconciliarnos es reencontrarnos con la versión que el Señor ha hecho hoy. Hablé un poco de Pablo que promovió la reconciliación. Hago una pausa aquí, hermano: por favor, no salga durante la semana como un caballo desbocado a hacer llamadas telefónicas. Pablo no se apresuró en el asunto. Le digo que no se apresuró porque él tuvo el tiempo de formar a Onésimo, tuvo el tiempo Onésimo de servir a Pablo. No es que usted sea indolente; es que hay cosas que no son necesariamente pecaminosas, pero dañan igual. Y hay situaciones con las que usted puede soportar durante unos meses, hasta durante un año, pero no viva para siempre así. Pablo no se apresuró; esperó el momento adecuado para tratar de buscar la reconciliación. Dice en el versículo 4: “Doy gracias a mi Dios, haciendo siempre memoria de ti en mis oraciones”. Hermano, ore.
Esto no funciona así como en frío: “Vamos a salir a llamar, vamos a salir a bebernos los cafés, tenemos que reconciliarnos”. No; nosotros no podemos reconciliarnos. Hermanos, el Señor puede reconciliarnos. Es interesante que Pablo no tomó partido ni con Filemón ni con Onésimo. Hermano, sea prudente con relación a los problemas, porque usted no sabe realmente lo que pasó. Los seres humanos creemos como que nosotros sabemos: “No, yo tengo una psicología; yo sé quién tiene la razón”. Nadie tiene la razón; Cristo tiene la razón. Pablo no está tomando parte diciendo: “Mira, eso está mal lo que él te hizo”. Interesante que tampoco Pablo describió el conflicto completo. Él se propuso amar a Filemón y también amar a Onésimo. A cada uno de ellos, hermanos, le destacó virtudes. Dice respecto de Filemón, en el versículo 5: “Porque oigo del amor y de la fe que tienes hacia el Señor Jesús y para con todos los santos”. ¡Wow, qué bonito, Pablo!
Y de Onésimo, ¿qué dice? Dice en el 10: “Te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis prisiones”. A los dos los está amando. Hermano, no tome parte; ame al uno y ame al otro. Y con relación a lo que ocurrió en el conflicto, usted probablemente no va a poder discernirlo. Ahora, usted va a poder discernir que en el Señor podemos encontrarnos. Pero Pablo no está tratando aquí de ser un juez ante ellos y decir: “Mira, él es el justo, el otro es el culpable, él tenía razón, pero no mucha”. Eso no es lo que está haciendo.
Pablo predica con el ejemplo: su propia reconciliación con Marcos
Aun antes que a ellos dos, Pablo estaba amando a la iglesia de los Colosenses. Dice en el versículo 2: “Y a la amada Apia y a Arquipo, nuestro compañero de milicia, y a la iglesia que está en tu casa”. Antes de amarlos a ellos dos, Pablo estaba amando a la iglesia del Señor. Y lo que a mí más me impresiona de todas estas historias, según la he leído, es que Pablo estaba predicando con el ejemplo. ¿Por qué digo que Pablo estaba practicando con el ejemplo? Miren, hubo un conflicto entre Pablo, Bernabé y Juan Marcos, y el conflicto fue tan álgido que hubo una separación entre Pablo y Bernabé. No se pudieron poner de acuerdo. El equipo inicial de Pablo eran Pablo y Bernabé, y Bernabé tenía un sobrino que se llamaba Juan Marcos, y el sobrino quiso ir y se lo llevaron, pero se devolvió.
Y para el segundo viaje misionero, Pablo le dijo a Bernabé: “El sobrino tuyo no va”. El sobrino se quedó en su casa. Y el término con que Pablo describió la actitud de Juan Marcos fue duro; le dijo: “Aquel que apostató de nosotros no vuelve al viaje misionero”. Y dice que hubo tal desavenencia entre Pablo y Bernabé a causa de Juan Marcos, que se separó el equipo. Por un lado se fue Bernabé con su sobrino, y por otro lado se fueron Pablo y Timoteo. Sin embargo, miren lo que ocurrió, hermoso: en 2 Timoteo 4:11, Pablo le escribe a Timoteo: “Toma a Marcos y tráelo contigo, porque me es útil para el ministerio”.
Y cuando le escribió a la iglesia en Colosas, le escribió acerca de Juan Marcos: “De quien ya os he hablado; si va, recibidle”. Y así mismo lo nombra “el sobrino de Bernabé”, para que sepan quién es. Y ahora, en la carta a Filemón, mientras se despide, dice en el versículo 24: “Marcos, Aristarco, Demas y Lucas, mis colaboradores”. Pablo está mostrando aquí a Filemón: “Mira, yo también he tenido desavenencias y he buscado la reconciliación”. Hermano, qué hermoso es alguien que puede traer reconciliación a su iglesia y poder predicar desde el ejemplo. Dice el versículo 15: “Porque quizá para esto se apartó de ti por algún tiempo, para que le recibieras para siempre”. Él está anticipando el gozo de la reconciliación.
Quiero dejarte alguna tarea, hermano —no para que me la entregues a mí, sino para que la hagas ante el Señor—. Te animo a que en esta semana ores especialmente por alguna relación deteriorada. Tú sabes cuando las relaciones no están en buen momento.
Tareas prácticas: orar, tomar la iniciativa y actualizar el corazón
Ora, pídale al Señor: “Yo no quiero autoengañarme, Señor”. Pero antes de predicar esto, yo también he hecho la tarea, y tengo reuniones esta semana para situaciones difíciles, buscarles la vuelta, y se la vamos a buscar la vuelta. Yo no sé; ponlo en las manos del Señor. Ore, que yo estoy orando. Sea usted el hermano mayor, el que toma la iniciativa. Tómate tú el café. Si usted fue el ofendido, propóngalo: “Bueno, pasa por mi casa, vamos a hablar”. Tenga el interés, hermano, de tener el tema difícil. Cosas que usted ha soportado durante mucho tiempo, manifiéstelas, verbalícelas, dígalas: “Mira, esto es…”. Ponlo en palabras.
Y te invito a que vuelvas a reconocer a tus hermanos. Reconocer es verlo en este momento de su vida y valorar lo que Dios ha hecho en ellos. Hay gente que tú la tienes todavía en el 2008; actualízalo. Hay gente con quien tú trabajaste y no se pudieron poner de acuerdo; actualízalo. Oro por la iglesia, hermano, que el Señor permita que, antes de que termine este año, podamos celebrar que hay relaciones que se han restaurado. Esas cosas no se anuncian, pero se sienten. Esas cosas no se anuncian, hermanos, no se festinan, pero se sienten, que el pueblo del Señor en su conjunto sienta que las relaciones han sido restauradas.