Pueden ponerse ahí sobre sus pies un momento y abrir la Escritura en el Salmo 119. Vaya conmigo a la parte final del Salmo 119, versículo 153. Es el Salmo 119. Dice así la Sagrada Escritura, Salmo 119, versículo 153 en adelante. En este salmo todo se ocupa de la palabra del Señor, pero en cada parte del salmo se describe un aspecto, una parte. El énfasis en esta parte del 119, a partir del 153, está en tener ante Dios una completa dependencia y esperar que el Señor puede suplirnos a través de la palabra.
Mira mi aflicción, y líbrame, porque de tu ley no me he olvidado. Defiende mi causa, y redímeme; vivifícame conforme a tu palabra. Lejos está de los impíos la salvación, porque no buscan tus estatutos. Muchas son tus misericordias, oh Jehová; vivifícame conforme a tus juicios. Muchos son mis perseguidores y mis enemigos, mas de tus testimonios no me he apartado. Veía a los prevaricadores, y me disgustaba, porque no guardaban tus palabras. Mira, oh Jehová, que amo tus mandamientos; vivifícame conforme a tu misericordia. La suma de tu palabra es verdad, y eterno es todo juicio de tu justicia.
— Salmo 119:153-160
Puede sentarse, mis hermanos. Cada segmento del Salmo 119 nos deja como un sabor particular. Cada vez vuelvo e introduzco con las mismas cosas, pues es el mismo salmo, el Salmo 119, el capítulo más largo de la Escritura. Estamos ya en la última parte del Salmo 119 y estoy seguro de que muchos de ustedes no habían visitado por aquí la palabra del Señor.
Son estas porciones que no son comunes en los púlpitos, pues es un salmo tan largo que normalmente se toman las partes que son como más icónicas y frecuentes del salmo, y partes como esta como que pasan de soslayo. Con este nos quedarían solamente dos segmentos más del Salmo 119 para llegar al final, y es poco común estar predicando la palabra del Señor desde el versículo 153. Es como la parte B del himno nacional, que todos sabemos que está ahí, pero casi nadie la canta. Sin embargo, esa parte extendida también del himno nacional tiene estrofas muy valiosas para la identidad nacional, y yo creo que el Salmo 119 en la parte final, como que en cuanto al sentimiento, profundiza.
Y aquí el salmista se expresa como un hombre que es absolutamente dependiente de su Dios. Expresiones como “vivifícame”, que cuatro veces se las repite. “Sálvame. Líbrame. Redímeme”. Es como una persona que viene a la presencia del Señor y él siente que no tiene nada que aportar y mucho que recibir. Él está buscando su redención, está buscando su salvación, está buscando su vivificación y está buscando también su liberación. Hay gente que trata como de contextualizarlo todo; los seres humanos somos seres humanos. Sin importar tu etnia, sin importar tu edad, yo creo que todos nosotros tenemos cosas en común, y este salmista, desde el oriente, está siendo visitado por emociones que a nosotros en occidente también nos visitan.
Un hombre quebrado y completamente dependiente
Es la sensación de que no hay nadie que se ponga de tu parte, y tú clamas al cielo y dices: “Señor, atiende mi causa”. Es la sensación de que estás lidiando con cosas que son más fuertes que tú, que tienen más fuerza que tú, de forma tal que tú no vas a poder salir por tus propios medios, y tú clamas al cielo y dices: “Señor, líbrame”. Es la sensación de un hombre que está seco, y él dice: “Mi registro, mi río está pobre. Yo quiero que tú me ayudes”. Me he gozado especialmente en este salmo, porque aquí el salmista no viene con algo a la presencia del Señor, sino que viene a buscar cuatro cosas en la presencia del Señor, y el énfasis está en tener ante Dios una completa dependencia.
No una dependencia parcial, por departamentos, por gavetitas; es una completa dependencia. Es un hombre que entiende que todo lo que él necesita lo tiene Dios. Entienda que él está orando. He tenido el cuidado de entender que hay porciones de la Escritura donde se nos está dando clase. Hay porciones de la Escritura donde se nos está dando ejemplo. En esta porción de la Escritura aquí no hay cosas enrevesadas para entender; aquí hay cosas que son sencillas para interiorizarlas. Lo que él quiere que la palabra del Señor transmita no es tanto un asunto retórico, filosófico, para que nosotros lo entendamos, es algo para que nosotros lo interioricemos, lo aprendamos, como que se queda dentro de uno.
Este es el salmo de un hombre quebrado, de un hombre impotente, de un hombre seco, que no tiene otros recursos a su alcance que no sea la oración. Esta es la persona a la cual se le han cerrado todas las puertas y su única fuente de confianza está en mirar al cielo y esperar. Hay salmos en los cuales uno puede figurarse el contexto, donde dan detalles y uno puede imaginar lo que estaba pasando, pero yo no sé qué pasó en la vida de este hombre que él llegó a estar absolutamente quebrado en lo espiritual. Era una persona que se declara en bancarrota, donde él no viene a la presencia del Señor, él no parece que está contento, no parece que está feliz; él está atribulado, él está afligido, él está rogando, él está clamando, él está orando.
Quiero mostrar aquí dos cosas. Primero, la necesidad de depender del Señor completa y absolutamente, y en segundo lugar, las maneras en que nosotros hacemos evidente nuestra dependencia. Recuerden que él estaba orando. Una persona que tiene una actitud de oración, su vocabulario lo anuncia, su rostro lo anuncia, hasta sus manos lo anuncian. Los antiguos hicieron toda una literatura respecto de cómo orar: orar con las manos abiertas hacia arriba, orar con las manos así, orar con las manos así. No es el mecanismo, es la actitud. Pero yo creo que hasta la actitud del cuerpo, cuando tú estás orando, anuncia que tú estás buscando algo.
La oración como expresión de dependencia
Yo frecuentemente oraba así, o con la mano para abajo; últimamente ando todavía así. Es así, hermano, o sea, estoy viniendo a la presencia del Señor así. “Vengo a buscar algo”. Una completa y absoluta dependencia. Gran parte de la iconografía cristiana de siglos atrás presenta a las personas orando así, un poco inclinados, otros de rodillas, así. La posición del cuerpo anuncia la necesidad que hay en el corazón. No vamos a orar porque vamos a filosofar con Dios, no vamos a participar con Él en un ejercicio retórico; vamos a la oración porque en Él está la solución a todas nuestras necesidades.
Hermano, se ha creído que se ora para conseguir solamente de los bienes del Señor; también se ora para mandarle un mensaje a nuestro carácter, a nuestro ser interior, a nuestra alma, de que nosotros somos dependientes. Los cristianos no solamente oramos para buscar, también oramos para manifestar, y es la manifestación de que estamos dependiendo completa y absolutamente de Dios. Una persona independiente no ora; una persona dependiente clama al Señor. Él no quiere los trucos para liberarse, él quiere ser liberado. Él no quiere el camino para redimirse, él quiere ser redimido. Él no quiere que le den algo para “yo vivificarme por mis propios medios”; él dice: “Vivifícame, vivifícame, vivifícame, vivifícame”.
Yo no puedo llegar a figurarme el nivel de aflicción que tuvo que haber experimentado este hombre para escribir un salmo como este, pero frecuentemente son las aflicciones y las tribulaciones el medio efectivo que usa Dios para atraernos hacia Él. ¿Lo que quiero yo, hermano, es darte la receta? Otra aflicción. Yo no tengo esa personalidad de esa gente que busca las aflicciones. Hay gente como que anda buscando aflicción, que les gusta la aflicción; a mí no me gustan las aflicciones, pero yo necesito la aflicción. ¿Ya me entiendes? Hay personas que les gusta eso, como son gente medio amargada. Ahora se ha puesto de moda el estoicismo como filosofía; eso nunca me hizo sentido. Si no fuera en Cristo, yo sería más bien un hedonista que un estoico.
Pero yo reconozco que mi alma necesita niveles de situaciones donde se haga evidente que por mis propios medios yo no voy a poder salir. Pues eso grita al cielo y dice: “Yo dependo de ti”. Cuando todos los recursos se han agotado es que nosotros estamos listos para depender. Mientras tanto, tú todavía cuentas con algo; tú no clamas así. Recuerden, yo no sé el contexto de la historia; solamente veo el clamor y la profundidad del clamor, pero al mismo tiempo testifico que, de hombre a hombre, porque los seres humanos nos conocemos, cuando tú más o menos te la estás buscando por tus propios medios, tú no pides en esos niveles.
Aflicciones que nos quitan el control
Cuando tú tienes un plan B, o C, o D, o E, o F, como tienen algunos, tú no clamas como está clamando este hombre. Tú llegas a clamar así cuando tú sientes que ya se agotaron todos los recursos y que tu única esperanza está en que el Señor te mire y te muestre su favor. Yo creo que esta es la razón más profunda para abrazar las tribulaciones: es que las tribulaciones nos quitan a nosotros del control. Mi hombre natural, yo no quiero depender, y tú tampoco. Los seres humanos queremos levantar nuestra bandera de que nosotros podemos, e intentamos poder hasta cierto punto, pero llega un momento que aunque tú te esfuerces, tú no puedes, y mientras más te esfuerzas, menos puedes.
El Señor ha diseñado las aflicciones en esta tierra de forma tal que los hombres tengamos que caminar de la mano con Él. Si en esta tierra no existieran aflicciones y tribulaciones, los hombres caminaríamos hacia donde Dios a la manera nuestra, pero como esta tierra está llena de aflicciones, de tribulaciones, de trampas, nosotros no podemos gritar independencia, sino que debemos depender del Señor todos los días. Yo sé, hay gente que es muy piadosa y que depende del Señor en el momento bueno, pero regularmente los hombres dependemos del Señor en el momento malo. Hay gente muy piadosa que no necesita ser afligida para clamar al cielo, y yo celebro ese tipo de cosas, pero normalmente los hombres clamamos al cielo cuando estamos afligidos.
De hecho, las disciplinas espirituales del hombre quebrado son distintas de las del hombre que está en abundancia. Se ora de manera diferente, uno se aproxima a la vida de manera diferente, pero cuando nos visita la aflicción, entonces en la aflicción uno llega a conocer profundidades y salmos como este entonces tienen sentido. Y uno dice: “Ah, pero ahora yo entiendo que para orar así hay que haber vivido como se vivió y haber dependido del Señor como se depende”. Se requiere ser muy piadoso para depender de Dios cuando nosotros creemos que podemos. Orar por las cosas más sencillas es necesario, no solamente por las cosas grandes. Si tú realmente entendieras más lo vulnerable que eres tú, no pedirías solamente por los problemas grandes. No es: “Pues las cosas más o menos tamaño mediano se claman al cielo, las otras se resuelven”.
Las mayores aflicciones están en las cosas que parecen sencillas. Cuando comprobamos efectivamente que no hay posibilidad, entonces a nosotros se nos quita el control de la mano y el control llega a estar en la mano de Dios. Me he dado cuenta, hermano, que entre todas las disciplinas espirituales, con la oración es con la que yo más lucho. Yo puedo congregarme con gusto, puedo leer la palabra con placer. Bueno, yo puedo ayunar; de hecho, lo practico por otras razones más frecuentemente últimamente. Ahora, orar… Hay algo que me da duro, y es que orar me saca a mí de control. Orar es un asunto que yo no controlo.
La oración confronta nuestro deseo de control
Yo no puedo ir a la presencia del Señor con mi problema y entender que me van a dar un curso de acción, un cronograma que me va a decir cómo y cuándo. Usted ora y espera. Y a las personas que tenemos una debilidad por el control, entonces eso nos mata. O sea, yo voy a orar. Recuerde, hermano, que uno es medio millennial, entonces no hable por memes, pero hasta el meme dice: “Yo estoy dejando que las cosas fluyan, pero yo quiero saber cómo y cuándo van a fluir para irme organizando”. Eso es orar: orar es ir y depositar tu carga delante del Señor, y tú miras de nuevo y nada ha cambiado, y tú dices: “Yo he orado, oro de nuevo”.
Una persona que tiene deseo de control, eso la mata. Que no te han dicho ni siquiera formalmente el acuse de recibo, ¿entiende? Yo soy el tipo de persona que en una diligencia requiero acuse de recibo. Por lo menos mándeme una prueba de que yo vine, de que yo estuve aquí, que vine en tal fecha y cómo que usted se llama. Yo soy la persona que le pregunta el nombre a quien me atendió, de “¿Cómo se llama?” para poder ir haciéndole expediente y decir: “Ya me reuní en tal fecha con fulano, luego consulté con el otro, con fulano”. Usted va a la presencia del Señor y ora, y espera, y algo se va muriendo lentamente adentro suyo.
Usted va de nuevo a la presencia del Señor y ora, y parece que nada está sucediendo; está todo sucediendo. Sobre todo está sucediendo algo en su corazón, en su carácter: es que algo se está muriendo, el deseo de control, el deseo de respuesta inmediata. A mí hay gente que me parece muy piadosa porque van y hacen un espectáculo en la presencia del Señor. Es el deseo de control que está funcionando; manotean y de todo y hablan duro: “Señor, respóndeme”. Parecen como muy piadosos. Es descontrolado que está. De que el Señor no coge esa presión, hermano; Él es perfecto.
Cuando me iba a mudar al lugar donde vivimos ahora, tuve muchas situaciones con el contrato de luz y tuve que ir varias veces a la oficina, y peleé y demás, y yo pensé que estaba descontrolado, hermano, pero vino una persona que parecía un helicóptero. Esa persona dijo cosas, y la persona de servicio al cliente… A mí me sorprendió el nivel de inteligencia emocional, si se le puede llamar así, porque yo decía: “Pero lo van a dejar que se muera”. Esa persona estaba hiperventilando, y la chica de servicio al cliente escuchaba empáticamente: “Es verdad, eso tiene un proceso, lo que usted dice… Siéntese, venga, beba un poco de agua”. Entonces, a una persona descontrolada se le ofrece agua.
Dios, su gloria y el clímax de la aflicción
Y yo veía a la persona y me veía a mí mismo. Yo digo: “Pues quizá en este momento tengo un poco más de dominio, pero yo soy así, yo soy la persona que hay que resolverme en el momento, soy la persona que hay que decirme cuándo me van a resolver”. Hermano, cuando usted va a la presencia del Señor, usted no sabe cómo ni sabe cuándo. Algo Dios hará, sobre todo en mi corazón. La oración me quita el control a mí y se lo pone en la mano a Dios.
Es interesante, al Señor le gusta que tú sepas que tú no tienes capacidad, porque el negocio en el cual Dios está más comprometido es su propia gloria. Y mientras tanto nosotros entendamos que tenemos capacidad, entonces la gloria del Señor corre riesgo. Pero cuando tú te has quebrado como este salmista, de forma tal que tú no traes nada a la presencia del Señor, sino que solamente tú buscas, y que ya tú sabes que no hay ningún otro lugar donde buscar sino ahí, y que de ahí todavía no te han dicho nada, la gloria del Señor está asegurada.
De hecho, el Antiguo Testamento consistentemente nos recuerda que el Señor espera que la tribulación alcance el momento álgido, porque cuando la tribulación alcanza el momento álgido y tú descubres que tú no puedes en tus propios medios, el Señor lo hará y su gloria quedará garantizada. No voy a llenar esto de ejemplos, hermano, pero hay gente que el Señor lo dejó morirse para después revivirlo. ¿Y tú dices: “Para qué lo dejas morir”? Porque no es lo mismo un medio milagro que un milagro completo. ¿Sabes por qué el Señor lo dejaba morirse? Porque después la gente iba a decir: “No, es que él estaba maloso”.
A otro, el Señor lo dejó que se pudra, y cuando ya estaba podrido, entonces le resucitó. Y tú dices: “¿Por qué? ¿Para qué dejar que se pudra?” Porque la putrefacción anuncia que las cosas no están a otro alcance, sino al alcance suyo, y que el Señor no lo hace con nosotros cuando nosotros queremos, sino cuando Él quiere hacerlo. Israel a punto de cruzar el Mar Rojo, uno dice: “Señor, ¿y por qué hay que dejar que nos pisen tan cerca? No hay que esperar al milagro”. Ellos no sabían que el Señor iba a hacer milagros, tampoco sabían qué milagro iba a hacer el Señor. Ellos sabían que estaban en la mano del Señor y que la providencia estaba obrando.
Y cuando se puso el momento álgido, Moisés dijo al pueblo —estoy en Éxodo capítulo 14—: “No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros, porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más, para siempre, los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos”.
Yo me imagino a mí en ese pueblo, hermano; yo estuviera buscando piedras. Yo me imagino con Israel a punto de cruzar el Mar Rojo, y ya me imagino buscando piedras y palos. Y yo me imagino ya el mar abierto y yo todavía dando palos y tirando piedras a los egipcios, tratando de librarme por mis propios medios. El mundo querido, es que las cosas no están a otro alcance; están al alcance de Dios. El Señor esperó el momento álgido, hizo el milagro y el Señor libertó al pueblo de forma tal que no hay duda alguna: no fue que ellos sacaron agua. ¿Se entiende? Yo soy el tipo de persona que yo les intento sacar agua, cubeta a cubeta, vamos a sacar agua. Es que tú no puedes sacarle agua a un mar para cruzar un pueblo, tú tienes que esperar que el Señor haga el milagro.
Gedeón y la reducción de recursos
Y el Señor espera el momento álgido para que el pueblo clame al Señor y que su gloria quede garantizada. Gedeón, hermano, a punto de pelear. Recuérdense que Gedeón no quería pelear y terminó peleando. Primero con un ejército de 32,000; después dice el Señor: “No, 32 no, son muchos”. Ah, pues son ustedes… De 10,000. Después que el Señor le dice: “Devuélvanse los que tengan miedo”, se devolvieron la mayoría, quedaron 10,000 y después el Señor dijo: “No, son demasiados”. Entonces el Señor le dijo a Gedeón: “Tienes demasiados guerreros contigo. Si dejo que todos ustedes peleen contra los madianitas, los israelitas se jactarán ante mí de que se salvaron con su propia fuerza.
“Por tanto, dile al pueblo: a todo aquel que le falte valentía o que tenga miedo, que abandone este monte, que se vaya a su casa”. Así que 22,000 de ellos se fueron a su casa y quedaron solamente 10,000 dispuestos a pelear. Y Gedeón dice: “Ahora está complicado el asunto con 10,000 solamente”. Al final quedaron 300, hermanos. Porque el Señor no necesita muchos recursos para hacer cosas muy grandes; Él hace cosas con el poder de su palabra. Lo que Él necesita es que su gloria quede garantizada.
La oración nos lleva a nosotros a contratar que no es a nuestro modo, sino al modo del Señor. Y qué hermoso es cuando tú has probado tu impotencia y el Señor te responde de forma tal que no hay duda alguna que el Señor lo hizo. Dios estaba más interesado en manifestar su gloria que en que tú estés tranquilo. Ese es su negocio: su gloria, y a Él eso le es legítimo.
¿Qué estamos mostrando en primer lugar, hermano? La necesidad de depender del Señor completamente como este salmista. Ahora debo mostrarles cómo él manifestó su dependencia. Aquí hay cuatro expresiones de dependencia. Primera expresión, dice así el 153: “Mira mi aflicción y líbrame”. El hombre va directo al asunto. “Ay, Señor, tú sabes, yo ya lo he intentado, he intentado mucho, Señor…”. No, nada de eso. “Mira mi aflicción y líbrame”. Esto es el ruego de quien se encuentra atrapado y no puede salir. “Mira mi aflicción y líbrame”, dice él. ¿En cuántas áreas de la vida tú necesitas ser liberado?
No tarde o temprano, sin Cristo y sin el poder de Dios, el pecado termina atando al pecador, y tú vas a sentir que el pecado te está estrangulando, como una serpiente que estrangula. Asimismo, tú sientes como que te va faltando el aire y tú dices: “Señor, líbrame”. Hay momentos donde tú miras para el cielo y dices: “Líbrame”. Cuando tú estás luchando con el pecado… Hay gente que habla con tanta sencillez del pecado y como que ellos no luchan. Yo digo: “Pero si esa persona habla con tanta ligereza del pecado, parece que él todavía no ha tenido victoria sobre el pecado”, porque el que ha vencido con la ayuda del Señor al pecado sabe qué tipo de enemigo fue el que lo venció, que era más fuerte que tú.
“Mira mi aflicción y líbrame”: esclavitudes y ciclos
Estás pensando que el pecado no coge pausa, no se cansa el asunto, hermano. Te sientes hoy que tuviste una victoria sobre el pecado, y mañana el pecado está fresquecito. Él no se recupera, él sigue. “¿Qué enemigo es este? ¿Cuál pecado, hermano?” Pero el pecado no es lo único; no está el Señor solamente interesado en librarte del pecado. El Señor te quiere librar hasta de cosas que son legítimas, pero atrapan. Y gran parte de la aflicción en la vida del creyente viene por cosas que uno no podría demostrar que son cosas pecaminosas, pero atrapan igual.
Miren, hay relaciones que son relaciones legítimas, relacionales, pero que estrangulan a cualquiera. No solamente es relación amorosa; regularmente son relaciones familiares. Miren, la familia como tal… De ahí viene en gran parte la aflicción del hombre, y ahí hay tejidos que tienen un nivel de enredo, de embrollo, que tú intentas, tú dices: “Señor, líbrame, ayúdame”. Tú sientes que estás como trancado. Me decía una persona de alguien que tiene unas situaciones familiares: “Esa persona intenta levantar la cabeza, pero cada vez que intenta levantarse un chin la cabeza, viene la familia y como que le aplasta”. Hay familias que son aplastantes.
Hay otras familias que son como una trampa, que por dondequiera tú caminas vuelves y tropiezas. Y eso duele mucho porque son cosas muy cercanas, y tú dices: “¿Cómo yo puedo? Son cadenas que se están amarrando ahí desde, a veces, cuatro generaciones”, y tú gritas al cielo y dices: “Líbrame de esto”. Gente que está atrapada en un ciclo y no sale de ahí. Y eso no es necesariamente pecaminoso, pero pasar de un ciclo de la vida a otro requiere la ayuda de Dios.
Usted dejar de ser un niño y convertirse en un joven, eso requiere ayuda de Dios. Hay personas que están atrapadas en su niñez. Hay adultos que todavía están atrapados en las cosas de los niños, y no estoy hablándole en lo espiritual, como habla el libro de Hebreos, estoy hablando de asuntos emocionales. Hay actitudes de la niñez en las que tú te quedas como entrampado. De la niñez a la adolescencia, de la adolescencia a la juventud, de la juventud a la adultez, de la adultez a la vejez, esa transición en la vida la gente no sabe lo difíciles que son.
Cuando menciono cosas, hermano, véalo con cuidado, porque no todo lo que uno menciona son cosas como para que usted se entregue a eso, pero esa película que vi hace mucho tiempo, se llama “Frances Ha”, que trata de una joven de 27 años que está tratando de encontrar como su lugar en el mundo. Ella es estudiante de ballet y no encuentra trabajo, luego está luchando por vivir, ya no puede vivir con sus padres, y esa transición en la vida, la cantidad de cosas que acompañan a esa muchacha, y tú ves eso y tú dices: “Guau, pero la verdad es que es difícil madurar”.
La gente habla: “No, ya tiene su primer trabajo…” ¿Usted sabe lo duro que es ese asunto? Esa transición cuando en tu casa había de todo y ahora tú tienes que salir a abastecerte por tus propios medios. Hay otros que están atrapados en ciertas decisiones del pasado. Decidió con poca sabiduría y está atrapado por cinco años, y si tomó dos decisiones, está atrapado por diez… o por treinta. Y tú miras para adelante y dices: “¿Pero cuándo es que yo voy a salir de esta situación?”. “Ay, Señor, mira mi aflicción y líbrame”. Lo que te estoy mostrando es que las aflicciones que acompañan, que alcanzan al creyente, no necesariamente son asuntos pecaminosos. Es que la vida entera es una aflicción, y en esto solamente con el poder del Señor tú puedes seguir para adelante.
“Defiende mi causa” y la necesidad de ser escuchados
Después dice él: “Defiende mi causa y redímeme”. Aquí hay dos: “Defiende mi causa”. Como quien está siendo acusado y no puede defenderse por sí mismo. Yo creo que todos nos hemos sentido así en algún momento, que tú quieres que alguien realmente te entienda. “Guau, si alguien me escuchara…”. No me burlo, hermano, tomo eso muy en serio, pero hay gente que han hecho de su profesión el escuchar a otros, porque los seres humanos estamos buscando que nos escuchen. “¿Usted me entiende?”. Alguien que me escuche, alguien a quien yo le pueda dar play, y que mientras yo vaya hablando, vaya diciendo que sí con la mano así, entrejunta: “Guau, te sigo, sí…”. Y eso va dando alivio, hermano.
Es que sí, los seres humanos fuimos hechos para tener eso en algún sitio, y donde eso se tiene con mayor seguridad es en la presencia de Dios. Usted va en oración a la presencia del Señor y le abre su corazón, y el Señor le escucha. “Defiende mi causa”, dice él. Todos queremos encontrar a alguien que se coloque a nuestro lado. Hablaba con una persona muy afligida esta semana, y me dice: “Todos me dieron la espalda; solamente una está conmigo y ha estado ahí al lado mío”. Yo escuchaba, y me parecía tan emocionante, y después decía: “Yo quisiera hablar de mi Padre celestial como esa persona habla de su amiga: ‘Ella sí estuvo conmigo, ha estado aquí al lado mío desde el principio’”.
Es que nosotros fuimos diseñados para tener alguien que nos represente, alguien que nos escuche, alguien que defienda nuestra causa. Todos queremos a alguien que empatice con nosotros, que mueva la cabeza diciendo que sí. Eso es hasta peligroso, hermano, porque quien aprende eso se vuelve un manipulador profesional. Quien entiende que realmente los seres humanos tenemos una profunda necesidad de empatía con facilidad se vuelve un manipulador profesional, que le dice que sí a cualquier disparate: “No, sí, muy bien…”. Manipulador profesional.
Qué frustrante cuando alguien te escucha y en vez de decirte que sí, aprieta la boca y dice que no. Y en vez de decir que sí, aprieta la boca y dice que no. Todos queremos que nos escuchen, que empaticen: “Escucha mi causa, defiéndela”. En el momento cuando somos cuestionados, confrontados, combatidos, ¿cuál es la tentación? Hacer una bola y buscar cinco acólitos que se pongan de acuerdo con nosotros para que me defiendan: “Yo necesito que ustedes me defiendan”. En un momento yo fui pastoreado con el Salmo 37: “Guarda silencio ante Jehová y espera en Él”. Qué duro, hermano, cuando tú estás siendo combatido, guardar silencio y esperar en Dios, porque Él es el único que puede defender tu causa.
“Redímeme”: la humillación necesaria del orgulloso
La tentación de buscar partidarios… Solamente Dios es un juez justo. Primer ruego de dependencia: “Líbrame”. Después: “Defiende mi causa”. Aquí quería llegar, hermano: la palabra es “redímeme”. “Defiende mi causa y redímeme”, son de las palabras más hermosas del Antiguo y del Nuevo Testamento, y este es el corazón de nuestra fe: la figura de un Redentor. Cuando todo se echó a perder y ahora dependes de que un externo a ti venga y te ayude, si quiere. La palabra es hermosa porque la redención no se exige ni se demanda. Tú no puedes ir delante del que te puede redimir a exigirle que te redima; él podría ser movido a misericordia y redimirte.
El significado es liberación de algún mal por medio del pago de un precio, regularmente de parte de un pariente. Ejemplos de redención, todos son negativos. En lo humano nadie quiere ser redimido. Tú quisieras poder redimir a alguien. ¿Quiénes son los que necesitan redención? Son los perdedores en una guerra: “Mira, perdimos. Fulano, rácata la cartera y jálame para acá, cómprame para que me salven la vida”. ¿Quién quiere estar en esa situación? No, yo quiero ser el vencedor y el que cobra botín. Ahora soy yo el botín de guerra, y tiene que venir un familiar a pagar por mi liberación.
Un esclavo, una persona se comprometió y tuvo que comprometer su libertad, y él cayó en esclavitud, y él está esperando que un familiar suyo levante cabeza y tenga una brisita para que me pase a buscar. “Fulano, ahorra cuarto, guarda unos pesos para que me compres a mí. Redímeme”. Nadie quiere estar en esa situación. Son también los deudores. El concepto de redención es duro para nosotros porque eso es la antítesis a la mente latinoamericana.
¿Qué es lo que pasa en Latinoamérica? Que nosotros no entendemos que tenemos que pagar por nuestras faltas. Yo volví a leer párrafos del libro del doctor José Dunker, de “La cultura del tigueraje en la República Dominicana”, y él explica lo que es un tigre. Un tigre es una persona que no paga por sus faltas, sino que sale con maña. ¿Quién es un tigre? Un tigre es la persona que hace lo que no debe hacer, pero no está dispuesto a pagar por los platos rotos, y dice: “¿Y por qué tengo que pagar?”. “Porque usted lo rompió”. “No, es que yo soy un tigre”.
Ese es el tigueraje. Es grajear, es maña, es “hallante”, es entender que tú estás por encima de la ley: “A mí no hay que ayudarme, yo salgo, yo me la busco”. “¿A qué tú te dedicas?” “Yo me la busco”. Ese es un tigre. ¿Quién es un tigre? Una persona que no hace lo que hay que hacer, pero tampoco está dispuesta a cosechar la consecuencia. “No, pero usted tiene que pagar por eso”. “¿Quién lo ha dicho?”. Es un tigre. “El palomo es el que paga, yo no, yo soy un tigre”.
Cultura del tigueraje vs. cultura de redención
Eso es lo contrario a la redención, porque para usted entender la redención usted debe entender que las faltas tienen consecuencias y que cuando usted no puede pagar por sus faltas, un tercero pagará por usted. En Latinoamérica nos resistimos a eso. “¿Cómo fue, un tercero que me pagó? Fui yo que lo hice”. “Ay, es que usted está comprometido en este momento, ya con usted no hay ni siquiera que hablar…”. Eso nos da en el orgullo. Sentimos que no tenemos que pagar, que quien reconoce y paga es tonto. Se celebra a aquellos que se salen con la suya.
Ser redimido por alguien sería una profunda ofensa, porque tenemos una cultura de la vergüenza y del orgullo: “No te metas en mi vida”. Y “no te metas en mi vida” significa “yo voy a resolver mi problema”. Eso es muy de nosotros: “No te metas en mi vida. Yo no necesito tu ayuda. Yo puedo salir por mis propios medios. Yo voy a demostrar quién soy yo”. La persona que no le cabe un lío más en la cabeza dice: “Tú no sabes con quién tú estás hablando”. Eso es muy, muy de por acá.
Más falta aún si realmente aparece alguien que, a pesar de su vanidad y su ego, termina ayudándolo y le sugiere que le va a ayudar. “Yo no te he pedido tu ayuda. ¿Yo te he dicho que me ayudes? Yo no quiero tu ayuda”. Eso es muy de nosotros. Pero lo que necesitamos para ser ayudados por Dios… Los latinos tenemos cualidades muy favorables para la vida cristiana: somos sociables, somos cercanos. Pero al mismo tiempo hay otra cosa que se nos hace muy difícil: somos sumamente orgullosos, vanagloriosos, altivos, y nos cuesta mucho dejarnos ayudar, por lo menos por acá.
Cristo puede ser maestro y amigo, pero Cristo es sobre todo el Redentor. Y para que tú seas ayudable, tú necesitas reconocer tu bancarrota espiritual. El tigre no puede ser salvado porque él entiende que se va a salvar. Los caminos del Señor están llenos de tigres, de gente que entienden que ellos van a salir: “Yo salgo”. A ti te van a sacar, y tú luego vas a tener que decir: “Es gracias, gracias”. Y lo duro para quien ha sido redimido es que muchas veces a una persona que te redime tú le dices: “No te preocupes, yo te voy a pagar hasta el último peso”. Eso no es lo que hay que decir. Lo que hay que decir es: “Señor, gracias”.
Yo estaba en una situación desesperada, por mis propios medios jamás iba a salir, y tú me has redimido. Tú has pagado un alto precio para que yo pueda recobrar mi libertad, y en vez de decirte: “Yo te voy a pagar hasta el último peso que tú me has dado”, yo lo que te puedo decir es: “Yo no te puedo pagar, tú acabas de decirlo, Señor, gracias”.
Vivificación: la sequedad espiritual y el milagro de Dios
El tigre no puede ser salvado porque él no da gloria a Dios. Hemos mostrado: “Líbrame”, dependencia; “Defiende mi causa”, dependencia; “Redímeme”, ¿qué es la redención? Hermanos, Cristo pagó un alto precio por nosotros y eso nosotros no podemos devolverlo, solamente vamos a tener que agradecerlo. Ahora la palabra es “vivifícame”. “Vivifícame” se repite en el texto varias veces. Dice: “Vivifícame conforme a tu palabra”, en el 154. En el 156 dice: “Vivifícame conforme a tus juicios”. Más adelante se dice en el 159: “Vivifícame conforme a tu misericordia”.
¿Qué es la sequedad espiritual? ¿Cómo podemos salir de ese peligroso estado y qué medios providenciales usa Dios para vivificarnos? Esa sequedad espiritual creo que todo creyente que ha sido ayudado por Dios puede reconocerla. Es más peligrosa que la muerte física, porque tú solamente cuando has salido de ahí te das cuenta de dónde tú estabas. Es como cierta anestesia, un estado de indiferencia, un estado de insensibilidad, un estado de descomposición progresiva. En el cuerpo tú no te vas dando cuenta y eso sigue avanzando, y a menos que el Señor te vivifique por su misericordia, tú seguirías a la muerte.
El estado del que está seco, medio muerto… Cuando alguien está seco o medio muerto, ese estado no se revierte con recursos humanos. “Ay, sobre el consejo…”. Yo he visto el consejo a una persona que está seca. Tú dices: “Es el mejor consejo”, pero está seco. Hace falta un milagro primero, y después que ese milagro opera, entonces podría recibir el consejo. Hay otros que se desesperan y hasta reprenden. No hay cosa más desesperante que reprender al insensible. Sobra la instrucción, sobra la fuerza.
Hay personas que están a un nivel de insensibilidad tal que yo creo que solamente la oración les puede sacar de ahí. Llega un momento que sobra la palabra; ora. Espera que sean vivificados conforme a la misericordia del Señor. No hablo desde arriba, yo he estado ahí. He tenido temporadas de sequía espiritual, donde por muy buenos consejos, libros, charlas, conferencias, predicaciones, es un milagro lo que hace falta. Llega un momento que tú como que pierdes hasta la conciencia. El Señor a veces opera el milagro.
¿Cuántos recordarán esa temporada del endemoniado gadareno, que cuando nadie podía con él, el Señor hizo un milagro, y cuando vinieron lo encontraron sentado, vestido y en su juicio cabal? Hay momentos que yo he vuelto en mí espiritualmente y yo digo: “La verdad es que fue el Señor que hizo algo, porque por mis propios medios yo no iba a encontrar el camino a casa”. “Vivifícame conforme a tu misericordia”.
Medios que Dios usa: palabra, juicios y misericordia
¿Qué es la sequedad espiritual? Ese estado donde no se siente, donde no se ve, de desorientación, donde tú vas como en piloto automático. Y casi siempre, cuando uno monta ahí, uno entiende que está bien: “No, fulano, tú no estás bien”. “¿Cómo que no? Yo estoy aquí, mira, yo estoy vivo”. ¿Cómo se sale de ahí? Un milagro. Dice: “Vivifícame”. Se escucha “vivifícame”: un milagro. Me gozo con lo que dice el Salmo 107: que Él, nuestro Dios, convierte los ríos en desierto, pero al mismo tiempo los manantiales de las aguas en sequedales, y después la tierra fructífera en estéril por la maldad de los que la habitan, pero después hace una pausa y dice: “Vuelve el desierto en estanques de agua y la tierra seca en manantiales”.
Así como el Señor a veces permite que por tu necedad te venga sequedad, también el Señor cambia los tiempos. Yo no vivo, hermano, atendiendo mucho eso, ni conozco mucho de hidrología, pero a veces veo cómo es que los ríos obtienen crecidas y cosas así, y el río por donde tú te sientas que no va agua, después cambian los tiempos y se llena de agua. Y eso pasa en la vida del creyente, que el Señor milagrosamente manda la lluvia, y tú dices: “Eso fue porque yo hice tal cosa…”. Usted no puede, hermano, usted no puede hacerlo. El Señor manda la lluvia.
En Ezequiel 37: “Me dijo luego: Hijo de hombre, todos estos huesos son la casa de Israel. He aquí, ellos dicen: ‘Nuestros huesos se secaron y pereció nuestra esperanza, y somos del todo destruidos’. Por tanto, profetiza y diles: Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío…”. Y ese “pueblo mío”, hermano, me ha parecido tan dulce cuando lo escuché. Tú tienes los huesos por fuera ya, y todavía el Señor te está diciendo “pueblo mío”. “Y os haré subir de vuestras sepulturas y os traeré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy Jehová cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío”, de nuevo. “Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra; y sabréis que yo Jehová hablé, y lo hice, dice Jehová”.
El Señor cambia los tiempos. Me he dado cuenta, hermano, que he invertido demasiado tiempo en tratar de aconsejar; ahora yo quiero orar. Yo he entendido que lo hermoso es que cuando el Señor manda el agua, cualquier cosa funciona mejor. Un corazón humectado, un corazón sensible, un cuerpo que ya no solamente es hueso, sino que tiene carne, así sí. ¿Cuáles son los medios que el Señor utiliza? La palabra aplicada en diferentes maneras. Recuerden que estamos en el Salmo 119, todo entra en la palabra de Dios.
Dice el 154, cada una de las tres veces se menciona algún aspecto: “Vivifícame conforme a tu palabra”. Se muestra que la palabra de Dios produce en nosotros una vivificación. Cada vez que he predicado del Salmo 119, nos hemos recordado lo mismo: la palabra de Dios no funciona sin el Dios de la palabra. Sí, porque hay gente que cree que es un esfuerzo mecánico de comer la Biblia y que la Biblia me va a alimentar. No. Dios elige nutrir tu alma a través de su palabra, pero sin Dios en la ecuación la palabra de Dios no funciona sin el Dios de la palabra; vas a terminar más seco.
La palabra, los juicios y la justicia imputada
Esa persona que necesita de Dios y él se llena mecánicamente de la palabra, termina cada vez más seco. Es Dios en la palabra. Dice Hebreos 4:12:
Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
— Hebreos 4:12
¿Eso lo hace la palabra? No, eso lo hace Dios a través de la palabra, que es diferente. O sea, preocupación, hermano, porque tenemos la tentación de agarrar libros y dejar a Dios de lado, y nosotros buscamos con el libro. No se la busque con un libro, búsquese con Dios en la palabra y busque la palabra de Dios. Esa es la clave.
Alguien dice: “Pero es que yo le he dado a la palabra y como que no veo el efecto”. Hermano, comer saludable y ver resultados toma su tiempo. Usted no puede pasarse 40 años comiendo comida chatarra y después pensar que porque cambió su dieta alimenticia una semana ya es un cambio dramático. Al paso. Permanezca en la palabra, permanezca en la palabra, permanezca en la palabra, buscando a Dios en su palabra y buscando la palabra de Dios, buscando a Dios en su palabra y la palabra de Dios, y usted irá mirando las consecuencias de ser vivificado con su palabra.
Alguien dice: “Pero es que yo no veo todavía el resultado”. Hágalo. Hágalo y véalo de año en año, de cinco en cinco. Hágalo. Después dice él: “Vivifícame conforme a tus juicios”. Y alguien me dirá: “¿Y no es lo mismo?” Es lo mismo, pero no. Cada término tiene pequeños énfasis. El primero quizás habla de la palabra del Señor natural, como tú la tienes aquí. El término “juicios”, o como la traduce la Biblia de las Américas, “ordenanzas”, es como si tú estás en la corte de un juez y se ha decretado algo judicialmente, y eso que se ha decretado judicialmente tú sientes que te revivió.
Eso es difícil de entender, pero es como asunto judicial, como que produce vivificación en mí. Escuchaba a una persona que tuvo un juicio muy largo, y al final el juez dio una sentencia a su favor, que la persona dice: “Yo siento que cuando escuché la sentencia, como que reviví”. Un conflicto legal que tenía años, y cuando llegó una sentencia y él escuchó la sentencia, él sintió como que volvió a la vida. El término tiene una connotación legal, como quien escucha una sentencia.
Alguien dirá: “Pero eso a mí no me produce satisfacción”. Es que usted no lo ha entendido: usted no tiene principalmente un problema emocional, usted tiene principalmente un lío judicial encima. Usted está en el fuego cruzado de una trifulca judicial donde usted no entiende nada. Usted está amarrado; por dondequiera que intenta zafarse hay pequeños artículos que le están como agarrando. Ese es el pecador delante de Dios.
Y es el evangelio, cuando el evangelio no es principalmente un asunto emocional; el evangelio es principalmente un asunto legal. La carga de los decretos que estaban en contra de nosotros, dice, el juicio de Dios ha sido suspendido, y que lo que te iban a dar no te lo van a dar, y eso lo dijo un juez. Llega un momento, hermano, que las emotividades las busco, pero a mí me satisface lo estructural. ¿Y qué es lo estructural que nos puede dar satisfacción? Que el justo juicio de Dios en este momento no está en contra tuya, sino a favor tuyo.
Justificación, misericordia y salida de la sequedad
Imagínese que usted ha ido a una corte donde usted no tiene nada; hay que buscar y toda la justicia está del lado de su enemigo, y paradójicamente el juez resuelve a favor suyo. De forma tal que ese decreto judicial, tú sientas que te está vivificando. Usted se predica el evangelio todos los días y se está reviviendo todos los días. ¿Y qué es lo que dice el evangelio? Que el artículo grande y los artículos pequeños que estaban en contra nuestra han sido cancelados.
La gente busca más de un consejo, consejo legal, y va aquí: “Fulano, me han montado una estrategia, ¿cómo tú lo harías?”. Y por dondequiera que fue buscando, todos le dijeron: “Usted pierde o pierde”. Pero él fue donde el juez, y el juez habló a su favor. Él dice: “Vivifícame conforme a tus juicios”, a esos decretos legales que salen de parte tuya. El camino es aceptar el juicio y aferrarse al evangelio; eso se llama justicia imputada, los méritos de Cristo, que eran de otra gente, de Cristo, te los han puesto a ti, y tú sales de ahí como un muchachito.
Y ¿sabes qué te vas a decir? “No, pero tú sí eres desconsiderado, te están dando la justicia que no es tuya”. Y tú dices: “Mira, yo la verdad que no entendí del todo lo que pasó, pero me dijeron que la sentencia que iba en contra mía ahora está a mi favor y el juez se puso del lado mío. Excelente”. Eso es entender el evangelio: entender una transacción legal.
Termina diciendo: “Vivifícame conforme a tu misericordia”. Yo quisiera que el salmista hubiese apuntado qué aspecto de la misericordia, pero él no filosofó, hermano. Lo que dice es: “Yo no ando buscando nada en específico que pueda darte; vivifícame como tú lo haces”. “Ay, Señor, yo tengo tantos años en tus caminos, y te he servido…” “Conforme a tu misericordia”, es eso.
¿Qué usted necesita para volver a la vida? Permanecer en la palabra, entender el evangelio y recibir del Señor mucha misericordia. Usted necesita orar al Señor para que le vivifique; eso es lo que le puedo decir. No intente salir de ese estado por sus propios medios. La insensibilidad espiritual, la sequedad espiritual, es una enfermedad peligrosa, y el Señor, por su misericordia, puede sorprenderla.