Les pido, hermanos amados, que busquen sus Biblias y consideremos juntos el consejo del Señor. Vayamos juntos, hermanos amados, al último capítulo de la carta de Pablo a los Romanos, Romanos, capítulo 16. Qué bueno que tuvimos hoy, en dos momentos, oración y lectura de las Escrituras. Debemos seguir cultivando estas cosas, hermanos, que la Palabra del Señor abunde en el culto congregacional, que la Palabra del Señor abunde en nuestro culto y, también, así la oración congregacional.
Yo espero que usted haya venido con el deseo de recibir la Palabra del Señor. En mi experiencia, hermano, esto marca la diferencia: la expectativa que uno tiene al respecto del consejo de Dios. ¿Qué es la Palabra del Señor para ti? Lo que he visto es que aquellos que vienen y van acariciando el deseo de escuchar y practicar la Palabra son aquellos que tienen el mayor aprovechamiento. Hay mucho del consejo de Dios que podemos ver, pero nuestra actitud en esto es importante: el deseo de recibir la Palabra del Señor, el deseo de que Dios hable a tu corazón.
El mejor momento es cuando vienes desde tu casa anhelando escuchar la Palabra, anhelando saber el consejo de Dios, alguna expresión distinta, alguna nueva perspectiva, algo en lo cual quizás no estabas atendiendo y, a partir de este momento, llegas a tener conocimiento. Pueden buscar Romanos, capítulo 16, y se ponen en un momento sobre sus pies para que leamos.
Esta parte de la carta pareciera una simple curiosidad, pero estamos convencidos, hermano, de que toda Escritura ha sido inspirada por el Señor y que toda parte es útil. Yo me reía de mí mismo mientras me preparaba durante la semana para predicar esta porción de la Escritura porque parece extraño que, en una de las cartas más densas del Nuevo Testamento, que es la carta de Pablo a los Romanos, el ministro seleccione solamente el saludo para predicar a su iglesia. Es que hasta el saludo es útil, hermano; la Palabra del Señor, nada sobra.
Me parecía muy curioso porque cuánto se puede decir de los capítulos previos, del 1 hasta el 15. Hermano, el capítulo 16 es el saludo, pero hasta el saludo, cuando ha sido inspirado por Dios, es de edificación para el pueblo del Señor.
Lectura de Romanos 16: saludos personales
Veamos las tiernas expresiones de afecto que ha incluido el apóstol Pablo en su carta. Es Romanos, capítulo 16, desde el versículo 1 y hasta el versículo 16. Dice así la Palabra del Señor, bajo el encabezado “Saludos personales”:
Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa que necesite de vosotros, porque ella ha ayudado a muchos y a mí mismo.
Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús, que expusieron su vida por mí; a los cuales no sólo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles.
Saludad también a la iglesia de su casa. Saludad a Epéneto, amado mío, que es el primer fruto de Acaya para Cristo.
Saludad a María, la cual ha trabajado mucho entre vosotros.
Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles, y que también fueron antes de mí en Cristo.
Saludad a Amplias, amado mío en el Señor.
Saludad a Urbano, nuestro colaborador en Cristo Jesús, y a Estakis, amado mío.
Saludad a Apeles, aprobado en Cristo. Saludad a los de la casa de Aristóbulo.
Saludad a Herodión, mi pariente. Saludad a los de la casa de Narciso, los cuales están en el Señor.
Saludad a Trifena y a Trifosa, las cuales trabajan en el Señor. Saludad a la amada Pérsida, la cual ha trabajado mucho en el Señor.
Saludad a Rufo, escogido en el Señor, y a su madre y mía.
Saludad a Asíncrito, a Flegonte, a Hermas, a Patrobas, a Hermes, y a los hermanos que están con ellos.
Saludad a Filólogo, a Julia, a Nereo y a su hermana, a Olimpas, y a todos los santos que están con ellos.
Saludaos los unos a los otros con beso santo. Os saludan todas las iglesias de Cristo.
— Romanos 16:1-16
Pueden sentarse, hermanos queridos. Si usted anda buscando un nombre para un hijo, un nieto, este es un buen listado. Bueno, si le nacen uno o dos mellizos, buen nombre: Trifena y Trifosa. Les decía, hermano, que esto parece una curiosidad, pero no lo es. Toda la Escritura es inspirada y útil para edificar el pueblo del Señor, y este saludo, a mí particularmente, me ha sido de mucha edificación esta semana.
Son nombres raros, nombres que para nosotros no son comunes, algunos quizá sí, como María o Priscila o Aquila, otros no tanto, pero todos son hermanos del Señor que habitaban en la ciudad de Roma, a los cuales Pablo estaba escribiendo, y ahora se despide de ellos lleno de tierno afecto. A modo de introducción les diré que el final del libro de Romanos es la despedida más extensa en todas las cartas del Nuevo Testamento. Está inundada de tierno afecto, buen testimonio y, sobre todo, de la obra de Dios en la vida de los creyentes.
En el momento que se escribió esta carta quizás era solamente un largo saludo al final de una epístola larga y densa, pero algo tan sencillo como esto se ha convertido en un precioso legado para la iglesia del Señor en todas las épocas.
Una “foto cándida” de la iglesia primitiva
Nos muestra que las relaciones entre los primeros creyentes no eran frías o distantes, sino cálidas y muy cercanas. Este capítulo reúne, en esa lista, vívidas expresiones de afecto, envueltas todas en la mayor santidad. Veremos hoy estas expresiones de afecto para tratar de replicarlas en la vida de nuestra iglesia.
Hay un género en fotografía, muy recurrido por fotógrafos reconocidos, que se llama la foto cándida. Es un tipo de fotografía espontánea y no posada. Es quizás asistir a una reunión y retratar lo que allí está sucediendo sin que las personas se enteren de que están siendo retratadas. Es una foto de una persona que no se está dando cuenta de que está siendo retratada; se llama fotocándida. Es una foto muy genuina, muy auténtica, que cuando usted la observa podría estar viendo lo que allí realmente estaba sucediendo.
Si las personas sonreían, en la fotografía aparecerán sonreídas. Esa es la fotografía opuesta, quizás, a una foto de boda. Si usted ve una foto de boda, usted no conoce ni lo que ahí pasó, ni el carácter ni el temperamento de nadie. Es una foto posada. No es una mala fotografía, pero no es una foto cándida, no es una foto auténtica, no es una foto genuina.
Este capítulo final de Romanos, Romanos 16, es una foto cándida, espontánea, genuina, de lo que era la vida de los primeros cristianos. Quizás parecen solamente saludos, pero es un buen testimonio de cómo era la vida de los primeros creyentes, cómo eran sus relaciones. Impresiona mucho el hecho de que el apóstol Pablo todavía, en este momento, no había tenido la oportunidad de visitar físicamente la iglesia de Roma, pero hay más de 28 nombres a los cuales él les manda saludo.
A cada una de estas personas él les saluda de una manera muy afectuosa y da un testimonio de ellos. Lo que pretendo hacer, hermanos, es mostrarles primero la forma tierna en que Pablo se refiere a cada persona que es parte de la iglesia. Quiero tomar, en este grupo primero, cuatro menciones que son menciones especiales: personas a las cuales Pablo les dedicó no solamente una pequeña expresión, sino un pequeño párrafo, abundó allí en cuatro casos. Luego mencionaré, de refilón, otra larga lista de nombres a los cuales Pablo saludó de manera afectuosa, para moverme entonces a la causa de su afecto y de estas vívidas expresiones.
Terminaré explicándole a la iglesia lo que el apóstol Pablo está llamando a Roma, y es a que se saluden con un beso santo. ¿Qué es esto, un ósculo santo, y cómo se practica? Quisiera comenzar con esta amplia lista de saludos. Lo que él está diciendo es: salúdense, salúdense, salúdense, saluden de mi parte, saluden al otro, y voy seleccionando de la lista completa cuatro ejemplos que son menciones especiales.
Primera mención especial: Febe, diaconisa
La primera mención especial que hace el apóstol Pablo es acerca de la hermana Febe. Dice él:
Os recomiendo además a nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa que necesite de vosotros, porque ella ha ayudado a muchos y a mí mismo.
— Romanos 16:1-2
El apóstol Pablo está introduciendo a la hermana Febe. Sabemos de ella, por la carta, que era una diaconisa. Probablemente fue la persona que fue a llevar la carta a la iglesia de Roma. La manera en que Pablo se refiere a ella: “ella, mándenla”, “es nuestra hermana”. Al parecer era una hermana soltera, no estamos seguros, pero quizás, si hubiera estado casada, se mencionaría también su esposo, como sucede con Aquila y Priscila.
Esta hermana Febe tenía una posición importante en la iglesia primitiva: era diaconisa. Dice, respecto a su testimonio, que esta hermana había ayudado a muchos, incluido él. Posiblemente era algún tipo de ayuda material que ella había ofrecido, quizás era su servicio, y termina él explicando cómo debía recibirla: deberían recibirla en el Señor y como es digno de los santos.
Hay muchas cosas que tengo para decir hoy, hermano. Esto parece… yo me sentía, cuando estaba preparándome, como cuando uno está desgranando guandules: uno vuelve, ve y desgrana, y son muchas cosas pequeñitas que podemos ver, pero todas importantes. Comenzaré, hermanos, acotando que el apóstol Pablo no tenía ningún tipo de prejuicios acerca de hablar sobre el sexo opuesto, de recomendar a una hermana.
Introduce la presentación de esta hermana diciendo que la reciban como una hermana. Asimismo dice: “Os recomiendo además a nuestra hermana Febe”. Me sorprende que, en esta lista larga, el apóstol Pablo no comienza mencionando nombres masculinos o solamente hombres, sino que él comienza mencionando a una hermana. Y cuando menciona esta hermana, después menciona a otra hermana. Yo conté por lo menos cinco hermanas que él menciona por su nombre.
Algo que ha dañado la relación entre los cristianos en este tiempo es la influencia del mundo, la mundanalidad. Yo siento que las personas al día de hoy viven muy alerta al respecto del sexo opuesto, a veces para mal o a veces para bien, pero viven con unas precauciones tan altas que esto podría estar dañando la comunión en la iglesia del Señor. En la mente del apóstol Pablo no había ningún prejuicio acerca de que él pueda hablar favorablemente sobre una hermana, probablemente soltera, y que pueda dar todas sus recomendaciones. Dice: reciban a la hermana Febe.
Tampoco había ningún prejuicio en la mente del apóstol Pablo acerca de la función que una mujer pudiera hacer en una congregación. Él la está presentando como diaconisa, le dice: recíbanla así. De hecho, hermanos, Romanos 16 evidencia que las mujeres desarrollaron una larga tarea en las iglesias, en la iglesia primitiva, que tuvieron una función muy importante, que fueron muy fructíferas y, al mismo tiempo, muy reconocidas.
El oficio de las mujeres y el afecto sin prejuicios
Esta hermana Febe, él dice, es una diaconisa entre nosotros, ha sido una bendición para mucha gente, incluido yo. Son varias cosas pequeñas que quisiera describir. Primero, que no había prejuicio alguno en el apóstol Pablo acerca de recomendar, hablar o presentar a una hermana del sexo opuesto. Tampoco había ningún prejuicio en el apóstol Pablo acerca de que esta hermana pudiera hacer efectivamente el trabajo.
Me gozo de que en nuestra iglesia local tenemos diaconisas y que tenemos diaconisas casi desde cuando comenzamos, hermano, y gloria al Señor que han sido muy fructíferas. La razón por la cual tenemos diaconisas en nuestra iglesia no es un asunto de preferencia personal, es un asunto de que la Escritura enseña el trabajo de las mujeres en este oficio y que también da cualificaciones al respecto.
Quisiera, aunque no creo que sea nuestra situación, pero sí quitar cualquier prejuicio que pueda haber en la iglesia local acerca del trabajo que nuestras hermanas puedan hacer en la iglesia. Hacen un trabajo precioso, hacen un trabajo valioso y debemos reconocerlas como tal. Quiero animar a mi iglesia a que evite ver como inadecuadas las expresiones de afecto cuando suceden entre personas que no son del mismo sexo.
Quizá tú te sientes muy cómoda reconociendo a otra hermana; quizás un caballero se siente muy cómodo al hablar de otro caballero. El apóstol Pablo comienza hablando de Febe y habla muy bien. Dice que es una diaconisa, dice que es una hermana muy fructífera, que ha hecho cosas muy valiosas para el Señor. Inmediatamente después, entonces, comienza otro grupo. El primer grupo importante es la mención de Febe, una hermana, al parecer soltera, con una posición importante en la iglesia primitiva, que la reciban, que la reconozcan. Después se mueve a otro grupo.
Son los versículos del 3 al 4, y en este otro grupo importante, al que le dedica un párrafo completo, aparecen dos personajes que ya son personajes recurrentes en nuestra iglesia. He predicado, en este mismo año, respecto del servicio que están haciendo. Lo que me llama la atención es que los encontramos ahora en Roma. La última vez que prediqué de estos hermanos estaban en otra ciudad; ahora el apóstol Pablo está escribiendo a Roma y allí están: la hermana Priscila y su esposo Aquila.
Este segundo grupo es una pareja de esposos con vocación misionera. Dice el apóstol Pablo que son sus colaboradores en Cristo Jesús. Más adelante menciona por lo menos cuatro colaboradores más. Lo que dice respecto de ellos es:
Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús, que expusieron su vida por mí; a los cuales no sólo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles.
— Romanos 16:3-4
No sabemos el momento puntual en que estos hermanos se expusieron ellos mismos a favor de Pablo, pero lo que dice el original es: estos hermanos que pusieron literalmente el cuello por mí. Yo les doy las gracias y también la iglesia se lo agradece.
Priscila y Aquila: potencial del matrimonio en la obra
En este segundo grupo, el apóstol Pablo está hablando no de una hermana soltera, sino de una pareja de esposos que tienen vocación misionera y que, evidentemente, desde el libro de los Hechos en adelante se ve que se han estado moviendo en diferentes ciudades edificando el cuerpo de Cristo. Por ellos, dice, Pablo da gracias y la iglesia da gracias junto con él.
Más adelante, entonces, se nos da otra referencia sobre ellos:
Saludad también a la iglesia de su casa.
— Romanos 16:5a
¿Qué es esto de la iglesia de su casa? Quizás tú tienes en la mente que todas las iglesias en el Nuevo Testamento eran iglesias parecidas a la nuestra, que tenían un templo, un auditorio o un lugar público de reunión. En tiempos del apóstol Pablo lo más frecuente, lo más común, era que las familias alojaran a las iglesias en su propia casa, y las personas recibían a la iglesia en la sala de su casa. Las reuniones eran reuniones mucho más cercanas y pequeñas, quizás, que las reuniones de la iglesia el día de hoy.
No es esto un argumento en contra o a favor de que las iglesias puedan estar en las casas o en otra parte. Lo que quiero mostrar es que en la vida de la primera iglesia había mucha cercanía. Estos hermanos eran hermanos muy queridos para el apóstol Pablo y, al mismo tiempo, tenían la iglesia reuniéndose en su propia casa.
¿Qué podemos aprender de todo esto, hermanos? ¿Qué podemos aprender de estos dos hermanos? Quisiera mostrarles, en este momento, a los matrimonios de nuestra iglesia el potencial que tiene el matrimonio para edificar el cuerpo del Señor, y que hay un enorme potencial cuando esposo y esposa trabajan juntos a favor de la causa de Cristo.
Esta pareja ministerial, que son Priscila y Aquila, estuvieron juntos en diferentes ciudades. El apóstol Pablo los conoció tejiendo tiendas de campaña, él los edificó a ellos y, eventualmente, ellos lo edificaron a él. Se mencionan dos personajes muy importantes en el Nuevo Testamento que tuvieron cierta relación con Priscila y Aquila: el primero es el apóstol Pablo y el segundo es Apolos.
Quiero mostrarles a todos mis hermanos que están casados con creyentes que esto es una preciosa oportunidad de vinculación, de doble vinculación, a favor de la causa de Cristo. Un matrimonio, dos esposos, están vinculados en el vínculo matrimonial, pero al mismo tiempo pueden tener un vínculo ministerial. Los momentos más fructíferos en la vida, frecuentemente para los matrimonios, son cuando los matrimonios entienden que el llamado del Señor va más allá de hacer solamente las cosas que los hombres normales hacen, y entienden que pueden reservar de su tiempo, de sus energías y recursos para trabajar juntos en la obra del Señor.
Familiares en el ministerio y su valor
Esto produce un tipo de cercanía y complicidad ministerial que no tendrás tú con nadie más. Cuando los esposos trabajan juntos por la causa de Cristo, puede ser esta una experiencia muy fructífera para el avance de la obra. Es una relación ministerial que permanece a través del tiempo.
Con mucha facilidad un matrimonio de creyentes puede integrar a otros creyentes a ellos. Por ejemplo, cuando apareció Apolos, ellos pudieron llamarlo. Era muy apropiado: están los dos juntos y pueden traer a un joven o a una joven, y no hay en esto ningún tipo de conflicto ni ninguna apariencia de falta de santidad. En cuanto al testimonio del apóstol Pablo, él dice que da al Señor las gracias por ellos y la iglesia también agradece junto con Pablo.
Me llama la atención que, al parecer, el hecho de que la iglesia haya ayudado al obrero, de que ellos hayan ayudado al obrero de la iglesia, se convertía en un motivo de celebración para la iglesia misma. Dos grupos de personas ya hemos visto: hemos visto a una hermana soltera, que es Febe, que es diaconisa, y estamos viendo ahora una pareja de creyentes que tenían una relación con el apóstol Pablo.
Después menciona otro grupo más. El primero: una hermana soltera. El segundo grupo: un matrimonio de creyentes. Pablo va a mencionar ahora el nombre de familiares suyos con los cuales también había servido. Estoy saltando algunas referencias cortas porque después pienso mencionarlas. Estoy ahora en el versículo 7. Dice él:
Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles, y que también fueron antes de mí en Cristo.
— Romanos 16:7
En esto me llama la atención que, en la iglesia primitiva, la familia estaba muy involucrada y el mismo apóstol Pablo tenía por lo menos cuatro familiares suyos que también estaban muy activos en el ministerio al Señor. Quiero mostrar, asimismo, que debe ser un asunto aupado, un asunto celebrado, que familiares nuestros trabajen junto a nosotros en el ministerio.
La satisfacción del apóstol Pablo era que estas personas eran sus familiares, pero habían junto padecido por la causa de Cristo, y aún él menciona que habían venido a Cristo primero que él. Quiero mostrarle a la iglesia que estos parientes suyos también —Herodión se menciona— eran compañeros de las prisiones de Pablo, que eran estimados por los apóstoles y que habían venido a Cristo primero que él mismo.
Es un gran privilegio servir al Señor junto a nuestros familiares. Es para mí un gusto, hermano, ver cómo la familia se convierte en una cantera en la cual el Señor se levanta instrumentos. Frecuentemente viene un miembro de la familia, pero cuando viene ese miembro hay otro miembro de la familia que ya vino antes, y diferentes familiares trabajan juntos en diferentes ministerios.
Nepotismo, ejemplos bíblicos y alegría familiar
En nuestra iglesia local esto ha sido siempre una realidad y algo que deberíamos nosotros ver como un motivo de gozo y de satisfacción. Un padre ve a su hijo servir en la casa del Señor, esto debe ser de alegría. Un hijo ve a su padre servir, también debe serlo. Hermanos trabajando juntos.
De hecho, hermano, he visto esto como un rasgo saludable de cualquier iglesia cristiana: la cantidad de familiares que pueden involucrar para trabajar juntos en los caminos del Señor. Alguien me dijo alguna vez que si esto no parecía como un nepotismo, que encontraba iglesias donde hay dos hermanos, un padre y su hijo, o una pareja de esposos que hacen el ministerio. Hermano, deje esos pensamientos fuera, pues no aplican al pueblo del Señor.
De hecho, en el pueblo del Señor eso no solamente se permite, sino que eso se aúpa. Entre las cosas que cualifican a un ministro del evangelio está el tener hijos que sean retenidos para el Señor y tener a sus familiares también involucrados en el ministerio. Eso no es una mala señal, sino que es una señal positiva. Priscila y Aquila, el caso anterior, ahora Andrónico y Junias, que eran familiares de Pablo.
Si pudiera decirle alguna evidencia más, hermano, acerca de que esto es esperable y es saludable: en la antigüedad el oficio de sacerdotes, levitas y profetas eran oficios familiares, y una familia de sacerdotes esperaba que tuvieran también otros sacerdotes en la misma familia; una familia de levitas, otros levitas. Que usted haga un ministerio para el Señor, ore al Señor y espere poder involucrar a sus familiares al respecto de estas cosas.
Mi gozo, hermano, es poder hacer ministerio con mi esposa y, de hecho, gran parte de lo que yo puedo hacer para el Señor lo hago porque tengo una esposa creyente al lado mío. Mi gozo es que gran parte de mis familiares sirven o han servido en esta iglesia. Esto debe ser motivo de alegría, motivo de celebración. De hecho, lo veo como una señal positiva. Yo tendría cierta preocupación respecto de un ministro del evangelio que no logre que ninguno de sus familiares participe en su ministerio, que ninguno de sus familiares participe en su iglesia local. Esto es una señal positiva y es una manera, hermanos, de edificar el pueblo del Señor.
En este grupo de personas el apóstol Pablo está hablando acerca de sus familiares. Dice otra cosa antes: que sus familiares fueron muy estimados entre los apóstoles y vinieron al Señor primero que él. Quiero animarte a que, si tú eres un nuevo creyente y en tu familia ya hay creyentes, te acerques a estas personas y les digas: yo los reconozco a ustedes como pioneros, yo reconozco que ustedes vinieron primero, reconozco la obra del Señor en ustedes.
Jesús y sus familiares; Rufo y su madre
Estos dos, por lo menos, dice el apóstol Pablo, vinieron primero que yo al Señor; ellos fueron pioneros en los caminos de Cristo. Primer grupo: una hermana soltera. Segundo grupo: el apóstol Pablo está mencionando un matrimonio de creyentes muy cercano a él. Ahora está mencionando familiares suyos.
Doy un matiz más acerca de los familiares, y es que nuestro Señor Jesucristo mismo, que sus hermanos primero no recibían su ministerio. Después, dos hermanos de nuestro Señor Jesucristo fueron muy activos en la iglesia primitiva. El primero de sus hermanos que fue muy activo en la iglesia primitiva es Santiago, también llamado Jacobo, es el mismo nombre. Y otro hermano de nuestro Señor Jesucristo es Judas, no Judas Iscariote, sino Judas, el que escribió la carta.
Me llama la atención que ambos, cuando escribieron sus documentos en el Nuevo Testamento, no se presentaron… ellos no se presentaron a sí mismos como hermanos del Señor. Hasta María fue muy activa en la iglesia primitiva, pero ninguno de ellos llegaron a ostentar una posición más importante por el simple hecho de haber sido familiares de Cristo, sino que todos ellos fueron creyentes normales en la iglesia primitiva y todos muy fructíferos.
María estaba junta con los apóstoles en la iglesia primitiva. No tenía una posición de preponderancia o una posición de importancia, pero, caramba, era muy estimada, era la madre del Señor. Además, aun cuando no era “la madre del Señor”, solamente, era una mujer piadosa. ¿Qué iglesia no quisiera tener una sierva como María entre ellos? Quiero desestimar con esto la idea que tiene alguna persona de que la madre de nuestro Señor Jesucristo fue preponderante en la iglesia primitiva solo por ser la madre. No aparece así en la iglesia primitiva, en el libro de los Hechos, y cuando se habla de ella se habla como se habla de otros creyentes. Imagino que fue muy estimada por toda la iglesia, sobre todo por el testimonio piadoso con que se presenta a María en los evangelios.
Otros dos hermanos de Jesús que inicialmente no tuvieron interés en su ministerio eventualmente fueron una parte muy activa también en el ministerio. Que hermanos, primos, familiares trabajen juntos por la causa de Cristo es un asunto honroso, es un asunto muy bonito y a lo cual nosotros no deberíamos tener ningún tipo de prejuicio.
El cuarto grupo que quiero mencionar, de los grupos a los cuales el apóstol Pablo saludó con intencionalidad y les dedicó un poco de tiempo, es Rufo y su madre, que aparece en el versículo 13. Dice respecto de esto —recuerden, estoy mencionando primero aquellos a los cuales el apóstol Pablo les dedicó más tiempo, las otras son menciones más cortas—:
Saludad a Rufo, escogido en el Señor, y a su madre y mía.
— Romanos 16:13
Otra traducción dice: “y a su madre, que también es mi madre”. Me emociona, hermano, el saber que la madre de un hermano suyo, para el apóstol Pablo, era como su propia mamá y que él llegara a tener este nivel de afinidad dentro de una familia.
Madres espirituales y vínculos generacionales
En este caso estamos viendo una familia que, al parecer, en algún momento acogió al apóstol Pablo en su ministerio. No dice en qué momento surgió la vinculación, pero yo puedo inferir que quizás en alguno de sus viajes misioneros el apóstol Pablo llegara a hospedarse en su casa. Era muy frecuente que los primeros creyentes fueran hospitalarios con los misioneros, y quizás Rufo y su mamá vieron a Pablo en su propia casa y él llegó a decir de ella que era como su propia madre.
Qué bonito sería en nuestra iglesia si las hermanas llegaran a tener una relación tan cercana con los más jóvenes de la iglesia que puedan hablar de ellos como si fueran sus hijos. Qué hermoso sería si los jóvenes de nuestra iglesia llegan a considerar a nuestros propios padres como si fueran los padres suyos. Me gozo en la consistencia que tiene el apóstol Pablo cuando saluda a Febe: él la saluda como una hermana, “la hermana Febe”, y es que él había dicho a Timoteo que, en cuanto a sus prácticas ministeriales, lo que él tenía que hacer era lo siguiente. Decía que Timoteo debía considerar:
A las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza.
— 1 Timoteo 5:2
Dice el versículo 1:
No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre; a los más jóvenes, como a hermanos.
— 1 Timoteo 5:1
Bueno, si nosotros queremos replicar esta experiencia, deberíamos comenzar a considerar esto. Del mismo modo, yo quiero invitar a que todos los jóvenes de la iglesia comiencen a considerar a las hermanas mayores, que pueden ser como sus madres, como si fueran sus propias madres. Y qué hermoso sería si los jóvenes, no importa la edad, saludarán a nuestros padres como saludaba Pablo a la mamá de Rufo. Que diga: “Salúdame a Rufo y a su mamá, que es como si fuera mi propia madre”. Qué hermoso sería si nosotros pudiéramos replicar esta misma experiencia.
Hay una gran oportunidad en vincularnos a los padres de nuestros hermanos, sobre todo a las madres. El día pasado mi mamá tuvo un asunto en la casa y me dice: “No, que vamos para donde Mamacita”. Yo estaba contento; yo dije: “Parece que está pasando lo de Rufo: que mis hermanos consideren a mi madre como la madre propia”. Hermano, eso para mí es un profundo sentido de satisfacción. Eso significa que en nuestra iglesia local hay relaciones que son relaciones muy afectuosas, que hay preciosas expresiones de afecto, igual que como las había en la iglesia primitiva. Esto es una gran oportunidad.
Quiero hablar, en este momento, a los jóvenes de nuestra iglesia, sobre todo a aquellos que tienen vocación ministerial. Vincularse con hermanas mayores de la iglesia es un asunto muy loable. De hecho, nuestro Señor Jesucristo tenía alrededor suyo un grupo muy amplio que le llamaban “las mujeres”. Ni siquiera eran “estas mujeres”; se estilaba en Israel, se estilaba en el pueblo del Señor que, cuando había un maestro, sobre todo un maestro joven, mujeres de su círculo, mujeres de su entorno, aupaban a este maestro y proveían para él de diferentes maneras.
Adoptar obreros y ejemplo de Eliseo
Tener una vinculación con hermanas de nuestra iglesia, hermanas mayores de nuestra iglesia, es muy precioso porque esto no da lugar a malas interpretaciones. De hecho, alguien aconsejó, en algún momento, en el ministerio, que se cultivara una relación con hermanas mayores de la iglesia. Esto es fructífero en más de un sentido.
Lo primero: puede ser tu mamá. Está así: yo considero que mi hermana Rafaely es de mi mamá, que es mi mamá. Ya usted ve la relación que puede tener un hermano joven o una hermana joven con hermanos mayores que ellos: una relación muy bonita porque aparece ahí, hermano, una manera de glorificar al Señor que es muy honrosa, porque no da lugar a malas interpretaciones. Él puede saludar a la mamá de Rufo como si fuera su propia mamá y, de hecho, generacionalmente podría hacerlo.
Ministros jóvenes pueden auxiliarse de su disponibilidad de tiempo, de sus relaciones, de sus cuidados y también de sus dones. Además, en este tipo de relaciones podemos expresar afecto con mucha liberalidad. Usted le da un abrazo a la hermana Maribel, un joven le da un abrazo a la hermana Maribel, ¿no? Quizás Octavio abraza a una hermana mayor con mucha más confianza y libertad que como usted podría abrazar a una hermana más joven. Gloria al Señor por eso. No hay lugar a malas interpretaciones, hay muchas oportunidades de bendición.
Con esto quiero animar también hoy a las hermanas y a las familias, sobre todo, a que cultiven la vocación de adoptar obreros para el Señor. Podrían orar por ellos, atender a sus necesidades prácticas y, según sus medios, podrían hasta proveer para sus necesidades materiales.
Quiero poner en esto un ejemplo: Eliseo, profeta del Señor. Mientras desarrolló su ministerio, tenía relaciones en diferentes lugares con familias que aupaban a Eliseo y su ministerio. Un caso de esto es el que aparece en la segunda carta de Reyes, capítulo 4, del versículo 8 en adelante. Dice así la Palabra del Señor:
Aconteció también que un día pasaba Eliseo por Sunem; y había allí una mujer importante, que le invitaba insistentemente a que comiese. Y cuando él pasaba por allí, venía a la casa de ella a comer.
— 2 Reyes 4:8
Cada vez que Eliseo pasaba por esa ciudad, él iba a comer a la misma casa. Oigan, hermano, esa tradición en el pueblo del Señor. Yo recuerdo mi niñez, que era muy frecuente ver ministros del evangelio que iban a una iglesia y que había familias en esa iglesia que anhelaban tener al ministro en su casa. Yo recuerdo a mi abuela, por ejemplo, que hospedaba pastores en mi casa y cómo ella hablaba con este nivel de respeto acerca del hombre del Señor.
También recuerdo que en mi iglesia en Azua había una habitación, le llamaban la habitación misionera, donde, cuando venían obreros de otras partes, en esa iglesia hacían una buena función de anfitrión. Cuando Eliseo pasaba por la ciudad, dice que acostumbraba a pasar por allí y venía a la casa de ella a comer.
La sunamita y recompensa por servir al siervo de Dios
Estoy en el versículo 9 de 2 Reyes 4:
Y ella dijo a su marido: He aquí ahora, yo entiendo que este que siempre pasa por nuestra casa es varón de Dios. Yo te ruego que hagamos un pequeño aposento de paredes, y pongamos allí cama, mesa, silla y candelero; para que cuando él viniera a nosotros, se quede en él.
— 2 Reyes 4:9-10
Escuchen, esta mujer está proveyendo para el obrero del Señor. Y aconteció que un día vino él por allí y se quedó en aquel aposento, y allí durmió. Entonces dijo a Giezi su criado: “Llama a esta sunamita”. Y cuando la llamó, vino ella delante de él. Dijo él entonces a Giezi: “Dile: He aquí, tú has estado solicita por nosotros con todo este esmero; ¿qué quieres que haga por ti? ¿Necesitas que hable por ti al rey o al general del ejército?”. Y ella respondió: “Yo habito en medio de mi pueblo”.
Esta mujer le está diciendo: “Yo soy cercana de ellos también”. Evidentemente, esta era una familia con recursos materiales en su ciudad, que tenía una vinculación con las autoridades. Leo un poco más:
Y él dijo: ¿Qué, pues, haremos por ella? Y Giezi respondió: He aquí que ella no tiene hijo, y su marido es viejo. Dijo entonces: Llámala. Y él la llamó, y ella se paró a la puerta. Y él le dijo: El año que viene, por este tiempo, abrazarás un hijo. Y ella dijo: No, señor mío, varón de Dios, no hagas burla de tu sierva. Mas la mujer concibió, y dio a luz un hijo al año siguiente, en el tiempo que Eliseo le había dicho.
— 2 Reyes 4:14-17
Qué hermosa experiencia: una mujer sabia, que está utilizando su hogar —se ve una pareja de mayores—, no habían tenido hijo, pero en su casa mandaron a hacer un aposento para recibir al varón del Señor. Con esto quiero, hermano, apelar a que quizás la posibilidad era que Pablo, en algún momento, se alojó en casa de Rufo y la mamá de él le dio un trato tan amigable que él llegó a considerarla como si fuera su propia madre.
Repliquemos ambos lados la experiencia. Si usted es una hermana mayor, busque jóvenes o jovencitas de su iglesia y adóptelos como si fueran sus propios hijos. ¿Qué cosas ustedes podrían hacer por ellos? Podrían orar, podrían cuidarlos espiritualmente, podrían recibirles en su casa, podrían animarles en su ministerio. Qué hermoso es cuando, en una iglesia, sucede esta experiencia de que hermanos mayores animan a las generaciones más jóvenes y las generaciones más jóvenes tienen en alta estima a sus hermanas y hermanos mayores.
Menciones breves: muchos nombres, un mismo Señor
Luego de estos cuatro grupos, entonces, quiero mencionar rápido menciones muy cortas: por lo menos otras doce menciones breves a personas e iglesias que hace el apóstol Pablo. En el versículo 5 menciona a Epéneto y dice que él es “amado mío, primer fruto de Acaya para Cristo”, o sea, él sabía que había sido un primer converso en esa región.
Después menciona, en el versículo 6, a María: “la cual ha trabajado mucho entre vosotros”. Menciona, en el versículo 8, a Amplias y dice de él: “amado mío en el Señor”. Todas las expresiones, hermanos, son expresiones muy tiernas. Luego menciona a Urbano. Dice, en el versículo 9: “Urbano, nuestro colaborador en Cristo Jesús, y Estakis, amado mío”. De Apeles, en el versículo 10, dice: “aprobado en Cristo”. De Herodión dice: “mi pariente”.
Después menciona a los de la casa de Narciso, en el versículo 11, y dice que “están en el Señor”. Oigan, hermano, Pablo nunca había visitado esta ciudad, pero reconocía la iglesia en Roma como si fuera su propia iglesia y hablaba de estos hermanos como si fueran sus propios hermanos.
Menciona acerca de Pérsida, en el versículo 12: “la cual ha trabajado mucho en el Señor”. Quizás también era una hermana mayor y Pablo está hablando de ella en pasado, o sea, del trabajo que hizo en otro tiempo. Hay unos grupos que parecen grupos de iglesia. Por ejemplo, en el versículo 14 menciona: “Asíncrito, Flegonte, Hermas, Patrobas, Hermes y los hermanos que están con ellos”. En el versículo 15 menciona otro grupo que parece que era una iglesia también:
Filólogo, Julia, Nereo y su hermana, Olimpas, y todos los santos que están con ellos.
— Romanos 16:15
En todo esto, hermano, yo quiero mostrar que, si no fuera por un convencimiento de que el apóstol Pablo amaba genuinamente a estas personas en el Señor, pareciera que son solamente cumplidos.
Y esto me lleva a explicarle a la iglesia cuál es la causa de su afecto y de su expresión. En todas estas expresiones, lo que Pablo más señala es la obra de Cristo en la vida de sus hermanos. Hay hermanos aquí que están pensando: “Es que yo no soy muy cercano; es que quizás yo no tengo esa personalidad; es que quizás yo no tengo esa facilidad para relacionarme con la gente”. Otros quizá pueden decir: “Es que yo no he tenido la oportunidad de compartir con nadie, por eso no puedo tener ninguna expresión de afecto hacia ninguno de mis hermanos”.
La causa del afecto: la obra de Cristo en los hermanos
Yo quiero establecer, en este momento, que lo que estaba motivando al apóstol Pablo no era que había estado en la casa de todos ellos en Roma, sino que el Señor estaba haciendo una obra en cada una de esas personas, y por eso esas personas eran importantes para Pablo. La cosa más extraordinaria en este saludo es que Pablo, a la distancia, se goza y disfruta esta iglesia como si fuera su propia iglesia porque el fruto y la obra en esta iglesia es la obra del Señor.
Lo que él está diciendo es que Febe debía ser recibida “en el Señor”, que Priscila y Aquila eran “sus colaboradores en Cristo Jesús”, que Epéneto fue “el primer fruto de Acaya para Cristo”, que sus parientes Andrónico y Junias “fueron antes que él en Cristo”. Todo esto, hermano, está bañado, está permeado de Cristo.
Lo más importante en la mente de Pablo es: “Yo amo a esta gente, no necesariamente porque sean la gente más familiar para mí; yo amo a esta gente porque esta gente es la obra de Cristo”. Yo quiero desestimar cualquier asunto superficial de la gente que dice: “Es que yo no tengo esa personalidad”, o “es que yo no le conozco mucho”. Hay dos cosas que usted necesita conocer: usted necesita conocer que son de Cristo y necesita saber su nombre. Si usted sabe que son de Cristo y conoce su nombre, ya esa gente también es suya.
Usted no necesita tener con un creyente la experiencia más dilatada, la experiencia más larga, para amarle. Si el Señor le amó primero, usted también lo ama después. Si usted tiene evidencia de que una persona ha sido alcanzada por Cristo, ya es una razón suficiente para usted amarle. Amplias era “amado por él en el Señor”. Urbano era “su colaborador en Cristo”. Apeles era “aprobado en Cristo”. Los de la casa de Narciso no solamente estaban en la casa de Narciso: estaban en la casa de Narciso, pero estaban “en el Señor”.
Trifena y Trifosa “trabajaban en el Señor”. Pérsida “trabajó mucho en el Señor”. En todo esto, hermano, Pablo está mencionando nombres “en el Señor, en el Señor, en el Señor”. Yo quiero decirle a la iglesia que usted puede cultivar un afecto genuino, no fingido, por una persona, cuando usted entiende que esa persona ha sido salvada por Cristo y esa persona es una preciosa obra de la mano del Señor, que cada quien tiene una historia única de experiencia en el Señor y esa historia única es suficiente para amarle.
Amar “en el Señor” y más allá de afinidades
Un hermano que llega a expresar un tierno afecto en su iglesia no es necesariamente el hermano con quien usted ha compartido más horas. Es el hermano que está más convencido de que la obra en una iglesia es la obra del Señor. Y si el Señor lo hizo, yo le amo.
Les he mencionado diez ejemplos de Pablo. Menciona “el Señor, el Señor, el Señor” para quitar este pensamiento superficial de que “como ese hermano y yo como que no nos caemos bien”, “ese hermano y yo no somos de la misma generación”, “ese hermano y yo no hemos tenido la experiencia”. No se trata de nuestra afinidad, se trata de la obra del Señor en cada uno de nosotros, y si el Señor lo hizo, yo le amo.
No necesitas tener ni siquiera la experiencia de haber compartido con él físicamente. A la distancia le puedes amar “en el Señor”. Amar a alguien “en el Señor” es amar lo que el Señor está haciendo en la vida de esa persona. Cuando tú dices a una persona: “Yo te amo en el Señor”, lo que le estás diciendo es: “Quizás yo no conozco tu historia de vida, quizás tú y yo no somos los más cercanos, pero yo conozco la obra del Señor en la vida tuya y eso, en este momento, lo estoy amando”.
Cuando le dices a un hermano: “Hermano, te amo en el Señor”, no le estás diciendo: “Hermano, desde chiquito estamos juntos”. Lo que le estás diciendo es: “Yo reconozco que la sangre de Cristo también fluyó a favor tuyo, que el Señor, al igual que a mí, nos pasó a los dos de muerte a vida y que nosotros quizás no tenemos la experiencia de militancia cristiana más dilatada, más extendida, pero yo reconozco la obra del Señor en la vida tuya y eso, en este momento, lo estoy amando”.
Quiero decirte que no depende de tu personalidad, depende de lo que el Señor hizo en él. Quiero decirte que no depende principalmente de una cercanía especial. Miren, la iglesia no necesita una gira para amarse. “Wow, si nosotros rentamos una guagua y nos vamos juntos para el río, cuando vengamos de allá para acá, entonces nos vamos a amar más, mejor”. No. Quizás venimos peor que como salimos.
Ay, hermano, la iglesia no necesita una gira para amarse. No está de más la gira, si usted quiere. Ya no son giras, son “field day”: actualícese, hermano, ya la “gira” no se llama así, ahora se llama “field day”, hermano, ya no son giras. Pero hay hermanos que dicen: “Lo importante para que una iglesia se ame es que esa iglesia tiene que tener experiencias en común, vamos a hacer una barrillada, vamos a hacer un field day, vamos a irnos para la playa”.
Nada de eso sobra, hermano; hágalo, no está mal. Lo que le quiero mostrar es que usted y yo tenemos en común una experiencia aún más importante: es que pasamos juntos, en Cristo, de muerte a vida. No tenemos una guagua en común, pero tenemos un Señor, una fe y un bautismo. La obra del Señor, en la vida de la iglesia, es una obra suficiente para amarnos.
La cruz como punto de encuentro y celebración del hermano
Pablo no vivía en Roma, Pablo no había visitado Roma, pero Pablo, a distancia, amaba a todas estas personas como si fueran suyos. Es que, si el Señor lo hizo en ti, ya tú eres mío. Si el Señor lo hizo en ti, ya tú eres mío, tú eres mío, yo soy tuyo, nosotros somos suyos, y nosotros, al mismo tiempo, somos nuestros.
El amor, la cosa más fuerte en nuestra iglesia local, es que tenemos esta experiencia juntos, que todos somos del Señor. Para Pablo esta gente era gente amada porque era gente que había sido amada por el Señor. El amor de Cristo ha sido derramado en nuestro corazón, hermanos. ¿Qué es lo más valioso de nuestros hermanos? Hay gente que dice: “Es que él y yo tenemos la misma personalidad, estamos como en la misma página”. No, eso no es lo más valioso.
Lo más valioso de nuestros hermanos es que ellos son únicos para Dios, son especiales para Dios, han sido amados por el Señor. Yo me he preguntado, a veces: ese hermano dice que tú no puedes amarlo, pero el Señor le está amando. Si el Señor le está amando, yo también puedo unirme a esto, que es el amor de Dios a favor de él.
La iglesia cristiana se ama, no necesariamente porque tengamos la misma personalidad, los mismos intereses, sigamos el mismo equipo de pelota, tengamos la misma forma de pensar. No. No es eso. Es que tenemos una fe, un Señor y un bautismo. La muerte de Cristo nos constriñe. Cuando celebramos la relación con nuestros hermanos, lo que estamos celebrando es a Cristo.
Cuando una iglesia tiene tiernas expresiones de afecto, lo que está demostrando es que el amor de Cristo está en ese lugar, y lo que hace más preciosa a una iglesia es precisamente eso. Usted y yo podemos estar en las antípodas y el Señor nos ha traído de los extremos y nos ha reunido. Lo que une a la iglesia es la cruz de Cristo, hermano.
Yo podría poner, en esta iglesia, un corazón y decirle: “Esta es la razón por la cual nosotros nos amamos”, pero yo prefiero enseñarle a esta iglesia la cruz de Cristo y decirle que en la cruz de Cristo tú y yo nos encontramos. Hay gente con la cual quizás tú no hubieras tenido la oportunidad de compartir: no son de la misma generación, no tienes la misma personalidad, no tienes los mismos intereses, pero tienen a Cristo. Y en la cruz de Cristo el pueblo se encuentra.
La obra de Cristo en cada creyente y el deleite en ella
Lo más importante que ha sucedido en nuestra iglesia, que permite que tengamos tiernas expresiones de amor, es que el Señor Jesucristo ha derramado su amor en todos nosotros. Nosotros nos amamos porque Él nos amó primero. Yo quisiera ver a mi iglesia que sea una iglesia apasionada en lo relativo a conocer, reconocer y celebrar la obra de Cristo en la vida de sus hermanos.
Si tú no tienes nada que decir por tu hermano, yo te quiero poner palabras en tu bocadillo: que Cristo murió por él. Ya, hermano, yo te amo porque tú… un pastor, en días pasados, cuando yo hablo con un hermano le digo “querido hermano”, y entonces, pues, un pastor que nos presentaron, yo lo llamo y le digo: “Mire, alguien…”. Y alguien me dijo: “Pastor, eso de ‘hermano querido’, pero todavía no… no… el hermano ni siquiera ha bebido un café”. Él entendía como que todo era un asunto superficial, como un cumplido: “¿Cómo usted le dice ‘hermano querido’, pero todavía no nos hemos tomado ni siquiera un café?”.
Es que, para quererte, yo estoy queriendo en ti algo que tú no sabes quizá. Lo que yo estoy queriendo en ti es que Cristo a ti te ha querido; yo estoy queriendo en ti la obra del Señor. Yo estoy creyendo en ti que tú y yo tenemos esta vinculación común. Yo tengo que quererte; no es un asunto superficial, es un asunto de convicción. Y miren, eso se cultiva.
Yo no era una persona muy relacional, y yo he aprendido… que mis hermanos me tengan a mí como que me jalan. Yo siento un magnetismo hacia mi gente. Claro, a veces me tienen que detener en la calle. Yo veo la cara de “evangélico”, hermano, yo voy. Es verdad. Yo vine a la oficina, en días pasados, yo venía rápido porque tenía que conectarme a una conferencia y yo vi en un motor… yo vi un hermano, yo le vi la cara, Cruz tiene la carita muy bonita… Mira, iba rápido, haciéndole un saludo.
Y subí, tuve la conferencia y bajé, y después me dice: “Sí, él era… él del barrio era un hermano”, y saco la cabeza y lo veo leyendo la Biblia. Yo no lo vi leyendo la Biblia antes, yo solamente lo vi y me pareció hermano. Pero si es hermano, si la obra es con creyente, tiene un asunto que es único, y es que por dentro él es diferente y el Señor hizo una obra en él que es una obra particular.
Celebrar la obra de Cristo más que datos sociales
Usted, cuando conoce un creyente, hermano, se le debe producir una satisfacción en que usted está viendo una obra del Señor. Hay por lo menos dos artistas dominicanos que yo sigo, artistas plásticos, me gustan sus obras. No tengo con qué comprarla, pero me deleito cada vez que encuentro… o sea, no tengo que comprar sus cuadros, pero me gustan sus obras.
Y donde quiera que yo los vea… la mayor satisfacción para mí es cuando estoy en un país que no es el mío y yo veo una obra de esos y digo: “¡Guau!”. Eso produce en mí como un asunto: “Guau, alguien del patio que ha hecho algo como esto, y su obra está siendo exhibida donde quiera”. Pues, donde usted encuentre un creyente, usted está encontrando un testimonio de la obra única del Señor. Ahí el Señor puso su mano, ahí el Señor lo vio, hermano.
La obra de Cristo es una obra intencional: en él pensó el Señor, a él salvó Cristo. Y esto es una razón suficiente para amarle. Yo quiero invitarte a que tengas esta pasión de celebrar la obra del Señor en la vida de tus hermanos. Celébralos, no solamente porque sean de la misma edad, no porque tengan la misma generación, porque sean del mismo pueblo. Celébralos porque Cristo les amó primero. Si Cristo les amó, ámales tú también “en Cristo, en Cristo, en Cristo”.
Quiero animarte, hermano querido, a que estés atento a los asuntos espirituales en la vida de tus hermanos. Asuntos espirituales, o sea, tú de tus hermanos deberías desear saber cuándo vinieron a Cristo, cómo vinieron a Cristo, de dónde el Señor les sacó, dónde conociste al Señor. Esas son preguntas básicas que tú deberías saber sobre tu gente para tú poder decir: “Quiero saludar a fulano, que fue el primer fruto del Señor en tal lugar”. Yo quiero poder decir eso de tus hermanos.
Preocúpate por los asuntos espirituales. “Ah, no, no, yo quiero saber: ¿a qué tú te dedicas?, ¿en qué tú trabajas?, ¿de quién tú eres hijo?, ¿tú eres del sur, del norte, del este?”. Hermano, las preguntas importantes son otras. La pregunta importante fue: ¿cómo tú pasaste de muerte a vida?, ¿de dónde el Señor te sacó?, ¿cuándo conociste al Señor?, ¿cuánto tiempo tienes en el Señor?, ¿cómo el Señor te ha preservado en sus caminos?
El beso santo y las expresiones físicas de afecto
Esas son las preguntas que dan satisfacción en tus hermanos. Tú quieres saber eso: cómo el Señor les pasó de muerte a vida, qué obra tan importante ha hecho el Señor en cada uno de ellos. Seamos apasionados respecto de esto. Yo quiero invitarte a que, cuando tú veas a un creyente, veas la obra del Señor y te deleites en esa obra única.
Mira, tus hermanos fueron sacados de la muerte, cada uno de manera particular. Cada persona en Cristo es una historia; cada uno es un testimonio único. Hay quienes conocieron al Señor en un lugar, otros aquí; cada uno de ellos, hermano, tiene una experiencia que es única, un registro único de la mano de Cristo obrando en ellos salvación.
Después de mencionar a todos estos, algunos con más palabras, algunos con menos, pero todos ellos por la obra del Señor “en Cristo, en Cristo, en Cristo, en Cristo”, lo que más me emociona es que él dice siempre: “Les amo en Cristo, les conozco en Cristo, serví a Cristo”. Cristo ha permeado la relación del apóstol Pablo. Esto es como si usted pudiera ver el “Facebook” de Pablo, hermano, usted vería eso.
Después de todas estas cosas, él termina con una cortita recomendación. Lo que está diciendo es: “Manifiéstense amor, exprésense afecto. Así como ustedes ven que yo puedo saludarlo a ustedes: mi querido, mi hermano, mi deseado, a quien amo en el Señor, con quien he compartido…”. Después que ha mencionado todo esto, entonces dice el apóstol Pablo:
Saludaos los unos a los otros con beso santo. Os saludan todas las iglesias de Cristo.
— Romanos 16:16
“Saludaos los unos a los otros con ósculo santo”. Un ósculo es un beso. “Salúdense con un beso santo”. Él está tomando una tradición judía. Entre los judíos se estilaba que los familiares, entre la familia, el círculo íntimo, hombres y mujeres, se saludaban con un beso.
Un ósculo: usted le da un beso a su papá y cuando viene papi, usted tiene una manifestación de intimidad, de respeto. ¿Quiénes más se saludaban con un beso? Amigos muy amados. A un desconocido usted le daba la mano, pero el beso, el beso, el beso… eso era un asunto que era entre hombres, entre ellos mismos se besaban; entre mujeres, darse un beso, era una manifestación de “tú y yo tenemos una vinculación, somos muy cercanos”.
Pablo está tomando esto que era parte de la cultura: saludarse con un beso cuando había, mediaba, una relación de mucha cercanía, una expresión de familiaridad, y entonces promueve esa expresión de afecto. Miren qué interesante: él no dice “dejen de hacerlo, dejen de darse besos, dejen de saludar”. No. Él está diciendo: háganlo, dense un besito, les está diciendo, pero cuando lo hace lo matiza y previene. Dice: “Pero háganlo con santidad”.
¿Qué es un beso santo? Intención y santidad
¿Qué es un ósculo santo, hermano? Miren, las intenciones y actitudes son importantes en este tipo de cosas. Un ósculo santo es un beso que no está cargado de sensualidad, es un beso que no está cargado de una intención insana. Es un beso que está cargado de significado, no es un beso por besar, por besar. No. Es que tú entiendes que esa persona es tu hermana y, como es tu hermana, tú tienes que manifestarle, hacer manifiesto el afecto que hay en tu corazón hacia ella, y como tú lo haces manifiesto, en su cultura se estilaba: dale el ósculo, dale el beso. “Háganlo con santidad”, está diciendo. “Tóquense, hermanos, tóquense, afírmense juntos, manifestando sus afectos de que son parte del pueblo del Señor”.
En cuanto al beso, hermano, esto no es un mandamiento. Era algo que era parte de la cultura del tiempo de Pablo: saludarse con un beso cuando había cercanía. En otras culturas no se utiliza el beso, se utiliza dar la mano, dar un abrazo. Pero yo quisiera que cualquier expresión de afecto que usted vaya utilizando tenga la misma connotación: una connotación de santidad.
No es solamente de qué parte del cuerpo. Primero esto comienza en tu mente: ¿qué hay en tu mente cuando tú quieres saludar de ese modo a tu hermano?, ¿qué hay en tu corazón que te media quizá querer darle un abrazo a tu hermana? ¿Qué es lo que media para que esto se haga con santidad? Hermano, debe comenzar con una convicción: lo que hay en tu mente, lo que hay en mi mente, es que verdaderamente ella es mi hermana, verdaderamente él es mi hermano en el Señor, y como es mi hermano en el Señor, yo tengo que afirmarlo.
Hagamos esto, hermano. Lo que quiero invitar a la iglesia es a que no se limite tanto en expresar su afecto, sino a que manifieste su afecto, exprese su afecto, pero le dé siempre una connotación de santidad.
Si yo dejara esto solamente con la recomendación, quizás no lo hiciera. Si usted quiere practicar lo que es una muestra, una expresión de afecto, una nota de santidad… hay maneras de saludar donde usted está poniendo en ese saludo una intención. Cuando usted saluda a una persona, usted le puede dar la mano y mirar para otra parte, o le puede dar la mano y afirmarlo. Usted está diciendo: “Mira, yo realmente… a mí me interesa que tú sepas, que tú sientas que tú tienes un hermano, que tú tienes una hermana”.
Cómo usted saluda, cómo usted da la mano, cómo usted da un abrazo… póngale intención, hermano, y que su hermano sienta que usted lo está introduciendo, que usted lo está acercando, que usted lo está afirmando, que tiene con usted una relación en los caminos del Señor.
La iglesia no es solo aula: saludos finales y afecto abundante
Que medien todas estas cosas, hermano. Si usted quiere dar el beso, dé el beso; si el abrazo, el abrazo, pero que imprima en todas estas cosas santidad. Concluyo de la manera siguiente.
Quiero concluir diciendo, hermano, que para el apóstol Pablo la iglesia era más que un salón de clases. Si alguien lee Romanos del 1 al 15 podría pensar que Pablo es solamente un filósofo que está en una peña literaria disertando. No. Pablo es una persona altamente relacional, es alguien cercano, es una persona afectuosa, es alguien que puede, con liberalidad, manifestar afecto. Y todo esto parece que no se quedó en el corazón de Pablo, sino que también él afectó sus relaciones.
Aparte de esto, saltaré la parte introductoria y cierro leyendo los versículos finales, desde el versículo 21 en adelante:
Os saludan Timoteo mi colaborador, y Lucio, Jasón y Sosípater, mis parientes. Yo, Tercio, que escribí la epístola, os saludo en el Señor. Os saluda Gayo, hospedador mío y de toda la iglesia. Os saluda Erasto, tesorero de la ciudad, y el hermano Cuarto. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén.
— Romanos 16:21-24
Donde más me causa a mí un poco de risa es cuando dice: “Yo, Tercio, que escribí la epístola, os saludo en el Señor”. Hasta Tercio dice: “Yo quiero saludar también”. Ay, hermano, yo me gozo en ver que la primera iglesia, la iglesia primitiva, era una iglesia afectuosa, era una iglesia cercana, era una iglesia que se gozaba y quería saludarse; que no solamente Pablo, sino también hasta sus colaboradores aprovechaban la oportunidad. “Ey, yo soy quien está escribiendo…”.
Recuerden que les enseñé ya que Pablo no escribía con su mano sus cartas, sino que utilizaba un escribiente. Ese es Tercio: “Yo estoy aquí escribiendo, mandando estos saludos; yo saludo también”. Hasta él está, cuando estamos saludando a todo el mundo, saludando. “Os saluda Gayo, hospedador mío y de toda la iglesia. Os saluda Erasto, tesorero de la ciudad, y el hermano Cuarto. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros”.
Oro por toda la iglesia para que nos saludemos más, hermano. Oro por toda la iglesia para que abunde la santidad en nuestras expresiones de afecto. Aproveche ahí y toque algún hermano que tenga cerca con un toque santo, algún amigo; afirme ahí a alguien que usted tenga cerca. Eso es: acérquese a una persona manifestando que somos suyos. Cuando tú tengas ahí a un hermano entre los brazos, si él es de Cristo, él es tuyo, hermano. Somos nuestros y somos suyos, hermanos.
Oración final y llamado al inconverso
Padre, mira cómo he estado provocando a mi iglesia a que, con liberalidad, manifieste expresiones de afecto. Permítenos reconocer, Señor, la obra tuya en la vida de cada uno de nuestra gente, la obra tuya, Señor, en cada uno de nuestros hermanos. Permítenos verlos valiosos porque son valiosos para ti, Señor. Permítenos mirar a nuestros hermanos con ojos brillosos porque tú estás haciendo en ellos cosas muy importantes.
Gracias, Señor, porque has comprado este pueblo a precio de sangre. El valor de tu sangre, Señor, hace que este sea un pueblo muy digno. Permítenos celebrarnos, Señor, entre nosotros. Permítenos desearnos, permítenos, Señor, saludarnos con tierno afecto. Ah, Señor, que esta convicción se manifieste en expresiones tiernas de afecto bañadas de santidad. Que nos amemos en el Señor, que nos reconozcamos en Cristo, Señor. Permítenos celebrar la obra tuya en cada una de nuestras vidas.
Gracias por tu Palabra, Señor. Gracias porque aún los saludos nos edifican. Mantén tus ojos ahí cerrados. Y si aquí hay alguien que está entre nosotros y ha sentido el tierno afecto de la iglesia… Dice la Escritura que nosotros les amamos a ellos porque Él nos amó primero:
De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
— Juan 3:16
El Señor está levantando un nuevo pueblo, está cultivándonos nuevas relaciones, está estableciendo una nueva identidad: es la identidad en Cristo. Si hay alguien que ha estado hoy en medio del pueblo del Señor pero todavía es un foráneo entre nosotros, todavía no tenemos en común esa fe, un Señor y un bautismo, este es un buen momento para poner en Cristo su confianza, integrarse al pueblo del Señor, para probar el amor de Cristo que ha sido derramado en nuestros corazones, para conocer la mayor expresión de amor que hombre alguno puede conocer, que es el amor de Cristo, que ocupó la cruz en nuestro lugar.
Señor, si hay alguien aquí congregado hoy que todavía no tiene la convicción de ser parte de este pueblo, toca corazones el día de hoy, Señor. Amigo que estás aquí entre nosotros, no hace falta una vuelta muy larga, solamente hace falta un deseo genuino: reconocer tu necesidad delante del Señor. La necesidad más imperante del corazón del hombre es la necesidad de Dios. Lo único que llena el vacío de nuestra existencia es el amor de Cristo, que ha sido derramado en nuestro corazón.
Si alguien está aquí congregado y quiere poner en Cristo su confianza, puede decir ahí, en su mente, con sinceridad de corazón: “Señor, he escuchado la predicación, he estado en medio del pueblo, he escuchado la alabanza, pero yo quiero ser parte. No solamente quiero visitar, yo quiero ser parte, yo quiero hacer de tu pueblo mi pueblo”.
Dice la Escritura:
Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Dile al Señor ahí: “Perdona mis pecados, acéptame como tu hijo, Señor. Inscribe mi nombre en el libro de la vida”. Por fe sabemos que quien confiesa sus pecados con sinceridad y clama a Dios… Dice su Palabra que todo lo que a Él viene Él no le echa fuera.
Si tú has recibido a nuestro Señor como Padre, nosotros te recibimos a ti como nuestro hermano. Será un gusto acompañarte en los primeros pasos de la vida cristiana. Será un gusto darte la bienvenida y acompañarte a las aguas del bautismo. Dice la Escritura que:
El que creyere de corazón y fuere bautizado, será salvo.
— Marcos 16:16
Eso es un testimonio público.
Bendice especialmente, Señor, a tu pueblo aquí congregado. Bendícenos, sobre todo, Señor, con tierno afecto que se prodigue en medio de nosotros, bañado de santidad y para la gloria tuya. Gracias, sobre todo, Señor, porque vemos en este pueblo evidencias de tu obra. En el nombre de Jesucristo, nuestro Señor y nuestro Salvador, amén.
Nuestro ministerio de alabanza nos despide con canciones.