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Inicio Prometedor un triste final - Historia del Rey Salomón

1 Reyes 1-11

La vida de Salomón nos muestra cómo un inicio lleno de potencial espiritual puede terminar en un triste final cuando se descuida la devoción a Dios y se tolera el pecado. Conocimiento sin obediencia y comunión con Dios conduce a la ruina espiritual.

Predicado17 de agosto de 2014
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Hemos estado esbozando la historia del pueblo de Israel: Génesis, los libros de Números, Deuteronomio, Éxodo, el libro de los Jueces, y nuestro hermano Rafael predicaba la semana pasada su segundo sermón acerca del rey David. En la mañana de hoy yo quiero compartir con ustedes algo que es bastante amplio, de verdad, pero no se asusten, no se asusten, sino que preparen sus corazones para recibir la palabra del Señor y deleitarse en ella. Vamos a ver un ejemplo que está expuesto en las Escrituras, en un sermón que he titulado: “Un inicio prometedor, pero un triste final”, que es la historia del rey Salomón. Vamos a estar centrándonos en los primeros capítulos del primer libro de Reyes, que es donde se da toda la historia de lo que fue el reinado de Salomón sobre Israel.

Vamos a orarle al Señor, de manera de que prepare nuestros corazones y que haga deleitoso este momento para cada uno de nosotros. Amado Señor, gracias te damos, Señor Jesucristo, por la oportunidad de poder recibir tu palabra. Señor Jesús, con profunda reverencia y con gran temor venimos ante ti a presentarnos delante de ella. Te rogamos que tú perdones nuestros pecados, de manera que esos pecados no sean estorbo para poderla asimilar. Te rogamos, oh Dios, que tú crees en nosotros un corazón de tierra muy fértil, de manera, Señor Jesús, que esta palabra predicada pueda germinar en nosotros para fruto digno de arrepentimiento. Señor, mira que a través del ejemplo de Salomón, una persona que conocía las Escrituras, que tenía conciencia de quién eras tú, Señor, pero se descuidó, tú nos adviertas.

Ayúdanos a entender eso, a no descuidarnos; que si sabemos lo que está contenido en tu revelación, lo pongamos en práctica en cada aspecto, en cada detalle de nuestra vida diaria, de manera que no descuidemos la devoción hacia ti. En el nombre poderoso y santo de Jesús te entregamos este tiempo y sé tú, Espíritu de Dios, hablando a través de mí, porque yo también necesito ser predicado. Amén.

Bien: “Inicio prometedor, un triste final”. Leemos la introducción que está en sus bosquejos: muy pocos personajes en las Escrituras poseyeron un potencial tan grande como el rey Salomón. Fue elegido por Dios para suceder a su padre, el rey David, elegido por Dios para edificar el templo. Dios se le aparece no una, sino dos veces; se le aparece el Señor a Salomón. En su primera aparición, Salomón le pide sabiduría, pero aparte de eso, Dios le concede esa sabiduría, una sabiduría por encima del común de los hombres. Además de eso le da riquezas y paz en su reinado.

A pesar de este inicio tan prometedor, a medida que avanzaba su reinado, tomó una serie de desafortunadas decisiones que socavaron su comunión y su devoción hacia Dios. Eso terminó alejándolo y, más aún, volviéndolo un adorador de dioses paganos, qué triste. Todo este tipo de cosas hizo de los días finales de su reinado una penosa realidad espiritual de lo que pudo ser y no fue: tremendo potencial, pero no lo logró. En la mañana de hoy veremos que sin la comunión con Dios, sin la devoción a Él, por más potencial que tengamos en nosotros mismos, nunca podremos lograr el propósito que Él tiene para nosotros.

Tres periodos en la vida de Salomón

Y que, de persistir en esta práctica de estar faltos de devoción, alejados de Él, terminaremos transitando el triste y lastimoso camino de pecado y muerte, del cual nuestro Señor Jesucristo nos ha librado. Amén. Salomón es uno de los personajes más enigmáticos que hay en las Escrituras. Yo me propongo en esta mañana, que a través de su ejemplo —siempre en las Escrituras tenemos ejemplos, principalmente en el Antiguo Testamento, algunos para imitar, otros para evitar—, en el caso de Salomón veamos ambas cosas. Su vida, su reinado, está dividido en prácticamente tres periodos, tres periodos que podemos decir hasta naturales, dentro de los cuales hay aspectos en los cuales podemos imitar a Salomón, pero hay otros que hay que pedirle ayuda al Señor y mirarnos en ese espejo para evitarlos.

Mi propósito en esta mañana es que, por medio del ejemplo de la vida del rey Salomón, podamos ver las terribles consecuencias de la pérdida de la devoción al Señor a causa de nuestros pecados. Nuestros pecados nos van alejando, crean una barrera entre Dios y nosotros. Y que, a pesar del conocimiento de la palabra del Señor, de sus estatutos, de sus mandamientos, nosotros podamos tener en cuenta que no solamente esto es necesario para evitar caer en eso. Tenemos que tomar advertencia en ese sentido: que aunque usted conoce la palabra del Señor, usted no está exento de que ponga sus ojos, ponga su corazón en otras cosas y termine desviándose.

A manera de generalidad, tenemos tres periodos, como les digo, naturales, del reinado de Salomón: sus inicios, la etapa media de su reinado y el final. En sus inicios podemos ver la entronización del rey Salomón, cómo él vence la trama que tenía su hermano Adonías. Hay algo interesante: Salomón no era el mayor de sus hijos y generalmente, por tradición, el reino le correspondía al hijo mayor. Sin embargo, por las diferentes malas decisiones que también tomó David, su padre… David tuvo varias esposas y varios hijos. Habían muerto dos con seguridad: Absalón, que se había sublevado contra él, y Amnón, quien fue muerto por Absalón después de haber violado a la hermana de Absalón; y hay otro hijo de David, el cual se asume que probablemente murió, llamado Daniel.

Por consiguiente, el que seguía en la línea sucesora al trono era Adonías, que era mayor que Salomón. Natán aboga para que sea Salomón; aparentemente él conocía el corazón de Adonías, y si ustedes pueden estudiar los capítulos 1 y 2 del primer libro de Reyes pueden darse cuenta del carácter de esta persona, de Adonías. Y Natán, que era un profeta del Señor, se dio cuenta y dijo: “No, ese no; yo voy a propugnar para que sea Salomón”, con el propósito de mantener a raya la desviación en el reino. Y juntamente con la madre de éste, Betsabé, crean una situación de manera que David proclame, aún en vida, a Salomón como su sucesor.

Lo otro es que este periodo inicial del reino de Salomón se caracteriza por una observancia cuidadosa a los consejos espirituales y políticos que le dio David. Espirituales: él le dice, “Mira, no te apartes de la ley de Jehová”. Vamos a leerlo aquí.

Llegaron los días en que David había de morir, y ordenó a Salomón su hijo, diciendo: Yo sigo el camino de todos en la tierra; esfuérzate, y sé hombre. Guarda los preceptos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos y observando sus estatutos, mandamientos, sus decretos y sus testimonios, de la manera que está escrito en la ley de Moisés, para que prosperes en todo lo que hagas, y en todo aquello que emprendas.

— 1 Reyes 2:1–3

Luego, a continuación de eso, le da una serie de consejos políticos para que pueda mantener su reino; algunas decisiones de muerte. Le dice: “Mira, este es enemigo tuyo, ya tú sabes cómo tratarlo. Está Joab, Abiatar, Simei”, que fueron enemigos de David.

Dentro de las cosas que caracterizaron el periodo inicial del reino de Salomón está la construcción del templo y no solamente su construcción, sino también su dedicación por parte de Salomón. Esto podemos verlo desde los capítulos 1 hasta el capítulo 9, versículo 9. Todo este periodo inicial del reinado de Salomón… estamos hablando de que Salomón está aquí en la cúspide espiritual, está en la cima: un ejemplo de devoción, el ejemplo que debemos imitar. Pero, a medida que va pasando el tiempo, ya se ha establecido en el reino y entramos a la etapa media.

Esplendor, expansión y el inicio de la decadencia

Aquí se caracteriza un reinado que se expande territorialmente. Establece alianzas políticas, desarrolla actividades mercantiles, comerciales, con los pueblos circundantes a Israel, aumenta el poder de su ejército. El reino genera muchísimas riquezas materiales. Pero juntamente con eso, Salomón empieza a descuidar su devoción al Señor para involucrarse en las labores exclusivas de la política y del manejo del reino. Y aquí empieza el inicio de la decadencia, el inicio del triste final de Salomón.

Luego, en la parte final, que es la parte más oscura, más triste, más lamentable, que son los finales de su reinado, se caracteriza por la apostasía de Salomón, debido mayormente a la unión con muchas mujeres extranjeras que llevaron a Salomón a adorar a sus dioses. Evidentemente, esta gran abominación delante del Señor no queda sin consecuencia. El Señor, ahí mismo, en un periodo que había sido de paz completo, permite que empiecen a gestarse intrigas, levantamientos militares para atentar contra el reinado de Salomón.

Pero más que todo, el Señor le dice: “Mira, yo, por amor a David tu padre, mientras tú vivas no voy a partir el reino; pero inmediatamente después que tú mueras, el reino será partido”. Y no solamente eso: la tribu de Judá solamente se quedaría con una de las once tribus restantes, que fue la tribu de Benjamín. Luego se constituye lo que es el reinado del norte por diez tribus, que fue dado a un siervo de Salomón llamado Jeroboam.

Vamos al capítulo 3 y leemos la Escritura desde los versículos 3 hasta el versículo 15. Salomón pide sabiduría: la cúspide de la devoción de Salomón.

Mas Salomón amó a Jehová, andando en los estatutos de su padre David; solamente sacrificaba y quemaba incienso en los lugares altos. E iba el rey a Gabaón, porque aquel era el lugar alto principal, y sacrificaba allí mil holocaustos; sacrificaba Salomón sobre aquel altar. Y se le apareció Jehová a Salomón en Gabaón una noche en sueños; y le dijo Dios: Pide lo que quieras que yo te dé.

Y Salomón dijo: Tú hiciste gran misericordia a tu siervo David mi padre, porque él anduvo delante de ti en verdad, en justicia y con rectitud de corazón para contigo; y tú le has reservado esta tu gran misericordia, en que le diste hijo que se sentase en su trono, como sucede en este día.

Ahora pues, Jehová Dios mío, tú me has puesto a mí tu siervo por rey en lugar de David mi padre, y yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir. Y tu siervo está en medio de tu pueblo, al cual tú escogiste, un pueblo grande, que no se puede contar ni numerar por su multitud. Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande?

Y agradó delante del Señor que Salomón pidiese esto. Y le dijo Dios: Porque has demandado esto, y no pediste para ti muchos días, ni pediste para ti riquezas, ni pediste la vida de tus enemigos, sino que demandaste para ti inteligencia para oír juicio, he aquí lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú.

Y aun también te he dado las cosas que no pediste, riquezas y gloria, de tal manera que entre los reyes ninguno haya como tú en todos tus días. Y si anduvieres en mis caminos, guardando mis estatutos y mis mandamientos, como anduvo David tu padre, yo alargaré tus días. Cuando Salomón despertó, vio que era sueño; y vino a Jerusalén, y se presentó delante del arca del pacto de Jehová, y sacrificó holocaustos y ofreció sacrificios de paz, e hizo también banquete a todos sus siervos.

— 1 Reyes 3:3–15

Tremendo inicio, ¿eh? Tremendo inicio. ¿En qué consistía el potencial del rey Salomón? Muy bien, tal como acabamos de leer en las Escrituras: después del Señor Jesucristo no hubo un hombre más sabio sobre la tierra que Salomón. Evidentemente, tenemos que hacer la diferencia, porque Jesucristo era Dios, y en Él habitaba toda la plenitud de la Deidad, y habitaba, por consiguiente, la omnisciencia de Dios; no podía compararse con una sabiduría humana, por más superior que fuera, que fue la que se le confirió a Salomón. Salomón tenía todo para ser el mejor rey de la historia de Israel.

Potencial enorme y bendiciones por la comunión

Los cronistas y algunos estudiosos seculares entienden que el reinado más esplendoroso que tuvo la nación de Israel fue el reinado de Salomón, por toda la riqueza material, por la majestuosidad que caracterizó el reino, por la construcción del templo, que fue una cuestión muy dedicada, muy suntuosa. Pero evidentemente ese tipo de cosas, para Dios, no tienen ningún valor; lo que Él está demandando es una verdadera devoción y una entrega total. Muy diferente a lo que había sido el reinado de David, su padre. A pesar de que David, en cierta manera, gobernó de una forma austera, no con tanto esplendor, la devoción caracterizó el reinado de David; mas no así el de Salomón. Lo único que nosotros señalamos del reinado de Salomón fueron las grandes obras que él construyó.

Porque, a pesar de este gran flash, por así decirlo, de una devoción extremadamente alta, de una comunión tan íntima con el Señor, después de ahí, y después que él dedica el templo, vemos que desaparece por completo, de acuerdo a lo que dice la Escritura, cualquier acto de devoción de Salomón hacia Dios. Dios se le aparece no una, sino dos veces: se le apareció en Gabaón y se le apareció en Jerusalén, tal como está en el primer libro de Reyes, capítulo 9, los versículos del 1 al 7. Dios le dio sabiduría, Dios le dio un reinado pacífico, Dios le dio riqueza, Dios le dio poder sobre las demás naciones. La misma gente alrededor del pueblo de Israel le tenía miedo; decían: “No, mira, ese es un reino tan grande, eso está tan establecido. Mira toda la majestuosidad y la suntuosidad que tiene ese reino; yo no me voy a meter con ese hombre”.

Potencial del rey Salomón: Dios le concedió el privilegio de que fuera él quien sucediera en el trono a David, su padre, y que construyera el templo de Israel, algo que no se le permitió a David. Rápidamente yo quiero leer lo que dice el primer libro de Crónicas, capítulo 22, los versículos del 8 al 10. Miren, a pesar de que anteriormente a eso no hay nada que infiera de manera directa que sí, que Salomón era el que te va a suceder, pero aquí lo podemos inferir:

Mas vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Tú has derramado mucha sangre, y has hecho grandes guerras; no edificarás casa a mi nombre, porque has derramado mucha sangre en la tierra delante de mí. He aquí te nacerá un hijo, el cual será varón de paz, porque yo le daré paz de todos sus enemigos en derredor; por tanto, su nombre será Salomón, y yo daré paz y reposo sobre Israel en sus días. Él edificará casa a mi nombre; y él me será a mí por hijo, y yo le seré a él por padre; y afirmaré el trono de su reino sobre Israel para siempre.

— 1 Crónicas 22:8–10

¿Quién está hablando aquí? Jehová Dios. No fue que Natán con Betsabé dijeron: “No, no, no, queremos que sea Salomón”. El Señor lo había establecido, ya eso estaba determinado. Y hay algo interesante: “Salomón” viene del hebreo Shlomó, que viene de shalom, que quiere decir paz. Es decir que inclusive hasta su propio nombre inherentemente dice que va a ser un hombre de paz, aunque tal vez en su reinado no fue tan así, porque mató a cuantos ahí, que David había dicho, pero bien.

Lo primero que yo tengo que decirle a usted es lo siguiente: cuando usted ama la comunión con el Señor, nosotros somos bendecidos más allá de nuestra expectativa, más allá de nuestra expectativa. A veces nosotros estamos ahí con el Señor, metiéndonos en su presencia, y queremos una cosa, y Él ve la humildad de nuestro corazón; ve cómo nosotros nos humillamos delante de Él; ve cómo verdaderamente nosotros nos entregamos a Él, y nos da más de lo que estamos esperando.

Eso acabamos de leerlo, es lo que pasó con Salomón. ¿Qué era lo que quería Salomón? Sabiduría para poder gobernar al pueblo de Israel. Sin embargo, ¿qué hizo Dios? Le dio paz, le dio riqueza y le dio todo lo demás, le dio poder sobre las demás naciones. ¿Qué beneficio tuvo Salomón mientras tuvo esa comunión con el Señor? Sencillo. Vámonos con el primero: se le concedió lo que fue su petición inicial, sabiduría, una sabiduría que, aparte de nuestro Señor Jesucristo, ni antes ni después de él, ningún otro hombre la ha tenido. Acabamos de leer eso, los versículos 11 y 12 del capítulo 3 del primer libro de Reyes.

¿Qué beneficios obtuvo Salomón por amar la comunión con el Señor? Riquezas, poder y gloria sin igual en sus días. Lo dice el versículo 13:

Y aun también te he dado las cosas que no pediste, riquezas y gloria, de tal manera que entre los reyes ninguno haya como tú en todos tus días.

— 1 Reyes 3:13

En la historia de la humanidad, en ese momento histórico, no había un rey que tuviera el esplendor que tuvo Salomón. La gloria, la opulencia, no había uno. El Señor se lo prometió y el Señor lo cumplió. Tuvo gran extensión territorial de su reino. David había estado peleando ahí con los filisteos, con los amalecitas, con los amonitas, y había logrado una porción territorial; pero con Salomón, sin siquiera tener que pelear mucho, se logró una extensión territorial. Vamos a ver lo que dicen los versículos 20 y 21 del capítulo 4:

Judá e Israel eran muchos, como la arena que está junto al mar en multitud, comiendo y bebiendo y alegrándose. Y Salomón señoreaba sobre todos los reinos desde el Éufrates hasta la tierra de los filisteos, y hasta la frontera de Egipto; y traían presentes, y sirvieron a Salomón todos los días que vivió.

— 1 Reyes 4:20–21

No solamente le dio extensión territorial, sino que los reyes circundantes fueron súbditos de Salomón. Amaba la comunión con el Señor; pidió sabiduría y se la dieron; le dieron riquezas, le dieron gloria, le dio dominio sobre otras tierras. ¡Wow!

El Señor honró lo que significaba su nombre: le dio paz en la tierra alrededor. En el mismo capítulo 4, vámonos a los versículos del 24 al 25:

Porque él señoreaba en todo lo que había al otro lado del río, desde Tifsa hasta Gaza, sobre todos los reyes al otro lado del río; y tuvo paz por todos lados alrededor. Y Judá e Israel vivían seguros, cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, desde Dan hasta Beerseba, todos los días de Salomón.

— 1 Reyes 4:24–25

Oye, es increíble ese Salomón. Salomón se apropió de todo eso sin mover un caballo. Amaba la comunión con el Señor, fue bendecido más allá de sus expectativas. Otra bendición, otro beneficio que le dio el Señor por amar su comunión con Él fue que le dio el privilegio de construir el templo. En el capítulo 6 del mismo primer libro de Reyes leemos:

En el año cuarto del reinado de Salomón sobre Israel, en el mes de Zif, que es el mes segundo, comenzó él a edificar la casa de Jehová.

— 1 Reyes 6:1

Y más adelante:

Respecto de esta casa que tú edificas, si anduvieres en mis estatutos, e hicieres mis decretos, y guardares todos mis mandamientos andando en ellos, yo cumpliré contigo mi palabra, que hablé a David tu padre; y habitaré en ella en medio de los hijos de Israel, y no dejaré a mi pueblo Israel. Así, pues, Salomón labró la casa, y la terminó.

— 1 Reyes 6:12–14

No pasaron diez años para que él terminara el templo de su reinado; ahí mismo. El apóstol Santiago, en su carta universal, dice:

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

— Santiago 1:17

El Señor había prometido todo eso cuando se le apareció: cosas buenas. La misma Escritura dice que la bendición de Jehová es la que enriquece y no añade tristeza con ella.

Amando al Señor, amando su comunión, amando su devoción, el Señor lo bendijo más allá de lo que él esperaba. Yo me imagino a Salomón diciendo: “Guau, pero ven acá, yo… no sé”. Tal vez por eso el Señor le puso en su corazón sabiduría, para que pudiera manejar esa bendición que le estaba dando, no lo sabemos. Mientras Salomón tuvo una comunión íntima con el Señor, él brilló, pero él no brilló por lo que él era, él brilló porque el Señor estaba con él. Él brillaba no por lo que poseía, sino porque su posesión más apreciada era el Señor. Ese era el brillo que tenía Salomón, aunque tal vez en su reinado pudieran haber cosas palpables y evidentes que mostraran la opulencia de ese reino, la gloria de ese reino. Pero Salomón brillaba porque amaba estar ahí, en la presencia del Señor.

Cuando nosotros tenemos comunión con Dios, Él nos encamina a cumplir un propósito que Él tiene según su voluntad. ¿Cuál era el propósito que tenía Israel como pueblo? Allá, cuando el Señor los escoge hablando a través de Moisés, y luego en la primera carta de Pedro, y luego Juan en Apocalipsis… el pueblo del Señor, el propósito del pueblo del Señor aquí en la tierra es que nosotros seamos reyes y sacerdotes, ¿para qué? Para que mostremos la gloria de Dios a los que no lo conocen. Para eso fue que el Señor escogió a Israel; no fue para que dijeran: “Oh, el reino más poderoso de la tierra, el reino más rico”. Fue para que mostraran, a través de la devoción a Él, quién era Jehová a todo su entorno pagano, circundante, para que mostraran la gloria, la misericordia, el amor de Dios, para que pudieran ser instrumento de bendición en medio de una generación perversa.

Para eso era el propósito de los reinados de Israel, pero al parecer Salomón entendió otra cosa. Sin la comunión con Dios, sin la ayuda del Espíritu Santo, por más potencial que nosotros tengamos, no vamos a lograr el propósito que Dios tiene para nosotros. Eso se lo manifestaba en la escuela bíblica esta mañana. Yo les decía: “Miren, sin la ayuda del Espíritu Santo es imposible caminar la vida cristiana; sin la ayuda del Espíritu Santo, sin una sumisión en obediencia, sin una entrega total hacia Dios, es imposible que el Señor cumpla su propósito en nosotros, y verdaderamente entonces estaremos caminando en su voluntad”. Y como dice la Escritura, su voluntad es buena, agradable y perfecta.

Podemos verlo en los inicios del reinado de Salomón. Hagan la prueba, yo lo he hecho: mientras más usted está metido en la presencia del Señor, mientras más comunión usted tiene, mientras más anda atento, mientras más devoción usted tiene para Él, usted parece que está como en el aire. Inmediatamente usted se descuida, vienen los problemas, viene la angustia, vienen múltiples cosas. Y nosotros somos como masoquistas, porque nosotros sabemos la diferencia entre un estado y otro, y aun así a veces caemos, nos distraemos. Pruébelo… o no tengo que decirles que lo prueben, porque yo entiendo que ustedes lo han vivido.

Lo segundo que quiero decirles es que el solo conocimiento de la palabra del Señor no impide que nosotros nos desviemos hasta llegar a abandonar nuestra devoción a Dios. Conocer no es lo mismo que vivir. ¿Acaso no hemos leído de que, primero, por boca de David le dice: “Mira, Salomón, tú tienes que llevar todo lo que está escrito en la ley de Moisés”? Luego el propio Señor dos veces se lo dice. En el versículo 14 del capítulo 3 dice:

Y si anduvieres en mis caminos, guardando mis estatutos y mis mandamientos, como anduvo David tu padre, yo alargaré tus días.

— 1 Reyes 3:14

Salomón no podía alegar desconocimiento. Sabía, estaba en contacto; era hijo y entendemos que estuvo ahí, inclusive hasta cuando se fue con el rey David, que era un ejemplo de devoción pura, tanto así que el mismo Señor llegó a denominar a David un hombre conforme a su corazón.

Conocer no es lo mismo que obedecer

Sabía, conocía. Pero el conocimiento no impide de que yo, a veces, esté bateando de foul. A veces yo puedo ser un licenciado, no solamente en Génesis, un doctor en la Biblia entera, y sin embargo no hay garantía. Grandes hombres a través de la historia, que tenían conocimiento de la verdad, cometieron cosas terribles. Terribles. Salomón fue uno de ellos.

No basta con conocer la palabra del Señor ni aun creerla. Debemos seguirla y aplicarla a todas las actividades de nuestra vida diaria. Hay gente que entiende que: “No, porque tú lo que eres es un fanático; tú no le puedes aplicar la Biblia a todo lo que tú vives”. Es probable que la Biblia no esté de manera literal en todas las cosas que yo vivo, pero, por ejemplo, hay cosas que son similares. Hay ejemplos a través de los cuales, si yo conozco esto, si yo sé que eso está ahí, hay ejemplos que yo puedo evitar con situaciones que pueden ser parecidas y me evitan a mí primero deshonrar al Señor y que entonces yo, en consecuencia, pueda acarrear una situación lamentable para mi vida.

Desde antes de empezar a reinar, miren qué interesante esto, sigamos aquí en el capítulo 3. Ustedes saben que desde antes de empezar a reinar, Salomón empezó a meter la pata, como decimos. Desde antes de empezar a reinar, Salomón fue aconsejado por su padre David, en cuanto al cumplimiento de la ley de Dios, no sólo para que fuera prosperado, sino para que su reino fuera afirmado. Pero, a pesar de esto, Salomón empieza a cometer una serie de errores. Hay un error que tal vez nosotros lo hemos pasado por desapercibido, porque no lo leímos. Vamos a darle un “rewind”. Empezamos el capítulo 3 en el versículo 3; ahora vamos a leer los versículos 1 y 2.

Primer gran error de Salomón:

Salomón hizo parentesco con Faraón rey de Egipto, tomando la hija de Faraón, y la trajo a la ciudad de David, entre tanto que acababa de edificar su casa, y la casa de Jehová, y los muros de Jerusalén alrededor. Hasta entonces el pueblo sacrificaba en los lugares altos, porque no había casa edificada al nombre de Jehová hasta aquellos días.

— 1 Reyes 3:1–2

Ya han pasado todas esas intrigas de Adonías, ya él ha sido entronizado. Lo primero que hace Salomón es que se casa con una mujer egipcia, la hija de Faraón. Entonces uno dice: “Bueno…” Yo tengo ahí una porción de las Escrituras donde hay una serie de contrastes que yo veo y digo: “Pero ven acá, ¿cómo es posible que el hombre más sabio sobre la tierra, que conocía la Escritura, hiciera lo contrario a lo que estaba allí?”. Ay, hermanos, eso es así. No podemos menospreciar el poder del pecado, no podemos menospreciar las tentaciones del mundo, no podemos descuidarnos.

Lo primero que hizo Salomón fue casarse con la hija de Faraón. Qué cosa. Lo primero que hizo, señores… ¡Oye, increíble, Dios santo! ¿De dónde había sacado el Señor al pueblo de Israel? De Egipto, de esclavitud. Y, pa colmo, tú vas a volver para allá, ¿para qué? La sabiduría de Salomón: él entendía: “Mira, yo soy sabio. Egipto es una potencia, una amenaza militar real, potencial. Déjame yo casarme con la hija del Faraón para entonces hacer un vínculo y hacer la paz”. En la antigüedad eso era algo común, desde la antigüedad incluso hasta la Edad Media; los reinos contrarios decían: “Mira, vamos a casar el hijo tuyo con la hija mía, y entonces así vamos a mantener la paz”. Entonces, de esa unión él pensó, aplicó la sabiduría humana, pero no fue a la revelación del Señor.

Viola —vamos a ver, esto es lo bueno—, viola una serie de instrucciones de lo que debía ser un buen rey para Israel. Vámonos hacia atrás, a Deuteronomio. Ustedes van a decir: “Pero ven acá, ¿cómo es posible…?”. Si el Señor quería que tuvieran profetas y jueces sobre su pueblo, pero el Señor, en su omnisciencia, sabía que tenía que darle rey algún día a Israel. Vámonos al capítulo 17 de Deuteronomio, versículos del 14 al 20.

Cuando hayas entrado en la tierra que Jehová tu Dios te da, y tomes posesión de ella y la habites, y digas: Pondré un rey sobre mí, como todas las naciones que están en mis contornos; ciertamente pondrás por rey sobre ti al que Jehová tu Dios escogiere; de entre tus hermanos pondrás rey sobre ti; no podrás poner sobre ti a hombre extranjero, que no sea tu hermano.

Pero él no aumentará para sí caballos, ni hará volver al pueblo a Egipto con el fin de aumentar caballos; porque Jehová os ha dicho: No volváis nunca por este camino. Ni tomará para sí muchas mujeres, para que su corazón no se desvíe; ni plata ni oro amontonará para sí en abundancia. Y cuando se siente sobre el trono de su reino, entonces escribirá para sí en un libro una copia de esta ley, del original que está al cuidado de los sacerdotes levitas; y la tendrá consigo, y leerá en ella todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra.

— Deuteronomio 17:14–19

Para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos ni se aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra, a fin de que prolongue sus días en su reino, él y sus hijos en medio de Israel.

Desobediencia sistemática a la ley de Dios

Ahora vamos a ver el contraste: Salomón hizo todo lo contrario de lo que está aquí. Vamos para allá. Primero: no debía aumentar caballos. Salomón los aumentó, y no sólo eso, los trajo de Egipto. Primer libro de Reyes, capítulo 10, versículos 26 al 29:

Y juntó Salomón carros y gente de a caballo; y tenía mil cuatrocientos carros, y doce mil jinetes, los cuales puso en las ciudades de los carros, y con el rey en Jerusalén. E hizo el rey que en Jerusalén la plata llegara a ser como piedras, y los cedros como cabrahigos en la Sefela, en abundancia. Y traían de Egipto caballos y lienzos a Salomón; porque la compañía de los mercaderes del rey compraba caballos y lienzos. Y venía y salía de Egipto el carro por seiscientas piezas de plata, y el caballo por ciento cincuenta; y así los adquirían por mano de ellos todos los reyes de los heteos, y los reyes de Siria.

— 1 Reyes 10:26–29

El Deuteronomio dice: “No aumentará caballos”, porque entonces tú empezarás a descansar en tu fuerza militar y vas a dejar de descansar en cómo yo te voy a dar la victoria a ti. Segundo: “No tomará para sí muchas mujeres”. La ruina de Salomón. Capítulo 11, versículo 1 y siguientes:

Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras, a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón y a las heteas; gentes de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros, porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A éstas, pues, se juntó Salomón con amor.

— 1 Reyes 11:1–2

En el versículo 3 dice:

Y tuvo setecientas mujeres reinas, y trescientas concubinas; y sus mujeres desviaron su corazón.

— 1 Reyes 11:3

En el versículo 3 del capítulo 3 dice que Salomón amó a Jehová, y miren a quién está amando ahora. El potencial… Y miren, yo estoy aquí parado y yo me parezco mucho a Salomón; es con temor y temblor que digo eso.

Tercera violación: “No amontonará para sí muchas riquezas”. La riqueza de Salomón no tuvo comparación. Volvamos al capítulo 10, los versículos del 14 al 18:

El peso del oro que Salomón tenía de renta cada año era seiscientos sesenta y seis talentos de oro, sin lo de los mercaderes, y lo de la contratación de los que traficaban, y lo de todos los reyes de Arabia, y de los principales de la tierra. Además hizo el rey Salomón doscientos escudos grandes de oro batido; seiscientos siclos de oro gastó en cada escudo grande. Asimismo hizo trescientos escudos de oro batido, en cada uno de los cuales gastó tres libras de oro; y el rey los puso en la casa del bosque del Líbano.

— 1 Reyes 10:14–17

Y más adelante dice que la plata era como piedras; la plata no tenía valor, porque había tanto oro que nadie se preocupaba por la plata. Había tanta madera preciosa que el cedro era como cabrahigo, era como el cambrón, no como cedro. ¡Wow! Para eso, exacto, como combustible tal vez lo tenían. Y el texto dice que no amontonará para sí riquezas, sin embargo Salomón creó una estructura en su reino de poner ciertos lugartenientes en una división territorial que él había hecho, de manera que mensualmente hubiera una de esas provincias que se encargara de suministrar todo al reino. Riqueza por montones.

Cuarto: copiar un libro de la ley, la Escritura. Yo estuve leyendo todo esto y no se documenta que Salomón prestara atención al libro de la ley. Yo me recuerdo cuando lo encontró Josías: ¡guau!, fue un regocijo y fiesta, y se celebró la Pascua como no se había celebrado una en ese tiempo. ¿Por qué? Porque él había encontrado el libro de la ley. Sin embargo, Salomón… el libro de la ley… no se documenta que… Y Deuteronomio dice de manera estricta que los reyes tenían que tener una copia personal; estaba la copia que era la que estaba en el tabernáculo y posteriormente en el templo, pero el rey, a su vez, debía poseer una copia, para que entonces diariamente estuviera recordando qué era lo que el Señor le estaba demandando.

Por último, dice Deuteronomio que no debía elevar su corazón sobre sus hermanos. Sin embargo, miren lo que hace Salomón, que después solo crea un problema a Roboam, el hijo de él. Salomón establece grandes impuestos para su proyecto de construcción. Eso es una parte que casi nadie ve; la gente lo pasa por alto. Vamos al capítulo 9, versículos 14 y 15:

Hirán había enviado al rey ciento veinte talentos de oro. Esta es la razón de la leva que el rey Salomón impuso para edificar la casa de Jehová, y su propia casa, y Milo, y el muro de Jerusalén, y Hazor, y Meguido, y Gezer.

— 1 Reyes 9:14–15

Cualquier parecido con lo que es la realidad política de nuestro país… Oigan, estamos hablando de cinco cosas específicas que el Señor dijo a través de Moisés allá en Deuteronomio, que Salomón viene y las viola así, flagrantemente, de manera olímpica, como que nada pasó, y nadie le llama la atención, ni él se aflige ni nada. Y entonces uno se pregunta: ¿cómo puede ser posible que el hombre más sabio sobre esta tierra no haya tenido en consideración eso que estaba ahí escrito?

Hay algo interesante que yo quiero llamar la atención, una especie de paréntesis que quiero hacer: no importa el background espiritual que hayan tenido nuestros padres, nosotros tenemos una responsabilidad personal ante el Señor. David, un hombre de gran devoción, muy probablemente le haya enseñado a su hijo Salomón cuál era el principio de la devoción, de la adoración, del amor hacia Dios. David muere, pero entonces Salomón se debió a sí; es decir, no hay garantía.

Yo le pido al Señor que me dé sabiduría, y a mis hermanos que están en esa misma realidad criándoles hijos pequeños al Señor. Mi oración es que el Señor, desde el vientre de su mamá, los haya escogido para salvación, yo creo en eso. Y mi gran responsabilidad es decirles: “Mira, hijo mío, condúcete por aquí, por allá”, y si yo veo que está bateando de foul, que está metiendo el pie para la izquierda o para la derecha, yo ahí mismo sacrificarme y dejar todo, diciendo: “No, no, no, espérate, es por aquí, por aquí”. Esa es una responsabilidad de cada uno de nosotros.

Y miren que a nosotros nos va a tocar un tiempo difícil para criar a los muchachos en el Señor, pero eso no debe amilanarnos, porque más grande es el que está en nosotros que el que está en el mundo, dice la Escritura. Contraste a evitar de Salomón: contrasten la devoción de Salomón con la de David, su padre. Inclusive David, pecando, tenía un corazón de adorador. Hace unas semanas el pastor predicaba aquí de que David iba a la guerra con los filisteos contra su propio pueblo, y los filisteos lo desaforaron porque el Señor lo estaba cuidando de que no cometiera ese gran mal. ¿Y cuál fue la reacción de David? Adorar.

David comete perjurio, asesinato, adulterio con Betsabé. El Señor viene y manda a Natán, lo advierte: “Mira, tu hijo va a morir”. Aun muerto el muchacho, David adorando. David perseguido por Saúl, David adorando en el desierto. Un corazón que tenía ese hombre para Dios, un corazón increíble. Él cometió muchos errores y miren que probablemente uno de los grandes errores de Salomón, que fue coger muchas mujeres, fue porque su papá, David, había cogido seis. Ustedes me pueden decir: “Seis no es lo mismo que mil”. Es verdad, pero el detalle está en que la voluntad del Señor no era que tuviéramos más de una esposa. En Génesis dice: “El hombre se unirá a su mujer”, y serían una sola carne; no a sus mujeres, sino a su mujer.

Mientras David prestaba devoción al Señor de manera continua, Dios llegó a decir que él tenía un corazón conforme a su voluntad. Solo en dos ocasiones documenta la Escritura en Salomón grandes momentos de devoción: cuando el Señor se le presenta en el capítulo 3 y luego cuando dedica el templo, una vez construido. Salomón hace una oración tremenda, una oración que yo la estaba leyendo y decía: “Pero ven acá, este hombre, que dentro de poco va a estar adorando a Moloc…”. Algo increíble.

Quiero decirles con respecto a esto que tener conciencia de nuestra necesidad de relacionarnos con Dios y expresarlo un día de manera ocasional no basta. Nos cuidamos de perder nuestra devoción al Señor practicándola día a día. Es un gran mal que hay dentro de la iglesia del Señor en estos días: que por un tiempo, por una temporada, nosotros somos los más emocionados del mundo, y nuestra comunión con el Señor es tan fuerte como el acero, pero después tenemos temporadas como que cogemos vacaciones, y no debe ser así.

Porque va a haber un momento en el cual, si cogemos esas “vacaciones”, no vamos a retornar al trabajo; no vamos a retornar al trabajo. O tal vez, aun el Señor en su infinita misericordia, le veamos el rostro, pero el asunto es que, como dice la Escritura, fácilmente en su presencia tengamos que salir de ella avergonzados, y que Él nos diga: “Mira, ponte para allá atrás, porque yo tenía un propósito para ti, pero tú te empecinaste en caminar por tu lado, no por donde yo quise que tú caminaras”.

La pérdida sutil de la devoción y el peligro del pecado tolerado

¿En qué radica la importancia de la devoción al Señor? En que cuando nosotros la descuidamos, empezamos a recorrer un camino que es de manera sutil; no es algo que de un día para otro se ve, es algo que viene con el tiempo. Eso es como el famoso cuento del sapo en la olla: tú lo metes ahí, y si el agua está fría, él se queda tranquilo. Pero tú empiezas gradualmente a subirle la temperatura; cuando el agua está hirviendo, se muere, y se quedó ahí porque se aclimató. Si tú, sin embargo, lo echas en el agua caliente, de una vez salta y se va a salvar, pero si gradualmente lo haces, bueno, se muere.

Asimismo es la pérdida de la devoción, de manera sutil, de manera al paso, nos va llevando a que nosotros nos alejemos del Señor, y que entonces nos empecemos a ver transitando el camino de la mundanalidad, que eso fue una de las causas que le pasó a Salomón. Salomón vio todo lo que el Señor le había dado, y puso los ojos en la bendición antes que en el Señor, que fue quien lo bendijo. Y del pecado, del cual el Señor nos sacó, sale la apostasía, tal y como le sucedió a Salomón.

La otra advertencia que quiero hacer en este punto, antes de pasar al último, es el descuido de Salomón en poner más atención en la bendición, en lo que él había recibido, en los beneficios que el Señor le había dado, que en el Señor mismo. Eso debe ser para nosotros una advertencia. Hay mucha gente que el Señor los bendice —hablábamos de una casa en la escuela dominical— y el Señor le da su casa, y ya: “Bueno, ya hasta aquí llegué; yo iré a la iglesia esporádicamente”. O le da un buen trabajo. Muchísima gente que están sin trabajo son la gente más fieles al Señor; el Señor los bendice con un trabajo bueno, y por ahí quema derecho. La puerta de la iglesia para él empieza a ser extraña.

Si nos descuidamos no estamos exentos de perder la devoción hacia Dios, y cuando se pierde la devoción y el temor a Dios, nuestra comunión con el Señor se fractura, se fractura. Cuando la Escritura dice que nosotros debemos cuidar nuestra salvación con temor y temblor, es que tenemos que amar eso; en este caso es una bendición, es un don, pero más que una bendición es un milagro, que solamente Dios puede darme. Si yo amo mi salvación, yo no la descuido, yo no la descuido. Yo cuido mi salvación con temor y temblor, porque fue Dios que me la dio y, por consiguiente, mientras yo la cuido y amo mi salvación, yo amo a Dios, que fue quien me la dio, porque yo no pude tenerla por mis propios medios.

Cuando yo hago conciencia de eso —“Guau, Señor, este estado en el cual yo estaba, un estado de podredumbre, un estado en una espiral descendente de pecado, que era imposible salir de allí, y tú metiste la mano y me sacaste, me limpiaste, me diste ropa nueva, me has hecho justo para presentarme delante de mi Padre”— yo tengo que amar al Señor, que fue quien hizo eso posible en mí. Cuando tú amas algo no lo descuidas; lo que no implica que tú lo vayas a perder, sino que lo atesoras teniendo una ajustada perspectiva de ello.

Por tanto, cuando dejamos de amar a Dios y descuidamos nuestra relación con Él, descuidamos nuestra comunión y esto puede traer consecuencias nefastas y dolorosas en nuestra vida, tal como le pasó a Salomón. Es un espejo para evitar. Lo último que quiero decirles, hermanos, es lo siguiente: ya les he dicho que cuando amamos la comunión con el Señor, Él nos bendice más allá de nuestra expectativa. Les he dicho que conocer las Escrituras no me pone exento de que yo pueda desviarme hasta perder la comunión con Dios. Y ahora les voy a decir lo siguiente: las cosas que nosotros toleramos en nuestra vida, sabiendo que no agradan a Dios, tarde o temprano van a tener consecuencias negativas.

Vámonos al capítulo 11. Vamos a leer desde el versículo 3, porque ya leímos el versículo 1 y 2:

Y tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas; y sus mujeres desviaron su corazón. Y cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de David su padre. Porque Salomón siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Milcom, ídolo abominable de los amonitas. E hizo Salomón lo malo ante los ojos de Jehová, y no siguió cumplidamente a Jehová, como David su padre.

Entonces edificó Salomón un lugar alto a Quemos, ídolo abominable de Moab, en el monte que está en frente de Jerusalén, y a Moloc, ídolo abominable de los hijos de Amón. Así hizo para todas sus mujeres extranjeras, las cuales quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses. Y se enojó Jehová contra Salomón, por cuanto su corazón se había apartado de Jehová Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces, y le había mandado acerca de esto, que no siguiese a dioses ajenos; mas él no guardó lo que le mandó Jehová. Y dijo Jehová a Salomón: Por cuanto ha habido esto en ti, y no has guardado mi pacto y mis estatutos que yo te mandé, romperé de ti el reino, y lo entregaré a tu siervo.

— 1 Reyes 11:3–11

¿Ustedes vieron el potencial que tenía este hombre, que estaba en la cúspide de la montaña rusa? Ahora lo vemos a un nivel subterráneo, ni siquiera a nivel de tierra: por debajo de la tierra. Ahí se mencionan como siete u ocho ídolos, dioses a los cuales él les estaba rindiendo adoración; un hombre que tenía un potencial enorme, porque venía de ser el hijo del rey que tuvo mayor devoción en Israel. Miren dónde está Salomón.

Porque nosotros pudimos ver una serie de cosas que él hacía. Me sorprende que el Señor no haya levantado algún profeta que le haya advertido; parece que, de un principio, el Señor como que… no sé, como que quería poner a Salomón ahí, como ejemplo. ¿Cómo el hombre más sabio comete la insensatez doble, primero de casarse con muchas mujeres y segundo con mujeres extranjeras, cuando había mandamientos explícitos donde el Señor le había dicho: “No se junten con ellas”, porque eso era… Miren lo que iba a pasar: iban a desviar el corazón de Jehová para que ese corazón fuera detrás de esos dioses. Miren qué es lo que sucede.

El ejemplo de Salomón es lo mismo que nos pasa a nosotros: él metió en su casa, en su casa, todas esas mujeres. Eso mismo nos pasa cuando nosotros queremos adoptar como mascota un animal peligroso. Un insecto de esos venenosos, un animal salvaje, una víbora, una araña de esas “viuda negra”, una cuestión… Yo tengo fobia con eso, por favor, nunca relajen conmigo con arañas, no, no, no, de verdad; me pueden tirar al hermano, tengan cuidado con eso, después les da cargo de conciencia. Y uno dice: “Sí, mira, aquel cómo está todavía ahí, pequeño…”. Entonces, mientras nosotros metemos eso en nuestra casa, nosotros no estamos exentos de que esos animales peligrosos saquen su verdadera naturaleza.

Eso mismo pasa con el pecado: cuando usted, de manera permisiva, de manera sutil… “No, es una cosita, yo no recibí advertencia”… pero la advertencia mayor tú la tienes ahí, la palabra del Señor; es que tú no le estás haciendo caso. Entonces, cuando tú lo introduces en tu hogar, cuando tú lo introduces en tu vida de manera sutil, eso va ahí, y tú lo cuidas, lo “añuga”, lo alimentas, pero un día va a sacar la naturaleza y te va a matar.

Hay un caso real de una persona que yo no creo que estuviera muy bien de la cabeza, que él en su casa tenía todo tipo de animales ponzoñosos: arañas, escorpiones, hasta un dragón de Komodo, tenía cosas venenosas en su casa, un apartamento en Londres. ¿Qué pasó? Él un día, manipulando ahí, tratando de alimentarlos, hubo una de esas cuestiones que lo picó. Y él, en la reacción del veneno, que lo puso como medio loco, empezó a desbaratar todo eso. Después la policía tuvo un tremendo problema para poder entrar, porque eso estaba lleno de animales venenosos. Evidentemente, lo que encontraron fue un cadáver necrotizado ya por los efectos del veneno y de toda esa cuestión. Asimismo el pecado. Salomón metió el pecado dentro de su casa; se lo comió el pecado. Desechado, volvió desechado por Dios.

¿Cómo pudo ser posible que el hombre más sabio de la tierra, con un elevadísimo potencial, cayera en una abominación como esta? Sencillo: se descuidó espiritualmente, lo que lo llevó a creerse firme en sí mismo, perdiendo la devoción al Señor y albergando en su corazón amor hacia las mujeres. Tal como dice el apóstol Pablo en 1 Corintios 10:12:

Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.

— 1 Corintios 10:12

Es una advertencia para nosotros. Hay veces que nosotros decimos: “No, no, no, yo conozco la Escritura, a mí no me va a pasar nada”. Falso. Pensar que somos fuertes cuando en realidad somos débiles. Para eso debemos evitar menospreciar el pecado y menospreciar la influencia de Satanás y del mundo. Eso es algo real, eso que está ahí; nosotros no debemos ni sobreestimarlo, pero tampoco subestimarlo. Tenemos que tener una ajustada perspectiva del peligro que eso representa, un peligro que está latente.

Nuestra fortaleza para vencer las tentaciones del pecado y del mundo nos la da la comunión con el Espíritu Santo. Y si hemos perdido esa comunión, estamos totalmente vulnerables. Cuando usted deja de tener comunión con el Señor, el Espíritu Santo empieza a ser un espectador pasivo en usted, no el actor que controla su vida, y usted termina desviándose como terminó Salomón.

El carácter moral y espiritual lleva años en formarse y requiere una atención continua, una disciplina paciente. Salomón perdió la disciplina espiritual, por eso es que las disciplinas espirituales son tan importantes; porque cuando usted pierde esa disciplina, termina poniendo los ojos en cualquier otra cosa, y por consiguiente, cuando usted pone los ojos, ya sus pensamientos empiezan a divagar. Y cuando su pensamiento divaga, en el corazón suyo empiezan a enquistarse cosas que son totalmente contrarias a lo que el Señor está demandando. ¿Por qué? Porque la mente es el campo de batalla del enemigo y el corazón es el territorio que él quiere conquistar. Ojo con eso; inclusive la misma Escritura dice que, sobre toda cosa guardada, guardemos nuestro corazón, porque de él mana la vida.

Con el ejemplo de Salomón podemos aprender que el camino de la fe no es cómo se comienza, sino cómo se termina. No basta con empezar correctamente a construir nuestro matrimonio, nuestra carrera, nuestro ministerio sobre los principios de Dios, si no tenemos la determinación de mantenernos fieles a Él hasta el final. Tal como leímos en la carta a los Hebreos, debemos mantenernos firmes y sin fluctuar, de acuerdo a la profesión de nuestra esperanza. Si sólo poseemos la sabiduría de Salomón, estamos en peligro; necesitamos otra sabiduría, una que es capaz de transformar nuestra mente y nuestro corazón, llevando todo pensamiento cautivo a la obediencia de Cristo y llenando nuestros corazones de amor hacia Dios y hacia el prójimo. Este tipo de sabiduría solamente se encuentra en Jesucristo.

Miren, la Escritura no lo dice, pero nosotros podemos inferir como que el Señor pudo haber tenido misericordia de Salomón, porque la misma Escritura dice que él escribió salmos, proverbios y el libro de Eclesiastés, en el cual él se identifica como su autor. Entonces, al final del libro de Eclesiastés, miren con qué él termina. Yo pienso que tal vez el Señor tuvo misericordia y él reflexionó, como que volvió en sí, como el hijo pródigo, que estaba por allá, y dice: “Volviendo en sí, fue a la casa de su padre”. Y miren cómo concluye Salomón:

El fin de todo el discurso oído es éste: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.

— Eclesiastés 12:13

Conclusión y oración final

Oremos al Señor para que nos ayude a evitar el ejemplo de Salomón.

Señor Jesucristo, bendecimos y alabamos tu nombre. Gracias te damos, mi Señor, porque tú has sido bueno y para siempre es tu misericordia. Señor, gracias por permitirnos vernos en el espejo de Salomón. Señor, mira que a veces nosotros creemos que somos fuertes; mira, Señor, que a veces nosotros le damos entrada a nuestra vida a cosas que a ti no te agradan. Ayúdanos, Señor Jesús, a expulsar, a desechar de nuestra mente y de nuestro corazón todo ese tipo de cosas y a no descuidar nuestra devoción y nuestra comunión contigo.

Señor, evítanos la vulnerabilidad de estar alejados de ti. Señor Jesús, permite que cada día nosotros caminemos guiados y controlados por el Espíritu Santo y poniendo por obra, Señor Jesús, lo que está contenido en tu palabra. Que no hagamos un ejercicio solamente intelectual, sino, Señor, que podamos vivir la experiencia de lo que tú demandas, para que tú cumplas tu propósito en nosotros, tu nombre sea glorificado y que estemos, Señor Jesús, determinados, aun cuando tengamos que luchar por hacer tu voluntad.

En el nombre poderoso y santo de Jesús, gracias te damos por este tiempo. Amén y amén.

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