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Instrucciones sobre la Cena del Señor

1 Corintios 11:17-34

En torno a la mesa del Señor, Pablo reprende, vuelve a instruir y corrige a la iglesia de Corinto: es una ordenanza que no admite innovación, que se celebra cuando la iglesia se reúne como asamblea y que expone los prejuicios que dividen al pueblo de Dios.

Predicado6 de agosto de 2023
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Estaremos recibiendo —escuchen el término que utilizo intencionalmente—, estaremos recibiendo instrucciones sobre la cena del Señor. Primera carta de Pablo a los corintios, en el capítulo 11. Estaré leyendo desde el versículo 17 y hasta el versículo 34, para recibir desde aquí instrucciones acerca de la cena del Señor. Dice así la palabra del Señor, la Sagrada Escritura, primera carta de Pablo a los corintios en el capítulo 11; dice así el apóstol Pablo a partir del versículo 17:

Pero al anunciaros esto que sigue, no os alabo; porque no os congregáis para lo mejor, sino para lo peor. Pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo. Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados. Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga. Pues qué, ¿no tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen nada? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo.

Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí.

— 1 Corintios 11:17-25

Continúa el apóstol:

Así pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.

Así que, hermanos míos, cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros. Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio. Las demás cosas las pondré en orden cuando yo fuere.

— 1 Corintios 11:26-34

Las dos ordenanzas de la iglesia

Puede sentarse, mis hermanos. Esta extensa porción de la palabra del Señor es triste y es alegre al mismo tiempo. Es uno de los textos más recurridos del Nuevo Testamento en su parte central, pero la introducción y la conclusión frecuentemente se pasan por alto. Aquí hay tres cosas que hace el apóstol Pablo al respecto de la mesa del Señor: primero, reprende a la iglesia; luego vuelve a instruir a la iglesia en las cosas que le había enseñado antes; y termina corrigiendo a la iglesia, mostrándole la manera correcta en que debería hacer estas cosas.

Todo en esta parte se centra en torno a la cena del Señor. Se le llama cena del Señor, se le llama Santa Cena, comunión. Todos son nombres que tienen asidero bíblico; no hay un nombre que sea mejor que otro. De hecho, yo mismo a veces los utilizo de manera indistinta: a veces digo, vamos a participar de la cena del Señor; a veces digo, vamos a participar de la comunión, o vamos a participar de la mesa del Señor. Lo más importante no es el término, sino cómo se participa.

La iglesia cristiana tiene dos ordenanzas. No son muchas y ninguna es compleja: tiene el bautismo en agua y tiene la participación en la mesa del Señor. Ambas son ordenanzas muy sencillas, de forma tal que si usted participara sin convicción parecería que está perdiendo el tiempo, y dice: ¿para qué lo hacemos? El bautismo en agua no es un asunto raro; ustedes se bañan de manera cotidiana, pero cuando usted va a las aguas del bautismo, eso tiene otra connotación. Es algo sumamente sencillo, pero ampliamente significativo. Participar de la cena del Señor es comer, lo que hace más reiteradamente un ser humano; ustedes comen varias veces al día. Pero cuando usted participa en la mesa del Señor, eso no solamente es comida: tiene una dignidad especial, tiene un significado especial. Y que usted use el agua frecuentemente o use los alimentos frecuentemente no significa que usted está participando adecuadamente en la mesa del Señor.

Cuando damos talleres de membresía, al final tengo una reunión pastoral con las personas que participan, principalmente con las que van a ir a las aguas del bautismo. Y una de las preguntas que le hago a mis hermanos es: ¿por qué tú quieres bautizarte? La gente se queda un poco descolocada, porque dicen: si yo he dicho que quiero bautizarme, si hasta he tomado el taller de membresía, ¿para qué me preguntan por qué quiero bautizarme? Y yo no espero que me respondan, sino que le digo: yo conozco tres razones por las cuales la gente se bautiza.

Usted podría bautizarse, en primer lugar, porque hay otros que también se han bautizado y usted quiere ser parte de eso. Un familiar cercano, un amigo suyo; usted lo vio, le pareció motivo, y dice: yo también quisiera ser bautizado. Esa es una razón muy superficial, pero razón es. Hay otra razón por la cual usted puede bautizarse: usted se bautiza porque el Señor lo dijo. Alguien me respondió así y yo como que, oh, pero es verdad. ¿Por qué tú quieres bautizarte? Porque el Señor lo dijo. Eso es como militar: si el Señor ha establecido una ordenanza, lo menos que hace un discípulo suyo es cumplirla; un discípulo de Cristo se bautiza porque el Señor lo dijo.

Esas dos me parecen válidas, pero hay una tercera razón, y a mí me parece que es la razón más profunda: que una persona quiera bautizarse porque entendió. Que entienda que no solamente es agua, que entienda que no solamente es una foto, que entienda que no solamente es un momento emotivo, sino que entiende lo que el bautismo significa y representa. Lo mismo pasa con la mesa del Señor: usted participa porque ha participado siempre; usted participa porque es una ordenanza; o usted participa porque entiende el valor y el significado que tienen estos elementos. Yo quisiera que ustedes estén en ese tercer grupo.

De hecho, cuando una persona está considerando una iglesia local, normalmente considera cómo se ve la fisonomía de la congregación, dónde se reúnen, cómo predica el predicador —a mí no me sorprende, nadie ya va a una iglesia antes de escucharnos cuánto sermón por YouTube—, cuál es el énfasis, cuáles son los programas de la iglesia. Ahora bien, esas son razones secundarias para elegir una congregación. Si yo tuviera que elegir una congregación, yo miraría dos cosas, y las dos cosas que miraría serían las ordenanzas de mi Señor. Yo espero, hermano, terminar mi día en esta iglesia local, pero si tuviera que seleccionar una iglesia, yo miraría qué tan en serio se toma esa iglesia el bautismo en agua y la membresía del pueblo de Dios, y miraría qué tan en serio se toma el sacrificio de Cristo representado a través de los elementos, el pan y el vino. Las dos ordenanzas. Con lo demás yo podría convivir.

Para retener, no para innovar

Estas instrucciones que hay aquí son instrucciones para retener, no solamente consejos generales. Está hablando el apóstol Pablo, y el apóstol Pablo, al comienzo del capítulo, en el versículo 2 dice: os alabo, hermanos, porque en todo os acordáis de mí, y retenéis las instrucciones tal como os las entregué. Primero felicita a la iglesia en otro asunto y le dice: yo les felicito porque ustedes han retenido las instrucciones tal como os las entregué. Hay cosas que no son para innovación; hay cosas que son para retener.

En esta parte de primera de Corintios, el apóstol Pablo fortalece tres aspectos de la iglesia que han sido los tres aspectos que más divisiones, discrepancias y controversias han traído en la historia de la iglesia. Si usted quiere ser afirmado en su fe, si tiene un corazón adecuado, lea eso; y si usted es contencioso, léalo también, porque son las tres cosas que más controversia han traído. En escasos cinco capítulos, el apóstol Pablo habla acerca de las diferentes maneras en que varones y hembras deberían participar en las reuniones por diseño —eso es el capítulo 11, del 3 al 16—; después se ocupa de la manera en que se debería participar de la mesa del Señor —eso es el 11 del 17 al 34—; y después termina hablando del uso y abuso de los dones espirituales, los capítulos 12, 13 y 14. Y al final de toda esa unidad, el apóstol Pablo dice: pero hágase todo decentemente y en orden.

¿Cuáles son los temas más espinosos que hay en la cristiandad? Los roles de varones y hembras en la iglesia, la cena del Señor y el uso de los dones espirituales: que si el hablar en lenguas, que si la profecía, que si la interpretación de lenguas. Al parecer, eso no es algo que viene desde ahora, porque desde entonces el apóstol Pablo está hablando de eso. Hoy me ocuparé de uno: de la mesa del Señor.

Al parecer, en el primer aspecto ellos estaban bien, porque los felicitó. Pero ahora, cuando va a hablar de la cena del Señor, le dice dos veces: en esto no os alabo. Dice al comienzo, en el 17: pero al anunciaros esto que sigue, no os alabo. Y después dice, al final del versículo 22: ¿qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo. Le está diciendo: ey, ustedes están mal, no lo están haciendo correctamente, recuerden el mandato. Esta parte preciosa está en un paréntesis entre una reprensión y una corrección: dos partes muy duras y, al mismo tiempo, una parte muy hermosa de cómo se celebra la mesa del Señor.

Comienzo mostrando las partes que casi nunca mencionamos, del versículo 17 al 22: la dureza de las palabras del apóstol en una reprensión. No os alabo; no os congregáis para lo mejor, sino para lo peor. Anteriormente él había reconocido que en ese primer aspecto guardaban sus instrucciones, pero ahora le dice: yo no os alabo, hermanos. Todas las generaciones de creyentes se debaten entre retener e innovar. Y hay aspectos en los cuales no cabe innovación.

Yo mismo lucho como pastor al respecto de esto, y vuelvo a luchar con textos bíblicos que yo entiendo que Dios fue como muy cerrado, y después digo: ¿pero quién soy yo para decir si él es muy cerrado o muy abierto? Hay cosas que el Señor las dio para retener, no para innovar. Hay asuntos que no son culturales, porque Dios está por encima de la cultura. Hay asuntos que el Señor los estableció, y cuando el Señor los estableció, los reiteró, los reiteró y los reiteró. Y en ese tipo de cosas no cabe innovación.

¿Cuál era la innovación? Al parecer, entre los corintios ellos entendieron que, como la mesa del Señor era comida, podían hacer un banquete, una comilona. Entonces llegó a conocerse como un ágape, y ellos degeneraron la instrucción del Señor y convirtieron la Pascua judía —un asunto ampliamente solemne, donde primaba la instrucción— en un banquete, en una comilona donde ya no primaba la instrucción, sino el emborracharse y el comer desordenadamente.

Tengamos cuidado, hermano, porque cuando los hombres naturales tomamos las cosas que Dios ha dado, con facilidad hacemos de eso un disparate. Y casi ningún disparate comienza abiertamente siendo un despropósito; todo comienza con una bonita intención. Yo me imagino que alguien habrá dicho: pero eso es pan y es vino, y uno se reúne y se come. Comamos. Ay, hermano, por favor: no solamente coma, coma a la manera de Dios. Hay áreas donde a la iglesia no le cabe innovación; hay áreas que son para recibir y retener. De hecho, cuando él corrige, le dice a la iglesia: porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado. Le está diciendo: en esto no hay innovación, le estoy transmitiendo lo mismo que el Señor me transmitió a mí.

Es posible que ellos hubieran entendido que estaban participando, y participando bien. De hecho, alguno diría: participamos en la mesa del Señor, mire, ese banquete estuvo fenomenal, fulano salió borracho, y la comida estuvo buena, estuvo tan buena que se acabó. Ay, hermano, con facilidad nosotros podríamos participar de las cosas santas con el mismo nivel de desorden y hasta felicitarnos a nosotros mismos, entendiendo que lo estamos haciendo bien. Participar de la mesa del Señor no es lo mismo que participar en cualquier otro banquete de los banquetes que hay en esta tierra, y lo mismo con cualquier otra cosa santa.

Si usted lee Hechos 2, usted va a ver una degeneración en la celebración. Evidentemente las reuniones habían evolucionado en veintidós años. ¿Cuál era la evolución? Dice Hechos 2:46: «Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón». ¿Y ahora qué nos dice el 11:21? «Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga». Una degeneración en la celebración. Hermano, el mismo acto de congregarse, que edifica al creyente, también podría perjudicar. Le dice que se están congregando para lo peor.

Hago aquí una pausa, hermano, para que ustedes reflexionen, como ya he hecho costumbre. Yo no vengo aquí solamente a decir cosas para que usted diga: guau, sí, es verdad. Reflexione. ¿Usted participó hoy en la cena del Señor? ¿Preparó su corazón? ¿Fue un asunto digno? ¿Usted está participando hoy en una asamblea solemne del pueblo del Señor, en un culto? ¿Cómo está participando? Bueno, de la misma manera que yo participo siempre. Si usted participa de la misma manera en que ha participado siempre, probablemente usted está degenerando, porque hay un principio general: lo que no está mejorando está caminando hacia atrás. Y si como iglesia cada vez no tenemos más dignidad para celebrar las cosas del Señor como el Señor las ha establecido, lo que estamos haciendo es caminar hacia atrás.

Esto debería alejarnos del nominalismo, de aquello de: bueno, yo lo hago, yo lo hago siempre. Miren, si un creyente no se ha preparado, él puede asistir, pero no será recibido por Dios. Dice Romanos que nosotros deberíamos presentar nuestro cuerpo como un sacrificio vivo. La gente ve el acto nominal de congregarse y dice: yo estoy bien, porque mire, este mes me congregué cuatro veces. No es si te congregaste cuatro veces; la pregunta es: ¿te congregaste como un sacrificio vivo? Una persona puede cantar, pero solo será verdadera adoración si lo hace en espíritu y en verdad, como lo dice Juan 4:23. El asunto no es si hoy hubo música o si tú cantaste; la pregunta es: ¿hoy tu adoración fue recibida por Dios? Alguien podría cumplir nominalmente las enseñanzas del bautismo y la comunión. ¿Usted vino hoy a la mesa del Señor? Sí, yo vine. La pregunta es: ¿y Dios le recibió, hermano? Dios no puede ser burlado.

Yo puedo advertirte al respecto de las ordenanzas de Dios, y en textos como estos se afirma que Dios no puede ser burlado. Tú podrías decir: ah, mira, ya yo logré bautizarme y hasta participo del pan y el vino, en tu detrimento. De hecho, yo podría advertirte que es un asunto peligroso ir en contra de lo que Dios ha establecido, pero Dios no puede ser burlado. Yo con frecuencia puedo serlo, y tú también.

Reunirse como iglesia no es cualquier reunión

Dice el 17: cuando os reunís como iglesia. El propósito y la vocación de una iglesia es reunirse. Tengo que clarificar esto, porque para entender lo próximo usted debe entender que una cosa es una reunión y otra cosa es reunirnos como iglesia. La palabra iglesia, uno de sus significados, es asamblea. O sea que el Señor no solamente espera que usted sea nominalmente parte de un pueblo, sino que usted se reúna como iglesia, que usted se reúna como asamblea.

No toda reunión social debería ser confundida con el culto cristiano. El culto cristiano no es solamente una reunión: nos reunimos como iglesia, nos reunimos en el nombre del Señor, nos reunimos con Cristo en el centro, en una asamblea que es solemne. Y cuando usted comienza a degenerar eso, entonces degenera lo otro. No todo a lo que usted asiste es un culto; puede ser una reunión cristiana. Una cosa es una reunión de cristianos y otra cosa es reunirnos como iglesia. No tiene la misma dignidad y, por decirlo de un modo, tampoco el mismo protocolo.

No es lo mismo un concierto que la iglesia reunida. Síganme en esto. Puede ser un concierto de adoración al Señor, se van a levantar las manos, habrá música sublime; una cosa es un concierto y otra cosa es reunirte como iglesia. Y las cualificaciones que Dios ha establecido para aquellos que presiden la asamblea de una iglesia no son las cualificaciones que tiene un líder musical de un grupo de adoración. Por eso no es lo mismo reunirse como iglesia que ir a un concierto. Aguántenme, hermano: yo voy a conciertos y espero que usted también vaya. No es algo en contra de los conciertos, es algo a favor de la dignidad que tiene una iglesia cuando está reunida como solemne asamblea.

Mire, hay una capacitación, van a estar dando unos cursos; gloria al Señor por los cursos, los entrenamientos, las escuelas bíblicas, los grupos pequeños, los encuentros casuales, las conferencias, la transmisión de un culto. ¿Y por qué se hace la transmisión, hermano querido? Hay una edificación que usted puede recibir de la palabra del Señor a la distancia, en diferido, escuchando diferentes sermones, y eso es muy bueno; yo lo hago también. Ahora, una cosa es la transmisión de un culto y otra cosa es reunirnos como iglesia. Hay una dignidad especial cuando nos reunimos como iglesia.

La transmisión yo la puedo recibir desde mi casa, o el lunes, o el miércoles, o en ningún momento. Y entonces dirán: ¿ahora está mal la transmisión, y el culto por YouTube no sirve? No es eso, hermano querido; es que entiendas que hay un valor superior en reunirnos como iglesia para celebrar la presencia de Cristo en medio de nosotros, y que no es un asunto de conveniencia, es cosa que el Señor ha establecido. Hay reuniones, y hay reuniones como iglesia. Una cosa es la transmisión de un contenido, que puede producir edificación, y otra cosa es tener la dignidad y el privilegio de reunirte como iglesia.

Para reunirnos así como iglesia hace falta una reunión determinada y una iglesia determinada, porque usted puede ver a la distancia las reuniones de muchas iglesias; otra cosa es si usted puede con ellos reunirse como iglesia. Reunión determinada: dónde, cuándo. Iglesia determinada: quiénes. Hermano, en estos días tenemos que volver a fortalecer estas cosas, porque se han difuminado los bordes de forma tal que usted ya no sabe. Saludo a todos los que ven la transmisión de este culto; gloria al Señor por ustedes, que el Señor les edifique desde allá. Pero ustedes no están reunidos como iglesia. ¿Me siguen? Aquí estamos reunidos como iglesia, en una solemne asamblea presidida por ancianos, como los llama la Escritura, que reúnen las cualificaciones, y con la convicción de que lo estamos haciendo según los medios que el Señor nos ha dado, de la manera en que Dios lo ha establecido.

Si usted está planchando en este momento y está recibiendo esta predicación, no está reunido como iglesia. Si está lavando en este momento, que el Señor le ayude por allá, pero no está reunido como iglesia. Y si en este momento está cocinando, que el Señor le permita que le quede excelente, pero eso no es una iglesia.

No existe la iglesia virtual

Aleluya, es que somos una iglesia virtual. Eso no existe. No existe. Yo conozco la iglesia universal, compuesta por todos los creyentes que han glorificado a Dios en todos los momentos de la historia, la iglesia invisible; y conozco también la iglesia reunida, la iglesia visible. Y es visible porque la iglesia se reúne. Entonces, es un despropósito pensar que utilizando la tecnología podemos nosotros reemplazar lo que Dios ha establecido, porque la vocación de su pueblo es reunirse como iglesia.

La iglesia es al mismo tiempo universal, pero también local; es visible, es espiritual pero también física, y el Señor espera que tú te reúnas como iglesia. Hace dos fines de semana yo estaba en Sajoma, San José de las Matas, lindísimo. Y llegó el día del Señor. El domingo es el día del Señor, y en el día del Señor los creyentes nos reunimos como iglesia. Y yo digo: bueno, pero yo podría quedarme aquí, ¿cuántos ríos que todavía no hemos visitado? Vemos la transmisión hasta en el carro, la vamos escuchando y ahí nos edificamos. Pero, por otro lado, hermano, yo tengo que representar mi casa. Yo tengo una esposa y dos hijos a los que tengo que darle un testimonio; lo que yo predico debo ser consistente con ellos. Y en San José de las Matas yo pregunté que dónde hay aquí un grupo de creyentes que se reúna como iglesia, y para mí fue muy satisfactorio reunirme como iglesia con mis hermanos de Sajoma.

No estoy trayendo mala conciencia si usted en este momento está de vacaciones, está en la playa, va en el carro escuchándolo; que el Señor le acompañe. Cámbielo en lo adelante. ¿Me siguen en esto? Cambie el casete en lo adelante. Una cosa es la transmisión de un culto, otra cosa es recibir unas cuantas canciones; una cosa es un playlist y otra cosa es una iglesia reunida, y la iglesia reunida tiene promesas del Señor de que él va a estar en medio de ella. Y no es entonces que el Señor deja de obrar porque no se hizo en vivo; no es que si se hace en vivo. No, hermano, es reunirse como iglesia y hacer lo que Dios ha mandado a hacer.

Las imágenes de Dios reuniendo a Israel deberían nutrir nuestra visión de lo que es una iglesia reunida. Israel como nación no estaba disperso: cada cierto tiempo se reunían en asamblea, y eso era hermoso. Tenían alabanzas especiales para cuando estaban caminando a reunirse como asamblea, y las fiestas solemnes de Israel le recordaban cada cierto tiempo que no era solamente un pueblo místico, etéreo, sin forma alguna, sino que era un pueblo definido que se reunía y se veían y juntos adoraban el nombre de su Dios. De hecho, yo recuerdo al Señor diciéndole a Faraón: deja ir a mi pueblo para que vaya a reunirse conmigo en el desierto, deja ir a mi pueblo para que me rinda culto en el desierto. Y veo mis hermanos queriendo esclavizarse de nuevo, diciendo: no, si Dios está en todas partes, también está en Egipto.

Hermano, rompa lo que haya que romper para que el Señor le permita hacer lo que hay que hacer, y lo que hay que hacer es reunirse como iglesia.

Una ordenanza corporativa, no individual

Y usted me va a decir: ¿y qué tiene que ver reunirse como iglesia con la cena del Señor? Es que uno de los propósitos de reunirse es celebrar esa ordenanza. Recuerdo que en los días de la pandemia alguien me dijo: pastor, ya que hay culto virtual, vamos a decirles a los hermanos que desde allá entonces tomen un poquito de pan, un poquito de vino, y usted desde aquí ora y participamos. Hermano, esa no es la cena del Señor. La cena del Señor no es un asunto individual, es un asunto corporativo. No es un asunto etéreo, es un asunto físico que se toca, que nos recuerda.

Respeto, hermano, a todo aquel que lo hizo, pero yo preferiría esperar un momento más, como dijo el Señor: no participaré más de esta mesa hasta que venga mi reino. Yo espero unos meses, los meses que hagan falta, el tiempo que haga falta, pero yo no quisiera que mi corazón se acostumbre a que ya redujo el significado de lo que el Señor me mandó a hacer, porque mi corazón con facilidad se acostumbra. ¿Usted sabía? Como tampoco quiero que se acostumbre mi corazón a que también puedo ver el culto virtual. No, no, yo quiero reunirme como iglesia, porque mi corazón con facilidad se acostumbra.

El contexto anuncia que uno de los propósitos de reunirse como iglesia en solemne asamblea es celebrar esta ordenanza. La Pascua, hermano, no se celebraba aleatoriamente, de que no, si tú puedes tú la haces. No, se celebraba de manera solemne. Y el anciano de esa familia leía las Escrituras, entonaba los cánticos y les recordaba a los que estaban allí cuál era la razón por la cual estaban haciendo eso.

La mesa del Señor debería ser un momento no solamente para cumplir, sino también para unificarnos como iglesia. Dice el 19: porque es preciso que entre vosotros haya disensiones. Dice desde antes: pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones, y en parte lo creo, porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados.

Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. Hermano, hay una vocación corporativa en la mesa del Señor. El Señor quiere vernos reunidos como pueblo al participar de esto, y el Señor quiere saber que nuestro corazón como pueblo también está unido, y que no solamente tenemos un pan en común, sino que realmente tenemos una fe, un Señor, un bautismo, que estamos de acuerdo. Alguien dirá: pastor, pero si lo hacemos cada uno desde la casa no vamos a pelear con ninguno. Es que el propósito es que haya disensiones, dice el Señor.

Y lo hermoso de la mesa del Señor es que es un proceso de santificación para su pueblo, de forma tal que cada vez que participamos vamos a tener que revisar nuestro corazón, revisar nuestras relaciones, revisar nuestros pensamientos, nuestras convicciones. Esas disensiones que había allá las hay todavía al día de hoy. Y por eso tenemos una mesa, porque cada vez que usted va a la mesa usted va a tener que revisar sus relaciones. ¿Cómo está mi corazón delante del Señor? ¿Cómo están mis relaciones con mis hermanos? Dice el Señor en Mateo 5:23-24:

Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.

— Mateo 5:23-24

El Señor espera que usted se congregue como iglesia, que usted participe como asamblea, porque cada vez que nosotros venimos, el Señor nos está mirando. Está mirando tu corazón y está mirando el mío. Yo esperaría que con cada mesa del Señor el pueblo del Señor quede más fortalecido al respecto de esto: que haya relaciones restauradas, que haya pecados que hayan sido cancelados, que haya un pueblo cada vez más santificado, de forma tal que uno pueda decir: verdaderamente participamos de la mesa del Señor y quedamos en una mejor posición.

Se ha vuelto esto tan trivial, hermano, que ya participar en la mesa del Señor es opcional. Imagínese un judío pensando: oye, la Pascua, oh, ¿qué día es hoy? No, hermano, era una fecha atesorada. Uno esperaba el momento en que podía, a través de una cena conmemorativa, recordar lo que el Señor había hecho. Y la iglesia del Señor debería recordar también, en el día del Señor, cuándo es la mesa del Señor.

Y si usted no participó, usted debería sentir en su corazón que hubo algo importante que se perdió. ¿Más importante que perderse la boda de un hijo? Más importante que no asistir al cumpleaños de alguien. Guau, realmente hoy fue la cena del Señor y yo no estuve aquí. Y este es mi pueblo, son mis hermanos, y él es mi Dios, y yo realmente soy cristiano. No es mala conciencia, es mirar hacia adelante para participar con mayor dignidad.

Divisiones de egos y prejuicios

El problema que había entre ellos no era solamente un asunto de lo que tomaban; era un asunto de que estaban haciendo acepción de personas. Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena. Participaban en la farsa de que estaban tomando una cena en común, pero todo el mundo llevaba su propia comida y se la comía. Oye, eso se parece a alguna actitud que uno ve en medio del pueblo del Señor. El problema aquí no era solamente la glotonería; el problema que aquí había es que los hermanos no estaban compartiendo. Okey, yo voy a comer contigo en el mismo lugar, pero no vamos a comer de la misma comida.

Las divisiones, de manera interesante, no eran divisiones doctrinales; eran de egos y prejuicios, algo mucho más común y peligroso. La mayoría de las iglesias no se dividen por temas doctrinales, se dividen por egos y prejuicios. Comer, hermano, es un asunto nivelador. De hecho, entre los pueblos orientales se sabe que comer con una persona significa que entre ustedes hay algún tipo de acuerdo, porque la gente que come junta es gente que está de acuerdo.

¿Cuáles eran estas divisiones, si no eran doctrinales? Eran prejuicios sociales: los de una clase y los de la otra. Mira el tuyo. Somos parte de la misma iglesia, tenemos el mismo Dios y tenemos que participar de la misma mesa, pero yo voy a traer mi propia comida y me la voy a comer al lado tuyo; si tú puedes traer algo, tráelo. Prejuicios económicos, hacer diferencia entre ricos y pobres.

Cuando uno piensa en una iglesia saludable, piensa en una iglesia heterogénea. La iglesia del Señor debería ser la comunidad más heterogénea que exista en esta tierra. Deberían estar todos los colores representados, todas las clases sociales representadas, todas las edades representadas, todos los trasfondos étnicos representados. Si usted ve una iglesia en la que todos se parecen, ahí parece que hay un problema, porque no parece un pueblo que reunió Dios, parece que lo reunimos nosotros.

Una iglesia saludable reúne. El asunto, hermanito, no es comunismo. Interesante que en la iglesia del Señor no hay tal cosa como que tenemos que tener todos lo mismo. No. Puede ser que uno tenga un poco más que los otros, y que usted coma con ellos. La meta no es que todos tengamos lo mismo; la meta es que, aunque uno no tenga nada, usted tenga la misma dignidad que aquel que materialmente lo tiene todo. Deme una iglesia saludable y usted encontrará personas reunidas porque Dios las reunió: diferentes temperamentos, diferentes trasfondos, diferentes personalidades, diferentes clases sociales, diferentes niveles socioculturales. Y cuando participamos en la mesa del Señor, participamos en la misma mesa, y tenemos la misma salvación y tenemos el mismo Cristo. Eso es una iglesia saludable, una iglesia heterogénea. Pero los prejuicios de ellos hacían que participaran en la farsa de que somos todos la misma iglesia, pero cada uno comiéndose su propia comida.

Yo no creo que eso se resuelva naturalmente. La gente habla de que no, aquí nosotros no tenemos prejuicios. El ser humano tiene prejuicios de manera natural; usted puede ser políticamente correcto, pero todo ser humano hace acepción de personas. Y entonces dicen: no, aquí no discriminamos a nadie. Esa es la política. El ser humano natural, desde que te ve te está discriminando; hay algo instintivo y natural en el ser humano de escanear a la otra persona. Y usted lo ve, los ojos así, como que suben y bajan. Y después va al parqueo y ve en qué llegó. Eso es ser humano natural. Y usted no resuelve eso naturalmente; eso se resuelve sobrenaturalmente.

Esas divisiones son inherentes al ser humano, y solamente se suspenden en el creyente por la obra regeneradora de Dios en su corazón y por el efecto constante de los medios de gracia del Señor en su santificación, uno de ellos la mesa del Señor. Cada vez que usted participa de la comunión, usted tiene que mirar alrededor y decir: qué bueno, cómo se parecen a mí, porque somos hijos del mismo Dios. Y usted dice: esta es mi familia, esta es mi iglesia y aquí estamos, hermano.

Yo prediqué esto mismo en el 2013 y dije en aquel momento que la mesa del Señor es una ordenanza niveladora, que toda la iglesia está invitada a participar junta y en igualdad de condiciones, pero que no debemos limitarnos a hacer solamente el ejercicio de falsa religiosidad de sentarnos con los hermanos, sin importar la condición de ellos, en un ritual que es la comunión. Si tú te sientas en la reunión de la iglesia junto a tu hermano sin importar su condición, deberías poder hacerlo también en la mesa de tu casa. Y si alguno cultiva en sus relaciones cualquiera de estos prejuicios, sería igualmente indigno de la mesa del Señor. Alguien dice: no, yo puedo tomarla con él y con ella. Es decir, tú puedes compartir con él y con ella sin prejuicio alguno.

Dice él que es preciso que se manifiesten estas disensiones. Interesante: el apóstol Pablo no lo ve como un problema, dice que es una gran oportunidad. De hecho, él dice: a mí no me sorprende. ¿Por qué no le sorprende? Porque él es un ser humano y él mismo tenía prejuicios, y Saulo de Tarso solamente por la obra regeneradora del Espíritu Santo suspendió su prejuicio. Él dijo: qué bueno que tú tengas los prejuicios; el asunto es que no te aferres a ellos.

Lo que el corazón revela en la mesa

Nuestro nivel de incomodidad al respecto de la comunión con otros hermanos es un termómetro de cómo está nuestro corazón. Y cada vez que el Señor cambia la fisonomía de la iglesia, tú lo vas a sentir; tú dices: oh, la iglesia ya como que no es la misma. Vamos a ver cómo está tu corazón, si lo vas recibiendo o no lo vas a recibir. Les saludo, no les saludo. No, yo ya no tengo tiempo para tejer nuevas relaciones. Si tiene tiempo o no, la pregunta es: ¿somos o no somos una familia en el Señor? Y es virtualmente imposible reconocer que nosotros hacemos acepción de personas, pero todos la hacemos, y cada vez que vamos a la mesa del Señor se nos recuerda.

La gente no dice: yo rechazo a fulano. Claro que no. Lo que dice esa persona es: yo y él no tenemos los mismos intereses, somos muy distintos. Yo sé, y eso es bueno, dice Pablo; es necesario que eso se manifieste, para que coman de la misma mesa y se santifiquen igual. Y cada vez que come de ese pan se está comiendo un chin su prejuicio. No tenemos la misma personalidad, no estamos en el mismo momento de la vida. La gente no dice esas cosas así; lo que dice es: a mí me gustaría que mis hijos pasen tiempo con otros cristianos de su mismo grupo social. Es un asunto carnal, pero sucede.

Y hay gente que en determinado momento de la vida sale a buscar las iglesias que se parecen a aquello a lo que ellos aspiran. Y esas son las reglas no escritas del béisbol. ¿Usted piensa que todo el que se congrega en una iglesia se congrega por razones de corazón? Hay gente que se congrega en una iglesia por las personas que en esa iglesia se congregan. Eso no es la cena del Señor, le está diciendo Pablo. Los problemas del siglo primero son los problemas del siglo veintiuno: que la gente dice cómo son ellos, quiénes son, dónde se reúnen, con quién voy a pasar mi tiempo, en qué grupo pequeño me inscribo.

Reflexione un poco, hermano, porque de nuevo yo hago la labor de traer el problema y decirle lo que dice el apóstol Pablo: que era bueno que esas disensiones aparecieran, porque ahí estaba la mesa del Señor, y la mesa del Señor los iba a unir. Son muchos los que ven la iglesia local como un medio para ascender socialmente, o para vincularse con un grupo buscando algún beneficio: que si yo puedo conseguir un trabajo, algún tipo de validación, estatus. Y la gente piensa que ellos son los únicos que piensan así. ¿Usted me entiende? O sea, somos pecadores que estamos aquí juntos, regenerados por el Señor, siendo santificados. ¿Usted cree que fue el único que pensó eso?

La institución que más movilidad social ofrece en la tierra es la iglesia. Una persona llega a una iglesia y pronto ya va estudiando, pronto va buscando trabajo, pronto va mejorando su razonamiento, va cambiando su comportamiento, ya como que actúa de manera diferente. Y eso no es malo; tampoco podría ser, hermano, un asunto secundario, pero no es lo primero.

Y pocas cosas son tan potentes para hacer aflorar las diferencias en una iglesia como la comida. Usted se da cuenta de que está todo bien porque no estamos comiendo mucho, pero cada vez que hay que comer hay divisiones. Y no le estoy hablando en este momento de la cena del Señor, hermano; estoy hablando de comida en general: la comida divide al pueblo. Qué come, cómo come, cuándo come, come o no come; esas son las divisiones. Miren, comer junto es un proceso santificador. ¿Quién va a pedir la comida? Yo la pido. Véngase, que me pongo a comer. Le doy un chance, hermano, para que piense, pero es una realidad: comer es un asunto que hace que salgan las asperezas. Recuerdo en la iglesia donde ejercía un caballero que se paró, estaban haciendo fila, y dijo: yo no hago fila por comida. Eso sale, sale el orgullo, sale el prejuicio.

¿Cómo se manifestó esto, hermano? ¿Cuál fue la lectura que dio el termómetro? Dice: cada uno se adelanta a tomar su propia cena. Yo voy a cumplir con el Señor, pero yo me voy a comer mi propia comida. Hablo de asuntos simbólicos, hermano, pero mire cómo esto se puede ver en la iglesia local afectando la mesa del Señor.

Están los que evitan servir en un ministerio si esa persona está allí. Yo quiero servir ahí, siempre y cuando no esté fulano. No te lo van a decir así, pero no sirven. No, yo estoy poco disponible ahora mismo, tú sabes. ¿Sabes por qué tú estás poco disponible? Porque esa persona está ahí. ¿Y tú podrías glorificar al Señor junto a esa persona, pero tú prefieres dejar de glorificar al Señor para no tener que soportar a esa persona? Ay, hermano, cuánto daño le hacen a la obra del Señor esas disensiones. No te voy a decir que con fulano no; no, no, yo no estoy disponible ahora mismo, estoy muy complicado. Ya se fue la montaña, ahora sí estoy disponible. La disponibilidad va y viene de acuerdo a como van y vienen tus prejuicios.

Están aquellos que eligen compartir con los que están estrictamente dentro de su grupo, con sus tres inseparables. ¿Estamos juntos? Sí, ajá, ese sí, ese sí. Están los que salen corriendo cuando se dice el último amén. Amén, y ya el carro prendido. Oye, pero qué agilidad, cerca de la puerta. Amén. No, no, espérate: cuando dijimos amén, el culto todavía no ha terminado, estamos aquí, la comunión los unos con los otros. No, es que a mí no me gustan los conflictos. Eso es lo que estaba pasando, y cada uno se comía su propia comida; se agradaban a ellos mismos. Están los que evitan comprometerse: yo voy a asistir, pero no quiero pertenecer. Y están los que tienen indefinidamente los conflictos.

La noche que fue entregado

Interesante que después que le enuncia el problema, el apóstol Pablo vuelve y le repite lo mismo que le había enseñado. Es como si esto fuera una fórmula. Él dice: yo sé que hay problemas, y los problemas están ahí para que se manifieste entre ustedes cuáles son los que tienen el corazón correcto. ¿Cuáles son los aprobados? Aquellos que pueden, con el poder del Señor, vencer sus prejuicios. El Señor no solamente quiere que usted coma pan y beba vino; el Señor quiere que usted venza sus prejuicios para integrarse al pueblo del Señor.

Por eso la mesa del Señor es una experiencia santificadora. Venir a comerse una galletita con vino, sin meditar, sin reflexionar, sin pensar en cómo están tus relaciones, eso no es la cena del Señor, dijo Pablo: cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. Pero yo me la como, mira, lo tengo aquí: en una mano el vasito, en la otra la galletica. Eso no es la mesa del Señor. La cena del Señor es aquella a la que tú eres invitado y yo también; y si tú quieres sacarme a mí, tú vas a tener que sacar a Cristo, y para yo sacarte a ti tengo que sacarlo a él. Tú no te vas a sentar a la mesa con quien tú quieras, sino con quien él quiera. De hecho, vamos a tener que comérnoslo a él todos.

Después reitera la instrucción. ¿Cuál es la instrucción reiterada? Dice del 23 al 26. Él no permitió que el problema de los corintios contaminara la ordenanza. Él dice: yo les voy a repetir lo mismo, aquí va la plantilla, miren cómo es que eso se hace; sin importar lo que ustedes están haciendo, así es que esto se hace. Pablo no contextualiza el mandamiento a lo que ellos estaban viviendo. Esto no es contextualización: esto es lo que yo recibí, esto es lo que yo les di y esto es lo que yo les repito. Una repetición. Hay cosas que no son para buscarle la aplicación; hay cosas que son para obediencia. Pablo, ¿pero tú viste el problema que aquí tenemos? Trata de tomar la ordenanza y ajustarle un poquito las esquinas para que podamos acomodarnos mejor. Usted va a tener que convencer a Cristo, tal cual.

Dice él: porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado. Tono mío: sin importar lo que ustedes están viviendo, esto sigue siendo el mismo mandamiento. Qué duros son los mandamientos del Señor cuando uno está siendo afligido con algo y uno está esperando que el mandamiento se contextualice, y te lo manda directo: este es el mandamiento. Atiendan de nuevo. Yo me lo imagino diciendo: miren, atiendan, esto es así. Sin importar su desorden, sin importar su problema, sin importar sus divisiones, sin importar que algunos se están embriagando. El problema en este momento no es la embriaguez, no es la glotonería; el problema en este momento es que aquí hay una ordenanza que se debe cumplir tal cual la recibimos, y no lo están haciendo.

¿Y cuál es la ordenanza? Esto es lo que siempre leemos, ustedes se lo saben, cada vez que participamos de la mesa del Señor. Él lo hizo con tanta precisión que usted lee esa porción y usted no se da cuenta de cuál es el conflicto.

Dice él: porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado, que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan. El momento en que se estableció la ordenanza es importante. ¿Cuál fue la noche que el Señor fue entregado? Era la noche de la Pascua. Vuelvo y repito lo que dije a primera hora de la mañana: la Pascua era una de las fiestas más importantes para los judíos. Les recordaba la liberación poderosa y providencial que ellos vivieron cuando eran esclavos en Egipto. En el momento de la Pascua, el Señor castigó a los enemigos de su pueblo, y como los castigó fue matando a los primogénitos, y le dijo a su pueblo que sacrificaran un cordero y que esa sangre del cordero la pusieran sobre el dintel de la puerta, y que cuando el ángel de la muerte pasara iba a pasar por encima —lo que significa Pascua es pasar por encima—, de forma tal que ellos serían providencialmente salvados por el Señor y no serían destruidos.

Después, una vez al año, de manera conmemorativa, ellos hacían una cena donde el centro era muy distinto al 24 y 25 de diciembre que vivimos los latinoamericanos. No era una comilona, era una cena conmemorativa donde lo importante no era que la comida fuera mucha o que comieran bueno; de hecho, comían especias amargas. El propósito no era que comieran bien, sino que cuando comiera, usted ejercitara sus convicciones y afirmara algo en su mente. Usted podía tener comida más suculenta durante el mes, pero usted no podía tener comida más significativa que esa que se comía una vez al año. La Pascua celebraba la liberación de Israel de la opresión de Egipto, cuando el ángel del Señor pasaría para castigar a los impíos. Para recordar ese momento se hacía esa cena conmemorativa, una vez al año, en la que se tomaba pan y vino en un orden establecido.

Y esto era tan importante que el mismo Señor participó. Dice Mateo que los discípulos le preguntaron: maestro, ¿dónde quieres que preparemos la Pascua? Y él les dijo: vayan a ese lugar y encontrarán la casa de un hombre, y díganle que aquí el maestro va a tomar la Pascua con sus discípulos. Y tomó el contexto solemne de la Pascua para establecer una de las dos ordenanzas que tiene la iglesia del Señor, de forma tal que usted dice: wow, parece que el Señor quería que esto fuera significativo, porque está reemplazando la Pascua judía con un asunto mucho más sencillo pero altamente ceremonial. ¿Saben por qué es significativo? Porque en esta Pascua él es nuestro cordero.

Y él estaba presto para morir. Se preparaba todo minuciosamente. El Señor ordenó que en la cena conmemorativa de la Pascua no se usara levadura; la levadura era un símbolo del pecado, y los judíos tenían que limpiar su casa sacando todo rastro de levadura de donde se iba a tomar la Pascua. Ay, hermano, lo mismo pasa con nosotros: no solamente venir a la mesa, limpiar la casa. Yo me imagino a un judío mirándonos participar de la mesa del Señor: pero esta gente se está volviendo loca, ¿y eso es la Pascua? Un grupo de ridículos tomando pan sin sentido alguno.

¿Y quién presidía esa ceremonia? Se estilaba que el anciano de esa casa era la persona que presidía una ceremonia de tres copas, y él leía y se cantaba un himno. De hecho, dice el Señor que en la segunda copa él dio estas instrucciones, y entre la tercera copa entonces él se levantó, después de haber cantado el himno. ¿Cuál era el himno? Del Salmo 113 hasta el Salmo 118; ellos cantaban esas alabanzas. Había una manera en que se hacía la Pascua, y los cristianos humildemente heredamos eso: la Pascua judía apuntaba a Egipto, y para nosotros la cena del Señor apunta a su sacrificio por nosotros en la cruz.

Y si usted participó de la cena del Señor y usted no pensó en el sacrificio de Cristo en la cruz, es como si usted participara de la Pascua judía y no se recordara de su liberación de Egipto: no tiene sentido alguno. De Egipto no salió un hombre, salió un pueblo. Exacto: cuando usted participaba, estaba participando corporativamente. El Señor estableció que se celebrara en la ciudad de Jerusalén, y los judíos viajaban allá para tomar la Pascua. ¿Cuál fue el momento? El momento de la Pascua, la cena ceremonial conmemorativa.

Tomad, comed: un nuevo pacto

¿Y cómo fue establecida la ordenanza? El Señor dijo, del 24 al 25: tomad. Escuchen, estos son imperativos. Interesante que cuando el Señor da una ordenanza no da mucha vuelta, de que miren, cuando ustedes tengan la ocasión, ustedes podrían. Imperativos directos. Y dijo: tomad, comed, esto es mi cuerpo. Yo me imagino que la mente del judío en ese momento explotó: no lo está haciendo en orden, no está siguiendo el protocolo. Durante cientos de años lo hemos hecho de una manera, y ahora el Señor lo hace de otra manera. Los discípulos humildemente entendían que él tenía la autoridad para cambiar el ceremonial de la Pascua y hacer otra cosa. El Señor cambió las palabras y dejó de hacerlo como se había hecho durante cientos de años.

Y ahora escuchen lo que él dijo: tomad, comed. ¿Esto significa que nosotros fuimos sacados de Egipto? No, no, no. Tomad, comed, esto es mi cuerpo que por vosotros es partido, haced esto en memoria de mí. Dejen de estar pensando ya en la liberación de Faraón, que ustedes tienen una liberación más poderosa y mucho más reciente. Y entonces: yo participé hoy de la cena del Señor, ¿sabe?, yo tomé el pan y todo, pero me olvidé. Eso no es la cena del Señor, eso no es. Yo, que no soy judío, hermano, te digo que eso no es.

Asimismo tomó también la copa. Ya es fuerte tomar el pan y relacionarse él mismo con el pan. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: esta copa es el nuevo pacto. Para un judío el asunto más importante de su vida es que él era del pueblo del pacto; ya habían sido integrados en el pacto a través de la circuncisión. El Señor está aquí derribando un sistema religioso milenario, y le está diciendo: esto ahora es esta copa, o sea, su sangre figuradamente derramada por nosotros en una cruz. Esto es el nuevo pacto. Es la palabra nuevo pacto; o sea, no el pacto anterior hecho con animalitos físicos, es un nuevo pacto que él está estableciendo.

Yo entiendo, hermano, por qué le dicen la cena del Señor: es suya, no es nuestra. No es la cena de mi iglesia, es la cena del Señor. La cena como él nos mandó a que la hiciéramos, y dijo dos veces: en memoria de mí, en memoria de mí. Haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Después dice: así pues, todas las veces que comiereis este pan y bebiereis esta copa. Pablo está repitiendo, repitiendo una fórmula, repitiendo un depósito, repitiendo algo que recibió. Así pues, todas las veces que comiereis este pan y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.

La mesa del Señor es para nosotros una experiencia de santificación y, al mismo tiempo, muestra cuáles son los bordes de la iglesia. No quiero ser en esto demasiado puntilloso, pero los cristianos hemos logrado, en dos mil años de historia, hacer que casi todo el culto cristiano sea potable para el inconverso. No hemos logrado todavía que la cena del Señor sea potable para ellos, y eso es rarísimo para el que no ha nacido de nuevo. Como rarísimo sería que yo, un isleño, me apareciera en una cena judía y dijera: aquí estoy yo, hace falta, denme a comer, ¿qué es lo que ustedes comen? ¿La Pascua? Hermano, me echarían a patadas: esto para nosotros es muy solemne. ¿Y usted qué es, prosélito? No, yo lo que tengo es curiosidad. Entonces, no es para curiosos, es un asunto solemne.

Como cristianos hemos logrado que la música cristiana la reproduzcan en todas las emisoras, y logramos, hermano, con otras cancioncitas, que le den la vuelta al mundo. Hemos logrado que los predicadores cristianos sean populares, y hasta el inconverso anda repitiendo predicaciones y toda la cosa. Pero todavía, hermano, no hemos logrado que la cena del Señor, como ordenanza, sea interesante o satisfactoria para quien no ha nacido de nuevo. De hecho, a mí me parece valioso que eventualmente volvamos a tener la cena del Señor en el momento del culto, en la liturgia, porque es necesario que haya personas que digan: pero yo no tengo pan ni tengo vino, esta gente es muy cariñosa, pero no me involucran en la mesa. Es que tú no eres parte de la mesa. Tú estás entre nosotros y queremos que seas parte de nosotros, pero no lo eres. Y cuando tú estás presenciando al pueblo del Señor participar de la cena del Señor con pan y vino, y tú no tienes pan y vino en la mano, tú deberías pensar que la sangre no ha sido puesta sobre la puerta, que tu vida corre peligro.

Debe ser duro para un inconverso asistir a un culto cristiano donde se participa de la mesa del Señor y decir: pero ellos están participando, tienen pan y tienen vino, y a mí no me lo ofrecieron. Y alguien dirá: ¿y ellos no pueden participar? Si lo hace, se arriesga; dele para adelante, coma, yo no se lo voy a quitar de la mano. ¿Me siguen en esto? Les da ansiedad, de que mira, él no ha sido bautizado, que yo no sé quién es él. A veces son creyentes de otras congregaciones que participan con limpia conciencia, gloria al Señor por eso; pero tú no lo sabes a veces.

Participar indignamente y probarse a sí mismo

Aquí viene la corrección. Después que les repite textualmente lo que había recibido, de forma tal que les dice que no hay innovación alguna, háganlo así, ahora dice, reiterando la reprensión: de manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor —interesante, del Señor— indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Él no le está hablando en este momento a los inconversos, le está hablando a la iglesia. Iglesia: hay maneras de participar del pan y del vino indignamente, y cuando tú participas indignamente eres culpado del cuerpo y de la sangre del Señor, es como si tú mismo lo hubieses matado y sacrificado a Cristo.

Esta fuerte advertencia se toma con ligereza. Yo no puedo decir otra cosa que lo que ahí hay; yo creo que es fuerte por sí mismo. Wow. Y realmente hay miles y miles de creyentes que participan de la mesa del Señor sin entendimiento alguno, sin reflexión alguna, sin preparación alguna. Están siendo culpados en este momento del cuerpo y de la sangre del Señor.

Hay un llamado, el 28 al 29: por lo tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Siempre aparece alguien que quiere resolver las cosas con un procedimiento. No hay procedimiento que haga falta. Pastor, lo que hay que hacer es poner uno en una puerta, el otro en otra puerta, y les vamos a ir preguntando. Yo no te voy a preguntar; yo te voy a leer lo que aquí dice, y lo que aquí dice es que hay maneras indignas de participar de la mesa del Señor, y que participar indignamente de la mesa del Señor acarrea juicio sobre ti.

Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo. Yo no tengo que probarte a ti; tú deberías probarte a ti mismo. Hablo, hermano, con cuidado: yo a veces he tenido mala conciencia. Y uno lo ve así, y lo va a comentar, y digo: y lo va a tomar. Y digo: pero qué fuerte, es valiente, quizás estás comiendo juicio. Y después pienso: no, quizás se arrepintió. Hermano, viva usted su película, que yo voy a vivir la mía. Que cada quien se pruebe a sí mismo. Yo no puedo probar tu corazón, pero yo puedo probar el mío.

Y yo a veces he tenido mala conciencia, y está llegando el día de la mesa del Señor, y está llegando el día, y yo sé que mi conciencia no está bien, siento la reprensión del Señor. Uy, hermano, y qué satisfacción da cuando en ese momento tú sientes que esa reprensión fue atendida, y antes de tener el pan y el vino en la mano tú dices: guau, gracias, Señor, porque paso de nuevo con limpia conciencia.

Por lo tanto, pruébese cada uno a sí mismo. ¿Ese es tu problema? No lo digo desconsideradamente, pero realmente ese es tu problema. Pruébate a ti mismo, y donde haya que remendar, remienda, y donde haya que corregir, corrige. Yo pienso que si la iglesia del Señor, por lo menos una vez al mes, tiene la cena del Señor, y si participa con convicción, cada vez veremos un pueblo más santo, un pueblo más refinado, un pueblo más correcto. Y el que tiene mala conciencia, si usted participa dos veces en esto y le reiteran lo que usted está haciendo, y le leen no solamente el centro, sino que le leen la periferia, le leen el principio, le leen el final, usted debería decir: yo amo más al Señor que a mi pecado, y lo depongo.

¿Hay consecuencias? Dice el 30 en adelante: por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Ese «duermen» es un eufemismo: muchos han muerto. La gente lee esos textos, hermano, y dice: ay, mira lo que ahí dice. Clarifico aquí: no toda enfermedad que viene sobre ti viene a consecuencia de la inobservancia de las ordenanzas de Dios. Aunque usted observe correctamente la mesa del Señor, usted se va a enfermar. Pero hay una enfermedad que viene no solamente con dolor físico, sino también con mala conciencia, y esa duele más. Todo creyente en algún momento lo ha vivido: duro es cuando tú te enfermas y tienes mala conciencia, sin saber si tu enfermedad te vino por un asunto natural de estar en un mundo caído o si es un castigo del Señor. Y eso es duro: tener enfermedad y mala conciencia al mismo tiempo.

Tres consecuencias, hermano, y digo consecuencias porque esto no era figurado ni metafórico. Tampoco era un asunto a futuro, de que algunos se podrían enfermar. El apóstol Pablo está hablando con conocimiento de causa —parece que el Señor se lo reveló— y dice: ya hay algunos enfermos y debilitados, y algunos ya hasta se murieron. Dice un comentarista que quizá estaba pensando en Ananías y Safira, que fueron cortados por el Señor; es posible. Alguien dirá: ¿y era que ellos estaban participando de la mesa del Señor? Yo no lo sé. Pero yo sé que por el pecado de Ananías y Safira el Señor les cortó, hermano, y hubo que recogerlos: cayeron muertos.

No es que uno caiga muerto, sino que se muera lentamente durante cuatro años. Bueno, yo no le estoy diciendo que la enfermedad es consecuencia de la inobservancia, de participar indignamente. Le estoy diciendo que también podría serlo, y que lo mejor que uno puede hacer es tener limpia conciencia, de forma tal que cuando recibamos la enfermedad la recibamos con paz. Pero hay gente, hermano, que como que nunca se sana, y yo a veces no puedo evitar decir: wow, cuidado si lo que está pasando ahí es lo que dice primera de Corintios, capítulo 11, versículo 30. Personas a las que siempre les sale una aflicción del cuerpo, siempre una situación. No te estoy acusando, hermano, el Señor nos cuide, pero revisa el corazón: pruébese cada uno a sí mismo.

Lo más impresionante es que aun así, con enfermedad, con muerte y con debilitamiento, es tan impresionante el amor del Señor por su pueblo, que el Señor lo muestra como algo positivo: es un proceso de disciplina. Dice el 31: si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor. O sea que el Señor te puede castigar por tu indisciplina, por participar indignamente, a través de aflicciones físicas. ¿Y para qué lo hace? Para que no seamos condenados con el mundo. Es una forma de castigo del Señor a sus hijos rebeldes, no una condenación permanente. El Señor está llamando tu atención a través de tu aflicción.

Ay, hermano, cuántos casos conozco yo de personas que están en abierta desobediencia delante del Señor y permanecen en medio del pueblo. Tú hablas con la persona y dice: sí, mira, yo sé que en esa área de mi vida yo no estoy glorificando al Señor. Y tú le dices: ¿y entonces tú vas a seguir para adelante? Así como que vendrá a la mesa del Señor, una vez te ausentarás, vendrá otra, o hasta participarás, porque algunos hermanos son tan fuertes que hasta participan. Ellos saben que abiertamente están deshonrando a su Dios y siguen participando. Y yo digo: ¿pero tú no sabes que existe algo que se llama la mesa del Señor, que debe ser una experiencia de santificación? Cada vez que tú pasas por ahí, ¿cómo vas a pasar la Pascua sin poner la sangre sobre el dintel?

Esperaos unos a otros

Dos recomendaciones hace: así que, hermanos míos, cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros. Espere a que llegue el hermano que usted no quiere ver, es lo que le está diciendo. Yo podría decirte, en una paráfrasis: júntate con fulano. Eso puede ser esa pereza. Busca la manera. «Esperaos unos a otros» no es solo esperar para comer, está diciendo: rompan con las divisiones, dejen de estar haciendo acepción de personas.

Y la segunda. ¡Qué práctico el apóstol Pablo, hermano! Qué practicidad, después de hablar cosas tan complejas, cosas tan densas. Esto va como un poco de risa, lo que dice él: si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio. Oye, qué práctico, hermano, después de tantas cosas.

Recuerdo que había una hermana en la iglesia donde crecí que tenía la asignación de preparar la mesa del Señor. Y yo era muy curioso, hermano, siempre andaba en la oficina de la iglesia disponiendo cosas, y una vez asistí a una reunión donde se estaba dirimiendo un conflicto: decía la hermana que alguien se había quejado en la congregación porque la galletita de la cena del Señor la estaban dando muy pequeña. Esta hermana tenía una mala conciencia, hermano. Yo era un niño y recuerdo esa discusión en la oficina, que dice la hermana fulana, y hubo una trifulca porque la galletita la estaba mandando pequeña.

Y yo, hermano, como que se me salió de manera natural, dije: mira, hermana, no se ocupe de eso; cuando usted venga el domingo a la mesa del Señor, tráigale un pan a la hermana, usted se lo da primero y que participe en la mesa del Señor. ¿Es bíblico eso, hermano? Ahora yo digo: realmente es bíblico. ¿Qué es lo que dice aquí? Que si alguno tiene hambre, que coma en su casa. Lo que te está diciendo es que venga a recordar el sacrificio de Cristo en la cruz, que no venga a participar en esto con gula, que no venga a participar en esto, hermano, con hambre. Lo que te está diciendo es que el propósito no es que tú comas. Y aquí hace sentido cuando la gente dice: ¿y por qué lo hacen con elementos simbólicos, y por qué le dan solamente un chin de vino, y por qué no un pan más grande? Porque el propósito no es saciar el hambre física.

El propósito es hacer, con un símbolo, memoria de algo mucho más grande. Y otra discusión: que si la galletita debe ser de esta o de aquella marca, que si Guarina; que si el jugo de uva debe ser Welch’s. Ay, hermano, cuántas cosas, cuánta cosa.

¿Cuál es el cierre? Dice el apóstol Pablo: las demás cosas las pondré en orden cuando yo fuere. Aún falta. ¿Y qué puedo aprender de que «las demás cosas las pondremos en orden cuando yo vaya»? Que no nos va a alcanzar la vida para participar de la mesa del Señor con tanta dignidad como la requiere la ordenanza. Que no deberíamos darnos por satisfechos diciendo: ya lo logramos, ya tenemos toda la dignidad, ya tenemos toda la corrección, ya tenemos toda la obediencia. Hermano, nos faltará vida para seguir haciéndolo cada vez con más dignidad, cada vez con más excelencia, cada vez con más discernimiento.

No diga: ya yo estoy bien. Si al apóstol Pablo, después de este discurso tan largo, aún le faltó, a mí también me falta. Que el Señor nos ayude. Dentro de un mes, hermano, volveremos a tener la mesa del Señor; que el Señor permita que sea un momento precioso y una experiencia de santificación. Usted tendrá todo un mes para sacar la levadura de su casa.

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