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Israel murmura en Mara

Éxodo 15:22-27

A menos de una semana de haber sido liberados de la esclavitud en Egipto, a escasos tres días de haber cruzado el mar Rojo —cuando el pueblo cantó junto a Moisés, exaltando cuán grandemente se había magnificado Jehová: «Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación» (v2)—, hubo un repentino cambio de actitud. Una prueba inesperada reveló una tendencia recurrente en el pueblo: la murmuración, expresión de descontento, ingratitud y rebelión. El caso nos recuerda que nuestro arte puede ir muy por delante de nuestro nivel de madurez, y que podemos estar cantando junto a una multitud grandes verdades que aún tenemos pendientes de aprender. Hoy veremos la prueba repentina que enfrentó Israel al entrar en el desierto, su actitud persistente y la completa provisión de Dios para ellos.

Predicado13 de julio de 2025
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

La última vez que nos vimos estuvimos hablando acerca de tener una nueva conciencia sobre la presencia de Dios. Hablábamos del arca del pacto y de los elementos que tenía el arca del pacto. Dentro suyo estaba una porción del maná, dentro suyo estaba la vara de Aarón y también estaba una copia de la ley. Cada una de estas cosas son simbólicas y tienen lecciones espirituales para el pueblo de Dios. Mi deseo es hablar pronto al respecto del maná, pero me doy cuenta de que tengo que introducir y ver cómo Israel llegó hasta allá. El maná es el símbolo de la provisión de Dios para su pueblo. Engloba, sintetiza, resume una verdad espiritual: que Dios quiere cuidar de nosotros.

En el capítulo 16 de Éxodo el Señor da el maná. Pero el capítulo 15, en su parte final, es como una introducción. Si esto fuera comida, si aquello es el plato fuerte, esto es la entrada. Es lo que prepara la actitud, lo que prepara la mente, lo que prepara el corazón, para que el Señor te pastoree en esta profunda verdad: que Dios cuida de ti. Nos queda un desierto por delante, donde tendremos que hacer la voluntad del Señor, pero no estamos solos.

Lectura: el agua amarga de Mara

Nos queda un camino de obediencia, nos queda un camino de sujeción, pero el Señor está cuidándonos. Estén conmigo en Éxodo 15, del 22 al 27. Es el agua amarga de Mara y luego la llegada de Israel a Elim. Dice así la Sagrada Escritura, la palabra del Señor:

E hizo Moisés que partiese Israel del mar Rojo, y salieron al desierto de Shur; y anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua. Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara. Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber? Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron. Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó; y dijo: Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador. Y llegaron a Elim, donde había doce fuentes de aguas, y setenta palmeras; y acamparon allí junto a las aguas.

— Éxodo 15:22-27

Pueden sentarse, mis hermanos. Les coloco en la cronología. Dios está salvando a su pueblo, le salvó de la esclavitud, ya le sacó de Egipto. Hace menos de una semana que Israel había salido de Egipto. Tres días antes habían cruzado el mar Rojo. Estos fueron acontecimientos muy rápidos. En esta historia suceden muchas cosas en corto tiempo y luego viene un largo periodo en el desierto.

¿Cuál era el propósito de Israel? Más que la tierra prometida, el propósito era que Israel llegara a conocer a Dios profundamente, perfectamente, pues para hacer la voluntad de Dios es necesario conocerle. Uno ve la historia de Israel y pareciera que Israel siempre es el mismo pueblo, y no es así. En miles de años de historia usted va a encontrar generación tras generación que llegaron a luchar con lo mismo, y es que Dios, inmutable, sigue siendo Dios, y nuestras generaciones cambian. En cientos de años, en miles de años, diferentes hombres en Israel conocieron a Dios; y esta generación que tenemos ante nosotros es la generación de la gente que salió de Egipto.

Un pueblo que apenas comenzaba a conocer a Dios

Uno asume que este era un pueblo devoto, piadoso, y en gran medida este era un pueblo que no conocía a Dios. Ellos podían conocer la historia, ellos podían tener un referente étnico, ellos podían decir «somos hijos de Abraham», podían tener una vinculación familiar con Dios, pero no conocían a Dios profundamente; Dios se estaba revelando a ellos. De hecho, Dios, para Israel en este momento, en muchos sentidos era un perfecto desconocido. Ellos están saliendo de Egipto, pero todavía no tienen muy claro a quién es que van a adorar. Esto importa para que uno pueda poner la historia en su contexto. Israel no siempre fue el mismo pueblo. En este momento Israel es un niño espiritual que está saliendo de Egipto, y Dios no solamente está liberándole con su mano poderosa, sino que Dios se está revelando a Israel a través de estos acontecimientos.

A menos de una semana de haber sido liberados de la esclavitud, a escasos tres días de haber cruzado el mar Rojo, a horas de haber cantado su liberación —cuando el Señor abrió el mar, este pueblo cantó con poemas y expresiones muy sentidas diciendo que Dios era poderoso; decían ellos: «Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación»—, a horas sienten sed, no hay agua, encuentran el agua indebida y comienzan a murmurar contra Dios. Un cambio repentino en su actitud. Esto es una prueba de que nuestro arte, nuestras canciones, pueden ir muy por delante de nuestro sentimiento, y de que podemos, junto a una multitud, cantar verdades preciosas que todavía no nos hemos bebido.

Podemos unirnos al coro y decir «Dios es bueno, Él es nuestra fortaleza», y al mismo tiempo tener una conversación interna negativa y decir: «este Dios como que nos va a dejar morir de hambre». Una cosa es que usted participe en la liturgia del pueblo, una cosa es que usted verbalice las canciones del pueblo, y una cosa muy diferente es que usted conozca al Dios de este pueblo. Podemos cantar gloriosas verdades y murmurar todos los días. El Señor permitió una prueba repentina que hizo evidente el estado del corazón de Israel, y salió a la luz la actitud recurrente de este pueblo. ¿Y cuál era esa actitud recurrente? La falta de confianza en Dios, la murmuración y la queja continua.

Se acaba de abrir el mar en dos. A los egipcios se los tragaron las aguas. ¿Pero tú entiendes que Dios te va a dejar morir de hambre? Ay, hermano, hay lecciones espirituales para las que hace falta más de un acontecimiento. Desde el 15 y hasta el 17 el Señor condensó aquí tres episodios donde se documentaron precisamente las grandes quejas de Israel. Acaba de haber mucha agua, pero tienen sed y ellos piensan que se van a morir. El Señor no solamente les da agua dulce, les endulza el agua, sino que les lleva a Elim y les pone a acampar junto a corrientes de agua y palmeras. Pero después dicen: «tenemos hambre, nos vamos a morir de hambre».

El Señor les da el maná. Y después de que los ponen a recoger el maná, escasos días después dicen de nuevo: «tenemos sed». Y maldicen al Señor dos veces por las aguas. Ay, hermano, yo he venido a predicar acerca de la historia de Israel, pero sobre todo esta es la historia de la vida de todo creyente. Tenemos a un Dios muy grande que está cuidando de nosotros, pero todos los días estamos dudando al respecto de si el Señor cuidará de mí. Hoy veremos una prueba repentina, una actitud persistente y la completa provisión de Dios para su pueblo. Recuerda: más que de las grandes quejas de Israel, yo he venido a hablar de las grandes quejas de nosotros.

¿Cuál es nuestra actitud ante la tribulación? ¿Cuál es nuestra actitud ante la aflicción? ¿Qué pasa cuando nos sobreviene alguna prueba? ¿Cómo respondemos? Yo creo que este capítulo 15 es uno de los capítulos más contrastados de toda la Escritura: comienza con una canción de dependencia y termina con una profunda murmuración. Y uno dice: ¿es realmente el mismo pueblo? Bueno, eso somos nosotros. Hay días donde yo siento una seguridad milimétrica de que el Señor me está cuidando. Y hay otro día donde yo digo: «Señor, ¿tú estás mirando?». Y dirán los ángeles: «¿ese es el mismo hombre? ¿Por dónde se le fue a ese el Espíritu de Dios? ¿No era él el que estaba cantando con todo el pueblo hace unos escasos momentos?».

La prueba llega temprano

Y ahora está pensando que se iba a morir de hambre. Una prueba repentina, una actitud recurrente y una profunda provisión de Dios. Ay, hermano, lo que más el Señor quiere es que Israel le conozca. Dios se está dando a conocer a Israel de forma tal que está haciendo de ellos una nación. El momento en que ocurrieron los hechos importa: son los primeros días. Recuerda que Israel está conociendo a Dios, que todavía Dios para ellos es en gran medida un desconocido, y que Dios se está revelando a Israel a través de las circunstancias. Es un pueblo que está en tránsito no solamente físicamente, también espiritualmente. Es un pueblo que necesita madurar. Del 14 al 18 son un paréntesis: está la esclavitud del 13 hacia atrás, del 14 al 18 una transición, y del 18 en adelante un gran desierto, cuarenta años. Y en esta transición Dios se está presentando.

«Aquí está mi tarjeta: yo soy Jehová de los ejércitos. El que puede abrir el mar Rojo, el que puede endulzar las aguas, el que te puede llevar a Elim, el que te puede dar el maná». No, que se van a morir de hambre es lo que están diciendo. Ay, yo quisiera repetirle a mi iglesia, por lo menos en tres sermones, lo mismo: que no te vas a morir de hambre. Estoy hablando de hambre en el sentido más profundo. No solamente el hambre de las tripas; al mismo tiempo, el hambre del corazón. A menos de que tú confíes en que Dios cuida de ti, tú no vas a poder hacer la voluntad de Dios. Que tú no necesitas vivir como los otros pueblos, que tú no necesitas cuidarte de ti mismo, que el Señor va a proveer, y el Señor va a hacer un milagro para confirmar que va a proveer, y después va a hacer otro milagro de nuevo.

Este desierto, el desierto de Shur, es un punto de transición. Uno ve esta historia y parece que la historia terminó. Estamos a tres días y nos quedan por delante cuarenta años. Cuando uno piensa que ya entendió la lección, cuando uno piensa que ya interiorizó, que ya maduró, quizás de la parte del Señor te falta. Y cuando tú piensas que ya el asunto pasó, todavía está comenzando. Estoy hablando de salvación, y estoy hablando de salvación en el sentido más amplio, que no consiste únicamente en sacar a Israel de Egipto o hacerlo atravesar el mar Rojo. También hay que sacar a Egipto de Israel. En la milicia hay un estribillo que dice que el hombre sale de la guardia, pero que la guardia no sale del hombre.

Tú puedes haber salido físicamente de Egipto y todavía comportarte como un egipcio. Tú puedes ser salvo y carnal. Tú puedes ser un creyente filosóficamente maduro pero emocionalmente inmaduro. Tú puedes ser una persona que declare grandes doctrinas y al mismo tiempo que todavía no confía en su Dios. La salvación también incluye rescatarlos de ellos mismos, de sus actitudes de siempre. Es un asunto del corazón. Faraón no era el problema principal. El problema principal estaba en ti. Y aunque tú dejaras de ver a Faraón, todavía en tu corazón hay un problema, y Dios está haciendo que el problema salga. Esta prueba fue muy temprano. No maduramos más porque siempre hay alguien que nos está cuidando. El Señor te manda la prueba temprano.

Interesante: el Señor pudo llevarlos directamente desde Egipto hasta Elim, pero los pasó por Mara. Y tú dices: «Señor, ¿para qué? ¿Para qué por Mara, para qué tan temprano? Vamos a mandar eso para el año cuarenta, más o menos». No, es temprano. No es que uno sea un sádico. Yo preferiría instalarme en Elim, en un oasis donde hay setenta palmeras y doce manantiales. Pero el Señor quiere pasarlos por Mara, porque en Mara es que el corazón sale. Murmuración. Todos nosotros murmuramos de manera diferente. No conozco tu actitud, pero hay una conversación interna que tenemos entre nuestras situaciones y Dios. Hay un balbuceo.

Estoy hablando quizá más de mí que de ti, pero si tú te puedes sentir identificado, quizá tú puedas salir rápido de Mara y llegar a Elim, que allá es que yo quiero llegar. Inestabilidad laboral. Esto va subiendo. ¿Tú has pensado que el Señor que te va a llevar a Elim es el mismo que te está pasando por Mara? ¿Que es tu mismo Dios en todo el desierto? No, aquí no: «Dios está en esta parte de mi vida y en esta parte no hay». Hermano, el Señor ha diseñado tu matrimonio, ha diseñado tu empleo, el Señor ha diseñado tu cuerpo. Las enfermedades, las circunstancias, el estado de la economía. Hay gente que se levanta y se desayuna con el estado de la economía.

Dios lo vio todo. Y el Señor te sacó de Egipto. Y Él se está revelando a ti a través de tus circunstancias, de forma tal que para nosotros no solamente es noticia: es trato, es escuela, es disciplina. Esa prueba repentina, temprana, confirma la salvación del creyente. Yo no le tengo miedo alguno a que un nuevo creyente sea afligido. De hecho, hermano, sin ánimo de traer mal augurio, frecuentemente cuando alguien viene a Cristo, en determinadas áreas las cosas comienzan a irle mal. Y la gente dice: «pero yo vine a Cristo ahora y como que se me están cayendo los palitos». La prueba temprana te visita. Es que si el Señor te sacó de Egipto con su mano poderosa, Él no solamente te sacó para dejarte como tú estabas.

Él quiere sacar al egipcio de tu corazón. Él no solamente quiere liberarte físicamente, Él quiere liberarte en lo espiritual. Él quiere que tú le conozcas, Él quiere revelarse. De forma tal que, en vez de pegar las alarmas, el grito al cielo, porque un nuevo creyente está siendo afligido, vamos a decirle: si el Señor le salvó y le sacó de Faraón, también el Señor puede sacar eso que hay en su corazón. Y es ahí que eso se manifiesta: esa actitud recurrente que hay en ti. Todos nosotros deshonramos al Señor de maneras particulares, pero el mecanismo es el mismo: Dios te quiere cuidar y tú no confías en que Dios te está cuidando. No albergo duda alguna respecto del poder de Dios para sostener en el desierto a aquel que sacó de Egipto. Si tú fuiste salvo por el Señor, tú estás seguro.

La vida no se trata de ir de oasis en oasis

«Señor, ¿tú gradúas la prueba y la aflicción? La mía también. No, con eso nadie puede». El Señor lo vio y lo concedió. No digo que sea bueno, hermano. No es bueno en lo emocional, no es bueno en lo situacional. Yo digo que terminará siendo bueno. Yo creo que este versículo emerge en toda la predicación de esta iglesia: que a los que aman a Dios y son llamados conforme a su propósito, todas las cosas les ayudan a bien. No es que todas las cosas serán chulas, no es que todas las cosas van a tener la cereza encima; es que todas las cosas alcanzarán ese propósito que Dios está haciendo. ¿Y cuál es el propósito que Dios está haciendo? Que tú le conozcas más profundamente, más perfectamente.

Y hasta que lleguemos a la tierra prometida, tendremos cuarenta años para conocer a Dios.

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

— Juan 17:3

Hermano, la vida no se trata de ir de oasis en oasis. La vida se trata de conocer a Cristo más profundamente. De que todo lo que Dios ha revelado sea real y sea satisfactorio para nosotros. De eso se trata. No se trata de que entres en un oasis; se trata de que entiendas que tu Dios puede darte solaz. Esa es la lección. Tú no vienes a Cristo para vivir de oasis en oasis. Tú vienes a Cristo para conocerle más perfectamente, más concretamente. Y para eso sirve la aflicción.

Moisés no intentó negociar con Dios la tranquilidad y el confort del pueblo. Yo tampoco pienso hacerlo. Yo no veo a Moisés despachando con Dios todos los días: «Señor, esa no. Creo que no están listos. Yo pienso, Señor, que estratégicamente deberíamos entrar». Mira, si ustedes buscan las vueltas que Israel dio en el desierto, fueron muchas. Cualquier persona que conozca un poco de geografía dice: «Señor, por aquí se llega más rápido». El Señor no solamente quiere que llegues rápido; el Señor está buscando nuestra madurez, el Señor está buscando, más que nuestro confort, su carácter. Y cuando nos da confort, es para que conozcamos su carácter. ¿Para qué sirvió Elim, donde había manantiales de agua? Para que ellos entendieran que su Dios es bueno.

Ver el agua y no poder beberla

Dios era más bueno que Elim, es lo que están diciendo. Y Él tiene reservadas todas estas cosas para su pueblo. Dice aquí que cuando ellos llegaron a Mara, no pudieron beber las aguas de Mara porque eran amargas, por eso le pusieron por nombre Mara. Eso es desesperante. Es más desesperante ver el agua que no te puedes beber que no haber visto el agua, teniendo sed. Es el desespero del ser humano. Hay cosas que tú estás necesitando, que tu Dios quiere darte, que Él no te las quiere dar ahora mismo, y te permite que veas algunas cosas. Y tú dices: «¿para qué me hace ver el agua?». El problema principal es que uno ve las opciones, que no son para nosotros, pero son opciones.

Yo tengo sed, aquí hay agua, pero no es agua que yo pueda beberme. «Ay, Señor, ¿pero qué es lo que tú estás haciendo? ¿Tú me quieres desesperar?». Hay un musical que yo disfruto mucho, El violinista en el tejado, porque el protagonista habla con Dios y le dice: «Señor, yo estoy aquí, ¿y por qué tú permites que fulano tenga esto y aquello, y yo solamente tengo gallinas?». Y canta una canción que dice «si yo fuera rico», y comienza a proyectar cosas. Dice: «pero tú estás mirando, y yo sé que tú eres real y que tú ordenas todos los propósitos de forma tal que tu nombre sea manifestado; pero yo soy tuyo, ¿por qué fulano tiene y yo no? ¿Por qué el carnicero sí y yo no?».

Aquí hay agua, pero no es agua que yo pueda beberme. ¿Qué es esto? Es un drama. Esta paradoja se sigue repitiendo. Lo que parece ser la provisión que necesitamos está contaminada. Vemos agua, pero no podemos beberla. Y una vez más tenemos que depender y esperar en Dios. Hay agua por todos los lados, pero no es el agua que Dios quiere darnos. Qué desesperante. Tú sientes que te vas a morir, tú tienes sed, aquí hay agua, pero tú dices: «me la bebo, me muero». Viene a mi mente Proverbios:

La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella.

— Proverbios 10:22

«Pastor, yo estoy viendo un tremendo negocio. Turbio, pero tremendo negocio. Eso podría abrir cantidad de puertas, eso desbloquea cantidad de cosas. Mira, si realmente yo cierro un chin, es cerrar medio ojo lo que tengo que hacer, solamente. Es cerrar medio ojo, hacer lo que hay que hacer, y ya después todo es maravilloso y volvemos. No es que vamos a salir para siempre; es por un momento, pero después volvemos». El mejor negocio es turbio. «Ay, pastor, si tú supieras, mira, yo estoy mirando un magnífico yugo desigual. Y si yo pudiera suspender por un momento mi prejuicio, eso fuera un maravilloso yugo desigual. Pero es desigual: el yugo es desigual, pero maravilloso».

Mira, es el empleo de tu vida, pero riñe con tu vida. Es el empleo de tu vida, pero riñe con tu vida. Mi vida es Cristo, y es el empleo de mi vida que riñe con mi vida, ¿entiendes? Encontraron agua, pero no pudieron beber, y tuvieron que depender de Dios. Esta prueba repentina es la dinámica de la vida de un creyente. Todos los días tu fe va a ser probada respecto de si tú confías o no confías en que tu Dios cuida de ti.

Una actitud recurrente: la murmuración

Fue lo que dijo Job. Llegó un momento: una aflicción, otra aflicción y otra aflicción. Y fue un desahogo, pero fue piadoso lo que dijo: «aunque me mate, en Él esperaré». Es la reacción de Job, que dice: «esto se está poniendo complicado, esto está duro. Ya se había ido el agua, también la luz, ahora el gas». Eso fue Job. Job dijo: «aunque me mate, aunque me mate, aunque me mate». Y después dijo: «yo sé que mi Redentor vive, y que aunque mi carne fuera deshecha, yo sé que Él me levantará». Volveré a Job en un rato, porque yo creo que se abusa de Job: se habla muy poco de la última parte del libro.

Una prueba repentina y luego una actitud recurrente. ¿Cuál es la actitud recurrente? La murmuración. ¿Qué fue lo que más hizo Israel en el desierto? Murmurar. Y, sin ánimo de ser categórico, cuando aprendieron a dejar de murmurar —y no fue que eliminaron el asunto de su vocabulario y de su actitud—, entonces entraron en la tierra prometida. Dice el 24:

Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber?

— Éxodo 15:24

Es verdad que en Egipto no estábamos bien, pero ahí estaba el Nilo. Nunca hubo problema para beber agua; ahí estaba el Nilo. Más que el mal corazón del pueblo, lo que aquí se evidencia es la paciencia de Dios y su compromiso con Israel. Uno ve estos textos y lo primero que emerge es que Israel es un pueblo malvado. Lo primero que debería emerger es que Dios es un Dios muy paciente.

No, que tú veas aquí la lección espiritual de que Israel no era bueno, ay no. La lección que hay aquí es que Dios es muy bueno. Y que Él está tan comprometido con la salvación de Israel, que Él puede hasta tolerar por un tiempo su murmuración. Estas son cosas que parecen locura, pero lo que Dios soporta de su pueblo probablemente su propio pueblo no lo soporte entre ellos mismos. Él es gracioso, les extiende su misericordia. Él no solamente quería quitarlos de la mano de Faraón para terminar depositándolos en la tierra prometida; Él quería revelarse a su pueblo detalladamente a través del tiempo. Y Dios tiene una paciencia extraordinaria. Entre su paciencia incluye hacer evidente cuál es nuestro pecado, cuál es nuestra actitud pecaminosa, pues Él nos ama y quiere tener cuidado de nosotros.

Recuerden que yo leí todos estos textos en otro momento de mi vida, después en otro momento de mi vida, después en otro momento de mi vida. La primera vez que yo leí estos textos, yo veía siempre como que Israel estaba al borde de una prueba a ver si lo destruían. Ahora no. Dios está salvando a Israel como te está salvando a ti. Y yo no creo que Israel deba caminar en el desierto pensando que siempre Dios lo está matando. De hecho, Dios lo que quería que ellos supieran es que Dios no los estaba matando, que Él estaba comprometido con su salvación. Lo que ellos debían conocer es que Dios era bueno. Lo mismo pasa con un creyente. Yo no quiero que un creyente pase por la vida siempre como: «Dios me está probando».

«Y entonces ahora Él ya no me va a amar, o me va a amar». Él te amó cuando en ti no había nada digno de su amor. Y Él está comprometido en seguirte amando. La prueba de Dios para su pueblo no es una prueba para destrucción; es una prueba para manifestación, para contraste, para evidenciar lo que hay en el corazón, de forma tal que ellos tengan su satisfacción en Él. Porque si el Señor quería cortarlos, ¿no los hubiera dejado en el agua? ¿O no se los hubiera dejado a Faraón? ¿O no los hubiera dejado en Mara? El Señor sigue trabajando en ellos. Tres veces el Señor lo permitió: en el capítulo 15, en el capítulo 16 y en el capítulo 17 el Señor permitió que se manifestara el mismo pecado.

Y cuando ellos pensaron que ya el asunto estaba resuelto, vuelve y sale la murmuración. La falta de confianza en Dios, la queja, la murmuración: eso es un mal que requiere trabajo. Es como cuando tú estás lidiando con una plaga. Tú andas buscando pesticidas: «una plaga que tengo, se me está comiendo las hojas, las dejan flaquitas así». Andas buscando con qué combatir la plaga, pero cuando tú piensas que la destruiste, la plaga vuelve, y la plaga vuelve, y la plaga vuelve. Lo mismo pasa con las actitudes pecaminosas que hay en nuestro corazón. Es un asunto que va a requerir, como en la lucha libre mexicana, tres caídas.

Cuando tú piensas que el pecado ya se acabó, entonces vuelve el pecado, y vuelve el pecado. Capítulos 15, 16 y 17: el Señor lidiando con la falta de confianza de su pueblo respecto de que Él cuidaba de ellos. Siempre creyeron que Dios los estaba matando, o que los estaba matando Moisés. Es una hermosa orquestación. Israel murmuró en Mara después de cruzar el mar Rojo, murmurando; después de cantar, murmurando. Después el Señor los instaló en Elim, y después de Elim entonces comienzan a murmurar de nuevo. El Señor les manda el maná y parece que ya estaban satisfechos. Y el pueblo vuelve y murmura por agua. Y el Señor vuelve y lo hace. Aun después de recibir el maná, seguían murmurando.

Aquí hay algo profundamente aleccionador en este patrón. Israel murmuró siendo esclavo y siendo libre. Teniendo hambre y teniendo provisión. Teniendo sed y teniendo agua. Murmuró después de milagros evidentes. Y lo que hace evidente su murmuración es que no depende de la condición externa ni de los recursos disponibles, sino del estado de su corazón. Hermano, usted puede murmurar en la abundancia y murmurar en la precariedad. La murmuración no es un asunto de medios, es un asunto del estado del alma.

«Mira, si el Señor me proveyera tal cosa, yo guardaría silencio hasta que Él me llame a su presencia». Ay, no, tú te vas a callar durante tres días, después vas a volver a murmurar. Bueno, después de Elim yo esperaría que Israel entienda que Dios es bueno, que Él no tiene problema supliendo agua. Volvió, volvió y volvió a murmurar sobre agua, sobre agua, sobre agua, hasta que Moisés terminó golpeando la roca. ¿Cuántas veces van a murmurar por lo mismo? Recuerda, hermano, que estoy hablando más de nosotros que de Israel. Uno puede ser bendecido de manera extraordinaria y aun así seguir murmurando. Es en el corazón que está la murmuración. Recuerda: el Señor no solamente está sacando a Israel de Egipto, también está sacando a Egipto del corazón de Israel.

Una provisión completa, sin reprimenda

Ahora muestro una provisión muy completa. ¿Tú quieres ver cómo es que tu Dios te ama? Míralo aquí. ¿Tú quieres ver cómo es que Dios ama a Israel? Míralo aquí. Israel está murmurando, pero Dios está proveyendo. Interesante: en el relato no hay una pizca todavía de juicio o condenación. ¿Qué Dios es este que libera a su pueblo de Egipto? ¿Qué Dios es este que le abre el mar Rojo? ¿Qué Dios es este a quien su pueblo le canta canciones y luego le devuelve murmuración, y Dios les sigue proveyendo? Eso es gracia.

Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron. Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó.

— Éxodo 15:25

Aquí Israel le da murmuración y el Señor le da bien. Ese es nuestro Dios. Y esto es la gracia. Llama la atención que no hay una reprimenda, solamente hay una respuesta a una oración. Déjame defender un chin a Israel; con la vara con que tú mides a otros, tú serás medido. Miren, Dios conoce el estado de inmadurez del pueblo. Y Él sabe que está lidiando con gente que en lo espiritual está a medias todavía. Esta gente son egipcios en gran medida —egipcios hijos de Abraham—. El Señor está lidiando con un pueblo que necesita conocer al único Dios verdadero; el Señor está haciendo de ellos una nación. El propósito de la aflicción fue recetado por Dios. El Señor sabía lo que iba a pasar en Mara.

La gente ve esto y como que quiere poner a Dios a sorprenderse: «wow, pero esta gente son insoportables; mira, uno les da esto y mira cómo reaccionan». ¡Hey! Fue el Señor quien los llevó a Mara antes de Elim. Y el Señor sabía lo que iba a pasar en Mara. El Señor llevó a Israel a Mara para mostrar el estado de su corazón y para mostrar su profunda provisión y cuidado para su pueblo. Él quería que ellos le conocieran. De hecho, sucedió lo que Dios sabía que iba a suceder: que el pueblo iba a murmurar. Y cuando el pueblo murmuró, el Señor se reveló al pueblo. Más que reprender a Israel, el Señor en este momento está disciplinando a Israel. Dios está revelándose a Israel. Más que un juicio, el enfoque es pedagógico.

Dice el 26: es para que ustedes conozcan que yo soy Jehová, su sanador. No creo que mi Dios sea como un ser malvado que anda escogiendo a este y a aquel. Mi Dios te eligió cuando tú no eras elegible; se está revelando a ti, te está modelando, quiere que Israel le conozca. Eso es Mara. Mara es una lección espiritual.

Ahora aparece Dios dándole mucho más alimento. Interesante que el Señor no nos da solamente lo que nosotros estamos pidiendo: Él nos da lo que estamos pidiendo y también lo que estamos necesitando. El problema principal que tenía Israel no era un problema de alimentación; el problema principal que tenía era un problema de confianza y de falta de instrucción.

Por eso en Mara el Señor no solamente le dio agua. Dice que en Mara el Señor le dio estatutos y ordenanzas. Y se reveló con un nuevo nombre: Jehová Rafa, Jehová el que te sana, Jehová el que cuida de ti. Uno siempre piensa que Dios entregó la ley en el Sinaí, y que es a partir de ese momento que Israel tuvo estatutos. Todo lo que se relaciona con Dios se está relacionando con su carácter, con sus leyes y sus estatutos. Dios no hace nada fuera de su revelación. Si realmente Dios te dio a ti algo, Él quiere que tú conozcas algo de Dios a través de eso que te está dando. El propósito de la provisión no es solamente satisfacerte en lo material. Dios siempre se está revelando. Él tiene una pasión por que los hombres le conozcan.

Porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar.

— Isaías 11:9

El propósito de Dios no es solamente que tú sacies tu sed. El propósito de Dios es que tú sacies tu sed, confíes en su provisión y al mismo tiempo camines de acuerdo a sus ordenanzas y sus estatutos. Dios tiene siempre un propósito pedagógico. De forma tal que si tú solamente recibes su provisión y no le preguntas para qué, desperdiciaste. Y si solamente recibes aflicción y no te preguntas para qué, también desperdiciaste. El gran desperdicio de la cristiandad es la cantidad de gente que está recibiendo tanto la disciplina como la provisión del Señor y no se pregunta el para qué. «Señor, ¿para qué este nuevo empleo? Oh, un ascenso, Dios me ama». Está bien, ¿pero qué estás conociendo de Dios a través de ese ascenso?

Una nueva aflicción: «ay, el Señor me quiere destruir». No te va a destruir, sino que Él quiere que tú conozcas algo. Si tú me pones a elegir, hermano, yo siempre voy a elegir a Elim antes que a Mara. Pero yo creo que Dios se revela en Elim y también se revela en Mara. Yo elegiría Elim, denme agua. Pero Dios se está revelando. Estos estatutos y ordenanzas son una forma resumida de la ley, y esto muestra una hermosa consistencia. ¿Qué le dijo el Señor? Dice el 26:

Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador.

— Éxodo 15:26

Ay, qué bonito se escucha eso, hermano. Es identificación del Señor con su pueblo: «yo soy Jehová tu sanador». Esto es más que comida. El Señor se está mostrando como el que le cuida, se está mostrando como el que escucha la oración. ¡Dios escuchó la oración! O sea, que nuestro Dios nos escucha. A mí me impresiona que Dios no solo escucha, sino que Él responde la oración. Que nosotros murmuramos y Él no nos devuelve mal por mal, sino que Él nos atiende como se atiende a los niños. Todos los padres prudentes saben que no siempre se corrige: a veces se soporta. No se puede andar siempre con un chuchazo en la mano.

Llega un momento en que tú dices: «pero es un niño, es inmaduro; le estamos corrigiendo, le estamos disciplinando, el propósito no es dañarle». Y hay cosas que usted soslaya a causa de un gran proyecto pedagógico. El Señor toleró en este momento la murmuración y dijo: «denle agua, endúlcensela. No solamente denle agua: denle agua, denle estatutos, denle mandamientos, denle identificación conmigo. Y después instálenmelos ahí unos cuantos días en un oasis». Ese es Dios.

Elim: doce fuentes y setenta palmeras

En el versículo 27 es adonde yo quería llegar, un versículo de la Escritura que para entenderlo hay que entender lo anterior. Versículo hermoso: «Y llegaron a Elim, donde había doce fuentes de aguas». No una, doce. Cuando tú pensabas que te ibas a morir de sed, el Señor te está mostrando que hacía rato que Él tenía previstas para ti doce fuentes de agua. Esa es la paradoja de la gracia: tú con un traguito estabas bien, y te están dando doce.

A mí me gustan los restaurantes que los atiende el dueño, que va y te pregunta en la mesa: «¿está todo bien por aquí? ¿Cómo estaba la comida? ¿Está todo bien? Cualquier cosa, soy el dueño». «Y llegaron a Elim, donde había doce fuentes de aguas» —no una, doce—, «y setenta palmeras». Está caluroso: «¿y el clima qué tal? El aire, ¿lo subimos un poco, se lo bajamos?». «Y acamparon allí junto a las aguas».

Y llegaron a Elim, donde había doce fuentes de aguas, y setenta palmeras; y acamparon allí junto a las aguas.

— Éxodo 15:27

El mismo Dios que tú pensabas que te estaba matando porque no te estaba dando un chin de agua te puede hacer que tú acampes junto a las aguas. Y ahora vengo yo a quejarme. ¿Y dónde están las canciones? ¿Usted no era muy ruidoso murmurando cuando no había agua? Y no van a cantar. Ni un poema. No hay una palabra de acción de gracias. «Señor, gracias, tú eres bueno, esto sí está chulo aquí. Padre, perdónanos, mira, nosotros habíamos estado ahí en nuestra indolencia, murmurando y quejándonos». No, no es eso. Este relato termina con gracia extravagante: el Señor haciendo cosas por Israel que no debió haber hecho, e Israel asumiendo que esto como que es lo que nos toca siempre.

Es una gracia que ellos no merecían. Un pueblo inmaduro, murmurador, olvidadizo, parecía no merecer llegar a un oasis. Yo tampoco lo merecía, y a cada rato estoy acampando junto a las aguas. El Señor permite que tú te goces en aquello que tú pensabas que jamás te iba a tocar, ni siquiera lo mínimo. Yo lo que esperaría es que tú tengas memoria, y que así como murmuraste, también testifiques. Si tú fuiste ruidoso en Mara, sé ruidoso en Elim. Así nos vemos nosotros: acampando junto a corrientes de agua, con doce fuentes de agua y setenta palmeras, asumiendo que eso es normal.

¿Y pensabas que te ibas a morir antes de ayer? Estás mirando la fidelidad de Dios y tú pensando que todo se iba a ir a pedazos. Tú pensaste que ya no había futuro. Mira aquí al Señor. Sobre todo, esto confirma la buena disposición de Dios para agradar, acomodar y servir bien a su pueblo. Gracia extravagante. Una manifestación de bondad, amor y provisión que tú ni merecías ni estabas esperando, de forma tal que tú tienes que decir: «Señor, gracias, y Señor, perdóname». Tengo acceso, tengo disposición, estoy siendo atendido con unos niveles de detalle que solamente traen mayor acusación sobre mí, porque hace tres días estaba pensando que me iba a morir y estaba murmurando contra ti. Una abundancia que nadie vio venir: doce fuentes de agua, setenta palmeras. Yo me gozo de servir a un Dios que no es un Dios utilitario, sino que reparte su gracia con liberalidad.

Quiero pastorear a mi iglesia al respecto de esto, pues las falsas doctrinas de prosperidad han hecho un daño tremendo. Ahora han hecho que la gente ni testifique. Y hay algo como muy pietista, muy piadoso, muy puritano, siempre como medio descacharrado, afligido. La gente relaciona como que siempre tenemos que estar bebiendo agua amarga para estar sirviendo al Dios verdadero. El Dios verdadero endulza las aguas, y el Dios verdadero también nos manda a Elim. Después de aquí vamos a estar en un desierto completo, pero con Dios en el cielo, que está mirando y cuidando de nosotros. Esa es la diferencia, hermano: no es que te quiero entregar a la superficialidad de esa falsa doctrina que te dice que siempre vas a tener salud, que siempre va a haber viajes, que siempre va a haber bienes materiales. Lo que te quiero llevar a entender, en la madurez, es que en Cristo hay provisión para todas nuestras necesidades cuando el Señor quiera hacerlo.

Y que Él la administra de forma tal que alcance su mejor propósito en el corazón de sus hijos. Y que Dios no solamente te manda a las aguas amargas, sino que el Señor frecuentemente te manda también a Elim. Y que hay que también aprender a deleitarse. La teología del deleite es necesaria. Pablo decía: «sé tener abundancia». Y en un momento le escribió a la iglesia y le dijo: «miren, estoy muy satisfecho, todo lo tengo». Ay, hermano, no te hace menos maduro el hecho de que tú testifiques que el Señor está teniendo cuidado de ti. No te hace menos maduro entender que hay doce fuentes de agua. No está mal gozarse y decir: «mira, el Señor realmente me acomodó». El Señor cambia la página.

El final de Job y el evangelio

Le decía que iba a volver al libro de Job. A la gente le encanta hablar de Job para hablar de la teología del descacharramiento, de un creyente que siempre está como cogiendo lucha, de que si tú eres bueno entonces el Señor te va a mandar el mal. Hermano, no es así. A Job no le gustaba la situación que estaba viviendo. Job no quería eso para él. ¿Y cómo termina el libro de Job? Termina así, Job 42: «Y quitó Jehová la aflicción de Job». Ay, hermano, el Señor quita la aflicción. Y hay madurez en decir: «Dios quitó mi aflicción». Hay madurez en decir: «el Señor endulzó primero el agua y después me mostró doce fuentes de agua». Hay madurez en eso.

Y quitó Jehová la aflicción de Job, cuando él hubo orado por sus amigos; y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job. Y bendijo Jehová el postrer estado de Job más que el primero; porque tuvo catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas. Y tuvo siete hijos y tres hijas. Llamó el nombre de la primera, Jemima; el de la segunda, Cesia, y el de la tercera, Keren-hapuc. Y no había mujeres tan hermosas como las hijas de Job en toda la tierra; y les dio su padre herencia entre sus hermanos. Después de esto vivió Job ciento cuarenta años, y vio a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, hasta la cuarta generación. Y murió Job viejo y lleno de días.

— Job 42:10-17

El doble. ¿Y después se murió Job? No es así, no, no. Sobre todo conoció a Dios más profundamente. Murió Job viejo y lleno de días, deleitado en el Señor y habiendo conocido a Dios más profundamente. Hermano, lo que te quiero mostrar es que si tú estás en Mara, el Señor tiene propósito en Mara; y si llegaste a Elim, el Señor tiene propósito en Elim, y hay que gozarse en la abundancia y testificar. Tener la humildad y al mismo tiempo poder disfrutar sin culpa. Ay, no: «que si se entran, entonces el Señor no va a estar con ustedes». Hermano, si el Señor le muestra un oasis, éntrese. Y entienda que después pueden cambiar los tiempos de nuevo y vuelven las aflicciones. ¿Para qué son las aflicciones? Para conocer a Dios. ¿Y para qué la abundancia? Para conocer a Dios también.

¿Cómo se ve el evangelio en esto, hermano? Miren, el evangelio es la buena noticia de que fuimos salvados en Cristo cuando nosotros no teníamos la madurez para relacionarnos con Dios adecuadamente. El Señor te sacó de Egipto cuando tú todavía no podías adorar a Dios correctamente. Ese es el evangelio. El Señor no salva al que está listo. El Señor salva al que todavía no le conoce bien. «Cuando yo tenga toda la ley, cuando tenga toda la confianza en Dios, cuando yo tenga todo el testimonio, entonces yo voy a poder seguir al Señor en el desierto». No: el Señor te saca en tu ignorancia y se va revelando a tu vida a través de las circunstancias. De forma tal que no hay que esperar diez años para tomar una decisión por Cristo. Decide ahora; Él se irá revelando a ti progresivamente.

El evangelio es también la certeza de que en medio de las aflicciones Dios no solamente nos cuida y nos provee, sino que se revela a nosotros y nos prepara para una relación mucho más profunda con Él. El creyente aprende en la aflicción y en la abundancia. El evangelio es además la esperanza de que aun en la prueba siempre está el gozo por delante, como dice Romanos 8:18:

Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.

— Romanos 8:18

Si hay alguien que está esperando tomar una decisión por el Señor, que no espere llegar a la tierra de Canaán para decidir. Decide en Mara, decide en Elim, y el Señor seguirá trabajando contigo. Oro por la iglesia para que pueda conocer a Dios en la abundancia y también para que pueda conocer a Dios en la aflicción.

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