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Jesús calma la tormenta

Marcos 4:35-41

El propósito principal de la tormenta no es que cese la aflicción, sino que conozcamos a Cristo aún más profundamente. En Marcos 4, los discípulos descubren que quien está en la barca es más grande que cualquier tempestad.

Predicado28 de abril de 2024
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

El Evangelio de Marcos, en el capítulo 4; pueden abrir ahí la Sagrada Escritura, desde el versículo 35 en adelante. Es este momento en su ministerio cuando nuestro Señor calma la tempestad: es Jesús cuando calma la tormenta. Doy un momentito para que estemos juntos en la palabra del Señor. Estaremos leyendo el Evangelio de Marcos en el capítulo 4, del versículo 35 y en adelante. Es el momento donde el Señor calma la tormenta.

Dice así la Escritura:

Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?

— Marcos 4:35-41

El propósito no es que cese la tormenta

Pueden sentarse, mis hermanos. Tal como ha sucedido durante todo este año, hemos tomado porciones de los evangelios para edificar a la iglesia del Señor. Esto lo hemos hecho este año especialmente, pero podemos hacerlo durante cinco años, hermano, no hay problema alguno: los evangelios son cuatro, y en ellos hay gran sabiduría para la iglesia del Señor. Esta porción específica de la Escritura se ha expuesto en otros años —yo siempre miro hacia atrás, a ver cuándo fue la última vez que se expuso este texto—, y lo mismo que la semana pasada, la última vez fue en pandemia. Y mucho de lo que se hizo en pandemia hay que volver a hacerlo.

Este texto es uno de los textos que regularmente es abusado en las aplicaciones. Las personas toman este texto para edificar a la iglesia y extraen de aquí las aplicaciones más superficiales; regularmente de aquí se componen canciones. Es el asunto de que el Señor está en la barca, y si el Señor está en la barca, entonces no hay problema. Eso es verdad. Pero estoy yo persuadido de que la enseñanza principal que hay en este texto no es siquiera respecto del cese de las aflicciones —y hablaremos de eso—. Hay que preguntarse por qué el Señor concedió la tempestad, porque hubo tempestad aun estando el Señor en la barca.

Y creo que a donde el Señor llevó la atención de sus discípulos es a donde debería yo llevar hoy la atención de la iglesia del Señor: que la iglesia se pregunte quién es este, que aun los vientos y el mar le obedecen. El propósito principal no es que cese la tormenta; el propósito principal es que usted conozca a Cristo aún más profundamente. De hecho, usted podría ser afligido y que el Señor detenga la aflicción; pero para que la aflicción tenga amplio provecho en la vida del creyente, usted debería salir de la aflicción con un entendimiento mucho más alto de la autoridad de nuestro Señor Jesucristo.

En todo el Evangelio de Marcos el Señor demuestra su autoridad. Él demuestra su autoridad sobre los demonios: él hablaba y los demonios salían. Él demuestra su autoridad sobre la enfermedad, mostrando que el Señor tiene dominio y autoridad también sobre ella. En algún momento le preguntaron respecto del ayuno, de las tradiciones de los hombres, y el Señor habló del ayuno con autoridad; o sea, que en las prácticas comunes de los hombres también él tiene autoridad. Y le hablaron de la ley, y él mostró que estaba por encima de la ley.

Él está mostrando que su autoridad es una autoridad que está por encima de los demonios, por encima de las enfermedades, de las tradiciones, de la ley. Ahora él va a mostrar que su autoridad está por encima de los fenómenos naturales, y al final lo que termina haciendo es levantar a uno de entre los muertos, para mostrar que también tiene dominio sobre la muerte. Todo lo anterior no fue hecho principalmente para que tuviéramos salud, para que un endemoniado fuera liberado, para que un enfermo fuera sanado, para que unos pescadores tuvieran reposo: todo lo anterior fue hecho para que nosotros terminemos con una perspectiva mucho más amplia de quién es nuestro Señor Jesucristo.

Le pido al Señor que me dé gracia para llevar el pensamiento de la iglesia a decir lo mismo: ¿y quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen? Ay, hermano, qué más quiero yo que usted esté tranquilo. Y yo también quiero estarlo. Yo tuve semana y media con un malestar que me retó en cantidad de áreas. Y en medio del malestar, un amigo querido, un conocido, me preguntó: Rafael, pero ¿tú eres cristiano? ¿Los cristianos también se enferman?

Y usted, quizá como yo, cuando escucha la pregunta le parece una pregunta muy sencilla, quizá fuera de lugar; pero esta es una pregunta que se hace el común de los hombres. ¿Por qué, si ustedes son cristianos, por qué también la tempestad para ustedes? ¿Por qué, si el Señor está en la vida de ustedes, todavía ustedes sufren? Parecieran preguntas sencillas y fuera de lugar, pero yo creo que estas preguntas son las que abren la oportunidad para que uno muestre una perspectiva aún más alta.

El mundo está lleno de aflicciones, y el dolor no hace acepción de personas. Te enfermarás tú y se enfermará también el incrédulo. Podemos tener temporadas de cielos despejados y mar tranquilo, pero tarde o temprano nos visitará alguna tormenta. Esto no depende de que usted sea experimentado en el mar o no lo sea; esto no depende de que usted sea más o menos sabio; esto no depende de que usted sea más o menos piadoso. Estemos o no con el Maestro, la tempestad va a venir.

Hoy consideraremos esta tormenta que alcanzó la barca de los discípulos, para mostrar desde aquí, primero, el hecho mismo de que en esta tierra existen aflicciones y que vamos a tener que asumirlo; también, que podemos aprender en medio de las aflicciones; pero sobre todo, cuál es la enseñanza más alta que podemos nosotros extraer respecto del dolor.

Existen tormentas

Comienzo mostrando el hecho, que aquí aparece, de que existen tormentas. ¿No aparece esto aquí como un asunto raro? De hecho, yo quisiera tomar este texto para corregir algunos pensamientos mágico-religiosos que tiene la gente respecto del dolor, de la aflicción, de las tribulaciones. A veces uno trata de pastorear al hermano y el hermano sale con pensamientos que se parecen tanto a los pensamientos del mundo: ¡ay!, ¿por qué se enfermó?, ¡ay!, ¿por qué está sufriendo?, ¿y por qué está triste? ¿Viste? Eso se llama pensamiento mágico-religioso, y Latinoamérica está llena de ese asunto.

Los cristianos sabemos que este mundo no es un lugar ideal. Y si usted arranca por ahí, usted va a poder sobrellevar la temporada de aflicción con un poco más de convicción. Este mundo no es ideal; lo fue en algún momento, pero en este momento no lo es. En este mundo nosotros podemos tener tiempos de relativa calma, y se aprovechan: ese es el tiempo del solaz. Pero esa es la excepción; la norma general es: en el mundo tendréis aflicción.

La creación misma, las relaciones y las organizaciones, en esta temporada tienen una tendencia al mal —Eclesiastés le llama a eso vanidad—: las cosas van como degenerando, y todo está bien hasta que todo comienza a ir mal. Es un asunto tal que si uno no confiara en el Señor, no podría disfrutar ni siquiera el solaz, pues siempre estaríamos esperando el golpe. Y cuando tú piensas que todo está bien, tú quieres disfrutar que todo está bien, pero después estás pensando: yo sé que todo está bien, pero en mi experiencia, cuando todo está bien, así mismo todo comienza a estar mal.

«Confíen en mí, que yo he vencido al mundo», dijo el Señor. Mano, esta ecuación, en una tierra donde las cosas por diseño están sujetadas a vanidad, desafía al creyente y desafía también al inconverso. Un creyente maduro será afectado por la aflicción; yo lo que espero es que seamos afectados por la aflicción, pero con entendimiento.

No hay en este momento problemas mayores, pero la verdad, hermano, es que aflige mucho cuando una persona llega al momento álgido y no cogió el entendimiento a tiempo. Qué duro es tener el agua al cuello y no tener convicción. Qué duro es intentar darle ánimo a una persona que no tiene la cosa más básica, que es fe. Hay que aprovechar el tiempo de relativo solaz para decirle a la iglesia: hey, vendrán tiempos muy difíciles, esto se puede poner aún peor. Pero confíen en mí, decía el Señor, yo he vencido al mundo.

Sabemos, a la luz de Génesis, que el pecado ha dañado toda la creación. Sabemos que el Señor está reconstruyendo este mundo, una nueva relación, la paz con él; sabemos que la creación será regenerada. Pero en este momento este escenario de cosas desafía nuestras convicciones. La tormenta llegó, pero no es un asunto inverosímil: es un asunto esperable.

Ni la sabiduría ni la piedad la evitan

Muestro también que la tormenta llegó, y llegó después de un momento de amplio ministerio y muchos frutos. ¿Saben qué era lo que estaban haciendo los discípulos y el Señor? Predicando el evangelio. Y mientras ellos predicaban el evangelio, expulsaban demonios, daban gran enseñanza, el Maestro se siente cansado y dice: vamos a pasar al otro lado. Y cuando pasan al otro lado viene una tormenta.

Cuánto hermano mío al que todavía le persigue este pensamiento culposo de que si están enfermos, si les está yendo mal, si hay un problema, si hay un conflicto, es que algo se hizo mal o se dejó de hacer. A veces usted hace todo lo que tiene que hacer y de todos modos vendrá la tormenta. Esto corrige a los culposos que siempre creen que Dios les está castigando: a veces el Señor no te está castigando, la tormenta va a venir. «Ay, es que yo no oré lo suficiente; es que yo no obedecí en tal área». Hermano, revise su corazón, que eso es saludable; pero a veces, después de revisar tu corazón, tú dices: todo está ok, y de todos modos vino la tormenta. No es que Dios esté castigando a los discípulos; ellos no han hecho algo mal: es que las tormentas van a llegar.

Ilustro esto diciendo que grandes hombres de Dios han sido afligidos en un momento de mayor fruto ministerial. Siempre recuerdo a Guillermo Carey, que gran parte de su ministerio lo hizo con un matrimonio complicado. Y uno dice: pero si él es un obrero del Señor, ¿por qué él tiene aflicción en el matrimonio? Porque los matrimonios son difíciles, aunque usted guarde más silencio que los otros.

Spurgeon tenía unos padecimientos en su estado de ánimo que le debilitaban, y cada cierto tiempo, cuando él quería hacer la obra, sentía que le faltaban hasta las fuerzas. Y uno dice: ¿cómo es que ese gran hombre de Dios, al que el Señor está utilizando con tanto fruto, está en un momento postrado en una cama, con un estado de ánimo que no le permite ni siquiera incorporarse? Porque también a los grandes hombres de Dios, mientras hacen grandes cosas para Dios, les sobreviene la aflicción. Algunos dicen: dame ejemplos bíblicos. El apóstol Pablo tuvo que hacer gran parte de su ministerio con un aguijón en su carne; y cuando intentó que se lo sacaran, le dijeron: déjalo ahí.

La tormenta alcanzó a un grupo de pescadores especialmente experimentados en el mar. Eso me aflige a mí, que paso tiempo y hago ministerio con gente muy piadosa, que entienden que la sabiduría siempre les va a evitar la aflicción. Es verdad que la sabiduría puede evitarte mucha aflicción; pero el asunto es que, con todo y sabiduría, tú serás afligido. Vivimos en tiempos donde la gente entiende que con leer un libro va a evitar el dolor. Lea cinco: y usted va a experimentar el dolor con un poco más de conocimiento e información.

El conocimiento añade tristeza

Sufrimiento, sufrimiento, dolor, dolor. No hay manera en que nosotros podamos saltarnos la ecuación de que en esta tierra vamos a padecer aflicción, estemos o no estemos informados. Yo prefiero la aflicción con conocimiento, pero entiendo que como quiera duele; de hecho, a veces duele más. Dice el libro de Eclesiastés que el conocimiento añade tristeza: a veces, con toda la información del mundo, el dolor te duele aún más profundamente.

De hecho, ahora estoy yo persuadido de que los ingenuos quizás padecen mejor. No tome eso, hermano, como cosa mayor, pero son pensamientos que a mí me llegan. Yo veo gente que son como medio simples, que caminan en medio de la aflicción como que nada está sucediendo, y eso tiene una ventaja competitiva, porque a veces saber mucho hace que todavía duela más. Yo estoy analizando una serie de dolores que tenemos como iglesia contemporánea, y parte de nuestro dolor es el entendimiento: nos duele mucho porque realmente sabemos lo que está pasando. Y hay que beberse el sufrimiento, hay que beberse el dolor. Pero yo veo a los simples, que van como de largo, que ni ven lo que está ocurriendo.

Había una persona que desbarató un carro, hermano, y dejó el guardalodo todo atrás y siguió. O sea, él dejó parte de la carrocería y siguió caminando. Y del mismo modo yo veo seres humanos que van por esta tierra y le dan a la aflicción hacia adelante, y digo: pero él ni siquiera va a preguntar respecto de qué es lo que está pasando. Eso ocurre. El conocimiento añade tristeza.

Hablo de que son pescadores, hermano, porque pareciera que ellos deberían estar menos afligidos porque saben andar en el mar. Por lo menos cuatro de los que estaban en esa barca eran pescadores experimentados. Pero la aflicción es la aflicción, y a veces el que conoce el mar le respeta aún más. Eso pasa con los médicos: cuando los médicos se enferman, ok, sí, es muy chulo hacer la receta y dar el tratamiento; el asunto es aplicárselo a ellos mismos.

El control de las finanzas: usted puede tener las finanzas controladas. Hermano, eso da un dolor cuando tú ves que todos los numeritos están bien puestos y de todos modos no dan. Eso duele mucho cuando usted tiene un presupuesto ajustado al chin y de todos modos no se llega.

El control del tiempo, una agenda. Me dice Juliet el viernes: este fin de semana tengo una agenda muy apretada. Es Juliet, una niña de nueve años, y ella tiene una agenda muy apretada, y me estuvo leyendo su agenda. Y cuando ella me lee su agenda, su agenda soy yo en gran medida, porque dondequiera que ella va, soy yo el que tengo que llevarla, todo lo que… Tenemos una agenda apretada.

Hermano, lleve una agenda, téngala; pero a ver si usted logra poner todo lo que hay que tener. Qué duro da cuando usted cuadra su agenda —esa persona que el domingo cuadra su semana— y se da cuenta de que el lunes se concretó quizá la mitad de lo que usted pensó, que el martes lo que usted pensaba va a tener que moverse, y usted dice: ¿para qué planifico?, ¿para qué hago agenda? Ese es el asunto: que hay una sensación de control, pero al final Dios está en control, es lo que estoy mostrando.

Control del tiempo, control de las relaciones, control de la salud. Todo se monitorea: un reloj para saber de las pulsaciones del corazón y todo lo demás. Sus diez mil pasos, hermano, trate de alcanzarlos. La frustración contemporánea es que tenemos muchos dispositivos para medir cosas, pero todavía no se evita la tormenta, todavía no se evita el dolor, todavía no se evita la aflicción.

En una era donde hay conocimiento para cada cosa, llega un momento en que tú te abrumas: te está afligiendo algo y tú tienes quince opinantes que te van a decir qué es lo que hay que hacer para la aflicción. Tú dices: yo tengo todos los tratamientos; el asunto es que hay que bebérselo, el asunto es que hay que hacerlo, el asunto es que como quiera duele.

La tormenta llegó junto al Maestro

Y a mí me duele que la tormenta les llegó junto al Maestro. Que la gente te dice: es que tú tienes que buscar más de Dios, es que tienes que entender que él está aquí adentro, que él está en la barca. Imagínate lo de la barca de al lado: es que dejaron al Maestro, el Maestro está aquí. El asunto es que parece que está dormido. Y esa es la impotencia para el creyente.

¿Sabes lo doloroso que es saber que quien tiene el control de la naturaleza, de la historia y de toda tu aflicción, en este momento está tan cerca de ti, que vive dentro de ti, y de todos modos estás siendo afligido? Que a veces el Señor parece que está durmiendo, y realmente él está mirando. Esto parece una frescura de la naturaleza: traer una tormenta cuando el Maestro está durmiendo. ¿Qué hace la naturaleza mandando tormentas? ¿No sabe quién es el que está aquí?

Hermanos míos que viven así, que entienden que porque están en Cristo las puertas se van a abrir, que las aflicciones van a cesar, como que van por el carril privilegiado, hermano. Aquí no hay un carril privilegiado, no hay paso rápido. Yo me imagino, hermano, a esta persona: son creyentes muy piadosos, muy bien intencionados, que en el momento cuando la gente tiene el agua hasta el cuello te dicen: no, es que tienes que buscar más de Dios, tú tienes que orar, él está en la barca. Por eso desespera aún más.

De hecho, fue el Maestro quien les indicó: pasemos al otro lado. ¿Sabes? «Tú estás en este momento teniendo dolor y aflicción porque tú no estás haciendo lo que Dios te mandó a hacer». ¿Qué es lo que está pasando? Fue él quien me dijo, del otro lado de la orilla, que vayamos al otro lado; fue el mandato del Señor que me dijo «vayamos al otro lado», y entonces ahí choqué con la tormenta. Te estoy pastoreando respecto de que tú tienes que hacer la voluntad del Señor; pero aun haciendo la voluntad del Señor, a veces te va a venir la aflicción. No es que por ser buen estudiante te va a ir mejor.

Dicen algunos: si Dios está en el asunto, no puede haber dificultades. Las hay. Y el camino de la voluntad del Señor, ese camino que te lleva directamente, hermano, a veces da muchas vueltas, estando usted haciendo la voluntad de Dios. También uno se pregunta: ¿realmente se me olvidó algo, o vi algo? No: el Señor está en control y mandó la aflicción.

De hecho, las tormentas son una buena imagen para representar todas las aflicciones que un creyente va a vivir en este mundo. Las tormentas llegan de manera imprevista, en muchos sentidos nos superan, y en estas cosas, hermano, a veces se nos van hasta las convicciones. La naturaleza a veces va más adelante que nuestras convicciones; después se encuentran. Y la gente te dice: pero tú eres un cristiano. Yo sé, hermano, pero estoy luchando con mis humanidades.

Me ha pastoreado durante todo este año el pensamiento de que la tormenta no está en mi contra, y de que el Señor puede hacer que las cosas se detengan de repente. Y eso me da profunda satisfacción. En mí a veces surgen pensamientos del tipo: no, es que si hemos dado tantas vueltas, entonces ahora nos va a tomar un año entero reponernos. No hay que esperar un año entero para reponerse: con que el Señor lo diga, las cosas serán hechas. Parte de la aflicción es que algunos tienen esa sensación de que estamos caminando hacia atrás, y uno dice: entonces ahora vamos a tener que volver. No hay que volver, hermano: cuando el Señor diga que la tormenta cese, va a venir la calma, y eso llega de repente.

Yo no sé cuándo va a terminar la aflicción, pero yo sé que en el Señor las cosas no son siempre progresivas, como una curva lenta que va subiendo. Con que el Señor diga y le hable a la naturaleza, en ese momento vendrá la calma. Y la calma viene de repente, a un punto tal que frecuentemente somos humillados. El día pasado me salió el pensamiento, porque el Señor hizo algo así de repente, y yo digo: pero es porque yo estoy cansado, es que yo he hecho la diligencia, es que he sacado mucha agua, y entonces el Señor viene a hacer la cosa como de repente. Hermano, gócese de que el Señor a veces hace las cosas así, que no hay que esperar tres meses, cuatro meses: cuando el Señor diga «ya», ya; cuando el Señor diga «basta», basta. Y nosotros no sabemos hasta cuándo.

Lo que esta tormenta nos enseña

He estado mostrando el hecho de que existen aflicciones, que no es un asunto inverosímil, que eso ocurre: le ocurre a los pescadores, le ocurre a los intelectuales, le ocurre a todo el mundo. Todos estamos en la misma barca, y es la barca que se encuentra con la aflicción. Ahora quisiera mostrarle a la iglesia lo que esta tormenta nos enseña. Dice así el 38 y 39: «Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?».

Tengo años leyendo ese texto. Cuando yo leía que él estaba durmiendo sobre un cabezal, yo siempre entendí que estaba sobre una parte del barco, que estaba sobre alguna herramienta o algo parecido. Pero a veces comparo versiones, y vi la King James, que traduce eso como «sobre un pillow», sobre una almohadita. Y digo: ¿realmente ahí dice almohada? Y busqué otras traducciones, y así mismo lo traducen: estaba durmiendo sobre una almohada.

Realmente el Señor estaba cómodo. Y cuando la gente estaba sacando agua de la barca, él no solamente estaba durmiendo, sino que tenía un cojín. Yo entiendo a los discípulos. «Tú eres un indolente» —ay, perdóname, hermano—: estamos por morir, y tú no solamente estás durmiendo, sino que tienes hasta un cojín.

Una de las cosas que uno aprende en la aflicción, cuando uno reflexiona con piedad respecto de ella, es que la cosa se ve muy distinta desde la perspectiva de Dios y desde la perspectiva de nosotros. Desde la perspectiva de nosotros, tenemos el agua al cuello, estamos sacando agua y de aquí a poco perecemos; y desde la perspectiva de Dios, las cosas están tal como deben estar: él está reposado, tranquilo, durmiendo.

Esta debió ser una escena curiosa: los discípulos sacando agua y él durmiendo. Me puse a ver algunas imágenes de naufragios y cosas parecidas. Mira, hermano, eso impresiona, porque los seres humanos no nacimos en el agua, nosotros estamos acostumbrados a tierra firme. Y cuando una embarcación pequeña se mueve, cualquier cosa de la que tú te agarres también se está moviendo; y ver a otro ser humano que también está siendo movido junto contigo, hermano, miren, eso desespera a cualquiera. Esa sensación de impotencia, esa sensación de falta de control. Yo calculé en kilómetros: cerca de ocho kilómetros sería lo que ellos iban a cruzar. O sea, que llega un momento en que tú no ves tierra ni a un lado ni al otro; solamente ves agua.

Sin embargo, esta es una de las escenas más dramáticas que yo encuentro en todos los evangelios, porque combina dos cosas: la deidad de Cristo y también su humanidad. Dios no duerme, y él estaba durmiendo. Dios encarnado está haciendo algo que solamente hacemos los seres humanos, que es descansar: Dios no se cansa. Y el que no está acostumbrado a hacer eso, el encarnado, entonces está durmiendo. Pero por otro lado, él está haciendo un asunto que solamente está al alcance de Dios: Dios encarnado se está comportando como Dios suele comportarse. ¿Y cómo suele comportarse Dios? Que Dios está por encima de las circunstancias.

Él en este momento está mostrando toda su humanidad, descansando como descansamos los hombres; al mismo tiempo está mostrando toda su deidad, porque está quitado de bulla. Están pasando las cosas que ocurren en esta creación y él no se inmuta. Yo le digo a la gente: hagan grupos de a dos y traten de explicarme el carácter de Dios, porque la gente dice: ¿cómo lo permite?, ¿y por qué lo hace?, ¿y por qué hay guerras?, ¿y por qué hay dolor?, ¿y por qué hay enfermedad? En esta tierra está sucediendo de todo y Dios está sentado en su trono en el mismo lugar. Y nuestras aflicciones no le inquietan.

Uno se desespera cuando tú estás inquieto y el otro no lo está. En los matrimonios ese es otro problema tremendo: que hay uno que es razonable y otro que es diligente. Y el diligente está moviendo cosas porque se da cuenta de que viene el problema, y el que es razonable está calculando cosas; y se desespera el otro y dice: muévete, ¿no te das cuenta?

Nuestras emociones son reales

En este momento también se manifiesta lo reales que son nuestras emociones, en la forma en que emergen en los momentos de angustia. Yo creo que las emociones Dios las diseñó, hermano. Somos tan complejos los seres humanos: tenemos un caleidoscopio de emociones, y todas esas emociones emergen. ¿Y saben cuándo emergen? Frecuentemente, en los momentos de dificultad. Es un espectáculo. Yo animo a la iglesia a que, en vez de negar nuestras humanidades, las reconozca, las acepte y las lleve hacia Cristo. No creo que nosotros debamos ir por la vida como que no tenemos emociones. Estamos llenos de emociones, muy variadas, algunas que ni siquiera podemos reconocer.

Y a veces me pregunto: ¿y cuál es el sentimiento? Hay una canción que dice así: si sé sacarle la identidad al sentimiento, yo no sé. Hay veces que a mí me visita una emoción que yo no sé qué emoción es, pero yo sé que me inquieta. Voy del miedo a la frustración, después el desconcierto, por momentos la ira, la impotencia, y todo eso está ahí. Y usted me ve tranquilito, como que nada está ocurriendo, y es un hervidero de emociones.

Yo creo que lo peor que podemos hacer es operar como si no tuviéramos emociones. Y lo mejor que podemos hacer es lo que dice la palabra del Señor —y lo escribió tiempo después uno de los que iban en la barca, Pedro, en 1 Pedro 5:7—: echando toda nuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de nosotros. Yo no creo que estemos llamados a negar que tenemos miedo: tenemos miedo. Qué bonito se ve un adulto diciendo «tengo miedo»; qué bonito se ve un adulto diciendo «estoy frustrado, desconcertado».

Y qué duro da cuando viene un hermano piadoso: no, tú tienes que estar tranquilo, tú tienes que esperar en el Señor. Estoy esperando en el Señor, pero esperando en el Señor tengo frustración, impotencia. Y eso como que se queda adentro tuyo. A veces son instintos, instintos de supervivencia. Yo no creo que un creyente deba negar que tiene el deseo de estar vivo. De hecho, me preocupan a mí los creyentes cuando entienden que han alcanzado un nivel más alto de piedad y como que rechazan la vida: «no, yo estoy listo para morirme, que el Señor disponga de mí cuando quiera, que yo estoy preparado». Yo sé, hermano, estamos preparados para en Cristo vencer la muerte, pero es un trago fuerte para todo el mundo.

Y el instinto de supervivencia es un asunto bello: eso nos dice que nosotros somos seres humanos diseñados por Dios. Vencer el temor a la muerte no suspende ese instinto de supervivencia; lo que quita es la amargura y la aparente falta de sentido que tiene la vida. Yo mismo estaba pensando respecto de eso ayer, hermano, y decía: no, yo quiero estar vivo. Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia; yo lo sé por convicción, hermano, pero yo tengo sentimientos, yo quiero ver a mis hijos crecer. ¿Me siguen respecto de estas cosas?

Yo quiero estar con mis seres queridos. Gran parte de mis familiares en este momento son creyentes, pero yo no estoy esperando que ninguno de ellos se me vaya pronto. Y usted dice: no, tal vez temprano se van a morir. Yo lo sé, hermano, y me dolerá muchísimo. Pero le tengo miedo a mis hermanos que utilizan las convicciones para anular nuestras emociones. Y la carta de la providencia, no me la jueguen, hermano, que estoy peleado con ese asunto.

Tengo cantidad de hermanos míos que, cuando paso tiempo con ellos, siempre me juegan la carta de la providencia y la soberanía de Dios. «El Señor tiene el control». Yo sé que el Señor tiene el control; el que no tiene el control soy yo. Predicó Luis Esteve hace dos semanas, y después de que predicó yo me reuní con él tres horas, y estábamos hablando de cantidad de temas. Y le decía: te voy a tratar el tema, pero por favor no me juegues la carta de la soberanía de Dios, que la conocemos; escúchame, que tengo emociones, tengo sentimientos. Entonces, ¿han visto a una persona que quiere llorar y le dicen: no, Dios es soberano? Yo sé, pero espérate, aguanta, que tengo humanidades con las cuales tengo que luchar.

Ay, por favor, hermano, no sean indolentes respecto de eso. Lloren con el que llora, consuelen al que necesita, ayuden al que está frustrado. A veces lo que hay que hacer es sentarse al lado y guardar silencio, y decir: hermano, estamos aquí, yo sé que tú estás sufriendo. No aspire a entender los sentimientos de los otros, que no los entendemos, tú no sabes. A veces lo que hay que hacer es quedarse tranquilo y decir: yo sé, vamos a esperar a que el Señor me ayude.

La aparente indolencia de Dios

Quiero hablar ahora de una emoción, que es la emoción que está aquí: un sentimiento de indolencia. A veces, en medio del dolor, nos preguntamos: ¿el Señor tiene cuidado de nosotros? Esa aparente indolencia de Dios. Estoy en el versículo 38: «y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal» —con un cojincito—, «y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?». Una sensación de indolencia.

Porque tú dices: wow, pero es que él nos dijo que nos moviéramos, él sabía que la tormenta estaba a la vuelta de la esquina y no nos advirtió, se durmió. Tú lo sabes todo, y tú sabías; y en vez de advertirnos, en vez de estar despierto con nosotros, te duermes, Señor. No tienes cuidado de nosotros.

Yo sé que ustedes son piadosos, hermano, y quizás no lo manifiestan así; pero a veces uno lo piensa y dice: Señor, tú me amas, y tú tienes cuidado de mí, pero tú lo viste. ¿Por qué no lo detuviste? ¿Por qué no me advertiste? Es al considerar que algo está al alcance de su mano e intencionalmente él ha elegido no actuar. Da duro, hermano, ver a un ser querido tuyo y tener la capacidad de accionar algo a favor suyo y no accionar. Pero él también es mi Padre, y él me ama, y él puede hacerlo, pero no quiere hacerlo.

Yo veo hermanos míos que han orado por cónyuges inconversos durante años y sufren por tenerlo. Y dicen: Señor, pero tú le salvaste a él, ¿por qué no salvas al que él tiene al lado? Hermano mío, padeciendo asuntos que le afectan en cantidad de áreas: el Señor elige a veces no actuar. Eso rompe la teología de uno y hace que uno salga a buscar respuestas.

Quizás eso fue lo que sintió Jairo, que fue donde el Maestro —él siendo un principal— y le dijo: Maestro, mi hija está enferma, ven. Y el Maestro se distrajo haciendo otro milagro. Y viene la gente de su casa y dice: Jairo, ya, no molestes al Maestro con eso. Y en ese «no molestes al Maestro» yo no puedo evitar sentir como una carga de ironía: que no molestes al Maestro, que ya murió tu hija; es como indolente, que no salió temprano, y porque no salió temprano se murió tu hija. Déjalo, Jairo, déjalo. El Señor dice: no, espérate, voy a ir y voy a hacer también el milagro allá. Pero esa sensación de: wow, Señor, tú no viniste a tiempo y murió mi hija.

Es lo que sintió María, la hermana de Lázaro, cuando el Señor eligió quedarse un ratito más, hasta que el hombre muriera; y viene el Señor a consolarles, y ¿sabe lo que le dijo María? Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Yo sé, hermano, que María es una mujer piadosa; ella no le está reclamando al Señor, ella conoce la providencia, ella conoce la soberanía de Dios. Pero duele mucho que perdiste a tu hermano y el Señor no vino temprano.

Es lo que sintió Marta, su hermana, en otro momento, cuando el Señor estaba enseñando y la dejó sola a ella preparando la comida: ¿no tienes cuidado de que mi hermana me deje servir sola? Esa impotencia se siente. Y el clamor que uno siente en el Antiguo Testamento, a Habacuc hablando: a Habacuc le rompía la cabeza que el Señor estuviera castigando a Israel y le concediera el bienestar a otros pueblos. Y él dijo, levantando las manos hacia arriba: ¿hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí.

Dios no es ni indolente ni insensible. Él tampoco está ausente. No es Dios el que necesita corregir o mejorar su carácter: somos nosotros los que necesitamos corregir y mejorar nuestra teología, nuestro conocimiento de Dios. Lea Habacuc al final y se dará cuenta de cómo Habacuc fue corregido y cómo él termina diciendo. Lea Job al final y se dará cuenta de que ellos entendieron que Dios es bueno, aunque su bondad temporalmente, aparentemente, no esté obrando a favor de nosotros. Que el Maestro esté dormido no significa que el Maestro no le esté cuidando, no le esté amando.

Yo me reía porque ellos fueron a despertar al Maestro, pero parece que ellos no están despertando al Maestro para que calme la tempestad, sino para que saque agua. No hay aquí un clamor que diga: Señor, por favor, háblale a la naturaleza. Recuerda, ellos llegaron a entender que el Señor tenía dominio y control sobre la naturaleza, pero en este momento ellos están despertando al Señor quizás con el cubo de agua en la mano: Señor, nos estamos ahogando.

Y así de ridículos nos vemos tú y yo cuando estamos aferrados a cuál es la mejor salida o solución para la situación que estamos viviendo. Tú y yo no sabemos. «Señor, si tú me ayudaras: saca agua». Señor, si tú estuvieras despierto… Quizás el Señor no va ni a sacar agua, y tampoco tiene que hacerlo de la manera tuya: él le puede hablar a la naturaleza y hacer cosas que están mucho más altas que nuestros pensamientos.

Hace muchos años fue popular este libro que les he mencionado, de Bill Gothard, que hablaba de orarle al Señor de manera muy específica. Y la gente entendía que si eran muy específicas sus peticiones, entonces estaban más cerca de que el Señor les respondiera. Hay una ilustración de su libro donde él dice que estaba pidiendo por una bicicleta y el Señor no le concedía la bicicleta; entonces él entendió que tenía que pedir la bicicleta con características muy específicas, y le oraba al Señor ahora no por una bicicleta, sino por una bicicleta con tales características, marcas y detalles muy particulares.

No es ser específico lo que hace falta: es entender que el Señor conoce lo que es mejor para nosotros, y no nosotros. Y que si el Señor no concediera la solución que nosotros entendemos que necesitamos para ese dilema, situación o problema, quizás sería nuestra destrucción; porque cuántas cosas nosotros entendemos que son la salida y no lo son. «Ay, Señor, ¿cuándo es que tú me vas a dar eso?». El Señor no te está dando eso: el Señor te va a dar lo otro, que es realmente lo que tú necesitas, aunque tú no lo vayas a pedir. Pedir como conviene, no lo sabemos, dice la palabra. Él realmente tiene cuidado, tanto de lo físico como de lo espiritual.

La lección más alta de la aflicción

Mostré en primer lugar, hermano, que la aflicción va a llegar, con sabiduría o sin ella, con el Señor o sin el Señor. En segundo lugar, que la tormenta nos puede mostrar algunas cosas sobre las aflicciones. Pero donde yo quiero llegar es a mostrarle a la iglesia el sentido más amplio que puede tener cualquier aflicción. Hay muchas lecciones secundarias que usted puede sacar de aquí, pero si usted no sacara la lección principal, creo que sería un abierto desperdicio: usted no solamente se va a pegar unos cuantos tragos de agua, sino que se va a pegar unos cuantos tragos de agua y va a seguir en la misma ignorancia en que estaba antes.

«Ah, ya yo sé que el Señor puede detener la aflicción». Eso lo saben hasta los incrédulos. Lo que yo quisiera que usted sepa es que el Señor es más grande que cualquier aflicción, que su autoridad está por encima de todo, y que la vida no se trata de suspender aflicciones. De hecho, la gente piensa que cuando la Escritura habla de vida eterna solamente está hablando de vivir en la eternidad. No: es deleite eterno, desde ahora y para siempre. Y el Señor no nos mostró la vida eterna como la ausencia de aflicciones.

Él dijo: esta es la vida eterna. ¿Qué es lo que es la vida eterna? ¿La vida eterna es tener mi casa, la vida eterna es tener mi carro, la vida eterna es tener seguridad? Ese es el problema de Latinoamérica, hermano: todas las cosas que pueden dar relativa vida en Latinoamérica hay que salir a buscarlas. Hay que buscar la salud, hay que buscar la educación, hay que buscar la vivienda, hay que buscar la seguridad, hay que tener un tinaco, un inversor. Son muchas cosas, hermano.

Y antes de venir a Cristo, todos nosotros entendemos que la vida consiste en suspender aflicciones, y que a alguien le está yendo bien porque tiene menos aflicciones que tú: «ya de esas yo no tengo, entonces estoy mejor». El Señor mostró que la vida no consiste en eso. Esta es la vida eterna, esto es lo que gozo desde aquí hasta la eternidad, dijo el Señor: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado».

El profundo, verdadero y permanente deleite no es tener un chin más de salud que la media de tus contemporáneos. Yo usaba, hermano, uno de estos dispositivos para medir la salud, y dejé de usarlos durante muchos años; y un día pasado me regalaron otro y comencé a usarlo. ¿Y qué es lo que dice la medición? Usted tiene 42, pero según la medición que estamos haciendo en este momento, la salud de su cuerpo anda como por 56. ¿Qué es esto? Y te muestra un baremo de que usted está tal o mejor, y te va midiendo diferentes partes: no, mire, su respiración, usted debería estar teniendo tal cantidad de respiraciones, pero tiene tantas; su corazón en reposo está en tanto. Y tú te sientes como más o menos mejor.

Eso no es vida. Hay otra cosa que es vida. Vida no es tener un poquito más de salud que los otros, vida no es tener un poco más de resistencia cardiovascular que la media. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, y a Jesucristo, a quien has enviado. El fin último en la vida del incrédulo es que las enfermedades importantes no le alcancen antes de los cincuenta. ¿Entiendes? Ese es el fin último en la vida de ellos; los creyentes tienen fines que son mucho más altos.

Digo esto, hermano, con convicción: si la aflicción nos permite conocer mejor a Cristo, la aflicción puede ser tenida como una herramienta. «Me siento muy mal porque ahora también estoy afligido por allí». No es la aflicción que tienes: es si eso te está permitiendo entender quién es este que aun el viento y el mar le obedecen. De eso se trata.

Hay un artículo que leí hace muchos años y volví a leerlo esta semana. Lo escribió John Piper, y el título del artículo es muy interesante: dice «No desperdicies tu cáncer». Los puntos de su artículo son los siguientes; se podrían resumir en que si la aflicción nos permite conocer mejor a Cristo, la aflicción es buena.

Primera cosa, dice él: desperdiciarás tu cáncer si no crees que fue diseñado por Dios con un propósito para ti. «¿Y esto que me ha sobrevenido, por qué?». Espérate: hay un Dios soberano que te conoce, que conoce cada molécula de tu cuerpo, que lo concedió. Y hasta que tú no entiendas que el Señor concedió ese tipo de tormenta para ti específicamente, tú vas a estar luchando. Desperdiciarás tu cáncer a menos que entiendas que fue diseñado por Dios con un propósito para ti.

Otro de los puntos, dice él: desperdiciarás tu cáncer si buscas alivio en tus posibilidades de supervivencia —pongo yo— en vez de buscarlo en Dios. La gente dice: no, mira, ese cáncer ahí en esa parte del cuerpo tiene como un 15% de probabilidades; si tú tienes menos de tantos años, entonces serían tantas. No busques consuelo en eso, búscalo en Dios. Dice Piper: el mundo se consuela en sus probabilidades, pero no los cristianos. Y cita la Escritura, donde dice que algunos confían en sus carros —pon: porcentajes de supervivencia— y otros en sus caballos —los efectos secundarios del tratamiento—, mas nosotros en el nombre del Señor nuestro Dios confiaremos.

Dice él que el designio de Dios está claro en 2 Corintios 1:9: «dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos». El objetivo de Dios en nuestro cáncer, entre otras miles de cosas buenas, es derribar los objetos en que se apoyan nuestros corazones, para que podamos depender completamente de él.

Desperdiciarás tu cáncer si te niegas a pensar respecto de la muerte. «No pienses sobre la muerte, hay que mantener una actitud positiva». Piensa en la muerte como una posibilidad: quizás no solamente te sanes, sino que también te vuelvas un poquito más piadoso. Desperdiciarás tu cáncer si piensas que vencer el cáncer significa vivir, en lugar de atesorar a Cristo. Desperdiciarás tu cáncer si pasas demasiado tiempo leyendo sobre el cáncer y no suficiente tiempo leyendo sobre Dios.

No googlee mucho, hermano, cuando esté así. Yo le tengo miedo a esos resultados; no es diagnóstico, hermano, no es miedo, no es impresión, pero cuánta confusión, una bruma de información. Lea sobre Dios, que él tiene control de todas las cosas. Dice él: desperdiciarás tu cáncer si fallas en usarlo como un medio de testimonio de la verdad y la gloria de Cristo. El asunto no es la enfermedad que tienes, no es el padecimiento que tienes, no es la aflicción que tienes, sino cómo eso se ve en ti y qué ven los demás en ti cuando tú tienes eso.

Gran tranquilidad

Los discípulos necesitaban un milagro físico, pero sobre todo necesitaban una lección espiritual. Y aquí están ambas cosas. Dice el 39: «Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza» —hubo gran tranquilidad, transmiten otras traducciones—. Gran tranquilidad. Yo estaba buscando una imagen, hermano, que ilustrara eso, y la primera imagen que pensé fue la imagen de una tormenta, y agua así, agresiva. Y después encontré esta fotografía, hermano, y dije: eso es lo que yo quiero mostrarles a mis hermanos. No es la gran tormenta, sino la gran tranquilidad que el Señor podría traer en medio de tu tormenta.

Yo quiero que usted no vea tanto la ola grande: yo quisiera que usted vea a Cristo en medio de la ola. Mano, usted no solamente quiere sanarse, usted no solamente quiere la solución, usted no solamente quiere la salida, usted no solamente quiere que cese la aflicción: usted quiere conocer mejor a Dios y a Jesucristo, a quien él ha enviado, porque eso es vida, y eso es vida en abundancia.

Él no lo dejó ahí. De hecho, el milagro preparó sus mentes para recibir la lección espiritual, y aquí es que está la lección espiritual. Yo perdería mi tiempo diciéndole a la iglesia que el Señor está en la barca; eso no es lo que yo quiero que usted sepa. Yo quisiera que Cristo se vea aún más grande que cualquier aflicción que usted tenga. Cuando tú lo pongas de tú a tú, tú dices: eso se ve grande. Pero Cristo se ve más grande que la aflicción.

Mi tentación primera fue buscar un sinnúmero de enfermedades y citárselas. Agarre usted la suya, hermano, que no se la iba a mencionar; pero él es más grande que esa. O problemas en las relaciones: él es más grande que eso también. O aflicciones históricas que visitan familias, hermano: él es más grande que esa aflicción histórica. El propósito más alto aquí no es que usted sepa que la aflicción puede detenerse; la lección más grande es que la aflicción puede detenerse y que usted puede conocer a Cristo aún mejor después de la aflicción.

Temieron con gran temor

Dice el Señor, después de que se ha calmado, después de que el mar está así y de que usted ha visto esto tan dramático: ahora sí, vamos a mostrarles cuál es la lección. Levantándose, reprendió al viento y dijo al mar: calla, enmudece, y cesó el viento. Entonces vamos a darles la lección. ¿Cuál es la lección? Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? El asunto no es que ellos tuvieran o no tuvieran temor, sino lo que ellos estaban haciendo con ese temor. No fueron reprendidos por sentir miedo, sino por dejarse dominar por ese miedo, por la desesperación, por el cuestionamiento.

Mano, no es que eso no impresione: eso impresiona. Tú serías un necio si no entiendes que eso es impresionante. Si tú realmente soslayas, subestimas tu aflicción, hermano, ese no es el camino del cristiano. El camino del cristiano es decir: no, mira, esa es realmente una ola grande, fuerte es. Cuanto más alto se vea, más alto se debe ver Cristo. Eso es lo que queremos que usted vea. No es «eso no es nada, hermano»: claro que es algo, claro que es algo.

Así como antes ellos estuvieron atemorizados por la tormenta… Me interesa mucho cómo Marcos documenta la expresión. Dice el 41: ellos estaban atemorizados, tenían temor; pero ahora miren cómo Marcos lo acota, dice él en el 41: «entonces temieron con gran temor». Yo estaba atemorizado por la tormenta; pero ellos están temiendo con gran temor al que hay que temer con gran temor. Téngale miedo a muchas cosas, hermano, pero siéntase profundamente sobrecogido por la autoridad de su Señor.

Ese gran temor es un profundo sentido de respeto y de admiración. ¿Han visto fenómenos naturales fuertes? ¿Han visto cómo zumban los vientos? Tú dices: wow, eso es poderoso, eso es fuerte. Ahora yo quisiera que usted diga: y Cristo es aún más poderoso y aún más fuerte. Está el diagnóstico médico, que hay que buscar un equipo para explicarlo: este médico con este médico con este médico —a mí no me gusta hacer rondas tanto, pero está bien—. Díganme, ¿qué es lo que hay? Mire, lo que hay es esto. Uf, eso es grande. Yo quiero que usted vea algo grande para que usted vea a Cristo todavía más grande. A menos que usted sea afligido por olas grandes, hermano, usted siempre va a ver a Cristo más pequeño que la ola. Usted debe ver a Cristo más grande que la ola. Es un reconocimiento de su capacidad y de su poder: él es poderoso. Eso es lo que queremos que usted vea.

Había otras barcas

En el versículo 36 se comienza diciendo que había otras barcas. Estaba hablando con el pastor Ricardo, un amigo querido, y le dije: mira, voy a exponer este texto, ¿cómo se puede leer este texto? Y me dice Ricardo —sí, Rafa—: mira, al final tú tienes que decirle a la iglesia… Y yo lo anoté así mismo, le dije gracias, y le dije: ya te di el crédito. Y me dijo: tú tienes que explicar el texto, y después que expliques el texto, cuando tú termines, entonces tienes que llevar la atención de la iglesia al versículo 36 y decirle: hermano, ¿ustedes no se han dado cuenta de que esa no era la única barca que había en el mar, sino que había otras barcas?

¿Y por qué Marcos documentó que había otras barcas? La respuesta es la siguiente. En el mar de Galilea había muchas barcas y había muchos pescadores, y todos ellos fueron afligidos, y quizás todos se salvaron. Pero había una barca donde no solamente hubo salvación, sino que al mismo tiempo se amplió el entendimiento de ellos: y es la barca donde estaba el Señor. Mano, la iglesia de Cristo va a ser afligida como será afligido el mundo, por todo lo que venga. Pero en la barca donde está el Señor no solamente habrá salvación: al mismo tiempo habrá un mayor entendimiento, nuestro Cristo se verá aún más glorioso. Había muchas barcas, es verdad; pero en esta fue que hubo no solamente calma, sino que hubo calma y también hubo un profundo entendimiento.

Hermano, no solamente te sanes; que si tú te sanas solamente, tú estás al nivel del común de los hombres. Sánate y al mismo tiempo adórale. Hermano, no solamente salgas de tu aflicción económica, que mucha gente ha salido de líos más grandes del lío en el cual estás tú, y dan conferencias y todas las cosas, y se vuelven influencers. Yo no solamente quiero que usted salga de sus problemas financieros: yo quisiera que usted salga de sus problemas financieros con la convicción de que su Señor se ve mucho más grande que los problemas que había.

El propósito más grande de la aflicción es mostrarnos primero un poder, para que, al confiar en Cristo y ser guardados por él, lleguemos a verle a él como alguien aún mucho más grande. Si temimos a la tormenta, entonces, al ver que la tormenta y el mar le obedecen, llegaremos a sentir gran temor, como dice la palabra.

Cristo es más grande. No puedo, hermano, tengo que mencionar algunos: mira, Cristo es más grande que tu divorcio. «Usted no sabe lo que se vive en un divorcio», me dice alguna gente. Yo sé lo que es ver a Cristo: Cristo es más grande que eso. Cristo es mucho más grande que tu caída. La gente dice: no, es que tú no sabes lo que yo he vivido, mira, yo fui a ver lo profundo del mal. Cristo es más grande que tu pecado, Cristo es más grande que tu caída; si tu caída te impresionó por lo poderosa que era, impresiónate aún más por el Señor que te sacó de tu caída.

Cristo es más grande que tu conflicto familiar. No, no, yo veo conflictos familiares que ustedes no se imaginan, esos nudos que parecen insalvables. Hay familias que parecen como fuerzas de la naturaleza, como que te halan, te halan y te halan siempre hacia eso, y tú dices: ¿en algún momento se va a detener? Yo no sé si se va a detener ahora o se va a detener mañana; ahora, yo sé que Cristo es más grande que tu conflicto familiar.

Y aquí se ve el evangelio. El evangelio muestra que Cristo es más grande que cualquier tormenta, y que por su misericordia la tormenta puede ser utilizada para que tú le conozcas a él. El asunto no es de dónde tú saliste, de dónde fuiste sacado: el asunto es a quién has conocido cuando saliste de allí. Oro para que todos ustedes no solamente puedan decir que salieron y que salieron vivos; yo quisiera que salgan de ahí mirando a Cristo todavía más glorioso, todavía más grande. Mi oración no es que esta iglesia no sea afligida: mi oración es que Cristo se vea más glorioso en medio de nuestra aflicción.

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