Estamos realmente contentos. Cada año que el Señor nos concede es un año donde nos muestra su fidelidad. Tal cual decía mi hermano Edwin, para algunos han sido dieciséis, para otros han sido doce, para algunos ha sido uno. Pero si no fuera por la misericordia del Señor, no hay un solo día que nosotros pudiéramos permanecer juntos. Hace rato nos hubiéramos dispersado.
Pueden abrir sus Biblias en el Evangelio de Juan, capítulo 17, para leer allí el versículo 21. En esta porción de la Escritura quiero mostrarle a la iglesia un mejor modelo de unidad. Es un solo versículo de la palabra del Señor. Es un texto que ya antes hemos expuesto; creo que la última vez fue en pandemia. Pero mucho de lo que se hizo en pandemia ha de volver a hacerse. Fueron días excepcionales.
Hoy solamente pondré la atención de la iglesia en el versículo 21 para ver aquí un mejor modelo de unidad. Es la oración del Señor por sus discípulos y también por su iglesia en su conjunto. Dice así la palabra de Dios:
Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.
— Juan 17:21
Lo más impresionante que tiene el pueblo del Señor
Pueden sentarse, mis hermanos. Muchas personas asisten al culto de una iglesia y pueden ver una congregación reunida. Eso es algo valioso, es muy impresionante. Hay gente que puede venir a la reunión de una iglesia y escuchar muy buena música; son de las cosas que el Señor nos concede. Otros vienen y son impresionados por los edificios, por la liturgia, quizás por un orador bien dispuesto que puede impresionar a multitudes cuando expone la palabra del Señor. Todo eso puede llamar más o menos la atención.
Pero la cosa más impresionante que tiene el pueblo del Señor no es la música, no es el edificio, no son los predicadores, no es la liturgia. Es que dondequiera que hay una iglesia que por Dios ha sido reunida, en esas relaciones hay algo mucho más profundo que el afecto: es que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones.
Lo que hace posible que la iglesia permanezca en pie no es nuestra capacidad organizativa, no es nuestro liderazgo, no son modelos, no son estrategias. En la iglesia del Señor esas relaciones no han sido establecidas por ningún hombre. Dios ha estado tejiendo a través de la historia un gran cuadro, que es el cuadro de la redención. De forma tal que donde la iglesia del Señor está reunida, ahí hay un milagro. Ahí hay relaciones que no son de afinidad, que no son de gusto ni de preferencia. Ahí hay, sobre todo, una oración contestada.
Hoy expongo un versículo de una oración del Señor, pero sobre todo quiero testificar a la congregación que dieciséis años de historia no han sido por nuestro poder, no han sido por nuestra capacidad, no es que nosotros seamos muy buenos.
Es que el Señor oró por nosotros y el Padre respondió a su oración. ¿Por qué todavía hay iglesia en este mundo? Todavía hay iglesia porque Cristo en un momento oró por nosotros y el Padre concedió esa oración: «Para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste».
Yo creo que cada iglesia llega a conocer a su pastor, y ustedes saben que este ha sido un año particular en la historia de nuestra iglesia. Yo mismo hablaba hace cerca de un mes, cuando conversábamos del aniversario, y decía: yo como que no tengo ánimo de celebración. Yo no vengo a celebrar mis emociones, yo vengo a celebrar la fidelidad de mi Dios, que hasta aquí nos ha traído. Esto no es cómo uno se sienta. Ha sido un mes particular: cantidad de hermanos enfermos, cantidad de tristeza, cantidad de aflicción, y por dondequiera que uno se mueva, aflicción y aflicción. Y al mismo tiempo, fidelidad tras fidelidad. El Señor ha sido bueno.
Nosotros fuimos creados para vivir en comunión con Dios. Por lo cual, hasta que esa relación —la relación de Dios con su criatura— se restablece, los seres humanos estamos buscando, anhelamos, perseguimos una verdadera comunidad. La gente quiere encontrar un lugar donde haya verdadera afinidad, sentido de pertenencia, donde las relaciones sean de verdad. Un lugar donde seamos realmente aceptados, comprendidos, afirmados.
Y realmente esa comunidad existe. Lo que pasa es que no podemos verla con ojos naturales. Hay un lugar en esta tierra donde las relaciones son de verdad. Hay un lugar en esta tierra donde las cosas son reales, donde la gente no se prefiere por un interés secundario. Y ese lugar es la iglesia del Señor, comprada a precio de sangre. Sin embargo, llegar a ser uno con nuestros hermanos es más que poesía. Se requiere encontrarnos en Dios, una relación con el Padre a través de Cristo. Más que un asunto social, es una realidad espiritual.
La unidad de la iglesia es una oración contestada
Hoy veremos tres cosas. Veremos que la unidad de la iglesia no es un proyecto humano, no es algo que está a nuestro alcance. La iglesia no es una porque nosotros queramos ser uno; la iglesia es una porque el Señor lo hizo. Alguien dirá: ¿y cómo han logrado dieciséis años seguir juntos? No lo hemos logrado. Él lo sigue logrando en nosotros. Veremos en segundo lugar que la iglesia tiene para su unidad un modelo superior, más alto que cualquiera de las expectativas que ninguno de nosotros pudo haber tenido, que es la relación del Padre con el Hijo. Y veremos sobre todo que la unidad de la iglesia es un precioso testimonio al mundo; que la iglesia debe ser vista, que ha sido colocada por el Señor en medio de la tierra para que el mundo sepa que realmente el Padre lo había enviado.
Comienzo mostrando que la unidad de la iglesia es una oración contestada. Lo que tenemos aquí en Juan capítulo 17 es una larga oración del Señor por sus discípulos. Aquí el Señor no está enseñando, el Señor está orando. Pero sabemos por el versículo 1 que cuando Él oró, oró a viva voz al Padre y en presencia de sus discípulos, de forma tal que los discípulos pudieron escucharlo mientras oraba. Y después de eso, el Señor inspiró al apóstol Juan para que documentara la oración. En este momento tenemos al Señor orando y nosotros podemos escucharlo. Si no fuera porque el Señor mismo inspiró a Juan para que lo documentara, esto sería un exabrupto.
¿Sabe usted lo íntimo que es un momento de oración? Uno sabe que conoce verdaderamente a una persona cuando puede orar con esa persona. Usted puede ver a Jesucristo enseñando, pero ver a Jesucristo orando, esos son niveles muy altos de intimidad. Y el Señor en su misericordia permitió que una de sus oraciones al Padre, una de las últimas y más extensas, fuera documentada, y aquí podemos ver lo que había en su corazón.
Hay una aprehensión que yo tengo, y es que yo anoto mis motivos de oración. Tengo la oficina de la casa sumamente desarreglada y mis cuadernos de oración andan regados en diferentes sitios. Y yo digo: si eso cae en manos de alguien y la gente ve por lo que yo he estado orando, realmente llegarían a conocerme y sabrían lo que verdaderamente hay en mi corazón. Si usted ve al Señor orando, si usted escucha la oración del Señor, usted podría saborear por un momento qué era lo que movía el corazón de Cristo. Podría conocer al Señor verdaderamente.
El contexto inmediato es que el Señor está orando y, evidentemente, en su misericordia, Él permitió que esta oración se documentara. Ahora, el contexto más remoto es que los discípulos estaban muy tristes. En el último momento de su ministerio, el Señor comenzó a predicar lo que los discípulos no querían oír. Comenzó a hablar respecto de la cruz, comenzó a hablar de aflicciones, de persecuciones. Él les decía: ustedes ahora me ven, pero después no me verán. Y ellos decían: ¿qué es lo que Él está diciendo? Fue el momento donde el Señor dijo: yo me voy, pero les enviaré otro Consolador. Y los discípulos decían: yo no quiero otro Consolador, yo te quiero a ti.
De hecho, el capítulo anterior, el capítulo 16, es un capítulo lleno de aflicciones. Y aparece el capítulo 17, donde el Señor, en medio de la aflicción, ora por la unidad de la iglesia. La parte de esta oración que nos compete, el versículo 21, es aquella donde el Señor deja de orar por los discípulos que ya tenía. Dice el versículo 20:
Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos.
— Juan 17:20
En este momento el Señor comienza a orar no por Pedro, no por Juan, no por Jacobo, sino también por ti y por mí, aunque ninguno de ellos conocía nuestro nombre. No está orando por la unidad de Pedro con Juan; está orando por nuestra unidad hasta en el siglo XXI. Él está orando no solamente por estos, sino por los que van a creer por el testimonio de estos. Y en los que van a creer por el testimonio de estos, ahí estamos nosotros.
Por qué Cristo oró por la unidad
¿Por qué Cristo oraba? ¿Por qué pedir por la unidad? Miren, había un problema que iba a llegarle a la iglesia primitiva y que el Señor ya estaba mirando. En ese momento era un grupo pequeño: doce, más un grupo de setenta, quizás ciento veinte. Pero en la primera predicación de Pedro, tres mil fueron alcanzados en un solo momento y se unieron a la iglesia. Y el Señor está pensando: si este es un grupo pequeño, si los apóstoles son doce y entre ellos no han podido ponerse de acuerdo y están generando conflictos, ¿qué será cuando la iglesia crezca? El Señor tiene una sincera preocupación por la unidad de la iglesia, y esa preocupación no la convierte en un discurso, sino en un ruego, en una oración.
Cristo conocía los prejuicios que los judíos tenían respecto de los gentiles, y de ahí a pocos años la iglesia se llenaría de gentiles. ¿Sabe usted lo difícil que fue convivir en una audiencia mezclada? Hay gente que no ha entendido todavía que la iglesia no es un asunto de afinidad, y que cuando la iglesia se vuelve muy diferente para nuestros ojos, nuestras preferencias están en su mejor momento.
La iglesia es un morir soñando
Yo trataba de resumir lo que iba a enseñar hoy y escribí que le quiero enseñar a la iglesia que la iglesia es un morir soñando. Entre las bebidas raras que hay en esta tierra, el morir soñando es una de ellas. Son los lácteos con los cítricos, juntos, haciendo un asunto que termina siendo bueno. Pero si no se hace de la manera adecuada, se corta. Y en vez de morir soñando, usted se va a comer una borruga.
La iglesia del Señor es un milagro. ¿Usted sabe lo peligroso que es reunirnos nosotros como iglesia, con nuestras diferentes personalidades, con nuestros diferentes trasfondos, con nuestras múltiples preferencias? Usted saca a Cristo de la ecuación y se corta. Lo que hace que la iglesia permanezca en pie es que la fórmula de este asunto no se hizo en la tierra: se hizo en el cielo. El Señor añadía cada día a su iglesia a los que habían de ser salvos.
Una de las satisfacciones que me dan los dieciséis años de PezMundial es que yo tengo la limpia conciencia de que esta congregación no ha sido reunida por el carisma de un hombre. La razón por la cual usted está aquí no es que el edificio lo trajo. Con toda seguridad, no fue la música de PezMundial lo que hizo que usted estuviera aquí. Usted ha sido comprado a precio de sangre. Y cuando yo miro alrededor, yo veo el poder del evangelio haciendo que personas de diferentes trasfondos, preferencias, personalidades y generaciones compongan algo que se llama el pueblo del Señor, con la dignidad que eso tiene.
Yo lo anoté, hermano, y puse que nosotros somos una iglesia bien mezclada de gente muy distinta —diferentes generaciones, personalidades y trasfondos—, pero con una cosa en común, y esa cosa en común es Cristo. Si esto no se formula de la manera adecuada, hace rato que no tendríamos un pie en pie. Eso es el morir soñando. La fórmula de esto tiene que ser hecha por la mano de Dios. Es algo que termina siendo rico, que termina siendo delicioso, pero sumamente peligroso. Hermano, si Cristo no estuviera aquí, hace rato que los conflictos nos hubieran arropado. Si Cristo no estuviera en nosotros, hace rato que la iglesia hubiera sucumbido. Pero todavía la promesa del Señor sigue en pie: Él conoce a los que son suyos.
Un pueblo nuevo, de ciudad en ciudad
He estado hablando de los prejuicios que tenían los judíos respecto de los otros que eventualmente compondrían el pueblo del Señor. En ese momento la iglesia era muy homogénea. Todos se parecían: un grupo de galileos, con trasfondos similares, cuyo referente era Jerusalén. Eventualmente serían un conjunto de gentiles cuyo referente sería Roma.
Al primero que hubo que decirle «mata y come» fue a Pedro. Pedro decía: mis prejuicios son tan fuertes que yo no me siento a comer a la mesa suya. Y el Señor le mostró un cerdo. Miren, para un judío comer cerdo era la cosa más aberrante que podía existir sobre esta tierra. Y a Pedro le mostraron un cerdo descendiendo del cielo y le dijeron: Pedro, mata y come. La gente se queda en la norma alimentaria. Lo que le están diciendo a Pedro es: Pedro, la iglesia no se va a parecer a ti, se va a parecer a mí. La iglesia no será en tus términos, sino en mis términos. Y la membresía de la iglesia estará compuesta por gente que come y que no come cerdo.
Hubo un problema tan grande que hubo que hacer un concilio; se llama el Concilio de Jerusalén. Y antes de que ellos se reunieran, yo me gozo de saber que ya Cristo había orado por su iglesia. Los hombres creemos que los concilios van a resolver las desavenencias. Hermano, lo único que resuelve las desavenencias es que Cristo en un momento oró por la unidad de su iglesia. Y la iglesia seguirá en pie y seguirá unida, no porque nosotros nos pongamos de acuerdo, sino porque Él le oró al Padre y el Padre se lo concedió.
Si mantener unido a este grupo en Jerusalén fue difícil, imagínense ustedes las iglesias del Nuevo Testamento. Después de la muerte de Cristo surgió algo nuevo en Jerusalén. ¿Qué era esta novedad? Que desde Jerusalén hasta toda Judea, pasando por Samaria y hasta lo último de la tierra —Roma, Corinto, Galacia, Éfeso, Filipos, Colosas, Tesalónica—, de ciudad en ciudad, hasta Santo Domingo, República Dominicana, un grupo de gente rara que no había conocido presencialmente a nuestro Señor Jesucristo comenzó a reunirse como iglesia. Y eso funcionó. Tiene dos mil años funcionando.
El milagro de la iglesia es que gente de diferentes trasfondos, culturas y religiones depusieron sus intereses particulares y, por un milagro, llegaron a componer un pueblo mucho más grande, algo nuevo. Ellos no eran una nación, no eran un imperio, no eran un partido, no eran una escuela de pensamiento, sino algo radicalmente distinto. No tenían un liderazgo central, no tenían una agenda política, no aspiraban a tomar el poder. Discretamente permanecían juntos como hermanos y se llamaban hermanos.
Tengo una tristeza en el corazón, y es que ahora todo el mundo dice «Dios te bendiga, hermano», «hermano, Dios te bendiga», y ha vuelto como un estándar, como un saludo. Por favor, no me diga hermano, a menos que usted entienda que usted y yo tenemos el mismo Padre. Esto no es un formalismo, no es un saludo, es una convicción. A veces me mandan saludos para mis familiares que no han creído: salúdame al hermano fulano. Hermano no. ¡Cuánto quisiera yo que fuera el hermano fulano!
La iglesia es un milagro. No es mi afecto lo que hace que usted sea parte, es que tengamos el mismo Padre. Fíjese que el Señor dice «que sean uno», y después le pone «en nosotros». Escuche: no que sean uno en afecto, que sean uno en intención, que sean uno en reunión; no, que sean uno en nosotros. Cuánto quisiera yo que todos mis familiares crean, cuánto quisiera yo decirle hermano a cantidad de gente con convicción, pero no puedo, porque mi cariño y mi afecto no hacen que usted componga esta comunidad particular de gente comprada a precio de sangre, que tiene una fe, un Señor y un bautismo. Hay muchas reuniones en esta tierra, pero la iglesia es otra cosa: las relaciones tienen una naturaleza diferente.
Un modelo superior: la relación del Padre con el Hijo
He estado mostrando que la unidad de la iglesia es una oración contestada. No fue que Pedro y Juan se pusieron de acuerdo. No fue que hicieron cinco concilios y se unificaron. Es que el Señor oró y el Padre se lo concedió. Y aquí estamos.
Muestro ahora que la unidad de la iglesia tiene un modelo que es superior. ¿Cuál es el modelo? «Como tú, oh Padre, en mí y yo en ti». Hay modelos incorrectos de lo que la iglesia debería ser. Hay gente que cata iglesias, ellos saborean iglesias y dicen: esta tiene más unidad que aquella, esta sí. Y andan buscando la iglesia ideal.
Nosotros no somos el estándar. Hay una relación que es el estándar, y es la relación del Padre con el Hijo. Menciono los modelos incorrectos para poder clarificar el asunto ante la congregación. La unidad de la iglesia es un asunto distinto de la uniformidad y de la estandarización. Nosotros no somos uno porque hayamos perdido nuestras diferentes personalidades. Somos uno porque hemos sido colocados en Cristo Jesús.
El Padre y el Hijo tienen su característica distintiva, tienen su persona. El Hijo no tiene que dejar de ser el Hijo para unirse al Padre. El Padre no tiene que dejar de ser Padre para unirse al Hijo. Y tú no tienes que dejar de ser tú para unirte conmigo. Lo que los dos tenemos que hacer es unirnos en Cristo.
No estamos aspirando a que usted pierda sus rasgos distintivos. Mis hermanos todos tienen registros de personalidad diferentes y me gozo en eso. Hay hermanos que son sociables, otros son introvertidos; hay hermanos míos que son muy explosivos, otros muy reservados; unos son de naturaleza gregaria, otros son solitarios. Pero si realmente somos hermanos, usted tiene un Padre y yo tengo el mismo Padre, y con convicción nos decimos hermano. No es un asunto de perder nuestros rasgos distintivos; es un asunto de encontrar un rasgo distintivo que es más grande que todos nosotros.
Ni uniformidad ni estandarización
No es uniformidad. Es hermoso que lleguemos a unirnos sin anular nuestras personalidades. Uniformidad sería disfrazarnos con un ropaje, un vocabulario y actitudes aprendidas para simular que somos uno. No hay que disfrazarse. Tu vocabulario y el mío quizá no son el mismo, tus referentes y los míos probablemente son diferentes. Lo que no vamos a dejar de tener en común es a Cristo. Nosotros no nos unimos en torno a algo que antes teníamos; nos unimos en torno a algo que te faltaba a ti y que me faltaba a mí.
Hay grupos de afinidad en esta tierra, hermano, y eso está muy bien. Yo camino todos los días en el Parque La Pradera y puedo ver hasta quince grupitos: el de los aeróbicos, un grupo de salsa, unos que hacen kickboxing —y yo, wow, una cantidad de gente dándole al boxeo—, otros que saltan la cuerda, el grupo de los que pasean su perrito. Todos son grupos de afinidad, y está muy bien que existan, pero la iglesia no es un grupo de afinidad. Nosotros somos un grupo de naturaleza. Tú y yo no tenemos que tener algo aparte de Cristo para ser hermanos. Lo que tenemos en común es Él.
Tampoco es estandarización. Estandarizar es que nos ponemos de acuerdo en una norma y nos obligamos a vivirla. Aquí no estamos estandarizando; aquí estamos encontrando a Cristo. Esto es mucho más profundo que un acuerdo. Yo celebro que existan credos, declaraciones de fe, iglesias confesionales, pero lo que une a la iglesia no es una declaración de fe. La declaración de fe podría describir la unidad de la iglesia. La iglesia es unida porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Y cuando el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, entonces podríamos tener una declaración de fe. Pero lo que une a la iglesia no es un credo, lo que une a la iglesia no es un concilio. A la iglesia la une que hay algo que fue derramado en ti y algo que fue derramado en mí.
¿Cuál es la forma en que podemos alcanzar esto? La única forma posible está aquí en el mismo texto: que sean uno en nosotros. Por favor, hermano, no pida que la iglesia sea como usted. Pida que todos nosotros nos parezcamos un poco más a Cristo.
Mientras nos aferremos a nuestros modelos incorrectos, fuera de Dios, siempre estaremos insatisfechos, decepcionados y divididos. Mientras más veamos a Cristo, más seremos la misma iglesia que Cristo quiere que seamos. No es un asunto de lo que yo quiero, hermano, es lo que Él quiere.
Yo lo resumo así: no hay iglesia posible para quien ignore lo sobrenatural de la iglesia. La iglesia es más que una asociación o una organización: es naturaleza. Alguien dirá: es que yo soy el presidente de mi junta de vecinos. Excelente, eso está bien. Pero esto no es una junta de vecinos. Usted y yo no estamos juntos porque tengamos un activo en común. Esto es algo mucho más profundo. No hay iglesia posible para quien busque en su hermano lo que solamente en Dios va a poder encontrar.
La Biblia dice que si tú crees, por esa nueva naturaleza, de manera natural tú te vas a unir. Esto no es algo que haya ni siquiera que forzarlo. Yo veo a la gente y me dicen: no, es que yo no estoy estructurado para ser cristiano. Nadie está estructurado para esta nueva comunidad que Dios está creando. Él lo hace. Y mientras mejor conozcamos al Padre y al Hijo, mejor será nuestra unidad. Lo que hace falta es más teología y menos sociología. ¿Usted quiere unir una iglesia? Miremos a Cristo. Miremos la relación que Él tiene con el Padre.
Lo que hay en la relación del Padre con el Hijo
No quiero sobreabundar en el mismo punto. Lo que he estado mostrando es que la unidad de la iglesia tiene un modelo superior, que no es nuestra expectativa ni nuestro modelo, sino la relación del Padre con el Hijo. ¿Cómo es esa relación? Yo me gozo, hermano, en no responder preguntas. Usted me dice: ¿qué es lo que aprendemos de la relación del Padre y el Hijo? Que eso es un misterio, pero funciona. Yo no entiendo la Trinidad. Usted me dice: explícame la Trinidad. Yo no entiendo ese asunto. Yo lo recibo, lo disfruto, lo reconozco, pero el mecanismo por el cual existe un Dios con tres personas y está integrado es un misterio para mí.
Yo tengo dieciséis años en el ministerio pastoral y todavía no sé responder cómo es que funciona una iglesia. ¿Qué es lo que Cristo hace en nosotros? ¿En qué parte de nuestra vida lo hace, de forma tal que nosotros, que éramos ajenos a la vida de Dios y a estas hermosas relaciones, ahora hemos sido despertados a una nueva comunidad de fe, de esperanza y de amor? ¿En qué momento a uno le instalan algo? Yo no sé. Y así como no sé describir la relación del Padre con el Hijo, pero la disfruto, tampoco sé describir qué fue lo que a ti te unió conmigo y a mí me unió contigo. Pero yo digo que es real.
Cuando estoy en medio del pueblo del Señor, yo siento una identidad, como que este es mi pueblo. Y no es solamente aquí: dondequiera que haya una iglesia reunida, en mí hay como un entusiasmo. Y yo digo: es el amor de Cristo que ha sido derramado en ellos y también en mí. Si usted siente eso, usted nació de nuevo. Un cosquilleo, un entusiasmo, un reconocimiento, un «esta es mi gente». Ese sentido de identidad, ese saber que somos suyos, eso lo hace el Señor.
¿Qué es lo que hay en la relación del Padre con el Hijo, aparte de ese misterio? Podemos ver que el Hijo se subordinó al Padre sin perder su dignidad, su deidad ni su personalidad. Hay gente que anda buscando como un comunismo horizontal: que aquí no haya nada, que todos seamos iguales. No tenemos que ser todos iguales para estar unidos. El Padre y el Hijo no perdieron su característica; Él se subordinó voluntariamente al Padre y no dejó de ser Dios, Él seguía siendo Dios y decía: mi Padre y yo una misma cosa somos. Yo creo que con facilidad podemos servirnos y ser servidos sin perder nuestra dignidad. Sirviendo, hermano, nos parecemos más a Él que siendo servidos.
¿Qué más aprendemos de la relación del Padre con el Hijo? Que el Hijo deseaba realmente estar con el Padre. Yo lo veo a Él en esa última semana de su ministerio público diciendo: Padre, ya. Dice así mismo el versículo 5 del capítulo 17:
Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.
— Juan 17:5
Él está deseando tener eso. Yo creo que todo verdadero creyente debería desear volver a reunirse como iglesia. Debería anhelar estar en medio de sus hermanos. Tú sabes que no has nacido de nuevo porque todavía te es pesaroso pasar tiempo con el pueblo de Dios. Y yo respeto eso, hermano; a todo el que invitamos a la iglesia yo lo veo luchando. Yo reconozco que uno lucha. Ahora, llega un momento en que tú dejas de luchar. ¿Y sabes cuándo dejas de luchar? Cuando naces de nuevo. Todo el que es invitado a una iglesia lucha por mantenerse enfocado, lucha por mantenerse interesado. Pero llega un momento en que dejas de luchar y fluyes con lo que Dios está haciendo en medio de nosotros.
Del mismo modo fluía el Hijo en su relación con el Padre. Él no lo lamentaba, Él lo deseaba. Es más, Él les decía a los suyos: no se preocupen, que yo voy a la casa de mi Padre, y allá muchas moradas hay; ustedes también van a ser parte de esto que está entre nosotros.
¿Qué vemos de la relación del Hijo con el Padre? Que realmente se deleitaban juntos. De hecho, a ese deleite Él le llama gloria. Eso es mejor que un sabor, mejor que un color, mejor que un diseño, mejor que una arquitectura. A eso Él le llama gloria: dame la misma gloria que tuve contigo desde antes de la fundación del mundo. Por eso la iglesia del Señor es una iglesia gloriosa, porque ha sido adornada con lo mismo que adorna la relación del Padre con el Hijo.
Cuando dejamos de ver a Cristo, hermano, nuestros hermanos como que pierden el color. Yo quiero que usted vea a Cristo, porque cuando usted deje de ver a Cristo, no me va a ver bien a mí. Uno le pierde el gusto a la vida de la iglesia cuando deja de ver a su Señor. Tú dejas de ver a Cristo y tus hermanos como que se ven en blanco y negro, como con distorsión. Y tú dices: ¿qué es lo que les pasa? Es que dejaste de ver a Cristo. La manera de mantener una iglesia unida, hermano, es que veamos a Cristo.
Un precioso testimonio al mundo
Mostré en primer lugar que la unidad de la iglesia no es un proyecto humano. En segundo lugar, que la unidad de la iglesia no responde a nuestra expectativa, sino a un modelo superior: la relación del Padre con el Hijo. Termino mostrando que esto es un precioso testimonio al mundo. Dice el Señor: «para que el mundo crea que tú me enviaste».
Hay gente que dice: yo no vivo para el mundo, a mí no me importa lo que la gente crea. Debe importarte. Todos bailamos para alguien. De hecho, si tú eres parte del pueblo del Señor, a ti te están exhibiendo; se dice en la Escritura que Cristo nos exhibe. ¿Por qué debe importarte? Porque la iglesia del Señor está en medio del mundo, y como dice Mateo, ustedes son la luz del mundo, como una ciudad asentada sobre un monte, que no se puede esconder.
A ti te han puesto en medio de la iglesia para que el mundo vea la iglesia, y tú eres parte de ella. El Señor te está mirando, pero el mundo también te mira. Y la iglesia confirma la realidad de la obra de Cristo: para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo me dije: wow, no recuerdo otro momento donde el Señor haya puesto la atención de sus discípulos en el mundo y les haya dicho que importa lo que el mundo piensa respecto de ustedes.
Yo le pregunto, hermano: cuando alguien viene a la iglesia del Señor, ¿qué es lo que ve de nosotros? La cosa más hermosa que una iglesia puede mostrar son sus relaciones. ¿Qué queremos que sus familiares vean cuando vienen a la iglesia? Queremos que vean que usted tiene una familia espiritual y que usted aquí es profundamente amado; no por usted, sino en Cristo.
¿Qué queremos que el mundo vea cuando viene a la iglesia? Lo más importante, hermano, no lo secundario. Queremos que el mundo vea lo diferentes que somos y lo cercanos que somos también. Queremos que el mundo vea que diferentes generaciones se pueden encontrar en Cristo. Queremos que el mundo vea que diferentes estratos sociales, como les llaman, se pueden encontrar en Cristo. Queremos que el mundo vea que la gente más rara de esta tierra, en Jesús, podría encontrar algo que se parece a todos nosotros.
Yo creo que la iglesia debería generar ante el mundo una santa curiosidad. El mundo debería hacerse la pregunta: ¿y por qué están juntos? Roma no supo responder ese asunto. ¿Saben por qué la iglesia era perseguida? La iglesia era perseguida porque los romanos no podían explicar por qué estaban juntos. Decían los emperadores: ¿y por qué es que se reúnen? Y los mismos cristianos no sabían bien explicar el asunto. ¿Y qué es lo que ustedes persiguen? Los emperadores mandaban a preguntarles a los cristianos: ¿y por qué son las reuniones? Si ni siquiera se ve eso que ustedes están adorando, decían ellos. Cuídense, que ustedes lo que quieren es hacer un imperio, quieren conspirar contra mí. Y como los emperadores no sabían responder las preguntas, perseguían a la iglesia.
Yo a veces veo a mis vecinos cuando me ven bajando, que voy para la iglesia, y dirán: ¿a qué es que van? ¿Y qué es lo que hacen? Y a mí mismo me faltan las palabras para explicarlo, hermano. Yo sé que quiero estar aquí, porque hay algo dentro de mí como que me reclama esto, como que me impulsa. Dice la palabra: el amor de Cristo nos impulsa.
Tus compañeros de trabajo te lo habrán preguntado alguna vez, porque tú tienes muchos años en ese asunto. Alguien me dijo: todavía tú no te has graduado, ¿y cuántos años son? Hay otros que preguntan: ¿y ya tú eres pastor? Porque ellos entienden que esto debe terminar en algún sitio; o sea, que esto es como un programa de estudios, que si tú tienes cinco años ya te dan un diploma o algo parecido. No dan diploma. No, hermano, lo que hay es un deleite, lo que hay es una identidad, lo que hay es algo que no podemos describir con palabras, pero esto es sabroso. Y ellos te dicen: pero eso es tan bueno, tú hablas tanto de eso, déjame ir contigo para verlo. Eso es lo que el Señor está buscando: que la gente vea nuestro amor, vea nuestro deleite. Y eso testifica al mundo que realmente Cristo ha sido enviado.
¿Qué se pregunta el mundo? ¿Cómo es posible que personas tan distintas hayan permanecido juntas durante tanto tiempo? ¿Cómo es posible que ellos realmente quieran estar juntos sin tener un interés secundario? «Oye, pero esa gente como que de verdad se ama». Eso es lo que el mundo debe preguntarse. ¿Cómo logran organizarse, autogestionarse, tener bienes en común y hasta un sentido de propósito? ¿Cómo es eso posible? Pues yo tengo una empresa, dirá alguno, y yo no he logrado eso en mi empresa. Es que eso no se logra en una empresa. Esta empresa no es de este mundo. El Señor dijo: mi reino no es de este mundo. Oye, pero si su fundador está muerto, ¿cómo es posible que la iglesia siga estando viva?
El secreto mejor guardado de la iglesia es que nosotros estamos persuadidos de que Cristo está en medio de ella. Y alguien me va a decir: enséñamelo. Mírennos. Él dijo: no los dejaré solos, yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo. Lo que mantiene a la iglesia marchando es que, aunque no pueda verse, nosotros creemos que realmente el Señor está aquí. La cosa más hermosa de la iglesia no puede ser vista con ojos humanos.
Santo Domingo necesita conocer el amor de Dios que ha sido encarnado en nosotros. Por favor, hermano, no pierda el rumbo. Cuando invites a un amigo a la iglesia, ora para que ese amigo pueda ver el amor de Cristo en nosotros. Recuerdo cuando invitaba a mis compañeros de trabajo a la iglesia, que yo quería que ellos vieran el ministerio de adoración, que vieran al pastor Parra. Yo lo veía y decía: si ellos ven esto… Y a veces los invitaba, hermano, y como que la cosa no estaba como yo entendía que debía estar, y decía: ay, hombre, no lo van a poder ver. Yo admiraba a mi pastor, yo admiraba al pastor Parra, y yo invitaba a mi compañero de trabajo para que viera lo que era un predicador. Y a veces yo invitaba y sentía que el sermón no fue evangelístico, que se predicó de otra cosa, y decía: ay, hombre, qué lamentable, yo que se lo traje para que le predicara.
Hermano, lo que el mundo no debe dejar de ver cada vez que ve una iglesia reunida es que aquí, más que un predicador, más que una música, más que un edificio, está el Señor en medio de nosotros, y que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones.
El evangelio: la comunidad que solo Cristo hace posible
Eso es el evangelio, hermano. El evangelio es la buena noticia de que, al restaurar nuestra relación con Dios en Cristo, podemos llegar a tener unidad con nuestros hermanos. Y eso es buena noticia, porque dentro de nosotros hay un sentido de comunidad —a veces más vivo, a veces más maltratado, pero siempre queremos ser parte de algo. Tú quieres ser parte de la iglesia aunque no lo sepas. Pero la única manera de ser parte de la iglesia es encontrarnos en Cristo.
El evangelio es la buena noticia de que en Cristo esa comunidad es posible. Que la unidad de la iglesia no es el resultado de acuerdos ni de estrategias, sino la respuesta del Padre a una oración que Cristo hizo por nosotros. Ese es el evangelio, porque quita el esfuerzo y muestra la dependencia. No: este año vamos a trabajar para estar más unidos. Este año vamos a trabajar para parecernos más a Cristo. Mientras más nos fundamos en Cristo, más unida estará la iglesia del Señor. El evangelio nos muestra que nuestro deseo de unidad solamente es posible por medio de Cristo, y que nuestras diferencias solamente desaparecen cuando nos encontramos en Él.
Hermano, deje de aspirar a que su hermano sea otra cosa de lo que es, y aspire a que Cristo sea visto en la vida de su hermano. Deje de esforzarse por que el pueblo de Dios sea como usted quiere; esfuércese por parecerse a Cristo. Mientras el Señor esté en esta iglesia, hermano, yo le aseguro: no un año más, sino dieciséis más, si el Señor no ha venido.