Ahí donde están, les pido que abran sus Biblias en el Evangelio de Juan, y vayamos juntos hasta Juan capítulo 20, para leer acerca de la resurrección del Señor. Pónganse un momento ahí sobre sus pies y busquen sus Biblias: Evangelio de Juan capítulo 20. Me estaré deteniendo desde el 24 al 29; pero para dar el contexto de la resurrección del Señor, leeré el capítulo 20 desde el primer versículo. No los expondré todos, solamente la última parte, pero para dar el entendimiento y el enfoque de la resurrección del Señor. Dice así la Sagrada Escritura, la palabra del Señor.
Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.
Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.
— Juan 20:19-29
Los discípulos también dudaron
Pueden sentarse, mis hermanos. Es la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, pero hoy quiero llamar la atención de la congregación respecto de la incredulidad de uno de los discípulos del Señor. Parece un tema poco convencional para hablar de la resurrección —traer el tema de la duda y de la incredulidad—, pero me parece absolutamente necesario; y tal cual como sucede con los evangelios, yo creo que debe suceder con la predicación.
La semana de la pasión afectó profundamente a todos los discípulos del Señor: fueron días de mucha incertidumbre, turbación y hasta dudas. Los evangelios no guardan silencio ni tratan de disimular el hecho de que los discípulos de Cristo, sus mismos discípulos, estaban dudando. No se presenta el hecho de la resurrección como un hecho verosímil, un asunto que está al alcance de todo el mundo; no es una verdad autoevidente. Muestra la Escritura la resurrección del Señor como un asunto que fue difícil de creer, aun para sus propios discípulos.
A ellos el Señor les había dicho que resucitaría de entre los muertos. A ellos el Señor les había dicho que sería clavado en una cruz, pero que él volvería a la vida. Pero ellos mismos, al igual que muchos de nosotros, luchaban con la idea de colocar en sus mentes estos acontecimientos, de entender qué es lo que realmente significan. En la última semana todavía se preguntaban por qué él tiene que morir; y aun después de la resurrección todavía se preguntan por qué él está vivo en medio de nosotros.
Sorprendentemente, Jesús no se mostró ofendido ni traicionado. Pedro negó al Señor tres veces, y Tomás en el último momento debuta como incrédulo. Mal augurio para un ministerio: tu discípulo más cercano te niega, y este que ha estado contigo desde el principio ahora dice categóricamente «no creeré». Ver a un discípulo con declaraciones como esa en sus labios debería llamar la atención de todos nosotros. ¿Cómo es que Tomás, después de haber estado tres años al lado del Señor, después de haber presenciado grandes milagros, después de haber escuchado su enseñanza, dice delante de los otros discípulos, categóricamente: no creeré?
Llamo la atención de la congregación respecto de que cosas que para nosotros parecen muy claras, muy evidentes, al alcance de todo el mundo, realmente no son cosas muy claras, ni muy evidentes, ni están al alcance de todo el mundo. La gente me dice a mí: pastor, eso es difícil de creer. Y yo digo: ¡es verdad! Yo mismo me encuentro personalmente impresionado por el hecho de que estas verdades para mí resulten creíbles y que estos hechos realmente den satisfacción a mi alma.
Pero no pretendo yo hablar de la resurrección de Jesús como que está al alcance de todo el mundo, como que dos más dos son cuatro. Que alguien me diga «difícil de creer», y yo le respondo: para Tomás también, para Pedro también, y también para mí, humildemente. ¿Y cómo tú has terminado creyendo? Son de las cosas donde el Señor humilla a uno y nos muestra que la salvación es del Señor; y que si realmente nosotros estamos en Cristo, no ha sido por deducción lógica, no ha sido porque nuestros ojos lo vieron, sino porque Cristo ha sido revelado al corazón de cada verdadero creyente.
Sorprendentemente, Jesús no se mostró ofendido ni traicionado. Ambos discípulos, tanto Pedro como Tomás, fueron buscados personalmente por él y oportunamente restaurados. Hoy veremos el encuentro de Tomás con el Señor resucitado y cómo fue llevado de la incredulidad a ser un verdadero creyente.
Tomás, uno de los doce
Comienzo mostrando esta expresión de incredulidad. Se destaca el hecho de que Tomás era uno de los doce. Dice el versículo 24: «Pero Tomás» —y ese «pero» cuenta—, «pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino». Aquí hay uno de los doce que no estaba junto a los doce y no presenció al Señor cuando se apareció a sus discípulos.
La gente piensa que los discípulos de Cristo eran un grupo homogéneo de gente muy crédula, de personas que recibían la idea en el aire, y que si el maestro decía que sí, ellos decían que sí, y si él decía que no, ellos decían que no. No era así. Los discípulos de Cristo, todos, eran discípulos dubitativos; era gente que estaba luchando con la idea de quién era realmente Jesús. «Y eso fue en la primera semana, pastor». No, hermanos: aun al final del ministerio de Jesús, todavía se encuentran dudando. Aunque eran doce y representaban simbólicamente a la iglesia, cada uno tenía sus propias luchas y tenía sus momentos particulares.
Repito la idea: el cristianismo no pretende ser autoevidente. Nosotros no creemos que porque una gente escuche el evangelio mecánicamente va a responder en obediencia. De hecho, tenemos mucha paciencia y hasta compasión cuando las personas reciben la predicación del evangelio y dicen: eso para mí no tiene sentido. No quiero ser irrespetuoso, hermano, pero yo agradezco sinceramente cuando una persona me dice: mira, Rafael, lo que tú ya viste yo todavía no puedo verlo. Yo humildemente le digo: estaré orando para que, así como a mí me fue mostrado, a ti también se te muestre.
Muestro solamente algunos. Felipe, otro de los doce, después de mucho tiempo le dijo al Señor: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta. Y el Señor le dijo: Felipe, pero hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía tú quieres que te muestre al Padre? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. Pero Felipe no lo entendía. Yo entiendo a Felipe.
Pedro, el mismo que le negó, en algún momento declaró con convicción: tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Y el Señor le dijo a Pedro: bienaventurado eres, Simón Pedro, porque eso no te lo reveló carne ni sangre. Ni a ti tampoco. Si tú eres un creyente, entonces no eres un creyente porque seas más inteligente que Pedro: tú eres un creyente por la misericordia del Señor, que abrió tus ojos, abrió tu entendimiento y sobre todo tu corazón, y estas cosas te hicieron sentido. «Ay, Señor, ya yo lo vi, yo lo vi desde el primer momento». Bienaventurado eres, Simón Pedro, porque eso no te lo ha revelado carne ni sangre.
Andrés, al principio del ministerio del Señor, fue uno de los que más temprano dijo: hemos hallado al Mesías. Muestro a Andrés, hermano, porque pareciera como que ninguno de ellos estaba creyendo; Andrés desde el principio dijo: hemos encontrado al Mesías, aquel del cual habló Moisés y hablaron los profetas. Sin embargo, Natanael preguntó: ¿y de dónde viene? De Nazaret. Y dice él: ¿y de ahí puede salir algo bueno?
Nos muestra un botón para ilustrar el hecho de que los discípulos de Cristo no eran un grupo de personas manipuladas, vendidas, que andaban por ahí con la mente en blanco siguiendo cada cosa. El Señor predicaba su enseñanza y después ellos se le acercaban y decían: maestro, no entendimos; ¿tú te diste cuenta?, ¿tú podrías explicarnos? Ay, hermano, yo veo que hay creyentes que luchan y dicen: no, es que yo leo los textos y no lo entiendo. Los primeros discípulos recibieron en vivo y directo la enseñanza y también luchaban. Y qué hermoso cuando uno siente que, espiritualmente hablando, sus ojos van siendo abiertos, y ya el mensaje de Cristo va teniendo sentido para uno.
El problema en el corazón de Tomás
Tomás no estaba presente cuando el Señor se le apareció a los discípulos la primera vez. Y en esto yo veo la providencia de Dios: aquí hay intención. Había un problemita en el corazón de Tomás desde el principio. En algún momento el Señor tenía que ir a Jerusalén, y sus discípulos del círculo íntimo decían: él no debe ir a Jerusalén, porque si va a Jerusalén lo van a apresar y lo van a matar. Y el Señor dijo: yo voy a Jerusalén. ¿Saben qué dijo Tomás? Vamos también nosotros, para que muramos con él.
Tomás tenía un problemita en el corazón, y es que no estaba persuadido de que Jesús tenía que morir en una cruz. Y cuando Cristo hablaba de morir en una cruz, yo me imagino a Tomás por dentro diciendo: ¿una cruz? ¿Y por qué? Reino, gloria, poder, dominio; cruz no. Y el Señor le dice: me es necesario ir a Jerusalén. Y le dice Tomás a sus condiscípulos: vámonos para Jerusalén, para morirnos todos con él.
Y ahora te encuentras a Tomás al final del ministerio del Señor diciendo: si a mí no me muestran la mano y el costado, yo no creeré. Es el mismo Tomás, que tiene un pequeño problema en el corazón, un problema de actitud y un problema de incredulidad. Y aquí está el mismo Señor que llamó y eligió a Tomás, rectificando el corazón del hombre.
Y el mensaje es que la obra de Cristo es la cruz, y también su muerte y su resurrección; y creer también que él está presente aquí en medio de nosotros el día de hoy. Y uno dice: ¿cómo es que no recibo el paquete completo? Providencialmente, esas son como features que a uno le van instalando, yo no sé. Ahora, yo sé que hay personas a las que les requiere una semana, como a Andrés, y hay gente a la que le requiere sus tres años, como a Tomás.
Tomás expresa aquí palabras que son palabras duras. Leo de nuevo sus palabras: «Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto». Wow, hermano, qué duro cuando sientes que te lo perdiste. Yo creo que el Señor intencionalmente eligió aparecerse ahora para que Tomás no le viera, y para que se manifestara la altivez que había en su corazón. ¿Y por qué se le aparece a los otros y a mí no? No quiero yo ponerle al texto, hermano, pero yo me pongo en el lugar de Tomás y cualquiera coge pique. Pero si él sabe el problema que yo tengo, que yo lo que quiero es que me muestren, ¿por qué no me lo muestran desde el principio? Pero él sabe que yo estoy luchando.
Ay, hermano, en eso yo veo a la gente luchando con Dios y esperando que el Señor le responda una cosa, y el Señor no se la responde. Si había un hombre que necesitaba ver las manos y el costado de Jesús, era Tomás. Pero el Señor no se lo mostró a Tomás de primero. Dices: Señor, ¿y por qué no? De hecho, en vez de María Magdalena, a quien te apareciste a ella sola, ¡aparécetele a Tomás, Señor, para que no lo perdamos! Es que el Señor es soberano, y él lo hace como quiere y cuando quiere.
A Dios no se le manipula
Yo quisiera poder programar, ¿sabe, hermano? Yo dedico mucho tiempo a programar computadoras, y a veces yo quisiera programar la providencia de Dios y hacer un algoritmo: mira, Señor, él va a aparecer aquí, tú te vas a encontrar por allá, y cuando la variable se llene, entonces tú lo salvas. Él es el Señor, yo soy su siervo. No hablo con irrespeto, hermanos, sino con reverencia: él se gobierna. La salvación es del Señor. Él no salva al que yo quiero, ni lo salva cuando yo quiero, sino que él, en su misericordia, administra su gracia providencialmente, en su momento oportuno y no en el mío.
¿Usted está de acuerdo conmigo en que si había un hombre que necesitaba tener un encuentro personal con el Jesús resucitado y que le mostraran la mano y el costado, era Tomás? ¿Y por qué no se lo muestran? Porque el hombre no puede manipular a Dios, sino que tendrá que rendirse humildemente ante su soberanía. Yo imagino a Tomás, que estaba loco por ver esas manos y ese costado, diciendo: ahí me lo perdí, ¿y por qué no me lo muestra? Yo sé que él está predispuesto conmigo, yo sabía que él me miraba raro. Déjenme dejar de ponerle cosas al texto —pero le estoy poniendo ya cosas al texto—; ay de aquel que le ponga una tilde a la palabra. Pero estoy describiendo la emoción de un hombre, pues yo también tengo emociones.
Yo a veces le preguntaba al Señor: Señor, pero yo te he estado pidiendo por esa cosita tantos años, y tú has respondido tantas otras cosas, ¿por qué tú no me respondes esa cosita? Si tú me diste esto, esto y aquello, ¿por qué no me das lo otro? Porque él es soberano, porque él es el Señor y yo soy su siervo. Tomás, te van a enseñar la mano y el costado, pero no cuando tú quieras, ni a la manera tuya. «Entonces yo voy a ir para la iglesia, y yo espero verlo, y si yo no lo veo…». Si usted no fue a la iglesia, no pierda su tiempo: Dios no puede ser manipulado.
Dice Tomás, les dijo: si no viere… Yo me imagino que está remeneándose así, como: ah, ustedes lo vieron, ¿y yo no? Yo me lo perdí. Y tú también lo viste, hasta tú, que no hablas mucho, ¿lo viste? Y yo entonces me quedé así. Ah, no; pues yo voy a tener entonces que llevarme de lo que dice María Magdalena.
Ah, no, yo entiendo a Tomás, porque yo no soy un cristiano de los que se hicieron cristianos como de repente. Yo vine a la iglesia desde niño, otra cosa; pero yo luché con mi fe durante muchos años, y nunca oí nada, ni vi nada. Y yo andaba sinceramente buscando sentir algo. Y me decían que lo que hacía falta era un congreso, que lo que hacía falta era un retiro, que lo que había que hacer era consagrarse. Y yo quise haber escuchado una voz y nunca escuché nada; y yo quise haber sentido algo, y nunca sentí esas cosas estridentes que la gente decía que había sentido. Y yo decía: ¿por qué el Señor les permite a ellos sentir y yo no siento nada? Porque el Señor salva de diferentes formas, y no todo el mundo va a ver la misma cosa. Y bienaventurados los que no vieron y creyeron.
Yo crecí en un ambiente de muchachos muy piadosos, y algunos me decían: no, ya, mira, Dios me habló. Y yo les decía: ¿y cómo es su voz?, ¿y qué tú oíste? Y me describían, y yo decía: pero es que yo no entiendo lo que tú me estás diciendo. ¿Fue una voz audible, o fue como que tú lo pensaste, o cuidado si fue que tú te lo imaginaste? Yo me imagino a Tomás llegando y diciendo: ay, me lo perdí, ya todo el mundo vio todo lo que había que ver y yo no he visto nada.
Creer no es una concesión nuestra
Cosas que me entristecen de la expresión de Tomás: que Tomás habla de creer como si fuera una concesión suya hacia Cristo, y no una misericordia de Cristo hacia él. «Si a mí no me lo muestran, yo no voy a creer». ¿Y quién eres tú? La gente que quiere vivir con Dios en esa cosa de «yo voy a creer en ti, yo sé, pero a mí hay que llevarme al paso, yo voy a creer a mi manera». ¿Y quién eres tú? Escuche la expresión de Tomás, hermano, y dígame: ¿quién es Tomás para hablar así hacia Cristo?
Yo ayer estaba como a las diez de la noche, hermano, viendo esto, y yo estaba peleando. Y pasa Karo por la oficina y me ve ahí; solamente me reí, porque estaba peleando con Tomás. Porque cuánta gente como Tomás me he encontrado yo en este camino. Hubo uno que me dijo: no, pastor, venga, siéntese ahí, usted va a tener que convencerme a mí de eso. Y yo: ¿y quién eres tú? ¿Y quién eres tú para que yo tenga que convencerte? Y después yo me digo: ¿y quién soy yo para convencerte?
Es que la gente cree que esto es como el delivery, como que haces un pedido y te van a traer la convicción. Cuando la convicción de pecado eso lo da Dios providencialmente, y es una misericordia. No es algo que tú le regales a Dios: es algo que él te regala a ti, porque la fe es un don de Dios. De forma tal que el que tiene fe es un privilegiado. «Ah, no, póntemelo ahí y explícame, explícame de nuevo». Claro. Vamos muy rápido: ¿y quién eres tú, Tomás?
Oiga la expresión de Tomás: «Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos». Yo tengo que meter los dedos ahí, yo quiero ver los diámetros de la herida, entrarlo entero, hasta allá. Hay gente que quiere como que le traigamos el cuerpo de Cristo y él ponerle la mano. Yo me pregunto: ¿quién eres tú? ¿Y quién soy yo? Creer no es un regalo que nosotros le damos a Cristo: creer es una misericordia que Dios nos da a nosotros en Cristo. De forma tal que un creyente debería tener la humildad necesaria de decir: yo no tuve necesariamente que agarrar, pero el Señor dio a mí testimonio.
Tomás condiciona hasta la característica que debe tener el cuerpo resucitado. A mí me rompe la cabeza el hecho de que Cristo conservó las marcas de la cruz con un cuerpo glorificado. Y yo: Tomás, pero ¿tú no piensas que si él tiene un cuerpo ya glorificado y se levantó de los muertos, va a tener un cuerpo que no tenga las marcas? Pero el Señor, en su misericordia, conservó las marcas. Karo me preguntó: ¿y si Tomás no hubiera encontrado las marcas, hubiera creído? ¿Dónde está documentado que el cuerpo de Cristo ya resucitado iba a conservar las marcas? Pero Tomás está diciendo: yo tengo que verlo, y tengo que ver la marca.
Ay, hermano, hay gente que le habla a Dios así: no, mira, si tú me mueves tal cosa, si tú haces esto, si respondes lo otro, entonces yo lo hago. No es un brujo de San Juan —y me perdonan los sanjuaneros—: es Dios. No trate a Dios como si Dios fuera su brujo de confianza. Es Dios. Y si él es realmente Dios, él es soberano sobre la creación, y actúa por misericordia, no por presión ni por manipulación. Tomás, que estaba vuelto loco por ver, no vio nada hasta que el Señor quiso mostrárselo. Ocho días esperó el Señor para mostrárselo.
Yo imagino que después de ese pique con movimiento y todo que hizo Tomás, los discípulos estaban tristes y preocupados: ay, Tomás se está descarriando, se va allá al mundo, ya ayer no vino a la reunión y hoy tampoco está. ¿Alguien ha sabido de Tomás? Que alguien lo llame. Fulano, tírale por el WhatsApp, a ver si no responde. Bueno, eso es la iglesia del Señor: que la gente está luchando con Dios y nosotros queremos como hacerle su lucha más sencilla. Y yo, que soy el pastor, les digo: todo el mundo va a tener que luchar, pues yo lucho también. Así como lucho yo con mis convicciones, lucho yo con la duda, lucho yo con la debilidad; tendrás que luchar tú también. Y no hay nadie que te vaya a poner la lucha más fácil: cada quien luchará para obedecer a Dios.
Esto se llama incredulidad, hermano, y su afirmación es categórica: no creeré. ¡Wow! Yo debatía eso ayer en mi casa, hermano, sobre cuál de los dos tuvo peor caída, y llegamos a la conclusión de que Pedro negó al Señor bajo presión; Tomás no. Tomás tuvo ocho días para arrepentirse, hermano, y hasta que no vio la mano no hizo nada. Yo te pregunto realmente: ¿qué es lo que hace falta para que creas que Cristo vino a salvarte? ¿Qué sería suficiente? Él te ha mostrado su amor, él lo ha revelado, la historia está llena de referencias, la creación lo anuncia. ¿Qué hace falta?
Aplico unas cuantas cosas y me muevo, hermano. Dios está trabajando en cada uno de nosotros de manera individual, y el momento de Pedro no es el momento de Tomás, y el momento de Tomás no es el momento de Andrés, y el momento tuyo no es el momento mío. Paciencia. Uno quisiera que la gente siempre viniera en lote, al mismo tiempo, serializado; pasarles el inventario a los discípulos, que todos sean del mismo lote, de la misma fecha de fabricación. No, hermano: tú vas a venir en un momento, otro va a venir en otro. Sigue escuchando, que la fe viene por el oír.
Aplicaciones. Dios crea las condiciones para que nuestro carácter se manifieste, y él no se le apareció de primero a Tomás porque Tomás tenía un tema de carácter que necesitaba ser solucionado. Y el Señor, en su providencia y misericordia, no ascendió al cielo antes de resolver el problema de carácter de Tomás. El Señor trabaja en nosotros. Uno encuentra a Tomás desproporcionado al final del ministerio y dice: no, eso va a quedar feo ahí en el relato, que al final ya Tomás está dudando. No queda feo, hermano: lo que confirma es que aquel que comenzó en nosotros la buena obra la seguirá perfeccionando hasta el final. Yo le digo: Señor, pues ya tú terminaste, ¿y todavía vas a seguir trabajando en esos discípulos? Sí, todavía el Señor seguirá trabajando en ellos. «Yo no los dejaré», dijo él; y no los ha dejado.
Aun sin llegar a la abierta incredulidad de Tomás, nosotros podemos parecernos a él siendo muy exigentes con Dios, pidiendo cosas muy estrechas, no confiando a tiempo, exigiendo que nuestros condiscípulos nos persuadan. Ya yo no cojo esa manipulación, hermano. Quizás hace doce años eso a mí me afectaba, que alguien me hiciera una pregunta y yo no supiera responderla; ahora la gente me hace preguntas que yo no sé responder, y yo le digo: está difícil, ora al Señor. Pero esa manipulación de vivir demandándoles a tus condiscípulos lo que ellos no pueden darte… exígele a tu Dios que te responda.
Ocho días después
Habla ahora de una amorosa restauración. Dice el 27 al 28 que el Señor vino; leo el 26 para dar contexto: ocho días después. Uf. Mano, para el que tiene una duda atravesada y una incertidumbre, ocho días son como ocho años. Usted se ha sentido así cuando necesita una respuesta urgente y se la posponen. Ocho días: cualquiera se muere. Y ahí es cuando dices: ay, Señor, pero tú me ves en mi condición, ¿y por qué tú no vienes en el día dos, o en el tres, o un ratico después? O si tú te le apareciste a ellos en la mañana, aparéceteme a mí en la tarde. Ven.
Ocho días esperó el Señor, hermano, a que ese corazón estuviera listo. «Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás». Ah, ya llegó Tomás; ahora sí, ahora llegó el hombre. «Llegó Jesús, estando las puertas cerradas» —y con esto te está mostrando que tiene un cuerpo que ya no está sujeto a las leyes físicas, aunque todavía, por misericordia, para gente como Tomás, él conservó algunas cosas—, «y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros». Tercera vez que dice lo mismo: paz a vosotros.
«Luego dijo a Tomás». Fue adonde el hombre. El Señor fue a buscarlo. Así es la salvación: la salvación es como un cohete teledirigido; él va allá y alcanza al hombre. Ocho días después, el Señor vino a buscar al que le faltaba. ¿Dónde está el hombre? Llegó. Bueno, esa es la salvación del Señor. La gente ve la salvación como un momento: no, yo fui salvo en ese día específico. El Señor te sigue salvando todos los días, todos los días; el Señor te sigue buscando, el Señor sigue trabajando en ti.
Uy, ocho días después. Estaban otra vez sus discípulos adentro, y con ellos Tomás; ellos, que ya lo habían dado por descarriado, por descartado —el hombre se fue, anda por ahí, se sublevó como Enriquillo, está por ahí peleando, echando chupitis—. Y llegó Jesús estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: paz a vosotros. Luego dijo a Tomás. Uy: fue a él a quien vinieron a buscar ahora. «Pon aquí tu dedo». ¿Saben? El Señor está citando textualmente las palabras de Tomás: que a menos que yo no vea sus heridas y ponga mis dedos y toque el costado.
Hermano, cuando Tomás estaba echando los chupitis, el Señor le estaba oyendo. Y ahora él viene y le cita textualmente la palabra. ¿Recuerdan a Pedro, que para restaurarle el Señor le preguntó tres veces si le amaba, porque Pedro le negó tres veces? A Tomás, para restaurarle, el Señor ahora le cita las mismas palabras de incredulidad que había pronunciado Tomás. Lo mismo. Tomás, no vamos a hablar de otra cosa: a lo que vinimos. Aquí está el cuerpo.
Amor en acción, no sentimentalismo
Pero en el fondo, yo puedo sentir el amor de mi Maestro en esto. Porque él no estaba obligado a mostrarlo, y lo hizo. Él no estaba obligado a volver, y volvió. Él no tenía que haber buscado a Tomás, y le buscó. Y tú no merecías que el Señor te restaurara. ¿Cuántas veces hemos vuelto y vuelto y vuelto a ser restaurados por él? Esa es la salvación: esto es un flujo constante de gracia. El Señor te salvó, y vuelve y te salva, y te salva, y te salva. Y cuando tú sientes que el Señor ya terminó contigo, y que le entregó a todo el mundo y a ti no, el Señor vuelve y te busca. Es la iniciativa de Dios en la salvación.
Yo veo amor porque aquí hay un maestro buscando a su discípulo. Interesante que ninguno de los discípulos de Jesús vino a él porque ellos quisieron: el Señor les llamó. Y el Señor que llamó a Tomás sabía el problemita en el corazón de Tomás; y el Señor que eligió a Tomás sabía que Tomás al final diría «no creeré». Y aun así le llamó, y siguió trabajando.
Muestro algunas cosas. Solo leeré unos cuantos versículos, sin explicación alguna, para que sean los mismos versículos los que ilustren el punto; usted lo aplica, yo solamente leo los textos.
No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros.
— Juan 15:16
Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.
— Juan 13:1
Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.
— Juan 10:27-29
Señor, ni la incredulidad la va a arrebatar de tu mano. Ese Tomás está en la mano de mi Padre.
A los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió.
— Juan 17:12
¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?
— Lucas 15:4
No se le había perdido definitivamente: el Señor le estaba buscando hasta encontrarlo. Aquí no hay retórica, aquí no hay dialéctica, aquí no hay un debate, aquí no hay una apologética. Ocho días después, todavía el Señor está buscando a Tomás. Wow, hermano: uno a veces piensa que el Señor terminó con uno. Nada nos separará del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro; ni la duda.
En algún momento de mi primera juventud —porque recuerden que yo soy de milenio, hermano, nosotros extendemos un poco la juventud—, yo pensé que terminaría siendo un agnóstico. Yo no podía negar la existencia de Dios, pero la verdad es que estas cosas, las verdades en las cuales yo crecí y lo que eran mis convicciones, por una temporada dejaron de darme la satisfacción que me habían dado. Y yo pensé que terminaría siendo un agnóstico. Y usted me pregunta: ¿y cómo el Señor te rescató de ese momento de duda, de ese momento dubitativo? Yo quisiera citarle un asunto dramático, que vi una luz, que escuché un sonido; yo no sé, hermano, pero en algún momento mi corazón volvió a encontrar reposo y sosiego en aquellas verdades en las cuales yo había fundamentado mi vida. De forma tal que yo digo que el Señor me salvó, y él me seguirá salvando.
Tomás no tenía que haber sido buscado, y fue buscado. Tomás no sería el primer hombre que levanta su brazo al cielo para reclamar señales y se queda en visto; no sería el primero. ¿Cuántos son los hombres que le han mandado cosas a Dios y Dios no les respondió? Supe yo de uno que hasta lo invitó a pelear: le dijo, no, si tú eres de verdad, si tú estás aquí, yo estoy, ven, enfréntame, mátame si tú quieres. Yo creo que se murió de muerte natural; el Señor no lo mató. Porque hay gente que cree que puede provocar a Dios: que si él existe, que venga un rayo y me parta. No sucedió nada.
Aquí, aunque no hay un sentimentalismo occidental, aquí hay amor, aquí hay gracia. Los occidentales tenemos algo, y es que siempre entendemos que el amor es tacto, que el amor son expresiones, que siempre tiene que ser como un Televisa presenta, La rosa de Guadalupe: y aquí viene Cristo a buscar a su discípulo Tomás, y se beben un café y se miran detenidamente. O la novela coreana, que a una mirada le hacen cuatro escenas: la mirada de frente, la mirada de lejos, y se encuentran y se abrazan. No, hermano: los orientales manifiestan el amor con acciones concretas y puntuales, no con el sentimentalismo occidental.
Y por eso es que la gente dice que Dios a mí no me ama, porque yo no siento nada; yo quiero sentir un abrazo, yo quiero sentir que él está conmigo. No es sentimentalismo: son convicciones. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Póngale usted los corazoncitos que hagan falta.
La gente quiere que Dios se aproxime siempre con un sentimentalismo. Él se aproximó haciendo por nosotros lo que ninguno de nosotros pudo haber hecho por sus propios medios: él vino a salvarnos, y nos amó al salvarnos. ¡Y ya! ¿Y dónde están las luces? ¿Y dónde están los chocolates? ¿Y dónde están los corazoncitos? Hermano, esto no es San Valentín: es el Calvario, es la cruz. Amor en acción, en vivo y directo. El amor en Cristo es más que emotividad: es no devolver el golpe, es no darte lo que te correspondía, es evitar la ironía, es no avergonzarte innecesariamente.
Interesante, hermano, que si uno es rápido, busca a Tomás y le dice: Tomás, aquí estoy, el cuerpo que hace falta, aquí está. Yo, yo, yo, Señor, déjamelo a mí: lo primero que le doy es un silencio dramático ahí, le muestro la mano, míralo ahí, y me quedo callado. ¡Callado! Ahora dime tú. Y el costado, y le hago así, y lo dejo media hora mirando ahí, hasta que se seque. El Señor no vino a avergonzar a Tomás: él vino a amarle, él vino a buscarle. Y después, ¡qué rápido!: no seas incrédulo, sino creyente. ¡Listo! Y no vamos a hablar de otra cosa. Cinco párrafos, una novela: no. Corto, rápido; así es la salvación, hermano. No sobran palabras: lo que hace falta es creer que lo hizo, y ya.
Señor mío y Dios mío
Aquí, rápido así mismo, Tomás confiesa y dice en el 28: «Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!». Y ya. Y ahí volvemos a los occidentales: después de ocho días que tú tienes ahí haciendo tu pique, tu rabia, sublevado, peleando, echando chupitis, zapateando, ¿tú crees que con eso es que vas a restaurar tu relación con Dios? Hermano, no sobran las palabras: el Señor no necesita tu retórica, lo que necesita es una sincera y genuina convicción en el corazón. Señor mío y Dios mío, y ya. Sinceridad en el corazón.
Las palabras de Tomás, esa doble confesión, son tan impresionantes que, según muchos académicos, ahí fue que inicialmente Juan terminó el evangelio. Si ustedes ven los versículos que siguen, lo que dice es: «Hizo además Jesús muchas otras señales» —o sea, que está tomando la restauración de Tomás como señal—, «hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre». O sea, que después de la restauración de Tomás, ya Juan está cerrando. Esa expresión de «Señor mío y Dios mío» fue tan contundente que Juan lo cerró ahí; lo otro es como un apéndice del libro.
Ambas expresiones son sumamente personales, espontáneas; no son filosóficas ni retóricas: sencillas, sinceras y sentidas. No hay una plantilla para tú entregar tu vida a Cristo, no hay una plantilla para usted restaurar su relación con Cristo. Señor mío y Dios mío; Señor, yo vuelvo a creer aquellas cosas en las cuales yo había creído, vuelvo a afirmarme en las cosas en que me afirmé.
Bienaventurados los que no vieron
Ahora el Señor pone la atención no en Tomás ni en sus discípulos, sino que él comienza a pensar en nosotros. Les digo por qué digo que él comienza a pensar en nosotros: porque en el versículo 29 —que fue el primer versículo que yo me aprendí, siendo un niño, cuando fui a una iglesia donde había una competencia de versículos, y yo me aprendí un versículo y recité Juan 20:29, y me dieron una pequeña cerámica, como un cerdito, que yo me llevé para mi casa; por eso recuerdo Juan 20, el primer versículo que me aprendí—, aquí él quita la atención de Tomás y la pone en mí y la pone en ti.
Ya él no está pensando en sus discípulos, no está pensando en los que creyeron primero, no está pensando en Tomás: él está pensando en nosotros. Dice él «bienaventurados» —es la última bienaventuranza del evangelio— «los que no vieron y creyeron». Bienaventurados los que no andan reclamando cuerpo, herida, dimensiones de la herida, pulgadas, para creer. Bienaventurado tú, te están diciendo.
Mano, si usted es un creyente y usted no tuvo que poner el dedo en la herida, siéntase bienaventurado, porque solamente el Espíritu Santo hace ese milagro en el corazón de uno, de forma tal que el relato de Cristo y el testimonio de otros creyentes sean satisfactorios para mí. Y si usted tiene esa satisfacción profunda de que es un creyente, y usted no presenció los acontecimientos, usted no puso el dedo, usted no puso la mano en el costado, usted es un privilegiado: significa que el Señor habló a su corazón directamente.
¿Cómo se ve aquí el evangelio?
Concluyo explicando el evangelio. El evangelio es la buena noticia de que Cristo no solamente nos ha llamado, sino que seguirá trabajando en nosotros activamente, en nuestra mente y en nuestro corazón, hasta que seamos conformados a su propósito. El evangelio es la buena noticia de que aun en nuestros momentos de mayor debilidad, como en la duda o en la abierta incredulidad, Cristo, en vez de ofenderse o alejarse, toma la iniciativa para buscarnos y volver a restaurarnos.