Los evangelios no disimulan el hecho de que aun los discípulos más cercanos lucharon para creer. Tomás declaró públicamente su incredulidad, pero Jesús no se mostró ofendido: lo buscó personalmente y lo llevó desde la incredulidad hasta la fe.
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La semana de la pasión afectó profundamente a todos los discípulos del Señor. Fueron días de mucha incertidumbre, turbación y hasta dudas. Los evangelios no guardan silencio ni tratan de disimular el hecho de que los discípulos de Cristo, sus mismos discípulos, estaban dudando. La resurrección no se presenta como un hecho auto-evidente. La Escritura muestra la resurrección del Señor como un asunto que fue difícil de creer aun para sus propios discípulos. A ellos el Señor les había dicho que resucitaría de entre los muertos, pero ellos mismos, al igual que muchos de nosotros, luchaban con la idea de colocar en sus mentes estos acontecimientos.
Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.
— Juan 20:24-29
La duda no es un asunto inverosímil
En todo el evangelio de Juan, capítulo 20, se muestra la resurrección como un hecho que desafió las convicciones de los discípulos más cercanos. Pedro le negó tres veces y Tomás en el último momento debuta como incrédulo. Sorprendentemente, Jesús no se mostró ofendido ni traicionado. Ambos discípulos fueron buscados personalmente por Él y oportunamente restaurados. Si la aflicción nos permite conocer mejor a Cristo, el propósito principal no es que cese la tormenta de la duda, sino que usted conozca a Cristo aún más profundamente.
¿Cómo es que Tomás, después de haber estado tres años al lado del Señor, después de haber presenciado grandes milagros, después de haber escuchado su enseñanza, dice delante de los otros discípulos, categóricamente: «No creeré»? Llamo la atención al respecto de que cosas que para nosotros parecen muy claras y evidentes, realmente no lo son para todo el mundo. Que alguien me diga que es difícil de creer, yo le respondo: para Tomás también, para Pedro también, y también para mí, humildemente. ¿Y cómo hemos terminado creyendo? El Señor nos humilla y nos muestra que la salvación es del Señor, y que si realmente estamos en Cristo, no ha sido por deducción lógica, sino porque Cristo ha sido revelado al corazón de cada verdadero creyente.
Los discípulos no eran un grupo de crédulos
La gente piensa que los discípulos de Cristo eran un grupo homogéneo de personas que recibían la idea en el aire. No era así. Los discípulos eran gente que estaba luchando con la idea de quién era realmente Jesús. Aun al final del ministerio, todavía se encontraban dudando. Felipe, después de mucho tiempo, le dijo al Señor: «Muéstranos al Padre y nos basta.» Y el Señor le respondió: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?» Pedro en algún momento declaró con convicción: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.» Y el Señor le dijo: «Bienaventurado eres, Simón Pedro, porque no te lo reveló carne ni sangre.» Si tú eres creyente, no es porque eres más inteligente que Pedro; es por la misericordia del Señor que abrió tus ojos.
Tomás no estaba presente cuando el Señor se apareció la primera vez, y en esto veo la providencia de Dios. Cristo eligió el momento para revelarse a sus discípulos sabiendo que Tomás no estaría allí. Había un problema en el corazón de Tomás desde el principio. Cuando el Señor dijo que iría a Jerusalén, Tomás les dijo a sus condiscípulos: «Vamos también nosotros, para que muramos con Él.» No estaba persuadido de que Jesús tenía que morir en una cruz. Y ahora se le encuentra al final del ministerio diciendo: «Si a mí no me muestran la mano y el costado, yo no creeré.» Dios necesitaba que se manifestara la verdadera condición del corazón del hombre. Antes de subir al cielo, tenía que resolver ese problema en Tomás.
¿Quién eres tú para condicionar a Dios?
El Señor intencionalmente eligió aparecerse sin que Tomás lo viera, para que se manifestara la altivez que había en su corazón. Tomás habla de creer como si fuera una concesión suya hacia Cristo, no una misericordia de Cristo hacia él. «Si a mí no me lo muestran, yo no voy a creer.» ¿Y quién eres tú? Hay gente que quiere vivir con Dios como en esa cosa de que «yo voy a creer a mi manera». Creer no es un regalo que nosotros le damos a Cristo; creer es una misericordia que Dios nos da a nosotros en Cristo. La fe es un don de Dios. De forma tal que el que tiene fe es un privilegiado.
Tomás condiciona hasta la característica que debe tener el cuerpo resucitado. Me rompe la cabeza el hecho de que Cristo conservó las marcas de la cruz con un cuerpo glorificado. Yo me pongo en el lugar de Tomás: si Él tiene un cuerpo ya glorificado y se levantó de los muertos, ¿va a tener un cuerpo con las marcas? Pero el Señor en su misericordia conservó las marcas. Hay gente que trata a Dios como si fuera manipulable: «Si tú me mueves tal cosa, si haces esto, entonces yo lo hago.» Él es Dios. Actúa por misericordia, no por presión ni por manipulación. Tomás, que estaba vuelto loco por ver, no vio nada hasta que el Señor quiso mostrársele.
Ocho días después
La afirmación de Tomás es categórica: «No creeré.» Pedro negó al Señor bajo presión; Tomás, no. Tomás tuvo ocho días para arrepentirse, y hasta que no vio la mano, no hizo nada. Yo te pregunto: ¿qué es lo que hace falta para que creas que Cristo vino a salvarte? Él te ha mostrado su amor, lo ha revelado, la historia está llena de referencia, la creación lo anuncia. ¿Qué hace falta? Dios está trabajando en cada uno de nosotros de manera individual. El momento de Pedro no es el momento de Tomás, y el momento tuyo no es el mío. Paciencia.
Dios crea las condiciones para que nuestro carácter se manifieste. No se le apareció de primero a Tomás porque Tomás tenía un tema de carácter que necesitaba ser solucionado. Y el Señor en su providencia no ascendió al cielo antes de resolver ese problema. Aquel que comenzó en nosotros la buena obra la seguirá perfeccionando hasta el final.
Una amorosa restauración
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo, y mira mis manos.» El Señor está citando textualmente las palabras de Tomás. Cuando Tomás estaba expresando su incredulidad, el Señor le estaba oyendo. A Pedro, para restaurarle, le preguntó tres veces si le amaba, porque Pedro le negó tres veces. A Tomás, para restaurarle, le cita las mismas palabras de incredulidad que había pronunciado.
El Señor no vino a avergonzar a Tomás; vino a amarle, vino a buscarle. Tomás no tenía que haber sido buscado y fue buscado. Es la iniciativa de Dios en la salvación: un cohete teledirigido que alcanza al hombre. «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros.» «Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.» «A los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió.» Nada nos separará del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro. Ni la duda.
Señor mío y Dios mío
Aquí no hay sentimentalismo occidental. Los orientales manifiestan el amor con acciones concretas y puntuales. «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito.» Él se aproximó haciendo por nosotros lo que ninguno pudo haber hecho por sus propios medios. Amor en Cristo es más que emotividad: es no devolver el golpe, es no darte lo que te correspondía, es evitar la ironía, es no avergonzarte innecesariamente.
Tomás respondió y le dijo: «¡Señor mío, y Dios mío!» Esa doble confesión es tan impresionante que según muchos académicos fue ahí donde Juan originalmente terminó el evangelio. Ambas expresiones son sumamente personales, espontáneas. No son filosóficas ni retóricas: sencillas, sinceras y sentidas. No hay una plantilla para entregar tu vida a Cristo. Después el Señor pone la atención en nosotros: «Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.» Es la última bienaventuranza del evangelio. Si usted es creyente y no tuvo que poner el dedo en la herida, siéntase bienaventurado, porque solamente el Espíritu Santo hace ese milagro en el corazón.
El evangelio es la buena noticia de que Cristo no solamente nos ha llamado, sino que seguirá trabajando en nosotros activamente, en nuestra mente y en nuestro corazón, hasta que seamos conformados a su propósito. Aun en nuestros momentos de mayor debilidad, como en la duda o en la abierta incredulidad, Cristo en vez de ofenderse o alejarse, toma la iniciativa para buscar y volver a restaurar.