Saltar al contenido
Mensaje

La ofrenda de la viuda

Marcos 12:41-44

El Señor no mide nuestras ofrendas por su cantidad, sino por el corazón con que las damos. En la ofrenda de una viuda pobre, Cristo vio más valor que en todo lo que los ricos echaron en el arca, porque ella dio de su pobreza todo lo que tenía.

Transcripción automática

Este es uno de los textos más preciosos en los evangelios. Está documentado tanto en Marcos como en Lucas y es un relato muy conciso. Aquí no hay un discurso, no hay una instrucción, no hay una tarea para que hagamos; solamente hay un precioso ejemplo que el Señor llamó a la atención de sus discípulos. El Señor está en el templo, en un lugar que se conocía como el patio de las mujeres, sentado delante del arca de las ofrendas, observando cómo el pueblo echa dinero. Y en vez de condenar esta práctica, reconoce y recibe como agradable el sacrificio de una viuda muy pobre que dio lo que tenía.

Estando Jesús sentado delante del arca de las ofrendas, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.

— Marcos 12:41-44

El significado y valor de las ofrendas

Contrario al pensamiento popular, la percepción que el Señor tenía del templo era positiva. Siendo un bebé, fue presentado en el templo por sus padres cumpliendo la ley. Siendo un niño, se extravió de sus padres y fue encontrado en el templo entre los maestros. Ya en su ministerio público limpió el templo diciendo «mi casa, casa de oración será llamada» y pagó sus dos dracmas como impuesto del templo. Durante su vida, el Señor visitó el templo varias veces y siempre trató esa institución con reverencia.

Los judíos se quejaban de Roma respecto a los impuestos, pero ofrendaban de buena gana para el sostenimiento del templo. En el versículo 41 se ve que el pueblo completo estaba contribuyendo. Estas no eran el impuesto al templo; eran ofrendas voluntarias y generosas que salían espontáneamente de ellos mismos. Lo hacían porque el templo era uno de los símbolos de su identidad y una institución altamente valorada. Para un judío, el templo no solamente era un lugar de adoración; al mismo tiempo era un símbolo cultural, un centro de misericordia y una escuela. Los judíos de la diáspora que no vivían en Jerusalén enviaban grandes recursos para sostenerlo.

Alguien dirá: ¿saben qué hay justo después de esta expresión de adoración al templo? El Señor profetiza la destrucción de aquel templo. Que el templo eventualmente fuera destruido no invalida lo que el Señor está reconociendo en esta viuda. Mientras el templo estaba en pie, el Señor reconoció la adoración que allí se hacía. Una cosa no anula la otra. Lo mismo pasa con la iglesia local: el hecho de que no sea perfecta no significa que lo que hacemos en ella no tiene valor delante de Dios.

Ofrendar fortalece la casa del Señor

Una de las cosas que el templo hacía por los judíos era darles sentido de identidad. Aparte de ser un lugar de adoración, era un proyecto en el que todos podían participar. Lo mismo que sentían los judíos al contribuir con el templo es lo que nosotros deberíamos sentir al contribuir con nuestra iglesia local: «Este es nuestro templo, este es nuestro Dios, esta es nuestra casa.» No se trata solamente de generosidad, sino también de intención. Gócese no solamente en contribuir, sino en ponerle intención a su contribución.

Así con tus recursos, así con tu tiempo, así con tu cuerpo, así con tu presencia, entiende que tú estás fortaleciendo esta casa. Ofrendar es un asunto hermoso, simbólico, amplio, discreto pero potente. Cada vez que se presenta un informe financiero, veo la dispersión de la ofrenda, veo que la iglesia puede reunir lo necesario para cubrir su presupuesto como hormiguitas. Un problema en nuestra iglesia sería cuando vengan los ricos y ofrenden y la viuda pobre no lo haga. Hermoso es ver que una iglesia no depende de una familia, no depende de un estado, sino que cada uno según sus fuerzas pone su intención y también un poco de su patrimonio.

Me pongo en el corazón de esta viuda. Probablemente ella decía: «Quizá estas dos blancas que yo tengo le hacen más bien a los muchachitos que el templo está enseñando que lo que me hacen a mí.» Ella amaba más lo que el templo estaba haciendo que su propia necesidad de esas dos monedas. No solamente quiero pastorear una iglesia generosa; quiero pastorear una iglesia que tiene significado cuando da. Yo creo que Dios ve eso. El Señor no solamente ve tu presupuesto; el Señor también ve tu corazón.

El Señor está mirando

Dice el versículo 42 que vino una viuda pobre y echó dos blancas. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca.» Yo digo: Señor, ¿y qué tú haces mirando eso? Es que Él lo ve. ¿Estás pensando que el Señor está tan atento y al tanto de nuestra adoración? Cuando este pueblo está cantando a viva voz, el Señor está oyendo. Cuando este pueblo está ofrendando con generosidad, el Señor también está mirando. La viuda no estaba dando porque le estaban mirando; ella estaba dando en un acto de fe. Pero me gozo en que el Señor dejó testimonio de que Él ve nuestras discretas expresiones de adoración.

El exabrupto de que el Señor estuviera mirando es que en sus días el acto de ofrendar se había convertido literalmente en un espectáculo. Había gente que ofrendaba y había gente que miraba a los otros ofrendar. Pusieron en el atrio del templo diferentes urnas con forma de trompeta. Cuando ponían las monedas, las monedas sonaban, y a los ricos les gustaba poner el asunto a sonar. Dicen algunos intérpretes que a esto se refería el Señor cuando decía que a algunos les gusta que suenen trompetas. Las monedas de la antigüedad dependían de materiales valiosos, y si la moneda era de muy poco valor, sonaba poquito. Esas dos blancas no hicieron sonido alguno.

Aun en los lugares más imperfectos hay una viuda pobre que está atendiendo la causa del Señor con corazón, y el Señor se goza. Hay hermanos que han servido en lugares donde no existen buenas prácticas ministeriales y se preguntan: ¿valió la pena? La pregunta no es si ahí había buenas prácticas; es para quién tú lo hiciste. «Hagan todo como para el Señor y no para los hombres.» Hay gente que participó en actos de misericordia donde después se sintió engañada. La pregunta es: ¿lo hiciste como para Dios? Si lo hiciste como para Dios, eso fue recibido. La corrupción de los tiempos de Jesús no le quitaba valor a las dos blancas de esta mujer.

Hermosura en lo pequeño

Pareciera que al día de hoy todo lo que no es grande, todo lo que no es colorido, todo lo que no brilla mucho, no vale la pena. Yo me gozo de saber que el Señor ve el interés del corazón. Quiero decirle con mi corazón abierto a una iglesia pequeña: lo más importante no es cuántos somos, no es cuánto brillamos, no es cuán alta ponemos la producción. El Señor está mirando nuestro corazón. Lo que deberíamos preguntarnos todos los domingos es si el Señor se gozó en lo que yo traje en mi corazón.

Quiero animar a las iglesias pequeñas: el Señor no se goza en ti porque traigas mucha moneda ni porque suene mucho. Aun donde no suena, el Señor se está gozando y está mirando nuestro corazón. Hay hermosura en lo pequeño. Es como la viña de Nabot: Acab tenía muchas viñas más grandes que esa, pero quería la viña de Nabot. Hay iglesias que son como la viña de Nabot: tesoros que el Señor tiene ahí y se está gozando en ellos.

Una ofrenda sacrificial

Ella no se dejó amedrentar de que otros ya lo estaban haciendo; se expuso. Yo calculé el valor económico de dos blancas. Un denario era lo que le pagaban a un jornalero por día, y una blanca tenía el valor de 1/64 de un denario. Si una persona por día cobra 800 pesos, lo que esta mujer estaba dando eran 12 pesos con 50 centavos de la actualidad. El menudo. ¿Y tú te vas a mover para llevar tus 12 pesos y medio al templo? Lo que usted no se agacharía a buscar era el sustento de ella y lo que ella le estaba dando a Dios.

Muchos hermanos en la iglesia no contribuyen más —no hablo solamente de dinero, hablo de tiempo, de dones, de esfuerzo— porque entienden que ya hay alguien que lo está haciendo. Tu talento importa. Tus dos blancas también son importantes. El Señor lo está mirando. El elemento más importante es que fue una ofrenda sacrificial. Una de las cosas más personales que existen es el sacrificio a Dios de un verdadero creyente. Los creyentes más desprendidos no son los que tienen más, sino los que tienen su confianza en otra parte.

Él es generoso: dio a su propio Hijo. Abraham sacrificó a Isaac. Abel sacrificó lo mejor. Aquella mujer rompió el frasco de alabastro. David en algún momento quiso construir un lugar de adoración y un hombre llamado Arauna no quería vendérselo. David le dijo: «No me lo regales, véndemelo, porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada.» El problema de los ricos es que daban de lo que les sobraba. No es una reprensión; son cosas para que uno las revise y ajuste. Hay maneras de dar como dan los ricos: de lo que te está sobrando. Hay quien supuestamente sirve a Dios, pero en realidad está sirviendo una necesidad personal de realización.

El momento es ahora

Hay otros que se hacen disponibles al final de su vida: «Cuando yo llegue ya al final, entonces estaré disponible.» Si no lo hace ahora, no será sacrificio. Después no será sacrificio. En la vida hay un momento donde se vuelve costoso servir a Cristo, y es precisamente ahí donde el sacrificio cuenta. No es para estar todo el tiempo esperando que las aguas bajen. Es hoy que hay que hacer el sacrificio. Si esperas salud para servir a Cristo, ya no hay sacrificio. Si esperas que los matrimonios estén tranquilos, nunca vas a servir. Y con los hijos nunca se termina: primero los niños chiquitos, después los adolescentes, después hay que casarlos, después los nietos. ¿Cuándo es que vas a servir al Señor? Cuando te cueste.

Hay quien entrega dinero pero reserva su tiempo y sus mejores fuerzas para otro lugar. Tu tiempo y tu fuerza: eso es lo que cuenta. No hay otro momento, es ahora. Hay otros que entregan sus bienes, pero sus deleites están en otra parte. No es tu bien que queremos, es tu gozo. Tu deleite debe estar donde está también tu tesoro. El Señor sabe dónde está el corazón de uno.

Una iglesia pequeña en misión

En Pez Mundial es difícil que usted venga y se siente, porque es una iglesia plantada, pequeña y en misión. Todavía tenemos hambre, todavía tenemos deseo de hacer cosas para el Señor. En el 2008, servir a Cristo en Pez Mundial era fácil: un grupo mayoritariamente de muchachos que no teníamos demasiados líos en la vida, muchos viviendo todavía en la casa de nuestros padres. Ese núcleo fuerte empujó y empujó y empujó. Después nos casamos, tuvimos hijos, los negocios, los trabajos, los colegios, la hipoteca. Hoy servir a Cristo en Pez Mundial es costoso.

Pero yo estoy persuadido de que hoy el Señor se va a gozar más que antes. Porque antes éramos los ricos que estábamos dando lo que nos sobraba. Ahora, de nuestra pobreza, estamos dando todo lo que tenemos. En este momento, una hora que usted le dedique a un ministerio se la está quitando a un niño chiquito. Cualquier recurso que usted aporte se lo está quitando al presupuesto familiar. Una hora de tu tiempo hoy es mucho más valiosa que ayer. Cuando estás hoy congregado se lo estás quitando probablemente a tu descanso. Y ahora, ahora es que tu sacrificio está contando de verdad. Ahora somos la viuda.

El sacrificio de Cristo nos mueve

¿Cuál es la buena noticia del evangelio? Que nosotros estamos sirviendo a un Dios de generosidad y desprendimiento que ha entregado mucho por la salvación de nuestras almas. «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.» Después que vemos a Cristo clavado en una cruz, podemos responder con gratitud, voluntariamente, llegando a dar por lo que por gracia hemos recibido.

La viuda pobre sabía que su gozo no estaba ni en un marido ni en un patrimonio mayor, sino en Dios. Nosotros sabemos que por mucho que trabajemos, nuestra herencia está en otra parte. Donde mejor significan nuestras dos blancas es donde contribuimos con la causa de Cristo. Tenemos recursos temporales que se nos están deshaciendo en la mano: el cuerpo, el tiempo, las fuerzas. El momento donde eso importa es ahora, y ella hizo ahora lo que había que hacer. Oro al Señor por la iglesia, que el sacrificio de Cristo sea lo que nos mueva a entregar generosamente lo que tenemos mientras lo tengamos.