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La ofrenda de la viuda

Marcos 12:41-44

El Señor no mide nuestras ofrendas por su cantidad, sino por el corazón con que las damos. En la ofrenda de una viuda pobre, Cristo vio más valor que en todo lo que los ricos echaron en el arca, porque ella dio de su pobreza todo lo que tenía.

Predicado17 de marzo de 2024
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Evangelio de Marcos, capítulo 12, para leer aquí acerca de la ofrenda de la viuda. Póngase ahí sobre sus pies para que leamos la Escritura juntos. Son cuatro versículos solamente de la palabra del Señor. Es un texto muy conciso, pero al mismo tiempo precioso, hermoso. Dice así la Sagrada Escritura, Evangelio de Marcos, capítulo 12, desde el versículo 41 en adelante: la ofrenda de la viuda.

Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea, un cuadrante. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.

— Marcos 12:41-44

Pueden sentarse, mis hermanos. Se habrán dado cuenta de que durante todo este año he seleccionado textos de los evangelios para edificar a la iglesia. Y este es uno de los textos más preciosos de los evangelios. Está documentado tanto en Marcos como en Lucas. Es un texto muy conciso, y es interesante porque aquí no hay un discurso, aquí no hay una instrucción, no hay ni siquiera una tarea para que hagamos: solamente hay un precioso ejemplo, puesto ahí para que sus discípulos lo vieran, porque el Señor les llamó la atención sobre él.

El Señor está en el templo, está en la infraestructura del templo, en un lugar que se conocía como el patio de las mujeres. Está allí sentado.

El templo no era un lugar menor para Jesús

En esta parte del templo era donde estaba el arca, donde se ponían las ofrendas. No es la primera vez que el Señor está en el templo; era un lugar frecuentado por él. Tengo que hablar del templo en la introducción para poner el contexto de la historia. Él fue presentado en el templo cuando era un bebé por sus padres piadosos, de forma tal que cumplieron la ley y de algún modo endosaron el templo, porque él, que es el Señor de todas las cosas, fue al templo. Eso hermoseó el lugar. En su niñez, en un momento se les extravió a sus padres, y cuando salieron a buscarle lo encontraron en el templo, sentado junto a los maestros de la ley, haciendo preguntas, interactuando.

Ya en su ministerio público, en algún momento él fue y purificó el templo, y mostró un ardor, una carga. Él dijo que su casa sería llamada casa de adoración, casa de oración. Estoy mostrando, hermano, y haciendo un argumento de que el templo para Jesús no era un lugar menor. Yo crecí con la idea de que todo aquello de los judíos era un asunto que ya había pasado y que era algo malo o inapropiado. Esto no es malo ni inapropiado. El templo era un lugar apropiado, y que el Señor había endosado. En algún momento vinieron a él y le dijeron que no iba a pagar los impuestos del templo. Y él le dijo a Pedro que fuera, y pagó el impuesto del templo con las dos dracmas.

Con todo lo anterior se confirma que, contrario al pensamiento popular, su percepción del templo era positiva: el hecho de que el pueblo viniera al templo y de la adoración pública. En este relato corto que se documenta en Marcos, el Maestro presenció junto a sus discípulos el momento en que el pueblo venía al templo a entregar sus ofrendas, y no condenó la práctica. Yo he visto maestros que hablan de esto y me parecen un exabrupto: hablan de ello como si fuera una práctica abusiva, como que a esta viuda la están manipulando en el templo. Nada más alejado de la realidad. De hecho, ni siquiera los ricos fueron condenados por dar en el templo. Lo que el Señor dijo es que ellos daban de lo que les sobraba, mientras que ella había dado todo su sustento. Si usted le entra a lo que está diciendo el Señor, ellos deberían sacrificarse un poco más.

Hoy veremos el significado y valor de las ofrendas, el hecho de que el Señor está al tanto de nuestras expresiones de adoración,

El significado y valor de las ofrendas

y sobre todo veremos lo que hizo que la ofrenda de esta viuda fuera una ofrenda superior, una ofrenda mucho más agradable. Haciendo el parangón, fue una ofrenda parecida a la que llevó Abel, porque él se gozó en ella.

Comienzo mostrando el significado y valor de las ofrendas. En algún momento yo llegué a tener el pensamiento de que era poco conveniente que los no creyentes vinieran a la casa de adoración y nos vieran ofrendando. De hecho, yo tenía la percepción de que las ofrendas deberíamos dejarlas para lo privado, hacerlo entre nosotros. Pero me doy cuenta, con toda la evidencia del Antiguo y el Nuevo Testamento, de que el Señor quiere que la ofrenda tenga un lugar central en la adoración pública. No porque sean muchas, sino porque esto es significativo. No es algo inapropiado: es algo agradable al Señor y que tiene un gran trasfondo, un alto valor delante de Dios.

El Señor se ha gozado en que su pueblo le ofrende. De hecho, si sacáramos la ofrenda, hay cantidad de doctrinas que serían muy difíciles de entender, pues las ofrendas y los sacrificios ilustran la doctrina cristiana. El origen de esta práctica de ofrendar en el templo viene quizás desde los tiempos del rey David, y aún antes, desde los tiempos del tabernáculo. El pueblo se había desprendido en generosidad porque entendían que la casa del Señor tenía un lugar especial dentro del pueblo. En el Antiguo Testamento ustedes encontrarán evidencias de mucho desprendimiento, de mucha generosidad.

Los reyes de Israel se desprendían ellos mismos. Los patriarcas fueron desprendidos. Desde Noé usted encuentra abierto desprendimiento; Abraham, desprendimiento. Y este desprendimiento, discreto pero al mismo tiempo público, es muy necesario y saludable. Los profetas reprendieron al pueblo, no porque ofrendaban o dejaban de ofrendar, sino porque no ofrendaban de una manera mejor. Por lo cual yo me reprendo a mí mismo en mi pensamiento anterior y digo que, en vez de ocultar las ofrendas o dejarlas de último —se han dado cuenta de cómo en nuestra liturgia las ofrendas se han quedado de último—, deberíamos mostrar que ofrendar al Señor es algo agradable, algo valioso, simbólico, significativo, y que hay lecciones espirituales en ello.

En los días de nuestro Señor las ofrendas también tenían un lugar especial. Los judíos se quejaban de Roma respecto de los impuestos, pero ofrendaban de buena gana para el sostenimiento del templo. Es algo interesante que, a pesar de que eran gente distinta —algunos ricos, otros pobres, unos en la diáspora, otros en la ciudad—, todos generosamente contribuían con la casa del Señor. En el texto se ve, en el versículo 41, que el pueblo echaba dinero en el arca: el pueblo completo. No vemos aquí solamente una parte del pueblo, sino el pueblo completo contribuyendo. Y este no era el impuesto del templo; había un impuesto que también se pagaba, pero este no es el impuesto. Estas son ofrendas voluntarias y generosas que salían de ellos mismos.

Se describen como acciones voluntarias, espontáneas, que en gran medida ellos hacían porque el templo era uno de los símbolos de su identidad y una institución altamente valorada. De hecho, para un judío el templo no solamente era un lugar de adoración; al mismo tiempo era un símbolo de su propia identidad. Tenían un sano orgullo con el templo. El templo era un ícono religioso, pero al mismo tiempo era un lugar cultural, era un centro de misericordia, era una escuela. Los maestros del templo estaban disponibles para instruir al pueblo y responder sus preguntas. Los judíos de la diáspora, que no vivían en Jerusalén, enviaban grandes recursos para sostener el templo.

Hay algunos iconoclastas que creen que todo hay que derribarlo, que eso no vale la pena. Alguien dirá: ¿y saben qué es lo que hay justo después de esta expresión de adoración en el templo? Justo después de que el Señor habló de la ofrenda de la viuda, dice el capítulo 13, al comienzo:

Y saliendo del templo, le dijo uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras y qué edificios. Jesús, respondiendo, le dijo: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada.

— Marcos 13:1-2

La infraestructura del templo tenía casi medio kilómetro de distancia, y en los planos iba a tener cantidad de pisos hacia arriba. Ellos están impresionados con el templo y le dicen: «¡Maestro, mira qué piedras y qué edificios!». Y algunos hermanos míos leen esa respuesta y quieren derribar el templo.

Aguántenme aquí. Él dijo que en el futuro el templo cedería y no existiría, pero él mismo fue presentado en el templo, él mismo contribuyó con el templo y él mismo se gozó con la adoración que sería dada en el templo. Hermano, no destruya usted lo que Dios todavía no ha destruido; eso es lo que le estoy mostrando. No hay que derribar todas las cosas, no se puede desechar todo al mismo tiempo. No se puede botar el pañal y al mismo tiempo botar el niño.

Ellos eran esclavos de Roma, pero el templo era administrado por ellos mismos, y a los judíos su templo les daba una sana satisfacción. Ellos decían: es verdad que Roma está pisando nuestro cuello, pero el templo es nuestro, nuestra adoración no la pueden retener. De hecho, Roma fue sabia en esto, y les dijo: paguen los impuestos, pero administren ustedes su templo, tengan su sacerdote, contribuyan ustedes con su templo. Y un judío pobre entendía que el templo necesitaba ser sostenido, y lo hacía con satisfacción.

Para sostener la adoración, las ofrendas eran una alternativa superior a cualquier otra. Algunos dirán: dejemos que Roma sostenga el templo. El judío no quería que Roma sostuviera el templo; lo sostenemos nosotros. Alguien dirá: permitamos que las familias ricas de Israel se despojen de su patrimonio y que los pobres no contribuyan. Y los pobres decían: nosotros también queremos contribuir.

En algún momento de mi ministerio yo tenía ese interés romántico. Yo quería pastorear la iglesia y al mismo tiempo sostener la iglesia. Yo decía: voy a poner negocios, voy a poner empresas para que la iglesia no tenga que levantar ofrendas. Hermano querido, levantar ofrendas es un asunto muy digno, es un asunto muy bonito y permite que todo el pueblo participe. Pretender que solamente algunas familias lo hagan y que otros solamente reciban no es el principio de Dios. El principio de Dios es que todo el pueblo contribuya voluntariamente con la adoración pública. Rescato el hecho de que ofrendar es un testimonio público de que nosotros entendemos el buen lugar que representa la adoración pública dentro de una ciudad.

Un acto de adoración comunitaria

De hecho, una iglesia le hace mucho bien al lugar donde está. Yo esperaría que haya muchas más iglesias en todos los lugares y que la gente tenga una sana satisfacción con lo que ahí está sucediendo.

¿Qué lugar tienen las ofrendas en la iglesia del Señor? Ofrendar, primero —ya lo he mencionado, solo vuelvo sobre esto—, es un acto de adoración. Tan legítimo como aplaudir, tan legítimo como cantar, tan legítimo como servir en la iglesia del Señor. Ofrendar es una expresión de adoración. Y ofrendar es un acto comunitario: esto nos une como iglesia. Cuando tú y yo ofrendamos juntos, sentimos que estamos participando de algo que es más grande que nosotros mismos.

Una de las hermosuras que tiene la iglesia del Señor es que es de las pocas entidades comunitarias que tienen fondos en común. ¿Han pensado en eso? Hay pocas entidades donde la gente tenga fondos en común. Y eso hace mucho bien. Eso significa que tenemos un proyecto en común, que hay cosas que juntos podemos hacer. No es la aspiración del Señor que unos sostengan y otros no; es la aspiración del Señor que todo el mundo, según sus fuerzas, contribuya con la adoración pública. Es un reconocimiento de que la iglesia importa.

Durante mucho tiempo yo quería no solamente contribuir, sino traer mi contribución a la iglesia físicamente y sentir que participo en esta acción. Cuando lo hago es el momento en que me congrego. Yo no solamente me congrego porque voy a enseñar, no solamente me congrego porque voy a edificar: cuando yo traigo mi cuerpo a la casa del Señor, siento que estoy fortaleciendo el pueblo de Dios, que mi presencia importa. Y cada vez que la casa del Señor se queda desatendida porque mi cuerpo no estuvo allí, siento que el pueblo del Señor está en una peor posición. Cuando veo a mis hermanos de diferentes congregaciones moviéndose el domingo en la mañana hacia una casa de adoración, en mí hay un sano fervor, hay una celebración. A veces hasta he querido pararme a saludarles. Yo siento que esas personas están diciendo con su movimiento que la casa del Señor importa.

Y lo mismo significa ofrendar, hermano. Usted me dice: pastor, ¿y por qué usted predica esto? No lo predico, hermano, porque sea un problema entre nosotros. Lo predico porque hay que poner no solamente el dinero, también hay que poner el significado. Yo, que pastoreo una de las iglesias más generosas de esta ciudad, quiero mostrarles a mis hermanos que no solamente vale la pena la generosidad: lo simbólico también cuenta. No es solo que usted ponga sus recursos, es que usted ponga su intención en el recurso. No es lo mismo ofrendar porque sí, que ofrendar porque yo entiendo que la iglesia importa, porque entiendo que la casa del Señor necesita ser fortalecida. Esto es parte de mi identidad. ¿Ha pensado, hermano, que parte de mi identidad como cristiano es que tenga un lugar donde adorar al Señor junto a usted?

Y que parte de tu identidad es que juntos podemos hacer esto para el Señor. Era lo mismo que sentían los judíos, por lo cual contribuían con el templo: este es nuestro templo, este no es el templo de Roma; este es nuestro Dios, esta es nuestra casa. Y los otros pueblos van a ver que Israel realmente tiene una casa de adoración. Hermano, gócese no solamente en contribuir; gócese en ponerle intención a su contribución. Eso era lo que quería decir; ese es el asunto. A una iglesia generosa yo quiero mostrarle que no es solamente generosidad, que también es intención, que lo haga por una razón. Y así con tus recursos, así con tu tiempo, así con tu cuerpo, así con tu presencia: entiende que tú estás fortaleciendo esta casa.

«Ah, mira, realmente yo no necesito edificación hoy». Tú la necesitas, pero también tú, estando aquí, me edificas a mí. Ofrendar es un asunto hermoso, es un asunto simbólico, es un asunto amplio, hace mucho bien, es un asunto discreto pero potente. Cada vez que se presenta un informe financiero, yo veo la dispersión de la ofrenda, veo que la iglesia puede reunir lo necesario para cubrir su presupuesto como si fuéramos hormiguitas. En mí hay en esto un deleite; yo digo: lo estamos logrando juntos. Un problema en nuestra iglesia sería que vengan los ricos y ofrenden y la viuda pobre no lo haga. Hermoso es ver que una iglesia no depende de una familia, no depende de un estado, no depende del gobierno, sino que, como hormiguitas, cada uno según sus fuerzas pone su intención y también pone un poquito de su patrimonio.

Eso es un asunto glorioso. Significa que estamos juntos en este proyecto.

He estado mostrando el significado y valor de las ofrendas. Esta viuda ofrendaba porque parece que ella entendía que eso le hacía muy bien a ella. Ahora, no quiero yo, hermano, ponerle mis palabras al texto, pero me pongo en el corazón de esta viudita. Probablemente ella diga: mira, quizá estas dos blancas que yo tengo le hacen más bien a los muchachitos que el templo está enseñando que lo que me hacen a mí. Quizá la viuda diga: del templo yo también soy asistida; esto es parte de mi identidad, y si el templo no hace su función, probablemente como pueblo estemos en una peor posición. Ella amaba más lo que el templo estaba haciendo que su propia necesidad de esas dos monedas.

Y es lo mismo que tenemos nosotros: el Señor no solamente ve tu presupuesto, el Señor también ve tu corazón. A veces mi esposa me pregunta: «¿Diezmamos?». Claro, mi amor, lo hicimos. Entienda el hecho: no es que la iglesia no lo necesita; es que nuestra familia necesita recordarse a ella misma que esto a nosotros nos importa. Y eso va con el presupuesto, pero también va con el tiempo, va con nuestros mejores años. Una vez hablaba con los hermanos de finanzas de la iglesia y les decía que yo he resuelto en mi vida contribuir generosamente con la casa del Señor, porque en esta casa —no digo en PezMundial, digo en la casa del Señor— yo he recibido mucho.

En gran medida, yo soy lo que soy porque tuve una iglesia. Y cuando yo diezmo y ofrendo, estoy creando una oportunidad para que otros tengan la misma oportunidad que yo tuve. Yo soy un fruto de la iglesia, en muchos sentidos. Y le digo: no es que quiera poner palabras en la viuda, las palabras son mías, pero yo creo que esta viuda sabía lo que estaba haciendo. Ella decía: esta monedita tiene más significado allá que aquí. Lo mismo digo yo por convicción, hermano. Una iglesia fue el lugar donde yo fui formado. Me acompañó en mis peores años, me recogió muy temprano, me enseñó a hablar, me enseñó a comunicar.

El Señor está mirando

Yo soy lo que soy, en muchos sentidos, a causa de que tuve una comunidad de fe. Y cuando lo hago, no solamente quiero decir que voy a diezmar y ofrendar porque el Señor me prosperó. Esa es una razón. También lo haré porque he recibido mucho, y quiero que otros también reciban parte de lo que yo he recibido.

He estado hablando del significado y valor de las ofrendas, y de por qué se hace. Si un judío tenía un sano orgullo en su templo, yo quiero tener un sano orgullo en mi iglesia local. Yo quiero tener una satisfacción, yo quiero sentir que mis recursos importan; no solamente que cuentan —recuerden, no solamente que cuentan—, sino que también importan. Nosotros rendimos el informe financiero y creo que la iglesia siente que su contribución cuenta. Ahora, lo que yo quiero decirte, lo que no cabe en el informe financiero, es que tu contribución también importa.

Y esto lo uso como pie de amigo para moverme a lo segundo, que es el hecho de que el Señor está mirando. Dice el versículo 42:

Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea, un cuadrante. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca.

— Marcos 12:42-43

Yo digo: Señor, ¿y qué tú haces mirando eso? Es que él lo ve. ¿Estás pensando, hermano, que el Señor está tan atento y al tanto de nuestra adoración? Que cuando este pueblo está cantando a viva voz, el Señor está oyendo. Y que cuando este pueblo está ofrendando con generosidad, el Señor también está mirando.

Y que cuando entramos por esta casa de adoración y venimos juntos, corporativamente, a adorar al Señor, el Señor se está gozando. Y tú dices: pero yo no lo sé. La viuda tampoco lo sabía. Esta viuda no está dando porque la estén mirando; ella está dando en un acto de fe. Pero yo me gozo en que el Señor dejó testimonio de que él ve nuestras discretas expresiones de adoración. Hermano, hoy cuando tú saliste para la casa del Señor, y te estabas vistiendo, y estabas preparando a tu muchacho, porque tú hoy ibas a poner a la iglesia en primer lugar, había un Dios en el cielo que te estaba mirando. Y tú dices: y el Señor no lo escribió en ninguna parte. Cuando usted esté en su presencia, él te va a decir: yo te estuve viendo, yo vi tu interés, yo vi tu diligencia, yo vi tu intención, y me gocé.

Ay, hermano, qué satisfacción. Imagínate que sepas, cuando estés en su presencia, que él te diga: cada domingo que lo hiciste con interés e intención, yo te vi; y cuando dispusiste tu ropa el día anterior porque ibas a adorarme en mi casa, yo me estaba gozando. No es que el Señor esté con uno como con un ojo encima en estas cosas, que uno haga y él responda: «¿Me gustó? Sí, sí, lo hicieron bien, excelente, síganlo haciendo». No, hermanos, lo hacemos en fe.

Cuando dar se convirtió en espectáculo

Y lo llamativo de esto es que el Señor estuviera mirando, porque en sus días el acto de ofrendar se había convertido literalmente en un espectáculo. Cuando usted ve al Señor aquí, él está presenciando el espectáculo.

Había gente que ofrendaba y había gente que miraba a los otros ofrendar. Y los judíos habían hecho de esto una feria. De hecho, reservaron un lugar en el atrio del templo donde todo el mundo podía llegar, que era el patio de las mujeres, y pusieron allí diferentes urnas con diferentes propósitos para ofrendar. Estas urnas, según los historiadores, tenían una forma como de trompeta, y cuando ponían ahí las monedas, las monedas sonaban. Y a los ricos les gustaba poner el asunto a sonar. Dicen algunos intérpretes que a esto se refería el Señor cuando decía que a algunos les gusta que suenen trompetas: es como decir, vamos a poner a sonar el asunto, que suene.

Quiero ilustrarlo, hermano. Era un recipiente que tenía esta forma hacia arriba, de forma tal que las frecuencias se amplificaban. Ellos traían su bolsa de monedas y la ponían a sonar. ¡Wow, sonó! Y el pueblo decía: ¡ese dio mucho! Algunos ponían a sonar más de un recipiente al mismo tiempo: el recipiente para el templo, el recipiente para la viuda. Y eso sonaba. Unos daban y otros miraban. «Estando Jesús delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca». Yo digo: Señor, ¿y qué tú haces ahí? Pues yo mismo no lo aguanto. A veces nosotros mismos somos más rigurosos que el Señor. Y uno diciendo: eso Dios no lo está recibiendo, es un espectáculo, eso no debe hacerse. Y aquí está el Señor mirando a los ricos hacer eso.

Y vio una viuda que tiró dos blancas. Las monedas de la antigüedad eran monedas hechas con materiales valiosos, y si la moneda era muy poquito, sonaba poquito. Esas dos blancas, hermano, no hicieron sonido alguno. Ella dejó caer eso y probablemente ni se sintió. Ay, hermano, pero yo me gozo en que el Señor la vio. Tengo hasta la tentación de que vengan ustedes ahora y lo pongan a sonar. Es una broma. Lo que estoy mostrando, hermano, es que dar se había convertido en un espectáculo. Cuando alguien daba mucho —imagínense a una persona llegar con una bolsa de ofrenda y echar un puño aquí, echar un puño allá, otro puño allá—, la gente decía: sí, ese dio mucho, ese tiene mucho.

Pero al parecer el Señor sabe discernir y ve el corazón de la gente, y sabe con qué interés lo está haciendo. Lo que nosotros no podemos ver, porque nos guiamos por los ojos, él lo conoce: conoce la intención del corazón y disciernе eso. Y yo, leyendo esto, digo: wow, pero hay gente que está adorando al Señor en lugares donde yo tengo cierto prejuicio. Hermano, ahí, en los lugares donde tú más prejuiciado estás, hay expresiones sinceras de adoración que el Señor está recibiendo. No es esto una excusa para convertirnos en pragmáticos y decir que todo cuenta. Si usted puede mejorar, mejore; si usted puede moverse, muévase. Lo que le estoy diciendo, hermano, es que aun en los lugares más aberrantes hay una viuda pobre que está atendiendo la causa del Señor con corazón, y el Señor se goza.

Lo más vistoso para un rico era hacer aquello, pero esta mujer no tenía los medios para hacerlo. Sin embargo, ella hizo algo que el Señor vio. Y yo creo que esto da mucho aliento para nosotros. ¿Y qué lecciones espirituales hay en esto? Anote algunas. Hay hermanos que han servido en lugares donde no existen buenas prácticas ministeriales y se preguntan: ¿valió la pena? La pregunta no es si ahí había buenas prácticas ministeriales; es para quién tú lo hiciste. «Hagan todo como para el Señor y no para los hombres», dice la Palabra. Alguien dirá: pastor, esos veinte años adorando en esos lugares, ¿eso habrá subido al cielo? No te lleves del lugar. ¿Para quién lo hiciste?

¿Lo hiciste para agradar al hombre o lo hiciste para agradar a Dios? Hay gente que ha participado en actos de misericordia y después se sintieron engañados: «Mira, yo le di, yo pensaba que tenía necesidad, después vi que no». La pregunta no es si la persona tenía la necesidad; ¿lo hiciste como para Dios? Y si lo hiciste como para Dios, eso fue recibido. Eso es lo que te estoy mostrando: que la corrupción de los tiempos de Jesús no disculpaba ni le desmerecía, no le quitaba valor a estas dos blancas que esta mujer estaba dando. Hay que dejar que la gente adore al Señor con sus medios; no se lo pongamos tan difícil. Siga adorando al Señor.

Los pastores que me han oído hablar hoy en estos términos dirán: no, pero esto es como un pragmatismo, como que todo vale. No, hermano, no es que todo vale. Es que yo no me puedo pasar la vida recorriendo toda casa de adoración para decir que aquí sí y aquí no. Y si alguien va a adorar al Señor con sinceridad de corazón, yo le digo: ve, adora ahí al Señor con sinceridad de corazón, que él te ve y él te recibe. «No, pastor, no lo reciben, porque ahí no lo están haciendo como hay que hacerlo». Hermano, no es que yo defienda el lugar; defiendo el interés que hay en gente que probablemente no tiene la capacidad de discernir si está bien o está mal.

Esta mujer no había hecho un estudio exhaustivo, ella no podía ver los informes del templo, no sabía si eso se estaba usando bien o no. Ella lo estaba haciendo como para Dios, y ya. A pesar de todo aquello, el Señor encontró deleite en la ofrenda de esta viuda. Hay gente que ha contribuido con la obra de Dios y dice: yo no sé si eso ha sido recibido. Hágalo por convicción. Algo que a mí me martilla todos los días es que tengo muchos años sirviendo al Señor en muchas áreas, y a veces me pregunto: ¿habrá subido o no habrá subido?, ¿lo hice con el corazón correcto o no? Yo mismo a veces no sé discernirme a mí mismo. Pero yo espero que el Señor en fe lo reciba.

Según mis medios. Si usted se vuelve muy riguroso, va a dejar de adorar y va a decir: no, esto sí, aquello no. Yo no sé si lo hice de la manera correcta, hermano. La manera correcta es sinceridad de corazón. Hágalo generosamente para Dios. Al parecer, el Señor providencialmente conoció a la viuda, porque él supo la denominación de la moneda, la cantidad de las monedas, y también la intención de su corazón. Yo mismo me preguntaba si fue que él lo vio de cerca o no. Pero lo que sé es que él vio, más que la moneda, el corazón de esa mujer.

Hermosura en lo pequeño

Y para ver el corazón hay que ser Dios. Te estoy mostrando, hermano, que yo puedo ver desde afuera, pero el Señor ve el corazón. El Señor ve el corazón y el Señor recibe genuinas expresiones de adoración. De hecho, la reiteración que utilizó importa: dijo que de su pobreza dio todo lo que tenía, y después dijo, todo su sustento. Y usted dice: ah, pues tú la conoces, tú sabes quién es ella. Él conoce a todos los hombres, y él también te conoce a ti. Yo no sé, hermano, quién contribuye mucho —en lo económico digo—; mis ojos ven más el tiempo y la dedicación que lo económico.

Esta expresión de adoración en el templo se parece mucho a expresiones contemporáneas que a uno le parecen escandalosas. Y hablo con cuidado, hermano. Pero hay lugares de adoración que se han convertido en pasarelas, en motivos para la exhibición y hasta para la ostentación. Por primera vez en la historia contemporánea la gente ostenta el culto a Dios: dónde estuvo y lo que hizo. Hay una tendencia hacia la espectacularidad, hacia lo muy vistoso, hacia lo muy brillante, hacia lo muy producido. Hay gente que ha pretendido que con su contribución ellos son superiores a los demás. Y al mismo tiempo, todavía en esos lugares y en otros, hay gente muy discreta que tú y yo no estamos mirando, pero en quienes Dios tiene deleite.

Pareciera que al día de hoy todo lo que no es grande, todo lo que no es colorido, todo lo que no brilla mucho, no vale la pena. Yo me gozo de saber que el Señor ve el interés del corazón. Y quiero decirle con mi corazón abierto a una iglesia pequeña: lo más importante no es cuánto somos, lo más importante no es cuánto brillamos, lo más importante no es qué tan alta ponemos la producción. La iglesia es una institución donde lo más importante es que el Señor está mirando en nuestro corazón. Y lo que deberíamos preguntarnos todos los domingos es si el Señor se gozó en lo que yo traje en mi corazón.

Yo tengo mucho gozo en las iglesias pequeñas, y quiero animar a la iglesia pequeña, hermano, a que entienda que el Señor no se goza en ti porque traigas mucha moneda, no se goza en ti porque esto suene mucho. Aunque no suene, el Señor se está gozando y está mirando nuestro corazón; eso es lo que puedo decirte. Yo tengo una carga por esto, hermano: fortalecer el ecosistema en este sentido. Y me gozo cuando puedo ir a una iglesia pequeña, animar a sus líderes, gozarme en lo que Dios está haciendo en medio de ellos, porque eso nadie lo ve, pero el Señor lo está mirando. Este año he tenido tres ocasiones de visitar iglesias pequeñas para predicar, y cuando he estado allá me gozo de que esto nadie lo esté mirando, nadie lo ande publicando, pero el Señor está mirando el corazón de ellos.

En todos esos lugares hay como un regusto, y uno dice: wow, aquí hay gente que ama al Señor verdaderamente. Hay hermosura en lo pequeño, eso es lo que te estoy diciendo. Es como la viña de Nabot: Acab tenía muchas viñas, más grandes que esa, pero él quería la viña de Nabot. Y hay iglesias, hermanos, que son como la viña de Nabot: tesoros que el Señor tiene ahí, y él se está gozando en ellos, y se alegra en lo que ahí está sucediendo. Gocémonos en que el Señor se pueda gozar en nosotros.

Lo que hizo superior la ofrenda de la viuda

¿Qué hizo que la ofrenda de la viuda fuera superior a la ofrenda de los otros? Dice el versículo 43:

Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.

— Marcos 12:43-44

Una cosa es la cantidad y otra cosa es el valor. El Señor está haciendo una lectura del valor de la ofrenda, no solamente de su cantidad. ¿Qué hace que la ofrenda de la viuda, en valor, tenga más importancia que la de los otros? Hay varias cosas aquí, hermano, que quisiera mostrar. Lo primero —y yo me gozo en esta viuda pobre que dio todo lo que tenía— es que ella realmente lo entregó. No se dejó amilanar porque otros ya lo estaban haciendo. Ella se expuso. Yo me imagino, hermano, en el lugar de ella, y es difícil venir a dejar caer dos blancas.

Yo calculé el valor económico de dos blancas. Son monedas que ya no existen, pero uno puede extrapolarlo.

Un denario era lo que le pagaban a un jornalero por día, y una blanca tenía el valor de una sesenta y cuatroava parte de un denario. Si usted busca uno de los salarios mínimos que hay aquí en el país, probablemente una persona por día cobre ochocientos pesos. Y si usted divide ochocientos pesos entre sesenta y cuatro, lo que esta mujer estaba dando eran doce pesos y medio de la actualidad. El menudo. Alguien dirá: ¿y tú te vas a mover para llevar tus doce pesos y medio? ¿Vas a ir hasta el templo a llevar doce pesos y medio? Si los otros estaban dando de a miles, ella estaba dando una monedita, de esas moneditas que están en las casas rodando por los floreros, esas que nadie entiende que tienen valor.

Lo que usted no se agacharía a buscar era el sustento de ella, y era lo que ella le estaba dando a Dios. Esto es un asunto impresionante. Ella dispuso su ofrenda y la llevó al templo, y moverse era parte del sacrificio. Yo quizás no tengo mucho, pero aquí estoy. Somos seres humanos, y cuando uno ve que la gente está haciendo grandes cosas, uno mismo como que se devuelve y dice: no, es que… vamos a esperar que baje un poco la fila. Y el sonido, ¿entiendes? Eso está sonando: cling, cling, cling. Vamos a ver lo que va a hacer ella. Ay, cualquiera se devuelve, hermano. Pero ella tuvo el interés de llevar su ofrenda, aunque fuera poquito.

Yo creo que esa es una de las mejores manifestaciones de adoración: cuando uno hace algo, no necesariamente porque eso vaya a resolver un problema, sino porque uno sabe que el Señor está mirando. «Ay, pero yo no sé si debo servir, porque hay tanta gente que atiende eso». Dé usted sus doce pesos y medio, y entienda que el Señor lo va a recibir. Porque uno no ofrenda para resolver un problema; uno ofrenda para manifestar el amor al Señor. Y uno agrada al Señor con lo que el Señor le ha dado.

Ella dispuso. Humanamente hablando, hermano, el templo siempre estuvo en construcción; se parece a estas catedrales que tardan años y años. Y según los planos del templo y los muros que eso tenía —recuerden, casi medio kilómetro de ancho, nueve pisos, muros de dieciséis pies—, alguien le diría a la viuda: pero eso no da ni para empezar.

Con lo que usted está dando, ¿usted cree que se va a construir un muro de dieciséis pies? No, no se va a construir un muro de dieciséis pies. Pero yo sé que mi Dios tiene deleite en este tipo de cosas, y por eso lo doy. Yo creo que muchos hermanos en la iglesia no contribuyen más —y no estoy hablando solamente de dinero, estoy hablando de tiempo, de dones, de esfuerzo— porque entienden que hay alguien que ya como que sobra: «No, él sobreabunda, él tiene demasiado de eso». Hermano, lo suyo, su talento, importa. Sus dos blancas también son importantes. El Señor lo está mirando. Su ofrenda importa. Gloria al Señor: muchos están dando grandes cosas, y yo tengo la humildad de venir a dar pequeñas cosas.

Una ofrenda sacrificial

El elemento más importante es que fue una ofrenda sacrificial. La palabra es sacrificial: su sacrificio. Una de las cosas más personales que existen es el sacrificio de un verdadero creyente a su Dios, porque esto le molesta al mundo. La gente ve historias de este tipo y comienza a cuestionar: ella no debió haber dado las dos blancas. ¿Qué sabe usted de su corazón? Déjela tranquila. «No, que den los ricos solamente». Deje que la viuda dé sus dos blancas. La gente siempre quiere meterse en esto, y el mundo se molesta. Deje que ella sacrifique. De hecho, los creyentes más desprendidos no son los que tienen más, sino los que tienen su confianza en otra parte. A veces los que menos tienen son más generosos que los que más tienen.

Recuerde: lo importante no es cuánta moneda tú das, sino la razón por la cual la estás dando. Él es generoso, hermano. Él dio a su propio Hijo, Juan 3:16. Abraham sacrificó a Isaac, un asunto valioso. Abel sacrificó lo mejor. Recuerdo aquella mujer que rompió el frasco de alabastro: «No, que no lo rompa, que no lo dé». Ella está adorando a su Dios. Deja que la gente adore a su Dios según lo que quiera. David en algún momento quiso construir un lugar, y un hombre llamado Arauna no quería vendérselo, sino regalárselo. Y David le dijo:

No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. Y compró David la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata.

— 2 Samuel 24:24

Ese elemento sacrificial. No solamente dar. El problema que había en el corazón de los ricos es que daban de lo que les sobraba. Y es verdad, en muchos sentidos, hermano: tu contribución parece mucha, pero te está sobrando. Dejo de hablar por un momento de las monedas y hablo del sacrificio en general. Hay manera de dar como dan los ricos: de lo que te está sobrando. No es una reprensión, hermano; son cosas para que uno las revise y las ajuste.

¿Saben cómo es que dan los ricos? El rico es el que tiene demasiado, y él supuestamente está sirviendo a Dios, pero está sirviendo una necesidad personal: necesidad de realización, necesidad de hacer algo con mi vida que sea significativo, porque ya yo tengo todos mis problemas resueltos y quisiera también hacer algo. Esto no es una ONG, esto no es una fundación, esto no se hace para que tú te sirvas a ti mismo: es para servir a Dios. No es para tú sentirte relevante, no es para sentirte importante; esto es para servir a Cristo, no a nosotros.

Hay otros que se hacen disponibles como al final de su vida. Dicen: no, ahora mismo yo no puedo, pero cuando llegue al final de mi vida, entonces estaré disponible. Hermano, si no lo hace ahora, no será sacrificio. Yo me he preguntado eso mismo, porque la tentación me visita de hacer una pausa y decir: vamos a priorizar ahora otras cosas, y cuando esté en otro momento de la vida, volveremos a servir al Señor. Es ahora que es sacrificio; después no será sacrificio.

El sacrificio es hoy

Y alguien me dirá: pastor, yo estoy retirado, entonces yo no puedo servir. No es eso lo que te estoy diciendo. Lo que te estoy diciendo es que si tú puedes hacer un sacrificio hoy, invertir tu vida en la causa de Cristo, inviértela hoy, porque hoy es que duele, hoy es que se siente. Hay un momento de la vida donde es cómodo, hay un momento de la vida donde es costoso, y después vuelve a ser cómodo: es como una campana. En la primera parte de la vida, cuando los compromisos no te han arropado, es cómodo servir al Señor. Pero hay otro momento de la vida donde se vuelve costoso servir a Cristo, y llega otro momento en que se vuelve más ligero.

No es para estar uno esperando que las aguas bajen, que las cosas se vuelvan más ligeras. Es hoy que hay que hacer el sacrificio. Otros están esperando comenzar a servir al Señor cuando el Señor les dé alguna tranquilidad: mira, cuando se me resuelva ese problema en la vida, entonces yo serviré al Señor. Es hoy.

Hablaba con un amigo querido, sumamente dotado. Y ya sé lo que están pensando, hermanos: es mi barbero, no es ninguno de ustedes. Lo aprecio muchísimo. Es una persona dotada, un tremendo maestro de la Palabra. Yo siento que hace unos cuantos años como que se me retrajo en el servicio. Y le decía el día pasado, la última vez que fui a recortarme: no, no, hay que hacerlo ahora.

Hoy es el momento. Y yo lo entiendo, hermano: estamos todos en ese momento donde hay que criar a los hijos, donde están las dificultades del matrimonio, donde está la salud. Si tú esperas salud para servir a Cristo, ya no hay sacrificio. Es hoy, aun sin salud. Que los matrimonios están complicados, hermanos: no hay matrimonios que sean estables, todos los matrimonios tienen altas y bajas. Y si tú esperas un tiempo donde todo esté tranquilo en el matrimonio para servir a Cristo, ¡nunca vas a servir a Cristo! Y con los hijos nunca se termina: «No, que yo tengo niños chiquitos». Después va a tener adolescentes, después va a tener jóvenes, después hay que casar a los hijos, después los hijos están cogiendo lucha en los primeros años del matrimonio, que dificultades, que ahora tengo que ayudarles, que ahora estoy cuidando a los nietos.

¿Cuándo, entonces, es que vas a servir al Señor? Es lo que te estoy diciendo: cuando te cueste. ¡Hoy! Y no entregar tu dinero mientras reservas tu tiempo y tus mejores fuerzas: «Ahora yo voy a contribuir con mi dinero; mi tiempo y mis fuerzas los voy a dar a otro lugar». El Señor es generoso materialmente, generoso con su tiempo, pero él se deleita en otras cosas. Tu deleite debe estar donde está también tu tesoro.

Está complicado el asunto, hermano. Vamos a llevarlo ahora a las formas actuales de sacrificio. Y aquí es que la gente me dice: pastor, me están predicando a mí. Te estoy predicando a ti, ¿entiendes? Ese es el asunto. ¿A quién le voy a predicar si no es a ti? ¿A la silla, a la piedra? A ti es que te tengo que predicar, porque te conozco. A ti fue que me mandaron a pastorearte. Esa es la realidad. Yo no puedo predicarle al aire, tirar tiros sueltos, a ver quién los agarra. No, hermano, yo soy un pastor. Algo que tenemos los pastores es que movemos la congregación con la predicación. Si yo predico al aire, perdí el tiempo. Yo no tengo una congregación que no conozco.

Ahora somos la viuda

Esta congregación tiene gente muy comprometida con el servicio del Señor. Pero en este momento, al mismo tiempo, estamos en los momentos más difíciles de la vida. Una bendición que tuvo PezMundial es que encontró un grupo de muchachos solteros comprometidos con la casa de Cristo, otros casados, matrimonios jóvenes, pero que todavía no tenían demasiados líos en la vida. Y ese núcleo fuerte de PezMundial empujó, y empujó, y empujó. Y después nos casamos, tuvimos hijos, los negocios, los trabajos, los colegios, la hipoteca, que el carro está dañado, que tiene un sonidito… Y en medio de todo eso, la misión continúa. La pregunta es si tú estás disponible o no, porque el Señor va a seguir haciendo lo que va a hacer.

En el 2008, servir a Cristo en PezMundial era fácil. Ayer estaba hablando con plantadores de iglesia y estaba recordando cuando en el 2008 uno terminaba un jueves comiendo chimis en un sitio. Los picapollos de Susana, sí. Eso era PezMundial en el 2008: un grupo mayoritariamente de muchachos que no teníamos demasiado lío en la vida, que todavía muchos estábamos viviendo en la casa de nuestros padres. Qué chulo es vivir en la casa de tus padres, hermano. Debería haber un programa para que uno vuelva a vivir en la casa de sus padres dos semanas; eso es mejor que un hotel. Y no, no estoy mirando para allá intencionalmente. Lo que estoy mostrando es que no estamos en el 2008. Hoy, servir a Cristo en PezMundial es costoso, porque no estamos en el momento en que estábamos. Pero yo estoy persuadido de que hoy el Señor se goza más que antes.

Cuando nos hagamos disponibles de nuevo para la misión, el Señor va a tener aún más deleite que el que tenía antes. Porque antes éramos los ricos que estábamos dando lo que nos sobraba. Ahora, de nuestra pobreza, estamos dando todo lo que tenemos, todo nuestro sustento. En este momento, una hora que usted le dedica a un ministerio se la está quitando a un niño chiquito. ¿Entiende el pensamiento? Cualquier recurso que usted destine en este momento se lo está quitando al presupuesto familiar. No es lo mismo, hermano, el salario de un soltero que el salario de una gente casada. No es lo mismo.

Una hora de tu tiempo hoy es mucho más valiosa que ayer, por diez. Cuando tú estás hoy congregado, se lo estás quitando probablemente al negocio, a tu descanso. Yo me gozaba hoy mirando a mis hermanos adorar aquí al Señor, pues yo sé que ayer hubo un cumpleaños. Y les pregunto: ¿cómo está la fuerza? Bien, aquí estamos. Es difícil después de un cumpleaños. Sí, ese es el momento en que estamos, en que hay que hacer dos o tres cumpleaños por mes. Ya los grandes no celebramos, porque hay que celebrar a los chiquitos. Ese es el momento de la vida, hermano. Y ahora, ahora, es que tu sacrificio está contando de verdad. Ahora somos la viuda.

Somos una iglesia plantada, pequeña y en misión. Hay iglesias grandes, con la música bien producida y un sermón bien predicado, y tú allá te sientas, hermano, y disfrutas eso para que tengas una experiencia de adoración. Eso está bien, no está mal. Pero en este momento nosotros somos una iglesia plantada, pequeña y en misión. La misión no la hemos guardado; el Señor todavía espera que la hagamos. Y es un compromiso ser parte de una iglesia pequeña, porque siempre te están reclutando. Hago un paréntesis para hablar un chin de otra cosa.

Y déjame tomar un chin de agua, hermano. La dinámica cuando la iglesia es pequeña es que usted llega y ya lo están esperando, y lo están como midiendo. Y tú dices: pero esta gente como que me está esperando. ¿Y qué es lo que pasa? Es que faltan manos. Necesitamos gente, dones. Cada vez que llega uno, es como que no lo dejan sentarse: ya lo están esperando y los diferentes ministerios lo están deseando. Y uno dice: espérense, espérense, que yo vine para respirar, yo vine acá para recibir. Es difícil venir a recibir en una iglesia pequeña. Es como llegar temprano a un cumpleaños: si usted llega temprano a un cumpleaños va a inflar las vejigas, va a recoger cosas.

Mi hermano Luis y Raquel estaban inaugurando su local el día pasado, y yo fui a orar, hermano; yo fui a orar. Cometí el error de llegar temprano. Y yo voy con mi Biblia, yo voy a orar y a tener una exhortación, pero llegué temprano. Y vienen cargados, hermano, y abren el carro y comienzan a salir cosas, y uno se quita la camisa y comienza a mover. Siempre faltan manos. Tú sientes el movimiento, y es imposible sentir el movimiento y no unirte.

Y tú dices: no, es que yo estoy muy cansado ahora mismo. Lo sé. Pero ¿quién le va a dar los palos a la batería? Porque tú estás ahí. «Ay, es que yo estoy cansado». ¿Y quién va a dirigir la iglesia en adoración? Porque tú estás aquí. A veces uno quisiera tomar un respirito, hermano, y uno dice: pero es que el amor de Cristo me constriñe, mi iglesia necesita mis dones. Aquí estoy. Estamos en el momento de la vida que es difícil, pero yo creo que en este momento tenemos una oportunidad mejor que la que tuvimos en el 2008 para volver a asumir la misión y hacer la obra del Señor, y saber, hermano, que el Señor tiene deleite en estas cosas.

Es costoso. Una cosa es dar tu tiempo, que es lo más fácil; otra cosa es ponernos de acuerdo. Estamos en el momento en que ya somos adultos, y servir con adultos no es lo mismo que servir con jóvenes. Los jóvenes soportan más. En este momento tú dices: yo quiero servir al Señor, y quiero servir al Señor con mis hermanos. Eso significa que va a haber desavenencias y conflictos. Eso es costosísimo. ¿Sabes lo que cuesta servir junto a otros? No es lo mismo el malentendido del muchacho que el malentendido del adulto. A los adultos las cosas nos duelen más. Pero hay que seguir sirviendo al Señor. Esa es la ofrenda de la viuda: soportar.

Hermanos, queremos seguir haciendo la obra. Yo sé que va a ser difícil, pero vamos. Que no sea, Señor, que yo no lo hice porque la verdad es que no quise entregar mi comodidad, entregar mi confort. Hay que entregar el confort para seguir sirviendo a Cristo. Servir juntos a pesar de las desavenencias.

El evangelio en dos blancas

¿Y cómo es el evangelio, hermano? ¿Cómo se ve el evangelio en estas cosas? El evangelio es la buena noticia de que Dios, en Cristo, entregó por nosotros aquello que para él tenía un valor superlativo.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

— Juan 3:16

¿Cuál es la buena noticia del evangelio? Que nosotros estamos sirviendo a un Dios de generosidad y desprendimiento, que ha entregado mucho por la salvación de nuestras almas. Y la verdad, hermano, que después de que Dios entregó a su Hijo, y sigue haciendo cosas a favor nuestro todos los días, y él está moviendo tantas cosas, es difícil quedarse quieto diciendo: Señor, yo voy a priorizar en este momento mi comodidad, mi confort, mi tranquilidad. Que el sacrificio de Cristo sea lo que nos mueva. El evangelio es la buena noticia de que, cuando nosotros vemos a Cristo clavado en una cruz, podemos responder con gratitud, voluntariamente, dando por gracia lo que por gracia hemos recibido, y lo hacemos generosamente.

Siempre hay una sincronía. Hablaba esta semana con alguien que tenía el pensamiento de que a veces está entregando mucho y recibiendo poco. Probablemente de nosotros mismos estemos recibiendo poco, pero lo que hemos recibido de Dios es muchísimo. Y cuando ponemos en la balanza lo mucho que hemos recibido de Dios, con facilidad damos mucho más a nuestros hermanos, porque mucho hemos recibido de él. No está desbalanceado: salimos ganando.

El evangelio nos muestra que, así como una viuda pobre sabe que su gozo no está ni en un marido ni en un patrimonio mayor, sino en Dios, y que dos monedas, dos blancas, no van a aportar mucho a su deleite, nosotros sabemos que, por mucho que trabajemos, por mucho que nos esforcemos, nuestro gozo, nuestra herencia, está en otra parte.

Ella sabía que tener un marido o tener más monedas no le iba a dar más gozo. Ella tuvo más deleite en contribuir con la casa del Señor. ¿Para qué reservarse esas dos blancas? El evangelio es lo que te lleva a entregar ese pedacito que tú tienes y que no significa mucho. Donde mejor significa es donde contribuyes con la causa de Cristo. Dos blancas tienen más valor y satisfacción en la misión que en otro bolsillo.

Hermano, de aquí a poco ya el dinero no importa. ¿Has pensado en eso? De aquí a poco ya no hay templo. Así termina esta historia: saliendo Jesús del templo, le dijo uno de sus discípulos: «Maestro, mira qué piedras y qué edificios». Wow, mira qué ministerio de alabanza; wow, mira qué congregación más numerosa. De aquí a poco eso no importa; eso importa hoy. Cuando tengamos la presencia del Señor, ya esto no tendrá valor alguno: ya nuestro tiempo no tendrá valor, ya nuestros años no tendrán valor, nuestras fuerzas ya no tendrán valor. Lo que el Señor está diciendo no es que el tiempo no importe, sino que el momento en que eso importa es ahora. Y ella hizo ahora lo que había que hacer.

La lección aquí, hermano, es que nosotros tenemos recursos temporales que se nos están desbaratando en la mano, entre ellos el cuerpo. Este cuerpo de aquí a poco ya no funciona igual. Este cerebro ya no funciona igual.

Los brazos se caen, el cerebro se agota; eso es Eclesiastés en vivo y directo. El momento es hoy. Y tú dices: pastor, yo tengo cincuenta ya. El momento es ahora, porque pronto vas a tener sesenta. «Ay, pastor, ya yo pasé de setenta». Entonces el momento es ahora, porque pronto tú estarás en la presencia del Señor, donde ya el templo no existe.

Oro al Señor por la iglesia, hermano. Les dejo eso ahí, que el Señor tenga misericordia.

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