Saltar al contenido
Mensaje

La misión de los setenta

Lucas 10:1-12

El reino de Dios no avanza por un despliegue de medios materiales ni complicados planes estratégicos, sino con gente sencilla haciendo algo que humanamente tiene pocas probabilidades de éxito. Jesús envió a setenta hombres comunes y corrientes, sin recursos y sin garantías, a predicar el evangelio en las ciudades.

Transcripción automática

Los evangelios terminan con la Gran Comisión, un llamado solemne a ir por todo el mundo predicando el evangelio. Pero aun antes, el Señor ilustró la misión de su iglesia de maneras prácticas, primero enviando a sus doce apóstoles y luego a un grupo de setenta a predicar en las ciudades. El contexto es significativo: justo antes de enviar a los setenta, el Señor había sido rechazado. Le dijo a uno «sígueme» y le respondió que tenía que enterrar a su padre. Le dijo a otro y quería despedirse primero. Después de estas cosas, designó a setenta. Si al Señor mismo le estaban diciendo que no, ¿qué les esperaba a ellos?

Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino.

— Lucas 10:1-4

La misión como notificación

He venido hoy a animar a la iglesia a que hagamos la obra que se nos mandó a hacer aunque no nos reciban. La predicación del evangelio no solamente se trata de la conversión de las almas. El evangelio es en muchos sentidos una notificación, y todo ser humano necesita ser notificado por Cristo. ¿Cuál es la notificación? Que el reino de los cielos se ha acercado. Uno no predica el evangelio solamente para que la gente se convierta. Mayoritariamente, uno predica el evangelio a gente que no se va a convertir, pero un día llegará a la presencia del Señor y el Señor le recordará: el reino de los cielos estuvo a la puerta de tu casa y no tomaste una decisión.

A veces siento la impotencia de que le predicamos a la gente el evangelio y la gente no hace nada con él. Si usted le predicó, sienta que usted le notificó. La iglesia del Señor y su testimonio son un instrumento de salvación, pero también, lo digo con cuidado y reverencia, un instrumento de condenación. Por eso termina diciendo: «En aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma que para aquella ciudad.» Cuando salimos a predicar y nadie se convierte, vamos a tener que seguir saliendo y seguir notificando.

Si uno asume la evangelización así, quizá el Señor salve unos cuantos. ¿Sabe por qué no lo hacemos más? Porque no vemos muchos resultados. Me llama la atención que no hay aquí un programa muy elaborado, un plan estratégico para la evangelización del mundo. Nosotros estamos dos mil años después y realmente esa metodología ha demostrado su resultado. En toda cultura, en toda ciudad, la predicación sencilla del evangelio con instrumentos precarios ha traído salvación. El Señor me humilla mostrándome instrumentos que no tienen nada de planes elaborados y que están siendo utilizados poderosamente para salvación.

De dos en dos, a las ciudades

Este grupo es diferente al anterior. Ya no son los doce; fueron enviados de dos en dos, la pluralidad en el ministerio como estándar de Dios. Y dice que fueron enviados a las ciudades. En el mundo antiguo, quienes vivían en las ciudades eran la minoría. Las ciudades se veían como algo negativo; los filósofos y los anacoretas se quedaban en el desierto porque entendían que allí estaba la vida de reflexión. Para los religiosos, las ciudades eran centros de pecado, de idolatría, de avaricia.

Y para ese lugar el Señor los mandó. No les dijo: «Quédense aquí y que la gente venga a ustedes cerca de un río.» Les dijo: «Vayan al bullicio. Vayan al hacinamiento. Vayan donde hay roce. Vayan donde todo el mundo está ocupado buscando dinero. Vayan donde la gente está practicando el pecado.» Como creyentes, a veces estamos esperando que la gente se salga del bullicio para que sea salva, y no es así. El Señor te salva en medio del bullicio. El evangelio funciona en la ciudad, rompe con el ruido, con el ajetreo, con toda forma de pecado. El evangelio es una fuerza incontenible.

Orar por obreros en el camino

Dice el versículo 2: «La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.» Es interesante que les cargó con dos cosas: ir a predicar y también orar. Se ha querido dividir el pueblo entre los que están trabajando y los que oran por los que están de misión. En misión está todo el mundo, y usted va a orar mientras está trabajando. La responsabilidad de orar recaía sobre los mismos que ya habían sido enviados, y esto asegura la continuidad del ministerio.

A medida que hacemos la obra, no solamente hacemos la obra; producimos el obrero en el camino. Uno no solamente hace la obra del Señor; uno hace la obra y produce al siguiente obrero. Segunda Timoteo 2:2 me ha cargado en el último año: busca hombres fieles que puedan enseñar a otros lo que tú mismo has recibido. No es solamente hacer la obra; es hacer la obra y al mismo tiempo orar para que vengan más obreros. Quien no ora tiene un problema en el corazón, porque pareciera que la obra del Señor va a morir con nosotros. Uno siempre debería orar para que se levanten obreros más diligentes, más dispuestos, aún más fructíferos, porque la obra del Señor no se trata de nosotros; se trata de Él.

Estos setenta no están siendo enviados porque son geniales ni porque son los obreros más cualificados; están siendo enviados porque son setenta. De mucha gente haciendo un poquito se hacen cosas muy grandes. La obra del Señor en su conjunto nunca ha avanzado con grandes instrumentos, sino con un ejército de pequeños instrumentos. No solamente quiero tener grandes músicos y grandes predicadores, sino que esos grandes músicos y predicadores estén mirando otros obreros que puedan continuar con esto. Para mí sería un deleite que el Señor traiga mañana cinco pastores más cualificados que yo. Porque la obra del Señor no comenzó con nosotros y con toda seguridad con nosotros no terminará.

Id: un imperativo riesgoso

El versículo 3 comienza con un «id», punto y coma. El Señor pudo haber dado cinco párrafos; el centro de este asunto es esa partícula. Después que le dice «id», les dice: «Yo os envío como corderos en medio de lobos.» Un trabajo peligroso. Está buscando que sientas tu vulnerabilidad. Los demonios son reales, el diablo es real, el mundo es real. Y si usted está esperando condiciones seguras para hacerlo, no lo va a hacer. La meta del obrero no es eliminar el riesgo; es asumirlo y confiar en Dios.

«No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado.» La bolsa era donde se guardaba el dinero. La alforja era como una mochila de dos lados. Si iba sobre un viaje largo, guardaba unos cuantos calzados para no andar descalzo. El Señor les está diciendo: no esperen tener recursos para salir. Si algo lamento en mi ministerio es que los primeros años esperé demasiados recursos para hacer lo que había que hacer. Siempre estaba esperando que algo faltaba. Un local, un equipo de sonido, cinco músicos. Si tú te dedicas a esperar los recursos para hacer la obra del Señor, no vas a hacer nada, pues la obra del Señor no depende de los recursos materiales.

No confíes en tu capital relacional

Dice también: «A nadie saludéis por el camino.» ¿Por qué? Porque el Señor es más inteligente que tú. Si te mandan para San Juan, te paras en Baní, en Azua, buscando gente conocida. Lo que el Señor te está diciendo es: no confíes tampoco en tu capital relacional; haz la obra, porque yo te voy a ayudar. Yo testifico que no lo hacía así. Tengo una familia que ama al Señor y me respaldó desde el primer momento. Tengo un ejército de amigos talentosos. Pero en los momentos de más fruto en la iglesia ha sido cuando menos instrumento humano ha estado disponible.

Testifico que en los primeros años del ministerio confiaba demasiado en mis planes, en mis proyectos sumamente elaborados. Encuentro esos planes y me río de mí mismo, pues creía que tenía en manos la obra del Señor agarrada. Mis planes no han resultado. El Señor ha hecho en estos 16 años lo que Él ha querido hacer. Tenía un blog en internet entre el 2003 y el 2008 con mucho tráfico, y yo decía: «Si convierto el 1% del tráfico, el Señor tiene una iglesia.» Nadie vino. Nada de lo anterior ha sido malo, pero Dios nunca ha dependido de nada de eso. Ni de la bolsa, ni de la alforja, ni de los amigos que tú tienes.

Persistencia, no eficiencia

No tenían garantía de salvación. El Señor sabe a quién va a salvar, pero quiere que salgamos a predicarle a todo el mundo. Si le dijera dónde están los suyos, le predicaríamos solo a uno, y los diez necesitan ser predicados. No somos más efectivos porque tenemos demasiada orientación a la eficiencia de los resultados. En el evangelismo, más que eficiencia, hace falta persistencia: tocar, salir, volver a salir, volver a tocar. El temor al rechazo nos paraliza. Es duro que alguien te diga «no necesito tu producto.» Y en la evangelización lo mismo: tú quieres mostrarle a Cristo y te molesta que la gente lo pisotee.

Si Él puede lidiar con el rechazo del hombre, también yo puedo lidiar. Porque no es a mí que me están rechazando; es a Él. Para nosotros ser efectivos tenemos que entender que muchas personas van a pasar por aquí y pocas van a ser retenidas. Estoy preparado para morir pastoreando una iglesia pequeña. Ahora, que el Señor nos encuentre trabajando. La tarea primordial es proclamar. ¿Para qué existimos como iglesia? Para proclamar a Cristo en la ciudad de Santo Domingo, con palabra y acción. No es si eres más grande o más pequeña; es qué tan obediente eres a la Gran Comisión de predicar el evangelio en la ciudad donde Dios te ha puesto.

Comed lo que os pongan por delante

Los judíos tenían normas alimenticias muy estrictas, y el Señor les está diciendo: «Cómanse lo que les pongan por delante, suspendan un poco sus prejuicios para que sean efectivos.» Yo no tengo prejuicios alimenticios, pero reconozco que hay otros prejuicios que me acompañan: el prejuicio de la irreverencia, de la irreligiosidad. Pareciera que creemos que la gente tiene que ser pre-evangelizada para después ser alcanzada con salvación. El Señor le alcanza mientras ellos comen lo que se coman. Hay que permitir ser observado de cerca, porque la gente tiene interés en Cristo. El Señor no solamente quiere que traigas al compañero de trabajo; quiere que en tu trabajo la gente te observe.

El evangelio es la buena noticia de que el reino de Dios se ha acercado y debe ser proclamado de manera sencilla, evitando toda espectacularidad o confianza humana. El evangelio es la buena noticia de que puedes alcanzar salvación hoy mismo, aunque no haya luces, aunque no haya estruendo, aunque no haya mucha parafernalia. En silencio, con el instrumento más humilde, tú puedes alcanzar salvación. No espere una iglesia muy grande ni un predicador extraordinario para ser salvo. De manera discreta y en silencio, el Señor te salva.