Leamos la Sagrada Escritura en el Evangelio de Lucas, capítulo 10, desde el versículo 1 y hasta el versículo 12. Dice así la palabra de Dios.
Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.
Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino. En cualquier casa donde entréis, primeramente decid: Paz sea a esta casa. Y si hubiere allí algún hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros. Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario. No os paséis de casa en casa. En cualquier ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan por delante; y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios.
Mas en cualquier ciudad donde entréis y no os reciban, saliendo por sus calles, decid: Aun el polvo de vuestra ciudad que se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra vosotros. Pero esto sabed, que el reino de Dios se ha acercado a vosotros. Y os digo que en aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma que para aquella ciudad.
— Lucas 10:1-12
La iglesia del Señor está en misión
Pueden sentarse, mis hermanos. La iglesia del Señor, por definición, es un pueblo que está en misión. Esto significa que nosotros no estamos en esta tierra solamente dejando pasar los días. La iglesia del Señor es como un ejército que está en marcha. No es solamente un lugar para asistir, no es solamente un asunto para saber que somos parte de ello.
La iglesia del Señor tiene una misión por delante. A nosotros se nos demandará qué hemos hecho en nuestros días con aquello para lo cual hemos sido puestos sobre esta tierra. Y para lo que hemos sido puestos en esta tierra se llama misión. Es un asunto de ir. Los evangelios todos terminan con la gran comisión, un llamado solemne a ir por todo el mundo predicando el evangelio. Pero aun antes de la gran comisión, el Señor ilustró la misión de la iglesia: primero enviando a sus doce apóstoles y después enviando un grupo mucho más amplio, un grupo de setenta, a predicar el evangelio en las ciudades.
Estos ejemplos yo creo que pueden darnos mucho ánimo como iglesia, pues nos recuerdan que el pueblo del Señor está en misión. Y cuando perdemos esta perspectiva, esta carga —y con facilidad lo hacemos, nos relajamos—, entonces perdemos toda la perspectiva de la iglesia del Señor. Yo creo que deberíamos tener una santa carga y molestia cuando como pueblo dejamos de marchar. Deberíamos sentir una santa incomodidad cuando como iglesia estamos solamente teniendo cultos, liturgias y reuniones.
La iglesia del Señor no está en esta tierra para entretenernos. La iglesia del Señor no está en esta tierra para dejar pasar el tiempo. Tenemos una misión por delante. Y parte de mi responsabilidad como su pastor, cada cierto tiempo, es recordarle a la iglesia, volverle a recordar que la iglesia está en misión. Uno quisiera siempre estar en sobremarcha, pero no es posible. Hay momentos en que uno marcha y hay un momento en que se detiene, pero cuando nos detenemos deberíamos recordarnos unos a los otros: estamos en misión. No se trata solamente de culto y liturgia. La iglesia del Señor debe seguir predicando y Dios debe seguir salvando.
Setenta desconocidos, sin biografía
En esta enseñanza yo creo que también hay mucha empatía para nosotros, pues con este grupo de setenta yo particularmente encuentro mucha más similitud que cuando me hablan de los doce apóstoles de Jesucristo. Si usted me pone a Jacobo, a Juan, a Santiago, a Pedro, demasiado grandes. Deme un grupo de anónimos, que nadie sepa el nombre, que se parezcan a nosotros.
En estos setenta hay mucha esperanza para la iglesia, porque nosotros también somos un conjunto de desconocidos a través de los cuales el Señor se goza en querer hacer cosas muy grandes. Y lo mismo que hicieron los primeros doce apóstoles del Señor, también lo hicieron los setenta. Y si lo pueden hacer los setenta, yo creo que también el Señor puede hacerlo en nosotros. A veces nos miramos y decimos: ¿qué hay en nosotros de especial? No hay nada. ¿Por qué el Señor quiere hacer su obra utilizando estos humildes instrumentos? No sabemos. Ahora, un asunto impresionante en la predicación del evangelio es que el Señor se goza en tomar instrumentos anónimos, desconocidos —setenta random, como dicen los muchachos de ahora—, para hacer cosas que son impresionantes.
En esta enseñanza veremos primero los obreros que fueron enviados por el Señor, cuáles fueron. Veremos la forma precaria en que estos hombres salieron y, sobre todo, veremos la manera o el manual con que el Señor espera que nosotros cumplamos el trabajo. Comienzo hablando de setenta hombres que no me pregunten el nombre de ninguno de ellos. El nombre que yo conozco es el del hombre que los envió. ¿Quiénes son? El Señor no nos da una biografía. Los seres humanos tenemos esa necesidad de pensar que si alguien va a hacer algo importante, vale la pena escribir una biografía sobre él. No vale la pena. La única biografía que importa es la biografía de nuestro Señor Jesucristo. Los hombres entendemos que para que alguien sea usado por Dios necesita primero tener logros, tener cualificaciones.
Enviados después del rechazo: predicar es notificar
Estos hombres no tienen todavía logros ni cualificaciones. Su único logro es haber sido llamados por Cristo y enviados en una misión que no dependía en absoluto de ellos. El momento en que estos hombres fueron enviados es importante. Dice en el versículo 1: «después de estas cosas». ¿Cuáles eran estas cosas? El ministerio de Cristo, humanamente hablando, estaba en este momento en un momento de baja. Intentaron predicar entre los samaritanos y los samaritanos no les recibieron. Y cuando los discípulos vieron que los samaritanos no les recibían, dijeron: bueno, pues si esto va a ser así, si esta es la primera ciudad que estamos visitando y no nos reciben, ¿qué va a pasar con las otras?
De hecho, dos de ellos se indignaron y le dijeron: Señor, vamos a orar para que baje fuego. Y el Señor les dijo que él no había venido a perder las almas, sino a salvarlas. Y al ver la actitud de los discípulos, yo no pude evitar sentir yo también esa sensación de que queremos hacer la obra del Señor, pero queremos que cuando vayamos a predicar todo el mundo nos reciba. Queremos que cuando salgamos a hacer la obra, la probabilidad de que nos reciban sea de un cien por ciento. Y si alguien nos dice que no, nos indisponemos y queremos que baje fuego del cielo. Después de estas cosas, el Señor mandó a setenta y les dijo: vayan, pero sepan que los envío como ovejas en medio de lobos y que es muy probable que no les reciban.
La pregunta es: ¿lo vamos a hacer aunque no nos reciban? He venido hoy a animar a la iglesia a que hagamos la obra que se nos mandó a hacer aunque no nos reciban. Pues la predicación del evangelio no solamente se trata de la conversión de las almas. El evangelio es, en muchos sentidos, una notificación, y todo ser humano necesita ser notificado por Cristo. ¿Cuál es la notificación? Que el reino de los cielos se ha acercado. Usted tiene que hacer algo con eso, pero el reino de los cielos se ha acercado. Uno no predica el evangelio solamente para que la gente se convierta. De hecho, mayoritariamente uno predica el evangelio a gente que no se va a convertir, pero que un día llegará a la presencia del Señor y el Señor le recordará: el reino de los cielos estuvo a la puerta de tu casa.
Y no tomaste una decisión. Yo siento la carga solemne de predicar el evangelio a todos los hombres, se conviertan o no se conviertan. No tengo mucho deleite cuando no se convierten. Y cuido mi corazón porque no quiero parecerme a los dos que querían orar para que bajara fuego. Pero a veces yo siento la impotencia: le predicamos a la gente el evangelio y la gente no hace nada con el evangelio. Si usted le predicó, hermano, sepa que usted le notificó.
Eso es difícil, ser notificado. Tengo años en los negocios y nunca había sido notificado. Nunca he tenido líos legales y, gracias al Señor, espero nunca tenerlos. Y cuando intentaron involucrarme en uno, hermano, el Señor me sacó de ahí providencialmente. Unos clientes de mi empresa tenían un conflicto legal y quisieron involucrarme. Y alguien me llamó: «estoy por aquí, que vengo a entregarle un documento». ¿Un documento? ¿Qué documento? ¿Qué nombre dice ahí? Notificarme, porque tenían que notificar. Pero ese pleito es de ellos. No me pongan a mí a bailar en eso, hermano, y me eché a muerto como usted no se imagina. Yo no existo. Yo soy un proveedor muy pequeño. A esa gente yo le mando una factura, me pagaron mi factura y le di su servicio. No es conmigo el problema, es de ustedes. Y llamé a una parte y llamé a la otra y dije: miren, pónganse ustedes de acuerdo y a mí no me llamen. Yo siento que el Señor me sacó de ahí con su poderosa mano, hermano, porque me querían involucrar en el asunto. Pero ese hombre me estaba esperando para notificarme.
¿Qué es notificarte? Que te están enviando un documento legal donde te están diciendo: a usted le estamos advirtiendo tales cosas. Y te ponen hasta a firmar. Y los documentos son larguitos. Yo no sé por qué les gusta imprimir, no imprimen ocho y medio por once, sino hojas largas. Es como para intimidar. Iglesia, te estoy transmitiendo la idea de que a nosotros nos han enviado a notificar al mundo. Nosotros no solamente estamos aquí como instrumento de salvación; lo digo con cuidado y reverencia, en mucho sentido la iglesia del Señor y su testimonio es un instrumento de condenación. Por eso termina diciendo: «y os digo que en aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma que para aquella ciudad». Ay, pastores, cuando nosotros salimos a predicar y nadie se convierte, tristemente. Y vamos a tener que seguir saliendo. Y vamos a tener que seguir notificando.
Si uno asume la evangelización así, quizá el Señor salve unos cuantos. ¿Sabe por qué no lo hacemos más? Porque no vemos muchos resultados. Fuimos a una casa y dimos un estudio bíblico y nadie se convirtió. Lamentable. Este era el momento después de una sensación de fracaso. El Señor había llamado a uno y le había dicho «sígueme», y consistentemente le habían dicho que no. Bueno, si eso es al Señor a quien le están diciendo que no, imagínate a mí. Si eso es a Dios hecho hombre. Estoy en el versículo 59 del capítulo 9.
Y dijo a otro: Sígueme. Él le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios. Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa. Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.
— Lucas 9:59-62
Oye, hermano, que Cristo en persona, en vivo y directo, te diga «sígueme», eso debe ser duro. Y después de estas cosas, entonces está mandando setenta. Hermano, yo ahora pienso: esos setenta estaban complicados. «Vayan». Señor, pero si a ti te están diciendo que no, ¿qué seré yo? Eso es a Cristo a quien le están diciendo «deja que yo vaya a enterrar a mi padre». ¿Qué nos van a hacer a nosotros? Iglesia del Señor, uno sale a predicar el evangelio y dice: y la gente se va a convertir, y yo tengo algo que decir, y la gente va a venir.
Eso no depende de nosotros, hermano. Notifique, siga predicando, siga predicando, sin importar el resultado; déjele eso al Señor. Dice el himno: sembraré la simiente preciosa, dejaré el resultado al Señor. Tristemente lo digo, hermano, porque cuido mi corazón y no quisiera que el Señor me diga a mí lo que les dijo a los otros, que él no vino a perderlos sino a salvarlos. Tengo años en mi vida de predicación. Mayoritariamente yo predico y la gente no se salva. A veces el Señor me permite ver fruto. Yo recuerdo la primera vez que yo prediqué y alguien se convirtió, hermano. Ay, ay, ay. Pues yo tenía años predicando y no había visto a nadie tomar una decisión.
De dos en dos, a las ciudades
Yo era un muchachito y fui a una iglesia, me invitaron a predicar, yo prediqué un sermón y había una muchacha allá. Yo hice un llamado, la persona respondió y, hermano, yo dejé todo y fui a orar con esa persona. Espero que haya permanecido en el Señor. Pero qué alegría es ver la salvación. Y qué responsabilidad saber que nosotros somos instrumento en la mano del Señor para acercar el reino. Él no le mandó a convertir la gente. Él le mandaba primero a usted y él venía después. La gente es convertida por Cristo, pero nosotros vamos preparando el camino.
Este grupo es diferente al anterior. Ya no son los doce. Ellos fueron enviados de dos en dos. Me llama la atención que no hay aquí un programa muy elaborado, un plan estratégico para la evangelización del mundo. Usted me presenta eso y yo digo: ¿y de verdad? ¿Y así es que vamos a llenar el mundo? Así es que se ha hecho lo más impresionante. Nosotros estamos dos mil años después y realmente esa metodología ha demostrado su resultado. En toda cultura, en toda ciudad, en toda parte del mundo, la predicación sencilla del evangelio con instrumentos precarios ha traído salvación y mucha condenación, y el Señor lo seguirá haciendo. Yo veo eso y me avergüenzo, porque yo soy de aquellos que hacen planes y les gusta hacer mucho PowerPoint y cosas parecidas, mucho dato en la tabla, proyecciones. Y el Señor me humilla mostrándome instrumentos que no tienen nada de eso, que están siendo utilizados poderosamente para salvación.
En este momento de la historia, los instrumentos más poderosos y efectivos que el Señor está utilizando no son los instrumentos más sofisticados: son hombres comunes y corrientes, como los setenta random de los cuales estoy predicando, que por obediencia predican el evangelio y el Señor condena a muchos y salva a otros. No porque ellos tengan algo que decir o algo que hacer, sino porque son obedientes a la gran comisión. «Pastor, yo tengo un compañero de trabajo, yo estoy esperando la palabra oportuna, porque yo creo que cuando yo la dé, caiga ahí mismo. Que no haya que hablar muchas veces». No, hermano. Cuando usted hable, probablemente lo aburran, probablemente se avergüencen de usted, probablemente le digan tres cosas, hasta le maldigan, pero usted hizo lo que se le mandó a hacer.
Acercar el asunto. Interesante: de dos en dos, la pluralidad en el ministerio, ese es el estándar de Dios. Dice que fueron enviados a las ciudades. Yo no leo eso muy rápido, porque uno ya está muy habituado a vivir en ciudades. Pero en el mundo antiguo no todo el mundo vivía en ciudades. Algo que ha sucedido en los últimos cien años es que el mundo se ha polarizado hacia las ciudades y los campos se han quedado vacíos. Pero antes, quienes vivían en las ciudades eran la minoría, y gran parte del mundo vivía en zonas rurales donde no había grandes ciudades. En el caso de las ciudades, ha pasado en este momento que las ciudades se han llenado y se ha quedado vacío el campo.
Pero Cristo le dijo de manera específica: vayan a ese lugar donde hace dos mil años había prejuicios hacia ellas. En la literatura sobre la ciudad abundan prejuicios del tipo de que las ciudades son asuntos de maldad, son asuntos de degeneración, que si alguien llega a una ciudad se va a corromper. Todavía en nuestros países, hace cuarenta años, a la gente la mandaban para la capital a estudiar, pero con cuidado. «Que la gente se pierde». Con cuidado. Era como ¡uh! Las ciudades en el mundo antiguo no se entendían como se ven al día de hoy, que hay una potencialidad en la ciudad. Las ciudades se veían como algo negativo. De hecho, los filósofos, los anacoretas, se quedaban en el desierto.
Porque entendían que en el desierto estaba la vida tranquila, la vida de reflexión. Que si alguien se iba a salvar, se iba a salvar en el monte. Cristo le está diciendo: hey, yo voy a salvar, y voy a salvar en el centro de la ciudad. Vayan ustedes de dos en dos y vayan a las ciudades. Para entender esto hay que entender el significado de ciudad. Se lo doy rápido: ciudades son conglomerados humanos en busca de protección y prosperidad. En el mundo antiguo eran al mismo tiempo buscadas y también rechazadas. Si alguien era persona de ciudad, se entendía que era alguien medio libertino, que era una persona que estaba medio corrompida. Las ciudades, para los religiosos, eran centros de pecado. En las ciudades estaba la idolatría, en las ciudades estaba la gente que no quería reflexionar.
Las ciudades eran dinero, las ciudades eran avaricia, las ciudades tenían una perspectiva muy negativa, y para ese lugar el Señor los mandó. «Señor, vamos a ser como Juan. Vamos a quedarnos aquí y que la gente venga a nosotros, cerca de un río o algo parecido». No, no, no. Vayan al bullicio. Vayan al hacinamiento. Vayan donde hay roce. Vayan donde hay pocos niveles de atención. Vayan donde todo el mundo está ocupado. Vayan donde todo el mundo está buscando dinero. Vayan donde la gente está practicando el pecado. Vayan allá, que yo quiero salvar. Yo creo que como creyentes a veces estamos esperando que la gente se salga del bullicio para que sea salva, y no es así. El Señor te salva en medio del bullicio.
En la ciudad la gente se junta, la gente roza, se choca, hay bulla, hay oportunidades, hay mucho pecado. Jesús en este momento está rompiendo con los prejuicios de los filósofos del desierto, que salen de en medio de la gente para retirarse a las afueras, y para encontrarse con ellos la gente tiene que salir de en medio de la gente. El evangelio funciona en la ciudad, rompe con el ruido, con el ajetreo, con toda forma de pecado. El evangelio es una fuerza incontenible. Pastores, el Señor está muy ocupado ahora mismo pegando botones en una zona franca. Allá va el Señor y salva. «Señor, tú no sabes, esa gente está ahora mismo cuadrándose, ellos no tienen tiempo». Ahí el Señor irrumpe; es lo que estoy mostrando. Yo no creo que el evangelio se predique a gente que está aquí reflexionando, pensando. No, la gente es muy ocupada. Y a la gente muy ocupada es que el Señor quiere que se lo llevemos.
Rogad al Señor de la mies
Después de eso dice el versículo 2:
Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.
— Lucas 10:2
Interesante que él los cargó con dos cosas. Los cargó con ir a predicar y los cargó también con orar. «Señor, pero vamos a dejar que los que no están saliendo oren y que nosotros salgamos». No, él puso que los mismos que están saliendo sean los mismos que están orando.
Y yo creo que aquí hay una lección espiritual hermosa. Se ha querido dividir el pueblo entre los que son esforzados y están trabajando y aquellos que oramos por los que están en misión. En misión está todo el mundo, y usted va a orar mientras está trabajando. La responsabilidad de orar recaía sobre los mismos que ya habían sido enviados, y esto asegura la continuidad del ministerio. A mí me amartilla eso: que el ministerio no comienza con nosotros ni va a terminar con nosotros. Que a medida que hacemos la obra, no solamente hacemos la obra, sino que producimos el obrero en el camino. Nos tiramos del avión y hacemos el paracaídas en el aire. Uno no solamente hace la obra del Señor; uno hace la obra del Señor y produce al siguiente obrero en el camino.
«Ah no, mira, vamos a hacer una pausa de tres años porque tenemos que producir al obrero». No. Vamos saliendo y produciendo al obrero. Segunda de Timoteo 2:2 me ha cargado en el último año: busca hombres fieles que puedan enseñar a otros lo que tú mismo has recibido. Eso a mí me da duro, hermano. No, yo voy a hacer una pausa porque en este momento necesito producir tres obreros. Vamos a seguir predicando el evangelio; mientras predicamos el evangelio se va a producir el obrero. Y así en todas las áreas del ministerio, hermano. Si tú estás haciendo cualquier ministerio y no estás pensando en la multiplicación de obreros, estás perdiendo el tiempo, un tiempo valiosísimo. No es solamente hacer la obra, es hacer la obra y al mismo tiempo orar para que vengan más obreros. Y quien no ora tiene un problema en el corazón.
Porque pareciera que nosotros somos los doce o solamente los setenta, y que la obra del Señor va a morir con nosotros. Y no es así. Uno siempre debería orar para que se levanten obreros más diligentes, obreros más dispuestos, aun más fructíferos, porque la obra del Señor no se trata de nosotros, se trata de él. En este mundo caído la gente quiere ser el mejor haciendo algo; nosotros siempre estamos esperando que el mejor se levante. Y si se levanta uno mejor que nosotros, nosotros podemos menguar para que otro crezca, porque al final lo que él haga también es nuestro. La obra no es nuestra, la obra es de Cristo, y mientras más obreros haya en la obra, mejor estará la obra del Señor.
No es solamente que tú seas genial haciendo lo que haces, es que seas genial produciendo otros que hagan lo que tú también estás haciendo. Y para eso hay que orar. Yo no lo he hecho así. Yo he invertido demasiado tiempo en hacer cosas con excelencia para el Señor. Ahora yo pienso en buscar gente que haga cosas, no necesariamente con excelencia; que lo hagan quinientos, que lo hagan más o menos bien, que lo hagan cuarenta, que cada uno agarre un pedazo. Estos setenta no están siendo enviados porque son geniales, porque son diligentes, porque son los obreros más cualificados. No, están siendo enviados porque son setenta. Y en setenta se producen cinco grupos de a doce. Está pensando en esa dinámica. No es «vamos a seleccionar los más granados y esos van a ser enviados». No haga eso.
Envíe mucha gente. Que de mucha gente haciendo un poquito se hacen cosas muy grandes. La obra del Señor, en su conjunto, nunca ha avanzado con grandes instrumentos, sino con un ejército de pequeños instrumentos. El asunto es que las biografías se escriben de aquellos que hacen grandes cosas. ¿Y los quinientos que hicieron un chin cada uno? ¿Qué vamos a hacer con ellos? Yo prefiero quinientos que hagan un poquito, hermano, que cinco que la saquen por los cuatrocientos pies.
Vamos a hablar un chin de basquetbol, porque está medio denso el asunto. Yo le he dicho, hermano, que a mí no me gusta LeBron James. No seguí la carrera de LeBron. Yo no conecté con LeBron porque yo conectaba era con Jordan, y cuando Jordan se retiró, yo me retiré. Cuando Jordan enseñó los anillos, hermano, yo lo dejé ahí, y vino LeBron James y yo no, no me… Es como una versión de Jordan pero más tosco. Vino Kobe, nunca le hice caso. Pero el año pasado, 2022, vi unas declaraciones de LeBron James que a mí me compraron el hombre. Ya yo soy fan de LeBron. Sucede con Jordan que Jordan era competitivo, pero jugaba para él, para su historia, para sus números. Él era el mejor, él solo. Pero hay algo en LeBron que a mí me compró, y es que el hombre ama el básquetbol. Él realmente quiere que la industria crezca. Ama la deportividad.
Y cuando estaba por debutar Victor Wembanyama, LeBron fue a un juego de exhibición y le vio jugar. Y yo digo: ¡wow! LeBron fue a ver a un jugador que en nada se parece a LeBron, un jugador flaco como él solo, con un alcance, una envergadura así, unos brazos larguísimos. Y cuando LeBron fue a verlo le preguntaron: LeBron, ¿qué te parece Victor Wembanyama? Todo el mundo decía que Wembanyama era un jugador único, un unicornio. Dijo LeBron: Wembanyama no es un unicornio, él es más bien un alien. Nadie ha visto nunca a nadie tan alto como él, pero tan fluido y tan elegante como él en el suelo.
Con su altura tiene la capacidad de poner el balón en el suelo, de lanzar en retirada desde el poste o a distancia, de tirar triples tras recibir y de bloquear tiros. Es sin duda un talento generacional. Y decía LeBron: él está llegando y él probablemente va a ser mejor que yo. Pero yo estoy deseando que él sea mejor que yo y que le vaya bien. Espero que siga estando sano, porque eso es lo más importante para él personalmente. En ese sentido, LeBron es mejor que Jordan. Él no solamente quiere ser un gran jugador, él quiere que se levanten otros grandes jugadores. Él recluta gente, y la gente cuando juega al lado de LeBron, los que son medianos se vuelven superestrellas.
Y tú dices: pero fulano no es una superestrella. Él no es una superestrella. Pero cuando uno juega con LeBron, ya, acaparan titulares, son grandes. Eso es lo que nosotros necesitamos en la obra del Señor. No solamente tener grandes músicos, grandes predicadores, sino que los grandes músicos y grandes predicadores estén mirando a otros obreros que puedan continuar con esto. Porque la obra del Señor no comenzó con nosotros y con toda seguridad con nosotros no terminará. Ay, qué hermoso, hermano. Para mí sería un deleite que el Señor traiga mañana cinco pastores más cualificados que yo, y hoy yo poderme sentar y ver que la obra del Señor continúa, hermano, porque mi vida no importa, nuestra vida es un pestañar.
No es solamente hacer la obra, es orar por obreros. La gente ve eso y dice: el Señor levantó aquí setenta obreros. No, el Señor también levantó un ejército de setenta hombres que estaban orando por obreros. Quiero cargar hoy a la iglesia del Señor: ore, para que el Señor levante diez más. Durante mucho tiempo, hermano, he estado esperando uno: mira, estoy buscando un maestro, estoy esperando un predicador, estoy esperando un líder de alabanza, un director musical. Yo estoy esperando ahora cinco, hermano, que hagan las cosas para el Señor, que el Señor levante un ejército en medio de nosotros. Al mismo tiempo digo que orar por obreros prepara tu corazón, te hace humilde. Quien no ora para que el Señor levante a otros se cree la película de que se trata de él.
«No, cuando yo me retire, en la NBA hay que cerrarla». Yo creí, hermano, que si se retiraba Jordan, eso lo iban a cerrar. Pero todavía se ha seguido jugando basquetbol. Después reenganché con la NBA y, mira, se ha seguido jugando, se han seguido tirando la bola. Cuando tú has orado por obreros y el Señor envía obreros, entonces tú los recibes. Un problema del pueblo del Señor es que no se ora por esto, y como no se ora por esto, los obreros están ahí y uno siempre se la está poniendo difícil, no los ve, no los nota. Si usted había estado orando por obreros, cuando el Señor lo envía, entonces usted lo recibe con amor.
«Id»: como corderos en medio de lobos
He estado mostrando en primer lugar setenta hombres comunes y corrientes que fueron enviados por el Señor. Ahora hablaré un poco de la forma precaria en que el Señor lo hizo. Le dio el Señor dos advertencias. Dice así el versículo 3:
Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino.
— Lucas 10:3-4
«Id» es un imperativo. Interesante esa palabrita, que es corta y potente. El Señor pudo haber dado aquí cinco párrafos. El centro de este asunto es esa partícula: «id». Ese «id» ustedes habrían como de sentirlo. De hecho, yo había leído muchas veces ese texto y el «id» como que se me iba de los ojos. Pero ahí el versículo 3 comienza con un «id», punto y seguido. «Señor, pero dinos cómo, dinos cuándo, danos entrenamiento». Yo no compro eso, hermano. En la empresa yo contrataba una serie de recursos que siempre me estaban pidiendo más entrenamiento, más entrenamiento, vamos a buscar otro entrenamiento.
Tarde o temprano hay que hacer trabajo. ¿Usted me entiende? No, mira, es que todavía más entrenamiento, más entrenamiento. El «id» está ahí. Antes de cualquier cosa, «id», dice el Señor. Hermano, siéntese, sienta que esa palabrita le molesta un chin. Que no le pase como de rápido: «id y predicar». Hermano, siéntalo, sienta un «id», sienta que yo tengo que hacer algo, «id». Antes de cualquier instrucción, «id», le dijo el Señor. Antes de advertirte, antes de decirte cualquier cosa: ve, es lo que te estoy diciendo. Ve. Y después de decirle «ve», le dice dos cosas. Te estoy enviando como oveja en medio de lobos. Esto es peligrosísimo. Esto es tan peligroso que al maestro nos lo clavaron en una cruz, hermano.
Entienda lo peligroso que es esto: «yo os envío como corderos en medio de lobos». Esto es peligroso. La gente quiere hacer la obra del Señor con seguridad, con unas prudencias, con una buena mayordomía. «Tenemos que ser muy previsores». Siga por ahí, no va a hacer nada. El que no se quiera morir, que no nazca. Usted quiere hacer la obra del Señor, corre riesgo. «No, yo estoy buscando primero asegurar». ¡«Id» es lo primero! Antes de cualquier cosa. Y yo soy ese hombre. Yo quise hacer la obra del Señor, pero en el mismo año que yo comencé una iglesia comencé una empresa, porque yo quería que ese «id» estuviera como blindado por todos los lados.
Yo voy a ir, es verdad. Pero yo voy a tener esto aquí, aquello allá, y todas mis seguridades, para que ese «id» como que no sea tan duro. El «id» va a ser duro aunque usted, hermano, tenga bolsa de aire. Usted se puede poner cinco bolsas de aire en el alma y como quiera el «id» es duro, es riesgoso, es peligroso hacer la obra del Señor. Es un riesgo. Después que le dice «id», le está diciendo: yo os envío como ovejas en medio de los lobos. Un trabajo peligroso. Está buscando que tú sientas tu vulnerabilidad. Los demonios son reales, el diablo es real, el mundo es real. Y si usted está esperando condiciones seguras para hacerlo, no la va a hacer.
De hecho, yo estoy convencido, hermano, de que este mundo es como los carros modernos, que el motor no se ve. Porque si a nosotros nos enseñaran las fuerzas que mueven este mundo, el temor nos dominaría. Por donde quiera que caminaba el Señor había endemoniados, había gente lanzando cosas, y yo digo: ¿qué es lo que pasa? ¿Será que el mundo hoy es mejor? No, el mundo no es mejor que antes. Es el Señor en su misericordia el que administra el asunto para que podamos ir. Pero el diablo sigue siendo real, los demonios siguen siendo reales, el mundo y la carne siguen siendo reales. Y esto sigue siendo peligrosísimo. Y cuando uno da un paso al frente para ir, uno se convierte en un objetivo.
La meta del obrero no es eliminar el riesgo, es asumirlo confiando en Dios. Es lo que te puedo decir.
Sin bolsa, ni alforja, ni calzado
Después dice él una cantidad de cosas que no lleven: no llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado. Ah, pues, esto es así, a mano pelada, Señor. Sí. La bolsa era donde se guardaba el dinero, las monedas. La alforja era como las árganas del caballo, pero se usaba también como un bulto, una mochila de dos lados. Uno se la tiraba ahí y cargaba un lado para acá y un lado para allá, y ahí se podía poner comida, se podía poner ropa, un poquito de agua. Si usted tenía eso, su viaje iba a ser mejor. Y el calzado no es como ahora.
En el mundo antiguo muchas personas no usaban calzado, y los calzados eran precarios. Entonces, si usted iba en un viaje largo, usted guardaba unos cuantos calzados para no andar descalzo. Señor, ¿hasta descalzo? Hasta descalzo hay que hacerlo. No esperen tener recursos para salir, es lo que el Señor te está diciendo. De hecho, evita esos recursos. Si algo yo lamento en mi ministerio es que los primeros años esperé demasiados recursos para hacer lo que había que hacer. Yo siempre estaba esperando, algo faltaba. Ahora miro para atrás y me es más fácil reconocerlo: yo durante muchos años estuve esperando que algo faltaba. «Yo quiero comenzar, pero mira, es que falta un local. Yo quiero comenzar, pero si tuviéramos un equipo de sonido».
«Yo quiero comenzar, pero si aparecieran cinco músicos para hacer la obra. Yo quisiera comenzar, pero ¿de quién me voy a sostener? Yo quisiera comenzar, pero mientras tanto deja que vaya y entierre a mis padres». Ay, hermano, hazlo con lo que tienes; es lo que te están diciendo. Si tú te dedicas a esperar los recursos para hacer la obra del Señor, no vas a hacer nada, pues la obra del Señor no depende de los recursos materiales. El éxito no depende de eso. Y si dependiera de eso, nosotros deberíamos tener mala conciencia y preguntarnos si realmente el Señor está con nosotros. Pues la parafernalia no salva. A veces yo veo que se quieren hacer eventos evangelísticos que son tan vistosos… ¿Qué es lo que está pasando? Que la gente debería tener mala conciencia. Tú deberías preguntarte: ¿yo fui atraído por Cristo o fui atraído por la parafernalia externa que no es Cristo?
Si tú vas a ser atraído por Cristo, puedes ser atraído por gente que anda descalza, que anda sin dinero y que anda con recursos muy precarios, y en esos instrumentos precarios el Señor se goza en salvar. Pues ahí su gloria está satisfecha y garantizada. A veces tenemos tanto, hermano, que yo digo: somos un estorbo para la evangelización. Demasiados recursos. ¿Qué es lo que te está mostrando? Que no pongas en ellos tu confianza. Lo secundario es secundario. En el ministerio de Cristo había recursos, quiero mostrárselo. Hay gente que ha pensado que Cristo era un desarropado, que no tenía nada, que esa gente andaba así. No. Había una bolsa, tenían hasta un contador.
Y Judas robaba. Y donde no hay nada, nadie roba. Si Judas robaba, hermano, algo había. El Maestro estaba rodeado de gente que tenía recursos materiales. Algunos de los discípulos del Señor manejaban sus pesos. Y a toda ciudad donde el Maestro entraba, los poderosos de la ciudad se querían ver con él. Y cuando el Señor necesitó recursos, los produjo. En un momento tuvo que pagar impuestos —lo vimos hoy en la Escuela Bíblica—: le dijo a Pedro, ve, saca. Y apareció con qué pagar. Y después necesitó un burrito para entrar a la ciudad. Le dijo: ve allá y dile que el Maestro necesita el burrito. Y no hubo que responder nada. El Maestro necesita el burrito.
Hermano, cuando el Señor necesita un burrito para salvar a un hombre, buscará su burrito. Ahora, usted no espere el burrito. Eso es lo que hay que recordar en la predicación, hermano: que no hay que esperar el burrito. Usted sale, usted va. Y el Señor en el camino va a hacer lo que haya que hacer. El Señor no depende del recurso material para hacer la obra que él va a hacer. No esperes.
Después le dice: no saluden a nadie. Qué cosa más extraña, que no saluden a nadie. Yo estuve pensando en esto la semana, Señor, y ¿por qué es que tú no quieres que saluden a nadie? Dice: «no llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino». Y eso de que no saluden a nadie por el camino es que el Señor es más inteligente que tú. Si a ti te mandan para San Juan, tú salías a buscar a la gente que tú conoces en Baní, en Azua, en los parajes circundantes. Yo no paso de aquí a San Juan; me paro aquí, aquí, allá. Lo que el Señor te está diciendo es: no confíes tampoco en tu capital relacional, haz la obra, porque yo te voy a ayudar en el medio. Yo testifico, hermano, que yo no lo hacía así. Yo soy un patrocinado por el Señor. Yo siempre he hecho la obra del Señor con recursos, sobre todo con recursos humanos, porque tengo mucha gente que ama al Señor alrededor.
Yo veo pastores que comienzan en condiciones sumamente precarias. Yo mentiría si digo que comencé así. Nunca comencé así, hermano. Lo primero es que tengo una familia que ama al Señor y que me respaldó en mi ministerio desde el primer momento: desde mi madre, mis hermanas, mis familiares. Ustedes vieron a Gerson tocando aquí. Gerson venía a PezMundial en los primeros años, y ese era el instrumento que la iglesia tenía en los primeros años. Y hay pastores que me dicen: pero es que todos los pastores, todos los músicos son como familiares tuyos. Ah, pero el Señor quiso darlo así, hermano. ¿Es verdad? Es verdad. ¿Qué hacemos? Por donde quiera yo tengo un familiar que ama al Señor y es talentoso.
Ustedes conocen a Raúl Nicolás, hermano. ¿Ustedes creen que eso es un talento pequeño? Eso es, como dijo LeBron de Wembanyama, un talento generacional. Es verdad, hermano, estoy rodeado de familia natural que ama al Señor y sirve al Señor, y son desprendidos todos. Uno de los rasgos de PezMundial es que cuando aquí ha faltado algo, aquí nunca ha faltado nada. Aquí hay gente, hermano, que sacan rápido, rápido. La obra del Señor necesita: aquí está. Es una realidad, hermano; una de las cosas que el Señor le ha dado a esta iglesia es generosidad y desprendimiento, porque no son ricos, pero se desprenden pronto.
Yo tengo una carga de no deberle nada a nadie, hermano. Mis hermanas naturales —Rocío, Lilian, Altagracia—, mis familiares son gente desprendida. La obra del Señor los necesita: llévenselo. Ese es el paradigma. Pero al mismo tiempo son obstáculos, porque durante mucho tiempo yo confiaba en esos recursos. No, hermano, no. El recurso que hace falta no es el familiar que va a ayudar. «No saluden a nadie». Él te está diciendo: ve, no confíes en el amigo que tú tienes allá. Por otro lado, hermano, yo tengo un ejército de amigos que ama al Señor. De raya pa’lante son los amigos míos. Es verdad, yo estoy lleno de gente que ama al Señor, que tiene talentos extraordinarios.
Yo podría mirar alrededor en el ecosistema cristiano y decir: mira ese amigo mío, aquel me ayuda. Yo estaba contando que cuando yo entré al ministerio, todos ellos iban a poner un granito de arena, y todos pusieron un granito de arena. Pero ese no era el granito de arena que el Señor quería utilizar. Los momentos de más fruto en la iglesia han sido cuando menos instrumento humano ha estado disponible. Testifico de mí mismo, hermano, y perdónenme el momento de locura —recuerden que yo hago un momento de locura por predicación, para hablar de mí mismo—. Yo testifico que en los primeros años del ministerio yo confiaba demasiado en mis planes, en mis proyectos, proyectos sumamente elaborados.
Yo encuentro esos planes y me río de mí mismo. Pues yo creía que yo tenía en mis manos la obra del Señor agarrada: por aquí es que vamos, esto es lo que vamos a hacer. Mis planes no han resultado. El Señor ha hecho en estos dieciséis años lo que él ha querido hacer. Yo confiaba en mi capital relacional, en las iglesias que he servido, en amigos talentosos, dotados. Yo sentía confianza en mí mismo, en mi capacidad de aguante. El pastor Parra me decía: Junior, ¿cómo tú lo vas a hacer? No, pastor, yo voy a comenzar ahí, y si no voy a comenzar allá, y si no lo voy a comenzar para allá, pues yo puedo persistir.
No, hermano, me doblo pronto. Si el Señor no me ayuda, no estuviera de pie. Yo tenía un blog en internet entre el 2003 y el 2008 que tenía un tráfico enorme, eso vivía desbordado. Y yo decía: si yo convierto el uno por ciento de ese tráfico, ya tengo una iglesia. Nadie vino, hermano. Nada de lo anterior ha sido malo. Pero Dios nunca ha dependido de nada de eso. Ni de la bolsa, ni de la alforja, ni de los amigos que tú tienes. El Señor, para salvar, no nos necesita; es lo que te estoy mostrando, hermano.
Llegó un momento en que yo entendí, hermano, que eso no marca la diferencia. Tú puedes tener los mejores músicos, tú puedes tener los mejores predicadores, tú puedes tener el pico de oro, tú puedes tener la mejor infraestructura, tú puedes tener lo que sea, y la obra del Señor no depende de eso. En lugares donde no hay el uno por ciento de lo que hay aquí, el Señor salva aún más. Lo que pasa es que los salva allá y después van a otro sitio donde están los recursos. La paradoja del reino es esa. La generalidad de los hombres han sido salvados por instrumentos muy precarios.
El manual del Señor: asumir el rechazo
Termino mostrando la manera en que harían su trabajo. Dice el versículo 5:
En cualquier casa donde entréis, primeramente decid: Paz sea a esta casa. Y si hubiere allí algún hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros.
— Lucas 10:5-6
En resumidas cuentas, no había garantía de salvación. Yo digo: Señor, pero si tú en tu providencia, en tu sabiduría, conoces a todos los hombres —conoce el Señor a los que son suyos, dice la palabra; con amor eterno te ha amado—, pero si tú lo conoces, mándame por Google Maps donde tú quieras salvar. Yo llego. Es pragmatismo, hermano, lo que le hace un daño tremendo a la obra. «Señor, pues no me mande a lo loco, que vaya y le predique a la ciudad, sino dime tú dónde quieres salvar y yo voy allá y entrego el mensaje». Él no te dijo eso. Vaya.
Es un asunto impresionante, hermano, que él sabe a quién va a salvar, pero él quiere que nosotros salgamos a predicarle a todo el mundo. Es que si él te dijera «mira, ahí hay diez, pero hay uno», tú le predicaras a uno. Y los diez necesitan ser predicados. No tenían garantías, hermano. Yo creo que no somos más efectivos porque tenemos demasiada orientación a la eficiencia de los resultados. ¿Cuáles son los elementos evangelísticos más fructíferos? ¿Qué le está dando resultado a otra iglesia? No pregunte. ¡Salga! ¡Hágalo! No, vamos a hacer un benchmark: mira, dime allá, ¿qué es lo que ustedes están haciendo? ¿Qué es lo que mejor resultado les está dando? En el evangelismo, más que eficiencia, hace falta persistencia: tocar, salir, volver a salir y volver a tocar.
No es que vamos a hacer esta cosa solamente porque veamos que vale la pena. Hay que asumir el asunto del rechazo. A los seres humanos no nos gusta ser rechazados. La gente dice: a mí no me gustan las ventas, a mí no me gusta vender. A usted le gustaría vender; lo que no le gusta es que le digan que no. Y hay otros que dicen: a mí me gusta vender, pero no me gusta cobrar. Una tontería. Es que es duro. Es duro vender y es duro cobrar, las dos cosas. El temor al rechazo. Es duro que alguien te diga: no, yo no necesito tu producto, no me gusta, yo no tengo esa necesidad. Mira, pero cómprame.
Y en la evangelización lo mismo, hermano. Tú quieres mostrarle a Cristo, y como tú amas tanto a Cristo, a ti te molesta que la gente pisotee a Cristo. Y el corazón se nos pone chiquito. Mira, aquí está Cristo, que es tan especial para mi vida, él es mi vida. Y yo te estoy mostrando a Cristo y tú entonces comienzas a avergonzar a Cristo, y ay, hermano, uno se siente tan mal que cualquiera no sale. A Cristo no le importa. Escucha esto: tú estás presentando a Cristo y a él no le importa eso; o sea, no le importa a tal punto que su corazón no se arruga. El corazón no se le arruga; el que se arruga es el corazón de uno.
Yo digo: si él puede lidiar con el rechazo del hombre, también yo puedo lidiar. Porque no es a mí a quien están rechazando, es a él. Él, antes de mandar a los setenta, salió y la gente le dijo que no, que no lo iba a seguir. Les está diciendo: si a mí es a quien le han dicho que no, a ustedes también les van a decir que no. Hermano, lidiar con el rechazo es parte de lo que la iglesia tiene que asumir. Para nosotros ser efectivos, tenemos que entender que muchas personas van a pasar por aquí y pocas van a ser retenidas. La gente a veces me quiere cargar a mí con eso: pastor, es que vienen muchas visitas, pero no se quedan.
Ay, ¿seré yo Cristo? ¿Seré yo el Espíritu de Dios? Yo hace mucho, hermano, que me morí a eso. Yo estoy listo para pastorear una iglesia pequeña que dé muchos testimonios, ¿entiendes? Estoy preparado, hermano, para morir pastoreando una iglesia pequeña. Ahora, que el Señor nos encuentre trabajando; yo quiero que sigamos dando testimonios, eso es otra cosa. Tristemente parece que el Señor nos ha mandado a nosotros a notificar mucho y a salvar poco. Que siga salvando, hermano, y seguiremos haciéndolo. Pero es por obediencia, es por convicción, no es un asunto por resultados. La tarea primordial es proclamar. ¿Para qué existimos como iglesia? Para proclamar a Cristo en la ciudad de Santo Domingo, con palabra y acción.
No es que esta iglesia es mejor que la otra porque esta es más grande o más pequeña. No es si eres más grande o más pequeña, es qué tan obediente eres a la gran comisión de predicar el evangelio en la ciudad donde Dios te ha puesto. Aquí hay una directriz: vayan, y donde ustedes sean recibidos permanezcan, y si no son recibidos, no permanezcan. Esa es la cosa más sencilla del mundo. Guau, hermano, eso se explica rápido. El manual del Señor: para esto no hay que ser un experto. La gente quiere ir a un instituto bíblico para que le enseñen eso. Cuatro años. No es que estén mal los institutos bíblicos, hermano; yo fui a un instituto, fui al seminario, hice maestría, di clases, todo eso se hace y es útil.
Pero si usted no ha interiorizado el hecho de que la cosa más sencilla es la predicación del evangelio, usted puede ser un doctor, usted puede tener máster, y usted no va a ser efectivo en la evangelización. No es capacitación lo que hace falta; eso se hace en el camino. Es ir lo que hace falta. Y al que no quiere ir, la capacitación le sobra. Yo miro ahora para atrás, hermano, y yo he perdido eso. Yo daba tratados en la calle, buscaba almas, y he perdido eso. Porque lo que yo quiero ahora es que no haga: salga. Si usted lo que puede hacer es dar tratados, dé tratados. Si usted lo que puede hacer es visitar, visite. Yo testifico que en esta iglesia el instrumento que ha sido más utilizado para alcanzar personas han sido los cultos en las casas de los hermanos. Tener que ir a la casa de un hermano y predicar: a veces el Señor salva un familiar, salva un primo, salva a uno, deja a otros, pero ahí hemos visto salvación. Vamos a seguir saliendo.
Una directriz es: vayan, y si son recibidos, posad en aquella misma casa. Esa palabra es importante, porque el Señor quiere que la gente realmente vea el evangelio encarnado en ti. Wow, realmente aquí hay interés. Detente. Que la gente observe el evangelio. Lo que encuentro aquí más relevante de explicar es que él dice en el versículo 8: comed lo que os pongan por delante. Los judíos tenían muchos prejuicios alimenticios. Con su prejuicio, mandaba a setenta y se morían de hambre, porque no habrían encontrado lugar digno donde comer. ¿Qué es lo que se puede comer? ¿Se imagina usted con hambre y preguntando cómo fue que lo cocinaron, si mezclaron un alimento con el otro? Los judíos, hermano, tenían normas alimenticias muy estrictas, y el Señor les está diciendo: cómanse lo que les pongan por delante, suspendan un poco sus prejuicios para que sean efectivos. Yo no tengo prejuicios alimenticios, hermano, pero reconozco que hay otros prejuicios que me acompañan.
Uno dice: no, yo como lo que sea. No solamente coma lo que sea; es que no vaya por ahí, porque por ahí no hay. El prejuicio alimenticio para un judío era importante, pero hay otros prejuicios. ¿Qué tal el prejuicio de la irreverencia y la irreligiosidad? «Estas personas, cuando uno predica, se burlan, se ríen, no saben leer la Biblia, ellos no saben orar, esta gente no sabe, no tienen componte alguno, esos son irreligiosos, irreverentes». Espérate, que para tú ser efectivo al Señor tienes que bajar un poco tu prejuicio y entender que ellos no comen lo que tú comes ni hacen lo que tú haces. Porque pareciera que creemos que la gente tiene que ser primero pre-evangelizada para que después sea alcanzada con salvación.
El Señor los alcanza mientras ellos comen lo que se coman. Diferencias sociales o culturales. Permitir ser observado de cerca, porque tienen interés en Cristo y en el evangelio. Eso hay que permitirlo. «Mira, yo quiero seguir a Cristo, pero yo quiero verte de cerca». No, ven el domingo a la iglesia. El domingo en la iglesia no es completamente real. ¿Usted quiere conocer a un creyente? Vaya a su casa. Esta semana dos creyentes fueron recibidos en mi casa. Y ellos vieron, hermano, que una cosa es la liturgia y otra cosa es el día a día. Estaba mi hermana Ana en mi casa, hermano, y salió una cucaracha volando. Yo tuve que sacar fuerzas, hermano, para matar ese animal.
Yo le dije: mira, yo lo estoy haciendo porque tú estás aquí; si no, yo llamara a Caro. Los animales son inoportunos, hermano: se queda una ventana abierta, una reunión pastoral, y se mete este animal volando. Y ahí, ¿qué hago? Le tengo asco, a mí no me gustan, pero bueno, ya que está aquí. Pero esas cosas —ver a alguien interactuando en su casa, cómo comen, cómo viven, dónde viven, qué hacen, qué es un cristiano común y corriente—. Porque aquí en el púlpito, hermano, una cosa es el lenguaje del púlpito y otra cosa es el día a día. Ese día a día trae salvación; es lo que estoy demostrando. Que la liturgia sola no es suficiente. El Señor quiere que vayamos y que posemos en la casa; quiere mandar un ejemplar del reino para que la gente pueda observarlo. Él no solamente quiere que tú traigas al compañero de trabajo; él quiere que en tu trabajo la gente te observe. Él está haciendo como un display de ti: aquí está, mira esto, un cristiano. Permítelo.
Recuerda: la gente ve eso y normalmente piensa que es que no sean exigentes con lo que ustedes comen. No es solamente la exigencia, es el prejuicio religioso. Hay otros prejuicios que también nos limitan. El Señor quiere que nos vean. Después viene la solemne advertencia si no somos recibidos. Solamente leo el versículo 10 en adelante:
Mas en cualquier ciudad donde entréis, y no os reciban, saliendo por sus calles, decid: Aun el polvo de vuestra ciudad, que se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra vosotros. Pero esto sabed, que el reino de Dios se ha acercado a vosotros.
— Lucas 10:10-11
Figuradamente, a veces hay que sacudirse y seguir caminando. No te quedes ahí pegado predicándole a la misma persona durante diez años. Si no te recibieron, ¡ya! El Señor quiere salvar a mucha gente, no siempre según el estereotipo del mismo. Somos el pescador que está buscando a Moby Dick, el pez específico: a él es que yo quiero salvar. El Señor sabe a quién salva. Y a veces te usa primero a ti, después utiliza a otro, y después a otro, y termina el Señor salvando en otra parte. Sigue caminando; es lo que él te está mostrando.
Y cualquier persona que todavía no tenga a Cristo, por favor, que escuche la advertencia del Señor. Jesús dijo: «y os digo que en aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma que para aquella ciudad». ¿Y por qué? Porque a aquella ciudad se le predicó. Que el Señor nos vea haciendo su obra, y si eso no funciona, déjaselo al Señor.
¿Cómo se ve aquí el evangelio?
El evangelio es la buena noticia de que el reino de Dios se ha acercado, y debe ser proclamado de manera sencilla, evitando toda espectacularidad o confianza humana. El evangelio es la buena noticia de que Dios se goza en la salvación de la gente, no en su condenación, y para hacerlo enviará el número de obreros que haga falta: si doce, doce; si setenta, setenta; si dos mil, dos mil. El evangelio es la buena noticia de que puedes alcanzar salvación hoy mismo, aunque no haya luces, aunque no haya estruendo, aunque no haya mucha parafernalia. En silencio, con el instrumento más humilde, tú puedes alcanzar salvación. Y es una buena noticia, porque si hubiera que esperar un festival anual para salvarse, hermano, la petición sería mucha.
El evangelio es Dios mismo haciendo que su poder, su gloria y su misericordia sean evidentes a través de instrumentos que son muy limitados. No espere ir a una iglesia muy grande para alcanzar salvación. No espere un predicador extraordinario para ser salvado. De manera discreta y en silencio, el Señor te salva.