La parábola de los obreros de la viña no es principalmente acerca de los obreros, sino del dueño que sale a buscarlos. La salvación no se recibe por méritos ni por antigüedad, sino por la gracia soberana de un Dios que recluta a quien nadie reclutaría y recompensa con la misma generosidad al primero y al último.
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Esta parábola se documenta solamente en el evangelio de Mateo, en la parte final del ministerio público del Señor. Los discípulos tenían los ojos puestos en la recompensa. Eran momentos de mucha tensión, donde todo el mundo estaba haciendo sus cuentas. En el capítulo justo anterior, Pedro hizo una pregunta: «Maestro, ¿y qué de nosotros que lo hemos dejado todo para seguirte?» Y después de la parábola, la madre de los hijos de Zebedeo viene a reclamar un lugar para cada uno de sus hijos. Todos sabían que habría una resolución en el ministerio del Maestro y estaban buscando sacar sus méritos.
Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. […] Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados, y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo. […] No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío, ¿o tienes tú envidia, porque yo soy bueno? Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.
— Mateo 20:1-16
La parábola del dueño de la viña
Si son cuidadosos leyendo el texto, verán que el personaje principal de la parábola no son los obreros, sino el dueño. El centro de esta parábola es que la propiedad de la viña es suya y no tuya. Él es quien sale, quien toma la iniciativa. El criterio para recompensar generosamente a sus obreros es el criterio suyo, no el del mayordomo ni el de los trabajadores. La viña es del Señor, Él administra su viña según Él quiera y recompensará generosamente de acuerdo a su corazón y no al nuestro.
Da paz saber que la iglesia es de Cristo y no de nosotros. Da paz saber que el futuro de la iglesia no está en la mano de ninguno de nosotros. Da paz saber que Cristo está salvando y no nosotros. Da paz saber que Él salva en diferentes momentos del día. Da paz saber que la salida no fue una, sino que salió cerca de cinco veces a reclutar obreros. Nosotros podemos hacer la obra del Señor sin presión alguna, con tranquilidad, porque la carga no está sobre el obrero sino sobre el dueño. La obra de la evangelización avanza pues la obra es de Cristo, la viña es suya y Él está personalmente comprometido a que se haga lo que se va a hacer.
Los obreros de la primera hora
El primer grupo fue reclutado a las seis de la mañana. Con ellos hubo una negociación explícita: un denario al día. Fueron los únicos con los cuales se acordó precio, y es esperable que se tratara de los mejores obreros disponibles, pues regularmente eran los primeros contratados. Su trabajo fue el más duro en dos sentidos: trabajaron más horas y en los momentos más difíciles del día. Estos representaban a los primeros discípulos del Señor, comenzando por Pedro, los que habían hecho un gran sacrificio desde el principio.
Después vino un segundo grupo cerca de la hora tercera, las nueve de la mañana. La diferencia horaria no era tanta; todavía harían casi una jornada completa. A nadie le hace ruido que alguien llegue a las nueve. Pero después salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, el mediodía y las tres de la tarde. Y aquí el asunto se complica. En el mundo laboral, si pasó ya la media mañana y usted no está en la viña, usted no va. Un horario poco convencional para reclutar obreros. A partir de este momento su entrada a la viña llamaría la atención. Y los que llegaron temprano comenzaron a ficharlo.
Los obreros de la hora undécima
El quinto grupo ya es escandaloso. ¿Se imagina? Usted llegó a las seis de la mañana, se bebió el café, y ve que a las cinco de la tarde llega alguien nuevo y le van a pagar. «Saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?» Respondieron: «Porque nadie nos ha contratado.» Ese «nadie» importa mucho. Todo el mundo sabe que si nadie los contrató, alguna razón tendría. ¿Algún defecto físico? ¿Algún defecto de carácter? ¿Quizá defraudaron a otro dueño?
Todo el mundo sabe que el trabajo que no se hizo antes de las cinco ya no se va a hacer. Aun entrenarlos o inducirlos ya es un problema. Sin embargo, este grupo nos da mucha esperanza en el evangelismo. Nos muestra que aun aquellos que no parecen dignos también pueden alcanzar salvación. Yo sé los argumentos que la gente tiene para no venir a Cristo: «Los mejores ya están ahí y yo no soy parte de ellos.» Otros dirán: «Soy viejo, ya mis mejores años pasaron.» Otros: «No soy bueno en nada, nadie me considera, no soy la primera opción.» Cristo te puede dar una oportunidad. El Señor se goza en salvar a aquellos que parecen ser menos probables.
Qué hermoso es saber que el Señor sale, sale, sale y vuelve a salir las veces que hagan falta. ¿Sientes que se te fue la guagua? Pues responde ahora. ¿Sientes que ya no hay tiempo para ganarte la recompensa? No tienes que ganártela; el Señor salió a salvar.
Un cierre imprevisto
«Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros.» No solamente llegaron a las cinco, sino que les van a pagar primero. Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Y parece que no dijeron nada. No había nada que decir. Cuando a usted le están dando lo que no merece, lo que hay que hacer es guardar silencio. Cuando yo llegue a la presencia del Señor y esa puerta se abra, yo no voy a pedir que me busquen en los libros. Si me dejaron entrar, yo entro.
Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más. Ahí está el problema de Pedro, que quiere sacar la carta de los méritos. «¿Qué hay de nosotros? Nosotros no nos hemos ido. Aquí estamos.» El Señor no está hablando de las recompensas secundarias; está hablando de la vida eterna. En cuanto a la vida eterna, no importa el momento en que hayas llegado: tú vas a ser salvo. Por mucho que te esfuerces, no le vas a añadir cuatro pulgadas a tu salvación. Salvación es salvación. No se recorta, no se porciona; se recibe. Y ya.
Salvación por gracia
Este fue el primer reto que enfrentó la iglesia en el libro de los Hechos. El Señor salió a salvar gentiles, los integraba rápido en la iglesia, y los judíos que tenían muchos años sentían ese resquemor. Después salvó a Pablo, Saulo de Tarso, y eso fue una controversia. El de la hora undécima. Saulo no caminó con el Señor, no se recostó en Él, no fue de los primeros, no presenció físicamente la crucifixión. Fue salvado tiempo después, y el Señor hizo que el postrero sea el primero: la mayor parte de los textos del Nuevo Testamento fueron escritos por él.
El ladrón en la cruz no fue regenerado ni santificado en un proceso largo; su vida no fue transformada ni hubo fruto visible. Lo que hubo fue decreto: «Hoy estarás conmigo en el paraíso.» Si nos lo dejaran a nosotros, lo desmontamos de la cruz, lo mandamos a la viña, le cansamos un poco allá, y cuando esté listo, que venga a tocar la puerta. Pero no es así. La salvación se recibe por gracia. Que abandone cualquier expectativa de obra. Nos visita la tentación de hacer castas de discípulos, pero la salvación es el mayor bien de todos, y no es una recompensa sino una gracia.
La soberanía de Dios en la salvación
Adentro del ser humano natural está la tendencia a buscar la aprobación de Dios por sus méritos. Cristo explicó la doctrina de manera muy sencilla en el versículo 15: «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?» Esa es la explicación. La generalidad de los hombres está muy conforme con la soberanía de Dios sobre su creación: nadie cuestiona la gravedad ni la velocidad de la luz. Pero los hombres se sienten en la capacidad de rebatir el justo juicio de Dios en su salvación.
Yo sé que he sido salvado por gracia, pero ignoro abiertamente por qué yo, por qué ahora, por qué no otros, o por qué todavía no otros. El apóstol Pablo lo dice en Romanos 9: «A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí», y explica que esto es aún antes de que ellos hayan tenido la oportunidad de actuar en un sentido o el otro, desde el vientre de la madre. «¿Qué pues diremos? ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia.» Y alguien dirá: «Yo no lo entiendo. Ese Dios no es justo.» Y el mismo apóstol responde: «Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios?»
El evangelio es la buena noticia de que hemos sido reclutados por el Señor en el último momento del día, no a causa de nuestros méritos, sino por absoluta gracia, y que al final recibiremos la misma recompensa que los que habían venido primero. No porque hayamos trabajado más o igual que ellos, sino a causa de la justicia de Dios que en Cristo ha sido imputada a nosotros. Lo hermoso de tu salvación es que no pudiste comprarla por tus propios medios, sino que es un regalo que recibimos de Dios. Oro por cualquier persona que piense que para él no hay esperanza, por aquellos que no se sienten dignos, por algún obrero de la hora undécima que pueda decir: «Señor, he desperdiciado mucho, pero aquí estoy.»