Evangelio de Mateo, en el capítulo 20. Se ponen ahí sobre sus pies para leer la Escritura. Estaremos leyendo el Evangelio de Mateo en el capítulo 20, desde el versículo 1 y hasta el 16: la parábola de los obreros de la viña. Dice así la palabra del Señor.
Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron.
Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo.
Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros. Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario. Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día.
Él, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conveniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.
— Mateo 20:1-16
Pueden sentarse, hermanos.
Todos estaban haciendo cuentas
Parábola de los obreros de la viña. Esta parábola solamente se documenta en el Evangelio de Mateo, y se documenta en la parte final del Evangelio. El Señor ya está al final de su ministerio público y sus discípulos tenían los ojos puestos en la recompensa. Esos últimos momentos del ministerio público del Señor Jesucristo eran momentos de mucha tensión, donde todo el mundo estaba haciendo sus cuentas.
En el capítulo justo anterior a este, Pedro hizo una pregunta. Le dijo al Maestro: «Maestro, ¿y qué de nosotros, que lo hemos dejado todo para seguirte?». Y después de la parábola es que viene la madre de los hijos de Zebedeo a reclamar un lugar para cada uno de sus hijos. Todos saben que va a haber una resolución en el ministerio del Maestro y están buscando sacar sus méritos.
¿En qué momento viniste tú? Yo estoy aquí desde el principio. Yo fui el segundo que llamó el Señor. Yo fui el tercero, dirá otro. Algunos dirán: es verdad que tú viniste de segundo, pero fue una semana de diferencia solamente; prácticamente tenemos el mismo tiempo. ¿Quién va a ser el primero?
La lección de la parábola debía ser recibida por los primeros discípulos, que habían hecho un gran sacrificio por servir al Señor desde la primera hora —simbólicamente— y que ahora, junto con Pedro, se preguntan: «He aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?». Pero en especial esta parábola debería involucrar a aquellos que sienten que ya pasó su hora, aquellos que entienden que lo mejor ya pasó, aquellos que no se sienten dignos de recibir un denario igual que los demás, ni de recibir el privilegio.
La viña es suya y no es nuestra
El dueño sale a buscar obreros para su viña. Y reiteradamente él dice: mi viña, mi viña. La viña es suya. Es cierto que el nombre no está mal, hermano: parábola de los obreros de la viña. Pero sobre todo es la parábola del dueño de la viña que sale a buscar obreros. El centro de esta parábola es que la propiedad de la viña es suya y no tuya.
Esto es clave para entender la parábola. La viña es suya y no es nuestra. Él es el que sale, quien toma la iniciativa, y no nosotros. El criterio para recompensar generosamente a sus obreros es el criterio suyo, no el criterio del mayordomo ni el criterio de los trabajadores. El criterio es suyo. Y todavía no he reiterado lo suficiente que la viña es suya, y que los dineros que se están prodigando son los dineros suyos y no los nuestros. El énfasis en esta parábola es que la viña es del Señor, Él administra su viña según Él quiera y recompensará generosamente de acuerdo a su corazón y no al nuestro.
Esto tiene grandes implicaciones en nuestra percepción de la iglesia del Señor, y a mí particularmente me da mucha paz. Da paz saber que la iglesia es de Cristo y no de nosotros. Da paz saber que el futuro de la iglesia del Señor no está en la mano de ninguno de nosotros. Da paz saber que Cristo está salvando y no nosotros. Da paz saber que Él salva en diferentes momentos del día. Da paz saber que la salida no fue una, sino que salió cerca de cinco veces a reclutar obreros. Yo veo esta parábola y me lleno de esperanza.
Con facilidad nosotros pensamos que el futuro de la iglesia está en nuestras manos. Y cada cierto tiempo aparece un alarmista diciendo que la iglesia está en crisis, que no hay obreros, que la obra del Señor va a fracasar. La obra del Señor no va a fracasar, porque la obra es de Él y Él está comprometido con esta obra. De hecho, nosotros podemos hacer la obra del Señor sin presión alguna, con tranquilidad. Se hará lo que se va a hacer, porque la carga no está sobre el obrero sino sobre el dueño.
Me emociona el hecho de que la composición de la iglesia no está a mi alcance. Si lo dejan a mí, yo salgo en la primera hora y digo: denme solamente lo primero, obreros de primera hora; el retazo que quede ahí, no. Durante muchos años en mi ministerio yo estuve en esa superficialidad de entender que la obra del Señor merece lo mejor: los obreros más dotados, los más excelentes, los más dignos. El Dream Team del 92. A veces he deseado hacer la obra del Señor con un equipo de sueño: traer a Michael Jordan, a Scottie Pippen, a Charles Barkley, a Karl Malone. Vamos a jugar con ellos, y hasta con los Trotamundos de Harlem vamos a ganar el campeonato, hermano.
Si la obra del Señor y el reclutamiento de los obreros estuvieran al alcance de nosotros, la verdad es que no avanzaría. Pues el Señor ve potencial donde nosotros no lo estamos mirando. Y Él recluta a quien tú no reclutarías.
Yo imagino la cominilla entre estos obreros que están siendo reclutados. ¿Y tú de qué grupo eres? ¡Del primero! Yo estoy aquí desde las seis de la mañana. Los judíos medían el día partiéndolo en dos y contaban doce horas de trabajo mientras estaba el sol. Calculaban de seis de la mañana a seis de la tarde y le iban poniendo nombre a cada una de esas horas: primera hora, segunda hora, tercera hora, cuarta hora, quinta hora. Los obreros que llegaron primero decían: nosotros fuimos reclutados, fuimos seleccionados, nosotros no somos el despojo, tenemos un momento de privilegio, yo fui llamado directamente en el primer momento del día.
El trabajo en la iglesia nunca cesa. Es el Señor el que está salvando. Y Él no salva a quien tú y yo queremos, Él salva a quien salió a salvar. Y todos recibirán la misma recompensa.
El primer grupo de obreros
He hablado del dueño, porque el protagonista aquí es el dueño. La parábola comienza y termina con el dueño: el dueño pagando, el dueño reclutando, el dueño reprendiendo. Es la parábola del dueño de la obra. Pero los obreros son el centro desde el versículo 2 y hasta el versículo 7. Primero, el primer grupo de obreros. Dice así el versículo 2:
Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.
— Mateo 20:2
Ese fue el primer grupo, y con el primer grupo hubo una negociación. Leyendo, se nota que el único grupo con el cual se negoció un precio fue ese. Los demás no negociaron nada: trabajaron por lo que fuera justo. Y detrás de esa negociación está una manera de pensar: yo sé que yo sería reclutable, a mí me buscarían, yo soy deseable.
De hecho, yo me puse a investigar más o menos cómo funcionaban los salarios del mundo antiguo, si un denario era un alto precio o un bajo precio, y lo que entendí es que esa era una paga razonable. No era espléndida, pero tampoco era paupérrima. Era un buen salario, pero no era un salario de lujo. Ahora, sí era un salario de lujo para el que entendía que no merecía nada. Hay cantidad de personas que entienden que realmente la salvación está a su alcance, y no le agradecen tanto como le deberían agradecer. Y hay otros que entienden que un denario está más que bien, porque yo no lo merecía.
Con este primer grupo se acordó un denario, se acordó explícitamente cuál iba a ser la recompensa. Fueron los únicos con los cuales se hiciera eso, y es esperable que se tratara de los mejores obreros disponibles, pues regularmente eran los primeros contratados. El recurso humano funciona así: te dan un manojo de currículums y tú tratas de buscar. Este no, aquel sí. Pero sucede que cuando tú intentas contratar a ese, a ese también lo están intentando contratar en muchos otros lugares, y a veces no está disponible. Y tú dices: bueno, era mi primera opción, vamos con la segunda o vamos con la tercera.
Este grupo parecería el grupo de la primera opción, y el Señor está creando un efecto. Quizás eran fuertes, de buena contextura, quizás eran altos. Quizás tenían experiencia, eran obreros cualificados; quizás tenían un buen carácter, quizás tenían una disposición para trabajar. Hay hombres que son como echados para adelante: cuando están reclutando, ellos quieren que los recluten, están buscando. Y hay algunos que no quieren ni siquiera trabajar. Quizás este grupo de obreros era el grupo que todo el mundo quisiera tener en su equipo. Son los obreros de la primera hora, que trabajaron la jornada completa.
Los que llegaron después
Su trabajo fue el más duro en dos sentidos, y ellos mismos lo dijeron: trabajaron más horas y en los momentos más duros del día. El sol de las doce les iba a dar. Además, normalmente cuando se comienza un trabajo la parte más difícil es la primera. ¿Han notado eso? Cuando hay una tarea manual para hacer, uno comienza haciendo lo pesado y después se dan los retoques. Ellos dirán: nosotros tiramos el trabajo pesado y los otros dieron los retoques.
Y yo digo: Señor, ¿y por qué tú no los buscaste a todos en la misma hora? Él quiso que los hombres sintieran esa diferencia; que algunos vinieran más temprano y se sintieran más dignos, y que algunos vinieran a la hora undécima. Él fue haciendo el efecto. Él pudo haberlos reclutado a todos al mismo tiempo, pero no lo hizo: los reclutó en diferentes momentos. Estaba mostrando algo. Dice el versículo 3:
Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron.
— Mateo 20:3-4
Estamos hablando de cerca de las nueve de la mañana. Y estos hicieron casi una jornada completa. Todavía es un asunto esperable: el hombre midió mal, no calculó los obreros que necesitaba y volvió a buscar. De hecho, la diferencia horaria no es tanta. Ellos van a trabajar casi una jornada completa. No hay problema con que vengan, todavía los integramos. Estos hombres quizás son de segunda, pero dicen: somos casi de primera, vamos a trabajar casi lo mismo. A nadie le hace ruido que alguien llegue a las nueve. Está bien, hubiera sido chulo que vinieran desde temprano, pero todavía falta el trabajo fuerte; esfuérzate.
Con ellos no se acordó precio. Es probable que ellos no se sintieran merecedores: si no, realmente no nos hubieran reclutado. Vamos a trabajar por la comida, que nos dejen aunque sea con qué comer.
Tercer y cuarto grupo de obreros. Están en el versículo 5: «Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena». Y aquí el asunto se complica, porque esa es la hora a la que nadie contrata. Si pasó ya la media mañana y usted no está en la viña, usted no va; busque qué comer. Es un horario poco convencional para reclutar obreros. En nuestro tiempo sería como el mediodía o las tres de la tarde. Y si se trabaja hasta las seis, a nadie contratan en ese momento. ¿Cómo que ustedes me digan que los contrataron el 22 de diciembre? Muy raro.
Hay unos días en diciembre en que el que no tiene trabajo ya sabe que se quedó para el año entrante. ¿Usted no va para la fiesta de Navidad? Sería raro que una persona se estrene en el equipo en la fiesta de Navidad. Muy raro. Y sería muy extraño que a una persona la estén contratando al mediodía y a las tres de la tarde. A partir de este momento hay problemas en la parábola; esto es inverosímil. «Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo».
A partir de este momento su entrada a la viña llamaría la atención. Aquí lo ficharon, lo marcaron: y esa gente que está entrando, ¿de dónde salió? Al que llegó a las nueve no le hacen ruido; pero al que llegó a las doce o a las tres lo están mirando. Y ellos: ajá, pero me hubieran dicho, yo vengo a esa hora. La parte muy importante ya pasó. Aquí cargamos lo que hay que cargar, cortamos lo que hay que cortar, limpiamos lo que hay que limpiar. Para el grupo estándar, el grupo del primer lote, estos eran los bonitillos. Ah, esos son los bonitillos que vinieron a trabajar. A trabajar vinieron ellos, a las tres de la tarde.
El Señor es genial haciendo ese efecto en nosotros, para que sintamos la diferencia. Recuerden que Él está dando una lección espiritual. Y es una lección espiritual que dice que no importa el orden en cuanto a la recompensa; que no importa el momento, que todavía Él sigue salvando. Y le está hablando a Pedro y a sus condiscípulos, que están reclamando sus méritos porque nosotros llegamos más temprano.
Los obreros de la hora undécima
El quinto grupo ya es escandaloso. Dice el versículo 6. Si el grupo anterior hizo el efecto —el grupo del mediodía y de las tres—, esto parece una locura. ¿Se imagina? Usted llegó a las seis de la mañana, se bebió el café y a trabajar, y ve que vino alguien a las tres de la tarde. Bueno, pero cuando usted ve que llega alguien a las cinco de la tarde, y le van a pagar… Es un efecto que el Señor está creando en nosotros.
Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?
— Mateo 20:6
Cinco de la tarde, aproximadamente. Recuerden que se trabajaba hasta las seis. «¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?». Ay, pero no me lo pregunte. Eso es duro. El desempleo es una cosa terrible. La gente piensa que el desempleo es solamente un asunto económico, pero no es solamente un asunto económico: es algo que afecta la autoestima. Estás en tu casa mirando el techo, la telaraña, los animalitos que cruzan, y todo el mundo trabajando y tú aquí. ¿Por qué no te llaman? Porque no me han llamado, respondieron ellos. Le dijeron, versículo 7: «Porque nadie nos ha contratado».
Ese «nadie» importa mucho. Por aquí vino mucha gente contratando y nadie me ha contratado. Quiero que lo sintamos. Que sintamos que Él está por llamar al que nadie llamaría y por buscar al que nadie buscaría.
Este grupo es el centro del asunto: los obreros de la hora undécima. Todo el mundo sabe que si nadie los contrató, alguna razón tendrían. Suena extraño, porque ya han contratado a cantidad. Solamente este hombre ya ha venido cinco veces y no los contrató. Y no es la única viña: de las otras viñas también vinieron y nadie los contrató. ¿Y por qué nadie los contrató? Esto comienza a inferir que algún problema tendrán. Quizás algún defecto físico.
¿Por qué nadie te contrató? Hay que decírtelo. Quizás débil, cojo, manco, lento, torpe, tonto, iletrado. Estoy creando el efecto. Si a usted lo dejaron para las cinco y nadie se lo llevó, revise. No, es que no me vieron, de verdad. Quizás algún defecto de carácter. ¿Y por qué a ese no le dan trabajo? Porque es malmandado. Y al malmandado nadie se lo quiere llevar, por lo menos no de primero. Si hay que trabajar, lo llevamos, pero de primero no. Quizás defraudó a otro dueño. Quizás se peleó con el capataz, con el mayordomo, y el mayordomo dijo: a fulano no me lo vuelva a traer. Esos son los obreros de la hora undécima: lo que nadie quiere.
Quizás tenían poca iniciativa. A mí me dio duro eso, hermano, cuando yo interioricé que hay gente en esta tierra que realmente no quiere trabajar. Y algunos están aquí esperando la hora undécima y diciendo que nadie me llama. Es que cuando vinieron a llamar, probablemente te echaste para atrás. Y ese es el problema por el cual no te llaman: que no quieren trabajar.
Miren, todo el mundo sabe que el trabajo que no se hizo antes de las cinco ya no se va a hacer. Esto parece un desperdicio. Póngase usted a pensar en su trabajo: lo que no se hizo a cierta hora del día, usted sabe que eso ya no se va a hacer, no va a marcar la diferencia. Llega un momento en que uno está esperando ponchar. Hay una hora que uno ya no dedica para llamadas complicadas, para temas complejos. Ya está cerrando. Aun entrenarlos o inducirlos ya es un problema. A las cinco de la tarde, ¿tú quieres que te enseñemos qué es lo que vamos a hacer? Ya no hay tiempo.
Sin embargo, este grupo nos da mucha esperanza en el evangelismo. Nos muestra que aun aquellos que no parecen dignos también pueden alcanzar salvación. Es el grupo hermoso de gente que se parece a nosotros: gente que no se siente digna, gente que otra institución no reclutó, gente que no sería la primera opción. En este grupo hay mucha esperanza.
Los argumentos del que no se siente digno
Yo sé los argumentos que la gente tiene para no venir a Cristo en este momento. Ellos miran alrededor y dicen: ¿y cómo yo me voy a decidir a decir que quiero ser cristiano? Si yo miro alrededor, me doy cuenta de que los mejores ya están ahí. Y yo no soy parte de ellos, yo no me siento parte de este grupo, yo no pertenezco. No se trata de que tú te sientas parte ni de que tú parezcas parte de este grupo. Es que si el Señor te llamó, tú vas a trabajar en la viña y vas a recibir tu paga. Ambas cosas.
Otros dirán: yo soy viejo, ya yo tengo muchos años; ¿y qué voy a hacer yo entregando mi vida a Cristo en este momento de la vida? Hay gente que mira su pasado y dice: ya se me fueron los primeros años, ya mis años mejores pasaron; esto hasta se ve feo, que después que yo he desbaratado mi vida en el mundo venga a entregarle mi vida a Cristo. Cualquiera se burla de eso. Otro dice: yo no soy bueno en nada, nadie me considera, yo no soy la primera opción. Cristo te puede dar una oportunidad.
Lo que estoy mostrando es que el Señor se goza en salvar a aquellos que parecen ser menos probables, y que los argumentos sobran cuando estás siendo confrontado con la voluntad que tiene el dueño de la viña de salir a buscar uno más. Puedo pasarme aquí la tarde dando argumentos, hermano: es que yo no sé cómo hacerlo, yo no tengo experiencia, yo soy un lego en toda la doctrina; ustedes saben buscar rápido en la Biblia, yo no sé buscar en la Biblia. También esto es para ti. Te he estado mostrando que hay espacio.
Mira, es que yo siento que Dios me llamó en un momento de la vida y yo dije que no. Por allá por los setenta yo sentía el llamado de Dios sobre mi vida. Yo sentí que se me fue la guagua ya, que no hay esperanza para mí. Ay, qué hermoso es saber que el Señor sale, sale, sale y vuelve a salir las veces que hagan falta. No, es que yo iba a ser salvo, tú sabes, pero no respondí en el momento. Pues responde ahora, es lo que estoy mostrando.
Ya no hay tiempo de que yo me gane la recompensa. ¿Para qué vamos a ir a trabajar a las cuatro de la tarde? Por mucho que yo trabaje, por mucho que me esfuerce, ya no da el tiempo para que me den nada significativo. Ven y hazlo, que se te dará lo que es justo, dijo Él. Otro dirá: es que yo estoy marcado, a mí no me dan trabajo, y yo sé cuál es el problema. Algún pecado, alguna experiencia en una iglesia, problemas familiares, matrimoniales, enredados. Mira, es que mi matrimonio no es como el tuyo, tú no sabes, yo estoy luchando. También para ti hay esperanza, es lo que te estoy mostrando. El Señor salió a salvar.
El pago comienza por los postreros
El cierre de la parábola es un cierre imprevisto. Y aquí es donde el Señor va a mostrar la hermosura de la salvación. Dice el versículo 8:
Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros.
— Mateo 20:8
La noche para ellos eran las seis de la tarde, cuando se ocultaba el sol. Y aquí el asunto se comienza a complicar. No solamente llegaron a las cinco, sino que les van a pagar primero que a mí. Está haciendo un efecto, hermano. Yo sé que él me va a pagar, pero ¿y por qué le está pagando a él primero? El orden en que comenzó a pagar estaba anunciando que aquí hay algo, que hay algo raro.
Entonces, para colmo, dice el versículo 9: «Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario». Los que trabajaron de cinco a seis. Y parece que no dijeron nada. ¡Hombre, es que no hay nada que decir! Aquí está el problema: a la gente le están dando lo que no merece y quieren levantar un argumento. Parece un argumento de mucha humildad, y lo que hay detrás de eso es soberbia y querer ganarte algo que tú no te puedes ganar por tus propios medios.
Cuando a usted le preguntan por qué usted es salvo, igual: silencio. ¿Y tú, cómo te ganaste la salvación? Vámonos. Es que tú no te has ganado la salvación. Tú sabes que trabajaste una hora. Y no solamente trabajaste una hora, sino que eres un obrero poco cualificado, poco diligente. No es que tú seas la superestrella que en una hora hace una jornada completa. No. Es que tú no eres un súper obrero, sino que eres de los peorcitos, y a ti te han salvado, a ti te han pagado un denario. Lo que hay que hacer es guardar silencio. Yo mismo vi eso y dije: esa actitud hay que replicarla.
Porque cuando yo llegue a la presencia del Señor y esa puerta se abra, hermano, yo no voy a pedir que me busquen en los libros. Si me dejaron entrar, yo entro. Nada de «déjame contarte la historia de mi vida». Yo no voy a contar ninguna historia; yo estoy adentro, ya. Es que la gente daña el asunto. Ya está en la presencia del Señor, la puerta se abre, y: ¿dónde están los libros, los videos? Déjenme explicarles, yo quiero decirles cómo yo fui salvado. Mientras a usted le están dando lo que usted no merece, y usted, por mucho que justifique, no va a poder demostrar que merece la salvación. Esta gente se quedó callada y recibió su denario, y yo lo entiendo.
Alguien dirá: mira eso. Yo, en el lugar de ellos, diría: no digan nada. Nada de «esto no es justo, que me recompenses con tanta generosidad, un denario es demasiado, tú sabes que fue una hora la que yo trabajé». ¡Él sabe! Hay gente que cree como que están engañando al hombre, que ya nadie sabe mi historia. El Señor conoce tu historia y aun así te salvó, es lo que te estoy diciendo. Gracias, es lo que hay que decir. Y mañana a primera hora, cuando terminemos, aquí estamos: gracias, gracias. No hay nada que nosotros merezcamos de Dios.
Y ahora vienen las expectativas defraudadas. Dice el versículo 10: «Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más». Ahí está el problema, hermano. Ahí está el problema de Pedro: que Pedro quiere sacar la carta de los méritos delante del Señor. ¿Qué hay para nosotros? Lo hemos dejado todo y te hemos seguido desde el primer momento. ¿Y qué hay de nosotros, que no somos como el joven rico que se fue? Porque vino un joven rico delante del Señor y se fue. Y cuando el joven rico se fue, mucha gente se entristeció, y Pedro aprovechó y le dijo: Señor, nosotros no nos hemos ido, aquí estamos, ¿qué hay de nosotros?
Y el Señor le dijo que hay recompensas por nuestro trabajo para Él: no hay nadie que haya dejado padre o madre que no reciba cien veces más. Y después le dijo: y la vida eterna. El Señor no está hablando aquí de las recompensas secundarias, está hablando de la vida eterna. Lo que está mostrando es que en cuanto a la vida eterna no importa el momento en que tú hayas llegado: tú vas a ser salvo.
Prediqué dos sermones anteriores a este. El sermón del hombre que rompió los graneros, que buscó las cosas terrenales y a quien el Señor le dijo: necio, esta noche vienen a pedirte tu alma. Y después mostré que hay que hacer tesoro en los cielos y no aquí. Ahora yo quiero mostrarte que, por mucho que tú te esfuerces, tú no le vas a añadir a tu salvación cuatro pulgadas ni cinco. Ya tú eres salvo, y tú no vas a ser más salvo de lo que has sido. Es un denario lo que hay. ¿Salvación? No hay una salvación más grande y otra más chiquita. La salvación no se recorta, esto no se porciona: esto se recibe y ya. Y tú eres salvo y yo soy salvo, y esa es la cosa más importante. Con relación a la salvación, cualquier otra recompensa es un asunto muy secundario. Y quizás es verdad que no te toque lo demás, pero tú eres salvo, y salta en un pie, que tú no merecías salvación.
Estos representaban a los primeros discípulos del Señor, comenzando por Pedro. Y este fue el primer reto que enfrentó la iglesia del Señor en el libro de los Hechos. Pues el Señor salió a salvar a un grupo de gente, hacía poco los había salvado a ellos, y los salvaba rápido y eran integrados en la iglesia. Y aquellos que eran judíos y que tenían muchos años comenzaron a sentir ese resquemor: ¿cómo va a ser que ahora la salvación la están dando así, a todo el que pase, que todo el mundo va a ser salvo? Y allá se salvó, y allá se salvó. Se están salvando muy rápido. Espérense. Esto no es un relajo: se llama gracia.
El Señor integró a los gentiles, hermano. Y a Pedro eso le hizo un cortocircuito en la mente: gentiles, no circuncidados, y recibieron el Espíritu Santo. Hasta el Espíritu Santo se lo están dando.
¿Y saben qué hizo el Señor después? Salvó a Pablo, a Saulo de Tarso. Y eso fue una controversia en la iglesia: recibir a Saulo de Tarso. ¿Y qué hace él aquí? Es el de la hora undécima. Saulo es de los de las once. Y así mismo lo decía él: como a un abortivo, se me apareció a mí. Saulo era el hombre que decía: yo no tengo mérito alguno, yo he perseguido la iglesia del Señor. ¿Sabe que Pablo no estuvo en el ministerio público del Señor? Saulo no caminó con el Señor, no se recostó en él, no estuvo en la transfiguración, no presenció físicamente la crucifixión de Jesús. Saulo fue salvado tiempo después.
Cuando fue salvado, el Señor hizo que el postrero fuera el primero. La mayor parte de los textos del Nuevo Testamento fueron escritos por ese que era Saulo de Tarso y se llama Pablo. Entonces, ¿por qué no lo escribió Juan? ¿Por qué no lo escribió Mateo? Hermano, es que el Señor hace que los últimos vengan de primero.
Aunque nosotros no lo queramos admitir, adentro del ser humano natural está la tendencia a buscar por sus méritos la aprobación de Dios. Y eso es un asunto muy humano: que tú entiendas que el que se esforzó mucho, su salvación debe tener como más detalles. Te la van a dar igual. Y la salvación mía va a ser igual que la salvación de Pedro, y la de Pablo, y la de Mateo, y la de Juan. Igual.
Nos visita la tentación de hacer castas de discípulos: aquí los discípulos de la primera hora. ¿Y para qué tú quieres hacer castas? Porque tú entiendes que haciendo grupitos la tuya se ve más grande. Es igual. Salvación es salvación. Las recompensas particulares de Dios son una realidad, pero la salvación es el mayor bien de todos. Y no es una recompensa, sino una gracia. Tú no eres recompensado con salvación, tú eres salvado por gracia.
No me sorprende, hermano, encontrar creyentes que han sido salvados por gracia y que todavía siguen pensando en obras. Y tú les preguntas: ¿por qué tú vas a ser salvo? Porque yo abandoné tal pecado, porque tengo tantos años en el Señor, porque yo hice una oración en tal sentido.
La soberanía de Dios en la salvación
Un predicador muy curioso estaba predicando acerca del ladrón en la cruz, y yo me reía. Decía que el ladrón en la cruz, cuando llegó allá, le preguntan: ¿y usted viene? Sí. Y dice el ángel: déjame hablar con mi supervisor, pues eso está medio raro, que el ladrón quiere entrar. Espéreme ahí. Y vienen los dos y le preguntan: ¿y usted conoce la doctrina de la justificación? Y el ladrón dice: ¿qué? ¿Y la suficiencia de la Escritura, usted cree en esa doctrina? ¿Qué? Eso no es mío, si yo no soy predicador. ¿Y por qué usted cree que debe entrar? ¿Saben lo que dijo el ladrón en la cruz? Porque el hombre que estaba en el centro, al lado mío, me dijo que viniera.
Es verdad que él todavía era el ladrón en la cruz. Él no fue regenerado, él no fue santificado, su vida no fue transformada, no hubo testimonio, no hubo fruto. Lo que hubo fue decreto. El Señor le dijo: hoy estarás conmigo en el paraíso, y él hoy estuvo con el Señor en el paraíso. Pero no ha leído la Biblia completa, espérate. Pero no se ha sacrificado, él no hizo nada por el Señor. Si nos lo dejaran a nosotros, lo desmontamos, le quitamos los clavos, lo mandamos a la viña, lo cansamos un poco allá, que no le robe la cartera a nadie. Y cuando esté listo, entonces que venga y que toque la puerta, a ver si le abren. Hermanos, eso no es así. La salvación se recibe por gracia. Salvo y ya, es lo que te están diciendo. Que abandones cualquier expectativa de obra.
Esta parábola ilustra una doctrina escandalosa. Se llama la soberanía de Dios en la salvación. Eso es escandaloso para el hombre natural. Sobre todo para los obreros de la primera hora, para el que tiene mucho tiempo. El que tiene mucho tiempo no quiere que esto sea soberano. Él entiende que él es más sabio que el dueño de la viña, y quiere usar los recursos de Dios como si fueran suyos.
Y como eso escandaliza al hombre natural, se refuta a quien predica esto intentando vincularlo con algún maestro. No, mira, es que él está pasando mucho tiempo con esa denominación. Y le ponen el nombre de algún predicador que haya predicado eso. Hermano, esa es doctrina cardinal en toda la Escritura, desde Génesis hasta Apocalipsis. El Señor eligió a uno soberanamente y rechazó a otros. Yo le pregunto a usted: ¿y por qué Israel? Y usted va a decir: ah, porque ellos eran mejores. ¿De verdad? Lea el Antiguo Testamento y dígame que Israel es mejor que los otros pueblos. Hay cantidad de pueblos mejores que Israel en muchos sentidos. ¿Y por qué el Señor elige a Israel y no a los otros?
¿Por qué Israel y no Persia? ¿Por qué Israel y no Babilonia? ¿Por qué Israel y no Egipto? Porque de ellos el Señor quiso tener misericordia. La doctrina de la elección tiene un sesgo enorme. El Señor ha estado eligiendo a uno, y a otro, y dejando a los otros, y dejando a los otros. Señor, pero inclúyelos a todos. Él quiso. A Jacob sí, a Esaú no. ¿Y por qué David?
Yo de niño hacía el esfuerzo de justificar a los personajes bíblicos, porque me los enseñaron en la escuela bíblica como que eran buenos, como que eran el estándar. Y no, hermano, no es tan poco. No salga a buscar a los patriarcas ni a los reyes de Israel. Déjame explicarte por qué David… de verdad, David no da. Solamente hay uno que es justo, solamente hay uno que es bueno, y se llama Cristo. Y ese imputa su justicia sobre ti. No trate de buscar personajes bíblicos que brillen: el único que brilla y no se vuelve opaco es Jesucristo.
Yo puedo entender esto, hermano, por revelación, pero no puedo entenderlo completamente ni en lo emocional ni en lo intelectual. No llego ahí. La salvación es de la soberanía de Dios. Yo tengo que explicar eso porque lo recibí. Pero mis emociones naturales caídas son como las emociones del primer grupo. Yo realmente entiendo que ellos no lo merecen, y después digo: yo sí lo merezco. Y cuando le dan el denario me molesto: ¡oh, se lo dieron!
Yo soy de aquellos hermanos que, cuando veo obras de salvación, digo adentro de mí: ok. Y se me sale ahí un dejo de duda: hay que esperar a ver si da fruto. ¿Qué, que se convirtió fulano? Hay que esperar a ver si persevera. Mírense. Porque no quiero conceder el hecho de que mi Dios es muy gracioso, de que Él es bueno y salva, hermano, a quien quiera salvar. Yo digo, por definición, que Dios es santo, perfecto, justo y bondadoso. No sé eso porque yo lo haya probado en mi emoción y en mi intelecto: Él se reveló así. Yo lo acepto como algo que se me dio.
Yo lo anoté, hermano, yo puse mi nota. Yo sé que algunos maestros se sienten capaces de explicar el orden de la salvación y los pormenores de la salvación, las palancas que se mueven en el corazón de Dios y que le impulsan a mostrar su gracia sobre los hombres. Por mi parte, yo reconozco abiertamente mi perplejidad, y no tengo prurito alguno en reconocer que, aun siendo yo objeto de la gracia, me considero incapaz de comprenderla cabalmente. Yo sé que he sido salvado, sé que he sido salvado por gracia, pero ignoro abiertamente por qué yo, por qué ahora, por qué no otros, o por qué todavía no otros. Usted me pone a mí al lado de otro ser humano y yo digo: ¿por qué a mí y no al otro? No, es que tú eres mejor que él. De verdad que no, pues yo me conozco.
En el versículo 15 dice así: «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?». Esa es la explicación. Podemos argumentar muchas cosas, hermano. ¿Cómo usted explica la doctrina de la soberanía de Dios en la salvación? Leyendo Mateo capítulo 20, versículo 15.
¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?
— Mateo 20:15
Es mío. ¿Así explico la doctrina? Esa es la explicación de la doctrina. Entonces, explícame tú la doctrina de la soberanía de Dios en la salvación. Y usted le lee Mateo capítulo 20, versículo 15.
Miren, la generalidad de los hombres está muy de acuerdo con la soberanía de Dios sobre su creación. Nadie cuestiona las leyes físicas, la gravedad, la velocidad de la luz, las leyes de la termodinámica. Nadie está cuestionando eso. Yo no he visto ningún foro mundial donde se vaya a debatir por qué razón las leyes de la termodinámica funcionan como deben funcionar. Uno asume humildemente que Dios diseñó la creación, que Él estableció esas leyes, y no se las cuestionamos. Nadie dice: yo creo que debería cambiar el diseño, que la gravedad no debería funcionar así sino de esta otra manera.
Pero cuando se trata de la salvación, el hombre sí quiere sentarse a juzgar. ¿Y sabe usted lo que le correspondía a la mayoría de los hombres, a la generalidad del ser humano? La muerte y el castigo eterno. Y eso es lo que el Señor realmente les dio. Hay creyentes que entienden que ellos no merecían ni la muerte ni el castigo eterno. «Por cuanto todos pecaron, están destituidos», es lo que dice la Palabra. ¿Tú estás destituido? No, mira, es que realmente yo no me perdí tanto, yo estaba más o menos perdido. Tú estabas perdido en tus delitos y pecados, y a ti el Señor te salvó por pura gracia, es lo que estoy mostrando.
La generalidad de los hombres entiende que ellos pueden juzgar a Dios. ¿Y por qué Él salva al otro? ¿Y por qué Él no salva a aquel? Hermano, lidie usted con Romanos capítulo 9. ¿Ha hecho usted ese pleito? Romanos 9, del 13 en adelante:
Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.
— Romanos 9:13
Y él explica que esto es aun antes de que ellos hubieran tenido la oportunidad de actuar en un sentido o en el otro: desde el vientre de la madre ya el Señor estaba eligiendo a unos y desechando a los otros.
¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.
— Romanos 9:14-15
Es lo mismo que «no me es lícito hacer lo que quiero con lo mío». Eso es lo que está diciendo. Hay gente que quiere presionar a Dios para que se compadezca de uno y no de los otros. ¡Estése quieto! Él lo hará.
«Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia». Y alguien dirá: yo no lo entiendo, yo no entiendo a Dios. Eso está mal, dicen otros; ese Dios no es justo. Y él mismo le responde en el versículo 20:
Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: Por qué me has hecho así?
— Romanos 9:20
Deja de cuestionar a Dios, hermano, y recibe sencillamente la doctrina de la soberanía de Dios en tu salvación.
El evangelio en esta parábola
¿Cómo se ve en esto el evangelio? El evangelio es la buena noticia de que hemos sido reclutados por el Señor en el último momento del día, no a causa de nuestros méritos sino por absoluta gracia, y que al final recibiremos la misma recompensa que los que habían venido primero. No porque hayamos trabajado más o igual que ellos, sino a causa de la justicia de Dios que en Cristo ha sido imputada a nosotros.
Eso es lo que hace singular nuestra salvación. ¿Qué es lo hermoso de tu salvación? Que tú no pudiste comprarla por tus propios medios, sino que es un regalo que recibimos de Dios.
Oro por cualquier persona que piense que para él no hay esperanza. Oro por aquellos que no se sienten dignos. Oro por algún obrero de la hora undécima que pueda decir: Señor, yo he desperdiciado mucho, pero aquí estoy. Recibirás lo que sea justo.