Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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La urgente necesidad de obreros

Mateo 9:35-38

Los hombres podemos crear programas, pero solamente Dios puede suplir obreros. Al comenzar un nuevo año de iglesia, el Señor nos muestra la tarea que tenemos por delante, la gran necesidad que está ante nosotros y el medio que se nos ha indicado para suplirla: orar por obreros enviados por Él.

Predicado5 de mayo de 2024
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

El Evangelio de Mateo, en el capítulo 9; pueden abrir la Sagrada Escritura. Evangelio de Mateo, capítulo 9, y estaremos en la parte final de este capítulo, versículo 35 en adelante, para mostrarles desde aquí a la iglesia la urgente necesidad de obreros. Es el Evangelio de Mateo en el capítulo 9, desde el 35 hasta el 38. Dice así la Sagrada Escritura, la palabra del Señor.

Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.

— Mateo 9:35-38

Un nuevo año de iglesia

Pueden sentarse, mis hermanos. El año comenzó ya hace mucho, pero yo tengo siempre en el corazón que después del aniversario de la iglesia como que comenzamos otro ejercicio: como que se pasa la página, celebramos la gracia del Señor que nos ayudó hasta un punto, y volvemos a sembrar. Es como el año fiscal de algunas empresas. En este momento estamos comenzando el año 17 de PezMundial, y aprovecho para poner la atención de la iglesia en la misión. Y una parte importante de la misión son los obreros.

Años atrás, casi siempre mi pensamiento en esta temporada del año iba respecto de las necesidades no atendidas, de las estrategias, de los programas. Ahora miro alrededor, y cuando miro alrededor lo que quiero es orar. Las necesidades siempre van a estar presentes; ahora, que se levanten obreros para atender esas necesidades percibidas depende del Señor. Y si el Señor levantara obreros para su mies, entonces esos obreros podrían sostener los programas. El paradigma es que usted pone la carreta detrás del caballo, y no al revés: comenzamos orando por obreros, y cuando el Señor envía obreros, entonces los obreros pueden continuar con la obra.

Ni mi corazón ni mi pensamiento en esta temporada han estado en programas. De hecho, tengo una resolución en el corazón, con la ayuda del Señor, de no lanzar cosas nuevas. Quiero orar con la iglesia y mostrarle a la iglesia la necesidad de que el Señor nos envíe obreros, y no nosotros.

El ecosistema cristiano está lleno de programas. Años atrás me vi en una feria de libros, Expolit, que es la más grande feria de libros cristianos; y estando en Expolit yo fui abrumado por la cantidad de organizaciones que producen programas para la iglesia. En esa explanada de un centro de convenciones en Estados Unidos, usted se mueve y por dondequiera que camina encontraba una mesa con alguien ofertándote un programa para que sea corrido en la iglesia: programas para niños, programas para jóvenes, programas para adultos, programas para envejecientes, programas de evangelismo, programas de discipulado, programas de misiones. Pareciera que todo ya está empacado.

Es interesante que cuando el Señor puso la atención de sus discípulos en la misión, no les mostró un programa: les mostró una necesidad. Y cuando les mostró la necesidad, les mostró cómo atender esa necesidad; y cómo se atendía la necesidad no era a través de acciones: era rogar al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.

Hoy veremos la tarea que como iglesia tenemos por delante, con una descripción del ministerio de Jesús. Hoy veremos la gran necesidad que está ante nosotros, y también veremos el medio que se nos ha indicado para suplir esta necesidad. Hablaremos no solamente de obreros, sino de obreros enviados por el Señor.

Como preámbulo, le muestro, hermano, que la predicación no llega en el vacío, y en gran medida lo que predico hoy está matizado por una reunión de dos horas que tuve ayer respecto del ministerio de misericordia de nuestra iglesia. Estaremos hablando de que mi Señor es compasivo, pero es inevitable que estas cosas lleguen.

No un programa, sino un ejemplo

¿Cuál es la tarea que tenemos por delante? Ponga su atención en el versículo 35 y veamos al Señor trabajando. Es interesante que el Señor no nos entregó una asignación primero, sino que nos entregó primero un ejemplo: antes de mandarnos a hacer la tarea, él nos mostró cómo se hace la tarea. Dice el versículo 35 que recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo.

Lo que hay aquí no es un programa o una asignación: hay primero un ejemplo. Él quiere ser visto, él quiere que el pueblo le vea. Él quería que sus discípulos le vieran primero a él haciendo, para que eventualmente oraran y, si el Señor les enviaba, hicieran ellos. Yo quisiera mostrarle a mi iglesia, al Señor de la iglesia, cómo el Señor de la iglesia hacía el trabajo. Si nosotros vamos a entrar en misión, no entraremos en misión a la manera de nosotros, sino a la manera del Señor y como el Señor lo hacía. Aquí se muestran tres cosas que hacía Jesús y que deberíamos estar haciendo nosotros.

A esto se le llama misión, en el sentido más amplio del término. Alguien dice: queremos ser una iglesia que esté en misión. ¿Qué es estar en misión? Queremos ser una iglesia con corazón hacia las misiones. ¿Qué son las misiones? Si usted creció en una iglesia en los años 90, le mostraron que en misiones son personas de ojos azules y cabello lacio, de diferentes partes del mundo, que tomaban un avión para ir a predicar el evangelio en alguna parte. Eso es un aspecto de la misión.

Recuerdo yo, veinte y pico de años atrás, que yo le decía al pastor: ¿y no se puede ser un misionero…? ¿Y qué tal si uno no se va a otro país, sino que uno lo hace aquí mismo? De hecho, una carga que abrumaba mi corazón hace veinticinco años es que yo entendía que la persona más eficiente para hacer el trabajo probablemente no era el extranjero, con una fisionomía distinta, que venía a nuestra tierra, sino la misma iglesia asumiendo con responsabilidad aquello que el Señor mandó a hacer a la iglesia.

Misión es proximidad

¿Qué es misión desde la perspectiva del Señor? Y si puede recordarlo, anótelo, porque en este año reiteraremos este asunto. Misión desde la perspectiva de Cristo, en primer lugar, es proximidad. Dice que Cristo no estaba sentado esperando que la gente viniera, sino que Cristo recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando y predicando el evangelio del reino. Misión, según nos mostró Cristo, no es pasividad; misión no es esperar que las cosas ocurran: misión es salir, misión es aproximarse, misión es acercarse. Una iglesia que tiene un corazón misionero es una iglesia que se acerca.

En el ministerio de Cristo no vemos un asunto estático o pasivo. Quizás en el de Juan el Bautista sí: Juan el Bautista estaba bautizando y el pueblo venía a Juan. Pero en el ministerio de Cristo, Cristo no estaba esperando que el pueblo viniera a él: Cristo salía por todas las aldeas. Estuve investigando la geografía del mundo antiguo, más o menos de qué tamaño era el ámbito misionero de nuestro Señor Jesucristo. Según la literatura antigua, por ejemplo según Josefo, una región como Galilea tenía aproximadamente doscientos cuatro pueblos y millones de habitantes.

O sea, que por donde Cristo estaba caminando era de pueblo en pueblo, de miles y miles de personas. E hizo eso varias veces en su ministerio. Cada vez que Cristo se mueve, se nos documenta el nombre de la ciudad, lo que hacía en la ciudad, el nombre de la región, la realidad de esa región: nos está mostrando que Cristo se estaba aproximando. Y eso es lo que significa encarnación. Así comienza el evangelio: dice que él estuvo entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Literalmente, hay otra traducción que lo traduce: y él puso su tabernáculo en medio de nosotros. Parece que la voluntad del Señor no era que las personas, si querían, vieran: él quería que todos escucharan el evangelio.

Una iglesia que está en misión es una iglesia que se aproxima. Comparativamente, recorrer Galilea sería como recorrer los 71 barrios del Distrito Nacional, que tiene en este momento 1.4 millones de habitantes, aproximadamente. De hecho, esa es una buena descripción de lo que significa el ministerio de la palabra. Yo hablo con otros pastores y les digo: yo me estoy preparando este año especialmente… El ministerio de la palabra es hacer que la palabra del Señor llegue a cada audiencia.

El ministerio de la palabra es movernos para servir la palabra. De hecho, los apóstoles le dijeron a la iglesia: nos vamos a enfocar en la oración y en el ministerio de la palabra. Yo bromeo con mis amigos y les digo que ustedes han creído que el ministerio de la palabra es sentarse a estudiar. Eso no es el ministerio de la palabra: el ministerio de la palabra es servir la palabra, hacer que la palabra del Señor llegue. Cristo estaba por todas las aldeas y pueblos, enseñando y predicando a la gente.

El primer elemento de misión es proximidad: una iglesia que está en misión tiene que aproximarse. Como iglesia, en este momento, hemos perdido mucho de eso. Hace ocho años los maestros de PezMundial se caracterizaban por dar estudios bíblicos en las casas, y algo que nosotros hacíamos cotidianamente como iglesia era ir a servir la palabra. En este momento descansamos principalmente en la edificación de la iglesia el domingo, algo que es importante, pero es una sola pata de la proclamación que Cristo estaba haciendo. Cristo estaba enseñando en las sinagogas, pero al mismo tiempo estaba por toda aldea, por todo pueblo, predicando el evangelio del reino. No es para ir rasgándonos la vestidura, hermano: es para que sepamos qué es lo que se está esperando de nosotros.

Misión es proclamación

Ahí voy al segundo elemento de lo que es misión. Así como misión es proximidad —si usted realmente tiene un corazón misionero, usted se mueve, se aproxima, rompe el hielo, se expone—, la misión también es proclamación. Dice que lo que Cristo estaba haciendo era enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el evangelio del reino. Usted puede tener proximidad, pero proximidad sin proclamación sería activismo, y nosotros no somos trabajadores sociales.

Lo de nosotros no es ir a las comunidades a ver necesidad solamente: nosotros queremos ir porque no solamente vamos a ver, nosotros tenemos algo que decir. Y lo que caracteriza a la iglesia de Cristo es que la iglesia de Cristo no solamente va, la iglesia de Cristo no solamente se mueve: la iglesia de Cristo va y se mueve para proclamar algo. ¿Y qué es lo que nosotros vamos a proclamar? El evangelio del reino. El texto es claro respecto de que Cristo enseñaba en la sinagoga y predicaba fuera, y que las dos tareas son diferentes.

Misión es misericordia

He mencionado un elemento de lo que es misión, que es moverse, proximidad; y uno segundo, que es proclamar. Aquí quería llegar: el tercer elemento de la misión se llama misericordia. Lo que Cristo estaba haciendo era sanando toda enfermedad y dolencia del pueblo. Cristo no solamente estaba mirando, Cristo no solamente estaba proclamando: Cristo al mismo tiempo estaba tocando, Cristo al mismo tiempo estaba escuchando, Cristo estaba pasando tiempo, Cristo estaba comiendo, Cristo estaba amando.

De hecho, la carga principal de este texto es una profunda compasión que había en el corazón del Señor. Y no podemos ser una iglesia que lo haga en los términos en que lo hacía Cristo a menos que cultivemos intencionalmente esa compasión, esa misericordia. Proclamación sin misericordia no representa el corazón de Cristo. «Pastor, ¿y esto entonces lo estamos haciendo mal?». Estamos volviendo a hacer las primeras cosas, y para hacer las primeras cosas no vale la improvisación: hay que hacerlo como Cristo lo hacía. Eso es lo que se hacía: que Cristo se movía, Cristo proclamaba y Cristo amaba. Compasión y misericordia son elementos de la misión.

Hay gente que ha tomado la misión de Cristo, la desarticula en sus partes y asume la parte que más le interesa. No quiero malrepresentar una posición, hermanos, pero a esto le han puesto diferentes nombres: algunos le han llamado justicia social, otros le han llamado misión integral, otros entienden otras cosas. Nombres que le ponen a esto. Yo no le pongo un apellido: se llama misión. Usted no puede desarticular a Cristo. «No, yo quiero tomar una parte de lo que Cristo hacía, yo quiero poner la proximidad». Proximidad solamente no funciona. «Yo quiero poner solamente la proclamación, porque es la parte más importante». Que sea la parte más importante no significa que usted pueda soslayar lo demás. Y hay cantidad de gente que quiere poner la misericordia por delante de la proclamación. Son cosas que van de la mano; no las desarticule.

En Latinoamérica, una contribución a la teología mundial es algo que se llama misión integral, y yo puedo entender a qué ellos se refieren. Años atrás, dos teólogos latinoamericanos fueron utilizados por el Señor para mostrarle a la iglesia la necesidad de la compasión, cuando los evangélicos nos volvimos un poco duros y entendíamos que solamente había que dar tratados, que solamente había que predicar, que solamente había que invitar a la gente a la iglesia. Dos teólogos latinoamericanos, René Padilla y Samuel Escobar, se encargaron de decirle a la iglesia en Latinoamérica que la misión tiene otras partes.

Hablo con cuidado, hermano, y perdónenme si malrepresento la opinión de otros; pero creo que discípulos de Samuel Escobar y de René Padilla enfatizaron tanto la parte de la misericordia y la compasión que se les fue de las manos, porque los seres humanos no somos equilibrados. Hermanos, nosotros no estamos haciendo un llamado ni a justicia social ni a misión integral: estamos llamados a hacer misión. Y hacer misión es acercarse, hacer misión es proclamar, y hacer misión es misericordia.

Y aquí voy de nuevo con lo que introduje. Me gozo de predicar este texto después de haber tenido una conversación de más de dos horas respecto del ministerio de misericordia de nuestra iglesia. Yo no lo estaba esperando, hermano; yo trato de no tener reuniones los sábados. Yo le digo a la gente que quien visita a un pastor un sábado corre el riesgo, peligrosamente, de que le prediquen el sermón del domingo: los sábados mi mente está imbuida en la predicación y no lo puedo evitar. Pero al mismo tiempo me gocé de que tenía este texto para predicar y alguien quiso ir a mi casa para hablar del ministerio de misericordia; pues yo entiendo que la misericordia es una parte no negociable de la misión. Que no solamente queremos ser una iglesia que ama la palabra: que ame la palabra, y al mismo tiempo queremos ser una iglesia que ame a la gente como la amaba Jesús.

Solo quiero mostrar, hermano, que proclamación sin misericordia no representa a Cristo. Mire, aquí predicamos unos sermones que usted no se imagina, y eso es importante; y al mismo tiempo queremos ser tan compasivos como la gente no se lo espera. Dice Santiago 2, del 15 al 16: «Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?».

Alguien me dirá: pastor, con Santiago no, porque Santiago es muy abierto al respecto; yo quisiera que eso me lo explicara el apóstol Juan, que Juan es teológico, Juan es profundo. Dice 1 Juan 3:17: «Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?». Misericordia no es la cereza del bizcocho: es un ingrediente. Si usted no le pone la misericordia, el bizcocho no se hace.

Misión incluye proximidad, misión incluye proclamación, y al mismo tiempo misión incluye la compasión, la misericordia, el tratar a la gente con dignidad, el preguntarle «¿qué quieres que yo haga?», el movernos. Alguien dirá: pastor, pero nosotros no podemos hacer milagros. No es de los milagros que estoy hablando —y voy a hablar de los milagros en un momento—. Los milagros representan algo. Por dondequiera que Cristo iba, de él salía virtud; era como a borbotones. Una mujer toca el manto y es sanada, y él dice: yo no solamente quiero que tú seas sanada, yo quiero que tú sepas que yo quise sanarte. Y le pregunta a la multitud: ¿quién fue el que me tocó? Él sabía hace rato quién le tocó; lo que él quiere es que ella sepa que él sabía. No fue que ella se robó un milagro que no le correspondía: yo realmente te lo quise dar, yo quiero interactuar contigo.

Yo veo al Señor cansado, agolpado por las multitudes, pero al mismo tiempo yo veo al Señor haciendo un aparte. En un momento le trajeron un ciego, y los amigos le dijeron: pon las manos sobre él para que se sane; y él no quiso sanarlo en el momento: él agarró al ciego de la mano y se lo llevó fuera de la ciudad. Y yo pensaba en esto esta semana: ahí hay un diálogo, hay una actitud. ¿Qué quieres que haga por ti?

Tengo que mostrar el corazón de mi Señor, hermano, porque PezMundial, en su funcionamiento, en su forma, es una iglesia bautista, y nosotros nos caracterizamos por un fuerte ministerio de predicación. Que no sea solamente un fuerte ministerio de predicación: que sea una fuerte compasión dondequiera que haya necesidad. Y para ser una iglesia balanceada en la misión, vamos a proclamar a Cristo, pero al mismo tiempo vamos a aproximarnos a la gente, y al mismo tiempo vamos a mostrar la compasión que él mostraba. Esta iglesia quiere parecerse a Jesús: no solamente ser una iglesia precisa en lo doctrinal, sino al mismo tiempo una iglesia que se mueva en compasión.

¿Por qué los milagros?

¿Por qué los milagros? La cosa más importante al aludir a esto es que los milagros son una forma de amor. Los milagros no eran un proxy para conseguir que la gente venga a Jesús; hay gente que tuvo el milagro y no fue salva. ¿Me siguen este pensamiento? No es de que «mira, te voy a dar esto, pero es para que me sigas; te voy a dar esto, pero es para que tú veas». Cristo no estaba en esa transacción de darle a la gente el dulcito. Eso no es.

Parte de mi molestia con la misión contemporánea es esta actitud del misionero que viene a un país como este y quiere traer el dulcito, quiere traer el juguetito, y quiere que la gente nos vea como que nosotros somos agradables. A mí me molesta eso, eso no es. No es un asunto de relaciones públicas. Una vez vino un centurión y el Señor le sanó al siervo. Y yo digo: el centurión y el siervo no van a venir para el culto mañana. No era eso lo que movía al Señor: el Señor era movido por una compasión, eso estaba en su corazón.

¿Qué son los milagros? Los milagros son una manera de dar a probar las señales del reino. ¿Y qué son las señales del reino? Que en el reino de Cristo se anulan las consecuencias del pecado. En esta tierra hay maldad, hay enfermedad, porque hubo pecado, y el pecado de nuestros padres se ha acarreado en maldición. Y cuando la maldición del pecado, aunque sea parcial, simbólicamente, era puesta en pausa, significaba que había llegado el reino de los cielos, que se iba a hacer la voluntad en la tierra del mismo modo que sucede en el cielo. Para eso el Señor hacía milagros: para mostrar que el reino había llegado.

Nosotros estamos caminando hacia un futuro sin enfermedades. Alguien dirá: pero ¿Cristo erradicó las enfermedades? Ninguna fue erradicada. De hecho, él sana a un cojo y otros se quedaron. Yo me gozo en el estanque al que él fue: hizo un milagro y todos los demás se quedaron esperando. Si la voluntad humana fuera hacer un hospital, Cristo no sanaría a uno, sino que sanaría a una multitud. Pero Cristo no está tratando de sanar a una multitud: Cristo está tratando de mostrar que en él hay poder para suspender las consecuencias del pecado, tanto en lo físico como en lo espiritual.

En algún momento vino uno y el Señor primero le dijo «tus pecados te son perdonados», pero él no vino para que le perdonaran los pecados. Y él les dice: ¿qué es más difícil, decir «tus pecados te son perdonados» o «levántate y anda»? Y después dice: para que vean que el Hijo del Hombre tiene poder no solamente para levantar a un cojo, sino también para perdonar pecados, yo te digo: levántate y anda. Y él se levantó y anduvo. Mano, Cristo no estaba estableciendo un hospital: Cristo estaba demostrando que en su reino las consecuencias del pecado se suspenden. Y la consecuencia más desastrosa del pecado es la separación de Dios. Y eso todos nosotros podemos vivirlo, aunque tengamos que permanecer durante unos cuantos años con enfermedades, porque esas enfermedades también tienen un propósito en el carácter del creyente.

Estoy mostrando que el propósito del Señor al sanar dolencias —uno de sus propósitos— era dar a probar cuáles son las señales del reino. El reino ha llegado. En un momento Juan el Bautista le mandó a preguntar al Señor: Señor, ¿eres tú, o hay que esperar a alguien más? Y él le dijo: díganle que vea las señales. Ahí están los milagros: el reino ha llegado.

¿Para qué el Señor lo hacía? Una demostración de su autoridad: él es Dios. El único que puede enmendar esta creación es Dios. Esta creación ha sido sujeta a vanidad; las consecuencias que el pecado ha traído sobre toda la creación del Señor, de la cual nosotros somos parte, él es el único que puede detenerlas. Y tú dices: pero deténlas todas de repente. Hermano, no le acelere la agenda a Dios, que lo hará cuando quiera hacerlo. Pero cuando detiene las consecuencias del pecado, todas las consecuencias, las variopintas manifestaciones de las consecuencias del pecado —usted lee el Evangelio de Marcos—, las demostró todas: poder sobre las fuerzas espirituales, liberando a los endemoniados; poder sobre las enfermedades, sanando a los enfermos; asuntos incapacitantes, como la cojera: levántate y anda; la ceguera: a los ciegos les recupera la vista; la muerte, que es la última consecuencia del pecado: el Señor también levantó a uno de la muerte.

¿Qué es lo que está haciendo? Está dando para muestra un botón de que en él hay poder y de que en él hay capacidad. Alguien dirá: no, yo lo que quiero es que me quiten mi pequeño dolor. No se trata de eso: se trata de que usted entienda que en él hay poder para eso y para mucho más.

Algo importante, hermano: los milagros de Cristo ilustraban su mensaje. Los milagros son lecciones figuradas. Él estaba hablando en el Evangelio de Marcos respecto de la ceguera, y le dice a sus discípulos: teniendo ojos, no veis. Y justo después él sana a un ciego. ¿Qué es lo que les está diciendo? Que así es como ellos se ven. Y cuando sanó al ciego, le sanó progresivamente, porque así estaban viendo los discípulos de Cristo: progresivamente iban abriendo los ojos.

Él está ilustrando el mensaje. Él multiplicó los panes y los peces, ¿y saben qué dijo después? Yo soy el pan de vida. No es solamente que usted coma —eso es lo de menos—: lo que él quiere es que usted se lo coma a él, espiritualmente hablando. Un leproso vino y él sanó al leproso, y lo tocó. ¿Qué es lo que él está mostrando? La lepra era una enfermedad muy simbólica y representativa de las consecuencias del pecado: iba avanzando lentamente, iba aislando a las personas, les iba sacando de la familia, de la sociedad. Y cuando Cristo vino y tocó al leproso, él estaba mostrando que él puede tocarte y no se contamina, y que él tiene poder para suspender las consecuencias del pecado. En el caso de los milagros, el beneficio puntual y particular que un ser humano tuvo es el beneficio que toda la humanidad va a tener de los milagros de Jesús.

Pero aquí vuelvo a mi punto, hermano: no es menor decir que la sanidad era misericordia. Y esto es lo más evidente: muchos fueron alimentados, muchos fueron sanados. Que no solamente seamos una iglesia en la que la proclamación sea buena, sino una iglesia que también extienda rápido sus brazos y que pueda hacer misericordia.

Lo que no podemos hacer como Él

Clarifico aquí, hermano, que ninguno de los tres elementos de la misión vamos a poder hacerlo exactamente como lo hizo el Maestro. Pero apuntamos para allá; usted me entiende. «Pastor, en el elemento de la proximidad, ¿usted cree que podamos hacerlo como lo hace el Señor?». Jamás. Usted no va a poder encarnarse; usted no es Dios encarnado, él era Dios encarnado. Un encuentro con Jesús no se compara con ningún encuentro sucedáneo, secundario, porque eso fue único, irrepetible. Las personas tuvieron el privilegio de tener a Cristo encarnado al lado suyo. Y ahora Cristo encarnado manda a sus discípulos a que también se aproximen y que se muevan con compasión, y nos está ilustrando cómo él lo hizo. No lo vamos a hacer como lo hizo él, hermano, eso es único e irrepetible; pero podemos aproximarnos.

Pastor, ¿y nosotros vamos a poder predicar como Cristo predicaba? Miren, cuando Cristo predicaba, dice que él predicaba como quien tiene autoridad: él era original. Cuando Cristo predicaba la palabra, él se mostraba como la autoridad, como si fuera que él está dando la ley en el Antiguo Testamento; él hablaba con ese nivel de autoridad que era ofensivo para el pueblo. Decían: ¿pero quién eres tú para hablar así? Yo soy el que dio la ley; el dueño, el autor de la creación, el único que puede regir aquí soy yo.

Y Cristo, cuando enseñaba, no enseñaba como enseño yo. Yo leo el texto y expongo el texto, y rápido vuelvo al texto, hermano, porque no me quiero ir solo. De hecho, si usted ve que el predicador se va… ah, pues él tiene autoridad. No, hermano, ninguno de nosotros vamos a predicar como predicó Jesús, porque Jesús predicaba como quien tiene autoridad: él era original. Nosotros abrimos la Biblia porque entendemos que es el testimonio que él le dio a sus apóstoles, y sus apóstoles nos lo hicieron llegar a nosotros; pero siempre estamos citando, estamos citando a Jesús, citando a Jesús. Él no tenía que citar: él decía «antes que Abraham fuese, yo soy». ¿Nuestro padre Abraham? Quien dio la ley fui yo, es lo que te está diciendo. Yo soy antes que Abraham, soy más grande que Abraham: es un maestro original, enseñaba como quien tiene autoridad.

Nosotros no. Pero tenemos que tratar de ser fieles en la proclamación; el Espíritu Santo lo hará, y él es la tercera persona de la Trinidad: lo que a nosotros nos falta, el Espíritu Santo lo completa. Y en cuanto a misericordia, hermano, ninguno de nosotros va a poder hacer misericordia como lo hizo Jesús y como lo hicieron los apóstoles. La gente piensa que los milagros del Nuevo Testamento, de Jesús y de los apóstoles, están al alcance de todo el mundo. Eso no es así.

De hecho, dice el libro de los Hechos que muchas señales y prodigios eran hechos por los apóstoles. Entiéndanme esto: o sea, Cristo hizo señales y prodigios, y a sus apóstoles, que son apóstoles de Jesucristo, él les dio un poder tal que por donde caminaban la gente se sanaba. ¿Y eso está al alcance de todo el mundo? Ore, hermano, y clame que el Señor tenga misericordia; pero nosotros no podemos hacer milagros a voluntad. «Pedro, te traje este» —con la sombra de Pedro se sanaban los enfermos—. «Te lo traje, Rafael, para que lo sanaras». Ay, hermano, yo he visto historias donde la gente le trae a los ministros del evangelio a los enfermos, y corren por él, y la gente ora y se desespera.

Las señales, hermano, son señales. Los milagros son milagros porque no son cotidianos. Si los milagros fueran cotidianos, dejarían de ser milagros. ¿Qué es un milagro? La suspensión temporal de las leyes naturales. Pero si el Señor suspende permanentemente las leyes naturales, ya no es milagro; de hecho, ya no llama la atención. Nosotros no podemos. ¿De qué, «hazme un milagro ahí»? ¿Me entienden esto? El Señor a voluntad lo hacía, y por eso la multitud venía a él, porque la gente sabía que si él quería podía hacerlo. Y es verdad que él podía hacerlo.

Uno dice: ay, si tú quieres. ¿Y saben lo que él dijo? Quiero. «Si tú quieres, puedes limpiarme». ¿Y saben lo que dijo él? Quiero. Ay, qué hermoso, hermano. Él tenía la salud, tenía la liberación espiritual, la persona tenía la autoridad. Nosotros no podemos; él lo tenía, nosotros no. Nosotros no vamos a poder hacer misericordia como la hacía Jesús, pero tenemos que hacerla.

Quizás tú no puedas hacer un milagro para levantar a un cojo, pero tú puedes tocar al cojo. Quizás, hermano, tú no puedes suspender las leyes naturales como lo hacía él; pero usando las leyes naturales tú puedes expresar este corazón y esta compasión única que hay en tu Señor: que tu Señor ama, tu Señor escucha, tu Señor mira, tu Señor toca. Nosotros podemos ser compasivos sin tener que hacer literalmente un milagro.

Yo lo anoté así mismo, hermano: ninguno de los tres elementos de la misión podemos hacerlo exactamente como lo hizo él, pero podemos acercarnos. Por ejemplo, por mucho que amemos al prójimo, no podemos comparar esa aproximación con la encarnación. Por muy buenos que seamos proclamando, no podemos enseñar como enseñaba él. A diferencia de Jesús y de los apóstoles, tampoco podemos hacer milagros a voluntad; pero sí podemos representar a Cristo con compasión y misericordia, procurando, según nuestros medios, aliviar la dolencia de la gente. Eso podemos hacerlo como iglesia. Y cuando lo hagamos, hermano, no es para exaltarnos, sino para representarle a él.

Yo podría citar, para demostrar el punto, autores que tienen pasión por la compasión. Hay hermanos nuestros de tiempo antiguo que fueron usados por el Señor con un corazón compasivo, un corazón que se extendía. Por ejemplo, parte de la carga en el ministerio de Timothy Keller era la compasión, la misericordia. Sin embargo, si le cito a Tim Keller, entonces dirán: no, que él sí, porque él era medio borderline. Diga lo que usted quiera, hermano, pero él tenía una pasión por la justicia y por el ministerio de misericordia; de hecho, escribió libros completos respecto de eso, sobre el ministerio de misericordia.

Podría citarle a John Piper, pero es más de lo mismo: sí, sí, es que Piper es más expresivo. Yo quise citarle a John MacArthur, que es un tipo medio cuadrado. Yo nunca he visto a John MacArthur fuera de su púlpito, y el púlpito es grande; pareciera que la pasión de John MacArthur es la proclamación y no la misericordia. Por eso lo cito a él. Dice John MacArthur: usted puede enseñar la palabra de Dios, usted puede proclamar las buenas nuevas del reino y cómo entrar en él; pero usted también debe saber que Jesús tocó a la gente donde estaba doliendo, y fue empático y amable, y se preocupaba por ellos, y era amoroso.

Hermano, la compasión no es un accesorio de la misión: es parte de la misión, como lo es acercarse y como lo es proclamar. Usted se acerca, usted proclama, y según los medios que el Señor le haya dado, usted ama. Eso fue lo que vine a decirle, principalmente.

Cristo vio una necesidad

Cristo vio una necesidad. Estén conmigo en el versículo 36: «Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor». Aquí no vemos a Cristo proclamando, aquí no vemos a Cristo todavía haciendo un milagro: aquí vemos a Cristo manifestando que en su corazón hay compasión.

Iglesia, yo quiero invitarte a que sientas también la necesidad, a que trabajemos progresivamente por volvernos una iglesia aún más sensible. No es sensiblería, hermano: hay una diferencia entre sensibilidad, empatía, compasión y sensiblería. ¿Han visto a esta gente que son sensibleros, que ante el mayor dolor de este mundo tienen dos caños de lágrimas? ¡Ay, ahí hay sufrimiento! Eso no es. Dos caños de lágrimas por cada cosa: eso no es, hermano. No es que te descompongas, no es que vivas diciendo «ay, mira que están sufriendo». Esa sensiblería no es compasión.

Cristo no era un sensiblero, Cristo no era una persona descompuesta, Cristo no estaba ahí tirado, depresivo, no. El Señor no dijo: el dolor del mundo me tiene aquí aplastado y no puedo hacer nada. Eso no era Cristo: Cristo era valiente, resuelto. De hecho, a veces también le pedían cosas y el Señor decía que no. Vino una mujer sirofenicia y le dijo: ay, por favor, ten misericordia. Y él dijo que no: no es justo quitarles a los hijos para darles a los perrillos, le dijo el Señor. Y ella le dice: ay, Señor, pero aun los perrillos comen de lo que cae de la mesa. ¡Ay, grande es tu fe, hija! Hermoso, hermano, el Señor.

Estoy mostrando que Cristo no era un sensiblero, que no era una persona de «mira mi herida, mira mi necesidad, ay, lloro, lloro». No, no, no: Cristo tenía carácter. Accionaba, proclamaba, se aproximaba, se compadecía; pero no era una persona que se descompusiera con facilidad. Yo no estoy invitando a mi iglesia a que sea una iglesia descompuesta, una iglesia sensiblera: la estoy invitando a que sea una iglesia empática, compasiva, como lo hacía el Señor.

Tenemos que sentir la necesidad. Dice que él tuvo compasión de ellas, de las multitudes. Como discípulos de Cristo no podemos evitar ver el dolor y el sufrimiento: tenemos que abrir los ojos. Yo mismo soy una persona que a veces cierra un chin los ojos, porque estamos llenos de dolor, y hay tanta maldad en este mundo que por el momento yo no quiero verlo. Pero al mismo tiempo yo sé, hermano, que es un asunto de representar a Cristo: abrir los ojos ante el dolor, abrirlos, sentirlo.

El hombre natural evita ver, pues tal cual dice Eclesiastés 1:18, mientras más se sabe, más se sufre. Y es verdad: a veces es mejor no saber. «Ay, déjame compartirte lo que está pasando». Uy, la versión corta, que ya demasiado hay en el corazón. Esa es la actitud del hombre natural: el hombre natural no quiere ver el dolor, el hombre natural no quiere ver la injusticia, el hombre natural no quiere ver la maldad. Pero el pueblo del Señor se mueve en esta tierra con los ojos abiertos: nosotros vemos la maldad y vemos a Cristo.

No deje de ver a Cristo, hermano, porque él sí podía ver la maldad, porque él es el Cristo. ¿Me entienden este pensamiento? Si usted se pone a ver dolor, sufrimiento, y usted no ve a Cristo, usted se va a sentir desesperado, abrumado, hasta depresivo, y va a caer en una cama. Usted tiene que ver a Cristo, y usted tiene que ver el dolor.

La empatía se cultiva

La empatía se puede cultivar. Esto no sale solo: el hombre natural se vuelve duro, se vuelve ciego ante el dolor; a la gente se le muere alguien al lado y a él ni siquiera le duele. Ese es el hombre natural. El creyente mira a su Dios y mira el dolor. Nosotros debemos mirar al mundo, pero debemos mirar más a Cristo que al mundo; por lo menos en una proporción de tres a uno: mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo y mira el dolor. Mira el sufrimiento y mira a Cristo, mira a Cristo y mira a Cristo. Yo no creo, hermano, que sea sabio andar por este mundo mirando dolor solamente. Si usted no ha visto a Cristo, va a ser doblegado: va a querer hacer las cosas por sus propios medios, va a ser confundido en su pensamiento, va a trabajar mal. Mira a Cristo en una proporción de tres a uno.

Yo no soy una persona que tenga una naturaleza empática, en gran medida porque —ay, hermano, perdónenme las palabras, pero yo tengo que hacer un ejercicio de transparencia— yo no soy una persona que venga de un trasfondo de injusticia, de dolor abierto, de desamparo. ¿Me entienden, hermano? Yo no puedo impostar una historia que no es la mía.

Vivimos en una era, hermano, donde todo el mundo es un influencer y todo el mundo quiere tener su story time con ese dolor: «no, que yo vengo de una familia…». ¿Y dónde hubo? Hermano, mi familia tiene problemas, de verdad; pero yo crecí con mi papá, mi mamá, mis abuelos, un ejército de mujeres que cuidaban de mí como si yo fuera suyo. Yo soy un patrocinado. ¿Me entienden el pensamiento? Estas personas quieren pasar por la vida siempre como llamando la atención: nadie sabe mi dolor, mi carencia, yo he cogido demasiada lucha. Ese no es mi caso.

Ay, hermano, que el Señor me cuide, porque no es que quiera llamar la atención: es un asunto de transparencia. Ese no es mi caso. «No, mira, la gente está en su historia; tú no sabes lo que es, yo he tenido una pandilla, yo he matado, punto de droga». Yo nunca he visto, hermano, un punto de droga, nunca he consumido nada de eso. Ese no es mi caso, ¿me sigue? Porque ahora parece que todo el mundo tiene que tener su historia. Yo era un muchacho bien, bien perdido en mis delitos y pecados, pero ustedes me entienden.

De hecho, hermano, yo crecí en una iglesia; yo siempre fui un patrocinado de cantidad de gente en mi iglesia que se ocupaban de mí. Yo tenía un ejército de doñitas que siempre me han cuidado, han orado por mí. Yo soy un patrocinado, hermano, esa es la realidad. Estaba perdido en mis delitos y pecados, pero no era que yo fuera machetero, delincuente, pandillero. No, hermano, eso no es lo mío.

Lo que les muestro es que la empatía en mí no surgió de decir «yo cogí mucha lucha y por eso soy una persona empática». No, hermano: la realidad es que yo he aprendido la empatía, en primer lugar, al ver a Cristo. Hay personas que han vivido a ras del suelo; yo nunca he estado a ras del suelo, hermano, eso no es lo mío. Lo mío son otras cosas que no son tan evidentes, y ahí también el Señor tuvo misericordia. Pero la empatía en mí no vino por la experiencia.

¿Comprendes? He visto a otra gente que es empática y que dice: no, yo tengo que ayudar a todos los huérfanos, porque yo soy huérfano; yo tengo que ayudar a tal cosa. Yo también puedo entenderlo, pero yo puedo entender eso principalmente al ver a Cristo. Y lo que yo he conocido de empatía lo he conocido al verle a él, lo he conocido a través de la literatura y lo he aprendido a través de la música; porque en mí, yo no viví eso. Hay cosas que yo sé porque la literatura te permite visitar vidas que no son las tuyas. Y la música son pequeñas historias, y cuando tú escuchas buena música, tú llegas a tener un registro emocional mucho más amplio. Pero los avatares de esta vida, hermano, en gran medida los he aprendido a través de la vida de otros, y con una sincera curiosidad respecto de la vida de la gente.

¿Qué ha hecho que en los últimos veinticinco años yo tenga mis ojos abiertos, y que donde hay dolor no lo evite? «¡Wow, pero tú eres empático! Se ve que tú tienes una historia muy dura». Todo lo contrario. Un día pasado me llamó una persona y me dijo: wow, Rafael, la verdad es que tú estás bien, tú eres una persona que tiene a sus padres, tú eres una persona que con tus hermanos tiene una relación, un bonito matrimonio. Y ella no tuvo otra cosa que decirme, y es verdad. Sigue el pensamiento: tú no tienes que ser una persona maltratada, muy herida, abusada, para ser empático; lo que tú tienes que hacer es ver a Cristo y tener los ojos abiertos. Así creces en compasión.

Una película que yo vi en el 2004 me impactó: Diarios de motocicleta. Es la historia de Ernesto Che Guevara corriendo en motocicleta ocho mil kilómetros con su amigo del alma, visitando todos los pueblos de Latinoamérica. Y hay una expresión de esa película que hace veinticinco años yo la utilizaba en mi predicación, y yo proyectaba eso, y la gente ponía los ojos de todo el tamaño; porque es una cita de la película Diarios de motocicleta que dice: deja que el mundo te cambie y podrás cambiar el mundo. Y yo le ponía debajo: Ernesto Che Guevara.

Y fui a una iglesia a predicar, hermano, y mostré eso, y la persona que lo vio… ¿qué? Y me decía: Rafa, ¿el Che Guevara?, lo más candente del mundo. Lo que él te está mostrando es que a veces, para tú crecer en empatía, tú tienes que ver el dolor que no es tuyo, tú tienes que ver la casa que no es la tuya, tú tienes que visitar al desamparado, al que está sufriendo, visitar otras vidas que no son tu vida. Hermano, lo menos que quiero yo es que usted se convierta en el Che Guevara, porque el Che Guevara no entendía cuál es la solución a los problemas de este mundo; él entendía que la solución a los problemas de este mundo era otra cosa, y nosotros entendemos que la única respuesta es Cristo. Pero la realidad, hermano, es que si usted ve un poco más de buenas películas, de buen cine, de buenos libros, de buena música, y pasa tiempo con gente que no se parezca a usted, quizá usted crezca un poco más en empatía y entienda los privilegios que el Señor a usted le ha dado; entre ellos, conocer a Cristo temprano.

Aproxímate. Pasa tiempo con gente que no sea de tu entorno. Recuerda que en todo ser humano está la imagen de Dios, que ellos tienen dignidad, creatividad, que son seres con potencial para lo moral, seres trascendentes. En el pecador más grande de esta tierra hay todavía vestigios de la imagen de Dios en él. Y cuando tú tienes esa curiosidad, tú puedes tener un deleite en pasar tiempo con la gente, aunque la gente no se parezca a ti, porque adentro de ellos hay algo bello.

Un solo ser humano es miles y miles y miles de veces más valioso que todos los electrodomésticos de esta tierra. Un solo ser humano, porque un solo ser humano tiene la imagen de Dios: no hay aparato que tenga la imagen de Dios; nosotros sí. Y por muy maltratada que esté la vida a causa del pecado, ahí hay algo de la imagen de tu Dios, y tú puedes tener deleite en eso. Mira el pecado y sus consecuencias, cómo el fracaso del diseño proyecta en esas vidas el plan de redención. ¡Wow! Cuánto desamparo, cuánta soledad, cuánta maldad, cuánta falta de Dios hay en esa vida. No es ver por ver: tú tienes que ver y decir «hay un fracaso del diseño».

Yo he dejado por temporadas de ver las noticias, porque me afecta. Ahora los noticieros se han encargado, hermano, de traer lo más morboso que sea posible, de enseñarte las cosas. Entonces yo quiero ver la noticia, pero yo no quiero que tú me abras la herida y me la enseñes: métame los ojos, ven a ver. Eso no es, ese no es el asunto. Pero al mismo tiempo digo, hermano, que cuando te llega la noticia te dice: mira, ahí hay un fracaso en el diseño, se dañó lo que Dios hizo, eso no era lo que Dios quería para esa persona. Cuando tú ves abuso, tú tienes que decir: ahí hay abuso, pero es que faltó, se salieron del diseño de Dios. Proyecta el diseño de Dios para que esta creación tenga algo de sentido para ti.

Mira a Cristo. Tú vas a tener que sentir, hermano, compasión, no solamente accionar cosas. Una ONG puede dar sin sentir, pero nosotros tenemos que sentir. ¿Saben por qué? Porque Cristo sentía. Y ese sentimiento tiene que ver con la inmensidad de la necesidad: él dijo que vio multitudes desamparadas.

A mí me pasa, hermano, que yo como que pienso que todos estamos bien. ¿Saben por qué? Porque a los que yo veo es a ustedes: yo te veo a ti, me veo a mí, y estamos todos bien. Hay multitudes de gente que no tienen esperanza en este momento. Yo veo a mis hermanos cómo miran el mundo con altivez: dicen, nosotros estamos bien, ellos están mal. Ay, hermano, no sea altivo: sea compasivo, empático, misericordioso. En vez de lamentarte con altivez y verte superior, tú deberías compadecerte por la situación de ellos. Millones de personas viven en esta pequeña ciudad que es Santo Domingo sin Cristo, sin esperanza y sin Dios en el mundo.

Tú dices: pero yo también estoy sufriendo. Sí, pero tú estás sufriendo con esperanza, tú estás sufriendo con Cristo. Tu compañero de trabajo, no. Tu familiar no creyente, no. El dolor para él es un dolor aún más agudo, porque tú tienes esperanza y ellos no tienen esperanza.

Jonás se parece a la media del evangélico. Jonás era un tipo poco compasivo: que los destruyan, y que los destruyan pronto; además, si me ahorran el viaje, mejor. El pensamiento de Jonás era: a Nínive no hay ni siquiera que predicarle, que lo destruyan y que no me hagan hacer el viaje. Ese era Jonás, hermano. Y yo veo a algún amigo mío agarrado ahí de unas expresiones teológicas incorrectas, que entiende: no, es que hay consecuencias en este mundo, este mundo es un mundo de maldad, de injusticia, y los pecadores irán recibiendo eso. Compadécete. Compadécete, porque Cristo se compadecía de la multitud.

No todos van a buscar de Dios, pero todos necesitan ser mirados con amor por la iglesia de Cristo. Y si tú has sido salvo por gracia, lo menos que debe haber en tu mirada es compasión. No es un asunto de «aquellos no tienen a Cristo, no son mis hermanos, yo puedo ser indolente». No sea indolente.

El Señor, que es amplio en misericordia, tuvo misericordia de Nínive. Y ahí fue que le dio cuerda a Jonás: ¡yo lo sabía! Y le dice el Señor a Jonás… El Señor, en su misericordia, permitió que creciera una calabacera y le tapara el solecito a Jonás. Jonás, yo te amo tanto que hasta permito que crezca una planta para que te cubra del sol. Ay, Señor, gracias por la calabacera. La calabacera era para darle a él con la misma calabacera: es para que tú cojas un chin de sombra, y luego recordarte la profundidad de tu maldad.

Después de que el Señor permitió que creciera una calabacera en un solo día y le diera sombra, el Señor hizo que se secara la calabacera; y cuando se seca la calabacera, Jonás se queja, y le dice el Señor: tú te apiadaste de la planta por la que no trabajaste, ni hiciste crecer, que en una noche nació y en una noche pereció; ¿y no he de apiadarme yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir entre su derecha y su izquierda, y también muchos animales? Señor, ¿y tenías que mencionarle hasta los animales? Es que el Señor es tan bueno que se compadece hasta de los animales. Y tu corazón no te da para extender tu gracia a otros seres humanos.

Un mar de gente

Yo tengo ahora la experiencia de que, donde vivo, tengo que pasar una hora en un tapón. Todos los días. Salgo de mi casa: hora, hora quince en un tapón todos los días, hermano; eso no es negociable, eso no es de ruta alterna, que GPS, se ha probado todo, hermano; eso no es un diagnóstico, es el tratamiento que hay que bebérselo. Hora y pico de tapón todos los días. Y esa autopista Duarte, hermano, esa hora de tapón, miles de motores, guaguas voladoras y carritos públicos, como si fueran un mar de gente. Y tú te sientes como abrumado en esa inmensidad de seres humanos tratando de entrar a esta ciudad.

El kilómetro 9, cuando tú llegas ahí, hermano, es un ecosistema interesantísimo. Cantidad de trabajadores, bultico en mano, con su lonchera, a ganarse la vida. Eso me da a mí un entusiasmo, hermano, cuando yo veo a la gente. Yo veo a la gente, porque eso es simbólico: el bultico en la mano es una persona responsable que está saliendo a buscar su sustento, pero sabe que si se dedica a comerse en otro lugar lo que le van a pagar en el día, no le rinde. Y yo lo veo, hermano: ese se levantó a las cinco, hizo su comidita, y la mete ahí en su pote, y la guarda ahí en su loncherita, y tú lo ves que va ahí para su trabajo con la loncherita en la mano.

Amas de casa, trabajadoras de oficina con su tubi. Los hermanos que están en traducción, por favor, traduzcan «tubi». Mano, un tubi: es la muchacha que va para la oficina, pero ya sabe que se monta en un motor, coge dos guaguas y después el metro con esos moños sueltos; y tú la ves con su tubi, hermano, ahí, con esos pinchos agarrando esos moños, porque va para el trabajo.

Ay, hermano, ahí van madres, padres, hermanos, hijos; la fila del metro que casi le da la vuelta a la cuadra. Mientras voy manejando, vuelvo al barrio a la derecha: hay gente subiendo del barrio, subiendo, buscando vida, subiendo del barrio. Alguien sale y sale corriendo, se encarama de un carro que le dio una bola. Frituras para el desayuno en cantidad: dame diez de salami, cuatro de frito. Siete personas en un Toyota Corolla del 87, y tú calculando: ¿cómo es que pueden entrar siete en un carrito público? La guagua voladora —una guagua voladora, teológicamente definida, es un comprimido en movimiento de la imagen de Dios—: la cantidad de imagen de Dios que va en una guagua voladora, hermano, es mucha. Y yo no puedo evitar pensar que ahí van unos cuantos hermanitos míos que también han sido comprados por gracia.

Y ahí va Rafael Pérez, desde su vehículo privado, con el aire en dos, mientras escucha en su radio El carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns y tiene una conversación amena con su hija, quejándose de que este tapón lo tiene cansado, que lo tiene desesperado, que esta ciudad no sirve, que esto hay que cerrarlo, que esto es insoportable, que esto es un problema.

¿Qué es lo que nos hace culpables? Ay, hermano, así se ve la iglesia de Cristo quejándose por la condición del mundo, cuando nosotros hemos sido comprados a precio de sangre, cuando el Señor nos ha rodeado de bienes, cuando nos ha tocado la mejor versión posible de esta tierra, donde el Señor nos ha rodeado de privilegios, donde no hay nada en esta tierra que nos pueda separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Aquí está Cristo, que se hizo hombre, en quien no hay carencia, en quien solamente hay perfección; y él mira alrededor y dice que, al ver la multitud, tuvo compasión de ella.

Yo estoy persuadido de que el Señor permitió que yo viviera hoy donde vivo para que yo pueda ver ese mar de gente y entender que ellos también necesitan a Cristo; para que yo entienda que Santo Domingo necesita proximidad, que Santo Domingo necesita proclamación, que Santo Domingo necesita compasión.

Muestro aquí que el origen del sentimiento no es la necesidad de nosotros: es la necesidad de ellos. No es que Cristo diga: wow, cuánta gente aquí que podría ser parte de la iglesia. No: lo que Cristo está mirando es la necesidad de la gente, no la necesidad suya. Misión no es misión si existe para satisfacerme a mí, a mi sueño, a mi plan, a mi proyecto; eso se llama filantropía. Misión es misión porque le da a la gente lo que la gente realmente necesita: proximidad, compasión, proclamación de Cristo. La ciudad necesita que nos acerquemos, que proclamemos al Señor y que mostremos compasión; y la iglesia es la respuesta de Dios para subsanar las dos necesidades principales que tiene el ser humano.

Cristo los vio desamparados y Cristo los vio dispersos. Nosotros, como iglesia, estamos amparados, estamos reunidos. Cuando uso el término, hermano, no es como un término duro, de «que resuelvan ellos, que se pongan ellos de acuerdo, que resuelvan su problema, que yo en Cristo ya tengo amparo, yo en Cristo ya estoy reunido». No, hermano: el mundo en gran medida todavía sigue en desamparo y en dispersión, y lo que hace la iglesia es resolver esas dos cosas. La iglesia es el recurso que el Señor le ha dado a este mundo para que vean y tengan una probadita de cómo se vive cuando hay amparo. Desamparo es la falta de esperanza, la lejanía de Dios; dispersión es soledad, indiferencia, depresión, aislamiento, alienación. Eso es vivir sin Dios en este mundo.

Rogad al Señor de la mies

¿Y cuál es la salida? ¿Cómo esto se resuelve? Después de que Cristo muestra compasión, después de mostrar a la multitud, pareciera que va a dar el plan estratégico 2024-2045 para resolver los problemas del mundo. Yo me imagino a los discípulos de Cristo: ya, vamos a darle, claro, aquí estamos. Y lo que viene ahora es anticlimático: «Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies».

Uf. Yo estaba listo ya, Señor, ya yo estaba ready. «Ora» es lo que le está diciendo. El texto es anticlimático, pues es esperable que los discípulos estuvieran prestos a resolver. Yo me imagino a Pedro, que está buscando… ¿a quién? Aquí estamos: el Maestro siente compasión, entonces hay que responder. Y el Señor les está diciendo: no, no resuelvan. Oren. Aunque nosotros sintamos que podemos responder, oremos.

Recuerdo a Isaías: el Señor le mostró la necesidad. ¿A quién enviaré, y quién irá?, dice el Señor. Le responde Isaías: heme aquí, envíame a mí. Ora, hermano, es lo que te estoy diciendo. La oración anula el activismo, la oración anula la ansiedad, la oración nos muestra que esto no está a nuestro alcance. Ora, es lo que te estoy diciendo. No oremos por programas, no oremos por estrategias, no oremos por planes: oremos por obreros. Millones de personas que están pasando por ahí, por esa autopista Duarte que está en reconstrucción: cuando tú veas la inmensidad, ese mar humano que necesita a Cristo, no salgas a hacer un plan estratégico. Ora al Señor.

La oración garantiza el cuidado de tu ego, porque si tú sales a cosechar sin haber orado, tú realmente vas a entender que tú podías. ¿Tú te imaginas, hermano, que realmente podamos hacer algo grande para el Señor y no hayamos orado? Vamos a dar los cursos pronto, de cómo se hacen los programas, cómo se hacen las estrategias. Ora, porque cuando tú ores, tú vas a poder suplirlo, no a la manera tuya, sino a la manera de Dios; y esto no te va a dar satisfacción a ti, le va a dar satisfacción a él.

También la oración te permite sentir la convicción de un llamado, más que respaldar o asumir. En este momento, como iglesia, tenemos una abierta necesidad de obreros: hay posiciones que están abiertas, y lo menos que yo quiero es llenarlas. ¿Saben por qué? Porque no quiero llenarlas yo, ni que la llenes tú. No es solamente que aparezca alguien dispuesto: que aparezca alguien que sienta que es la respuesta de Dios para la necesidad. ¡Ora!

La oración te aleja de las razones incorrectas para responder al llamado. Hay cantidad de asuntos que no son rogar al Señor de la mies. El entusiasmo, la persistencia y el sacrificio de alguien estimulan a que otro se integre. Tengo un problema en este momento, hermano, y es que yo tengo entusiasmo para la obra del Señor, mucho entusiasmo; yo tengo un deleite en esto. Y a veces, cuando yo le hablo a la gente de que hagamos algo para el Señor, todo el mundo como que quiere: ¡claro, Rafa, vamos a hacerlo! Es que no es mi entusiasmo lo que yo quiero que te traiga: es que tú sientas que tú eres la respuesta de Dios a la necesidad. No soy yo, es Cristo. Que tú sientas lo que él siente; porque si tú sientes lo que él siente, tú lo vas a hacer aunque yo no te esté mirando.

La necesidad de que alguien asuma no es rogar al Señor de la mies. Hablaba con un pastor de Nueva York y le preguntaba que cómo entró al ministerio pastoral. Y este pastor me decía: yo estaba en una iglesia muy pequeña y nos quedamos sin pastor, y no había nadie de allí, y yo era el único; entonces yo terminé asumiendo, porque no había más. Eso no es, hermano, así no es. No es que, como no había nadie, entonces yo lo asumí. Eso no es. Ora al Señor, ruega al Señor de la mies. No es rogar al Señor de la mies por posiciones, estructuras; no es darte un cargo, no son comités, no son juntas administrativas, no es cualquier forma de burocracia: son obreros traídos por Cristo. No es gente con deseos de aventura, de adrenalina, buscando retos, una historia que contar: es orar al Señor de la mies.

La oración nos recuerda quién es el dueño: que el dueño es él y no nosotros. La oración abre tus ojos para que puedas ver. Mano, la necesidad se ve de un modo desde la perspectiva de nosotros, y desde la perspectiva de él se ve distinto: la oración abre nuestros ojos. También me gozo en que todos podemos orar. Hay gente que dice: yo no puedo hacer nada, yo no tengo ninguna incidencia, yo no soy un líder, yo no tengo alcance. Todos podemos orar al Señor de la mies para que envíe obreros a su mies.

Te pastoreo respecto de esto, hermano: fortalece tu iglesia este año orando para que el Señor, en su misericordia, nos envíe obreros. Orar no es mandar la cosa al futuro —¿han visto ese recurso piadoso de «vamos a orar» para no hacer nada? Eso no es—: es orar porque entendemos que nosotros no podemos hacer nada, pero el Señor puede hacer mucho en nuestra carencia. Y cada vez que tú veas necesidad en tu iglesia, ora al Señor, dile: Señor, envía obreros. Aun si tú crees que tú puedes ser un obrero, ora al Señor, pues el Señor puede poner en ti una convicción de un llamado.

¿Cómo se ve aquí el evangelio?

¿Cómo se ve el evangelio? El evangelio es la buena noticia de que Cristo se acercó a nosotros, nos proclamó el evangelio del reino y nos mostró compasión. Pero también el evangelio nos dice: vayan ustedes y hagan lo mismo. El evangelio es también la buena noticia de que Dios está construyendo ahora mismo una nueva comunidad, que es la iglesia, en la que se resuelven los dos grandes problemas de la humanidad: se resuelve el sentido de desamparo y se resuelve el sentido de dispersión.

Cualquier persona que en este momento pueda sentir el desamparo que prevalece en esta tierra, que mire a Cristo. Y cualquier persona que quiera sentir que es parte de algo más grande que ella misma, y que realmente vale la pena pertenecer, que mire a Cristo. Yo no puedo traerte a la iglesia del Señor; pero si Cristo te muestra a ti compasión, como se la mostró a otros que pidieron un milagro, yo creo que tú también puedes ser parte de su iglesia, que tú puedes sentirte verdaderamente amado, y que en Cristo tú puedes sentir unidad de propósito. En él desaparecen el desamparo y también la dispersión.

Ay, hermano, qué mayor deseo: que el Señor nos permita este año que, así como hemos crecido en la proclamación en años anteriores, en este año crezcamos en proximidad y también en misericordia.

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