Los hombres podemos crear programas, pero solamente Dios puede suplir obreros. Al comenzar un nuevo año de iglesia, el Señor nos muestra la tarea que tenemos por delante, la gran necesidad que está ante nosotros y el medio que se nos ha indicado para suplirla: orar por obreros enviados por Él.
Transcripción automática
En este momento estamos comenzando el año 17 de Pez Mundial, y aprovecho para poner la atención de la iglesia en la misión. Una parte importante de la misión son los obreros. Años atrás, casi siempre mi pensamiento iba al respecto de las necesidades no atendidas, de las estrategias, de los programas. Ahora miro alrededor y lo que quiero es orar. Las necesidades siempre van a estar presentes. Que se levanten obreros para atender esas necesidades, eso depende del Señor. Si el Señor levantara obreros para su mies, entonces esos obreros podrían sostener los programas.
Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.
— Mateo 9:35-38
La tarea que tenemos por delante
Cuando el Señor puso la atención de sus discípulos en la misión, no les mostró un programa: les mostró una necesidad. Y cuando les mostró cómo atender esa necesidad, no les dio acciones, sino que les dijo: «Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.» Es interesante que el Señor no nos entregó primero una asignación, sino que nos entregó primero un ejemplo. Antes de mandarnos a hacer la tarea, Él nos mostró cómo se hace. Dice el versículo 35 que recorría Jesús todas las ciudades y aldeas enseñando en las sinagogas de ellos, predicando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y dolencia del pueblo. Lo que hay aquí no es un programa; hay primero un ejemplo. Él quiere ser visto, quería que sus discípulos le vieran primero a Él haciendo, para que eventualmente oraran y si el Señor les enviaba, hicieran ellos.
Proximidad, proclamación y misericordia
Si usted creció en una iglesia en los años 90, le mostraron que misiones son personas de ojos azules y cabello lacio que tomaban un avión para ir a predicar el evangelio en alguna parte. Eso es un aspecto de la misión. Pero una carga que abrumaba mi corazón hace 25 años es que la persona más eficiente para hacer el trabajo probablemente no era el extranjero, sino la misma iglesia asumiendo con responsabilidad aquello que el Señor le mandó hacer.
Misión desde la perspectiva de Cristo, en primer lugar, es proximidad. Cristo no estaba sentado esperando que la gente viniera: recorría todas las ciudades y aldeas. Misión no es pasividad, misión no es esperar que las cosas ocurran; misión es salir, aproximarse, acercarse. En el ministerio de Cristo no vemos un asunto estático o pasivo. Según Josefo, una ciudad como Galilea tenía aproximadamente 204 pueblos y millones de habitantes. Comparativamente, recorrer Galilea sería como recorrer los 71 barrios del Distrito Nacional con sus 1.4 millones de habitantes.
El ministerio también es proclamación. Dice que lo que Cristo estaba haciendo era enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el evangelio del reino. Usted puede tener proximidad, pero proximidad sin proclamación sería activismo. Nosotros no somos trabajadores sociales; nosotros tenemos algo que decir. Y al mismo tiempo, Cristo estaba tocando, escuchando, pasando tiempo, comiendo, amando. La carga principal de este texto es una profunda compasión que había en el corazón del Señor. Proclamación sin misericordia no representa el corazón de Cristo.
A esto algunos le han llamado justicia social, otros misión integral. Yo no le pongo un apellido: se llama misión. Usted no puede desarticular a Cristo. En Latinoamérica, René Padilla y Samuel Escobar se encargaron de decirle a la iglesia que la misión tiene otras partes además de la proclamación. Nosotros no estamos haciendo un llamado ni a justicia social ni a misión integral; estamos llamados a hacer misión. Y hacer misión es acercarse, proclamar, y mostrar misericordia.
Los milagros como señales del reino
Los milagros son una forma de amor. No eran un truco para conseguir que la gente viniera a Jesús. Hay gente que tuvo el milagro y no fue salva. Una vez vino un centurión y el Señor le sanó el siervo. El centurión y el siervo no iban a venir para el culto al día siguiente. No era eso lo que movía al Señor; el Señor era movido por una compasión que estaba en su corazón.
¿Para qué el Señor hacía milagros? Una demostración de su autoridad. Él es Dios. El único que puede enmendar esta creación es Dios. Cuando la maldición del pecado, aunque fuera parcial y simbólicamente, era puesta en pausa, significaba que había llegado el reino de los cielos. Poder sobre las fuerzas espirituales, liberando a los endemoniados. Poder sobre las enfermedades, sanando a los enfermos. Poder sobre la cojera, la ceguera, hasta sobre la muerte. Algo importante: los milagros de Cristo ilustraban su mensaje. En el evangelio de Marcos, Él habla de la ceguera y les dice a sus discípulos: «Teniendo ojos, ¿no veis?» Y justo después sana a un ciego progresivamente, porque así se estaban viendo los discípulos, abriendo los ojos poco a poco.
No es menor decir que la sanidad era misericordia. Muchos fueron alimentados, muchos fueron sanados, ¿y saben por qué? Porque Él es bueno. Él veía gente con hambre y la alimentaba. Veía gente con enfermedad y sanaba. Veía gente aislada y la integraba, porque eso es mi Señor: lleno de gracia y de verdad. Ninguno de los tres elementos de la misión podemos hacerlo exactamente como lo hizo Él, pero apuntamos para allá. No vamos a poder encarnarnos, no vamos a predicar con su autoridad, no podemos hacer milagros a voluntad, pero sí podemos representar a Cristo con compasión y misericordia, procurando aliviar la dolencia de la gente.
La compasión no es sensiblería
Hay una diferencia entre sensibilidad, empatía, compasión y sensiblería. Cristo no era un sensiblero, no era una persona descompuesta, no estaba tirado, depresivo, diciendo que el dolor del mundo le tiene aplastado. Cristo era valiente, resuelto. De hecho, a veces también le pedían cosas y dijo que no. Vino la mujer sirofenicia y le dijo: «Ten misericordia», y Él le dijo: «No es justo quitarle a los hijos para dar a los perritos.» Cristo tenía carácter.
Como discípulos de Cristo no podemos evitar ver el dolor y el sufrimiento. Tenemos que abrir los ojos. El hombre natural evita ver, pero el pueblo del Señor se mueve en esta tierra con los ojos abiertos. Nosotros vemos la maldad y vemos a Cristo. Si usted se pone a ver dolor y no ve a Cristo, se va a sentir desesperado, abrumado, hasta depresivo. Usted tiene que ver a Cristo y el dolor. Por lo menos una proporción de tres a uno: mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, y mira el dolor. La empatía se puede cultivar; el hombre natural se vuelve duro, se vuelve ciego ante el dolor, pero el creyente mira a su Dios y mira el dolor.
Cultivar la empatía
Yo no soy una persona que venga de un trasfondo de injusticia y dolor abierto. Yo soy un muchacho bien, un patrocinado. Crecí con mi papá, mi mamá, mis abuelos, un ejército de mujeres que cuidaban de mí. La empatía en mí no vino por la experiencia; la he conocido al ver a Cristo, a través de la literatura y a través de la música. Los avatares de esta vida en gran medida los he aprendido a través de la vida de otros y con una sincera curiosidad al respecto de la vida de la gente. No tienes que ser una persona maltratada, herida o abusada para ser empático; lo que tienes que hacer es ver a Cristo y tener los ojos abiertos.
Aproximarte, pasar tiempo con gente que no sea de tu entorno. Recuerda que en todo ser humano está la imagen de Dios: tienen dignidad, creatividad, potencial para lo moral, son seres trascendentes. Un solo ser humano es miles de veces más valioso que todos los electrodomésticos de esta tierra, porque un solo ser humano tiene la imagen de Dios. Por muy maltratada que esté la vida a causa del pecado, ahí hay algo de la imagen de tu Dios, y tú puedes tener deleite en eso. Cuando veas la noticia, proyecta el diseño de Dios: ahí hay un fracaso en el diseño, se dañó lo que Dios hizo, eso no era lo que Dios quería para esa persona.
Una multitud desamparada y dispersa
Todos necesitan ser mirados con amor por la iglesia de Cristo. Si tú has sido salvo por gracia, lo menos que debe haber en tu mirada es compasión. Recuerdo a Jonás: un tipo poco compasivo que quería que Nínive fuera destruida. El Señor le hizo crecer una calabacera para darle sombra, y después la secó. Y le dijo: «Tú te apiadaste de la planta por la que no trabajaste ni hiciste crecer, ¿y no he de apiadarme yo de Nínive, la gran ciudad en la que hay más de 120 mil personas que no saben distinguir entre su derecha y su izquierda?»
Yo tengo ahora la experiencia de pasar una hora en un tapón todos los días por la autopista Duarte: miles de motores, guaguas voladoras y carritos públicos, un mar de gente. Trabajadores con su bultico en mano y su lonchera, amas de casa con su tubí, la fila del metro que casi le da la vuelta a la cuadra. Mientras voy manejando, veo la gente subiendo del barrio, siete personas en un Toyota Corolla del 87. No puedo evitar pensar que ahí van unos cuantos hermanitos míos que también han sido comprados por gracia. Y ahí va Rafael Pérez, desde su vehículo privado, quejándose de que el tapón le tiene cansado. Así se ve la iglesia de Cristo quejándose por la condición del mundo cuando hemos sido rodeados de privilegios.
Cristo miró la multitud y tuvo compasión de ella porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Nosotros como iglesia estamos amparados y reunidos. El mundo en gran medida todavía sigue en desamparo y en dispersión, y lo que hace la iglesia es resolver esas dos cosas. Desamparo es falta de esperanza, lejanía de Dios. Dispersión es soledad, indiferencia, depresión, aislamiento. Eso es vivir sin Dios en este mundo. Santo Domingo necesita proximidad, proclamación y compasión.
Rogad al Señor de la mies
Después de Cristo mostrar compasión, no viene un plan estratégico. Lo que viene es anticlimático: «Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.» Me imagino a Pedro listo para resolver. Pero el Señor les dice: no resuelvan, oren. La oración anula el activismo, la oración anula la ansiedad, la oración nos muestra que esto no nos alcanza a nosotros. No oremos por programas ni por estrategias: oremos por obreros.
La oración garantiza el cuidado de tu ego, porque si sales a cosechar sin haber orado, vas a entender que tú podías. La oración te permite sentir la convicción de un llamado, más que respaldar o asumir una posición. No es solamente que aparezca alguien dispuesto; es que aparezca alguien que sienta que es la respuesta de Dios para la necesidad. El entusiasmo de una persona no es «rogad al Señor de la mies»; la necesidad de que alguien asuma tampoco lo es. No son comités ni juntas administrativas: son obreros enviados por Cristo.
La oración nos recuerda quién es el dueño. La oración abre tus ojos para que puedas ver. Y me gozo en que todos podemos orar. Hay gente que dice que no puede hacer nada, que no tiene ninguna incidencia, que no es un líder. Todos podemos orar al Señor de la mies para que envíe obreros. El evangelio es la buena noticia de que Cristo se acercó a nosotros, nos proclamó el evangelio del reino y nos mostró compasión. Pero también nos dice: vayan ustedes y hagan lo mismo. Y cualquier persona que quiera sentir que es parte de algo más grande que sí misma, que mire a Cristo. En Él desaparecen el desamparo y la dispersión.