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Mensaje

La alegría del Señor por el avance del evangelio

Lucas 10:17-24

El acontecimiento más importante sobre la tierra es la predicación del evangelio. En Lucas 10, tres expresiones de alegría nos impulsan a la misión: la alegría de participar en la obra, la alegría de nuestra propia salvación y la alegría al ver la revelación del evangelio.

Transcripción automática

En Lucas capítulo 10, el Señor envió a sus discípulos y luego envió a un grupo más grande de setenta. Hoy estaremos mirando el momento en que estos setenta regresan al Señor y le testifican las grandes cosas que habían hecho mientras obedecían al llamado. En toda esta porción de la Escritura vemos la alegría del Señor por el avance del evangelio. Todo en este texto transmite entusiasmo, gozo, alegría, de hecho con tres términos diferentes que son sinónimos en el original. Se describe primero la emoción de los discípulos que habían obedecido y luego se describe la emoción del Señor.

Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos. En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.

— Lucas 10:17-21

El acontecimiento más importante de la tierra

El gozo y el entusiasmo ha sido un elemento en mi ministerio. Yo no sé hacer la obra del Señor solamente con obediencia; yo voy a obedecer pero con una obediencia gozosa. Le pido al Señor que me permita año tras año renovar el gozo, entender que lo que está sucediendo entre nosotros es un asunto impresionante, de forma tal que uno quiera volver a poner las manos en el arado.

Yo estoy persuadido de que el acontecimiento más importante que está ocurriendo en la tierra ahora mismo no va a salir por las noticias; Netflix no le va a hacer una miniserie de cinco capítulos. El acontecimiento más importante que está sucediendo en la tierra ahora mismo es la predicación del evangelio. No es esperable que el mundo esté al tanto de la importancia, de la relevancia, del significado de lo maravilloso que es que en el mundo, al día de hoy, todavía se esté predicando el evangelio. La historia pasada llegó en Cristo a su cúspide, al momento más alto. Volví a leer un libro de Stefan Zweig, Momentos estelares de la humanidad, que describe grandes momentos de la historia. Pero entre los momentos estelares de la humanidad hay uno que no menciona, y a mí me da satisfacción que no lo mencione, porque ese no cabe en el libro. No es uno de los momentos estelares: es el momento estelar.

No es esperable que el mundo esté al tanto, pero como iglesia de Cristo debemos entender el valor y la singularidad que tiene la predicación del evangelio, de forma tal que nosotros mismos queramos proclamarlo y encontremos en su avance una gran satisfacción. Me anima poder predicarle a la iglesia acerca de la singularidad del evangelio. Me entusiasma poderle decir a la iglesia que el mismo Señor Jesucristo se regocijó al ver las implicaciones de la predicación del evangelio. En toda esta porción yo creo que hay ánimo a la iglesia al respecto de la misión: si el Señor se alegró, nosotros nos podemos alegrar con Él.

La alegría de participar en la obra

Estos setenta acababan de ver que la proclamación del evangelio realmente funciona. Es como una persona a quien la receta le quedó. Ellos escucharon al Señor decirles que serían enviados a proclamar el evangelio. Fueron y lo proclamaron. Y al hacerlo, dice que regresaron con gozo. Yo te quiero involucrar a que vayamos a un segundo viaje misionero, pero no como una pesada carga sino con el gozo de aquellos que fueron la primera vez y regresaron y vuelven a hacerlo buscando todavía más satisfacción en Cristo.

Algo que marcó mi vida entre los años 2004 y 2005 fue una gran cantidad de nuevos creyentes que llegaron a mi iglesia local. Yo servía en una iglesia que había mantenido su demografía durante muchos años, pero en algún momento el Señor nos visitó. Yo podía sentir la alegría que mi pastor tenía de ver por primera vez en su ministerio lo que la gente llama un avivamiento. Lucerna era una iglesia que recibía personas de a cinco en cinco, de tres en tres. Por primera vez comenzamos a recibir gente en la iglesia local de a cuarenta en cuarenta. Recuerdo un bautismo donde había filas de creyentes. Recuerdo reuniones de trabajo para ver qué íbamos a hacer para ministrar ese fruto. Y yo siendo un muchacho me puse en pie en mi iglesia local y dije: «Déjenmelo a mí, que yo les discipulo.»

En esos años también hacíamos misiones a diferentes pueblos. A veces relajo y lo digo de juego, pero en juego y en verdad: esas eran misiones donde iban tres camioncitos cargados de comida, colchones y demás. Pero la realidad es que se hacía, hermano, y se hacía con gozo. Yo siendo un muchacho participé en misiones en el sur, en el Cibao, y una cantidad de gente iba a esos lugares y predicaba el evangelio. Poder probar lo que es la respuesta de una persona a la predicación del evangelio es algo que marca la vida de un creyente.

En esa temporada lanzamos una red de jóvenes que se reunían en diferentes lugares. Esas reuniones eran más grandes que todos los cultos que habíamos hecho nunca. Yo veía muchachos jóvenes que realmente querían reunirse. Los adultos mayores de la iglesia preguntaban: «¿Y qué es lo que hacen los muchachos?» ¿Y saben qué era lo que hacíamos? Orábamos, leíamos la Palabra y le pedíamos al Señor que nos visitara con un avivamiento. Yo puedo predicarte diez sermones, pero quisiera que el Señor te dé el gozo de ver a un pecador que dice «yo quiero a Cristo». Cuando tú ves a un pecador diciendo «yo quiero a Cristo», tú vas a querer compartirle el evangelio a quinientos pecadores más.

Cultiva el paladar correcto

Yo sé, una cosa es el culto, pero si tú tienes el paladar correcto, tú entiendes que aquí hay más que un culto. Cuando entiendas lo que es una iglesia reunida, vas a ver el poder del evangelio. Nosotros no estamos aquí por nuestros propios medios. Hay personas que nacieron de nuevo y en este momento componen el gran cuadro de la iglesia del Señor. Si tú cultivas el paladar para eso, vas a tener otro gozo en congregarte: un gozo que llega antes de que comiencen las canciones, un gozo que llega aun antes de que comience la predicación. Pararte ahí en la entrada de la iglesia y ver a tus hermanos subir la escalera, saludarse con cariño. Quien tiene el paladar correcto, lo disfruta.

Hay que hacerle el paladar a la vida de iglesia. Cuando tú le encuentres el paladar, vas a regresar a tu casa con gozo. Ver gente estimula mucho, pero ver gente que ha sido comprada a precio de sangre e integrada en algo mucho más grande que sus propias vidas, que se llama la iglesia de Cristo: eso es un milagro. Quien gusta de lo que está pasando se entusiasma y siente que está comiendo verdadera comida. Para regresar con gozo, hay que haber participado y tener el paladar correcto. Pregunta por las cosas que de verdad vale la pena preguntar. Cuando te reúnas con creyentes, la pregunta que de verdad importa es: «¿Cómo tú conociste a Cristo?» En esa pregunta usted va a comer. Aprenda a preguntar las cosas correctas para que su alma sea edificada y pueda tener gozo.

La alegría de nuestra propia salvación

El Señor les dijo: «No os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.» Hay un gozo aún más profundo que el gozo que encontramos al servir a Cristo, y es el gozo de saber que nosotros mismos hemos sido comprados a precio de sangre. Es el gozo de nuestra salvación. Y ese gozo va por delante. Yo tengo un deleite en la obra del Señor, pero ese deleite nace de un deleite en mi Señor. Y ese deleite hace que mi corazón se expanda dondequiera que la iglesia de Cristo está presente.

Qué triste sería si nosotros somos una iglesia que está en misión y no nos gozamos de nuestra propia salvación. Qué triste sería si nos pasamos la vida predicando el evangelio a todo el mundo y nosotros mismos no vivimos a la luz de que tenemos el evangelio. «Médico, cúrate a ti mismo.» Tú me dices que el evangelio da gozo, pero no se te ve el gozo. Tú me dices que el evangelio da una satisfacción permanente y profunda, pero tú no te ves satisfecho. Hay un gozo más profundo que hacer la obra del Señor, y es el gozo de sabernos que Dios en nosotros ha hecho su obra. Mi salvación es mucho más importante que mi ministerio. Es muy importante quién yo soy en Cristo, más que lo que yo hago para Cristo.

Predícate el evangelio a ti mismo

Recuerdo que en esos años un pastor me llamó y me leyó la Palabra. Me dijo: «Afanado y turbado estás en muchas cosas, pero solo una es necesaria. Toma la mejor parte, la cual no te puede ser quitada.» Cuando me lo dijo, hermano, yo me molesté. Yo pensé: «Él no quiere que yo sirva a Cristo; aquí nadie quiere hacer nada, y cuando uno quiere servir, vienen a tirar el agua al llamado.» Pero eso se me quedó ahí atravesado como una daga.

Hermano, yo quisiera que todos ustedes se involucraran en el ministerio, que fueran conmigo a la misión. Pero sobre todo, quisiera que usted entienda que ha sido comprado a precio de sangre, que no hay nada que usted pueda hacer por Cristo que añada más valor al valor que ya su vida tiene en Cristo. Eso es predicarse el evangelio a uno mismo. Yo me digo frecuentemente: «Rafael, no hay nada que puedas hacer para que Dios te ame más o te ame menos de lo que ya tú has sido amado por Dios en Cristo.» Si yo no pudiera predicar la Palabra, ¿sabes qué yo haría? Yo me predicaría mi propio evangelio. Mi salvación es un hecho completo, no una posibilidad. Interesante el vocabulario del Señor: «Regocijaos de que vuestros nombres están escritos.» No es «estén escritos»; eso ya está escrito. Aun antes de que ustedes fueran enviados, ya habían sido redimidos. Su vida no es valiosa porque están expulsando demonios; su vida es valiosa porque su vida está en Cristo.

La alegría por la revelación del evangelio

Dice el versículo 21: «En aquella misma hora, Jesús se regocijó en el Espíritu.» ¿Cuál fue la misma hora? La hora en que los discípulos estaban gozando. Me imagino que Cristo estaba como conteniendo el gozo al ver a sus enviados que regresaron. Les instruyó diciendo: «No se emocionen demasiado, que la mayor emoción es que ustedes son salvos.» Pero después viene Él y se regocija junto con ellos, y dice: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.»

Estamos entrando a la alegría de ver la revelación del evangelio. El evangelio era un misterio. El Señor en el jardín del Edén a nuestros padres les predicó el evangelio y ellos no podían entenderlo completamente. Todo en el Antiguo Testamento apuntaba a Jesús, pero ellos no podían ver con la claridad con que lo vemos nosotros. Si usted lee el libro de Hebreos, le va a decir que desde el sacerdocio hasta el templo y la ley, todo apuntaba a Jesús. En Cristo todo eso fue revelado. Nosotros tenemos un privilegio: estamos en la mejor parte de la historia.

Cuando Cristo ve que comienza la proclamación del evangelio, ya no solamente por Él sino por sus discípulos, se entusiasma, se emociona, se regocija. Lo que Cristo está mirando en este momento es el estreno de una obra que se llama el evangelio del Señor Jesucristo, y Él está mirando que esto está funcionando. Él dice: «Esto está sucediendo tal cual lo habíamos pensado desde la eternidad.» Estimula saber que Cristo se une a nuestro gozo por el avance de la obra. Hay fiesta en los cielos por un pecador que se arrepiente. Él pudo haber elegido a Pitágoras, a Sócrates, a Platón para predicar el evangelio, pero eligió a hombres comunes y corrientes. El evangelio es admirable porque los instrumentos que el Señor eligió para su tarea son instrumentos muy precarios, pero en instrumentos muy precarios hay algo que es muy poderoso.

¿Por qué unos sí y por qué otros no? La respuesta es Lucas capítulo 10, versículo 21: eso es así porque el Señor es el Señor en el cielo y en la tierra, y así a Él le agradó. No hay explicación humana para el evangelio, porque nuestra salvación no es un derecho, es una gracia. Dice el versículo 22: «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre. Y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.» El evangelio se le predica a todo el mundo, pero hay personas a quienes el Señor elige revelarse. Es un asunto de fidelidad al Señor, no de resultado.

Bienaventurados los ojos que ven

«Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis.» Hermano, tú estás en una iglesia hoy, tú entiendes qué es una iglesia, tú entiendes el milagro que está ocurriendo: tú eres un bienaventurado. Tus ojos están abiertos, tu paladar se ha extendido de forma tal que puedes gustar las cosas celestiales. Tú no vas a compartir tu fe con nadie más a menos que entiendas el gran privilegio que es esto. El Señor dice que los reyes y profetas quisieron verlo y no lo vieron. El rey en una teocracia era el representante de Dios ante el pueblo, y el profeta era su vocero. Y Él te está diciendo: los que eran mis representantes y los que eran mis voceros quisieron ver esto que ustedes están mirando, y no lo vieron.

Tú eres un privilegiado, y cuando sientas tu privilegio, vas a poder participar de la misión. Un creyente que no está maravillado ante la predicación del evangelio es como un fusil sin pólvora: tienes plomo, pero no explosiona. Para que yo quiera compartir mi fe con alguien más, tengo que estar maravillado de mi fe y de mi propia salvación. Dondequiera que haya salvación, hay un asunto que es más grande que nosotros mismos. Cuando usted traiga a un amigo a la iglesia, no le traiga para que vea programas ni canciones; tráigalo y pídale al Señor que él vea lo que usted ve.

El evangelio es una fuerza incontenible

El evangelio es impresionante por lo inesperado del asunto: fuimos salvados cuando no merecíamos salvación. Es impresionante por la poca atención que genera en el mundo. La encarnación de Cristo: el mundo antiguo estaba en pausa con la venida de Cristo. Roma seguía siendo Roma, Grecia seguía siendo Grecia, y en un rincón del imperio romano se había levantado el Salvador del mundo. Para los poderosos del mundo antiguo, Cristo pasó desapercibido. Y para los poderosos del mundo actual, Cristo sigue pasando desapercibido. Pero quien entiende lo que está pasando, entiende la maravilla de la predicación del evangelio.

El evangelio es una fuerza incontenible. Esto va avanzando, avanzando, y año tras año hay salvación. Abra sus ojos, que el evangelio es más grande que su iglesia local. El evangelio es admirable por la realidad espiritual que hay detrás de esto. Dice el versículo 17: «Aun los demonios se nos sujetan en tu nombre.» Y Cristo responde: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.» Detrás de lo que nuestros ojos ven como indiferencia, apatía y aparente falta de interés, hay fuerzas espirituales que están trabajando. Por eso el evangelio no se predica solamente con palabras: se predica en medio de oración, en dependencia del Señor y en su nombre, porque ese es el nombre que es sobre todo nombre.

Oro al Señor para que dondequiera que el evangelio sea predicado, la opresión espiritual sea detenida y las personas puedan ver a Cristo en toda su gloria. El evangelio es la noticia impresionante de que Dios está salvando a hombres de la condenación eterna, y los instrumentos que está utilizando son simples hombres como nosotros. Hombres comunes y corrientes están anunciando verdades que son muy gloriosas. Que nos gocemos en participar de la obra, en ser la obra, y al mismo tiempo en la maravilla de que el evangelio está siendo proclamado.