Evangelio de Marcos, capítulo 8. Es Marcos porque el milagro de la curación de un ciego en Betsaida solamente lo documenta Marcos. Capítulo 8, versículo 22 en adelante. Doy un chance para que los más pequeños también puedan buscarlo. Dice así la escritura, la palabra del Señor:
Vino luego a Betsaida; y le trajeron un ciego, y le rogaron que le tocase. Entonces, tomando la mano del ciego, le sacó fuera de la aldea; y escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima, y le preguntó si veía algo. Él, mirando, dijo: Veo los hombres como árboles, pero los veo que andan. Luego le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo que mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a todos. Y lo envió a su casa, diciendo: No entres en la aldea, ni lo digas a nadie en la aldea.
— Marcos 8:22-26
Pueden sentarse, mis hermanos. Este es uno de muchos milagros que hizo nuestro Señor Jesucristo. Hay milagros del Señor que se documentan en todos los evangelios; otros, como este, solamente fueron documentados en el evangelio de Marcos. Los cuatro evangelios describen la misma historia: la historia del Señor, su ministerio público, sus enseñanzas, su muerte, su resurrección. Sin embargo, hay milagros que fueron documentados por un evangelista y no por los otros. Este específicamente solo está en Marcos, y es el momento en que, estando en la ciudad de Betsaida, un ciego fue traído al Señor y Él lo sanó.
Por qué el Señor hacía milagros
Predicaba hace unos domingos y mencioné este texto de refilón. Hoy pienso exponerlo en la iglesia, y solamente reitero el propósito que tenían los milagros en el ministerio de Jesús. Tres propósitos principales. El primero —y no es esto en orden de importancia, sino solamente para tomar algún orden— era que el Señor era movido a compasión. Cuando veía al ser humano en su condición, Él no podía evitar reconocer que el ser humano no fue creado para vivir enfermo, ni para vivir aplastado, ni para vivir arrastrándose, ni para vivir sin ver. El Señor nos creó para que disfrutáramos toda su creación. Sin embargo, a consecuencia del pecado, la caída y la condición del mundo, en esta tierra hay maldad y hay aflicción; y cuando eso se manifiesta entre nosotros, Él es movido a compasión.
El segundo propósito era mostrar su autoridad. Y el tercero es que el Señor hacía milagros como si fueran parábolas dramatizadas. En cada milagro del Señor hay mucha enseñanza para el pueblo del Señor. El propósito de compasión importa, el propósito de autoridad también importa, pero lo que nosotros más podemos aprovechar es la lección figurada que aquí se nos está dando. De hecho, aquí es donde deberíamos hacer el principal esfuerzo. Que nosotros lo reconozcamos o no, el Señor es compasivo, y su compasión no depende de que tú la entiendas: Él te va a mostrar compasión aunque tú no lo reconozcas, porque Él es bueno. La autoridad del Señor tampoco está sujeta a que nosotros la entendamos. Él es el Señor, reconozcas tú su señorío o no.
Gente sinceramente interesada en el bienestar de otros
Sin embargo, la lección que aquí hay figurada vamos a tener que hacer un esfuerzo por discernirla y entenderla, porque esto es para nosotros. En estos versículos del 22 al 29 hay varias cosas que he destacado para compartir con la iglesia. La primera de ellas es ver un ejemplo del sincero interés de unos hombres por otro hombre. Aquí vemos que hay gente sinceramente interesada en el bienestar de los otros, y que Dios lo ve. Este hombre ciego no quiso venir a Jesús, sino que otros lo trajeron a Jesús. Dice el texto —estoy en el 22— que vino luego a Betsaida, y le trajeron un ciego y le rogaron que le tocase.
Mientras yo estudiaba y leía este texto, me llamaba la atención la sorprendente pasividad de este hombre, dada su condición. No era él quien estaba gritando por salud. No era él quien estaba buscando: «Señor, tócame». Había hombres que al parecer tenían más fe que él en que el Señor podía hacer un milagro, y lo trajeron. Hay milagros donde la persona rogó por un milagro, «por favor, ten compasión de mí»; este hombre no está gritando. No quiero yo ponerle al texto, pero infiero que probablemente tenía tanto tiempo en su condición, o realmente había perdido toda esperanza de recuperar la vista. Hay personas que han estado en su condición durante tantos años que ya pierden por completo la esperanza de que esa condición pueda ser suspendida.
Quizás era el caso de este hombre, que vino porque lo trajeron y él no está hablando. De hecho, hasta bastante después en el relato es que el hombre habla por primera vez. Yo lo leía y como que me inquietaba, y decía: pero ruega, pide tú también. Es verdad que te han traído, pero estás ante el Señor; levanta los brazos, muévete un poco, dile «Señor, sáname». Había otros que reconocían hasta la deidad de Jesús: tú tienes autoridad, tú tienes poder, con que tú quieras hacerlo lo vas a hacer. Pero este hombre está como completamente pasivo en su condición de ceguera. Ha traído el cuerpo delante del Señor porque lo han traído, y son otros los que están rogando al Señor para que él sea sanado.
Así de indiferentes estábamos nosotros
Voy allá dentro de un momento, porque aquí hay una lección espiritual figurada. Quizás quienes lo trajeron al Señor sí habían visto los milagros. Quizás sus amigos sí creían que el Señor tenía poder. Quizás esta gente realmente era tan movida a compasión como era movido a compasión el Señor. Y aunque ellos sí podían ver, ellos querían que su amigo, su hermano, su familiar o quien fuera realmente fuera sanado. Hermanos, así de indiferentes y pasivos estábamos nosotros, ajenos a la realidad de Dios antes de ser salvados. Esa es la condición del hombre antes de venir a Cristo: aquel hombre no sabe que necesita a Cristo. Y algunas personas vinieron a Cristo por compromiso, quizás respondiendo a una invitación.
No todo el que viene a Jesús viene a Jesús porque entiende que necesita a Jesús. De hecho, hay personas que vienen a Cristo como haciendo un «vamos a ver, quién sabe, yo voy». Hermano, lo que estoy transmitiendo es la idea de que nosotros no predicamos el evangelio porque la gente quiera a Cristo. Nosotros sabemos que la gente necesita a Cristo, y que el único que tiene la respuesta para su verdadera necesidad y condición es Jesucristo. Pero los hombres muchas veces no van a clamar a Cristo, y nosotros tendremos que clamar por ellos. Y tú dirás: pero que ore él. Hay un estribillo que se ha hecho popular, y es que la gente, en indiferencia, dice que la salvación es personal.
Ay, hermano: la gente que más necesita en este momento a Cristo es la gente que menos sabe que existe Cristo. Y esta indolencia es la indolencia de la cual yo quisiera sacarte. Tú tienes gente que no está viendo, y tú ves. Tú tienes gente que no está deseando, y tú deseas. Tú tienes gente que no lo tiene, y tú lo tienes. «Y le trajeron un ciego, y le rogaron que le tocase». Hermano, quizá tú no eres el ciego, sino la persona que debería estar rogando por alguien. No quiero sobreabundar en esto, pero sé tú parte de los que están rogando por algún ciego. Ayer tuve el gozo de estar en una actividad relativamente familiar, y voy alrededor y veo familiares míos, y puedo distinguir que algunos ya han sido salvados y otros todavía no han recibido salvación.
No tires la toalla: ruega por los que no ven
Y mi corazón se mueve y digo: yo quiero que todos ellos sean salvos, tengo que seguir rogando por mi familia. Sé tú el que ve y ruega por alguien que no ve. ¿A qué vine hoy a decirle a mi iglesia? Que hay personas que necesitan a Cristo, que están cerca de ti, y que no van a ir a Cristo por sus propios medios. De hecho, tú vas a sentir la indolencia de que cuando tú las traigas donde está la respuesta a su necesidad, probablemente esas personas no clamen, y tú vas a tener que clamar por ellas. Y me gozo en que el Señor también eso lo ve. Recuerden aquel grupo que trajo un amigo paralítico delante del Señor y tenían tanto deseo de que el Señor lo sanara, que removieron el techo y lo dejaron caer con una cuerda. Sé tú uno de los que cargan a alguien que espiritualmente en este momento no puede valerse por sus propios medios. Uno habla mucho de la compasión de Jesús, pero como iglesia también deberíamos tener compasión. Hay gente muy querida para nosotros en lo natural, que queremos que también sea querida para Dios.
Hay gente que necesita a Cristo y en este momento no puede ver a Cristo. Están en su ceguera. Sé tú el centurión que ruega por un milagro para su siervo. Sé tú la cananea que ruega por su hija endemoniada; yo voy a esa mujer, que cuando fue a Jesús no le maquilló el asunto: ella decía, mi hija es atormentada por un demonio y tú puedes sanarla. Sé tú el papá que se duele de la situación de sus hijos y ruega por ellos. Sé tú el Jairo que ruega por su hija de doce años. En los milagros de Jesús hay un marcado interés de terceros en el bienestar de alguien. No solamente se nos mostró que el Señor era movido a compasión, sino que mucha gente fue movida a compasión y trajo a otros a Jesús.
Hermano, Cristo no es para la gente que puede ver en este momento; Cristo es para la gente que no puede verlo. Y nosotros no podemos devolverle la vista, pero podemos acercarla a aquel que le puede dar la vista. Reconozco que uno se cansa. Hay personas que uno ama, y trae y trae y trae, y busca y busca, y testifica y testifica, y la gente todavía no lo ve. Pero hermano, no te canses, porque Cristo lo está mirando. El punto que estoy reforzando es que hay gente sinceramente interesada en el bienestar de los otros, y que Dios está mirando a esa gente. Y que así como Él fue movido a compasión para sanar, Él quiere que nosotros nos movamos a compasión para traer a aquellos que necesitan ser sanados.
El milagro no ocurre según nuestras expectativas
La primera cosa, hermano, que yo creo que tú debes recordar es que hay personas que no van a ver a Cristo ahora mismo, y que aun teniendo a Cristo al frente tampoco lo van a ver. Y que muchos de nosotros podemos rogar y esperar. Que no tires la toalla, es lo que estoy diciendo. Ayer yo voy a mi familia natural y resolví no tirar la toalla. Uno dice: «wow, ya yo oré lo que hay que orar». No, no, no. Clama por ellos como tú quisieras que alguien clamara por ti si tú todavía no estuvieras mirando. Si fueras tú quien necesitara el milagro, ¿qué quisieras que otros hicieran por ti? Tú dirías: que me carguen, que me empujen, que me traigan, que me molesten, que me insistan.
Hermano, insista, moleste, cargue, haga algo, que quizá el Señor tenga misericordia. Y sobre todo, su corazón lo necesita. Mi Señor es compasivo, pero yo también quiero ser compasivo como Él. Muestro ahora, hermano, que el milagro no ocurrió según las expectativas de la gente, sino según el plan de Dios. Dice que le rogaron que le tocase. Ellos habían visto que el Señor a otro lo tocó. Quizás habían visto que otros tocaron a Jesús y fueron sanados. Y ellos entendían que si el Señor le ponía la mano encima al hombre, ya. Y es verdad, el Señor podía hacerlo así. Sin embargo, los seres humanos funcionamos por imitación y siempre estamos tratando de replicar las cosas que han sucedido antes.
Y Dios es soberano en su providencia. Él salva como quiera salvar, y en esto no hay dos pasos y ya lo resolviste. Ellos entendían: es tan sencillo como lo hiciste con el otro, ponle la mano y él también va a ser sano. Pero el Señor no quiso hacerlo así. Recuerda a Naamán, que cuando iba a buscar su milagro tenía una plantilla de todo lo que había que hacer con él para que terminara siendo sanado. Naamán decía: si él me ve, lo que va a hacer es esto, me va a tocar, y va a suceder. Y cuando fue donde el profeta del Señor, el profeta le dijo: ve al río y sumérgete unas cuantas veces.
Y él dijo: ¿cómo que al río? ¿Y qué tiene el río? ¡Nada tiene el río! Pero tampoco la mano mía tiene nada. Dios lo tiene todo. El milagro no depende de la técnica, no depende de la estrategia, no depende de la ejecución; depende de que Dios quiera hacerlo. Y el Señor lo hace cada vez de manera diferente, por amor a nosotros, porque si Él no cambiara el medio, todavía estuviéramos escupiéndole a la gente en los ojos. Este es un milagro un poco estrafalario, hermano: Él le escupió en los ojos. Alguien dice: este es el que escupió en el suelo e hizo lodo. No, no fue que hizo lodo; le escupió en el ojo. Qué milagro, hermano. Estamos dando una idea, porque ahorita comienza la gente a escupir.
No hay plantilla, hay un solo Señor
Lo que estoy mostrando es que los seres humanos nos aferramos a lo que ha sucedido antes. Siempre esperamos que vamos a recibir lo mismo, y no es así. El Señor te va a dar algo que es mejor, pero no de la manera de antes. Y uno se decepciona porque conmigo no sucedió así. Estaba recordando una decepción que viví cuando era un jovencito. Mi primo Moisés, que es muy cercano a mí, y yo escuchábamos Radio Transmundial desde Bonaire, Antillas Holandesas, en los 800 megahercios. Teníamos cierto interés en la radioafición y demás. Y Moisés le mandó una carta a Radio Transmundial y les dijo: yo soy un radioescucha desde Santo Domingo, estoy escribiendo y tengo problemas para captar la señal en los 800 megahercios. Y les mandó una carta de lo más bonita. Y de allá para acá le mandaron una antena —que yo no recuerdo cómo eso funcionaba, pero era como una antena de cobre que se ponía detrás del radio— y se escuchaba la señal. Y yo le dije: Moisés, pero yo quiero la mía.
Yo quería mi antena, pues yo también soy un radioescucha de Radio Transmundial. Entonces él me indicó a dónde era que tenía que escribir, cómo era que tenía que decirlo, y me dijo: en dos meses te mandan la tuya. Y yo mandé mi carta, hermano, a maquinilla, con esos dos dedos escribí mi carta. «Radio Transmundial, Antillas Holandesas. Soy un radioescucha desde Santo Domingo que tengo dificultad para captar su señal por los 800 megahercios». Y esperando yo que me mandaran la antenita. Y menciono a Moisés, o no lo menciono. Chacho, esperé mis dos meses, como dijo Moisés que había que esperar. Y de allá para acá me mandaron unos planos, largos: «Estimado gran escucha, aquí están las instrucciones de cómo fabricar su propia antena».
Yo no quiero los planos, yo quiero mi antenita, la mía, la chiquita que se pone atrás del radio. Bueno, hay gente que viene a Cristo siempre esperando su cosita: «mira lo que el Señor le hizo al otro». Lo que te quiero mostrar es que las formas del Señor podrían ser diferentes a nuestras expectativas. No esperes que el Señor te va a salvar de la misma manera que salvó a tu hermano, que salvó a tu primo. Pero el Señor siempre nos da cosas mejores que las que nosotros estamos esperando. Estos amigos del hombre entendían: ponle la mano y nos vamos. ¿Cómo que ponle la mano y nos vamos? No, yo voy a hacer otra cosa, diferente a lo que ustedes están esperando.
Y esa cosa que es diferente a lo que ustedes están esperando va a ser mucho mejor para él que cualquier cosa que ustedes pudieron haber pedido. Hermano, no nos aferremos a los medios. Toda una generación creyó, entendiendo que para ser cristiano lo que hay que hacer es ir a la iglesia, levantar la mano y pasar al frente, y que con eso yo voy a ser salvo. ¿Quién lo ha dicho? Hay gente que fue salvada en el camino. Hay gente que fue salvada en su casa. Hay gente que en silencio hizo profesión de fe y permaneció así durante meses, algunos durante años, y después el Señor le trajo a una iglesia. No hay un solo medio; lo que hay es un solo Señor, pues no hay salvación fuera de Cristo.
No hay plantilla, no hay estándar. Miren cómo el Señor lo hizo. Ellos querían que el Señor impusiera la mano y que fuera sano. ¿Qué hace el Señor? Dice el 23: «Entonces, tomando la mano del ciego…». Hey, no es parálisis lo que él tiene, espérate, no es por ahí que hay que agarrarlo, es por los ojos. Dejen que el Señor haga lo que va a hacer. «Señor, no es por ahí que a él le duele». Espérate, yo sé. ¿Han visto a otra persona que entiende que si me duelen las rodillas, el Señor debe ponerme la mano en las rodillas? El Señor te puede poner la mano en la cabeza y te sanan las rodillas.
No hay un estándar, es lo que te mostramos. ¿Qué hace el Señor? «Entonces, tomando la mano del ciego, le sacó fuera de la aldea; y escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima». No en los ojos, sino que le puso las manos encima. «Señor, pero ¿qué es esto? No es de la cabeza que está malo, no es de los hombros». Es que el Señor hace lo que quiere hacer, le está mostrando. Y le preguntó si veía algo. ¿Tú crees que el Señor tenía que preguntarle si veía algo? ¿Él no sabía que no estaba mirando bien todavía? Uno ve al Señor participando en esas diatribas y conversaciones con la gente, como que parecieran inocentadas.
Él sabe lo que está haciendo. «Yo quiero que tú me digas ahora mismo cómo estás mirando, y después que tú me digas que estás mirando completamente, pues yo quiero que quede documentado que el milagro se hizo en dos partes». Y este es el único milagro que se hace en dos etapas en todos los evangelios. Él, mirando, dijo: veo los hombres como árboles —o sea, tan borrosos, tan difusos—, pero veo que andan. Y los árboles no se mueven: está distinguiendo alguna cosa, pero todavía confunde árboles con hombres. Luego le puso otra vez las manos, ahora sobre los ojos, y le hizo que mirase. Wow, hermano, esa palabra tiene una fuerza, un activo: le hizo que mirase.
El Señor lo toma de la mano
Y fue restablecido y vio de lejos y claramente a todos. Un milagro en dos etapas. La primera cosa que hace el Señor es tomarlo de la mano. Me parece un gesto sumamente tierno que el Señor le tome de la mano. Está mirando al hombre y le dice: yo tengo tanto interés en tu vida como tus amigos, como los que te trajeron. Ellos te trajeron hacia mí; dame la mano, ven, que yo te voy a llevar. Él pudo haber hecho el milagro solamente, pero Él quería que él viviera la experiencia de tener la versión completa del asunto: que el Señor a mí me tomó por la mano. Alguien dirá: ay, el Señor a mí no me tomó por la mano. Hermano, quédate tranquilo, que el Señor tiene un trato particular con cada quien.
El único de quien sabemos que el Señor lo tomó de la mano y lo sacó de la ciudad, así, fue este. Hay otros parecidos. En esto el Señor está mostrando un interés activo en la persona, aun cuando la persona todavía no está mostrando interés en Jesús. Uno dice: «Señor, pero había algunos que te querían seguir a todas partes y tú no los tomabas de la mano, y este todavía ni siquiera ha mencionado tu nombre y ya tú lo estás conduciendo». Así es que opera mi Señor. A veces a los más indiferentes el Señor les da el trato más personalizado, y a los más interesados el Señor solamente les hace su milagro. ¿Qué es lo que pasa con esto? La providencia del Señor en su salvación, y un trato único y particular para cada quien.
Dice que le sacó fuera de la aldea. Se lo está llevando. ¿Sabe usted la cantidad de gente que quiso tener un momento con Jesús y no lo tuvo? Pienso en Nicodemo, que vino de noche. Este hombre, sin pedirlo y siendo completamente indiferente, el Señor se lo lleva solo para afuera de la ciudad. ¿A este le están dando como el trato VIP? ¿Pero quién es este hombre? Un ciego. El Señor tiene un trato único con cada uno. La gente quería que le tocase y Él no le toca: le escupe. Cambia el medio. Ah, ¿ustedes quieren que yo le toque? Yo me estaba riendo de eso en mi casa, hermano. Ellos estaban buscando que el Señor le tocara.
Lo primero que vieron sus ojos
No, yo no solamente le voy a tocar. Yo lo voy a escupir, le voy a tocar el cuerpo, le voy a tocar después los ojos, y de todo. El Señor hace cosas más grandes de lo que nosotros estamos pensando. Yo me imagino que los que se quedaron allá están pensando: parece que no lo van a sanar, parece que el Señor no va a hacer el milagro. Él va a hacer cosas que son mucho más grandes que lo que tú estás esperando. Hermoso, hermano: el Señor permitió que lo primero que vieran sus ojos claramente fuera el rostro del Señor. Y que no hubiera gentío, sino que él pudiera dedicarse a mirarlo. Lo que se documenta es poco, hermano, pero imagínese la impresión de que usted vuelva a abrir los ojos y usted vea al Cristo encarnado. Qué asunto más hermoso.
Mientras me preparaba para predicar esto, recordé la historia de Fanny Crosby, una compositora de himnos cristianos. No nació ciega, pero terminó siendo ciega. Siendo una niña, esta mujer tuvo una infección en los ojos que, con los medios antiguos, intentaron curarle con cataplasmas de mostaza; le dañaron los ojos y no volvió a ver. Siendo ciega, en los 1800, Fanny Crosby aprendió de memoria los primeros cinco libros del Antiguo Testamento —todo el Pentateuco—, los cuatro evangelios, los Proverbios y los Salmos. Fue diaconisa, misionera y predicadora, pero sobre todo la más reconocida escritora de canciones cristianas, himnos que para nosotros son muy queridos, como el que dice «En Jesucristo, mártir de paz», o «Comprado con sangre de Cristo». Más de ocho mil himnos escribió Fanny Crosby, y vivió hasta los noventa y pico de años.
En un cumpleaños que le hicieron en su casa se reunieron sus amigos, y uno de ellos le preguntó: hermana, si el Señor te dio tantos dones, ¿cómo es que te retuvo la vista? Miren, los ciegos desarrollan una perspicacia impresionante, cierta sabiduría, cierta capacidad. Le dicen: pero si el Señor te dio tantos dones, ¿por qué te retuvo la vista? Escuchen la respuesta de ella:
Dios tiene poder para transformar todas las desgracias en dones. Si antes de nacer hubiera podido hacer una petición, habría pedido nacer ciega. Porque al llegar al cielo, el primer rostro que alegrará la vista mía será el rostro de mi Salvador ya resucitado.
— Fanny Crosby
La lección espiritual del milagro en dos etapas
Cuando este hombre tuvo el privilegio de ver —yo digo «muchacho», qué sé yo, si un anciano, no sé—, este hombre tuvo el privilegio de que lo primero que vieran sus ojos fuera el rostro de nuestro Señor. Con esto quiero mostrar, hermanos, que el Señor tiene un trato único para cada quien, y que la lección aquí es una lección espiritual. A eso voy. He mostrado, en primer lugar, que debemos tener un sincero interés en la gente que tenemos alrededor y traerla aunque no vea. Y he mostrado que las cosas no ocurren según estamos esperando, sino según el Señor quiera hacerlo, de forma tal que no apresuren ni presionen: déjenle el trato particular de Dios con cada quien.
Sobre todo quisiera mostrar que este milagro, que ocurrió progresivamente en dos etapas, tiene una lección espiritual. El Señor quiere mostrar la dramática condición en que vivían sus discípulos. Todo en Marcos tiene un sentido. Justo antes de esto el Señor hizo otro milagro, que fue la curación de un sordomudo, un milagro muy parecido a este: le hizo cosas muy parecidas, lo sacó de la ciudad y cosas similares. Y los dos milagros anuncian lecciones espirituales. Dice el versículo 17 del mismo capítulo 8 que el Señor reprendió a sus discípulos porque ellos no habían entendido el significado de los milagros, y les dice:
Cuando partí los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas cestas llenas de los pedazos recogisteis? Y ellos dijeron: Doce. Y cuando los siete panes entre cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas de los pedazos recogisteis? Y ellos dijeron: Siete. Y les dijo: ¿Cómo aún no entendéis?
— Marcos 8:19-21
Más atrás, en el 17, les dice:
¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís?
— Marcos 8:17-18
Él hizo antes un milagro de un hombre que no oía y ahora oye, y ahora hace un milagro de un hombre que no veía y ahora ve. Figuradamente, el Señor está describiendo cuál es la condición de sus discípulos.
El paralelismo con los discípulos
Hago un paralelismo así, hermanos, si quieren ir conmigo en las referencias, que están muy cerca del texto. Primero, una reprensión al final de un ciclo de milagros, donde el Señor les dice: después de muchos milagros, ustedes todavía no ven, todavía no oyen, todavía no entienden. Si leen conmigo del 27 al 28, hay una descripción que sigue el mismo paralelismo del milagro. Antes el Señor sacó al ciego de la aldea; ahora saca a sus discípulos de la aldea. Dice el 27:
Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.
— Marcos 8:27-28
Ellos están nublados en su discernimiento. Él hace una pregunta para mostrar cómo es que ellos están mirando: todavía ustedes no están mirando claramente. Después viene una respuesta de Pedro en el 29 que confirma la claridad de su visión. Pedro le dijo: tú eres el Cristo. Hey, ahí hay claridad, ya están mirando claramente. De hecho, las dos porciones terminan del mismo modo. En el 26 dice el Señor, y lo envió a su casa al que antes era ciego, diciendo: no entres en la aldea, ni lo digas a nadie. Y ahora, en el 29 y 30, respondiendo Pedro, le dijo: tú eres el Cristo; pero él les mandó que no dijesen esto a ninguno.
Hay un paralelismo entre las dos cosas. El Señor está hablando de una condición espiritual. En ambas el Señor saca a alguien de la ciudad; en ambas el Señor muestra que a veces hay turbación y a veces hay claridad; en ambas hay el mismo llamado. De hecho, Lucas dice al final que, al final del ministerio del Señor, Él les abrió los ojos para que entendieran las Escrituras. El Señor está hablando de una condición espiritual. No me interesa tanto, hermano, en este momento pensar en otro; pienso en los creyentes, porque el Señor le está hablando a sus discípulos. Como creyentes, nosotros estamos recibiendo un milagro del Señor, que es el milagro de la salvación.
Ver a Cristo cada vez más claramente
Pero vamos a ver las cosas progresivamente, cada vez más claras. Figuradamente, tú deberías estar deseando que el Señor no te deje, sino que siga obrando en ti. Y humildemente deberías decirle: Señor, ya yo veo, pero veo la cosa borrosa, yo veo los hombres como si fueran árboles. En lo espiritual hay gente que ya está mirando y dice: mira, yo antes no veía nada y ya estoy mirando algunas cosas. Pero yo quiero mostrarte que espiritualmente el Señor quiere que tú veas aún más claramente, que tú lo veas a Él tal cual Él es. Ese es el paralelismo que hay aquí con nuestra salvación. El centro de la enseñanza es Cristo, y que debemos ver a Cristo claramente como Él es, en toda su gloria y en toda su deidad. Y está utilizando a un ciego para mostrar cómo se va revelando a los suyos, por el interés de alguien más que está rogando por nosotros. Tú no sabes la cantidad de personas que ya estaban orando por la salvación de tu alma aun antes de que tú fueras creyente.
Otros estaban siendo movidos a compasión; por eso estamos aquí. Cristo nos toma de la mano y nos saca de nuestra ciudad, de nuestra aldea, de nuestra zona de confort y seguridad. Él es el que nos toma de la mano. Yo puedo traer una persona hacia Cristo, pero cuando Cristo quiere salvarla, Él es el que ahora la toma por la mano y la saca. Primero llegamos a ver las cosas difusamente, las realidades espirituales, difusamente. Pero tarde o temprano, con la ayuda del Señor, nuestra visión espiritual es completamente restablecida, y podemos nosotros decir como Pedro: tú eres el Cristo. Hermano, ¿cuál es mi ánimo hacia ti? Que entiendas que tú puedes ver a Cristo todavía más claramente.
Y que no te conformes con lo que tú estás viendo ahora mismo. Hago una pregunta, hermano: ¿cómo tú imaginaste que ibas a terminar siendo salvado, y cómo has terminado siendo? Cuando tú viniste a los caminos del Señor, ¿cómo tú pensabas que iba a ser el milagro? Tú pensabas que era hacer una diligencia un fin de semana y ya, todo bien. ¿Cómo has terminado siendo? Bueno, nosotros no diseñamos nuestra salvación. El Señor nos amó con amor eterno, y Él, que te salvó, te sigue salvando. No veas tu salvación solamente como un hecho concreto —y lo es—; ve las expresiones de tu salvación como un hecho progresivo, que también lo es. ¿Cómo se ve aquí el evangelio? El evangelio es la buena noticia de que Cristo tiene el poder para hacer el milagro más extraordinario.
¿Cuál usted cree que es el milagro más extraordinario? La salvación de nuestras almas. Y todos los milagros en el ministerio de Jesús apuntan a una realidad espiritual mucho más grande. El Señor no solamente quiere que tú veas cojos levantándose, leprosos siendo sanados, ciegos que están mirando y sordomudos que están escuchando. El Señor quiere que tú te veas a ti mismo en tu anterior condición y que ahora celebres lo que Él está haciendo en ti. Quizá hay alguien que puede decir: ya yo estoy mirando, pero veo los hombres como árboles; yo estoy mirando, pero no tan claramente como puedo mirar. El evangelio nos muestra que el Señor puede salvar a alguien en respuesta a un ruego de fe, pero siempre a la manera suya.
Que nuestra salvación es un hecho puntual que depende de su gracia, pero que tiene su origen en la voluntad de Dios y se va manifestando progresivamente. De forma tal que quienes estábamos completamente ajenos, hoy llegamos a ver claramente a Cristo y la nueva vida que nosotros llegamos a tener.