Vamos a ponernos un momentito sobre nuestros pies para orarle al Señor en esta mañana, para que sea Él enseñándonos, para que sea Él encaminándonos.
Bendito y alabado Padre, Señor Jesús, Espíritu Santo, gracias una vez más por este enorme privilegio, Señor, de poder abrir tu palabra con profundas reverencias y gran respeto, en alta estima. Señor, venimos a abrir tu palabra para que podamos ser enseñados por ti, para que tú hables directamente a nuestros corazones, Señor, y que no se quede como algo informativo, que no se quede como una sugerencia, sino que podamos entender el mandato tuyo, expreso allí en las Escrituras, y que nosotros actuemos en consecuencia.
Señor, permítenos ver a través del ejemplo de estos hombres que tú usaste en momentos determinados cómo ellos manifestaron una fidelidad inquebrantable, Señor Jesús, a los que fueron tus mandamientos. Permítenos, Señor Jesús, hoy, en medio de tu pueblo, manifestar la misma devoción, manifestar la misma entereza, manifestar, Señor Jesús, la misma fidelidad.
Señor, ruego encarecidamente que seas tú hablando a nosotros, que tú mires a este instrumento disminuido, debilitado, un siervo inútil que solamente hace lo que tiene que hacer, Señor, para que tú te glorifiques aún más. Ruego, Dios Santo, que tu palabra no retorne vacía. Ruego, Señor Jesús, confío que tu palabra tiene el poder, oh Dios, para reformarnos interiormente, para transformar nuestras vidas, para consagrarnos más a ti. Por tanto, Señor, te pido que en esta mañana tu palabra logre el efecto para lo cual fue enviada por ti.
En el nombre de Jesucristo te lo pedimos, oh Padre, amén, amén y amén, hermanos.
Contexto: Josías y la Reforma Protestante
Yo quisiera que ustedes me acompañaran al segundo libro de Reyes, al segundo libro de Reyes, capítulo 22. La lectura es extensa, hermanos, no se asusten; debe ser un deleite cuando tenemos mucha porción de la palabra del Señor. Es pertinente, es necesaria.
Vamos a estar, hermanos, analizando, estudiando la vida del rey Josías, el gran reformador. De hecho, el último de los grandes reformadores que tuvo la nación de Israel, específicamente en el reino de Judá, antes de caer en el exilio babilónico. Vamos a estar mirando, analizando. Leemos la introducción.
Mañana, 31 de octubre, el pueblo evangélico conmemora un año más de un evento que trascendentalmente fue el impulso del movimiento de la llamada Reforma Protestante. En 1517, un monje alemán, Martín Lutero, clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg sus famosas 95 tesis, las cuales no eran más que una respuesta teológica a las prácticas paganas y avariciosas en las cuales había caído la iglesia, apartada totalmente de las Escrituras.
Podemos ver que muchos años antes de Lutero las mismas Escrituras atestiguan que dentro del pueblo de Dios fueron levantados reformadores. Estuvo el rey Jehú en el reino de Israel, el rey Joás, el rey Ezequías y, por último, el rey Josías. Este último yo voy a decir que es el más relevante por las acciones tomadas en la reforma espiritual que llevó a cabo.
Estudiaremos la vida del rey Josías y cómo las acciones tomadas por él en el pueblo judío nos dejan enseñanzas muy pertinentes y edificantes para la iglesia de hoy. Hermano, lo que yo me propongo con este sermón es mostrar que cuando el pueblo de Dios abandona las Escrituras cae en una situación vulnerable, y entonces empieza a llenar su vida de prácticas abominables a Dios. Y que, para ser restaurados delante de Él nuevamente, debemos tener la intencionalidad de volver a las Escrituras y, con el impulso que nos da Dios, caminar en un proceso de reforma espiritual en nuestro interior.
¿Qué es reforma? Dimensión personal y continua
De manera simple, a nivel secular, podemos decir que la palabra reforma, porque siempre se habla de la Reforma Protestante, ¿qué es la palabra reforma? Bueno, etimológicamente es devolverle la forma a algo, es rehacerlo o modificarlo. Pero en lo concerniente a la conducta de un individuo, una reforma tiene que ver con una enmienda o una corrección de esa conducta. Eso es reforma.
La reforma puede verse desde distintos puntos de vista: puede verse desde el sentido corporativo, de cuerpo, cuando se reforma una nación, se reforma un grupo, se reforma la iglesia. Y también, que es el deseo de que nos enfoquemos, en lo que es la reforma personal de cada uno de nosotros; es una reforma interior, es una reforma en nuestros corazones, hermanos.
Siempre tomando en consideración que dentro del pueblo de Dios el espíritu de toda reforma es que usted se vuelva a Dios, que usted camine en el cumplimiento de su voluntad y también que usted camine en una obediencia a sus mandatos. Una reforma no es para nada, no debemos interpretarla como que es algo que se está agregando. Ya el Señor nos ha dejado su revelación, no hay que agregar ni quitar nada. Sencillamente, una reforma es necesaria dentro del pueblo de Dios cuando este pueblo ha abandonado las Escrituras y ha empezado a caminar lejos de nuestro Señor. Entonces debemos volvernos a Él en consagración, en obediencia y también en el cumplimiento determinado de hacer su voluntad.
Y también, en todo proceso de reforma, hermanos, las que hubo antes, las que pueden surgir ahora y las que tal vez surjan antes de que nuestro Señor venga, deben apuntar a Cristo y deben ser un proceso continuo, ojo importante, de renovación espiritual e interior. La reforma a nivel personal, hermano, no es sencillamente: “ok, ya me reformé y ahí quedó”. De hecho, hay un eslogan asumido por los hermanos reformados, principalmente los presbiterianos, que dicen: “reformado, siempre reformándose”. Y entiendo que tal vez ellos utilizan el eslogan para distinguir su confesión, pero creo que es también pertinente para todo el pueblo de Dios. Un creyente debe continuamente estar siempre apuntando a reformarse espiritualmente hablando.
Dice la palabra del Señor en Romanos 12:1–2:
Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.
— Romanos 12:1–2
Hermanos, mientras estemos aquí en la tierra, dentro de un mundo caído, rodeado de pecado, no debe ser esto algo puntual, sino que tenemos que tener siempre la actitud de continuamente, continuamente ir renovando nuestra mente y transformándonos a la imagen de Cristo, pedirle al Espíritu Santo que nos ayude en el proceso de regeneración que está operando en nosotros.
Entonces yo tengo que decirle tres cosas, hermano, le voy a decir esta mañana. Lo primero, que es con respecto a la primera parte de la lectura, es que en todo proceso de reforma debe haber una inquebrantable determinación de seguir la voluntad de Dios, sin importar la decadencia espiritual que esté presente.
En segundo lugar, hermanos, le diré que toda reforma dentro del pueblo de Dios ha de estar debidamente fundamentada en su palabra. Cualquiera que venga a decir que una reforma tiene que partir de otra cosa que no sea su palabra, no es una reforma, será cualquier otra cosa, pero una reforma no lo será.
Y por último, hermanos, debo decir que en una reforma espiritual no sólo deben estar presentes mis convicciones, sino que deben haber manifestaciones de arrepentimiento, de obediencia y de adoración al Señor. Eso vamos a verlo, qué ocurrió en la vida del rey Josías y qué también es aplicable al día de hoy.
Josías: determinación en medio de la decadencia
Bueno, vámonos a la Escritura, segundo libro de Reyes 22. Vamos a leer los versículos del 1 al 7. Dice así la palabra del Señor:
Cuando Josías comenzó a reinar era de ocho años, y reinó en Jerusalén treinta y un años. El nombre de su madre fue Jedida, hija de Adaía, de Boscat. E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse a derecha ni a izquierda. A los dieciocho años del rey Josías envió el rey al escriba Safán, hijo de Azalía, hijo de Mesulam, a la casa de Jehová, diciendo: Ve al sumo sacerdote Hilcías, y dile que recoja el dinero que han traído a la casa de Jehová, que han recogido del pueblo los guardianes de la puerta, y que lo pongan en manos de los que hacen la obra, que tienen a su cargo el arreglo de la casa de Jehová; que lo entreguen en poder de los que hacen la obra de la casa de Jehová, para reparar las grietas de la casa; a los carpinteros, maestros y albañiles, para comprar madera y piedra de cantería para reparar la casa. Y que no se les tome en cuenta del dinero cuyo manejo se les ha confiado, porque ellos proceden con honradez.
— 2 Reyes 22:1–7
Vemos aquí que en todo proceso de reforma tiene que haber una inquebrantable determinación de seguir la voluntad de Dios independientemente de la depravación circundante.
Hermano, el padre de Josías, Manasés, fue uno de los reyes más perversos que haya tenido el reino de Judá. Independientemente de que en las postrimerías de su vida se arrepintió y el Señor tuvo misericordia de él, ya el legado de impiedad, de idolatría al cual había asumido el pueblo, había quedado muy arraigado. Antes que Josías, reinaba su padre Amón, otro tristemente célebre, recordado por ser uno de los reyes más impíos que tuvo la nación de Judá.
Entonces, hermano, ¿qué vemos aquí? A pesar de todo eso, a pesar de la corrupción espiritual y moral a la cual estaba sumida la nación de Israel, esta persona, desde muy joven, desde muy joven, cuando dice que a los 18 años él manda para que se adecuen los trabajos de arreglo del templo, estamos hablando que él contaba con 26 años. Veintiséis años tenía, o sea, un joven. Sin embargo, el hecho de la decadencia espiritual que tenía el pueblo de Israel no fue obstáculo para que él, de manera determinada, quisiera servirle al Señor. Dice en el versículo 2 que él hizo lo recto ante los ojos de Jehová y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse ni a derecha ni a izquierda.
Josías tuvo una disposición de honrar y agradar a Dios desde el detalle más pequeño. Miren, a pesar de toda esta situación que heredó, por así decirlo, Josías, él tuvo un gran celo por servirle al Señor, tuvo un gran celo. Y hay algo interesante, que ahora le hablo a los padres de nuestra iglesia, y es lo siguiente: el padre de Josías, Amón, murió siendo él un niño. De hecho, él asciende al reinado siendo un niño de ocho años, lo que implica que su padre había muerto. Pero aparentemente, hermano, la mamá que se menciona aquí, Jedida, era una mujer piadosa, era una mujer piadosa. Y muy probablemente el sumo sacerdote de la época, Hilcías, influyó mucho en su juventud, en lo que debía ser el carácter de este niño.
Es como dice la palabra del Señor en Proverbios 22:
Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.
— Proverbios 22:6
Miren, lamentablemente Satanás ha hecho un trabajo grande en destruir las familias, destruir los matrimonios, y hay muchos niños que están creciendo sin su padre o su madre al lado. Hay muchos niños que son sus madres las que tienen que sacarlos adelante. Miren aquí el ejemplo de que aun en ausencia del padre el Señor puede tener misericordia y buscar la manera de que sus principios se incrusten en el corazón de ese niño, y entonces, cuando vaya creciendo, pueda manifestar una verdadera vida piadosa. Tal fue el caso de Josías.
Miren la enseñanza que quiero compartir para moverme a lo otro: no importa qué tan grande sea la decadencia espiritual que haya a nuestro alrededor, con el impulso que ponga Dios en nosotros debemos comprometernos a ajustar nuestra vida a su voluntad y vivir íntegramente delante de Él. Aunque luchemos con la impiedad, vamos a estar luchando, pero el cristiano está llamado a resistir, está llamado a resistir.
Nuestro pastor hablaba hace unas semanas acerca de que nosotros debemos mirar al pasado, cómo el Señor le fue propicio a los hermanos en aquella época, y expuso que no es que era más fácil obedecer a Dios antes que ahora, sino que sencillamente el Señor les manifestaba su misericordia a ellos en aquella época, como también nos la manifestará a nosotros. Dice que las misericordias del Señor son nuevas cada mañana, y si no fuera por ellas hubiéramos sido consumidos. El Señor nos ha puesto aquí en medio de un mundo contaminado, nos ha puesto en medio de un mundo caído. Nosotros lo que tenemos es que reconocer que no pertenecemos a este mundo, sino que nuestra ciudadanía es una ciudadanía celestial, como estudiábamos esta mañana.
Incluso el propio Señor Jesucristo le oró al Padre por nosotros diciendo: “Padre, yo te ruego que no los quites del mundo, sino que los guardes”. Entonces nos ha pedido que, aunque tengamos aflicción —vamos a tener la aflicción de la lucha contra el pecado, vamos a tener la aflicción de la lucha ante la oposición, vamos a tener la aflicción de la lucha contra todo aquello que se oponga a nuestro Dios—, confiemos porque Él lo venció. Y esa es la esperanza que nosotros debemos tener de manera permanente.
Hermano, Josías, como decimos, asumió; no cogió corte, él decidió obedecer al Señor, obedecer al Señor. Dice que ni a derecha ni a izquierda se apartó de Él. Incluso en Josías podemos ver una manifestación de piedad, de que se preocupó porque el templo, el templo estaba destruido. El templo estaba bien maltrecho, y él, siendo rey, era quien estaba cargado, como pudimos leer, de dirigir todos los trabajos para la readecuación del templo.
La Palabra hallada: impacto de la ley en Josías
Me vuelvo al segundo punto, que es que toda reforma debe estar cimentada en la palabra de Dios. Leemos desde el versículo 8. Dice:
Entonces dijo el sumo sacerdote Hilcías al escriba Safán: He hallado el libro de la ley en la casa de Jehová. Hilcías dio el libro a Safán, y lo leyó. Viniendo luego el escriba Safán al rey, dio cuenta al rey y dijo: Tus siervos han recogido el dinero que se halló en el templo, y lo han entregado en poder de los que hacen la obra, que tienen a su cargo el arreglo de la casa de Jehová. Asimismo, el escriba Safán declaró al rey, diciendo: El sacerdote Hilcías me ha dado un libro. Y lo leyó Safán delante del rey.
— 2 Reyes 22:8–10
Y cuando el rey hubo oído las palabras del libro, rasgó sus vestidos. Miren, hermano, esta expresión de que cuando una persona en el antiguo Israel rasgaba su vestido, eso era una señal de profunda conmoción, era una señal de dolor, de dolor. Y miren cómo continúa:
Luego el rey dio orden al sacerdote Hilcías, a Ahicam hijo de Safán, a Acbor hijo de Micaía, al escriba Safán y a Asaías, siervo del rey, diciendo: Id y preguntad a Jehová por mí, y por el pueblo, y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos está escrito.
— 2 Reyes 22:11–13
Entonces fueron el sacerdote Hilcías, Ahicam, Acbor, Safán y Asaías a la profetisa Hulda, mujer de Salum hijo de Ticva, hijo de Harhas, guarda de las vestiduras, la cual moraba en Jerusalén, en la segunda parte de la ciudad, y hablaron con ella.
Y ella les dijo:
Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Decid al varón que os envió a mí: Así ha dicho Jehová: He aquí que yo traigo sobre este lugar y sobre los que en él moran, todo el mal de que habla el libro que ha leído el rey de Judá; por cuanto me dejaron a mí, y quemaron incienso a otros dioses, provocándome a ira con toda la obra de sus manos; mi ira se ha encendido contra este lugar, y no se apagará. Mas al rey de Judá que os ha enviado para que preguntaseis a Jehová, diréis así: Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Por cuanto oíste las palabras del libro, y tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová, cuando oíste lo que yo he pronunciado contra este lugar y contra sus moradores, que vendrán a ser asolados y malditos, y rasgaste tus vestidos y lloraste en mi presencia, yo también te he oído, dice Jehová. Por tanto, he aquí yo te recogeré con tus padres, y serás llevado a tu sepulcro en paz, y no verán tus ojos todo el mal que yo traigo sobre este lugar. Y ellos dieron la respuesta al rey.
— 2 Reyes 22:16–20
Entonces el rey mandó a reunir con él a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén, y subió el rey a la casa de Jehová con todos los varones de Judá, y con todos los moradores de Jerusalén, con los sacerdotes y profetas, y con todo el pueblo, desde el más chico hasta el más grande, y leyó oyéndolo ellos todas las palabras del libro del pacto que había sido hallado en la casa de Jehová.
Miren, vemos aquí que el rey Josías, desde su juventud, se dedicó a servir al Señor de manera recta. La situación del pueblo era una situación muy grave, muy grave. Y miren, mientras se estaba en los trabajos de la reconstrucción del templo se halló el libro, se halló el libro, dando a indicar que la palabra de Dios dentro del pueblo de Judá brillaba por su ausencia. Qué terrible, qué terrible.
Entonces, ¿cuál fue el impacto causado por el libro de la ley en Josías? Bueno, lo primero es que él procuró buscar la guía y la dirección del Señor para caminar conforme a su voluntad. Cuando él se rasgó sus vestidos, dice: “Óyeme, yo no sé qué hacer. Vayan y pregúntenle al Señor cómo es que debemos proceder”. Entonces comisionó un grupo de personas para que fueran a consultar al Señor a través de la profetisa Hulda.
Miren, hay personas que sugieren que fueron donde Hulda porque era la que estaba más cerca del palacio real, porque no es de sorprenderse, hermano, pero Jeremías tuvo su ministerio también dentro del periodo del rey Josías. También hubo otro profeta, Sofonías, que tuvo su ministerio en el mismo periodo del rey Josías. Y por las Escrituras podemos ver que fueron ministerios más largos y más impactantes dentro del ministerio profético en el pueblo del Señor. Pero van donde una mujer, y esto les da a uno entender el sentido de urgencia que tenían. No es porque menospreciemos a una mujer, sino que dijeron: “Mira, esto es algo tan grande. Busquen a la profetisa, ¿cuál es la que está más cerca? Vayan allá, porque yo necesito saber cómo es que debo conducir”.
Miren, ¿cuántos de nosotros podemos decir que tenemos esa reacción ante la palabra del Señor, ese sentido de urgencia que tuvo Josías por conocer cuál era la voluntad de Dios? Les dejo eso en retrospectiva para que ustedes lo analicen.
Lo otro, hermano, que tuvo Josías con respecto a esto es que dice la palabra del Señor en el versículo 11 que el rey, al haber oído la palabra del libro, rasgó sus vestidos. Y no solamente eso, sino también dice la misma profetisa en el versículo 19:
Y tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová, cuando oíste lo que yo he pronunciado contra este lugar y contra sus moradores…
— 2 Reyes 22:19
Otras versiones dicen “se conmovió”. Miren, el libro de la ley tuvo un impacto en la vida de Josías que lo llevó al verdadero arrepentimiento.
Nosotros tenemos dos maneras de responder cuando tenemos la palabra del Señor frente a nosotros. Una es que usted responda con sensibilidad ante ella, que usted se humille ante Dios. Y la otra es que usted responda con dureza de corazón y persista en su obstinado pecado. Dos respuestas ante la palabra del Señor: como Josías, sensible a la palabra del Señor y se humilló; y lo segundo es que para usted la palabra del Señor no importe nada.
En el caso de Josías, al leer la palabra de la ley causó una tremenda impresión en su conciencia acerca del temor a Jehová y la justicia a causa del pecado del pueblo. Él dice: “Miren, vayan allá porque grande ha sido el pecado mío, de mis padres y del pueblo”. Necesitaba la misericordia del Señor porque él sabía que lo que estaba escrito en el libro era la justicia del Señor, y la justicia del Señor tiene que ser satisfecha de alguna manera. Josías se sintió conmovido, contristado, con dolor en su corazón a causa del pecado del pueblo.
Hemos visto que la palabra de la ley llevó a Josías, de manera diligente, a buscar la guía y la dirección del Señor para saber cómo proceder. Lo segundo fue que él se humilló a causa de su pecado. Lo tercero, hermano, es que él convocó a todo el pueblo para la lectura de la ley y asumió junto con el pueblo el compromiso de seguir a Dios de manera firme, para permanecer en la palabra del Señor.
Dice en el versículo 2 del capítulo 23:
Y subió el rey a la casa de Jehová con todos los varones de Judá, y con todos los moradores de Jerusalén, con los sacerdotes y profetas, y con todo el pueblo, desde el más chico hasta el más grande; y leyó, oyéndolo ellos, todas las palabras del libro del pacto que había sido hallado en la casa de Jehová.
— 2 Reyes 23:2
Eso no les recuerda a ustedes la misma escena que hubo cuando predicó nuestro hermano, el pastor Parra, cuando se leyó el libro de la ley, convocado por Nehemías y leído por el sacerdote Esdras, que dice que todo el que estaba ahí, desde el más pequeño hasta el más grande, estaban ahí reunidos.
Entonces, ¿qué impresión causó esto en Josías? La palabra del Señor, el libro de la ley, no solamente lo llevó a buscar la guía y la dirección del Señor, no solamente lo llevó a humillarse, sino que también: “Vengan, porque necesitamos hacer un compromiso de que verdaderamente lo que está aquí lo vamos a cumplir”.
Miren, hermano, la ley del Señor es la que nos permite a nosotros identificar cuál es nuestro estado espiritual. Esa gente estaban viviendo ahí. Bueno, Josías estaba entendiendo que servía al Señor, pero tal vez él no tenía el entendimiento de cuál era el pecado que había detrás de eso, de cuál era el pecado que había cometido su abuelo, cuál era el pecado que había cometido su padre, cuál había sido el pecado de los reyes anteriores a ellos que se había acumulado en el pueblo.
Josías, a su manera, le rendía una devoción al Señor, por eso era Josías. El pueblo, no; el pueblo no. Vamos a verlo más adelante, porque era necesaria una reforma, porque aunque Josías fuera fiel al Señor, el pueblo no lo estaba siendo.
La palabra de Dios es la que nos conduce para que seamos conscientes de identificar que le hemos fallado al Señor. La palabra del Señor es la que nos confronta. Por eso es que cuando las personas no conocen la revelación de Dios contenida en su palabra, andan como les da la gana, porque entienden que no están haciendo nada malo. Cuando estamos frente a la palabra de Dios y ésta nos confronta con nuestro pecado, debemos arrepentirnos sinceramente ante Dios y tomar medidas drásticas para ajustar nuestras vidas a sus mandamientos.
Dice la palabra del Señor en el versículo 3:
Y poniéndose el rey en pie junto a la columna, hizo pacto delante de Jehová, de que irían en pos de Jehová, y guardarían sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos, con todo el corazón y con toda el alma, y que cumplirían las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro. Y todo el pueblo confirmó el pacto.
— 2 Reyes 23:3
Oigan eso. El libro les identifica toda la falla que ellos tenían, toda la falla: “Miren, ustedes pecaron aquí, aquí, aquí, aquí”. ¿Y cuál fue la actitud? Dice: “Mira, nosotros, de manera resoluta, de manera determinada, nosotros vamos a cumplir lo que está escrito y vamos a caminar en pos de la voluntad del Señor”. Eso es hacer un compromiso.
Por eso yo les digo que la reforma es diaria, porque es que continuamente, si usted va a las Escrituras, continuamente las Escrituras le van a estar apuntando a usted a sus faltas. Y cuando eso sea el caso, usted, si tiene una fe sincera, si usted verdaderamente ama hacer la voluntad de Dios, tiene que tomar resoluciones de obediencia.
La palabra del Señor no puede ser algo informativo para nosotros solamente, sino que tiene que ser la guía por la cual nosotros debamos vivir y movernos dentro de este mundo caído para agradar a nuestro Salvador.
Reforma continua y ejemplo de Lutero
Miren, hermano, el creyente debe asumir una actitud de ser reformado continuamente por la palabra de Dios y entonces armonizar su vida con la voluntad de Él. Hay mucha gente que está propugnando por reformas, inclusive dentro del pueblo del Señor: “No, que hay que reformar, que hay que reformar”. Pero, ¿sobre qué base? Si no es sobre la Escritura, si no es sobre la palabra de Dios, eso vendrá a ser cualquier cosa menos una reforma.
Cualquier cosa vendrá a ser menos una reforma, porque sólo con la palabra una reforma debe llevar a que haya, como fruto, un profundo despertar espiritual. De hecho, hay una palabra que es prácticamente prima hermana de la reforma, que es los famosos “avivamientos”. Los avivamientos han surgido a través de la historia cuando el pueblo del Señor ha tenido un volver a Dios, cuando el Espíritu Santo se ha manifestado en medio de localidades, de pueblo, de congregaciones, y los ha llevado a que vayan a Dios, a que vayan a su palabra. Y entonces, cuando eso se da y hay un verdadero despertar espiritual, dicen: “Oh, pero yo decía que era fiel al Señor, y sin embargo mira cómo me conducía”.
Eso es lo que debe lograr ese discernimiento que nos da el Espíritu Santo cuando vamos a la palabra del Señor, que haya un despertar espiritual en nosotros.
Miren, hermano, la palabra del Señor siempre tiene un impacto, y así como lo tuvo en Josías, nosotros empezamos hablando de Martín Lutero. Tiempo después, en 1521, el emperador del Sacro Imperio —bueno, como le decía, “el Sacro Imperio”, yo no sé qué de “sacro”—, Carlos V de España, convoca lo que se denominó la dieta de Worms. Allí, junto con el emperador Carlos V, estaban todas las autoridades prominentes, tanto políticas como religiosas de Europa, todos; un grupo de cientos de personas, autoridades de toda Europa. Llaman a Lutero para que acuda ante ellos.
Lutero piensa que es lo que va a debatir, que él va a defender con los teólogos de la Iglesia Católica romana sus posiciones y las posiciones que sostenía él. Él va. Pero, ¿qué pasa? Cuando él se encuentra allí, Lutero va con todo el espíritu de que él entiende que lo que va a tener es un debate de las posiciones que ellos sostienen y las posiciones que sostenía él. Le dicen: “No, no, no, no. Mire, usted no viene aquí a debatir. Usted lo que vino aquí es para que nos responda dos preguntas. La primera: ¿son suyos esos libros que están ahí, esas obras que están ahí?” “Sí, son míos”. “Y la segunda: ¿usted se retracta de lo que escribió?”
Miren, hermano, él dijo: “Mira, yo pensé que lo que venía aquí era un debate, y yo no puedo decir si me retracto, por lo menos no en este momento. Yo les pido a ustedes que me den 24 horas para yo entonces darle mi respuesta”. Termina la sesión, y al día siguiente va Lutero y le hacen la segunda pregunta: “Lutero, Martín, ¿usted se retracta de eso que está ahí?” Y miren lo que dice este hombre. Cuando yo a veces lo leo y lo veo en la película, yo me estremezco. Dice, para que ustedes vean lo que es el impacto de la palabra del Señor en la vida de un creyente:
“A menos que no esté convencido mediante el testimonio de las Escrituras o por razones evidentes, ya que no confío en el papa ni en su concilio, debido a que ellos han errado continuamente y se han contradicho, me mantengo firme en las Escrituras, a las que he adoptado como mi guía. Mi conciencia es prisionera de la palabra de Dios y no puedo ni quiero revocar nada, reconociendo que no es seguro o correcto actuar en contra de la conciencia. Que Dios me ayude. Amén”.
Ahí se confirma el cisma que hubo, y gloria al Señor, porque gracias a esa determinación que tuvo este hombre, gracias al apoyo que tuvo este hombre, al sustento que tuvo en la palabra de Dios, es que podemos estar aquí predicando abiertamente su palabra.
Concluyo este punto diciendo, hermano, que la autoridad para llevar a cabo toda reforma se basa en la Biblia, tomando a Cristo como cabeza. ¿Por qué tomando a Cristo como cabeza? ¿Quién es el personaje central de las Escrituras? Cuando yo soy confrontado en las Escrituras a causa de mi pecado, ¿cuál es mi esperanza? La salvación que tengo en Cristo.
Acciones radicales de reforma: derribo de ídolos
Me muevo al último punto, hermanos. Una reforma espiritual no solamente abarca mis convicciones, sino que tiene que estar acompañada de arrepentimiento, de obediencia y de adoración al Señor.
Vamos a leer los versículos desde el 4 al 25, una lectura larga, pero aquí vamos. En reformas del rey Josías, vemos aquí que este hombre, desde niño, desde joven, había determinado hacer la voluntad de Dios. Cuando la palabra fue hallada, ¿cómo reaccionó? Reaccionó tratando de buscar la guianza y la dirección de Dios, reaccionó en arrepentimiento, humillado ante Dios, y reaccionó teniendo una determinada voluntad de cumplir con lo que estaba contenido en el libro de la ley. Ahora, ya que él se humilló, ya que él buscó la voluntad del Señor, ya que él tuvo la resolución de caminar en pos de Él, vamos ahora a pasar a las acciones.
Entonces mandó el rey al sumo sacerdote Hilcías, a los sacerdotes de segundo orden y a los guardianes de la puerta que sacasen del templo de Jehová todos los utensilios que habían sido hechos para Baal, para Asera y para todo el ejército de los cielos; y los quemó fuera de Jerusalén, en el campo de Cedrón, e hizo llevar las cenizas de ellos a Betel. Y quitó a los sacerdotes idólatras que habían puesto los reyes de Judá para que quemasen incienso en los lugares altos de las ciudades de Judá y en los alrededores de Jerusalén; y así mismo a los que quemaban incienso a Baal, al sol y a la luna, y a los signos del zodiaco, y a todo el ejército de los cielos.
Hizo también sacar la imagen de Asera fuera de la casa de Jehová, fuera de Jerusalén, al valle de Cedrón, y la quemó en el valle de Cedrón, y la convirtió en polvo, y echó el polvo sobre los sepulcros de los hijos del pueblo. Además derribó los lugares de prostitución idolátrica, que estaban en la casa de Jehová, en los cuales tejían las mujeres tiendas para Asera.
— 2 Reyes 23:4–7
Oigan eso, hermano, oigan eso: prostitución idolátrica dentro del templo del Señor.
E hizo venir todos los sacerdotes de las ciudades de Judá, y profanó los lugares altos donde los sacerdotes quemaban incienso, desde Geba hasta Beerseba; y derribó los altares de las puertas que estaban a la entrada de la puerta de Josué, gobernador de la ciudad, que estaban a la mano izquierda en la puerta de la ciudad. Pero los sacerdotes de los lugares altos no subían al altar de Jehová en Jerusalén, sino que comían panes sin levadura entre sus hermanos. Asimismo profanó a Tofet, que estaba en el valle del hijo de Hinom, para que ninguno pasase su hijo o su hija por fuego a Moloc.
Quitó también los caballos que los reyes de Judá habían dedicado al sol, a la entrada del templo de Jehová, junto a la cámara de Natán-melec, eunuco, el cual tenía cargo de los ejidos; y quemó al fuego los carros del sol.
Derribó además el rey los altares que estaban sobre la azotea de la sala de Acaz, que habían hecho los reyes de Judá, y los altares que había hecho Manasés en los dos atrios de la casa de Jehová; y de allí corrió y arrojó el polvo al arroyo de Cedrón.
Asimismo profanó el rey los lugares altos que estaban delante de Jerusalén, a la mano derecha del monte de la destrucción, los cuales Salomón rey de Israel había edificado a Astoret, ídolo abominable de los sidonios, a Quemos, ídolo abominable de Moab, y a Milcom, ídolo abominable de los hijos de Amón.
Y quebró las estatuas, y derribó las imágenes de Asera, y llenó el lugar de ellos de huesos de hombres.
Igualmente el altar que estaba en Betel, y el lugar alto que había hecho Jeroboam hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel; aquel altar y el lugar alto destruyó, y lo quemó y hizo polvo, y puso fuego a la imagen de Asera.
— 2 Reyes 23:8–15
Y se volvió Josías y vio los sepulcros que estaban allí en el monte, y envió y sacó los huesos de los sepulcros, y los quemó sobre el altar para contaminarlo, conforme a la palabra de Jehová que había profetizado el varón de Dios, el cual había anunciado esto.
Después dijo: “¿Qué monumento es este que veo?” Y los de la ciudad respondieron: “Este es el sepulcro del varón de Dios que vino de Judá y profetizó estas cosas que tú has hecho sobre el altar de Betel”. Y él dijo: “Dejadlo; ninguno mueva sus huesos”. Y así fueron preservados sus huesos y los huesos del profeta que había venido de Samaria.
Y todas las casas de los lugares altos que había en las ciudades de Samaria, las cuales habían hecho los reyes de Israel para provocar a ira, las quitó también Josías, e hizo de ellas como había hecho en Betel. Mató además sobre los altares a todos los sacerdotes de los lugares altos que estaban allí, y quemó sobre ellos huesos de hombres; y volvió a Jerusalén.
Entonces mandó el rey a todo el pueblo, diciendo: Haced la Pascua a Jehová vuestro Dios, conforme a lo que está escrito en el libro de este pacto. No había sido hecha tal Pascua desde los tiempos en que los jueces gobernaban a Israel, ni en todos los tiempos de los reyes de Israel y de los reyes de Judá. A los dieciocho años del rey Josías fue hecha aquella Pascua a Jehová en Jerusalén.
Asimismo barrió Josías a los encantadores, adivinos y terafines, y todos los ídolos abominables que se veían en la tierra de Judá y en Jerusalén, para cumplir las palabras de la ley que estaban escritas en el libro que el sacerdote Hilcías había hallado en la casa de Jehová. No hubo otro rey antes de él que se convirtiese a Jehová de todo su corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él nació otro igual.
— 2 Reyes 23:19–25
Hermano, miren, eso nos da a nosotros un panorama estrictamente detallado de cuál era la corrupción del pueblo en los días del rey Josías. Esta corrupción, muy probablemente —nosotros leímos que el libro fue encontrado, fue hallado—, muy probablemente o fue olvidado, o tal vez haya sido deliberadamente sacado de la vida espiritual del pueblo. Haya sido deliberadamente sacado de la vida espiritual del pueblo. Entonces, ¿qué pasa? Cuando el pueblo no tenía la palabra del Señor, no tenía el espejo para poderse mirar.
Miren, en la cultura popular está el cuento de Blancanieves y los siete enanitos. Ustedes saben que en ese cuento está la reina malvada. La reina malvada día tras día le preguntaba al espejito: “Espejito, espejito, ¿quién es la más bella del reino?” Y el espejo llegó un momento en el cual le dijo: “No eres tú, es Blancanieves”. Miren, los espejos no mienten. Cuando nosotros día tras día nos miramos frente al espejo para prepararnos para salir, el espejo nos refleja tal cual como somos. Y la palabra del Señor es ese espejo.
¿Qué pasó con la reina? La reina, cuando yo veo Blancanieves, extrayó al espejo y lo rompió en mil pedazos porque el espejo no podía mentir, era Blancanieves. La palabra del Señor, cuando nosotros vamos, ese es el espejo de nosotros, ese es el espejo en el cual nosotros decimos: “Mira, somos pecadores. Sin Cristo nosotros estamos destituidos de la gloria de Dios. Yo necesito ser restaurado, yo necesito tener una comunión con mi Dios, yo necesito tener una reconciliación, pero no es posible porque soy un pecador”.
Probablemente, así como el pueblo de Israel, muchos hoy en día reaccionen como la reina, echando a un lado la palabra porque no quieren acudir a ella, porque en ella son confrontados con su pecado.
Miren, hermano, cuando nos apartamos de lo que es la voluntad del Señor, que está contenida aquí, en su palabra, y empezamos a hacer lo que nos parece, hubo un tiempo también en el cual fue uno de los tiempos más decadentes que tuvo la nación de Israel, que fue el periodo de los jueces. Dice la Escritura que en aquel entonces cada quien hacía lo que bien le parecía. Eso era porque seguro no iban a la palabra.
Miren, la inmundicia abominable se había incrustado en el templo. Eso es algo terrible, hermano. Había prostitución idolátrica en el templo; eso es algo impensable. Uno lo lee y si uno no lo lee no lo concibe. Uno dice: “En el pueblo de Dios, en el templo dedicado al Señor, prostitución idolátrica la había”. Tanto de hombres como de mujeres. Dicen los cronistas que ahí habían altares a dioses paganos, había ídolos ahí, ídolos dentro del templo, cuando el Señor, en la ley de Moisés, dijo que no se haría ningún ídolo de lo que estaba en el cielo, así como de lo que estaba en la tierra.
Dentro del pueblo que debía ser dedicado a la adoración al Señor había ídolos. A pesar de que sea sorprendente, yo puedo asimilarlo porque la Biblia lo dice, y si yo no leo la Biblia yo no tengo conciencia de eso.
Asimismo, hoy en día, hermano, nosotros tenemos la Biblia de todas las maneras posibles: en los celulares, en la tableta. La Biblia está traducida a todo idioma impensable. De hecho, la Biblia es el libro más traducido del mundo. Y nosotros en castellano no solamente tenemos una versión, tenemos —que recuerde yo— más de diez versiones en castellano de la Biblia. Y sin embargo no la leemos. Está en los celulares, que uno viene y se para en un consultorio… ¿y qué hace? Pero, ¿por qué no acudimos a ella? Porque nos confronta, y a nosotros nos duele, nos duele que seamos confrontados.
Pero bendito y alabado es el nombre del Señor que, si usted va a su palabra, la palabra le garrocha. Malo es que cuando usted se dirige a la palabra, eso para usted sea como una letra muerta.
Ahora mismo tenemos la Biblia en toda la manera posible, pero el desinterés y el desprecio por la misma es lo que está causando estragos, los estragos que estamos mirando a nuestro alrededor. Tenemos la palabra, pero poco la creen, y todavía, aún más, poco la obedecen. La palabra de Dios es la que atestigua contra nosotros, que somos pecadores, que lo reconozcamos. Pero también es la misma palabra que atestigua que nosotros tenemos la esperanza de salvación en Cristo, puesto que el propio Señor Jesucristo dice: “Ustedes creen la ley, ustedes dicen…” Él le dijo a los fariseos en algún momento: “Ustedes creen que se halla la salvación ahí, pero las mismas palabras son las que dan testimonio de mí”.
Al día de hoy, si hemos sido confrontados con nuestro pecado, nosotros debemos entender que Él es fiel y justo para limpiarnos y perdonarnos de toda maldad, pero tenemos que confesar nuestro pecado y arrepentirnos. Esa es la palabra a la cual debemos acudir, esa es la palabra que debe ser nuestra guía, debe ser la lumbrera. Esa es su palabra por la cual nosotros debemos tomar decisiones conforme a lo que es la voluntad de Dios. Porque si yo no conozco el carácter de Dios, ¿cómo yo voy a tomar decisiones conforme a su voluntad? ¿Y dónde está contenido el carácter de Dios? En las Escrituras.
Por tanto, yo debo acudir cada vez más a las Escrituras y hacerlas una norma de vida, hermano.
Idolatría contemporánea: ídolos del corazón
Una vez hemos sido convencidos de pecado y de la ira de Dios a causa de esos pecados, lo que sigue es que nosotros preguntemos: “Ok, ¿ahora qué yo voy a hacer, qué yo hago para ser salvo?” ¿Qué dice el Señor en Mateo 11?
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
— Mateo 11:28
Es el Señor que está diciendo: si usted ha sido convencido de su pecado, acuda a Él, acuda a Él.
El problema, hermano, es que a veces nuestra conciencia está tan cauterizada por la idolatría que es solamente una obra sobrenatural del Espíritu Santo la que puede sensibilizarnos para que caminemos ante Dios. Pero si usted está involucrado en eso, no espere que se cauterice su conciencia; tome la medida antes.
Josías, una vez escuchó la lectura del libro, no cuestionó lo que allí decía, sino que procedió a obedecerlo irrestricta y radicalmente. Todo eso que hizo Josías, toda esa destrucción de los altares, estaba prescrita en el libro de Deuteronomio. Se asume que él leyó el libro de la ley, se asume que fue el Pentateuco, los primeros libros. Y entonces, en el libro de Deuteronomio ustedes, en sus casas, les exhorto a que lo lean; ustedes van a ver cómo el Señor condenaba de manera clara y específica todo esto que tuvo que llevar a cabo Josías.
Miren, para Josías, la palabra del Señor fue normativa y autoritativa. Muchos hoy en la iglesia, incluso, piensan como que la Escritura es un libro de sugerencias: “Yo cojo esta parte, pero no esta; ahora mismo, en este momento de mi vida, esto me hace sentido, pero más adelante no”. Miren, hermano, la palabra del Señor es una, es su autoridad, y usted tiene que obedecerla.
Cuando usted ve que una gente está buscando muchísimos argumentos de que “no, que cómo que viene el Señor, que si es verdad que la iglesia será raptada”… Esos son periquitos. Lo que usted tiene que creer es que usted es un pecador. Lo que usted tiene que creer es que el Señor viene. Lo que usted tiene que entender es que sin Cristo usted está totalmente perdido. Lo que usted tiene que entender es que, si usted ha sido llamado para salvación con el Señor, usted debe tener una vida consagrada a Él y santa.
Eso es lo que usted tiene que entender, no el orden de cómo será… Por ejemplo, eso es uno de los grandes temas que algunos acuciosos dicen: “No, que cómo va a ser, que si va a haber un rapto, que si va a pasar esto primero…” Miren, eso puede pasar de la manera que el Señor en su soberanía determine, pero eso no es lo que va a determinar su consagración. Eso son fácilmente doctrinas terciarias de las Escrituras. Váyase a lo fundamental: que usted es un pecador y necesita de Cristo, y las Escrituras son las que testifican de Cristo. Vaya a ellas, acuda a ellas pronto, pronto.
Josías tenía 26 años cuando inició esta reforma. ¿Cuál era la condición del pueblo de Judá al momento de José simplemente esta reforma? Bueno, de una profunda corrupción idolátrica acumulada a través de los años. Era tan grave que el templo mismo había sido contaminado de manera abominable. Sus lugares de adoración, lo que en principio fueron concebidos para adorar a Jehová, ya estaban siendo utilizados para adorar a otras deidades. Jerusalén estaba llena, llena, llena —la ciudad santa de nuestro Dios— de lugares de culto pagano. Estos ídolos se habían metido al templo. Incluso algunos sacerdotes habían abandonado el culto a Dios, para el cual habían sido instituidos, para entonces rendir culto a deidades paganas.
De la misma manera, hermanos, que estas prácticas paganas e idolátricas se introdujeron dentro del templo, hoy también hay ciertas prácticas o creencias que están dentro del pueblo del Señor, y estas prácticas tienen cierto parecido como de elemento mágico-religioso, como que son cuestiones que vienen del mundo y las asumimos, entonces les damos un baño, las pintamos de cristiandad, y ya entonces queremos hacerlas parecer como si fueran prácticas piadosas.
No quisiera utilizar esto, pero hablaba con mi esposa de que alguien le hizo un comentario y le dijo: “Mira, Nelly, es cierto que tú puedes hacer o decir tal cosa para que entonces tu marido no pueda serte infiel”, pero como si fuera un conjuro, pero con ánimo de pintado de piedad. Yo digo: “Gloria al Señor que mi esposa me dice: ‘Mira esto, ¿qué tú crees de esto?’”. “Lo mismo que tú piensas, que eso es algo que no”. Hay gente que entiende que declaraciones las utilizan como amuleto, como si fueran conjuros. Y miren, se ha abusado mucho de eso de “Dios me dijo, Dios me dice”. Tengan cuidado con eso, y ciertas declaraciones que se asumen.
Bueno, ¿qué es la idolatría, hermano? Esa era la práctica fundamental en la cual el pueblo se había desviado. ¿Qué es la idolatría? Miren, hermano, idolatría es cualquier cosa que capture nuestra mente, que capture nuestro corazón y que lleve ese afecto más que el que debemos darle a Dios. Puro y simple. Es poner las cosas que han sido creadas por encima del Creador. Eso es idolatría.
Decía Juan Calvino, uno de los reformadores, que el corazón es una fábrica de ídolos. Y es verdad. Tal es así que la Escritura te dice a ti que sobre toda cosa guardada guardes tu corazón, porque de él mana la vida. Y el Señor Jesucristo dice que la fuente de donde salen todas las maldades, los homicidios, las abominaciones, es el corazón.
Entonces, por eso es que nosotros debemos impregnar nuestra mente y nuestro corazón de lo que es la voluntad de Dios, contenida en su palabra. Y eso hay que hacerlo continuamente, porque miren qué es lo que pasa: usted viene y derriba un altar en su corazón, un altar al cual usted le rinde culto.
Miren qué ídolos contemporáneos nosotros tenemos. Dinero. Dinero, hermano. Miren, y eso es tan terrible que es un ídolo que se ha introducido en el pueblo de Dios también. El dinero, hermano. Aquí hay gente, aquí hay iglesias que le están rindiendo un culto más grande al dinero que a Dios mismo. Lo han introducido al templo, lo han introducido al pueblo de Dios. Hay gente que: “No, no, no, no, no, mi cuarto. Yo no creo en cuento con mi dinero, no”. Y aún creyentes, eso es lo más lamentable, hermano, aún creyentes que el Señor los ha bendecido, les ha permitido tener riquezas, no han entregado el bolsillo en humillación al Señor, no lo han entregado.
Otro ídolo contemporáneo, hermano, delicado de hablar, pero es la familia, los cónyuges, los hijos. En cuanto a los cónyuges, la Escritura llama a los esposos a amar a su mujer como Cristo amó a la iglesia y a tratarla como vaso frágil. Llama a la esposa a que se someta a su marido, aunque a veces para una mujer es un poco complicado someterse a un hombre que no manifiesta la imagen de Cristo. Pero aun así tiene que hacerlo porque el Señor lo manda.
¿Qué pasa a veces, hermanos? Los cónyuges empezamos a idolatrarlos, a ponerlos en un pedestal, en un lugar más alto que Cristo. No sabemos que si vivimos, que si respiramos y que si acaso tuvimos la gracia de que nos pudimos casar es porque Dios lo permitió. Y que si aún estamos casados es porque el Señor ha extendido su gracia y su misericordia sobre mi matrimonio. Pero entonces lo idolatramos, a un hombre, a una mujer.
Miren, es duro cuando, por ejemplo: “No, que yo no me muevo sin mi marido; si mi marido no va a la iglesia o a tal cosa, yo no voy”. Cuidado con eso. Cuidado con eso, hermano. En última instancia usted se debe al Señor. Usted, verdad, tiene que estar sometida a su marido, tiene que honrarlo, tiene que glorificar al Señor siendo esposa diligente, laboriosa, mujer virtuosa a su marido, pero en última instancia es el Señor.
Lo mismo los hombres. Se da, hay menos casos, pero se da: “No, no, no, no, lo que diga mi esposa”. Hermano, es Cristo, Cristo.
Los hijos. “Ay, no, no, no, que ese niño, que esto…” Y hablando donde quiera que salen a relucir: “Que mi niño, que mi hijo…” Entonces tú ves, de la abundancia del corazón, que es lo que habla la boca, ahí donde está tu corazón, ahí está tu tesoro. Entonces, mientras tú más hablas de algo, ahí es que tú evidencias que: “Ah, mira, pero es verdad que ahí hay un problema, ahí hay algo”.
Otro ídolo: las tradiciones, tradiciones familiares, tradiciones nacionales. Inclusive dentro de la iglesia hay congregaciones que le dan un valor sobredimensionado a las tradiciones que deben tener la revelación de nuestro Señor. Un ídolo.
Otro ídolo, hermano: actividades y hobbies. “No, mira, yo con mi juego de softbol yo no me meto con eso. Eso es sagrado”. “No, pero que hay un culto especial”. “No, no, no, no, tú sabes que yo los sábados yo sé lo que hago, o los jueves yo salgo”. Y tú lo ves que en su conversación el juego de softbol… Y menciono como ejemplo “juego de softbol”; puede ser cualquier actividad, hermano. Puede ser, mire, televisión, puede ser estar pegado de un celular, cualquier cosa. Idolatría.
Ay, ay, ay, ay, ay… El trabajo. El trabajo, el trabajo, hermano. Miren, hablaba yo con una persona hace unos días, e intentaba como justificarme que a veces no asiste a los servicios de su congregación por el asunto laboral. Y yo: “Nadie… Mira, hay muchas personas que no tienen trabajo, ¿verdad? En países como los de nosotros el desempleo es palpable, es tangible. Si tú estás trabajando es porque el Señor extendió su misericordia sobre ti. Si tú tienes de dónde sustentar a tu familia, es porque el Señor está utilizando tu trabajo como instrumento para que tú puedas ser el proveedor de tu familia. Ahora bien, ¿cómo es posible que tú valores más la bendición que a Aquel que fue el que te bendijo? Es algo ilógico”.
Entonces, por eso es que tú los ves que en un momento pierden el trabajo y no saben qué van a hacer.
Otro ídolo: la labor ministerial. Eso me lo aplico. Miren, a veces nosotros nos engañamos tanto y queremos decir que estamos sirviendo al Señor, estamos sirviéndole al Señor, y nos metemos en un activismo ministerial para aquí, para allá y, sin embargo, descuidamos nuestro principal ministerio con nuestra familia, nuestra esposa, nuestros hijos. Hay que tener cuidado. Es verdad que el Señor nos ha llamado a que le sirvamos, y es un gran privilegio ser ministro del Señor, pero ¿qué sentido tiene que usted pierda lo de su casa? Ojo con eso.
Otro ejemplo de idolatría, hermano, es el concepto distorsionado de la autoridad pastoral. Hay algunos pastores que han llegado a erigirse delante de su congregación como si fueran dioses, como si fueran una autoridad irrebatible. Sin embargo, nosotros estuvimos leyendo esta mañana, estuvimos estudiando en la escuela dominical, que miren cómo deben ser los pastores. Miren cómo deben ser los pastores. 1 Pedro 5 dice:
Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.
— 1 Pedro 5:2–4
Hay pastores que quieren ejercer una autoridad que no les ha sido conferida por las Escrituras, y entonces eso lleva a que la congregación los idolatre. Es un hombre, hermano. Nuestro estándar infalible es Cristo.
Debido a esto que dice Calvino, que nuestro corazón es una fábrica de ídolos, por esta razón es que continuamente debemos estar sometidos a un proceso de reforma personal, de renovación espiritual. Pues, cada vez que usted tumba un altar de esto que yo he mencionado, inmediatamente va a haber otro que se va a estar construyendo, inmediatamente habrá otro que se va a estar construyendo para volver a una adoración agradable e íntima, a una íntima comunión con el Señor. Primero hay que quitar los viejos pecados y hacerlo de una manera radical; hay que pulverizar, hermano, todo aquello que nos inclina a la impiedad.
Reforma y adoración: limpieza antes de la Pascua
Miren, ¿qué pasó? Josías limpió, desbarató, quemó. Y después fue que él dijo que iban a celebrar la Pascua: “Vamos a adorar al Señor”. Si nosotros no limpiamos nuestros corazones, no hay forma posible en la cual podamos adorar al Señor en espíritu y en verdad. No habrá gozo para manifestar nuestra alabanza al Señor, porque el pecado va a estar obstaculizando eso. Ojo con eso, hermano.
Y usted puede decir: “Bueno, sí, fue profetizado esto de Josías, fue profetizado”. Miren lo que dice el primer libro de Reyes:
He aquí que un varón de Dios por palabra de Jehová vino de Judá a Betel; y estando Jeroboam junto al altar para quemar incienso, aquel clamó contra el altar por palabra de Jehová, y dijo: Altar, altar, así ha dicho Jehová: He aquí que un hijo nacerá a la casa de David, llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los lugares altos que queman sobre ti incienso; y sobre ti quemarán huesos de hombres.
— 1 Reyes 13:1–2
Nosotros estuvimos leyendo que dice que hubo un varón de Dios. Eso fue un hombre 300 años antes de que naciera Josías, cuando Jeroboam fue el… Se dividió el reino: Judá con Roboam, siendo el hijo de Salomón Roboam en el reino de Judá, y Jeroboam con las otras diez tribus del reino del norte de Israel. De una vez Jeroboam creó altar pagano. Y dice que el Señor levantó un profeta ahí, cualquiera, que no sabemos ni siquiera su nombre, y declaró que eso sería roto, que eso sería acabado.
La reforma que llevó Josías sobre el pueblo de Judá e Israel —porque no solamente él se limitó al reino de Judá, sino que también involucró en esas reformas el pueblo, el reino de Israel— llevó al pueblo a experimentar un gran avivamiento, permitiendo que no solo se eliminaran las prácticas perversas y paganas, sino también a celebrar una Pascua como nunca antes se había hecho y a una restauración del culto al Señor.
Miren, sin utilizar el término negativo de la palabra, la reforma de Josías fue una revolución. Ese hombre, yo me imagino que fue como una tromba, acabando con todo, quemando, desbaratando, porque tenía un celo por el Señor. Ya había sido profetizado que él haría eso. Pero también detrás de eso había una intencionalidad de cumplir el pacto que él había hecho con el pueblo delante del Señor, de cumplir lo que allí estaba.
Y podemos ver, hermanos, que todo eso… ¿Cuánto tiempo ustedes creen que José llevó a cabo esas reformas? ¿Un año? No. Cualquiera pudiera pensar que con todo lo que él hizo pudo haber durado cinco o seis años. Él lo hizo en un año. Él obedeció al Señor con ánimo pronto. Él dijo: “Todo lo que hay que hacer, de una vez”. De una vez.
Entonces, concluyendo, en resumen, ¿qué podemos ver de la vida de Josías, un reformador radical? Uno: se dispuso a hacer la voluntad de Dios en todo. Dos: quedó conmovido por su pecado y el de sus padres al ser confrontado por el libro de la ley. Tres: se humilló arrepentido ante su Dios por su pecado. Cuatro: se comprometió junto con el pueblo delante de Dios para cumplir con fidelidad y sinceridad lo que estaba escrito en el libro de la ley. Quinto: ejecutó acciones reformadoras radicales en las cuales mostraba su arrepentimiento. Y sexto: adoró a Dios sin ningún obstáculo, como desde hacía mucho tiempo no se celebraba en Israel de esa manera.
Por tanto, para nosotros —eso lo vimos en Josías— debe aplicarse en la reforma espiritual que debemos tener diariamente. Uno: tiene que haber una determinada intención de consagrarnos a Dios, es un volvernos a Él continuamente. Dos: debe haber un arrepentimiento genuino, en humillación y reconocimiento de cuál ha sido mi falta hacia Dios. Tercero: debemos tener un sometimiento de manera completa a lo que es su palabra, un sometimiento, una obediencia; es decir, que debe haber en nosotros un deseo renovado por ir a las Escrituras.
Lo otro que debo decirle aquí es que debe haber una intencionalidad de quitar los pecados de nuestra vida; primero, en nuestro interior, en nuestro corazón; y después, quitando todas aquellas cosas que propicien la tentación, es decir, una vida en santidad. Y, por último, debe haber un deseo de involucrar a otros para que vivan esta experiencia de ese volver a Dios, tal y como Josías, que no solamente se limitó al pueblo de Judá, sino que también intentó que el reino de Israel lo viviera.
Aplicación: reforma personal continua y oración final
Concluyo con lo siguiente, hermano. Más que un movimiento externo corporativo, yo considero que es más pertinente para nosotros al día de hoy llevar una reforma en lo personal, en nuestra mente, en nuestros corazones, para que nos lleve a una fidelidad inquebrantable y a una consagración completa a nuestro Señor.
Es probable que tal vez hoy dentro del pueblo del Señor no sea necesaria una reforma así como la llevó Lutero. Pero lo que yo sí digo es que el pueblo del Señor tiene que tener este concepto bien claro de que continuamente tiene que consagrarse al Señor, tiene que reformarse, reformarse al Señor, tiene que manifestar que verdaderamente es parte del pueblo del Señor.
Cada día, con la ayuda del Espíritu Santo y la dirección de su palabra, debemos reformar nuestros corazones para que sean ajustados en todas las áreas de nuestra vida a la voluntad de Dios, mostrando de manera continua anhelo por las Escrituras, arrepentimiento genuino, consagración y obediencia completa.
Oro para que el Señor, por medio de esta enseñanza de la vida del rey Josías, nos lleve a tener una conciencia de reforma continua.
Señor, gracias te doy por tu palabra, bendigo y alabo tu nombre. Señor, ruego que esto no se haya quedado como algo informativo, sino que nosotros tomemos resoluciones de obediencia, resoluciones de piedad. Señor, tu palabra es el espejo para nosotros. Señor, nosotros tenemos nuestras fallas, tenemos nuestros pecados. Permite que en nosotros haya, oh Dios, un espíritu de volvernos a ti humillados, para pedirte perdón, pero que también esté la determinación de arrepentirnos.
Señor, que los ídolos que se han erigido en nuestros corazones puedan ser demolidos, puedan ser tumbados, y que nosotros estemos siempre pendientes, alerta, de que no se vuelvan a erigir otros que riñan, Señor, con nuestra devoción hacia ti. Señor, yo ruego que podamos ver, a través de la vida del rey Josías, que debemos ser radicales en cuanto a la obediencia a ti, mi Dios.
Señor, que si verdaderamente somos parte de tu pueblo, nosotros debamos ir siempre ajustados en el camino que tú nos has trazado. Señor, a pesar de nuestro pecado tenemos esperanza. Señor, Josías se conmovió por la ira que sobrevendría sobre el pueblo, pero te tenemos a ti. Permítenos verte cada vez más en la hermosura de tu santidad, para poder, Señor Jesús, imitarte en todo lo que hagamos.
Señor, llévanos en paz a nuestros hogares y permite que esta reflexión cale en nuestros corazones y nos permita la reforma espiritual que necesitamos.
En el nombre de Jesús te lo pido, mi Señor, amén, amén y amén.