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Una fé no fingida

2 Timoteo 1:3-5

Una fe no fingida deja huellas memorables en nuestras relaciones, se vuelve fuente de gozo para otros creyentes y se convierte en un legado activo que pasa de generación en generación.

Predicado20 de noviembre de 2016
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Les decía que cada vez que la palabra del Señor va a ser expuesta, uno la expone y la recibe con esa expectativa de fe, de que hay muchos libros, pero este libro marca diferencias, de que sus oídos pueden escuchar muchos mensajes, pero el mensaje de la palabra del Señor es un mensaje vivo que hace en nosotros un buen efecto. Si tiene una Biblia, puede buscar su Biblia en la segunda carta del apóstol Pablo a Timoteo, en el capítulo dos. Si no, yo estaré leyendo estos versículos para ustedes. Sólo les pido que si tiene una Biblia, la marque allí en la segunda carta de Pablo a Timoteo.

Y les reitero la invitación: estos eventos especiales pueden crear la percepción de que hay que esperar otro evento especial para volver a la casa del Señor; nada más alejado de la realidad. Este es un momento que quizá usted vino por primera vez, pero es invitado todos los domingos a que venga aquí a adorar el nombre del Señor con nosotros, a recibir el consejo de la palabra del Señor y a participar también con la iglesia del Señor. No quisiéramos que usted espere el próximo Día de Familia para que vuelva a congregarse.

No, no tiene que esperar un año completo para volver a estar aquí con nosotros, exaltando el nombre del Señor. El próximo jueves también tenemos aquí culto, adoración, y todos los domingos tenemos actividades similares a esta, en la cual usted es invitado. Si no por quien le trajo hoy, es invitado entonces ahora por mí. Sientan la invitación de parte mía. Oremos al Señor para que sea el que nos acompañe en este tiempo de enseñanza, con la expectativa de fe que les he anunciado, de que la palabra del Señor anide en nuestro corazón, que la palabra del Señor se quede con nosotros y que ella sea verdadero alimento para nuestras almas. Ahí donde están, cierren sus ojos un momento y les encomiendo delante del Señor.

Gracias, Padre, por esta multitud que está aquí reunida y gracias también porque tenemos tu palabra. Permite, Señor, que cada corazón aquí presente, que cada oído, Señor, aquí presente hoy esté abierto de par en par para recibir tu consejo. Que aquellos, Señor, que visitan una iglesia por primera vez tengan, Señor, el hambre por tener más de esto que están aquí recibiendo y escuchando. Que aquellos, Señor, que no están habituados a congregarse en una iglesia sientan hoy tu calurosa, tu tierna invitación. Permite que tu palabra hoy leída y explicada, Señor, haga en nosotros su santo efecto. Que podamos entenderla, Señor, que podamos sentir el llamado a vivirla y que podamos ponerla por obra.

Bendice a cada familia aquí representada, bendice, Señor, con salud, bendíceles, Señor, con los medios para que puedan cubrir sus necesidades básicas, pero bendice sobre todo las familias aquí representadas con salvación. Permite, Señor, que cada padre, cada madre, cada hijo que está aquí hoy, ya sea que estén todos, Señor, que estén ellos representando a los suyos, permite, Señor, que esa familia sea una familia bendecida. Permite que tu palabra sea recibida en esa casa, permite no recibir la buena noticia, Señor, de que el evangelio también ha llegado hoy a una casa. En todas estas cosas queremos exaltar tu nombre, en Jesucristo. Amén.

Lectura del texto bíblico y contexto de la carta

Si tiene su Biblia ahí, ponga ese momento sobre sus pies para que escuche la palabra del Señor. Póngase así un momentito sobre sus pies. Leamos la palabra de nuestro Señor Jesucristo en la segunda carta del apóstol Pablo a Timoteo, en el capítulo 1. Estaré leyendo desde el versículo 3 y hasta el versículo 5. Dice así la sagrada escritura:

Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día; deseando verte, al acordarme de tus lágrimas, para llenarme de gozo; trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también.

— 2 Timoteo 1:3-5

Es el apóstol Pablo escribiendo a su hijo espiritual, Timoteo. Dice él: doy gracias a Dios al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día, deseando verte al acordarme de tus lágrimas para llenarme de gozo, trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. Leo ese mismo versículo otra vez más, el versículo 5. Decía el apóstol Pablo de Timoteo: trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. Pueden ocupar sus asientos.

Le digo a modo de introducción que esta correspondencia entre Pablo y Timoteo es una correspondencia, porque así es, es del género epistolar. Esto era una carta. Llegó a componer el texto bíblico, precisamente era una carta enviada por Pablo a Timoteo, y es una carta que está llena de emoción. Se trata de dos compañeros de ministerio de diferentes edades. Pablo podía ser el papá de Timoteo, literalmente y también espiritualmente; de hecho lo fue. Uno era mucho mayor que el otro, pero tenían asuntos en común: ambos dedicaron su vida a fortalecer y cuidar a las iglesias.

A ambos les unía un tierno afecto como el de un padre a un hijo amado, y ambos provenían de familias de creyentes, por lo menos creyentes de tercera generación. En estos versículos, Pablo elogia la fe de Timoteo reconociendo que era tan real como la fe que había habitado primero en su abuela y luego en su madre. Y mientras lo hace, se muestran los resultados de esa fe no fingida. Lo que quisiera mostrarles hoy son tres resultados de una fe no fingida.

Una fe no fingida deja una impresión memorable

Si yo le preguntara a cada uno de ustedes —no quiero preguntarle ahora directamente si tienen fe— yo creo que me responderían que sí. Todo el mundo tiene, piensa, tiene algún tipo de fe. No quiero avergonzar, no creo que nadie finja la fe de una manera malintencionada, pero probablemente tengamos aquí presentes personas que digan tener una fe y que hoy quizás encuentren que tener fe es algo más. Si al final de esta exposición de la Escritura, en su caso, yo lo invito a que ponga hoy la resolución de buscar crecer en esta verdadera fe de la cual hablan las sagradas Escrituras, quiero hablar especialmente a mis hermanos, pero en extensión a toda la congregación que está aquí hoy reunida, y mostrarles cuáles son los efectos de una fe no fingida.

El autor, Pablo, está escribiendo a Timoteo y quiero esbozar eso desde el versículo 3 y hasta el versículo 5. Si hay una fe no fingida, ¿de qué manera nosotros vamos a darnos cuenta? Si hay alguien que dice que tiene una fe verdadera, ¿de qué manera esa fe verdadera se debería manifestar? Si tú mismo dices abrigar en tu corazón fe en nuestro Señor, ¿qué cosas deberían manifestarse en una vida que dice que es una vida de fe, una vida que ha puesto la fe en el lugar correcto? Quiero primero exponer este versículo 3, que dice el apóstol Pablo: doy gracias a Dios al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones.

Lo primero que quiero mostrarles hoy es que una fe no fingida produce una memorable impresión en todas nuestras relaciones. Si hay alguien aquí presente hoy que tiene una fe, y esa fe es real, quiero notificarle que esa fe debería estar siendo notada por las personas que tiene cerca. ¿De qué manera se manifiesta en nosotros una fe no fingida? La primera manera en que se debería manifestar es que debería crear una impresión memorable en sus relaciones. Quiero hablar a mis hermanos que están aquí hoy congregados. Tengo cierto dolor, tengo cierta tristeza porque veo que cada vez hay más cristianos que sus vidas son menos memorables.

Tengo la tristeza de que probablemente tú seas sal, pero que la sal no se esté anunciando en tus relaciones. Y si realmente una persona tiene fe real, y es una fe no fingida, quiero mencionar que el primer lugar donde se debería manifestar es creando en su círculo de relaciones una impresión que sea memorable. No te puedo asegurar que las personas que tengas cerca vengan al Señor a través del testimonio tuyo, pero te puedo asegurar desde las Escrituras que si realmente en ti hay fe y esa fe es real, esa fe debería ser memorable para las personas que han convivido contigo.

Hay buenos calificativos que se podrían atribuir a un cristiano. Se podría decir que es un varón muy dispuesto. Se podría decir que es una hermana muy constante. Se podría decir que es un conocedor de las Escrituras, que es muy generoso, que es respetuoso de sus mayores, entre otras cosas más. Pero a mí me parece que el mejor “piropo” que un creyente puede tener de su círculo social es que su círculo social diga: realmente es un creyente. En verdad yo no necesariamente tengo la fe de él, pero la fe de él es una fe real. Eso es lo mejor que tu familia podría decir de ti mismo, lo mejor que tu familia podría decir de ti mismo es que en ti habita una fe, y esa fe es real, es una fe no fingida.

La fe real se nota en las relaciones y en la oración

Que quizá todavía yo no tengo lo que tú tienes, pero yo sé que lo que tú tienes es verdadero. Hermano querido que estás aquí congregado, si realmente en nosotros hay fe, nuestros familiares, nuestros amigos deberían poder reconocerlo y que en ellos creemos una percepción que sea memorable, que sea duradera, de que realmente lo que hay en nosotros es verdad. Hay quizás dos personajes en las Escrituras de los que se dice que tenían fe; algunos dicen que estaban llenos de fe. Los dos que recuerdo están en el libro de los Hechos: uno es Esteban, de quien dice que era un varón lleno de fe y del Espíritu Santo, y el otro es Bernabé.

¿Cuántas veces la descripción que tenga un cristiano, las personas que conviven con él, debería ser esta? Cualquier persona que ha estado al lado suyo debería decir: ese es un creyente en verdad, y en él hay una fe que es una fe genuina. En él hay una fe que no es una fe impuesta. En él hay una fe que es una fe verdadera. ¿De qué manera esto se debería estar manifestando? Si realmente tú eres un cristiano, tu círculo social debería recordarlo. Dice el apóstol Pablo que él se recordaba de Timoteo en sus oraciones. Y aunque no es esto lo que vengo a poner —está en el texto y tengo que exponerlo también— esto nos da un aspecto a los cristianos de nuestras oraciones que quizás pueda marcar una diferencia.

Él dice que recordaba a Timoteo en sus oraciones. Dice él: doy gracias a Dios al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones. Quisiera darle a mis hermanos una perspectiva adicional acerca de lo que se hace en la oración. La oración de un creyente debe tener no solamente un aspecto de hablar con Dios, y es el aspecto más importante. Al mismo tiempo debería tener un momento en la presencia del Señor donde uno haga memoria de sus relaciones.

Es permitir que el Espíritu Santo dirija nuestra mente a pedir en asuntos específicos. Es frecuente que un creyente va a la presencia del Señor en oración y recuerda sus relaciones. Y esto podría ser utilizado por el Señor para que clamara por esas personas. La oración debería ser un momento para ir a la presencia del Señor no solamente a hablar cosas, sino también a meditar en el Señor. Hay un aspecto de la oración que no debería ser ignorado ni pasado desapercibido: orar no es solamente pedir cosas delante del Señor, declarar cosas delante del Señor; también es pensar cosas en la presencia del Señor.

Qué hermoso sería que si tú te haces a la presencia del Señor, a tu mente vengan memorias de personas como Timoteo, en los cuales había una fe no fingida. Es frecuente que estás en la presencia del Señor y recuerdas relaciones valiosas para tu vida, que el Señor a ti te ha edificado por medio de ellas. Un creyente cuando va a la presencia del Señor en oración va con la intención de verbalizar cosas, va con la intención de expresar cosas, pero también con la intención de hacer memoria. Cada vez que vayas a la presencia del Señor en oración, deberías reservar un momento para meditar en su presencia, meditar en tus relaciones, meditar en tus planes y tus proyectos, teniendo siempre esta conciencia de que estás en la presencia del Señor.

Buscar ser memorables e inspirar gozo en otros creyentes

Lo primero que quiero mostrarles es esto, hermanos: que la fe no fingida que había en Timoteo era una fe que había sido memorable, había creado un perdurable recuerdo en la mente del apóstol Pablo. Quisiera animar a mis hermanos a que busquen esto con intencionalidad. Una alerta es que esto debe y puede ser buscado intencionalmente. Yo quisiera lanzar el reto hoy a mi iglesia local de que aspire a crear impresiones memorables. Les digo de nuevo, hermano: la conversión es un milagro y esto tú y yo no podemos hacerlo, pero hay algo que tú y yo sí podemos hacer intencionalmente, y es disponernos en el día de hoy, que donde quiera que estemos, nuestras relaciones nos recuerden como gente que verdaderamente es creyente, que es un creyente en verdad.

Esto debe ser buscado y puede ser buscado intencionalmente. Le decía Pablo a su hijo espiritual Timoteo también, un poco más adelante, le decía: que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Un creyente debería desear que sus familiares, sus compañeros de trabajo, sus relacionados noten su aprovechamiento, que se vea la diferencia, que se vea el cambio. Qué hermoso sería que nosotros seamos recordados como creyentes en verdad.

Voy un poco rápido, hermano, porque quisiera llegar hasta el versículo 5 con la ayuda del Señor y allí detenerme un poco, pero así como le digo que una fe no fingida produce una memorable impresión, también les diré que una fe no fingida es una fuente deseable de gozo para otros creyentes. Decía el apóstol Pablo: deseando verte, al acordarme de tus lágrimas, para llenarme de gozo. El tener creyentes con fe no fingida entre nosotros debería hacer esto, una fuente deseable de gozo, y deberíamos desear estar al lado de esas personas.

Es cierto que nosotros amamos a todos nuestros hermanos, y hay una ordenanza del Señor de que tenemos que amarnos unos a otros, pero hay hermanos nuestros que no solamente son amados; hay hermanos nuestros que son deseados. Te animo a que se manifieste en ti una fe no fingida, siendo una fuente deseable de gozo por las personas que tú tienes cerca. Parece que el hecho de tener a Timoteo cerca era aliento para el apóstol Pablo; el apóstol Pablo en esto se sentía emocionado, era algo que él deseaba. Él decía: anhelando verte, deseando verte al acordarme de tus lágrimas para llenarme de gozo.

Hermano querido que estás aquí presente, quiero estimularte primero a que seas tú fuente de gozo para alguien más. Eso es lo primero que un creyente debería anhelar: que mi fe sea tan genuina, que mi fe sea tan real, que otras personas puedan ser bendecidas a través del estímulo propio. Pero no puedo dejar de animarles también en el siguiente sentido: y es que cultiven relaciones de valor con creyentes que puedan ser para ustedes fuente de gozo.

Comunión, lágrimas compartidas y estímulo mutuo

Les repito, estamos llamados a amar a todos nuestros hermanos, pero definitivamente, entre nuestros hermanos hay algunos que nosotros los anhelamos especialmente. Un creyente debería estar rodeado de relaciones de valor con personas que le estimulen al amor y a las buenas obras, personas cuya memoria simplemente ya sea una fuente utilizada por el Señor y un medio de gracia. Esto también es legítimo desearlo: desear esa compañía de creyentes piadosos. Decía el apóstol Pablo de Timoteo, le decía: procura venir pronto a verme.

Parece que reencontrarse con Timoteo era una fuente de gozo, de estímulo, una fuente de aliento para el apóstol Pablo. Te pregunto, hermano: ¿hay alguien en tu vida? ¿Hay alguna relación importante que tengas con otro creyente que se convierta para ti en una fuente de estímulo, que se convierta en algo para desear, en algo para anhelar? Y aún te vuelvo y te pregunto lo mismo: si otro creyente te recordara, ¿serías anhelado por él? ¿Él diría: cuando él está cerca, yo me siento mejor; cuando está cerca, yo me siento estimulado; yo tengo el gozo como que me brota cuando nos encontramos nuevamente?

Todo creyente debería anhelar ser fuente de gozo para otro creyente en este sentido, pero también tener otros creyentes cerca que le estimulen al amor y a las buenas obras. Esto es legítimo desearlo, es legítimo también buscarlo. Hay maneras por las cuales quizá eso no deberías hacerlo; puedo compartir algunas razones. Es legítimo desear la compañía de creyentes en verdad, de gente que tenga una fe no fingida, de gente que tenga una fe que no solamente sea para ellos, sino que se desborde en aliento para alguien más, porque nuestros hermanos tienen dones que nosotros no tenemos.

Un creyente no es una fuente en sí mismo de todas las virtudes. Hay hermanos que bendicen tu vida en un sentido, y tú bendices la suya también en otro. Pero este asunto de las lágrimas, quisiera —me veo en la necesidad de destacarlo—, dice: “deseando verte al acordarme de tus lágrimas para llenarme de gozo”. De todo, parece como algo extraño, porque las lágrimas de Timoteo eran motivo de gozo para Pablo. Es como una contradicción. O sea, ¿por qué tú quisieras que alguien que tú amas tanto, alguien que es tu hijo espiritual, alguien con quien tú tienes una relación tan cercana, por qué sus lágrimas son para ti motivo de gozo?

No es que Pablo sea un hombre sádico, un hombre que se sienta placer en ver a su hijo espiritual sufriendo. Él lo que está diciendo es: hubo un momento en la vida de Timoteo y en la vida de Pablo que su relación estuvo bañada por lágrimas. Él lo que le está diciendo aquí no es: yo deseo que tú vengas pronto a verme, yo tengo el deseo de verte llorando. No. Lo que está diciendo es: en un momento tú y yo lloramos juntos, y ahora esas lágrimas que juntos tú y yo derramamos, muy probablemente, en la presencia del Señor, hoy para mí son un motivo de estímulo.

El valor de caminar con otros creyentes

Quiero animar a las personas que están aquí presentes, que no tienen comunión con otros creyentes. La vida cristiana no es una vida solitaria, la vida cristiana es para vivirla acompañada de otros creyentes que van caminando al lado tuyo. Y, probablemente, en esa relación haya lágrimas, pero esas lágrimas eventualmente son motivo de gozo. Puede ser que inicialmente sea un camino pedregoso, un camino distinto, un camino difícil de transitar, pero transitan juntos. Y cuando ya han cruzado ese momento difícil, hostil para ustedes de compañerismo cristiano, donde tuvieron que animarse quizás el uno al otro y, por la misericordia del Señor, prevalecieron, puedes decir: deseando verte, al acordarme de tus lágrimas.

Bendito aquel creyente que tiene otro creyente al lado con el cual en algún momento han derramado juntos lágrimas delante del Señor. Y triste aquel creyente que no tiene una experiencia de militancia cristiana con ningún otro creyente más allá de él mismo. Hermosa es la vida cristiana cuando se milita al lado de otros creyentes, con los cuales podemos animarnos los unos a los otros, y eso se va convirtiendo como una memoria colectiva de nuestra experiencia con Dios y con nuestros hermanos, y una fuente insaciable de estímulo en nuestros diferentes momentos de vida. Gloria al Señor por aquellos que tienen otros creyentes con los cuales caminaron juntos, y al día de hoy, juntos, solamente su memoria puede animarles.

Qué triste la vida cristiana en soledad. Qué triste es aquel que se llama hermano y no tiene nadie al cual anhelar. Qué lamentable es aquel que nunca caminó con nadie. Es natural que uno milite tramos de la vida cristiana acompañado de unos hermanos y eventualmente ya no nos veamos tanto, pero ese recuerdo queda clavado en la memoria y es una fuente de estímulo para todo creyente verdadero. Quiero animar a mis hermanos que están aquí presentes a salir de la soledad, a unir sus vidas con alguien más, a militar la vida cristiana en conjunto con otros cristianos, porque eso eventualmente es un pozo que el Señor utiliza para proveernos de gozo en momentos de necesidad.

Es acordarme de tus lágrimas. Él está diciendo: yo me estoy acordando de nuestras vivencias en común. Qué hermoso. Menos una de las cosas más preciosas de la vida cristiana es que hay relaciones, y son relaciones verdaderas. Hay personas que al día de hoy quizás no están tan cerca, pero en algún momento lo estuvieron. Y prevalece una identidad cristiana y también una esperanza de militancia cristiana en común. ¿Quiénes son estos de los cuales nosotros recordamos sus lágrimas? Son hermanos con los cuales hemos crecido en los caminos del Señor.

Hay personas que son importantes para mi vida, no necesariamente porque hoy estemos uno al lado del otro, sino porque crecimos juntos en los caminos del Señor. Yo tengo memoria de haber servido al Señor con hermanos míos de hace quince años, y esas memorias se convierten en mí en un tesoro que acaricio en la presencia del Señor. Cuando los recuerdo, doy gracias por ellos, y es motivo de gozo para mí. Quiero animar a mis hermanos a que dejen la soledad y establezcan relaciones de valor con otros creyentes con los cuales tengan experiencias memorables, gente con la cual hemos servido.

Servir juntos y sufrir juntos en la viña del Señor

La viña del Señor es demasiado grande, y no hay posibilidad alguna de que dos personas sirvan hoy juntos y mueran sirviendo juntos. Hoy servimos aquí, después tú estás en tu ministerio, yo estoy en otro. Hoy estás en una parte, mañana estás en otra. Pero el hecho de que juntos hemos servido al Señor, hermanos, eso se convierte en nosotros en un motivo de gozo: el haber crecido juntos, el haber servido juntos, el haber sembrado juntos, extendido la causa de Cristo. Es una experiencia memorable.

Te pregunto, hermano querido que estás aquí hoy congregado: ¿qué nombre podrías tú citar de una persona con la cual hayas sembrado juntos la palabra del Señor y quizás hoy no estén tan cerca como estuvieron en otro momento, pero todavía sea para ustedes una experiencia memorable? Hermanos con los cuales tú has sufrido. Mira, la vida cristiana es una vida que requiere cierto nivel de sacrificio, no necesariamente es una línea recta. Las personas a veces idealizan la vida cristiana y piensan: un cristiano siempre está en alta y siempre es una línea recta que va desde aquí hasta la presencia del Señor. No; es una carretera que tiene muchas curvas.

Hubo momentos en la vida de un creyente que él pensó que no iba a poder resistir y que iba a volver atrás, y caminó al lado de otro. Hubo momentos oscuros, hubo momentos de duda, hubo momentos de tribulación. Pero si militaste ese momento con alguien más, cuando han cruzado la curva, esa curva se convierte en una experiencia memorable para la vida de ustedes. Y tú puedes recordar aquel momento en que tu hermano casi volvió atrás, y tu hermano recordará aquel momento en que su estímulo fue importante para ti.

Está acordándose de las lágrimas, hermano: de la experiencia de haber crecido juntos, de haberse ido juntos, de haber sembrado juntos la causa del Señor y de juntos haber sufrido por la causa de Cristo. Frecuentemente —por no decir, hermano, casi siempre— la provisión de Dios para nuestras carencias es un hermano que nos llena de gozo. Tú estás clamando al Señor por una tribulación, por una necesidad. Son pocas las veces que el Señor ha mandado un ángel; casi siempre la provisión del Señor en estímulo para nosotros es un hermano que, a través de su testimonio, a través de su fe no fingida, nos llena de gozo.

Gloria al Señor por las relaciones dentro del pueblo del Señor. Yo creo que el hecho de tener relaciones de este tipo debería ser un estímulo para que cualquier persona que no tiene al día de hoy una iglesia esté buscándola. Yo creo que ya esta es una motivación suficiente para uno no quedarse solo en la vida cristiana, para entender que la vida cristiana es una vida de relaciones y que esas relaciones son relaciones de valor.

La comunión de los santos y el reto de cultivarla

Es una relación más importante que cualquier relación laboral, es una relación más importante que cualquier relación de negocios, es una relación más importante que cualquier relación social, porque es una relación que permanece aún más allá de que no estemos juntos. Son pocos los compañeros de trabajo que envejecen juntos; eso no sucede. Pero frecuentemente aquellos con los cuales coincidiste en los caminos del Señor son hoy tus hermanos y lo serán mañana, estén hoy aquí, o estén, como estaban Pablo y Timoteo, en diferentes partes. Gloria al Señor por la comunión de los santos, por la hermandad cristiana y por las relaciones de valor. A veces lo que recordamos son lágrimas, hermanos, pero son lágrimas valiosas y que se convierten en motivo de gozo y de estímulo para nuestro caminar cristiano.

Les alerto que eso hay que buscarlo intencionalmente. Así como hay algunos que ignoran esto, otros también lo idealizan a un punto tal que dicen: yo tengo aquí dos semanas y todavía yo no tengo una relación como la que tuvieron Pablo y Timoteo. Son aquellos que vienen a una iglesia cristiana y dicen: esto no es real, porque aquí no se ven relaciones como las que vivían Pablo y Timoteo. Es que la relación de Pablo y Timoteo no fue una relación de dos semanas ni de un mes; fue toda una vida militando juntos en los caminos del Señor. Tú quieres tener relaciones de ese tipo, tú tienes primero que cultivarlas, cuidarlas en el Señor, nutrirlas en el Señor, buscarlas con intencionalidad.

Pero animo a todos los hermanos aquí presentes a desear en sus vidas tener relaciones tan valiosas como la relación que tenían Pablo y Timoteo. En primer lugar les he mostrado que una fe no fingida produce y debe producir una memorable impresión en nuestras relaciones, que eso sea memorable, que eso se sienta, que cuando alguien te recuerde a ti diga: yo conocí en algún momento un cristiano en verdad, yo conocí a alguien que su fe era real.

Les he mostrado en segundo lugar que una fe no fingida es una fuente deseable de gozo para otros creyentes, y que deberíamos nosotros esperar que se manifieste esto: que para nosotros realmente algo que es cierto, es real, también sea motivo de aliento para otros. También deberíamos buscar otros hermanos que su vida y su testimonio de fe sean un motivo de aliento para todos nosotros. A este versículo, que es el versículo 5, es donde he querido llegar.

Una fe no fingida como legado generacional

Y es que quiero mostrarles que una fe no fingida es un legado activo que frecuentemente pasa de una generación a la otra. Dice así el versículo 5 —leo el 3 y el 4 y luego entonces vamos al versículo 5—: en primer lugar, Pablo está haciendo memoria de la impresión memorable que Timoteo causó en él. Dice él: doy gracias a Dios al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día. Que el Señor te permita recordar a alguien más. En segundo lugar: deseando verte, al acordarme de tus lágrimas, para llenarme de gozo. Que el Señor te permita tener relaciones valiosas, cuyas memorias sean un motivo de permanente aliento para tu militancia cristiana.

Y dice así el versículo 5: trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. Aquí vemos una fe que lleva ya tres generaciones. A este punto quería llegar, porque aquí es donde está mi especial preocupación. Cuando celebramos nuestro primer Día de Familia en Natileza, quizás había un niño o había dos. Al día de hoy, en nuestra iglesia, lo más común es que tengamos niños corriendo. En un momento orábamos para que llegaran niños a nuestra iglesia; hoy la responsabilidad está aquí.

Usted llega aquí un domingo y quien le va a recibir son niños, y va a encontrar pocos jóvenes. Y alguien me dice: ¿dónde están los jóvenes de la iglesia? Es que nos casamos toditos y estamos teniendo hijos; es otro momento. Cuando, por la misericordia del Señor, comencé esta iglesia, el Señor me permitió comenzar a dar testimonio, en esta iglesia éramos un grupo de jóvenes solteros, en la realidad lo que prevalecía en esta iglesia era un grupo de jóvenes solteros. En asunto de dos años, yo casé cerca de seis amigos en línea, y hoy en esta iglesia lo que prevalecen son parejas jóvenes, en manos de otra generación superior a la nuestra, pero sobre todo muchos niños.

Las iglesias tienen sus momentos. Hay iglesias donde lo que prevalecen son jóvenes, hay otras donde prevalecen envejecientes; en esta lo que prevalecen son niños. No es que sea lo único que hay. Y alguien me dice: bueno, pues esta no es mi iglesia porque no soy un bebé. Esta es la suya también. Es la iglesia de mis padres, es la iglesia de los padres de mis hermanos, es la iglesia de los abuelos, pero hay una gran población de niños en esta iglesia que hace escasos años no estaba aquí.

Responsabilidad de los padres y el principio de instruir al niño

Oiga, hermano, yo quisiera que el Señor nos permita que la fe de los padres pueda ser también la fe de los hijos y eventualmente la fe de los nietos, y que la generación vaya de una generación a otra, dando testimonio del Señor. Me tengo que detener en este punto y hablarle a mi iglesia local, porque esto no sucederá de manera natural, no sucederá de manera fortuita; esto hay que buscarlo intencionalmente.

Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. Esto era una fe que había ido de una generación a otra generación. Mire, el principio general en las Escrituras —no es una ley, esto no es como la gravedad, que es una ley; esto es un principio general, algo que en casi todas las ocasiones se cumple—, el principio general en las Escrituras es: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Ese es el principio general.

Y usted me dice: pero hay casos de hombres y mujeres llenos de fe cuyos hijos no sirven al Señor. Debería ser esa la excepción, no la ley. Mal haríamos, hermanos, si asumiéramos eso como ley. Alguien me va a decir: pero yo no puedo hacer que mis hijos sirvan al Señor. No, no puedes hacerlo, esa es tarea del Espíritu Santo; cada quien tiene una responsabilidad delante de Dios. Pero lo que se cumple como un principio en las Escrituras es: instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.

Padres creyentes jóvenes que tenemos aquí entre nosotros, tenemos una solemne responsabilidad ante el Señor: que esta fe que hemos recibido no se quede en esta generación. Qué tragedia sería en esta iglesia si hay una generación ferviente y hay una generación apagada. Ese es el principio general, hermano; le digo, no es una ley. Es probable que tus hijos no sirvan al Señor con el fervor que sirvieron sus padres, sus abuelos, pero por norma general, por principio general: instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.

La pasión de los padres impacta más que sus palabras

Quiero darle algunas herramientas hoy a la iglesia, para que el Señor nos permita que todos estos niños que estaban ahorita aquí congregados y que se veían tan preciosos, mañana sean también jovencitos cristianos; eventualmente sean los hombres y las mujeres que conduzcan los caminos de esta iglesia. Hermanos queridos, eso no sucederá solo. Y con traer tus niños a la iglesia y dejarlos ahí presentes, no basta. Necesitamos ser más intencionales en ese sentido.

Queremos que la fe pase de Loida a Eunice y de Eunice a Timoteo. Queremos que se cierre este ciclo de que un creyente no solamente da testimonio a sus familiares, sus amigos, sino que da testimonio a sus propios hijos. Que no nos toque el caso indeseable de que una generación sirva al Señor y la otra pisotee el testimonio de aquellos. Quiero decirles primero a mis hermanos que tus actitudes hacia algo son mucho más memorables que tus palabras o tus acciones.

Alguien me dirá: a mis hijos yo les estoy dando testimonio con mis palabras, con mis acciones. Hay algo todavía más profundo que tus palabras y tus acciones. ¿Cómo llega a impactar la vida de una generación la vida de otra generación? Lo que esa generación dice es importante, lo que esa generación hace es importante, pero hay algo más importante que lo que esa generación dice y hace: son las actitudes de esa generación, qué pensaban ellos respecto a eso, dónde estaba su corazón.

Algo que se ha visto generación tras generación es que los hijos aprenden a leer entre líneas y preservan aquello que realmente era importante para los padres. Hablo en este momento a mis hermanos que están aquí congregados: cuando sus hijos hablan de ustedes, ¿qué dicen sus hijos que es su verdadera pasión? No te estoy preguntando si tú le dices a tus hijos la importancia de las Escrituras, la importancia de venir a la iglesia. Lo que tú les dices o lo que tú les modelas está diciendo dónde está verdaderamente tu corazón.

Un padre hace muchas cosas, pero los hijos llegamos a identificar dónde está verdaderamente el corazón de mi padre, qué es lo que verdaderamente le apasiona. De aquí a cuarenta años, hermano, cuando tus hijos te recuerden, ¿qué dirán tus hijos que era la pasión de tu vida, dónde tú eras especialmente feliz? Aquí se está diciendo que la fe que había en la abuela era una fe real, y la fe que había en la mamá también era una fe real. Y si la fe en nosotros es una fe real, debería producir más que convicciones, más que acciones; debería producir una pasión única.

Ídolos de los padres vs. pasión por Cristo

Quisiera estimular a mis hermanos a que no solamente sean creyentes de convicciones firmes, que sean creyentes de acciones concretas, sino que sean creyentes de una pasión única por el Señor, de forma tal que cuando tus hijos hablen de ti digan: cuando él hablaba de las cosas de Dios, sus ojos brillaban. Esa era su pasión, no había otra cosa en la cual tuviera especial deleite, ese era su especial deleite. Tristemente, si a muchos hijos de padres creyentes les preguntaran: ¿cuál es la pasión de tus padres?, ¿qué responderían esos hijos?

“Bueno, la pasión de mi padre es su trabajo, su carrera y su oficio.” Esa es la respuesta recurrente y prevaleciente aún entre los cristianos. ¿Cuál es la pasión de tu padre? “Mi padre ama su trabajo.” No digo esto, hermano, ni para causar tristeza ni para causar risa; es la realidad. Muchos dirán: “Mi padre, mira, él ama apasionadamente su oficio, su carrera.” Si tu padre es un médico, quizá un estetoscopio le representa bien. Si tu padre es constructor, quizá un casco de seguridad le representa bien. Si tu padre es ejecutivo, quizás un maletín, su mochila le representa bien.

Padres cristianos que están aquí presentes, quiero estimularles a que la pasión por Cristo que tengan sea tan fuerte que cuando sus hijos digan cuál era la verdadera pasión de mi padre, ellos tengan que decir: mi padre estaba lleno de fe y tenía una pasión contagiosa por las cosas del Señor. Tu pasión por el Señor llegará más lejos que tus palabras, llegará más lejos que tus acciones; los hijos aprenden a identificar dónde está verdaderamente el corazón de sus padres.

Estoy estimulando aquí a una generación. Asumo el reto de que la fe que había en la abuela pase al hijo y pase al mismo tiempo hasta los nietos, que los chorros lleguen de bendición de la fe que hemos recibido nosotros. Pero para transmitir una pasión no basta con palabras. Conocí una familia que eran abogados de diferentes generaciones, no éramos cercanos. Yo les entrevisté en un momento y les pregunté: ¿cómo ustedes han logrado que las leyes vayan de una a la otra? Dicen: “Es que todos nosotros hablamos de las leyes con pasión.”

Le pregunté al papá cómo fue que lo hizo hacia el hijo, y me dijo: “Es que yo no tuve que decirle que estudiara Derecho. Cuando yo le hablaba de las leyes, mis ojos brillaban.”

Contagiar a los hijos con pasión por el Señor

Hay padres aquí que no van a tener que estimular a sus hijos a que estudien medicina, que estudien odontología, que estudien ingeniería; solamente con sus ojos lo lograrán. Padres jóvenes que están aquí presentes, estoy hablando hoy a ustedes. Yo quisiera contagiarles con una pasión por la causa del Señor, que cuando sus hijos digan: ¿qué para papi, para mami es importante?, tengan que decir: para él su fe es importante. Hay hijos que les preguntarán: ¿qué le apasionaba a tu mamá, a tu papá, a tu padre, qué le apasionó? No dirán: “Oye, él era especialmente feliz en un avión.” Hay otros que dirán: “Cuando él pasaba el peaje, su rostro brillaba.”

Dígame si no hay hijos que dirían dónde estaba realmente, dónde tu padre era especialmente feliz: cruzando el peaje, ahí, cuando él cruzaba el peaje, sus rostros resplandecían. Hermano, aquí no vamos a tener una segunda generación de cristianos a menos que haya una primera generación apasionada por las cosas del Señor. Una generación que sude eso, que cuando tus hijos te vean digan: “Guau, las cosas del Señor…” y al ver a papi y mami cuando hablan de esas cosas, como que se transforman.

A un hijo le preguntarán: ¿en qué momento tu padre era especialmente feliz? Y hay ejemplos que dirán: “Él era especialmente feliz un sábado a las seis de la tarde, con la pierna bajo una mesa de dominó y con una capicola en la mano; ahí él era feliz.” O comiendo su comida preferida en la casa de su mamá, su merecida sopa, o cuando él tenía esa sopa, él sentía ahí… tú lo veías que él era otra persona. Ahí era su pasión. A ese hijo le gustará la sopa, y al otro le gustará el dominó.

Esa es la realidad, hermano. Es que una generación contagia a la otra más por sus pasiones que con sus acciones y con sus palabras. Un hijo podría decir: “La pasión”, o sea, “donde yo recuerdo a mi mamá, mi papá…” Mira, cuando esa reunión con los compadres, ¡wow!, ahí era el momento. “Cuando cerraba un negocio importante, mi papá era otro hombre. Cerró un negocio, yo sentía que en nuestra casa florecía. Él era especialmente feliz cuando cerraba un negocio importante; esa era su felicidad.”

Hay otros que dicen: “Él era especialmente feliz en su despacho; cuando tú ibas a su despacho, tú encontrabas otro hombre, encontrabas un hombre fresco, un hombre ligero. Ahí él era feliz.” Hay otros que dirán: “Él era feliz en su carro.” Hay hombres que tienen en su casa un cuartito especial, ya sea de las herramientas, de los regueros, de los inventos. Cuando él se mete ahí, se instala otra persona; sientes. Realmente la fe, si es una fe real, debería producir en ti más que convicciones y más que acciones; debería producir en ti una pasión única y contagiosa que alcance más de una generación.

La fe que habita: Cristo como huésped en la casa

Eso debería transmitirse más allá que con las palabras. Otros dicen: “Él era especialmente feliz en su casa de campo. Cuando él salía… él tenía una finquita en tal lugar, que cuando él llegaba ahí, él era feliz.” Eso que tus hijos digan de ti, donde tú eras especialmente feliz, ese será el legado que tú tendrás pasando a tus hijos.

Qué hermoso sería eso, que los hijos de los padres cristianos de la iglesia digan: “Él era especialmente feliz a las diez y cuarenta y cinco minutos, en medio del tiempo de alabanza; ahí sus rostros resplandecían.” Tú dices: “No, pero yo los llevaba a la iglesia.” No es solamente traerles a la iglesia, es que tus hijos te vean en la iglesia apasionado por el Dios al cual estás sirviendo. Es que cuando tú estés aquí, tu fe sea real para tus hijos, que no haya duda alguna en tus hijos de que tú estás aquí por la razón correcta. Es que cuando tus hijos les pregunten, dentro de diez años, ellos digan: “Él fue durante diez años, se congregó en ese mismo lugar. No era por un asunto de tradición, no por un asunto de costumbre. Era que realmente estaba apasionado y deslumbrado en la presencia de su Dios.”

Que los hijos de los padres de la iglesia encuentren padres tan apasionados por Dios que, generación tras generación, sean impactados con la fe de sus padres; que seamos memorables para nuestros hijos. No quiero extender demasiado este asunto, pero tengo que decirles: existe una fe fingida, una fe que no es real. Son aquellos que dicen creer en Dios, pero no es prioridad. ¿En qué Dios tú crees?, porque no lo veo, no veo en ti. Finalmente, si tú creyeras en Dios, yo vería que tú practicas la piedad.

Yo le pregunto a cualquier persona si tiene fe en una familia de fe. Aquí celebramos a Dios, pero ¿dónde está Dios en la agenda de esta casa? Cualquiera de ustedes dirá que en su casa Dios tiene prioridad, pero ¿dónde está Dios en la agenda de esa casa? Sí, aquí somos cristianos, pero ¿dónde está? Si realmente en tu casa prevalece Dios, se debería sentir. Hay otros que practican, pero no se deleitan; no hay gozo en ellos. Hermano, el gozo es contagioso. Si usted quiere que su hijo sea ingeniero, gócese en la ingeniería. Si usted quiere que su hijo sirva al Señor, gócese en el servicio al Señor, que tus hijos te vean con tanta pasión por estas cosas que no haya que preguntar, que no haya que decirlo; es natural en él, él tiene deleite en esta cosa. Tu hijo busca y replica aquello donde está tu especial deleite.

Por eso los hijos de comerciantes tienen ciertas reservas de trabajar para nadie más. Dicen: “No, no; mi papá era comerciante, él daba trabajo, él no era empleado.” Es que su padre tiene un especial deleite en eso; no está mal ese asunto de ser un honesto comerciante. Por eso los oficios van de una generación a otra, porque cuando hay alguien apasionado por algo, hay un hijo que está replicando la conducta de su padre.

“Habitó”: la fe como presencia activa en la vida

Hermano, yo no quiero hacer el esfuerzo de decirlo sin explicar qué es una fe no fingida. Permítanme decirles qué es lo que es una fe real. Pablo utilizó un término que yo estoy convencido de que no era fortuito; el término que utilizó Pablo era el término correcto. Dice él: trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó, y la palabra clave ahí es “habitó”.

Estoy convencido de que Pablo utilizó ahí un término intencional. Él está describiendo la fe en un sentido no pasivo, sino activo; él está diciendo aquí: la fe que habitó en tu abuela. Y no está diciendo aquí “la doctrina en la cual fue formado tu padre”. No, no, no. Lo que Pablo está diciendo aquí es: “la fe que habitó”, enseñando a su abuela y su madre como un recipiente, como una casa en la cual hay un habitante. Eso es una fe real. Una fe real es una casa, una vida en la cual hay un habitante.

Si alguien me dijera: “Yo quiero saber si mi fe es real”, yo le pregunto: ¿en qué habitación de la casa está residiendo? Porque dice aquí el apóstol Pablo: trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. Ellos eran casas en las cuales habitaba la fe.

Si alguien quiere saber hoy si tiene una fe fingida o una fe no fingida, si alguien quiere saber si tiene una fe real o tiene un “sospechado daño”, responde a la siguiente pregunta: ¿en qué casa de su vida habita la fe? Mire, si usted tiene una fe real, sus relacionados saben que usted tiene esa fe. Pero todo es definitivo cuando se sabe quién vive en tu casa. Yo puedo hablar de cualquiera de mis hermanos. Le digo: “Mire, él es fulano de tal, sus tres hijos, o sus dos hijos, o su hijo; ellos son los que viven en esa casa.” No: “pero fulano de tal vive aquí con nosotros hace veinte años.” “¿Y pero cómo va a ser, si yo he ido tantas veces a tu casa y yo nunca lo he visto?”

Alguien me dice que tiene una fe real en Dios, pero yo voy a su casa y no lo encuentro. ¿Y en qué parte de esa casa habita la fe? ¿Será que tiene a la fe amarrada en el cuarto de servicio, o encima del clóset, pero no se ve? Hermano, si realmente en tu familia hay una fe real, esa fe habita en esa familia; cuando uno va, uno se encuentra con esa fe, porque habita en esa casa.

Él está enseñando figuradamente la vida de una persona como una casa en la cual habita la fe, es decir: la fe está ahí. Yo te aseguro que quien interactúa contigo sabe de esa persona. Eso se llama testimonio. Uno tener un habitante en tu casa, se sabe que es habitante, está ahí. A menos que cada vez que vamos donde ti tú lo escondas: “Mira, vete, guárdate, entra, estate en el clóset, que viene gente.”

Tener a Cristo como habitante afecta la agenda

Si realmente en ti hay una fe no fingida, es un habitante que está dentro de tu casa. Y quizá tú no le sabes el nombre porque no te saluda, lo que sea, pero tú ves que esa persona por ahí se mueve, tú te das cuenta que hay alguien viviendo ahí. Que no me diga nadie que tiene una fe real en el Señor y no sabemos que esa fe está en su casa, no se ve el habitante. Entonces, ¿no que es el primo mío? Miren, todo el que tiene un primo que vive con él en su casa se da cuenta que el primo está ahí, aunque sea poco. Lo menciona entre una cosa y la otra: “No, que el primo mío que vive con nosotros.”

O alguien que me dice: “No, que mira, él es hijo mío y vive en mi casa también.” ¿Y cómo va a ser que yo conozco a este y no lo conozco? Si realmente habita en esa casa, debemos conocerlo, debe ser visto. Si tienes una fe real, no fingida, esa fe debería habitar en tu casa y verse. Y, en consecuencia, eso va a afectar su compromiso, dígase su agenda. Por eso, recibir gente en nuestra casa siempre es un gesto de desprendimiento, porque el que recibe gente en su casa tiene que rehacer la agenda.

Y yo de eso sé, hermano, porque mis vacaciones siempre eran en casa de un familiar. Y ahora que yo miro para atrás, digo: cuánta gente ajustó la agenda para tener mami en su casa. Aquí hoy deben haber por lo menos cinco familias en las cuales yo habité en algún momento de vacaciones, porque me mandaban a las casas. Y ahora yo miro y recuerdo, y digo: “¡Wow!, pero recibieron a personas en su casa; eso es rehacer la agenda.”

Eso que tú quieres salir, ¿con quién lo dejo? Eso que tú tienes un compromiso, ¿lo puedo llevar? Eso es lo que es recibir a alguien en tu casa. Que no me diga nadie aquí que tiene a Cristo en su corazón y que realmente no lo sabemos, que tiene a Cristo y no se nota; eso no está afectando tu agenda. Porque Cristo, en la vida de cualquier persona, es un habitante que consume mucho espacio y se siente. Y la gente te dice: “Mira, tú vas; si me permiten llevar a Cristo, yo voy”, porque Cristo habita en nosotros.

La realidad es que un creyente que tiene una fe real, Cristo es un habitante en su vida. A veces la gente te dice: “Mira, tú vas, entonces voy, pero que yo tengo a Cristo; si me permiten ir con Él, voy.” Y la gente se encuentra con Cristo y se sorprende: “Guau, tanto Cristo…” No es ella, es tanto Cristo que Él vive ahí, es que está viviendo con nosotros.

Si realmente en ti hay fe, si la fe tuya es una fe real, es un habitante que está viviendo en tu casa. Esa fe afecta, eso hace que tus relacionados lo identifiquen y digan: “Sabemos, Él vive ahí.” Toda la gente que trabaja contigo, la gente lo sabe. Miren, por mi casa hay un colmado en la entrada: tú llegas una esquina antes y hay un colmado. Yo fui a algo y pregunté, y me dijeron: “Pero lo de las personas que siempre iban a su casa… Él como que no está viniendo.”

Ese es mi contador, que iba a hacerme un servicio, y él trabajaba ahí, entonces él iba y cruzaba; frecuentemente lo veían que entraba a mi casa. Ellos no usan el nombre, ellos no saben quién él es, pero “el muchacho que iba allá como que no está cruzando por aquí”.

La presencia de Cristo transforma la vida y la casa

Si Cristo está habitando en tu casa, la gente lo sabe. Si Cristo está habitando en tu casa, la gente nota que tu casa es distinta, porque una agenda que incluya a Cristo implica que hay lugares a donde tú no vas a poder ir, porque en tu casa vive Cristo. Es decir: “¿Qué hago con Cristo?” Ese es el dilema de los cristianos.

Por eso, si alguien me dice a mí: “No, yo tengo una fe no fingida, una fe real como la fe que estuvo en Loida, en Eunice y en Timoteo”, yo le pregunto: ¿y dónde está?, no lo vemos en su casa. La fe que habitó en esa casa. Si realmente en ti hay una fe, tu vida es diferente a causa de su presencia.

Mire, nadie es el mismo cuando tiene a alguien más al lado. Todo el mundo ajusta. Tú dices: “No, yo soy auténtico.” No, no, no: todo el mundo ajusta. Cuando tú tienes una relación adicional en tu vida, esa relación se nota, se siente. Si realmente Cristo está habitando en ti, en esa casa, yo te aseguro que todo el que te visita en tu casa… hay temas que no los habla, ¿verdad que no? Todo el mundo modera su vocabulario según la audiencia. Que no me diga nadie: “Yo soy ciento por ciento auténtico; yo hablo una cosa con el cliente, una cosa en mi casa, y una cosa en mi casa cuando hay visita.”

Si realmente Cristo habita en esa casa, yo le aseguro que eso debería estar afectando su comportamiento. Usted debería tener una vida diferente a causa de su presencia. Uno modera, uno ajusta y eventualmente uno también es transformado. Miren, hay huéspedes que llegan a una casa y crean un contexto jovial; hay gente que tiene una personalidad muy dulce, y cuando está en una casa, la casa se siente dulce. Hay gente que tiene una personalidad tensa y tensionante, y cuando está en una casa se siente la tensión.

Si es Cristo quien vive en tu casa y la cosa sigue igual, que no notamos ninguna diferencia, ¿será dentro de la cisterna que lo tienes guardado? Porque la persona menos influyente le cambia dos grados al clima de una casa; esa es la realidad. Usted recibe en su casa cualquier persona, y la casa se siente distinta.

Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó. Hermanos, la palabra clave es “habitó”. Eso es así mismo como lo dice en el original: la cual tuvo, como si fuera ocupante dentro de una casa. Si Cristo está en ti, si tienes una fe real, esa fe real deberíamos sentirla. Esa fe real debería estar cambiando el clima en tu casa, debería sentirse, debería percibirse.

Recibir a Cristo implica cambios y ajustes profundos

Mire, su llegada produce cambios, y eso se considera con seriedad. Todo el que va a recibir gente en su casa, familiares vienen del campo, tiene que comprar algo. Hay algo que hay que cambiar. Si no compra algo, saca a buscar lo guardado, que estaba por ahí guardado hace mucho. Pero hay una sábana que se saca, hay una almohada que se saca. Todo el mundo hace ajustes. Más aún, hay personas que cuando les vienen los familiares dicen: “No, yo tengo que tomar vacaciones, porque vienen familiares. Tengo que arreglar la casa para recibirlos.” Nadie recibe a un huésped importante en su casa como la casa estaba; por lo menos se limpia.

Es natural que si Cristo está habitando en la vida de una persona, su llegada produzca cambios, y que eso se considere con seriedad. Yo tengo mucha preocupación ahora mismo por mucha gente que me dice que Cristo está habitando su vida y están recibiendo a Cristo como estaba; o Cristo definitivamente no está ahí, porque no puede ser que sigas normal.

Si Cristo está habitando en tu vida, si Cristo… si tú eres una casa, si tú eres su habitación, eso se debería percibir en que se produjeron cambios y eso se consideró con seriedad. Mire, no es fácil recibir a alguien; ¡qué bendición tener huéspedes que bendicen familias! Hay toda una reflexión social acerca de recibir gente en tu casa y demás. Miren, hay huéspedes en la casa que esos son bendiciones, son ángeles del Señor que bendicen tanto esa dinámica familiar. Son tantas las personas que pueden decir de qué bendición fue, por ejemplo, una abuela en la casa. Miren, eso fue para mí un regalo del Señor, tener a mi abuela viviendo conmigo. Eso fue un regalo del Señor, un huésped distinguido. Mi vida fue distinta a causa de tener a mi abuela en mi casa, por poner un caso.

Que no me diga nadie que ha recibido a Cristo y que todo fue normal, que eso no marcó ninguna diferencia, que no tiene memoria de la experiencia. No es verdad. Gran parte de mi historia es la relación mía con mi abuela, porque ella era parte de mi dinámica familiar. Que no me diga nadie que tiene a Cristo viviendo en su casa y eso no lo sabemos, y eso no lo mencionamos, y eso no es distinto, y Él no está afectando su dinámica familiar para bien. Cristo debería estar afectando positivamente la familia de cualquier persona que diga que Cristo habita, que Él es su habitación.

Tomar en serio la decisión de recibir a Cristo

Pero quiero aquí también presionar un poco. Miren, no tomen eso con sencillez. Tener a Cristo en la vida de alguien, eso no es “paje coco”, eso es un proyecto importante. Es beneficioso en cuanto sentido, hermano; ¡la vida de uno…!, imagínense ustedes tener a Cristo en nuestra vida, hermano, que Él sea… que la fe en Él habite en nosotros, ¡wow! Por eso es similar a tener un programa de intercambio. ¿Han visto estos programas de intercambio, que te mandan un estudiante y tú mandas uno? Es mejor no mandar el estudiante, que se lo manden. Son programas en que una familia envía a su hijo a otro país, y hay una familia que lo acoge, y alguien te manda el suyo a tu casa y tú lo acoges en tu casa.

Miren, eso hay que hablarlo muy bien: dónde es que va a vivir, cuál va a ser su habitación, cuál va a ser su cama, qué es lo que vamos a tener que sacar para poner una cama adicional. Todo eso se habla en una familia cuando viene un nuevo. Y uno desea, uno desea hospedar o no desea recibir. Sobre todo, hermano, estoy hablando de los que reciben a Cristo, pero cualquier persona que esté pensando hoy integrar a Cristo en su casa, que considere que hay muebles que va a haber que sacar, que considere que hay espacio que hay que hacerlo, que considere que la agenda hay que despejarla un poco, hay que despejarla.

Que considere que su círculo social lo va a saber. “Le vimos a usted en la actividad de anoche… ¿qué le pasó?” “Es que traje a Cristo, ahora le entendí qué pasó; es que está viviendo con nosotros, ahora Él es parte de nosotros.”

Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. Animo aquí a mis hermanos a que se tomen en serio el hecho de que si Cristo está habitando en ustedes… Una alerta aquí, hermano, y voy cerrando: miren, así como les dije que la pasión se siente, les diré que para que esto se transfiera de los abuelos a los hijos, de los hijos a los nietos, hay que ser intencionales. No basta con traer los hijos a la iglesia; no basta, no basta.

Modelar adoración y comenzar temprano con los hijos

“Ah, pero de todas maneras, ¿no es bueno traerlos a la iglesia?” Claro que es bueno traerlos a la iglesia, porque la fe viene por el oír, el oír la palabra del Señor. Pero si usted quiere que su hijo reciba la misma pasión que usted, tráigalo a la iglesia y muéstrele algo más. De pronto, tu actitud es más importante: qué es para ti la vida de iglesia, qué es para ti los caminos del Señor, qué es para ti la alabanza. Miren, eso es un asunto impactante: un hijo ver a un padre adorar al Señor, porque un hijo siempre ve a su papá como la cosa más grande. Es que cuando tu hijo te ve a ti, dice: “Guau, mi papá, que es el más grande, se dobla ante Dios.”

Eso da un mensaje, hermano, eso da un mensaje. Dice: “Él que es mi papá, él que es grande, él, que yo soy más pequeño que él, él se dobla y se humilla delante de Dios.” “Yo me humillo ante aquel ante el cual mi papá se humilla; yo me doblo ante aquel ante el cual mi mamá se dobla. Si ellos son mis padres y ellos manifiestan esa reverencia delante de su Dios, parece que para ellos esto es más que unos versículos que tienen aprendidos.”

Recomendación: miren, sé apasionado con tu fe, identifica temprano las áreas de oportunidad en tus hijos. No asumas que los primeros años de tus hijos son tiempo desperdiciado. Hay padres que piensan que van a comenzar a trabajar cuando tengan catorce años; ya es tarde. Entonces me dicen: “Mira, yo quiero saber cuál es el momento en que yo debo comenzar a apasionar a mis hijos con las cosas del Señor.” Ya es tarde. Si tú me estás preguntando, ya es tarde.

Redóblale el esfuerzo también, voy, pero: “Acaba de nacer, ¿ya es tarde?” Ya es tarde; usted debió haber hecho provisión. Es decir, tiene dos años más o menos, ¿usted cree que…? ya es tarde, ya es tarde. Un padre cristiano debería soñar con sus hijos militar los caminos del Señor y ser en eso apasionado y diligente. Ya es tarde.

Una Biblia a un niño… Miren, yo conozco gente que a sus hijos le han regalado guantes firmados por peloteros, y los llevan al play. ¿Qué es lo que pasa? Que tienen un proyecto: que ese muchacho sea pelotero. Padres de nuestra iglesia, tengan como proyecto que sus hijos sirvan al Señor. Regalen el guante espiritual. Que sus hijos vean: “Oye, pero papi y mami como que me están estimulando. Sí, es que yo quiero que tú sirvas al Señor.” “No te lo puedo imponer, hijo mío, no te lo puedo obligar, no te lo puedo demandar, pero en cuanto dependa de mí, yo quiero que tú veas que mis ojos brillan cuando yo hablo de las cosas del Señor; que yo tengo más que una militancia nominal, que yo estoy aquí por algo más que con mi cuerpo, que tú veas que yo vine aquí porque yo realmente amo al Señor intensamente.”

Proveer medios para que los hijos sirvan al Señor

“Yo quiero que tú me veas en una actitud de adoración ante aquel que hizo el cielo y la tierra con el poder de su palabra. Yo quiero que tú me veas humillado ante aquel que, por su misericordia, me permite ser parte de una familia. Yo quiero que tú me veas humillado ante aquel que me dio hijos, porque los hijos son un regalo del Señor y yo ni siquiera eso merecía.” Que tus hijos te vean con ese alto nivel de apasionamiento, y que tú tengas que usar menos palabras porque has utilizado más pasión. Las palabras no están mal, hermano; instruye al niño en su camino, pero instruye sobre todo con pasión.

Termino aquí: sé diligente en proveerles estímulo, herramientas y los medios para que puedan servir al Señor. Oye, yo soy de familias que hacen lío para tener hijos profesionales. Yo soy de familia de que si un hijo retira una materia, mira, eso sería una alarma en esa familia; pues tienen vocación académica. Eso está bueno, no está mal. Pero quisiera poner en mis hermanos que están aquí, que son los padres de estos niños que ustedes vieron ahorita, esa misma pasión para proveerle a esos muchachos estímulo, herramientas, transporte, para que ellos sirvan al Señor con fidelidad.

Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. Alguien me dirá: “Yo tengo esa intención, pero yo no creo que me parezca a Timoteo.” Oye, la Escritura es tan sabia; Dios tiene, hermanos, tanta sabiduría. El Dios que inspiró la Escritura también nos lo matizó un poco. Miren, Timoteo no era perfecto; no era que Timoteo era, hermano, un ser extraordinario. Timoteo tenía una fe que era real.

¿Y cómo se manifestaba la realidad en el corazón de Timoteo, de su fe? Era que Timoteo también tenía sus luchas. No estoy aquí idealizando la fe diciéndoles que la fe es un asunto siempre en alta, que una persona llena de fe no tiene flaqueza, no tiene debilidad. No, no estoy diciendo eso. Lo que estoy diciendo es que, realmente, si en ti hay una fe genuina, se van a manifestar, entre todo esto que les he dicho, algo más.

La fe que lucha y el llamado a avivar el fuego

Ese “algo más” está en los versículos 6 y 7: “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos, porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” Parece que Timoteo andaba medio dubitativo, hermano. Dice: “Pero ¿cómo se nota la fe real, y uno lo ve como debilitado?” Hermano, es que un creyente no es perfecto, pero su fe es verdadera, y porque es verdadera entonces lucha.

Una fe real no es una fe que no coge polvo. Una fe real, hermano, es una fe que lucha, lucha, lucha y permanece por la misericordia del Señor. Si en ti hay una fe real, quizás sea una fe parecida a la de Timoteo, que hace falta que, así como Timoteo estimuló a Pablo, ahora Pablo estimule a Timoteo.

Que el Señor te provea de relaciones muy valiosas que puedan estimularse los unos a los otros. Oro por las personas que están aquí presentes; cierren sus ojos un momento.

Oro primero por los creyentes que tenemos aquí, que tienen esta preciosa responsabilidad delante del Señor y es la de instruir a los suyos en los caminos del Señor. Oro por ellos; mantenga sus ojos ahí cerrados. “Mira cómo te oramos, Señor. En un momento de la historia de nuestra iglesia orábamos para que vinieran niños, y aquí están. No rechazamos, Señor, tu provisión; la atesoramos. Nos has dado esta preciosa oportunidad de tomar temprano esas mentes, Señor, y llenarlas de pasión por ti.

Ay, Padre, permite que los padres de esta iglesia tengan tanta pasión que sus hijos la sientan. Permite que cuando hablen de las cosas espirituales, Señor, hablen de ellas como cosas reales. Permite, Señor, que en su corazón la fe sea algo como que se esté saliendo, que se sienta. Que los hijos, Señor, sean bañados por el entusiasmo de sus padres. Inunda, Señor, a los niños de esta iglesia con la pasión que ven en sus mayores. Permite, Padre, que cualquier niño que llegue a esta iglesia encuentre adultos apasionados por tu presencia, apasionados por tu nombre. Llena, Señor, este lugar de hombres y mujeres apasionados por ti, para que transmitan un legado de generación en generación.

Le pido, Señor, que nos des paciencia, diligencia, entereza, testimonio de ti, Señor, a los nuestros. Permite que la generación siguiente no se pierda. Permite, Padre, que el testimonio tuyo vaya de la abuela a los hijos, de la abuela, Señor, a la madre, de la madre a los hijos. Levanta, Padre, Timoteos en esta iglesia, jóvenes que vean el testimonio de adultos apasionados por las cosas tuyas.”

Llamado a recibir a Cristo como morador y a confiar en Él

Mantén tus ojos ahí cerrados. Oro por personas que están aquí hoy y que quizás se preguntan si su fe es real. La única fe que vale la pena es la fe real; todo lo demás no cuenta. Si has sido confrontado con relación al lugar que está ocupando Dios en tu familia, si la palabra del Señor ha surtido en ti su buen efecto y te sientes inquietado acerca de la habitación que Dios está ocupando en tu casa, si realmente te has llamado y te has proclamado a ti mismo como que eres una familia cristiana y en tu casa hay testimonio del Señor, y no se está sintiendo, te estimulo a preparar la habitación.

Si alguien hoy no tiene la confianza de tener paz con Dios, una relación verdadera, y quiere poner en Él su confianza, este es un buen momento para poner en el Señor nuestra confianza. Mantén tus ojos ahí cerrados. Hermana, querida, hermana aguada, puede cerrar la puerta un momentito. Hermano querido, mantén tus ojos ahí cerrados y clamo por ti; oro por ti. “Mira, Señor, a estas personas que están aquí, que quizás están debatiendo entre si dan un paso, Señor, de fe y ponen en ti su confianza, o dejan las cosas en su vida como estaban, o dejan las cosas en su familia donde estaban. Mira aquí, Señor, las familias que están representadas, que podrían salir con un especial adicional.

Ay, Señor, te clamo por ellos como yo hubiera querido que alguien clame por mí si yo no tuviera todavía esperanza. Dale, Señor, valentía, dale, Señor, claridad, dale resolución, para que hoy puedan seguirte.”

Si estás aquí hoy presente y has sido confrontado en que decías que Cristo estaba en tu familia, estaba en tu casa, estaba habitando en tu vida, y hoy encuentras que no, dice la Escritura: “A los suyos vino, y los suyos no le recibieron. Mas a los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio la potestad de ser hijos suyos.” Dice la Escritura —he aquí que apropiado el texto—: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él, y él conmigo.”

Cristo puede hoy habitar en tu vida; la fe en el Señor puede hacer de tu corazón hoy su habitación. Si has escuchado el mensaje predicado, yo te invito a que confieses ante el Señor tus faltas. Dice la Escritura que si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. La fe cristiana no es una emoción, no es un pensamiento; es un asunto concreto. El Señor literalmente habita en nuestra vida y hace de nosotros su morada. Por eso dice la Escritura que somos templo del Espíritu Santo, porque Él habita plenamente en nosotros.

Oración de entrega y bendición final

Si tú quieres vivir esta experiencia de tener a Cristo en tu corazón, de ser su habitación, yo te invito a que confieses tus pecados, clames al Señor por misericordia y aceptes en fe su provisión. No te puedo… no puedo hacerlo por ti, solamente te puedo indicar. Cuando yo entregué mi vida a Cristo, yo hice una oración con sinceridad y puse en Él mi esperanza, mi confianza. Él ha dicho: “Clama a mí, y yo te responderé.”

Puedes decirle ahí al Señor con tus palabras, si has sido confrontado en esta realidad de que la fe que hay en ti no es una fe real, no es una fe auténtica, no es una fe no fingida; si has sido confrontado en que has estado teniendo una postura cristiana, una apariencia de piedad, pero Cristo no es en ti el centro de la casa, Él no te tiene como su habitación, confiesa tu pecado. Dile al Señor con tus palabras: “Señor, te pido que perdones mis pecados, que me recibas como tu hijo. Reconozco que he estado lejos de ti. A partir de este momento, Señor, yo abro la puerta, te pido que vengas, entres a mi casa, a mi vida, y te quedes aquí para siempre.”

Solamente está indicado cómo hacerlo; tienes que hacerlo tú con tus palabras. Dile al Señor con tus palabras, dile que quieres ser su habitación, que te reciba como su casa, que sacarás lo que haya que sacar, acomodarás lo que haya que acomodar, para que Él se sienta bien, que tu agenda es flexible para esta transición. Si tú has orado al Señor, yo te invito a que pongas en Él ahora tu confianza, creyendo que tu oración ha sido escuchada. Él ha dicho que hace de nosotros su morada, que Él te dará los medios para hacerlo.

Será un gusto en nuestra iglesia recibirte como parte de esta familia cristiana, parte de esta iglesia local, darte los rudimentos básicos de la fe cristiana y llevarte a las aguas del bautismo históricamente. En obediencia a las Escrituras, todos los creyentes verdaderos, todos aquellos que hemos puesto en Cristo nuestra confianza, que tenemos fe en Él, hemos dado un testimonio público de nuestra fe en las aguas del bautismo. Dice también la Escritura que “el que creyere” —es su fe— “y fuere bautizado” —la expresión de esa fe— “será salvo”. Será un gusto darte los elementos básicos de la fe cristiana, regalarte una Biblia y acompañarte a las aguas del bautismo.

Oro por toda la congregación. “Bendice, Señor, esta congregación reunida. Bendice cada familia aquí representada. Ay, Señor, ¿cómo pedirte una bendición más grande que esta? Lo más importante: bendice estas familias con salvación. Bendice los niños que están aquí hoy, Señor; permite que sientan el entusiasmo de volver el próximo domingo. Permite, Señor, que sean los mismos niños quienes estimulen a los padres a estar aquí el próximo domingo también en tu presencia. Gracias por tu palabra predicada, Señor, gracias por este tiempo en tu presencia. Gracias por tu acompañamiento. En el nombre de Jesucristo. Amén.”

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