Ahí donde está, cierra tus ojos y permíteme orar al Señor esta oración congregacional por este año de nuestra iglesia. Aquí estamos, Señor, al pie del cañón, esperando lo que tú estás por hacer. Dependemos de ti, Señor, reconociendo nuestras carencias y tus abundancias; dependemos de ti, Señor, pidiéndote, Padre, que vaya tu presencia con nosotros en este año, que los meses que están por venir, Señor, sean meses de ver tu gloria, que sean meses de caminar derecho, Señor. Permite que este año haya novedad de vida en medio nuestro, Padre. Permite que sea un año de pasar la página, Señor. Como te he pedido, vuelvo y te pido, Padre, por aquellos hermanos míos que tienen años ya en tus caminos, que quizá están apelando, Señor, a los pozos anteriores que en un momento tú abriste; permite que se abran en este año nuevos pozos.
Permite, Señor, que aquellos que ya fueron establecidos en ti puedan este año, Señor, testificar de una renovación en su pasión, de una renovación, Señor, en tu provisión espiritual a favor de ellos. Mira cómo terminamos pidiendo, volvemos a pedirte, Señor: permite que este sea un año de profundas victorias congregacionales, que podamos sentir, Señor, que luchamos y vencemos juntos como iglesia. Visita a tu pueblo en este año de manera especial, Señor. Mira estos planes y proyectos que tenemos para ti, mira esta reunión pastoral que tendremos el próximo domingo en la tarde, Señor. Desde ahora te pedimos que tú te glorifiques en esa reunión, que sea una reunión, Señor, donde tú muevas tu pueblo. Tú has estado hablando, Señor, has estado dando indicación de hacia dónde vamos; permite, Señor, que ese día el pueblo completo resuelva caminar, Señor, hacia donde tú nos estás guiando. Queremos, Señor, seguirte a ti, queremos ir a favor del viento que tú estás enviando.
Te pedimos, Señor, por estos hermanos nuestros que han tomado talleres de membresía y que van caminando las aguas del bautismo. Trae consagración a ellos, Señor, fortaléceles especialmente. Te pedimos por Raquel, Señor, conságrale aún más para ti, Señor. Que su obra no se detenga, que tu obra no se detenga en ella, Señor. Tómale completamente, Padre; levántate ahí poderoso instrumento. Mira a Luis, Señor, levántale como columna, permite que comience a visionar las cosas de arriba, Señor. Que no se detenga la obra que tú has comenzado, que el hecho de que cesaron los talleres, Señor, no haga que cese en él esto que tú has estado haciendo.
Clamor por hermanos y discipulados
Clamamos por nuestra hermana Larisa, Señor. Como te hemos pedido, volvemos y te pedimos: conságrale para ti, Señor. Ay, Padre, que su vida, Señor, sea preciosa en tus manos y de bendición para muchas vidas más; levántate ahí, Señor, un instrumento que alcance una próxima generación. Permite, Señor, que se escriba de ella como se escribió del rey David, que cumplió tus propósitos en su generación. Mira su resolución, Señor, de seguirte, mira su intención, mira su pasión, mira su deseo, mira su entusiasmo, Señor; levántala todavía más alta. Ponemos en tu mano a nuestro hermano Augusto, Señor; gracias porque tú lo has traído. Permite, Señor, que sus manos traigan otros más. Que él encuentre aquí su lugar, Señor. Permite, Padre, que él pueda ver por un momento lo que tú puedes hacer a través de él y que lo desee, Señor, que lo desee, que quiera que eso sea hecho.
Reclamamos a ti por los discipulados el próximo jueves, Señor. Queremos estar en tu presencia, Señor; queremos avivarnos el uno al otro. Permite que aquí se levanten el próximo jueves, Señor, varios carbones encendidos que aviven el fuego, Señor, de lo que tú estás haciendo en medio nuestro. Permite, Señor, que en esos pequeños grupos de oración fluya la devoción, fluya, Señor, el clamor; hazlo ligero en tu presencia, Señor, avívanos. Permite que esa reunión de los jueves sea motor para esta iglesia, Padre, que cosechemos los domingos lo que sembramos los jueves. Padre, hemos puesto este año en tus manos; te consta, Señor, que día tras día ha habido hermanos nuestros que han estado orando por nosotros, que han estado orando por tu iglesia, Señor.
Han estado clamando, Señor; comenzamos el año buscando tu rostro en oración. Tú sabes, Señor, que ha subido a tu presencia el clamor día tras día, Señor: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes ha subido el clamor ante tu presencia a favor de los planes y proyectos de esta iglesia. Padre, mira cómo, como Pastor, como yo le he dicho a mis hermanos que tú puedes hacer cosas grandes, Señor; cuida tu nombre, no el mío. Mira cómo está entusiasmado tu pueblo, Señor, de que tú puedes avivar, de que tú puedes visitarnos de manera especial, Señor; cuida tu nombre, no el mío. Yo lo hago en representación tuya, Señor. Soy tu siervo; mira, Padre, ay, Señor. ¿Quién soy yo? No soy yo. ¿Qué soy yo, Padre? Que tu nombre, que es el nombre, Padre, en el cual yo he estado operando, no sea puesto en vergüenza. Visítanos de manera especial; permite, Señor, que este pueblo recuerde que su Pastor le dijo que su Dios podía visitarle.
Expectativa en la Palabra y disposición a escuchar
Y que pueda testificar mis hermanos, Señor, que buscar tu rostro en oración tiene su recompensa. Clamamos, Señor, por estos planes, por estos proyectos; presento este pueblo en oración también, Padre, que está por recibir tu palabra. Padre, tengo expectativa en esta porción de la Escritura que voy a estar exponiendo. Creo, Señor, que ella es eficaz. Padre, predico tu palabra, no en la retórica, Señor; predico tu palabra, no con la hermosura de la armonía de las ideas. Predico tu palabra, Señor, con el poder de tu Santo Espíritu; permite que tu palabra expuesta, Señor, sea una palabra que anide en corazones, que haga ella, Señor, su sobrenatural efecto sobre nuestros corazones. Permite que tu palabra predicada, Señor, venga sazonada con tu Espíritu Santo, que nos coloque, Señor, y nos lleve a toda verdad.
Permite que hoy haya decisiones de obediencia. Padre, tengo expectativa en lo que tu palabra predicada puede hacer sobre este pueblo, a través de este pueblo, en medio de este pueblo. Señor, pon los elementos que tú has dicho que hay que colocar para que esta visitación, Señor, se dé: ha estado la alabanza, ha estado el clamor, ha estado tu palabra; queremos que tú nos visites, Señor. Queremos un año extraordinario en tu casa. Encomendamos en oración a nuestros hermanos que no están aquí hoy, Señor. Avívalos donde estén, inquieta los donde estén, Señor; comienza tú a colocar una expectativa de fe. Nos ponemos en tus manos, Señor; estamos por debajo de lo que hace falta, nuestra capacidad no alcanza, no tenemos, Señor. Nos declaramos incapaces y confiamos en que tu Santo Espíritu permitirá que no solamente hoy escuchemos, Señor, mirando esta impotencia de ver, Señor, las alturas de tu revelación y la incapacidad de nuestras fuerzas.
Ayúdanos, Señor, hoy. Ay, Padre, no permitas ver solamente la verdad; permítenos ver la verdad y sentir que podemos alcanzarla para tu gloria y con tu ayuda, en el nombre de Jesucristo. Gloria sea dado a tu nombre, Señor, amén. Los niños pueden ir a su actividad. Y le voy a pedir a los más grandecitos, hermanos, que estemos lo más juntos que podamos para recibir la palabra del Señor. Por favor, los hermanos que están más lejos por allá, ahora que hay sillas disponibles, vamos a acercarnos, a ponernos lo más cerca que podamos. Eso es, vamos a ocupar los primeros asientos para estar tan cerca como el Señor nos lo permita, a recibir el consejo de la palabra del Señor.
Lectura de Juan 21: la pesca milagrosa y el diálogo con Pedro
Si usted va a llevar algún niño, vaya y venga pronto, porque queremos estar todos juntos en la palabra del Señor. Pueden ir buscando la Sagrada Escritura, hermanos amados, en el Evangelio de Juan. Es el último de los cuatro evangelios, y vayamos al último capítulo del Evangelio de Juan. Es el Evangelio de Juan, hermanos amados, en el capítulo 21. Ponga por un momento sobre sus pies y leamos la Sagrada Escritura. En este extenso relato donde se mencionan muchas cosas, entre ellas se describe la restauración del apóstol Pedro.
Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada. Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús. Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar por la gran cantidad de peces. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: Es el Señor. Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa, porque se había despojado de ella, y se tiró al mar. Y los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red llena de peces; pues no distaban de tierra sino como doscientos codos. Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pescado encima de ellas, y pan. Jesús les dijo: Traed de los peces que acabáis de sacar. Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, la red no se rompió. Les dijo Jesús: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú quién eres?, sabiendo que era el Señor. Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado. Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos. Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas?, y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme.
— Juan 21:1–19
Puede sentarse, hermanos queridos. Gracias al Señor por su palabra, por la memoria de estos preciosos encuentros. Le digo, a modo de introducción, amados, que los acontecimientos previos a la cruz fueron una oscura nube especialmente densa para el apóstol Pedro. Todos, hermanos, se sintieron tristes, todos los discípulos se marcharon y dejaron al Maestro. Todos se sintieron arropados, hermano, por esta nube, pero esta nube fue especialmente densa para el apóstol Pedro. Él fue advertido de que él y los demás habían sido directamente pedidos por Satanás y de que él negaría al Señor tres veces. Fue acusado por el Señor de ser piedra de tropiezo para él al poner sus ojos en las cosas de la tierra y no en las cosas de arriba. Esto se seguía complicando, hermano; el Señor reprendió a Pedro en esa misma temporada y le dijo: Apártate de mí, Satanás. Oigan qué expresión.
La caída de Pedro y su permanencia contra todo pronóstico
Luego, en Getsemaní, el Señor lo invita a orar y se queda dormido. Viene el Señor, les reprende nuevamente, les dice: ¿Acaso no pudieron ustedes? ¿No pudiste permanecer conmigo un momento más? El Señor le dijo: Pedro, velad y orad para que no entren en tentación. Y después viene Pedro y utiliza una espada, y responde carnal y violentamente a un asunto que, a todas luces, el Señor lo veía como una cosa espiritual dispuesta por el Señor. Después apresan al Maestro y, estando Pedro en el patio del sacerdote, viene y le niega tres veces, hermano. La última de estas veces, él experimenta una dolorosa mirada, dice la Escritura: Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de las palabras del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.
Aquí no solamente niega al Maestro, sino que el Maestro le ve cuando le acaba de negar. Me imagino, hermano, lo que Pedro habrá sentido en el corazón. Lo que le he estado describiendo es que las últimas experiencias de Pedro con su Maestro fueron experiencias dolorosas, no fueron victorias espirituales. Pedro no terminó al lado del Maestro en alta; Pedro terminó en baja, terminó quizás deprimido, avergonzado, con este lastre sobre él que le decía: Tú negaste al Maestro, negaste al Maestro, fuiste reprendido por el Maestro. A pesar de todo esto, Pedro permaneció junto a los discípulos, evidenciando que, aun con sus debilidades, su fe en el Señor era real y fue testigo de su resurrección. Hoy veremos que, a pesar de permanecer, Pedro necesitaba aún ser restaurado en tres sentidos distintos.
En su lugar de preeminencia entre sus hermanos; aquí es cuando el Señor le dice: Pedro, ¿me amas más que estos? En su nivel de utilidad para la obra del Señor; aquí es que el Señor le dice: Apacienta mis corderos, y después: Pastorea mis ovejas. Y, en tercer lugar, necesitaba ser reafirmado en su relación con el Maestro; aquí el Señor se le acerca nuevamente y le recuerda su llamado diciéndole: Sígueme. Pedro recibió un nuevo “sígueme” que pasó la página y dio comienzo a una nueva etapa en su ministerio. Hoy quiero predicar la Escritura pensando especialmente en aquellos hermanos míos que tienen una relación con su Señor que ha permanecido a través del tiempo, pero que quizás podrían sentir en este momento que no están en el lugar que deberían estar, que no son tan útiles al Señor en este momento como podrían ser, que no tienen tanta intimidad con el Señor como la que podrían tener.
Quiero hablarle a mis hermanos que necesitan ser restaurados, no porque hayan perdido su relación con el Señor, sino porque necesitan ser reafirmados en estas cosas. Quiero hablar a mis hermanos que, en algún momento, han sido muy útiles al Señor y por alguna razón ahora mismo sienten que están en estado de incapacidad, de poca utilidad, o que quizás sienten que están distraídos en otras cosas y que no están haciendo aquello para lo cual el Señor les llamó. Quiero hablarle a mis hermanos para que todos sean restaurados a su lugar de utilidad dentro del pueblo del Señor.
Permanencia y la diferencia entre Pedro y Judas
La razón por la cual predico esto, hermanos, es que nosotros somos un ejército, y en un ejército se nota cuando faltan los hombres. Si el pueblo del Señor está en guerra, nosotros no nos podemos dar el lujo de tener a los generales y coroneles del ejército del Señor haciendo un largo “pésame” y una vuelta muy larga de restauración a ver si algún día vuelven a ser útiles al Señor. Pedro no fue dejado así. Lo que el Señor dijo sobre Pedro se cumplió: negó al Señor, entró en tentación, se dejó llevar por sus instintos, tuvo este lastre sobre él, pero el Señor no dejó a Pedro donde estaba. Quiero explicar, hermano, que este no era el primer encuentro de Pedro con el Maestro; esta es la tercera vez que se veían.
Es delicado hablar de la restauración de Pedro porque no estoy hablando aquí de un hermano que ha perdido su relación con Dios; estoy hablando de un hermano que ha perdido su utilidad dentro del Reino del Señor, un hermano que por alguna razón hay lastre sobre él, un hermano que por alguna razón en este momento no tiene la relación con Dios que debería tener. Él dice: Yo tengo una relación, y yo lo creo. No me consta que Pedro nunca perdió su relación con el Maestro, pero había vergüenza, había mala conciencia, había un sentido de inutilidad, había tristeza. Como tu Pastor, no solamente quiero que en este año tú tengas una relación con Dios; quiero que tu relación con el Señor esté en el mejor momento que podría estar. Quiero que tengas tanta comunión con Él como puedas tener, que tengas tantos frutos para la gloria del Señor como el fruto que el Señor te permita tener. No estoy hablando aquí, hermano, de recuperar una salvación, una relación con Dios; estoy hablando aquí, hermano, de otra cosa.
Me permito poner un paralelismo con el matrimonio, porque fue así que el Señor lo hizo. Él eligió que nuestra relación con Él se anunciara por la relación de los cónyuges. Los matrimonios no siempre están en el mejor momento, pero permanecen. Y todo el que está aquí ahora mismo en un pacto matrimonial sabe que hay momentos en el año en ese matrimonio que tú sientes cierta pasión, cierto fervor, cierto deseo de estar juntos, cierta complicidad con tu cónyuge, y hay momentos que están juntos y tú dices: Pero no somos un… Sí, somos un matrimonio ante el Señor, ahí hay un pacto, hermano. Hay veces que el único vínculo que queda es un vínculo legal: tú sabes que ese se corresponde contigo.
Y tú dices: Y eso, aun así, aun ahí hay un vínculo. Ahora, a mí me interesa que tu relación con Dios en este año no solamente sea una relación de convicción, de que tú sabes que eres suyo. Yo quiero que tú sepas que eres suyo y que no hay nada que esté interrumpiendo tu relación con Dios, y que el Señor te devuelva tu lugar de utilidad dentro de su pueblo. No estoy hablando aquí, de nuevo, de recuperar tu salvación; te estoy hablando en este momento de quitar cualquier obstáculo que impida que seas tan útil al Señor en este año como podrías serle. Comenzaré primero destacando la permanencia de Pedro contra todo pronóstico. Mano, Pedro tuvo suficientes razones para volver atrás; con la mitad de lo que experimentó Pedro en esa semana ya era suficiente para que Pedro no tuviera la relación con Dios. El Señor le dijo: Pedro, tú has sido pedido junto a tus hermanos para ser zarandeado. ¿Sabe lo que respondió Pedro? Señor, yo te seguiré en la cárcel o en la muerte. Sobrestimó su poder para resistir la tentación y cayó.
El Señor está partiendo y Pedro responde: Señor, ¿cómo va a ser que yo voy a ser zarandeado? No, yo te seguiré en la cárcel y en la muerte. Y después le dicen: ¿Tú eres de ellos? ¿Tú le conoces? Y Pedro responde: Yo no conozco ese hombre. A Pedro le dijo el Señor que el problema suyo era que no ponía los ojos en las cosas de arriba, sino en las cosas de abajo, y eso fue el apóstol Pedro, hermano.
La oración de Cristo por Pedro y la perseverancia de los santos
Con una reprimenda de ese tipo, cualquiera vuelve atrás; cualquiera dice: ¿Para eso que estoy siguiendo? Yo le he dado todo, le sigo, ahora me dice que tengo mis ojos puestos en las cosas de abajo. Si él la tenía en las cosas de abajo, ¿por qué vendí todo lo que tenía, por qué dejé todo y le seguí? No; Pedro no reaccionó así. Pedro permaneció. Fue descuidado en permanecer en el Señor y, por su descuido, hermano, reaccionó carnalmente y aun ahí Pedro sigue permaneciendo. Usó una espada violentamente, negó al Señor tres veces, y aun después de todo esto, Pedro seguía reunido con los discípulos del Señor. Oigan, no quiero desviar mucho, hermanos, pero yo les digo: solamente comparen la caída de Pedro y la caída de Judas y ustedes se darán cuenta las grandes diferencias que hay entre ellos.
Pedro niega al Señor tres veces, pero no rompe la comunión con sus hermanos; él dice: Aquí estoy yo, sí, caí, aquí estoy yo, avergonzado, pero estoy con ustedes. Y permaneció contra todo pronóstico. Miren, a pesar de la vergüenza que debía haber sentido —ya me imagino a Pedro cuando se extienda el comentario entre el pueblo y entre sus condiscípulos: “Pedro negó al Señor tres veces”—, ay, hermano… Y aun así, cuando el Señor viene a las mujeres y les dicen que fueron al sepulcro, hermano, lo encontraron vacío, y yo digo: Pero qué hombre es este que después de tantas caídas consistentes, que después de tantos momentos difíciles, que después de tanta vergüenza, todavía tiene fuerza para correr al sepulcro. ¿Saben qué hombre es? Un hombre que ha sido llamado providencialmente por el Señor, que providencialmente está siendo sostenido por el Señor.
Esa es la diferencia que hay entre un verdadero creyente y uno superficial, y es que un verdadero creyente es sostenido por la poderosa mano de Dios contra todo pronóstico. Vemos ahí a Pedro, hermano: esa última semana Pedro tiene el viento en contra, Pedro está siendo avergonzado, Pedro está siendo golpeado, pero Pedro está permaneciendo en el Señor contra todo pronóstico. Hermano, he venido a decirte que tu permanencia en el Señor será contra todo pronóstico si el Señor realmente te ha llamado; el Señor te preservará en sus caminos. No es mi deseo que ninguno de ustedes avergüence a su Señor y le niegue, pero si pecamos, hermanos, abogado tenemos que nos defienda en los cielos: a Jesucristo el justo. Mano, Pedro es un ejemplo de que la perseverancia de los santos es un asunto sobrenatural, que no es una propia fuerza que militamos. Pedro no tenía ni calidad moral, ni fortaleza emocional, ni resistencia para permanecer junto a sus hermanos, y aun así permaneció.
Él vio al Señor resucitado, hermano, y fue el primero, dice el apóstol Pablo en Corintios, que el primero que vio al Señor cuando les dijo: “Vayan a Galilea” fue Pedro. Ay, hermano, esto me habla a mí poderosamente de la actitud que el Señor tiene acerca de sus siervos. Pedro cayó profundamente y fue el primero en tener la primicia. Y ahora aparece, hermano, junto a sus hermanos pescadores y no pescadores, pero se mantiene junto con ellos, hermano. ¿Saben cuál es la diferencia entre un verdadero creyente y uno que no ha puesto en el Señor todavía su confianza? Un verdadero creyente cae, hermano, pero los medios de gracia confabulan a favor suyo y el Señor misericordiosamente le preserva contra todo pronóstico. Usted me dice: ¿Qué fue lo que marcó la diferencia en Pedro?
¿Por qué Judas, después de caer en un asunto vergonzoso, deja a sus hermanos y va y se ahorca, y por qué Pedro, después de caer tres veces en asuntos también vergonzosos, se mantiene junto a sus hermanos y, aun avergonzado, va corriendo a ver a su Maestro? ¿Cuál es la diferencia, hermano? La única diferencia que yo puedo encontrar es la seguridad de las promesas del Señor.
Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.
— Lucas 22:31–32
Bueno, ¿qué es la diferencia entre uno y el otro? Que el Señor oró para que la fe en Pedro no falte. Si a mí me dejaran solo, hermano, la fe hace rato que estuviera ausente. Si tú dependieras de tus propios medios entre un año y el otro, hace rato, hermano, que te hubieras dejado al Señor. Pero el Señor había orado por Pedro para que su fe no falte. Oigan la expresión, hermano: para que tu fe no falte.
Llamado a confiar en la preservación de Dios y a agradecer
Por eso me gozo, hermano, con lo que dice Romanos capítulo 8: ¿Quién nos separará del amor de Dios? Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores, no por medio de nosotros, sino por medio de aquel que nos amó. Miren, esto debería ser un aliento para los nuevos creyentes. Hay personas que dicen: “Yo no puedo militar la vida cristiana porque yo no creo que yo pueda terminar la carrera”. Esto debería ser un aliento para todo aquel que está pensando en seguir a Cristo y dice: “Yo no tengo la fuerza para seguir a Cristo”. Fuerza no tenía Pedro. Pedro era un hombre que reaccionaba carnalmente a las cosas espirituales. Pedro era un hombre que tenía una tentación de responder por sus propios medios. Pedro tenía más empuje que permanencia, y Pedro permaneció.
¿Y por qué permaneció Pedro, hermano? Por la poderosa mano de Dios. Si aquí hay alguien que quiere poner en Cristo su confianza, que no lo dude ni por un momento: si realmente el Señor te está llamando, el Señor te preservará en sus caminos contra todo pronóstico. Y debe ser esto, al mismo tiempo, un motivo de acción de gracias para todos aquellos hermanos que, por su misericordia, hemos permanecido en sus caminos. Lo primero que debe salir, hermano, del corazón de un creyente en adoración es este asunto extraordinario: tú has permanecido en los caminos del Señor contra todo pronóstico. Que no ha habido fuerza, que no ha habido circunstancias, que no ha habido la represión… Yo escucho personas que me dicen: “Me aparté de los caminos del Señor porque alguien me reprendió”.
Pedro fue reprendido cerca de cinco veces, hermano, y reprimendas públicas delante de sus discípulos. Le llamaron Satanás. Y alguien me dice que se fue al mundo porque solamente le dieron una reprensión. Hay gente que se han descarriado supuestamente porque un Pastor no le visitó. Yo digo: Pedro fue llamado Satanás y aquí estaba. Hermano, si realmente tú eres del Señor, tú perseverarás; permanecerás. Serás preservado contra todo pronóstico. Hay otros que me dicen: “No, que tuve una lucha, tuve una tentación que pudo contra mí”. Hermano, Satanás estaba zarandeando a Pedro, ahí zarandeando, zarandeando. El zarandeo diabólico tuvo lugar, hermano, esa semana de la pasión, y yo no creo que sea comparable a cualquier “jaramusa” que tengamos nosotros en este tiempo. A él le pidieron directamente para ser zarandeado y lo zarandearon, hermano, y en el zarandeo se cayó.
Y ¿saben qué hizo el Señor? Ahí se cayó Pedro, el Señor lo buscó y lo puso. Ahí pasa que yo he tenido el pensamiento: “Ay, pero cuidado si se cae uno”. Hermano, si se cae uno, el Señor lo recoge; eso es lo que yo quiero decirte. Quiero estimular a mis hermanos a que entiendan que sí, que encontramos aquí a un Pedro todavía teniendo el tercer encuentro con su Maestro, y no ha sido por la fuerza de Pedro, por su capacidad extraordinaria, por sus conocimientos, por su fuerza; ha sido, hermano, porque el Señor dijo y el Señor cumplió. Que sean todos ustedes en este año preservados. Quiero entonces entrar ahora, hermano, y hablarles acerca de por qué Pedro necesitaba ser restaurado. Tú me dices: “Pedro ya se había encontrado dos veces con el Señor”. Sí, dos veces.
Pero en esos encuentros, hermano, eran encuentros donde él se sentía satisfecho de que había visto al Señor resucitado, pero parece que faltaba algo más. Son aquellos momentos que te digo donde tú sabes que hay una relación con Dios, que es cierta, que tú dices: “Mira, contra todo pronóstico le negué y aquí estoy. Y si yo puedo verle, y si Él me ha permitido verle, tengo una relación con Él que es cierta”. Pero faltaba algo, hermano. Quiero entusiasmarte, a través de la predicación de la Escritura, a que entiendas que tu relación con el Señor no solamente debe ser real, hermano, también debe ser una relación profunda, también debe ser una relación de utilidad, también, hermano, debes alcanzar lo que el Señor quiere que tú alcances. No es suficiente con que la relación sea real; queremos una relación real y también útil.
El nuevo encuentro en la playa y el paralelo con el primer llamado
Este encuentro se parece mucho al primer encuentro del Señor con Pedro, cuando Pedro fue llamado y se le dijo: “Sígueme”. Pedro estaba pescando, lo describe Lucas, y aquel encuentro y este son encuentros paralelos. El Señor diseñó una experiencia que le recordara a Pedro aquellos momentos con el Señor. Él se está reencontrando de nuevo con todos sus discípulos. Es cierto, con todos no; por lo menos con siete, pero se ve que el foco central de su encuentro es Pedro. Aquí es que comienza a preguntarle. Ya han encontrado y ha hecho el milagro; los peces que aparecieron eran peces grandes. Definitivamente el Señor está apuntando aquí a una nueva cosecha de almas. Si en aquel momento, hermano, era tan grande la red que se rompía, el Señor les dijo: “Dejen todo eso y síganme; les haré pescadores de hombres”. Ahora el Señor hace otra pesca milagrosa; el Señor está comenzando a poner de nuevo su expectativa en un asunto sobrenatural.
Oye, yo me gozo, hermano, de que el Señor no entregó a sus discípulos a la tristeza. Yo quiero sacar a mis hermanos hoy de la tristeza. Hay gente que tiene aquí unos duelos en el corazón que ya llevan años; tuvieron una caída y todavía siguen en la misma caída. Hermano, hay que enderezarse para el Señor. El Señor rápido buscó a sus discípulos, les restauró su utilidad, está restaurando a Pedro. En primer lugar, yo quiero mostrarle, hermanos, en cuanto a la restauración, donde ya les he mostrado cómo Pedro permaneció en el Señor contra todo pronóstico, déjeme mostrarle que Pedro fue restaurado a su lugar de preeminencia entre sus hermanos. Es verdad que Pedro había tenido dificultades en ese último tramo de la semana de la pasión, pero antes de esto, hermano, Pedro era considerado un “primero entre iguales”.
Lo mínimo que podemos decir sobre Pedro, hermano, es que era un primero entre sus iguales; que sus mismos hermanos consideraban que Pedro ocupaba un lugar de preeminencia. No es casualidad que Pedro siempre fuera presentado primero en la lista de los discípulos del Señor. Búsquelas y usted encontrará que Pedro encabeza la lista, frecuentemente se mencionaba de primero. Frecuentemente a Pedro le daban instrucciones para que las retransmitiera a los demás; era como algún tipo de sargento de armas entre los discípulos. Todos tenían igual valor, todos tenían igual dignidad, todos tenían igual llamado, pero Pedro, entre ellos, primero entre iguales, el campeón entre ellos. Ya les mencioné que primero se apareció a Pedro y después a los demás en Galilea. Le estoy diciendo: “Ey, recuerden que Pedro tiene un lugar; él es como el líder entre ustedes”.
Cuando hubo que escoger un sucesor para un apóstol, Pedro encabezó la escogencia; él fue quien dirigió el proceso para buscar un sucesor de Judas. Predicó en Pentecostés, se levantó y predicó el sermón en Pentecostés; gran cosecha de almas, hermano. Y yo me gozo porque quien escribe este Evangelio es Juan, que también era su condiscípulo, y Juan mismo en el texto da a entender que Pedro tenía lugar de preeminencia y que no tenía problema alguno en reconocerlo. Aquí, hermano, me da más evidencia de que estos textos son textos inspirados, porque los hombres naturales no escriben así. Juan no tiene problema en decir que Pedro fue llamado aparte, que Pedro fue restaurado, que a Pedro le preguntaron que si amaba más que estos.
Y Juan dice: “No, eso es natural”. Y que después viene él como caminando detrás y le dicen a Jesús: “¿Y qué de éste?”. Lo que quiero decir con esto es: no lleguemos al extremo que ha llegado el catolicismo romano, a decir que Pedro es la cabeza de la iglesia, porque la iglesia solamente tiene una cabeza, que es Cristo; pero tampoco pongamos a Pedro en el sótano, porque Pedro, entre sus hermanos, tenía un lugar de preeminencia. Esta pregunta, hermanos, es una pregunta que hace a Pedro doblemente desafiante: “Pedro, ¿me amas…?”. Es doblemente desafiante, y el primer desafío es responder a algo que uno esperaría que fuera obvio. Es una pregunta que quizás al hombre natural le ofendería: “Pedro, ¿me amas?”.
Yo me gozo, hermano, porque se ve que Pedro había crecido en humildad y él no tuvo ningún problema en verbalizar su afecto hacia el Maestro: “Tú lo sabes, Señor, que yo te amo”. Pero la pregunta, uno podría decir: “Pero Él no… Él lo entiende, Él lo sobreentiende ese asunto, Él lo sabe”. Quiero enseñarle hoy a la iglesia, hermano, que no asuma que Dios conoce todas las cosas y que no hace falta expresar nuestro afecto, verbalizar lo que hay en el corazón. El primer desafío es ese: algo que uno esperaría que simplemente se sobreentienda. Ah, pues parece que los dos encuentros anteriores fueron encuentros problemáticos. Pedro quizás se sentía descansado porque había tenido ya dos aproximaciones al Maestro y eran aproximaciones donde no había recibido una reprensión. Él dice: “Uf, corté la racha. Los últimos cinco encuentros han sido de reprensión. Rompí la racha, ya tengo dos encuentros donde no soy reprendido”. Y ahora, en el tercer encuentro, viene el Maestro y dice: “Pedro, ¿me amas?”.
“¿Me amas más que éstos?”: amor, liderazgo y prioridades
Yo imagino a Pedro, hermano, cavilando en su mente: “¿Pero qué fue lo que pasó? ¿Será que ha sucedido algo últimamente? ¿Qué es lo que pasa?” ¿Tú sabes qué es lo que pasa? Que hay algo todavía que necesita ser admitido. Hermano, esas preguntas se le hicieron a Pedro, no se le hicieron a él solo; ahí estaban los demás. Yo quiero mostrarle a mi iglesia que no sienta vergüenza ni tenga la percepción de que no es necesario manifestar, verbalizar públicamente los sentimientos que hay en su corazón hacia el Maestro. Eso dignifica tu relación con Dios y también la iglesia del Señor. Que Pedro fuera primero entre iguales, que era el sargento de armas, por buscarle un título, el capitán del equipo, Pedro, ante sus discípulos, junto a sus condiscípulos, es llamado, y el Señor le está preguntando a Pedro: “Pedro, ¿me amas?”. Verbaliza lo que hay; yo quiero escucharlo. Yo quiero que ellos escuchen que tú me amas. Hermano, Pedro está siendo restaurado. Parece que está siendo avergonzado, pero les digo que eso, hermano, creó un precedente en la relación de Pedro con sus condiscípulos.
El Señor le preguntó ante ellos que si él le amaba y Pedro respondió. Miren, escuchar la expresión del afecto hacia Dios, eso es adoración, es el mejor testimonio de arrepentimiento. ¿Qué pasa cuando uno ve a un hermano suyo que parece que estaba luchando y uno lo encuentra expresando cosas delante del Señor? Este que anteriormente expresó tres veces negación, ahora está ante nosotros expresando tres veces su cariñoso afecto hacia su Maestro, hermano, qué satisfacción da eso. Tener un tiempo de oración con un hermano y ver que en tu hermano, en su corazón, hay afectos entrañables hacia su Maestro, ¡de qué edificación es esto para los condiscípulos! Es necesario.
Pero al mismo tiempo, hermano, está en un desafío. Les digo que es un doble desafío. El primer desafío es ese: verbalizar lo que uno entendería que se entiende, lo que uno diría: “Señor, pero eso está dado, sobre todo porque tú lo conoces, ¿para qué hace falta verbalizarlo?” El primer desafío es ese, y se ve que Pedro fue humilde, porque quizás… Óyeme, perdónenme, hermano, que quizá esto le ofenda, pero quizás alguno de ustedes, si yo voy y le pregunto: “¿Tú amas al Señor?” me respondería: “¿Y por qué tú me lo preguntas? ¿No me ves aquí? ¿No me ves congregando? Yo amo al Señor, ¿tú dudas que yo amo al Señor? ¿Tú no conoces mi corazón?” No, Pedro creció en humildad y cuando el Señor le preguntó a Pedro: “¿Tú me amas?” no hay problema alguno: “Señor, me siento confrontado por la pregunta, pero sí, Señor, yo te amo”. “Apacienta mis corderos”. Le está diciendo: Cuida de los pequeños.
El desafío entonces es en otro sentido, y es porque a Pedro están preguntando no solamente si: “¿Tú me amas delante de estos que están aquí?” sino: “Pedro, ¿y tú me amas más que estos?” Oye, hermano, eso es una pregunta compleja. Porque, según como Pedro responda, lo que Pedro responde está evidenciando si Pedro es un líder ante ellos o no es un líder, si Pedro ha crecido en su liderazgo o no ha crecido en su liderazgo. El desafío de comparar la profundidad de su amor con la profundidad del amor de sus hermanos. “Pedro, ¿tú me amas más que éstos?” “Señor, yo no hablo por los otros; yo sé que yo te amo mucho”. Yo sé que eso podría responderlo uno que no era un capitán del ejército del Señor, uno que no era más grande que sus iguales, pero uno que es más grande responde con prudencia; lo que Pedro pudo haber respondido ahí quizás dañaba la iglesia del Señor, como dañó la pregunta de la mamá de los hijos de Zebedeo.
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.
— Mateo 20:20–21
Y dice que después, al cabo, entre los discípulos hubo enojo. A Pedro le están preguntando delante de sus condiscípulos: “Pedro, ¿tú me amas más que ellos?” Yo me gozo en esto, hermano, porque Pedro respondió sin responder; le dijo: “Señor, tú sabes que te amo. Tú lo sabes todo”. Él apeló a la deidad de Cristo, a su conocimiento, hermano, y es una respuesta prudente.
Quiero descartar, hermano… Miren, después de la cruz de Cristo, es totalmente irresponsable pensar que el Señor estaba sondeando solamente un asunto de afecto, porque el Señor demostró en su ministerio que el amor es más que un sentimiento, más que emoción; el amor es acción. Y esta pregunta es muy didáctica porque evidencia que existen diferentes niveles de entrega al Señor, diferentes niveles de afecto al Señor entre los discípulos. Eso como que es un tema que no se habla, hermano, pero la realidad es que no todos los corazones tienen la misma disposición hacia el Señor.
Hay hermanos que son más comprometidos que otros. Lo que el Señor está preguntando: “¿Si tú me amas más que estos?” no es solamente si tú tienes una costilla más fuerte que estos, no; es si tú tienes una disposición a obedecerme más que estos, una disposición a negarte a ti mismo más que estos, una disposición a servir a los demás más que la disposición que tienen ellos mismos. El más grande en el Reino de los cielos es el menor. ¿Quién es el que más ama? El que más obedece, según la palabra del Señor. El Señor sabe lo que está preguntando porque Él dijo en el mismo Evangelio de Juan, capítulo 15, versículo 13:
Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.
— Juan 15:13
Miren, quienes quieren ser los primeros en el Reino de los cielos no está mal que lo deseen. Lo que a Pedro le están diciendo con: “Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas” es lo mismo que quizás dijo después el apóstol Pablo: “Si alguno quiere entre ustedes obispado, buena obra desea”. Si alguno de ustedes quiere ser el supervisor, si alguno quiere estar por encima, ver por encima de los otros, está deseando una gran cosa. Mano, quiero desmitificar: no está mal desear un lugar de preeminencia entre los condiscípulos del Señor.
Ahora, yo quiero decirle que aquel que desea un lugar de preeminencia debería tener una capacidad extraordinaria de entregarse por encima de la media.
Lugar de preeminencia, servicio radical y la pregunta prioritaria
Quienes aspiran a ser los primeros entre los iguales en el pueblo del Señor deberían comenzar a manifestarse. No está mal que usted quiera ser un Pedro; la pregunta es: ¿Me amas más que éstos? Porque tienes un nivel de entrega mucho más amplio, una disposición aún más radical a ser ejemplo. Pero si tú estás consistentemente operando en la carne, si tú estás consistentemente comportándote como se comportan ellos, entonces, hermano… Cuando Pedro se durmió, no se durmió él solo, pero a él fue que lo reprendieron. ¿Usted no le llama eso la atención, que el Señor llama a Pedro para reprender a los otros a través de Pedro? “Pedro, que tú eras el primero”. Hermano, en el Reino de los cielos todos tenemos igual dignidad delante del Señor, igual valor delante del Señor, pero el Reino de los cielos tiene sus capitanes y sus generales.
Y si el pueblo se duerme, reprenden al general, como quien dice: “¿Y tu batallón, tu tropa, cómo va a estar durmiendo?” ¿No le llama la atención que llamen a Pedro para reprender a los otros a través de Pedro? “Pedro, que tú tienes el lugar de preeminencia”. Si alguno quiere demostrar que ama más, que es primero entre sus iguales, que lo manifieste con una disposición aún más radical a ser ejemplo, como lo dijo Pablo a Timoteo:
Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza.
— 1 Timoteo 4:12
El pueblo del Señor necesita ese perfil: gente con una disposición aún más radical de servir a sus hermanos. Tal cual les dije, dice Mateo:
Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo.
— Mateo 20:26–27
Con una disposición aún más radical de hacer la voluntad del Señor y no luchar contra ella. “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. Miren, el ejército de Cristo, hermano, necesita más “primeros”. No avergüenza, hermano, desear estar en los primeros; la pregunta es: ¿Para qué te lo deseas? “¿Yo quiero ser un Pedro?” Sí, yo quiero ser un Pedro entre mi iglesia, un Pedro; quiero ser columna de esta iglesia. ¿Para qué usted lo desea? “¿Me amas más que éstos?” Es una pregunta, Pedro: “Yo estoy por devolverte el lugar que tú tenías anteriormente de dignidad, de preeminencia entre ellos, pero yo quiero preguntarte: ¿Tú estás dispuesto a entregarte con más profundidad de lo que se entrega la media de los discípulos? ¿Que se duerman los otros, pero no tú; que se devuelvan los otros, pero no tú, Capo; pero no tú, Pedro; no tú”.
Quiero mostrarle ahora que la restauración a Pedro también le restauró a su lugar de utilidad. El Señor le dijo: primero “Apacienta mis corderos” y después “Pastorea mis ovejas”. Pedro había vuelto a pescar. Se ha dicho a veces que quizá Pedro había entendido que ya no iba a ser un apóstol, sino un pescador. A mí no me parece que eso fuera así, sino que él sabía pescar; era el oficio que él tenía: “Yo sé pescar”. Quizás lo que Pedro está intentando aquí ahora es proveer alimentos para sus condiscípulos, buscar algún medio. “Yo aquí, estamos reunidos, hay ahora mismo poca actividad”. Miren, eso fue un tiempo que era como la “España boba”: primero un tiempo de mucha actividad, la del Maestro, siempre había un sentido de propósito, un sentido de causa. El Maestro es quitado de en medio, y ahora: “¿Vamos a ver qué va a pasar?” Lo que el Señor está haciendo aquí, hermano, es poniéndole tracción de nuevo a la iglesia, diciendo: “Ey, esto no se detiene; esto no se detiene”. La pesca milagrosa; “Ustedes son los llamados, ustedes son; yo los he comisionado”. La Gran Comisión, hermano, vino después de un momento como éste, que era como una España boba.
A eso le llaman también como una “calma chicha”. Es como cuando pasa el ojo del huracán, que la gente como que siente que ya todo pasó, y es una calma tensa. “Estamos aquí, no hemos recibido todavía instrucción directa de qué es lo próximo; estamos aquí, detenidos; vamos y pescamos”. Pedro salió a pescar. Si era que él estaba considerando de nuevo, hermano, tomar la barca, yo no lo sé. Yo sé que él sabe; era pescador, tenía los conocimientos, parece que tenía un barco, o por lo menos lo consiguió, porque tú eres pescador y te es fácil conseguir un barco. Pero no me parece aquí, como he escuchado, que “no, Pedro ya había perdido la expectativa”. Es probable que sintiera tristeza, un poco acongojado, y que estuviera pescando.
Me emociona, hermano, que la primera vez que el Señor llamó a Pedro, el Señor le dijo: “Ven, sígueme, que te haré pescador de hombres”. Pero ahora le llama para la misma cosa, pero con una metáfora distinta. Ahora no le dice “pescador de hombres”, sino: “Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas”. Interesante: una metáfora distinta. Él está diciendo: “Pedro, no es pescando el asunto; es algo distinto. Yo te estoy llamando ahora para hacer algo distinto de lo que tú estás haciendo. Yo vine a buscarte no para que tú vuelvas a la barca o vuelvas a la pesca; yo vengo a buscarte para que pastorees mis ovejas. Es para que te quede claro que el asunto no es con el barco, no es con la red, sino que hay otras cosas para las cuales yo te estoy llamando”.
Es un asunto que no es necesariamente tu área de fortaleza. Ahora mismo puede ser algo distinto para ti, algo que genere cierto estrés interno, que tú no sabes hacerlo. Esto no te va a ser tan fácil como tirar las redes, porque tú estás acostumbrado a eso. Quiero establecer, hermano, que pescar no es algo pecaminoso; que Pedro haya vuelto a pescar no significa que haya algo malo en esto. El oficio del pescador no tiene nada abominable ni nada pecaminoso. De hecho, el Señor está afirmando el oficio; Él fue quien les dijo hacia dónde tenían que tirar la red e hizo un milagro y permitió una pesca milagrosa de peces grandes. No está mal tirar la red, hermano, no está mal ser un pescador, no está mal tener un oficio. Quiero establecer a mis hermanos que no hay prejuicio alguno entre ser un cristiano y tener un oficio: pescador, pastor de ovejas o cualquier otra cosa. El oficio es algo honroso.
Oficio, identidad y peligro de volver al perfil anterior
Sin embargo, tengo que establecer también que hay maneras pecaminosas de asumir la pesca; es otra cosa. Que tú tengas un oficio no es problema. El problema es cómo un cristiano asume su oficio a la luz de este llamado nuevo que tiene en el Señor. El asunto en esto, hermanos, es la prioridad: “Pedro, qué es lo que tú esencialmente eres, qué es lo que tú radicalmente eres, cómo es que tú te ves a ti mismo, hermano, qué te define”. La pregunta es esa: cuando tú hablas socialmente, cuando tú te manifiestas socialmente, ¿qué es lo que tú esencialmente eres? Me llama la atención que hay personas que uno las conoce en un rol, en un oficio; tiempo después uno llega a saber que son cristianos, y dice: “¡Guau! Pero a esta persona yo le conocí como arquitecto durante toda su vida y después de cinco años, en una conversación secundaria, yo vine a saber que es cristiano”. Hermano, ¿qué es lo que te define? ¿Qué es lo que tú eres esencialmente? Un creyente definido esencialmente por lo que es en Cristo.
¿Qué era Pedro? Apóstol de Jesucristo; eso es un rol. Que él volviera a pescar no hay problema, hermano; el problema es lo que te va a definir. Y te advierto, porque en un momento de tentación, en un momento de oscuridad, en un momento de nublación vas a tener la tendencia a refugiarte en tus mismas seguridades de siempre. Y aquí la segunda pregunta: ¿Cuál es el centro de tu seguridad? ¿Quién te sustenta, cómo te sustenta y en qué te sustenta? Yo recuerdo una ocasión en que Pedro volvió a pescar después que había dejado las redes; el Maestro lo mandó. Yo conozco esa ocasión. Y esta vuelvo, hermano, mi preocupación no es que Pedro haya vuelto a pescar, sino que Pedro haya vuelto a su oficio anterior. No sé si es lo que está sucediendo, pero podría sucederte a ti.
¿Cuál es tu trabajo principal, hermano? “No, yo soy contador a tiempo completo y yo soy un cristiano a tiempo parcial”. No, hermano, no; ese no es el orden correcto. “Pero yo soy un hombre de negocios…”. Yo pregunto: “Eso no… No; tú eres esclavo del Señor”. Lo primero que tú eres. Dice la Escritura: “Siervo, esclavo de Cristo”. Pablo, esclavo de Cristo. Y yo he conocido esclavos, hermano: yo sé de esclavos que donde duermen ellos tienen su gallina ahí y quizá tienen cuatro cepas de plátano y de guineo en el patio. Pero ¿qué es lo que tú eres esencialmente? Esclavo de Jesucristo; eso es lo que yo soy. Hermano, no está mal tener un asunto secundario, pero el orden es el problema en tu vida. ¿Cuál es? ¿Qué es lo que tú eres principalmente, Pedro, qué es lo que tú radicalmente eres?
Formas pecaminosas de asumir un oficio: hay gente que confunde el oficio con el rol. “No, yo hago tal cosa”. Espérate, espérate: tú eres esclavo de Cristo, tú eres siervo de Cristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado. Hermano, ¿qué es lo que tú eres radicalmente? Tengo preocupación con mis hermanos porque he encontrado que frecuentemente la gente tiene lagunas en su utilidad al Señor. Pedro fue llamado para que sea útil al Señor siendo un pescador de hombres; entonces se estaba convirtiendo en una laguna en el llamado de Pedro. Hay hermanos que sirven al Señor durante unos años, durante un tiempo, y después como que bajan el ritmo y se concentran en atender otros negocios, y digo: “Lo que sucedió es una laguna”. Te advierto, hermano: mira, ten cuidado con los espacios en blanco.
Un siervo del Señor siempre tiene que tener su agenda de compromisos que honran a su Señor. “Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia”. Haz tu agenda a la luz de tu llamado. Tú puedes hacer muchas cosas en tu vida, hermano, pero no dejes de hacer las cosas esenciales. Y ten cuidado en las vacaciones. Todavía yo lamento, hermano, una “vacacioncita” que yo me tomé en el Señor hace cerca de doce años. Venía de un tiempo, hermano, de mucha carga. Miren, eso fue por la misericordia del Señor, porque no es fácil hacer agenda para servir a tu Señor. Casi todo el que sirve a Cristo comenzó a servir a Cristo, hermano, y no suelte ese asunto, porque si lo sueltas después es difícil de recuperar.
Recuerdo que yo desarrollé, hermano, unos años de trabajo muy fructíferos en mi iglesia local, primero trabajando con un ministerio de adolescentes, después trabajando con el ministerio de jóvenes, y cuando terminó mi periodo en el ministerio de jóvenes, yo sentí cierto descanso. Los viernes, sábados en la mañana, era un momento de mucha presión, porque era haciendo el programa de la noche. Y cuando ya terminó mi periodo, yo como que: “OK, ya descansé”. Y me decían: “Y ahora, ¿en qué tú vas a servir?” “Yo voy a tomar un tiempo para…” Ay, hermano, todavía yo lamento ese tiempo. Fue, vino mi peor período de devoción ante el Señor, período de especiales tentaciones. Hermano, ten cuidado con esos tiempos muertos, donde tú no estás haciendo nada.
Porque cuando tú dejes de hacer la obra del Señor, otra cosa va a tomar tu agenda, y la lucha que me dio, hermano… Yo por amor a ustedes no les narro eso completo, pero yo les he dicho aquel momento en que yo llegué a mi casa y me senté en el borde de una cama y me dije a mí mismo: “Rafael, ¿para dónde tú vas? ¿Qué es lo que tú eres? ¿En qué trajín tú vas? ¿Va a ser por allá otra vez en altura?” ¿Qué es lo que tú eres esencialmente? Tú decías que tú tenías un llamado del Señor, tú decías que tu deseo era servir, hermano. Yo me estaba envolviendo tanto en los negocios de este mundo que si no fuera por la misericordia del Señor todavía yo estuviera allá.
Quiero advertirte que tengas cuidado con las vacaciones ministeriales, con ese tiempo que tú tomas ese periodo, porque de nuevo volver a eso te va a dar mucha lucha. Deja de hacer lo que haces hoy para el Señor y retomar eso no será fácil. Hará falta un encuentro tipo el que Pedro está teniendo ahora, a la luz del alba, ahí a la orilla del mar. “Pedro, ¿qué es lo que tú eres?” Cuidado, hermano, con eso. Ten cuidado con tu perfil anterior. Hermano, ¿de qué tú hablas siempre? La gente habla de su perfil porque lo está construyendo. ¿De qué tú hablas siempre? ¿De qué? ¿Cuáles son tus temas? Habla de las cosas espirituales, habla de tu ministerio, habla de tu servicio al Señor; no hables más de la pesca que de ser un apóstol de Jesucristo. Habla más de eso.
Evita, hermano, que cualquier asunto secundario reemplace en ti tu principal fuente de gozo. Miren, los trabajos dan una satisfacción temporal, pero siempre te van a dejar vacío. Las relaciones dan una satisfacción temporal, pero siempre te van a dejar vacío. Quiero hablar a las madres de nuestra iglesia en este momento. Miren, he sentido la carga a veces de cómo la maternidad reemplaza la militancia cristiana. No pongas tu servicio al Señor en pausa porque tú estás siendo en este momento madre, porque tú tienes que ser una madre que sirva al Señor. Estoy hablando en este momento a los hombres que están sosteniendo matrimonios jóvenes. A veces la tentación de uno echar para adelante el proyecto de familia, de adquirir las metas y hacer un “check”, nos desplaza de nuestro servicio al Señor. Ten cuidado porque eso no te va a dar una satisfacción permanente. Pedro, ten cuidado, porque la pesca no te satisface.
El amor a Cristo por encima de ministerio, causa, conocimiento e iglesia
“Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y las demás cosas serán añadidas”. La mayoría de las crisis en la vida cristiana vienen cuando una persona deja de buscar el Reino del Señor para buscar otras cosas. Y después, cuando se quiere compensar… Le doy las gracias al Señor por la misericordia que ha tenido de ti, hermano, hasta ahora, pero ten cuidado si te envuelves en los negocios de la vida. Termino, hermano, con este punto, pero déjenme hacer un paréntesis. A veces he visto que mis hermanos no se desprenden totalmente de su perfil anterior, como un traje que se lo ponen y se lo quitan. Digo: “Hermano, si todavía tú encuentras que tú pudieras ocupar tu perfil anterior, todavía tú no estás muerto”.
Si tú crees que todavía pudieras operar como operabas antes, aunque sea por un tiempo, hermano, no te has muerto. A ti se te olvidó ya cómo es que se pesca; ya tú no sabes, ese no es tu oficio, le perdiste el ritmo al asunto. Hermano, si todavía tú puedes operar como operabas antes con tu viejo perfil, con tu carné, con tu viejo hombre, con tu misma mundanalidad de siempre, quizás tú no estás muerto al Señor. De nuevo, no está mal volver a pescar; lo que estoy advirtiendo aquí, hermano, es la tentación de volver a recuperar nuestro perfil y nuestro oficio de antes. Termino diciéndole que la restauración de Pedro también reafirmó su relación con el Maestro.
Quiero atajar aquí a aquellos que tienen una fe nominal, a aquellos que tienen una convicción vergonzosa, a aquellos que tienen una vida infructífera, porque todo eso son contradicciones, hermano. ¿Qué es lo que tú eres en el Señor? Esa relación con el Maestro es lo que te debe definir. Estoy hablando aquí de una fe nominal; son personas que dicen: “Es verdad, soy cristiano, pero yo solamente soy cristiano”. Eso es una fe nominal, hermano; eso no es verdad. Dice el libro de Santiago que esa fe está muerta. Hay otros que tienen lo que yo le llamo una convicción vergonzosa; son aquellos que están sostenidos en un sistema de doctrina que les dice: “Tú puedes entregarte al pecado, a la promiscuidad, haberte abandonado al pecado y tú todavía eres un cristiano”. Hermano, eso no es verdad.
He leído yo libros de autores que representan determinada corriente teológica y lo llevan a un extremo tal que ellos dicen: “Yo puedo ser un cristiano, entregarme abiertamente a la promiscuidad”. He leído yo esos autores; leía uno que decía: “Yo fui alcohólico, me entregué al alcohol y yo me olvidé de Dios durante cuarenta años, pero yo sabía que yo era salvo”. A eso yo le llamo, hermano, convicción vergonzosa. Son aquellos que se llaman cristianos y viven avergonzando el nombre del Señor. Aguántenme. Yo sé que un cristiano puede luchar durante diez años con el alcoholismo, pero lucha. Yo sé que un creyente puede luchar, hermano, durante diez años contra la promiscuidad sexual, pero lucha. Que no me diga nadie que se llama cristiano y se entregó; que no me diga nadie que se llama cristiano y está en eso, hermano; eso no es verdad.
Pedro podría decir: “Yo tengo una relación con el Maestro; yo me he encontrado con Él ya dos veces”. “Pedro, ¿y tu pecado, en qué momento tú lo vas a admitir?” Hermano, esa tercera pregunta que le hicieron a Pedro: “¿Pedro, me amas?” Ahí fue que él se recordó. Dice que se entristeció profundamente, porque Pedro tres veces negó al Señor y tres veces hubo una pregunta: “Pedro, ¿me amas?” Te estoy llevando a la contrición y al arrepentimiento. Le dijo la tercera vez: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” Pedro se entristeció de que le dijera por tercera vez: “¿Me amas?” y le respondió: “Señor, tú lo sabes todo”. Miren, para un judío reiterar algo era darle gravedad, darle peso. Que le preguntara dos veces ya era fuerte; ahora que le preguntara una tercera vez a Pedro si le amaba, le estaba confrontando en su amor. “¿Pedro, me amas?” Y tres veces. Yo creo que Pedro ahí recordó: “Yo negué al Señor tres veces”. “Señor, tú sabes que te amo”.
Ay, hermano, que el Señor te bendiga con contrición. Que el Señor te bendiga no con un corazón duro que dice: “Yo soy un cristiano porque tengo la doctrina correcta”, sino que el Señor te bendiga con la sensibilidad para decirle: “Señor, verdaderamente, ahora te digo: me dio tristeza; yo realmente te amo”.
El Señor está cambiando el último recuerdo de Pedro, de reprensión, por afirmación. El Señor está poniendo los ojos de Pedro en el futuro. Este versículo ahora mismo para nosotros es un versículo quizás de difícil interpretación, pero el Señor comienza a hablarle a Pedro de su vejez. Y ¿por qué el Señor le está hablando a Pedro de su vejez? “Pedro, es que esto no se acabó aquí”. Pedro murió de viejo, según la historia de la iglesia, hermano, y lo que está diciendo aquí Juan —parece que esto se escribió, el último de los evangelios en ser escrito fue el Evangelio de Juan; probablemente se escribió después de que Pedro había muerto—:
Apacienta mis ovejas. De cierto, de cierto te digo: cuando eras más joven, te ceñías e ibas donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras.
— Juan 21:17–18
“Pedro, tú vas a morir de viejo; todavía hay años que tú puedes servir al Señor”. Gracias a mis hermanos aquí, que algo que Satanás utiliza frecuentemente para apostar nuestro pecado es decirnos que todo se terminó, que tú estás viejo para hacer la voluntad del Señor, que se te fueron tus mejores años, que ya fuiste engañado, que tú no viniste de niño, no viniste de joven, no viniste de adulto, que ya tú llegaste, que ya no te queda nada. Hermano, es mucho lo que puedes hacer todavía para el Señor.
Todavía hay años que pueden ser rendidos a la obediencia. El Señor está poniendo la expectativa de Pedro en el futuro: “Pedro, todavía falta”. Y hubo Pedro para rato. Este es el hombre del cual decían que con la sombra de Pedro se sanaban los enfermos. Hubo Pedro para rato, hermano. Los mejores años podrían todavía ser los años por venir. Y aquí se termina, hermano, ese “sígueme”. Yo creo que Pedro atesoró ese “sígueme”. Ese “sígueme” es: “Estamos pasando la página”. Hermano, ahora sí Pedro está restaurado; ahora tenemos aquí al apóstol Pedro, primero entre sus iguales, restaurado en su sentido de utilidad, emocionado con las expectativas que hay, esperando una pesca milagrosa. Y, poquito tiempo después, vino el gran aumento de la iglesia: el día de Pentecostés. Gloria al Señor, hermano, que no nos deja donde estamos, sino que nos lleva de nuevo a nuestra utilidad.
Llamado a restauración de utilidad y oración final por la iglesia
Quiero orar por cualquier hermano que está aquí hoy presente que se sabe con una relación con Dios, pero una relación con Dios malograda, una relación con Dios sin fruto, una relación con Dios sin satisfacción. Quiero hablar a cualquier persona que está aquí hoy presente que quiera una pesca milagrosa en su vida, que quiera, hermano, una gran cosecha de fruto para el Señor, alguien que quiera afirmar su identidad en Cristo. Cierra tus ojos un momento; yo oro por la iglesia.
Estoy por comenzar a orar, hermano, pero quiero invitarte a que, si acaso el Señor hoy te ha preguntado si le amas, tú te recuerdes qué es lo que hay que rendir al Señor, de qué hay que arrepentirse, qué es lo que hay que comenzar a hacer. Que no asumas que es suficiente con venir a su casa y tener encuentros con Él. Pedro tenía dos encuentros y faltaba este tercero. Si acaso falta algo en tu relación con Dios y hay un área de ti que no tienes rendida, si hay un pecado que tiene que ser primero concretado en tu corazón y después confesado ese pecado delante del Señor, este es un momento. Tu iglesia te necesita; en este año nosotros necesitamos los Pedros de esta iglesia funcionando. Si hay un ministerio que has desatendido, hermano, y sientes que tu Pastor te está hablando directamente, si tú ocupabas un ministerio en la casa del Señor y al día de hoy está de vacaciones, necesitamos que tú te levantes.
Si tú has descuidado un ministerio, estás ahí ocupando un lugar ministerial, un lugar nominal, necesitamos que tú hagas tu ministerio. “Haz obra de evangelista”, le decían a otro; “Aviva el fuego del don que hay en ti”, le decía el apóstol Pablo. Ay, que el Señor permita que los apóstoles Pedro que tenemos aquí en medio nuestro, personas que tienen dones valiosos pero que han tenido caídas vergonzosas, en este momento sean restaurados por el Señor. Aquellos, hermano, que podrían ser columna de esta iglesia, que por alguna razón tropezaron y se han quedado ahí tropezados, el Señor los restaura.
Quiero hablarle a mi iglesia, antes de comenzar a orar, hermanos, de que de las caídas más vergonzosas el Señor ha levantado los instrumentos más poderosos que su pueblo ha tenido. Una temporada seca no significa que eso vaya a definir su existencia. Hay hermanos en medio nuestro que el Señor puede devolver este año a la utilidad. Hay ministros aquí sentados que el Señor puede ponerles fuego; el Señor puede reclutarte.
Oro por mi iglesia, Señor; esta es tu iglesia que necesita sus dones, necesita sus suministros. Aquí hay un ejército que necesita sus generales, Señor. Oro por estos hermanos míos, Señor, que tuvieron experiencias contigo vibrantes y al día de hoy están viviendo de los recuerdos del pasado, están viviendo de las fotografías, están viviendo de los primeros tiempos. Oro por ellos, Señor; trae restauración a su relación contigo, Señor; devuélveles el gozo. Devuélvenos, Señor, esa vida providencial, milagrosa, sobrenatural; trae una pesca milagrosa, Señor, a través de ellos. Mira aquellos padres que están yendo y viniendo a su anterior perfil; mira los pescadores que son apóstoles, Señor; figuradamente hablo. Mira aquellos hermanos que no eran nada y tú los has puesto a hacer algo, y mira cómo vuelven a hacer nada, Señor. Mira la tentación de volver a nuestro anterior perfil, lo que antes nos definía, lo que decíamos que éramos, Señor.
Ay, Señor, permite que hoy se cumpla aquello de que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí, todas son hechas nuevas. Señor, trae un nuevo “sígueme” a nuestras vidas, pasa una página en el cuaderno. Rogamos, Señor, que aquí haya agendas que se levanten con el ánimo de apacentar, con el ánimo, Señor, de pastorear a sus hermanos; levanta aquí primeros entre iguales, gente, Señor, que te ame más profundamente. Permite, Señor, que haya gente que tenga relaciones contigo tan vibrantes que todos nosotros querramos, Señor, estar al lado de esa persona; gente, Señor, que desafíe nuestra relación contigo, gente, Señor, que nos estimule. Levanta Pedros en nuestra iglesia, Señor, que sean más diligentes que la media, para que la media, Señor, quiera caminar hacia donde están ellos.
Ay, hermano, clama tú ahí por ti mismo; clama por una vida fructífera, clama por ser restaurado en tu utilidad en el pueblo del Señor. Qué triste es aquel hermano que tiene millas en el Señor y al día de hoy no está sirviendo. Qué lamentable es un hermano que ha visto la poderosa mano del Señor durante años y al día de hoy está distraído en otras cosas. Siente la reprensión del Señor, hermano: no te envuelvas en los negocios de la vida. Tú eres siervo del Señor, esclavo de Cristo, ministro del Evangelio. Señor, necesitamos Pedros en esta iglesia; necesitamos gente restaurada, Señor. No te pedimos hojas lineales; lo que te pedimos, Padre, es restauración. Mira donde ha habido especial vergüenza, Señor; es ahí donde estamos esperando especial gloria. Mira donde han habido caídas estrepitosas. Señor, mira la gente aquí que ha caído y que cayó duro, Señor, y que se escuchó. Permite, así mismo, Señor, que haya restauraciones escandalosas.
Y permítenos verlas, Padre; permítenos escribir esto como lo describió Juan, Padre, con gracia, con humildad, entendiendo que tú lo has hecho. Permite, Señor, levanta gente aquí con el espíritu de Juan, gente que pueda entender que si tú restauras, tú restauras. Trae una nueva página, Señor; trae un nuevo “sígueme”. Señor, queremos ser preservados, pero no solamente queremos estar aquí; queremos ser útiles, Señor. Levanta siervos útiles; sácanos de la inutilidad, Señor; sácanos de la vida sin fruto.
Hermano, perdónenme ahí un momento más. Tengo que clamar por mis hermanos para que entiendan que amarán al Señor amando a los suyos. Rompamos esa mundanalidad que nos dice que podemos tener relaciones vibrantes con Dios al margen de nuestros hermanos. Rompamos con el espíritu individualista de este mundo, que nos dice que podemos tener relaciones viables con Dios sin pasar por el pueblo del Señor. Permite, Padre, que se levante aquí gente hoy con el deseo de alimentar a los corderos y de pastorear a las ovejas, Señor; levanta hermanos que sean graciosos en sus relaciones.
Señor, haz de aquí de los Pedros individuales a Pedros colectivos; permítenos ser jugadores de equipo. Confronta a quienes piensan en sí mismos con la necesidad de manifestar la intensidad de su amor a ti, Señor, amando a quienes tú amas, cuidando a quienes tú cuidaste, Señor, dando por gracia lo que por gracia han recibido. La carga del principio, Señor, vuelvo a manifestarla ante tu presencia: mira estos hermanos míos que tienen años, que deberían estar cargando cada uno al otro, Señor, y están sentados. Señor, ay, Padre; tú puedes hacerlo, pero no nos avergüences dándonos una iglesia donde los nuevos creyentes sean quienes carguen a los creyentes maduros. Señor, que no sean aquí los Timoteos que carguen a los Pedros, Señor; que no sean los Titos que carguen a los Pablo. Padre, permite que en esta iglesia el creyente maduro cargue más, porque a quien más tú le has dado, más le demandarás. Haz en esta casa lo que quieres hacer.
Queremos tener un 2017, Señor, de muchos frutos con instrumentos restaurados. Permite que el próximo jueves, Padre, se extienda este gozo; que haya hermanos aquí deseosos de permanecer en tu presencia, Padre, de permanecer en tu palabra y de prevalecer en esto, Señor, que tú nos has dado por misión. Recibe tú, Señor, esta última alabanza; gózate, gózate. Ven, hermano Raúl, dirígenos. No dejes de clamar ahí al Señor, hermano, en los que nos dirigen en adoración, los músicos; no deje, hermano, de exaltar ahí al Señor. Si acaso hay alguien aquí que ha escuchado la predicación y el Señor le ha confrontado, este es buen momento también para el arrepentimiento. No dejemos de exaltar al Señor, hermano; no dejemos de buscar su rostro.
No dejemos de alabar. Exaltado sea el Señor. Gracias, Padre, por este tiempo; exaltado sea tu nombre.