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Un llamado a recuperar nuestra pasión

Apocalipsis 2:1-7

La iglesia en Éfeso tenía obras, discernimiento y perseverancia, pero había dejado el amor entregado que la caracterizó en sus primeros años. Un llamado a recordar de dónde hemos caído, arrepentirnos y volver a hacer las primeras obras antes de que el candelero sea quitado de su lugar.

Predicado15 de enero de 2017
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Busquen sus biblias, hermanos queridos, en el libro de Apocalipsis, en el capítulo dos, y recibamos el consejo de la Palabra del Señor. Pónganse sobre sus pies un momento para la lectura de la Escritura. Es el último libro del Nuevo Testamento. Estaremos leyendo Apocalipsis capítulo dos, desde el versículo 1 y hasta el versículo 7. Es el mensaje del Señor a las siete iglesias del Asia, comenzando por la iglesia de Éfeso. Dice así la sagrada Escritura:

Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto: Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido. Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.

— Apocalipsis 2:1-7

Pueden sentarse, amados hermanos. Les leo de nuevo el versículo cuatro y después vemos la introducción. Dice así el Señor a través del apóstol Juan: «Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor».

Para el momento en que Juan escribió el libro de Apocalipsis, la iglesia en Éfeso —Éfeso era una ciudad de la antigüedad, una ciudad del Asia— tenía ya tres décadas, y era fuerte en más de un sentido. Esta iglesia tenía obras que mostrar, diligencia en su trabajo y paciencia. Sus miembros habían madurado a tal punto que pudieron reconocer a los falsos apóstoles y a los falsos maestros. Pero esta iglesia tenía también una gran debilidad: con el paso del tiempo habían perdido el amor sacrificial y entregado, esa pasión que en otro tiempo les fue característica.

Hoy veremos que las iglesias son más que una institución: son organismos vivos en los que las fortalezas de hoy podrían ser las faltas de mañana. Y también veremos el llamado de Dios a recuperar nuestra pasión. Estoy seguro, hermanos, de que ustedes conocen estos llamados del Señor a las iglesias del Asia Menor. Yo mismo estuve exponiendo en el 2012 la carta del Señor a la iglesia de Laodicea. Hoy solamente pasaré a exponer la carta del Señor a la iglesia de Éfeso.

Hay muchas de estas cosas que ya les expuse anteriormente; por ejemplo, el simbolismo en Apocalipsis, que no es para nada enrevesado, porque el mismo Juan dice lo que significa cada cosa. En el capítulo 1 él explica que los candeleros son las iglesias, y que estos ángeles o estrellas —según se puede inferir— son los pastores o ministros que el Señor le había dado a cada una de ellas. No me detendré en esto, hermanos, porque le dediqué un gran tiempo en otro momento de la exposición. Si quieren ahondar más, está en la página de la iglesia, se llama «Apocalipsis, ángeles y candeleros»; pueden leerlo allí. Solamente introduciré con algunos asuntos generales.

No es una sola iglesia, hermanos, son varias iglesias a las cuales el Señor le estuvo hablando a través del apóstol Juan. Estas eran iglesias reales de la antigüedad. Estaban todas en un tramo territorial que era el Asia Menor; eran unas vecinas de las otras, pero en una amplia extensión territorial. Cada uno de los nombres que están aquí no son nombres de iglesias locales, como podría ser la Iglesia Evangélica PezMundial o cualquier otra iglesia, sino que eran iglesias que estaban en ciudades. Y en aquel momento parece que estas iglesias tenían algún tipo de comunión especial, o que hasta había cierta colaboración entre ellas. La iglesia de Laodicea, la iglesia de Esmirna, la iglesia en Pérgamo, la iglesia en Éfeso: la iglesia que está en la ciudad de Éfeso. Son ciudades del mundo antiguo.

Quiero introducir diciendo que no estamos hablando aquí de creyentes individuales, que es uno de los problemas que ha tenido la exposición de este capítulo dos de Apocalipsis. Hay quienes han expuesto Apocalipsis dos como si se tratara de actitudes o características individuales de los creyentes, y no es así: son características de las iglesias. Esto es muy corporativo, es muy congregacional. Parece, hermanos, que a la luz de la Escritura se hace ver que las iglesias llegan a tener características que las definen. Uno podría decir: esa iglesia ahora mismo es así. La iglesia en Éfeso tenía una característica distintiva, la iglesia en Laodicea tenía otra característica distintiva. Con esto quiero anunciarles que no estamos exponiendo ahora, necesariamente como hicimos el domingo pasado, la relación de un hombre con Dios, sino la relación de las iglesias con el Señor de esas iglesias.

Otra cosa que quiero decir, y que se evidencia en todas estas cartas, es que estas iglesias no tenían características permanentes. Las fortalezas de hoy de una iglesia podrían ser sus debilidades de mañana. Las iglesias no son asuntos concretos, petrificados, sino que van cambiando. Por eso tenemos que ser muy cuidadosos: en primer lugar, para evitar conformarnos diciendo «nuestra iglesia es así, tiene esa fortaleza». Lo que hoy fue fuerte, mañana puede ser débil. Y al mismo tiempo tenemos que ser cuidadosos para no juzgar a ninguna iglesia de manera permanente. Una iglesia puede tener hoy una característica y mañana puede tener otra. Son cosas que van cambiando; el Señor va refinando a su pueblo.

Esta iglesia en Éfeso, por ejemplo, era una iglesia muy vibrante en tiempos del ministerio del apóstol Pablo. Fue la iglesia donde el apóstol Pablo permaneció durante más tiempo. Fue aquella iglesia que recibió a Apolos —recuerden a este gran maestro, que era impresionante en palabras—. Fue la iglesia a la cual Pablo dejó allí trabajando a Timoteo. Y fue también la iglesia donde sirvió el apóstol Juan en los últimos tiempos de su vida. Y al final, después de treinta años aproximadamente, es descrita así.

Quiero decirles con esto, hermanos, que las iglesias van cambiando, y que no nos sintamos cómodos diciendo que somos fuertes en un área, ni tampoco en extremo avergonzados de que somos débiles en otra. Tratemos siempre de que nuestra iglesia refleje el propósito que el Señor tiene para todos nosotros. Y les anuncio esto también, y perdónenme el largo preámbulo: que nuestra posición en Cristo es más importante que nuestra condición. No ignoremos nuestra condición, hermanos, pero todas estas iglesias —iglesias que estaban en diferentes momentos, iglesias que tenían diferentes fortalezas y diferentes debilidades— fueron tratadas por el Señor como iglesias.

Casi todas ellas tenían alabanzas y reprensiones. El Señor vino a exaltar una condición de la iglesia y a reprender a la iglesia por otro asunto. Había dos iglesias que solamente tuvieron alabanza del Señor. Yo quisiera, hermanos, que ese fuera nuestro caso, aunque tampoco quiero sentirme cómodo ahí; y puedo inferir que no somos el caso. Pero aparentemente, a la luz de Apocalipsis, hay iglesias para las que el Señor solamente tiene elogios. Frecuentemente hay reprensiones y elogios al mismo tiempo. Y hay hasta una iglesia, hermanos, que solamente tiene reprensión y no tiene ninguna alabanza. Y aun a esa iglesia que no tiene ninguna alabanza, sino solamente reprensión, el Señor le trata como iglesia y le llama al arrepentimiento. Esto a mí me impresiona acerca de la percepción que Dios tiene de sus iglesias locales.

El Señor conoce a su iglesia mejor que su pastor

Aun el pueblo más deplorable, hermanos, sigue siendo pueblo. Aun el hijo más desobediente sigue siendo hijo. Aun la iglesia más maltrecha, desde la perspectiva del Señor, sigue siendo iglesia. Esto debería abrirnos el corazón respecto de nuestro momento y del momento que otras iglesias relacionadas a nosotros podrían tener.

Me llama la atención, hermanos, que el Señor está muy atento al estado que tiene cada una de ellas y las conoce profundamente. Yo quisiera pensar que conozco mi iglesia local, pero yo sé que el Señor sí nos conoce. Yo quisiera, como pastor de este pueblo, decir «nosotros somos la iglesia de Laodicea» o «nosotros somos la iglesia de Éfeso». Les diré, hermanos: yo puedo inferir qué características fuertes y débiles podemos tener como pueblo, pero estoy totalmente seguro de que Dios realmente nos conoce. ¿Pueden creer eso conmigo, hermanos? Que el Señor realmente nos conoce, que el Señor está realmente atento a nuestras necesidades.

Yo no quiero afirmarme diciendo que la Iglesia Evangélica PezMundial es esta o es aquella; les diré: nosotros somos todas las iglesias de Apocalipsis, y en todas ellas tenemos cosas que aprender. Pero sí sé que el Señor sabe de manera objetiva y concreta cuáles son las necesidades que tiene esta iglesia. Eso lo sé, hermanos. Yo estuve meditando en esto mientras me preparaba para exponer la Escritura, y decía: yo quisiera saber de manera concreta qué es lo que le hace falta a nuestra iglesia local. De manera concreta, de manera objetiva, de manera infalible. Yo no sé cuál es la necesidad de la Iglesia Evangélica PezMundial. Ahora, hay algo que yo sí sé de manera concreta, de manera infalible: yo sí sé que el Señor nos conoce.

Y hay otra cosa que complementa esa: yo sé que frecuentemente el Señor nos anuncia cuáles son nuestras fortalezas y cuáles son nuestras debilidades. Comenzando el año, hermanos queridos, yo quisiera hacer un llamado, como pastor de esta preciosa iglesia, a que no nos sintamos cómodos en lo que nosotros somos, sino que seamos sabios y prudentes en discernir cuál es el propósito que el Señor tiene para nuestra iglesia en este tiempo. Que no cerremos los ojos a lo que nosotros somos ni nos conformemos con que siempre hemos sido así, sino que sepamos que el Señor frecuentemente tiene misericordia de nosotros indicándonos de manera concreta dónde están nuestras faltas, y que todas estas cosas deben llevar a la iglesia al arrepentimiento.

Y les doy un preámbulo más, hermanos, y paso a exponer la carta a la iglesia de Éfeso: aun las iglesias mejor provistas y pastoreadas llegan a tener grandes carencias. Si hay una iglesia en el Nuevo Testamento en la cual yo me sienta como deleitado, una iglesia que yo quisiera conocer y a la cual quisiera que nos parezcamos, es la iglesia en Éfeso. Fue aquella iglesia donde el apóstol Pablo permaneció cerca de tres años y medio predicando. Fue una iglesia que tuvo grandes maestros. Fue la iglesia que recibió la carta más saludable de todo el Nuevo Testamento. Compare usted la carta a la iglesia en Éfeso con las dos cartas a la iglesia en Corinto, y verá qué iglesia era la iglesia en Éfeso.

Era una iglesia sobre la cual, cuando Pablo le escribía, no tenía profundas quejas. Era una iglesia que anunciaba satisfacción profunda. Se ve que Pablo hablaba con esa iglesia como hablando un creyente maduro a otro creyente maduro. Uno ve otras cartas donde Pablo dice: yo quisiera hablarles a ustedes como espirituales, pero tengo que escribirles como a carnales. En esta carta, el apóstol Pablo les habla como si dos personas que tienen cierta madurez en el Señor estuvieran conversando. Es una carta que anuncia madurez. Es una carta que, cuando uno la lee, infiere que el estado que esta iglesia tenía en tiempos del apóstol Pablo era un estado fervoroso, una iglesia madura, una iglesia que tenía cierta diligencia. Hay pocas quejas respecto de la iglesia en Éfeso.

Treinta años después, el Señor le está diciendo a la iglesia en Éfeso: «Tengo contra ti que has dejado tu primer amor». Y uno dice: pero ¿no estuvo el apóstol Pablo tres años y medio en Éfeso? Había allí muchos ancianos que definitivamente eran ancianos tiernos, eran aquellos hombres de los que dice la Escritura que lloraban al despedirse de su presencia. Era la iglesia de Apolos, la iglesia que tuvo a Timoteo, la iglesia de Juan, hermanos, y en esta iglesia hay carencias. No demos las iglesias del Señor como asuntos terminados. Entendamos que las iglesias mejoran y desmejoran, y que una iglesia que es muy fuerte en un área podría tener vergonzosas carencias en otra; y una iglesia que hoy encontramos y damos por muerta, el Señor podría estar haciendo grandes cosas a favor de ella y por ella.

Después de darles este preámbulo, permítanme exponerles el mensaje mismo que el Señor está dando a los hermanos de Éfeso a través de esta carta. En primer lugar, estaré mostrando que Dios es soberano en cada una de esas iglesias.

Dios es soberano en cada una de sus iglesias

En segundo lugar, con la ayuda del Señor, les estaré mostrando que Dios conoce perfectamente nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Y en tercer lugar les estaré mostrando cómo Dios nos muestra cuál es la ruta de salida.

Comencemos con esto: Dios es soberano en cada una de sus iglesias. Dice el versículo 1: «Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto». ¿Cómo se presenta el Señor, hermanos? Él se presenta como aquel que anda en medio de los candeleros y aquel que tiene en su diestra las siete estrellas. El capítulo 1 nos dice que estas estrellas o ángeles son —según se puede inferir— los mensajeros que el Señor tiene allí, y que el candelero mismo es cada una de las iglesias, como una luz encendida.

Dice el Señor, primero, que él tiene en su mano a cada estrella, a cada ministro, a cada líder que él ha puesto; y en segundo lugar, que él se mueve en medio de nosotros. Recuerdo que la primera vez, en 2012, cuando estuve exponiendo Apocalipsis, encontré profundo aliento en el hecho de saber que el Señor sostiene a sus ministros, que estamos en las manos suyas. No voy ahora a hacer el esfuerzo de demostrar que estos ángeles, estos mensajeros, no son seres angelicales, sino hombres que el Señor ha puesto en la iglesia, sino que pasaré directamente a hablarles de la dignidad que tiene el ministerio pastoral.

La dignidad que tiene es que el Señor tiene a cada ministro en su mano. Y eso debería ser un aliento, no solamente para el ministro, sino también para sus congregaciones. El hecho de saber que las iglesias no están sueltas, sino que el Señor está cuidando de su iglesia a través de sus ministros, debería ser profundo aliento para cada iglesia local. Cada ministro del Señor, cada mensajero del Señor, está siendo poderosamente guardado. Dice que el Señor lo tiene en su diestra; tenerlo en su mano derecha, hermanos, es que el Señor está hablando aquí de su poder.

Y si está en su diestra, el Señor lo ve. El Señor está viendo a cada ministro del evangelio, y eso también debería llenarlo de profundo aliento y esperanza. Pero si nos alienta el hecho de saber que el liderazgo de una iglesia no está solo, sino que está siendo cuidado, provisto y suplido especialmente por el Señor, me alienta más saber que el Señor se está moviendo en medio de nosotros, en medio del candelero. Y aquí hay profundas lecciones para la iglesia local.

Miren: la iglesia local tiene una audiencia importante. Nosotros tenemos el mejor auditorio que se puede tener. Nosotros tenemos el mejor espectador que un culto cristiano puede tener, y es uno solo: es que el Señor está paseándose en medio de su iglesia. Hermanos, tenemos la mejor audiencia del mundo. Yo sé que uno se dispone a dar según la audiencia que uno tenga, y que para cualquier persona es natural encontrar un mayor fervor cuando la audiencia es muy grande. Quizá la audiencia que tengamos aquí no sea muy grande, pero es muy digna, y es digna porque es el Señor quien se pasea en medio del culto de su iglesia. La asamblea cristiana tiene un espectador.

Estoy enfocando a mi iglesia respecto de esto: que un culto cristiano es más que una reunión, que un culto cristiano es más que un programa que se desarrolla; que un culto cristiano es el candelero del Señor con cada una de sus luces, y el Señor paseándose en medio de su candelero. Es que el Señor está en medio nuestro, hermanos. Y si tenemos esta audiencia, nuestro culto debería anunciar este temor reverente. El Señor se pasea en medio del candelero; el Señor está aquí. Tenemos que creer por fe que el culto cristiano es más que una reunión, más que un conglomerado de gente. Puede ser que seamos muchos o seamos pocos; el asunto principal es quién está aquí.

Yo puedo ilustrar esto. Si usted recuerda la universidad: primero estaba el murmullo en el aula, estaban unos sentados en el pupitre, quizá alguno estaba sentado hasta en la mesa donde el maestro daba la clase, y estaban departiendo entre ellos. Pero cuando llegaba el maestro de esa clase, el curso cambiaba de actitud. Primero guardaba silencio, después asumía la compostura, y cada quien asumía su lugar. El estudiante que estaba sentado sobre el pupitre se desmontaba y ocupaba su asiento; el que estaba sentado en la mesita del maestro la dejaba, y si había que disculparse, se disculpaba: «Perdóneme, profesor», e iba y ocupaba su lugar.

Yo no sé si he enfatizado todavía lo suficiente, hermanos, que en este candelero yo tengo la convicción de que el Señor se pasea en medio de nosotros; y a veces tengo la sensación de que mis hermanos no recuerdan que el Señor se pasea en medio de nosotros, y tengo que estar haciendo señas: mira el pupitre, ahí viene el Maestro. Si el Señor se mueve en medio de sus iglesias, nosotros tenemos la mejor audiencia que podemos tener. Y si el Señor está aquí, deberíamos hacer nuestro mejor esfuerzo, deberíamos sacar lo mejor que hay en nuestro corazón para anunciar que el Señor está aquí. Nuestro culto debería anunciar este temor reverente de que el Señor se mueve en medio de la alabanza de su pueblo, y que el candelero no está solo, sino que el Señor se pasea en medio del candelero. Deberíamos tener aquí una actitud de recibir. Y el que recibe tiene cierto reconocimiento de su necesidad, tiene la actitud de que estamos por recibir algo, un reconocimiento de la dignidad del Señor que está en medio nuestro.

El Señor le está diciendo objetivamente a estas iglesias: yo me muevo en medio, yo no estoy al margen, yo estoy allí. Me recuerda aquel encuentro que tuvo el Señor con Simón el fariseo. El Señor fue a la casa de Simón y Simón le dio un trato. Después entró otra mujer en la casa de Simón el fariseo y lavó los pies del Señor. Y quedó al descubierto el trato que Simón el fariseo le estaba dando al Maestro. No era un trato humillante, no era que Simón el fariseo hubiera ofendido al Señor directamente; le recibió en su casa, y eso ya es una gran cosa. Ese no era el problema. Perdónenme que se los lea; es Lucas capítulo 7, versículo 36 en adelante:

Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.

— Lucas 7:36-43

Y entonces le dice: «¿Ves esta mujer?». La mujer a quien el Maestro le había permitido —y esto era abrupto— que le lavara los pies sin saber quién era ella.

¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas esta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas esta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas esta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.

— Lucas 7:44-47

El Señor había estado anotando la descortesía. Simón diría: pero yo soy un fariseo, quizás hasta uno destacado entre ellos; yo lo estoy recibiendo en mi casa, le estoy poniendo en mi mesa, eso es suficiente. Y el Señor le dice: no me diste agua para mis pies. Tú te has sentado conmigo a la mesa, me estás dando tu comida, sí; pero no ungiste mi cabeza con aceite.

El enfoque del culto y el liderazgo de la iglesia

Yo me siento en libertad de predicar estas cosas con tanta confianza porque soy pastor de esta iglesia. A veces he sentido que el Maestro está aquí sentado, hermanos, y yo no veo las lágrimas. Y no digo que hay que llorar, no es eso; es esa actitud de que no hubo nadie lavando sus pies. Si el Señor se mueve en medio del candelero, nuestro culto tiene la mejor audiencia. Nuestro culto debería anunciar esa reverencia, ese recogimiento; y esto es una oportunidad para que su pueblo manifieste algo delante de su Señor. Tengo el temor de que quizás nuestra iglesia no esté entendiendo la dignidad de la persona que nos está visitando. Si el Señor está aquí, deberíamos tener todo nuestro enfoque en él, en su culto, en su dignidad.

No piensen que yo solamente predico estas cosas: voy donde mis hermanos y los animo a que lo hagamos. El hecho de que lo prediqué tantas veces no significa que yo confíe solamente en el púlpito; frecuentemente voy donde mis hermanos y les digo: hermano, atiende, estamos adorando, guarda eso. Y se lo digo también desde aquí: en el culto cristiano todo el enfoque debería estar en el Maestro.

No sé si ha estado usted en algún evento cuando llega una persona que tiene una dignidad especial. Todos los ojos apuntan hacia allá. Toda la atención es como un polo que llama, y el que estaba haciendo algo deja de hacerlo. Si el Maestro está aquí, si somos el candelero y si el Señor se mueve en medio de su iglesia, esta reunión debería ser diferente. Toda nuestra atención, todo nuestro enfoque debería estar en que el Señor se está moviendo en medio de su candelero.

Me llama la atención también el hecho de que el Señor mandara cada carta al ángel de la iglesia. Esto respalda lo que les he dicho anteriormente: Dios opera en su iglesia a través de su liderazgo. Esto no es algo que lo elija yo, ni algo que lo elija usted. Hay cierta economía en la iglesia del Señor, y el Señor elige darle pastores a su pueblo y guiar a su pueblo a través de los pastores. El hecho de que el Señor mande la carta al ángel de la iglesia, al mensajero de la iglesia, al líder que el Señor ha establecido, al ministro que tiene allí, significa que el Señor está respetando su modelo.

Y esto es así porque el primer punto de revisión debe ser siempre el pastor de una iglesia. Yo he conocido muchas congregaciones y pastoreo una, y tengo el convencimiento de que ninguna iglesia va más allá de su liderazgo.

Si usted quiere ver cómo va una iglesia, tiene que revisar cómo está el pastor de esa iglesia y los colaboradores que son muy cercanos a ese pastor. Si usted quiere saber si esa iglesia va a glorificar al Señor, la pregunta que tiene que hacerse es esta: ¿tienen estas personas en este momento la disposición de permitir que el Señor haga en ellos este trabajo? Si el pastor y los líderes que trabajan al lado de ese pastor no se ponen en la mano del Señor para hacer eso, no espere que el pueblo sea distinto. Por eso yo no tengo mucha expectativa de que una iglesia cambie porque tenga un predicador invitado que venga a hacer algo. Una iglesia cambia cuando el liderazgo de esa iglesia tiene la disposición de que el Señor haga en ella lo que él quiere que se haga.

Si usted quiere una iglesia que vaya lejos, pregúntese cómo va el pastor y cómo van los que están cercanos a ese pastor. Algo así es lo que yo mido, hermanos, cuando visito una congregación: qué actitud tiene el ministro de esa iglesia y sus colaboradores. Digo esto con tristeza, pero voy a iglesias donde encuentro al pastor distraído en diferentes cosas, y digo: pero se está adorando al Señor, y ese es el ministro de la Palabra, y él no sabe que estamos adorando al Señor. Y después busco a los colaboradores de ese pastor. Hermanos, el Señor dice: «Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso». El Señor está hablando al liderazgo de la iglesia en Éfeso, en primer lugar.

Esto que les digo a ustedes es lo mismo que estaba hablando con los hermanos que trabajan conmigo al comienzo de este año. Nosotros queremos que el liderazgo de esta iglesia se deje dirigir por el Señor, y que sea el primer punto de revisión del Señor en su pueblo. Si en este pueblo estamos esperando un avivamiento del Señor, si queremos que el Señor se mueva, nosotros tenemos que comenzar a orar y a fomentar que el liderazgo de esta iglesia sea un liderazgo que permita ser usado para los cambios que el Señor quiere introducir aquí. ¿Y qué pasa si el liderazgo no? La realidad es que semana tras semana, año tras año, hay gente que queda fuera del ministerio en la iglesia del Señor. Da tristeza, pero es así.

El Señor nos está diciendo: escribe al ángel de la iglesia. Y el ángel de la iglesia, el mensajero de la iglesia, es quien implementa los cambios que el Señor quiere; no sigue su propia agenda. Dios opera en su iglesia por medio del liderazgo, y el Señor también se llama a sí mismo el Señor de los pastores. Dos cosas quisiera dejar en su mente en este punto —y aquí quiero extenderlo a todo el que colabora con un ministro del Señor en el trabajo de una iglesia—: esta seguridad de que el liderazgo de una iglesia está en la mano del Señor, y esta otra, de que el Señor se mueve en medio de su iglesia, de que el candelero está ahí y el Señor se pasea en medio del candelero.

Dios conoce nuestras fortalezas

Quisiera moverme ahora hasta el versículo siguiente, el versículo dos, y mostrarles cómo Dios conoce perfectamente cuáles son nuestras fortalezas y cuáles son nuestras debilidades. Digo «perfectamente» porque uno puede inferir que el Señor lo sabe concretamente. Miren con qué seguridad el Señor le habla a la iglesia de Éfeso; se ve que la conoce, se ve que la ha estado considerando, que la ha estado revisando. Dice él:

Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado.

— Apocalipsis 2:2-3

¿Cuántas expresiones de elogio para la iglesia en Éfeso! Yo les diré que no me sorprende. Es una iglesia que tiene el trabajo de treinta años. Es una iglesia que ha tenido obreros, es una iglesia que tenía ancianos en gran cantidad, que se contaban entre ellos y que tenían un corazón hacia el Señor.

Dice primero el Señor que él conoce sus obras: la historia, lo que esta iglesia ha estado haciendo. Después dice que conocía su arduo trabajo, su diligencia. Miren, no está mal que una iglesia quiera ser reconocida por el Señor. Yo me gozo de que mi tía decía, mirando al cielo: «Señor, tú estás mirando». El problema es cuando uno quiere hacerlo para agradar a los hombres; esa no debe ser la motivación. Pero toda persona que trabaja para el Señor en su casa debería anhelar ser reconocida por él como una persona que tiene obras, como una persona que tiene diligencia, como alguien que está haciendo cosas a favor de la causa de Cristo por amor a su nombre. Eso no avergüenza ni es algo incorrecto; deberíamos buscarlo.

Perdónenme un momento esta locura, hermanos, pero todo lo que yo hago para el Señor yo lo anoto. Y se los digo tal cual: yo voy a la presencia del Señor, y cuando lloro le muestro cosas que yo quiero hacer para su gloria. Y le digo: Señor, mira lo que tú me has dado y lo que he tratado de hacer con esto. Yo rindo informe delante de mi Señor. Y lo digo con limpia conciencia: siempre espero más responsabilidad delante del Señor. Yo creo que el Señor extenderá mi ministerio, creo que el Señor me dará más responsabilidad, yo quiero más trabajo, hermanos. No lo haga usted para los hombres, pero desee ser reconocido como lo fue Éfeso: una iglesia que tiene obras, una iglesia que tiene arduo trabajo, una iglesia que ha mostrado diligencia. No está mal. Haga como mi tía, que decía: «Señor, tú estás mirando desde el cielo, toma en cuenta que lo estoy haciendo para tu gloria». Háganlo, hermanos.

Y dice el Señor que él conocía su paciencia. Déjenme refinar el concepto de paciencia, porque el término podría tener una connotación muy pasiva. A veces se puede traducir también como longanimidad: es una persona que tiene cierta resistencia. Paciencia no es solamente alguien que está ahí esperando de brazos cruzados. Esa paciencia, tal como está descrito ese término en el original, tiene una carga activa; quizá una paráfrasis sería «la perseverancia ante un trabajo fatigoso». Cuando le dice «yo reconozco tu paciencia», no es «yo reconozco que estás ahí esperando que algo suceda». No, no es lo que está diciendo. El término en el original tiene esa connotación activa: es una persona que está resistiendo un trabajo que es difícil, y lo resiste.

Cuando le dice «yo conozco tu paciencia», es: conozco tu longanimidad, conozco tu capacidad de soportar la fatiga hasta el último momento. Eso es paciencia en este texto: perseverancia ante un trabajo fatigoso. Hermanos queridos, sostener la casa del Señor e impulsar su causa entre los hombres es algo que requiere ese tipo de paciencia, una perseverancia activa ante un asunto que es fatigoso. La obra del Señor puede ser una obra que nos canse y que nos fatigue, que demande una energía especial de nosotros; y el Señor está reconociendo eso. Dice: yo conozco tus obras, yo conozco tu testimonio, yo conozco tu diligencia, yo conozco esa capacidad que tiene la iglesia en Éfeso de sobreponerse a las más hostiles de las circunstancias. Eso no está mal.

Un ministro del evangelio, una persona que cumple un ministerio en la iglesia local, tiene que tener esa capacidad de resistir más allá de la adversidad. Es una persona que va contra el viento; dice el Señor: yo los veo a ustedes, que van contra el viento y han perseverado. Una iglesia local tiene que tener en su historia esa capacidad de decir: como iglesia hemos podido sobreponernos, hemos podido resistir, hemos tenido esa longanimidad, esa paciencia.

¿Y cómo dice el Señor que se ha mostrado? Lo primero que él dice es que no han tolerado a los malos: «Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia» —longanimidad, capacidad de resistencia— «y que no puedes soportar a los malos». Aguántenme aquí en ese «no puedes soportar a los malos». Yo siempre he visto con cierta reserva el predicar apuntando al original diciendo «el original dice»; pero la realidad es que Juan, entre todos los apóstoles, siempre tiene palabras muy selectas, y se ve que cuando Juan escribía todo su texto tenía cierta intencionalidad en los vocablos que elegía. ¿Cuál es el «malo» que está ahí? El término es kakós: una naturaleza maligna, una naturaleza malvada. No es «mira, ese hermano no es un hermano que me está desafiando». Está diciendo: tú no has soportado, tú no has hecho causa común con los malignos.

Y la realidad es que ninguna iglesia está llamada a soportar a ningún maligno, a ninguna persona que tenga una naturaleza malvada. Sí estamos llamados a cargar a nuestros hermanos. Si un hermano suyo hay que cargarlo, hay que cargarlo. Si una persona ha demostrado que tiene el Espíritu Santo en él y que es del Señor, a ese hay que cargarlo; y si hay que cargarlo entre doce, lo cargamos entre doce. Pero ninguna iglesia local está llamada a cargar con un maligno ni a cargar con la maldad. Eso de «vamos a cargar al pecador» es algo muy nuevo en la historia de la iglesia; ninguna iglesia está llamada a cargar al pecador. Nosotros estamos llamados a cargar, como dice el libro de Gálatas en el capítulo 6, versículo 2, las cargas los unos de los otros. Ese hermano puede ser inconstante, puede ser un hermano difícil; pero si hay evidencia de que el Señor se está moviendo en ese corazón, si es nuestro, carguémoslo entre veinte si es necesario.

Pero yo no estoy llamando a mi iglesia a que se haga la ilusión de que aquí vamos a cargar al kakós, al maligno, al que no ha demostrado que tiene al Señor en su corazón. A ese no estamos llamados a cargarlo. Lo que él está diciendo es: yo les reconozco a ustedes que al maligno, al que tiene una naturaleza malévola, ustedes no lo han soportado. Y hoy encuentro que hay quienes se ufanan en las iglesias locales de cargar al malvado. Hay iglesias que conozco cuyo asunto es ser iglesias tolerantes, ser una iglesia que da la bienvenida, donde todos son bienvenidos. Bienvenidos para que reciban la predicación, sí; pero en la comunidad de los santos, en la comunión de la iglesia cristiana, no todo el mundo es bienvenido. Márquenme esa diferencia: por esa puerta va a entrar cualquiera, cualquier malévolo, cualquier malvado. Pero no estamos llamados a cargarlos; estamos llamados a predicarles. La iglesia carga a los suyos, hermanos, y nos cargamos el uno al otro.

Dice, pues, que el primer elogio que el Señor le ha mandado a decir es que ellos han rechazado tolerar y soportar a los malignos. Dice también que pudieron discernir a los falsos apóstoles: tuvieron discernimiento, y se ve que su conocimiento en el Señor sirvió para esto. Y dice el versículo 3 que trabajaron en medio de amplias dificultades. Hay un juego de palabras: primero dice «y has sufrido», y después dice «y has tenido paciencia» —el sufrimiento no te retrocedió—; y después dice «y has trabajado arduamente por amor de mi nombre», y luego «y no has desmayado». El Señor está reconociendo esa capacidad que tenían ellos.

Más adelante dice que habían rechazado hasta las obras de los nicolaítas. Eso hay que resolverlo a la luz de la historia de la iglesia. Parece que los nicolaítas eran personas que se habían mezclado dentro de la iglesia; dice el versículo 6 que el Señor aborrecía sus obras, y el versículo 15 dice que no debíamos retener su doctrina. Parece que era gente que se había mezclado en el pueblo del Señor, y lo que dicen algunos historiadores es que estas personas tenían unas posiciones liberales: decir que un creyente podía participar del pecado y al mismo tiempo ser parte de la comunión de los santos.

La debilidad de Éfeso: había dejado el ágape

Todo eso tenía la iglesia en Éfeso. Entonces ahora entro donde quería llegar: también la iglesia en Éfeso tenía su debilidad. ¿Y cuál era su debilidad? «Pero tengo contra ti». Todo eso está a favor —qué bueno—: una iglesia que discierne, una iglesia madura en muchos aspectos, una iglesia trabajadora, una iglesia sufrida, una iglesia con longanimidad, con esa capacidad de sobreponerse a cualquier hostilidad. ¿Y qué era lo que el Señor tenía contra esta iglesia? Había dejado su primer amor.

Pero aquí vuelvo al mismo tema de las palabras. Cuando Juan escribió «has dejado tu primer amor», no eligió cualquier término para el amor. Y aquí ha habido amplias confusiones, porque cantidad de predicadores han expuesto esto como si fuera una metáfora de los noviecitos. Hay personas que han hablado de esto como si fuera: ay, es que ese primer amor, cuando la persona se enamora, cuando las personas tienen ese deseo en el corazón, cuando siempre se quieren ver. Se puede inferir algo de eso, hermanos, pero el término para amor que está utilizando aquí el apóstol Juan es un término también muy selecto.

En griego hay diferentes maneras de referirse al amor, y cada una de esas maneras infiere cosas distintas. Él pudo haber utilizado eros, un amor de pareja, para hacer una metáfora de la relación matrimonial, o del noviazgo, o de esa pasión que tienen los amantes. El Señor pudo haber elegido decir: ustedes han dejado el eros que se tienen los amantes, para poner en nuestra mente ese afecto, ese sobrecogimiento, esa pasión que tienen los enamorados. Pero no utilizó eros.

Él pudo haber utilizado filía, que es otro vocablo griego para describir otro tipo de amor: el amor filial, el amor que se corresponde, que se utiliza a veces hasta para el amor que una persona tiene hacia su ciudad o hacia su patria, y sobre todo el amor de un padre hacia un hijo y de un hijo hacia un padre. Cuando él está diciendo «has dejado tu primer amor», no está utilizando ni siquiera ese término familiar, ese término filial. No es «has dejado ese primer amor que tenían hacia sus padres celestiales». Ni siquiera es ese el término.

Es todavía un término que tiene una connotación más fuerte, y es el término ágape, que fue el segundo término con el que el Señor estuvo cuestionando a Pedro, lo que estuvimos exponiendo la semana pasada. El Señor le dijo a Pedro: ¿tú me amas?, ¿tú tienes ese amor que se entrega hasta el final? Eso era lo que había perdido la iglesia en Éfeso. Yo no he encontrado otra palabra en español que transmita mejor la carga de esto que el término pasión. Es un amor comprometido, es un amor que no solamente anda buscando una satisfacción inmediata, sino un amor que permanece hasta el final y que se entrega hasta el final. Es el amor que el Señor tenía hacia sus discípulos: cuando él dice que habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin.

El amor ágape es un amor que permanece más allá y que hace lo que tiene que ser hecho; es este tipo de amor que tiene una resolución tan fuerte que puede llegar más allá aun cuando no es correspondido. Es el amor que se sacrifica. Por eso yo lo he traducido como pasión. ¿Cuál era su debilidad, hermanos? Una iglesia que había perdido su pasión, que había perdido ese santo entusiasmo, que había perdido esa firme resolución.

Y no hay que hacer en esto mucha especulación, y de eso me gozo: porque cuando se le escribe la carta a la iglesia en Éfeso, esa iglesia nosotros la tenemos muy bien documentada. Está en el libro de los Hechos cómo la iglesia nació, cómo se desarrolló, cuáles fueron estas obras que esta gente hizo. Está la carta de Pablo a los efesios. O sea, no es un asunto que hay que suponer. Él dice: has perdido tu primer amor, por eso te llamo a que hagas tus primeras obras. ¿Y cuáles eran sus primeras obras? Repito: esto no es una metáfora del amor; lo que se está diciendo apunta a un momento concreto en la historia de esta iglesia, cuando la iglesia tuvo más pasión. Él no estaba haciendo un juego de palabras, sino apuntando a un momento concreto que él conocía. Les está diciendo: ustedes en otro momento tuvieron otro tipo de amor, entregado y sacrificial.

Cuáles eran aquellas primeras obras

Hay otros que han dicho que es el amor de los nuevos creyentes, e infieren que todo nuevo creyente tiene una pasión desbordada ante el Señor. Eso no es así. Hay personas que dicen: es que el primer amor es cuando uno viene a los caminos del Señor, esa primera semana, ese primer mes, ese entusiasmo. Puede ser, hermanos, y puede ser que no. La realidad es que en la vida de uno hay momentos de entrega sacrificada al Señor, y ese momento no necesariamente fue el primer mes en el Señor ni el primer año. Hay quienes hablaban de una segunda obra de gracia, como un momento en la vida de un creyente cuando el creyente no solamente cree, no solamente asume la vida cristiana, sino que se entrega completamente al Señor.

Yo quisiera tener el corazón de los efesios para decirles cuál fue ese momento, ese momento que el Señor conocía, un momento de mayor fervor y de mayor entrega. Pero sí podemos inferir, a la luz del libro de los Hechos, cuáles eran esas primeras obras. Lo que les quiero decir es esto: que va más allá de un sentimiento, que va más allá de un superficial entusiasmo. Ese «has perdido tu primer amor» no es como un novio y una novia que quieren verse siempre. Algo de eso se puede inferir, pero él está apuntando a un momento concreto y objetivo en que esta iglesia tuvo una pasión que se desbordaba, en que esta iglesia tenía unas obras de resolución ágape. «Tengo contra ti que has dejado tu ágape»: has dejado ese amor entregado que en algún momento te era característico.

Sí, hermanos, por el libro de los Hechos podemos por lo menos inferir cuáles eran esas primeras obras. Miren: en los primeros momentos de esta iglesia hubo un momento en que, cuando esta iglesia nació, atrajo a hombres como Apolos. Apolos era poderoso en palabra, y en aquel momento hubo en él un profundo amor hacia el Señor, porque él, siendo un intelectual, se dejó instruir de Priscila y Aquila. Y a mí eso me impresiona, porque debe haber un amor ágape en la mente de una persona como Apolos para que se deje instruir primero de una mujer y después de su marido. Escuchen cómo lo ponen en el orden: primero Priscila y después Aquila. Esa humildad que había en ellos, ese dejarse guiar: esas eran las primeras obras. Está en el libro de los Hechos, capítulo 18, versículo 24:

Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. Y comenzó a hablar con denuedo en la sinagoga; pero cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios. Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído.

— Hechos 18:24-27

Oiga, qué combinación: elocuente, fervoroso, ducho en el conocimiento de la Escritura, y se dejaba enseñar. Eso solamente lo hace el Señor. ¿Cuál fue el primer tiempo de Éfeso? Esa humildad característica. Saben que llega un momento en la vida cristiana en que la gente deja de ser enseñable. Hay un momento en que la gente como que se petrifica y dice: ya yo aprendí todo lo que voy a aprender, ya yo sé todo lo que hay que saber, ya yo no recibo sugerencias. Y esta es la humildad que hubo en Apolos, que era poderoso en palabra, elocuente, fervoroso, y se dejaba enseñar.

¿Cuáles fueron los primeros tiempos de esta gente? Una pasión que tenían por las Escrituras, por conocerlas. Dice que en esa iglesia había doce hombres que el apóstol Pablo tomó aparte; dice el versículo 7 del capítulo 19 que eran por todos unos doce hombres:

Y entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios.

— Hechos 19:8

Estas personas tenían pasión por la Escritura. Y la hacían con Pablo; fueron ellos los que retuvieron a Pablo. Pablo después tuvo que quedarse y pasar con ellos casi tres años más, en la escuela de un tal Tiranno. Dice que Pablo se estableció allí para seguirlos instruyendo.

¿Y cómo más se manifestaba este primer amor, esta primera entrega que tenían? Eran gente que respondieron al evangelio con valentía. Dice el capítulo 19, versículo 9, que cuando estas personas entendieron la diferencia entre el evangelio y el judaísmo, abandonaron la sinagoga. Miren, para un judío abandonar la sinagoga era casi morirse. Lo que le daba seguridad al pueblo judío cuando era errante era que tenía una sinagoga. Ellos no vivían en Jerusalén, vivían en Éfeso, pero en Éfeso había una sinagoga, y esa sinagoga era el centro cultural, el centro religioso, el centro de la comunidad, el lugar donde se encontraba con otros judíos.

La gente piensa que la sinagoga era solamente como una iglesia. Miren, la sinagoga era un lugar muy diverso. En la sinagoga se hacían negocios, en la sinagoga la gente se casaba, en la sinagoga la gente se protegía. Un judío llegaba a cualquier parte, iba a su sinagoga, y la sinagoga le desde conseguía trabajo hasta cuidaba de él. Eso era la sinagoga. Y que un judío dejara en Éfeso la sinagoga significaba que quedaba desprovisto, que quedaba solo, que quedaba suelto. Y eso fue lo que hicieron estas personas cuando entendieron el evangelio:

Pero endureciéndose algunos y no creyendo, maldiciendo el Camino delante de la multitud, se apartó Pablo de ellos y separó a los discípulos, discutiendo cada día en la escuela de uno llamado Tiranno.

— Hechos 19:9

¿Qué era lo que hubo en estas personas, que cuando recibieron el evangelio entendieron que había que apartarse? Llega un momento, hermanos, en la vida cristiana en que la gente no entiende que hay que apartarse. Llega un momento en que la gente dice: no, eso era antes, cuando yo estaba en otro momento, pero ya yo puedo. Qué lamentable esto y qué tragedia. Y es que los creyentes que se llaman maduros a veces son aquellos que menos problema tienen en compartir con cualquiera y unirse a cualquier otro. Y digo yo: pero si tú realmente amas al Señor y has crecido, todavía debes apartarte, no participar de eso. ¿Qué hicieron estos hombres? Demostraron valentía y se apartaron. Cuando entendieron, sacrificaron cualquier asunto que fuera beneficioso para ellos, cualquier seguridad, cualquier vínculo, y se comenzaron a reunir en cualquier parte, y no hicieron causa común con aquellos.

¿Cuál era esta pasión ferviente que tenían ellos? Era un testimonio público que los acompañaba. Dice el versículo 17:

Y esto fue notorio a todos los que habitaban en Éfeso, así judíos como griegos; y tuvieron temor todos ellos, y era magnificado el nombre del Señor Jesús.

— Hechos 19:17

¿Cómo fue que se manifestó este profundo amor de ellos, esta primera pasión, esta primera entrega que ellos habían abandonado? En que en aquel momento su testimonio fue notorio. Y no fue esto lo único; yo les podría dar todavía más evidencia en el libro de los Hechos de cómo era esta iglesia en sus primeros tiempos. En ese momento, cuando el momento era mejor, entre ellos se confesaban los pecados, se arrepentían y abandonaban la maldad. Dice el versículo 18:

Y muchos de los que habían creído venían, confesando y dando cuenta de sus hechos.

— Hechos 19:18

Esta gente dejaba el pecado atrás. ¿Y qué es lo que había pasado treinta años después? Que la iglesia se había vuelto una iglesia nominal: una iglesia que no tenía la valentía, una iglesia que no tenía ese testimonio público, una iglesia que no confesaba sus pecados. Esta gente tenía resoluciones de obediencia. Esa pasión que realmente se entrega no es solamente un entusiasmo inicial, sino un amor sacrificial, y el amor sacrificial es el amor que te lleva a abrazar la causa de Cristo aunque esto venga en daño de tus intereses económicos. Algunos de ellos practicaban la adivinación, y lo que hicieron fue quemar los libros.

Una resolución de obediencia. Dice el capítulo 19, versículo 19:

Asimismo muchos de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos; y hecha la cuenta de su precio, hallaron que era cincuenta mil piezas de plata.

— Hechos 19:19

Ah, pero aquí viene un hermano y dice: ¿y hay que quemarlos? Yo tengo este medio pecaminoso del cual me he estado sirviendo, y tengo un interés económico en él, y ahora entiendo que es ofensivo al Señor. ¿Y qué hago con los libros? Todavía hay hermanos míos que me dicen: pero ¿cómo va a ser que yo voy a ser cristiano y entonces me voy a morir de hambre? ¿Yo voy a poder dejar la adivinación?

Éfeso era una ciudad idólatra. Era cuna de la idolatría; allí estaba el templo de la diosa Diana. Esa era la ciudad, y en esa ciudad las personas que vinieron a Cristo anteriormente practicaban la adivinación; y cuando entendieron la verdad y entendieron que era ofensivo a Dios, ellos no vendieron los libros: los quemaron. Yo quiero darle en esto una lección espiritual a mi iglesia: si hay algo con lo cual tú no puedes glorificar al Señor, no mandes a otro a que peque delante del Señor con eso. Un creyente no solamente abandona el pecado; también, en cuanto le alcanza, destruye estructuras pecaminosas.

¿Cuál era la valentía que tenía la iglesia en Éfeso, cuál era este amor desprendido que tenían ellos, que no solamente dejaron de pecar, sino que dijeron: que nadie peque con mis instrumentos? Miren cómo lo dice: «muchos de los que habían practicado la magia» —gente que comía de eso y vivía de eso; ¿a qué usted se dedica?, yo practico la magia— «trajeron los libros y los quemaron delante de todos; y hecha la cuenta de su precio, hallaron que era cincuenta mil piezas de plata». Cincuenta mil piezas de plata son mucho dinero, ayer y hoy. Yo estuve tratando de buscar una correlación de cuánto significaba eso en dólares hoy y no encontré la manera precisa, pero son mucho dinero, ayer y hoy. Lo que estoy diciendo es que esa pasión que ellos habían abandonado, en aquel momento les hizo dejar la adivinación y también quemar los libros.

Pero llega un momento en la vida cristiana en que la gente dice: no, yo puedo ser cristiano, yo puedo alquilar los libros nada más. Yo no soy el que estoy practicando la adivinación, eres tú el que la practicas; yo tengo los libros ahí, tú me das una comisión y tú los usas. Si uno no ejercita su razonamiento como creyente, uno infiere que es maduro decir eso; pero no: ese negocio es una estructura pecaminosa. «Ya yo no lo voy a hacer, yo voy a buscar a alguien que lo haga y que me pague». Un creyente verdadero, que tiene pasión por el Señor, que tiene esa resolución de valentía, esa resolución de obediencia, toma decisiones que vengan en daño de sus intereses materiales.

¿Por qué la iglesia no se consagra más? Porque en cada área de consagración hay un interés económico. Busquen eso detrás. Cada vez que uno quiere rendir un área de su vida al Señor, uno encuentra que eso vendrá como un perjuicio económico, y uno dice: pero es que si yo rindo eso al Señor, ¿qué voy a hacer con lo otro? Esta gente quemó los libros. Yo me imagino esa hoguera; esa hoguera de libros le estaba anunciando a toda esa ciudad: nosotros tenemos tanta pasión por nuestro Dios que queremos dar un testimonio público de que hemos dejado la adivinación y también hemos quemado los libros. Gloria al Señor por esa resolución de obediencia.

¿Y cuál era la ocupación de esta iglesia treinta años después? Esta iglesia había demostrado que podía evidenciar a los falsos maestros, eran creyentes que tenían trabajo para el Señor; pero ya parece que no hacían estas demostraciones valerosas de lo que es la pasión por nuestro Señor. Hermanos queridos, yo quiero llamarlos como iglesia a que entendamos que todas estas cartas nos competen, nos aplican, nos conciernen a nosotros.

Yo quiero llamarlos a que entiendan que volver al primer amor no es solamente tener una idea ilusa del Señor, tener una sonrisa y andar ensimismado, como diciendo «ay, estoy enamorado del Señor», entusiasmado. No, no es eso, hermanos. Son acciones concretas, son acciones valerosas, son resoluciones de obediencia, son áreas de tu vida en las que tú dices: mira, eso ya no más. Y hay hermanos míos aquí que yo siento que en su vida tienen cosas que están entregando al Señor: cosas que anteriormente te definían, cosas que anteriormente te representaban un interés económico, negocios que tú sabes que no honran al Señor, conductas que tú sabes que no son satisfactorias delante del Señor. Eso es volver al primer amor.

Quiero advertir a mi iglesia que el primer amor no es solamente un asunto de sentir cosquillitas en el estómago y un entusiasmo superficial. Esto que les estoy diciendo, «vuelvan a hacer las primeras obras», es: vuelvan a aquella resolución que ustedes tenían de demostrar su amor por mí por medio de demostraciones contundentes de obediencia. Una iglesia que vuelve a su primer amor es una iglesia que recuerda aquel momento de su vida donde se apartó. Me gozo, hermanos, en que el cristianismo es una religión de memoria. Cuando les hablo de esto es porque yo sé que hay áreas en nuestra iglesia donde como iglesia tenemos que entregar ese asunto al Señor y volverlo a hacer.

Volver a esa pasión, a ese entusiasmo; ese asunto de decir: si hay que hacerlo por el Señor, lo hacemos. Yo sé que como iglesia ha habido momentos, hermanos, momentos donde nuestros hermanos han estado más dispuestos a hacer la voluntad del Señor. Yo sé que como iglesia hemos tenido momentos donde nos hemos comprometido de manera más diligente con la causa de Cristo. Yo sé que ha habido momentos donde como iglesia hemos vibrado más por el Señor, hemos tenido mejores momentos. Y él está diciendo: vuelvan a aquel momento, a aquel momento de resolución, a aquel momento de obediencia.

Recuerda, arrepiéntete y haz las primeras obras

Ahora, yo me gozo en que el Señor también nos dice cuál es la ruta para salir. Él describe de manera muy puntual cuál es la falta, y seguido dice cuál es el remedio, lo que hay que hacer. Él no los deja donde están.

Y les digo: miren, quizás nosotros nunca hemos sido una iglesia grande. Pero estoy seguro de que en otros años hemos sido una iglesia más apasionada. Quizás nunca hemos sido una iglesia multitudinaria, pero ha habido otros momentos como iglesia en que hemos tenido una comunión más tierna. ¿Cuál era esta pasión que había en la iglesia en Éfeso? Esta era la iglesia donde lloraban los ancianos cuando se encontraban con Pablo. Era una iglesia que sentía, eran hermanos que tenían una dulce comunión entre ellos. Ese fue otro momento de esa iglesia. Nunca la Iglesia Evangélica PezMundial ha sido una iglesia grande —hay otras iglesias grandes—, pero estoy seguro, como pastor de esta iglesia, de que hemos tenido años mejores.

El Señor tiene memoria de otros años y dice: vuelvan allá, vuelvan a la obediencia, vuelvan a la consagración. Estoy seguro de que ha habido momentos en nuestra iglesia donde los dones de nuestra iglesia han sido mejor utilizados. Yo he estado orando al Señor, hermanos, para que nos devuelva eso. En otros años hemos tenido más complicidad, hemos tenido más unidad de propósito; estoy esperando, con la reunión de miembros de hoy y con un tiempo de oración, que el Señor nos devuelva eso, ese sentir de que el Señor está moviéndose en medio nuestro y que puede hacer grandes cosas.

Él les está recordando otro momento mejor; y para regresar, no esperen un asunto extraordinario. Dice el versículo 5, sencillo: «Recuerda, por tanto, de dónde has caído». Y eso me pareció muy duro. No es «recuerda dónde tú estás», sino «dónde tú te caíste». Oigan cómo el Señor está describiendo a los hermanos de Éfeso, como gente que ha tenido una caída. «Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras». El Señor no se quedó solamente en «ustedes ya no tienen ese amor entregado que tuvieron en otro tiempo». Él está diciendo: primero, recuerden de dónde han caído. Eso en teología sería la contrición.

Los católicos han abusado de la contrición, es verdad; la han convertido solamente en dolor, y de ahí viene todo un asunto de martirizarse, de sacrificarse, como de sentir el pecado, de experimentar el pecado. Hermanos, el pecado no se experimenta dándose golpes en el cuerpo. Es que tú haces memoria de otro momento en que tu iglesia estuvo mejor en el Señor —primero a nivel corporativo— y después hacemos memoria de otro momento donde nosotros tuvimos otra disposición hacia el Señor. La contrición no es solamente sentir dolor, sino mirar cuál ha sido tu curso de acción y cuáles han sido las consecuencias. ¿Dónde estás al día de hoy?

Hagamos memoria de nuestro mejor tiempo para volver hacia allá. Es como el hijo pródigo: lo que él sintió fue contrición. Recuerdan lo que él dijo cuando estaba comiendo la comida de los cerdos: «pero en la casa de mi padre por lo menos me van a tratar como a un sirviente». Yo tuve otro momento. Es que tú digas: hubo otra temporada; yo no siempre he estado comiendo lo que estoy comiendo, no siempre hemos estado haciendo lo que estamos haciendo. Lo que quiero como iglesia es que nos movamos; que tengamos la contrición de recordar que en otro momento hubo más fervor, que en otro momento hubo más pasión, que en otro momento hubo más resoluciones de obediencia, que en otro momento hubo más consagración, más disponibilidad para el Señor.

Y después le dice: arrepiéntete. Y aquí también hay otro problema, así como se ha confundido la contrición. El arrepentimiento no es solamente una confesión: es un cambio de mente, el término metanoia, como cuando tú das la vuelta. Alguien que se arrepiente es alguien que cambia su curso. No puedes arrepentirte y quedarte en el mismo lugar. El arrepentimiento, según la Escritura, es cambio de curso: es que tú ibas consecuentemente en una dirección y ahora das la vuelta. Es como quien tenía ya diligencias avanzadas en un negocio y después dice: vamos a echar todo eso hacia atrás. Eso es arrepentirse. Arrepentirse no es solamente sentirse triste, sentirse mal; arrepentirse es volver atrás.

Y después de esto, miren: pasado un tiempo en que el pueblo está apagado, pasado un tiempo en que las personas no tienen tanta resolución de obediencia como han tenido antes, la gente siempre está esperando que venga un asunto extraordinario y la saque de donde está. Un congreso, una conferencia, un evento. ¿Qué es lo que hay que hacer? Lo mismo que hacíamos antes, hermanos: las primeras obras. Lo que les quiero decir es que no lo mitifiquen a tal punto que usted entienda que va a salir de aquí con un asunto extraordinario. Es hacer lo mismo que hacíamos antes. Lo que pasa con el ser humano es que uno siempre quiere novedades. Rectificar el curso para gloria del Señor no va a requerir como iglesia hacer asuntos extraordinarios, sino cosas muy sencillas, las mismas cosas que hacíamos: reunirnos en adoración, tener aquellas conversaciones.

Si a mí me permitieran identificar qué hacíamos en otro tiempo como iglesia, yo lo recuerdo: como teníamos mucha necesidad, orábamos. Yo recuerdo momentos en que nos tomábamos de la mano, llorábamos como iglesia por cosas, y el Señor respondía. Recuerdo aquellos momentos cuando los miembros de la iglesia hablaban de su iglesia y tenían cierto sueño en común, y había cierta expectativa de lo que podía ser, aunque no teníamos nada en la mano. Miren, hubo un momento en la iglesia en que esto era muy precario. No es que ahora mismo tengamos mucho, claro; pero hubo un momento en la iglesia cuando nos reuníamos para hablar y teníamos sueños, planes y proyectos para el Señor, donde había cierto fervor, donde había ciertas resoluciones de entrega.

Sí, hermanos, creo que hay que volver a tener esas conversaciones piadosas, esas conversaciones donde el uno al otro nos retroalimentamos de lo que el Señor puede hacer, de los dones que tú tienes, de los dones que tiene el otro, de la manera en que podemos ponernos de acuerdo para glorificar al Señor. Son las cosas que hacíamos antes. Y les digo: ¿qué tiene eso de nuevo? Nada. Últimamente, cuando hablamos, como que damos por sentado que las cosas están dadas. Y en algún otro momento, cuando nos poníamos de acuerdo, soñábamos con lo que Dios podía hacer, y había una expectativa y había una acción concreta hacia eso. Hubo otro momento donde como iglesia trabajábamos más para el Señor, donde buscábamos su rostro, nos poníamos de acuerdo y hacíamos lo que había que hacer.

Entonces él nos dice: apunten hacia allá, hacia aquel otro momento. Los tres pasos: hagan memoria de un mejor tiempo, recuerden de dónde han caído, arrepiéntanse y hagan las primeras obras. Les digo que todo esto es muy congregacional, pero la iglesia está compuesta por nuestra relación con el Señor y nuestras relaciones con nuestros hermanos. Yo te pregunto también en tu relación con Dios: estoy seguro de que hay un momento mejor. Por eso un creyente siempre tiene que tener los ojos en el futuro, y en el pasado para recordar y no volver, o para recordar de dónde te sacó el Señor.

Ya les he preguntado a nivel congregacional; ahora permítanme preguntarles de modo personal, hermanos: ¿tú estás en tu mejor momento? ¿Tu corazón tiene tanta pasión por el Señor como ha tenido en otros años? ¿Tienes tanta disposición hoy para obedecer al Señor y hacer su voluntad? Quizá lo que puedas manifestar es: no, mira, yo tengo ahora mismo una calma pasmosa, me siento pesado, no quiero hacerlo. Hermanos, la iglesia no irá más allá —primero de su liderazgo, y después de la suma de sus elementos—. Una iglesia con miembros apasionados por el Señor es una iglesia que tiene pasión por el Señor. Yo te pregunto: ¿cómo está ahora mismo tu fervor hacia el Señor? ¿Tu resolución de obediencia?

¿Y qué es lo que hay que hacer? Las primeras obras. Hagamos memoria de un mejor tiempo. Recuerda de dónde has caído. Arrepiéntete, toma una decisión contundente y camina hacia atrás. Y lo otro: una acción deliberada. Deliberada, o sea, haz las primeras obras, vuelve a hacer las mismas cosas. Algo que quizás no sea emocionante, algo que quizás no sea la cosa más apasionante del mundo, pero son las cosas que tú estabas haciendo en otro momento y que te colocaban en el carril correcto para que como iglesia hagamos la voluntad del Señor. Quiero llamar a mi iglesia a que recuperemos nuestra pasión por el Señor, a que recuperemos el entusiasmo de otro momento, a que recuperemos esa expectativa de lo que el Señor pueda estar haciendo en medio nuestro. Él nos está llamando, y a mí me emociona que él está tomando la iniciativa.

Ningún candelero es imprescindible

Dice: «Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido». Aguántenme aquí, que este tono es una aparente contradicción. Dice la Escritura que ni siquiera las puertas del Hades prevalecerán contra la iglesia del Señor, y yo creo eso. Estoy aquí hablando con sumo cuidado, y he analizado esto de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante. Yo estoy convencido de que ni aun las puertas del Hades prevalecerán contra la iglesia del Señor, de que no hay fuerza alguna que pueda impedir que el Señor alcance su propósito. Pero entonces aquí les digo la segunda parte: al mismo tiempo, estoy convencido de que ninguna iglesia local es imprescindible para que el Señor alcance su propósito.

Y puedo demostrar a la luz de la historia de la iglesia que hay muchos candeleros que han sido quitados. Y usted me dice: ¿cómo se conjuga el asunto de que ni aun las puertas del Hades prevalecerán contra ella, con esto de que a nuestra iglesia local le puede ser removido su candelero? El Señor cumplirá su propósito con nosotros o sin nosotros. Y son muchos los lugares de esta tierra donde usted va a buscar el candelero y no encuentra una luz encendida, y hay memoria de que ahí hubo un candelero en algún momento, y hubo mucha luz en algún momento, y eso fue un pueblo vibrante en algún momento. Ay, hermanos, yo tuve el dolor de encontrarme esta semana pasada con un candelero vacío.

Y cuando estaba ahí, en medio de ese candelero, lo que yo sentí fue la tierna advertencia del Señor de que donde hubo un momento de pasión vibrante para el Señor, hoy puede haber solamente bancos. Fui esta semana al lugar donde existía la iglesia evangélica más vibrante de la República Dominicana en los años 70. Más de noventa bancos de madera organizados uno tras otro. Yo estuve donde estaba la oficina del pastor, que era el pastor que tenía quizás el testimonio más vibrante entre los pastores de la República Dominicana; un lugar con capacidad para más de trescientas personas. Y no digo esto para burlarme de nada, hermanos, sino para darles la advertencia: ¿y dónde están esas personas? En otra parte. El Señor ha llevado su luz a otro lugar.

Ninguna iglesia local es imprescindible para que el Señor alcance su propósito. El Señor lo hará con nosotros o sin nosotros. La iglesia del Señor no está nunca en riesgo; lo que queremos es ser instrumento del Señor. Iglesia Evangélica PezMundial, mira, tu pastor te está hablando: quizá dentro de diez años este puede ser un pueblo vibrante, o quizá esto no exista. Aquellas iglesias de Asia Menor, cien años después, muchas ya no existían. En la historia de la iglesia hay un período que llaman la edad oscura, y cuando se volvió a documentar la historia de la iglesia, estas iglesias vibrantes del libro de los Hechos ya no existían y la antorcha estaba en otra parte. Hoy en día la antorcha está en Latinoamérica. Vaya usted al resguardo de la cristiandad, vaya a Europa, vaya al lugar donde nació la Reforma. ¿Qué encontrará?

Lo que diré es que en dos mil años de historia todavía las puertas del Hades no han podido prevalecer contra la iglesia del Señor a nivel universal, a nivel corporativo; pero las iglesias locales van y vienen. Y que el Señor haya estado moviéndose en medio nuestro no significará que se moverá para siempre. Lo dice la Escritura: «Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido». Es mi deseo que esta iglesia permanezca como una antorcha encendida para gloria del Señor durante muchos años. No tengo duda alguna de que si no es aquí, usted será bien pastoreado en otras partes y será del Señor; yo no dudo ese asunto.

Ahora yo quiero hacer un llamado a todos los miembros de la iglesia a que cerremos filas alrededor de lo que el Señor puede en este tiempo estarle diciendo a nuestra iglesia; a que no nos quedemos aquí esperando con una actitud pragmática. Esa es también la otra advertencia. Alguien me dirá: bueno, pero si eso es así, dejemos todo como está y que el Señor levante su candelero en cualquier parte. Ten cuidado de obrar en contra del pueblo del Señor. Alguien podría decir: mira, yo veo la historia; si la Alemania de Lutero hoy está desierta, si la Ginebra de Calvino hoy está desierta, si aquel lugar adonde con tanta pasión se mudaron los peregrinos y comenzaron con tal fervor, buscando una ciudad que fuera luz para todos, hoy está en vergüenza, y el Señor ha levantado luz en otra parte, entonces dejemos las cosas como están.

Ten cuidado, hermano, porque también aquel que, teniendo los medios para hacerlo, reniega de ser instrumento del Señor y deja las cosas como están, ese tendrá gran pérdida. Yo podría engancharme en un pragmatismo y decir: bueno, el Señor en este lugar… yo soy suyo, el Señor me llevará a otras partes. Pero yo vi un cascarón desierto esta semana, donde se congregaba hace veinticinco o treinta años lo más granado de esta sociedad, los jóvenes más pujantes, los ministerios más explosivos. Yo lo encontré vacío, hermanos. Había dos perros ladrando. Y no sé si ustedes conocen la sensación que da llegar a un lugar donde hubo algo interesante y encontrar que en ese lugar lo que hay es un perro ladrando. Eso es muy feo. Desolación.

Iglesia Evangélica PezMundial, te habla tu pastor: es mi deseo que en tu candelero haya mucha luz para el Señor durante muchos años. Pero ni siquiera esta iglesia es imprescindible. Yo estoy orando al Señor desde noviembre pasado con intensidad; no sé claramente hacia dónde nos está guiando el Señor, pero yo sé que el Señor normalmente dice dónde está la falta, yo sé que el Señor normalmente dice lo que hay que hacer. El Señor no deja a su iglesia sin reprensión, el Señor no deja su candelero al descuido. Yo sé que el Señor puede decirnos de manera concreta, buscando su rostro en oración, cuál es la fortaleza y cuál es la debilidad de esta iglesia. El Señor puede mandarme otro paso, pero nosotros queremos que en este lugar haya luz por muchos años, y quisiera que como pueblo cerremos filas con este propósito de que nuestro candelero alumbre, y alumbre bien.

Eso es lo que queremos, hermanos. No dudo que la iglesia del Señor será triunfante, y tampoco quiero atribuirle a todo el pueblo del Señor lo nuestro, porque he encontrado a otros que cuando el Señor los reprende salen a anunciar que hay un problema en el pueblo del Señor. No, yo no sé cuál es el problema del pueblo del Señor; no quiero globalizar nuestra debilidad ni nuestra fortaleza. Hay hermanos que ven cuál es el clima en su iglesia local y piensan que toda la iglesia del Señor es así. No, hermanos, hay mucha iglesia.

A mí lo que me interesa es esta iglesia local, la iglesia donde el Señor ha puesto tu luz, la iglesia donde el Señor te ha permitido contribuir con esta gran luz que está levantando aquí en medio nuestro: que esta sea una iglesia que permanezca durante muchos años. Y para esto tenemos que enmendar el paso. Espero, hermanos, que a la reunión de miembros usted venga con su mejor disposición de pensar cuál será el futuro de nuestra iglesia, hacia dónde el Señor nos está llevando; que venga usted con la emoción renovada de entender que el Señor puede no dejar las cosas tal cual están, sino llevarnos a que nuestra luz alumbre intensamente y que nuestro candelero se mantenga en pie durante muchos años. Que sea el Señor glorificado en la iglesia suya.

Oración por esta iglesia

Oro al Señor por esta iglesia local. Ay, Señor, como le decía a mis hermanos, sabemos que nunca hemos sido un pueblo grande, pero también sabemos, Señor, que ha habido años mejores. Mi mente apunta, Señor, a momentos puntuales donde esta iglesia oró y tú estuviste proveyendo. Recuerdo momentos puntuales donde tú cuidaste especialmente de tu iglesia, Señor, y no desapareció. Mira el temor, Señor, que me embargó esta semana al ver un candelero vacío, al ver el lugar donde había muchas luces y que hoy está despoblado. Por eso te estoy pidiendo por esta iglesia: que cada luz alumbre intensamente, que tú te goces cuando te mueves en medio de este candelero.

Permíteme sentir, Señor, permíteme inferir tu dirección: hacia dónde es, cuáles son los cambios, qué es lo que tu iglesia necesita mejorar y qué es lo que esta iglesia necesita afirmar. Yo te pido, Señor, que tú pongas complicidad, unidad de propósito. Permite que se levanten otras luces en esta iglesia que quieran lo mismo. Señor, yo no dudo de que tú nos has estado hablando de por dónde es que tenemos que enmendar el paso; lo que te quiero pedir es que tú contagies a toda esta congregación corporativamente, que tú la entusiasmes, Señor, con que nuestra luz puede brillar todavía más intensamente.

Padre, mira cada luz aquí, Señor, que tú has puesto; quita tú la nube y permite que brille. Permite, Padre, que de manera individual nuestras vidas sean tan apasionadas por ti que corporativamente nos destaquemos en eso. Permite que sean tantos, Señor, y con tanto fervor los que hagan lo que hay que hacer para la gloria tuya, que nuestra iglesia llegue a ser caracterizada por ese asunto. Padre, tú sabes que nunca hemos sido muchos, pero yo creo que aun siendo un rebaño pequeño hemos tenido mejores tiempos. Te pido, Padre, que le devuelvas a esta iglesia el fervor de sus primeros años, Señor, la pasión que teníamos en aquel momento. Éramos menos maduros que hoy, es cierto, Señor, pero éramos más apasionados.

En aquel momento, Señor, estoy seguro de que no teníamos el conocimiento que tenemos hoy como iglesia, no teníamos la estructura ni la institucionalidad que tenemos hoy como iglesia; pero estoy seguro, Señor, de que en aquel momento éramos más apasionados. Señor, si cualquiera de los miembros de esta iglesia ha perdido su pasión, yo te pido que tú le devuelvas el gozo, que tú le devuelvas el entusiasmo, la expectativa, Señor, que le devuelvas la valentía. Permite que haya gente aquí que queme los libros, Señor, figuradamente hablando. Que haya hermanos hoy que quemen lo que haya que quemar, que dejen lo que haya que dejar, para que nuestro testimonio sea notorio en esta ciudad.

Yo te digo, Señor, que tu gloria no la detendrá nube alguna, que a tu causa, Señor, no la detendrá fuerza alguna; pero al mismo tiempo reconozco que no somos imprescindibles, y que si no es aquí, tú levantarás intensa luz en alguna parte. Ay, Padre, pero te pido por este candelero que me has dado, por este lugar que tú has puesto bajo mi cuidado: que no cese la luz de la Iglesia Evangélica PezMundial, Señor. Has visto cómo hemos comenzado este año, con un intenso ruego y clamor delante de ti en oración. Has visto la expectativa para esta noche, Señor: queremos tener aquí fervor, queremos ver hermanos que se reconozcan los unos a los otros, queremos tener unidad de propósito, unánimes, sintiendo una misma cosa. Ponnos tú de acuerdo, Señor.

Y permite que este año sea de los años definitorios para el futuro de nuestra iglesia, Padre; que sea un año que defina, que sea un año que decante nuestro futuro. Alumbra, Señor, alumbra en medio nuestro, levanta más luz, levanta más luz. Padre, ten misericordia de nosotros. Ay, Señor, tú has dicho que se humillará mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado. Tú has visto, Señor, semana tras semana, un ministro humillado delante de ti. Tú has visto, Padre, que no he querido comenzar nada nuevo en este año. Permite, Padre, permite que la luz sea notoria. Padre, reconozco que no hay candelero que sea imprescindible para ti, reconozco que no hay instrumento que sea imprescindible para ti, reconozco que no hay ministro ni congregación imprescindibles, que tu iglesia universal es más grande que nuestra iglesia local.

Padre, pero te clamo por esta iglesia local. Hermanos, si tú te sientes arraigado en esta iglesia, si sientes que esta iglesia es la tuya, yo te invito a que clames por esta iglesia. Clamemos por nuestro candelero, para que el Señor no nos lo quite. Clama ahí, hermano, si tú sientes que este es el lugar donde el Señor te ha puesto, si tú sientes que aquí es donde el Señor ha enviado tus dones; yo te pido que clames por este lugar. El Señor puede evidenciar lo que hace falta, el Señor puede decirnos cuáles son las cosas que tenemos que dejar, cuáles son las cosas que tenemos que enmendar, el Señor puede decirnos dónde afirmar y dónde confrontar. Yo estoy convencido de que el Espíritu Santo se mueve en medio nuestro.

Clama, hermano, un momento por tu iglesia. Dale a tu iglesia eso: clamar por ella. No somos un candelero imprescindible, pero somos candelero del Señor. No somos la iglesia más grande, pero somos valiosos para el Señor; aun Laodicea, que no tuvo ningún asunto que destacar, el Señor la miró con misericordia. Clama ahí por tu iglesia, hermano; un momento, pídele al Señor. «El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias», dice el Señor.

Señor, enséñanos como iglesia hacia dónde, Padre; qué es lo que tenemos que dejar como pueblo y qué tenemos que recobrar como pueblo. Renueva tus misericordias hacia esta iglesia, Señor. Mira nuestra reunión de miembros de la noche, Señor; mira mi corazón, mira el pueblo, Padre; prepara nuestros corazones para que haya cierta complicidad espiritual, para que haya unidad de propósito y de pensamiento. Mira la tendencia, Señor, a dejar las cosas donde están siempre; mira la tendencia a mirar hacia otro lado, Señor. Danos valentía como iglesia para dejar atrás lo que haya que dejar. Queremos que este sea un año donde esta iglesia alumbre, Señor; queremos que este sea un año donde como iglesia estemos en mejor posición de hacer tu voluntad. Levanta tú el candelero, Señor; afirma tú esta iglesia, Padre.

No somos imprescindibles, pero somos tuyos, Señor. Me consta, Padre, que cuando comencé esta iglesia estaba siguiendo tu llamado. No somos imprescindibles, Señor, pero somos tuyos. Si acaso dispones otra cosa, Señor, seremos lo suficientemente humildes para entender que tu causa es más grande que nuestro nombre; pero queremos ser, Padre, instrumentos tuyos como iglesia. Mira este pequeño pueblo, Señor, que no tiene muchos años, no tiene muchos miembros, no tiene mucho que mostrar, más allá de que aquí hay gente, Padre, que me consta que tu sangre corrió a favor de ellos.

Mira la actitud que tiene tu pueblo aquí congregado, Señor, solamente porque es tu pueblo. Padre, como iglesia no podemos ufanarnos; quizás somos la iglesia de Laodicea, Señor, y no hay nada destacable en nosotros más allá de tu obra de gracia. Salvos por gracia, Señor. Solamente a eso apelamos para que tengas de nosotros misericordia. Padre, estoy esperando como iglesia que seamos dirigidos concretamente hacia dónde, Señor. Quita el peso muerto, quita la falta, quita tú, Señor, cualquier cosa que esté sobrando, y trae lo que haya que traer, desde ahora, Señor.

Dejamos abierta la reunión de miembros; coloca todo el estímulo en lo que queda de esta tarde. Coloca tú, Señor, el pensamiento, la unidad de propósito; trae tú las mejores preguntas y las mejores respuestas, Señor. Trae tú el mejor aliento. Ay, Padre, permite que cada vez que nuestros hermanos cuenten cómo tú los trajiste, en qué año fue que creyeron en ti, que pusieron en ti su confianza, cada vez que uno le enseñe una relación al otro, permite que sintamos el fervor y el aliento. Permite que esta noche, Señor, confirmemos que somos tuyos, y que cuando tomemos la comunión sea verdaderamente la comunión de los santos.

Gracias por este tiempo en tu presencia, Señor; gracias por tu Palabra. Padre, como miraste a Laodicea y como miraste a Éfeso, mira a la Iglesia Evangélica PezMundial. Gracias por el gozo que nos da el saber que por lo menos somos tuyos. Todo esto, Señor, por tu causa; todo esto por tu misericordia; todo esto por amor a tu obra, Padre. No queremos dar coces contra el aguijón, queremos, Señor, edificar a tu pueblo. Ay, Señor, ten de nosotros misericordia, y permite que este año sea un año de viento favorable, de luz, de sensibilidad especial y de gozo especial. Bendícenos, Señor, también por medio de la alabanza. En el nombre de Jesucristo.

Encaminémonos a la alabanza al Señor, hermanos, y nos vemos esta tarde-noche para nuestra reunión de miembros.

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