Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
Saltar al contenido

Juan el bautista - Un llamado al arrepentimiento

Mateo 3

El ministerio de Juan el Bautista nos muestra que nadie entra automáticamente en el Reino de los cielos: es necesario arrepentirse, confesar los pecados y manifestar frutos dignos de arrepentimiento.

Predicado1 de febrero de 2015
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Evangelio de Mateo, en el capítulo 3. A esto venimos al culto cristiano. El culto cristiano es precisamente la adoración al Señor por medio de canciones, por medio de actitudes, por medio de ofrendas, por medio de resoluciones y también recibir la instrucción de la palabra del Señor a través de la predicación de su palabra. Les invito a que me acompañen al Evangelio de Mateo en el capítulo 3, para que consideremos el ministerio de Juan el Bautista con un llamado al arrepentimiento. Si ya buscaron sus Biblias, Mateo capítulo 3, pueden ponerse sobre sus pies y leemos la palabra del Señor. Es el ministerio de Juan el Bautista. Dice así la palabra del Señor, Evangelio de Mateo, capítulo 3:

En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea y diciendo: arrepentíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado. Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías cuando dijo: voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Y Juan estaba vestido de pelo de camello y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre. Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados. Al ver que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: generación de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: a Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en el fuego que nunca se apaga.

— Mateo 3:1–12

Pueden sentarse y oramos al Señor. Agarren su sosiego, su momento, y nos encomendamos todos delante de Él.

Mira, Padre, esta preciosa oportunidad donde exponemos tu palabra. Permite que las personas que están aquí hoy congregadas, principalmente aquellos, Señor, que no han tomado en su corazón una firme decisión de bautizarse y hacer tu voluntad, puedan escuchar la predicación. Señor, que esto hable directamente a su corazón. Permite también que aquellos de mis hermanos que ya son creyentes, que están aquí presentes, permitan que escuchen esto y que sientan el mismo llamado que recibieron estas personas a dejar atrás cualquier cosa que afecte, Señor, el que nosotros seamos ciudadanos dignos de tu Reino. Dirígenos en la exposición de la palabra, alimenta a tu pueblo, Señor, a través de tus sagradas Escrituras. En el nombre de Jesús te pedimos esto. Amén.

Esta es una porción muy conocida de los evangelios. Se documenta en tres de los evangelios el ministerio que antecedió al de nuestro Señor Jesucristo, que fue el ministerio de Juan el Bautista. Dice así nuestra introducción: antes de que nuestro Señor comenzara su ministerio público, vino Juan el Bautista para preparar el camino con un llamado al arrepentimiento. El pueblo de Israel había estado esperando al Mesías durante mucho tiempo, pues sabían que con Él llegaría el Reino prometido. Pero cuando Juan les anunció que no bastaba con esperarlo, que para poder ser parte había que estar preparado, se encontraron con algo que no esperaban.

Juan les anunció que no bastaba con esperarlo, que para poder ser parte del Reino había que estar preparado. Su mensaje era sencillo, pero contundente: el Reino se acercó, pero no era algo que se recibía automáticamente. Necesitaban arrepentirse, confesar sus pecados y mostrar frutos dignos de dicho arrepentimiento. Este mensaje sigue siendo muy pertinente en nuestros días. Antes que cualquier otro mensaje, hace falta un llamado al arrepentimiento.

Me gustaría considerar con ustedes, hermanos, el mensaje que Juan estaba dando. Después que consideremos el mensaje que Juan estaba dando, me gustaría que consideremos también las respuestas que la gente estaba manifestando. Y luego de esto, la promesa que hizo Juan de que eventualmente vendría un bautismo superior, que no solamente sería con agua, sino que sería con el Espíritu Santo. Primero consideremos el mensaje que estaba predicando Juan. Juan decía: arrepentíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado. A manera, hermanos, de introducción, les diré que este mensaje que estaba predicando Juan el Bautista era un mensaje anticlimático. Cuando apareció el ministerio de Juan el Bautista, lo que Juan le estaba predicando al pueblo no era lo que el pueblo estaba esperando recibir en ese tiempo.

Un mensaje anticlimático y confrontador

Ciertamente el pueblo esperaba que iba a venir eventualmente un Mesías, que iba a inaugurar un Reino. Pero lo que el pueblo no estaba esperando es que antes de que llegara el Mesías iba a recibir un mensajero que les diría: este Reino no es para ustedes en la condición en que están. No deberían esperar que llegue el Reino sin antes arrepentirse, porque si no, ustedes nunca van a poder ni siquiera ver el Reino. Este mensaje era anticlimático porque al pueblo que se le estaba predicando era un pueblo que entendía que era muy justo. Los judíos en tiempo de Jesús entendían que eran el pueblo más justo que había sobre la tierra, que todos los demás eran pecadores, pero ellos no.

Por eso les digo que era un mensaje anticlimático. Israel no esperaba recibir el mensaje que Juan le vino a dar. Ellos esperaban el mensaje: vengan todos y entren porque el Reino se ha acercado. Juan les viene a decir: arrepiéntanse, conviértanse, porque el Reino se acercó, pero ninguno de ustedes podrá entrar en su situación actual. Les digo que era anticlimático porque Israel históricamente se había apartado de otros pueblos que ellos entendían que eran pueblos pecadores. Ellos decían: nosotros somos el pueblo santo de Israel, separado porque no nos juntamos con otras naciones. Ellos entendían que eran justos porque entre ellos mismos ya se habían apartado también de sus propios hermanos, que entendían que no eran tan santos como ellos.

Para este tiempo al pueblo no se le llamaba Israel, sino que se le llamaba judíos, porque Israel eran doce tribus, pero de esas doce tribus solamente quedó una, y la cual ellos entendían que era la tribu pura. Al lado de ellos vivían otros, se llamaban samaritanos, que también eran hermanos suyos de descendencia, pero los judíos decían: los samaritanos no son tan fieles como somos nosotros, nosotros sí somos un pueblo puro. Otra cosa que ellos decían es: nosotros somos puros porque hemos participado constantemente de un ritual. Miren la vida de un judío al cual se le estaba recibiendo este mensaje: era una vida que iba de un ritual de purificación a otro ritual de purificación. Eran personas rigurosas en esas cosas; se lavaban las manos, participaban en sacrificios.

Y adicional a todo esto, sus líderes les decían constantemente: ustedes están muy bien. Quizás si un judío en tiempo de Juan le preguntaba a algún líder espiritual: “líder, dígame, ¿cómo estoy yo ante el Señor?”, el otro le decía: “tú estás perfecto, eres santo, eres puro”. ¿Qué les decía Juan el Bautista? Arrepiéntanse, confiesen su pecado, porque si no, no podrán entrar en el Reino de los cielos. Este mensaje, hermano, uno lo lee muy rápido, pero era un balde de agua fría sobre la mente religiosa judía de su tiempo. Los judíos entendían que ya estaban preparados para entrar en el Reino, pero Juan el Bautista les dice: ninguno de ustedes podrá entrar en el Reino de los cielos si no se arrepienten, si no se convierten, si no hacen frutos dignos de arrepentimiento.

Al mismo tiempo, era un mensaje predicado en un lugar poco común. Históricamente, los profetas vivían apartados y entraban a la ciudad a predicar; este profeta no entró a la ciudad, sino que les dijo: vengan ustedes para acá a escuchar el mensaje de arrepentimiento. Anteriormente, el profeta entraba en la ciudad y después salía. Este profeta se queda en el desierto y le dice al pueblo: vengan al desierto, escuchen el mensaje, arrepiéntanse y conviértanse. El pueblo tenía que salir, pero tenía que salir intencionalmente. ¿Por qué el desierto? Dice que Juan el Bautista predicaba en el desierto, ¿por qué el desierto?

Miren, el desierto es relacionado constantemente como un lugar de reposo, un lugar de quietud, un lugar donde hay pocas distracciones, un lugar donde las personas no pueden estar haciendo otra cosa que atender al mensaje. Vengan al desierto para que escuchen el mensaje, y el mensaje es: arrepiéntanse, conviértanse, hagan fruto, hagan obras que manifiesten el fruto de su arrepentimiento. Yo estoy convencido que hoy más que nunca en la sociedad hacen falta lugares de quietud. Lugares donde la gente apague la bulla por un momento, lugares donde la gente apague sus celulares, lugares donde la gente no esté distraída con el trabajo, lugares donde la gente no los estén esperando, para que se concentren durante un tiempo y durante ese tiempo puedan escuchar un mensaje muy sencillo, pero que el ruido, la bulla y tus obligaciones regulares no habían permitido que tú escuches.

El mensaje sencillo es: arrepiéntete, conviértete y haz obras dignas de arrepentimiento, y cuando lo hagas, podrás entrar en el Reino de los cielos. Yo hablaba el domingo pasado en nuestra iglesia local de la necesidad de esto. El culto cristiano debería ser un tiempo de quietud. Debería ser un tiempo donde la gente deje atrás las ocupaciones, porque quizás en la quietud del desierto, quizás cuando no tienes tantas obligaciones, quizás cuando no estás tan distraído, quizás cuando tengas que salir para entrar a la iglesia cristiana, puedes escuchar este mensaje que es un mensaje bendito. El mensaje es: arrepiéntete, conviértete y haz obras de arrepentimiento.

Les he dicho que era un mensaje anticlimático, que era predicado en un lugar poco común, en un desierto, pero al mismo tiempo era un mensaje aparentemente poco atractivo. Lo que Juan estaba predicando, la verdad que no es un mensaje como “chulo”, que uno diga: “¡guau, Juan, qué bien!”. Aunque yo no creo que nadie felicitaba a Juan al final del asunto: “guau, Juan, qué bien te quedó el mensaje, qué bonito predicaste, hermano”. Eso no es bonito. Lo que Juan predicaba era un mensaje confrontacional, un mensaje directo y un mensaje que ponía como el dedo en la llaga. A ti que entiendes que eres justo, a ti que entiendes que eres bueno, a ti que entiendes que estás preaprobado para el Reino, arrepiéntete y conviértete.

Juan estaba dando el mensaje que el pueblo quizás no quería escuchar y aparentemente era un mensaje poco atractivo. Pero aquí está la paradoja. Dice Mateo que salía a él Jerusalén y toda Judea y toda la provincia de alrededor del Jordán. Metafóricamente hablando, toda la nación se estaba moviendo. Juan el Bautista predicaba un mensaje que podría ser un mensaje poco atractivo, pero que demostró que era el mensaje que el pueblo, durante años, había estado anhelando escuchar.

El poder de un mensaje “feo” pero necesario

Aquí está la paradoja de la predicación. Tú puedes escuchar cien sermones bonitos. Tú puedes escuchar ciento cincuenta sermones que te calienten el oído, que te digan: tú estás bien, todo va a estar bien, el Señor te va a bendecir. Pero hay un mensaje que no es bonito, pero cuando tú lo escuchas tú dices: ese era el mensaje que yo estaba necesitando. El mensaje de Juan el Bautista era un mensaje “feo”, pero qué útil. Parece que en Jerusalén hacía tiempo que no aparecía un profeta que le dijera a la gente verdaderamente su real condición, y cuando Juan el Bautista predicó su mensaje “feo” dice que toda Jerusalén, toda Judea y la región de alrededor del Jordán fueron al desierto a encontrarse con Juan el Bautista. No porque Juan el Bautista tuviera un mensaje bonito o fuera un orador atractivo, la verdad que no, ni siquiera su vestidura era una vestidura atractiva.

Pero lo que Juan le estaba predicando al pueblo era el mensaje que el pueblo necesitaba escuchar. Amigos, hermanos que están aquí presentes, tú puedes escuchar ciento cincuenta sermones bonitos, pero hay un sermón que no es un sermón bonito, sino un sermón necesario. Es un sermón fundamental: arrepiéntete, conviértete, para que sean borrados tus pecados. Y si escuchaste trescientos cincuenta sermones bonitos y no escuchaste arrepentimiento, tu oído fue agradado, pero tu corazón se quedó igual.

No lo dice la Escritura, pero yo supongo que en tiempo de Juan el pueblo estaba agotado ya de participar en rituales bonitos y ceremoniosos que les dejaban en el mismo lugar. Era como un agotamiento. No sé si a ti te ha pasado que ya intentaste con una cosa, intentaste con la otra, y eso te dejó en el mismo lugar. Entonces tú participas de esa religión, pero es algo como que te deja siempre en el mismo lugar. No te mueve ni para un lado ni para el otro. Quizás hasta has participado en lo otro por ahí, pero el sermón que necesitas escuchar es un sermón de arrepentimiento, que no es un sermón bonito, pero que le habla al hombre en su verdadera condición.

Iglesia que está aquí presente, hay veces que la gente ha pensado que cuando se predica un sermón atractivo, entonces la gente vendrá. De eso hay en muchos lugares. Lo que no hay en muchos lugares son verdaderos llamados al arrepentimiento. Vino el pueblo llano, vinieron los líderes judíos; dice que vinieron ahí los fariseos y los saduceos, lo vamos a ver en un momento. Y miren, Juan tenía un mensaje “feo”, pero hasta los líderes romanos les interesaba lo que Juan estaba diciendo. Había un hombre que se llamaba Herodes.

No Herodes el Grande, sino un hijo suyo, que cuando Juan le predicaba a Herodes, Juan le reprendía sus pecados a Herodes. Pero dice que a Herodes le gustaba escuchar a Juan. Es sorprendente eso, eso es sorprendente. Dice Marcos capítulo 6:

Porque el mismo Herodes había enviado y prendido a Juan —o sea, lo encarceló— y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano, pues la había tomado por mujer. Porque Juan decía a Herodes: no te es lícito tener la mujer de tu hermano. Pero Herodías le acechaba y deseaba matarle, y no podía; porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le guardaba a salvo; y oyéndole, se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba de buena gana.

— Marcos 6:17–20

Oigan esto: Juan el Bautista le decía a Herodes: “Herodes, tú tienes la mujer de tu hermano. Eso es un asunto que ofende a Dios. Estás pecando, es una aberración”. Herodes le apresó, y cuando iba a escucharlo a la cárcel, decía: “Juan, eso que tú dices está feo, pero dímelo de nuevo, ¿qué es lo que tú dices que yo tengo que hacer?”. Dice que se quedaba perplejo.

Sorpréndanse: mira, al pecador cuando tú le digas el mensaje de arrepentimiento, quizá al principio te tire piedras, pero quizá de noche venga a tu casa y te diga: “yo era que te estaba tirando las piedras, pero ¿qué es lo que tú estás diciendo que uno tiene que hacer?, ¿de qué es que tú estabas hablando?”. Es más, no es que sea un mensaje bonito, es un mensaje que me genera hostilidad, pero es un mensaje necesario: arrepiéntanse.

La verdad que en este tiempo hay pocos Juanes el Bautista. La gente en este tiempo no está recibiendo el mensaje que tiene que recibir, pero es el mensaje que necesita escuchar. Y la iglesia se sorprenderá, porque cuando tú le digas a la gente el mensaje que tiene que escuchar, quizás inicialmente te rechacen. A Juan fue Herodes que lo metió preso y lo encadenó, pero el mismo Herodes iba a Juan encadenado y le decía: “Juan, eso que tú dices no me lo digas en público porque me da vergüenza, pero dímelo de nuevo, ¿qué es lo que tú estás diciendo?”. “Herodes, que no te corresponde esa mujer, que estás participando en algo que ofende a Dios”.

Les he hablado, hermanos, de que el mensaje de Juan —“arrepentíos, confiesen su pecado”— era un mensaje anticlimático, un mensaje predicado en un lugar raro, por un mensajero también muy raro, un mensaje aparentemente poco atractivo, pero que demostró que era necesario. Permítanme explicarles cuál es la razón del mensaje. Él decía: el Reino de los cielos se ha acercado. Me llama la atención que Mateo no dice: ya el Reino llegó, pero Cristo estaba ahí. El Rey estaba ahí, pero él está diciendo: el Reino se acercó, pero todavía el Reino no ha llegado en su plenitud.

Estar cerca del Reino no es lo mismo que entrar

¿Qué es el Reino? El Reino es Dios gobernando soberanamente a un grupo de personas que voluntariamente se han rendido a su señorío. Lo que Juan está diciendo es: “hey, hay agua del Reino”, porque ya Cristo estaba ahí. Cristo era contemporáneo, el Rey estaba presente. Cristo y Juan tenían quizás seis meses de diferencia de edad. Cristo estaba presente, pero Juan no les dice: “ya llegó el Reino”, sino: “el Reino se ha acercado”. Hay una diferencia entre acercarse al Reino y entrar en el Reino.

Con esto quiero decirles, hermanos, que uno no entra al Reino automáticamente. Tú puedes estar tan cerca del Reino del Señor como en la puerta y no ser parte del Reino del Señor. Tú puedes estar en medio del Reino del Señor y entender que eres parte del Reino del Señor, y estar fuera del Reino del Señor. Al Reino del Señor no se entra por proximidad. No es: “mira, ya estoy aquí”. No. El Reino ya se acercó, pero tú no estás entrando al Reino.

En tiempo de Jesús, la gente quería participar de ese Reino. ¿Les explico cuál es la diferencia? Le dijo Jesús a Nicodemo:

Respondió Jesús y le dijo: de cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios. … De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios.

— Juan 3:3,5

Amigos que están aquí presentes, estar cerca del Reino del Señor no es suficiente. Hay que entrar en el Reino del Señor, y tú no vas a entrar al Reino del Señor porque te acerques mucho. Es más, yo le tengo miedo a ese asunto, porque hay personas que están tan cerca del Reino del Señor que llegan a considerarse parte del Reino del Señor. Dice la Escritura que hasta en los postreros días el Señor les dirá: “Apartaos de mí, hacedores de maldad, nunca os conocí”.

Juan no confundía a la gente diciéndole: “ya el Reino les llegó, ya está en medio de nosotros porque el Rey está aquí”. No. “El Reino se acercó, y si queremos entrar, Juan, ¿qué tenemos que hacer?”. Arrepiéntanse, confiesen sus pecados y hagan obras dignas de arrepentimiento. Amigo, que estás aquí presente, tú no vas a entrar al Reino del Señor por visitar la iglesia. No vas a entrar al Reino del Señor por tener mucho tiempo en medio nuestro. Para entrar al Reino del Señor es necesario que nazcas de nuevo, es necesario que te arrepientas de tus pecados, que hagas obras dignas de arrepentimiento. No se entra automáticamente.

Es muy peligroso —y aquí, hermanos, quiero hablar claro— porque tenemos personas que nos visitan por primera vez, y lo menos que yo quiero es que ustedes no vuelvan. Yo deseo que ustedes vuelvan, pero tengo que decirles que es peligroso, porque cuando una persona ya tiene un tiempecito visitando una iglesia, escuchando el mensaje, y se queda igual, esa indiferencia le hace un daño tremendo porque entiende que está dentro del Reino. Hay que recordarle el mensaje de Juan el Bautista: el Reino está cerca tuyo, pero tú no estás dentro del Reino.

Porque Cristo está cerca de ellos, dicen: “yo estoy tan cerca del Señor”. Sí, tú puedes estar tan cerca que sientas que estás caminando de la mano con el Señor, pero que finalmente escuches: “apartados de mí, hacedores de maldad, nunca os conocí”. Al Reino del Señor no se entra automáticamente, se entra intencionalmente, y el paso previo para entrar al Reino se llama arrepentimiento y conversión.

Si a los judíos, que eran los que entendían que eran los dueños legales del Reino, no se les predicó que el Reino ya estaba en medio de ellos, sino que ellos tenían que entrar al Reino, ¿qué será de nosotros? Hermano, nuestra tarea no es acercar el Reino porque ya Cristo se acercó. Nuestra tarea es preparar a la gente primero para que vea el Reino y luego para que entre. Estamos predicando esto para que tú entiendas que al Reino del Señor uno no llega a ser parte solamente por estar aquí; hay que hacer algo intencional para entrar en el Reino.

Bautismo y confesión: no es algo automático

Aquí está el problema: ¿cuál fue la respuesta de la gente? La gente se bautizaba. Esto es muy interesante porque entre los judíos el bautismo era muy respetado, pero no para ellos mismos. Los judíos hacían prosélitos. Es decir, tú eras un gentil y yo te hacía judío. A ti te gustaba, por ejemplo, la religión judía, te gustaba, y tú eras un egipcio, y decías: “ok, tú eres un egipcio, tú quieres hacerte judío”. Entonces te bautizamos para que tú llegues a ser judío. Ellos entendían que el bautismo era necesario, pero no para ellos, porque ellos eran hijos de Abraham. El bautismo era necesario, pero para los prosélitos, o sea, los que estaban fuera.

Lo sorprendente de Juan el Bautista es que Juan el Bautista estaba bautizando judíos. ¿Qué es lo que significa el bautismo de Juan a los judíos? Les decía: “miren, ustedes tienen aquí un rótulo de hijos de Abraham, pero ustedes son abominables; ustedes tienen que hacerse ahora parte del Reino”, y los bautizaba. Yo me imagino que entre los judíos escuchar que alguien se bautizó era como decir: “pero ven acá, ¿tú no eras judío antes?”.

Amigos que están aquí, no es suficiente tú haber nacido en una religión. No es suficiente. Hay que hacer algo intencional. Por eso Juan los bautizaba. Pero dice que no solamente era que les echaba agua, que los sumergía dentro del agua; dice que cuando se bautizaban eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados. O sea, que el bautismo no funciona mecánicamente. Tú pones una fila de gente y los bautizas: “ven, tú, bautizado; ven, tú, bautizado; ven, bautizado, bautizado”. Eso no es suficiente.

Lo que hace el efecto no es la acción mecánica de bautizar. Lo que hace el efecto es la acción de confesar tus pecados y después expresar eso por un ceremonial, que es el bautismo. Hermano, cuando uno bautiza gente, uno no los bautiza porque uno entienda que el agua tiene capacidad de hacer una obra. Uno bautiza porque esa agua y ese cuerpo entrando y saliendo del agua representan simbólicamente que algo ya sucedió. Es que la persona aborreció su pecado a un punto tal que dice: “yo quiero que me quiten todo eso, no quiero tener nada que ver con mi mundo anterior, con la manera en que yo vivía”. Eso es lo que significa el bautismo. El bautismo representa que tú entraste y que saliste, pero el bautismo no tiene capacidad si no hay una actitud del corazón.

¿Qué significa confesar? Aquí hay un gran malentendido. Es que las personas han entendido que confesar su pecado es simplemente pronunciarlo. Decir, por ejemplo: “yo soy borracho, confesé mi pecado”. Eso no es confesar tus pecados. “Yo soy incrédulo”. Eso no es confesar tu pecado. Confesar significa “decir junto a”, “decir con”. Cuando tú confiesas tu pecado, tú no estás diciendo solamente: “yo digo que hago este pecado”. No. Tú lo que estás diciendo es: “yo me pongo en la misma página con Dios, y como Dios ve ese pecado, así mismo lo veo yo, y si Dios lo rechaza, yo lo rechazo también”.

Confesar el pecado no es solamente pronunciarlo, porque así yo encuentro una gran cantidad de personas que andan: “ah, yo confieso hoy que he hecho tal cosa, que he hecho tal cosa, que he hecho tal cosa”, y vuelven a hacer lo mismo. No. Confesar tus pecados es reconocer que lo que estabas haciendo es aborrecible ante el Señor y, a partir de ese momento, tú dejas de hacerlo y comienzas una nueva vida sin eso. Lo otro se llama pronunciar tus pecados.

Tus pecados no son borrados cuando tú los pronuncias. Tus pecados son borrados cuando tú tomas una decisión, no solamente de decir: “fallé”, sino de decir: “Señor, jamás participaré en eso. Porque ahora veo que eso es aborrecible, y si tú lo rechazas, lo rechazo yo”. Amigos, hermanos que están aquí presentes, confesar tus pecados no es solamente pronunciarlos. No es únicamente admitir que estabas desviado, sino que en este momento asumes ante ese pecado la misma posición que tiene Dios. Si el Señor lo aborrece, yo lo aborrezco. Si el Señor lo rechaza, yo lo rechazo. Si al Señor le ofende, a mí también.

Hay un gran problema con esto, porque hay gente que pronuncia su pecado, pero lo ama en lo profundo de su corazón. Dice: “ay, yo pronuncio tal cosa, pero tengo el deseo de hacerlo”. No, hermano. Tiene que haber una actitud ante el pecado que sea la misma actitud que tiene Dios ante él. Eso es confesar: no es solamente admitir, es rechazar, es aceptar la perspectiva de Dios.

Sorprende que los líderes judíos vinieron también a ser bautizados, y aquí la historia se vuelve interesante. Todo el pueblo venía, y él les bautizaba. Pero cuando vinieron los líderes judíos, Juan les reprendió. La pregunta, hermano: ¿y todos los pecadores no somos iguales? Sí, somos iguales en que todos necesitamos arrepentirnos. El problema no era ese, era otro. Los líderes judíos en tiempo de Jesús gustaban de participar en ceremoniales y en asuntos para enseñar que ellos eran más buenos que los otros.

Dice Lucas:

A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

— Lucas 18:9–14

Fariseos, saduceos y falsas apariencias religiosas

Los líderes judíos entendían que el bautismo era otro ceremonial más en el cual ellos podían tomarse la foto. Ya saben ustedes que ahora todo es foto: “ey, me voy a bautizar, miren para acá, me voy a bautizar”. Hermano, el bautismo no es eso. Ser cristiano no es eso. Un problema de este tiempo es la cantidad de gente que están utilizando el cristianismo para llamar la atención hacia ellos mismos. Cantidad de gente participando en perversiones y tú le dices: “ay, yo soy cristiano”, porque el cristianismo les sirve para enseñar una fachada pública de que ellos sí son “buenos”.

En el bautismo uno no participa para que la gente le vea. Uno no participa del bautismo para ser visto; uno participa en el bautismo con recogimiento, con humillación. Porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Por eso fue que Juan les preguntó: “¿quién fue que les enseñó a ustedes a huir de la ira venidera?”. Él está diciéndoles: “ustedes saben que están siendo condenados”, pero ellos venían como diciendo: “yo estoy bien ya, Juan, tú sabes, y ahora también tengo tu bautismo”. No. “Yo estoy bien”. Juan les dice: “¿quién os enseñó a huir de la ira venidera”, y les dijo algo muy fuerte, les dijo: “generación de víboras”.

La pregunta, hermano: ¿y por qué no le dice eso al pueblo llano? Es porque los líderes tenían una responsabilidad especial. Dice el Señor que les decía a ellos:

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el Reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando.

— Mateo 23:13

El problema de esta gente era que le decían al pueblo que el pueblo estaba bien. El pueblo venía donde ellos sencillo. Miren, los fariseos eran las personas que llevaban la ley e interpretaban la ley. Eran la autoridad en la ley. Cuando una persona quería hacer la voluntad de Dios, iba donde el fariseo y le decía: “fariseo, yo quisiera hacer tal cosa, ¿me es lícito hacerlo?”. Entonces el fariseo le decía sí o no, a cambio de un dinerito.

Decían, por ejemplo, dilemas que le planteaban a los fariseos: “fariseo, mira, yo tengo aquí la mujer con que me casé, yo quisiera darle carta de divorcio, ¿podría hacerlo?”. Y él le buscaba la manera legal en que usted podía darle una carta de divorcio a su esposa, a cambio de un dinerito. Los fariseos conocían la ley de Dios, y conocían cómo violarla sin que pareciera que la violaban.

Salvando la diferencia para que nadie se ofenda, hay abogados hermanos que se dedican a buscar la ley, como la esquinita de la ley. Un abogado bueno lo que sabe es que conoce la ley, la tiene en la cabeza, y él te asesora a ti en cómo tú puedes dar la vuelta sin que la ley te alcance. Eso se llama elusión. No es que tú vas a violar la ley, sino que yo conozco la ley tan bien que te puedo ayudar a que tú hagas una perversidad y que no haya la manera de agarrarte.

Ese era el fariseo. El fariseo interpretaba la Escritura, pero no era con la intención de edificar al pueblo, sino con la intención de decir: “mira, yo voy a lograr que tú hagas eso que ofende a Dios, pero sin que se te pueda demostrar que has ofendido a Dios”. ¿Y los saduceos quiénes eran? Bueno, los saduceos eran la parte que regía el templo, los funcionarios del templo. Ellos tenían el manejo, por ejemplo, de cuando un fariseo te mandaba a hacer algo, tú tenías que hacerlo a través del templo; y para ir al templo tenías que cambiar la moneda, tenías que comprar los sacrificios, tenías que comprar una paloma y demás.

Esas eran las personas que atendían el control, por ejemplo, de las mesas que había alrededor del templo, que el Señor expulsó. O sea, que estas personas, en vez de edificar al pueblo con la religión, lo que le habían dado al pueblo era una religión que era conveniente para ellos, porque cada vez que tú venías a mí yo conseguía dos o tres monedas y te decía que tú estabas bien.

Tiene sentido lo que les dice Juan: al ver que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: “generación de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento”. No es suficiente con que tú tengas el bautismo; es necesario que tú reconozcas que eso que tú estabas haciendo era una perversidad delante del Señor. No solamente un ceremonial exterior, no solamente un cambio para que los hombres te vean; es necesario que haya una obra, un fruto de arrepentimiento.

Ellos parece que querían llamar la atención hacia ellos mismos. Querían enseñar que ellos también tenían el bautismo de Juan. No se sorprendan que hay cantidad de gente en las iglesias cristianas al día de hoy que están en la iglesia cristiana al día de hoy para decir que van a una iglesia, para decir: “miren que yo soy bueno, mírenme, yo soy cristiano”. Hermano, no es solamente eso. Hay que hacer obras que sean dignas de arrepentimiento. Y hay personas así que cuando vienen a la iglesia, a pesar de que se ofendan, hay que decirles: “mira, esto no es para tú llamar la atención. No es para que tú vengas a ser una celebridad”.

Quizás Juan debía sentirse bien porque vinieron los fariseos y los saduceos. Eso significaba que su ministerio estaba siendo validado. “Guau, Juan, a ti hasta los fariseos te están buscando, y los saduceos vinieron para que tú los bautizaras. Oye, pero la verdad es que tú estás pegado”. Juan no tenía la intención de congraciarse con los hombres. Les dijo: “generación de víboras”.

Miren, todos somos pecadores, pero el liderazgo tiene una gran responsabilidad ante el pueblo. El gran daño a la cristiandad al día de hoy, tengo que decir esto con dolor, se lo estamos haciendo a veces los mismos cristianos. Hay una gran cantidad de iglesias donde la gente va a escuchar lo que quiere escuchar. Les dicen: “tú estás bien, dale para adelante, el Señor está contigo, Dios te ama”. Yo he escuchado compañeros de ministerio diciendo ese tipo de cosas. No. A la gente hay que decirle las cosas claras.

Yo escucho uno que me dijo: “es que la gente viene muy cansada al templo, y cuando ellos vienen vienen cargados de una semana de trabajo, y necesitan volver para su casa reposados”. No. La gente necesita volver para su casa diciendo: “arrepiéntete, confiesa tu pecado”.

Peligro del “evangelio” motivacional y falsas seguridades

El daño grande a la cristiandad al día de hoy se lo están haciendo una gran cantidad de iglesias que, al día de hoy, a esta hora, en vez de decirle a la gente: “arrepiéntanse de su pecado”, les están diciendo: “eso no es nada, el Señor te ama, ese Cristo te ama”. Han hecho un daño enorme. ¿Por qué? Porque han hecho que personas que están en enemistad contra Dios se vayan con la falsa percepción de que están bien.

Miren, hay varios caminos que conducen a la perdición, pero yo pienso que ese camino —el de decirle al pecador que está bien— es una vía de alto tráfico, como con cinco carriles, que la gente está caminando por ahí y les están diciendo: “tú estás bien, todo está bien, hermano, estamos en victoria, el Señor está contigo”. ¿En base a qué el Señor está contigo? ¿Tú te has arrepentido de tu pecado? No. “El Señor está contigo, dale para adelante, Cristo te ama”.

Aclaremos esto. Cuando la Escritura dice que Él nos ama, Él nos ama, no está diciendo que tiene como un deleite hedonista hacia nosotros. La gente tiene una percepción hedonista del amor de Dios, y cuando la gente dice: “mira, Dios te ama”, entonces entienden que el Señor tiene pensamientos románticos contigo, que el Señor anhela estar contigo. No es eso lo que está diciendo. El Señor te ama, pero cuídate de Él, porque te destruye si permaneces en tu rebeldía.

¿Qué dice la Escritura?

Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

— Romanos 5:8

¿Y cómo lo muestra? ¿Mandándonos flores? ¿Diciéndonos palabras bonitas? No. El amor de Dios no se manifiesta con palabras románticas, con unos pensamientos agradables. El Señor tiene un pensamiento negativo sobre ti en tu pecado, y si tú permaneces en tu rebeldía te terminará destruyendo. Ahora, el Señor ha manifestado su amor en que no te ha destruido todavía, sino que mostró su amor en que, siendo tú pecador, Cristo murió por ti.

No, no es el mensaje de amor light que da la iglesia cristiana. No es un mensaje de que todo el mundo está bien. Tengo queja con esto. Ahora yo veo una tendencia de predicadores que parecen como “coaches”, como entrenadores personales. Ahora no basta con un gimnasio, tú tienes que tener un gimnasio y un entrenador personal, un “personal training”, que cuando tú vas te dice: “dale duro, dale duro, dale”, y te cobra muchísimo por darte aplausos y decirte: “tú lo vas a lograr”.

Se ha entendido ahora una tendencia de pastores motivacionales, que vienen a la iglesia y la gente se va motivada; se va retada, se va empoderada. Entonces la gente escucha el sermón y dice: “oye, hoy sí, hoy sí, hoy me voy empoderado de la iglesia”. Hermano, la gente no debe venir a la iglesia para salir de aquí empoderada. La gente debe venir a la iglesia para que se le diga: “arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos se acerca”.

No para decirte: “tú estás bien, dale para adelante”, sino para decirte: “mira, a menos que des la vuelta, el hacha está puesta a la raíz del árbol y el Señor ya está separando el trigo de la paja”. No es un mensaje bonito, pero es un mensaje necesario. De nuevo, hermano: mire, cada vez que una persona le dice a un pecador que está bien, lo está mandando al infierno, y se convierte en una generación de víboras. Eso es lo que estaban haciendo los fariseos y los saduceos, mandando a la gente por paquete a la perdición. Lo inoculaban, los dejaban anestesiados.

Es más, miren: los líderes espirituales fueron los que hicieron un gran daño en tiempo de Jesús. ¿Cómo hacían este daño? ¿Por qué el Señor les reprendía? Dice Mateo:

Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto.

— Mateo 27:20

Fueron ellos mismos los que le dijeron al pueblo: “pidan que maten a Cristo”. Y después:

Respondiendo todo el pueblo dijo: su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.

— Mateo 27:25

Daño tremendo le está haciendo a la cristiandad en estos días la cantidad de personas que están —por radio, por televisión, por las redes sociales, por los medios de comunicación— diciéndole a todo el mundo: “tú estás bien, Dios te va a bendecir, el Señor abre los cielos de bendición”. Hermano, no deberías esperar bendición de Dios si no te has arrepentido de tus pecados. El paso previo es el arrepentimiento.

Ahora, Juan identificó la fuente de su falsa confianza. Les dijo: “ustedes creen que son hijos de Abraham”. Dentro de cada ser humano hay una falsa confianza que le impide reconocer sus pecados. La falsa confianza de los judíos era que decían: “nosotros somos de Abraham, ¿cómo va a ser que no nos van a dar la promesa?, ¿cómo va a ser que nosotros no vamos a entrar en el Reino? Somos hijos de Abraham”.

Juan el Bautista les dijo: “el Señor puede levantar hijos a Abraham de esas piedras”. Estamos en un desierto, hay piedras por todas partes. Hay gente que piensa igual hoy.

Falsas excusas para no arrepentirse

Miren, esa autoconfianza hace que las personas no se conviertan. Una autoconfianza que escucho constantemente es que la gente dice: “yo no le hago daño a nadie”. Tú le dices: “arrepiéntete de tus pecados”, y te responden: “es que yo no le hago daño a nadie, yo al que no le hago bien no le hago tampoco mal; si yo no puedo hacerte bien, yo no te hago mal, yo no le hago daño a nadie”. En ese “no le hago daño a nadie” la gente está entrando por ramillete a la perdición.

Hay otros que dicen: “yo no participo en determinados pecados que son pecados sonoros. Yo no soy un borracho, yo no soy inmoral, yo no soy tal cosa; yo soy una persona seria”. ¿Y el pecado de la incredulidad qué te parece? Dice la Escritura que el Espíritu Santo convencerá al hombre de pecado, de justicia y de juicio; y de pecado, por cuanto no han creído en Él. Tú dices: “mira, yo no bebo, yo no salgo de mi casa, soy una persona que de mi trabajo para mi casa”. Pero en tu incredulidad estás siendo condenado.

Otros dicen: “yo siempre he sido muy temeroso de Dios. Ay, a mí siempre me han gustado las cosas espirituales; a mí me regalan eso y yo lo guardo, todas las cosas espirituales me gustan; yo soy tan temeroso de Dios”. Sí, y así mismo estás caminando a la perdición.

“Somos una familia cristiana”. Y ustedes saben, “nosotros somos una familia cristiana”. Quizá tu papá fue cristiano, quizá tu mamá. Eso no se hereda así. No es corporativo, hermano, como que tú estás bajo el paraguas de que “somos una familia cristiana”. Quizá tu abuelito o tu abuelita es cristiana, pero tú estás perdido.

No es un asunto de un valor familiar el cristianismo. Yo tengo carga por eso, hermano. Miren, he estado analizando, he estado estudiando la historia de la Iglesia protestante en República Dominicana y, cuando veo la cúspide de la Iglesia protestante en cien años, busco a sus hijos y no los encuentro. Y cuando salgo a buscar los hijos de los más grandes líderes del mundo de la iglesia cristiana evangélica en República Dominicana en los últimos años, no los encuentro. “Ah, que somos una familia cristiana”. No. Arrepentimiento y conversión para el esposo, para la esposa, para los hijos, para los nietos.

Hay otros, hermano —miren, yo luché con esa gente— que se refugian en una falsa seguridad de elección. Dicen: “imagínate, si yo soy elegido para salvación del Señor, ya sin importar lo que yo haga, ya yo voy al cielo, porque el Señor ya me eligió para salvación”. He visto personas que se refugian en una falsa confianza de que su vida está escondida en Dios, y me decían, participando en cantidad de cosas vergonzosas: “yo estoy en la mano del Señor, nadie me podrá quitar de la mano del Señor, porque soy de los elegidos del Señor”.

Y me decían: “¿quién nos podrá apartar del amor de Dios que es en Cristo Jesús?”. Tus pecados te pueden apartar. Dice el libro de Hebreos:

Porque si pecamos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios.

— Hebreos 10:26–27

Hay cantidad de hermanos, principalmente en las iglesias bautistas reformadas, que te dicen que no importa apartarse al pecado, que siempre y cuando tú seas de los elegidos, tu vida está segura en el Señor. No descanses en esa falsa seguridad. Los judíos entendían lo mismo, decían: “nosotros somos hijos de Abraham, nadie nos puede echar fuera de las promesas”. El Señor les dijo que hijos de Abraham son aquellos que hacen su voluntad.

No es solamente un asunto de herencia. De nuevo, Dios le puede levantar hijos a Abraham hasta de esas piedras. Aquí estamos en el desierto —yo digo como si estuviera en Azua cuando la calle no había sido asfaltada— que está la piedra rodando. De esas piedras el Señor puede levantar hijos. Tú no eres un hijo imprescindible. Arrepiéntete, confiesa tu pecado delante del Señor para que puedas entrar en su Reino.

Después de eso, Juan les dice que eventualmente vendrá uno. “Yo, a la verdad, os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. ¿Qué significa esto? ¿En qué se diferencia el bautismo en agua del bautismo en el Espíritu Santo? ¿Qué son esas dos cosas?

Hay personas que tienen a veces una percepción acerca del bautismo del Espíritu Santo muy extraordinaria, como que piensan que el bautismo del Espíritu Santo es que tú vas a dar muchas vueltas, que tú vas a hacer asuntos muy poderosos. No. No significa eso.

El bautismo en agua y el bautismo en Espíritu Santo y fuego

El bautismo en agua como tal es útil para que tú reconozcas públicamente tus pecados, pero si solamente es esa reconocimiento externo, tienes un gran problema interior, y es que vas a volver a tus mismos pecados. Ahora, Juan les dice: “después de mí va a venir uno que no solamente les bautizará con agua para que ustedes confiesen su pecado, sino que les bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.

¿Qué es esto del bautismo del Espíritu Santo? Cuando una persona viene a Cristo, no solamente confiesa externamente sus pecados, diciendo: “yo soy un pecador” por medio de las aguas. Al mismo tiempo, dice la Escritura que el Espíritu Santo viene y habita dentro suyo. Y le llena completamente y se apodera de todo su ser, de forma tal que tú no solamente confiesas que has pecado, sino que tienes la capacidad para no volver a pecar.

El Señor les dijo a sus discípulos:

Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo…

— Hechos 1:8

Humanamente hablando, tú eres débil para hacer la voluntad del Señor. El bautismo de Juan era útil para arrepentimiento, pero dejaba al hombre en su misma condición. El bautismo que viene del Señor en este tiempo no es solamente un bautismo en agua; también recibimos la capacidad para hacer su voluntad.

Por eso muchas personas eligen no bautizarse, porque dicen: “yo no puedo ser cristiano, yo no tengo la capacidad”. Dice la Escritura que Él no solamente te bautiza en agua, que es para arrepentimiento; Él también te bautiza con Espíritu Santo y con fuego.

Esto de que es un bautismo como de fuego significa, hermano, que el agua limpia, pero limpia lo que se ve por fuera. Te pueden entender: tú tienes bacterias en la mano, te echas agua y dejas de ver el lodo, pero quizás la bacteria está en la mano todavía. Ahora, el fuego consume y se lleva todo. No solamente te limpia superficialmente, sino que te limpia de verdad.

Juan está diciendo: “después de mí viene uno que no solamente les dará agua para que ustedes públicamente anuncien que se han arrepentido, sino que les dará la capacidad para que puedan vivir una vida que sea agradable al Señor”. Esa es la fortaleza de un cristiano. Un cristiano no solamente toma la decisión de apartarse del pecado, un cristiano también es lleno del Espíritu Santo para que pueda vivir una vida en santidad delante del Señor.

Si así no fuera, hermano, tendríamos que estar rebautizándonos cada vez. Sería: “Juan, me bautizaste, pero de camino de entre el Jordán y Judea ya yo volví, Juan, bautízame; oye, no he llegado bien a Jerusalén de nuevo, Juan, bautízame”. Había una canción cristiana mexicana que decía así mismo, que había una vez un borrachito que siempre le decía al Señor: “Señor, quítame, quítame, quítame las telarañas, quítame, quítame, quítame las telarañas”. Por borracho, volvía de nuevo a la botella, a la botella. Volvía el domingo el borrachito: “quítame, quítame, quítame las telarañas, quítame, quítame las telarañas”.

Entonces el borracho estaba en eso, que venía, se arrepentía de su pecado, y le volvían las telarañas, le volvía el vicio, le volvía la esclavitud de la bebida. Después el borrachito cambió la oración. Dijo: “Señor, quítame, quítame, quítame las telarañas, pero mátame, mátame, mátame también la araña”. Esto es lo que hace el Espíritu Santo en el corazón de uno, hermano. No solamente nos quita externamente una telaraña, no solamente un bautismo en agua que simboliza que nos hemos arrepentido. También nos da la capacidad para verdaderamente hacer la voluntad del Señor.

Por eso un cristiano no solamente se bautiza externamente en agua. También, cuando uno se hace cristiano, dice que el Espíritu Santo hace su morada dentro de nosotros y nos reclama celosamente para el Señor. El Espíritu Santo desde adentro te confronta, desde adentro te fortalece, desde adentro te anima, te pone nuevos deseos, te da nuevas capacidades.

Por eso los cristianos podemos ser sinceramente cristianos, porque no es solamente un ejercicio superficial o exterior, es un ejercicio que viene desde adentro.

El bautismo de Jesús como ejemplo perfecto

Termino con lo siguiente. Dice que Juan estaba bautizando. Versículo 13 en adelante, el bautismo de Jesús:

Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y venía sobre Él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

— Mateo 3:13–17

Hermano, Cristo no necesitaba ser bautizado. Él es el único que ha estado sobre esta tierra sin pecado. Él no tenía un pecado que confesar. Yo entiendo a Juan el Bautista: “este que es el puro, este que es el santo, viene donde mí para que yo lo bautice; bautízame tú a mí”. Era lo mismo que decía Pedro en un momento. El Señor estaba limpiando a los discípulos, limpiándoles los pies, y Pedro dijo: “Señor, tú no me vas a limpiar a mí los pies”, porque Pedro sabía que limpiar los pies significaba que estaba quitando la suciedad que ellos habían arrastrado. “Déjame esa labor a mí; yo me humillo y yo te limpio a ti”. El Señor le dijo: “no, Pedro, yo tengo que limpiarte los pies, y si no te limpio los pies no vas a poder tener parte conmigo”.

Juan al final se dejó. ¿Y por qué, si Jesús no lo necesitaba, Juan bautizó a Jesús? Jesús no tenía pecado de qué arrepentirse, Él no tenía que dar un testimonio público de confesión. ¿Para qué el Señor se bautizó? Él le dijo: “es necesario que se cumpla toda justicia”. Esto también se podría decir: “es necesario que se haga todo lo que debe ser hecho”.

Nuestro Señor Jesucristo, cuando estuvo en medio nuestro, era 100% Dios y 100% hombre. Así como Él fue circuncidado en los días que le correspondía, así como Él fue presentado en el templo en los días que le correspondían, así como Él participó como todo hombre judío en toda la ley que le correspondía, al mismo tiempo Él hizo lo que todo hombre judío tenía que haber hecho: ir donde Juan a bautizarse.

Usted me dice: “¿es un requisito?”. Bueno, mírelo como un requisito. Pero Él dijo: “es necesario que se cumpla toda justicia”. Aunque yo no lo necesite, yo lo hago. Esto debe hablarle fuerte a la gente que ha elegido no bautizarse. Cristo dijo: “es necesario que se cumpla toda justicia”. No puede ser solamente exterior; no puede ser que yo diga: “yo no lo necesito”, pero hasta yo mismo me someto a la institución que yo mismo creé.

Él les dijo eventualmente a los judíos: “yo no he venido a abrogar la ley, yo he venido a cumplirla”, y Cristo cumplió todo lo que había que cumplirse. Pero al mismo tiempo esto estaba aprobando el ministerio de Juan. Y si Jesús, que no tuvo pecado, vino donde Juan, eso significa que esos bautismos de Juan estaban siendo recibidos por Dios.

Lo que más me llama la atención, hermanos —y me preguntaron: “pastor, ¿para qué el Señor se bautizó, o sea, Él no necesitaba bautizarse, si Él era sin pecado, si Él era justo, si Él es el que nos limpia a nosotros?”—, es esto: amigo querido, el Señor se bautizó para darte a ti un ejemplo. Porque todo hombre necesita ser bautizado, porque hasta Cristo, que no lo necesitaba, se bautizó.

Una persona se encontrará ante el Señor y le dirá al Señor: “yo vine a ti, pero vi que eso era un asunto externo, solamente un ritualismo. Yo no estoy por participar en ese asunto”. Y el Señor le responderá: “pero hasta yo me bauticé. O sea, tú eliges no bautizarte, y hasta yo me bauticé”. Miren, el hecho de que Cristo mismo se dejara bautizar por Juan debería hablar duro a todas las personas que todavía no han ido a las aguas del bautismo. Si el Señor, que no lo necesitaba, se bautizó, ¿qué no será contigo que sí tienes pecado para confesar?

El bautismo en la vida cristiana no es solamente un prerrequisito o un formalismo. No es un asunto opcional: que yo lo hago si quiero hacerlo, y si no, no lo hago. Dice la Escritura:

El que creyere y fuere bautizado, será salvo…

— Marcos 16:16

Es decir, el que creyere y confesare sus pecados y demostrara públicamente que se arrepintió, ese será salvo.

Llamado final al arrepentimiento y a las aguas del bautismo

Cierre sus ojos un momento y oramos al Señor. Mira, Padre, esta congregación aquí reunida. Te pido especialmente, con urgencia, por aquellos que no han ido a las aguas del bautismo. Mira qué oportunidad tenemos en nuestra iglesia, Señor, que el próximo domingo a las 9:00 de la mañana estamos preparando hermanos nuestros, que se han arrepentido de sus pecados delante de ti, para bautizarse.

¿Qué es confesar tu pecado? Es que un día como ahora, como este primer día de febrero del 2015, tú le digas al Señor: “Señor, yo he escuchado la predicación. He escuchado que tengo que arrepentirme de estas cosas que yo sé que no te agradan. Yo en este momento confieso ante ti mis pecados”. No es, hermano, principalmente que pronuncies tu pecado por su nombre, sino que le digas al Señor que estás dispuesto a amar más al Señor que a las cosas que a Él le ofenden.

Puedes decirle: “Señor, en este momento, si realmente lo quiero hacer, yo debo decirlo. Señor, en este momento yo me arrepiento de mis pecados. Yo confieso que he vivido incredulidad. Confieso, Señor, que he sabido hacer lo bueno y no lo he hecho. Confieso, Señor, que he estado participando en cosas que no me corresponden. Me arrepiento de mis pecados”. Dice la Escritura que hay fiesta en los cielos por un pecador que se arrepiente.

Puedes decirle al Señor con tus palabras: “Señor, yo te pido que perdones mis pecados, que me limpies de toda maldad, que me recibas como tu hijo, inscribe mi nombre en el libro de la vida”. Si tú has dado este paso, bienvenido a la familia del Señor. El Reino no es para todo el mundo. Al Reino no se entra automáticamente. Al Reino se entra cuando uno se arrepiente y se convierte.

Si tú has resuelto esta tarde de febrero apartarte de tus pecados y acercarte al Señor, bienvenido a su familia. Ahora debes ir a las aguas. Dice asimismo la Escritura que el que creyere en nuestro Señor Jesucristo y fuere bautizado para que confiese públicamente sus pecados, ése será salvo. Están abiertas las inscripciones ahora mismo para personas que han aceptado a Cristo, que se han arrepentido y que quieren conocer más de la vida cristiana. Te invito a que te acerques a mí al final del culto y bienvenido a la familia de Dios.

Oro por toda la iglesia, hermano que estás aquí y que ya fuiste bautizado. Recuerda que el bautismo era el símbolo, pero que el arrepentimiento constante permanece. Recuerda, hermano, lo que dice el libro de Hebreos, que si pecamos voluntariamente no nos queda más que una horrenda expectación de juicio. Si realmente te has convertido, tienes que manifestar obras que sean dignas de personas arrepentidas. Dice asimismo la Escritura que el que pecaba, no peque más. He aquí que el viejo hombre ha pasado con todos sus deseos, con todos sus delitos ante Dios. Si el Señor ya te ha limpiado, hermano, no te vuelvas a revolcar en el lodo.

Oro ahora por mi iglesia aquí presente, para que el Señor les fortalezca. Bautiza, Señor, esta iglesia con Espíritu Santo y con fuego. Danos una capacidad renovada para hacer tu voluntad. Danos, Señor, una capacidad renovada para imponernos ante esos pecados que quieren volver a esclavizarnos. Da victoria, Señor, en esas áreas privadas de nuestra vida donde quizá anteriormente no te habíamos podido glorificar. Dale la fuerza a mis hermanos para que tomen decisiones dignas de hombres arrepentidos y mujeres que aman más al Señor que a sus pecados.

Purifica a la iglesia evangélica Pez Mundial. Permite, Señor, que este domingo haya resoluciones firmes a no volver a ensuciar este vaso que tú has limpiado. Todo esto te lo pedimos apelando a tus promesas en el nombre de Cristo, nuestro Señor. Amén.

Hermano, que el Señor les bendiga, que el Señor les guarde. Nos vemos el próximo miércoles para nuestro culto de estudio bíblico.

Recibe lo nuevo por correo

Los mensajes del domingo, los devocionales y los artículos. Sin frecuencia fija y sin publicidad.

Puedes darte de baja cuando quieras.

En vivo PezMundial Radio