Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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La caida del hombre 2-2

Génesis 3:9-24

En medio de la caída y el juicio de Dios sobre el hombre, la mujer y la serpiente, Génesis 3 revela la iniciativa soberana de Dios para buscarnos, confrontarnos y cubrirnos, y anuncia la primera promesa de la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado y la muerte.

Predicado3 de noviembre de 2019
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Dios le bendiga hermanos, amigos queridos. Acompáñenme a la sagrada Escritura. Estén ahí un momento sobre sus pies. Acompáñenme en el libro de Génesis, en el capítulo 3, y continuemos con esta porción de la Escritura que comenzamos el domingo pasado.

Es el libro de Génesis, en el capítulo 3. La semana pasada estuvimos leyendo y exponiendo desde el versículo 1 y hasta el versículo 8, y hoy, con la ayuda del Señor, estaremos leyendo y exponiendo Génesis capítulo 3, pero desde el versículo 9 y hasta el versículo 24. Para fines de claridad y entendimiento, leeremos la porción completa, libro de Génesis en el capítulo 3, desde el versículo 1 y en adelante. En la desobediencia del hombre, la caída del hombre, dice así la sagrada Escritura, la Palabra de Dios.

Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé que no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí. Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé, diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás. Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes. Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió. Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.

— Génesis 3

Puede sentarse, hermanos queridos. Parece que todo es oscuro en Génesis capítulo 3, pero algunos rayos de luz se abren camino en medio de las sombras. El pecado entró al mundo, el hombre perdió su comunión con Dios, la serpiente le asestó un duro golpe, y ese instante de desobediencia traería consecuencias globales, alcanzando a toda la creación de generación en generación.

Con todo, a pesar de toda esta debacle, a pesar de todo este momento triste, a pesar de este momento oscuro y de desobediencia, vemos a Dios acercándose al hombre, vemos a Dios limitando a la serpiente, vemos a Dios advirtiendo sobre los efectos del pecado, vemos a Dios estableciendo límites, y, lo más importante, vemos a Dios prometiendo una victoria definitiva en el futuro.

Gracia en medio de la oscuridad y el protoevangelio

Así como después de que la noche es más oscura comienza a salir el sol, después de la caída, después que el hombre desobedeció, después de este momento nos comenzó a alumbrar la gracia. En una expresión muy corta, que con toda seguridad desconcertó por siglos a los antiguos, por primera vez la victoria de Cristo sobre el pecado, sobre la muerte, sobre el diablo fue proclamada por Dios mismo.

El Señor dijo: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. En el jardín del Edén, y justo después de la caída del hombre, esto guarda relación con lo mismo que dijo el apóstol Pablo, que allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. He venido a hablar de la caída, pero sobre todo he venido a hablar de la gracia del Señor.

He venido a hablar de un momento muy oscuro para todos los seres humanos, pero sobre todo he venido a mostrar la luz de Cristo. Algo que a mí me sobrecoge en toda la Escritura es que, aún en los tiempos más áridos, nosotros vemos cómo Cristo florece, vemos cómo Cristo alumbra. Aún en los momentos en que uno quisiera solamente rasgarse las vestiduras, uno encuentra pronto a Cristo.

Hermano, es verdad que este es un mundo de pecado, de injusticia y de maldad, pero qué bueno es saber que la luz de Cristo refulgente brilla aún en los momentos más densos, en los momentos más oscuros. Por temporadas pareciera que en esta creación, después de la caída, no hay nada que buscar, pero pronto refleja Cristo. A veces uno ve las noticias y pareciera que todo es desesperanza, pero pronto hay una pequeña luz.

A veces se ven sectores de la ciudad donde pareciera que todo es violencia, que todo es injusticia, que todo es lamentable, pero en medio de esa densa niebla entonces uno ve cómo Cristo florece. Hermano, no nos desesperemos; por oscuro que estén los tiempos, Cristo tarde o temprano volverá a reflejar.

Quisiera mostrar la segunda parte de este sermón acerca de la caída del hombre, y hoy especialmente detenerme a mostrar cómo el Señor nos está salvando, que aún en nuestro momento más duro ahí está el Señor detrás de nosotros. Justo después de la caída, ahí estaba Dios buscándonos. Comenzamos desde el versículo 9 de este capítulo 3, que fue donde lo dejamos la semana pasada, que dice la Escritura: “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”

Lo primero que quiero presentarle a la Iglesia es la iniciativa de Dios en nuestra salvación. Adán no buscó a Dios; es el Creador que ha buscado siempre a la criatura. Dice aquí: “Jehová Dios llamó al hombre”. Ustedes no encontrarán en ninguna parte de la Escritura que hombres perversos y pecadores, después de un episodio de desobediencia, lleguen a volver en sí y digan: “Yo tengo que buscar a Dios”. No, aquí uno ve que es Dios quien nos está buscando.

La iniciativa soberana de Dios para buscar al pecador

Por sus propios medios, Adán nunca saldría a buscar a Dios; dice que él se estaba escondiendo. La última vez que supimos de Adán, la semana pasada, dejamos a Adán y a Eva detrás de los árboles, y allí, detrás de los árboles, fue Dios a buscarle. Su vergüenza y transgresión le llevarían a buscar medios para seguir resolviendo sus problemas. La última vez que encontramos a Adán, lo dejamos vestido de hojas, pero ni aún vestido de hojas él se sabía acepto ante la presencia del Señor.

Hermano, lo que podemos decir a la luz de este texto de la Escritura es que ningún esfuerzo humano es suficiente para vestirse adecuadamente y estar digno y apto en la presencia del Señor. El único que puede vestirnos es Dios. Después de vestirse de hojas, quizás ellos siguieran buscando vestiduras más agradables, pero ninguna vestidura es suficiente para llenar la justicia de Dios. Porque Adán no saldría a buscar a Dios, es esperable que mientras más pasara el tiempo, para él el encuentro sería más difícil.

¿Te ha pasado que tienes un tema pendiente con una persona? La primera semana es algo que te genera mucha incertidumbre, pero al año ya tú ni siquiera lo das como una posibilidad. Es algo que pasó hace tiempo, es algo que nos ha separado. Mientras más pasara el tiempo, más lejos estaría Dios y más lejos estaría Adán.

Puedo decirle también que, en su condición actual de debilidad, Adán se encontraría cada vez más degenerado. Miren, el pecado no nos deja donde terminó el vuelo; el pecado nos busca y nos deja cada vez más degenerados. Si en este momento Adán sentía la mala conciencia, es esperable que mes tras mes, día tras día y hora tras hora, Adán y Eva se continuaran degenerando.

Por eso pronto uno encuentra que en el versículo 9 aparece Dios y les dice: “¿Dónde estás tú?” No solamente el poder del Señor y su misericordia pueden detener nuestra cadena de pecados; solamente la misericordia del Señor, solamente su benevolencia, puede detener nuestra desobediencia. Gloria al Señor por cada pecador que es detenido.

Me llama la atención que el Señor no solamente hará propiciación para ellos; también el Señor detiene el pecado. Dice la Escritura que “un abismo llama a otro abismo a la voz de tus cascadas”, y cuando un hombre entra en una cadena de pecado, eso va corriendo detrás de un precipicio que solamente el poder del Señor puede detener. Si hay alguien que logró detener el pecado, yo puedo afirmar categóricamente que estaba Dios detrás de él, porque por nuestros propios medios nosotros no pudimos haber detenido aquello que comenzamos.

El pecado abre una compuerta. El pecado, hermano, es como una represa desbordada: cada vez que un hombre peca querrá pecar más. Cada vez que desobedece tendrá que poner un pecado sobre otro pecado, un pecado sobre otro pecado. Un abismo llama a otro abismo a la voz de su cascada. Si Adán no hubiese sido interrumpido por el Señor, no solamente hubiese tomado el fruto de ese árbol, hermano, hubiese destruido toda la creación, pero por la misericordia del Señor todavía hay creación.

Quisiera mostrar, hermano, la gracia y benevolencia de nuestro Dios, que no solamente hace propiciación para nuestros pecados, sino que también nos detiene.

La potencia destructiva del pecado y la gracia que lo frena

¿Han visto el fragor del pecado? Tú lo consideras mucho para pecar, pero en el momento que pecas, pecas y vuelves, y vuelves y vuelves a pecar. Es un asunto que no se detiene; solamente el poder del Señor pudo entrar temprano al jardín del Edén y detener el proceso del pecado. “Mas Jehová Dios llamó al hombre”.

Estaba afirmando que Adán, por sus propios medios, no dejaría de pecar; que Adán, por sus propios medios, no vendría a Dios; que Adán, por sus propios medios, no reconocería su condición; que Adán, por sus propios medios, estaría pasando de una hoja a otra hoja, pero por la misericordia del Señor está siendo detenido.

No desestimemos el caso de que la serpiente sigue suelta. Si lo intentó una vez, ¿por qué no lo va a intentar de nuevo? Bueno, si ya la serpiente logró destruir la santidad del hombre, si ya la serpiente logró romper la comunión con Dios, ¿por qué no seguirá? Yo hago un esfuerzo, hermano, porque yo veía la lucha libre y veía este tipo de cosas, entonces yo leo otros sermones con esos temas; no es que quiero difundirlo, pero en el boxeo, en la lucha libre, en la UFC, después que alguien derriba al contrario, no se aleja.

Cuando el boxeador logró asestar el primer golpe y te dobló, él está buscándote; tiene preparado el otro con la mano derecha, te sale ya con la izquierda, hermano, y te derriba con la derecha. El pecado no te deja donde te alcanzó. Si la serpiente ya logró llegar al hombre, ¿por qué no lo seguirá intentando? Hermano, solamente la misericordia del Señor detuvo ese proceso de pecado.

Aterrícelo al Edén, y con esto me gustaría traer luz acerca de nuestros pecados particulares. No piensen que el pecado es una pequeña cosa; el pecado siempre pide más. Hay gente que dice: “Yo voy a ser un pecador, pero voy a ser un pecador organizado, lo haré hasta cierto punto”. Nadie se detiene; solamente el Señor detiene el proceso del pecado.

Hay gente que dice: “Yo tengo mucho dominio propio”. Más nada; en su momento de perfección, si ya está doblado por el pecado, ¿por qué Satanás no le destruye irremediablemente? Por la misericordia de Dios. Hermano, lo que yo he visto es que el Señor a veces detiene por un momento el pecado, para después alcanzar al hombre con salvación. Si te dejara en lo automático, tú no solamente pecarías: pecarías y eso te llevaría irremediablemente a la muerte, pero aquí apareció Dios.

Lo que se demuestra a la luz de toda la Escritura es que esta ha sido una búsqueda consistente. El Señor en todas las épocas, en todas las temporadas, ha tratado de buscar al hombre. El hombre no ha buscado a Dios; es Dios quien lo ha buscado. Si ustedes leen de Génesis del 4 en adelante, encontrarán cómo el pecado fue afectando no solamente a Adán y a Eva, sino a todos sus descendientes.

Aparece primero el pecado en Caín y uno dice: “¿Qué hace Caín pecando?” En un momento aparece Caín en Génesis capítulo 4 dominado por la ira, y aparece Dios y le dice: “Ey, Caín, te está dominando la ira, ten cuidado”. ¿Y por qué el Señor le advierte? Porque el Señor conoce las consecuencias del pecado, pero Caín no hizo caso al Señor, permitió que la ira le dominara y terminó matando a su hermano Abel.

Y cuando mata a su hermano Abel, aparece Dios y le dice: “¿Dónde está tu hermano?” Es lo mismo que le está diciendo en este momento a Adán: “¿Dónde estás tú?” Hermano, cada vez que hay pecado en la creación, uno encuentra la mano benevolente del Señor estableciendo límites, y uno dice: “Señor, ¿por qué lo detienes?” Porque el Señor ama sus criaturas, porque el Señor ama su creación.

Si en este momento todavía tú estás vivo y el pecado no te ha llevado a la muerte, significa que la gracia general del Señor, y común, te ha estado alcanzando.

Salvación como obra de Dios desde la eternidad

Cualquier pecador debería poder testificar que, aunque el Señor todavía no le ha salvado, por la gracia común y benevolencia de su Señor, él no ha terminado todavía muerto. El pecado quiere destruirte totalmente. Cualquier vicio, cualquier pecado, cualquier expresión de la maldad, no solamente quiere una parte de tu vida: lo quiere todo, y por la misericordia del Señor no has sido todavía destruido.

Para que la salvación sea posible, el Señor primero detiene y después salva. Si no fuera así, en el momento en que tú pecas, no te podría detener. Y eso nosotros hemos entendido en la experiencia, en bañarse en canales de riego. Yo me he bañado en canales de riego, no en cañadas, pero miren: en esos canales frecuentemente ponen sogas, y las personas entran al canal de riego y se agarran de la soga, pero si se suelta, el canal te arrastra.

Quizás has tenido la experiencia de bañarte en la playa y entrar un poco más profundo; en un momento suben las olas y ya tú no puedes alcanzar el piso. El pecado hace lo mismo en la vida del hombre: vas entrando lentamente y te va a destruir irremediablemente. Si alguien está vivo hoy, todavía, para aceptar a Cristo, que entienda que la misericordia del Señor está obrando a favor suyo.

Si tú todavía puedes hoy aceptar a Jesucristo como tu Señor y Salvador personal, tú tienes que testificar que tienes vida para aceptar a Cristo, porque el Señor, en su misericordia, detuvo en tu vida el proceso del pecado. Tú no te has preservado esperando a Cristo; el Señor lo hizo. El Señor lo detuvo para después salvarte. El Señor primero nos cuida un poco, y después nos salva completamente.

Todos los casos de salvación en el Antiguo Testamento, la iniciativa ha sido de Dios. Dios buscó a Caín, Dios buscó a Abraham cuando Abraham no tenía idea de Dios. El Señor se le apareció en la tierra de sus antepasados, y de allí le dijo: “Sal de tu tierra y de tu parentela”. No fue Abraham que salió a buscar a Dios. Entonces, busque la historia de los patriarcas y encontrarán la insistencia de Dios en rescatar al hombre.

Jacob estaba en su perversidad, huyendo, y en Betel dice que se encontró con el Señor; él no sabía lo que estaba mirando. Y Dios le dijo: “Yo soy el Dios de Abraham, yo soy el Dios de tus padres, y yo también vine a buscarte”. Es el Señor que nos busca. Dios está en misión.

Dios buscó a Moisés cuando estaba en Madián. Moisés no sabía hacia dónde iba. Por un momento vio una zarza ardiente y se acercó, y ahí estaba Dios en medio de la zarza. Hermano, vayan a la historia de los reyes de Israel; dice que el Señor estaba buscando a Saúl, pero Saúl no aparecía, y le dice al profeta: “¿Dónde está el hombre?” El Señor le dijo al profeta: “Búscalo, que está detrás del equipaje”. Estaba escondiéndose detrás de unos animales, y el Señor lo mandó a buscar.

David no llegó a ser el rey de Israel porque él se propusiera; Dios mandó a buscar a David. Israel no llegó a ser una gran nación porque tuvieron la capacidad; Dios estaba haciendo una nación. Detrás de toda obra de salvación, nosotros podemos ver la mano del Señor.

Nuestra “búsqueda de Dios” como respuesta a Su llamado

Aquí hay una alerta, y es que frecuentemente nuestras descripciones vehementes y emotivas de nuestra búsqueda de Dios no son más que la respuesta final de una cadena de iniciativas que Dios ha estado emprendiendo a nuestro favor desde tiempo atrás. Yo veo las personas que hablan de su conversión y dicen: “Yo quiero decir que yo resolví en el 2019, al final, por ahí por noviembre, seguir a Cristo”. Tú no decidiste seguir a Cristo por tus propios medios; el Señor te trajo aquí, el Señor te estaba buscando.

No se trata de que tú puedas ser salvo andando tú a buscar a Dios; Dios buscó a Adán. Sí, Adán respondió al Señor, pero si le respondió al Señor es porque el Señor había hecho una pregunta. Si Adán pudo decir: “Aquí estoy yo escondiéndome porque tengo vergüenza”, es porque el Señor le preguntó a Adán: “¿Dónde estás tú?”

Quiero demostrar que en toda obra de salvación está la intención de nuestro Dios. Si tú eres salvo o vas a ser salvo, no serás salvo por tu inteligencia, no serás salvo por tu fuerza, no serás salvo por tu capacidad. Serás salvo por la gracia común y especial del Señor, que estuvo haciendo convergencia, estuvo operando de manera especial para tu salvación, y por eso la salvación de todo hombre es una obra tan especial.

La gente dice: “No, yo me entregué a Cristo”. Sí, tú te pudiste entregar a Él, porque Cristo te estaba buscando. La gente dice: “Yo vine a Cristo”, y es verdad que vino a Cristo, pero si tú viniste a Cristo es porque Él te estaba esperando.

Hay gente que lee en los dos testamentos la historia del hijo pródigo y dicen: “Ah, mira, el hijo pródigo salió y regresó a la casa del padre”. Por allí estaba el padre esperando al hijo pródigo con los brazos abiertos. No hay nadie que puede decir que fue salvo por su propio esfuerzo.

Si usted ve la “guagua voladora” que dice delante “con mi propio esfuerzo”, y eso es salvación, póngale detrás con el dedo, así, en el polvo, usted le pone “predestinado”. El Señor fue que te salvó, el Señor fue que te alcanzó. ¿Qué es el esfuerzo humano? Es decirle a Cristo: “Señor, aquí estoy desnudo, detrás de los árboles; ten misericordia de mí”. Por nuestros propios medios nosotros no podemos buscar a Cristo.

Lo que dice 2 Timoteo 1:9 es, hablando de Cristo:

Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos.

— 2 Timoteo 1:9

Usted me dirá: “Yo fui salvo en los 90”. Sí, usted fue salvo en los 90, pero ya eso había sido presupuestado por el Señor desde tiempo antiguo, desde tiempo atrás. Tú dirás: “No, yo fui salvo en el 2019”. En el 2019 fue efectiva la salvación en ti; por eso viene “no conforme a tus obras, sino según el propósito suyo y la gracia que te fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos”.

La pregunta de Dios: “¿Dónde estás tú?” y la necesidad de confesar

“No, yo me salvé, yo fui más sabio”. No; Dios fue más misericordioso. El Señor te salvó, el Señor te alcanzó. Aún así, Adán tuvo que encarar la pregunta. Dice en el 9: “¿Dónde estás tú?” Parece una pregunta innecesaria. ¿Usted cree que al Señor se le puede perder alguien en esta creación? ¿De que: ‘Oye, tú has visto a Adán, hace rato que yo no veo movimiento, tú sabes de él?’ Yo no imagino al Dios todopoderoso, omnisciente, omnipotente, omnipresente, en el cielo buscando: “¿Tú lo ves? Mira, ¿tú crees que se mueven? No, qué mata más grande, qué árbol frondoso para cubrir a un hombre de la presencia de Dios”.

Si acaso aquí hay una pregunta, hermano, es porque el Señor quería mostrarnos algo a nosotros. A Dios no hay un hombre que se le pierda en esta tierra; dice que nuestro cabello Él lo tiene contado. Y, además, no había mucha gente; esto estaba comenzando. No veis cómo estamos poblados de millones de habitantes: eran dos. Y el Señor sabía que estaban detrás del árbol, y el Señor sabía que habían pecado, y el Señor sabía que ya ellos habían hecho su pequeño intento de cubrirse, y no lo lograban.

No hay nadie que se le haya perdido a Dios. ¿Sabe que hay gente que se mantiene lejos de la esfera de Dios? Dice: “Yo debería no acercarme mucho por la iglesia, porque a ver si Dios me encuentra. No, mira, vamos para la iglesia, la iglesia es la casa de Dios; ahí el Señor me va a ver”. Él te está mirando ahora mismo. En tus labores cotidianas Dios te está mirando; en tus pecados aparentemente ocultos Dios te está mirando; en tus intentos de huir de su presencia Él te está mirando.

Cuando Adán se estaba escondiendo, el Señor estaba mirando. Cuando Adán intentaba vestirse, Dios le estaba mirando, y ahora la pregunta: “Adán, ¿dónde estás tú?” Bueno, aquí el Señor quiere confrontarte, el Señor quiere evidenciarte, el Señor quiere que tú respondas, el Señor quiere dejar testimonio de tu incapacidad para venir a Él por tus propios medios, de vestirte por tus propios medios, de ser acepto en su presencia por tu propio esfuerzo.

Llama la atención que Adán pecara por la invitación de Eva, pero Dios lo procuró a él. Él no está diciendo: “Eva, ¿dónde estás tú?”, sino: “Adán, ¿dónde estás tú?” Miren, hay un orden en la creación, y los hombres quieren violentar ese orden de la creación. En el orden de la creación, un hombre es cabeza de su casa, y tú no puedes decir: “Mi esposa” o “Mis hijos”; no, el Señor quiere hablar contigo.

Responsabilidad del hombre y práctica del arrepentimiento

Por eso los varones, por eso los hombres, tenemos una gran responsabilidad delante de Dios. Un hombre encabeza un proyecto familiar, un hombre representa el proyecto familiar. Cuando las cosas se pusieron mal en esa familia, el Señor no le preguntó por Eva; el Señor preguntó por él: “Adán, ¿dónde estás tú?” Aquí hay una gran lección de masculinidad bíblica.

Un esposo, un cabeza de familia, tiene una solemne responsabilidad delante del Señor de asegurarse de que su familia esté apta para tener un encuentro con su Dios. “No, Señor, habla con ella”. Hay hombres que así actúan: el Señor les llama para que rindan cuenta, y él dice: “Ven, que nos están llamando”, y el Señor pregunta, y Eva responde. No; Adán, es contigo que quieren hablar.

Lo que he visto, hermano, es que cuando un hombre toma una decisión espiritual por una familia, a esa familia le va bien espiritualmente. Qué hermoso cuando un hombre toma la entereza de decir: “Yo voy a representar bien los míos en la presencia del Señor”. Les expliqué la semana pasada que probablemente Eva fuera tentada y pecara porque Adán la había dejado sola. ¿Qué hacía Eva sola? Él debía estar ahí representando, él debía estar ahí cuidando, pero no lo hizo. En el momento en que las cosas se pusieron oscuras, Dios quiso hablar con Adán.

Una práctica mía en consejería prematrimonial, sobre todo con creyentes, es que yo le digo a un hombre: Por muy difícil que estén las cosas en su matrimonio, en su familia, entienda que el Señor quiere hablar con usted. No es que “el problema es ella”, no es que “el problema son los hijos”. “Adán, ¿dónde estás tú?” Dios conocía mejor que Adán todo lo que había sucedido, pero Él quiere que Adán verbalice.

Una actitud de rebeldía es cuando a ti un superior te pregunta qué es lo que sucedió, y tú le respondes: “Tú sabes lo que es, tú lo sabes todo, tú sabes lo que sucedió”. Eso es rebeldía. Humildemente, cada hombre debe reconocer su pecado delante de su Dios. La gente quiere dejar eso como tácito, como implícito: “No, Él se lo sabe todo, Él sabe que yo me arrepiento; si Él lo sabe todo, Él sabe que yo quiero buscarle”. El Señor quiere que de tu boca salga el arrepentimiento, que de tu boca salga la confesión del pecado, que de tu boca salga el decir: “Yo he pecado, me he rebelado contra ti, estoy desnudo en este momento, no me siento acepto”.

No es: “Si Dios lo sabe todo, que me perdone, porque yo no tengo que hablar”. El Señor quiere que tú verbalices. Él, que lo sabía todo, le preguntó a Adán: “¿Dónde estás tú?” La pregunta quería producir arrepentimiento.

Quiero mostrarle a mi iglesia que el arrepentimiento no es un asunto automático; es una resolución de obediencia delante del Señor y es una confesión de nuestro pecado delante suyo. Por eso, cada vez que nosotros pecamos delante del Señor, no deberíamos endurecernos, sino que deberíamos confesar nuestro pecado por su nombre, y eso es difícil.

Tú practicas cualquier pecado, participas en cualquier actividad deshonrosa delante de tu Creador, y deberías ir en oración, no a decirle al Señor: “Señor, te pido que me perdones todos los pecados que he cometido el día de hoy”. No. Si tú eres consciente de la manera particular y específica en que tú deshonraste a tu Dios, tú deberías decirle con tus palabras: “Señor, en este momento estoy confesando ese pecado particular”.

Hermano, da lucha ponerse a hablar ante el Creador de asuntos vergonzosos, ponerse a hablar delante del Creador de asuntos que son deshonrosos, decir delante del Creador que has participado en cosas que a Él no le son agradables. Esas son cosas que impresionan, pero al mismo tiempo eso santifica. Verbalizar y llamarle al pecado por su nombre, decir el hecho particular y puntual en el que participaste delante de tu Dios, es algo que te santifica; es algo que te preserva. “Adán, ¿dónde estás tú?”

Saber dónde estamos en nuestra relación con Dios es la pregunta más importante que cualquier ser humano debe poder responder. Esa es la pregunta absolutamente necesaria; todo ser humano debe poder responder hoy, decir ante el Señor, en sinceridad, Él que te conoce y que te está mirando en este momento: “¿Dónde estás tú?”

Aplicación personal: ¿Dónde estás tú hoy?

Yo te invito a que en este momento imagines que el Señor te está preguntando a ti, de manera particular: “¿Dónde estás tú?” ¿Qué tú le vas a responder? “Señor, aquí estoy, pero yo no vengo a confesar ningún pecado. Yo no he venido a hablar de eso”. “¿Dónde estás tú?”, te está preguntando el Señor. “Señor, ya tú me salvaste, yo estoy aquí en tu casa; tú sabes, hay asunticos que están sueltos y todavía pendientes”. “¿Dónde estás tú, Adán? ¿Cómo estamos? ¿Cómo va nuestra relación? ¿Por qué te estás escondiendo?”

La pregunta no es la actividad, no es “¿qué estás haciendo?”, no es de calidad, “en qué estado estás”, sino de ubicación: “¿Dónde estás? ¿Lejos, Señor, de tu presencia? ¿Estoy escondido de tu presencia, huyendo? ¿Estoy despavorido, avergonzado, Señor? ¿Estoy ahí?” Hermano, qué hermoso sería si alguien hoy escucha la pregunta y le dice: “Señor, aquí estoy desnudo, avergonzado, deshabituado de estar en tu presencia; hace rato que no escucho ni siquiera tu voz, Señor. Lejos, Señor, lejos estoy”.

Quizás aún como creyente tú puedes recibir la pregunta y contestar con sinceridad. Tu Dios te pregunta: “¿Dónde estás tú?” ¿Qué le vas a responder? “Aquí, Señor, estoy en tu casa, pero mi cuerpo está aquí, mi corazón está en otra parte, Señor. Aquí estoy, Señor, abrumado por mis malas decisiones. Aquí estoy, Señor, veo a los otros adorarte y yo no siento ni siquiera levantar las manos; aquí estoy duro, Señor, en tu presencia”.

Qué hermoso sería una temprana confesión, porque esta temprana confesión podría llevarte a la provisión que solamente puede venir desde lo alto. Qué hermoso es que recibas la pregunta: “¿Dónde estás tú?”, y la respondas con confianza. Aún entre creyentes, a veces vamos a la presencia del Señor, hermano, y le decimos: “Señor, me siento lejos de ti, me siento vacío, me siento deshecho. Siento que el corazón de carne que tú me diste está volviendo a convertirse en un corazón de piedra; no tengo deseos, Señor, por las cosas de arriba, no tengo deseo por tu presencia, he sido engañado por la serpiente”.

Adán en este momento está sintiendo su indignidad delante del Señor. Él le dice en el versículo 10: “Oí tu voz en el huerto y tuve miedo”. Ah, antes yo escuchaba esa voz y me alegraba. Hay momentos y temporadas de tu vida en que tú escuchas la voz de Dios y te asustas; hay momentos en que tú escuchas la voz de Dios y esa voz no te produce sosiego, esa voz no te produce tranquilidad, sino que te produce miedo. El pecado hace que nuestra relación con Dios se sienta como miedo.

“Oí tu voz en el huerto”, la voz que antes también me pastoreaba, la voz que antes a mí me confortaba, la voz que antes al escucharla, esto aquí era un avivamiento: “¡Wow, llegó el Señor, viene a tener comunión con nosotros!” Ahora escuchamos la voz, Señor, y tuve miedo, “porque estaba desnudo”, dice, “y me escondí”.

Ah, hermano, qué cosa más preciosa, que aún en nuestro endurecimiento el Señor sale a buscarnos; que aún en nuestra vergüenza el Señor sale a buscarnos; que aún en nuestra insensibilidad es el Señor que sale a buscarnos; que aun nosotros con hojas detrás de los árboles, ahí es que el Señor va y nos busca.

Hermano, qué hermoso es Dios, que muestra su amor para con nosotros en que, aun siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros; aun antes de que tú pudieras confesar tu pecado, ya el Señor te estaba buscando. Dice la Escritura que de tal manera Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores… O sea, Él no muestra su amor en que nosotros nos arrepentimos y Él mandó a Cristo; Él muestra su amor en que Él mandó a Cristo aun antes de que nosotros pudiéramos arrepentirnos. Así de grande y bueno es nuestro Dios.

Confrontación profunda: de sentirnos desnudos a nombrar el pecado

Les digo que esta porción de la Escritura de Génesis parece una densa oscuridad; hermano, a mí… yo encuentro los rayos del sol como en una casa de zinc. ¿Ustedes han visto un amanecer en una casa de zinc? Uno ve los rayitos, los rayitos de sol entrando así. A mí me parece, hermano, yo veo que está muy oscuro, pero antes de que se encienda la luz, ya vienen los rayitos del sol que van penetrando por el zinc, y van iluminando. Así de precioso es el amor de Cristo.

Al parecer, esto que antes sentía ya no lo siente. Él expresó lo que sentía con sus medios: “Yo me siento desnudo”. Es la sensación de que aquel que lo conoce todo te está mirando y hay algo que sobra. Es que aquel que realmente te puede mirar profundamente te está mirando, y hay algo que sobra, y algo que te hace indigno, y algo que tú no quieres que Él vea: es pecado.

Llama la atención que la confrontación del Señor no deja el asunto en un ligero reconocimiento. Él va al fondo del asunto. Hermano, para uno realmente buscar gracia y oportuno socorro no basta con un asunto superficial; hay que ir al fondo del asunto: ¿qué fue lo que pasó? Él dijo: “No, que yo estaba desnudo y me escondí”. Parece: “Ah, está bien, ven que te pongo ropa”. No, no; hay que ir hasta el fondo.

¿Saben que algunas personas no caminan en santidad delante del Señor porque no van al fondo del asunto, sino que se quedan siempre en lo superficial? “No, que yo me sentía triste, me sentía apagado”. Pero ¿por qué te sentías así?

“Señor, yo me siento desnudo”. Ah, bueno, está bien, aquí hay ropa, ven. No; hay que ir al fondo del asunto. Es como el cirujano que a veces abre y dice: “No, mira, esto no es superficial, hay que ir más profundo. Y ya que yo abrí, no me voy a detener, vamos allá”.

La segunda pregunta, hermano; si la primera fue difícil de responder, uf… Hay gente que es muy sabia, que te va haciendo preguntas y va poniendo las cosas cada vez más claras. Tú llegas con un universo así: “No, es que me siento desnudo”. “¿Y por qué te sientes desnudo?” Versículo 11: “Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé que no comieses?” Aquí el Señor le anda buscando un sujeto y anda buscando una acción.

Yo, que no quería hablar de la serpiente, el problema es que él no quería quizás hablar de la serpiente, pero ya el Señor: “¿Quién fue que te lo enseñó? Porque ustedes son dos; ¿o fuiste tú o fue Eva?” Al parecer, hermano, Adán estaba postergando el tema de la serpiente. Ustedes son dos en el Edén. “Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí”. Ah, yo no sé… hablar de Eva.

Esa es la estructura del pecado, hermano; es que hay que llegar a un punto donde no queremos llegar, pero el Señor sabe cómo hacernos llegar hasta allá. No digo esto para asustarte, pero mira, cuando el Señor quiere salvar a un hombre, tiene la manera de hacer evidente su pecado. Hay cosas que tú estás tratando de no hablar de eso, y el Señor trae el tema y te lo pone ahí. Tú dices: “Bueno, ¿y ahora?”

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

— 1 Juan 1:9

Adán, tú te sientes sucio; si confesamos nuestros pecados, el Señor es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Es confesión lo que hace falta, pero no una confesión de que “ya, yo soy pecador”. ¿En qué manera es que tú eres pecador? ¿Cómo es? “Ah, no, que yo estoy alejado de Dios”. Pero, ¿por qué estás alejado de Dios? Para tú alejarte de Dios te debes acercar a otra cosa; ¿a qué te has estado acercando?

Evasión, culpas ajenas y la serpiente sin posibilidad de redención

Tarde o temprano va a surgir aquí el tema de la serpiente. Oye, hermano, qué cobarde se vio Adán ahí; es verdad, ella era tu ayuda idónea, tú la dejaste sola, y ahora pecó, y cuando peca entonces tú quieres venir no solamente a acusarla a ella de su pecado, sino a acusarla también del tuyo. Además, está acusando a Dios, sobre todo: “La mujer que me diste; esa mujer tan defectuosa, Señor”.

Ah, hermano, no vean a Adán así por así; somos nosotros. El Señor nos llena de atención, y al momento del pecado, el pecado hace que la provisión del Señor parezca que es la culpable. “Señor, es que yo tengo un trabajo que es muy difícil”. O sea, ¿que el trabajo que me diste es lo que me está haciendo pecar? No; tú pecaste. Hermano, cada cual peca, como dice el libro de Santiago, cada uno peca cuando es atraído por sus propias concupiscencias.

Sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.

— Santiago 1:14

“Ah, no, Señor, aquí estaba yo; yo trabajo un trabajo, yo tengo un trabajo… esto es una industria tan complicada, que tú no entiendes esto porque tú no andas en mi industria, pero si tú supieras la tentación a la cual uno es puesto ahí…” Si realmente eso, hermano, fuera una industria ampliamente pecaminosa, en primer lugar usted no debería tener ese trabajo.

El ser humano siempre anda buscando un causante externo de su pecado. “El problema es mi esposa”, “es que esa mujer…”, “es el esposo que no me deja avanzar”, “o son los hijos”, “o el barrio donde yo vivo”, “o esta ciudad”, “o este país”, “o la corrupción”. “El problema es global”. El problema no es global; es que usted tuvo una conversación con la serpiente, la serpiente le ofreció algo y usted le dijo que sí.

La primera confrontación está buscando, hermano, llevar al fondo del asunto. Después viene y confronta a Eva. “Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí”. Comienza en que Eva fue más sincera. Por lo menos dijo: “Yo fui engañada”. Está reconociendo: “Yo comí; no estoy diciendo que no comí, lo que estoy diciendo es que comí fue por engaño, pero yo comí”. Por lo menos Eva está más cerca del asunto.

“¿Qué es lo que has hecho? ¿Cuál ha sido tu imprudencia?” Sin embargo, ella tampoco soportó la tentación de acusar a otro. Ella debió haber dicho: “Yo soy la responsable, yo pequé”. Cada cual peca cuando es atraído por sus propias concupiscencias. La serpiente no te obligó a pecar; te sedujo para que tú pecaras.

Versículo 14. Es interesante, hermano, que el Señor confrontó a Adán, confrontó a Eva, disciplinó a Adán y disciplinó a Eva, trajo una pregunta, Él conociendo todas las cosas, para producir en Adán y Eva un arrepentimiento. Trajo una pregunta para traer a ellos confesión de pecado; pero el Señor no tuvo ni siquiera que interactuar con la serpiente.

Hay una diferencia aquí, hermano: un ser humano que peca, que cae, aún él es regenerable; el Señor puede salvarlo, pero Satanás está definitivamente condenado. Él es absolutamente malvado. En esta confrontación a la serpiente, el Señor no buscó atraer a la serpiente hacia Él, buscar arrepentimiento, sino que inmediatamente el Señor le habló. “Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste…” ¿Y por qué el Señor sabía que la serpiente lo había hecho? Él conoce todas las cosas.

Las preguntas para Adán y Eva eran preguntas de padre-amigo, para producir arrepentimiento. No hay que buscar arrepentimiento de la serpiente. A la serpiente directamente el castigo: “Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo”. El Señor no le pregunta; no hay nada que preguntarte, tú eres absolutamente malvada. Además, yo sé que, por lo que sucedió, yo le pregunté a ellos dos porque a ellos dos yo estoy buscando salvarles, estoy buscando para ellos propiciación, pero para ti no es propiciación; lo que quiero es limitarte.

Dice: “Sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida”. Aquí pasamos a un segundo punto, y es el juicio de Dios y sus diferentes propósitos. El Señor juzga todas las cosas, pero no juzga todas las cosas por igual, ni con el mismo propósito. Del 14 al 19 se ve el juicio de Dios sobre la serpiente, el juicio de Dios sobre la mujer y el juicio de Dios también sobre el hombre.

Así como el Señor fue avanzando y confrontando, a la serpiente no le confrontó; y ahora comienza a juzgar. El juicio sobre la serpiente está del versículo 14 al 15: “Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias…” y la segunda parte, que pondrá una enemistad para la serpiente. No hubo arrepentimiento; aquí se puede pasar directamente al castigo. A diferencia de Adán y Eva, a la serpiente no se le preguntó nada, y para la serpiente no se propició nada.

El protoevangelio: enemistad de linajes y victoria de Cristo

De hecho, si le hubieran preguntado a la serpiente, la serpiente intentaría engañar al mismo Creador. Dice Juan 8:44 que él es el padre de mentira:

Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio… porque es mentiroso, y padre de mentira.

— Juan 8:44

Imagínense a la serpiente: le preguntan su expediente, y termina haciendo a Dios culpable. La serpiente seguiría de propiciadora, y Adán y Eva terminan siendo asociados. Bueno, a la serpiente no hay nada que preguntarle; en Satanás no hay nada bueno, en Satanás no hay nada regenerable, no hay nada salvable.

Lo que dice la Escritura es que el diablo y sus demonios ya han sido irremediablemente juzgados y solamente están esperando su hora. ¿Recuerdan cuando el Señor expulsaba a los demonios en el Evangelio, que los demonios le decían al Señor: “¿Qué tienes contra nosotros, Jesús, Hijo de David? Aún no ha llegado nuestra hora”? O sea, los demonios, Satanás, no están esperando propiciación, arrepentimiento; lo que están es esperando su hora. Ellos no andan esperando salvación; para ellos no es salvación. Salvación hay para nosotros.

En el versículo 15 está la primera proclamación del Evangelio; se le llama el protoevangelio, es el primer Evangelio, la primera proclamación de las buenas noticias, la primera vez en la Escritura donde aparece la esperanza de salvación. Es aquí. ¿Qué es lo que dice el 15? “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”.

Le están diciendo a la serpiente: hay algo que tú vas a poder hacer: vas a poder morder el calcañar. Pero hay algo que te van a hacer a ti: te van a dar un golpe en la cabeza, un golpe definitivo y contundente. “Serpiente, tú mordiste; sí, le mordiste, la mordiste una vez, y tú vas a seguir mordiendo; hay generaciones completas que tú vas a estar mordiendo el calcañar”. Pero viene por ahí uno en camino, al cual tú vas a poder derribarlo hasta cierto punto, pero él te va a dar un golpe contundente y definitivo en la cabeza.

Hermano, desde aquí se está proclamando la victoria de Cristo sobre el pecado, sobre el diablo, sobre la muerte, sobre todas las fuerzas de la maldad. A Cristo la serpiente intentó, hermano, pero no lo logró. Lo dobló hasta cierto punto, lo logró tener en la cruz, y cuando pensó que había vencido, entonces Cristo fue levantado de entre los muertos, venciendo al diablo, venciendo la muerte.

Cristo no pudo ser tocado por la serpiente; a Él no. A nosotros sí, pero a Él no. Él fue perfecto, Él vivió perfectamente. A diferencia del primer Adán, Él no cayó. Satanás intentó morder el calcañar de Cristo en la tentación en el desierto, pero Cristo resistió; venció el pecado y venció la muerte.

Aquí, hermano, aparece la mayor línea divisoria de la humanidad. Usted puede dividir la humanidad como usted quiera: divídalo entre el norte y el sur, ponga un meridiano; entre los blancos y los negros y póngale un marrón en medio. Usted puede dividir los mundos entre los pobres y los ricos. Usted puede dividir el mundo en Latinoamérica, Norteamérica, Sudamérica. Usted puede dividirlo en Asia, Oceanía; usted puede poner el Pacífico y el Atlántico de por medio. Pero la mayor división que existe en la humanidad es esta: por un lado, la simiente de la serpiente, y por otro lado, la simiente de la mujer; por un lado, los hijos del Señor, y por otro lado, los hijos del mundo, los hijos del pecado.

Es la única línea divisoria que no puede ser subsanada; la ONU no va a poder resolver ese problema. Es una enemistad histórica, mundial, que existe entre las tinieblas y la luz: “Pondré enemistad entre ti y la mujer”, o sea, “entre la simiente de Satanás y la simiente de la mujer; ésta”, o sea, la simiente de la mujer, “te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Esta es la mayor división que hay en toda la humanidad.

De hecho, el libro de Génesis se ocupa en gran medida de mostrar esas dos líneas divisorias: por un lado, las personas que deshonran al Señor, que hacen su propia voluntad, que se rebelan contra Dios, y las personas que aman a Dios.

Dos linajes en la historia bíblica y en nuestra experiencia

Usted puede rastrear esa línea divisoria durante toda la parte de la Escritura. Es la línea divisoria entre Abel y Caín: Caín, un malvado que quiere luchar contra Dios, que quiere airarse contra Dios, y que comete violencia; Abel es uno que ofrece al Señor el correcto sacrificio, que se humilla bajo la poderosa mano de Dios.

Usted sigue caminando y encontrará, por un lado, que van los descendientes de Set, el tercer hijo de Adán y Eva, y por otro lado los descendientes de Caín. Y dicen, cuando se habla de Set… Porque usted sabe que Caín quiso matar a Abel porque sabía que venía un nacimiento: “No, por ahí no, vamos a matarlo temprano”, porque en soberbia contra Abel sabía que tenían corazones distintos. Después el Señor les levanta un tercer hijo a Adán y Eva, que se llamaba Set, y dice en el capítulo 4, en el versículo 26:

Y a Set también le nació un hijo, y llamó su nombre Enós. Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová.

— Génesis 4:26

Satanás siempre ha intentado destruir la carrera, siempre ha intentado corromper a todos los seres humanos, pero el Señor siempre se ha guardado un linaje, siempre se ha guardado descendencia, el Señor siempre se ha reservado un buen testimonio. En todos los momentos de la historia usted encontrará que, por un lado, camina la simiente de la serpiente, hombres que son atraídos a desobedecer al Creador, y por otro lado aparece la simiente del linaje preservado, un linaje de hombres que buscan hacer la voluntad de Dios.

Después de los descendientes de Set vino Noé. Compare Noé y a sus vecinos; sus vecinos, el Señor los destruyó a todos y salvó a Noé y a su familia. Pero después de esto, los hijos de Noé también se corrompen, y aparece entonces el Señor buscando a Abraham entre sus parientes.

Después de Abraham, Abraham tiene al mismo tiempo dos hijos, y el Señor dice: “El linaje es Isaac, no Ismael”. Después se desarrollan dos pueblos y Él dice: “No, el pueblo elegido es Israel, y no los pueblos circundantes”. El Señor da testimonio, a través de toda la historia, de cuál es la mayor línea divisoria: los hijos de las tinieblas y los hijos de la luz.

Vayan al Evangelio y encontrarán por un lado a Cristo y sus discípulos, y encontrarán por otro lado a los hijos de las tinieblas. Por eso dice Efesios capítulo 2, en el versículo 1 en adelante:

Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia; entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.

— Efesios 2:1–6

¿Cuál es la gran división de la humanidad? Los hijos de ira y los hijos de obediencia; lo mismo que los demás, pero Dios que es rico en misericordia…

Enemistad entre luz y tinieblas y la consumación en la cruz

Por un lado están los hijos de la luz, y por otro lado los hijos de la tiniebla, y no se gustan, hermano. La gente dice: “No, nosotros somos hijos de la luz y podemos estar entre las tinieblas”. La tiniebla no le ama, y usted no debe amar las tinieblas. Por eso dice Cristo a sí mismo: “¿Qué relación tendrán la luz con las tinieblas? Ninguna”. Los discípulos decían: “Seremos perseguidos”. “Sí; a mí me persiguieron, a ustedes también”. ¿Por qué razón? Los hijos de la luz son perseguidos porque las tinieblas luchan contra la luz.

“Pondré enemistad entre tu simiente y la simiente suya”. Después habla de la consumación escatológica: “Ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Miren, la serpiente sigilosamente busca herir; hiere en el calcañar, la parte de atrás del pie. Una herida en el calcañar te puede tumbar, pero no te mata; de eso no te mueres. Satanás ha estado buscando, buscando, buscando: herir, herir y herir. Ahora, el golpe en la cabeza es un golpe definitivo.

Durante siglos la serpiente mordió el calcañar; sigilosamente atacaba al pueblo de Dios, pero siempre vivió a la expectativa de que su hora llegaría y un golpe final le destruiría para siempre. Esto lo cumplió Cristo en la cruz; el Hijo del Hombre consumó todas las cosas. Por eso, cuando Cristo estaba en la cruz, dijo: “Consumado es”; ya todo está hecho.

La historia, ahí, se puede decir que terminó. ¿Por qué nosotros decimos que estamos en los postreros tiempos, hermano? Porque Él ya consumó todas las cosas. De hecho, nuestra existencia después de Cristo es como algunas películas que tienen escenas post-créditos: después que la película termina, hay algunas escenas que ya no van a cambiar la trama, pero te permiten entender algunas cosas.

Hermano, después que Cristo venció al diablo, venció a la muerte, después que venció el pecado en la cruz, ya la historia ahí llegó a su fin. Y esto que estamos viviendo ahora mismo, ¿qué se llama? Esto es un epílogo; esto es, hermano, una escena post-créditos, que nos permite que Cristo sea exaltado en toda su gloria, que nos permite ver la gloria refulgente de Cristo ordenando todas las cosas, pero desde la perspectiva de los cristianos ya estamos en los últimos tiempos; ya esto es de salida.

Juicio sobre la mujer: dolor de parto y lucha de poder

Después viene un castigo a la mujer y un castigo al hombre. Es interesante que el Señor maldijo a la serpiente, pero no maldijo a la mujer ni maldijo al hombre; maldijo la tierra del hombre, pero no al hombre mismo. La vocación del Señor para salvarnos.

¿Cómo el Señor castigó a la mujer? La vocación de la mujer es procrear, y el Señor aquí le puso un recordatorio de las consecuencias del pecado. Dice el 16: “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti”.

Hay dos cosas que el Señor estableció para la mujer que le recuerdan que el pecado tiene consecuencias. Alguien dirá: “Pero si Dios es tan bueno, ¿por qué Él no nos quita el pecado y también las consecuencias?” Porque las consecuencias del pecado nos recuerdan que no deberíamos volver a pecar; son testimonios vividos, hermano, de que el pecado tiene consecuencias.

El primer testimonio vivido que el Señor le dio a la mujer se lo dio en la maternidad: “Con dolor darás a luz”. Y alguien dirá: “Bueno, pero ahora mismo se pare con cesárea y hay epidural y demás”. Miren, los embarazos son difíciles, de un modo o del otro, y desde los primeros meses la mujer comienza a dar a luz con dolor.

Cansa también esa barriga cuando va creciendo así; las mujeres ya casi no se pueden mover, se les hinchan los pies, se les pone la cara… avisame, la cara grande. Son los dolores, las incomodidades, la dificultad. Miren una embarazada durmiendo; eso es difícil. ¿Qué de lado, qué del otro lado, qué boca arriba? Almohadas. No sabemos cómo era la parte de antes, hermano, pero antes era mejor. No es que vamos a dar clases ahora de obstetricia y ginecología, pero podemos decir algo de Génesis: que los partos de antes eran mejores, y cualquier mujer que haya parido puede decir: “Eso es verdad”.

Otro recordatorio de las consecuencias del pecado, hermano: primero, partos con dolores, dificultades en su vocación de procrear; el Señor les puso ahí un recordatorio. Después la siguiente: “Y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti”. Esto que aparece aquí no es una virtud; esto que aparece aquí no es un consejo, no es una recomendación; es una advertencia. Le están diciendo a la mujer: hay en ti un deseo de rivalizar, de luchar.

Me gusta como traduce ese versículo la Nueva Traducción Viviente, porque da mucha luz. De hecho, es la misma expresión que el Señor utiliza en Génesis 4:7 con Caín, cuando le advirtió acerca de sentir ese resentimiento hacia su hermano. Es la misma expresión que utiliza ahora con Eva, en este versículo 16. ¿Cómo lo traduce la Nueva Traducción Viviente? Le da mucha luz al texto; dice: “Desearás controlar a tu marido, pero él gobernará sobre ti”.

Anteriormente, hombre y mujer, los dos administraban la creación del Señor. Después de la caída, el Señor le dice a la mujer: “Ahora va a haber una lucha, pero él va a terminar gobernando”. Hay un orden; ahora un orden mucho más explícito, un orden mucho más duro. Anteriormente había una sujeción agradable, donde la mujer era la ayuda idónea del hombre, y los dos administraban armoniosamente la creación. Ahora van a haber luchas de poder, ahora van a haber riñas, contiendas, y esta lucha a ver si va a prevalecer la voluntad de ella o la voluntad de él, y le dice a la mujer: “Tú vas a luchar, pero te van a dominar”.

Guau, se parece esto a lo que le dijeron asimismo a Esaú y Jacob: “El pequeño se va a enseñorear, el mayor servirá al menor”, y luchar, lucharon, y asimismo sucedió, hermano. Miren, esta lucha es una lucha antigua que usted y yo no la vamos a resolver. Lo único que resuelve eso es el Evangelio. Dentro de toda mujer hay un deseo natural de rebelarse contra su marido, y adentro de todo hombre hay un deseo natural de violentar a la mujer, y lo único que reduce eso es Cristo.

Ninguna ley humana, ningún país desarrollado ha logrado la equidad de género; eso no aparece, hermano. Lo que encontramos es que, a la luz del Evangelio, podemos tener relaciones maritales armoniosas, pero esa lucha es real.

Manifestaciones modernas de la insubordinación y del dominio pecaminoso

Dentro de toda mujer hay un deseo natural de insubordinación hacia su marido. Esto infiere una lucha, y usted me dirá: “No, las mujeres no luchan”. Luchan, y luchan mucho. Yo le puedo decir lo que yo veo en consejería matrimonial, hermano. Yo veo que hay hermanas, aún creyentes, que luchan tratando a sus maridos como si fueran sus hijos, y lo aniñan para dominarlo; lo aniñan.

Uno encuentra a un hombre, y cuando le preguntan algo, el hombre responde mirando a la mujer, y uno dice: “Pero, ¿por qué ella responde? Porque él tiene boca, él puede hablar, él tiene pensamiento”. “No, es que ella sabe más”. Lo aniñó. O sea, hay mujeres que terminan criando a su marido y terminan dándole un trato como si fueran niños; es una manera de enseñorearse.

Hay otras, aún mujeres creyentes tristemente, que entran en una abierta rebelión, y su marido dice: “¿Para dónde van los destinos de la familia?”, y ella dice que no. Hermano, qué triste ver una mujer que es como un carro con la emergencia puesta y el hombre que acelera, y la mujer dice: “Que no voy”. Eso lo vemos todos los días; hay una rebelión, esa lucha es real.

La mujer también usa violencia. Dirá: “Bueno, quizás usa violencia física”. No, porque él es más fuerte, pero hay violencia psicológica, hay violencia emocional: avergonzar al hombre, agredir, desafiarle. Hay mujeres que asumen espacios de liderazgo con actitudes reivindicativas: dicen “No, el poder de la mujer; las mujeres vamos a empoderarnos”. No es solamente que ella quiere llegar a esa posición para servir; no, ella quiere llegar a esa posición para ostentar, para dominar. “No, porque cuando llegamos las mujeres…”, hermano, es una lucha real.

Usar a los hombres para satisfacer sus deseos en forma egoísta… Ese materialismo, un hombre en el cual yo no tengo una relación de amor comprometido como el Señor ha establecido, sino que tengo una relación donde yo me proveo de él de algunas cosas materiales, es otra manera de violentar. Muchos de esos casos, cuando se da cuenta de violencia doméstica y demás, comienzan por ahí. Un hombre se siente vejado, se da cuenta que esta mujer realmente no le ama, realmente no tiene una relación comprometida y de pacto con él, sino una relación de abuso y de provisión, y cuando él entra en sí…

Hermano, no quisiera entrar a la casa del Señor con estas historias, pero ¿cuántos casos no se dan cuenta, de hombres que se dan cuenta de que las mujeres les han violentado en ese sentido? Después entonces quieren vengarse, quieren dominar irremediablemente.

Quieren encabezar el proyecto familiar, quieren encabezar la Iglesia del Señor. Miren, hay dos instituciones que no las hizo ningún hombre: la familia y la iglesia fueron instituciones creadas por Dios, y en esas instituciones el Señor le dio un liderazgo masculino.

¿Cuántas mujeres quieren liderar el proyecto familiar? ¿Cuántas mujeres quieren liderar la casa del Señor? Y tú dices: “Hermana, sirve con gracia en todos los ministerios que quieras, pero entiende que el Señor a su iglesia le ha dado ancianos, le ha dado pastores”. “No, nosotras también podemos, tenemos la capacidad”. Es la raíz de la insubordinación.

¿Y cómo los hombres entonces expresan carnalmente también su dominio? En vez de cuidar de ellas, como dice el libro de Efesios, y servirles como Cristo ha servido a la iglesia, un hombre también toma la vocación y dice, y Él “se enseñoreará de ti”. ¿Cómo los hombres sin Cristo terminan enseñoreándose? Son aquellos que sí usan su fuerza física para imponerse.

Hay hombres que dicen: “No, yo nunca le he puesto un dedo encima”. No, pero a veces la agarra duro. Es igual. Un hombre imponente, con una estructura ósea distinta y con un cuerpo corpulento, que agarra a una mujer fuerte, le está dando una señal, le está diciendo: “Te estoy dando un mensaje: soy más fuerte que tú; no rivalices”. Eso es la consecuencia del pecado.

El hombre dice: “No, yo nunca le he dado un golpe”. No; pero a veces, solamente con enseñar tu torso, estás dando un mensaje. Hay otros que usan la mujer como un objeto para su satisfacción egoísta, donde no medió una relación de pacto, una relación de amor, sino que solamente satisfago en ti algunas cosas y te utilizo como si fueras un objeto. Es una manera, a consecuencia del pecado, de hacerlo.

Usar las debilidades mismas del sexo opuesto… Miren, toda mujer desea sentirse provista por su propio marido, tener las atenciones de un hombre, tener la seguridad de un hombre, ser sustentada por un hombre. Un hombre que domina a una mujer limitando esas cosas, o dándole a su conveniencia, es un hombre que también anda buscando pecaminosamente enseñorearse.

Lo que hay aquí no es una norma; lo que hay es una advertencia. No es que le están diciendo al hombre: “Enseñoréate”, no es que le están diciendo a la mujer: “Luchen por ustedes mismas”; le están diciendo: “A consecuencia del pecado aquí se va a desatar una guerra, va a haber una lucha de poder entre los sexos, y eso solamente se resuelve con Cristo”.

El Evangelio restaura el diseño matrimonial

Perdónenme, hermanos, si doy mucha cita bíblica, pero lo que quiero es ilustrar bien el punto. Todas estas cosas se desarrollaron, y lo que da testimonio la Escritura en sus diferentes partes es que estas cosas siguieron produciendo mucho mal. Sin embargo, en Efesios 5, del 21 en adelante, el Señor muestra cómo el Evangelio resuelve cada una de estas cosas.

¿Qué es lo que dice la Escritura? ¿Cómo se ven las relaciones matrimoniales a la luz del Evangelio? Si a la luz de la caída se ven como unas luchas de poder insaciables, ¿cómo se ven las relaciones matrimoniales a la luz del Evangelio? Dice Efesios 5, del 21 en adelante:

Someteos unos a otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.

— Efesios 5:21–28

¿Cómo Cristo quiere que nosotros presentemos nuestras esposas? Como una esposa gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos; el que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia.

¿Qué cambian las relaciones? El Evangelio. ¿Qué trajo Génesis? Luchas matrimoniales. ¿Qué trajo Cristo de nuevo? Relaciones restauradas, donde se mantienen los roles, donde se mantiene la sujeción, pero de manera mucho más agradable.

Castigo del hombre: trabajo difícil y espinos de la vida

Hablemos un poco del castigo hacia el hombre. Castigo hacia la mujer: los dolores de parto y el terminar irremediablemente siendo dominadas, siendo enseñoreadas por su marido. ¿Qué trajo el pecado sobre el hombre? Le dijo el Señor, y al hombre: “Por cuanto obedeciste…” Estoy en el 17: “Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé, diciendo: No comerás de él, maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida”.

Aquí hay un hombre que decía: “Yo tengo un trabajo duro y difícil”. Yo le voy a decir: es verdad. Aquí hay un hombre: “La calle está dura, todo está difícil”. Yo te voy a decir: desde Génesis 3:17 en adelante. La gente habla del tiempo presente como que el pasado fue mejor; hermano, por eso dice el libro de Proverbios que no es sabio decir que todo tiempo pasado fue mejor. La tierra ha sido dura desde la antigüedad; eso lo puede testificar tu padre, tu abuelo, tu bisabuelo.

Dice: “Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás”. Y aquí va a haber un hombre que va a decir: “No, yo soy un ejecutivo, sabían; yo soy un VP de una empresa”. Hermano, a veces se suda bajo aire, y eso es más difícil. ¿Sabe el sudor que conlleva estar pagando nómina y que los números no están dando? Tú pones el aire en 16, hermano, y te baja el sudor igual.

Tú sabes el sudor de competir en un mercado agresivo, donde te ponen la zancadilla y demás, y tú dices: “Ya no somos agricultores”, pero esta lucha sigue siendo igual. Todo hombre dirá, hermano: la vocación de un hombre es proveer, y todo hombre tendrá que testificar que el Señor nos recuerda que el pecado tiene sus consecuencias teniendo dificultades para buscar el pan, teniendo dificultades.

Lo de los espinos… Tú dirás: “Hace rato que no le pongo la mano a la naturaleza”. Yo sé; tú le pones la mano a la tabla de Excel y es igual. Con sudor, hermano, con sudor. Mire, yo no conozco a ningún hombre que se siente en esta creación seguro. Mientras más tú tienes, más inseguro te sientes, porque preservar tus bienes se vuelve cada vez más difícil. Dice: “Oye, bien estaba yo antes, cuando no tenía tantas cosas que estar atendiendo”.

Limitaciones, túnicas de piel y cuidado preservador de Dios

Nunca va a ser más satisfactorio, nunca va a ser más tranquilo. Aún las personas que tienen amplios patrimonios, su ansiedad es no perder su patrimonio; como aquel hombre que tenía un granero lleno y lo mandó a derribar para reconstruirlo. Aun con el avance de la tecnología, la gente dice: “No, eso era antes; ya yo con motor remoto lo logro todo”. El asunto es que hay que pagar el servicio, y la tarjeta rebotó, y dices: “Guau, hace rato que yo no tengo que estar jalando los espinos”, pero miren eso: estados de cuenta de tarjeta, el pago mínimo, la fecha de corte se le pone la cabeza grande a cualquiera.

Las aflicciones para proveer son un constante recordatorio de que el pecado tiene consecuencias. Alguien me va a decir: “Yo estoy luchando para llegar a fin de mes; aquí estoy rindiendo con un apago y la otra”. Y yo te voy a decir: es la dificultad de vivir en un mundo caído; el pecado y la maldad destruyeron esta creación que era perfecta. El hombre antes no se tenía que afanar por eso; ahora Dios le ha mandado a que la tierra produzca dificultades.

Y sí, hermano, hablemos de lo local, de los espinos. Yo no siembro hace rato, pero tengo un chin de jardín en mi casa, y lo primero que crece es la maleza. Oye, si lo frutal en mi casa creciera como crece la hierba mala, si las flores crecieran como crece la maleza, fuera una maravilla; pero lo primero que sube es eso, y es rápido. De un día al otro lo está; hermano, se le ponen enormes. El Señor, recordándonos que el pecado tiene consecuencias.

Lo que antes era un deleite para él, que era administrar un huerto que Dios había sembrado, que Dios estaba regando, que el Señor mandaba un vapor… Dice la Escritura que el Señor mandaba un vapor que regaba toda la creación. Ahora hay que mover el agua. “¿Tú tienes el canal o lo tengo yo?” Ustedes son capitalinos y quizá no saben eso. Por el campo hay que tener un cabo de agua para poner a los hombres de acuerdo: “Yo mojo hoy, pues yo mojo mañana”.

Antes el Señor regaba la tierra, hermano. Ahora tenemos que hacer canales de riego y luchar por ellos.

Termina todo esto mostrando cómo el Señor, en su amor, también dispuso los medios para que su creación fuera preservada. Del 20 al 23, termino leyendo: “Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes”. Adán, que anteriormente estaba culpando a su mujer; Adán, que anteriormente le decía al Señor: “La mujer que me diste, esa mujer está defectuosa, me hizo pecar”, ahora busca de nuevo a su esposa y le da un nombre. Algo más precioso.

Antes el nombre era “varona”: “Se llamará varona, porque del varón fue tomada”. Ahora él le dice: “Ahora hay que poner un nombre aún más cariñoso, aún más tierno, aún más honorable: te llamarás Eva, porque eres la madre de todos los vivientes”. Eva significa “vida”. Aquí uno ve, hermano, que la creación siguió caminando y que, aún después del pecado, hubo cierta satisfacción.

Por ejemplo, dice aquí que Adán… Estoy en el versículo 20: “Y llamó Adán el nombre de su mujer Eva”. No rechazó a su mujer; la buscó, la aceptó, la recibió, la llenó de honra; le está dando un nombre aún más precioso. Bueno, ¿cómo podemos nosotros preservar la creación? Primero, debemos afirmar las cosas buenas que Dios ha hecho y que nos ha dado. Un creyente no está llamado a amargarse; un creyente no está llamado a quejarse, a decir: “Esto todo está dañado, todo terminó, ya pecamos, el Señor no ha restaurado”. No.

Él dice: “¿Dónde está mi esposa? Mi amor, ahora te vas a llamar Eva, porque Eva es la madre de todos los vivientes”. Eso, hermano, es algo que afirma: deleitarse en lo que Dios nos ha dado. La creación, aún después del deterioro, un deleite en la provisión de Dios: esposa, hijos; un deleite en nuestro sexo, varón o hembra, hermano. Con todo eso se promueve la creación; un sentido de utilidad, de logro, de avance: “Madre de todos los seres vivientes”.

Después, el versículo 21 dice: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió”. Hermano, hubo que sacrificar. Anteriormente yo tomaba una hoja de una mata; ahora el Señor hizo túnicas de pieles. Para hacer túnica de piel, tuvo que matar a un animal.

Eso se llama sustitución. En el Antiguo Testamento, el Señor mostró que la paga del pecado es la muerte, y si no mueres tú, debe haber sustitución, hasta que llegó Cristo. Primero fueron estas túnicas, después los sacrificios de animales en el Antiguo Testamento, hasta que después llegó Cristo, un sacrificio perfecto, una vez y para siempre. Pero el Señor los vistió. Esto da una limpia conciencia: una obra hecha por Dios directamente, no por nosotros. Dios los vistió.

Bueno, ¿cómo preservamos la creación? Reconociendo que el Señor nos ha vestido, y tú dices: “Todavía yo tengo debilidades”. Sí, pero el Señor ya me vistió, y lo hizo Él. No me vestí por mis propios medios; Él me vistió.

Límites al pecado: expulsión del Edén y medios de gracia

Y lo tercero: el Señor estableció límites. Miren, el pecado hay que ponerle límites; el hombre no puede vivir sin límites. Si pecaron ellos en perfección, si ellos en perfección fueron tentados, imagínese después de haber probado el pecado. Lo que aparece del 22 al 24 es este establecimiento de límites.

Te recuerdo esto: tu pecado necesita límites. Un hombre no puede vivir por la libre; el pecado no puede tener, dígase, cuenta abierta; el pecado debe ser limitado. Dice el Señor cómo lo limita. Dice el 22:

Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre.

— Génesis 3:22

No se lo permitamos, por amor a ellos mismos. “Y lo sacó Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado”. “Aquí ahora siembra, Señor; por aquí estamos mejor”. Sí, pero hay que ponerte límites; hay que llevarte lejos del lugar donde tú pecaste.

Hermano, hay gente que el Señor hace que pierdan oportunidades de pecar, que son dolorosas. La vejez… No tengo que explicar; por lo menos la vejez es un medio de gracia. A medida que te envejeces, pierdes capacidad para pecar, y dices: “Guau, pero mira, ya yo no puedo practicar los mismos pecados que antes”. Sí, el Señor te está cuidando.

La pobreza, a veces, es un medio de gracia; hay gente que no tiene dos pesos más en la cartera porque con dos pesos más serían cuatro pesos más de pecado, y para esa gente el Señor lo empobrece ahí para limitarlo, así como el Señor los sacó del huerto para que no sigan pecando. Parece que el Señor está haciendo daño; parece a veces que Dios te está matando. Dios te está salvando.

A veces las enfermedades son maneras en que Dios te cuida, y tú dices: “¿Para qué el Señor permite que enferme de ahí? Para que no peque por allá”. De hecho, la muerte temprana a veces es una manera de salvar. “Señor, ¿y por qué te lo llevaste tan joven?” Deje de estar preguntando; que cuando viene a ver el Señor lo aseguró, porque si lo dejó que envejezca quizá le aborrece.

“Y lo sacó Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida”. “Por aquí no vuelvan, para guardar el camino al árbol de la vida”.

Termino orando por el pueblo del Señor, hermano, que al ver a nuestros padres participar del primer pecado, el Señor nos ayude a vencer el pecado propio, y sobre todo oro por cualquier persona que esté aquí hoy congregada, que haya visto los rayos de la luz del Señor y que pueda poner en el Señor su confianza. Cierre sus ojos y oro por ustedes.

Gracias por este tiempo en tu Palabra, en tu presencia, Señor. Te pido por cada creyente congregado: Señor, rescátanos, Señor, rescátanos; Señor, restáuranos, Señor, restáuranos. Oro aquí por cualquier persona que esté congregada, que el Señor haya ablandado su corazón, que el Señor haya sensibilizado, que el Señor haya mostrado el camino. Yo no puedo hacerlo por ti; “Adán, ¿dónde estás tú?” Respóndele tú ahí al Señor. Dile al Señor con tus palabras: “Señor, estoy desnudo, Señor, estoy desprovisto, Señor, estoy atemorizado, Señor, no tengo deseo de ti. Señor, ayúdame, ayúdame en mi incredulidad”. Puedes decirle: “Ayúdame en mi incapacidad”. Dice la Escritura que, si confesamos nuestros pecados, el Señor es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.

Dile al Señor ahí, con tus palabras: “Perdona, Señor, mis pecados; restabléceme, Señor; restáurame; vísteme tú, Señor, de vestiduras agradables; dame tú los límites, Señor, para no volver a pecar, y dame tú la satisfacción para sentirme completo en ti”. De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

Confiesa tus pecados delante del Señor, humillado bajo la poderosa mano de Dios, y Él te exaltará cuando fuere tiempo. No hace falta un ritual religioso; es algo tan sencillo como decirle: “Señor, he pecado; reconozco mi maldad. Acéptame como tu hijo, inscribe mi nombre en el libro de la vida, dame un nuevo corazón, Señor”.

Padre, bendice a todos los creyentes aquí congregados, bendice a cada persona que está aquí hoy visitándonos. Llévanos bien, Señor; gracias por este momento en tu casa de adoración; gracias por tu Palabra y tu sabiduría. En el nombre de Jesús, amén. Nuestro ministerio de alabanza nos despide con canción.

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