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La carrera que tenemos por delante

Hebreos 12:1

Los héroes de Hebreos 11 no son piezas de museo. La historia de la redención sigue en curso y cada creyente tiene una ventana de oportunidad para correr su tramo, despojándose del peso muerto y del pecado que le asedia.

Predicado23 de julio de 2023
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Pueden ponerse ahí sobre sus pies y abrir la Sagrada Escritura en el libro de Hebreos, en el capítulo 12, para leer el versículo 1. Es un versículo de la Palabra del Señor, y de aquí, con la ayuda del Señor, quisiera mostrarle a la iglesia la carrera que tenemos por delante. Dice así la Sagrada Escritura, la Palabra del Señor:

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.

— Hebreos 12:1

Pueden sentarse, mis hermanos. Quisiera mostrar desde aquí la carrera que tenemos por delante. Justo el capítulo anterior es el capítulo más conocido del libro de Hebreos, donde se describen los llamados héroes de la fe. Es una porción de la Escritura frecuentemente recurrida, sobre todo en las clases de niños, para mostrar diferentes personajes bíblicos que fueron usados por Dios.

Sin embargo, uno de los inconvenientes que tiene algo que es muy conveniente —la división de la Biblia en capítulos y versículos— es que partes de la Escritura terminan quedando soslayadas. El capítulo 11 debería haber sido llevado por lo menos hasta el 12:1 y 2, pues es la misma unidad. Y se genera un efecto: las personas leen acerca de los héroes de la fe y no se sienten implicadas. Escuchan decir, como dice el 11 desde el versículo 21, que por la fe Jacob al morir bendijo a cada uno de sus hijos; que por la fe José al morir mencionó la salida de los hijos de Israel y dio mandamiento acerca de sus huesos; que por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses porque le vieron niño hermoso y no temieron el decreto del rey; que por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón. Y así sucesivamente se describen diferentes héroes de la fe, y cuando las personas llegan al final del capítulo 11 sienten que es un museo, que es una galería con fotos viejas para que salgamos a buscarlas. Yo no tengo tanto deleite en los museos en esta temporada.

Quisiera que se entienda que los primeros versículos del capítulo 12 corresponden a la unidad anterior, y que cuando se estaba hablando de los héroes de la fe, el autor de Hebreos no solamente mostró fotos viejas para que nosotros hagamos memoria de lo que Dios hizo en otro tiempo, sino que mostró las fotos viejas para que tú te veas reflejado en tu propia foto. Y dice el capítulo 12: por tanto, nosotros también. O sea, que esta historia que se está describiendo no es una historia que se terminó.

No es una pieza de museo. La cosa más importante que está sucediendo en la tierra en este momento se llama la historia de la redención, y se describe en la Palabra del Señor desde el libro de Génesis hasta el libro de Apocalipsis. Pero la historia de la redención no ha terminado, y los personajes de Hebreos 11 son el ejemplo para implicarte a ti, para que también tú puedas ser parte de esa historia. Por tanto, nosotros también.

He llegado a entender que una parte importante de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo —que es mi responsabilidad principal como pastor—, es mostrarle cada cierto tiempo al pueblo del Señor de qué se trata la tarea que tenemos por delante, ayudarles a despojarse de aquello que puede impedirles correr apropiadamente, e impedir por todos los medios legítimos que el Señor me conceda que mis hermanos dejen de correr. Se presenta la historia de la redención como una carrera, y en esta carrera cada cierto tiempo algún atleta deja de correr. Le pido al Señor que me dé gracia para mantenerme animando a mis hermanos, por todos los medios legítimos que Él me conceda, para que no dejen la carrera.

Por tanto: debido a que otros han corrido, debido a que otros también han participado en esta carrera, teniendo en cuenta que nosotros no somos los primeros atletas ni los últimos que van a correr, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. No se te mostró el atleta anterior para que veas que la carrera ya se corrió; se te mostró el atleta anterior para que tú veas que la carrera debe correrse, que la carrera puede correrse y que la carrera todavía se mantiene en curso. Mostraré desde aquí la nube de testigos, la preparación requerida y, con la ayuda del Señor, hablaré un poco de la carrera misma.

Comienza él con este «por tanto». Por tanto, también nosotros. Yo creo que para participar en esta carrera hace falta un involucramiento personal. Tenemos demasiado público: mucha gente que está mirando el desarrollo de una carrera pero no se siente implicada. Yo no quisiera tener solamente personas que vinieron a ver el juego; yo quisiera personas que participen en el juego. La vida cristiana no se trata de ser un espectador en una carrera; la vida cristiana se trata de ser un atleta que se prepara para correr la voluntad de Dios para su vida. No es que vengas a presenciar la carrera y a ver cómo diferentes atletas logran proezas para el Señor: tú eres el atleta. Por ahí comienza la falla en la vida cristiana, cuando tú asumes que tu asunto se trata de traer los ojos para ver la carrera desenvolverse. No se trata de ver la carrera, se trata de participar en la carrera.

Demasiados espectadores

Yo creo que el mal del pueblo del Señor en esta temporada es que tenemos demasiados espectadores. Personas que han sido salvadas por el Señor para que corran la carrera, y están viniendo a asistir, a ver cómo otro corre la carrera. Hermano querido, no se trata de que otros corran, se trata de que tú corras. La carrera requiere tu involucramiento personal.

Pocos creyentes llegan a percibirse a sí mismos en su generación con una ventana de oportunidad. La mayoría de los creyentes andan pensando en los creyentes antiguos, y esto a mí me genera en esta temporada cierto desagrado. Estoy cansado de la cita de Spurgeon, de la cita de Calvino, de la cita de Lutero, de lo que otros hicieron. ¿Cuándo vamos a hablar de tu participación? ¿Cuándo vamos a ver tus proezas?

Veía a uno de los jugadores de la NBA que fueron reclutados en el draft, y un periodista le preguntaba cuáles son sus deportistas más admirados. Él mencionó unos cuantos, pero dijo: no se trata de eso, yo vine a jugar baloncesto. Gloria al Señor por Calvino, gloria al Señor por Lutero, gloria al Señor por Carlos Spurgeon, el predicador más citado; gloria al Señor por Martyn Lloyd-Jones, guau, héroes de la fe contemporáneos. ¿Pero dónde está tu rol? La vida cristiana, más que un museo para atesorar, es una carrera de relevos para participar.

Es importante atesorar las historias del pasado, pero no para quedarnos mirándolas. Es muy difícil que alguien logre una proeza deportiva a menos que admire a los grandes jugadores. Se coleccionan postalitas: al frente la foto y detrás las estadísticas. Alguien que ama el béisbol colecciona postalitas de béisbol, pero tú no solamente quieres coleccionar postalitas, tú quieres jugar. Y demuestras que amas el juego porque te pones el uniforme. Si tú realmente amas el baloncesto, tú no te conformas con ver los playoffs cuando comienzan: tú quieres jugar baloncesto. Uso el término en el sentido en que lo estoy hablando: yo quisiera que juguemos a hacer la iglesia del Señor.

No jugar en el sentido de los niños, sino en el sentido de participar. Yo quisiera involucrarte en esta tarea, que entiendas que es un deporte de equipo. Por tanto, también nosotros: no algunos, sino todos. Si no te llamo a que te involucres personalmente, siempre tendrás una actitud pasiva: estudiar y contemplar. ¿De qué se trata la vida cristiana para la generalidad de los creyentes? De estudiar y contemplar. Y tú preguntas: ¿para qué te estás preparando? Para estudiar y contemplar. La cantidad de estudio bíblico que damos, la cantidad de instrucción que damos, y los pocos uniformes que vestimos. Yo creo que eso está diciendo que hay un problema en el pueblo del Señor.

Es como que invirtamos en ti tiempo considerable para preparar tu cuerpo, tu mente y tu corazón para servir al Señor, pero cuando llega el momento tú no quieres jugar. Los jugadores saben que tienen un prime en su carrera. Es una ventana de tiempo. No siempre vas a poder correr igual. Y en esa ventana de tiempo hay que practicar el deporte, pues para esto se están entrenando. Algunos de ustedes han estado entrenando desde los nueve años. Algunos crecieron en casa de deportistas, que normalmente esas son las personas que llegan muy lejos en los deportes: su familia son atletas. La pregunta es: ¿cuándo te vas a poner el uniforme?

Por tanto, también nosotros, dice él. La carrera sigue en marcha. Yo veo a muchos que ven la vida cristiana como un asunto que ya terminó: conoce los personajes, conoce los corredores. Todavía se está corriendo. Esta es una carrera que está en curso. Todavía faltan Pablos que se levanten, todavía faltan Davides, todavía faltan soldados. Esto no se ha terminado. No podemos ver la vida cristiana como un asunto que ya sucedió; es algo que todavía sigue sucediendo. Yo estoy convencido de que en este momento hay una ventana de oportunidad y te la quiero mostrar. Yo no quisiera solamente mostrarte lo serio de la fe; yo quisiera que tú, hermano —y no se trata de ser grande ni elocuente, no se trata de destacar tu ego—, te involucres, que asumas que tienes una ventana de oportunidad y que también puedes escribir una historia.

Una ventana de oportunidad

Yo tengo como prioridad en este momento despertar a una generación a su responsabilidad histórica. Nosotros no vamos a estar en esta tierra para siempre. De aquí a poco todos nosotros seremos humanamente olvidados, y lo único que será relevante en nuestra vida es aquello que hicimos para contribuir a las causas de Cristo. Y la vida se nos está desapareciendo. Hermano, yo no podré predicarte este sermón cuando esté en la presencia del Señor. Cuando estemos en la presencia del Señor, para ti el juego ya terminó, y habrá otra generación en esta tierra que estará continuando el legado de la historia más preciosa que está ocurriendo, que es la historia de la redención. Cuando estemos en la presencia del Señor, para nosotros la historia terminó, pero la historia sigue en curso. En este momento la historia está abierta para ti y todavía puedes contribuir.

Yo no quisiera que tú solamente atesores postalitas; yo quisiera que te involucres a jugar, que hagas una pequeña contribución, que entiendas que la carrera todavía no ha terminado. Si tú entiendes que la carrera está en curso, probablemente participes. Si tú entiendes que es algo que ya sucedió, serás un coleccionista de historias, y estarás citando siempre. Y no es que me excluya: yo mismo cito, yo leo biografías de grandes creyentes. ¿Y sabes para qué las leo, en gran medida? Para que el Señor me conceda, si no hacer lo mismo, hacer por lo menos un poco. Yo no quisiera leer las biografías pensando «guau, qué historia»; yo quisiera verlo como una historia activa, en la que todavía estoy participando. Todavía es momento de mi vida —hace seis meses les dije que yo sentí que el Señor me renovó el contrato—, y yo quisiera usar lo que me quede por delante para contribuir todo lo que tenga a mi alcance a la cosa más importante que está sucediendo en este momento. Señor, dame oportunidad para usar mi tiempo en mi generación para tener un impacto, aunque sea pequeño, en aquella cosa grandiosa de la cual habrá motivo de conversación de aquí a mil años. De aquí a mil años de esto se estará hablando.

Un sentido de equipo

Para participar en esta carrera se requiere tener un sentido de equipo. No está diciendo aquí «por lo tanto, también tú». A mí me impresiona cómo las personas leen el Nuevo Testamento como si fueran asuntos egocéntricos: las cartas, que son corporativas, las leen de manera individual, y donde tenemos «nuestro» ponen «mi». Mi salvación, mi ministerio, mi oportunidad. Es nuestra salvación, es nuestro ministerio, es nuestra oportunidad, es nuestra iglesia, es nuestra responsabilidad histórica. Es nuestra: no es tuya, no es mía, es de nosotros.

Por tanto, nosotros también. No es «por tanto, yo también». Vivimos en los días del «yo también», donde las personas responden a una causa siempre y cuando sea una causa egocéntrica. Esta no es una causa egocéntrica: no vinimos a destacarte a ti. Vinimos a destacar lo que el Señor está haciendo a través de nosotros, y somos un equipo para el Señor. No se trata de ti, no se trata de mí; se trata de nosotros y de lo que podemos hacer corporativamente para hacer que avance entre nosotros la causa de Cristo.

Doy un chance, hermano, para que procesen un poco, porque tampoco yo quiero estar predicando de balde. No sé si me siguen en esto: hay gente a la que le gusta recibir ideas, ideas apasionadas, «guau, un hombre encendido en un púlpito». No, hermano. Lo que yo quiero es que usted juegue. Y para que ustedes jueguen, yo quiero que usted reflexione mientras yo le predico. No es un asunto solamente de «guau, mira, el sermón estuvo bueno», sino de qué vas a hacer con lo que te estoy predicando. Yo vuelvo y escucho mi predicación, hermano, y a veces quisiera, después que predico, volver y tomar veinte minutos para decirle a la gente: ¿tú vas a hacer algo con lo que te estoy dando? ¿Tú vas a jugar? ¿Te vas a poner el uniforme? ¿Vas a desperdiciar tu tiempo? ¿Qué tal de tu ventana de oportunidad? ¿Estás contribuyendo?

Participar en esta carrera requiere un sentido de equipo, una intención corporativa: nosotros, también nosotros. Cambiar el «mi» por «nuestro». Un sentido de trascendencia. Nosotros vivimos en un tiempo donde todo el mundo quiere ser el primero. Tú no tienes que querer ser el primero; tú lo que debes querer es que el equipo gane. Algo que me llamó la atención de los equipos de alta competitividad es que está muy claro que hay superestrellas, pero al final, cuando ganan el campeonato, todo el mundo tiene su anillo. Tú quizás no puedas ser el primero, pero puedes ser un buen segundo, o parte de la banca profunda. Yo no soy parte del quinteto inicial, pero cuando hace falta banca, aquí estoy yo.

En un equipo de la NBA solamente juegan cinco, pero el equipo tiene profundidad. Y sin profundidad no se ganan los campeonatos. No porque yo no tenga el rol principal me quedo fuera. Tú quizás nunca tengas el rol principal: tú eres un buen secundario, eres el sexto hombre. Le estoy mostrando que usted puede ser parte del «nosotros» de lo que se está haciendo aquí, como un quinteto, figuradamente, para que avance la causa de Cristo. Porque la causa de Cristo no avanza con contribuciones aisladas e individuales. Tú compones un equipo. Lo que Dios está haciendo en medio de nosotros lo describe el Nuevo Testamento en cartas comunitarias, corporativas, plurales. No es para exaltar el ego de un hombre, es para exaltar el espíritu comunitario, un sentido de equipo, de que vamos a ganar un campeonato.

Todo el mundo quiere ser parte de una iglesia relevante, y yo también. Todo el mundo quiere ser parte de una iglesia fructífera. Todo el mundo quiere ser miembro de una iglesia donde siente que no está perdiendo el tiempo, y esas iglesias llegan a tener gran admiración: todo el mundo quiere afiliarse a esa iglesia. Yo quiero que tú y yo construyamos una iglesia que sea relevante, una iglesia que sea fructífera, una iglesia que sea utilizada por Dios poderosamente para cambiar, aunque sea un ápice, la historia de su generación. No andamos buscando una iglesia terminada para afiliarnos; estamos buscando que el Señor tenga misericordia de nosotros y nos permita hacer una gran contribución. Las iglesias admiradas están compuestas por creyentes que en un momento de la historia se pusieron de acuerdo, todos juntos, para hacer algo relevante.

La gente quiere encontrar una iglesia como esa para afiliarse. Ojo: te afilias y la vas a dañar. Hacer un equipo contendiente, que gane el campeonato, toma a veces dos décadas. Se comienza haciendo la reconstrucción del equipo. Aparece un gerente general que dice: vamos a buscar el atleta, vamos a desarrollar el atleta, vamos a jugar vez tras vez tras vez, y a hacer una mejora continua, y probablemente en quince años lleguemos a playoffs. Ahora el evangélico medio anda buscando un equipo ya terminado. Yo quisiera reclutarte para que entiendas que nosotros también podemos ser usados por el Señor. «Ah, pero es que aquí faltan cosas». Claro que faltan cosas, porque faltas tú. «Guau, ¿y cuándo mi iglesia va a tener tal cosa?». Cuando tú te pongas el uniforme.

Un sentido de contribución histórica

Tengo carga por hermanos míos que están siendo espectadores hace rato, mirando a ver qué se desarrolla, y tienen razones para no participar. Doy un tiempo, hermano, para que reflexione, porque no quiero perder el tiempo; no tengo mucho tiempo que perder. Si yo proyectara mi vida, diría que probablemente, si el Señor sigue teniendo misericordia de mí, me dé quince años en el ministerio; pero yo no sé si me quedan tres. Yo no sé qué será el mañana de mi vida, pero yo no quiero gastar mi vida: yo quiero jugar en un equipo contendiente. «Ah, pero es que el pastoral se ha vuelto grande, elocuente». Realmente no, hermano; ya he dedicado mi vida a este asunto. Yo creo que tú la dediques también. Y si tú no estás dispuesto a luchar por el oro, tú no debes estar aquí. Ese es el problema del equipo: hay gente que quiere ganar el campeonato y hay gente que solamente quiere estar aquí.

Por tanto, nosotros también, dice él. Un sentido de trascendencia. Un sentido de contribución histórica. Nosotros no somos pioneros, somos continuadores, pero estamos haciendo una contribución histórica. Probablemente tus nietos se suban sobre los montículos que estamos nosotros creando en este momento, pero tenemos que crear las bases históricas. El Señor tiene una perspectiva histórica de su causa: Él no anda pensando en una generación, ni en dos, ni en tres. Él está pensando en una línea completa de personas haciendo grandes contribuciones, no en islas. «¿Y para qué está sirviendo lo que estamos haciendo nosotros?». Probablemente para que nuestros bisnietos, si el Señor no ha venido, continúen esta obra.

¿Y si la carga que el Señor nos ha dado como iglesia es preparar una siguiente generación para una gran contribución? Yo creo que es una posición legítima en la historia. Y alguien dirá: ¿para qué sirvió la Iglesia Evangélica PezMundial, para qué sirvió esa generación que se juntó en ese ministerio? Para crear las bases para que otros hicieran. Quizás no la Iglesia Evangélica PezMundial, sino la iglesia del camino, la iglesia de Santo Domingo o cualquier otra; pero que tú seas parte de una historia, eso es una contribución histórica. «Guau, ¿y qué es lo que estamos haciendo? No es tan grande». Es grande si tú ves a Cristo y lo que Él está haciendo en su conjunto.

Hay jugadores, hermano, que meten sus veintitrés puntos en un solo cuarto, y hay otros que de manera consistente meten sus cinco puntos y dos asistencias. Lo necesitamos a él también. Con superestrellas solas no se gana; se gana con una serie de jugadores que hacen una pequeña contribución. Un sentido de representación. Yo no sigo el béisbol, hermano, pero veo que los jugadores de los Yankees sienten que están representando algo. Cuando visten ese uniforme rayado, ellos sienten que están representando algo; no solamente se ven a ellos mismos como atletas. Ellos sienten que hay un legado de atletas que vienen detrás de ellos y otros que vienen por delante. Y ese sentido de representación que tiene un jugador de los Yankees, yo quisiera transmitírselo al pueblo del Señor.

La nube de testigos

Hermano, usted es parte de una preciosa historia que Dios está haciendo, y su pequeña contribución en esta ventana de oportunidad significa algo. No se trata de mí, se trata de nosotros.

Aquí se menciona una nube de testigos. ¿Y quiénes son ellos? Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos. La expresión «nube de testigos» es una forma figurada de hablar de una multitud, de un número muy amplio. ¿Y quiénes son estos testigos? Aquellos que antes que nosotros también corrieron la carrera por el Señor. Esta nube de testigos son los héroes de la fe que se mencionan en el capítulo 11: es Abel, es Enoc, es Noé, es Abraham, está también Sara. Y dice que esa nube de testigos está mirando a ver qué vamos a hacer nosotros.

En cierta forma es una carrera de relevos, y esto corre fuerte: usted quisiera que el que venga después de usted se esfuerce tanto como usted se esforzó. Esto se ha replicado vez tras vez. A mí me llamó la atención cómo el apóstol Pablo impidió que Juan Marcos se uniera a su segundo viaje misionero. Juan Marcos quería ir, pero en un viaje anterior, en algún momento, se devolvió. Vamos ahora al segundo viaje: Juan Marcos quiere ir y Pablo le dice que no va. Bernabé, que era su familiar, decía «vamos a llevárnoslo», y Pablo decía «no va».

¿Sabes por qué? Porque Pablo estaba luchando por el oro y decía: Juan Marcos no está dispuesto a pagar el sacrificio. Dice la Escritura que hubo tal desacuerdo entre Bernabé y Pablo a causa de Juan Marcos, que se tuvieron que separar. Hermano, cuando tú pagas un alto precio para hacer una contribución en las cosas de Cristo, a ti te molesta cuando la persona no se sacrifica. He visto entrevistas de Kobe Bryant —yo no seguí la carrera de Kobe Bryant—, pero Kobe Bryant decía: cuando los muchachos no quieren ir conmigo al gimnasio, yo no los respeto. Porque yo voy al gimnasio. Lo que hacía grande a Michael Jordan no era que tenía buen tiro, era que pagaba el precio para tener buen tiro. Y jugadores de ese nivel no estaban dispuestos a que los entusiastas que solamente están buscando perder el tiempo dañaran el equipo. Nosotros queremos que usted juegue, porque si no, no vamos a ganar.

¿En qué sentido estos creyentes de otros tiempos son para nosotros una nube de testigos? La imagen proviene de las competencias antiguas, probablemente de los Juegos Ístmicos o de los Juegos Olímpicos. Estos juegos se jugaban en los tiempos bíblicos, y de ahí viene la imagen. ¿Qué sucedía? Que cuando un atleta competía, a él realmente le gustaba la disciplina y miraba cómo los demás competían. Y para un atleta novato, una de sus motivaciones para competir es que el atleta senior lo esté mirando. Veo jugadores de la NBA que dicen: yo quiero llegar a playoffs porque sé que si llego a playoffs, tal persona, que es el jugador que yo admiro, va a estar mirando el juego. Cualquiera quisiera, hermano, que Nowitzki vea su tiro.

Esta nube de testigos se dice figuradamente de aquellos que compitieron antes que nosotros. Dice que tenemos en derredor nuestro una nube de testigos: son personas que ya corrieron y ahora están sentadas mirándote a ti correr. Hermano, qué esperanzador debe ser, cuando alguien se sacrificó intensamente por la causa de Cristo, ver a nuestra generación. ¿Y qué están haciendo ellos? ¿Realmente están corriendo? Yo veo a Pablo exhortando a Timoteo en la segunda carta, diciéndole: muchacho, corre, esfuérzate, tú eres el que tiene el testigo en la mano, tú eres el siguiente, no te dejes distraer.

Estos primeros participantes estaban al tanto del desempeño de los siguientes. Esto puede tener dos significados: primero, que son un testimonio para nosotros; o que realmente están presenciando lo que hacemos. Yo no sé si esa nube de testigos nos mira, pero dice la Escritura que los ángeles están al tanto de lo que tú y yo estamos haciendo, que ellos están mirando lo que Dios está haciendo a través de nosotros. Y los ángeles son muchos. ¿Se imagina, hermano, que en el cielo hay conversaciones respecto de lo que está sucediendo en la Iglesia Evangélica PezMundial?

Imagino a los ángeles hablando de nosotros. «¿Y ellos en qué están? ¿Están corriendo? Ellos corren por momentos, pero después se quitan». No quiero ser irreverente, hermano, ni poner en la Escritura lo que la Escritura no dice, pero he podido imaginar figuradamente a Gabriel mirando y diciendo: sí, ellos como que están hablando de eso, hablaron de eso el domingo, están como por ponerse. Y alguien le dirá: ¿tú crees que corran? Yo estoy seguro de que la Trinidad completa está al tanto de lo que sucede en cada una de sus iglesias. Entonces imagina que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hablan de nosotros. Eso sería maravilloso, hermano: el Padre diciéndole al Hijo, y el Hijo al Espíritu Santo: ellos están orando, vinieron a mi presencia, están clamando, ellos están puestos.

Yo me inclino a pensar que realmente los creyentes del pasado están al tanto del desarrollo del juego. Me inclino a pensar en eso, porque de eso habla el Señor. Y qué difícil es pensar que no están mirando, si el Señor tiene deleite en esto. No diga, hermano, que yo afirmé eso categóricamente; yo asumo que puede ser así. Pero yo imagino a Pedro conversando con Pablo y con Esteban respecto de lo que alguna iglesia local está haciendo. Como jugadores ya retirados que ven el juego y dicen: mira, a fulano hay que cambiarle la mecánica de tiro. Fulano es bueno, pero es poco constante, y cuando llega el tercer cuarto ya no tiene fuerza en las piernas.

Ese maestro tiene que depender más del Señor, está confiando mucho en su intelecto. Yo me los imagino teniendo esas conversaciones. Imagino a Apolos diciendo: sí, yo más o menos era así, y me enseñaron más correctamente el asunto. Imagino a Pedro y a Pablo diciendo: esa iglesia local tiene que crecer en armonía, de esa forma no podrán alcanzar esa ciudad. Ese equipo tiene mucho potencial, pero no se esfuerza lo suficiente. Todo el que ha jugado sabe cómo se juega. Yo hablo con jugadores viejos, hermano, y ellos saben: mira, ese swing no lo está completando bien. Ese pastor tiene mucha pasión pero poca devoción, debería hablar más con el Señor y menos con su equipo.

La preparación requerida: despojarse del peso

Yo me los imagino hablando. Doy un chance, hermano, para que usted piense que usted es tema de conversación en el cielo. ¿Usted fue comprado a precio de sangre? Yo no creo que usted fue comprado a precio de sangre para dejarlo por allá en su derrotero. No: usted fue comprado a precio de sangre para que juegue. Y si Cristo le compró a precio de sangre, yo creo que Cristo está contando con que usted va a hacer una contribución en su causa.

He estado hablando primero de la nube de testigos: creyentes que nos precedieron y que en este momento son para nosotros testimonio, y yo digo que también testigos. Hablemos ahora de la preparación requerida. Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia. Aquí hay dos cosas de las que hay que despojarse: primero de todo peso, y luego del pecado.

En la Fórmula 1 no se trata solamente de darle a los vehículos motores cada vez más potentes; se trata también de darles una carrocería más ligera. Usted no solamente anda investigando cómo ponerle más potencia a ese vehículo; también investiga tecnología de materiales para hacerlo más aerodinámico, y una de las cosas es reducir el peso. Yo creo que como iglesia invertimos demasiado en darle a la gente motor, pero poco en reducir el peso del bagaje.

Hay cosas que no son pecaminosas, pero distraen. Hay cosas de las que no podrías decir cuál es el pecado que se está cometiendo, pero son un peso muerto, y para ganar hay que quitarlo. En los juegos antiguos, los atletas que iban a correr se despojaban. La gente usaba mucha ropa, entonces ellos se quitaban el ropaje y se lo daban a su entrenador: voy a correr. No corrían arropados, no corrían con ese peso muerto encima. Yo creo que una de las cosas que trae más ineficiencia al pueblo del Señor no es necesariamente el pecado: es el peso muerto. Son cosas que tú podrías defender porque no te quieres despojar de ellas, pero si tú quieres ganar te vas a tener que quitar de ellas.

De nada sirve tener un motor V8 en la carrocería de un camión. «Mira, vamos a ponerle un motor». Es que la carrocería está demasiado pesada, hermano; la carrocería pesa. Tenemos creyentes muy capacitados pero muy poco disponibles; hermanos con mucha profundidad y formación pero con poco fruto relativo, y de nada sirve. Mucha motivación para el servicio, para hacer, pero poca disposición a sacrificarse, a dejar de hacer otras cosas. Yo siento que me he vuelto un poco desesperante en las reuniones, porque la gente viene donde mí con planes y proyectos, y yo le digo: ¿qué vas a dejar de hacer? «Ay, pastor, es que quiero lanzar esto». ¿Y qué vas a dejar de hacer objetivamente para hacer eso? «Nada, yo también lo voy a hacer». No lo vas a hacer. Y yo no quiero perder el tiempo ni acepto perdértelo a ti tampoco. Para hacer algo grande para el Señor, tú tienes que dejar de hacer otras cosas igualmente grandes que hacías para ti.

Un día tiene veinticuatro horas. Ocho de ellas las vas a ocupar durmiendo, probablemente ocho más las vas a ocupar ganándote la vida en algún trabajo, en un tapón hora y media; te vienen quedando aproximadamente cuatro. La gente me dice que realmente tiene tiempo para hacer algo: no tienes tiempo. Para hacer algo valioso tienes que sacrificar el tiempo de otras cosas que tienen menor valor. Es un asunto de transferencia. Es como que tú me digas que vas a accionar un proyecto financiero y no tienes músculo financiero. Tienes que disponer del tiempo, y para disponer del tiempo hay que dejar de hacer otras cosas. Eso es el peso muerto.

Distracciones que no son pecado

Hay dos direcciones para despojarnos: primero de todo peso, distracciones no pecaminosas, y después del pecado que nos asedia. Voy a leer rápido algunas distracciones del camino. Siéntase usted implicado en alguna. Voy a leer una serie de cosas que no necesariamente son pecado, pero que hacen que casi no vayas a llegar. Y nosotros queremos que tú llegues.

Mira: la falta de constancia, de enfoque y de iniciativa es un peso muerto. La gente quiere llegar muy lejos, pero es muy inconstante: hoy le doy un chin, mañana no hago nada, después me quito, me pongo. Es intermitencia, y la intermitencia hace que no llegues: pierdes el impulso, pierdes el momentum. «Sí, mira, yo le di, pero después me quité, le di, me quité». Hay que darle, darle, darle, hasta que llegue. «Es que yo quiero lanzar algo». No es que yo no quiera que lances; lo que yo quiero es que lances con constancia, porque si no eres constante me pones a perder el tiempo, y lo pierdes tú también. «Ah, este es el nuevo proyecto que estamos lanzando y le vamos a dar duro hoy». ¿Y mañana? ¿Tú le vas a dar duro mañana? No, porque me alcanzan las responsabilidades.

Falta de organización en el trabajo. Me hablaba alguien de un maestro constructor que es muy bueno construyendo, pero no es organizado. Él construye, y construye bien, pero hay que estar encima de él, porque como no es organizado hace un poquito de aquí y un poquito de allá; es sumamente desorganizado, y si tú quieres que eso se termine tienes que estar encima. Y yo digo: guau, qué hermoso sería si él no solamente fuera un buen maestro constructor, sino que también fuera organizado. Hermano, yo quisiera que usted sea más organizado en los asuntos espirituales, en los asuntos ministeriales, porque el desorden es peso muerto, es un lastre.

Falta de preparación. Hay veces que te llega la oportunidad, pero no te has preparado para ella. Yo tenía un vecino que era boxeador cuando vivíamos en Lucerna: Freddy, el Ítalo Cruz. Él estaba casado con una vecina, y cuando llegaba era una celebridad, era lo más famoso que conocíamos. Él llegaba y los muchachos lo veíamos; a veces traía los guantes y los mostraba, y hablaba de sus peleas. Yo le escuché una vez hablar de un árabe con el cual peleó en Inglaterra y perdió la pelea. Y él después ha contado esa misma historia en diferentes lugares. Él reconoce en esa pelea que realmente no se preparó lo suficiente.

Cuando llegó al cuadrilátero, el árabe —se llamaba Naseem Hamed, está en YouTube la pelea— entraba dando fintas al cuadrilátero y moviendo las piernas. Y él vio a ese hombre con esos niveles de movimiento. Él quiere ganar, hermano, él quiere ganar; pero sucede que el boxeo es una disciplina sumamente complicada, porque tú tienes meses para prepararte, en los cuales puedes ser más o menos diligente, y después vas a tener quizás dos horas donde vas a demostrar toda tu preparación. Él dice que cuando vio al hombre subirse… súbase a YouTube la pelea, hermano: durante cinco minutos te muestran al árabe moviendo esas piernas y dando saltos hacia adelante y hacia atrás, y él dice que parecía un karateca.

Para colmo, el récord que tenía el árabe era de treinta y tres peleas, treinta y uno por nocaut, y casi ninguno de los rivales le llegaba al segundo round. Y tú dices: realmente yo quiero ganar, pero este hombre se ve que tiene una preparación, una agilidad, que él vive en eso. Y tú comienzas a pensar, hermano, en tu negligencia, en tu pereza, en que no hiciste lo que había que hacer durante los meses que tuviste para prepararte. En uno de los rounds ya estaba tan cansado que se le abrazó —hábito de ese boxeador cuando ya no puede: se abraza—, se abrazaron, tropezaron y se cayeron, y el árbitro fue y ayudó a Freddy a pararse; o sea, lo veía con compasión. ¿Y el otro sabes qué hizo? Dio dos vueltas hacia atrás y se paró.

Él dice: en ese momento yo perdí la pelea. Yo vi que él tenía ese nivel de energía todavía, y yo no podía; se me estaban cayendo los brazos, nos tropezamos, el árbitro me ayuda a pararme y él se para solo dando dos vueltas hacia atrás. Dice: yo perdí la pelea. Bueno, ¿realmente usted quiere luchar por Cristo? ¿Realmente usted se está preparando? Usted quiere subir al cuadrilátero. Viene a la anécdota que en el cuarto round, creo, le preguntó al entrenador: ¿cómo va la pelea? Le habían dado golpes, hermano, como que no había mañana, y él le pregunta al entrenador cómo va la pelea, y el entrenador le dijo: si lo matas, empatas.

¿Realmente usted quiere luchar por la faja? ¿Realmente usted va a asumir públicamente una defensa de la causa de Cristo? ¿Usted va a representar a Cristo en esta tierra? ¿Y usted cree que le pasa al árabe del segundo round? ¿Usted se siente preparado? ¿Usted siente que tiene fuerza? No es solamente subir al cuadrilátero —y es una oportunidad subir a ese cuadrilátero—, es realmente representar a Cristo con dignidad. Y eso requiere trabajo, y ese trabajo se hace antes de que llegue la oportunidad. Y cuántas oportunidades surgen y hay personas que no se prepararon para la oportunidad.

He hablado de la falta de preparación. Obesidad espiritual: hay unas libras que le sobran al cuerpo, o le faltan, dependiendo de si vas a ser peso crucero, peso completo o peso mosca. Dirá alguno: es que yo he bajado y he subido. Hermano, hay libras que hay que administrarlas. Falta de compromiso. ¿Cuántas resoluciones grandilocuentes se hacen? «Yo me comprometo». ¿Y después, dónde quedó el compromiso? Comprométete doce años con una causa, veinticuatro, treinta y seis, con constancia. Sueños e ilusiones: gente que vive de eso, soñando que van a hacer grandes cosas para Dios. Usted no hace grandes cosas para Dios soñando; usted hace grandes cosas para Dios trabajando poco a poco todos los días. La constancia vence al sueño. «Haré esto mañana, el año entrante espero hacer, algún día espero que el Señor me use». Hay una ventana de oportunidad.

El peso muerto de las expectativas terrenales. Yo lucho con eso, hermano; yo quiero hacer grandes cosas para Dios, pero mis temporalidades me visitan. Yo digo que tengo expectativas terrenales y después me digo a mí mismo: Rafael, pero es que este mundo se está desbaratando, esto se está desvaneciendo, de aquí a poco nada de eso importa. Pero mis expectativas terrenales me absorben de forma tal que las cosas eternas, las oportunidades, me pasan por delante de los ojos. Estás distraído atendiendo temporalidades cuando las cosas eternas están pasando por tus ojos. Yo te entiendo, yo lucho con mis temporalidades. Yo realmente creo, hermano, que el Señor te puede usar para grandes cosas; el detalle es sacrificar otras cosas que no tienen la misma grandeza. Para ser usado poderosamente por Dios en su tiempo hay una ventana de oportunidad.

Conflictos innecesarios. Es muy difícil que tú ganes un campeonato si hay que atender cada cosa, grande o chiquita, como si fuera una crisis. Hay codos que se clavan; estamos jugando, hay tobillos que se doblan. Yo he visto entrenadores peleando con jugadores clave en medio del partido, y después se ponen de acuerdo porque hay que meter los puntos. No es que uno viva rehuyendo el conflicto, pero no puede ser que nos pasemos el año echándole agua a las cosas, a este conflicto aquí, a este pequeño fuego allá. Hay cosas que hay que mandárselas a la cruz de Cristo y decir: mira, es verdad que me pisaron, pero estamos en la guerra. No puede ser que yo sea el centro de la historia; el centro de la historia es Cristo, y la ofensa sobre ti es un asunto minúsculo con relación a la cosa tan grande que estamos haciendo para el Señor.

El pecado que nos asedia

Siempre recuerdo a Nehemías. Lo estaban tratando de distraer y le decían: ven, vamos a reunirnos. Y él decía: yo estoy haciendo una obra demasiado importante, no puedo reunirme con ustedes. «Ah, pero es que tú no eres valiente, tú rehuyes el conflicto». No rehúyo el conflicto: el Señor me ha dado una ventana de tiempo para hacer algo demasiado importante, de forma tal que no puedo dedicar mi vida a atender los conflictos grandes o pequeños. Hay cosas que hay que mandárselas a la cruz de Cristo.

La conciencia culposa. A veces estamos al borde de hacer algo grande para Dios, pero viene el diablo y te recuerda tu pecado. Eso desbarata a cualquiera. Es como el peleador que, mirando a su rival dar fintas, va recordando que no se preparó adecuadamente. A veces el Señor te da la oportunidad de hacer algo grande y tú recuerdas tu pobre nivel de santidad, y dices: guau, es que mis manos están sucias, yo no estoy listo.

He estado hablando de distracciones; hablemos ahora del pecado que nos asedia. Recuerde: peso muerto es aquello de lo que la gente dice «pastor, ¿y eso es pecaminoso?». No es pecaminoso, pero requiere demasiado tiempo. «¿Y eso es malo?». No es malo, es innecesario. Pero hay cosas que son realmente pecaminosas y ofenden a Dios: el pecado que nos asedia. Y el pecado te asediará aun siendo tú un creyente. Hay otra traducción que dice «el pecado que nos envuelve». El pecado tiene dos connotaciones: una naturaleza pecaminosa que está en ti y va a estar en ti hasta que tengas un cuerpo glorificado, y otras son actividades, acciones pecaminosas que ofenden a Dios. Tú no eres condenado por tu naturaleza, tú eres condenado por tus actos; sin embargo, tu naturaleza, cuando no se administra, se vuelve una dificultad para que hagamos cosas para Dios.

Cada uno de nosotros lidiará con diferentes pecados; no generalices el tuyo. Lo que a ti te atrae no me atrae a mí, y las cosas en las cuales yo me satisfago fuera de Dios no son aquellas en las cuales te satisfaces tú. Eso generó cantidad de problemas en los noventa, porque había personas que tenían luchas puntuales con el pecado y entendían que esa era la lucha de todo el pueblo de Dios. Esa es tu lucha. Yo siempre he pensado, hermano, que esas personas que visten de un solo color, que no se atienden el pelo y demás, es que hubo una mujer en algún momento que tuvo un problema de vanidad, y yo sospecho que Dios trató con ella y le dijo: deja de estar atendiendo tanto el cabello, deja de estar atendiendo tanto la ropa. Y decidió vestirse de un solo color. Está muy bien para ti; ahora, no me lo impongas a mí.

¿Entiende cómo eso funciona? O sea, tú estás luchando con un pecado y entiendes que el pecado de todo el mundo debe ser tu pecado. Hay un hermano que tiene una debilidad con determinadas cosas y eligió no tocar ni siquiera una piña fermentada. Quizá él no se la debe beber: eso es él. Y hay otro hermano que, con su libertad, probablemente admite determinadas bebidas que no admites tú. Déjalo a él, que está luchando con su pecado. Hay personas para las cuales el chisme, la murmuración, el uso de la lengua, como dice Santiago, es un problema, y determinadas conversaciones ellos las evitan. «Y fulano, ¿qué es lo que le pasa?». Déjalo, que tú no sabes con qué está luchando.

Mi pecado no es el tuyo, y cada uno debe luchar con el suyo. Yo no sé, hermano, cuál es el tuyo de manera puntual, pero tú vas a tener que luchar con tu pecado y entender que cuando tú venzas en lo privado, vas a colocar en público a tu iglesia en una mejor posición espiritual. Esa es una razón para luchar con tu pecado: entender que estamos jugando en equipo. Fulano, tú estás luchando con tu pecado, yo estoy luchando con el mío, y vamos a luchar por el oro en el nombre del Señor.

Avaricia. No muchos, hermanos, pero yo he conocido gente que es un poco inmune a la avaricia, al deseo de acumular cosas; hay gente que su naturaleza es desprendida. Pero si la avaricia es tu pecado, lidia tú con tu avaricia, que mientras más domines la hierba mala en tu terreno, menos vamos a tener en la colectividad. Si es el tuyo, hermano, si es el tuyo, corta la mala hierba, sácala del terreno, porque estamos tratando de hacer algo grande para Dios. Sensualidad en todas sus formas: desde la incitación sexual a personas a las que no deberías estar incitando sexualmente, hasta consumirlo. Adulterio, fornicación, pornografía, coqueteos. Lo dejo ahí, hermano, para que piense. Yo no sé si es el tuyo, pero estamos como jugando bingo ahora: si usted lo tiene, márquelo y pídale al Señor que le ayude; pero ese es el tuyo, no el mío.

La zona de amortiguamiento al pecado

Yo sé, hermano, que el pueblo del Señor pierde colectivamente sus batallas porque probablemente hay alguien que tiene un lingote escondido y un vestido debajo de la tienda. Estoy hablando figuradamente del pecado de Acán. Queremos ganar la batalla del Señor, hermano, pero tú eres parte del equipo; y si tú eres parte del equipo, tu santidad me está representando y la mía te representa a ti. Y si vamos a luchar por el oro, no es solamente el peso muerto: también el pecado que nos asedia. Envidia, idolatría, formas de incredulidad. Qué hermoso es alguien que ama al pueblo del Señor renunciando al pecado, que dice: por amor a mis hermanos, para que nosotros seamos contendientes y seamos una iglesia fructífera y gloriosa, que represente bien a Cristo en su generación, esto se suspende. El Señor te dé gracia.

Miren: vencer el pecado requiere vencer la zona de amortiguamiento al pecado. Hay cosas que no necesariamente son pecaminosas, pero te llevan a pecar. Y cada pecado tiene su banda sonora, tiene su introducción. Es difícil que un hijo de Dios abrace el pecado directamente y diga: ¿dónde está, que me lo voy a echar encima? No, no, no. Él se acerca. Recuerde que quien le predica a usted también lucha con su propio pecado, y es raro que yo me entregue al pecado y diga «¿dónde está?». No. Ahora, yo sé cuándo me voy acercando, cuándo estoy en la zona, y digo: aquí todavía no es pecaminoso, yo sé que no es pecaminoso todavía.

Hay pecados que te llegan después de la falta de reposo. Usted le da y le da y le da, y deja de reposar, y cuando dejas de reposar ese pecado te alcanza. Y tú dices: yo no quería pecar, pero dejé de reposar. Hay pecados a los cuales tú te entregas después de una sobreexposición innecesaria a la mundanalidad. La mundanalidad tú no la puedes limitar del todo, pero puedes limitar consumirla a borbotones; porque cuando tú la consumas a borbotones, después vas a querer practicar lo mismo. Tus ojos lo ven, tus oídos lo oyen, tú eres expuesto a eso, ¿y después dices «de dónde me vienen estos deseos»? Exposición inapropiada, y te engañas. Falta de Dios: tú dejas de orar, dejas de permanecer en la Palabra, dejas de congregarte, y va a haber algo que va a suplir eso; y normalmente es ese mismo pecado, el mismo pecado que te visitó en los noventa, en los dos mil, el año pasado, y vuelve y se repite.

El término yo lo evito, hermano, porque se ve que se ha abusado de él: ahora todo es tóxico, «es una relación tóxica». Pero su relación con el pecado sí es una relación tóxica. El pecado es como ese novio o esa novia tóxica que tú has tenido, que tú sabes que no te conviene, pero lo buscas. Tú pensaste que nunca podrías cortar esa relación pecaminosa, pero por el poder de Cristo —no en tus fuerzas, con el poder de Cristo— ese pecado se suspendió. Sin embargo, después bajan las aguas y tú comienzas de nuevo a ver el pecado, y dices: mira, realmente no se ve tan mal, quizás yo exageré. El pecado vuelve a visitarte, tú te encuentras con él, y dice que quiere suplir en ti algo.

Y aunque tú sabes que consistentemente ese pecado te ha dejado en vergüenza, te ha dejado insatisfecho, te ha alejado de Dios, tú dices: pero quizás yo exageré, no era tan malo, quizás yo puedo administrarlo. El pecado es una relación tóxica. Tú sabes que consistentemente te ha hecho mal, pero le puedes dar espacio y decir: no, yo no lo voy a practicar, solamente vamos a caminar, vamos a dar una vuelta. ¿Y qué era lo que yo le veía al pecado? Algunos quieren acercarse al pecado para ver qué le veían. Bueno, si su pecado son las drogas, no lo vea; si es el alcohol, no lo vea; si son relaciones que ofenden a Dios, no voy a ir para allá.

En el pecado hay algo que amo y algo que odio. Eso decía el apóstol Pablo: el bien que quiero, ese no hago; ¡miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¿Qué es el pecado? El pecado es eso, humanamente hablando: una relación tóxica. Si el Señor te dio la fuerza inicial para romper con eso, rompe, hermano. No vuelvas. Ahí no está tu satisfacción, ahí no hay futuro. Me lo digo yo a mí mismo frecuentemente: por ahí no hay futuro, Rafael, por ahí no se llega, no hay satisfacción, no hay deleite, no hay realización. Cada vez vas a estar más insatisfecho, cada vez vas a ser menos fructífero, cada vez vas a tener un peso muerto más grande, y así tú no vas a servir al Señor. Y tú dices que quieres usar tu vida para propósitos grandes: así no se llega.

Corramos con paciencia la carrera

El pecado es una relación tóxica, y tu iglesia local es como la amiga de la muchacha que le dice: no le respondas la llamada a fulano, borra el número, deja de visitar a ese. «Ay, es que ustedes exageran, yo no soy tan débil como tú piensas». Lo eres, lo eres, lo eres: no te acerques. He estado hablando de la nube de testigos que está detrás, que nos está mirando y que dice: nosotros realmente luchamos por el oro, luchen ustedes también, no bajen el estándar, súbanlo. Y he estado hablando de la preparación requerida: quitarse el peso muerto y el pecado que nos asedia. Hablaré un chin de la carrera misma. Dice: corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.

Te diré que correr es un privilegio. Estar aquí, ser parte del pueblo del Señor, es un privilegio. ¿Ha pensado, hermano, lo que es ser reclutado para el pueblo de Dios y ser parte de este ejército? Esto debería hacer que usted vista el uniforme con una dignidad especial. Usted dice: yo no soy parte del desecho de este mundo, yo soy de aquellos que han sido comprados a precio de sangre. Tal vez usted fue el pick número dos del draft, quizá no fue el número uno, quizá fue el pick cuatro; pero usted fue drafteado por el equipo del Señor. Sienta un chin ese privilegio, hermano, siéntalo en el corazón, y diga: guau, yo soy parte de este pueblo, soy parte de este ejército, tengo que comportarme en proporción.

Es como el que dice: yo soy pelotero, juego béisbol, yo tengo un programa, a mí me están mirando, yo voy a entrar allá, quizás me firmen; estoy a esto de las Grandes Ligas. Proyéctese usted así: usted está en esta carrera, usted es un atleta de alto rendimiento y está aquí corriendo. Y quizás usted mismo no cree en usted, pero hay alguien que creyó en usted y pagó a precio de sangre. Y esto me sorprende: yo tengo ahora una ventana de oportunidad de hacer una gran contribución en la causa de Cristo, porque Él me llamó, Él me salvó, Él me compró, y yo estoy aquí, en el mismo lugar donde corrieron los héroes de la fe de Hebreos 11, y yo tengo la misma oportunidad que ellos. Hermano, eso es precioso.

Sienta la dignidad que tiene la carrera. Córrala con paciencia. Esto se ha vuelto casi un cliché en mi predicación, pero casi siempre que Reina-Valera traduce «paciencia» —y es un término del Nuevo Testamento que así se traduce, y es buena traducción; yo no soy un experto, hermano, yo soy un lego, pero trato de ver las mejores traducciones—, casi siempre el término equivale a perseverancia. No es paciencia pasiva, como yo estoy esperando que algo suceda, sino una persona que está enfrentando hostilidad y permanece. Esa es una buena definición de esa paciencia como se describe en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, en Santiago dice que la prueba de vuestra fe produce paciencia. ¿Y qué es paciencia? Capacidad de aguante.

Hay que hacer cardio, hay que dar la vuelta, ponerse en condición de forma tal que las piernas te ayuden cuando ya hayan pasado unos cuantos rounds y te hayan dado unos cuantos golpes. «Corramos con paciencia»: lo que te están diciendo es que va a haber hostilidad, pero vamos a darle. No es algo pasivo, sino muy activo: es permanecer bajo presión. En este texto, «corramos con paciencia» es corramos a pesar de la oposición. Los antiguos también tuvieron oposición, corrieron; corramos nosotros también.

Dice: la carrera que tenemos por delante. Uno de los retos que tenemos en esta carrera es que su naturaleza es particular. No es una carrera de cien metros planos: es un maratón, mínimo, o un rally. No voy a usar a Usain Bolt, hermano, pero es que a ese deporte no le tomo el gusto: suena la señal y ya llegaron, y ya. Esa no es la carrera del cristiano. No son los cien metros planos, es un maratón, esto es una carrera de aliento, donde tú tienes una lucha mental por momentos, desorientación. Este año, por momentos yo me he sentido como desorientado y me pregunto: ¿cuál es la carrera?, ¿qué es lo que se puede hacer? Y tú te sientes como perdido. En un maratón —yo nunca lo he corrido, hermano, pero he leído de personas que corren maratón y te dicen cómo es— ellos dicen que por momentos sienten que están muriendo. Un amigo mío querido, cercano, corrió el maratón de Punta Cana —no estoy seguro si el maratón completo o el medio maratón—, pero corrió, y él me decía lo que su cuerpo experimentó cuando estaba corriendo, y dice: en un momento yo ya estaba como en piloto automático, y sentía que no era un asunto ni siquiera consciente, pero yo seguía corriendo.

Y las averías que suceden en el camino: el calzado se destruye, la ropa, una incomodidad, una etiqueta que te molesta. Pero siguen corriendo. Por momentos podemos quedar desorientados: dónde estoy, hacia dónde voy, qué espera Dios de mí ahora. Pero tú vuelves y dices: yo estoy corriendo. Tú te caes, tú te levantas; todavía estás maltratado, pero vamos hacia adelante. Eso es correr con paciencia la carrera que tenemos por delante. Al ser una carrera larga, enfrentaremos grandes distracciones. Yo veo a hermanos que tienen una distracción de cinco años, y esto hay que pensarlo a la larga: gente que tiene cinco años de distracción, que dejó de correr o está corriendo hacia atrás. Y tú le dices: no, fulano, no es hacia allá, es por delante.

Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

— Hebreos 12:2

El Señor te está esperando. Hermano, identifica una oportunidad, la posibilidad de hacer una pequeña contribución; identifica un peso muerto que te está molestando para llegar a la meta; identifica un pecado. Por amor a Cristo, por amor a su causa y por amor a su pueblo, despójate, y vamos a competir, que el Señor nos permita hacer una gran contribución en nuestra ventana de oportunidad.

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