Amén hermanos, vean conmigo Marcos capítulo 10. Vamos a leer del versículo 17 al 22. El hermano pastor Rafael me contactó y me explicó que la iglesia efectivamente está haciendo un estudio sobre encuentros de Jesucristo con diferentes personajes en la Biblia. Hoy vamos a ver el encuentro de Jesús con el joven rico y vamos a ver cómo esto se consagra y se conecta con el regalo de Dios. Amén. Veamos en Marcos capítulo 10, versículo 17, el encuentro de Jesús con el joven rico. Si usted quiere ponerse de pie, puede; yo voy a hacer comentarios. Si quiere sentarse, también está bien, lo que usted se sienta cómodo está bien.
Dice la Palabra en Marcos 10:17:
Y saliendo él para seguir su camino, vino uno corriendo e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios. Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre. Él entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud. Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.
— Marcos 10:17-22
Vino uno corriendo. Aparentemente este hombre tenía mucho interés, mucho entusiasmo, porque no solamente vino a Jesús, sino que vino corriendo a Jesús. Hay gente que viene corriendo a Jesús, pero lo hace por emoción, lo hace tal vez por un sentido de urgencia, o porque alguien le dijo que lo haga. Este hombre vino corriendo, ¿y qué hizo? Se arrodilló. Está haciendo las cosas aparentemente bien: corre y se arrodilla ante Jesús, delante de él. Y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?”. Hermanos, esa es la pregunta que es inescapable: ¿qué debo hacer para ser salvo?, ¿qué puedo yo hacer para alcanzar la vida eterna?
Pregunta él, pregunta entonces, versículo 18: entonces Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno?”.
Nadie es bueno sino Dios
¿Has pensado esto, por qué tú me llamas bueno? ¿Tú has pensado exactamente en lo que me estás diciendo? “Señor bueno”, ¿tú has pensado lo que dices? Nadie es bueno sino uno, es decir, Dios. Amén hermanos, puede sentarse, que Dios me los bendiga. Nadie es bueno sino uno, es decir, Dios. Es decir, tú estás diciendo que yo soy Dios. ¿Estás convencido, corriendo, viniendo delante de mí, postrándote y llamándome “Maestro bueno”? ¿Tú dices que yo soy Dios? Es esa la pregunta inescapable.
Versículo 19: entonces él le da una lista de lo que la gente debe hacer. Dice: “Ya sabes los mandamientos: no cometerás adulterio, no matarás, no hurtarás, no levantarás falso testimonio, no defraudarás, honrarás a tu padre y a tu madre”. Jesús entonces le presenta lo que es un espejo: mírate aquí. Y dice él, respondiendo, versículo 20, le dijo: “Maestro, todas estas cosas las he guardado desde mi juventud”.
Esas listas religiosas son cosas que él ha venido haciendo toda su vida como buen judío hebreo, siguiendo las palabras de la ley. Es una lista que él ha hecho: “todo esto he venido haciendo”. Versículo 21: pero entonces noten que Jesús ve directamente a su corazón y nota que él ha hecho una lista de chequeo de las cosas que ha hecho, pero él puede ver directamente. Y he aquí donde vemos la confirmación de que Jesús es Dios y todo lo sabe. Él es omnisciente, para él no hay ninguna sorpresa, él lo sabe todo, y Cristo puede ver directamente su corazón.
Y le pregunta mirándolo, lo amó.
El amor de Cristo y la “una cosa” que falta
¿Y cuántas veces nosotros no amamos a los pecadores? Hay que sentir una gran, gran compasión por la gente perdida. Diariamente le pido: “Señor, dame amor por aquellos que no son dignos de ser amados, permite que yo los ame como tú amaste”. Y esta mañana el hermano Edwin y yo hablábamos, y hablamos sobre almas aquí en República Dominicana. ¿A quiénes debemos amar, por ejemplo? Las almas que se han perdido a otras sectas, como las sectas de Testigos de Jehová, de los mormones, el agnóstico, de los adventistas, esta gente que está allí perdida, hay que amarlos y traerlos al Evangelio, ¿verdad? No convertirse uno a ellos, sino traerlos a que conozcan a Jesús.
¿Qué hace Jesús? Jesús, mirándolo, lo amó y le dijo: “Una cosa te falta”. Lo importante: una cosa. No es la cantidad de religiosidad que tienes, es una cosa que te falta. “Anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, toma tu cruz y sígueme”. Cristo pudo ver directamente a su corazón y ver que su problema era que él tenía codicia e interés por lo material. Él era religioso, seguía leyes, él podía chequear: “sí, yo hice eso, yo hice eso toda mi vida”, pero Cristo ve que en su corazón existe la avaricia y el interés propio.
Entonces: tú quieres tener tesoro verdadero, dado que tienes, véndelo y déjalo, y entonces tendrás tesoro en el cielo. Yo no sé si ustedes conocen o habrán escuchado sobre este famoso actor Ray Liotta, que fue uno de los actores grandes de esa película de Goodfellas, ¿verdad? De mi edad, un hombre multimillonario, muy conocido, mundialmente famoso. Vino a hacer películas, vino aquí a República Dominicana la semana antepasada y vino a rodar una película. Estaba en la zona colonial, en un hotel, y murió en su sueño. No despertó por la mañana.
Y todo eso que él había acumulado, ¿a quién se le quedó? No tuvo tiempo de decidir: “a esto lo voy a hacer aquí, allí, sus cuentas bancarias”. Nada de eso se pudo llevar. ¿Cuánto dejó? Lo dejó todo, todo. Es decir, una cosa te falta: tú quieres tesoro en el cielo, ven, acércate a mí, vende lo que tienes, despójate de las cosas materiales y ven y sígueme, y toma tu cruz y sígueme.
Tristeza del joven rico y religiosidad sin entrega
Entonces he aquí cuando vemos la verdad del asunto, versículo 22: pero él se entristeció. Cuando Cristo pudo cortar, ir directamente a su corazón y decirle: “despójate de lo que tienes, toma tu cruz y sígueme”, él se sintió totalmente triste. Se entristeció por esta palabra y se fue triste porque tenía muchas posesiones, y él no quería dejar todo lo que tenía. ¿Qué amaba él más? No amaba a Dios más, sino que amaba a sus tesoros más. Religión, pero su corazón no estaba con Dios; era religioso.
Recuerdo que allá en el 2010, 2011, hablaba yo con el hermano Rafael, y hablamos de eso, de personas que son tal vez cristianizadas, pero que no son cristianos. Saben hablar, saben seguir la corriente, decir las cosas en la iglesia, aun suenan como cristianos: “vamos a orar”, cierran sus ojos, dicen “amén”, etcétera, etcétera. Pero su corazón todavía no se ha entregado a Dios. ¿Cuántos dicen amén? Es decir, ¿tú te has entregado totalmente? Pues esta persona era religiosa, pero no había entregado su corazón a Dios.
¿Qué vemos en este joven que se entregó, o que vino corriendo y se arrodilló a los pies de Jesús? Primero, vemos que él tenía privilegio, él tenía gran privilegio. Los tres escritores de los evangelios nos dicen que este hombre era rico, era rico. Y en el mundo, el que es rico tiene mucho poder, y cada uno de los evangelios menciona eso, que él era rico. Mateo también nos dice que era joven: ser joven y rico, “todo lo tengo”. Y si yo… alguien me dijo: “qué lástima que la juventud se desperdicia en la gente joven”, ¿verdad? Porque si yo fuera joven sabiendo lo que sé ahora, podría ser más, ¿verdad?
Pero Mateo 19:22 dice que él vivió una vida de privilegios. Él podía decir: “quiero eso”, y lo tenía, lo compraba porque tenía posición, tenía privilegios. El mundo era suyo, todo lo que él deseaba estaba a su alcance.
Privilegio, posición, prestigio y juventud
Joven tenía privilegios. Número dos: además, él tenía una gran posición. Era reconocido por la comunidad. Lucas nos dice que este hombre era un gobernante, entre comillas, era un gobernante joven y rico. Tenía una posición alta. Lucas capítulo 18, versículo 18, dice… Esto probablemente significa que él era un líder influyente en la sinagoga local. Era reconocido como una persona de estatura social alta y era conocido de esa forma.
Y también él tenía prestigio, ese prestigio. Según toda la información que tenemos, este hombre parece que era muy moral, una persona que religiosamente seguía las reglas, se portaba bien, no le tiraba piedras a los vecinos, no hurtaba ni nada. Era una persona moral, de prestigio, de dinero, de estatura en la comunidad. Él vivió supuestamente una buena vida. La gente de toda esa región probablemente admiraba a este joven. Era un joven que era líder, un religioso, joven, rico y moral.
Además, por encima de esto, él tenía ese precioso tesoro: tenía juventud. ¿Qué decía Pablo Neruda? “Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver”, ¿verdad? No dura, no perdura. Él tenía juventud, tenía todo el tiempo del mundo, o por lo menos eso parecía: “tengo tiempo, soy joven”.
Ahora bien, desde todas las apariencias, este joven estaba en lo alto de la cima del éxito. Pensar que es joven, de influencia, rico, gobernante, de estatura moral y con prestigio, todo esto. Él era todo lo que una madre o un padre querría que su hijo fuera.
“Ese mira, mi hijo, el gran hombre que es”, y sentirse orgulloso de él: “qué orgullo, qué orgullo”. Pero escuche: si tú mirabas su vida, podrías pensar que él lo tenía todo, pero hermanos, las apariencias engañan. Hay personas que usted ve que tal vez lo tiene todo, pero las apariencias son una cosa, otra cosa es lo que está pasando por dentro, en ese corazón vacío. Religioso, pero vacío.
Él había descubierto que su juventud, aun siendo un tesoro, lo dejaba insatisfecho, porque él vino corriendo a Jesús. Teniendo todo eso, todavía él sentía insatisfacción, y vino corriendo a Jesús diciendo: “¿qué debo hacer para ser salvo, para tener la vida eterna?”. Su juventud no saciaba lo que él necesitaba. ¿Por qué? Porque su dinero lo había dejado sintiéndose como que le faltaba algo. Él tenía como un hueco en su corazón, y su dinero, y su juventud, y su prestigio no lo llenaban.
Un corazón vacío en medio del éxito
Esto es lo que vemos en la vida de él. Ustedes dirán: “¿por qué tengo esto aquí?”. Porque ya no uso lentes, entonces pongo la letra bien grande para poder leerla. Entonces, por favor, excúseme hermanos. Su moralidad, su vida limpia y su actividad religiosa no habían podido satisfacer ese anhelo, ese profundo deseo de su alma. Haber tenido todo en el mundo, todo lo que la gente codicia, y no es suficiente. Este hoyo, este anhelo, estaba todavía allí.
Es más, su rápido ascenso por los peldaños de la escala social no le había dado lo que más deseaba. Él quería tener una tranquilidad espiritual. Hermanos, yo hoy en día pienso que eso es lo que el mundo necesita: esa tranquilidad espiritual de saber que estás en paz con tu Creador. Algo te dice que no es suficiente ser bueno.
Yo recuerdo que trabajaba de niño en un restaurante, y el dueño del restaurante se llamaba Santiago. Yo tenía como 11 años, y él pensaba que si él le hablaba a los animales, si los trataba bien, si no hacía cosas malas y botaba la comida vieja y ponía… que esas cosas le iban a dar la salvación. Entonces él hasta les hablaba a los animales. Decía: “señor perro, señor gato”, para ser bueno, para ser salvo, para que Dios le tomara eso en cuenta de irse al cielo. Pero hoy sabemos, hoy sabemos que eso es insuficiente. Uno puede ser religioso y ser bueno y no tener suficiente.
Este hombre ve su necesidad y desea hacer algo al respecto. Mire lo que hizo: vino corriendo a Jesús y eso nos muestra que siente un sentido de urgencia de su necesidad. Es urgente que él entre en este asunto.
Urgencia, arrodillarse y una salvación basada en obras
Segundo, él se arrodilló ante Jesús y eso nos muestra que él entiende que en Jesús hay algo especial, porque él dice “buen Maestro”, y viene corriendo y se arrodilla. Él sabe que Jesús es algo especial y no es como los otros predicadores de su tiempo. Él viene mientras Jesús está en el camino. Es decir, no espera que él llegue, sino que va corriendo hacia él. Eso significa que Jesús está en medio del camino cuando este tipo viene y se inclina ante él, y eso nos muestra que él no se avergüenza, no se avergüenza de que la gente lo vea arrodillándose, hablándole a este Maestro. Y él admite que tiene una necesidad espiritual: “¿qué debo hacer para ser salvo?”.
Hay veces que las personas van a un médico y el médico le dice: “¿qué te pasa?”. “Tengo este dolor, esto aquí”. “¿Y qué tengo que hacer?”. “Tienes que hacer dieta, tienes que hacer ejercicio, tienes que tomarte la medicina”. “Ay, eso es demasiado trabajo”, y se va triste porque su helado en la noche le importa más que otra cosa. ¿Cuántos me entienden? Es decir, hay que pagar un precio y este joven no quiere pagar el precio.
Él vino pensando precisamente en ese asunto de la eternidad. Él quiere saber cómo podría él heredar la vida eterna, pero él no quiso la respuesta. Entonces, hermanos, ¿cuál es el problema que vemos en este joven rico gobernante que viene a Jesús? Él vino corriendo, pero él piensa que la salvación se puede ganar, que yo pueda ganármela haciendo otra cosa: “¿qué más puedo yo hacer para ser salvo?”. Él está buscando una salvación orientada en el hacer algo, alguna obra, algún movimiento, algo que yo pueda efectuar. Él quiere tener su propia mano en el asunto.
“Yo quiero ser partícipe en mi salvación, yo quiero hacer algo, ¿qué debo yo hacer?”. Él quiere estar involucrado. Quiere obtener su salvación como ha obtenido todo lo demás en su vida. Él quiere ganársela por sí mismo. Allí vemos orgullo, porque yo digo: “mira lo que yo hice, mira lo que yo logré y me salvé por mi propio esfuerzo, ¿qué más debo hacer?”. Y eso con Jesús no va.
La salvación: recompensa o regalo
También él piensa que la salvación es una recompensa. Tal vez Dios me va a recompensar con la salvación por todas las cosas buenas que he hecho. Parece pensar que si puede hacer suficientes cosas buenas, entonces Dios le dará la vida eterna como su recompensa. Pero la salvación no es una recompensa por un servicio, no es por algo que tú hagas. La salvación es un regalo, es una dádiva.
Es más, tu salvación es instantánea: cuando vienes a Cristo, te arrepientes, Dios te da la salvación y allí comienza tu salvación, tu regeneración. Pero de allí en adelante continúa el proceso de santificación, es decir, el proceso de empezar a ser más como Cristo y menos como tú. ¿Cuántos entienden este proceso? Es como: te salvas cuando te metes en el bote, pero entonces el bote corre por toda esa vida en santificación, creciendo, siendo más como Cristo, menos como tú, siendo menos interesado en las cosas terrenales y más en las cosas eternas.
Entonces él quiere que Dios lo recompense, pero el don de Dios, la salvación, es algo gratuito y es por la gracia de Dios. Gracia es el mérito que tú no mereces, es lo que Dios te da que no te mereces. Nunca podríamos hacer lo suficiente para llegar al lugar donde podamos decir: “ya yo me salvé por lo que yo hice”. Dios nos recompensará con la salvación solamente a través de Cristo. La salvación no es una recompensa por el servicio, sino que es el regalo de la gracia. Pueden verlo en Juan capítulo 10, versículo 28.
Dios te ama y quiere que vengas a él para ser salvo. Este encuentro de este joven con Jesús demuestra que su corazón está en otro sitio. Ahora, acerca del carácter del Salvador: el hombre había llamado a Jesús “buen Maestro”. Jesús le recuerda al hombre que no hay bueno sino uno solo; el único bueno es Dios. Todos los hombres somos mentirosos y todos los hombres necesitamos ser salvos; solamente uno es sin pecado. Lo único bueno es Jesús.
¿Cuántos dicen amén? No hay buenos, sino solamente Dios. Cuando Jesús hace esta declaración, está llamando a este joven: “¿crees que Jesús es un buen hombre, o tú crees que Jesús es Dios?, ¿en realidad qué estás diciendo?”. Obviamente, este hombre consideraba a Jesús simplemente como un gran maestro, algo que yo puedo añadir a mi currículum.
Yo recuerdo leer que el predicador John MacArthur estaba hablando, una vez estaba predicando, y él estuvo mencionando que estaba predicando en la India. Y había un actor joven, y él estuvo predicándole a él, y él: “oh sí, sí, señor MacArthur, yo quiero ser salvo, ¿qué debo hacer?”. Y le dijo: “pues ven”, le explicó, inclinó su rostro, hizo la oración y aceptó a Jesús. Entonces él abre los ojos y mira y dice: “¡qué bueno! Ya tengo a Jesús, ya tengo a Mahoma, ya tengo… ya lo tengo todo”. Y dice: “no, no es así; no es Jesús y otra cosa, es Jesús”. Porque solamente a través de Jesús es la salvación. ¿Cuántos entienden hoy?
Solamente a través del Calvario, de Cristo en la cruz, es donde podemos venir a él. La única forma es así. Solo funciona con Jesús. Entonces la pregunta es: ¿sabes tú quién es Jesús? Aparentemente, este joven creía que la salvación era algo más que él podía simplemente agregar a su currículum, pero Jesús quiere que él vea que él es un pecador. Y como pecador no tiene terreno sobre el cual pararse ante el rostro de Dios y decir: “aquí estoy, soy bueno”. No, para Dios no es suficiente.
La única forma que podemos pararnos delante de Dios y decir: “mira qué limpios somos”, es porque Cristo nos cubre con su santidad y con su bondad.
Bancarrota espiritual y el problema del corazón
Entonces delante, ahora sí, porque Dios no nos ve a nosotros, sino que ve a Cristo y la perfección de su Hijo unigénito. ¿Cuántos dicen amén? Jesús quiere eso: que él vea que independientemente de lo que él posea en lo material y en lo humano, él está moralmente y espiritualmente en bancarrota. No puedes venir pensando: “mira lo bueno que yo he sido”.
En una ocasión estuve yo hablándole a mi suegra y estaba diciéndole de esto, y: “¿pero de qué tengo yo que arrepentirme? Yo he sido buena toda mi vida, yo he cuidado a mis hijos, crié a mis hijas, estuve sola, trabajé mucho, yo no tengo, yo he sido muy buena; es más, yo soy como un santo, yo soy una santa, ¿de qué tengo yo que arrepentirme?”. Pero aparte de Cristo nadie es bueno. ¿Cuántos dicen amén?
La gente dirá tal vez: “mira, yo no golpeo a mi esposa, yo no maltrato a mis hijos, yo no corro de aquí para allá, yo no bebo, yo no fumo, yo proveo para mi familia, yo soy una persona bastante buena; es más, yo soy un santo, ¿cómo que me arrepienta?”. Y Cristo dice: “todas esas cosas que dices que has hecho, eso es insuficiente para tu salvación, solamente a través de Cristo”.
¿Sabes lo que está mal con esto? ¿Sabes qué tiene de malo eso? Te voy a decir. El problema de las personas y su relación con Dios no es lo que son exteriormente, es lo que son por dentro. Dios puede ver adentro. El ser humano ve afuera, pero Dios ve adentro. El corazón del problema es un problema con el corazón mismo.
¿Por qué creen ustedes que cuando hay revoluciones, y la gente sube con tantas buenas ideas y tantas buenas intenciones, en poco tiempo los mismos liberadores se convierten en los nuevos opresores? ¿Es por qué? Porque el corazón tiene que ser cambiado. El problema, claro, puede ser el sistema político, pero no es el final, es un principio. Es el corazón del individuo que tiene que cambiar y tiene que ser regenerado. El hombre es un pecador.
Usted puede limpiar el exterior todo lo que quiera, pero sigue siendo un pecador. Escucha, alguien me dijo: tú puedes lavar a un cerdo, perfumarlo, ponerle una cinta alrededor de su cuello y se verá limpio, pero lo sueltas y se dirigirá directamente al revolcadero y a la pocilga de nuevo. ¿Por qué? Porque todo eso es exterior. Él es un cerdo y eso es lo que los cerdos hacen.
Necesidad de regeneración y compasión de Cristo
Él seguirá siendo cerdo si no cambia. Mira, tú puedes tomar un cadáver, un cuerpo muerto, bañarlo, peinarlo, maquillarlo, perfumarlo y se ve bastante bien, pero aun así tarde o temprano se pudrirá y decaerá, porque eso es lo que hacen los cadáveres. Si no es cambiado, y la vida no viene a través de Cristo, no cambiará. Un pecador puede cambiar de página y verse bien exteriormente. Un pecador puede ser una persona moral, limpia, trabajadora, pero sigue siendo un pecador de corazón y necesita un Salvador.
Eso es lo que Jesús quería que este joven supiera, y esto es lo que quiere que tú también sepas: que la única forma que uno puede ser limpio, bueno y aceptado es a través de Cristo y la sangre que limpia por dentro y que regenera el corazón del hombre.
Entonces, ¿qué tenemos? Para concluir esta parte, primero vemos la compasión de Cristo, porque él viene no acusando, no destruyendo, sino viene con compasión. Se nos dice que Jesús lo amaba, lo amó. En vez de traer una acusación, un juicio contra él, lo miró y lo amó. A pesar de sus pecados y a pesar de su comprensión impropia de las cosas de Dios, Jesús ama a este hombre pecador que está perdido. Jesús siente compasión por él.
Y he aquí el gran mensaje de Dios: la compasión de Dios, que nosotros siendo pecadores, Dios nos ama y quiere que vengamos a él. Segundo: la confrontación del Señor. Jesús va directo al meollo del asunto. Este tipo tenía mucho a su favor, pero Jesús vio las cosas como realmente son. Jesús sabía que todavía le faltaba una cosa.
Este hombre necesitaba deshacerse de los dioses que ya tenía antes de poder recibir al Dios vivo y verdadero. Sus dioses eran su riqueza, su yo, su juventud, su prestigio y lo que él tenía. Pero para Cristo eso es insuficiente. Eso es exterior, no interior.
Finalmente, vemos que el llamado del Señor, a continuación, Jesús llamó a este hombre a morir a sí mismo. Y ese es el llamado que Cristo hace al pecador: “toma tu cruz y sígueme, muere a ti mismo”. Nosotros los hombres no queremos morir a nosotros mismos, porque la flor de la humanidad es que somos interesados.
Mira, te voy a dar un ejemplo. Digamos que yo diga: vamos a tomar una foto del grupo, de todo el que está aquí presente, y vamos a hacer un grupo aquí alante, y tomamos la foto, y el hermano Edwin toma una foto y estamos allí todos bonitos. Y dice el hermano Edwin: “la foto salió, la tenemos al cuadro, vengan el martes a ver la foto”. ¿Por quién tú miras primero, Ortiz? “Eso yo, ¿cómo me veo yo? Cómo quedó mi cabello y mis zapatos y mi ropa, ¿salí delgado?”. Eso es lo que somos como humanos: pensamos en nosotros mismos. Y Cristo dice: tú tienes que morir a ti, morir a esa intención de creerte que tú eres lo más importante.
Morir al yo: Dios primero, luego los demás
Dios en su misericordia me llamó a ser rector de la universidad, dos universidades. Y en una me presentaron con un trofeo y decía “usted es el número 1”, y tenía un número 1 bien grande así, el número 1 desde el trofeo. Y yo agarré una pinta negra y le puse a ese 1 número 3. “¿Y por qué usted daña el trofeo así?” “No, no, no, número 1, yo soy el número 3”. “¿Por qué es eso?”. Porque Dios es número 1. La gente, las personas, son número dos, y yo soy número 3. Es decir, yo no soy número 1. Yo tengo que morir a mí y pensar en Dios y en los demás: “amarás a Dios con toda tu fuerza y todo tu corazón y todo, y a los demás como a ti mismo”.
Es decir, yo tengo que pensar en mi familia, en mis niños, en mis hermanos, en mi iglesia, y pensar en ellos primero que yo. Y cuando el hermano Edwin traiga la foto el martes, digo: “ay, mira qué bien se ve Edwin, mira Patricia, qué bien, mira Tomás, qué buenos están”, ¿verdad? Eso es morir a nosotros mismos. ¿Cuántos dicen amén?
Entonces, las frases verbales “toma tu cruz y sígueme” sugieren una acción de decisión y de resolución. Es decir, de una vez por todas tú te arrepientes y vienes a mí, hazlo así. Por eso el rechazo de este hombre. Este hombre buscaba una solución fácil y rápida; él quería como una píldora, algo que yo me tome y pierda peso de inmediato. “Yo quiero algo así, rápido”. Él quería la salvación, pero la quería en sus propios términos, a su manera: “yo quiero ser rico, joven, de prestigio, quiero todo eso, y también quiero añadir a Jesús a mi currículum”. Él quería quedarse con todas sus cosas que tenía. Él solo quería agregar a Jesús. Y Jesús dice: eso no funciona así.
Trágicamente, él tomó una decisión terrenal y materialista. Él escogió sus posesiones por encima de Jesús. Este encuentro de este joven rico con Jesús es algo trágico y triste, porque él mismo se fue entristecido. Él amaba su dinero más de lo que quería ser salvado. Él quería las cosas terrenales y él quería lo que tenía.
Lo que estorba tu alma y el valor de la salvación
Ahora bien, Jesús te permitirá hacer a ti la misma elección. Tú puedes escoger. Puede que no sea dinero, puede ser el placer, algún pecado, tu familia, tu independencia. Puede ser cualquier cosa, lo tuyo. Si tú lo quieres, él te permitirá quedártelo.
Yo recuerdo cuando vine a Cristo. Yo tenía 16 años cuando yo acepté al Señor, hace ya más de cuarenta y pico de años. Y yo recuerdo que, en mi juventud y en mi ignorancia, cuando tuve un trabajito y pude comprar un carrito viejo, y mi gran gozo era cuando llegaba el jueves y cobraba y podía llenar el tanque de gasolina del carrito que tenía. Yo decía: “ojalá que el Señor no venga el fin de semana, porque yo quiero usar mi gasolina. Que venga el martes o el miércoles, pero que no… porque yo…”. En mi ignorancia, yo pensaba así: “yo quiero usar la gasolina que le puse al carro, porque trabajé mucho”. Pero Cristo quiere: “no, déjalo todo y sígueme a mí”. ¿Cuántos dicen amén?
Hazte esta pregunta: ¿realmente vale eso más que mi alma? No. Nada vale lo que vale mi alma. Mi alma es sin precio, es invaluable. Miren, puede ser cierto que hay dos lados de cada pregunta: “bueno, mira este lado, mira el otro lado”. Pero también es cierto que hay dos lados en una hoja de papel de matamoscas. Un lado está bueno, pero el otro hace que la mosca se quede pegada y muera, ¿verdad? Entonces lo que tú decides es importante.
Segunda de Corintios capítulo 6, versículo 1 y 2, si quieren verlo, vengan conmigo. Segunda de Corintios 6:1-2 dice:
Nosotros, pues, como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Porque dice: En tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido. He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.
— 2 Corintios 6:1-2
“Ahora es el tiempo aceptado, he aquí ahora es el día de salvación”. Ahora, ven a Cristo y entrégate, y di: “Señor, todo lo que tengo está en tus manos, porque lo que tú me ofreces es mucho más valioso que lo que yo tengo”. ¿Cuántos dicen amén?
Escuchen: durante la guerra hispanoamericana, Theodore Roosevelt, que era dirigente de los Rough Riders, estuvo peleando en Cuba y él llegó a ser presidente, primo de Franklin Delano Roosevelt en Estados Unidos. Y Theodore Roosevelt llegó corriendo a donde estaba la estación de la Cruz Roja y viene corriendo con sus Rough Riders, y es un hombre de dinero, y llega y dice: “rápido, mis hombres están heridos, cansados y enfermos, deme todo lo que tenga, yo lo pago”. Y la Clara Barton, que era la encargada, dice: “no, usted no puede comprar nada”. “¿Pero por qué? Yo tengo dinero, mis hombres necesitan, estamos peleando, luchando por el país”. “No”.
Y Theodore se quedó totalmente atónito: “¿cómo que no puedo?”. Entonces le dice al otro señor: “esa señora no me quiere vender nada en la Cruz Roja”. Dice: “no, usted no puede comprar nada, porque aquí solo tiene que pedirlo, nada está en venta”. Es decir, estas cosas para la gente que está enferma y herida son gratis. Es así como es la salvación. Usted no puede venir a decir con todo orgullo: “yo lo pago, no importa cuánto sea”. Cristo dice: es insuficiente. Lo que hay aquí es un regalo, es un don de Dios, no está a la venta. Todo lo que usted tiene que hacer es simplemente pedirla, arrepentirse, y se la dará. Eso dice el Señor.
¿Qué debo hacer para ser salvo?
Entonces, ¿qué puedo yo hacer para ser salvo? Vamos a contestar la pregunta de este joven que se encontró con Jesús. En Romanos capítulo 6, versículo 23, dice:
Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.
— Romanos 6:23
¿Cuál es la paga del pecado? La muerte. ¿Cuál es el remedio? El regalo de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor. ¿Qué debo hacer? He aquí lo que este joven gobernante rico pudo haber hecho y debió haber hecho.
Primero, reconocer que él es un pecador y que no puede salvarse a sí mismo. Tú no puedes decir: “yo me voy a salvar”. Es solo un regalo que Dios te da. Segundo, tienes que creer que Jesús murió en la cruz y derramó su preciosa sangre por ti, para pagar por tus pecados. En tercer lugar, tienes que arrepentirte de tus pecados y pedirle a Jesús que te perdone de esos pecados, y aceptar que Cristo ya pagó el precio por tus pecados, y aceptarlo a que venga en tu corazón y decirle: “Señor, dame vida eterna y cámbiame, restáurame de por dentro, regenérame”. ¿Cuántos entienden?
Es el encuentro de este hombre con Jesús. Entonces es algo trágico lo que vemos en este joven que viene corriendo a Jesús, se le postra delante, y Dios, Jesucristo, le dice lo que tiene que hacer, y él lo rechaza porque él quiere pagar por su salvación. Y Dios le dice: “no, toma tu cruz, sígueme y despójate de las cosas de esta tierra y ven a mí”. Amén.
Llamado a salvación y oración final
Amén. En esta mañana les quiero hacer una pregunta, porque sé que hay personas escuchando a través del internet, hay otros que están virtualmente y otros que están aquí. Les voy a pedir por favor que cierren sus ojos e inclinen sus rostros. Ya estamos concluyendo, pero quiero hacer esta pregunta porque es la pregunta más importante de tu vida.
La pregunta más importante es esta: ¿estás seguro de que si tú fueras a morir en esta noche, como le pasó a Ray Liotta, que el actor que murió, si tú fueras a morir esta noche, tú estás seguro o estás segura de que te irías al cielo con Cristo Jesús y de que eres salvo? Si no estás seguro, vamos a asegurarnos ahora mismo. Si tú no estás seguro de que si te mueres esta noche y te vas con el Señor y tendrás esa salvación, levanta tu mano y vamos a orar ahora mismo. Amén, amén, amén, amén. Amén, amén, gloria a Dios, gloria a Dios.
No hay vergüenza, porque todos venimos de la misma forma, todos somos pecadores, nadie puede jactarse. Esos que han levantado sus manos, allí donde están, oren todos conmigo en voz alta:
“Señor Jesús, te doy gracias porque eres bueno. Yo soy pecador. Ahora me arrepiento de mis pecados, y acepto que Jesús murió en la cruz y derramó su sangre para pagar por mis pecados. Yo lo acepto ahora y te doy gracias por darme el regalo de mi salvación. Lo acepto ahora en el nombre de Jesús. Y te pido, mi Dios, que me ayudes a vivir para ti todos los días de mi vida, y a no apegarme a las cosas de este mundo. Gracias, Señor, porque soy salvo, y por fe te doy gracias en el nombre de Jesús”.
Y el pueblo de Dios dijo: “Amén, amén”.