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La centralidad de la palabra

2 Timoteo 4:1-5

Pablo encarga solemnemente a Timoteo que predique la Palabra en todo tiempo, con paciencia y doctrina, porque vendrán tiempos en que muchos no querrán soportar la sana enseñanza y se volverán a las fábulas. La iglesia debe mantener la Escritura en el centro de su vida y ministerio.

Predicado17 de septiembre de 2017
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Pueden buscar sus Biblias, hermanos amados. ¿Pueden acompañarme a la segunda carta de Pablo a Timoteo? Y vayamos juntos hasta el capítulo cuatro. Es la segunda carta de Pablo a Timoteo, en el capítulo cuatro. Puede ponerse un momento sobre sus pies para que leamos juntos estos cinco versículos de la Escritura. Es la segunda carta de Pablo a Timoteo en el capítulo cuatro, desde el versículo 1 y hasta el versículo 5. Aprovechando que septiembre es el mes de la Biblia, aprovechando que hemos cantado hoy acerca de la Palabra del Señor, y que siempre es buen momento para poner el énfasis en las cosas importantes, leamos estos primeros cinco versículos del capítulo cuatro, de esta que quizás fue la última carta del apóstol Pablo, y en el último capítulo de esta carta.

Algo muy parecido a lo que hicimos el domingo pasado, que fue ver en el último capítulo de una carta el resumen completo de cuál era la intención de su autor. Vayamos juntos, segunda a Timoteo capítulo cuatro, del versículo 1 y hasta el versículo 5. El tema es: la centralidad de la Palabra. Dice así la Sagrada Escritura; el apóstol Pablo, escribiendo a Timoteo, le dice:

Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.

Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.

— 2 Timoteo 4:1-5

Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. Leo de nuevo, hermanos, el versículo 1 y el versículo 2:

Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.

— 2 Timoteo 4:1-2

Pueden sentarse, hermanos amados. Consideremos estos cinco versículos de Escritura, en el mes de la Biblia, para tratar de poner aún más alto el pedestal de la Palabra del Señor en nuestra iglesia local. Todo el que tiene con nosotros congregándose un tiempo creo que ha podido ver que en nuestra iglesia nos hemos tomado la Palabra del Señor en serio. Y hemos buscado, y seguiremos buscando, todos los medios que el Señor nos permita para hacer esto que le dijo el apóstol Pablo a Timoteo que tenía que hacer, que era predicar la Palabra.

El apóstol Pablo está terminando su ministerio, y en su última carta a su hijo espiritual Timoteo, ya en otra temporada, yo estuve exponiendo el capítulo 3; ahora expongo la primera parte del capítulo 4. ¿Cómo termina el apóstol Pablo su ministerio? ¿A qué cosas llama el apóstol Pablo la atención? Si leen la primera carta a Timoteo, el apóstol Pablo en aquel momento tenía otras cosas en mente: los deberes hacia los demás, requisitos de los diáconos, requisitos de los obispos, instrucciones acerca de la oración, advertencias en diferentes áreas. Ahora, en su segunda carta, que es de los últimos documentos que el apóstol Pablo firmó, la atención del apóstol no está en la oración, no está su atención puesta tampoco en el orden dentro del culto, no está puesta en la selección de obreros para el Señor. La atención toda del apóstol Pablo está puesta en las Sagradas Escrituras.

Y este llamado, yo me imagino que debió haber dado muy duro en la mente de Timoteo. El apóstol Pablo está poniendo todas sus energías, toda su urgencia, en que Timoteo haga algo y no deje de hacer esa cosa; y lo que él está diciendo que tiene que hacer es: predicar la Palabra.

La solemnidad del encargo y los testigos del mandato

En toda esta carta se percibe en el apóstol Pablo una urgencia. Es como una persona que tiene el temor de que una obra que ha estado avanzando se detenga. Todo en la segunda carta de Pablo a Timoteo tiene como una urgencia, como un último intento. Algunos autores hasta han inferido que probablemente Timoteo tenía el temor de volver atrás, aunque fuera en su ministerio. El apóstol Pablo le hace un llamado, y yo quisiera considerar hoy con la iglesia la solemnidad de ese llamado, el contenido del llamado y también las razones para hacerle a Timoteo un llamado de ese tipo.

Las prioridades de una iglesia van donde fueron las prioridades de Timoteo. Si las prioridades de Timoteo iban hacia cierto lugar, ahí iban las prioridades de la iglesia donde Timoteo estaba sirviendo. Por eso Pablo le dice a Timoteo: Timoteo, predica la Palabra, porque si Timoteo predica la Palabra, ésta iba a ser prioritaria en las iglesias. Timoteo iba a estar predicando. Es el ministro quien establece el clima escritural de la congregación. Al comprometerse con la cosa que era absolutamente importante, la cosa que no podía ser dejada de lado, la cosa que no era secundaria en la iglesia, lo que no es opcional, Timoteo estaba marcando ese clima.

Y como iglesia, lo que no es opcional para nosotros, lo que no es negociable, es que en los próximos años dedicaremos igual tiempo a predicar las Escrituras. Podemos, como iglesia, y haremos otras cosas; pero lo que nunca dejaremos de hacer es predicar la Palabra. Después de esto, Pablo hace un llamado con testigos, hermanos, que a mí todavía me impresiona. Me impresionó todavía más cuando lo consideré así. Después de decirle solemnemente: “te encarezco”, él llama a dos testigos.

En la antigüedad, cuando usted quería encomendarle a una persona una tarea y asegurarse de que esa tarea se hiciera, usted buscaba testigos notables. Fulano, ven, que yo quiero decírselo delante tuyo. Que venga un anciano de la congregación, que quiero decirte delante de este anciano lo siguiente. Y el que estaba escuchando se impresionaba: wow, han llamado a fulano como testigo.

El apóstol Pablo, escuchen la calidad de los testigos que llama antes de encomendarle a Timoteo que predique la Palabra. Dice: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo”. No es: Timoteo, si tú quieres no lo hagas. No es algo que él tira al aire, como un asunto liviano, que te lo digo yo. No. Esto primero es solemne: “te encarezco”, y te lo estoy encareciendo no como quien tiene una conversación de pasillo con alguien. Yo he hecho una asamblea solemne a la cual he llamado a Dios el Padre y al Señor Jesucristo, y delante de Dios yo te digo: Timoteo, predica la Palabra.

Hermano, no tomemos como iglesia este asunto a la ligera. Predicar la Palabra del Señor es algo sumamente prioritario para una iglesia. Era prioritario para el apóstol Pablo, fue prioritario para Timoteo, y tiene que ser prioritario para nosotros también. Pablo le está mandando a Timoteo, por así decirlo, un temor reverente: ponerle un temor reverente delante de Dios y del Señor Jesucristo. Te lo estoy encomendando así.

Y luego de eso le pone en la mente el juicio final. Y yo encuentro, hermanos, por lo menos dos razones poderosas para hablar aquí acerca de que el Señor “juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino”. Timoteo, predica la Palabra, primero porque te lo encarezco delante del Señor, y después porque el Señor juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y también en su reino.

Primero pone los ojos de Timoteo, hermano, en la recompensa. Predicar la Palabra y mantenerse fiel a ella trae su recompensa delante del Señor. Y después le recuerda que, aun cambien los tiempos, como está por decirle más adelante, y la predicación de la Palabra no sea popular, de todos modos, al final de los tiempos el Señor juzgará a todos los hombres. Y pregúntenme: ¿a través de qué el Señor juzgará a todos los hombres? A través de su Palabra. Timoteo, predica la Palabra; te lo estoy diciendo delante del Señor y te recuerdo que el Señor juzgará a los vivos y a los muertos. Y el juicio del Señor, hermanos, tal cual lo dice la Palabra misma, el Señor lo hará a todos los hombres por su Palabra.

Te reciban o no te reciban, debes hacerlo. Te reciban o no te reciban, esto tiene recompensa. Y te reciban o no te reciban, esto será relevante al final de los tiempos. Hermanos, un día todos nosotros nos veremos delante del tribunal del Señor, y en el tribunal del Señor seremos juzgados todos nosotros por la Palabra del Señor. A donde quiero llegar, hermanos, es al versículo 2. ¿Cuál es el contenido del llamado? “Que prediques la Palabra.” ¿Qué era lo que él tenía que predicar?

Miren, yo tengo el convencimiento de que cada fragmento del texto en la Sagrada Escritura tiene intencionalidad. Y cuando Pablo le dijo “que prediques”, el término que usa en el original transmite la idea de una persona que está dando un mensaje que no es suyo. Es como ser un heraldo de la Palabra. Son personas que comunican en nombre de alguien. Pablo está poniendo la atención en este momento de la iglesia en un rey que manda a que se promueva, a que se anuncie, se dé un anuncio de parte suya en todas las partes de su reino, y son enviados heraldos. Estos heraldos van con la autoridad del rey a dar el mensaje del rey, pero el mensaje no es suyo.

El heraldo de la Palabra: contenido, redargüir, reprender y exhortar

Este término que él usa, el término de heraldo, muestra que no era la palabra de Timoteo lo que él iba a predicar. Era “predicar la Palabra”. ¿La Palabra de quién, hermanos? Es la Palabra del Señor. Timoteo no está siendo llamado a que predique sus ideas. Miren, una persona, un ministro del Evangelio, no es solamente un predicador, no es solamente un comunicador. Es una persona que da un mensaje que no es suyo; él está hablando en nombre de alguien. “Predica la Palabra”; sé heraldo en el nombre del Señor, predica las palabras del Señor, no sus puntos de vista.

Un heraldo podía ponerle entendimiento al mensaje. Recuerdo aquel momento cuando Israel regresó y se lee la Escritura delante de ellos, que dice que diferentes escribas ponían el entendimiento; se aseguraban de que las personas entendieran lo que el Señor les estaba demandando. Un heraldo pone el entendimiento, pero no puede poner el sentido de las palabras a su antojo. Yo puedo ayudarte a que entiendas la Palabra del Señor, pero yo no puedo colar entre las palabras del Señor mis propias palabras.

Timoteo es un heraldo del Señor. La palabra que va a predicar no es la suya. No son sus puntos de vista, no son sus tradiciones, no son las tendencias de su tiempo. Digo esto, hermanos, porque la iglesia necesita ser redargüida correctamente. Redargüir al pueblo del Señor es llamar la atención del pueblo del Señor sobre aquellas cosas que el pueblo del Señor conoce de hecho, pero que necesita hacerlas más correctamente. Lo siguiente es reprender; y hasta en eso, hermanos, uno debería sentir el amor del Señor. Es un momento dulce para un creyente que ha nacido de nuevo cuando se siente reprendido por la Palabra del Señor. Miren, a veces la Palabra del Señor le da a uno de frente.

La reprensión tiene una connotación negativa; es: tú sabes que eso no tienes que estar haciéndolo. Tiene una connotación dura. Y yo desanimo a cualquier ministro que haga de todo un deporte, como hay algunos que han hecho de la reprensión un estilo. Y ellos no saben hacer otra cosa que no sea reprender. Es como que han convertido lo que debería ser una forma necesaria en su única forma. Es como un padre que lo único que hace con sus hijos es reprenderlos. No lo haga así. Usted instruye, usted anima otra vez, y frecuentemente reprende; pero no puede estar siempre en modo reprensión.

Al ministro que solamente tiene una manera de predicar la Escritura, que es modo reprensión, yo le digo que tenga cuidado. Y de hecho hay pueblos que se han acostumbrado a esto. Hay gente que le encanta venir “a que me reprendan”, hermano. Así no. Porque hasta la reprensión pierde el efecto si ya hicimos de la reprensión un estilo. Un hombre que ha venido aquí siempre a gritar, un hombre que siempre ha venido a reprender, un hombre que siempre ha venido a vapulearte, ya entonces pierde su efecto la reprensión. La reprensión es cuando hay que llamar poderosamente la atención, ya sea a una persona o a un pueblo, de algo que esa persona está haciendo en contra del Señor; y muchas veces la persona tiene el conocimiento.

Tiene, como digo, esa connotación negativa: “deja eso, que tú sabes que eso ni te conviene a ti ni honra a tu Señor; primero no honra al Señor y después no conviene a tu alma”. Quizás se pueda decir que todo es redargüir, pero en forma negativa. Redargüir en forma positiva es decirle al hermano: tú lo conoces, y yo te animo a que lo sigas haciendo; y redargüir en forma negativa es reprender: hermano, tú conoces eso, deja eso urgentemente. Vas a terminar dañándote tú, dañando el pueblo del Señor y, sobre todo, desde el principio has estado deshonrando a tu Creador.

La reprensión, hermanos, es muy necesaria; pero tiene un lugar dentro de la predicación de la Escritura. Predica la Palabra haciendo primero que el pueblo sea redargüido, y después, de ser necesario, también reprende. Lo otro es “exhorta”. Quizás un sinónimo para eso, como lo traduce la Nueva Traducción Viviente, es “anima”. Frecuentemente el pueblo del Señor ya quiere hacer la voluntad del Señor y ya sabe cuál es la voluntad del Señor, pero le hace falta ese ánimo, ese espaldarazo.

Salvando toda la diferencia, es como lo que hace el personal trainer contigo en el gimnasio, que te dice: “tú puedes, dale”. Ya tú tienes la Palabra del Señor encima. El caso que estoy transmitiendo es un creyente que ya tiene la Palabra del Señor encima suyo y ya tiene la intención de levantarse, ya tiene la intención de hacer el ejercicio; pero el que está al lado suyo le está diciendo: “dale, dale, dale”. Me gusta ver personas que hacen ejercicio de a dos, y uno está animando al otro, y le está dando, y le dice: “dale, dale, hazlo, hazlo”.

Animar al pueblo del Señor es aquella situación donde el pueblo ya sabe lo que tiene que hacer, donde el pueblo ya quiere hacer lo que le conviene, pero frecuentemente se siente disminuido, se siente sin fuerzas, se siente sin la capacidad de hacer la voluntad del Señor. Animar o exhortar es decirle: hermano, vamos a hacerlo en el poder del Señor.

Frecuentemente uno viene a la casa del Señor y uno sale de aquí no necesariamente instruido, porque ya lo estaba; no necesariamente reprendido, porque ya no quiere hacer lo malo. Uno lo que sale es exhortado. Uno sale de aquí animado, y dice: “lo voy a intentar de nuevo”. Es un hermano que vino a la casa del Señor y dice: yo tengo una Biblia, pero la realidad es que hace semanas que yo no le pongo la mano a la Palabra del Señor y yo quiero hacerlo. Yo sé que eso le conviene a mi alma. Y cuando viene, escucha la palabra de ánimo: “hermanos, permanezcamos en la Escritura”, y el hermano dice: a partir de mañana yo voy a hacer mi devocional diario. Ese hermano fue animado a que permanezca en la Palabra.

Tres cosas: la primera de ellas, dice, lo primero que tienes que hacer es redargüir; lo otro, reprender; y lo tercero es exhortar. Hermano, no siempre nos toca esa bendición, pero a veces uno viene al culto cristiano y uno encuentra las tres cosas. En algunos sentidos somos redargüidos, en otros sentidos somos reprendidos, y qué bonita la reprensión en su momento; y en otro sentido somos animados. ¡Gloria al Señor! Son las tres cosas que él le dice.

Predicar con toda paciencia y doctrina: filosofía de ministerio

Después de decirle qué hacer, él está todavía en cómo hacerlo. Primero le dice las tres aproximaciones: predica la Palabra de esta manera. Ahora, en cuanto al cómo, le está transmitiendo una actitud en la cual yo quisiera detenerme. Dice que lo haga “con toda paciencia y doctrina”.

Me interesaba mucho que ustedes, el pueblo que el Señor me ha dado para pastorear, entiendan esta combinación providencial que debe tener la predicación de la Palabra. Porque yo creo que esto debe ser parte de nuestra filosofía de ministerio, de la manera en que nosotros nos aproximamos a la Escritura. La manera en que debemos hacerlo es como lo hemos estado haciendo: una combinación santa de toda paciencia y, al mismo tiempo, toda doctrina. Y si usted quita uno de esos elementos, eso se vuelve una bomba de tiempo que tarde o temprano explota, y explota mal.

Cuando un pueblo del Señor toma la Palabra solamente con paciencia, termina sacrificando la doctrina. Y cuando toma solamente la doctrina, termina sacrificando la paciencia. Esa combinación es una combinación muy favorable: es la combinación de tener toda paciencia, pero al mismo tiempo tener toda doctrina. Es esta paciencia que siempre espera que al final prevalezca la verdad.

Tener toda paciencia y toda doctrina no es una paciencia que dice: vamos a dejar al pueblo donde está; vamos a dejar al pueblo instalado en su error; vamos a dejarlo instalado en su pecado. No. Esa es la actitud de una persona que dice: nosotros queremos que, ya sea hoy o sea mañana, la Palabra del Señor triunfe en esa vida. Es tener toda la paciencia en lo que la doctrina hace su función en el pueblo.

Un ministro como Timoteo, que tenía que predicar con paciencia y doctrina, es un ministro que quizás está preparado a que no va a ver al final del culto toda la evidencia de que la Palabra del Señor está haciendo su efecto. Pero tiene toda la confianza de que el Evangelio al final triunfa en el pueblo correcto. Si somos el pueblo del Señor, terminaremos haciendo la voluntad del Señor.

Paciencia y doctrina es alguien que no solamente está esperando que la gente cambie; él está esperando que la doctrina cambie a la gente. Es una persona que no solamente cerró los ojos y dijo: “bueno, eso parece que va así”, sino una persona que tiene la paciencia de esperar que la doctrina saque a la persona del error, que la doctrina coloque a la persona en la conducta correcta.

No es tolerancia, como la gente le llama a esto en este tiempo. Una persona que es tolerante es aquel que ha llegado a sentirse cómodo con el pecado y el error. Alguien que es tolerante es alguien a quien ya el error no le molesta. Y de hecho, hermanos, al pueblo del Señor aun a quien está en pecado siempre debe molestarle. Y el primero a quien debe molestarle es a quien está practicando ese pecado.

Tolerancia es aquel que te dice: “no importa, quédate ahí”. Eso es tolerancia. Lo que el apóstol Pablo está diciendo no se llama tolerancia, se llama paciencia y doctrina. Es una combinación de no tener un desespero de sacar al hermano de su error con tus propios medios —“hermano, suelte eso, abandónalo”—, sino de querer que el hermano abandone el pecado y esperar que lo haga porque la doctrina hizo en él el buen efecto.

Tampoco esto es libertinaje. Es lo que Pablo reprendió, por ejemplo, en la iglesia de Corinto. Son aquellos que llegan a ver el pecado y el error como un asunto personal o privado, y decirle: “bueno, yo sé que usted lo está haciendo, que usted está practicando, pero como eso está en su esfera privada, déjelo así”. Eso no. Eso se llama libertinaje, y por eso el apóstol Pablo reprendió a la iglesia en Corinto.

Esto es una combinación de alguien que te dice: hermano, tú estás aquí y la voluntad del Señor está allá. Yo no te voy a rechazar porque en este momento tú estés aquí y la voluntad del Señor esté allá. Pero yo espero que, más temprano que tarde, esas cosas se unan y tú estés viviendo completamente a la luz de la voluntad del Señor en esa área de tu vida. Paciencia y doctrina.

Es un ministro que no deja al pueblo en un “hermano, yo entiendo que tú estés allí”. Eso es una falsa aprobación. Hay gente que ve al pueblo participando en cosas que deshonran al Señor y dicen: “yo sé que él es así, él tiene esa debilidad, él es así”. Lo que hay que decir es: hermano, mire, cada vez que un hermano suyo te diga: “es que yo soy así”, yo te invito a que solemnemente, en nombre de tu pastor, tú le digas: tú eras así. Ahora, en Cristo, tú eres nueva criatura.

Porque somos hechura suya, hermano. Yo he estado repitiendo este año desde el púlpito ese versículo vez tras vez, porque no quiero dejar a mi pueblo donde está. “Somos hechura suya”, una nueva creación. Prediqué de eso el domingo pasado: la nueva creación. Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras. Y un hermano te va a decir: “es que yo soy así”, y tú le vas a decir: tú eras así. Ahora tú eres hechura suya.

Creado en Cristo Jesús para buenas obras. Ese que se establece en un pecado, en una inconducta, en una inmoralidad, en algo que deshonra al Señor, y que se encuentra un hermano suyo que le dice: “hermano, yo sé que tú eres así”, ese hermano no está teniendo doctrina; está teniendo solamente paciencia. Con toda paciencia y doctrina.

Hermano, yo no te quiero sacar por mis propios medios, aunque miren, si realmente uno ama al Señor, debería tener por lo menos la tentación de hacerlo. Uno te va a agarrar la mano, pero si alguien ama al Señor, él tiene una pasión, que a veces tú vas a querer arrebatarle a la gente y darle por la mano para que suelte eso. Suéltalo, porque tú sabes que, primero, deshonra al Señor y después no te conviene a ti.

No estamos hablando aquí de una falsa aprobación: “no te preocupes, está bien”. Dice la Escritura que eso se llama fortalecer la mano del impío. A alguien que está haciendo algo que ofende al Señor, tú decirle: “tú estás bien, síguelo haciendo”. Eso no es paciencia y doctrina.

Tampoco es el deleite carnal del antinomianismo, de aquellos que se han entregado a la idea de que “soy salvo por gracia y que no hace falta, que no importa lo que yo haga”, y que dicen que así se demuestra la gracia del Señor por medio de la práctica del pecado. La gracia del Señor no se demuestra en la práctica del pecado. La gracia del Señor se demuestra aborreciendo y abandonando el pecado. Una persona que se deleita en el pecado y enseña eso como el triunfo de la gracia, esa persona no ha conocido la gracia del Señor.

Esta combinación de paciencia y doctrina es una paciencia que siempre espera que al final prevalecerá la verdad. Hermanos, nosotros tenemos que tener la actitud de que estamos esperando que la verdad triunfe en el corazón de todos nuestros hermanos. Y si hay alguien que al día de hoy está agarrando algo y tú dices: yo espero que con la ayuda del Señor ese hermano lo va a soltar; yo espero que con la ayuda del Señor caminará recto.

Un hermano está siendo atraído hacia algo, y tú sabes y ves ahí, hermano, cuántas veces no tienes que ver eso: el efecto del mundo sobre los hermanos. Y tú sientes, tú ves al hermano que está siendo arrastrado.

Paciencia y doctrina ilustradas: padres, hijos y dulces

Es como cuando tú estás en un carro detenido y le pasa otro carro a 60; usted lo siente en el suyo, ¿verdad? Usted siente que el carro se le mueve. Ese halo del mundo tus hermanos lo están sintiendo. Y hay veces que tú ves un hermano tuyo que está siendo arrastrado así, y tú dices: no, que prevalezca la verdad. Y oras por él, y lo animas, hermano, lo exhortas, y a veces hasta lo reprendes. Cuando tú lo ves que ya dejó de resistir y que ya se va, tú lo reprendes: “hermano, camina hacia la verdad”. Tú esperas que al final la verdad triunfe en el pueblo del Señor. Eso es paciencia y doctrina. No es una paciencia tolerante que se queda donde está; es una paciencia que espera que todo el pueblo del Señor se mueva hacia la voluntad del Señor.

Un ejemplo con que el apóstol Pablo ilustró esto es, quizás, lo que le escribió a los hermanos en la iglesia de Tesalónica. Les dice en primera de Tesalonicenses capítulo 2, versículo 11:

Así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros.

— 1 Tesalonicenses 2:11

Es como un padre a sus hijos. Todo el que está aquí criando sabe que, para que un hijo llegue a tener la conducta apropiada, hace falta más de un momento de exhortación. Pero yo no conozco ningún padre que llegue a conformarse con que lo que su hijo quiere hacer está bien. Un padre puede decir: mira, yo no voy a quebrar al muchacho en este momento; yo voy a esperar. La instrucción, hermanos, tiene un límite. Hay gente que no ha entendido eso, que usted no puede darle, darle, darle hasta que dañe al muchacho; que le da un chance, porque mañana todavía hay en ello. Hoy no se ha logrado, pero mañana esto viene.

El apóstol Pablo dice hacer esto con paciencia y doctrina. Y quizá lo mismo que le dijo a los tesalonicenses es hacerlo como lo hace un padre con un hijo. Pongo otro ejemplo basado en los padres y los hijos: si fuera por los hijos, comieran dulce mañana, tarde y noche. Yo no conozco a ningún padre que esté muy contento porque su hijo haya desayunado una paleta en la mañana, haya comido un dulce al mediodía y se haya acostado a cenar con una gaseosa. Ningún padre dice: “lo logré”.

Hacerlo con paciencia y doctrina no es un padre que tolera eso; es un padre que dice: mira, yo sé que él come dulce, y si yo lo dejara y no le pusiera los dulces altos, los come todos. Pero yo tengo la paciencia de seguirle llevando la alimentación correcta, seguirle llamando la atención hacia lo que tiene que hacer. Eso es un padre que no rechaza a su hijo porque el hijo se comió el dulce, sino que sigue trabajando para que el hijo coma lo que tiene que comer.

Tener paciencia y doctrina es una persona que no rechaza al hermano porque el hermano todavía no tiene la doctrina correcta. Él espera, pero él tiene todo el deseo de que el hermano camine hacia la verdad.

Les he mostrado, en primer lugar, la solemnidad del llamado, que debería colocar la Palabra del Señor en el centro de la iglesia: “predica la Palabra, y te lo encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo”. Les he mostrado también, hermanos, el contenido de este llamado: que predica la Palabra como un heraldo; no ninguna otra cosa, no ninguna otra tradición. Cuándo hay que hacerlo: cuando sea favorable, cuando no. Las tres cosas que hay que hacer: redargüir, reprender y exhortar. Y la manera en que tenemos que hacerlo: con paciencia y doctrina.

Ahora el apóstol Pablo le está mostrando, en los versículos 3 y 4, cuál es la razón por la cual le está haciendo este llamado. Timoteo debe estar en este momento preguntándose: ¿por qué Pablo me está diciendo esto? ¿Será que Pablo no cree que yo sea un ministro aprobado? Es que Pablo sabe que tú estás viviendo en un mundo que cambia.

Y como creyente yo quiero preparar a mi iglesia para el cambio. Ahora mismo, aunque tú no lo creas, en este país hay un viento favorable para el Evangelio. Ahora mismo hay un viento favorable para la predicación de la Palabra del Señor, aunque usted no lo crea. Pero esto cambia pronto. Mis ojos, hermanos, yo desarrollo un ministerio en Santo Domingo, República Dominicana, pero mis ojos están puestos donde quiera que la obra del Señor está sucediendo. Y hay países que ahora mismo están viviendo un proceso acelerado: de tener predominantemente una población abierta a la Palabra del Señor, a tener una población abierta a otras cosas. Y uno ve cómo otras ideas entran y lo rápido que un pueblo cambia de una cosa y cambia a la otra. Pablo sabía que los tiempos iban a cambiar.

Vendrán tiempos difíciles: comezón de oír y maestros según concupiscencias

Dice el versículo 3 y el 4: “Porque vendrá tiempo…”. De nuevo, recuerden la palabra “vendrá tiempo”. Quizás el traductor de Reina-Valera no puso ahí un número, porque no está hablando de una fecha; no está diciendo “en el 2010”. El convencimiento al que yo he llegado, hermanos, es que esas temporadas van y vienen, por pueblos y por rincones de la tierra. Inglaterra en algún momento era una lámpara encendida, y después, así mismo, esa lámpara se apagó. Estados Unidos en un momento era una lámpara; hubo un tiempo favorable, y al día de hoy eso se ha apagado.

Esa temporada va y viene; por eso quizá el traductor está poniendo aquí “porque vendrá tiempo”, es decir, vendrá una temporada —seasons—, vendrá un momento donde no va a ser lo que ha sido hasta ahora. Así lo traduce la King James: como una temporada. “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias.”

¿Por qué a Pablo le preocupan estos maestros? La posible razón que yo puedo inferir es que quizá Timoteo podría sentirse tentado a unirse a esa gente, aun sin darse cuenta. Miren, la lucha contra la mundanalidad en la iglesia es un asunto muy difícil, porque tú eres parte de un pueblo, y a veces uno termina repitiendo conductas hasta sin sentirlo. Llega un momento que tú mismo te sorprendes de que tú estás practicando cosas que tú dices: “¿Cómo llegué a practicar esto?”. Es que si no luchas intencionalmente contra eso y estás advertido, terminas replicándolo.

Esto que va a suceder, no piensen que va a suceder solo en el mundo. Pablo tiene sus ojos puestos en la iglesia local, y que en la iglesia local vendrá un momento en que cambiará y llegará otro tipo de maestro. Sin darse cuenta, Timoteo podría unirse a esa multitud que le da al pueblo lo que el pueblo quiere recibir. Quizá podría llevar a Timoteo a conformarse ante esta influencia. Se llama mundanalidad: una iglesia que se conformó es una iglesia que dice: “los tiempos son distintos, y ahora tendremos que adaptarnos a los nuevos tiempos”. Timoteo podría conformarse.

Lo que yo más sospecho, hermanos, es que Timoteo podría sentirse amedrentado por la persecución intelectual. Al día de hoy está triunfando la necedad. Yo periódicamente veo lo que está pasando, hermanos, y yo tengo el oído en el pueblo. Yo veo lo que el pueblo está escuchando. Si usted puede escuchar lo que yo escucho… Usted puede ponerlo y ver de lo que el pueblo está escuchando. ¿Usted se ha dado cuenta que, por lo menos en la cultura popular dominicana, triunfó la necedad?

La necedad celebrada. Triunfó. Es el triunfo de los necios en este momento, por lo menos en la cultura popular dominicana: es el triunfo de la necedad. Triunfó la promiscuidad, triunfó la vanidad, triunfó la avaricia, triunfó el poder, triunfó lo ingenuo, lo simple, como dice el libro de Proverbios. Eso triunfó ahora mismo. Y ante ese tiempo, Timoteo podía sentirse como que había perdido. No. No ha perdido. Vendrá ese tiempo, y mantente advertido.

Le dice que en ese tiempo la gente no sufrirá la sana doctrina. Quiero mostrarle a la iglesia lo que es sufrir la sana doctrina. La vida cristiana requiere un nivel alto de sacrificio, y si una persona no está preparada para experimentar ese sacrificio, muy probablemente termine desviándose. La vida cristiana no es un asunto sencillo. Hay mucha oposición; y la oposición que tiene un cristiano es una oposición muy complicada, porque está dentro y está fuera.

Hay una lucha que viene desde adentro, que es la lucha de tu hombre natural, que se opone a lo que te conviene; y al mismo tiempo una lucha que viene desde afuera, que es la influencia del mundo, que te lleva a lo que el mundo quiere hacer. Por eso Pablo le dice a Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo”, o sea, adentro tuyo está el problema. El problema que nosotros tenemos con el mundo es que adentro de nosotros hay un hombre natural que cuando ve lo del mundo se deleita.

Y como creyentes, tenemos que estar advertidos, porque si no, podemos ser engañados por ese viejo hombre, que tiene deleite en esas cosas a las cuales el mundo ahora mismo se está deleitando. La sana doctrina se sufre, hermanos, porque va en contra de nuestro hombre natural. Por eso es que ser cristiano es difícil, porque adentro tuyo tú dices: “ah, pero yo…”; por eso dice la Escritura que no amemos a nosotros mismos. Si tú te amas a ti mismo, tú afirmas tus deseos y tú dices: “si me lo pido yo mismo, eso está bien”. No, es que adentro tuyo hay un hombre que está hecho conforme al pecado.

Al mismo tiempo, hay una nueva naturaleza que está siendo conformada a la verdad. Y esa lucha interior… No lo duden: hay creyentes carnales; hay creyentes donde prevalece al día de hoy el viejo hombre. Un creyente que ha dejado de cultivar la disciplina espiritual es un creyente que frecuentemente me recuerda aquella pregunta: ¿haremos la voluntad del Señor o haremos la voluntad de nuestra carne? Y habla el hombre espiritual y dice: “a mí me tienen esclavo; me tienen guardado en un armario; hace tres semanas que no me sacan”.

Yo toqué mi camino, y sacan al viejo hombre. Y el viejo hombre dice: “conmigo se han estado deleitando; me han sacado de paseo tres veces esta semana”. Nos deleitamos con la televisión, nos deleitamos con la música; vimos tres series, vimos tal cosa, tuvimos tal conversación. Entonces surge la pregunta: ¿haremos la voluntad del Señor o haremos nuestros propios deseos? Y el hombre natural, que es aquel con el cual tú has estado saliendo de paseo, aquel que tú has estado fortaleciendo, llega un momento en que el hombre natural dice: “eso es razonable”.

Sufrir la sana doctrina, hermano, está dentro tuyo. Eso es contrario a tu viejo hombre, a tu naturaleza. Y cuando tú lo haces, tú no lo haces porque sea cómodo; tú lo haces porque eso es necesario y porque es verdad, y porque tú tienes la convicción de que no hay deleite fuera de Dios y de que nada termina bien si no se hace a la manera del Señor. Pero hacerlo es algo que se sufre; es como una lucha. Estoy de garganta —diría uno—; a veces llega un momento en que tú haces la voluntad del Señor y tú lo haces, y terminas cansado, y te preguntas: “¿yo estoy haciendo la voluntad del Señor, porque no lo disfruté?”.

El deleite haciendo la voluntad del Señor tiene su secreto en la práctica constante. Y frecuentemente uno siente lo que siente un atleta cuando llega. Él no llega fresco; él llega sintiendo que se murió. A mí me dio por ver las competencias en bicicleta, el ciclismo. Y dicen los ciclistas que en el Tour de Francia hay cuestas que ellos sienten que se están muriendo cuando las suben. Y que cuando terminan el ciclo, no es como que salen de ahí; ellos a veces van al podio y reciben el premio, pero se sienten devastados. Sienten que todas las partes de su cuerpo se murieron. Hay una lucha, y han terminado victoriosos.

Frecuentemente un creyente que ha sufrido la sana doctrina es un creyente que no termina necesariamente en satisfacción emocional. Él termina con un gozo extraordinario en el corazón, pero su cuerpo se está negando a hacer eso.

Sufrir la sana doctrina: formación familiar, cultura y gloria de Dios

Se sufre la sana doctrina, porque va en contra de lo que nosotros hemos recibido en otro tiempo. A muchas cosas les llamábamos “buenas”. Y yo tengo mucho temor de que mis hermanos están recibiendo la Palabra del Señor y están comparando esto con su formación familiar. Miren, mucho de lo que ustedes recibieron en su casa se llama humanismo, no cristianismo. Y mucha de la “buena formación familiar” que usted ha recibido en este momento se opone a la Palabra del Señor. Porque cuando tú recibes la Palabra del Señor, la Palabra del Señor tiene otra expectativa.

He estado leyendo libros acerca de formación de los hijos y me he dado cuenta del tremendo error que cometemos los padres, porque formamos nuestros hijos según los métodos del mundo, que pueden ser métodos que tienen una apariencia de verdad. Pero el mundo no forma los hijos para que glorifiquen al Señor. Forman los hijos para que les vaya bien. Forman los hijos para que se porten bien.

Frecuentemente un padre está disciplinando a un hijo, no necesariamente para que el hijo glorifique al Señor con su vida, sino para que el hijo se comporte bien delante de la sociedad. Si un niño está quieto, si un niño sabe guardar silencio, si un niño ya no hace exabruptos, si un niño ya no responde con violencia, el padre parece que triunfó, porque logró que ese hijo tenga un buen comportamiento. No. El padre fracasó. El padre triunfa cuando el niño dedica su vida a glorificar al Señor, y cuando la meta del niño no es “portarme bien”, sino “glorificar a mi Padre celestial”.

Frecuentemente tú recibes la Palabra del Señor y hay algo en ti que se opone, porque dices: “eso no es lo mismo que se hacía en mi casa”. A menos que tú rechaces lo que se hacía en tu casa cuando se oponía al Señor, tú no vas a dejar que lo que te está enseñando ahora tu Padre celestial haga en ti su buen efecto. La Palabra del Señor se sufre, porque cuando tú la recibes, tú tienes que rechazar algo que para ti es importante. Y es reconocer que no necesariamente lo que papi y mami me enseñaron en mi casa era la verdad. La verdad del Señor se opone a lo que a ti te era familiar.

El ser humano siempre se mueve en sus zonas de confort; donde tú te sientes cómodo es con aquello a lo que fuiste expuesto temprano. Pero la Palabra del Señor te expone a un nivel mucho más alto; te saca de tu zona de confort y te enseña que tu formación familiar no es necesariamente la formación que el Señor ahora quiere darte.

Se sufre la sana doctrina porque todo va en contra de la corriente del mundo, y hay presiones, rechazo, aislamiento, burla. Y yo quiero llamar a mi iglesia a que no evite la corriente, sino que entienda que esa corriente está ahí. Si hay un hermano mío aquí que es de los que dicen: “yo soy…”, miren, ¿cómo se evita la corriente? Uno hace tanto trabajo hablando acerca del cristianismo de la iglesia; alguien dice: “mi mamá es cristiana” y ahí está todo.

Y un hermano que quiere no sentir la corriente va a decir: “ah, yo soy cristiano, pero espérate. Yo no soy de los que hacen tal cosa. Yo no soy de los cristianos que hacen lo otro. Yo soy de los cristianos serios, cristianos tranquilos. Yo no soy de los que boxean, yo no soy de los que salen por la calle”. ¿Sabes lo que él está haciendo? Él está tratando de vivir la vida cristiana sin sentir el rechazo del mundo. “Yo soy cristiano, pero yo no soy de esos que tú los ves que… Yo no soy de las que no se derrizan, yo no soy… Yo uso pantalón”. Tu problema con el mundo no es si una hermana usa o no usa una prenda de vestir; no es si su cabello está o no está texturizado.

El problema principal tuyo con el mundo es que tú deberías estar afirmando que el mundo está en el error, que el mundo está muerto y que el mundo no tiene esperanza. Y cuando tú le dices eso al mundo, el mundo siente que tú lo estás rechazando; el mundo te rechaza a ti. Ahí has sentido aquello que decía el apóstol Pablo —y que les prediqué el domingo pasado—: que nosotros fuimos crucificados al mundo y el mundo fue crucificado para nosotros.

El problema principal no es que tú te pareces o no te pareces al mundo. El problema principal es que tú entiendes que estás en la acera del frente. El mundo entiende que está bien, y tú le dices a ellos: ustedes están muertos en delitos y pecados. El mundo está adorando a sus dioses, y tú les dices: esos dioses nada sienten, nada saben. El mundo es rechazado por ti y tú eres rechazado por el mundo. Un creyente que está buscando ser compatible con el mundo está buscando sentirse al margen de eso, para no sufrir la sana doctrina. Tú vas a sentirte aislado, te vas a sentir perseguido y vas a sentir que el mundo a ti te va dejando de lado.

No evitemos la corriente, es lo que les quiero decir. “Vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina.” Después Pablo habla de la comezón de oír y comienza a hablar de las fábulas. Termina hablando de fábulas. Dice que en este tiempo la gente tendrá comezón de oír y se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias.

Digo esto con carga, hermanos. Yo no quiero ser de aquellos que se oponen a su propio pueblo. Cuando yo veo eso, yo lo sufro; se lo digo con sinceridad. Cuando yo veo a mis hermanos en diferentes lugares, frecuentemente los veo por televisión, que son expuestos a sistemas de doctrina con tal nivel de desaprobación delante del Señor, y yo veo que ahí hay pueblo, y que está expuesto a esto, lo que yo hago es que lo sufro. No digo esto para exaltarnos como iglesia. Nosotros, como iglesia, yo les he dicho en muchas ocasiones, estamos llenos de debilidades.

Pero debemos sufrir realmente eso. Yo veo cantidad de maestros que le están diciendo en este momento a la gente lo que su hombre natural quiere oír. Y lo que tu hombre natural quiere oír es que te va a ir bien. Dentro de nosotros hay este asunto que salió de los muñequitos, de la trama tradicional: tensión, nudo, desenlace; que tú estás ahora mismo en un mal momento, te está yendo difícil, pero viene un momento en que tú te vas a levantar y todo el mundo se va a sorprender porque tú emergiste desde abajo y vas a ser reconocido. Eso es lo que el mundo le está enseñando ahora mismo.

Esos maestros enseñan según sus concupiscencias. Dicen: “hermano, usted es un hijo de Dios, a usted le va a ir bien sí o sí”. Lo que enseña la Escritura, hermanos, es que a veces parece que nosotros somos el despojo del mundo, pero sabemos que nos está yendo bien. A pesar de eso, en medio de la aflicción nos está yendo bien. Es lo que dice la Escritura. Aquellos que enseñan según las concupiscencias son aquellos que te enseñan a ser “triunfador”.

Dentro de todos los humanos hay un deseo, un hambre de poder, y canaliza esa hambre de poder un maestro que le enseña a la gente lo que su hombre natural quiere escuchar. Y es cómodo para un creyente venir… y ¡qué tragedia es eso!: tú vienes a la casa del Señor, con tu vieja naturaleza y con tu nuevo hombre, y encuentras un falso maestro que te alimenta el viejo hombre. ¿Cómo va a ser que vengas a la casa del Señor y salgas de aquí con un deseo extraordinario de pavonearte delante de los otros, de que tú vas a ser cabeza y no cola, de que tú vas a estar pisoteando a los demás?

Eso, hermano, es el viejo hombre tuyo que lo está disfrutando. Sabes que adentro de ti hay una naturaleza que quiere que tú explotes a los demás. Hay una naturaleza que quiere que tú le demuestres a los otros que tú vales más. Hay una naturaleza que quiere… Y entonces viene alguien y te dice: “usted fue hecho por el Señor para ser cabeza y no cola; usted es punta de lanza”. Esa naturaleza parece como algo bonito, porque está mezclada con José, con las historias bíblicas, pero te están enseñando según tu concupiscencia. Y hay cantidad de iglesias que al día de hoy el pueblo viene y no es reprimido el hombre natural y exaltado el nuevo hombre, sino que salen de ahí llenos de esta filosofía que apela no a la nueva creación que está siendo hecha, sino al viejo hombre.

Fábulas contemporáneas: conocimiento, capacidad humana y madre naturaleza

Son aquellos que vienen a decirte que te va a ir bien, que vas a tener poder, que vas a tener fama, reconocimiento, y que cuando tú no tienes eso entonces el problema está mal. Esos son aquellos que enseñan según las concupiscencias. Pablo termina diciendo: “apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”.

Termino con lo siguiente, hermanos. He estado advirtiendo a mi iglesia, poniendo la Escritura a un punto alto. ¿Cuáles son las fábulas contemporáneas? Esas fábulas vienen del mundo y cada vez se interiorizan más en la iglesia.

¿Cuál es la fábula que el mundo nos está vendiendo? Nos está vendiendo la fábula de que tarde o temprano el “padre conocimiento” va a triunfar. Que con el avance de la ciencia y todas estas cosas vamos a ir mejorando y vamos a vivir de manera ideal, y que ya no vamos a tener los problemas del mundo porque el conocimiento… El mundo, al día de hoy, idolatra el conocimiento, y eso ha llegado a la iglesia.

Hermano, ¿usted cómo crece? Usted crece en gracia y conocimiento. El conocimiento que viene de lo alto, el que es útil para la salvación de tu alma. Ese conocimiento. La letra, el aumento de ella, es una señal de este tiempo, y es una fábula. Eso no produce salvación. Nadie será salvo porque llegue a tener un alto nivel de conocimiento.

La fábula de la “capacidad humana” es otra fábula. El ser humano tiene, dicen, una capacidad para la grandeza. “Nosotros podemos sobreponernos; estamos utilizando nuestro cerebro a un 10%.” ¿Han escuchado esa? Eso no tiene ninguna base ni científica, ni moral, ni escritural. Usted está utilizando todo su cerebro. Yo me río porque eso es muy popular. La gente te dice: “no, el ser humano usa solamente el 10% de su cerebro; si usáramos el 100, fuéramos casi dioses; si estamos usando el 10 y estamos aquí, si usáramos el 100…”.

Esa fábula contemporánea es la fábula de la capacidad humana. Dice: tú tienes capacidad, tú puedes salir de abajo, tú eres súper hombre, tú dale pa’lante, a ti lo que te falta es motivación, tú tienes que creer en ti mismo. Ay, hermanos, la Escritura nos deja a nosotros en una posición muy deplorable. Nos dice que, después de la caída, nosotros estamos degenerándonos, y es para abajo, no para arriba. Y de hecho, hermanos, yo veo en la Escritura que los hombres de la antigüedad tenían más capacidad que nosotros, y eso va como bajando.

Y cada cierto tiempo los hombres piensan que hemos descubierto cosas, y después nos damos cuenta de que los antiguos hacía rato que ya tenían eso. Lo que ha pasado con las capacidades humanas es que, a consecuencia del pecado, vivimos menos años, tenemos menos capacidad intelectual, menos capacidad moral. El hombre se va degenerando. Es para abajo que vamos, no para arriba. Pero la fábula que se ha metido en la iglesia nos enseña que la capacidad humana no tiene límites; no hay límites. Ese positivismo, esa confianza en nuestra capacidad, son fábulas.

Y la madre tecnología… El hombre ahora le ha puesto toda su esperanza a una nueva aplicación. La realidad es que la gente cree que la aplicación le va a cambiar la vida. “Mira, lanzaron la nueva aplicación, encontré la aplicación; tú instálala y eso te coloca en unos niveles de productividad, te coloca en unos niveles de capacidad, en un nivel de sabiduría…”. Lo que el hombre necesita no es una nueva aplicación, es lucha contra su pecado.

Yo tengo una aplicación que utilizo para caminar, hermanos, pero ya no me levanta de la cama. Yo no puedo entender este asunto. Una aplicación es una herramienta, como un martillo, como un clavo, como un destornillador; pero la madre tecnología te ha dicho que, con el avance de la tecnología, cada vez se ha demostrado que el hombre es más infeliz. Cada vez el hombre tiene menos significado.

Ahí veía un documental acerca de los países nórdicos, que para mí son admirables en muchos sentidos, y cómo esa fábula del súper hombre ha creado unos niveles de suicidio que se han disparado y que ellos ahora mismo no encuentran cómo manejar. Les dijeron esa fábula de que podrían ser felices por sus propios medios.

La última fábula, hermanos, a la cual tristemente veo que muchas iglesias van caminando, es la “madre naturaleza”. Primero, la Escritura en ninguna parte le llama a la naturaleza “madre”. Y en ninguna parte nos llama a nosotros a que reverenciemos la naturaleza. De hecho, lo que advierte el libro de Romanos es que el hombre le quita la gloria al Señor y se la manda a aquello que ha sido creado.

A mí me han invitado a que iglesias ahora tienen foros acerca de problemas ecológicos. Y no está mal, hermanos, que tengamos algún tipo de mayordomía de la creación. Dice la Escritura que el hombre justo tiene cuidado de su bestia. Yo quiero que a los caballos les vaya bien; yo quiero que estén sanos. Yo quisiera que cuidemos el medio ambiente. Pero nada de eso, hermanos, trae las respuestas que trae la Palabra del Señor a la vida de la iglesia.

Lo que hace la Palabra del Señor en la vida de la iglesia es que nos recuerda a nosotros que todas estas fábulas, que todas estas concupiscencias, que luchan dentro de nosotros, lo único que puede marcar la diferencia es la Palabra del Señor. Concluyo aquí, hermanos: miren, cuando la Palabra del Señor es expuesta al pueblo, si tú realmente eres del pueblo del Señor, el pueblo del Señor ve la luz en la Palabra. Y cómo salimos nosotros de todas estas fábulas, de toda esta predicación, es a través de la Palabra.

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