Acompáñenme, hermanos queridos. Denme un momento para que los niños puedan ir a su actividad y los más grandes podamos ubicarnos. Mientras tanto, pueden ir buscando en sus Escrituras, ya sea en físico o en digital, la primera carta del apóstol Pedro en el capítulo dos. Es un solo versículo de la Sagrada Escritura, ¿pero cuánto hay allí del conocimiento de Dios? ¿Cuánto podemos saber sobre él y sobre sus expectativas para nosotros? Les animo a que busquen la primera carta de Pedro en el capítulo dos, y veamos la identidad particular del pueblo del Señor.
Primera de Pedro dos, versículo nueve. Pónganse un momento sobre sus pies para que leamos la palabra del Señor. Mientras escuchamos esto, hermanos, gócense en ver la idea que tiene Dios de su pueblo, la expectativa que tiene Dios de su pueblo, cómo Dios nos piensa. A veces una persona le pregunta a otra: «¿Qué tú dices de mí? ¿Qué tú piensas que yo soy?». Escuchen lo que le dice Cristo a su iglesia, hablando a través del apóstol Pedro:
Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.
— 1 Pedro 2:9
Pueden sentarse, hermanos queridos.
Una identidad particular en un mundo sin fronteras
Como preámbulo les diré que, aunque la iglesia del Señor está dentro del mundo, debe reafirmar su identidad particular como pueblo de Dios, aún más ahora que el mundo pretende eliminar todas las fronteras. Fue precisamente el apóstol Pedro —un judío riguroso que inicialmente rechazaba a los gentiles— el instrumento que utilizó el Señor para explicar cómo los calificativos que anteriormente se aplicaban a Israel ahora son aplicados a la iglesia. Se nos presentan cuatro imágenes distintas para remarcar un mismo punto: somos un pueblo distinto en Cristo. Pasamos del yo al nosotros, de la vanidad a la adoración, y de las tinieblas a la luz. Anunciamos las virtudes de Cristo con el propósito de que otros vengan, pero mientras vienen los otros, reafirmamos nuestra identidad particular como pueblo del Señor.
Recuerdo que el año pasado expuse en el libro de Génesis que todo ser humano es valioso para Dios y tiene una identidad que Dios ya le dio. Es una identidad general y compartida. Todo ser humano fue creado por Dios, fuimos creados a imagen de Dios y fuimos creados al mismo tiempo con una identidad única: varón y hembra los creó. Todo ser humano comparte esa dignidad única que tiene el hecho de haber sido creado por Dios y, sobre todo, creado a imagen de Dios. Sin embargo, hoy he venido a remarcar y establecer que, a pesar de que todos los seres humanos somos valiosos para Dios y tenemos en él cierta dignidad y cierta valía, dentro de la humanidad el Señor está creando un pueblo nuevo, y este pueblo nuevo tiene características que son muy particulares.
Sospecho que de aquí a diez años el sermón que estoy predicando hoy será un sermón muy ofensivo, y quizás cosas como esta, dentro de una década, al mundo le escandalizarán, como de hecho ya le van escandalizando. Lo que se lucha ahora es por eliminar cualquier frontera. Cuando Dios ha establecido un límite, entonces el hombre dice que ese límite no hay que respetarlo, que todo es igual, que por qué razón tenemos que limitarnos. Lo que Dios ha establecido es que toda la humanidad tiene valor, pero que dentro de la humanidad hay un pueblo, un pueblo dentro de un pueblo, y ese pueblo tiene una identidad particular. No me importa tanto lo que piensa el mundo de nosotros; lo que más me interesa ahora mismo es reafirmar la identidad propia que tiene la iglesia del Señor.
¿Mi temor? No es que el mundo considere que todo es igual. Mi temor es que mis hermanos pierdan su identidad particular y dejen de celebrar la cosa extraordinaria que el Señor ha estado haciendo en sus vidas. Pretendo primero exponer estas cuatro imágenes que se aplican a la iglesia del Señor —linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios— y después pretendo exponer tres asuntos que no son la sustancia del pasaje, pero, hermanos, la Escritura nos enseña tanto con lo principal como con lo secundario, con cosas que se pueden desprender de esto mismo.
Permítanme darles un poco más de preámbulo, y es que vayan haciendo el oído cuando cambiamos de un apóstol al otro. El apóstol Pablo tiene un estilo muy lineal, muy ordenado. Cuando Pablo escribe una carta, parece que primero la diseña y después la plasma. Pedro escribe de manera organizada, pero digresiona. A veces yo siento como que Pedro se emociona con un pensamiento y lo desarrolla, y cuando le va diciendo algo a la iglesia, entonces hace por ahí como una digresión, y también edifica. Cada autor inspirado tiene su estilo particular. De Pedro solamente vamos a tomar un versículo, hermanos, pero escuchen cuánto pensamiento de Dios puede poner el apóstol Pedro en un solo versículo.
Linaje escogido: una naturaleza nueva, no una descendencia natural
Lo primero que nos dice es que somos un linaje escogido. Estas imágenes pueden ser nuevas para ti, pero no eran nuevas para un judío. Cada una de ellas era una descripción con la cual Dios había hablado a su pueblo. Los judíos entendían que eran un linaje especial, que el hecho de haber nacido de Abraham, por medio de uno de los hijos de Jacob, les daba a ellos una identidad particular: «Nosotros somos judíos, hijos de Abraham somos». El Señor está hablando ahora nuevamente de linaje, pero le pone una característica distinta y dice: ustedes son un linaje escogido. Es un pueblo nuevo que el Señor está creando, en el cual ha venido a integrar tanto a judíos como a gentiles, sin distinción. Por eso dice también Efesios:
Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación.
— Efesios 2:14
Un gentil no tenía posibilidad alguna de escuchar esto en la antigua dispensación. Ahora en Cristo ha sucedido un milagro extraordinario, y es que tanto judíos como gentiles somos llamados no por un linaje natural, sino por un linaje escogido. El Señor ha cambiado, hermanos, la forma de filiación. Anteriormente eras parte del pueblo del Señor siempre y cuando nacieras en el pueblo del Señor. Ahora dice la Escritura que el linaje que el Señor está haciendo no es un linaje que viene por descendencia natural; es un linaje que el Señor ha estado escogiendo. ¿Y de dónde lo escoge? De toda tribu, pueblo, lengua y nación. Esto es algo que no pudimos haber hecho nosotros, y tampoco pudieron haberlo hecho nuestros padres. Un padre judío, si tenía descendencia, inmediatamente introducía a los suyos dentro del pueblo del Señor. Nosotros ahora somos escogidos por el Señor, y eso le da a su pueblo una identidad muy particular.
Quiero establecer aquí, hermanos —y espero no perderme en los asuntos técnicos, pero lo encuentro necesario—, que linaje es más que pueblo. El término linaje tiene una connotación no solamente de pueblo, no solamente de segmento; también tiene una connotación de genealogía o de naturaleza. Y eso parece como un juego de palabras enrevesado, porque somos un linaje, pero no un linaje engendrado naturalmente, sino un linaje escogido. Aquí hay como un misterio, y es que nosotros llegamos a participar en Cristo de una naturaleza nueva, pero esa naturaleza nueva no es engendrada de varón. No se engendra por tus padres; es una naturaleza sobrenatural y espiritual que Dios pone en aquellos que elige.
Linaje es más que pueblo. Esto incluye aspectos de una naturaleza en común, y quiero decirle a mis hermanos que nuestra vinculación en Cristo va más allá de un asunto intelectual, de saberlo. En Cristo va más allá de un asunto sentimental, de sentirlo, y esperamos que usted se sienta en Cristo. Va más allá de un asunto de familiaridad y relación, porque con el tiempo que tú tienes en la iglesia llegas a sentirte parte de la iglesia y a relacionarte con la iglesia. Lo que nosotros tenemos en Cristo aún va más allá de un aspecto legal: nosotros en Cristo no solamente tenemos una potestad, un derecho, un título.
Lo que dice el Evangelio de Juan es que a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Si lo dejara ahí, hermanos, uno diría: bueno, es un asunto legal. Pero este linaje que el Señor ha escogido no solamente le da un título, no solamente le da un acta de nacimiento. También dice el Evangelio de Juan:
Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.
— Juan 1:13
Anteriormente primero se engendraba, y cuando te engendraban, entonces te daban parte en el pueblo. Ahora el Señor te elige, te escoge, y cuando te escoge, entonces te da una naturaleza nueva en común que te hace parte del pueblo del Señor. Si usted integra este pueblo, usted tiene más que un recuerdo, usted tiene más que una historia: usted tiene una naturaleza en común con todos los verdaderos creyentes que comparten con Cristo esta señal de identidad.
Algo que me sorprende también es que los hombres podemos elegir el linaje hasta cierto punto, pero no está garantizado. Todo hombre quiere descendencia, pero eso no le está garantizado a nadie. Si el Señor lo permite, la vida es un milagro. Nosotros podemos quizás hasta cierto punto elegir tener hijos, porque hay muchas probabilidades de concebir. Pero hay características distintivas del linaje que usted no puede darle. ¿Usted puede configurar un hijo? La familia se emociona cuando nace el niño y dice: «Se parece a este, se parece al otro». No cuente con eso. En los primeros años cambia mucho: cambia el color de los ojos, cambia la textura del pelo, cambia el color de la piel, cambia la fisonomía.
Este linaje que nosotros podemos conseguir tiene ese asunto: hay mucha probabilidad de tenerlo, pero no podemos configurar sus particularidades. Cristo, hermanos, sabía que iba a ver linaje. Yo siento últimamente que no puedo predicar sin Isaías, pero así mismo lo dice Isaías 53:10. Él tenía la promesa de que tendría hijos espirituales. Y de estos hijos espirituales de Dios, él no solamente ha diseñado que los tendrá, sino cuáles son las características particulares y distintivas que tienen los hijos suyos. Hay una fisonomía espiritual que tiene el pueblo del Señor, y eso el Señor lo establece. Uno lucha hasta cierto punto, aún para eso, pero ahí está: una naturaleza que el Señor te ha dado. Ese linaje escogido es una serie de hijos que el Señor ha buscado no por medios naturales, sino sobrenaturales. Han sido añadidos al pueblo del Señor, y cuando eres añadido al pueblo del Señor, entonces el Señor te da una naturaleza, una genealogía que es única, y unas características que son distintivas.
Lo que esto implica para el evangelismo
Este hecho de que nuestra vinculación con Cristo no sea un asunto afectivo debería llevarnos a reconsiderar la manera en que se hace evangelismo. Evangelizar no es solamente entusiasmar a las personas con el pueblo del Señor. Cuando evangelizamos presentamos a Cristo con la intención de que Cristo alcance con salvación y le dé a esa persona una naturaleza nueva, pero ese linaje escogido no podemos escogerlo: no puedes escogerlo tú, ni tampoco yo. Y es una de las maravillas de la evangelización, que uno se sabe parte del pueblo del Señor por la obra del Señor y su poder único. Yo no pude agregarte al pueblo del Señor, ni tú pudiste agregarme a mí. Fuimos linaje escogido en Cristo.
Antes de continuar, hermanos, tengo que darles una alerta. Entendamos que hay que alejarse de cualquier intento de acercar al inconverso a Cristo por nuestros propios medios. Queremos tener un trato afable con aquellos que todavía no han creído. Queremos que sientan el afecto del pueblo del Señor, pero nuestro afecto más profundo no puede producir una naturaleza nueva. Ni tú ni yo tenemos capacidad de producirle linaje a Cristo. Él puede elegir, él puede hacerlo, él puede poner una fisonomía; pero ni tú ni yo podemos determinar quiénes serán añadidos al linaje de Cristo. Es Cristo quien llama, es Cristo quien escoge. Y me parece saludable que entendamos esto como iglesia local, para que no cometamos el error de entusiasmar a las personas con la familiaridad cristiana, porque nosotros no podemos cumplir esa promesa.
Es el Señor quien añade, es el Señor quien agrega, y la iglesia debería, en amor, desarrollar las prácticas necesarias que le recuerden tanto al advenedizo como al extranjero cuál es su necesidad de Dios. Llegará un momento —y con el tiempo cada vez esta barrera se vuelve más difusa— en que esto sea muy confuso. Si he decidido predicar esta porción de la Escritura es porque he tenido temor. Veo cómo mis hermanos cada vez se sienten más integrados y no sienten que hay una pared de diferencia. Hermano, si usted siente que está integrado al mundo, usted no se ha integrado al pueblo del Señor. Hay dos pueblos: hay uno que todavía no tiene esperanza y hay uno que fue objeto de la esperanza del Señor; hay uno que no fue escogido y hay otro que es un pueblo escogido; hay uno que todavía está muerto en sus delitos y pecados, y hay un pueblo que está vivo por la misericordia del Señor.
Si como iglesia no podemos afirmar esa cosa tan básica, hermanos, estamos cometiendo un gran error y cosecharemos las consecuencias. Tenemos que entender, por amor al inconverso, que una cosa es estar en Cristo y otra cosa es no estar en Cristo; que una cosa es tener una naturaleza nueva y otra cosa es estar entusiasmado con la vida cristiana. Y creo muy saludable que la iglesia del Señor tenga las maneras de establecer diferencias. Estas diferencias, quiero explicarlo, no son asuntos de vanidad, ni de ego, ni de orgullo: son un acto de amor. El peor error que usted puede cometer es decirle a una persona que no ha creído que ya es parte del pueblo del Señor. Nosotros no podemos hacer eso.
El Señor elige su linaje y le pone su naturaleza. Y hay cosas en el pueblo del Señor que son actos de amor. Siempre les digo a ustedes: hoy, por ejemplo, a las cinco de la tarde estaremos compartiendo la mesa del Señor, tendremos pan y vino. Cuando la iglesia cristiana comparte la mesa del Señor, hay personas que tienen pan y vino en la mano y personas que no lo tienen. Y usted va a decir: «Ay, qué pena, él no lo tiene y todos lo tenemos». Y uno podría decir: «Oye, vamos a ser misericordiosos, compasivos, vamos a poner un trozo de pan y un poco de vino en su mano para que no se sienta mal». Hermanos, es que eso él lo necesita.
Necesita saber que está alejado del pacto, que no tiene motivo de celebración, que eso para él no tiene significado. Eso es un acto de amor, y cuando la iglesia te lo recuerda, lo que está haciendo la iglesia es amarte. Uno lucha frecuentemente con esto en las áreas de servicio cristiano: personas que vienen a los caminos del Señor, quieren entusiasmarse y ponerle la mano al arado, y dicen: «Yo quisiera que me permitan servir en esa área». Hermanos, es que hay áreas de servicio en la iglesia cristiana que están reservadas para el pueblo del Señor. Usted, cuando viene aquí, usted es un invitado. Yo me sentiría ofendido si usted va a mi casa y yo, que lo invité, lo pongo a limpiar. No: usted es mi invitado. Y va a llegar el momento —¿y qué deseo tiene uno?— en que las personas no solamente vengan a ser atendidas, sino que también eventualmente den por gracia lo que por gracia recibieron. Pero es un privilegio cristiano el servir en la casa del Señor, y cuando le decimos a alguien «no, amigo, todavía no puedes» y nos pregunta por qué, es porque la casa del Señor es administrada por los sacerdotes del Señor.
La iglesia debe tener sus reuniones de miembros, donde no todo el mundo se invita. ¿Y cuántas reuniones de miembros tenemos al año? Quizá cuatro reuniones como mucho. Solamente van los miembros de la iglesia. ¿Y para qué? Para que las personas recuerden que hay miembros de una iglesia. Lo mismo con comprometerse con la contribución. Sorprendentemente hay cantidad de personas que no tienen una relación con Dios pero tienen generosidad, y quieren contribuir con la casa del Señor. Uno no le va a decir «mira, no ofrendes», pero la realidad es que la mayordomía cristiana es primero un privilegio cristiano y después un deber de los cristianos. Qué tristes son las casas del Señor que son mantenidas por los advenedizos y los extranjeros.
Real sacerdocio: dos vocaciones en una sola
Entienda, hermano, que si tú tienes un linaje en el Señor, esto es más que una afinidad, es más que un deseo: el Señor te ha elegido, te ha escogido y te ha puesto una naturaleza nueva. Pero después dice que no solamente tenemos un linaje escogido, sino que también somos un real sacerdocio. Ese es un término compuesto, porque en el Antiguo Testamento esas dos figuras, esos dos roles, estaban drásticamente delimitados: el sacerdote no podía hacer la labor de un rey y el rey no podía hacer las labores del sacerdote. Pero ambos, sacerdotes y rey, conformaban toda la esfera de servir a un pueblo. Un pueblo necesita ser servido en sus asuntos administrativos y necesita ser servido en sus asuntos espirituales. Un rey no podía ofrecer sacrificio, y el que ofrecía sacrificio no podía reinar sobre el pueblo. Eran dos roles distintos.
Ahora el Señor ha integrado en la iglesia estas dos tareas que anteriormente estaban separadas, y dice que ahora en Cristo nosotros somos real sacerdocio: ambas cosas. Primero, un linaje escogido que está llamado a tener la vocación que tenían los reyes y al mismo tiempo la vocación que tenían los sacerdotes. Para entender esta figura tenemos que entender el Antiguo Testamento. Si usted quiere entender lo que es un rey, lea el Antiguo Testamento y va a encontrar para qué el Señor establecía reyes. A mí me sorprende, porque el pueblo evangélico está más presto a servir al Señor en el sacerdocio que a entender que también hay un llamado real. Son ambas cosas.
Yo pienso que después de Saúl quedó cierto prejuicio hacia los reyes. Si a un hermano le dicen «usted tiene un llamado sacerdotal del Señor», él dice: «Ay, me gozo, hermano, sí, me veo como parte de la tribu de Aarón sirviendo en el santuario». Pero un llamado real, reyes, no, porque cuando el pueblo pidió reyes entonces hubo problemas. Hay cierto prejuicio hacia lo real, pero quiero establecer que es la voluntad del Señor que la iglesia cristiana administre al pueblo en las dos esferas: tanto en la esfera de las temporalidades y de las necesidades prácticas, que era lo que hacía un rey, como al mismo tiempo en la esfera de las necesidades espirituales.
¿Para qué existía un rey? ¿Cuáles eran las labores que un rey desarrollaba? ¿Cuáles eran las responsabilidades de un rey? No puedo entrar demasiado en el tema, pero el Salmo 72 explica claramente cuál era la vocación de un rey. Un rey estaba llamado a mantener la paz, a impulsar la justicia, a producir entre sus hermanos un estado de bienestar. Y lo más sorprendente es que, antes de que Israel pidiera un rey, ya Dios había establecido que le iba a dar un rey a su pueblo. El problema con Saúl no fue que el pueblo pidiera rey, sino para qué estaba pidiendo un rey, por qué estaba pidiendo un rey. Ellos decían: «Queremos ser como los otros pueblos». Pero el corazón de Dios ya había determinado darle a su pueblo un rey.
Para eso existe un rey: para que mantenga la justicia, busque la paz, aumente el bienestar y cuide la necesidad de los desposeídos. Había sobre todo tres grupos de personas en el antiguo Israel por los cuales un rey tenía que velar: los huérfanos, las viudas y los extranjeros. ¿Para qué existía un rey malo, un rey perverso? Existía para ufanarse, para vanagloriarse. Pero si había un rey bueno, un rey que era guiado según el corazón de Dios, su labor era buscar el bienestar del pueblo en los asuntos prácticos.
¿Y qué hacía un sacerdote, hermanos? Ofrecía sacrificios a Dios, mantenía el culto y hacía que el pueblo no perdiera la perspectiva en los asuntos espirituales. Una de las situaciones que afectan a los pueblos es que se envuelven en las temporalidades, en el trabajo, en el día a día. El sacerdocio continuamente está ofreciendo sacrificios y recordándole al pueblo la necesidad de adoración y de sacrificar delante del Señor.
¿Qué implicaciones hay en que el Señor nos considere real sacerdocio? Quizá la primera implicación, con relación al término «real», es que como iglesia no podemos estar completamente ajenos a los asuntos temporales. Una iglesia que solamente se ocupa del culto está desatendiendo una solemne responsabilidad que tenemos delante del Señor. Por poner un caso: el primer sistema de beneficencia, el primer sistema de cuidar las necesidades para que las personas tengan por lo menos los asuntos más básicos, lo comenzó la iglesia en Roma. Los hermanos no solamente se cuidaban de ofrecerle al Señor un culto el domingo, sino también de proveer alimentos y cuidado para aquellos que tenían mayor necesidad. Una iglesia está llamada a cuidar ambas esferas: tanto la esfera de las temporalidades como la esfera de los asuntos espirituales.
La excelencia en las tareas prácticas puede ser una expresión de adoración y de testimonio del Señor. Cuando el pueblo de Israel tenía buenos reyes, dicen que venían de otros pueblos para ver su bienestar. Me emociona ver a la reina de Sabá, que venía a ver cómo Salomón estaba reinando delante de su pueblo. Me parece que los creyentes, en las esferas donde el Señor nos haya colocado, debemos trabajar con tanta excelencia que llame la atención del mundo. Y tú me dirás: «Mi labor diaria quizás no es en el culto, quizás prima más lo real, priman más las temporalidades». Pues hazlo para la gloria del Señor, de forma tal que despierte el interés de aquellos que todavía no han creído.
Matizo un poco aquí, hermanos: la iglesia cristiana en el siglo veinte huyó de estos asuntos, sobre todo porque apareció una tendencia a reemplazar el evangelismo con las iniciativas sociales. La realidad es que nuestro campo de acción principal es la iglesia. Nosotros debemos hacerle bien a tantas personas como nos sea posible, pero tenemos una prioridad hacia los hermanos de la fe. Dice así mismo la Escritura:
No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.
— Gálatas 6:9-10
En el aspecto real de la iglesia, en el aspecto de cuidar los asuntos temporales y administrar las cosas materiales, la iglesia debería asegurarse de que por lo menos sus miembros tengan las cosas básicas suplidas. Quizá no podamos producir lo excedente, pero por lo menos el asunto más básico la iglesia tiene que cumplirlo.
Y en cuanto a sus implicaciones sacerdotales: imagínense un eje, hermanos. El eje horizontal son los asuntos reales, los asuntos de un rey —un rey buscaba el bienestar, buscaba la justicia, buscaba la paz, daba el buen juicio— y en el eje vertical estaba entonces la relación con Dios. ¿Qué implica que seamos un real sacerdocio? Si somos sacerdotes, lo primero que sabemos es que tenemos acceso a la presencia del Señor. Los sacerdotes tenían un privilegio que el pueblo no tenía: podían ir al santuario, por lo menos al lugar santo, a cambiar los panes. Lo recuerdo claramente porque hace muchos años hice una maqueta del tabernáculo, y en la maqueta estaba primero el lugar santo, donde estaba el candelero y estaban los panes, y después estaba el lugar santísimo.
Como sacerdotes, lo mínimo que tenemos es acceso frecuente al lugar santo. Por eso pasó algo en la crucifixión: el velo del templo se rasgó. Eso significa que ahora no solamente tenemos acceso al lugar santo, sino que tenemos pleno acceso a la presencia del Señor. Si somos un real sacerdocio, ahora mismo tenemos pleno acceso a la presencia de Dios. No hacen falta intermediarios. Este es el gozo que tenemos como creyentes: que usted puede interceder, usted puede ir a la presencia del Señor, y ya no tiene que buscar a alguien que le conecte, sino que usted puede conectarse con el Señor directamente.
Leyendo la historia de David uno se da cuenta de que David tenía mucho interés en los asuntos sacerdotales, pero él sabía que él era rey. Había ahí un rey que se ocupaba tanto del santuario como del palacio; esas dos cosas en su mente iban como juntas. Yo me imagino a David viviendo en otra dispensación, diciendo: «Guau, David, ahora tú puedes ser un rey y también un sacerdote. Ahora tú puedes buscar la paz del pueblo, puedes cuidar el pueblo, puedes buscar la justicia, y al mismo tiempo tú puedes ofrecer los sacrificios». Hermanos, qué enorme privilegio tiene el pueblo del Señor, que podemos ocupar ambos roles para la gloria de nuestro Señor.
Sacrificios espirituales que sean aceptables
En esto de los sacrificios, el mismo apóstol Pedro, unos cuantos versículos antes, lo explicó:
Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.
— 1 Pedro 2:5
Y aquí la palabra clave, hermanos, es «aceptables». Quiero establecer que los sacerdotes eran rigurosos en cuanto a los sacrificios materiales que se entregaban. Una de las labores de un sacerdote era filtrar el sacrificio. El hombre tiene una tendencia a la mediocridad, a dar sin complacerse, a dar lo mínimo. Lo que hacía un sacerdote es que, cuando el pueblo iba a sacrificar, revisaba el sacrificio y decía si era el sacrificio correcto, si era el sacrificio apropiado, si tenía las cualificaciones necesarias para que fuera acepto delante del Señor. Dice la Escritura que ya no hacen falta sacrificios físicos, pero que ante el Señor ofrecemos continuamente un sacrificio espiritual. Sin embargo, aun ese sacrificio espiritual debe ser un sacrificio aceptable.
Y esto debería llevarnos como iglesia a revisar nuestra devoción. Apelo a la adoración: ¿usted vino hoy a presentar un sacrificio espiritual delante del Señor, una ofrenda de alabanza? ¿Cómo estuvo el suyo, hermano? ¿Qué tal? ¿Usted cree que fue aceptado? Todo el que entraba a ofrecer un sacrificio tenía ese dilema: «¿Seré aceptado? ¿Me lo van a devolver?». Yo prediqué sobre eso, sobre el sacrificio de alabanza, que es lo que le corresponde hoy al pueblo del Señor. Yo le pregunto: cuando usted viene a la casa del Señor, ¿usted se evalúa? Un problema ahora mismo es que tú mismo tienes que ofrecer el sacrificio y ser el propio sacerdote: tú tienes que autoevaluarte. Un creyente debería salir de la casa del Señor con la conciencia limpia, diciendo: «Yo sacrifiqué hoy, el sacrificio fue agradable, fue acepto delante del Señor lo que le presenté».
Dice «sacrificios espirituales aceptables», y aquí tenemos otro gran problema, porque lo que es material es más objetivo. Si usted trajera un corderito, yo podría ver si era escogido. Pero si lo que traes es una ofrenda de alabanza, es difícil. Ese es el dilema que tiene la adoración en nuestro tiempo: que anteriormente era más objetivo ver la precisión que tenía la alabanza al Señor. Si una persona traía media torta, entonces le decíamos «no, media torta no, una torta completa»; pero veíamos la torta. Ahora mismo el pueblo del Señor ofrece sacrificios espirituales, pero pienso que a veces se nos olvida que un real sacerdocio no solamente ofrece sacrificios, sino que ofrece sacrificios que sean agradables delante del Señor.
Me muevo a lo siguiente, pero déjenme establecer aquí que el hecho de que tengamos ambos roles —un rol real y un rol sacerdotal, una esfera de las temporalidades y otra de los asuntos trascendentes, espirituales— eso nos demanda ahora una doble diligencia. Si usted y yo compartimos la misma naturaleza, a veces prima más una que la otra, y llega el momento en que uno dice: «Esta semana como que mi vida se me fue en los asuntos del día a día. Está bien, busqué la justicia, busqué la paz, busqué la prosperidad por allá, ¿pero busqué el rostro del Señor? ¿Qué tal mi función sacerdotal?». Hermano, a veces en tu corazón prima más lo de un rey que lo de un sacerdote. Quiero establecer que si somos reyes y sacerdotes tenemos que tener esa doble diligencia, deberíamos evaluarnos constantemente y deberíamos tener una intencionalidad para que ambas cosas caminen de la mano. La voluntad del Señor es que nosotros vivamos según el sacerdocio de todos los creyentes, que cada uno ofrezca sacrificio espiritual al Señor y al mismo tiempo desarrolle las otras funciones que también se deben hacer para la gloria del Señor.
Nación santa: la frontera de la santidad
Aquí quería llegar, hermanos. Dice que somos nación santa. Lo primero que le diré es que están hablando de nosotros. Nación santa somos nosotros, sí, hermano, somos nosotros. El Señor te considera a ti como un pueblo particular. Espero en los próximos domingos hablar en más detalle acerca de lo que significa la santidad para el pueblo del Señor. Pues lo primero que le diré es que lo que cualquier hombre se permite, un miembro del pueblo del Señor no se lo permite; y lo que es acepto para otro quizá no necesariamente aplique para ti. Santo es algo que ha sido separado para Dios.
Cuando la Escritura habla de santidad, hablaba por ejemplo de la santidad de los instrumentos del templo: si eran los instrumentos del templo, no se utilizaban para usos viles. Hubo un profano que en su envanecimiento quiso utilizar los instrumentos del templo para él, y el Señor le castigó. Lo que es santo es aquello que, a pesar de tener un origen común, ha sido reservado exclusivamente para la adoración al Señor. Tú has sido reservado exclusivamente para la adoración al Señor, y si eso sucedió, hermano, ese instrumento ya no se usa para otra cosa.
Me emociona esto: cada nación tiene una frontera. Es apasionante verlo en derecho internacional, porque está la frontera territorial, pero hay otra que es un límite marítimo que te dice: «Mira, hasta ahí, esas son aguas nacionales; hacia allá, esas son aguas internacionales». Cada nación tiene algo que la delimita. El límite geográfico ayuda mucho para establecer una nación, pero no es solamente lo geográfico, porque a veces en un amplio territorio hay más de una nación. Pongo este ejemplo con cuidado, porque sé que me muevo en terreno arenoso y ahora mismo hay muchas discusiones al respecto: en nuestro corto territorio tenemos dos naciones. Y usted dice: «¿Pero por qué?». Hay personas que vienen del extranjero y no entienden cómo en un territorio tan pequeño hay dos pueblos. Dicen preocupados: «Son muy pequeños, deben unirse». Y uno debe explicar que somos dos pueblos. «Porque yo los veo iguales». No, no somos iguales. Son pueblos que tienen historias diferentes, hay una frontera que nos separa el uno del otro, tienen lenguas diferentes, referentes culturales diferentes, y están tan cerca. «Oye, pero ustedes son tan chiquitos». Es que dígale a Europa entera que se junte: son territorios pequeños también. No, porque aquí tenemos nosotros nuestra frontera; mira dónde está esa piedra: hasta ahí llega uno y hasta aquí llega el otro.
Bueno, el ser humano entiende que lo que establece una nación son sus fronteras. Por eso las fronteras se defienden, porque quitar la frontera significaría mezclarse. La frontera que tiene el pueblo del Señor no es una frontera física, porque el pueblo del Señor vive integrado dentro de otros pueblos. La frontera que tiene la iglesia como pueblo del Señor no es una frontera geográfica, no es la frontera de la lengua, porque nosotros hablamos múltiples idiomas. No es ni siquiera la frontera de la afinidad. Hay personas que dicen: «Somos un pueblo único porque este pueblo tiene tanto tiempo, convivimos juntos». Hermanos, no es ni siquiera la convivencia lo que nos hace distintos: es una frontera que el Señor ha establecido, que se llama la frontera de la santidad.
Con todo y ser de un tronco común, el Señor por su misericordia nos ha establecido para su servicio exclusivo, y no nos mezclamos. En esto tengo que recalcar un poco: en cuanto a territorio, la iglesia del Señor somos peregrinos y extranjeros; al Señor no le corresponde a la iglesia un territorio físico. Y en esto nos parecemos un poquito a Abraham. Cuando Abram llegó a tener identidad particular como nación, lo primero que hizo fue salirse. Y miren: Abraham se salió de una de las naciones más prósperas que había en el mundo antiguo. Lo que él estaba dejando era la capital del mundo de su época. Cuando Abraham llegó a tener la identidad de que él era un pueblo único en Dios, él solo se salió. Y le dices: «Abraham, ¿por qué te sales?».
«¿Por qué abandonas Ur de los caldeos?». «Porque ahora yo, en el Señor, tengo una identidad que es única». Y tú le preguntas: «¿Y cuál es tu territorio?». «Yo soy una nación sin territorio, porque en mí prevalece una identidad única. Yo puedo estar aquí, puedo estar allá, puedo estar acullá; por dondequiera que yo esté, yo soy el pueblo del Señor». Y esa identidad única evitó que Abraham se uniera con otros pueblos.
Miren: cada vez que la Escritura habla de santidad pone ahí un ejemplo de peregrinación. El mismo Pedro dice que nosotros somos peregrinos, que somos extranjeros. Tú puedes vivir dentro del mundo, hermano, pero tu actitud hacia el mundo debe ser la actitud que tenía Abraham hacia cualquier pueblo que tenía alrededor.
Estaba leyendo ayer ese momento en que se le murió la esposa a Abraham. Murió Sara, y Abraham se encuentra en este dilema: «Yo soy un pueblo especial por convicción delante del Señor, estoy siguiendo la promesa del Señor, pero yo no tengo tierra. Nuestra nación no tiene territorio. ¿Qué hago? Murió mi esposa, ¿dónde la entierro?». Oigan qué dilema. Y en medio del dolor —donde uno entendería que cualquier ser humano se da el permiso de bajar un poco la frontera— dice que Abraham habló con el pueblo donde él estaba y les dijo: «Véndanme ese territorio». Y le dijeron: «Abraham, pero tú eres un príncipe entre nosotros. Coge lo que quieras». «No, no; véndanmelo». «Está en la tierra de fulano». «Díganle ustedes a fulano que me la venda». «Abraham, ¿y por qué tú quieres que te la vendan? ¿Por qué no la entierras ahí, como todos los otros?». Es que él tenía una conciencia de que él era un pueblo particular.
Y se lo quisieron regalar, el territorio. Él dijo: «No, no, no; pónganle su justo precio. ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto vale?». Recibir el regalo, hermano, ese era el problema. Mire en qué dilema estaba, en medio del dolor. Y la gente te dice: «Pero eso es algo que tú entierras». Hermano, hay cosas que tienen un valor simbólico.
Enterrar en el mismo lugar significa que tenemos un asunto en común, ustedes y nosotros. Y él decía: «Nosotros somos un pueblo particular, somos un pueblo único», con Sara muerta y caliente. Entonces le dijeron: «Ah, bueno, eso cuesta tanto». «Ah, mira, vamos a contarlo aquí antes de enterrarla». «¿Ya acordamos un precio? Entonces yo la entierro y después te pago». No, no, no: antes de enterrar a Sara, él pagó lo que eso costaba, y después entonces enterró a su muerta.
Con esto le quiero decir que el pueblo del Señor tiene que desarrollar prácticas que son a veces extremas para evitar unirse a otras naciones. Él iba a los lugares y la gente quería que se quedara, y él decía: «No, es que yo tengo una identidad particular en el Señor». Hermanos, ser santo no es solamente apartarse del pecado: es mantener una identidad única dentro de un mundo que carece de identidad. La gente te dice que todo es igual. No, hermano, todo no es igual. Si eres una nación santa, hay cosas que no te corresponden.
Entonces algunos hermanos me dicen: «Bueno, ¿pero si uno busca la santidad y uno no se junta, no vamos a empobrecernos?». Vayan a ver cómo terminó Abraham, a ver si terminó pobre. No estoy con esto afirmando que todos ustedes serán ricos, millonarios, pero le diré que Abraham fue prosperado por Dios viviendo errante y sin atarse a nadie. Le dicen a uno: «Mira, si tú no te conformas al mundo, si tú no haces alianza con el mundo, vas a morir de hambre». ¿Murió de hambre Abraham?
Hermanos creyentes que están aquí: sean muy cuidadosos, porque un creyente que se separa del mundo no solamente se aparta del pecado, también se aparta de cualquier cosa que pueda contaminar su identidad. Y hay cosas que no son pecados directamente, pero que contaminan la identidad de un creyente. Yo le he recalcado eso en otra ocasión: cuando te haces solidario con otro y los dos firman una hoja, al final tenga mucho cuidado, porque eso puede dañar su identidad. Y tú dices: «No, pero es que yo no voy a participar en los pecados de él». Y lo que él haga lo comprometerá a usted. Un creyente que vive en santidad no solamente se aparta del pecado: se aparta del pecado y tiene esa particularidad como pueblo del Señor. Israel es un ejemplo para nosotros, aunque sea a medio camino.
Supo vivir entre otros pueblos más grandes que ellos y preservar su identidad única. Tú dices: «Pero yo estoy aquí en medio de Santo Domingo». Hermano, en Santo Domingo usted tiene que ser único, tener una identidad particular. Eso es ser una nación santa: una nación que no solamente se ha apartado del pecado, sino que se ha consagrado solamente para el Señor y tiene una identidad particular. También dice Pedro que no nos conformemos, que tengamos en esto el ejemplo de Cristo: él es santo; conduzcámonos en temor todo el tiempo de esta peregrinación.
Pueblo adquirido: la iglesia costó sangre
Por último, en cuanto a las imágenes, ya les he mencionado que se nos dice que somos en Cristo un linaje escogido, un real sacerdocio y una nación santa, una nación diferente. La última de las imágenes que pone aquí es que somos un pueblo adquirido. Y usted me dirá: «¿Pero no son todos los pueblos del Señor?». Como criatura, es verdad, hermano: de él es la tierra y su plenitud. Sin embargo, dentro de toda la tierra el Señor se reservó un pedacito especial, y ese pedacito que el Señor se ha reservado, ese pueblo, se llama su iglesia. Cuando usted niega que la iglesia es un pueblo distinto, usted está negando el valor de la sangre de Cristo. Cuando una persona me dice «el pueblo del Señor es lo mismo que el mundo, la única diferencia es que el pueblo se reúne y el mundo no», lo que está negando es que lo que costó la iglesia fue la sangre de Cristo.
Es como si tú compras algo y te engañaron: no tenías que haber pagado por eso, porque todo era igual. Si todo es igual, entonces el sacrificio de Cristo no vale la pena. Eso está ahí para recordarte que la iglesia es distinta, porque la iglesia fue comprada a precio de sangre. Ignorar ese valor, ignorar que Cristo murió para comprar su iglesia… Nosotros fuimos comprados por Cristo, él pagó el precio por nosotros. Sea cuidadoso con eso, hermano, porque cuando usted deja de considerar a la iglesia un pueblo particular, usted deja de considerar la necesidad del sacrificio de Cristo. Si la iglesia es más de lo mismo del mundo, si esto es un universalismo, si todo es igual, entonces ¿por qué murió Cristo?
Si esto no tuviera ninguna utilidad, no tendría ningún significado el mandato por el cual él dio su vida. Hay gente que piensa que lo que tenemos los cristianos es que somos como más fervientes que todos: que somos iguales, pero que los cristianos son más fervientes que la media, y como son fervientes tienen sus cultos y sus particularidades. Lo que un creyente afirma no es que todos somos iguales y que somos un poco particulares. Nosotros decimos que la diferencia es radical, y es que nosotros somos un pueblo adquirido por Dios y lo otro no ha sido adquirido por Dios. No es algo de vanidad, hermano: es una realidad que hay ante Cristo. Él te compró a precio de sangre y eso te da un valor particular.
Por favor, cuando alguien te diga «mira, todos somos iguales»… Hay personas que viven adorando en cultos rarísimos y entonces dicen que todos somos iguales, que la diferencia es cosmética, que lo importante es adorar a Dios. ¿Han escuchado ese comentario? «No, lo importante es que tú adores a Dios». No, hermano, eso no es lo importante. Lo importante es que tú hayas sido adquirido por Dios, lo importante es que tú seas una nación santa para Dios, lo importante es que seas real sacerdocio para él y que hayas sido parte de su linaje escogido. Si eso no está, no hay igualdad. No, no todo es igual: hay un linaje que fue escogido por él.
Tres líneas de bloc: del yo al nosotros
He tratado de mostrarles estas cuatro imágenes, que todas eran inicialmente de Israel y que se han aplicado a la iglesia del Señor. Déjenme terminar, si acaso esto no ha sido suficiente, poniéndole tres líneas de bloc a la pared y, si el Señor me lo permite, una línea de alambre de púas. Si usted todavía no ha entendido que la iglesia es un pueblo particular, que la iglesia es un pueblo deslindado, que la iglesia puede estar dentro de otra nación pero es particular en esa nación, déjeme poner otra línea de bloc y una línea de púas, para que tú te preguntes dónde está la puerta.
Muchas personas no entran a los caminos del Señor porque piensan que ya están adentro. Ellos dicen: «Oye, pero si estamos aquí todos, ¿para qué hay que entrar? ¿Para qué hay que bautizarse? ¿Para qué hay que entregarle la vida a Cristo, si todo lo que veo es una línea en el piso?». Ellos dicen: «Si yo levanto la pierna, yo estoy del otro lado». Lo que pretendo hacer ahora es poner cinco líneas de bloc, una línea de púas, y electrificarla, para que la gente, para cruzar, tenga que entrar por la puerta. Y la puerta es Cristo. Lo que puedo hacer es decirle: mire, por mucho que usted lo intente, no va a poder cruzar.
Lo que tenemos ahí es como malla ciclónica, y la gente la ve pero no puede cruzar. La malla te permite ver lo que hay del otro lado, y es verdad, hermano: la gente viene aquí, ve al pueblo del Señor, ellos lo ven y dicen: «No, pero si estamos aquí todos juntos, yo lo veo». Hay malla ciclónica aquí, usted no puede cruzar. Hay púas, usted no puede entrar. La única manera de entrar al pueblo del Señor es entrar por la puerta, y la puerta es Cristo. Él ha dicho:
Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
— Juan 14:6
Si usted entiende que puede cruzar el lindero por sus propios medios, es que usted no ha entendido los linderos. Yo he venido a enseñarle el lindero. El pueblo del Señor es único, el pueblo del Señor es distinto, el pueblo del Señor está separado. Nosotros podemos estar donde estemos y somos separados del pueblo común.
¿Y cuáles son las diferencias? Son tres, hermano, tres diferencias, y cada una es —imagínese— una línea de bloc que le sube el listón. Lo primero es que dice «vosotros sois». El hombre natural vive en el individualismo, vive en el ego, es esclavo de sí mismo. En Cristo nosotros hemos nacido para una identidad corporativa, y la identidad que tú tienes en Cristo es que en Cristo tú no eres: nosotros somos. ¿Está sencilla? ¿Esa línea de bloc le parece que está bajita todavía?
Nosotros vivíamos para nosotros mismos, yo estaba en el centro. Cuando hemos venido a Cristo, ahora Cristo está en el centro y nosotros estamos en la periferia. En Cristo ya tú no eres tú: ahora somos nosotros. Y esa identidad corporativa que tenemos en Cristo nos dice que somos distintos. Miren: todas las metáforas de la iglesia en el Nuevo Testamento son metáforas corporativas. Cada vez que el Señor habló de su iglesia habló en plural, no de lo tuyo. Lo que prevalece ahora mismo es el cristiano individual, que piensa en mi salvación, mi relación con Dios, a mi ritmo, mi crecimiento. Cristo habla de ustedes, de vosotros, de nosotros. Busquen las metáforas de la iglesia.
Cristo decía que la iglesia era como un reino. No un reino de un solo ciudadano. Hay gente que piensa que el reino es como un millón de reinos, que cada uno de ellos tiene su propio reino. Hermano, usted nació en el reino de Cristo como ciudadano del reino de los cielos. Cristo tiene un cuerpo compuesto por diferentes partes: anteriormente tú eras un dedo suelto, ahora tú eres parte de algo mucho más grande, más corporativo; eres parte del cuerpo del Señor. Y eso a un creyente le da un saborcito, una distinción única: que ya tú no eres tú, ahora tú eres nosotros. En Cristo somos «vosotros sois», en plural.
Somos en Cristo un edificio. Un bloc suelto es una cosa, un edificio es otra. Un bloc suelto no tiene mucho valor, pero ese de ahí no lo saque. ¿Puede entenderme la metáfora? El bloc suelto, el que se quedó, el que sobró, no vale mucho; pero si tú vas a hacerle un hoyito al bloc que ya está constituido en un edificio, para eso hay que hablar. Antes tú eras una piedra suelta; ahora tú eres una piedra viva del edificio de Dios. Y tú me dices que todo es igual. No, no es igual: yo anteriormente era una piedra suelta y ahora he sido puesto como piedra encima de esta roca angular que es Cristo. No es igual.
En Cristo nosotros somos un rebaño. No es «yo soy una oveja, yo tengo una relación particular con el Señor»: tú eres una oveja del rebaño del Señor. Un granero de trigo: tú eres trigo del granero del Señor. Hay un himno que dice así mismo: «Trigo soy, trigo soy del granero de Jesús». El Señor, por la sangre de mi Cristo y el poder de Jesucristo, de su granero. Tú eres un grano dentro de un granero. Hay un candelero, y es interesante que a nosotros no nos enseñan como vela sino como candelero: a las iglesias en Apocalipsis se les enseña como un candelero, y un candelero tiene más de una vela, y todas ellas juntas hacen mucha luz. Todas las metáforas son corporativas. Labranza de Dios: no soy yo una matita que el Señor tiene encima del escritorio. Tú no eres la matita de Dios.
Somos la labranza del Señor. Hay una identidad en Cristo, hermano, y es una identidad corporativa. El hombre natural está dominado por su ego y por su yo; el hombre en Cristo tiene ahora una identidad corporativa y habla de sí mismo como «vosotros», como «nosotros»: nosotros somos en Cristo. Ahí tienen una línea de bloc.
De la vanidad a la adoración
Pongo otra. Hay gente que todavía brinca esa y dice: «No, si eso es lo que hay». Vamos a más: vosotros aquí estamos, nosotros somos, somos parte, ya no soy único sino que somos varios, vamos juntándonos, ya somos pueblo. Hay otra línea más. El hombre natural vive para su vanagloria y se exalta a sí mismo. Y mientras más tiempo uno pasa en los caminos del Señor, más ruido le hace eso: uno escucha ahora a la gente hablando de sí misma y dice: «Guau, así mismo hablabas tú».
¿Te ha tocado eso, que te dedicas cuarenta minutos con una persona que le da play a hablar de sí mismo? El hombre natural es así, uno termina siempre en el mismo tema. Imagínense: quítenle a las redes sociales lo virtual y pónganlo físico. Imagínate que todo ser humano anduviera con cuarenta retratos de sí mismo en diferentes perfiles, y con todo aquel que se encontrara: «Léeme aquí, y ahora mírame así». Eso son las redes sociales. Tú te imaginas que cada quien anduviera con cuarenta fotos de sí mismo en la cartera, y cuando conociera a alguien le diera las cuarenta fotos y le dijera: «Mira, mírame así, mírame de espalda, mírame de arriba hacia abajo, mírame de abajito». ¿Y por qué es que hay que verte tanto?
No, hermano, no se limite, suba su selfi; pero a mí me parece que más de cinco selfis al mes como que están anunciando un problema, ¿verdad? Porque no hace tanta falta. «Oye, es que te extrañamos tanto, y ese ángulo tuyo, ese ahí, ese no lo habíamos visto». Pero busca la conversación, hermano: sus logros, sus méritos, sus estudios. Yo veo que el ser humano siempre está buscando conversación y busca la manera de atraer el foco. Hay gente que va tejiendo la conversación de forma tal que caiga en el tema que le favorece, y ahí es donde quería llegar.
Bueno, ese es el hombre natural: el hombre natural vive para su vanagloria. ¿Cuál es el cambio radical que ha pasado en la vida de un cristiano? Así como pasamos del egoísmo al nosotros —apunta a que «vosotros sois», no «tú eres, tú eres, tú eres»; como iglesia somos—, el otro cambio radical, la otra línea de bloc, es que pasamos de la vanidad, de esa vida superficial, a la adoración. Dice que ahora hemos sido llamados a anunciar las virtudes de aquel. Un cambio radical en la vida de un creyente es que cada vez va a hablar menos de él y más de Cristo. Y si tú realmente estás en Cristo, ya no te preocupa tanto tu exaltación, sino anunciar las virtudes de aquel que nos llamó. Un creyente ya se murió a eso.
Quitémosle esa actitud de pensar que el mundo entero, que el internet entero está esperando que tú digas algo nuevo. Hermano, no te estamos esperando. No pienses que es así; no somos tan importantes. Usa eso para anunciar a Cristo, usa eso para enseñar a Cristo. Por poner un ejemplo: qué distinta una persona que todos los días sube a la misma hora de la mañana una foto de sí mismo, a una persona que sube una foto con sus hermanos, una foto con su familia, una foto en su trabajo haciendo algo productivo, que sube algo distinto. Y yo digo: ¿qué valor está aportando eso? ¿Qué exalta de Cristo eso? ¿Cómo anuncia las virtudes de aquel que te llamó?
Esa es la diferencia, la segunda línea de bloc: nosotros pasamos de la vanidad a la adoración. Un creyente es un adorador de Dios; anteriormente nos adorábamos a nosotros mismos. Dice «anunciéis las virtudes»; alguna traducción lo traduce como «proezas». Ambas traducciones son correctas; otra traducción le dice «las excelencias». ¿Para qué existimos ahora, hermanos? No para proclamarnos a nosotros, sino para anunciar las excelencias, las proezas, las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.
¿De qué formas podemos proclamar a Cristo? Con nuestro testimonio, exaltándole a él. Dice así mismo la Escritura que así alumbre vuestra luz delante de los hombres. Y el versículo 12 de este capítulo dos dice:
Manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras.
— 1 Pedro 2:12
Un creyente no deja de anunciar sus buenas obras, pero lo hace con un propósito ulterior, y es señalar a Cristo. No está mal que tú quieras que tu trabajo se vea, no está mal que tú tengas excelencia, no está mal que tengas un buen comportamiento y que eso sea destacado. Ahora, todo eso es para que los hombres glorifiquen a Dios, no para que te exalten a ti. Tampoco está mal que seas reconocido por lo que Dios está haciendo por medio tuyo como instrumento. El problema está cuando entiendes tú que eres el fin último de la celebración.
Somos, hermanos —una metáfora del Antiguo Testamento—, vasija. Tú no eres el artesano: el Señor es quien está haciendo la vasija. Tú no eres el alfarero, tú eres el vaso. Cuando tú miras el vaso, el vaso es hermoso, es precioso, pero sobre todo porque hubo unas manos que hicieron ese vaso. Cuando las personas te vean a ti, que recuerden que detrás de ti hay un alfarero; y si la gente no lo recuerda, tú se lo recuerdas. La gente ve el vaso y dice: «Guau, mira qué comportamiento, qué diligencia, qué trabajo, cuánta excelencia», y se le olvida que hay un alfarero detrás de eso. Tú le dices: todo eso ha sido por la oportunidad que Cristo me dio y por los méritos de Cristo.
De las tinieblas a su luz admirable
Ya he puesto esas dos líneas de bloc. La primera línea de bloc es esa, hermano: que en Cristo ya el ego no domina; ahora somos nosotros y disfrutamos el gozo de la adoración corporativa, el gozo de sentirnos parte del pueblo del Señor. La otra línea de bloc es que pasamos de la vanidad, de llamar la atención hacia nosotros, a celebrar a Cristo, a poner el foco en él. La tercera línea de bloc, hermano, esta es la maza; pienso que ya esto no lo vuela nadie, aquí se para cualquiera. Si usted fue trepando la pared y llegó aquí, aquí devuélvase. Pasamos de las tinieblas a la luz. Y no solamente a la luz: a la luz admirable.
Hay una parte en que tengo oscuridad y una parte en que tengo claridad; no hay pérdida en eso, hermano. No intente cruzar eso, que nadie pasa de las tinieblas a la luz por sus propios medios. La retórica no hace que se encienda la luz. Su luz es admirable. Nuestro Dios es maravilloso, es excelso, y si tú no ves la maravilla de Dios ahora mismo, quizá no lo has conocido. Si tú no estás deslumbrado, si tú no estás sobrecogido, si su carácter, sus obras y sus proezas a ti no te están deslumbrando, muy probablemente tú estás en tinieblas.
¿Qué es esto de su luz admirable? Mire la profundidad de su mente. Uno lee los Salmos y dice: «Guau, esos salmistas alcanzaron a describir a Dios, ¿y Dios todavía está más allá de los salmos?». Yo digo: la poesía excelsa que lograron esos judíos para describir a su Creador, se permitieron ese recurso literario que era la poesía, se permitieron eso para exaltar las virtudes de su Dios, y la poesía de ellos está arañando el dedo meñique de las perfecciones de Dios. David, con toda la hermosura de su arte, no pudo describir a Dios en su perfección: Dios es todavía más grande que la poesía.
Y la mente de Dios, hermanos: han visto sus discursos y uno dice «guau, pero qué profundidad». Y eso es lo que él ha comunicado. Escuchen: no es que la Biblia contenga la mente de Dios. ¿Usted puede entenderme? Eso es una pequeña expresión de una mente que es más grande todavía. Y si eso que está ahí todavía nos tiene dando vueltas y con los ojos grandes, imagínense ustedes lo que es la mente de Cristo, la sabiduría de Dios, su eternidad. Nosotros somos seres finitos; él habita la eternidad. Encontrarse con un Dios que trasciende es un asunto impresionante. Y este asunto de que ese Dios que trasciende también es un Dios cercano: uno dice «guau, este tiene la trascendencia, habita la eternidad, y yo, que soy un ser finito, puedo tener comunión con él».
La forma en que Dios se reveló, hermano, yo he estado deslumbrándome. Cualquier maestro utiliza metáforas: te da algo que tú conoces para explicarte lo que tú no conoces, te da algo que te es conocido y te dice «mira, eso es como tal cosa», y tú dices «ah, mira qué bien».
Bueno, yo no conozco a uno que sea tan elocuente como Dios. Dios ha estado dando un discurso desde la eternidad, ha llenado la historia de metáforas y después apela a ellas. Luego lo ves a Pedro apelando a cosas que dijo Oseas por allá. El Señor permitió que Oseas viviera una metáfora por allá para después enseñarnos algo. Ha estado dando un discurso desde la eternidad. Guau, qué mente la suya.
Y si tú quieres ver cómo has pasado de las tinieblas a la luz, recuerda tu anterior ignorancia. ¿Cómo era que estábamos nosotros anteriormente? ¿Cuál era nuestra oscuridad? Mira, anteriormente tú tenías una completa ignorancia acerca de Dios: lo que tú querías que fuera Dios, o lo que tú suponías. Y cuando tú viniste a Cristo dijiste: «Guau, pero una cosa es lo que yo suponía y otra cosa es lo que Dios es». Dios no es supuesto; Dios es. La mayoría de los hombres, los hombres sin Dios, dicen que conocen a Dios: un dios que hicieron ellos en su mente. Y dicen que conocen la voluntad de Dios: la que ellos suponen que es. Dicen que tienen una relación con Dios: una relación que ellos establecieron por sus propios medios, una relación que va de ti al trono y del trono hacia ti.
Cuando tú vienes a Cristo tú te das cuenta en qué ignorancia tú vivías. Tú dices: «Guau, pero Dios es esto y yo pensaba que era aquello. Dios es así». Todo el mundo piensa que puede hablar de Dios. Dios no es lo que tú pensabas; Dios es Dios. Reconocer que Dios es Dios, que él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos. Antes de Cristo tú tenías una completa superficialidad al hablar de las cosas espirituales. ¿Ustedes han visto gente que, hablando de las cosas espirituales, no sabe ni cuál es su fuente? Eso éramos nosotros. Yo a veces quisiera —y esto lo digo con cuidado— grabar a algunos, con esa supuesta seguridad con que discuten esas cosas, y después, cuando el Señor les dé de su camino, poner la grabación y decirles: «Mira, así era que tú hablabas».
Y uno dice: «Ay, y eso era yo». Ese ignorante de los asuntos espirituales, debatiendo los asuntos espirituales con la seguridad con que debaten, y argumentan aquí y allá y dibujan figuras en el aire. Yo quisiera a veces como grabarlo, para que después, cuando el Señor le permita ver la luz, viera las tinieblas que salían de su boca. Y lo que encuentro más dramático para saber que pasaste de las tinieblas a la luz es lo que tú dabas anteriormente: uno vivía una vergüenza y ni cuenta se daba.
Cuando uno viene a la familia del Señor dice: «Ay, y así era que yo andaba, y ese era yo». Véanlo, véanlo, véanlo, pónganle: da vergüenza de ti mismo. Cuando tú vienes a los caminos del Señor, tú te das cuenta de que pasaste de las tinieblas a la luz, porque ahora tú dices: «Ay, pero si así era que yo estaba viviendo, y así era que yo estaba». Tú tenías un comportamiento que era vergonzoso. Es un asunto que uno explica ahora mismo con cuidado, pero si realmente tú entiendes de dónde el Señor te sacó, tú entiendes la vergüenza que eso tenía. Y tú vivías en ese estado de insensibilidad, de ignorancia, de ceguera espiritual, ¿y has pasado de las tinieblas a la luz?
Conclusión y llamado: la puerta es Cristo
Oye, todavía la gente quiere decirme que no es diferente. ¿Y usted cree que eso queda igual? No, hermano. El pueblo del Señor es un pueblo distinto. Concluyo, hermanos. Mira si se pueden entender esas cuatro imágenes: linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. Después de haber visto esas tres diferencias principales: hemos pasado del egoísmo al «vosotros sois», a una identidad corporativa; hemos pasado de la vanidad a la adoración; y hemos pasado de las tinieblas a la luz. Si tú sigues afirmando que es lo mismo ser cristiano que no serlo, que el pueblo del Señor es más de lo mismo, muy probablemente usted no es un cristiano. Si usted todavía entiende que esto es igual y que la barrera es pequeña, es que usted todavía no es un cristiano. Entregue su vida a Cristo y usted va a ver lo diferente que son las tinieblas y la luz.
Oro por las personas que están hoy aquí congregadas, para que el Señor les permita ver a los que no han creído, a los que no han entregado su vida a Cristo, que esto no es un accesorio. Cierren sus ojos un momento.
Ay, Señor, mira que un solo versículo, Padre, todo lo que nos dice acerca de lo que somos. Lo que te quiero pedir como pastor de esta preciosa iglesia, Señor, es que mi iglesia mantenga las diferencias. Que caminen en este mundo, Señor, sabiendo que no son de este mundo; que entiendan que lo que ha sucedido no es pequeño, Señor, que las paredes son muy altas, y que solamente por tu misericordia pudieron ver la puerta y caminar por ella.
Mantengan sus ojos cerrados. Le pido a mis hermanos que me ayuden a interceder. Si hay alguien que está aquí hoy congregado que anteriormente pensaba que tenía una comunión con Dios, que pensaba que era nación santa, pueblo adquirido, real sacerdocio, y que en sus propios términos había establecido una relación con Dios. Si alguien aquí hoy se descubrió en tinieblas pensando que andaba en luz. Si el Señor le ha permitido sentir que este esfuerzo no ha sido para repelerle, sino para traerle. Si alguien quiere entrar por el lugar correcto, que no es saltando la verja, porque no puede ser saltada. Nuestros pecados han hecho división entre nosotros y Dios, y la única manera de entrar al reino, entrar al rebaño, entrar al edificio, entrar al granero, es a través de Cristo.
Si algo más puedo decirle —no puedo predicar durante toda la tarde, aunque a veces he sentido que debería—, si algo más puedo decirle es que, antes de que tú vieras la puerta, ya el Señor estaba del otro lado tocando. Estás lejos de él. Por mucho que quieras decir, por mucho que quieras pensar, las cosas no son como tú las dices ni como tú las piensas: las cosas son como son, y estás separado de él. Todo el que no ha pasado por la puerta que es Cristo está separado de él. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron; mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad, el derecho de ser hechos hijos de Dios, los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.
El Señor puede engendrar en ti, puede poner una naturaleza nueva. Puede darte un derecho para que no hables de tu relación con él con superficialidad, sino con propiedad, y para que tu carácter también lo anuncie. Y el Señor dijo:
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
— Apocalipsis 3:20
Si has escuchado la exposición de la palabra del Señor, si has visto este retrato de que el pueblo del Señor es particular, es único dentro de un mundo, y tú eres parte todavía del mundo, del grupo grande y no del grupo pequeño; si viste la puerta, hoy entra. Yo y millones de creyentes en dos mil años de historia hemos puesto en el Señor nuestra confianza, hemos creído en él. Creer en él es afirmar lo que él afirma.
Reconocer que él es quien dijo que era: que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Que no tenías comunión con él, que tu pecado te había separado. Pero que la Escritura dice:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Si tú escuchaste la predicación, si el Señor te enseñó que estás del otro lado del muro, si hay todas estas líneas de bloc y una malla arriba y hay púas que te impiden entrar al reino de los cielos, entra por la puerta que está abierta. Dile al Señor con tus palabras: «Reconozco que cualquier cosa que yo haya dicho de tener una relación contigo, me la inventé. Reconozco cómo me había engañado a mí mismo pensando que tenía comunión y no la tengo. Reconozco que todavía hablo más de mí que de ti. Reconozco que ando a tientas en este mundo, estoy en tinieblas y no en luz. Reconozco que no soy iglesia, que no tengo iglesia, que estoy solo, que no soy parte, que no soy del vosotros».
Si tú has orado, si le has confesado todo el pecado que debes confesar —mayor es la incredulidad de no haber reconocido a Cristo en su santidad, en su perfección, en su deidad; Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios—, si tú puedes confesarte a ti mismo como un pecador, yo te invito a que creas la promesa del Señor, que ha dicho que todo lo que el Padre le ha dado vendrá a él, y al que a él viene no le echa fuera. Te invito a que confíes en Cristo ahí, en tu corazón, a que te arrepientas y te acerques a mí. Al final del culto será un gusto acompañarte. Te hablo del bautismo, como haremos hoy en la tarde, que es la manera en que todos los creyentes hemos confesado a Cristo en dos mil años de historia.
Oro por la iglesia local. Ay, Señor, mira a mis hermanos, que el mundo los invita a que se junten, a decir que ya no hay barrera, que todo es igual. Permite, Señor, que recuerden que hay alambres de púas, que no hay comunión entre las tinieblas y la luz. Que recuerden su identidad particular, Señor, en un mundo que ahora mismo habla de romper todas las fronteras.
Permite, Señor, que esta iglesia también camine con confianza, del mismo modo que caminaba Abraham en medio de los hombres, que fue considerado como príncipe en cualquier pueblo, Señor, pero que entienda que cualquier pueblo no es su pueblo. Levanta el testimonio de esta iglesia en esta ciudad, Señor, y cuando nos traten como príncipes, que demos las gracias, Señor, pero que sigamos caminando hacia nuestra patria celestial. Rompe alianzas, Señor, rompe vínculos, quita la mundanalidad. Sacúdenos, Señor, el polvo de todo eso y permítenos tener la libertad de consagrarnos completamente para ti, para tu gloria. Gracias, Señor, por la salvación de nuestras almas. Gracias, Señor, porque has hecho un pueblo único, distinto, especial. Tuya sea la gloria, Señor, y seas tú celebrado. En el nombre de Cristo.