Vayamos juntos al capítulo 27 de Deuteronomio. Hoy tengo un programa sencillo, el proyecto es básico: pretendo enseñar a mi iglesia a decir amén. Estamos moviéndonos de cosas sencillas en cosas sencillas. Sin embargo, ya que vamos a considerar la palabra del Señor en Deuteronomio 27, me veo en la necesidad de decirle a la iglesia dos cosas. Lo primero que pretendo hacer hoy es enseñarle a la iglesia la importancia de tener asuntos simbólicos que les recuerden la palabra del Señor y su identidad particular como pueblo del Señor. Eso es lo primero que pretendo hacer: enseñarle a mi iglesia local la importancia de los símbolos, de los asuntos simbólicos, de las cosas que son memorables para el pueblo del Señor. Y después, que es mi programa principal, enseñarle a mi iglesia una sencilla palabra pero muy necesaria dentro de la congregación de los santos, y es la palabra amén. Dos cosas puntuales y sencillas, y para las dos podemos acudir a la Escritura.
Acompáñenme al libro de Deuteronomio en el capítulo 27. Veamos aquí al pueblo levantando un símbolo memorable y veamos aquí al pueblo aprendiendo a pronunciar correctamente una palabra memorable. Dos cosas sencillas hermanos: lo primero, la importancia de los asuntos simbólicos y, en segundo lugar, la importancia de las expresiones dentro del programa congregacional, de la liturgia de la Iglesia. Dice así la sagrada Escritura, pónganse un momento sobre sus pies, capítulo 27 del libro de Deuteronomio, a partir del versículo 1:
Ordenó Moisés con los ancianos de Israel al pueblo, diciendo: Guardaréis todos los mandamientos que yo os prescribo hoy. Y el día que pases el Jordán a la tierra que Jehová tu Dios te da, levantarás piedras grandes y las revocarás con cal; y escribirás en ellas todas las palabras de esta ley, cuando hayas pasado para entrar en la tierra que Jehová tu Dios te da, tierra que fluye leche y miel, como Jehová el Dios de tus padres te ha dicho.
— Deuteronomio 27:1–3
Pueden sentarse hermanos queridos. Recuerden mi programa, mi proyecto para el día de hoy: dos cosas sencillas. Lo primero, enseñarle a una iglesia local la importancia de tener símbolos, la importancia de tener asuntos que sean memorables para nosotros como creyentes; y en segundo lugar, la importancia de expresar cosas cuando el Señor nos ha hablado a través de su palabra. Comencemos con la primera parte: ¿qué es esto que está sucediendo en este momento? El pueblo del Señor está presto a entrar a la tierra prometida. Moisés no va a entrar a la tierra prometida, pero está con los ancianos de Israel. Eran estos 70 hombres que el Señor había llenado de su Santo Espíritu y que trabajaban junto a Moisés en la administración del pueblo del Señor, en la dirección del pueblo del Señor. Moisés, junto a sus ancianos, entonces les ordena al pueblo completo que cuando el Señor les permita cruzar, cuando crucen el Jordán y se establezcan, lo que deben hacer inmediatamente al cruzar es levantar dos grandes piedras.
Quizá la pregunta de rigor, hermano, es: ¿y qué función tienen estas piedras? Ya el pueblo tenía la ley, de hecho la había recibido ya. Moisés se había encargado de dar instrucciones acerca de la ley del Señor. Ellos no eran ignorantes acerca de lo que el Señor había establecido. Tenían allí todo un cuerpo de personas que podían instruirles acerca de la ley. Estaba allí la palabra del Señor, ya Moisés había dado la ley. ¿Para qué las piedras? Mandó estas piedras, elementos comunes, que en ellas iba a ser escrita la palabra del Señor. Iban a representar en Israel un asunto simbólico, y es que el pueblo del Señor no solamente necesita la palabra del Señor, sino que también necesita símbolos que le recuerden que son el pueblo de la palabra del Señor.
El pueblo necesitaba conocer la ley, pero también necesitaba tener lugares, elementos que les recuerden que eran el pueblo de la ley del Señor. Estas piedras eran asuntos comunes de su entorno. Más adelante se especificó que esas piedras no podían ser piedras labradas. Dice así mismo el versículo 4: “Cuando, pues, hayas pasado el Jordán, levantarás estas piedras que yo os mando hoy en el monte Ebal, y las revocarás con cal. Y edificarás allí un altar a Jehová tu Dios, altar de piedras; no alzarás sobre ellas ningún instrumento de hierro. De piedras enteras edificarás el altar de Jehová tu Dios, y ofrecerás sobre él holocaustos a Jehová tu Dios”. Dos cosas: unas piedras y un altar.
Si usted viene del catolicismo romano —y frecuentemente apelo al catolicismo romano porque es lo más frecuente— si nosotros estuviéramos en otra parte, quizá yo le dijera: si usted viene del hinduismo o viene del animismo, pero como estamos aquí, lo que prevalece es el catolicismo romano. Tengo que apelar a eso, no piensen que es una obsesión o algo, es que es nuestro punto de referencia. Si usted es un evangélico que viene del catolicismo romano, cualquier cosa como una piedra levantada, usted va a huir de eso. Usted dirá: “¿Van a levantar piedras, dos piedras grandes? Eso no se hace, eso es ofensivo”. Uno de los propósitos que tengo hoy, hermano, es marcar una diferencia entre lo que significa un símbolo y un ídolo. Lo que el Señor está estableciendo aquí es que un símbolo sea levantado, pero está teniendo la previsión para que ese símbolo no se convierta en un lugar de idolatría.
Para qué el pueblo del Señor necesitaba esas piedras, para qué. Para que cuando las vieran, cuando pasaran por allí, se recordaran que eran el pueblo de la ley del Señor. Para que antes de abrir la ley misma y considerarla, recordaran que hay una ley de Dios. Era un símbolo, hermano, un asunto sencillo, pero que les recordaba su identidad. El valor de esto, hermano, era un valor estético, era un valor funcional; lo que buscaba un símbolo es recordar: ustedes tienen una ley. Y como no es hermano la intención quedarme aquí solamente, sino entrar a la palabra “amén”, que también lo veremos, me permitiré pronto mencionar a la iglesia local, primero dándole el consejo pastoral de que es sabio tener cosas que te recuerden tu identidad, es sabio tener asuntos que te recuerden de dónde el Señor te sacó, es sabio tener elementos que te recuerden que tienes la palabra del Señor, aparte de tener la palabra misma.
Símbolos en la vida cristiana y su utilidad
Quisiera mostrarle a mi iglesia asuntos que pueden tener un valor simbólico y que son útiles para el pueblo del Señor. Son asuntos que nos recuerdan las obras de Dios, la palabra de Dios o nuestra identidad particular. Hay dos cosas que son comunes: los símbolos quizás generales. Bueno, el pueblo del Señor es un pueblo de símbolos. Dos símbolos que nosotros tenemos: el primero es el bautismo y el segundo la comunión. Ni el bautismo ni la comunión, hermano, son elementos poderosos ni elementos valiosos por sí mismos; son elementos que nos recuerdan algo más. ¿Qué nos recuerda el bautismo? Que hemos pasado de muerte a vida, es simbólico. ¿Y qué nos recuerda el pan y el vino? Nos recuerda que el cuerpo de Cristo fue molido por nuestros pecados y que tenemos un nuevo pacto en su sangre. Dos elementos que son simbólicos y comunes para todo el pueblo del Señor. El Señor se ha encargado, hermano, de hablarle a su pueblo por medio de símbolos.
Pero así, rapidito, doy una retahíla de cosas que también pueden ser simbólicas para usted y pueden contribuir a su madurez cristiana, al fortalecimiento de su identidad o recordarle que Dios tiene una palabra y un pueblo. Cosas así rápido, hermano: la fecha de tu bautismo o tu fecha de conversión son fechas importantes. Y cuando tú recuerdas que hace cinco años fuiste llevado a las aguas del bautismo, eso te permite evocar aquel compromiso inicial. “Ay, no debemos guardar la fecha, pues la Escritura dice que no”, no hermano, no es guardar una fecha, no es idolatrar una fecha, no es hacer un día como tenemos aquí días donde se da una procesión hacia la Virgen. Es recordar que un día el Señor tuvo misericordia. Tu fecha de conversión es un elemento simbólico pero útil. Cada vez que el calendario regresa a ese momento, hermano, tú recordarás que en ese momento comenzaste en el Señor a tener esperanza.
El Señor llenó a Israel de símbolos. Primero que todo, les prohibió toda idolatría y después llenó a Israel de símbolos. Les dio un arca, hermano, les dio un tabernáculo, les dio lugares donde había altares que eran lugares donde los patriarcas habían adorado, les dio montes donde el Señor se reveló, les dio calendarios, les dio festividades. Y Israel tenía, hermano, durante un año y durante el día, por lo menos una vez, recordatorios de que había un Dios, un pacto y una palabra. Los símbolos cumplen en el pueblo del Señor la labor de recordarle, al ser el pueblo del Señor, cuál es su identidad y cuál es su Dios.
Cosas, hermanas, que pueden ser asuntos simbólicos. Miren, hay un culto que va a ser memorable para ti. Y dices: “Yo recuerdo, es verdad, todos los cultos, pero yo recuerdo un día, yo recuerdo un culto donde el Señor me visitó especialmente”, y vas a recordar, hermano, quizás algún acontecimiento, un culto cristiano donde el Señor te ministró de una manera especial, donde algo cambió en ti. Y tú dices: “Todos los cultos son gloriosos, pero yo recuerdo ese momento”. Fue el momento en que el Señor te permitió ver una parte de su revelación, fue el momento quizás donde hubo una resolución en tu corazón. Escuchaba el testimonio de un hermano en otra iglesia que, mientras uno de nuestros hermanos predicaba allá, dice que lo que él predicó le tocó especialmente y en ese momento ya tomó una decisión por el Señor. ¡Gloria al Señor por momentos como esos!
Quizás, hermano, un culto donde parte de ti se consagró para el Señor. Mire, uno no viene a Cristo en un solo día; en la vida de uno se va consagrando al Señor parte por parte. Por ahí, un culto donde quizás en un momento de alabanza tú sentiste que el Señor estaba consagrando algo de ti y un pecado que anteriormente había sido un pecado dominante, a partir de ese momento, no más. Ese culto es memorable, por eso, hermano, yo animo siempre a mi iglesia que anote fechas, que anote cosas, que anote momentos de oración, que anote sus encuentros con Dios. Cada vez que el Señor te habla y tú sientas directamente la voz del Señor en su palabra, anótalo en algún lugar, porque esa fecha puede ser una fecha simbólica, memorable y útil para tu caminar cristiano. A Israel le dieron dos piedras, eran dos piedras grandes. Parece que el Señor quería que se vieran.
Por eso el Señor quería que se vieran, hermano, y quizá tú no tenías un rollo, pero esa piedra te recordaba que el Señor había dado su ley. Miren, hay relaciones, hay personas que bendicen nuestra vida de manera especial y esas personas no son especiales en sí mismas, son instrumentos del Señor. Dígale a Eliseo que olvide a Elías. No, hermano, eso fue un instrumento que el Señor utilizó. El Señor nos ha dado instrumentos, hermano. Esos instrumentos bendicen nuestra vida y en tu caminar con el Señor te encontrarás personas que van a ser de bendición para ti de manera especial, y eso, hermano, da gracias al Señor y recuerda esa relación con gran valor. Ustedes no lo conocen y si ustedes le conocieran usted diría: “Pero él no es impresionante, no es una persona como ‘¡guau!’ y ¿por qué es que habla de él?”. Pero yo siempre recordaré a un Parra porque esa relación fue utilizada por el Señor especialmente. Antes de yo ser bautizado, recuerdo aquellas tardes donde él pasaba por mi casa con unos folleticos y me daba los rudimentos básicos de la fe cristiana.
Y usted me dirá: “Quizás él ni siquiera aún recuerda eso”, pero para mí ese momento de nuestra relación fue memorable. Son asuntos simbólicos que nos permiten apelar a momentos específicos donde el Señor nos habló, donde el Señor nos tocó, donde el Señor se manifestó a su pueblo. Cosas rápidas, hermanos, digo estas cosas con cuidado porque pueden terminar en idolatría. Ese es el peligro de los símbolos. Cuando tú dejas de pensar en el Señor a través del símbolo y comienzas a pensar en el símbolo mismo, estás perdiendo el foco. ¿Cuál es el problema ahí, hermano? Que son primos, ¿verdad?, lo simbólico y lo idolátrico tan cerca. Por eso, hermano, cada vez que usted vea el símbolo, usted tiene que pensar “¿a qué es que esto me lleva?”. Pero lo mismo puede pasar con la comunión. Una persona que piensa que la comunión tiene un valor en sí misma y que comerse ese pan y beberse el vino ya está siendo edificado, ya perdió el foco, ya hizo de eso un elemento idolátrico. El peligro está ahí. Ahora, cuidado: si huyendo del peligro te pierdes la bendición que el Señor quiere darte a través de los elementos simbólicos.
Digo, pues me muevo aquí, hermano, con asunto porque pueden terminar en una deriva idolátrica. Miren, hay una Biblia. La Biblia cumple dos funciones: la Biblia es una herramienta y también un símbolo. Yo hablaba en días pasados en nuestra iglesia de que la Biblia está en formato electrónico, hermano, no podemos cerrar los ojos a una realidad. Sin embargo, diría, hermano, que una tablet no es un símbolo. Agárreme eso ahí, hermano, esto es un símbolo, esto es un símbolo. Si usted ve eso, ¿qué le da eso a usted de referencia? Es una Biblia, hermano. Aquí, allá, y acuya. Levánteme alguien una tablet, por favor, levánteme una tablet. ¿En qué puede pensar usted cuando ve eso? Mira allá, eso puede ser muchas cosas, hermano, eso puede ser muchas cosas, pero esto es un símbolo.
Miren, el asunto no es, hermano, que usted evite las herramientas. Lo que le quiero decir es que la palabra del Señor para su pueblo no solamente tiene una autoridad por su contenido, sino también por lo que la palabra del Señor significa. Esas piedras quizá no eran para que se pongan ahí a leer la palabra del Señor directamente, pero era un símbolo que le recordaba que el pueblo del Señor tiene su palabra. Hermano, una Biblia es un elemento simbólico, y ese símbolo puede ser útil porque cuando tú ves tu Biblia en una mesa, tú te vas a recordar que hay una palabra del Señor que debe ser leída, que tenemos que permanecer en su palabra. Y muchas veces, hermano, la Biblia que está ahí puesta en la mesita de noche, que hace rato que no se abre, cuando esa Biblia se ve ahí, hay algo que está hablándole a tu conciencia y te dice: “Ahí está su palabra”.
“Y no estoy permaneciendo en su palabra”. El celular en la mesita de noche, hermano, no hace eso. La tablet en la mesita de noche no hace eso. La Biblia no solamente es el contenido que tiene dentro, que es, hermano, alimento para nosotros, también es el símbolo que me recuerda que tenemos que alimentarnos. He venido a mostrarle que el pueblo del Señor necesita símbolos que les recuerden que tiene la palabra del Señor. Las piedras, hermano, no eran para que usted vaya a hacer su devocional ahí todos los días, de que “no, yo he venido aquí a la piedra a hacer…” no, hermano, es para que usted recuerde que el pueblo del Señor tiene la palabra del Señor.
Una Biblia, por ser Biblia solamente, ya es simbólica. Pero al mismo tiempo hay Biblias, hermano, a las que uno llega a tenerle un cariño especial. Yo tengo por lo menos tres Biblias, hermanos, que esas son Biblias que, ¡guau!, a mí me… cuando las veo solamente me recuerdan cosas. Esta Biblia representa una temporada en mi caminar con el Señor, una temporada. Y es verdad, mira, una Biblia destruida, una Biblia rota y ya, pero esa Biblia, hermano, cuando yo la veo, ¡guau!, yo recuerdo ahí cómo el Señor me habló. Y tú dices: “¿Y yo por esa Biblia…?”. No, hermano, pero usando esa fue que el Señor me habló. Al mismo tiempo tengo otra Biblia que fue la Biblia con que estuve predicando los últimos dos domingos, que era una Biblia que compró mi madre para sí misma; la mandó a comprar conmigo y cuando se la traje no le gustó porque no era la versión que ella usaba. Era Biblia revisión 95 y ella utiliza Reina-Valera 60, pero era una Biblia de estudio y grande. Yo vi la Biblia y a mí me pareció interesante. Yo venía en el carro público de Sociedad Bíblica para mi casa en Lucerna, leyendo la Biblia y tenía tablas y cosas así.
Y cuando mami vio la Biblia, dijo: “Ay, mi hijo, esa no es la Biblia, yo te voy a decir que la devuelvas”. “No, mami, déjeme esa a mí”. Y así mismo, hermano, esa fue la primera Biblia con la que yo me enamoré de la palabra del Señor. Y cuando yo veo esa Biblia, hermano, yo recuerdo un momento donde yo estuve estudiando la palabra del Señor con una lámpara, en los tiempos que se iba la luz de noche. Y recuerdo, hermano, los momentos donde por primera vez estudié en un instituto bíblico. Más, hermano, se iba más porque estábamos en los tiempos de Balaguer. Hubo un tiempo, hermano, que de noche era oscuro; ahora la luz se va, gloria al Señor. Esta, por ejemplo, hermano, fue la Biblia con la que yo comencé a predicar.
A predicar en diferentes lugares, en diferentes iglesias, y es la Biblia que me acompañó en mi ministerio de predicación en esta iglesia los primeros siete años, siempre la recordaré. Y tú me dices: “¿Y no que eso es idolatría?”. Sí, es verdad, puede terminar si usted siente que si usted no la lee en esa, entonces Dios no le ha hablado; cuando usted siente que esa Biblia en sí misma lo está protegiendo, cuando usted siente que es un sortilegio, que es ya… hermano, perdió el foco. Ahora, si usted ve que la Biblia le está recordando una temporada en su vida, un momento de devoción, hay hermanos que en una Biblia tuvieron encuentro con el Señor muy cercano; y hoy están lejos, y cuando ven esa Biblia roja, dicen: “Guau, en esa Biblia yo me encontraba con mi Dios y escuchaba su palabra. Hace años que yo no leo la palabra del Señor”. Hermano, de nuevo, ni los celulares ni la tablet hacen eso.
Puede usted leer la palabra del Señor en ellas, puede hacerlo, pero no tienen el valor simbólico. La cruz, hermano, con cuidado. Cosa está… lo que pasa también es que uno tiene que saber en el entorno en que está, y estamos en un entorno donde la cruz, hermano, aquí es idolatrada y adorada, y hay gente que le atribuyen a la cruz, por cruz, un valor. Por ejemplo, hay personas que ponen un crucifijo en el carro. ¿Usted cree que eso es símbolo? Eso no es simbólico, hermano. Ellos creen que ese crucifijo los está protegiendo, es un amuleto. Por eso yo desestimulo a mis hermanos, aunque si para usted es simbólico poner un crucifijo en su carro y usted lo entiende como simbólico, podría ser ocasión de caer para su pasajero.
Entonces, la persona que va con usted, que ve el símbolo, dice: “Ay, estamos protegidos, tenemos la cruz”. El problema de los símbolos es que son primos de la idolatría, y es que están al detalle. Una cruz, por cruz, por ejemplo, en mi oficina yo tengo dos cuadritos que son de cruces y los tengo ahí, hermano, no piensen que es un fetiche, es que los tengo ahí para que quien entra se confunda su “tunchín” y me pregunte. Y algunos me han preguntado: “¿Y podemos usar cruces?”. Y yo les digo: depende, ¿para qué sea? Si la cruz a usted le recuerda el sacrificio de Cristo, si la cruz le recuerda que el Señor fue clavado allí por nuestros pecados, la cruz tiene un elemento simbólico, gloria al Señor. Pero si a la cruz usted le está atribuyendo que usted toca la cruz, que si usted la pone ahí, que hace un campo como de protección, eso es un ídolo. Una cosa es una cruz —también tengo que aplicar— y otra cosa es un crucifijo.
Un crucifijo tiene cuencas, se cuentan, se pone aquí. Tenga cuidado con eso, porque esos son objetos de idolatría. Pero la cruz como símbolo, hermano, gloria al Señor que nos ha dado la cruz. Lo mismo el pez, la vara y el callado, y otros instrumentos que han sido muy útiles: la paloma, la historia de la Iglesia cristiana. Hay toda una controversia histórica, hermano, que comenzó entre la iglesia de Oriente y de Occidente, acerca de si debemos utilizar íconos o no. Y eso es un pleito muy viejo. Lo que le quiero decir, hermano, resuélvalo de este modo: si esto me permite conocer mejor a Dios, si esto me permite recordarme las promesas o la palabra de Dios, si esto no es un fin en sí mismo, puede ser útil para mí, aunque siempre con precaución. Si esto es un objeto que tiene valor en sí mismo, si yo entiendo que si no es ahí Dios no me va a hablar, “si no por esa persona no, si no por esa Biblia no”, ya ha perdido el foco y ha convertido la Biblia en una bibliolatría.
Y ha estado utilizando algo que pudo ser inicialmente bueno para la ofensa a nuestro Dios. Alabanzas al Señor. Hermano, miren, hay una alabanza que sea su alabanza. Y podemos tener diez en el programa, hermano, pero hay una que es la suya, la que usted está esperando, porque en esa alabanza usted pudo desbordar un día su corazón delante del Señor. Y quizás, hermano, no sea ni la alabanza más rica, y cuando tú la escuchas eso a ti te recuerda las promesas del Señor, te recuerda ese momento con el Señor. A otro puede dejarlo indiferente, pero esa es la tuya. Cada persona tiene alabanzas que son como su playlist interno, de su corazón, con las cuales ha adorado al Señor especialmente. Y tú a veces quisieras como que la iglesia solamente cantara la tuya, hermano, que sea la suya.
Hay un himno que el hermano lo tiene en el corazón como si fuera tatuado con tinta, y él piensa que ese himno tiene como un poder. Tenga cuidado, porque ya entonces se está convirtiendo la adoración al Señor en un ídolo. Si usted siente que solamente si cantáramos esa canción diez veces en el programa, entonces el Señor se va a glorificar, ya perdió el foco, ya hizo de la canción un ídolo. Pero si usted siente, hermano, que esa canción viene para el programa del domingo y usted anticipa el gozo, dice: “Guau, van a cantar la mía”, hermano, gloria al Señor, porque esa canción fue memorable. Esa fue su piedra que le recuerda la palabra del Señor. Son asuntos simbólicos.
Raúl maneja eso: le piden su alabanza, se la grabamos, dice Raúl. Cosas, hermano, por ejemplo, hay momentos del día que para las personas tienen valores simbólicos. Hay hermanos que se encuentran con el Señor a primera hora de la mañana, y eso para ellos no es negociable. Y ellos se podrían encontrar con el Señor a las 12 del día o a las 10 de la noche, pero siempre preferirían encontrarse con el Señor a la misma hora porque su tiempo devocional es en esa hora. Y usted dirá: “El Señor está en todas partes”. Tenga cuidado, hermano, porque cuando uno comienza a quitar los símbolos fácilmente se queda sin nada en la mano. Hay unos hermanos que han ido aquí a una alerta.
Miren, evitemos despojar nuestra vida cristiana de todo simbolismo, porque a veces los asuntos se vuelven tan prácticos que se vuelven hasta comunes. Y ya como que uno no tiene nada en las manos. Hay uno que dijo: “No, no hay que orar al Señor en un momento específico ni en un lugar específico; Dios está en todas partes. Yo puedo orar al Señor en el elevado”, dicen algunos. “Yo puedo orar al Señor en el parqueo del trabajo”, dicen otros. Hay otros que dicen: “Yo siempre puedo hablar con el Señor, Dios está en todas partes”. Ora, yo, hermano, en un momento de mi vida yo dije: “Como Dios es trascendente, como Dios no está limitado a tiempo y espacio, como Dios está en todas partes, yo voy a orar al Señor cuando vaya manejando, yo voy a tener una oración siempre interna, desde el corazón”. Hermano, déjese de eso; hay un momento de oración, y ese momento de oración tiene un valor práctico —que es hablar con Dios— pero al mismo tiempo tiene un valor simbólico, y es que nos recuerda que hay un momento para la devoción.
Reserve un momento de su día, hermano, y ore al Señor. Y no tenga miedo a que eso sea “muy religioso”; es simbólico, es un asunto simbólico, hermano. ¿Y el día del Señor qué le parece? Fueron los primeros cristianos que le llamaron a ese día “el día del Señor”. Nuestro Señor resucitó el domingo, hermano, se levantó entre los muertos, y a partir de ese día la iglesia cristiana comenzó a llamarle al domingo “el día del Señor”. Y reservaban el domingo, hermano, para la adoración a Dios. “Dios no tiene un día de adoración; yo puedo darle viernes, o puedo darle el miércoles, puedo darle cualquier día”. Así es que uno comienza a quitar las cosas hasta que se quede sin nada. El domingo, el día del Señor, tiene un valor simbólico. No es un ídolo de esos que si usted tiene un compromiso de causa mayor y no puede estar en la casa del Señor, no vaya a punta de pistola, hermano, pero el simbolismo del domingo como día del Señor, esa cosa hay que cultivarla.
Lo mismo un culto cristiano, hermano. El culto cristiano tiene que tener cierto simbolismo. Cuando comienza un culto, comienza un culto. Ay, hermano, yo he visto iglesias que sus cultos parecen festivales, y en medio del culto la gente, primero, no tiene una actitud de adoración. Uno ve, en Estados Unidos ahora mismo, esa es la tendencia: uno va al culto cristiano y encuentra personas en shorts, bermudas, comiendo en el culto con un asunto de Burger King en la mano, y unos noggies al niño por aquí, otra cosa por allá. Uno no siente si el culto comenzó o no terminó. Y ellos te dirán: “No, es que nosotros no somos religiosos, nosotros no guardamos nada de eso; el Señor está aquí con una funda de McDonald’s o sin ella”. Hermano, hay un momento que se llama el culto al Señor, que tiene no solamente un valor práctico como culto de adoración, sino también un valor simbólico. Por eso en el culto cristiano hay cierta compostura que se debe manifestar.
Y los niños, los niños —y hablo de cualquier niño, pero también los niños de nuestra iglesia— desde temprana edad deben comenzar a ser inculcados, inculcados en su mente, en que hay un momento de adoración. Y como padre tampoco te sientas perseguido con esto. Un niño pequeño tiene que aprender a comportarse y a veces llora, a veces patalea, y el papá lucha. Pero el papá no está luchando “no es porque se calle”. Si usted piensa que está luchando es porque sus niños se callen, perdió el foco. Usted está luchando para que el niño aprenda reverencia en la casa del Señor. La lucha nuestra no es que nuestros niños estén en silencio; la lucha nuestra es que nuestros niños aprendan a glorificar al Señor con una compostura adecuada, porque eso tiene un valor simbólico que le conviene a su alma en la casa del Señor. De nuevo, hermano, primero seamos pacientes con los padres, pero tampoco, padres, soltemos a nuestros hijos. Entendamos el balance que esto tiene. Por eso siempre he recomendado a la iglesia local que seamos los padres quienes tengamos a nuestros propios hijos, porque cada padre sabe el proyecto que está desarrollando.
Sí, porque si yo estoy tratando de disciplinar al suyo, yo no sé, hermano, por dónde usted va o lo que usted está haciendo. Ahora, si yo tengo el mío en la mano, yo sé. Un padre sabe si el niño tiene hambre, si tiene sueño, si está haciendo rebeldía, un padre sabe. Yo no sé de lo suyo, pero cada padre tiene un oído para su hijo que dice: “Este muchacho ahora mismo lo que está es rebelde, lo que tiene que aprender es a comportarse”, y hay un momento que él sabe: “Lo que le falta es un biberón de agua”. Son momentos como esos. Pero hay una compostura simbólica en la casa del Señor. Apelemos, hermano, a Israel. Era una piedra que estaba levantada, que te recuerda que Dios es Santo y que su casa debe anunciar cierto orden, ciertas reverencias y cierta compostura.
Libros que fueron memorables, hermano, cosas así. Escuchaba a Albert Mohler en una conferencia de pastores que él decía que en su oficina… son de las cosas que uno como que se impresiona inicialmente, pero después las entiende. Él decía: “En mi oficina” —él es director de un seminario— “yo tengo fotografías de líderes cristianos que tienen mi admiración”. Uno diría: “¿Y por qué una fotografía en la oficina de Albert Mohler? ¿Y esa fotografía para qué?”. Y él dice que la gente necesita tener ejemplos. La gente necesita tener héroes. La gente necesita ver el testimonio de otros, y cuando sus estudiantes van a su oficina, digo yo, cuando ven un líder que es admirado por él, dicen: “Ah, pero mire, eso es simbólico: ese líder, parece que también yo puedo imitarle”. El ser humano, hermano, necesita ejemplos. Asimismo, dice el libro de Hebreos, que consideremos el testimonio de aquellos, que miremos cuál ha sido su resultado.
Termino aquí, hermanos, esta primera parte —para que entremos a los amenes— diciéndoles que los símbolos son importantes porque hacen memorable un momento. Los símbolos son importantes porque son un recuerdo de algo que tú necesitas, y cuando ves el símbolo te recuerdas de eso. Y, hermano, los símbolos son un testimonio para las próximas generaciones. Yo le pregunto, hermano: ¿usted como padre cristiano en su casa tiene algo que a su niño pequeño le pueda recordar al Señor? Yo le pregunto, hermano: usted tiene diferentes objetos; usted quizá tiene una vitrina donde tiene diferentes cerámicas, usted tiene muebles, usted tiene DVDs que están por ahí sueltos, usted tiene cosas en los estantes que están dando vueltas por la casa. ¿Con qué se topa el hijo suyo que le recuerde que hay un Dios?
¿Hay algo en tu casa que tu hijo te pueda preguntar: “Mami, papi, ¿por qué tenemos eso?, ¿qué es eso?”? Dice también, hermano, el libro de Deuteronomio, y es así mismo la Escritura:
“Mañana, cuando te preguntare tu hijo, diciendo: ¿Qué significan los testimonios y estatutos y decretos que Jehová nuestro Dios os mandó?, entonces dirás a tu hijo: Nosotros éramos siervos de Faraón en Egipto, y Jehová nos sacó de Egipto con mano poderosa”.
— Deuteronomio 6:20–21
¿Hay algo en tu casa que anime una conversación con tus hijos? He lamentado esto, hermano, pero he visto la casa de mis hermanos, que a veces lo que está recordando son botellas de vino o de bebidas fuertes. Lo que hay en su casa son diferentes objetos que les recuerdan su oficio. Ah, si tú eres ingeniero, si eres doctor, se va a encontrar algo, un estetoscopio, que tu hijo te va a preguntar: “Mami, ¿qué es eso?”. “Ah, eso es mi profesión”. ¿Hay algo en tu casa que les recuerde a tus hijos tu profesión de fe?
Que cuando ellos están jugando con algo, sacan algo y te preguntan: “¿Esto qué es?”. Y que tú puedas decir: “Mi hijo, mira, eso es una Biblia. La Biblia es la palabra de Dios. Se llama Biblia, Biblia”. “Ok”, hermano. ¿Con qué se topan tus hijos en tu casa? Esas piedras que Moisés levantó ahí, una de las utilidades que tenían era que había ya una generación de jóvenes en Israel que no habían visto las grandes obras de Dios y que necesitaban tener elementos simbólicos que les recuerden: hay un Dios y hay una palabra. Dejemos ahí, hermano, por un momento el aspecto de los símbolos y movámonos al amén.
Estoy en Deuteronomio 27. Dice así la Escritura a partir del versículo 8:
“Y escribirás muy claramente en las piedras todas las palabras de esta ley. Y Moisés, con los sacerdotes levitas, habló a todo Israel, diciendo: Guarda silencio y escucha, oh Israel; hoy has venido a ser pueblo de Jehová tu Dios. Oirás, pues, la voz de Jehová tu Dios, y cumplirás sus mandamientos y sus estatutos que yo te ordeno hoy.
Mandó Moisés al pueblo en aquel día, diciendo: Estos estarán sobre el monte Gerizim para bendecir al pueblo: Simeón, Leví, Judá, Isacar, José y Benjamín. Y estos estarán sobre el monte Ebal para pronunciar la maldición: Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Dan y Neftalí. Y hablarán los levitas, y dirán a todo varón de Israel en alta voz…”
— Deuteronomio 27:8–12
Y aquí hay una serie, hermano, de expresiones que el pueblo tenía que decir, tenía que responder a ellas. Las expresiones eran estas:
“Maldito el hombre que hiciere escultura o imagen de fundición, abominación a Jehová, obra de mano de artífice, y la pusiese en oculto”. Y todo el pueblo responderá y dirá: Amén.
“Maldito el que deshonrare a su padre o a su madre”. Y dirá todo el pueblo: Amén.
“Maldito el que redujere el límite de su prójimo”. Y dirá todo el pueblo: Amén.
“Maldito el que hiciere errar al ciego en el camino”. Y dirá todo el pueblo: Amén.
“Maldito el que pervirtiera el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda”. Y dirá todo el pueblo: Amén.
“Maldito el que se acostare con la mujer de su padre, por cuanto descubrió el regazo de su padre”. Y dirá todo el pueblo: Amén.
“Maldito el que se ayuntare con cualquier bestia”. Y dirá todo el pueblo: Amén.
“Maldito el que se acostare con su hermana, hija de su padre o hija de su madre”. Y dirá todo el pueblo: Amén.
“Maldito el que se acostare con su suegra”. Y dirá todo el pueblo: Amén.
“Maldito el que hiriere a su prójimo ocultamente”. Y dirá todo el pueblo: Amén.
“Maldito el que recibiere soborno para quitar la vida al inocente”. Y dirá todo el pueblo: Amén.
“Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas”. Y dirá todo el pueblo: Amén.
— Deuteronomio 27:15–26
Gloria al Señor, hermano, que hemos comenzado a practicar la palabra amén, porque yo sinceramente he estado preocupado. Yo conozco a mi iglesia local y lo que he vivido, hermano, es que nosotros como iglesia somos una iglesia en extremo silenciosa. Los amenes no pululan entre nosotros, hermanos; eso no es una expresión común. Algún hermano puede decir amén a veces, pero eso no es lo común.
El significado bíblico del “amén”
He llegado al convencimiento, después de leer todos estos amenes, que el amén a veces es mejor que sobre a que falte. Es la verdad, hermano. Yo estaba leyendo a R. C. Sproul, que él dice que entre los metodistas, los metodistas siempre piden que caiga fuego, fuego, fuego. Los bautistas siempre dicen que venga agua, agua, agua. Y los presbiterianos siempre dicen: “Con orden, por favor, con orden, por favor”. Yo diría que nuestra iglesia parece una iglesia presbiteriana, hermano, de gente que ama la palabra del Señor, de gente que yo sé que siente, gente que sus rostros dicen que son gente efusiva, pero no muy dada. Hermano, me ha tomado casi un año que esta iglesia canta; imagínese usted, hoy pretendo enseñarle a decir amén. No es común, hermano, toda una iglesia que recibe las promesas del Señor y dice…
Era una iglesia, hermano, que ve la revelación de Dios y dice… Es una iglesia que se emociona intensamente ante el Señor, hermano, y hacen así. Pero qué difícil es que en nuestra iglesia se diga “amén”. Gloria al Señor. Miren, amén es una respuesta apropiada porque fue establecida por Dios. Fue el Señor que le enseñó al pueblo que cuando el pueblo reciba la palabra del Señor, afirme la palabra del Señor diciendo “amén”. Miren, el término “amén”, como vimos en nuestra introducción, es un término hebreo.
Ese término no es originario del idioma español, del idioma inglés, del ruso ni de ningún otro; viene de las lenguas semíticas, del hebreo específicamente. Pasó a casi todas las naciones principalmente a través de su iglesia. El amén tiene un significado vario, pero todo el significado tiene una connotación de afirmación. Cuando tú dices “amén” tú estás diciendo: “Eso es verdad”. Una sola palabra, hermano, tiene esa capacidad: cuando tú recibes la palabra del Señor y tú la afirmas, tú dices: “Eso es cierto, eso es concreto, eso se cumplirá”, tú dices “amén”. La palabra “amén” también tiene la connotación de que significa “así sea” o “así se ha hecho”. Es como una persona a la que le dicen: “Estamos comprometiéndonos ahora a hacer esto”, y esa persona dice “amén”, diciendo “así se ha hecho, yo me estoy comprometiendo, cuenten conmigo”. Eso es lo que está diciendo.
Cuando el Señor puso al pueblo a repetir cada uno de esos amenes, es que a cada una de esas afirmaciones el pueblo del Señor congregacionalmente estaba diciendo: “Estamos de acuerdo, estamos de acuerdo. Amén”. El amén a veces, como el salmista, tal cual vimos ahorita en el vídeo, se decía dos veces, “amén, amén”, y ese “amén, amén” es: “Eso es tan, tan, tan, tan cierto, eso es ciertísimo”. Eso puede significar: eso es ciertísimo. Asimismo decía el Señor. El Señor decía: “De cierto, de cierto os digo”. Esa traducción de “de cierto” en el original ahí dice: “Amén, amén os digo”. Lo que decía el Señor era tan fuerte, hermano, el Señor era tan poderoso, él estaba tan seguro de su enseñanza. Lo que se esperaba era algo que fuera responsorial, que el maestro dijera la palabra y el pueblo respondiera “amén”, diciendo: “Eso es verdad, eso es cierto”. El Señor tenía tanta autoridad, hermano, que él no tenía que esperar que le respondan; él decía “amén, amén” primero, después: “Ahora esto es lo que les digo”.
Estaba tan seguro de su enseñanza, hermano, él decía esto tan firme, esto tan cierto, que él antes de enseñarlo decía “amén” dos veces. Lo que significa “amén” es que eso es así, ciertísimo. Eso significa “amén”, hermano. Qué hermoso es un hermano que escucha la promesa del Señor y dice: “Ciertísimo, amén, así sea”. El que dice “amén” está diciendo: “Estoy de acuerdo, aun así mismo, así mismo, así mismo”. Tú has visto cuando alguien está diciendo algo en que te está defendiendo, y la persona te está defendiendo con efusividad y tú ves a las personas diciendo: “Así mismo, así mismo, así es, así es”. El Señor te está hablando, hermano, y tú estás aupando lo que el Señor te está diciendo. Un pueblo que no dice “amén” es un pueblo indiferente.
Matizo aquí que yo he predicado en congregaciones, iglesias que yo amo, hermano, sobre todo iglesias pentecostales, que casi no me han dejado predicar. “Que el Señor les bendiga, amén. Soy el pastor James, yo quisiera predicarles la Escritura”. “Amén, amén, amén”. Yo digo: “Bueno, pues la Escritura me la van a tumbar”. Para usted decir “amén” usted tiene que entender aquí una dinámica: es que primero les dijo: “Guarden silencio y escuchen”. Hay un orden, hermano, en esto. La palabra del Señor primero se tiene que considerar, entender. Primero fue eso, hermano, dice: “Guarda silencio y escucha, oh Israel”. Lo primero es: no te apresures a decir “amén” a cada cosa, porque “amén” es “estoy de acuerdo”, “eso es verdad”. ¿Y qué es lo que es verdad?
Si usted dice un “amén” arbitrario, yo le pregunto: ¿usted le dijo “amén” al saludo? Con esto, hermano, lo que quiero decirles es: no cometamos el error ahora de desbordarnos aquí en un “amén” desproporcionado, donde todo merece un “amén”, donde toda cosa hay “amén”, donde cada vez que alguien dice… “amén, amén, amén”, porque entonces vamos a perder el entendimiento. Pero tampoco, huyendo de eso, nos refugiemos, hermano, en un silencio como si no nos importara la palabra del Señor. Tu jefe te llama a ti para una exhortación y te dice… y tú te quedas callado, ese silencio es peligroso. “Mire, yo le estoy llamando para decirle que eso que está haciendo, su comportamiento, no es el comportamiento adecuado para esta empresa y que yo espero que usted enmiende ese asunto o usted tendrá consecuencias”. “Ya terminó, ¿me puedo ir para mi trabajo?”. “No, vaya ya a Recursos Humanos, que le den sus prestaciones”, por la realidad.
Hermanos, si Dios te está confrontando en su palabra, lo mínimo que tiene que decir el pueblo del Señor es “amén, yo estoy de acuerdo, recibo el consejo, recibo la confrontación, a lo que estás diciendo estoy de acuerdo con eso, eso es verdad”. Miren, la ley de Dios es más que un asunto informativo. Uno no predica la palabra del Señor solamente para que usted la escuche, no; no es solamente información. La palabra del Señor es confrontacional, te está comprometiendo con la palabra del Señor. Cuando escuchas la palabra del Señor y dices “amén”, tú estás diciendo: “Eso yo lo estoy recibiendo en el corazón”. Hay retroalimentación de ti hacia Dios.
Un “amén” significa: “Señor, lo escuché, lo entendí, estoy de acuerdo. Lo que ahí dice, yo lo afirmo”. Un pueblo que está en silencio, hermano, puede parecer un pueblo reverente, pero al mismo tiempo sospecho que lo que hay en su corazón es indiferencia. A veces uno quiere pensar, en el mejor de los casos, que lo que hay es una profunda reverencia y tanta atención a la palabra del Señor, a un punto tal que “yo no quisiera decir nada”. Pero frecuentemente lo que hay, hermano, es un desinterés. Hay veces que la palabra del Señor está siendo predicada y la gente está, hermano, en cualquier otra cosa. ¿Por qué no la afirma, por qué no hay un “amén”, por qué no la estás recibiendo?
Lo primero es eso, hermano, lo dice el versículo 10: “Oirás, pues, la voz de Jehová tu Dios, y cumplirás sus mandamientos y sus estatutos que yo te ordeno hoy”. Primero es oírlo. Hay un momento para hacer silencio. De nuevo, dice así: “Guarda silencio y escucha”. Hay un momento para guardar silencio y escuchar. Y una iglesia disciplinada, una iglesia discipulada, sabe guardar silencio y sabe expresar afirmación, ambas cosas. No tengamos una iglesia que sea solo silencio, y no seamos una iglesia que sea solo “amén”. Seamos una iglesia que sabe guardar silencio y escuchar la palabra de Dios, y que cuando la entendió entonces también sepa expresar claramente un “amén”, tal como dice el versículo 15: “Y todo el pueblo responderá y dirá: Amén”. Hay un momento para que todos en silencio escuchen y hay un momento para que todos juntos expresen. Dos cosas en el culto cristiano, hermano. Hay iglesias que son solo expresión y hay iglesias que son solo silencio. Ninguno de los extremos, hermanos. Seamos una iglesia balanceada, o por lo menos aspiremos al balance.
Algo que veo aquí, hermanos, es que el Señor está esperando una respuesta. El Señor le dijo a Moisés, y Moisés le dijo de parte del Señor al pueblo con los ancianos: “Cuando todos lo escuchen, respondan”. Y si alguien no hablaba, hermano, eso era problemático. “No dijo ‘amén’, no está de acuerdo, no lo está afirmando, pues no es de nosotros”. Gran parte de tu identidad cristiana es que nosotros tenemos una afirmación en común. Tú y yo somos hermanos en Cristo porque los dos decimos “amén” a la misma cosa. Si tú le dices “amén” a una cosa y yo le digo “amén” a otra cosa, somos dos pueblos distintos. Pero si como pueblo todos decimos “amén” a la misma cosa, hermano, entonces estamos afirmando juntos nuestra identidad. Y un pueblo que aprende a decir “amén” es un pueblo que crece corporativamente. Qué hermoso es un culto cuando un “amén” se dice en el momento apropiado y qué triste, hermano, cuando veo un momento precioso para que todos juntos dijéramos “amén” y guardamos silencio. Aprendamos como pueblo a crecer en ese sentido.
Amén, pecado y consagración corporativa
La realidad, hermanos, es que el pueblo del Señor tiene que tener una serie de prácticas que le distingan. Y esos pecados que se manifestaron ahí, yo mismo, cuando los leo, me aparece eso como “uf”. Me da como un chin de lucha leerlos así a mi iglesia local. Dije: “¡Uy!, leer eso así. Ay no, Señor, y por acá hay que leer eso”. Hermano, la realidad es que el pecado no hay que andarse con juegos, sobre todo en pecados que lo tenemos cerca. El pueblo del Señor, en su diferente contexto, tiene pecados que están más cerca de uno. El pecado que tenía Israel cerca era ese: el pecado de la idolatría y el de la promiscuidad sexual, porque estaban juntos. Los pueblos que tenían alrededor eran pueblos que tenían una idolatría sexual, unos templos donde había prostitución; ese tipo de cosas. El Señor les estaba diciendo directamente, específicamente, qué pecados eran aquellos que corporativamente tenían que rechazar. Y cuando ellos rechazaban eso decían “amén”.
Y he visto, hermano, que las iglesias donde prevalece más la consagración al Señor, las iglesias… nuestros hermanos no han andado con juegos con eso, sino que dicen directamente qué pecados estamos renunciando. El vecino participa, entonces “amén”. Eso es decir: “Amén”, cuando el pecado es: “Renunciamos como iglesia participar en eso”. Entonces “amén”. Crece como identidad. Nosotros somos particulares, hermano. A Israel le pusieron a pronunciar directamente una afirmación: “Me estoy comprometiendo, me estoy comprometiendo, me estoy comprometiendo”. Eso hay que expresarlo públicamente. Miren, el mes antepasado yo llegué a la conclusión de que como pastor tengo que ser específico, porque la gente no siempre te entiende los principios. Uno predica los principios generales de la palabra del Señor, y el que está practicando pecado siempre se va por la rama, dice: “Ah sí, es el pecado, pero la versión que yo tengo no es la versión pecaminosa, sino otra cosa”. La gente siempre anda dándole la vuelta por la rama para no abandonar un pecado. Por eso, hermano, es que como iglesia ayuda uno, como iglesia, hacer lo que hacía Israel, y es que decía intencionalmente: “Maldito el que deshonra a su padre o a su madre”, y uno dice: “¿Y eso hay que decirlo?”. Sí, hay que decirlo.
“Maldito el desobediente, maldito”, y la gente: “¿Y eso hay que mencionarlo así?”. “Maldito el que se acueste con la mujer de su padre”. “Ay, eso ofende”. El pecado ofende a Dios. Si eso te ofende a ti, imagínate tú lo que ofende a Dios. Hay pecados, hermanos, particulares que el pueblo del Señor en unidad tiene que cerrar filas con eso. “Sí, no vamos a dejar que eso entre”. Hay hermanos que siempre andan buscando “contextualizar”, hermano, las borracheras. Mire, los evangélicos, nosotros históricamente nos hemos apartado de esas bebidas fuertes, y ahora hay todo un asunto, hermano. Y miren, yo he firmado —busquen la página de internet— que es verdad que no hay ninguna prohibición para que un creyente haga una cosa o la otra, pero, hermano, a veces prevalece más glorificar al Señor en tu contexto que cualquier cosa.
Amén. Hermano, como pastor le diré: mire, yo no tengo ninguna duda de que una cerveza no le va a quitar su salvación a nadie. Pero yo tomé, hermano, desde jovencito, la firme resolución de no llevar alcohol a mis labios. Y usted me dirá: “¿Por qué?”. Porque quizá a mí eso no me tumba, pero hay hermanos míos que están luchando. Nosotros vivimos en una sociedad alcoholizada, hermano. Gran parte de nuestra promoción es una promoción alcohólica y nos difunden eso por todos los lugares. Y como pueblo uno cierra filas con ese pecado y se aparta directamente, que no haya ni rastro. Lo mismo la promiscuidad sexual, hermano. Miren, yo he estado durante dos años predicando a la iglesia la necesidad de mantenernos ante el Señor no solamente santos, sino también castos, de que no haya duda, de que no haya en eso. Usted me dice: “¿Y por qué eso está así?”. Hermanos, en nuestros días los límites se han quitado, ya nadie piensa que hay fronteras. Como iglesia uno cierra filas en eso. “Ay, son muy radicales”. Sí, le decimos “amén” a la palabra del Señor, eso es lo que sucede.
Hay pecados específicos que están más cerca de los pueblos, y uno huye de eso. Si nosotros tuviéramos como iglesia en Las Vegas, hermano, hace rato que como iglesia debimos haber tomado una resolución de decir: “Nosotros nos apartamos firmemente de todo juego de azar”. Y tú me dirás: “Nosotros no tenemos casinos aquí en Santo Domingo, nosotros no participamos en eso, hermano”, pero no luchamos tan intencionalmente porque no es frecuente, no es frecuente en nuestro contexto. Si estuviéramos en Las Vegas, yo le diría: ahí hay que cuidarse de eso específicamente. O en lugares… hay iglesias que sirven, hermano, en lugares turísticos donde la promiscuidad sexual pulula. Esas iglesias deben cerrar filas con eso, porque en el lugar donde tú estás hay pecados que son más frecuentes que en otros, y la iglesia debe saber corporativamente decirle “amén” a la resolución del Señor.
Esto se debe recordar regularmente. Y aquí digo algo: miren, hay que preguntarle al pueblo completo públicamente, para constatar que están de acuerdo. Yo sospecho que hay cantidad de creyentes que son miembros de nuestra iglesia o de otras iglesias que tienen su agenda oculta, que dicen: “No, yo sé que la posición de la iglesia es esa, pero yo no estoy de acuerdo con eso”. Hermano, si ese es su caso, si usted no comparte lo que su iglesia local le dice “amén”, hable con el liderazgo de su iglesia local. Y quizá, con dolor le digo esto, hermano: lo menos recomendable… pues yo no creo que como iglesia… Pero si usted no puede sujetarse a la palabra del Señor —dice la Escritura que conmigo el que no recoge, desparrama—.
El pueblo del Señor tiene una fe, un Señor y un bautismo, pero ahora mismo lo que pulula es que hay personas que son miembros de una iglesia que esa iglesia afirma tal cosa, pero tienen otra agenda en su corazón. Y dicen: “Esa es la posición de la iglesia, yo soy miembro de la iglesia, pero yo no sostengo eso”. Hermano, usted está desparramando. No podemos decir como iglesia “amén”, no aspiremos a ser un grupo grande, feliz, que diga “amén” a cualquier cosa. Es mejor ser un grupo pequeño que sabe a qué, como grupo pequeño, le decimos “amén”. “Ah no, mi pastor predica de eso, pero yo no, eso es su opinión, esa es la opinión del ‘oculto’ entonces, y usted no le está diciendo: ‘Y todo el pueblo dirá ‘amén’’”.
El “amén”, hermano, también te permite decirle a tus hermanos que tú estás afirmando lo que tú les estás sosteniendo. Una iglesia cuando dice “amén” es posible que todo el mundo ahí afirme cualquier cosa. Quiero proteger a mi iglesia en ese sentido. Usted debe poder decir “amén” a lo que su iglesia sostiene. Y si no, hermano, si usted entiende que usted tiene la luz para persuadir a su iglesia de llevarla a una posición más correcta de la palabra del Señor, pero, por favor, que no sean tus preferencias particulares. No es que a ti te gusta tanto tu pecado que tú quisieras llevar a tu iglesia allí, sino que tú estás tan apasionado por el Señor y por su palabra que tú quisieras que el Señor sea apasionado igualmente como tú. Hay hermanos a quienes el Señor les da luz. Lleve a su iglesia a la luz, pero afirme lo que su iglesia afirma. El pueblo completo tenía que decir “amén”. Al parecer, hermano, fue el momento en que se introdujo el “amén” en la liturgia. Fue ahí que el pueblo aprendió que la palabra del Señor se responde con “amén”.
Practicando el “amén” en el culto
Paso a una parte más práctica: momentos apropiados para decir un “amén”. Miren, cuando un hermano se para aquí y ora en nombre de la iglesia, él no está orando solo, él está orando en nombre nuestro. O sea, el hermano vino a orar, él está orando corporativamente. Por eso todos estamos en comunión, orando, escuchando lo que el hermano está orando en nombre nuestro. Hoy, por ejemplo, nuestro hermano Jonathan Castillo, unido con nuestra iglesia, presentó la iglesia en oración. En ese momento, entonces, toda la iglesia está en comunión escuchando lo que el hermano está diciendo. Y cuando él va orando, entonces uno lo va afirmando, a veces en silencio, en un susurro, diciendo “amén, que así sea, es verdad”. Tú dices: “Escúchalo, Señor”. Ahí, hermano, tú estás aupando lo que el hermano está diciendo, estás diciendo con esto: “Él no está orando él solo, él está orando en nombre nuestro”.
Cuando alguien está orando corporativamente es un momento para decir un “amén”. Usted está diciendo: “Señor, él está orando en nombre mío y yo lo afirmo, lo que está diciendo, dámelo”. Ahí un hermano pide bendición, dice: “Señor, derrama tu bendición sobre tu pueblo”. Uno, en silencio, hermano, trata de no llamar la atención —que es otro extremo, ¿verdad?— no dice “amén” a voces a menos que haya un gozo, hermano, y una exultación que usted no pueda detenerse; que no creo que sea el día a día. Pero si yo veo un hermano que siempre está exultante, que siempre está “venga amén”, digo: o es muy sensible o no ha entendido, pero siempre así, hermano. Cuando se ora en nombre de la iglesia, la iglesia debe estar en un “amén” colectivo.
En un ruego, en un susurro ante el Señor. El hermano va clamando y uno va diciendo: “Amén, escúchalo, Señor. Sí, estamos de acuerdo, nos representa bien”. Gloria al Señor por eso, hermano. En una parte de la predicación que a ti te haya tocado especialmente, es momento para tú decir un “amén”. El “amén” no es al predicador. Los amenes programados no, así no. No, hermano, que no sea mecánico, que no sea programado. Pero en medio de la predicación el hermano va porcionando la palabra del Señor en porciones que son como punzones sobre uno, que uno a veces dice un “amén” como agonizando, como un “amén”, hermano, como “me están punzando duro y yo estoy luchando con ello, pero yo sé que es verdad”.
Ahí pasa que tú escuchas la palabra del Señor y tú dices: “Uy”, como decían los discípulos al Señor: “Dura es esta palabra, ¿quién la podrá oír?”. Entonces tú dices ahí, hermano, con convicción: “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso”. Si yo lucho con eso, Dios es verdadero, yo no lo soy. “Amén, Señor, aunque me punce”. A veces también, hermano: “Así sea, a pesar de mi gusto, a pesar de mi preferencia”. Hermano, cuando los atributos de Dios, su carácter, sus obras son proclamadas: “Dios es Santo, hermano. Dios es fiel”. Me han dicho: “Dios es fiel”. Dios es fiel. “Amén”. Dios es fiel, afirmamos eso, hermano. Él es justo, él es Santo, él es veraz, él es sublime, excelso, Dios. Entonces la iglesia dice su “amén”, hermano, porque ellos creen eso.
Hermano, en medio de la adoración, mire, entre una canción y la otra, que no falten, hermano, esos amenes. Una adoración, hermano, sublime, ahí uno nota la presencia del Señor. No hay que interrumpir —estoy metiendo aquí que interrumpir sería decir: “Venid, venid, venid” y sacar a la iglesia de su adoración—. No interrumpamos, pero usted dice “amén” en la adoración, está diciendo que está cantando, eso está siendo entendido, eso es “amén” a eso, hermano. Gloria al Señor. A veces uno dice, o no puede, uno no puede detenerse. El Apocalipsis, hermano, está bañado de amenes. A veces el apóstol Pablo… Yo me gozo —perdónenme— el apóstol Juan estaba en Apocalipsis, y a veces, hermano, él estaba diciendo algo y él tenía que pararse a decir “amén”. Yo me gozo leyendo así a Juan. Dice Apocalipsis 1:5–6:
“Y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén”.
— Apocalipsis 1:5–6
Y después sigue, y dice:
“He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén”.
— Apocalipsis 1:7
Ahí el apóstol Juan no solamente está diciendo cosas, él está montado, hermano, en eso; él está inmerso en la proclamación de los atributos de Dios, de sus obras. Más adelante, en el capítulo 1, versículo 17–18, dice:
“Cuando le vi, caí como muerto a sus pies; y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último, y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos. Amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades”.
— Apocalipsis 1:17–18
Ahí, hermano, él es el interlocutor al cual el Señor está hablando, y él tiene tanta emoción con lo que le está transmitiendo a la iglesia, hermano, que él no puede dejar de poner ahí un “amén”, “amén”, “amén”. Los ancianos, hermano, uf. Yo veo Apocalipsis 5, los ancianos escuchan lo que se decía:
“Y los cuatro seres vivientes decían: Amén; y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron al que vive por los siglos de los siglos”.
— Apocalipsis 5:14
Hermano, ¿no merece eso su “amén”? “Amén” es un asunto, hermano, de que no somos indiferentes a lo que se está diciendo. ¿Y cómo usted cree que termina el libro de Apocalipsis, hermano? Busque Apocalipsis al final. Lo último que la Biblia dice, hermano, es un “amén”: “Así sea, eso es verdad, ciertísimo”. Está diciendo:
“El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén”.
— Apocalipsis 22:20–21
La palabra del Señor termina, hermano, con afirmación. Ay, hermano mío, que por ignorancia piensan que “amén” es lo que se dice al final de la oración, que es lo que se dice al final de la oración. Uno ora y siempre “amén” es el punto final. Hermano, no. “Amén” es: “Todo lo que hemos dicho es verdad, todo lo que hemos dicho es cierto, todo eso lo anhelamos y lo queremos”.
Utilidad espiritual y corporativa del “amén”
Termino, hermano, diciendo cuál es la utilidad de estas expresiones. Mire, lo primero es que cuando tú afirmas la palabra del Señor públicamente te puede persuadir a otros. Cuando tú te tomas el tiempo de escuchar, meditar, reflexionar sobre sus implicaciones y responder con un “amén”, el hermano que está al lado tuyo, sin que alguien le haya mandado a decirlo, él puede… tú puedes decir “amén” y tú lo persuades para que él diga: “Oye, pero es que yo no le digo ‘amén’ a la palabra… amén, yo también”. Sin ser mecánicos, hermano, anhelo un pueblo que con convicción se anime a decirlo, a que afirme la palabra del Señor. Les he contado eso en ocasión: uno ve gente comiendo con gusto y uno come con gusto. Uno ve un pueblo entusiasmado con la palabra del Señor, afirmándola, y uno también quiere afirmarla. Es una manera de entusiasmar a tus hermanos con la palabra del Señor. Es decir, apropiadamente, después de haber entendido, para que sepa lo que está diciendo, decir: “Amén”.
Reafirma esto, el hecho de que somos una congregación. Lo que reina en nuestros días es el individualismo, de que yo tengo mi esfera de entendimiento, mi esfera de conocimiento; se está predicando la palabra del Señor, yo la estoy recibiendo en mi burbuja, donde nadie más entra, donde estamos Dios y yo directamente. Hermano, usted no está aquí solamente usted y Dios directamente; usted está aquí con nosotros y el Señor. Recuérdese que en Cristo nosotros somos hermanos, es lo corporativo lo que prima. Usted no está aquí solo recibiendo “su revelación, su revelación”. Cuando usted dice “amén”, usted dice: “Amén, estamos juntos en esto, estamos…”. Usted está reafirmando la identidad corporativa del pueblo del Señor.
Esto certifica que tú estás involucrado, que realmente estás atento, que estás escuchando, que estás participando y que no solamente tu cuerpo está aquí. Evidencia, hermano, que estamos a tono con quien nos está dirigiendo. Quien está dirigiendo el pueblo del Señor quiere saber que realmente está dirigiendo. Usted entiende lo que hay en dirigir. Si alguien le está dirigiendo la alabanza, él quiere verlo cantar, quiere verlo alabar. Él no está aquí solamente soltando. Si alguien está predicando, le está dirigiendo hacia la palabra del Señor y él quiere sentir que usted le está siguiendo. Es una manera de decir: “Sí, estamos contigo, te estamos acompañando, te estamos siguiendo y estamos de acuerdo en eso que estás haciendo para el bien de nuestra alma”.
Termino esto, hermano, miren: canaliza adecuadamente las emociones de la iglesia. El pueblo del Señor no solamente es razón. La razón prima, hermano, pero el Señor nos hizo también seres emocionales. La iglesia también siente. Yo quisiera pensar que mi iglesia no solamente, hermano, está creciendo en conocimiento, sino también en sensibilidad. Porque una de las cosas que hace el Espíritu Santo cuando nos regenera es que nos hace sensibles. Tú vienes a los caminos del Señor y tú estás duro, tú no sientes nada. Pero cuando tú vienes, él toma tu corazón de piedra, lo torna un corazón de carne. Ezequiel también lo dice, gloria al Señor. Si realmente el Señor ha tocado tu vida y tu corazón, cuando tú sientes su presencia, sientes su palabra, tú tienes que decir allá adentro: “Amén, lo estoy sintiendo, su presencia, su palabra”.
Un pueblo, hermano, no solamente tiene que saber crecer en entendimiento cerebral. Guau, hermano, el Señor nos libre de ser una iglesia cerebral solamente, gente que puede hacer dibujos teológicos maravillosos sobre el aire, pero que no pueden expresar adecuadamente lo que el Señor está haciendo en medio de ellos. El “amén”, hermano, es una expresión legítima, agradable a Dios y útil para la iglesia, de emociones que deben ser canalizadas para la gloria del Señor. Que el Señor nos permita como iglesia crecer en entendimiento y al mismo tiempo crecer en respuesta delante del Señor. Oro por mi pueblo, que el Señor nos acompañe, que el Señor nos permita crecer, que seamos una iglesia, hermanos, que el Señor no solamente la vea, sino que también el Señor la oiga.
Gracias por tu palabra, Señor, decimos “amén” a ella como pueblo. Que tu nombre sea exaltado, Señor, que prevalezca entre nosotros, Señor, tu revelación. Cuida a tu pueblo, Señor, de los pecados particulares a los cuales estamos especialmente expuestos. Cuida, Señor, tus ovejas. Permite, Padre, que corporativamente podamos reafirmar nuestra identidad, que digamos “amén” a las mismas cosas, Señor.
Que estemos de acuerdo en esto que es necesario, importantísimo. Cómo no decirlo, Señor: “Amén” a ti. Tú eres verdad, Señor. “Amén, amén”, en verdad y en verdad tú hablas, Señor. Nos unimos a los ancianos para decir: “Santo, Santo, Santo”. Alza la gloria. “Amén, amén”. Nos unimos con Juan, Señor, que mientras nos hablaba en nombre tuyo, él no podía dejar de decirlo: “Amén, yo también lo recibo, yo también soy pueblo”. Haz de esta iglesia una iglesia sensible, que este pueblo no solamente tenga oídos, sino también labios, Señor. Como te hemos adorado por un pueblo apasionado por la alabanza, levanta un pueblo, Señor, que exprese su obediencia con palabras, que diga, Señor, lo que está sintiendo, que no sea un pueblo, Señor, seco, apático, desentendido.
Si alguien hoy ha escuchado que hay un pueblo que tiene una palabra y que el Señor mandó a que hubiera símbolos, piedras grandes que les recuerden que eran el pueblo que tenía la palabra. Si tú no eres parte del pueblo, si solamente estás viendo la piedra alta y levantada desde lejos, ay, si el Señor te permite hoy ver a Cristo, que es el “amén” de Dios, en él son todas las promesas “sí y amén”. Si el Señor te permite ver hoy que en Cristo se cumplieron todas las promesas con certidumbre, si él le dijo “amén” a todo lo que Dios había dicho, en cierto sentido en medio del pueblo, y tienes esta preocupación de que todo está tan bueno y tú no eres parte, te lo estás perdiendo. Si el Señor te permitió hoy ver por un momento la revelación de Dios, la santidad de Dios, la hermosura de su adoración, si hoy adoraste al Señor y no es frecuente que le adores y has visto que has estado perdiendo esta oportunidad de manifestarle a tu Creador lo grande, lo excelso, lo majestuoso. Si el Señor te ha permitido sentir vergüenza por tus pecados…
Si uno de esos pecados que leímos hoy, a los cuales el pueblo del Señor decía: “Maldito sea ese”, “amén, amén, amén”, si te encontraste participando en esto, yo te invito a que confieses tu pecado delante del Señor con certidumbre, con la confianza de que cuando tú digas “amén” estás diciendo: “Eso es verdad, no porque yo lo inventé, sino porque su palabra lo dice”. Su palabra dice que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”.
Si ahí donde estás has escuchado la palabra, si Dios, en su palabra, te ha persuadido, si ha despertado algo en ti, yo te invito a que confieses ante el Señor tu pecado. El pecado más grande: la incredulidad; haber cerrado tus ojos a él, haber vivido en tu propia opinión, siendo sabio en ti mismo. Puedes decirle al Señor con tus palabras: “Señor, perdona mis pecados todos, perdona mi incredulidad. Hoy he escuchado y he sentido”. Escuchaste su palabra predicada. Si has escuchado esto, tómalo como una invitación del Señor. Confiesa tu pecado.
Ay, el Señor ha dicho también a los suyos: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron; mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Si tú quieres esta potestad en el Señor, si tú quieres tener esta seguridad, esta confianza en tu corazón, confiesa tu pecado y ven a él. Cree tú en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa, como dicen sus palabras. Si has confesado tus pecados, te invito a que te acerques a mí al final del culto. Será un gusto recibirte, nuestra iglesia local darte los rudimentos básicos de la fe cristiana. Si cualquier persona hoy entiende, estamos abiertos a recibirle en los talleres de membresía, acompañarle a formalizar su membresía o a ser llevado a las aguas del bautismo, como tres hermanos nuestros el domingo pasado así mismo lo hicieron.
Gracias por tu palabra, Señor, decimos juntos “amén” a ella. Amén. Que el Señor les bendiga. Nuestro ministerio de adoración nos despide con alabanzas.