El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido. Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
— 1 Corintios 13:4-13
Casi todo el mundo conoce Primera de Corintios 13. Lo que muchas personas no conocen es que esta no es una porción inspirada específicamente para parejas. La Escritura tiene mucho que decir acerca del amor en la pareja; hay todo un libro del Antiguo Testamento, el Cantar de los Cantares, que habla de ese amor romántico que debe existir entre los esposos. Y tampoco está mal considerar el amor y extrapolarlo a las parejas. Sin embargo, el propósito principal que tenía el apóstol Pablo cuando escribió esta carta no era hablar acerca de cómo debería ser el amor en la pareja.
Lo que el apóstol Pablo estaba explicando es cómo debía ser el amor en el contexto de la iglesia local. Él expuso en los capítulos anteriores una gran cantidad de conflictos que había en la iglesia, y explicó en el capítulo 13 cómo resolver esos conflictos. Por eso dice nuestra introducción que la iglesia en Corinto tenía dones en abundancia, pero al utilizarlos, en vez de edificarse mutuamente, los hermanos se estaban destruyendo. Había un gran desorden, pues todos intentaban utilizar sus dones al mismo tiempo. Había competencia por ver cuál don era superior, y había falta de unidad, cada uno buscando su propio interés.
Pablo les escribió para mostrarles un camino superior, una virtud que podían cultivar y expresar todos al mismo tiempo sin dañarse: el camino del amor. Les mostró que el amor es necesario para utilizar cualquier otro don; les mostró que el amor tiene que ser expresado en formas prácticas; y por último les mostró que el amor, a diferencia de los otros dones, que tienen un uso puntual en este tiempo pero no harán falta cuando estemos en la presencia del Señor, nunca deja de ser. Al cultivar y expresar el amor, no solamente edificamos la iglesia de Cristo, sino que hacemos lo mismo que estaremos haciendo para siempre en la eternidad.
Para mostrarles, hermanos, que el apóstol Pablo no está hablando acerca del amor en la pareja, miren lo que dice al final del capítulo 12. Está hablando acerca de los dones de la iglesia cristiana y les dice:
Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro un camino aun más excelente.
— 1 Corintios 12:31
Y después de hablar de un camino más excelente, entonces comienza a explicar acerca del amor. El contexto de esta porción de las Escrituras es una iglesia que necesitaba conocer el amor. Era una iglesia que necesitaba dejar de destruirse y comenzar a edificarse. Y es lo mismo que pretendo hacer hoy: enseñar en nuestra iglesia local la superioridad que tiene el amor con relación a cualquier otro don.
Una iglesia rica en dones que se estaba destruyendo
Es frecuente que cuando una persona llega a una iglesia cristiana tenga la intención de servir. Eso me sucede a mí, le sucede a cualquier otro creyente. Cuando uno llega a un lugar, no solamente quiere estar allí, sino que quiere estar allí haciendo algo. Uno tiene la intención de ponerle las manos al arado, de involucrarse en algún ministerio, de comenzar a servir, de utilizar los dones que el Señor le ha dado.
La iglesia en Corinto era una iglesia rica en dones. No hay otra iglesia en el Nuevo Testamento donde se describan tantos dones como había en la iglesia de Corinto. Había hermanos que tenían el don de profecía y podían traer el mensaje preciso de Dios para cada momento. Había hermanos a quienes el Señor les había dado sobrenaturalmente la capacidad de predicar el evangelio en lenguas que ellos no habían conocido de manera natural, como sucedió el día de Pentecostés, cuando había allí partos, medos, elamitas, personas que vivían en el Ponto, y escuchaban a los discípulos de Cristo hablarles en sus propias lenguas. En la iglesia de Corinto había gente que tenía esa habilidad. Al mismo tiempo había personas a quienes el Señor utilizaba para hacer milagros.
Había tantos dones, hermanos, y sin embargo era una iglesia que no estaba siendo edificada, sino destruida. Y hay una gran lección para nosotros allí: que haya dones en una iglesia no significa que la iglesia va a crecer. Es más, podría ser lo inverso. Ante la abundancia de dones, si los dones no se utilizan como dice la Escritura que hay que utilizarlos, puede ser que la iglesia local se haga más daño.
Por eso el apóstol les escribió hablándoles acerca de la superioridad del amor, y les mostró el amor como un camino que es superior a cualquiera de los otros.
El amor es necesario junto a cualquier otro don
En primer lugar, en el capítulo 13, del versículo 1 al versículo 3, les menciona que el amor es necesario junto a cualquier otro don. Los dones espirituales no se pueden utilizar solos; por fuertes que sean, es necesario mezclarlos con el amor cristiano para que produzcan su fruto.
Quiero ilustrar esto con algo que quizás ustedes conocen y que algunos hasta han experimentado. Para que un carro funcione necesita gasolina, para que haga la combustión. Pero el motor no funciona solamente con gasolina: al mismo tiempo se usa aceite. Quizás usted se ha quedado sin gasolina, y busca gasolina, y la pone, y el carro prende. Pero cuando usted se queda sin aceite, el carro hay que llevárselo en una grúa. Un motor que está ejerciendo su función y no está lleno de aceite para la lubricación, terminará fundido. Una iglesia que intenta utilizar sus dones cuando esos dones no están permeados del amor cristiano, terminará también en la destrucción.
El amor es fundamental para hacer cualquier otra cosa, a un punto tal que debería ser lo primero que uno aprenda antes de intentar ponerle la mano al arado. Pasa igual en el área del diseño: hay libros que son fundamentales y hay principios que se deben conocer. Yo tengo la bendición de que me gusta el diseño, y me casé con una diseñadora que además da clases de diseño. Ella me cuenta la historia de cuando llegan sus alumnos al ITLA a estudiar multimedia. Ellos quieren que las cosas se salgan de la pantalla, quieren que les enseñen a hacer cosas grandiosas con los programas de diseño, y cuando llegan, lo primero que les dan es introducción a la comunicación visual, con un libro de Wucius Wong, y les enseñan puntos y tramas. Durante meses les están enseñando puntos y tramas, y después entonces les dan la línea. Y ellos dicen: «¿En qué momento vamos a Photoshop? ¿En qué momento vamos a Illustrator?». Ahora mismo son solamente puntos y tramas; cuando aprendas puntos, tramas y líneas, entonces comenzarás a utilizar las herramientas.
Con el servicio al Señor ocurre lo mismo. Antes de utilizar los preciosos dones que el Señor nos ha dado, deberíamos cultivar el amor; y si cultivamos el amor, entonces todos los otros dones comienzan a valer la pena.
Por eso el apóstol Pablo menciona tres casos puntuales. Él dice que si hablas en lenguas humanas —y no solamente lenguas humanas, sino si pudieras hablar el lenguaje de los ángeles— y no tienes amor, vienes a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. Es un sonido grotesco, un sonido no melódico; no permite que mi don cumpla su propósito, no me permite comunicar lo que tengo que comunicar. Lo más parecido a esto, hermano, es que usted intente darle con una piedra a una lata de salsa. ¿Y queda alguna melodía? Es un sonido que no tiene melodía, un sonido donde no hay armonía; no hay manera de que eso sea agradable. El sonido está ahí, pero más que música es ruido. Dice el apóstol Pablo que si yo intentara utilizar los dones espirituales sin amor, yo sería como alguien que intenta sacar una preciosa melodía con una piedra y una lata de salsa. Es darle solamente al metal, donde no hay sonido que se distinga.
Después avanza con otro don y dice: si yo tuviera profecía, y tuviera ciencia, y tuviera fe. Estos eran los maestros de la iglesia, y entre los corintios había muchos. Y les dice: si tuviera todo eso, de forma tal que pudiera trasladar los montes de lugar, y si pudiera responder todos los misterios, y no tuviera amor, nada soy. Después comienza a hablar acerca de la extrema generosidad: si yo tuviera la capacidad de desprenderme de todos mis bienes, de forma tal que pudiera dar hasta mi propio cuerpo para ser quemado, y no tuviera amor, de nada me sirve.
Hermanos, yo sospecho que quizás muchos de nosotros hemos comenzado a ponerle la mano al arado antes de entender lo que significa amar a la iglesia local, y por eso la iglesia local quizás no está creciendo tan rápido como podría crecer, ni dando tanto fruto como podría dar. No se trata solamente de ponerle la mano al arado; se trata de conocer la manera en que el Señor quiere que se conduzca la iglesia. Y para cualquier ministerio el amor es absolutamente necesario, a un punto tal que si tienes un don que el Señor te ha dado y todavía no has aprendido lo que significa amar, deberías poner tu don en pausa y comenzar a cultivar el amor.
Son tres ejemplos puntuales de las cosas que abundaban en la iglesia de Corinto. El apóstol Pablo está diciendo: nada de eso importa si acaso no hay amor.
El amor se expresa en formas prácticas
Entonces aquí comienza a expresar el amor de maneras prácticas. No voy a detenerme palabra por palabra, sino que solamente voy a tomar algunas que encuentro de interés especial. Después de explicarles que el amor es necesario junto a cualquier otro don que tengas, él les dice que el amor se expresa en maneras prácticas. Y por favor, hermano, no pienses aquí en tu esposo o en tu esposa; no pienses aquí en el amor de pareja: piensa en el amor en la iglesia local.
El apóstol Pablo comienza diciendo que el amor es sufrido. Amigo que estás aquí, si tú estás pensando ser miembro de una iglesia local, tendrás que sufrir la iglesia local. Ser parte de la iglesia de Cristo muy probablemente significa que tendrás que ejercitar la paciencia de una manera y extenderla a niveles para los que no estabas preparado; y si no fuera por la misericordia del Señor, tampoco lo lograrías.
El propósito de todo este listado de las maneras en que se expresa el amor es contrastarlo con los dones amplios que había en la iglesia de Corinto, que se mencionan en el capítulo 12:
Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho.
— 1 Corintios 12:4-7
Después de explicar los dones espirituales, entonces el apóstol Pablo enseña el amor y les dice: ustedes, que quieren ser grandes maestros, comiencen amando. Ustedes, que quieren ser profetas, comiencen amando. Ustedes, que quieren ser utilizados por el Señor para extender su iglesia a otros pueblos que ni siquiera hablan la lengua que ustedes hablan, comiencen amando. Todo el mundo quiere comenzar sirviendo, pero el apóstol Pablo les dice: comiencen amando.
Esto es así, hermano, porque usted enseñando satura, pero de amar nadie se cansa. El amor siempre hace falta. Quizás tú eres músico y dices: «Yo toco guitarra». Ah, ya tenemos dos; vamos a ver si nos turnamos, porque hay un turno y hay dos guitarristas. ¿Y tú no podrías tocar maracas? Pero el amor nunca sobra. No hay manera de que la iglesia se sature de amor. El amor se usa en todo tiempo y en todo lugar.
Quizás tú eres maestro. La verdad, hermano, es que hay un momento para uno enseñar la palabra del Señor y hay otro momento que no es el momento de dar un sermón. Yo pensaba, por ejemplo: a mí nunca me han invitado a dar un sermón de cumpleaños. Nadie dice «cumplo años, venga el pastor a predicar un sermón de cuarenta minutos». No es el momento. Pero el amor siempre tiene espacio. Siempre hay momento para el amor. Si tú tienes cualquier otro don, cualquier ministerio, cualquier otro oficio, tendrás que esperar el momento para utilizar tu don, para ejercer tu oficio y para cumplir tu ministerio. Pero para el amor siempre hay momento.
Es más, hermano: no hace falta una coordinación especial para que tú ames. «Yo tengo pasión por dar estudios». Los estudios hay que coordinarlos, hay que ponerles fecha y hay que esperar el momento. Pero el amor tú puedes darlo en cualquier momento y en cualquier lugar. Además, hay un asunto importante: los dones hay que administrarlos con mucho cuidado, porque si no se usan bien, entonces dañan. Es muy difícil que usted dañe amando. Lo que estaba pasando en la iglesia de Corinto es que estos hermanos que tenían dones llegaban a un culto armados; dice el apóstol Pablo que cinco hablaban al mismo tiempo.
Había tantos maestros que a un culto llegaban cinco: «Yo tengo un salmo». «Yo también tengo el mío». «Yo quiero cantar». «Yo también». «Yo tengo profecía». «Y aquí también hay profecía». Es más, el apóstol Pablo tuvo que decirles: túrnense, hermanos, pónganse por turnos, para que primero hable uno y después hable el otro, porque van a pensar que están locos. Pero cuando una iglesia se satura de amor y comienza a amarse, siempre hay espacio, y es muy difícil que nos hagamos daño.
Ni envidia, ni jactancia, ni envanecimiento
Lo primero que dice es que el amor es sufrido. Esto significa que es una persona paciente ante la ofensa, alguien que soporta las ofensas sin devolver el golpe. Alguien que dice: «Yo puedo soportarte, hermano; yo puedo sufrirte». Amigos que están aquí presentes: ser parte de una iglesia no es solamente ponerle la mano al arado y cumplir un ministerio; es sufrir a tus demás hermanos.
Pero no se queda ahí. Después de decir que el amor es sufrido, él abunda todavía más y dice que el amor es benigno. Esto tiene que ver con lo anterior: la manifestación del amor es esa benignidad.
Dice en tercer lugar que el amor no tiene envidia. No desea lo que Dios le ha dado a otros hermanos, sino que lo alaba. Miren qué diferencia hace esto, porque siempre se ha enseñado como si fuera en la pareja. No es el contexto de la pareja; el contexto inmediato es la iglesia local. Y es que sucedía que algunos hermanos deseaban el don que tenía el otro: «El Señor me dio a mí este don, este oficio, este ministerio, pero el de fulano sí que está bueno; yo quisiera el de fulano». Dice que el amor no tiene envidia.
Dice también que el amor no es jactancioso. ¡Cuánto daño hace la jactancia en la iglesia! Es una persona que se ensoberbece de lo que el Señor le ha dado. Son aquellos que se sienten más importantes por el ministerio especial que el Señor les dio y dicen: «Yo sí tengo, porque el Señor…». Eso es jactancia. Son aquellos que se sienten muy orgullosos por su trayectoria ministerial o por su permanencia, aquellos que dicen: «Yo tengo tantos años sirviendo al Señor», por sus propios medios. Eso es jactancia. Son aquellos que se jactan por sus muchos frutos y dicen: «Yo sí doy frutos para el Señor, yo sí tengo cosas que mostrar».
Hay otros que se entienden superiores a sus hermanos por el don especial que el Señor les ha dado, y dicen que nadie lo hace como ellos. Yo he escuchado gente que dice: «No, yo estaba sirviendo en esa iglesia, pero eso nadie lo hacía, y cuando yo me fui, eso se cayó». ¿Y con qué fue que tú estuviste edificando? Si después que tú te fuiste eso se cayó, ¿con qué edificaste? El valor del fruto de un ministerio se ve cuando el ministro se va; si eso permanece y no se cae, entonces se edificó bien. Es jactancia aquel que se cree más importante que su hermano por sus frutos, por su trayectoria, por su aparente superioridad.
Luego dice en quinto lugar que el amor no se envanece, esto es, que no es arrogante. El envanecimiento tiene que ver con alguien que pretende tener más de lo que tiene, y regularmente se evidencia en el conocimiento. Una persona envanecida piensa que es la que más sabe. Algo que yo he visto es que mientras más estudia una persona la palabra del Señor, más humilde se hace. Si está entendiendo la palabra, eso se tiene que manifestar. No puede ser que tengas un año estudiando la palabra del Señor y no reconozcas que hay más y más de Dios, y que cada vez necesitas más y más del conocimiento del Señor. Si realmente se está aprovechando la palabra del Señor, en vez de envanecerte, lo que debería suceder es que te humilles.
¿Cómo se manifiesta este envanecimiento? Hay personas que quieren ir más allá de la revelación del Señor. Decía el apóstol Pablo en el capítulo cuatro, versículo 6:
Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros.
— 1 Corintios 4:6
En la iglesia había algunos que pensaban más de lo que está escrito. En la Escritura, hermano, hay cosas que todavía son misterios para nosotros. Hay cosas sobre las cuales, humanamente hablando, no podemos dar respuestas concluyentes. Pero hay algunos que se envanecen y quieren dar la respuesta precisa para cada cosa, y entender que ellos sí saben lo que es.
Yo veía con dolor a un hermano en un escrito muy famoso refutando a otro. Le refuta la posición al otro y dice: «El hermano fulano dice que esto y esto y esto, pero él no está de acuerdo, porque lo que la Biblia dice es esto». Lo que él dice que la Biblia dice es su opinión particular. Por eso digo que envanecimiento es esto: a un punto tal que tú igualas lo que tú opinas con lo que Dios afirma. Manda la Escritura, y hay cantidad de cosas que no están concluidas todavía, que cuando estemos en la presencia del Señor nosotros sabremos. Y tendremos que vivir con esta realidad. Algunos se envanecen y quieren responder lo que Dios no ha respondido.
En un momento los discípulos del Señor se acercaron a él y le dijeron: «Maestro, ¿cuándo serán estas cosas?». Y les dijo que a ellos no les había sido dado saber esas cosas. Hermano, esté quieto con lo que usted recibió y no se envanezca tratando de afirmar lo que Dios no afirma. No enseñe su especulación como si fuera la palabra del Señor. Dice asimismo en el capítulo 8, desde el versículo 1:
En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica.
— 1 Corintios 8:1
¿Qué era esto? Una cantidad de hermanos que tenían una libertad cristiana muy desarrollada, porque entendían que eran los que más Biblia sabían, y estaban haciendo ocasión de caer a sus vecinos.
El amor no hace nada indebido
El amor no es jactancioso, el amor no se envanece. Pero también nos dice que el amor no hace nada indebido, y ese «nada indebido» significa nada indecoroso. En esto sí me detuve, porque tiene mucha relevancia para la iglesia local. Si realmente tú amas la iglesia del Señor y amas a tus hermanos, tú no vas a hacer cosas que puedan ser escandalosas para ellos.
Quizás para que se entienda mejor lo que significa que el amor no hace nada indebido o no hace nada indecoroso, como traducen algunas versiones: es lo contrario a aquel que dice «mi vida es mía, hago con ella lo que me dé la gana y que nadie se meta». Hermano, por lo que tú estás haciendo estás siendo ocasión de caída. «Eso no es bíblico, lo que me estás diciendo». Y quizás no lo sea, pero esa actitud tuya tampoco lo es. «Yo hago con mi vida lo que yo entienda». No, hermano; tú eres un esclavo de Cristo, eres un consiervo, y tus acciones afectan a tus hermanos. Hacer cosas indebidas es hacer aquellas cosas que podrían ser dañinas para tus hermanos, aunque no necesariamente haya un versículo puntual que las refute.
Doy ejemplos de asuntos que podrían ser indecorosos. Las relaciones interpersonales, por ejemplo. Se estila en una sociedad que los mayores tienen que ser respetados. Y sería indecoroso que un muchacho venga donde una persona que le lleva treinta o cuarenta años y la trate como si fuera un igual. ¿Usted puede entenderme? Eso es algo indecoroso. «Es que somos una iglesia, aquí todos somos iguales». Sí, ante el Señor sabemos que somos iguales, hermano, pero hay ciertos señores a los que hay que tener respeto: la gente que está peinando canas. A un punto tal que tú podrías instruirle, tú podrías aconsejarle, pero tienes que hacerlo con sumo respeto, porque entiendes que hay un asunto que hay que honrar. Dice la Escritura que honremos las canas. Es triste ver a muchos jóvenes cristianos ofendiendo a sus mayores en la iglesia por entender que tienen la misma dignidad ante el Señor. Es verdad, pero los años están ahí.
Es más: cuando Pablo aconsejó a Timoteo —miren, Timoteo era un predicador joven, Timoteo podría ser el hijo de la mayoría de sus iguales—, cuando el apóstol Pablo le escribió acerca de cómo debería conducirse, miren lo que le dice:
No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre; a los más jóvenes, como a hermanos; a las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza.
— 1 Timoteo 5:1-2
Oigan lo que dice la Escritura: que un joven como Timoteo, cuando tenía que hablarle a un anciano, no podía venir a darle con un palito por la mano. No: exhórtalo. Oigan el cambio: no es repréndelo, sino exhórtalo como si fuera tu padre. Hermano, es indecoroso ver a un joven cristiano refiriéndose a personas mayores que él con esa ligereza. Siento que en nuestra sociedad el mundo nos ha arropado en esas cosas, a un punto tal que la iglesia se ve así. Un joven debería referirse a una persona que podría ser su madre o su padre como si fuera su madre o su padre. Yo les recomiendo, hermano: dígale «doña fulana», «hermano fulano», «don zutano». Y tú vas a decir: «Ah, pero yo sé más Biblia que él». Es que tiene canas; hay que honrarlas. Eso está mandado. Lo otro es indecoroso.
En el trato también puede haber un trato indecoroso. Le decía el apóstol Pablo a Timoteo: al anciano no lo reprendas, no venga usted a darle con la tablita al anciano; exhórtalo como si fuera tu padre. A los más jóvenes, como hermanos. Oigan el cuidado: no «tienes que hacerme caso porque soy tu maestro», sino como si fuera tu hermano; es con un cariño que no es como si fuera un desconocido, sino como tu hermano. Pero después le dice: a las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza. Oigan cómo debe ser el trato para que sea decoroso en una iglesia local.
Son asuntos prácticos. Dice la Escritura que el amor no hace cosas indecorosas, y si realmente amas a la iglesia cristiana, tú vas a guardar el decoro. En el vocabulario, por ejemplo. ¿Verdad que hay cosas que son malsonantes? Y usted me dirá que en el diccionario no están calificadas como malas palabras. No son cosas malas en sí, pero son cosas que en la boca de un cristiano no deberían estar. Un vocabulario vulgar no debería ser el vocabulario de un cristiano si realmente amas a tus hermanos. Y miren qué pasa con eso, hermano: cuando tú lo haces, a quien tú ofendes regularmente se le queda, y dice: «Ay, pero ese hermano sí tiene un trato muy brusco hacia los demás». La Escritura habla de eso, de no ofender el decoro. Hay que mantener ciertos asuntos que son prudenciales. La vestimenta, también.
Si realmente tú amas a tu iglesia y amas a tus hermanos, deberías tener cuidado en la forma en que te vistes, en la forma en que hablas, en la forma en que te refieres a tus hermanas jóvenes, en la manera en que te refieres a los adultos. Qué hermoso sería, hermanos, si nosotros diéramos el ejemplo de una iglesia donde las personas mayores se sientan respetadas y bienvenidas. No porque tengan dinero —porque el mundo celebra a quien tiene dinero, no hay ni que pedirlo, lo van a celebrar automáticamente—, sino porque tienen años. Qué hermoso sería si uno viera aquí a los jovencitos respetando a los más grandes y dándoles el lugar que les corresponde. El amor, dice la Escritura, no hace nada que sea indecoroso, nada que sea indebido.
No busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor
Sigue avanzando el apóstol y dice que el amor no busca lo suyo. Hay una traducción que encontré que traduce esa misma expresión como que el amor no se aferra a su punto de vista. No es alguien que se aferra a su opinión. Hay gente que dice: «Eso se hace a la manera mía o no se hace». Dice que el amor en la iglesia local es una persona que no anda buscando lo suyo, sino lo de su hermano; alguien que no busca sus propios intereses.
¿Tú quieres manifestar amor a la iglesia local? Toda persona que solamente habla de sus temas… Si es pelotero, solamente habla de pelota. Mi hermano, no es solamente tu tema; podemos hablar de otros temas y de cosas que les interesan a los otros. No tenemos que hablar de electrónica. Aprende a cultivar un chin ese tema que a ti no te interesa, por amor a tu hermano, por sus aflicciones, por sus preferencias. También una buena traducción de «no busca lo suyo» sería alguien que no reclama insistentemente sus derechos, sino que manifiesta una actitud de cierto desprendimiento.
Así le escribió el apóstol Pablo a los filipenses, en el capítulo dos:
Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.
— Filipenses 2:1-4
«Entonces yo tengo este don precioso que me ha dado el Señor, yo quisiera edificar. ¿Qué hago para edificar?». Arranca amando. Arranca dejando de buscar tu propio interés y comienza a buscar el interés de tu hermano. Que tu prioridad no sea tu propia edificación, sino la mutua edificación. Porque si tú te preocupas por el bienestar de tu hermano y tu hermano se preocupa por el bienestar tuyo, todos estaremos bien. El problema que había con los de Corinto es que ellos decían: «No, yo tengo el don, yo tengo que hacerlo». Pero recuerda que tú lo quieres hacer para la mutua edificación; no se trata solamente de que se haga, sino de que se haga y edifique.
Él dice también que el amor no se irrita. Una persona irritable es aquella que pierde la calma, y es que esto ya es algo característico en ella. Es a los que le dicen «mecha corta»: personas a las que nadie les puede poner nada, porque son volubles. Es otra persona ante la mínima cosa; es una explosión. Dice la Escritura que el amor en la iglesia local no se irrita; no es una persona que anda siempre como sangrando por una herida, a la que no se le puede poner la mano.
Combinen todas esas cosas, hermanos, y ustedes se darán cuenta de que el apóstol Pablo tiene un programa donde nos dice que lo más importante no son los dones sobrenaturales. Lo más importante es una cosa más sencilla: que se amen.
Dice que el amor no guarda rencor. Son aquellos que guardan los tickets para pasar factura. Eso se llama acúmulo. «No se preocupe, que yo se la estoy anotando. Me ofendió ayer, me ofendió antier, me ofendió el año pasado; desde que yo llegué me está ofendiendo; ya van cuatro veces que me lo hace». Dice la Escritura que el amor no guarda rencor. No estás guardando los papelitos ahí para pasarle la factura con valor fiscal dentro de diez años: «Míralo, aquí me ofendiste, aquí y aquí». Hermano, el amor suelta eso, bota ese asunto.
Es verdad que la Escritura nos dice que ante un caso grave es necesario ir donde el hermano y tratar de reprenderlo, y si no te escucha, llevar dos más. Pero hay cantidad de cosas que son asuntos pequeños en la iglesia, hermano, y esos papelitos se sueltan. No podemos estar haciendo un caso por la cosa más mínima: «Es que me pisó; tengo que buscar otro hermano para que venga; después tengo que decírselo a la iglesia, y ténganlo por gentil», y publicándolo. Hay casos que son muy graves, que deshonran al Señor, a los que hay que prestarles atención; pero la mayoría de las cosas que dañan la iglesia son pequeños acúmulos que la gente va guardando en el corazón: que un saludo no me dio, que me ofendió, que no me buscó. Hermano, hay cosas que usted suelta en el camino.
No hay que estar guardando las cosas pequeñas, por amor a tu hermano. Las cosas graves, deberías ir y reprenderlo; pero esas cosas pequeñas se resuelven soltándolas. Hay gente que tiene un acúmulo ahí desde hace cinco años. Dice la Escritura que el amor no guarda rencor. En cuanto dependa de ti, hermano, deja ese asunto y sigue caminando.
Todo lo cubre, todo lo cree, todo lo espera
También nos dice que el amor no se goza de la injusticia, sino de la verdad. Una persona que se goza de la injusticia es esa que desarrolla cierto morbo por las caídas ajenas. Cuando cayó aquella persona, cuando faltó aquella gente que deshonró al Señor. Hay gente que se mete en YouTube a buscar cosas: «Mira, ahí está el predicador que fue avergonzado; mira a este viviendo una vida inapropiada». Dice que el amor no se goza en ese asunto. Tú no andas cultivando a ver dónde es que se cae aquel, dónde falla el otro. Gente que anda transportando ese chisme evangélico: «Mira que a fulano, el de tal iglesia, le sucedió esto». Dice la Escritura que en eso no se goza.
Hay algunos que desarrollan hasta cierta satisfacción impía por el tropiezo del hermano. Yo prediqué aquí de eso, de Abdías, ¿recuerdan? De lo que hicieron los edomitas, que se alegraron porque Israel cayó. Hay gente que en su corazón desarrolla hasta cierta satisfacción porque alguien cayera.
Después nos dice que el amor todo lo sufre. Quizás la traducción más precisa, como lo traducen algunas versiones, es que el amor todo lo cubre; como alguien que tira un paño sobre la ofensa. Poéticamente alguien lo dijo así: es alguien que arroja un manto de silencio sobre las faltas de su hermano.
Oigan qué hermoso. Tú descubriste que tu hermano faltó en algo, y tú tiras como un manto de silencio sobre eso y le dices: hermano, eso no se habla, eso se quedó aquí entre nosotros. Y no es que estás siendo copartícipe de ese pecado, ni que estás señalando a todo el mundo —«tú esto, tú lo otro, tú aquello»—, sino que tú puedes cubrirlo. Así mismo lo enseña el apóstol Pedro, cuando anima a la iglesia en el capítulo cuatro, versículo 8:
Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados.
— 1 Pedro 4:8
Es alguien que cubre a un hermano que comete cierta falta, y tú, en vez de enrostrárselo, en vez de avergonzarlo, en vez de tenerlo ahí con un «te agarré», le tiras un manto de silencio y le dices: «Me faltaste, pero mira, no te deshonro, no te difamo». Todos nosotros somos parte de una iglesia, y hay gente que te va a defraudar en algo, en un asunto más grande o en un asunto más pequeño, y tú tienes dos opciones. «Mira, este hermano me dijo que se iba a ver conmigo a tal hora y llegó cinco horas después. Déjame llamar a cinco para decírselo». O tú tienes un manto de silencio y cubres ese asunto. Y sí puedes ayudar a tu hermano: «Hermano, me dijiste que los pesos me los ibas a devolver el viernes y me los devolviste el domingo». Ahí sí, háblale a él, porque él te dijo una cosa; pero después, un manto de silencio sobre eso. Si puedes ayudarlo, hermano, ayúdalo; pero no salgas a soltarlo por ahí en la calle. El amor cubre.
Después dice: el amor todo lo cree. Aquí se pone un edificio en la iglesia, hermano, porque después que alguien te ha faltado, volver a darle credibilidad a ese hermano requiere un esfuerzo intencional. Él dijo que cambió. «Sí, ya, ya, ya lo creo». Ese es el amor, hermano. O sea, si realmente tú amas a tu hermano, por su comportamiento pasado tú no determinas su comportamiento futuro. Porque él haya faltado a su compromiso el año pasado no significa que durante toda su vida estará incumpliendo. Que haya deshonrado a Cristo ayer no quiere decir que estará arrastrándose por el suelo durante toda su vida. Dice la Escritura que el amor todo lo cree: cuando tu hermano te dice «mira, me he arrepentido de mi falta, lo he admitido ante el Señor y en lo adelante trataré de vivir una vida distinta», hermano, yo te creo.
«Pero es que tiene cinco años en eso, tiene diez años». Sí, yo le creo, porque el amor todo lo cree. Es un asunto de convicción. Adentro tuyo hay un cuestionamiento, ¿tú puedes entenderme? Hay un asunto en tu corazón que te dice: «Ese no va a cumplir, eso no va a ser verdad». Pero adentro tuyo tú dices: el amor todo lo cree.
Todo lo espera. Hay una expectativa: «Yo espero que sea distinto. Yo espero que haya un renacimiento. Espero que haya buen testimonio. Espero que haya un caminar recto y derecho». Porque el amor todo lo espera.
Miren, a veces se requiere eso con una persona que ha estado jugando con los caminos del Señor durante años. Hay personas que tienen años jugando con el Señor y no se comprometen, a un punto tal que cuando ya se comprometen con el Señor, entonces su iglesia local no cree que sea verdad: «Ese tenía diez años, yo lo conozco de tal lugar». Dice la Escritura que el amor todo lo cree, todo lo espera. Y después cierra todo ese asunto y dice: el amor todo lo soporta.
El amor nunca deja de ser
En primer lugar, hermanos, les he dicho que el apóstol Pablo les enseñó a ellos que para desarrollar cualquier otro don —el don de hablar lenguas, el don de hacer misericordia, el don del desprendimiento, las profecías— es necesario el amor, porque el amor es lo que permite que eso camine. Después les explicó cómo el amor tiene que expresarse. Y entonces el apóstol Pablo cierra el asunto enseñando que el amor nunca pierde su utilidad.
El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.
— 1 Corintios 13:8
¿Cuándo se va a acabar, hermano? Dice la Escritura que en un momento todos nosotros nos veremos en la presencia del Señor y veremos las cosas tal cual son. Y llegará un momento en que no habrá que esperar que una persona estudie las Escrituras para que nos venga a enseñar, porque tendremos un conocimiento pleno en la presencia del Señor. Y cuando eso ocurra, hermano, ya no hará falta que venga una persona a enseñarnos, porque estaremos en su presencia.
¿Para qué eran útiles las lenguas en aquellos tiempos? Para predicar el evangelio de pueblo en pueblo. Cuando todos estemos en la presencia del Señor, no harán falta lenguas. ¿Para qué era la profecía? Para traer el mensaje puntual que el Señor quería dar al pueblo en ese momento; cuando tengamos su presencia, no harán falta las profecías. ¿Y la ciencia? La ciencia es la capacidad de entender. Cuando todo sea claro… Ahora mismo nosotros vemos como por medio de un espejo, pero eventualmente veremos las cosas claramente. Ya no harán falta maestros, no harán falta profetas, no harán falta misioneros. Todas esas cosas, dice la Escritura, eventualmente pasarán.
Yo recibo frecuentemente llamadas en mi casa, y me gusta mucho recibirlas, porque yo disfruto estudiar con mis hermanos. Por lo menos recibo dos llamadas a la semana de un hermano: «Mira, que estoy leyendo aquí Primera de Corintios y no entiendo esto»; «es que en mi trabajo surgió una conversación y no sé qué». Y yo me gozo. Pero vaya, llegará un momento, hermano, en que alguien va a venir donde mí cuando estemos en la presencia del Señor, en el cielo: «Rafael, mira que yo no entiendo tal cosa». Y yo le diré: ve y pregúntale al Señor, que estamos todos en su presencia allá. ¿Para qué tú me traes eso a mí? Ven, vamos juntos: «Señor, ¿qué es lo que tú quisiste decir aquí?». Ya no será «yo lo entiendo así, yo lo interpreto así». No, hermano: llegará un momento en que estaremos ante la presencia del Señor y no harán falta maestros, porque todo se verá claramente.
Y cuando eso ocurra, habrá cantidad de gente que se quedará sin trabajo; pero el que aprendió a amar tendrá algo que hacer en el cielo. Yo me pregunto por una cantidad de hermanos míos que viven para hacer apologética, para pelear, para debatir: cuando todos estemos en la presencia del Señor y no haya que debatir, ¿qué tú vas a hacer en el cielo? Cuando no haya por qué pelear, cuando no haya que pulsear, cuando todo el mundo tenga el mismo nivel de conocimiento en la presencia del Señor y todos veamos tal cual es, ¿qué tú vas a hacer, hermano? Lo único que podremos hacer es amar. Por eso es necesario comenzar a practicarlo desde ahora: es lo único que podremos hacer eternamente.
Dice el apóstol que todas esas cosas pasan:
Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.
— 1 Corintios 13:9-10
Cuando todos nosotros seamos perfeccionados, cuando tengamos un cuerpo glorificado y un entendimiento aclarado en la presencia del Señor, cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará. ¿Y qué es lo que es en parte? La predicación de un hermano. Mire, yo puedo predicar con la sabiduría que el Señor me dé para hacerlo, pero siempre alcanzaré una pequeña parte de la revelación del Señor. Nadie llega a tener en esta tierra un entendimiento cabal de todo lo que Dios está mostrando. Ahora mismo todo lo que tenemos lo tenemos en parte; pero eventualmente nadie tendrá que enseñar a su hermano, sino que todo el mundo tendrá la mente de Cristo.
Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.
— 1 Corintios 13:11-12
Tendré un entendimiento pleno. ¿Y cuando eso suceda, hermano, qué es lo que va a pasar? El que no aprendió a amar ahora mismo, en el cielo tendrá poca cosa que hacer. Yo sospecho que toda esa discusión que hay ahora mismo de gente que dice «yo tengo este punto de vista y tú tienes el otro», «yo sé más que tú», «no, el que sabe soy yo», en el cielo esa gente va a estar sentada en el contén buscando qué hacer. Porque la realidad es que en el cielo no hay pleito, en el cielo no hay divergencia, en el cielo todo el mundo va a estar de acuerdo. ¿Y qué nos quedará en el cielo sino amar? Lo mismo que ha estado haciendo el Señor desde la eternidad. Amar. ¿No es eso lo que nos va a quedar? Y si eso es lo que nos va a quedar, arranca a amar desde ahora. Ame.
¿Por qué es que tenemos que amar, hermanos? Porque el que ama ahora tendrá trabajo en el cielo; eso es lo primero. En el cielo no habrá apologistas, en el cielo no habrá pleitos, en el cielo no habrá «vamos a ver si es tu punto de vista o el mío». En el cielo, hermano, todos veremos tal cual es.
Todas estas cosas son temporales. Las profecías, por ejemplo, sirven para edificar la iglesia ahora mismo. En aquel momento, hermano, no habrá que mandarle un profeta al pueblo, sino que Dios mismo le hablará; cuando el Señor tenga un mensaje, se lo dará. Ya no tendrá que utilizar un instrumento humano para dar sus mensajes. Aquel profeta en el cielo no tiene trabajo. Las lenguas servían para evangelizar a otros pueblos, para que las personas pudieran escuchar el mensaje; cuando estemos todos en el Señor, ya no habrá que tener un lenguaje humano. Yo a veces me pongo a pensar en estas cosas y me digo: ¿qué idioma hablaremos en el cielo? ¿Será inglés, español, chino mandarín? Yo no sé, hermano, pero en el cielo todos nos vamos a poder entender. Tendremos una mente perfecta. El lenguaje es un instrumento limitado: te permite hablar con un grupo de personas, pero con otros no.
Y el conocimiento: dice que la ciencia pasará. Gloria al Señor por la gente a quien ahora mismo él le ha dado palabra de conocimiento, esta gente que puede escudriñar las Escrituras y tiene un entendimiento sorprendente de lo que Dios ha mandado; pero en el cielo todo el mundo va a tener el mismo nivel de entendimiento. Ya no será «yo creo, tú crees»: todo el mundo estará claro.
Entonces aquí el apóstol Pablo cierra hablando de tres virtudes: hay dos que son temporales y hay una que es eterna. Dice él:
Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
— 1 Corintios 13:13
Aquí el apóstol Pablo va al pasado al hablar de la fe: la fe es la convicción de lo que el Señor ha dicho, el entendimiento, la confianza en lo que el Señor dijo en el pasado. La esperanza es la confianza en lo que el Señor hará en el futuro. Y el amor, hermano, es vivir la realidad de nuestra fe y de nuestra esperanza en el tiempo presente: es sufrir, es soportar, es ser paciente, es poner a tu hermano por encima de tus opiniones propias.
Un ministerio para todo el que no tiene ministerio
Cierro con lo siguiente. Algún hermano me dirá: «Pastor, yo tengo tanto tiempo en la iglesia y todavía no tengo un ministerio. Yo veo que aquel canta, que el otro predica; yo no tengo ningún ministerio. ¿Qué hago, hermano? Me siento inútil en la casa del Señor». Vamos a darte aquí veinticinco hermanos para que tú los ames, para que tú los sufras, para que tú tengas paciencia con ellos. Vamos a ver si con esos aguantas cinco años. «Es que yo no tengo nada que hacer en la iglesia del Señor». Agarra ahí. «Pastor, deme un ministerio, que estoy buscando algo que hacer». Vamos a agarrar por el amor, ¿qué te parece? Mira, aquí tenemos a este ejemplar. Aquí tenemos a Rafael Pérez; pásate un tiempo con él, súfrelo ahí, sé paciente, permanece ahí. «Oye, pastor, algo para yo hacer». Hazlo ahí: es el amor.
Y si tú aprendes a amar hoy, hermano, podrás amar hoy, podrás amar mañana y podrás amar hasta la eternidad. No está claro que muchas de las cosas que hacemos aquí mismo tengan un equivalente en el cielo; lo que está clarísimo es que en el cielo seguiremos amando.
Oremos al Señor para que el amor sea una realidad de nuestra iglesia local.
Padre, te pido de manera especial que así como has dado dones a nuestra iglesia, así como has dado ministerios a nuestra iglesia, así como has dado, Señor, muchos oficios a nuestra iglesia, así mismo pongas en todos nosotros, Señor, una carga especial de soportar. El amor todo lo soporta, Señor.
Mira a aquellos que quizás todavía no son parte de una iglesia cristiana y están esperando un lugar, Señor, donde puedan servir; permite que en esta iglesia encuentren, Señor, un lugar donde puedan soportar, donde puedan sufrir, donde puedan creer, donde puedan esperar. Pon en nosotros, Señor, una paciencia especial para sufrir al hermano. Permítenos, Padre, parecernos en esto a ti; ayúdanos a transitar el camino más elevado del apóstol Pablo. Padre, mira que hay hermanos míos que han estado esperando que tú les des dones especiales, que les des ministerios extraordinarios; ponles una carga, Señor, para sufrir a tu iglesia, para sufrir a tu iglesia, Señor, y que en esto se entrenen de forma tal que en el cielo, Señor, tengan cosas que hacer.
Te damos gracias porque nos permites ahora mismo, aunque sea en parte, entender la majestuosidad, Señor, de tu mente; aunque sea en parte, Señor, entender tu revelación. Anhelamos, como anhelaba el apóstol Pablo, el momento cuando dejemos de ver por un espejo, Señor, y todos tengamos tu mente, y todos podamos conocer claramente, y ya no haya, Señor, la necesidad de que quizás un pastor nos conduzca y nos enseñe, porque todos estaremos en tu presencia.
Padre, permite que nuestra iglesia local sea conocida más que por ser una iglesia de gente que tiene dones muy poderosos, por ser una iglesia, Señor, de gente que se soporta, gente que se sufre, gente que se espera, Señor. Llena nuestro corazón de esto que hubo en Cristo.
Si aquí hay alguna persona, mantenga sus ojos cerrados. Si aquí hay alguien que todavía no es parte de la iglesia del Señor, alguien que todavía no se ha inscrito en este proceso de sufrirnos los unos a los otros, si aquí hay alguien que todavía no tiene el privilegio de soportar a sus hermanos y ha estado viviendo de manera muy libre, él solo, quiero animarle con la misma porción con que animó el apóstol Juan a las iglesias de Asia. Él decía, hablando del Señor:
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
— Apocalipsis 3:20
Si has escuchado la predicación de la palabra del Señor, si esta, la superioridad del amor, te ha deslumbrado como ha deslumbrado a cualquier cristiano, yo te invito a poner en Cristo hoy tu confianza. Ama a Cristo y ama a la iglesia de Cristo. Dile al Señor en tus palabras: «Señor, perdóname mis pecados, acéptame como tu hijo, dame un lugar en tu familia. Permite que esta sea la iglesia que yo soporte; permite que esta sea la iglesia que yo sufra; permite que esta iglesia local, Señor, sea la iglesia que yo espere; permite que esta no sea solamente la iglesia que yo edifique, sino la iglesia que me edifique a mí».
Pídele ahí al Señor con tus palabras; dile: «Permíteme, Señor, sufrir esta iglesia con mis hermanos». Gracias, Señor, por este séptimo aniversario; permite que en los próximos años nos suframos todavía más para tu gloria. En el nombre de Jesús, amén.
Hermanos, que el Señor les guarde, que el Señor les bendiga, y nos vemos en la semana para nuestras diferentes actividades.