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Parábola de la semilla de mostaza

Mateo 13:31-32

El reino de los cielos avanza como una pequeña semilla de mostaza: comienza de forma discreta en el corazón del hombre, pero por el poder de Dios crece de manera sobrenatural hasta hacerse evidente y fructífero.

Predicado1 de junio de 2015
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Acompáñenme a Mateo capítulo 13, dos sencillos versículos, versículos 31 y 32, es la parábola de la semilla de mostaza. Si ustedes se detienen a considerar este capítulo de las Sagradas Escrituras, se darán cuenta de que es un capítulo que tiene siete enseñanzas principales, y todas están en forma de parábolas y tratan del mismo tema. Es un capítulo en la Escritura muy interesante para recordarlo, Mateo capítulo 13, porque todo lo que el Señor enseñó allí gira en torno al mismo tema, y el tema es el Reino de los cielos. Y por diferentes parábolas, una parábola es una enseñanza figurada donde te da un elemento que tú conoces para que lo relaciones con una verdad espiritual. El Señor habló de forma figurada sobre siete aspectos distintos del Reino de los cielos.

Hoy solamente vamos a ver uno de estos aspectos, mañana veremos otro. El aspecto que veremos hoy es la manera sobrenatural y extraordinaria en que crece el Reino de los cielos, la parábola de la semilla de mostaza. Mateo capítulo 13, leeremos los versículos 31 y 32, es nuestro Señor Jesucristo que está enseñando y le decía así a la multitud:

Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.

— Mateo 13:31-32

Ahí es donde están. Extiendan una manito sobre alguna persona que tengan cerca y oremos al Señor para que todos nosotros nos expongamos a la predicación de tu palabra. Aquí está, Señor, tu palabra, aquí tenemos las Sagradas Escrituras y aquí está el pueblo. Aquí está el pueblo, Señor, y aquí está tu palabra; permite que hoy suceda este milagro extraordinario, y es que el pueblo reciba con deseo tu palabra y tu palabra haga en nuestro corazón, como hace la buena tierra, su buen efecto. Permíteme, Señor, permite que aquellas personas que están aquí y ya se saben parte del Reino de los cielos puedan entender aún más este proceso sobrenatural que ha sucedido en sus vidas y que aquello, Señor, que tú has hecho en ellos siga avanzando.

Propósito de la parábola para los discípulos desanimados

Que los que son simples espectadores y que comienzan en este momento a interesarse puedan providencialmente, Señor, entender de qué se trata el Reino, cómo crece el Reino, y que su corazón, Señor, a partir de este momento sea terreno donde tu semilla crezca y comience a dar su fruto. Todo esto te lo pedimos para tu gloria en el nombre de Jesucristo. Amén. Son dos versículos solamente, pero creo necesario explicar, antes de comenzar a considerar los versículos mismos, el propósito que pudo haber tenido nuestro Señor Jesucristo para contarle a sus discípulos, y a una multitud de personas que estaban interesadas en su mensaje, una parábola como esta. Es una parábola que nos habla acerca del Reino de los cielos y nos dice que es como una pequeña semilla que un sembrador salió, sembró en un terreno y eventualmente creció, se convirtió en una hortaliza y eventualmente también se convirtió en un árbol.

Lo que evidencia el Evangelio de Mateo es que cuando uno llega al capítulo 13 ya gran parte del ministerio público de nuestro Señor Jesucristo había ocurrido. Cristo tenía quizás dos años o hasta dos años y medio, se calcula, de ministerio cuando compartió las siete parábolas del Reino. Ya él había llamado a sus discípulos, ya había comisionado a los apóstoles, ya había enviado a una multitud de personas a predicar que el Reino de los cielos se había acercado. Pasado el tiempo, este anunciado Reino de los cielos que estaba predicando nuestro Señor Jesucristo seguía siendo un Reino muy chiquito. Y la realidad, hermano, es que sonaba muy bonito cuando lo predicaba, pero cuando uno salía a buscar tal Reino que se estaba predicando, no lo encontraba.

Y podría suceder que sus discípulos estuvieran desmotivados al considerar que tenían este gran Maestro que estaba hablando de un Reino tan sorprendente y todavía no se había construido ni siquiera una cajita de tejamaní. Los discípulos de Cristo, después de dos años o dos años y medio de Cristo predicar que el Reino de los cielos se había acercado, seguían sin mirar todavía con sus ojos este anunciado Reino que estaba llegando. Entonces nuestro Señor Jesucristo les cuenta la parábola de la semilla de mostaza. ¿Qué propósito tenía nuestro Señor al contarle a sus discípulos esta parábola? Muy probablemente nuestro Señor pretendía animar a sus discípulos a considerar que, aunque el Reino de los cielos no aparente en este momento ser una multitud de árboles, el Reino de los cielos estaba creciendo.

Expectativas equivocadas: militarismo, milagros y pan

Y que, aunque tuvo un comienzo muy discreto, con una pequeña semilla de mostaza, eventualmente crecería y el Reino terminaría haciéndose evidente. Algo que había ocurrido, hermano, es que aparentemente había fracasado la misión inicial de nuestro Señor Jesucristo. Él llamó a doce hombres, que comisionó como apóstoles, les envió, después los hombres regresaron. Él envió setenta más, les comisionó y estos hombres regresaron, y todavía el Reino no se veía. Y uno dice: este es el Hijo de Dios que vino a predicar “el Reino de los cielos se ha acercado”, y después de dos años y medio, Maestro, ¿qué tú tienes para enseñarnos? Bueno, aquí tenemos un conjunto de pescadores, hombres del burgo, no muy ilustrados, personas que no tienen ninguna apariencia militar.

Gente que no es gente impresionante, no hay ninguna edificación todavía, no hay un trono visible. Todavía no hay un contexto de prosperidad material que haga que la gente comience a viajar para ver este Reino que está sucediendo en medio de Palestina. Y los discípulos de nuestro Señor Jesucristo parece que abrigaban diferentes expectativas falsas acerca de cómo iba a crecer el Reino y de qué era el Reino. Por ejemplo, había gente que estaba siguiendo a Jesús porque en un momento él multiplicó panes y peces, y cuando él multiplicó los panes y los peces la gente dijo: “¡Este es el rey!” y salieron a coronarlo. Cristo eventualmente les dijo: “Mi Reino no se trata de eso; ustedes me siguen porque yo les di pan y comida; mi Reino se trata de algo mucho más profundo y mucho más significativo”.

Habían otros de los discípulos de Cristo que, al parecer, entendían que el Reino iba a ser implementado de manera puntual y sobrenatural. Por ejemplo, que en cualquier momento ellos, que estaban caminando con Jesucristo, iba a venir una legión de ángeles, iba a destruir el imperio romano e iban a establecer el Reino. Y creían con tanto fervor en esto que en un momento miraron un pueblo desde arriba y le dijeron: “Señor, ¿oramos para que descienda fuego? Señor, ¿qué te parece si en este momento nosotros oramos aquí, desciende fuego, todo esto es consumido y tú comienzas por fin a levantar tu Reino?”. Eran las expectativas que tenían los discípulos de Cristo.

El Reino no avanza a espada; Cristo ya reina en los cielos

Otros entendían que era un Reino de liberación militar. Le decían: “Señor, ¿cuándo es que tú vas a restaurar el Reino de Israel? ¿Cuándo es que nosotros vamos a poder tener el esplendor que teníamos?”. Y es probable que Pedro y algunos de los condiscípulos suyos entendieran que el Reino de los cielos iba a avanzar por medio de espadas, porque yo no termino de entender cómo, pero cuando vinieron a arrestar a nuestro Señor Jesucristo, Pedro preguntó que si podía utilizar espadas. Parece que los discípulos de Cristo tenían un plan B: “O sea, Señor, sigue predicando por allá, pero nosotros tenemos espadas y ejércitos por aquí guardados”. Miren qué paradoja, hermano: nuestro Señor Jesucristo hablaba de paz y él decía de un Reino que crecía como una semilla de mostaza, que él había sembrado y que eventualmente iba a dar su fruto, y los discípulos de Cristo tenían espadas guardadas.

Cuando vinieron a buscar al Maestro, dice que Pedro desenvainó la espada y cortó una oreja. Y uno dice: Pedro, oigan qué expectativas de Reino tenían los discípulos de Cristo: un Reino militar, una rebelión, un asunto donde se iban a utilizar espadas; un Reino sobrenatural donde descendía fuego del cielo y se instalaban estas cosas. Entonces el Señor les cuenta la parábola de la semilla de mostaza y les dice: lo primero es que el Reino es el Reino de los cielos. Quiero irlo explicando así, parte por parte; esa era la introducción. Ya les dije un poco de qué se trata el Reino de los cielos. Les explicaba que el Reino de nuestro Señor es un Reino eterno. Todavía hay hermanos que yo les pregunto en las conversaciones casuales: “¿Qué te parece a ti el Reino de los cielos, qué tú crees que es?”, y me dicen: “El Reino de los cielos es algo que nuestro Señor eventualmente vendrá y establecerá”.

O sea, ellos entienden que en este momento nuestro Dios no tiene un trono. Ellos entienden que en este momento nuestro Dios no tiene un Reino, sino que nuestro Señor eventualmente vendrá y comenzará un Reino. Hermano, la realidad es que el Reino de nuestro Señor es un Reino eterno. Y en este momento su trono está en los cielos. Y lo que dice el libro de Apocalipsis es que eventualmente descenderá del cielo una nueva Jerusalén y el trono del Señor descenderá y será puesto en la tierra, pero el trono del Señor ha existido eternamente. Que ahora mismo no haya en el planeta tierra el trono de nuestro Señor no significa que nuestro Señor no esté reinando. Y si quieren evidencia de esto, hermano, consideren el Salmo que les leí en esta mañana, es el Salmo 103 al final, que dice: “Jehová estableció en los cielos su trono”, ¿dónde? En los cielos él estableció su trono.

El Reino que domina sobre todos: obediencia como ciudadanía

Y “su Reino domina sobre todos”. Todavía hay hombres que piensan que Dios no reina sobre ellos. Voluntariamente no, pero Dios domina sobre ti a un punto tal que él determina gran parte de las cosas que suceden en el ser humano. No fue que Dios abandonó su creación, Dios sigue dominando sobre su creación y está esperando el momento en que la creación comience a rendirle voluntariamente adoración. Pero Dios domina, hermano, no se mueve una nube sin que Dios determine que esa nube debe de moverse. La creación no es un plan B del Señor que fracasó y la dejó al descuido. Dios domina, dice la Escritura: “Jehová estableció en los cielos su trono y su Reino domina sobre todos. Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra”.

Escuchen: de los ángeles se dice que son poderosos, más poderosos que los hombres, pero los ángeles tienen que ejecutar la palabra de este Rey que reina soberanamente sobre toda su creación. Después dice: “Obedeciendo a la voz de su precepto”. Alguien me pregunta: “Yo quiero ser un ciudadano del Reino de los cielos, ¿qué es lo que tengo que hacer?”. Sencillo, lo mismo que están haciendo ahora mismo los ángeles: bendecir a Jehová, obedecer su palabra y hacer que se cumpla su precepto. El Reino de los cielos ahora mismo está funcionando. El trono del Señor está allá, y el Reino de los cielos también está funcionando ahora mismo en la tierra sobre todas aquellas personas que hacen en su vida, voluntariamente, la voluntad de Dios y su vida disponen para cumplir sus preceptos.

Si acaso ha sido tu expectativa de que el Reino de los cielos es un asunto que eventualmente será establecido, la Biblia desmonta todo eso. Dios en este momento reina, te lo aseguro, porque lo dice su palabra. Hay personas que piensan que tenemos que hacer que la iglesia de Cristo crezca, porque cuando la iglesia de Cristo crezca, entonces el Señor tendrá un pueblo para reinar y vendrá a reinar. Hermano, multitudes de ángeles en este momento reconocen el dominio de Dios sobre toda su creación y multitudes de hombres en este momento en la tierra también podemos reconocer que Dios reina. “Bendecid a Jehová, vosotros todos sus ejércitos, ministros suyos que hacéis su voluntad. Bendecid a Jehová, vosotras todas sus obras, en todos los lugares de su señorío. Bendice, alma mía, a Jehová”.

Hermano, los discípulos de Cristo pensaban que nuestro Señor Jesucristo necesitaba algún tipo de emprendimiento militar para él demostrar algo. Todavía hay gente que piensa que Cristo vino a la tierra a demostrar algo. Cristo no vino a demostrar nada. Él no necesita hacer que creer a sí mismo que él es poderoso, él sabe que es todopoderoso. En un momento los discípulos le preguntaron y él les dijo: “Pero ustedes se están volviendo locos. ¿Ustedes no saben que en este momento yo puedo pedir a mi Padre, y mi Padre puede enviar multitudes de ángeles para defender mi causa?”.

La gloria eterna del Hijo y la humildad de su método

Cuando vinieron a apresarlo, les dijo a los hombres: “¿Ustedes piensan que me están tomando preso? Ustedes no me quitan mi vida, yo pongo voluntariamente mi vida como sacrificio”. Estoy diciendo todo esto para que entendamos que nosotros no estamos sirviendo a un Cristo malogrado, a un Dios debilitado, a un Dios que necesita del hombre para comenzar a reinar. Nosotros servimos al Dios que vive en este momento en gloria, y es nuestra opción voluntariamente servir al Dios de toda la gloria. La idolatría, hermano, la ignorancia de Dios, la necedad del ser humano no hace que Dios sea menos Dios. Tu Dios reina en el cielo, y cuando tú tienes en la tierra el privilegio de abrir los ojos a la majestad de Dios y voluntariamente adorarle, tú no eres pionero en este asunto; te juntas a una multitud que eternamente está diciendo: “Santo, Santo, Santo, Dios Todopoderoso”.

No hay tal cosa como un hombre de quien Dios necesite su adoración. El hombre necesita adorar a Dios porque el hombre es la criatura y Dios sigue siendo Dios. La parábola de la semilla de mostaza, hermanos, fue para un grupo de hombres que quizás se parecían a nosotros, que no veían un Reino físico, pero necesitaban entender que el Reino era el Reino y que estaba creciendo en medio de ellos, aunque ellos quizás en ese momento no podían percibir la manera en que el Reino estaba avanzando. ¿Cuál es la expectativa humana de un Reino? La expectativa humana de un Reino es un Reino quizá como el Reino de Egipto, que las pirámides todavía están ahí, hermano, y cada vez que se mueve arena en el antiguo Egipto aparecen más pirámides.

Bueno, la realidad es que nuestro Señor Jesucristo no puso dos piedras juntas. ¿Necesitaba usted, hermano, que el Dios que hizo el planeta completo, el Dios que hizo el cosmos completo, hiciera una pequeña pirámide para enseñar que es Dios? Nuestro Cristo caminaba sobre la tierra con una libertad, hermano. Él decía: “El Hijo del Hombre no tiene una piedra donde recostar su cabeza”, ni la necesita. Hermano, nuestro Dios, Cristo, no necesita más gloria porque él vive rodeado de gloria. Hay gente que piensa en Cristo como el Cristo debilitado que estaba ahí, medio maltrecho y malogrado cuando él despidió su misión entre los hombres. Miren de qué manera Cristo despidió su misión entre los hombres. Él dijo, y leo:

Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.

— Juan 17:1-5

Cristo está aquí en la Trinidad, hermanos: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. Dios el Hijo está en la tierra y mira hacia el cielo, desde donde él vino, donde está su trono. Él mira hacia el cielo y dice: “Padre, la hora ha llegado, glorifica a tu Hijo”, porque anteriormente el Hijo no estaba glorificado en esa forma. Ahora hay gente que piensa que Cristo como que está sentado a la diestra del Padre como un premio al logro. Usted ha visto como en los helados Bon, el “empleado del mes”, que ponen diferentes fotos. Hay gente que piensa que Cristo en el cielo es como el empleado del mes, que hizo una gran obra en la tierra y como que su Padre lo premió. No, hermanos, no. Miren, Cristo ha coexistido con el Padre eternamente, ha vivido rodeado de gloria. Lo que el Hijo le está diciendo al Padre es: “Padre, glorifica a tu Hijo para que también tu Hijo te glorifique a ti, como le has dado potestad sobre toda carne”.

Que Cristo tiene potestad sobre toda carne, ¿no sobre mí?, dirá alguno. Sí, sobre ti sí. ¿Y por qué yo no soy un cristiano? Por la misericordia del Señor. Nosotros no hemos sido consumidos, lo que dice su palabra. Que tú permanezcas en ignorancia no significa que tú seas fuerte para contender con Dios, significa que Dios es paciente, misericordioso y ha extendido su misericordia. Dice la Escritura que su voluntad es que ninguno se pierda, sino que todos los hombres procedan al arrepentimiento, y que no deberíamos tomar la paciencia de Dios como una aprobación de nuestro despropósito, hombre. Dios tiene poder sobre ti, él tiene poder sobre toda carne, lo dice aquí.

Dios no necesita nuestra gloria; el Reino avanza como semilla

“Le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra”, escuchen, Cristo hablaba de su tiempo en la tierra como una obra que estaba acabando. Él dijo: “Yo he acabado la obra, yo he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo”. Ah, ¿no ven que es el empleado del mes que está pidiendo ahora: “Yo lo hice, yo merezco que se me dé el lugar”? No, él dice: “Con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”.

¿Qué significa esto? Que Cristo, que estaba aquí con nosotros durante un periodo de 33 años, había coexistido eternamente en la gloria del Padre. No es que nosotros necesitamos darle gloria porque hay gente que pinta a Cristo como que él está solo, como “Moá” y Cristo está solo, y “no, no lo dejen, hermano, no le hagan este flaco favor al Rey”. No. Su trono está en la gloria. Lo que él le está diciendo a los discípulos es: “Miren, yo he elegido, yo he elegido voluntariamente que mi Reino no avance como avanzan los reinos de este mundo, por medio de la imposición o el poderío militar. Yo he elegido sembrar una semilla en el corazón del hombre, hasta que esa semilla dé fruto y ese hombre comience de nuevo, voluntariamente, a rendir gloria”.

Que el Reino avance lentamente no significa que nuestro Dios no sea poderoso, lo que significa es que nuestro Dios está él mismo lleno de gloria. Dios no necesita tu adoración, por favor no hagan este flaco favor: “Ay, hermano, por favor…”. No, no, hermano, Dios no necesita nuestra adoración, nosotros necesitamos adorar a Dios, es nuestro privilegio. Él vive lleno de gloria. ¿Qué le está diciendo el Señor a los discípulos? Que el Reino es como una pequeña semilla de mostaza que se siembra en el corazón. Por eso le llamaba el Reino de los cielos. Me muevo un poco más, porque ayer hablamos de esto más abundante. Me interesa detenerme en el grano como tal.

Dice: “Es semejante al grano de mostaza”. Él dice que el grano de mostaza es la más pequeña de las semillas. Es un recurso figurado, porque pueden aparecer todavía semillas más pequeñas, pero la verdad, hermano, es que un grano de mostaza es chiquito. Yo encontraría con qué se lo comparo… ¿un grano de sal, quizás? ¿Hay algo más pequeño, hermano? Además, no solamente es pequeño, sino que también tiene dentro vitalidad. Un poco lo sorprendente del grano de mostaza no es solamente que es pequeño, porque hay muchas cosas pequeñas. Lo sorprendente es que de una cosa tan pequeña pueda suceder algo tan grande.

El mensaje del Evangelio: pequeño, sencillo, pero poderoso

Que sea pequeño, hermano, bueno, pequeño hay muchas cosas. El detalle es que es pequeño, pero al mismo tiempo es poderoso, tiene esa capacidad de germinación, de producir vida. Él decía: “Esto que yo estoy haciendo, esto parece un grano de mostaza, porque es un mensaje que parece ser insignificante”. ¿Y cuál era el mensaje? El mensaje del Evangelio: “Arrepentíos y convertíos, porque el Reino ha llegado”. ¿Quién predica un Reino así, hermanos? Bueno, la realidad es que ningún Reino de esta tierra llega a un territorio que no es suyo y le dice: “Ay, por favor, vengan, júntense con nosotros”. Hay dos maneras de hacerlo: o se paga, o te dan muy duro, o te hacen ambas cosas: pagan y dan muy duro. Pero los reinos no avanzan así, de que: “Ay, por favor vengan, vamos juntándonos”. Hermano, no; para establecer un reino hace falta tener poderío militar y poder económico.

Les pongo un caso, por ejemplo: ustedes saben que gran parte de California y todo eso pertenecía a México. Todo eso para arriba tampoco era de los Estados Unidos de Norteamérica. Los Estados Unidos de Norteamérica se volvió un imperio de dos maneras: con dinero y poderío militar. Ellos compraban y después defendían lo que compraron. Y ¿qué decía nuestro Señor?: “El Reino de los cielos se ha acercado”. “¿Y tú quién eres?”. “Yo soy el dueño del Reino”. Bueno, ¿qué dueño del Reino invita de esa manera a la gente a que sean parte? Esa es la paradoja del Evangelio: que el mismo que hizo el cielo y la tierra con el poder de su palabra fue aquel que se hizo hombre, se humilló hasta lo sumo para decirles a aquellos que estábamos rebelados contra él: “Ha llegado el año agradable del Señor, no permanezcan en su ignorancia, vengan y voluntariamente sean súbditos de este Reino”.

Es un mensaje aparentemente insignificante, a un punto tal que muchas iglesias han tenido que… es poco. Pablo decía: “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios”. La realidad, hermanos, es que humanamente hablando habría razones para avergonzarse. Es un mensaje muy sencillo, es un mensaje que impresiona poco, dado por instrumentos debilitados, disminuidos. Una vez el apóstol Pablo estaba predicándole a un rey, que era el rey Agripa, y el rey Agripa, cuando Pablo le estaba predicando el Evangelio —Pablo, hermano, estaba poniendo una semilla—, el rey le dijo: “Oye, Pablo, tú como que por poca cosa me estás tratando de persuadir de hacerme cristiano”.

Hay algunos hermanos que piensan que lo que él le estaba diciendo era: “Así que por poco me persuades, que casi me convierto, estoy a un tiro de chipas de hacerme cristiano”. Lo que él estaba diciendo no era eso. Lo que él estaba diciendo es: “Pablo, con una muy poquita cosa tú estás tratando de que un rey tan grande como yo sea cristiano”. Pero eso es lo mismo que dice la gente hoy, hermano. Uno le predica a la gente, le dice: “Mira, que dice Jesucristo que ha llegado el año agradable, que dice Jesucristo que se te ha dado la oportunidad de arrepentirte voluntariamente de tu pecado”, y la gente te dice: “Pero tú no sabes que yo soy intelectual, yo he leído muchos libros, mira mi biblioteca. Tú no sabes que yo soy rico, mira, yo tengo todos mis carros, yo soy rico. Tú no sabes, yo soy altivo, tú no encuentras una persona más altiva que yo en esta tierra, y con eso tú pretendes alcanzarme”.

Hermano, yo pienso, yo sospecho en mi fuero interno, que nosotros no somos más aguerridos haciendo la labor de sembrar la semilla porque, la verdad, esto es sencillo. No hay que ser un genio para predicar el Evangelio, no hay que despejar diez variables, no hay que resolver una ecuación. El mensaje del Evangelio es el mensaje más insignificante y, para el hombre natural, es poca cosa. Pero nosotros, donde el Reino ha crecido, sabemos que el Evangelio es como una semilla de mostaza, pero es que es poder de Dios para salvación, y que esto que para los hombres parece insignificante, hermano, es la cosa más poderosa y extraordinaria que puede suceder en la vida del hombre.

Tengo que decirles en esto, hermano, que el poder está en la semilla, no tanto en el sembrador. El poder está en la semilla, no está en el terreno. El Evangelio es poderoso por sí mismo. Yo encuentro, con frecuencia, la tendencia a hacer esfuerzos evangelísticos muy estratégicos, y hay que hacer casi un malabarismo como para que un pecador se arrepienta. “Vamos a ponerle esto así, y después hacemos esto otro, y después lo invitamos, y después lo traemos…”. “Arrepentíos y convertíos porque el Reino de los cielos se ha acercado”, y eso es. “Oye, pero ponme algo más, como que se vea más amistoso”. Hermano, este es el Evangelio; su mensaje es como una semilla de mostaza, aparentemente insignificante, pero poderoso para hacer lo que las filosofías de este mundo todavía están buscando cómo se hace.

Filosofías humanas vs. la locura poderosa de la predicación

¿Cuáles son las filosofías de este mundo? Las cosas que impresionan. ¿Han escuchado hablar de la superación personal? Los que se han leído libros de superación personal, son libros que impresionan, que emocionan: “Tú puedes, dale pa’lante, tú puedes llegar muy lejos, tú eres importante”, y usted lee esos libros, hermano, y queda empoderado durante una semana. Dele ese libro al hermano, y entonces, ¡uy!, pero la verdad, sí, yo siento como que estoy caminando en el aire, así, por un ratito. Hermano, no produce vida todo eso. A la gente le encanta leer esos libros, y después vuelve a su misma miseria de siempre. Eso se llama autosugestión, eso es, hermano, es vana filosofía. Nada de eso cambia la vida del hombre. La filosofía de este mundo tiene la capacidad de impresionar, pero no de producir vida en el corazón del hombre.

El mensaje del Evangelio es un mensaje sencillo, aparentemente poco importante, pero es como una semilla de mostaza que crece en el corazón de la persona. Eventualmente se convierte en una hortaliza y después llega a ser un árbol muy grande. ¿Han escuchado hablar, hermanos, de las conferencias motivacionales? Eso es que tú vayas a esa conferencia, normalmente van a dar un croissant, un cafecito y muchas palmaditas: “Tú lo puedes, dale pa’lante, tú lo vas a lograr”. Y tú sales de ahí, tú no sabes todavía qué es lo que hay que lograr, pero tú sales de ahí: “Yo lo voy a lograr, le voy a dar pa’lante. Yo puedo, me lo dijeron en la conferencia; vale dos mil pesos. Y si vale cinco, sí, lo voy a lograr, todavía estoy más cerca”. Hermano, esa es la filosofía de este mundo.

“Arrepentíos y convertíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado”. “Como que es alcanzable en este momento. Pero ponle algo más… ¿y los croissant dónde están? Ponme algo al Evangelio, algo más interesante”. No, hermano. El Señor eligió voluntariamente salvar a los hombres por lo que Pablo le llamaba “la locura de la predicación”. Es un mensaje aparentemente muy sencillo, pero poderoso para hacer que en el ser humano suceda lo que la filosofía no logra, y es que se levante la verdadera vida. Miren, los filósofos tienen una característica tremenda, hermano. Vaya donde un filósofo a pedirle un consejo y él va a lograr que usted nunca va a salir de ahí con algo concreto. Usted va a llegar con una pregunta: el filósofo le va a responder su dilema de manera tan sencilla que lo va a dejar muy confundido, o de manera tan compleja que lo va a dejar aturdido.

Pero si usted va a donde el filósofo, el filósofo no le va a decir algo concreto ni sencillo; él le va a decir algo que, si es sencillo, te va a preocupar: “¡Guau!”. “Oiga, señor filósofo, yo vine a donde usted porque tengo un problema con mi existencia”. “Tú no tienes una existencia…”. Y permanece en silencio. “Oye, qué gran verdad me ha dicho el filósofo, que yo no tengo una existencia, y que soy lo que todo el mundo es”. O tú llegas: “Oye, tengo un problema existencial”. “No, tú eres trascendente”. Y entonces comienza por ahí. Te da una vuelta tan grande que cuando los ojos se te ponen así chiquitos, ya tú te has rendido, tú te vas, y tú dices: “Oye, la verdad, eso es demasiado grande para yo poderlo entender”.

“Señor, yo tengo un problema existencial”. “Arrepentíos y convertíos porque el Reino de los cielos se ha acercado”. “¿Tú quieres que yo me arrepienta? Entonces soy pecador, lo estoy haciendo mal”. Ese es el mensaje del Evangelio. ¿Qué es lo que busca el Evangelio? El Evangelio busca confrontar al hombre con su verdadera condición, y es que está en rebeldía con el Autor de la vida y quiere tener vida sin el Autor de la vida, y quiere ser relevante dejando fuera de la ecuación a aquel que creó el cielo y la tierra con el poder de su palabra y sustenta toda la creación. Por eso el Evangelio es sencillo, hermano, porque es tan sencillo como decirle al hombre: “Tú necesitas arrepentirte y tú necesitas convertirte, necesitas reconocer tu verdadera condición”.

¿Por qué el grano de mostaza, hermano? Porque la semilla puede dormir durante un tiempecito. Hay veces que uno como que se desmotiva un poco, pues dice: “Oye, ¿y qué es lo que pasa? Hace rato como que yo no veo salvación, como que no veo…”. No se vuelva loco, hermano, que la semilla sigue siendo poderosa. La semilla tiene una característica, y es que puede permanecer dormida durante mucho tiempo, pero solamente hace falta que sucedan las condiciones necesarias y la semilla germina. Yo estuve investigando, hermano, y es posible encontrar semillas que germinan después de 300 años. ¿Les parece mucho 300 años? Sí. Miren, hay una palma datilera que está sembrada en este momento en Jerusalén, que le llaman “La palma Matusalén”, que fue de una semilla que apareció, tenía más de 2000 años guardada. Esa semilla cayó en la tierra, se sembró y germinó.

El poder invariable y universal del Evangelio

Tú dices: “Oye, ya como que yo siento que… ¿qué es lo que pasa? Como que el Evangelio no es poderoso, ¿qué es lo que pasa, como que no hay salvación?”. Hermano, el Evangelio sigue siendo tan poderoso como hace 2000 años. ¿Qué es lo que hace falta? Un corazón donde se siembre la palabra del Señor, y cuando la palabra del Señor es sembrada en ese corazón, el mismo milagro que hizo que los pescadores se convirtieran en hombres que llegaron a ser apóstoles, sucede en este tiempo y el Señor vuelve a hacer el mismo milagro de siempre. Dios sigue siendo Dios, y el Evangelio puede permanecer temporalmente bajo la tierra, pero eventualmente emerge, llega a ser hortaliza y eventualmente llega a rendir sus frutos.

Y se ha demostrado, hermano, que la semilla del Reino es una semilla universal, crece en cualquier terreno. Hay pocas hortalizas de las que usted puede decir eso. Hay gente que le dice: “Eso se da en Constanza, en los terrenos fríos, en Jarabacoa quizás siembra eso”. Y es verdad, hermano, hay determinados cultivos que aquí funcionan, pero no vaya al Sur a hacerlo. Y hay otros que se dan en el Sur y aquí no. Lo que ha demostrado la semilla del Evangelio, hermano, es que esto aplica a dominicanos, a chinos, a rusos, a hombres medievales, a hombres del Renacimiento, a hombres modernos, a hombres posmodernos; aplica a niños, adolescentes, ancianos. La semilla del Evangelio ha demostrado en 2000 años de historia que puede florecer, hermano, en cualquier terreno.

Dale un corazón y pon el Evangelio y tendrás ahí una planta de mostaza. No es algo que haya que andar buscando cuál semilla del Evangelio; hermano, es la misma semilla universal. En 2000 años de historia no ha habido salvación que no sea a través de “Arrepentíos y convertíos porque el Reino de los cielos se ha acercado”. En 2000 años, hermano, no ha habido otro mensaje, sigue siendo el mismo mensaje; el poder del Evangelio sigue siendo el mismo. Me muevo un poco, hermano. Es un proceso muy sencillo. Dice: “El cual un hombre tomó y sembró en su campo”, y ya. ¿Y qué más hay que hacer para que el Evangelio obre? Hermano, un corazón, eso es lo que hace falta. “Oye, pero ¿no hay que dar tres vueltas? ¿No hay que hacer algo… qué se le pone?”. Hermano, la semilla en el corazón, y funciona.

El Señor presentó el avance del Reino de manera tan sencilla que, hermano, eso parece como ridículamente simple: tomar el Evangelio y colocarlo en el corazón, y de ahí saldrá una planta de mostaza. Termino con lo siguiente. Cristo llamó a esto “su campo”. Y qué interesante, le dijo que él la sembró, ¿dónde? En su campo. Es interesante este asunto, hermano. El Reino es suyo y no nuestro. Tú eres suyo, no tuyo. Bueno, cada vez que el Señor está sembrando la semilla en el corazón, está sembrando la semilla en su campo, y eso tiene dos implicaciones. Lo primero es que tú eres suyo. Es algo que el ser humano tiene que admitir: que nosotros somos criaturas suyas, dice la Escritura, “creados en Cristo Jesús para buenas obras”. Pero somos suyos; tú no eres tuyo, tú te debes a él.

El Reino es de Dios, la gloria es suya y la salvación es del Señor

Y lo segundo es que donde quiera que hay Reino avanzando, ese Reino es del Señor. En este tiempo, el instrumento —hace 2000 años que el Señor está utilizando un instrumento para que el Reino avance— son hombres que están compuestos en algo que se llama iglesia, pero la iglesia es suya y no nuestra. Por eso es totalmente incorrecto llamarle a cualquier iglesia “la iglesia del pastor fulano”. Los pastores no tenemos iglesias, las iglesias son del Señor, el Reino es del Señor. ¿Y nosotros qué somos, hermanos? Siervos suyos, jornaleros de este asunto. Por eso la gloria es suya y no nuestra. Él tomó la semilla y la puso en su campo. La semilla la tomó él. Es más, le diré que aunque el Señor soberanamente eligió hombres para sembrar el Evangelio, cada vez que un hombre siembra el Evangelio lo está haciendo en condición de embajador, de ministro suyo.

Y donde quiera que sucede la obra de salvación hay una intencionalidad de Dios. Tú no fuiste salvo porque tal persona te predicó el Evangelio; tú fuiste salvo porque Dios dispuso que en tu corazón se sembrara la semilla y utilizó a tal hombre como instrumento. Hermanos, eso debe llenarnos a nosotros de un regocijo así profundo: “Yo soy salvo providencialmente por la soberanía de Dios, fue Dios que determinó mi salvación. La salvación es del Señor”. Por eso no hay gloria del hombre. Nuestro trabajo, hermano, es colocar semillas; no es tan chulo eso. El poder está en Dios para hacer que esa semilla germine en un corazón tan duro como el tuyo. No hay gloria para el terreno y tampoco hay gloria para el sembrador que coloca la semilla en el terreno. ¿Para quién es la gloria? Para el que tiene el poder para hacer que el “dínamo” de Dios suceda en el corazón del hombre.

Por eso la gloria es de Dios en la salvación. Hermano, nadie le ha robado la salvación a Dios. Y en esto hay que tener cuidado cómo hablamos de nuestra conversión. La gente tiende a decir: “Yo decidí ser un cristiano”. No, hermano. Dice la Escritura que tú estabas anteriormente muerto en tus delitos y pecados, y por tus propios medios tú no podías ser salvo. Si tú fuiste salvo, significa que Dios providencialmente determinó que la semilla se iba a colocar y que la semilla iba a nacer, y que se iba a preservar. La gente me dice: “¿Y no hay una decisión?”. Yo sí, alma. No hay una decisión en el sentido de que tú haces la obra; tú tomas la decisión de permitir que el Señor haga en ti esa obra, pero tú no tomas la decisión de hacerte esa obra a ti mismo.

Tú no te levantas un domingo en la mañana y resuelves ser un cristiano, tan sencillo como eso. Tú no te inscribes en un campamento y resuelves en ese campamento ser un cristiano. No sucede así. Si el Reino crecerá en tu corazón, crecerá porque el Señor tomó la semilla y la colocó en el terreno. Por eso todos los cristianos tenemos que decir: suya es la gloria, suya la honra, suya la alabanza. Yo solamente soy tierra, yo solamente soy polvo. Poder hay en Dios. Ningún hombre le puede robar a Cristo una semilla y engancharse esa gloria en el corazón. Hubo una vez una señora que, parece que por un extremo de prudencia, no tuvo el valor de pedir un milagro. Es verdad, hermano, a veces hay como su extremo. Es verdad, si salía a pedirlo, quizás ella pensaba que no se lo concedían, intentó robarse el milagro.

Y ya se imaginan a esa señora en su enfermedad. Tenía un flujo de sangre, dice la Escritura. Al menos iba trazando la ruta de cómo entrar así, de manera como subrepticia por detrás, para tocar al Señor y recibir un milagro. Y así lo hizo. Esa mujer tenía, parece, una enfermedad que la hacía tener un flujo de sangre constante; eso significaba, hermano, que estaba impura ante la ley judía. Y esta mujer dice que se coló por detrás y tocó el borde del manto del Señor. Le tocó el borde del manto, él va por delante, y ella como que tocó: “Señor…”. Él estaba rodeado, había una multitud, rodeado, rodeado y cuando la mujer tocó el borde del manto, la mujer dice que fue sana. “Yo lo logré”, pensó ella. El Señor paró la multitud.

Le dijo a la gente: “Espérense ahí. ¿Quién fue que me tocó?”. “Pero, obvio”, le dicen: “Señor, pero tú estás apretujado aquí de gente. Te topa este, te topo yo, te topó él, te topó aquel también”. “No, no, no”, él supo que alguien lo tocó de manera diferente. El Señor supo que ahí, en esa multitud, hubo alguien que tocó con fe, hermano. Alguien que tocó con hambre, que tocó con ansias. Y él dijo: “¿Quién fue que me tocó? Yo sé que alguien me ha tocado, porque de mí salió virtud”. “Salió de mí…”. “Sí, fui yo”, tuvo que decir ella, “sí, fui yo que te toqué”.

Hermano, en la salvación de Dios no hay semilla que cae de manera casual. No es que “cayó ahí por azar y eso sorprendió a Dios”. No, hermano. Si tú vas a ser salvo, serás salvo porque el Señor ha determinado colocar una semilla en tu corazón, y él no solamente puede colocarla, sino que él también puede germinarla. Si aquí hay personas que me dicen: “Mira, esto está interesantísimo. Me parece muy interesante ser parte del Reino, ya entiendo que el Reino de Dios es un Reino eterno, ya yo entiendo que Dios está reinando, yo quisiera que él comience ahora a reinar también sobre mi vida, del mismo modo que está reinando sobre la vida de los creyentes. Yo quisiera dedicar mi vida para la honra de aquel Dios extraordinario, benevolente, que me ha creado y que ha permitido que durante treinta años, durante cuarenta años, durante cincuenta años, yo viviera y no me consumiera”.

La seriedad de la salvación y el deporte extremo de la oración

Hermanos, es un milagro que tú no hayas sido consumido, porque el Dios que es omnipotente también es un Dios que es absolutamente santo. Y la única manera en que un Dios santo puede mirar a la criatura pecadora y no consumirla es porque también es un Dios amoroso. La oración, hermanos, es un deporte extremo. La gente quiere tirarse en parapente, quiere tirarse de un columpio y demás. Miren, la oración, hermano, es el deporte más extremo que yo conozco. Gente quiere tirarse en bungee, quiere tirarse de allá arriba y que hay un paracaídas y que se abra en el camino, tirarse por unos riscos y estar al borde de la muerte. Usted quiere practicar un deporte extremo, practique la oración.

¿Usted sabe lo que son pecadores entrando y saliendo de la presencia de un Dios airado y aún así conservar la vida? Cuando usted entra en la presencia del Señor, cuando usted entra al pueblo del Señor y sale con vida, significa que el Señor ha extendido su misericordia. El Señor fue quien sembró, el Señor es quien hace que la semilla germine. Si tú estás aquí hoy en la noche y tú estás pensando tomar una decisión, tú no tienes la fuerza para hacer eso por ti mismo. La gente dice: “No, yo me voy a convertir pronto, tú verás”. Mentira. ¿Cuándo tú tendrás la capacidad para convertirte? Eso es el mismo que sale de la conferencia motivacional diciendo: “No, mañana voy a comprar un penthouse, tú verás”. ¿De dónde vas tú? Ve a trabajar y comienza a ganarte la vida, a ver si eventualmente puedes comprar una casita, si el Señor te lo permite.

Hermano, la salvación no es una autosugestión donde el pecador dice: “Yo ahora voy a ser un cristiano y voy a permanecer… yo siento que estoy empoderado para permanecer”. Permanecerás por la misericordia del Señor y estarás todos los días al borde de la muerte. Miren, la realidad de un cristiano es… él narró otra parábola, que era una semilla que cayó y que vinieron los pajaritos y se la comieron. Solamente el Señor puede permitir que la semilla caiga en la tierra, germine, sea una pequeña hortaliza y no vengan las gallinas y se la coman, y que eventualmente sean las aves que vengan a posarse en las ramas del creyente. Solamente el Señor lo permite.

Cierro con esto, hermano. Hago un llamado, un llamado, hermanos. Ruego a la iglesia que aprenda a respetar la obra de Dios, que aprenda a respetar la obra de Dios. Miren, no todo creyente es un árbol fuerte. Hay creyentes que son pequeños brotes que están ahora mismo como levantándose y comenzando a romper la tierra, y solamente son pequeñas hojitas, y tú ves esas hojitas y dices: “¿Eso es cristiano? No, eso no es cristiano nada, mírenlo cómo anda”. Ten cuidado, hermano, porque esa es la obra de Dios.

Respetar la obra de Dios y llamado al arrepentimiento

¿Puedes entenderme esto? Hay otros que dicen: “No, yo no puedo ser un cristiano, porque yo no tengo la fortaleza para ser un árbol”. Cuidado. El Señor que te sembró es el Señor que te preservará y permitirá que tú seas un brote saliendo de la tierra, una hortaliza y eventualmente un árbol frondoso en el cual vengan las aves a posarse sobre ti. Pero, iglesia, aprendamos a respetar la obra de Dios en todos sus momentos. Aprendamos a tratar a un nuevo creyente como cristiano, en todos sus derechos, porque el Señor que comenzó en él la buena obra, sabemos que poderoso es para completarla hasta el final. La obra de Dios no está compuesta de robles fuertes que pueden prevalecer; no, la obra a veces está compuesta por un grupo de hojitas que están como levantándose de la tierra y que están al borde de la muerte. Lo importante es ser obra de Dios.

Ese es el Reino, hermano: es una pequeña semilla de mostaza que se pone debajo de la tierra soberanamente por la intención del Señor. Eventualmente emerge de la tierra, crece progresivamente, a veces de manera muy lenta, pero siempre de manera consistente. Llega a ser un gran árbol y las aves de los cielos vienen y se posan sobre él. Cierren los ojos, inclinen sus rostros un momento donde están, y permítanme orar por las personas que están aquí presentes. Yo no tengo el poder para otorgarte la salvación, pero tengo el poder, la autorización de Dios, para darte este mensaje: “Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados y vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio”, arrepentíos y convertíos porque el Reino de los cielos se ha acercado.

Si tú has escuchado la predicación del Evangelio y lo has entendido, si esto hasta te ha emocionado y te ha causado vivo interés, eso significa que el Señor providencialmente ha estado obrando en ese pequeño terreno que es tu corazón. De otro modo, la predicación de la palabra del Señor te parecería locura. Dice la Escritura que el Evangelio, la palabra de Dios, es locura para los que se pierden. Si en este momento no te pareció esto locura, significa que el Espíritu Santo providencialmente ha estado preparando tu corazón para colocar ahí esta preciosa semilla. Dice la Escritura que si nosotros confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y es justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.

Tú has vivido muchos años en rebeldía contra el Reino de Dios. Tú has vivido durante mucho tiempo como si Dios no reinara soberanamente. Tú has elegido por muchos años vivir de espaldas a Dios. Te has estado mintiendo quizás a ti mismo diciéndote: “Tengo paz con Dios, yo soy un cristiano”. “Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados”. Es la voluntad del Señor que el Reino avance lentamente por la predicación del Evangelio utilizando instrumentos humanos. Pero el Evangelio no es humano, el poder no es el poder del pastor Rafael, es el poder de Dios, que comenzará a obrar en tu corazón. Si has escuchado la predicación del Evangelio, si has escuchado la exposición de la semilla de mostaza, si el Señor ha inquietado tu vida respecto a estas cosas, yo te invito.

A que en esta noche no es que vas a resolver ser un cristiano. Tú no puedes hacer eso. Tú puedes resolver permitir que el Señor haga en tu corazón esta buena obra. Tú le puedes decir al Señor ahí, en oración, en silencio: “Padre, yo escuché esto y lo entendí. Esto me ha llamado la atención, quiero ser parte de este Reino. Te pido que perdones mis pecados, que me aceptes, Señor, no solamente como criatura, sino como hijo tuyo. Que perdones, Señor, mis rebeldías, que me permitas ser parte de este Reino. Te reconozco en este momento como mi soberano Rey. Te permito que hagas esta preciosa obra en mi corazón”. Si tú has recibido al Señor hoy, bienvenido.

La semilla está colocada en tu corazón y pronto verás las hojas. Cosas nuevas comenzarán a salir de tu corazón, dice la Escritura que como ríos de agua viva. Pronto comenzarás a abrir ramas, pronto verás al Señor, no a ti mismo, al Señor haciendo en ti una buena obra que ni siquiera tú mismo estarás en condición de explicar por tus propios medios. Que el Señor se lleve en esto toda la gloria. Oro por la iglesia: Padre, mira tu iglesia aquí congregada, esta manada pequeña, Señor, que quizás por ser pequeña puede sentirse tentada a entender que no es importante. Permítenos, Señor, respetar tu obra, permítenos, Señor, valorar tu obra. Desde ahora te pido, Señor, que vayas preparando y quietando corazones para la predicación de mañana, que hayan personas aquí dispuestas, Señor, a entender el valor que tiene todo esto. Para tu gloria, en el nombre de Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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