Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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La torre de Babel

Génesis 11:1-9

La historia de la torre de Babel revela cómo el corazón humano busca seguridad, identidad y trascendencia al margen de Dios, levantando sus propias torres en vez de descansar en la plenitud que solo Cristo ofrece. Dios, en su justicia y gracia, limita el avance del pecado y nos llama a encontrar nuestro nombre y nuestra seguridad únicamente en Él.

Predicado2 de junio de 2019
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Que el Señor les bendiga, hermanos y amigos queridos. Acompáñenme a las Sagradas Escrituras. Estemos juntos en el libro de Génesis, en el capítulo 11. Pónganse un momento sobre sus pies para que leamos 9 versículos del capítulo 11 del libro de Génesis. Es el libro del Génesis, en el capítulo 11, la torre de Babel.

Antes de leer la Escritura, hermanos, les pido que esta semana me tengan especialmente en sus oraciones. Estaré unos días fuera del país, participando en un entrenamiento intensivo para sembradores de iglesias, y les pido que oren por mí. Es su deber orar por mí, hermanos. Lo que les estoy pidiendo es que refuercen lo que ya es su deber. Es el deber de toda iglesia saludable mantener a su ministro en oración delante del Señor, y háganlo especialmente en estos días que estaré fuera del país.

Pues leamos la Escritura, hermanos, con voz. Libro de Génesis, capítulo 11, del versículo 1 hasta el 9. Es la torre de Babel. Dice así la palabra del Señor:

Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquemos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra; y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.

— Génesis 11:1-9

Puede sentarse, hermanos, amigos queridos.

Desde el comienzo de los tiempos, el hombre ha estado en una búsqueda, una búsqueda incesante por las mismas cosas. Entre las más comunes: seguridad y trascendencia. Esta búsqueda podría describir toda la historia y toda la experiencia humana sin Dios. Así se explican los tiempos de guerra y los tiempos de paz, cualquier forma de avance científico, expresión artística o proeza deportiva. Estamos buscando nuestra seguridad. Queremos hacernos un nombre.

Todo esto en nuestros términos y para nuestra propia gloria. Es una necesidad apremiante que solamente se supera y se satisface con el Evangelio, la buena noticia de que Cristo ya logró por su pueblo todas estas cosas. La torre de Babel es un fuerte recordatorio del resultado del progreso humano cuando ocurre sin Dios. No nos lleva hacia adelante, sino hacia atrás. En vez de situarnos en un lugar mejor, crea nuevas oportunidades para la manifestación del pecado. Nosotros, a miles de años de distancia y aún habiendo encontrado nuestra vida en Cristo, podríamos estar edificando hoy nuestras propias torres.

Estos 9 versículos del libro de Génesis, cuando uno los lee, uno dice: ¿qué está pasando aquí? Pareciera contradecir todo el consejo del Señor desde el capítulo 2 del libro de Génesis.

El mandato original y lo que falta en Babel

Si ustedes ven la encomienda del Señor dada a Adán, fue precisamente esta: que vayan a sojuzgar la tierra, que vayan a enseñorearse de diferentes aspectos de la creación, que vayan a regir el mundo. De hecho, estos hombres que están construyendo la torre de Babel pareciera que están muy cerca de la voluntad del Señor. Todos estos 9 versículos del capítulo 11 parecerían una preciosa descripción de lo que es el progreso humano, de lo que es obedecer la encomienda del Señor.

Si no tuviera aquí un elemento: que Dios no está presente en el asunto. El problema en esta parte de la historia no es lo que aquí hay, sino lo que aquí falta. El problema no es que estuvieran construyendo torres, no es que estuvieran construyendo ciudades. El problema en todas estas cosas es lo ausente que está Dios.

Desde el versículo 1 al versículo 4 se hace una descripción de lo que es el pecado. Dice que “tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras”. Ese “tenía entonces”, ¿a qué momento de la historia el autor del Génesis está apelando? Está apelando a aquel momento de la historia justo después del diluvio, justo después que el Señor juzgó la tierra, destruyó todos los hombres y solamente salvó a Noé y a su familia.

Es importante ese “tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras”, porque estamos hablando de un momento que parecería idílico. Es un momento donde uno esperaría que el pecado ha sido destruido. Después que vino el diluvio, después que el Señor castigó la tierra, se esperaría que lo que sucedió después es que no hubiera oportunidades para pecar y que los hombres que salieran de la barca fueran hombres regenerados, hombres piadosos, hombres que amaban al Señor.

Es evidente que el pecado está dentro de los hombres y no en el ambiente. El pecado no estaba en la creación, el pecado estaba en los hombres, y aun entre los hombres que estaban dentro del arca, ahí mismo también el pecado estaba presente. E inmediatamente descendieron del arca, el pecado nuevamente volvió a manifestarse. Quiero mostrarle a la iglesia que tenemos que acostumbrarnos a buscar el pecado adentro de nuestro corazón y no en la periferia.

Que es probable que nosotros no tengamos la provocación a pecar que siempre encontramos y atribuimos al medio ambiente, pero todavía el pecado está entre nosotros. El pecado tal vez no es “allá afuera”. El pecado estaba en los hijos de Noé, y el pecado está también en ti y el pecado está en mí también.

El pecado interno y la ilusión de cambiar el ambiente

A menos que aprendamos a reconocer que el pecado no es un agente externo, sino interno, estaremos —si no lo reconocemos— en el carril de repetir la misma experiencia de la torre de Babel. Es esperable que muchos medios para practicar el pecado en ese momento no estuvieran disponibles. La gente habla del pecado y comienza a pensarlo en los asuntos que están en el medio ambiente. Dicen: bueno, el asunto está en los bares, el asunto está en los centros de promiscuidad, el asunto está en los medios de comunicación, el asunto está en las organizaciones. No, hermano querido, el asunto está en que el pecado está en el hombre.

Si para algo sirve el Antiguo Testamento, es para demostrar que no es justo ni aun uno. Que, dada la oportunidad, todo hombre es propenso a caer en el pecado. Uno pensaría que hombres piadosos como David no visitarían estas partes de la experiencia humana, pero lo que demuestra la Escritura es que el pecado estaba en Caín, el pecado estaba en los descendientes suyos, el pecado estaba en los hijos de Noé, y el pecado está en todos aquellos que descendemos de los hijos de los hombres, como dice la Escritura.

El pecado es humano universal. Los mismos defectos que visitaron a unos nos visitarán a nosotros. Pensar que hay hombres mejores o que hay partes mejores de la tierra es una ilusión. No es un asunto local, no es un asunto regional. Lo que demuestra el Antiguo Testamento es que el pecado está adentro.

Hay alguien que dirá: “¿Qué pasaría si me voy solo con mi Biblia a una isla desierta?”. Aun en esa isla desierta comenzará tu corazón a producir diferentes expresiones de pecado. Hermano, el ser humano, así mismo describió un gran autor, es una fábrica de ídolos. El problema no está fuera, el problema está dentro; del corazón del hombre es que sale la maldad.

Es evidente aquí, hermano querido, que el diluvio sirvió hasta cierto punto para podar la planta del pecado, pero no dañó la raíz. Si usted no tiene experiencia en jardinería y contrata un jardinero, probablemente le engañen. El jardinero irá a su casa, traerá una podadora y podará la maleza junto con la grama. Y cuando lluevan las primeras lluvias, inmediatamente lo primero que crecerá, ¿qué usted cree que es? La maleza.

Si usted tiene algo de experiencia, le dirá al jardinero: “No solamente quiero que tú podes la grama, me interesa que primero saques la maleza de raíz y después entonces podes la grama”.

Solo Cristo arranca la raíz del pecado

Hermano querido, hay diferentes medios que, por la gracia del Señor, sirven para podar el pecado, pero lo único que puede resolver el problema humano desde adentro, desde la raíz, es la solución de Cristo y el Evangelio. Lo que sirve la torre de Babel es para demostrar que los hombres, en una nueva creación aparentemente, si no son hombres regenerados, si no son hombres hechos de nuevo, repetirán los mismos errores.

Usted encuentra vez tras vez esta historia que se repite en el Antiguo Testamento: viene una generación de hombres cuya maldad abunda, el Señor juzga la tierra, se levanta otra generación de hombres, de quienes uno esperaría que hicieran las cosas de manera diferente, y vuelven a repetir los mismos errores de antes. El único hombre que pudo romper el ciclo de la degeneración del pecado fue Cristo.

Algo que es evidente aquí es que hay un avance tecnológico. Estos hombres se fueron moviendo, llegaron a una llanura en la tierra de Sinar y se establecieron allí. ¿Qué sucede? Que ellos vienen de un lugar donde podían construir otros elementos, podían construir con roca. Dice el versículo 3: “Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla”.

Aquí hay un avance tecnológico. Anteriormente, la tecnología de construir era más rudimentaria. Había que tomar piedras, tallar las piedras y, después de tallar las piedras, comenzar a construir. Era una labor muy gravosa. Una limitación del ambiente, el no tener rocas cerca en una llanura, hizo que comenzaran a experimentar otra técnica de construcción y así descubrieron cómo hacer ladrillo cocido.

Hermano, si usted estaba acostumbrado a construir con piedras y ahora puede hacer ladrillo cocido, eso es un cambio tecnológico que podría impulsar toda una civilización. Era utilizar un material mucho más maleable, ponerlo en forma cuadrada y comenzar a hacer construcciones de forma mucho más modular y mucho más extensible, proyectos mucho más altos. Este avance tecnológico produjo en ellos un entusiasmo que el autor describe dos veces con la palabra “vamos”.

Ese “vamos, vamos” es la expectativa de un cambio tecnológico que va a traer mucho provecho, que va a traer algo muy bueno. Esa es la expectativa del hombre cuando ve la tecnología sin tener en cuenta a Dios. Quiero aclarar que la tecnología por sí misma no es un asunto pecaminoso. No, el pecado no está en la tecnología, el pecado está en nosotros.

Frecuentemente mis hermanos se unen acá a conversaciones donde presentan al hombre como que al día de hoy el hombre es más pecador porque tenga más tecnología. Hermano, el pecado no está en la tecnología, el pecado no está en el ladrillo. El problema aquí no es el ladrillo. El problema está en que en nuestro corazón hay maldad y la maldad se manifiesta.

La tecnología y la aceleración del pecado

Sin embargo, el punto aquí es que la tecnología, aunque no produce pecado, hace que el pecado avance mucho más rápido. Y lo que antes podía contenerse ahora puede acelerarse de una manera tal que ellos piensan que pueden llegar al cielo por sus propios medios. El potencial que tiene la tecnología puede alejar nuestro corazón del Creador.

Si ustedes ven cómo se anuncian los avances médicos en los programas de salud, pareciera, hermanos, que esto es la panacea. Pareciera que se van a resolver todos los problemas humanos. Y si usted accede a una feria tecnológica, parecería, hermanos, que son pequeños dioses. De hecho, los grandes capitanes de empresas tecnológicas se presentan como si fueran pequeños dioses. Es la persona que tiene el futuro en sus manos, son las personas que nos ayudarán a llegar al cielo por nuestros propios medios.

Quiero alentar a la iglesia para que entienda que la tecnología no es mala en sí misma. Sin embargo, dados los medios tecnológicos, el pecado y la maldad pueden avanzar mucho más rápido. Y lo que antes podía destruir en un año, ahora destruyen en un mes o en un día.

La tecnología no es mala, la tecnología no es buena. El pecado está en nosotros. Pero así como algo puede acelerar la virtud, así mismo puede acelerar la maldad. Y lo que sucedió fue que el avance tecnológico, en vez de edificar, produjo destrucción.

Quiero llamar a mi iglesia a que estemos alerta para no inclinarnos ante la tecnología, a que los avances de la ciencia no desplacen en nuestra mente el lugar que solamente Dios debería ocupar. A que cuando veamos el avance científico no nos digamos los unos a los otros: “Vamos, vamos, hagámoslo por nuestros propios medios”, sino que entendamos que todavía hay un Dios que es más alto que toda ciencia, que todavía hay un Dios que está por encima de toda su creación.

Hermano, nunca los seres humanos lograremos rivalizar con nuestro Dios porque usted no puede utilizar los medios creados para rivalizar con el Creador. ¿Qué es la ciencia, qué es la tecnología? Es el descubrimiento de las leyes y los materiales con los cuales Dios hizo el universo y con los cuales hace que el universo funcione. Usted no puede utilizar la creación de Dios para rivalizar con Dios mismo.

Estos hombres progresaron hasta cierto punto humanamente, pero alejados completamente de Dios. ¿Cuál es el peligro que hay al inclinarse ante la tecnología? Poner en ella nuestra confianza.

El sueño de ser como dioses y el culto a la tecnología

Hermano, ¿por qué estás seguro? Escuchaba días pasados a alguien decir que, de aquí a los próximos 20 años, quien se muera se morirá porque no tendrá con qué comprar la tecnología para mantenerse vivo. O sea, tú escuchas esto y tú dices: ¿quién es él? ¿Es un súper humano, es alguien que puede ir más allá de las leyes que el Señor ha establecido?

El sueño del ser humano es poder transgredir las leyes que nuestro Creador, con su sabiduría, ha establecido. Dios ha establecido una fecha límite para toda vida, pero el ser humano quiere transgredir el límite de Dios. Dios ha establecido un límite al conocimiento humano, pero el ser humano quiere siempre conocer más allá de Dios.

El pecado de la torre de Babel es el estándar del pecado en el Edén, el estándar del pecado en Babilonia, el estándar de pecado en nuestros días: pretender por nuestros propios medios llegar a ser como dioses. ¿Qué fue lo que le dijo la serpiente? La serpiente les dijo: “Prueben esto y van a llegar a ser como Dios”. ¿Qué es lo que todos los hombres están diciendo? “Usemos la tecnología y llegaremos a alcanzar a Dios por nuestros propios medios”.

La tecnología logra que pongamos en ella nuestra confianza, nos mantiene distraídos y al mismo tiempo muy impresionados. Hermanos, que ningún avance tecnológico le impresione a usted más que su Creador.

“¡Guau, la nueva tecnología!”, y a ustedes, como que los ojos al ser humano le brillan. “Ya lograremos tales cosas”. Se habla, hermano, de tecnología. La realidad es que, al día de hoy, no es un asunto intencional; las personas no se inclinan conscientemente, pero esto es tan complicado, hermanos, que se menciona un modelo de teléfono: “Ese no, ya salió el otro”. Ningún modelo del iPhone, hermano, va a poder ser más impresionante que nuestro Dios. Ningún modelo de Galaxy ni de Huawei —aunque ustedes ya saben que Huawei estaba en eso, sí, hermanos—.

La tecnología el día de hoy es una religión, es un culto. El ser humano está atento a lo que está pasando, está atento a lo que se puede lograr: “Mira, este tiene una cámara entroscópica, con esta cámara se puede retratar la luna, mira que esto puede reemplazar lo otro”. Hermano querido, que nada reemplace la admiración que solamente nuestro Dios en nosotros debería provocar.

¿Cómo usted se da cuenta que se ha estado inclinando a la tecnología? Cuando ha puesto en la tecnología su confianza, cuando ha puesto en la tecnología su deleite. Y eso producen en ustedes, los niños pequeños, cuando uno saca el celular: “¿Ese es el S-qué tanto?”, y te preguntan: “¿Cuánto tiene ese?”, y “¡Guau!”, hermano. O sea, la admiración que genera eso al día de hoy en los seres humanos es la misma admiración que estaba generando un ladrillo en los tiempos de la torre de Babel.

Ahora uno mira el ladrillo en retrospectiva y no era ni siquiera algo tan admirable. Es lo mismo capaz, hermano, porque la escala del avance científico, lo que hoy tiene brillo mañana se ve a blanco y negro, y lo que parecía un gran avance, hermano, después nos damos cuenta que nos dejó en el mismo lugar de insatisfacción y que, por muy alto que suba, hermano, nunca va a poder llegar al cielo.

Expectativas irreales y límites humanos

Algo que veo aquí es que el pecado produce en el ser humano expectativas que son irreales y no alcanzables: “una torre cuya cúspide llegue al cielo”. Hoy, en retrospectiva, nosotros nos damos cuenta de todo lo que esta gente ignoraba. De hecho, ellos estaban ignorando los efectos de la altitud en los seres humanos.

Yo si vivo en una ciudad muy alta, quizá a 1500 metros, y tú no estás acostumbrado a ir allá, y me visitas, muy probablemente tú tengas dificultades para respirar a los 1500 metros. Si usted es un montañista, una persona que está entrenada para trabajar en las alturas, probablemente entre los 4000 y los 5000 metros pueda sobrevivir. Pero si usted llega a los 8000 metros, eso se conoce como la “zona de la muerte”, donde su cuerpo muy probablemente entre en crisis y ahí mismo muera.

Se ve que no llegaron muy lejos, hermano, porque todavía respiraban. El proyecto iba lento. Y un comentarista que se burla un poco dice que llegaron tan alto, hermano, que Dios tuvo que descender. O sea, porque si realmente hubiesen alcanzado llegar al cielo, Dios no desciende, sino que les recibe y les dice: “Bienvenidos, aquí estamos. ¿A qué vinieron, a adorarme?”. Yo me he preguntado eso mismo: imagínense que los hombres por sus propios medios podrían llegar al cielo. ¿A qué llegarían? A decirle a Dios: “Mira, lo hicimos sin ti, aquí estamos a la misma altura”.

Eran tan ignorantes, hermano, y eso es lo que produce el pecado. Mira, el pecado delante de Dios se ve como esa ignorancia, una persona que se cree mucho y en verdad no sabe nada. Los seres humanos, cuando intentamos tomar el fruto y llegar a ser como Dios, lo que terminamos fue desnudos, avergonzados y huyendo de Dios. Nuestra aparente sabiduría lo que hace es manifestar nuestra necedad.

Ellos querían hacer una torre cuya cúspide llegara al cielo. Era una expectativa, hermano, irreal. Uno de los medios que utiliza el pecado es exagerar cualquier asunto. El pecado hace que todo se vea más grande, que todo se vea más brillante. Ellos posiblemente asumían que el lugar de las nubes era el punto más alto, hermano, pero más allá de las nubes hay más espacio, y más allá de eso hay más espacio, y todavía seguimos buscando, hermano, y encontraremos más espacio.

Si realmente quieres encontrar a Dios, mientras más arriba busques, hermano, más arriba deberías buscar. Dios no puede ser alcanzado por medios humanos. Él descendió, hermano, se encarnó y se hizo hombre. Nosotros podemos conocerle porque Él mismo se acercó y se ha revelado.

Con toda seguridad, hermanos queridos, ellos habían relacionado lo impresionante de su arquitectura también con su seguridad. Este era un tipo de infraestructura: tener una torre, una ciudad. A esto le llamaban los pueblos antiguos “zigurat”. Era un tipo de infraestructura muy alta que todavía aparece en las ruinas arqueológicas, y lo que representaba una ciudad era la altura de ese asunto.

Si usted llegaba a un lugar y veía una estructura de esas muy elevada, usted decía: “Esta era una gran ciudad”. Todavía se produce eso. Usted va a cualquier país y lo horizontal del país; si son países muy horizontales, usted se da cuenta como que esa ciudad no es muy próspera. De hecho, escuchaba un constructor que decía que usted se da cuenta de la prosperidad de Panamá porque cuando va encuentra muchas grúas construyendo grandes edificios. Y cuando ve eso entonces dice: “La economía está funcionando bien”.

La altura de sus torres está hablando de la altura de una ciudad. Ellos querían hacer una torre cuya cúspide llegara al cielo porque querían hacer una ciudad muy importante. Al mismo tiempo, estas estructuras “zigurat” eran estructuras de reuniones públicas, eran estructuras de adoración, sobre todo eran de representación. Aquí quiero detenerme un poco, hermano.

Deseos legítimos sin Dios se vuelven pecado

Es que el pecado toma ocasión de deseos que son legítimos; el asunto es que no está Dios. La gente frecuentemente dice: “¿Y qué es lo que hay de pecaminoso ahí?”. Lo que hay de pecaminoso ahí es que cualquier cosa sin Dios es pecado. La cosa más sencilla, la cosa más normal, la cosa más natural, cuando tú sacas a Dios de la ecuación, esa cosa se vuelve muy aborrecible delante de Dios.

El pecado no es pecado solamente porque transgreda; el pecado a veces es pecado porque sustrae, porque quita a Dios del asunto, quita a Dios de la ecuación. ¿Cuáles eran las cosas muy naturales y legítimas que ellos estaban buscando? Ellos estaban buscando la seguridad de una ciudad.

Imagínense el cambio que es usted, que vivía anteriormente expuesto a los elementos, llegar a habitar en una ciudad. Como ustedes viven en la ciudad, ustedes ya no saben lo que es eso. Pero imagínense ustedes que tengan que hacerse ustedes mismos toda la infraestructura, grande o pequeña; tengan que salir ustedes a forjarse ustedes mismos una ciudad. En una ciudad hay infraestructura común, hay servicios en común, hay cosas en común.

Una ciudad tiene murallas que delimitan el espacio, y esas murallas dan una sensación de protección. El primer poderoso de la tierra, por ejemplo Nimrod, ¿cómo él llegó a tener su nombre? Fue cazando animales. Él fue un gran cazador y hacía que los animales que antes destruían al hombre ahora fueran dominados por el hombre, y llegó a tener una posición grande entre sus hermanos.

El primero que construyó una muralla estaba manifestando: “Nosotros estamos más seguros dentro que afuera; vivir en una ciudad es mucho mejor que vivir a la intemperie”. La seguridad de una ciudad, hermano, es muy deseable. ¿Cuál es el problema en esto? Cuando la seguridad de una ciudad reemplaza la seguridad que solamente tu Dios puede darte.

Era la posibilidad de tener la seguridad de la compañía. Si usted vive en un apartamento, sabe que cuando se cierra el portón y se cierra la puerta con sus dos vueltas, se cierra un portón, después otra puerta, después otra puerta, usted se siente más seguro. Es una percepción de seguridad, porque lo que se ha demostrado es que, cuando un ladrón vendrá, uno a veces dice: “¿Cómo lograron romper cuatro puertas?”. Rompen cuatro puertas, vacían una casa. Es una percepción de seguridad, es lo que esta gente estaba buscando. Ellos dicen: “Nosotros queremos sentirnos seguros”.

Es la posibilidad de especializarse en una sola cosa, confiando en que otro hará lo mismo. En una ciudad, si tú eres panadero, tú puedes hacer solamente el pan, pero tú esperas que el otro sea agricultor, que otro traiga la leche. Pero si tú haces todas las cosas para ti mismo y no habitas en una ciudad, vas a tener que buscar la leche, vas a tener que buscar el pan, vas a tener que procesar la leche y hacer la mantequilla.

Vivir en una ciudad es cómodo porque los servicios están ahí. Eso es equivalente al día de hoy a tener un supermercado. Donde quiera que haya en la ciudad hay un establecimiento que vende los alimentos ya procesados; es la comodidad de vivir en la ciudad y no tener que hacer todas las cosas por tus propios medios.

Seguridad, identidad y logros humanos

¿La seguridad es mala, hermano querido? No. La seguridad no es mala. El problema en todas estas cosas es buscar la percepción de seguridad por tus propios medios. Digo percepción porque no es real. Esta es la misma búsqueda del hombre contemporáneo: ¿por qué trabajamos? Por seguridad. ¿Por qué estudiamos? Por seguridad. ¿Por qué compramos diferentes asuntos? Por seguridad.

De hecho, lo que se ha visto es que mientras más alejada la gente está de Dios, más se ocupa de sí misma y de cuidarse por sus propios medios. Hermanos, somos frágiles en esta creación, dentro de la ciudad y afuera de sus murallas. La única expectativa que hay para el hombre en esta tierra, en este tiempo, es refugiarse en las manos de su Dios. No estamos seguros porque vivamos en ciudades, estamos seguros porque estamos en las poderosas manos de Dios. En sus manos.

A nuestros tiempos, ¿qué era lo otro que ellos querían, hermanos? Ellos querían identidad. Es la identidad que da el logro. ¿Quién no quisiera sentir que fue parte del proyecto que construyó la gran torre? Esas cosas, humanamente hablando, hermano, dan mucha satisfacción. Decir: “Nosotros construimos la torre cuya cúspide llega al cielo”. “¡Guau!”.

En toda empresa hay gente que dice: “No, nosotros somos los fundadores de la empresa, nosotros forjamos esta empresa”, y eso da como unos puntos delante del ser humano. El logro te da un sentido de identidad. ¿Qué es lo que es relevante en ti? Que yo forjé esta gran organización, que yo construí esta gran torre cuya cúspide llega al cielo.

Hermano, es la misma búsqueda que tiene el ser humano contemporáneo: buscar su identidad fuera de Dios. Dentro de todo ser humano hay un deseo legítimo de participar en un gran equipo.

En Codetel, por ejemplo, esa gente tiene hasta grupos de “los ex”. Y si alguien trabajó, hermano, aunque fuera en la conserjería, en Codetel en aquel tiempo, dice: “No, yo soy de los tiempos de…”, y yo recuerdo, “soy de los fundadores”. Cuando Codetel era la empresa. La Pepsi Cola, hermano, todavía hay gente aquí que están añorando los tiempos de la Pepsi Cola: “Cuando la Pepsi Cola era la Pepsi Cola. Nosotros fuimos los que hicimos eso”.

Eso da una satisfacción al ser humano porque da puntos delante de los hombres. Eso es un sentido de mérito, de identidad por tus logros, por tus propios medios. Es la guagua voladora que le ponen atrás: “Por mi propio esfuerzo”. “Hagamos, vamos, edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo, y hagámonos un nombre”. ¡Guau! ¿No es eso?

Vestidos de logros y credenciales

Es la identidad de un logro. Sentirnos impresionados ante los logros de los otros e impresionar a los otros. En gran medida, esa tarea de vivir sin Dios, ¿a qué se dedica? A impresionar a los otros con sus logros y a ser impresionado por los logros de los otros.

Usted se da cuenta en esas reuniones de socialización que la conversación, de manera —eso no es agresivo, sino pasivo—, la gente va dejando caer sus credenciales. Y deja caer una cosita, y tú, el que estás… el otro deja caer otra, y mientras vas haciendo eso, hermano, va sintiendo esa satisfacción, esa satisfacción de identidad: “No estoy desnudo, estoy vestido. Estoy vestido de una gran posición en un trabajo. Estoy vestido de trabajar para una gran corporación. Estoy vestido de un gran logro humano”. Son logros humanos lo que ellos buscaban, y sigue siendo la búsqueda hasta el día de hoy.

¿Cuántas personas —menciono los asuntos más básicos—, una carrera, hermano? Hay personas que, si usted le quitara el hecho de poder firmar delante con su credencial de “Licenciado”, “Ingeniero”, “Doctor”, o lo que fuera, esa persona se sentiría que está desnuda. Dicen: “Me falta todo, no me encuentro, me siento despojado”.

De hecho, hay personas que exigen que se les llame por su título, y que si no se les llama por su título, primero, esa persona sentiría que está desnuda y que no tiene ninguna valía delante de los hombres. Es buscar tu identidad en una carrera, en un proyecto humano; es construir tu propia torre.

Son ídolos que están adentro, hermano. La gente piensa que los ídolos están fuera; no, los ídolos vienen desde adentro. Es una búsqueda de poder, de superioridad delante de los otros, de acuerdo a tus posiciones, de acuerdo a tu trayectoria, de acuerdo a lo que tú has hecho.

Cosas, hermanos, hasta muy loables terminan convirtiéndose en oportunidades de ostentación. A veces yo veo personas que aman más el matrimonio por haber participado y tener un matrimonio, que yo pienso que aman más el matrimonio por el hecho de estar casados que por el hecho de tener el cónyuge con el cual aman y con el cual comparten su vida. Porque su matrimonio es su mayor ídolo, su mayor representación: “¿Qué te hace diferente, cuál es tu mote? Que yo tengo un matrimonio”.

Matrimonio, familia, estilo: torres modernas

Hay otros que su paternidad, su maternidad: “¿Cuál es tu logro, cuál es tu gran hazaña? Es que yo soy una madre”. “¡Guau!”. Y eso les da un sentido de satisfacción tan profundo que pareciera que… “Tú nunca vas a ser una madre”. O sea, te pasaron el rol porque ella es una madre. Y hay otras que compiten porque no solamente son madres, son una madre de muchos hijos.

Cosas muy hermosas, como el matrimonio, la paternidad, se podrían convertir en ídolos y asuntos de oportunidades para ostentación. Una posición de importancia, una forma de vestir, “mi estilo”. Y si mi estilo ya otro se parece a mí, tengo que ponerme dos accesorios más para verme, porque si llegan a un lugar donde hay otro metiendo un estilo parecido al suyo, hermano, eso pareciera que un camión le pasó por encima. Se devuelve, sí, porque esa es su identidad.

Su identidad está compuesta por su ropa, por su estilo, por su marca. Y si no es eso, cuando se sienta “superhéroe”, hermano, porque usted tiene una marca “X” y se la coloca, ellos sienten como que el poder les va como… y hacen así, hermanos, miren, cuando esos botones se cierran, ellos se sienten vestidos por esa marca. Ellos sienten, hermanos, ese es su dios.

De nuevo le digo, hermano: el problema no está en usar una marca, el problema está en tu corazón, que apalancado por lo que estás vistiendo hace que eso sea tu centro de importancia. Esa es tu torre cuya cúspide llega al cielo. El problema no está en tu carrera, el problema no está en tu matrimonio, el problema no está en tus hijos; el problema está en tu corazón.

Hay otros que han hecho, hermanos, de su identidad su personalidad única y particular: “Yo soy el chistoso, yo soy el agresivo, yo soy el que todas me las sé”. Es su personalidad. “El cerebrito”, hermano. Hay gente que hace de rasgos de su personalidad su torre.

Una posición deseada —y antes he hablado de eso—. Usted se da cuenta porque se le pone delante el “mi”: ese “mi” algo que ya es mío, pero todavía yo no lo tengo. Pero cuando yo logre tener eso que me tocaba desde que yo nací, ese “mi”… la gente decía: “Yo tengo mi carro, mi carro”. O sea, como que “ya yo tengo mi carro, y tengo mi carrera, tengo mi casa o mi segunda casa”. Y la gente va haciendo “check”, hermano, y cuando hacen esos “check”, ellos sienten que se están vistiendo, sienten que el corazón como que se les va llenando.

Hermano, el problema de la torre de Babel era que estas personas estaban buscando su seguridad sin Dios y estaban buscando su identidad fuera de Dios. Ellos no querían encontrar una identidad en que tenían un trato directo con el Creador. Ellos querían encontrar su identidad en que su torre era más grande que todas las demás torres.

Apellidos, héroes nacionales y logros ministeriales

No quiero pasarme aquí el tiempo mencionando, hermano, pero un apellido, un antepasado, un relacionado meritorio: “¿Quién tú eres? Yo soy la tataranieta de fulano, yo soy el bisnieto de zutano”. De hecho, hay países donde hay toda una estirpe de héroes nacionales que los hijos, nietos, bisnietos, hermano, todavía esa es su carta de presentación: “¿Quién tú eres? Yo soy el nieto de un héroe nacional”. El mérito de algo en una persona le produce una satisfacción que es enorme: una torre cuya cúspide llegue al cielo.

Hablemos, hermano, de lo ministerial. Miren, el pecado es algo tan profundo que aun las cosas del Señor distorsiona. Cuando menciono estas cosas no es que quiero señalar a otro; a mí me pasa, también te pasa a ti, nos pasa a todos. No es para avergonzar a alguien, ya me ha pasado.

Tuve una reunión con alguien para conocerle y demás, y recuerdo que la primera parte de la reunión la persona me decía: “No, yo en mi denominación dirijo tal ministerio”, y se hacía así en el cuello, “y soy líder de tal cosa, y soy la mano derecha de mis pastores”. Agarrarse el cuello, hermano, es una manera de: “Mírame”. Sí, me dijo: “Yo mismo, la verdad, no sé cómo todavía yo no soy pastor”, me decía la persona. Yo decía: “Yo entiendo”. “Yo mismo no sé cómo todavía yo no soy pastor”.

Yo no es que quiero ver con sarcasmo; lo mismo me pasa a mí, te pasa a ti. Esas causan risas cuando me lo cuentan, hermano, pero frecuentemente tú le dejas caer: “¿Y qué tú haces en tu iglesia?”. “Bueno, en mi iglesia yo soy líder de esto, yo soy el primero en lo otro”, o un aspecto que tú tengas muy desarrollado.

Yo recuerdo cuando era adolescente de una iglesia, hermano, me di cuenta que tenía cierta facilidad para las Escrituras. A mí hubo que dejarme la cancha. Yo no me perdía en la escuela bíblica, hermano, pero no era que yo tenía una pasión por compartir la Escritura. No era un amor por la Biblia; es que la escuela bíblica me daba a mí una oportunidad para la ostentación.

Cuando llegaba a la escuela bíblica, hermano, yo opinaba, yo quería doblar a los otros. Y si alguien me contradecía, hermano, estaba haciendo que mi torre se viera más pequeña. “Espérate”. Eso producía a mí un efecto emocional: “Me está contradiciendo, me está desacreditando, me está diciendo que su punto de vista es superior al punto de vista mío”.

Yo era un apasionado de la escuela bíblica, pero no era por la escuela bíblica per se, hermano; yo era un apasionado de mí mismo.

Pruebas para detectar nuestras torres

Es un deleite en llamar la atención hacia ti. Hay otros que tienen un aspecto del carácter descrito muy bien desarrollado, hermano, que son muy constantes en congregarse, otros muy constantes en la oración, y hacen de eso, hermano, su mote; es lo que les define. Aun las cosas santas pueden ser utilizadas como un mecanismo para hacer que nuestra torre se vea más grande.

No quiero dejarlo solamente en describir, hermano; pongamos el “tester” en el corazón. ¿Cómo sé que estoy construyendo una torre, reemplazando a Dios con algún logro? Responde alguna de estas preguntas:

¿Cuánto tiempo puedes pasar en una conversación sin hablar de eso? “Guau, tú eres un gran médico”. ¿Realmente puedes tener una conversación con alguien sin dejar caer dónde tú trabajas, que eres un médico, que la gente termine preguntando: “¿Y a qué tú te dedicas?” y tú digas: “Yo soy un gran médico”?

¿Qué tanto tiempo puedes dejar que fluya una conversación sin colar tus méritos? Hay personas que les gustan los viajes, pero hay otros que les gustan los viajes y les gusta ostentar sus viajes. Y tú, pronto, en una conversación, vamos a estar hablando de cualquier cosa, y él te va a hacer saber que él ha estado ahí, en tal lugar: “Claro, mira, ahí hay…”. Es una manera, hermano. No está mal viajar.

¿Qué tanto puedes pasar en una conversación sin dejar caer aquello que hace un “check” en tu corazón, que te da identidad, que te dice: “Guau, pero esta persona es muy alta”? Hay gente que le gustan los libros, por ejemplo, y él va a buscar que en la conversación él va a dominar la conversación con la lectura, y tú dices: “Pero yo quiero hablar de películas, porque yo lo que veo es películas; tú lees libros”. “No, pero yo quiero que tú sepas, mira, tal libro, y tienes que leerte el otro y el otro”. La persona no ha abierto un libro. “Estate tranquilo, que eso es lo tuyo, no lo de él”.

¿Qué tanto tiempo puedes dejar que fluya la conversación sin decir cuál es tu posición en un trabajo, sin decir de qué tú sabes mucho?

Otra pregunta: ¿cómo te sientes con la idea de perder eso? Tú tienes una gran posición en una gran empresa, en una gran corporación, y si mañana no tuvieras esa posición, ¿todavía podrías tener una vida plena delante del Señor? “No, yo me sentiría devastado”.

De pensarlo ya quizá estás hiperventilando: “Ay, me voy a quedar sin ese empleo, ¿y qué va a pasar si me quitan ese empleo? ¡Guau! ¿Y si no me dan la posición, qué va a hacer de mí, y qué van a pensar mis relacionados cuando sepan que yo no fui ascendido?”, hermano.

¿Puedes encontrar tanto deleite en tu Dios, a un punto tal, que el trabajo que hagas en esta tierra no sea lo que te defina principalmente, o necesitas construir una torre por tus propios medios cuya cúspide llegue al cielo? Frecuentemente, cuando a alguien lo despiden de la empresa, lo que más lamenta no es su salario; lo que más lamenta es el prestigio que le daba decir que tenía esa posición.

Identidad en el trabajo y sensibilidad regenerada

Hermano, yo no le estoy hablando de cosas que yo no conozco. Mire, yo trabajaba en una organización, una empresa relativamente grande. Donde quiera que yo llegaba, yo dejaba caer que trabajaba para esa organización. Y recuerdo que cuando me dieron una carta, cuando me estaban despidiendo, eso en mí… hubo que preguntarme: “Rafael, realmente, ¿tú te sientes más representado por trabajar ahí, o tú te sientes representado por el Dios al cual tú has conocido?”.

¿Cuál es la cosa que te hace relevante, cuál es la cosa que te da identidad? Si tú todavía dependes de la satisfacción que te da tener un trabajo, de la identidad que eso te da, muy probablemente Dios no tiene el primer lugar en tu corazón, aun seas un cristiano.

¿Qué sientes cuando alguien cuestiona eso? Cuando alguien cuestiona tu calidad como profesional, cuando alguien cuestiona tu maternidad, cuando alguien cuestiona tu matrimonio.

Tú te das cuenta que el matrimonio para ti es un ídolo porque tú no puedes encontrar ninguna falta en tu matrimonio, ni nadie puede hacerte ninguna observación grande o pequeña, porque tu matrimonio está perfecto: ese es tu dios. Si pasa lo mismo con tus hijos, ese es tu dios; si pasa lo mismo con tu negocio, ese es tu dios.

¿Cómo tú te sientes cuando recibes una crítica negativa? ¿Te sientes devastado? Muy probablemente esa es tu torre cuya cúspide llega al cielo.

¿Qué otra cosa estaban buscando ellos, hermanos? Dicen que estaban buscando hacerse un nombre: “Vamos, edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de la tierra”.

Esta gente está pensando en trascendencia. Bien, cualquier persona que se dedique a estudiar comportamiento humano se dará cuenta que el ser humano sin Dios, para vivir una vida plena, necesita hacer tres cosas. Necesita sentirse seguro: “No me siento amenazado, no siento que me va a faltar la comida, no siento que me va a faltar la protección”. Eso es lo primero que necesita el ser humano.

Después, necesita un “check”: necesita un sentido de logro. Él necesita saber que su vida es relevante, que trabaja para algo, que algo que él hizo está funcionando. Y después, él necesita trascendencia. Él está pensando: “Por si acaso nos esparcen, nosotros queremos ser recordados”.

La sed de trascendencia y la memoria de Dios

Un legado, una historia. Un musical que me produjo mucho deleite en este año es el musical “Hamilton”, donde aparece este padre fundador en la historia norteamericana. Era un hombre que venía de las islas, no tenía ningún nombre. Todo el musical él dice: “Yo me forjaré mi nombre, yo me forjaré mi nombre”. Él decía: “Yo quiero que comience la guerra, porque en la guerra se forjan los nombres. Yo me forjaré mi nombre, yo me forjaré mi nombre”.

¿Cuántas personas andan buscando pasar a la historia, trascender, ser recordados? Hermano, de aquí a poco todos nosotros seremos olvidados por los hombres, pero no por Dios. Yo veo a la gente emprendiendo estos proyectos, diciendo: “Guau, yo seré recordado, yo seré memorable en este lugar”, y asegurándose de mantenerse vinculado con un pueblo, con una ciudad, con una organización o hasta con una iglesia local, porque están esperando ser recordados.

Hermanos, de aquí a 200 años, probablemente todos nosotros seamos perfectos anónimos delante de los hombres. Lo importante es haber sido conocidos por Dios.

“Tómenme una foto y pónganla en una pared, denme una placa, pongan un monumento con mi nombre, hagan un obelisco, que mi nombre no sea borrado”. Que te importe ser conocido por Dios.

Estos edificadores en la torre de Babel, hermano, no conocemos sus nombres. Porque la memoria de los impíos será borrada. Lo que he visto es que mientras menos satisfechos estemos en Dios, más buscaremos esas tres cosas. Mientras más satisfecho tú te encuentres en Dios, tú puedes ya no tener el empleo que tenías, tú puedes ya no tener los ingresos que tenías, tú puedes ya no tener el vehículo que tenías, tú puedes ya no tener la familia perfecta que decías que tenías, y aun así tú dices: “Mi vida vale la pena”, porque yo he conocido a Aquel que todas las cosas las hace buenas, Aquel que todo lo hace hermoso, Aquel que da la plenitud de la cual hemos bebido. Todos hemos bebido de su plenitud, gracia sobre gracia.

Después hace la descripción aquí del justo juicio de Dios, versículos 5 y 6: “Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres”.

Esa expresión “descendió Jehová” tiene sus implicaciones. Bueno, Dios no tiene que descender. O sea, Él no es como nosotros que habitamos tiempo y espacio. Dios no tiene que moverse, desplazarse físicamente. Lo que está el autor poniendo en nuestra mente aquí es: Dios intervino.

Porque Dios lo estaba viendo desde antes, hermano. Él es eterno, Él es omnisapiente, Él es omnipresente. Dios no tiene que agacharse a ver qué están haciendo.

Dios ve y limita el avance del pecado

Quienes tenemos niños sabemos que tenemos que estar preguntando: “¿Qué estás haciendo?, ¿qué haces?, ¿dónde estás?”. De hecho, si usted deja de escuchar a un niño, preocúpese. Dios no tiene que hacer eso, hermano. Dios conoce todas las cosas tal y cual son. No tiene ni que descender para ver que están construyendo una torre. Él sabía que iban a construir una torre aún antes de que ellos lo tuvieran en el pensamiento.

Él supo cuando el pensamiento bajó de su mente a su corazón, Él supo cuando eso era una decisión en firme, Él vio los primeros ladrillos, hermano, Él vio el avance tecnológico y se quedó en su lugar. Dios estaba viendo el proyecto aun antes de que comenzara. Dios permitió su avance para hacer evidente el pecado y también sus consecuencias.

Dios pudo haber detenido la torre de Babel cuando solamente era un pensamiento, pero permitió que la torre de Babel se elevara un poco para que eso contribuyera a manifestar la justicia de Dios y el despropósito humano. Para que exista el pecado en esta tierra, el pecado existe en esta tierra para hacer evidente la justicia de nuestro Dios y, al mismo tiempo, para hacer un efecto lesionador en todas las personas piadosas.

Que se haya construido una torre y se elevó un poco y Dios les cortara, es una alerta para todos nosotros. Si Babel no existiera, nosotros no tuviéramos un ejemplo de lo que es el despropósito humano. ¿Para qué el Señor permite que se construyan torres como esta? Para evidenciar su justicia, hermano, y hacer aún más dramática su intervención.

Lo que se ha visto es que Dios puede permitir temporalmente aquello que Él no necesariamente aprueba. Si ustedes ven la progresión de reinos que aparece en Daniel capítulo 7, Daniel vio, hermano, que iba a venir un reino, después otro reino, después otro reino y después otro reino. Y dice Daniel: “¿Y para qué tú estás mirando todas estas cosas?”. Para que entiendas que, a pesar de lo que tus ojos te dicen, tu Dios sigue teniendo control de toda la historia.

Las cosas que vio Daniel en Daniel 7, el mismo Daniel no las entendía del todo. Él vio reinos que tenían formas, eran como imágenes: uno era como un león, otro era como un oso, otro como un leopardo.

Dice Daniel 7, del 13 en adelante:

Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido. Se me turbó el espíritu a mí, Daniel, en medio de mi cuerpo, y las visiones de mi cabeza me asombraron. Me acerqué a uno de los que asistían, y le pregunté la verdad acerca de todo esto. Y me habló, y me hizo conocer la interpretación de las cosas. Estas cuatro grandes bestias son cuatro reyes que se levantarán en la tierra. Pero recibirán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre.

— Daniel 7:13-18

Dice Romanos 13:1 que no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay por Dios han sido establecidas.

Soberanía de Dios frente a los poderes humanos

Las implicaciones de ese “descendió Jehová” es que parece que a veces los hombres estamos sueltos, hermano, pero Dios tiene control de la historia. Dios está mirando.

Por favor, cuando usted vea las noticias, hermano, trate de poner a Dios en la noticia. A veces uno ve las cosas mundiales y se alarma y dice: “¿Y qué va a pasar?”, en desasosiego. No va a pasar ni más ni menos, hermano, de lo que Dios ha permitido. Y eso permite que uno se mantenga estable en un mundo de engaño, un mundo de desvaríos.

El avance de la promiscuidad, el avance del imperialismo… Uno ve todas estas cosas. Hay gente: “Ay, que el imperialismo, ¿qué va a pasar?”. Hermano, ni más ni menos de lo que Dios ha establecido.

Dios permite temporalmente estas cosas, pero Él sigue en control. La intervención de Dios, hermano, es imprevista. Ellos no sabían cuándo Dios iba a mirar, pero Dios estaba mirando. “Descendió Dios”. El Señor va a intervenir.

Yo mismo, hermano, no pretendo darle una explicación a cada uno de los asuntos que uno ve en la historia, cada fenómeno, cada movimiento. Mi ojo ha visto canales de televisión donde analizan las noticias a la luz de la Biblia. Yo veo lo loable de su esfuerzo, hermano, pero la verdad es que yo no tengo el conocimiento preciso de los hilos pequeños y anchos que Dios está moviendo en la historia. Pero yo sé que Dios está detrás de la historia y que en algún momento “descendió Dios”.

Y cuando Dios descendió, hermano, Él no descendió aquí como un asunto de que viene a recibir; Él descendió aquí, hermano, para hacer evidente que Él estaba en control, que tenía un conocimiento cabal. Dice el versículo 6: “Y dijo Jehová: He aquí, el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer”.

El Señor conoce cada pensamiento, el Señor conoce cada obra. Él conoce cada obra de los hombres de manera muy cabal. Conocía el nivel de integración que ellos tenían. El hecho de que tuvieran una misma lengua hacía que el pecado cogiera mucho más amplio.

Algunos comentaristas buscan un paralelo entre este momento de confusión y un momento de claridad que es el día de Pentecostés. ¿Para qué sirve, hermano, tener una misma lengua? En este momento sirvió para practicar la maldad; en aquel momento sirvió para que el mensaje del Evangelio sea comunicado. Lo que en este momento es confusión, en aquel momento es claridad. Hermanos, esas son las expresiones de la soberanía de nuestro Dios.

Obstinación del impío y gracia de la regeneración

Él conocía la obstinación que produce el pecado. Dice Él: “Nada les hará desistir”. Ay, hermano, por favor, entendamos que hay asuntos aberrantes y pecaminosos que suceden en esta tierra contra los cuales uno debería oponerse por principio para glorificar al Señor, pero uno sabe que humanamente hablando nada les hará desistir.

Yo no pretendo que los hombres perversos desistan, hermano, de construir su propia torre. Yo lo que hago es rechazar sus torres por convicción. Evito practicarlas por mis propios medios y me opongo a eso por principio. Pero yo sé, hermano, que como en la torre de Babel, menos que el Señor les confunda, nada les hará desistir.

Lo que ha demostrado Dios, hermano, es que Él tiene dominio y control. A mí por eso no me afecta. Hay cosas que yo veo y mis hermanos escandalizados dicen: “Ay, ¿qué va a pasar ahora?”. Yo les digo dos cosas: nada les hará desistir, pero al mismo tiempo Dios los puede confundir.

“Vamos a ponernos en una campaña para que no la construyan”. ¿Quiénes somos nosotros, hermano, para ponernos en contra de eso? Ahora, yo sirvo a un Dios que hace que los despropósitos de los hombres no prosperen.

Mientras leía esto, hermano, le daba gracias al Señor por la doctrina de la regeneración. Qué hermoso es ver una persona que, cuando tiene un despropósito, con la ayuda del Espíritu Santo, tiene una mente, un corazón regenerado, hermano, y desiste.

Lo que tiene el impío es que el impío tiene un corazón endurecido, que nada le hará desistir. Yo me sentía, leía eso, hermano, y le decía: “Gracias, Señor, por haber ablandado mi corazón. Gracias, Señor, porque aun yo mismo reconozco haber participado en la construcción de obeliscos, en la construcción de torres cuya cúspide llega al cielo. Y Señor, gracias porque a tus hijos tú les has dado un corazón sensible y ellos pueden rectificar”.

¿Cuál es la diferencia, hermano, entre el pueblo del Señor y los constructores de torres de este tipo? Que el pueblo del Señor puede desvallarse, pero con la ayuda del Señor tiene un corazón regenerado y sensible, y cuando el Espíritu Santo le contrista, rectifica.

Estos hombres, hermano, el mismo Señor dijo: “Nada les hará desistir, no”. Su corazón, su mente, están obstinados en pecar. Nada les hará desistir. A veces uno interactúa con personas y cuando uno les muestra las perspectivas de Dios en estos asuntos, se burlan, se endurecen aún más. Nada les hará desistir.

Hermano, no intente usted boicotear los proyectos de los hombres; entienda que Dios puede confundirlos. Saber que Dios está atento, hermano, limitando y regulando el avance del pecado, a mí me da cierta satisfacción.

Dios limita el desborde del pecado

Que, como el director de una orquesta que está al mando, Dios la historia la tiene desde aquí hasta allá, y Él ha determinado que el pecado va a ir aumentando, y aquí lo limita, el pecado aumenta y aquí lo limita. ¿Para qué sirvió la torre de Babel, para qué sirvió el diluvio, para qué sirvió, hermano, la destrucción de esos grandes imperios de la antigüedad? Para que el pecado, que iba, no se desborde a un punto tal que termine arropando la predicación del Evangelio.

El Señor es como el director de la orquesta, hermano, y cuando el asunto pierde el tiempo y se acelera, el director detiene la orquesta y les dice: “Eso no va tan rápido. Espérense, que todavía faltan cosas por desarrollar”. Cuando el ser humano quiere practicar el pecado a un punto tal que transgrede, hermano, lo que Dios le ha permitido, Dios viene y le corta las alas. Dios es soberano y Él ha dispuesto el tiempo de cada una de las cosas.

¿Cómo se describe el castigo del versículo 7 al 9? Dice: “Ahora, pues, descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda lo que habla su compañero”. En este momento Dios no está buscando su arrepentimiento, hermano. Dios está buscando la limitación del avance del pecado.

Entiendan esto, porque hay veces que el castigo de Dios —uno dice: “¿Qué produjo eso?”— produjo que el pecado fuera podado hasta cierto punto, de forma tal que la creación completa no termine derribándose, la creación completa no termine siendo destruida. El Señor ha determinado un límite aun para el pecado.

Me emociona saber que Dios alcanza sus propósitos globales aun utilizando a los impíos. Por eso a veces les llama “mi siervo”. Por esa razón Dios castigó sin destruir a Caín. Por esa razón Dios castigó sin destruir a Nabucodonosor.

Usted va a la historia de Nabucodonosor y dice: “Guau, el hermano Nabucodonosor…”. No, hermano. Dios no castigó a Nabucodonosor para arrepentimiento. Dios castigó a Nabucodonosor para que la danza del pecado sea limitada hasta cierto punto. No vas a poder practicar el pecado dentro de la creación de Dios hasta donde tú quieras. Dios es soberano en su creación.

De hecho, las ciudades se siguieron construyendo. Miren, el capítulo 11 es una digresión, porque el 10 le antecede. Y en el capítulo 10, del 9 al 12, dice, hablando de Nimrod:

Este fue vigoroso cazador delante de Jehová; por lo cual se dice: “Así como Nimrod, vigoroso cazador delante de Jehová”. Y fue el comienzo de su reino Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar.

— Génesis 10:9-10

Dios no evitó que se siguieran construyendo ciudades. Ahora las ciudades fueron más horizontales. Dios, hermano, no evitó que se siguieran construyendo ciudades. Ahora, por favor, un poco más humilde.

Cada vez que el progreso humano, hermano, quiere desafiar a nuestro Dios, viene el Señor y lo hunde, viene el Señor y lo derriba, viene el Señor y lo avergüenza, para que entendamos, hermano, que nada debe rivalizar con nuestro Creador.

Castigo moderado y nombre de confusión

El propósito de este castigo no buscaba un arrepentimiento. Lo que estaba buscando era limitarles. Con todo, hermano, la gracia del Señor aquí también se hace evidente, su gracia general, su gracia común, dándoles un castigo relativamente débil en vez de destruirlos.

¿Qué es lo que merecía esto, hermano? La destrucción. El Señor no los destruye; lo que hace es que les confunde. O sea, les preserva la vida. Les dice: “Sigan viviendo, hagan sus ciudades, pero no intenten rivalizar con el único y sabio Dios”.

Aquí Él les frustró el propósito de hacerse un nombre, y después a la ciudad le dan su propio nombre. La ciudad que esperaba ser la ciudad más alta escuchó el nombre que llegaron a entender: le llamaron “confusión”.

La ratificaron: Babel, confusión. Ellos que pensaban que esta ciudad les iba a dar un nombre, aquí tienen el nombre: confusión. Todos aquellos, hermanos, que andan buscando hacerse un nombre por sus propios medios, el Señor les da su nombre: les da confusión.

Termino leyendo un texto del Nuevo Testamento para vincular estas cosas. Acompáñenme a Hechos capítulo 17; terminemos así, dando una perspectiva más completa de la historia.

Dice Hechos 17, a partir del versículo 24:

El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación, para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: “Porque linaje suyo somos”. Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.

— Hechos 17:24-31

Dios, fuente de toda plenitud

Mientras leo esto, hermano, por favor, mate la construcción de su corazón. Abandone el proyecto en este momento, porque tiene una mente regenerada y tiene el Espíritu Santo. Abandone en este momento el proyecto de buscar su identidad en cualquier cosa que no sea Dios.

“El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay”. Sí, hermano, fue Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay. Esto para nosotros es un principio rector: Dios hizo las matemáticas, Dios hizo la ciencia, Dios es el autor de las leyes. “Siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres como si necesitase de algo, pues Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas”.

Hermano, nos dejemos de buscar fuera de Él, porque Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. No te las vas a dar por tus propios medios; tienes que permitir que Dios te las dé. Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Eso es “todas las cosas”, hermano, me emociona. “Ay, Señor, si tú me dieras lo otro…”. Ahí mismo Él dice: “Él da todas las cosas”. No las busques por tus propios medios.

“Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres para que habitasen sobre la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación”.

A veces vemos esos imperios, hermano, que quieren ir más allá. Dios les ha fijado el orden de los tiempos y el límite de su habitación. A mí particularmente me preocupa un poco la base de China, porque es que los chinos yo no los conozco. Yo estoy acostumbrado a que el gran imperio sean los Estados Unidos. Pero en casi todos los parámetros, cuando tú los buscas, hermano, parece que la próxima gran potencia es China.

Y los rusos, hermano. Mire, esa gente tiene un territorio… hay que pasar, esos son los rusos. “¿Y qué pasaría con este presidente?, ¿qué pasaría con lo otro?”. Hermano, no va a pasar ni más ni menos de lo que Dios ha establecido, porque Dios les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación.

“Para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros”. No hay que ir muy lejos, hermano, para encontrar a Dios; lo que hay que tener es otra actitud en el corazón.

Esta gente se hubiera evitado la edificación de una torre cuya cúspide llegue al cielo y se hubiera evitado la confusión, si temprano, aunque sea palpando, hubiese sido humilde y hubiera encontrado a Dios.

“Porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: ‘Porque linaje suyo somos’. Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra” —no traje, hermano, solamente digo un ejemplo— “a ladrillo, a logros tecnológicos; nada de eso rivaliza con nuestro Dios”.

“Escultura de arte y de imaginación de hombres. Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan”.

Qué hermoso, hermano, porque allí el Señor solamente intervino para castigo y limitación del pecado. Ahora Él habla de arrepentimiento para salvación a todos los hombres. Termino con el versículo 31: “Por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos”.

Tarde o temprano vendrá, hermano, y cuando venga evaluará todas las cosas.

Cristo ganó la guerra: dejemos de construir torres

Oraré hoy especialmente por mis hermanos, para que el Señor evidencie, hermano, la construcción cuando todavía va temprano. Para que el Señor nos evite la confusión, hermanos, para que evitemos correr el camino de los impíos.

Tengan sus ojos ahí cerrados, hermanos. La Segunda Guerra Mundial terminó hace muchos años. Treinta años después de la Guerra Mundial apareció un soldado que estaba guardado en una cueva y pensaba que la guerra no había terminado. Y cuando salió, él intentó matar como si hubiera guerra. Estaba tan debilitado que no pudo hacer muchas cosas, pero lo intentó. El hombre todavía tenía actitudes de guerra.

Deje de pelear, hermano. Ya Cristo ganó la batalla, hermano. Ya Cristo ganó la guerra. Ya no hay nada que podamos hacer por nuestros propios medios para estar más altos, hermanos. No hay nada que podamos hacer por nuestros propios medios para estar más plenos. Ya no hay nada que podamos añadirle a nuestra preciosa salvación. Cristo logró todo, hermano, todas las cosas por su pueblo. Dejemos de luchar por estas cosas, hermano, que ya Cristo las logró por nosotros. Él ganó, hermano.

Padre, mira tu pueblo aquí congregado, que a pesar de haber bebido de tu plenitud, Señor, de haber experimentado las cosas santas, todavía nuestro corazón, Señor, quiere ponerse una estrella más. Todavía nuestro corazón, Señor, anda buscando un logro adicional. Todavía nuestro corazón anda buscando que la torre se vea más alta.

Padre, permite que todo corazón aquí regenerado sienta la plenitud que solamente en Cristo se puede experimentar. Padre, permite que en todas las cosas que hacemos, cuando nos movemos, lo hagamos para tu gloria, Señor, y con la conciencia de que tú estás mirando.

Padre, mira mis pequeñas torres, mira mis intentos infructuosos, Señor, de hacerme importante por mis propios medios. Mira a mis hermanos, Señor, que luchan por las mismas cosas, que luchan como si todavía no tuvieran esperanza. Padre, permite que podamos beber tanto de tu plenitud, gracia sobre gracia, Señor, a un punto tal que terminemos muy satisfechos, Señor, satisfácenos en ti.

Permite que el Evangelio se vea aún más glorioso en esta iglesia local, Señor. Permite que el Evangelio se vea aún más precioso. Permite, Señor, que tu obra consumada en la cruz anuncie a nuestro corazón que definitivamente terminó esta guerra, Señor, y terminó este esfuerzo de buscar donde no hay.

Llamado al arrepentimiento y despedida

Padre, permite que esta iglesia sea más horizontal en sus proyectos. Permite, Señor, que en nuestro día a día busquemos cosas de las que están arriba y no de las que están abajo.

Con tus ojos cerrados ahí, hermano, si hay alguien que aquí hoy está congregado y no ha entendido la plenitud que solamente en Dios se puede conseguir: nunca vas a poder llegar al cielo por tus propios medios. Él descendió, se hizo hombre, tomando tus pecados, los llevó a una cruz. Murió allá y dijo: “Consumado es”. El justo por los injustos, para que tengamos vida eterna.

Él fue levantado de entre los muertos y ahora llama a todos los hombres al arrepentimiento. Una de las primeras cosas que experimentamos cuando venimos a Cristo es esa saciedad. Se va el desasosiego, se va el hambre por fama, por prestigio, por poder, por placeres.

Yo te invito a que dejes de construir la torre en este momento y entregues tu vida al dador de la vida. Dile al Señor ahí en oración: “Señor, perdona mi desvarío, perdóname por estar buscando donde no hay, en cisternas rotas. Perdona, Señor, mis proyectos de llegar más alto por mis propios medios. En este momento me humillo bajo la poderosa mano de Dios, para que Él me exalte cuando fuere tiempo”.

Gracias, Señor, por tu palabra predicada. Padre, rompe con los ídolos contemporáneos, rompe, Señor, con los ídolos de nuestros corazones. Santifica a tu pueblo, Señor, quitando expectativas carnales y mundanas y poniendo, Señor, nuestros ojos en las cosas eternas.

Todo esto para tu gloria, en nombre de Jesucristo nuestro Señor, nuestro Salvador. Amén.

Despìdamos, hermanos, con alabanzas al Señor.

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