Que el Señor les bendiga, hermanos, amigos queridos. Acompáñenme en la Sagrada Escritura. Vayamos al libro de los Hechos, en el capítulo 21. Para leer la Palabra del Señor pueden ponerse ahí un momento sobre sus pies. Es el libro de los Hechos, en el capítulo 21. Leeremos los primeros 16 versículos del capítulo 21 del libro de los Hechos.
Es la última etapa del ministerio del apóstol Pablo. Su tercer viaje misionero se encontraba desarrollándose en este momento y, al final de su tercer viaje misionero, entonces el Señor, a través del Espíritu Santo, le dirige a encaminarse hasta Jerusalén. Esta porción de la Escritura que estaremos leyendo es la continuación de la despedida de Pablo en el capítulo 20, solamente para darle un poco de contexto.
Leeré el versículo 22 y 23 del capítulo 20 y luego entonces los primeros 16 versículos del capítulo 21.
Ahora he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones.
— Hechos 20:22–23
Ahora voy al 21, desde el 1 hasta el 16.
Después de separarnos de ellos, zarpamos y fuimos con rumbo directo a Cos, y al día siguiente a Rodas, y de allí a Patara. Y hallando un barco que pasaba a Fenicia, nos embarcamos y zarpamos. Al avistar Chipre, dejándola a mano izquierda, navegamos a Siria y arribamos a Tiro, porque el barco había de descargar allí. Y hallados los discípulos, nos quedamos allí siete días; y ellos decían a Pablo, por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén. Cumplidos aquellos días, salimos, acompañándonos todos, con sus mujeres e hijos, hasta fuera de la ciudad; y puestos de rodilla en la playa, oramos. Y abrazándonos los unos a los otros, subimos al barco, y ellos se volvieron a sus casas. Y nosotros, completada la navegación, saliendo de Tiro, arribamos a Ptolemaida; y habiendo saludado a los hermanos, nos quedamos con ellos un día. Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, fuimos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él. Este tenía cuatro hijas doncellas, que profetizaban. Y permaneciendo nosotros allí algunos días, descendió de Judea un profeta llamado Agabo; quien, viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles. Al oír esto, le rogamos nosotros, y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalén. Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aún a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús. Y como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor. Después de esos días, hechos ya los preparativos, subimos a Jerusalén. Y vinieron también con nosotros de Cesarea algunos de los discípulos, trayendo consigo a uno llamado Nasón de Chipre, discípulo antiguo, con quien nos hospedaríamos.
— Hechos 21:1–16
Leamos, hermanos, todos juntos nueva vez, el versículo 13:
Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aún a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.
— Hechos 21:13
Pueden sentarse, hermanos, amigos queridos.
Precisamente de una resolución como esta he venido a hablarles. He venido a hablarles de una resolución valiente. Sé que en algún momento de su vida todo creyente verdadero tendrá que tomar una firme resolución de hacer algo que no tendrá lógica alguna a los ojos de los hombres y que, con toda seguridad, tampoco será cómodo para él. Pero él se sabe que está siendo dirigido por el Señor, por el Espíritu Santo, y con la ayuda del Señor llega a tomar una resolución valiente.
Podría solamente leerles la resolución del apóstol Pablo y llevarlos allí. Sin embargo, me gustaría mostrarles lo difícil que era el hecho mismo de que el Señor colocó a Pablo en esa situación, y cuáles pudieron haber sido los medios que utilizó el Señor para que el apóstol llegara, con su ayuda, a tomar tal resolución.
La providencia de Dios y los caminos difíciles
Comenzaré mostrando que Dios, en su providencia, podría conducirnos a través de caminos que son muy difíciles. Quizás en este momento de tu vida el tramo no es tan complicado como lo era en aquel momento el tramo por el cual el Señor estaba conduciendo al apóstol Pablo, pero me interesa en sobremanera que todos los creyentes sepan que, así como el Señor a veces adereza mesas delante de nosotros por temporadas, podría conducirnos por caminos que parecería que no son dignos de los pies de los hijos del Señor, pero también allí nos manda Dios.
El sufrimiento en general es algo que es contrario a la sabiduría popular y también a determinadas falsas enseñanzas que pululan en medio del pueblo del Señor. ¿Qué es lo que nos dice la sabiduría popular? La sabiduría popular nos enseña que si alguien toma en su vida las decisiones correctas, siempre le irá bien. Si tú estudias, trabajas, guardas para el futuro, tú estás seguro, te va a ir bien. Pero hay personas que en su vida tomaron las decisiones correctas y se encuentran en este momento en una embarcación precaria de camino a Jerusalén, a encontrarse con sufrimientos, cadenas y tribulaciones.
El hecho de que hayas tomado en tu vida las decisiones correctas, que hayas hecho las cosas adecuadas, no significa que terminarás viviendo una vida cómoda o alejada de problemas. Probablemente, al final de tu vida también te visite la tribulación. Dice la sabiduría popular que tú deberías procurar siempre tu bienestar porque tú te lo mereces, que un referente o un líder dentro del pueblo del Señor debería ser una persona que evidentemente está en opulencia y en un aparente bienestar. Al hombre natural le gusta que aquellos que son sus líderes y las personas que son puestas en eminencia, por regla general, estén mejor que ellos.
Por eso el apóstol Pablo, cuando estuvo experimentando prisiones, cadenas y persecuciones, dice que muchos se habían apartado de él, porque decían: si este es un apóstol del Señor, no puede ser que esté peor que yo. Quiero desmitificar todas estas cosas por el mucho daño que le hacen al pueblo de Dios. Gente correcta delante del Señor, al día de hoy, tendrá tribulación. Gente que ha hecho las cosas bien, probablemente, humanamente hablando, le esté yendo mal.
Hay otras falsas enseñanzas que llegan a llenar la mente de los creyentes y terminan haciendo mucho daño. A veces le llaman a esto el falso evangelio de la prosperidad, pero no creo que creyentes que asuman estas maneras de pensar lo hagan siguiendo alguna falsa doctrina sistemáticamente. A veces es un abierto desconocimiento de lo que es la providencia de Dios. Hay creyentes que no pueden conjugar que el mismo Dios que está buscando tu bienestar sea el mismo Dios que te haya colocado en este momento en una situación de incertidumbre. Hay cantidad de hermanos míos que tienen un conocimiento muy primario de lo que es Dios y su soberanía, y entienden que cualquier cosa que vendrá de Dios siempre será una cosa agradable y que, si Dios está en el asunto, entonces nos irá bien.
A veces Dios está en el asunto y nos está empujando a lo que parece ser nuestro mal. Y, a menos que crezcas en tu entendimiento de lo que es la soberanía y la providencia del Señor, que no siempre te visitará de manera favorable según tu percepción, siempre te estarás quejando, siempre estarás amargado, siempre estarás luchando porque pensarás que Dios te abandonó. Dicen estas falsas enseñanzas que la vida triunfante es equivalente a las comodidades materiales. Un creyente que está en victoria es un creyente que siempre tiene holguras, un creyente que siempre tiene tranquilidad.
Desmontando falsas historias de prosperidad
¿Qué dice Lucas 12:15? Que la vida del hombre no consiste en la multitud de bienes materiales. Y hay veces que el Señor está muy cerca de ti, y quizá tus bienes materiales no lo están anunciando. Cantidad de hermanos nuestros viven de un meme al otro que dice que “soy hijo del Rey y soy hija del Rey, que soy rico de cuna, que mi Padre es el dueño del oro y la plata”. Falsas historias de redención donde dicen: “yo en este momento soy como José que estoy en una cisterna, pero el Señor me llevará al trono y verás que todos mis hermanos vendrán donde mí”.
Esas falsas historias de redención no necesariamente aplicarán a tu vida. Esas historias estaban anunciando todas a la persona de nuestro Señor Jesucristo, que fue el único justo que tuvo momentos muy precarios. Tú y yo, en cualquiera de esas historias, lo que deberíamos ver es el triunfo de Cristo. Hay hermanos que se sienten muy representados con la historia de Mefiboset, el cojo que nadie en Israel le buscaba, pero el rey lo mandó a llamar y lo sentó a la mesa del rey, le sirvió de su comida y de su bebida, y dice: “sí, yo soy como Mefiboset, a mí nadie hoy me nota, pero tarde o temprano el Señor le va a demostrar”.
La historia de Jabes es muy atractiva y vendió muchos libros, pero: “Jabes fue más ilustre que todos sus hermanos porque había invocado al Dios de Israel, diciendo: Oh, si me dieras bendición, y ensancharas mi territorio, y tu mano estuviera conmigo, y me libraras de mal para que no me dañe”, y el Señor le concedió lo que Jabes pidió. Y tú dices: “tú me ves hoy así, pero yo soy como Jabes, tú vas a ver”. Otros dicen: “yo soy como Jefté, aquel hijo de una prostituta, que ninguno de sus hermanos lo quería y lo echaron, pero después lo mandaron a buscar”.
Esas historias, algunos de mis hermanos encuentran en ellas aliento, un falso aliento, porque no conjugan el pensamiento de que el mismo Dios que está buscando tu bien es el mismo Dios que te está embarcando en este momento rumbo a la tribulación. Otros dicen que si pedimos algo con fe, frecuentemente, un asunto material, siempre seremos atendidos por Dios. “Hermano, estás teniendo dificultad en tu vida porque tú no has pedido con fe. Pídelo con fe y decláralo. Písalo. Lo recibo, no lo recibo”. Hermano, puede ser que el Señor te esté encaminando a esa aflicción.
No lo recibo, se aferran a esas cosas como si esto fuera un juego con la providencia de Dios. Hermano, nuestro Dios les receta a sus mismos hijos, a los cuales les manda mucho bien, a veces una temporada de mal, y uno pensará que el Señor se ha olvidado de uno. Pablo sabía que era Dios que lo estaba dirigiendo.
Hay otros que tienen una perspectiva muy inmadura y dicen: “si Dios está en un asunto, yo tengo que experimentar paz”, y por paz le llaman a un estado de falta de incertidumbre, a un estado de bienestar, de mucha tranquilidad, de opulencia. Sí es verdad, hermano, Dios te da paz en medio de situaciones que son muy calamitosas, pero esa paz no significa la ausencia de conflictos. Significa que aun en medio del conflicto tú llegas a tener cierto reposo.
La paz que el Señor te da en medio de tus aflicciones no significa que se desaparece la aflicción. Lo que significa es que en medio de la aflicción, el Señor adereza mesa delante de tus enemigos. Quizás es la paz que experimentó Daniel cuando le impidieron orar a su Dios y él abrió la ventana, y en medio, yo me imagino, de temor y temblor, sabiendo que podía perder muchas cosas, él se expuso y oró al Señor en medio de la persecución de los hombres. No era que Daniel pensaba que ningún mal sobrevendría. Él decía: “aun me sobrevenga algún mal, el Señor me está dirigiendo a que haga esto”.
Ejemplos de paz en medio de la aflicción
Quizás sea la paz que sentía el mismo Daniel cuando estaba en el foso de los leones. Hermano, cualquier persona se sentirá impresionada ante el rugir del león, pero él sabía que el Señor le estaba guardando. Eso es paz, no en la ausencia de leones, sino a pesar de los leones. Es la paz que sentía Nehemías cuando estaba edificando los muros de Israel. Los enemigos estaban buscando la cabeza de Nehemías y él seguía construyendo, y uno dice: “guau, pero mira esta persona desconfiada”. Quizá en su corazón el hombre estaba temblando, pero lo estaba haciendo para la gloria de Dios.
Es la paz que quizás experimentó Esteban cuando, siendo apedreado, dice que vio el cielo abierto y al Hijo del Hombre que estaba de pie a la diestra de Dios. Cualquier persona que ve piedras corriendo hacia su cabeza puede sentir que el corazón se le acelera, pero en medio de eso el Señor te permite tener cierto solaz, cierto reposo, cierto sosiego que hace que la obediencia que nos demanda sea posible.
El camino y el destino que aguardaban al apóstol Pablo era un camino lleno de dificultades. Los viajes en el mundo antiguo, hermano, estaban llenos de peligro. No eran como en la actualidad, que usted puede tomar un avión de aquí, usted dice: “mira, yo voy a llegar a Kuala Lumpur”. Vamos a buscar una agencia de viajes que le va a trazar todo, un vuelo aquí, otro allá, otro que te lleva a otro lugar, y usted en tres días lo hace en medio de mucho confort.
En la antigüedad, para usted llegar del punto A al punto B, usted tendría que experimentar en el camino quizás naufragios, bandas de delincuentes que le estaban esperando, enfermedades, fieras en el camino. Y uno dice: “guau, y todo eso es para que lo que me estén esperando allá no sea el descanso, sino que me están esperando para matarme”. Era dificultad para llegar y dificultades en el destino. ¿Cómo uno puede hacer la voluntad del Señor cuando no hay una expectativa de sosiego pronto?
Es esperable que Pablo supiera que le esperaban en el camino momentos muy emotivos, y esos momentos emotivos desbordan a cualquiera. Muchas despedidas, por ejemplo. Los últimos versículos del capítulo anterior se describen en el 37 y el 38:
Entonces hubo gran llanto de todos; y echándose al cuello de Pablo, le besaban, doliéndose en gran manera por las palabras que dijo, de que no verían más su rostro. Y le acompañaron al barco.
— Hechos 20:37–38
Mire, esas despedidas a veces hacen más daño que el viaje mismo. He escuchado el testimonio de personas que están en situaciones muy largas y dicen: “a mí me duele más ver a mis seres queridos cuando me ven en esta situación, que la situación misma”.
El dolor de las despedidas y la empatía en el sufrimiento
Hay padres de familia que a veces están en una situación muy precaria y dicen: “lo que a mí me duele no es tanto la necesidad, sino cómo lo sienten mis hijos”. Hay personas que están enfermas y sienten el dolor de sus seres queridos que se están despidiendo, y el dolor de sus seres queridos redobla el dolor en ellos mismos. Las despedidas, hermano, siempre son difíciles. Todo lo que Pablo encontró era como un panegírico en vivo; por dondequiera que iba eran abrazos, lágrimas, hermanos desesperados que le decían: “Pablo, no te vamos a ver nuevamente”. Las despedidas son dolorosas.
Después de aquellos que le despidieron, dice el 5 y el 6 del capítulo 21:
Cumplidos aquellos días, salimos, acompañándonos todos, con sus mujeres e hijos, hasta fuera de la ciudad; y puestos de rodilla en la playa, oramos. Y abrazándonos los unos a los otros, subimos al barco; y ellos se volvieron a sus casas.
— Hechos 21:5–6
Eran despedidas. En el versículo 13 hay otra despedida más, cuando Pablo dice: “¿qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón?”. Hermano, ver a nuestros seres queridos sufriendo nuestras calamidades es difícil.
Mientras me preparaba para responder a esto esta semana, recordaba un momento en el Templo Evangélico de Azua, la iglesia donde yo conocí al Señor, cuando el primer pastor que yo conocí, Fausto Mena de Lemos, se estaba despidiendo. El Señor lo estaba llevando a otra ciudad y es evidente que su corazón estaba allí con sus hermanos.
Yo era un niño, hermano, tendría entre 9 a 11 años, pero recuerdo la visita que él hizo a mis abuelos como para despedirse. Él pasó por la casa, estuvo compartiendo con ellos, y recuerdo que el pastor Fausto decía: “yo no quisiera que me hicieran ninguna despedida, yo no quisiera entristecer a la iglesia, yo quisiera hacer algo así discreto”, lo que él no sabía es que los hermanos se habían puesto de acuerdo y después que él estaba en casa de mis abuelos, íbamos a ir toda la iglesia. La iglesia en pleno le estaba esperando en la parte de atrás del templo con una despedida.
Y aquello, hermano, más que alegría, eso parecía un culto fúnebre, un memorial o algo parecido. Es el dolor de la despedida. A veces tú sabes que te espera aflicción y la aflicción te duele por ti mismo y también te duele por tu gente, te duele por los otros. El apóstol Pablo se estaba despidiendo, él sabía que lo que le esperaba no era bueno. Y si sabía estas cosas, hermano, también sabía que del otro lado del agua los judíos más radicales estaban en Jerusalén, y él sabía la violencia que podían ejercer esta gente porque él había sido parte de ellos.
Sabía que los judíos no medían palabras para llevarle la cabeza a cualquiera, y que lo que estaban esperando, le esperaban no para aconsejarle, sino para matarle.
Me muevo un momento, hermano, pero en esta providencia desfavorable que ayudó a que el apóstol Pablo pudiera hacer la voluntad del Señor, hay algo que encontré en esto que me dio mucho aliento. Y es que en medio de todas estas situaciones de dolor, el compañerismo de muchos creyentes hizo más llevadero su viaje. Me llama la atención que por dondequiera que Pablo pasó, él se ocupó de preguntar: “¿dónde está la iglesia, dónde están los hermanos?”. Si se detuvo allí algunos días, ese solaz hace que nuestros momentos de aflicción sean un poquito más llevaderos.
El valor del compañerismo cristiano en tiempos difíciles
Por ejemplo, Lucas siempre estuvo con el apóstol Pablo y, en medio de su trajinar, en medio de sus dificultades, ahí había otro compañero creyente que le estaba alentando. Dice que al llegar a Tiro, capítulo 21, del 4 al 6, buscó a los discípulos y estuvo con ellos siete días. La palabra que hay ahí, “y hallando los discípulos”, o sea que Pablo se ocupó diligentemente de preguntar: “¿dónde están los discípulos reuniéndose? Yo quiero saber dónde”.
En el mundo antiguo no era como el mundo contemporáneo, que usted encuentra iglesias reunidas en diferentes lugares. Las iglesias tienen al día de hoy letreros, páginas de internet y algunas tienen hasta cultos en vivo. En la antigüedad, para usted encontrar una iglesia, tenía que ser muy diligente porque las iglesias eran perseguidas, y cuando Pablo llegaba a una ciudad, él estaba en tránsito y decía: “yo quiero ocuparme de saber dónde se reúnen los hermanos”, y cuando encontraba a los hermanos, pasaba con ellos unos días.
Más adelante dice que al llegar a Ptolemaida saludó a los hermanos y se quedó con ellos un día. Y usted me preguntará: “¿y por qué con los otros siete y con estos solamente uno?”. Porque apareció un barco. Usted no podía esperar un viaje, era: pasa un barco y usted dice “nos vemos”, que pasa un barco y tengo que irme. Pablo iba caminando hacia Jerusalén, caminando hacia su lugar de dolor, caminando hacia su lugar de tormento, hacia el lugar donde iba a obedecer a Dios.
Después llegó a Cesarea. Cesarea ya estaba en territorio continental, era el puerto por Israel, Jerusalén no tenía puerto. Se llegaba a Cesarea y de ahí se caminaba a pie subiendo hasta la ciudad. Cuando llegó a Cesarea, permaneció allí con la familia de Felipe durante siete días.
Es evidente, hermano, que esos siete días en Cesarea, usted ya sabe que le está esperando el momento difícil, pero es como el momento de solaz, el momento de preparación. Hay una preparación espiritual, una preparación emocional, una preparación física. El que sabe que va a padecer necesita ser especialmente preparado. ¿Y dónde mejor que en la casa de Felipe? Este Felipe fue uno de los siete diáconos que fueron electos.
La gente ve el libro de los Hechos como que eso fue un brinco, hermano; quizás veinte años habían pasado ya desde que Felipe era un diácono. ¿Dónde mejor que en la casa de un creyente que tiene veinte años caminando con el Señor? Y no solamente eso, sino que este hombre tenía cuatro hijas, que las cuatro hijas eran profetisas. Y cuando estaba en casa de Felipe vino un profeta desde Jerusalén que bajó allá a Cesarea; era el profeta Agabo, y dice que el profeta también vino de parte del Señor. Y ahí estaban también los hermanos de la iglesia de Cesarea. Eso era casi un culto, hermano, lleno de gente muy útil para consolar a Pablo en un momento de dificultad.
Sin embargo, esta gente en vez de consolar a Pablo lo que hizo fue llenarlo de más aflicciones. Lo que quiero destacar aquí, hermano, es que el compañerismo con otros creyentes es un asunto muy necesario, y en momentos de tormentos, en momentos de tribulación, en momentos de profunda aflicción, uno necesita esos momentos de solaz.
Me recuerda a mi Señor Jesucristo, que siempre encontraba una parada estratégica y de mucho reposo y evidente satisfacción para él en la casa de Lázaro, en Betania, una ciudad cercana a Jerusalén. Cada vez que él subía a Jerusalén se quedaba en casa de Lázaro, y allí estaban Marta y María, y con ellos él departía. Es evidente que ellos le daban mucha satisfacción al Maestro.
El mismo Pablo, en cada uno de sus viajes misioneros, siempre regresaba a la iglesia de Antioquía. Y parece que cuando él llegaba a Antioquía, hermano, después de viajes muy difíciles, él encontraba allí su momento de solaz y de reposo. El rey David siempre encontró sus refugios visitando al profeta Samuel, y cuando las cosas en la vida de David se ponían difíciles, él se refugiaba donde Samuel.
Cultivar refugios piadosos y el peligro de la soledad
Hermano, ¿dónde te refugias tú cuando tienes un momento de dificultad? Cuando te visita la tristeza, ¿dónde tú acudes? Cuando la incertidumbre llena tu corazón, ¿dónde tú puedes encontrar refugio? Eliseo, por ejemplo, posaba siempre en la casa de una mujer sunamita y su marido, que le tenían allí una habitación exclusivamente para él, donde había cama, mesa, silla y candelero.
Lo que se ha visto es que el compañerismo con creyentes piadosos, dentro y fuera de la iglesia local, es algo que se debe cultivar, porque frecuentemente es lo que utiliza el Señor para ayudarnos en nuestro momento de muchas dificultades. Por eso dice el libro de Eclesiastés: “¡Ay del solo!”. Qué hermoso es un creyente que conoce a muchos creyentes. Qué hermoso es un creyente que está a la llamada de alguien. Qué hermoso es un creyente que, en su momento de tristeza, de incertidumbre, de vicisitudes, dice: “hermano, pasa por aquí, que te necesito, necesito hablar contigo, necesito pasar por tu casa, yo necesito aliento, el Señor me está preparando para momentos de dificultad y me siento muy solo, necesito en este momento tu compañerismo”.
Hermano, cultive y no rehúya del compañerismo de otros creyentes, porque frecuentemente son esos momentos de solaz que el Señor permite en nuestro momento de aflicción.
He estado mostrando que el Señor, en su providencia, podría conducirnos por caminos difíciles. Por favor, cuando te visite la tribulación no pienses que el Señor te abandonó. A veces usted está en el centro de la voluntad de Dios. Mostraré ahora que la variedad de los consejos podría traer mucha confusión.
Estos hermanos, en los cuales Pablo buscó el compañerismo, le decían: “Pablo, no vayas a Jerusalén”. Pero es que Pablo tampoco quiere ir a Jerusalén. ¿Sabes que la gente a veces… tú estás tomando una decisión complicada y la gente dice: “no tomes esa decisión”, y tú dices: “es que yo no quiero tomarla”? ¿Quién quiere padecimiento? ¿Quién quiere cadenas, quién quiere tribulación? Nadie. O sea, ellos le están diciendo a Pablo como que es que Pablo está deseando que venga la persecución y que Pablo no vaya a Jerusalén.
Dice que cuando estaba con los hermanos de Tiro, que evidentemente le dieron satisfacción, “y hallados los discípulos, nos quedamos allí siete días; y ellos decían a Pablo, por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén”. Hermano, aquí hay una contradicción. Leímos el capítulo anterior, que fue el Espíritu que envió a Pablo a Jerusalén. Pero ahora vienen hermanos que también, por el Espíritu, le dicen a Pablo que no vaya a Jerusalén. Pónganse de acuerdo, porque de hecho yo no quiero ir; yo estoy aquí en un ejercicio de obediencia.
Sensibilidad espiritual sin prudencia: consejos que confunden
Sucede, hermano, que hay gente que sinceramente ve, y hay gente que tiene sensibilidad espiritual. Y es posible combinar la sensibilidad espiritual con una abierta falta de prudencia y de sabiduría. Lo que ellos vieron era verdad: lo que esperaba a Pablo no era cosa buena. Lo que ellos no sabían era que era el Señor que le había guardado eso a Pablo.
Hay hermanos nuestros que espiritualmente son gente muy sensible, pero al mismo tiempo son gente muy imprudente y muy poco sabios. Y cuando ven algo se sienten apresurados a tomar conclusiones, y a veces las conclusiones que sacan no son las conclusiones adecuadas. Estos hermanos que amaban profundamente a Pablo y eran espiritualmente sensibles, vieron que lo que a Pablo le esperaba no era bueno. Dijeron: “Pablo, si lo que te espera no es bueno, no vayas”. Ellos no podían conciliar la idea de que probablemente eran azotes, y el Señor había mandado los azotes. Que probablemente era la muerte, y el Señor había esperado la muerte.
Lo que ellos habían visto era lo mismo que había visto el apóstol Pablo. Le leo de nuevo 20:22 y 23:
Ahora he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones.
— Hechos 20:22–23
En todas las ciudades anteriores le habían dicho: “te esperan prisiones y tribulaciones”. Ahora, en la ciudad de Tiro, los discípulos le dicen, por el Espíritu, que no suba a Jerusalén. Probablemente esta era gente piadosa, espiritualmente sensible, que vieron una parte de la ecuación, pero no vieron la ecuación completa. Es lo mismo que sucedía con Pedro cuando el Señor le dijo: “Pedro, es necesario que ahora suba a Jerusalén para padecer persecución”, y Pedro le dijo al Señor: “Maestro, que tal cosa no te acontezca”. ¿Y saben lo que le dijo el Señor? “Apártate de mí, Satanás”.
Pedro entendía: “¿cómo va a ser que al Señor lo van a apresar?”. ¿Cómo funciona esto de gente que puede tener sensibilidad espiritual con falta de prudencia o falta de sabiduría? Son aquellos que se apresuran a hablar. Hermano, un rasgo de madurez espiritual es un hermano que tiene sensibilidad y sabe guardar silencio, porque a veces tú sinceramente no sabes lo que Dios está haciendo. Tú viste una parte de lo que Dios está haciendo, pero tú no viste la ecuación completa.
Y hay veces que tú logras ver que Dios está en un asunto, y tú piensas: “lo mató, lo mató”, y el Señor, que ve la historia completa, dice: “lo salvó, lo salvó”. Por eso dice el Salmo 37 que guardes silencio ante Jehová y esperes en él.
Hay otros que quieren disuadir a los hermanos por sus propios medios. Hay hermanos que saben lo que es la voluntad de Dios, pero quieren agarrar al hermano y amarrarle las manos, amarrarlo, dicen: “yo te voy a cargar y te voy a llevar a la voluntad del Señor”. Deja que Dios obre su voluntad en ellos por sus propios medios. “No, que yo sé lo que a él le conviene”. Tú sabes lo que le conviene, pero Dios es quien tiene que llevarlo, hermano.
Ni usted ni yo, ni los hermanos de Tiro ni los hermanos de Cesarea pudimos haber llevado a Pablo a Jerusalén. Quien llevó a Pablo a Jerusalén fue el Señor. Y ni tú ni yo, aunque nos pongamos de acuerdo, podemos subirnos al hermano “caballito” y llevarlo al centro de la voluntad del Señor. ¿Quién te dijo que lo vas a llevar? Hay hermanos míos que luchan con esto, pues dicen: “yo sé lo que le conviene, él tiene que hacer lo que yo le estoy diciendo”. Yo sé que tú sabes lo que le conviene, y quizás él tenga que hacer lo que tú le estás diciendo; el asunto es que tú no puedes obligarlo a que haga lo que tú quieres.
Aconsejar sin controlar y dejar que Dios dirija
Es el Señor que lleva a su gente a su voluntad. Y tú dices: “¿entonces lo dejamos así?”. No, adviértele con amor, trata de estimularle, dale un consejo, pero tú no puedes llevar a la gente a punta de pistola a la voluntad del Señor. Hay otros que aconsejan con tal nivel de violencia que hay que hacer lo que ellos dicen.
Qué hermoso fue el consejo, por ejemplo, que le dio Jetro a Moisés. Jetro vio que Moisés tenía un problema, y que era un problema que lo iba a matar, y que iba a terminar dañándole a él, iba a terminar dañando a su esposa, que era la hija de Jetro, y que iba a terminar dañando al pueblo. Jetro vio la situación, se sentó de lejos, lo miró, lo observó, lo analizó, y con prudencia fue donde Moisés y le dijo: “Moisés, mira, quizás esa no es la mejor manera. Ora al Señor, y si el Señor te dijera que hicieras esto y terminas haciéndolo, yo creo que te puede ir bien”.
Y dice que Moisés consultó el consejo e hizo lo que Jetro le dijo. Hay hermanos que dicen: “mira, Moisés, Dios me dijo lo que hay que hacer. Si tú no vas a hacer lo que te estoy diciendo entonces eres mi enemigo, y no me hables; si tú no haces lo que estoy diciendo, entonces yo voy a creer que tú no eres un creyente verdadero o que tú eres un inmaduro”. Hermano, deje que la gente haga la voluntad del Señor con sus propios medios.
Cada quien tiene una esfera de decisión, y tú y yo, aunque nos pongamos de acuerdo, no podemos estar decidiendo por ellos. Miren, yo soy el pastor de la mayoría de los hermanos que están aquí congregados, y ni siquiera yo puedo obligarlos. Pero aparece un hermano que sepa todo: “venga para que lo obligue, agárrelo y cárguelo”. ¿Usted sabe lo difícil que es Jerusalén?
Bueno, yo mismo a veces veo a mis hermanos que el Señor les está dirigiendo a hacer la voluntad del Señor en áreas de su vida y digo: “ay Señor, ayúdalo, porque mira, yo no creo que llegue por sus propios medios”. No, no llega por sus propios medios, es el Señor que lleva a los creyentes a hacer su voluntad. Y qué hermoso es cuando alguien dice: “yo no lo hago porque este me lo dijo, no lo hago porque el otro me lo dijo, sino que yo siento que el Señor me está guiando”. Qué hermosa es una resolución valiente cuando alguien se siente personalmente dirigido por el Señor. Y qué difícil es cuando alguien diga que está haciendo la voluntad del Señor, pero es porque el otro lo tiene ahí “a carabina”.
Si tú dices: “y si lo suelto, no lo hace”, pues no lo está haciendo por el Señor, ¿entienden la lógica del pensamiento? Si una persona necesita ser obligada, manipulada, profundamente persuadida, para que haga lo que el Señor le está diciendo, ya él no lo hace por amor a su Dios, lo hace por nosotros, y cuando dejamos de verlo lo deja de hacer.
No interrumpir el sufrimiento que Dios receta
Tristemente, muchos hermanos nuestros, muy bien intencionados, espiritualmente sensibles, gente prudente, gente muy amorosa, pretenden evitarles a sus hermanos el dolor y el sufrimiento. Hay gente que está sufriendo y todavía va a sufrir más, y tú quieres detener el sufrimiento. “Ay no, hermano, ven, vamos a detenerte el sufrimiento”. Deje que el Señor cumpla su propósito.
Hay hermanos que dicen: “ese es su proceso”. Le decían: “ese es su proceso”. Es verdad, hermano, un asunto comienza y termina. “No, no, no, tenemos que interrumpirlo porque ese hermano no puede estar sufriendo”. ¿Qué sabes tú? “No, no, ese sufrimiento ya tiene un mes”. ¿Y si el Señor le recetó un año? Ay, si el tratamiento requiere un año, no, déjalo, déjalo que sufra. “Él está haciendo mal”. Deja que el hermano sufra hasta donde el Señor se lo permite, deja que el hermano padezca, porque tú y yo no podemos graduar eso.
El Señor lo graduó bien. Dice que no le da a ninguno más carga de la que pueda resistir, y que con cada tribulación él pone también una salida. “Ah, no, ven, que yo te voy a sacar”. Sácalo, hermano, que vas a tener tú que cargarlo. Después de Jerusalén a Antioquía, de Antioquía a Jerusalén. Hay gente que a veces está haciendo la voluntad del Señor en su camino porque siempre hay un hermano que lo está cargando.
Si tú cargas al hermano hoy, vas a tener que cargarlo mañana. Ahora, si tú permites que sea el Señor que alcance en él su propósito, hay veces que hay que hacer como hicieron los amigos de Job: tú ve y mira. “Hermano, yo no puedo sacarte de tu situación, yo puedo mirar lo que Dios está haciendo, yo puedo observar, yo puedo acompañarte. Siente mi empatía, pero no me voy a apresurar a hablar”.
En la Escritura hay ejemplos buenos y ejemplos malos. Hay ejemplos de gente que se apresuró a hablar y a sacar conclusiones, y ejemplos de gente que fue muy prudente. Elí, por ejemplo, es un mal ejemplo. Elí era aquel sacerdote que estaba en el templo cuando vino Ana a orar, y Ana estaba acongojada de corazón y abrió su corazón en llanto delante del Señor. Cuando Elí la vio, la tomó por borracha, y le dijo: “digieres tu vino”.
Guardar silencio cuando no entendemos el dolor ajeno
¿Y saben lo que le dijo Ana? “Señor, no soy una mujer borracha, soy una mujer afligida”. Hay hermanos imprudentes que, en una muy buena intención, siempre están sacando conclusiones: “está borracha, es esto, es inconstante”. Detente, cállate, hermano. A veces uno quiere como amarrarles la boca, dice: “cállate, hermano, cállate, deja que el Señor haga Su obra”, porque a veces la carga del hermano necio duele más que la prisión misma.
Hay un hermano que está enfermo y hay cinco que ya saben por qué se enfermó y cuándo va a sanar: “y eso le pasó por esto”. Suéltalo, déjalo tranquilo, o sea, si no puedes guardar silencio, aléjate, deja que eso que el Señor le ha recetado alcance su propósito. Pablo, de camino a Jerusalén, habían cantidad de hermanos: “Pablo, no vayas, Pablo, detente, Pablo…”. Eran hermanos bien intencionados, pero hacían un tremendo daño.
Eliseo es un buen ejemplo. En un momento, esa mujer sunamita que le recibía en su casa junto a su marido y le hicieron un aposento, vino a su presencia y dice que se echó a sus pies a llorar. Vino el siervo de Eliseo y quería quitarla, y ¿saben lo que le dijo Eliseo? “Déjala, porque su alma está en amargura y Jehová me ha encubierto el motivo”. No hay que detenerlo. Espérate, esa mujer está sufriendo mucho. Dice él: “déjala que llore, pues está sufriendo, que llore”. Dice la Escritura que lloremos con los que lloran.
Hay hermanos que, temporalmente, Dios hoy los puso a llorar. Entonces tú quieres decir: “cállate, hermano, ya no llores más, prométeme que no vas a llorar”. “Cite su líquido, que no llore”. ¿Has pensado lo difícil que es estar afligido y tampoco poder llorar? “Prométeme que ya no, no, no, no más lágrimas”. Le dijo el profeta Eliseo a su siervo: “déjala, porque su alma está en amargura”, y también le dijo: “Jehová me ha encubierto el motivo, yo no sé”.
Hermano, qué bonito el hermano que sabe decir: “yo no sé”. “Hermano, tú estás sufriendo, no sabemos, yo no sé. Pero yo voy a estar aquí y vamos a esperar que el Señor nos dirija, vamos a esperar que el Señor hable, vamos a esperar que el Señor lo haga, vamos a esperar que se haga la voluntad del Señor y no la nuestra”. Qué hermoso es decir: “yo no lo sé”.
El profeta Natán, que era un hombre sabio, era gente buena, hermano. El profeta Natán era un hombre sabio, y una vez el rey David lo mandó a buscar y le dijo: “Natán, yo quiero construir un templo”. Y Natán, me imagino, dijo: “bueno, pero es de las cosas más lógicas del mundo, un templo al Señor, pero claro, haz todo lo que está en tu corazón, porque Jehová está contigo”, le dijo Natán. En la noche el Señor le dijo a Natán: “devuélvete y ve, dile al rey que él no me va a hacer templo”.
La humildad de corregir un consejo apresurado
Yo me imagino a Natán pensando: “¿y ahora? ¿Cómo yo le digo al rey David que no?”. Yo me imagino que David ya estaba haciendo los planos, hermano, y ahora llega Natán: “¿ahora voy yo a echarle agua al fuego, voy yo…?”. “David, sabes que yo te dije que lo construyeras, pero en la noche el Señor me habló y me dijo que no, que tú no vas a poder construir el templo”. “Natán, pero tú me acabas de decir que sí, yo tengo aquí ya el arquitecto”. “Es que yo te lo dije emocionado, fue que yo me adelanté en mis palabras”.
Hermano, lo que le estoy animando es a que, cuando usted vea gente como Pablo que va caminando hacia Jerusalén, no trate de interrumpirlo, no trate de detenerlo, no trate de evitar el sufrimiento, no trate de evitar el padecimiento. Trate de mostrar que eso puede tener sentido, aunque usted no sepa cuál es el sentido. “¿Y cuál sentido?”. “Yo no lo sé”. No sabemos cuál sentido, pero eso puede tener sentido en la mano del Señor.
Me detengo un momento en Cesarea, del versículo 8 al 12:
Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, fuimos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él.
— Hechos 21:8
Hermano, no estamos hablando aquí de impíos, estamos hablando de Felipe, que era uno de los siete diáconos, que tenía ya más de veinte años en el ministerio haciendo esto, que tenía tanta pasión por las almas que fue a predicar a Samaria, que fue aquel instrumento utilizado por el Señor para testificar ante el etíope, y que tenía tanta pasión por la evangelización que era conocido como “el evangelista”. Este hombre tenía cuatro hijas, que no eran mujeres disolutas. Eran doncellas, o sea, no se habían casado, estaban dedicadas al servicio del Señor, y profetizaban.
Y vino un profeta, que era un profeta genuino del Señor, que era el mismo instrumento que anteriormente había utilizado el Señor para decir que iba a venir una hambruna y puso a Pablo en movimiento. El mismo profeta vino ahora desde Jerusalén y vino hasta Cesarea. En Cesarea estaba la iglesia misma que estaba en esa ciudad, y estaba también Lucas. Y el consejo de todos ellos.
Este tenía cuatro hijas doncellas, que profetizaban.
— Hechos 21:9
Voy al 10:
Y permaneciendo nosotros allí algunos días, descendió de Judea un profeta llamado Agabo; quien, viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles. Al oír esto, le rogamos nosotros y los de aquel lugar que no subiese a Jerusalén.
— Hechos 21:10–12
Es duro tú ver que te agarre un hermano tuyo, que te amarren. “Mira, así es que te van a hacer, cualquiera se detiene”. “Pablo, no hemos llegado, todavía podemos devolvernos”.
Decisiones que nadie puede tomar por nosotros
Miren, hermano, hay decisiones importantes que nadie puede tomar por nosotros. No lo pudieron haber tomado los hermanos de Tiro, no lo pudo haber tomado Agabo, no la pudo tomar Felipe, no la pudieron tomar ninguna de sus cuatro hijas, no la pudo tomar Lucas, ni ninguno de los hermanos de Cesarea. Cuando el Señor te dirige a ti en un sentido, tú tienes que sentirte tú especialmente dirigido por el Señor.
No es: “que dice el Señor que dijo”. No, hermano, es a ti que el Señor tiene que dirigirte. Me llama la atención que el apóstol Pablo no intentó que otro tomara la decisión por él, ni que otro obedeciera tampoco por él. Él se sabía personalmente dirigido por el Señor y estaba caminando a hacer la voluntad del Señor en un área difícil.
Hay hermanos que en su vida no quieren tomar decisiones valientes, decisiones difíciles. Siempre quieren tercerizar la decisión: “yo quisiera, hermano, que me digas tú qué es lo que yo tengo que hacer”. Bueno, lo que tú tienes que hacer es ir allá a Jerusalén, te van a agarrar entre cuatro, el pueblo de la ciudad completa se va a volcar en contra tuyo, te van a apresar, te van a querer matar, esa gente va a pedir tu cabeza. “No, yo no puedo recetar eso, ora tú al Señor y que el Señor te dirija”.
Hay gente que pide que otro tome su decisión. No es que te dice: “toma tu decisión”, sino que quieren que la gente les aconseje más allá de lo prudente. “Pero dígame, ¿yo debería hacer esto o debería hacer lo otro?”. Me parece sabio esa forma de proceder, pero ora al Señor que el Señor te dirija. “No, no, es que yo no quiero orar, yo quiero que me diga usted si eso es la voluntad del Señor”. Ah, pero entonces, qué difícil es mandar más gente a que lo maten.
Este fue el que le dijo a Pablo que vaya, y por culpa de él fue que le llevaron la cabeza. Espérese, hermano. Cada quien debe decidir por el Señor. Hay otros que buscan una multitud de consejeros hasta que encuentran el consejo que calce con su comodidad. “¿Y tú qué te parece? ¿Y tú?”. Hasta que encuentra uno que diga lo que él quería hacer: lo que quería hacer era devolverse. Tú no puedes tercerizar tu decisión.
Algunas decisiones importantes generarán opinión. Por ejemplo, ¿usted va a seguir a Cristo? “Levanten la mano los que quieren, de mis familiares, que yo siga a Cristo. Y ahora, levanten la mano los que no quieren que siga a Cristo. Entonces ahora vamos a hacer un debate, pónganse aquí uno que quiera que yo siga a Cristo y uno que no quiera que yo siga a Cristo”. Hermano, siga a Cristo usted. Habrá multitud de familiares suyos que van a estar a favor, multitud de familiares que van a estar en contra; usted tiene que seguir a Cristo.
El peso de entrar al ministerio y al matrimonio
Yo me reúno con gente todos los días que quiere entrar al ministerio pastoral y me dicen: “ay, pastor, es que yo sé que esto es una decisión difícil”. Él sabe. “Es que yo quiero saber si el Señor me está dirigiendo, ¿qué tú crees que el Señor me está diciendo?”. O sea, que tú me estás colocando en mis manos la decisión de lo que tú vas a hacer en los próximos 40, 50, 60 años de tu vida, un camino que es difícil, un camino que está lleno de adversidad, un camino que está lleno de inseguridades. Pero tú quieres que sea yo, en el 2019, que tome la decisión que va a comprometer tu vida para los próximos 40 años. O sea, que yo voy a sentir que tú te metiste en el pastorado porque fui yo que decidí que tú entraras.
Deja que el Señor te dirija. “¿Sabes? Yo quiero casarme, pero yo quiero que un comité de hermanos me diga”. Hermano, no está mal buscar consejos, no hagamos de esto una caricatura. De hecho, dice la Escritura que en la multitud de consejeros hay sabiduría; es sabio pedir consejo. Lo que no es sabio es pedir que otro decida por ti. Un hermano te puede aconsejar dentro de lo que sabe o dentro de lo que es prudente, pero al final usted va a tener que tomar una resolución valiente.
Miren, casarse y luego honrar el pacto matrimonial, hay que morirse diez veces para que eso sea posible. “No, pastor, es que yo me casé con ella porque usted me lo recomendó, pero mire, yo la verdad…”. Es usted el que tiene que decidir. “Sí, es que mira, yo entré al ministerio porque fue que el noveno pastor de la iglesia me dijo que yo como que hablaba”. Es usted que tiene que decidir.
Y lo mismo para seguir a Cristo, hermano. Yo quiero saber que si alguien quiere seguir a Cristo, está caminando por su propio medio. De hecho, hay gente que me dice: “pero es que usted como que no insiste mucho para que la gente se convierta, para que vengan”. Yo puedo predicar el Evangelio y mostrarles a Cristo, pero es usted que tiene que aceptar a Cristo y venir al arrepentimiento y fe, porque si yo tengo que cargarle a usted para que venga a Cristo, después voy a tener que cargarle para que permanezca en Cristo, después voy a tener que cargarle para que sufra con Cristo y después voy a tener que cargarle para que muera por Cristo.
Siga usted a Cristo.
Opiniones que hieren más que el cáncer
¿Cómo podemos lidiar nosotros, hermanos, con esta variedad de opiniones? Uno tiene que tomar una decisión valiente y la gente le marea con opiniones. Comparto esto, hermano, con tristeza. Un amigo mío querido, su esposa enfermó de cáncer. Él es un creyente piadoso, y me decía que a él le ha dolido más la cantidad de comentarios que recibe que el cáncer mismo de la esposa.
Ella está tomando quimioterapia, después radioterapia, hubo que operarla. Y él dice: “la confusión… hay gente que me dice que es un asunto que es un pecado, otros dicen que Dios nos está castigando, hay otros que dicen…”. Y lo vuelven loco. ¿Qué podemos hacer ante la multitud de opiniones? No quiero ser concluyente en esto, hermano, pero algo que te puede ayudar es entender que mucha de esa gente está sinceramente interesada en tu bienestar.
Tómalo como una muestra de amor. “No, que yo no quería que usted hiciera eso”, porque te está amando. Aunque Dios quería que tú lo hicieras, la opinión de Dios es mejor que la de los hombres, pero realmente la gente que te aconseja a veces a que te devuelvas, que no vayas a Jerusalén, es gente que te está amando. No los veas como tus enemigos, vélos como gente que te está cuidando.
Agradece su interés en ti y en tu vida, diles que su actitud ha sido ya una expresión de gracia, dile: “guau, yo te agradezco”. Y no lo digas irónicamente, por favor; dígalo de verdad: “te agradezco que te importe mi vida a un punto que tú me estés evitando ese dolor, te lo agradezco sinceramente”.
Explícales con paciencia que tienes la necesidad de obedecer a Dios por ti mismo en esa área. “Hermano, mira, yo valoro mucho tu consejo en esa dirección; no entiendas que te estoy rechazando a ti, entiende que en esa área de mi vida yo tengo que obedecer al Señor por mí mismo. Yo quiero que sea el Señor que me dirija, yo siento que Dios me está dirigiendo. No es que no valoro tu ayuda o tu consejo, entiende, lo valoro, pero tengo que obedecer a Dios”.
Prepararse en tiempos de calma para decisiones valientes
Termino mostrando qué ayudó a que el apóstol Pablo pudiera tomar esta decisión valiente. Uno encuentra a Pablo caminando a Jerusalén, hermano, y parece que estaba desquiciado. Protestamos, diciendo todos los creyentes: “están buscando tu cabeza para cortártela, y tú sigues resuelto a caminar a Jerusalén”. ¿Qué permite que alguien tome una resolución valiente?
Habían algunas cosas que Pablo sabía antes de dirigirse a Jerusalén, porque había aprovechado bien el tiempo. Una de las cosas más difíciles es tomar una decisión de importancia cuando una persona ha sido en su vida abiertamente negligente. Hay cosas que, antes de la tribulación de Jerusalén, ya Pablo sabía, y sabía con firmeza.
Aun antes de llegar a Jerusalén o dirigirse para allá, Pablo estaba absolutamente seguro de su identidad, de que Dios mismo le había llamado por su nombre, de que él había tenido un encuentro personal con el Rey de reyes y Señor de señores. La conversión de Pablo, para Pablo, eso no era un asunto anecdótico; dondequiera que él iba, él daba su testimonio de cómo el Señor le salvó, y esa convicción de que él era de Cristo transmitía a su vida más seguridad, que permitía que tomara decisiones valientes.
Hay hermanos que todavía no tienen la seguridad de su salvación. Ellos son salvos, pero no saben medularmente que son de Cristo. Llega un momento que tú sabes medularmente que tú eres de Él, y en los momentos de aflicción tú puedes caminar hacia delante porque tú dices: “en este momento yo dudo de muchas cosas, pero no tengo duda alguna de que yo soy de Cristo, de que Él me salvó, de que Él me compró, de que Él me ha llamado por mi nombre, de que mi nombre está escrito en el libro de la vida. Mi salvación en este momento no está en duda, yo sé que soy suyo”.
Hay creyentes inmaduros, imprudentes, que están siendo afligidos, y en medio de la aflicción dicen: “¿seré yo cristiano?, ¿no seré cristiano?, ¿yo seré salvo?, ¿no seré salvo?, ¿seré o no seré del Señor?”. Pablo sabía que el apóstol Pablo era apóstol de Jesucristo, no por voluntad de hombre, decía él. Estaba absolutamente seguro de su llamado.
A él no lo engañaron. Cuando el Señor llamó a Pablo, le dijo a Ananías: “ve y ora por él, porque instrumento escogido me es este para testificar delante de Israel y de hombres poderosos”, y le dijo: “y yo le enseñaré lo que ha de padecer por mi nombre”. Cuando le dijeron: “Pablo, camina hacia Jerusalén que te toca padecer”, él dijo: “ah, pero es de todo lo que el Señor me habló hace como veinte años; todo lo que el Señor me dijo se está cumpliendo”.
Llamado a padecer: coherencia entre misión y sufrimiento
Pablo no sentía que el Señor lo había engañado. Él dice: “el Señor me está dando lo mismo que me dijo; ya yo he predicado delante de reyes y predicaré delante de reyes. Aun quizás ir a Jerusalén es un medio para predicar del Señor y también para padecer”. Dios no lo engañó, le dio lo que él sabía que era consistente con su llamado.
Hermano, cuando tú estás en momentos de incertidumbre, qué hermoso es cuando tú no tienes duda alguna de cuál es tu llamado, de la vocación particular de Dios para tu vida. De un capítulo al otro, en el libro de los Hechos, hay muchos años de historia; transcurre mucho tiempo. En el 9:15 dice:
El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles y de reyes y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.
— Hechos 9:15–16
O sea, cuando el Señor le dijo: “Pablo, ahora Jerusalén a padecer por mi nombre”, Pablo dijo: “oh, esto es lo mismo, es consistente con mi llamado”.
Es un problema, hermano, cuando tú estás en medio de la incertidumbre, en medio de la aflicción, y usted tiene que comenzar a afirmar quién usted realmente es. Hay gente que se le olvida hasta su nombre. “¿Cómo tú te llamas? ¿De quién tú eres? ¿Tú eres del Señor o no eres del Señor?”. “Yo no sé, estoy confundido”. Pablo no estaba confundido ni de su identidad ni de su llamado.
Él sabía cuál era su destino porque sabía cuál había sido el destino de los demás apóstoles de Jesucristo. Miren, todos los apóstoles de Cristo sufrieron el martirio. Y él dijo: “guau, ya murió este, murió el otro, el tercero, el cuarto; todos fueron perseguidos y yo voy allá. Parece casi que terminaremos los apóstoles de Cristo, que es lo que yo soy: apóstol de Jesucristo. Entonces, parece que el Señor me ha concedido que padezca del mismo modo que padecieron ellos, dado mi llamado, dada mi convicción, dada la dignidad de ser un apóstol de Cristo. Parece que esto es consistente”.
Uno ve a Pablo caminando y dice: “¿será que se volvió loco?”. No. Es que en el tiempo de calma él afirmó las cosas que son esenciales. Es más, si usted todavía no tiene el agua al cuello, asegúrese ahora de saber de quién usted es, asegúrese de saber cuál es el llamado de Dios para su vida, asegúrese de saber cuál es la voluntad de Dios para su vida de manera particular, para que cuando tenga el agua al cuello entonces no sienta que está muriendo dos veces: por la aflicción y también por la duda.
¿Cuál fue la decisión de Pablo? La resumo y terminamos aquí:
Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aún a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.
— Hechos 21:13
“Estoy dispuesto”: el fruto de una preparación profunda
Su resolución valiente se convirtió en ánimo para sus hermanos. A veces un creyente está siendo especialmente afligido y los hermanos que están opinando alrededor, ellos mismos son consolados. Él dice: “espérense, no se vuelvan locos”.
Estuve predicando el sábado antepasado en un culto memorial. Murió una hermana de la iglesia Misión Bíblica. El pastor no estaba en el país y me llamaron a ver si yo podía ir a predicar el culto memorial. Yo pensaba que no conocía a la hermana, y cuando llegué al memorial me dijeron que era una hermana que había enfermado ya mucho tiempo, hacía que no se congregaba. Llegué a la iglesia y me causó mucha tristeza porque vi su fotografía, y aunque no recordaba su nombre, era una hermana que siempre yo había visto en la iglesia Misión Bíblica; de hecho, la conocía desde los tiempos del pastor Elmer Betancourt. Y cuando vi su rostro en una fotografía me causó mucha pena el saber que la hermana había partido con el Señor.
Una amiga muy íntima suya, también creyente, estuvo testificando en el memorial y decía: “Nieves sabía que iba a morir”. Y dice su amiga que mientras Nieves estaba enferma ella le decía: “Nieves, tú vas a sanar, el Señor puede hacer la obra”, y demás. Y que Nieves le decía: “no, yo sé que esto es para morirme, y yo estoy lista”. Le decía a ella. Y su amiga le decía: “no hables de eso, no hables así, tú no puedes saber eso”. “Yo estoy lista, y yo sé que voy a morir”.
Su amiga la llamó del trabajo y dijo: “llámame a la flaca”, y cuando le llamó ella estaba en una reunión. Su asistente le dijo: “mira, te llama”, y dice: “qué raro, me están llamando”. Pero cuando le llamó pensó: “ah, sí, se trata, entonces yo cuando salga del trabajo voy a ir allá”. Era Nieves que le estaba diciendo: “yo me voy a morir hoy”. Y el instituto se estaba volviendo loco: “deja de hablar así, tú no sabes lo que Dios va a hacer. Cuando yo salga del trabajo, yo tengo una reunión, pero yo voy allá y hablamos y nos vamos a poner de acuerdo y tú vas a ver”. ¿Y qué tú vas a hacer? ¿Vas a evitar que se muera?
No causa risa, no es que me quiera burlar, pero es que la hermana tenía el testimonio de su corazón de que estaba muriendo. Y dice su amiga con tristeza que cuando llega a la casa su amiga se había muerto, y que había dejado su casa ordenada y que había dejado sus pertenencias ordenadas, y que se murió tal cual le había dicho. Y después dice su amiga: “mira, parece que es verdad que Dios se lo reveló, que se iba a morir”.
Pero la convicción que tenía esa hermana de quién ella era en Cristo, de la seguridad de su salvación, permitió que en ese momento de profundo dolor, con una enfermedad terminal, le pudiera decir a su amiga saludable: “no hay problema, yo estoy en paz, estoy bien con mi Dios. Yo me voy a morir hoy”. “No te mueras”. “No, soy yo que me estoy muriendo”.
¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aún a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.
— Hechos 21:13
Primero animó en medio de su dolor, animó a la iglesia. “Yo estoy viendo gente llorando”. Lo que el Señor le dijo se cumplió. Y después expresó su resolución a padecer y hasta morir en el nombre de Jesús.
La palabra “estoy dispuesto” alude a que hubo ya un proceso de preparación. Es que los múltiples mensajes fueron alcanzando su propósito. Por dondequiera que él iba le decían… Me recuerda a Elías cuando iba a morir, que por dondequiera que iba los profetas le decían a Eliseo: “tu maestro se lo van a llevar, tu maestro el Señor ya lo mandó a buscar”, y él decía: “cállense, cállense, cállense, no hay problema con eso. Estoy listo, estoy preparado, el Señor ya preparó mi corazón, estoy dispuesto”, dijo él.
Uno no llega a estar dispuesto de la noche a la mañana, pero llega un momento de la decisión que tú dices: “hay que tomar la decisión, ya yo estoy listo”. Eso incluye una preparación mental, emocional, física, una resolución espiritual. El término alude a una decisión que ya ha sido tomada: “esto no es algo que lo estoy considerando, estoy dispuesto”, dice él.
Mire, un creyente hablando así a veces asusta. ¿Y de dónde le viene esa seguridad? No es algo improvisado, no es de la nada; es que hay un testimonio que el Espíritu da en el corazón de cada creyente para tomar decisiones importantes, que eso no se improvisa. Es una seguridad muy profunda. Lo mismo pasa con nuestra salvación, hermano. Hay personas que han vivido vidas apartadas del Señor y en un momento le viene un valor como desde adentro y siguen a Cristo, y la gente dice: “Fulano, ¿tú estás seguro de lo que estás haciendo?”, y ¿saben lo que dice? “Yo estoy dispuesto, yo fui el que oí la voz de mi Señor, yo soy el que tengo el testimonio de que soy suyo”. Dice que el Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu de que somos suyos.
Un corazón preparado que no puede ser persuadido
Y la gente te quiere agarrar, la gente te quiere persuadir. Tú dices: “estoy dispuesto y estoy listo para seguir a Cristo”. “Fulano, pero tú no sabes las consecuencias”. “Estoy listo, estoy dispuesto, el Señor preparó mi corazón, el Señor fue que me llamó”.
El término alude a un estado de ánimo: “caminemos”. “Y como no le pudimos persuadir”. Hermoso es alguien cuyo corazón ya fue preparado por el Señor a un punto tal que nadie lo puede persuadir. Hay gente que todavía está esperando: “persuádame, estamos llegando, estamos cerca de Jerusalén, ¿alguien más vio?, ¿alguien más escuchó algo?, ¿alguien ha visto algo? Persuádame”. No. Él dice: “yo estoy listo, estoy dispuesto, aquí llevo mi cabeza, la llevo puesta para que me la corten allá, vamos para allá”.
Y como no le pudimos persuadir, desistimos diciendo: Hágase la voluntad del Señor.
— Hechos 21:14
Y como no le pudimos persuadir, qué hermoso un creyente que tú dices: “no, mira, fue Dios que lo llamó, el Señor es que lo está dirigiendo; no es una locura, el Señor lo está dirigiendo”. Desistimos, diciendo: “hágase la voluntad del Señor”.
Aquí entra la gente que está todavía en la perspectiva superficial de lo que Dios le receta a sus creyentes, y dice: “¿y lo que pasó fue que entonces cuando él decidió ir a Jerusalén lo estaban esperando con flores, y le dieron una bienvenida y lo hicieron alcalde de la ciudad y le dijeron: ‘Pablo, no te asustes, que no hay ningún problema’?”. No. Lo que pasó fue lo que Pablo había visto, hermano.
Uno dice: “qué anticlimático. ¿Y entonces?”. No, no es que lo estaban esperando con flores, no. Lo que pasó fue lo que él había visto. Después de esos días, hechos ya los preparativos, subimos a Jerusalén. Y vinieron también con nosotros de Cesarea algunos de los discípulos, trayendo consigo a uno llamado Nasón de Chipre, discípulo antiguo con quien nos hospedaríamos.
Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo. Al día siguiente, Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y se hallaban reunidos todos los ancianos. A los cuales, después de haberlos saludado, les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio. Cuando ellos lo oyeron, glorificaron a Dios y le dijeron: Ya ves, hermano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la ley. Pero se ha informado en cuanto a ti que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos, ni observen las costumbres. ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto, porque oirán que has venido. Haz, pues, esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen obligación de cumplir voto; tómalo contigo, purifícate con ellos, y paga por ellos para que se rasuren la cabeza; y todos comprenderán que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas ordenadamente, guardando la ley. Pero en cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les hemos escrito, determinando que no guarden nada de eso, solamente que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación. Entonces Pablo tomó consigo a aquellos hombres, y al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo, para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, cuando habían de presentarse la ofrenda por cada uno de ellos.
— Hechos 21:17–26
Los hermanos de Jerusalén también están tratando de evitar que Pablo corra riesgo. Le dicen: “Pablo, preséntate aquí como un judío, y te va a ir bien. Estos hombres van a entender y te van a tratar bien. Haz lo que te decimos y quizá te libres de los azotes”. ¿Y Pablo hizo eso? “Eso es lo que hay que hacer, está bien”. ¿Y saben lo que pasó?
Pero cuando estaban para cumplirse los siete días, unos judíos de Asia, al verle en el templo, alborotaron a toda la multitud y le echaron mano, dando voces: Varones israelitas, ayudad. Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar; y además de esto, ha metido a griegos en el templo y ha profanado este santo lugar. Pues antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo de Éfeso, a quien pensaban que Pablo había metido en el templo. Así que toda la ciudad se conmovió, y se agolpó el pueblo; y apoderándose de Pablo, le arrastraron fuera del templo, e inmediatamente cerraron las puertas. Y procurando ellos matarle, se le avisó al tribuno de la compañía que toda la ciudad estaba alborotada.
— Hechos 21:27–31
Ni siquiera Jacobo, un apóstol de Jesucristo, pudo evitarle a Pablo los azotes.
El cumplimiento exacto de lo que Dios anunció
Este, tomando luego soldados y centuriones, corrió a ellos. Y cuando ellos vieron al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. Entonces, llegando el tribuno, le prendió y le mandó atar con dos cadenas, y preguntó quién era y qué había hecho. Pero entre la multitud unos gritaban una cosa y otros otra; y como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, mandó llevarlo a la fortaleza. Al llegar a las gradas, aconteció que era llevado en peso por los soldados, a causa de la violencia de la multitud; porque la muchedumbre del pueblo venía detrás gritando: ¡Muera!
— Hechos 21:32–36
Miren, hermano, lo que Dios le dijo a Pablo todavía no terminó. Uno pensaría: “ay, qué bien, y fueron felices para siempre”. No, hermano. Si le tocaba sufrimiento, le tocó, y lo que Dios le dijo lo hizo. Y todo esto repercutió para el testimonio de Pablo, en la soberana voluntad del Señor.
Termino, hermano, mostrando que a veces el Señor te guiará por caminos que son muy tumultuosos, y lo que Dios te ha recetado se cumplirá, pero Dios alcanzará su propósito. Aquí hace sentido lo que dice la Escritura:
Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a Su propósito son llamados.
— Romanos 8:28
La gente dice: “ah, eso es que ayuda a que me vaya bien”. No. Ayuda a que se cumpla en tu vida el propósito del Señor. Que el Señor permita que nuestro sufrimiento, nuestro dolor, nuestras cadenas valgan la pena. Que el Señor nos capacite para tomar una resolución valiente.
Oro por la iglesia aquí reunida, por cualquiera que tenga que decidir hoy algo a favor de Cristo.
Llamado a confiar en Cristo en medio de la aflicción
Padre, mira esta congregación aquí reunida, mira a mis hermanos que todavía no están viviendo los azotes. Mira a mis hermanos que todavía, Señor, no han sido atados por las tribulaciones, que están en un momento de tranquilidad. Permite que afirmen las cosas importantes.
Mira a aquellos que están sufriendo, Señor. Enséñales que en medio de su padecimiento estás tú, Señor, que no hemos recibido ni más ni menos que lo que tú has recetado. Que si acaso has mandado enfermedad, Señor, si acaso has mandado dificultades, has mandado carencias materiales, tribulación, Señor, que no rehuyamos de ella, sino que nos aproveche. Permite que, a través de nuestro padecimiento, podamos consolar a la iglesia. Permite que, a través de nuestro dolor, podamos estimular a los otros.
Mantén tus ojos cerrados ahí, hermano. Si aquí hay alguien que tiene que tomar hoy una decisión valiente a favor de Cristo, es un buen momento. El Señor no ha dicho: “sígueme, todos tus problemas terminarán”. Él ha dicho:
En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.
— Juan 16:33
Él ha dicho que cualquiera que dejare padre, madre, hermanos, hijos, bienes, recibirá mucho más. Él dijo que está en la senda angosta, no es el camino ancho, es el camino estrecho, pero es mejor el camino estrecho en la voluntad del Señor que la senda ancha en desobediencia.
Si aquí hay alguien que ha rehuido hacer la voluntad del Señor, le invito a que lo haga. Y si hay alguien que tiene que seguir a Cristo, que le siga. Padre, dale a alguien hoy el testimonio de que es tuyo. El testimonio, Señor, que da tu Espíritu a nuestro espíritu, de que somos tuyos. Permite que alguien sienta hoy tu voz, que le está llamando, Señor, que vea en la providencia del Señor el hecho impresionante de que esté hoy aquí congregado cualquiera que ha estado hoy escuchando que nuestro Señor a veces nos visita con circunstancias adversas, que ponga hoy su confianza en el Señor.
Porque si el Señor lo ha recetado, el Señor te ayudará. Dile ahí al Señor en oración: “Señor, perdona mis pecados, dame valor para seguirte, para poner la mano en el arado y no volver atrás”. Dile al Señor ahí, con tus palabras: “te acepto como mi Señor, como mi Salvador. Dame valor, Señor, para seguir adelante, permite, Padre, que sienta tu compañía, que sienta, Padre, esa ayuda que viene desde lo alto”.
No confíes en ti mismo, dile al Señor que no tienes fuerza. Él le da fuerza al que no tiene ninguna. Si hay hermanos míos que están luchando aquí por hacer la voluntad del Señor en algún área de su vida, oremos al Señor que traiga aliento. Padre, no queremos disuadir a aquellos a los cuales tú estás guiando. Lo que queremos, Señor, es que tu rica gracia fluya desde lo alto. Trae compañerismo cristiano, Señor, que les ayude a seguir haciendo tu voluntad hasta el final, y permite, Padre, que los unos a los otros nos estimulemos, a que si padezco, que padezca para la gloria tuya.
Bendice la congregación aquí reunida, Señor. Desde ahora te pedimos por el próximo domingo, por el próximo jueves en las escuelas bíblicas. Pastorea, Señor, a tu pueblo en medio de las tribulaciones. En el nombre de Jesús. Amén.
Dios les bendiga, que el Señor les guarde. El ministerio de alabanza nos despide con canción.