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La satisfacción que ofrece Cristo

Juan 4:1-42

Cristo no solo perdona nuestros pecados, sino que también llena plenamente los vacíos más profundos del corazón humano, ofreciendo un agua viva que satisface para siempre. En su encuentro con la samaritana vemos cómo la salvación es intencional, personal y expansiva.

Predicado13 de octubre de 2019
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Acompáñeme a la escritura, estemos juntos en el Evangelio de Juan. Pueden ponerse un momento sobre sus pies para que leamos la escritura. Evangelio de Juan en el capítulo cuatro. Es el encuentro del Señor con la mujer samaritana. El capítulo cuatro del Evangelio de Juan, leeremos los primeros 30 versículos. Evangelio de Juan, capítulo cuatro, Jesús y la mujer samaritana. Dice así la sagrada escritura, la palabra del Señor:

Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan —aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos—, dejó Judea y se fue otra vez a Galilea. Y le era necesario pasar por Samaria.

Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.

Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.

Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría agua viva.

La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?

Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.

Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.

Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.

Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.

Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren.

Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga, nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.

En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o: ¿Qué hablas con ella?

Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad y vinieron a él.

— Juan 4:1-30

Puede sentarse, hermanos queridos. Quisiera mostrar desde esta porción de la escritura la satisfacción que ofrece Cristo. El encuentro de Jesús con la mujer samaritana nos da la oportunidad de considerar cómo el Señor puede satisfacer las necesidades más profundas de cualquier ser humano. Lo hace sin importar su trasfondo étnico, religioso, su conducta moral o el medio que haya estado intentando usar para satisfacer sin Dios su necesidad.

Cristo utilizó la sed, ese deseo universal que nos conduce instintivamente a beber agua, para describir aquello que existe en todo ser humano y solamente Dios puede satisfacer. Antes de conocerle a él, todos estamos sedientos; antes de conocerle a él, muchos otros medios han intentado saciar nuestra sed, pero solamente cuando llegamos a conocerle experimentamos una completa satisfacción, no un asunto agotable o transitorio, sino una fuente de agua, un manantial que brota permanentemente para vida eterna.

Justificación y satisfacción: dos alas de la vida cristiana

Esta mujer, que había intentado seis veces ya, sin éxito, encontrar su satisfacción por medio de maridos —probablemente buscando acompañamiento, seguridad, representación o intimidad— ahora descubriría que lo que realmente buscaba y no conocía se encontraba en otra parte. Veremos la satisfacción que ofrece Cristo. Qué hermoso sería si no solamente fuéramos una iglesia que sienta que el Señor ha perdonado nuestros pecados y nos ha lavado en su sangre, sino que también fuéramos una iglesia satisfecha.

Qué segura sería una iglesia que no solamente encontrara en Cristo su justificación, sino también su satisfacción. He visto que para la vida cristiana hacen falta estos dos lados, como si fueran las dos alas de un pájaro. Un cristiano, por un lado, necesita estar seguro de que sus pecados han sido perdonados, pero no puede quedarse solamente ahí. Al mismo tiempo, un creyente debe encontrar en Cristo todo su deleite y toda su satisfacción.

Quizás este es el todo de la vida cristiana: una persona que reconoce que Cristo ha lavado sus pecados y, al mismo tiempo, una persona que dice: “Cristo ha logrado completamente satisfacerme”. Si predicáramos a un Cristo que solamente perdona los pecados, estaríamos predicando un Cristo incompleto. Predicamos a un Cristo que puede perdonar nuestros pecados y, al mismo tiempo, predicamos a un Cristo que puede profundamente satisfacernos.

Eso es la mejor representación de lo que es el pueblo de Dios. El pueblo de Dios es un pueblo perdonado y satisfecho. Quisiera hoy concentrarme en esta parte que es la satisfacción, pero a la luz del texto no solamente estaré explicando esto, sino que también estaré esbozando diferentes aspectos de nuestra salvación. ¿Para qué? Para que si usted ya es un cristiano, usted pueda regocijarse en aquello que Cristo ha hecho por su vida; y si usted todavía no tiene a Cristo, usted hoy pueda encontrarlo.

Me dispongo a describir, a través del encuentro de la samaritana con Jesús, nuestra salvación, para que la iglesia se goce en aquello que Cristo ha hecho.

La salvación como obra intencional y personal de Dios

Comenzaré mostrando que cada obra de salvación representa muy bien el interés de Dios. Dice desde el versículo 4 hasta el versículo 9: “Y le era necesario pasar por Samaria. Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad de Jacob, que Jacob dio a su hijo José, y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo; era como la hora sexta”.

Los judíos contaban la hora según la salida del sol, por lo cual la hora sexta vendría siendo como las 12 del mediodía. Las 12 del mediodía eran un horario improbable para que alguien fuera a buscar agua, y dicen muchos comentaristas que probablemente la mujer había seleccionado esta hora del día, una hora caliente, inhóspita, para evitar encuentros indeseados con otras mujeres de su entorno, en especial con la esposa del hombre con quien inapropiadamente en este momento estaba.

Esta era la hora del día a la que nadie quisiera ir a buscar agua, pero a la hora sexta, a las 12 del mediodía, esta mujer salió a buscar agua y el Señor salió a buscar a esta mujer. Me gustaría mostrarle que este término de que “le era necesario pasar por Samaria” tiene toda la intención del mundo. Quizás le era necesario porque Samaria estaba entre Judea y Galilea; sí, era lo que estaba en el centro. Sin embargo, los judíos comúnmente evitaban esa ruta, que era la ruta corta; ellos, por sus prejuicios hacia los samaritanos, daban una vuelta larga, pasando por Perea, que podía tardar hasta siete días.

El Señor dice: “A mí me es necesario pasar por Samaria”. En esto vemos que el Señor no tenía prejuicio alguno acerca de ningún ser humano. Para otros era necesario un viaje de siete días y para él era necesario ir a Samaria. Un judío en su condición probablemente dijera: “Para mí es indeseable, pero ya dado que es un viaje más corto, entonces lo haré”. No. El Señor dice: “Yo tengo el deseo, yo tengo la intención, tengo la necesidad de pasar por Samaria”.

Veo que este término tiene intención porque es el mismo término con que se describe precisamente la agenda predestinada de Dios. Cuando Cristo iba a Jerusalén, por ejemplo, él dijo: “Me es necesario ir a Jerusalén”. Cuando él habla de necesidad, está hablando de un deseo imperante que ha sido marcado en la eternidad, un deseo de Dios, una agenda, un asunto intencional. Si le era necesario pasar por Samaria, era porque le era necesario visitar a aquella mujer que a esa hora específicamente iría a buscar agua al pozo.

Dios coordina los detalles de nuestra salvación

Quisiera que usted considerara que cada obra de salvación es un acto personal, premeditado y bien coordinado de Dios. Mire, yo no puedo esbozar los detalles precisos de mi salvación, pero cuando miro hacia atrás, yo me doy cuenta de que, de maneras en que yo no era consciente, mi Dios me estaba salvando; y que antes de que yo fuera consciente de que su mano estaba operando a favor mío, ya la mano del Señor me estaba trayendo hacia él.

No fue un asunto que yo diseñé, no fue un asunto que yo busqué; el Señor me alcanzó con salvación. Eras que para mí eran premeditadas, en maneras de las cuales yo puedo ver una intención de mi Dios. Yo creo que él me ha amado con amor eterno. Yo creo que él me ha traído con cuerdas de amor. Yo creo que la salvación del Señor no es casualidad; es un acto personal, es un acto premeditado, es un asunto bien calculado.

Hermano, quizás tú no sepas todos los hilos que Dios movió al respecto de que tú llegaras a ser salvo, pero tú puedes constatar que al Señor le fue necesario pasar por tu vida y encontrarse de frente contigo. En nuestra salvación no hay casualidad; está toda la intención de Dios. El Señor eligió visitar Samaria. El Señor eligió sentarse junto al pozo justo a esa hora, a las 12 del día. El Señor envió delante a sus discípulos a comprar comida. Dice el versículo 8: “Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer”.

Es más, notando esto, yo puedo ver la intención de mi Dios, porque es muy probable que, dado los prejuicios de los discípulos, si se hubiera encontrado la samaritana en el pozo a Jesús con doce hombres más, probablemente se devuelve. Pero el Señor había dispuesto el contexto para salvación. El Señor había diseñado toda la experiencia. El Señor se había ocupado de las cosas grandes y de las cosas pequeñas. No solamente tomó una ruta intencional; al mismo tiempo, creó la condición para tener un encuentro personal con esa mujer.

Quizás mandó adelante a sus discípulos porque es probable que los prejuicios de ellos interrumpieran su obra; posiblemente lo hizo para poder confrontar a esta mujer en su pecado sin avergonzarla. A mí me emociona ver los detalles y cuidados que tiene mi Señor al respecto de cada uno de nosotros cuando él quiso hacer una obra de salvación. En ella él creó el momento para encontrarse a solas, a las 12 del día, y poder ministrar profundamente su necesidad.

Quizás si allí hubiese estado presente una multitud de gente, esta conversación no se torna profunda, pero el Señor creó el contexto para poder atender precisamente la necesidad de ella. Así de especial es nuestro Dios, y tanto cuidado tiene él en la salvación de cada uno de nosotros.

Sin obstáculos para la gracia: prejuicios y salvación

Por favor, que nadie vea casualidad en su salvación. Si usted está hoy en los caminos del Señor, está en los caminos del Señor porque el Señor intencionalmente lo puso. Y si usted está hoy entre nosotros y el Señor ha dispuesto salvarlo, usted puede asegurarse que fue la voluntad del Señor que usted hoy estuviera aquí.

Hay varios prejuicios sociales que el Señor saltó para salvar a esta mujer. Podría hablarle de los prejuicios mismos hacia los samaritanos, los prejuicios étnicos. Los judíos… lo que ella dijo era verdad: “Judíos y samaritanos no se tratan entre sí”. Eran tantos los prejuicios que aún el agua se la negaban. No estamos hablando, hermano, de asuntos ligeros; estamos hablando de un asunto profundo. Pero para el Señor no hay prejuicio que valga cuando él ha dispuesto salvar.

Hay gente que dice: “Yo no creo que sea apto para la salvación del Señor, porque en mi vida ha pasado esto, ha pasado lo otro, porque he cometido tal falta, tal pecado”. Hermano querido, no hay obstáculo alguno que se interponga en la voluntad de Dios para salvar. Cuando el Señor dijo que va a salvar, va a salvar. Y usted dirá: “Yo no lo he estado esperando”. No hay que estarlo esperando. Usted dirá: “Yo soy de otra etnia”. No hay que ser de la misma etnia. Usted dirá: “Mi vida no está correcta”. No hay que tener una vida correcta. Solamente hace falta que el Señor lo diga, y usted será salvo.

Hay personas que tienen la idea de que para obtener salvación hay que estar preparado. No hay que estar preparado en ningún sentido. De hecho, tú eres salvo porque no estás preparado. Tú no te dispusiste para salvación; el Señor se dispuso como tu Salvador. Él quiso salvarnos, hermano querido. Nosotros no queríamos. De hecho, nosotros no entendíamos la salvación. No entendíamos nuestra necesidad. Salvación es que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros, hermano, aun antes.

Sí, el prejuicio también de interactuar con el sexo opuesto. A los discípulos les sorprendió que el Maestro estuviera hablando con una mujer. Dice el versículo 27: “En esto vinieron sus discípulos y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o: ¿Qué hablas con ella?”. Para ellos fue raro que él estuviera hablando con una mujer.

Sin sustitutos para Cristo: agua viva y vacíos del corazón

Bueno, eso tampoco iba a impedir que el Señor salvara. Si el Señor le iba a salvar, le iba a salvar. “¿No que el Señor mande a alguna de las mujeres que estaban con él y que ella le dé testimonio?” Hermano, si el Señor va a salvar, va a salvar. Y si estamos hablando de interactuar con una mujer, ¿con qué mujer? El prejuicio de compartir con una mujer de tal testimonio: seis maridos ya llevaba. Si había una mujer con la que un rabino intentaría no hablar, era precisamente esta, y aun menos estando sola.

¿Qué hace el Maestro solo, a las 12 del mediodía, en el pozo, interactuando con esta mujer que ya ha tenido seis maridos? Hermanos queridos, lo que quería demostrar con esto es que no hay prejuicio que valga, no hay obstáculo que valga, no hay asunto que se pueda argumentar que se interponga entre tú y el deseo que tenía nuestro Dios de salvarte. El Señor va a romper cualquier cosa que haga falta cuando está dispuesto a hacerlo.

En primer lugar, he estado mostrando que cada obra de salvación representa bien el interés de Dios. El interés de Dios es salvar. Él es Salvador, él salió buscando. Quiero mostrar ahora que cada obra de salvación describe bien la persona de nuestro Señor. Usted puede conocer al Señor desde afuera, pero cuando usted ha sido salvado por él, usted le conoce personalmente.

El Señor comienza aquí a presentarse en maneras distintas. Se presenta primero como un agua, no cualquier agua, agua viva, como un pozo de agua que salta, un manantial de agua para vida eterna. También se presenta como el profeta y se presenta también como el Mesías: tres presentaciones de la persona de nuestro Señor. Comencemos viendo la primera: Jesús como el agua viva, en medio de Dios, para satisfacernos completamente.

Dice el versículo 7: “Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber”. Versículo 9 en adelante: “La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría agua viva”. Primera presentación de nuestro Señor: él es el agua viva, no cualquier agua.

La plenitud de Cristo frente a las carencias humanas

Llama aquí la atención que el Señor primero le dice a la mujer que le dé de beber. Lo que he visto es que a veces Dios nos pide algo que él realmente desea darnos. Y con esto establezco que nuestro Dios no necesita nada de nosotros. Él tiene absoluta suficiencia, absoluto poder, absoluta capacidad. A veces él te pide algo porque realmente quiere darte eso.

¿Cuál es la tragedia de la humanidad? La tragedia de la humanidad es el desconocimiento de que todas sus necesidades se suplen en Cristo. El Nuevo Testamento presenta a Cristo como alguien que es definitivamente satisfactorio. No quiero abrumarlo de muchas citas bíblicas, de muchos versículos, pero he seleccionado cuatro referencias de la escritura que presentan a nuestro Señor no solamente como el Salvador, sino también como aquel que satisface.

Dice Juan 1:16, por ejemplo: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”. De su plenitud, o sea, él es muy pleno. Dice al mismo tiempo Efesios 1:23 que la iglesia es su cuerpo, “la plenitud de aquel que todo lo llena en todo”; o sea que Cristo es presentado como aquel que todo lo llena en todo, una llenura absoluta. Colosenses 1:19 presenta y dice: “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud”; o sea que en él habita toda plenitud, él es pleno, en él habita toda plenitud.

Y el mismo libro de Colosenses, en el 2:9, dice: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”. Cristo siempre es descrito como una persona que llena plenamente, alguien que satisface profundamente. Aquí él se presenta entonces y dice que él es el don de Dios. Le dice a la mujer: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría agua viva”.

¿Cuál es la tragedia de la humanidad? La tragedia de la humanidad es que no ha probado todavía cuál es el don de Dios y que no conoce cuál es aquel que te dice: “Dame de beber”. Y como no le conoce, entonces no le pide agua para encontrarse plenamente satisfecho. Hermano, la humanidad está llena de carencias. Los seres humanos estamos llenos de necesidades y asuntos que necesitan ser satisfechos.

Esta mujer se enfocó en los asuntos mecánicos de la salvación. Le dice: “No tienes con qué sacarla”, después le pregunta que si acaso él es mayor que Jacob. Ella está pensando que él se refiere a otro pozo. El bien más valioso para ellos como samaritanos era ese pozo, porque ese pozo se lo había dado su padre Jacob, porque ese pozo significaba quizás su supervivencia, porque ese pozo hacía que tuvieran un suministro de agua permanente. Entonces le dice: “¿Tú eres más grande que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo?” Ella está pensando en un pozo físico, está pensando en un agua física.

Sed espiritual y sustitutos insuficientes

Lo que se ve, hermano, es que para poder describir la salvación hay que vivirla. Y si usted no ha conocido el don de Dios, si usted no ha probado la salvación, usted puede hablar de la salvación siempre de manera externa y la va a entender a la luz de su conocimiento anterior. Para uno entender lo que es la salvación, uno tiene que vivirla.

Ella está pensando en otro pozo y está pensando en otra agua, está pensando todavía en asuntos físicos. El Señor le dice: esta agua satisface, sí, pero hasta cierto punto. Versículo 13: “Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed”. Cualquier medio humano puede llenar, hasta ciertos puntos, nuestras necesidades, pero puede llenarlo temporalmente y siempre hará falta más.

Estas áreas insatisfechas en nosotros, hermano, pueden llenarse con algunas cosas; el asunto es que no se llenan plenamente. Nosotros podemos beber algunas cosas que nos dan satisfacción, podemos probar algunas cosas que nos dan algún tipo de llenura, pero nunca nos llenan plenamente. Él dice: “Quien bebiere de esta agua va a tener que beber y volver a beber y volver a beber”. Sin embargo, yo tengo un agua que es un agua viva y que satisface plenamente.

Quiero mostrarle que el problema de esta mujer no era la promiscuidad. Si usted hace una lectura superficial, encontrará que quizás esta era una mujer promiscua, que había estado de marido en marido. No. Esta era una mujer insatisfecha. El problema que ella tenía no era necesariamente la promiscuidad; el problema profundo que ella tenía era la insatisfacción.

Aquí es que hace sentido el cambio brusco que el Señor hace del tema. Él le dice en el 14: “Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”. La mujer le dijo: “Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla”. Jesús le dijo: “Ve, llama a tu marido, y ven acá”. Y yo le pregunto a usted: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? No estamos hablando de maridos; estamos hablando de agua.

Hermano, es que el Señor está hablando figuradamente de una necesidad que hay en todo ser humano. El Señor utiliza el agua como una imagen, como una metáfora, como una figura para describir el corazón de un ser humano cuando todavía no tiene a Cristo. Él no estaba hablando de sus necesidades físicas, le estaba hablando de su necesidad profunda, las necesidades de su corazón.

Por eso cambia el tema: le dice “Ve, llama a tu marido”, porque “Ve, llama a tu marido” porque el marido era lo que ella había estado utilizando para llenar sus necesidades de Dios. Y miren, no todo el mundo utiliza las mismas cosas, pero una persona que todavía no ha probado la plenitud de Cristo llenará su corazón de cualquier cosa, hasta cosas lícitas.

Pecado como intento de satisfacción sin Dios

Una buena descripción de lo que es pecado: el pecado es un intento del ser humano de encontrar su satisfacción fuera de Dios, encontrar su plenitud fuera de Dios, encontrar su provisión fuera de Dios. El problema de esta mujer no es que fuera promiscua; el problema principal de ella es que no tenía una profunda satisfacción.

¿Cuántos maridos hacen falta para llenar la necesidad de Cristo que hay en el corazón de una mujer? Búsquele cinco y los cinco no la llenarán; búsquele diez y tampoco se encontrará satisfecha. El problema que había en ella es que su corazón tenía un vacío. Su corazón tenía un hambre, su corazón tenía una sed; el asunto es que ella no lo sabía.

¿Cuál es la tragedia del ser humano? Que el ser humano tiene una profunda necesidad de Dios, pero no es consciente de esa necesidad. Dice: “Me hace falta una mujer”, y después te va a hacer falta otra, y después te harán falta cuatro, y después quince. ¿Cuál es la tragedia del ser humano? Que el ser humano tiene necesidad de Dios, pero no lo sabe, y entonces quiere poner unos miles de pesos en su bolsillo, y después pondrá unos miles más y después otros tantos.

Y yo le pregunto: ¿hasta dónde va a llegar? ¿Cuánto será suficiente? ¿Cuántos millones de pesos harán falta para llenar el corazón del hombre, la necesidad de Dios? ¿Cuál es la tragedia del ser humano? Que el ser humano tiene profundas necesidades de Dios y no lo sabe. Y le pondrá el reconocimiento de los hombres, y cuando uno te reconozca, vendrán cien más y también te reconocerán. Y yo le digo: ¿cuántos cientos de hombres tendrán que venir a darte un toquecito en la espalda, de decirte “eres exitoso, lo has logrado” para que te sientas pleno?

La necesidad de Dios no hay marido que la satisfaga, no hay dinero que la satisfaga y no hay reconocimiento de los hombres que pueda contra ella. Lo que puedo decirles respecto de esto, hermanos, es que en cada ser humano hay vacíos, áreas que no han sido satisfechas. Ya usted tiene dos cosas, usted espera que eso se llene en algún momento; usted lo llena de aquel que es la plenitud, de aquel que todo lo llena en todo.

Hay hoyos que se quedan adentro de nosotros; esos hoyos no se podrán llenar con recursos materiales. Vivir, estuvo predicando en días pasados, hermano, es difícil. Las experiencias de vida de cada uno de nosotros han sido, en muchos sentidos, traumáticas. ¿Qué puede llenar la ausencia de un padre, la ausencia de una madre? Si usted no tuvo el sostén satisfecho, ¿qué puede llenar eso?

Experiencias traumáticas y abuso de cosas lícitas

Experiencias traumáticas, condiciones limitantes, expectativas no realizadas. Hermano, lo que he encontrado es que gran parte de los problemas del ser humano es que trata de encontrar en relaciones, en bienes, en sucedáneos, lo que solamente en Cristo se puede encontrar. Y qué hermoso se ve una persona que ya encontró su satisfacción en Cristo.

Qué hermosa es una persona que entra al matrimonio no porque está esperando “que este hombre o esta mujer me haga feliz”, sino que anda buscando compartir el gozo y la felicidad que ya encontró en Cristo. ¿Y cuántos problemas traen sobre las relaciones matrimoniales las personas que todavía no han encontrado en Cristo su satisfacción? Porque quieren que su esposo, su esposa, hagan la función de Cristo. ¿Y quién lo podrá hacer?

El mejor esposo del mundo no podrá llenar en tu corazón lo que fue diseñado para que lo llene Cristo. La mejor mujer de esta tierra no podrá llenar en tu corazón aquello que solamente puede llenar Cristo. ¿Cuál es la tragedia del ser humano? Que trata de llenar con sus sucedáneos lo que solamente Cristo satisface.

El cambio parece abrupto, hermano, pero es que esa era su necesidad. Ahora yo le digo: no todo el mundo reemplaza a Cristo con la misma cosa. Diferentes personas se llenan de diferentes cosas. No vamos a hacer ahora como que es estándar, que todo el que le falta a Cristo busca mujeres o todo el que le falta a Cristo busca maridos. Son cosas lícitas que, ante la ausencia de Cristo, terminamos abusando de ellas.

Son cosas que por sí mismas no son pecaminosas; lo que lo vuelve pecaminoso es la falta de satisfacción que hay en nuestro corazón. Cuando Cristo no está en el corazón, el hombre abusará de cualquier cosa. Le pongo ejemplos: sin Cristo usted no solamente va a comer, sino que va a abusar de la comida y terminará en la gula.

Entonces, ¿por qué la gente tiene ese deseo? La gente dice: “No, es que como por hambre”. No es por hambre. Lo que se ha demostrado, hermano: el sobrepeso está relacionado con la tristeza, falta de satisfacción. Una persona que come, come, come, no se satisface. Bueno, es que es Cristo que va a llenar eso.

Áreas legítimas que se desordenan sin Cristo

Sin Cristo se abusa del sexo y se termina en promiscuidad. El sexo no es un asunto malo ni pecaminoso. El problema está cuando tú intentas que el sexo llene en tu vida lo que solamente Cristo puede llenar. Los bienes materiales no son malos por sí mismos; el asunto es que pueden ser muy buenos siempre y cuando tú hayas encontrado primero tu satisfacción en Cristo.

Qué hermoso es una persona que administra bienes con satisfacción. Hay dentro de cada uno de nosotros un deseo de dominio, de mayordomía inscrito; eso termina en explotación. Hay en cada ser humano un deseo legítimo de reconocimiento. Ahora, sin Cristo, ese deseo legítimo de reconocimiento lo que termina es en vanagloria, en vanidad y envanecimiento, egoísmo, celo. Nos amamos mal.

Sin embargo, cuando hemos probado a Cristo, nos sentimos tan satisfechos que todo lo demás se convierte en añadidura. Y la única manera de disfrutar correctamente de las añadiduras es encontrar primero nuestra plenitud en Cristo. Esta mujer tenía un problema, pero su problema no era de maridos; su problema era la ausencia de Cristo en su corazón, la ausencia de algo que le llenara completamente.

Por eso Cristo abruptamente cambió el tema. Le dijo: “Búscame a tu marido. Ve, llama a tu marido, y ven acá”. Dice el 17: “Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad”. Lo que ella dijo era una media verdad. Ella podría decir: “Yo no tengo marido porque no es mío”.

¿Y saben en qué vive el ser humano cuando no tiene a Cristo? Vive así. Tú le dices: “Mira, pero eso te está dañando”. “Eso… no, no, yo no tengo un problema con eso”. Nuestras palabras intentan ocultar la realidad de nuestro pecado. Dice: “Ya no tengo marido”, una media verdad. Es verdad que no tiene marido: no es tuyo.

Bueno, mi Señor conoce verdaderamente la necesidad que hay en cada corazón, y mi Señor conoce perfectamente cuál es la cosa que está tratando de reemplazarlo a él en nuestros corazones. Recuerden, por regla general, lo que es el pecado: es el intento del ser humano de satisfacer sus necesidades fuera de Dios. Ese fue el pecado original. La gente debate de en qué consistía el pecado original: ¿fue la fruta, fue esto, fue lo otro? Hermano, el pecado original fue que el hombre intentó reemplazar a Dios para conseguir su satisfacción.

El pecado original: buscar lo que Dios da, pero sin Dios

La serpiente le engañó y le dijo: “Ustedes van a ser como Dios”. ¿Cuál fue el pecado original? Fue ese. Dice en Génesis, en el capítulo 3:

Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto.

Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto, dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.

Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.

Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.

— Génesis 3:1-6

¿Cuál fue el pecado original? El pecado original fue tratar de buscar lo mismo que Dios quería darte, pero sin Dios. Hermano, ninguna de esas cosas son malas. El problema está en que cuando tú reemplazas a Dios por esas cosas, entonces terminas como la mujer samaritana: con un deseo en tu corazón, con una ansiedad en tu corazón, con unas áreas en tu corazón que solamente Cristo puede llenar.

He estado mostrando a Jesús como un agua que da una plena satisfacción. Permítame mostrar ahora a Jesús como un profeta, dado que él reveló lo que había en su corazón. Le dijo la mujer en el 19: “Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar”.

Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.

Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.

Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.

Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren.

— Juan 4:21-24

Primera presentación del Señor: él se presenta como el agua viva, un asunto plenamente satisfactorio. Segunda presentación: se nos presenta aquí a Jesús como el profeta, alguien que puede hablarnos y revelarnos nuestros pecados y, al mismo tiempo, mostrarnos el camino.

Jesús como profeta: revelación, confrontación y guía

¿Qué hacían los profetas del Antiguo Testamento? Iban y confrontaban al pueblo y, al mismo tiempo, iban y le mostraban el camino al pueblo. Jesús hace ambas cosas. En su rol de profeta, Jesús confronta insistentemente el pecado de los hombres. Los profetas generaban cierto temor reverente del pueblo, porque cuando un profeta venía, él nos hablaba perfectamente lo que había en nuestro corazón y revelaba nuestro pecado.

Cuando Jesús vino a nosotros, hermano, reveló nuestros pecados. Él reveló los pecados de esta mujer y la mujer dijo: “Me parece que eres profeta”. Sí, porque revelé la situación de tu corazón. Jesús, en su rol de profeta, nos conoce a todos perfectamente. Y al mismo tiempo, Jesús, en su rol de profeta, instruye a los hombres sobre el camino correcto.

La sabiduría que él muestra aquí en esta respuesta confirma que era un profeta. Lo que hizo el Señor fue que resolvió en un segundo un dilema de setecientos años. Durante setecientos años, judíos y samaritanos habían estado peleándose acerca de cuál era el correcto lugar de adoración. Y la sabiduría de mi Señor se manifiesta en que les resuelve el problema.

Y lo resuelve, hermano, de una manera que deja a uno boquiabierto. Él dice: “Va a llegar el momento que ni en uno ni en el otro”. Dice que, a la luz de esta nueva dispensación, el lugar de adoración es irrelevante. Dice: “Créeme que la hora viene, y ahora es”. Sin embargo, al igual que los profetas de la antigüedad, el Señor no tenía ningún temor a ser muy claro respecto de cuál era la voluntad del Señor.

En el 22 dice: “Vosotros adoráis lo que no sabéis”. Me llama la atención que mi Señor no es alguien indulgente, complaciente, que busca la manera de congraciarse con los hombres. Para un samaritano que le digan esto era ofensivo. Mi Señor a veces ofende cuando habla. “Vosotros adoráis lo que no sabéis”, o sea, ustedes son ignorantes en cuanto a cómo están adorando. “Nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación viene de los judíos”.

Hermano, esto era muy ofensivo para un samaritano. Jesús, en su rol de profeta, no solamente revela la verdadera condición de todo ser humano; al mismo tiempo confronta al ser humano y te dice las cosas que son incómodas. Miren, todo ser humano vive con prejuicios, vive con ideas en las que él se siente cómodo. Cuando Cristo aparece, Cristo revela la verdadera condición del corazón del hombre. Al mismo tiempo, el Señor no tiene problema alguno en mostrarnos nuestros puntos ciegos.

Verdaderos adoradores y revelación del Mesías

Sin embargo, en el 23 se ve más positivo y dice: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren”. Él dice: el problema no es si le van a adorar aquí o le van a adorar allá. El problema es que le adoren en espíritu y en verdad.

No me detendré mucho respecto del rol de Jesús como profeta, pero recuerden esas dos cosas: Jesús como profeta revela la verdadera condición de tu corazón y, al mismo tiempo, Jesús como profeta te muestra cuál es el verdadero camino. Él tiene una sabiduría que viene de lo alto.

Se presenta Jesús como Mesías. Miren cómo va avanzando: primero él es agua, después el profeta y ahora es el Mesías. Versículo 25: “Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga, nos declarará todas las cosas”. Me llama la atención que ella es samaritana, pero también está esperando el Mesías.

Es que es tal cual, hermanos queridos. Como dijo el profeta Hageo en el capítulo 2, versículo 7, él es “el Deseado de todas las naciones”. El Mesías no es solamente para los judíos, el Mesías no es solamente para los samaritanos; el Mesías es para los judíos, para los samaritanos y también para los latinoamericanos. Él no es para una etnia; él es para todo el mundo.

“Sé que ha de venir el Mesías”, versículo 25, “llamado el Cristo; cuando él venga, nos declarará todas las cosas”. La mujer dice: eso que tú estás explicando hace un poco de sentido. Sin embargo, aunque se me acerca un poco a lo que debe ser lo que tú me estás diciendo, viene uno que, cuando él venga, lo que él diga, eso es. “No me gustó lo que me dijiste respecto de…” —entiéndase, los recursos—. O sea, lo que él está diciendo acerca de: “Ustedes adoran lo que no conocen; la salvación viene de los judíos”.

Ella le está diciendo: lo que tú me estás diciendo, aunque eso tiene sentido, vamos a esperar que venga el Mesías y, cuando el Mesías venga, él nos lo va a decir. “Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga, nos declarará todas las cosas”. Está diciendo: vamos a dejar eso ahí hasta que venga el Mesías.

Cristo se revela personalmente como el Mesías

Y aquí hay, hermano, una de las presentaciones más categóricas que hace Jesús de él mismo, y se lo dice a una mujer samaritana claramente, no por parábola, no por figura. Escuchen lo que dijo Jesús: “Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo”. Tú estás hablando con el Mesías. ¡Guau, hermano, qué asunto más hermoso!

Aquí puedo establecer, hermano, que usted no va a reconocer a Cristo como Mesías a menos que él mismo se le presente. Nosotros podemos ver su sabiduría, nosotros podemos entender hasta cierto punto su satisfacción, pero saber que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, es un asunto que viene desde arriba. Él tiene que presentarse ante nosotros tal cual él es realmente.

Cristo es la revelación definitiva. Ella dijo: “Cuando él venga, nos declarará todas las cosas”, y él vino y nos declaró todas las cosas. ¿Saben? La gente vive en esas controversias para tratar de rehuir de sus responsabilidades delante de Dios y dice: “Todavía no sabemos todas las cosas”. Ya él vino y nos reveló todas las cosas; ya él vino y nos reveló todas las cosas, y nos las reveló claramente.

Cristo es la revelación definitiva. Cristo se presenta él mismo; nosotros no podemos conocerlo por deducción. Él le tuvo que decir: “Yo soy, el que habla contigo”.

Esta historia como que termina un poco inconclusa, porque uno no sabe… cuando él dijo “Yo soy, el que habla contigo”, yo espero que eso haya producido en ella cierta impresión. O sea, “estoy hablando con el Mesías, y dado lo que él me ha dicho, parece que es él”. Entonces vienen ahora, llegan los discípulos, interrumpen el asunto. “En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o: ¿Qué hablas con ella?”

Aquí hay evidencia, hermano, versículos 28 y 29. ¿Cuál es la evidencia de que nosotros hemos encontrado a Cristo? Dice el versículo 28: “Entonces la mujer dejó su cántaro, y se fue a la ciudad y dijo a los hombres…”. Ya no habló más con Jesús. Ella dejó su cántaro y se fue a la ciudad.

¿Cuáles son las evidencias de que nosotros hemos encontrado a Cristo? Algo que puedo ver, hermano, es que cuando hemos encontrado realmente a Cristo, nuestra agenda cambia, nuestras prioridades cambian. Lo que antes le dábamos lugar preponderante, ahora adquiere un lugar secundario. Antes ella entendía que lo que tenía valioso era un cántaro para sacar agua, y Cristo estaba carente porque él no tenía cántaro y necesitaba agua.

Ahora ella se va sin agua físicamente y deja el cántaro. Se ve que la impresión que le causó, hermano, fue una impresión muy fuerte. Y lo segundo: un deseo de dar testimonio a otros de que lo hemos encontrado. Cuando hemos encontrado realmente al Señor, hay un deseo intenso de hablar de él. Dice que fue a la ciudad y le dijo a todos los hombres. Me recuerda mucho a sus discípulos que decían que no podían dejar de decir lo que habían visto y lo que habían oído.

Aunque en palabras no se describe, es evidente que como el Señor se reveló delante de ella produjo en ella una impresión, a un punto tal que dejó su cántaro y salió corriendo y se fue a la ciudad.

Salvación expansiva: de una mujer a una ciudad

He estado mostrando, en primer lugar, que en cada obra de salvación nosotros podemos ver bien representado el interés personal de Dios. Y, en segundo lugar, que cada obra de salvación describe bien la persona de Cristo: Cristo como el agua, Cristo como el profeta, Cristo como el Mesías.

Terminaré mostrando que cada obra de salvación produce una ola que se podría describir como una ola expansiva. A pesar de que la salvación puede ser presentada como asunto personal, también es personal pero expansiva. El Señor te salvó a ti, pero no solamente te quiere salvar a ti; a través de ti él quiere salvar a otros más.

Cuando el Señor nos salva, no solamente nos salva como un asunto último; tú eres la puerta a través de la cual va a salvar a muchos más. Y a través de la salvación de una samaritana, el Señor salvará a muchos otros samaritanos. Del 28 al 30: “Entonces la mujer dejó su cántaro, y se fue a la ciudad y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad y vinieron a él”.

Hermano, el hecho de que ella proclamara a Cristo es muy elocuente. Es evidente que no hace falta ser un erudito para dar testimonio del Señor. Esta mujer no era especialista en la ley, no era una mujer quizá muy profunda, pero ella podía dar testimonio del Señor. De hecho, en el Evangelio es la primera que da testimonio de Cristo que aparece documentada.

Lo único absolutamente necesario para hablar y dar testimonio de nuestro Señor es haber tenido con él una experiencia personal. Ella no tenía capacidad quizás para ser una apologista, para debatir asuntos de doctrina, aunque con el Señor ella trajo el tema de judíos, samaritanos y lugares de adoración. Ahora ella tenía un testimonio de primera mano de que él le había revelado todo cuanto ella había hecho.

Un testimonio sencillo pero correcto

Se ha visto que las personas más efectivas para atraer a otros a Cristo frecuentemente son los nuevos convertidos, personas que acaban de ver a Cristo, personas que acaban de reconocer a Cristo. Dan un testimonio pronto de su fe y son utilizadas por el Señor para traer a otros más a salvación.

El testimonio de esta mujer es un testimonio muy sencillo, pero al mismo tiempo es muy correcto. De hecho, a mí me gustaría que mis hermanos dieran testimonio como dio testimonio la samaritana. ¿Por qué digo que su mensaje es sencillo pero correcto? Porque ella no pretendía discutir con la gente ni persuadirla por sus propios medios. Ella les decía: “Venid, ved a un hombre”.

La gente ha asumido que la evangelización es entrar en polémicas con las personas, es entrar en discusiones, es tumbar un pulso, es poner un argumento y otro argumento. No, hermano. A veces evangelizar es tan sencillo como decirle a un pueblo: “Venid, ved a un hombre”. Que en ese hombre vean a Cristo; no depende de nosotros.

Ahora, nosotros podemos decirle a la gente: “Venid, ved a un hombre”. En su mensaje, en su testimonio, había un reconocimiento implícito de su pecado. ¿Cuál es el reconocimiento implícito de su pecado? Ella les dice: “Me ha dicho todo cuanto he hecho”. Sí, sabemos que tú has hecho unas cuantas cosas, y encontrarte uno cuando te conocía, y que te ha dicho todo cuanto has hecho, sí, algo te lo dijo.

Recuerde que probablemente esta mujer había estado evitando el contacto con la gente, y ahora ella va donde la gente y les dice: “Venid, ved a este hombre. Me ha dicho todo cuanto he hecho”. Hermano, cuando nosotros hemos verdaderamente conocido a Cristo, hemos visto a uno que nos conoce perfectamente y, al mismo tiempo, a uno que nos acepta completamente. Es un asunto que es impresionante.

Su mensaje es correcto; le he mencionado ya dos cosas. Ella no pretendía discutir con la gente ni persuadirlas, sino: “Venid y ved”. En su testimonio había un reconocimiento implícito de su pecado; le dice: “Me ha dicho todo cuanto he hecho”. Y lo otro es que ella lo señala como el Cristo, pero no lo demuestra.

Nuestra parte en evangelizar y el rol del Espíritu

Y le quiero mostrar a mis hermanos que nosotros podemos señalar a Jesús como el Cristo, pero nosotros no tenemos la capacidad de demostrarlo, por lo menos convincentemente, a la luz de ningún otro ser humano. El convencimiento de pecado, de justicia, de juicio y mostrarle a Cristo como Cristo realmente es, eso lo hace el Espíritu Santo.

Ella lo mostró y dejó la pregunta abierta: “¿No será éste el Cristo?” Sin embargo, este mensaje sencillo alcanzó su propósito. Dice: “Entonces salieron de la ciudad y vinieron a él”. Hermano, si nosotros lográramos que la gente viniera a Cristo y le considerara, esperando que el Señor tenga misericordia de ellos también, yo creo que lograríamos más en la evangelización que intentando persuadir a la gente por nuestros propios medios.

No hay que ser un especialista, no hay que ser un erudito; lo que hay es que decirle a la gente que hemos encontrado a Jesús, que vengan y que lo consideren por sus propios medios. Esto es lo único que está a nuestro alcance. La evangelización, el convencimiento de pecado, lo hace el Señor.

La gran comisión, de hecho, a nosotros nos responsabiliza de predicar, no de persuadir. Lo que dice la gran comisión es que vayamos dando testimonio y que, si acaso alguno se convirtiera, entonces que le bauticemos y que le instruyamos. De hecho, en Mateo, capítulo 10, versículo 14, el Señor sabía que la mayoría de la gente no recibiría nuestro testimonio. Él dijo: cuando ustedes vayan, prediquen; y cuando prediquen, si no los reciben, entonces vayan a otra casa.

Termino, hermano, a la luz de estas cosas, dando el consejo de que quienes pretendan alcanzar por sí mismos, más allá de lo prudente, terminan haciendo mucho mal. ¿Hasta dónde podemos llegar nosotros por nosotros mismos? Es decirle a la gente: “Venid y ved. Considera a Jesús. A mí me ha dicho todo cuanto he hecho; de mí ha tenido misericordia. Yo tengo testimonio personal”.

Frutos, siembra y ciega entre los samaritanos

¿Qué pasa cuando uno quiere ir más allá de lo que es prudente? Frecuentemente se producen falsas conversiones, conversiones fundamentadas en el esfuerzo humano o la manipulación. Nosotros no podemos producir eso por nuestros propios medios; el Señor es el que lo hace.

¿Cuál es el mucho mal que se produce cuando vamos más allá de lo prudente? Un sentido de frustración, al no poder ganar una discusión, al no poder argumentar más que los otros; lo que produce eso es frustración. Más nosotros no podemos. El Señor puede hacerlo. Y lo que produce esto es un espíritu contencioso, que solamente consigue alejar más a la gente de Dios.

Solamente para dejar el sentido final, leeré las últimas partes del texto:

Entonces salieron de la ciudad y vinieron a él.

Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come.

Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis.

Entonces los discípulos decían entre sí: ¿Le habrá traído alguien de comer?

Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.

¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.

Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega.

Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega.

Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.

Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio, diciendo: Me dijo todo lo que he hecho.

Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días.

Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.

— Juan 4:30-42

Hermano, qué obra de conversión y salvación, aun entre los samaritanos. Cosas como estas son las cosas del Señor. Quiero orar específicamente para que mis hermanos encuentren su gozo, su satisfacción perfecta, su satisfacción plena en Jesucristo, y por cualquier persona que esté aquí y que haya intentado encontrar su satisfacción en otra parte, que, como la samaritana, hermano, deje los sucedáneos y encuentre su satisfacción plena en Jesús.

Oro por la iglesia aquí congregada. Perdonen, hermano, que estoy así como un poco en bajo perfil; quedé de ayer, tuve todo el día en cama y hoy todavía tengo estos malestares. Hay otros hermanos de la iglesia que también han estado un poco enfermos de este virus, como que debilita, que agarra a uno y da como unos estremecimientos. Pero gracias al Señor que hemos podido considerar su palabra. Oro ahí por la iglesia para que encontremos en el Señor nuestra satisfacción.

Oración por una iglesia perdonada y satisfecha

Cierra tus ojos ahí un momento, hermano, y pidámosle al Señor. Ay, Señor, tú que has perdonado nuestro pecado, permite, Señor, que encontremos en ti todo nuestro deleite. Te pido por mis hermanos, Señor, para que tú cuides su corazón, para que cualquier huequito que haya quedado vacío sea hoy especialmente llenado por ti. Llena, Padre, toda rendija que esté vacía en nuestra existencia. Llénanos plenamente, Padre, satisfácenos completamente, de forma tal que el pecado no encuentre en nosotros lugar.

Permite, Padre, que el gozo que experimentemos continuamente en ti sea tan pleno, sea tan alto, que cualquier otra cosa, Señor, sea un asunto muy secundario. Permite, Padre, que todos aquellos que están aquí hoy congregados y ya encontraron en ti el perdón de sus pecados, puedan encontrar en ti todo su gozo y toda su satisfacción. Te pido, Señor, que nos llenes plenamente. Permite que este río de agua, este manantial que salta para vida eterna, sea una realidad presente para todos nosotros.

Mantén tus ojos cerrados ahí, hermano. Si hay alguien que todavía no ha probado a Cristo, yo puedo testificarle que él llena plenamente, que él satisface profundamente, que es la plenitud de aquel que todo lo llena en todo; que realmente, cuando le hemos probado a él, las otras cosas llegan a tener un lugar secundario.

Si alguien no ha encontrado todavía en Cristo su deleite, yo quiero recomendarle que considere a Cristo. Él puede revelar todo cuanto has hecho, él puede perdonar todos tus pecados, él puede llenarte de una manera muy profunda. Dile al Señor ahí, en oración: “Señor, perdona mis pecados. Satisface mi corazón. Lléname completamente, Señor. Permíteme probar tu plenitud”.

Dice la escritura que si nosotros confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Dile al Señor ahí: “Perdona mis pecados, acéptame como tu hijo, escribe mi nombre en el libro de la vida”. Sabemos que cuando venimos a él en arrepentimiento y fe, él nos recibe.

Dile al Señor ahí, con sinceridad de corazón. No hay que ser un erudito para orar al Señor, para pedir perdón, para pedir satisfacción. Dile al Señor ahí con tus palabras: “Satisfáceme plenamente, Señor. Perdona mis pecados y lléname de esa llenura que aquí hoy se ha estado predicando”.

Padre, gracias por este momento en tu palabra. Permite, Padre, que encontremos en ti todo nuestro gozo, todo nuestro deleite. Oro una vez más por mis hermanos. Mira, Señor, aquellas áreas donde el pecado intenta alcanzarnos, llénalas de ti. Mira, Señor, aquellas áreas donde la tristeza intenta alcanzarnos, llénalas de ti. Mira, Señor, esos espacios de nuestra vida donde no hemos encontrado sosiego, llénalos de ti, Señor.

Clamor por que Cristo ocupe todo nuestro corazón

Mira aquellas partes que se quedaron insatisfechas; úsalas como un instrumento, Señor, para llenarnos aún más de ti. Permite que cualquier cosa, Señor, que nos esté faltando en este momento, no sea suplida por las cosas sucedáneas, sino que sea suplida plenamente por ti. Llena tú, Señor, nuestros espacios vacíos y conviértete en toda nuestra plenitud.

Permite que esta iglesia, Señor, no solamente sea una iglesia de gente perdonada; permite que sea una iglesia caracterizada por ser una iglesia de gente satisfecha. Permite, Señor, que en nuestra vida diaria, en nuestras decisiones, en nuestro testimonio, se haga evidente esta plena satisfacción que hemos encontrado en ti.

Permite, Señor, que todas las añadiduras sean utilizadas en consecuencia como añadiduras, porque la cosa central, la cosa importante, la cosa preponderante, ya seas tú. Conviértete tú, Señor, en nuestra fuente permanente de satisfacción. Padre, quita cualquier cosa que te haya estado reemplazando y ocúpalo tú. Si hay algo en la vida mía o en la vida de mis hermanos, Señor, que te haya estado reemplazando, quítalo, Señor, y ocúpalo tú.

Padre, quita cualquier sucedáneo, llénalo de tu presencia; que sea un asunto tan real, Señor, que sea un asunto tan pleno, que sea un asunto tan satisfactorio, Señor, que cualquier otra cosa aparezca irrisoria y sin importancia. Todo esto para tu gloria, en el nombre de tu Hijo amado Jesucristo. Amén.

Dios les bendiga, Dios les guarde. Nuestro ministerio de alabanza nos despide con canción.

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