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Y esta es la vida eterna

Juan 17:1-5

La vida eterna no es solo una promesa futura, sino la vida misma de Dios que comenzamos a disfrutar cuando conocemos íntimamente al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien Él ha enviado.

Predicado20 de octubre de 2019
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Quisiera que por favor me acompañaran en las Escrituras en el Evangelio de Juan, capítulo 17, para que estemos compartiendo el mensaje de este día. Juan capítulo 17, estaremos examinando en esta mañana los primeros cinco versículos, y hemos denominado el mensaje de esta mañana: “Y esta es la vida eterna”.

Dice la Escritura:

Estas cosas habló Jesús, levantando los ojos al cielo, y dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; pues tú le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciera. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.

— Juan 17:1-5

Quisiera que todos por favor leyéramos, repitamos el versículo 3: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.

Padre Santo, ante ti nos presentamos en profunda reverencia. Hemos abierto tu palabra, rogamos que sea el Espíritu Santo dirigiendo todas nuestras ideas, nuestras palabras y pensamientos, de forma tal que tu nombre sea en gran manera glorificado, y el pueblo aquí sea edificado, Señor. Que aquellos que no te conocen puedan conocerte y establecer una relación íntima contigo, en Cristo Jesús, Señor nuestro. Amén.

Hermanos, como podemos leer en nuestra introducción, la expresión “vida eterna” está estrechamente ligada a lo que es el concepto de salvación a la luz del mensaje del Evangelio. Ya que quien no tiene vida eterna está irremediablemente perdido. Este concepto va más allá de una vida inmortal, pues como la misma procede de Dios, el significado más exacto para el creyente es que sea algo que va en consonancia con el carácter de Dios. El Dios eterno nos concede la vida eterna, por lo que podemos afirmar de manera clara y sencilla que la vida eterna no es más que la vida de Dios. Es la vida para ser experimentada aun estando en esta realidad terrenal, a pesar de que es una promesa más allá de esta realidad terrenal, nosotros podemos experimentar la vida eterna en nuestras vidas.

El pasaje que vamos a estar examinando en esta mañana lo vamos a ver como una oración de nuestro Señor Jesucristo al Padre antes de la consumación de la obra que se le había encomendado después de su encarnación. Ora para que podamos conocer cuál es el camino de entrada para el disfrute de la vida eterna, el cual no es otro que conocer al Padre a través de su Hijo. Vamos a ver qué significado tiene el conocimiento de Dios Padre y de Jesucristo en la vida de nosotros los creyentes, pero también apuntamos, hermanos queridos, a que aquellos que no han creído, que no han depositado su fe en el Señor Jesucristo, puedan llegar a conocerle.

A manera de preámbulo, comparto con ustedes lo siguiente: en este capítulo 17, los estudiosos, los cronistas, han determinado que es uno de los más importantes del Evangelio de Juan. En dicho capítulo 17 está documentada una oración de nuestro Señor Jesucristo; en primer lugar, una oración por sí mismo, que son los primeros cinco versículos que vamos a estar exponiendo, y luego, a partir del versículo 6, una oración que hace nuestro Señor por sus discípulos y más que por sus discípulos, por aquellos que habrían de creer por el mensaje que se le había confiado a ellos, dentro de los cuales estamos incluidos nosotros también.

Vemos también que en los capítulos que le anteceden a este capítulo 17, ya el Señor Jesucristo ha expuesto sus últimas enseñanzas en su ministerio terrenal. Sabía, tal y como expone aquí, que la hora había llegado, que ya tenía que emprender su camino hacia la cruz, y generalmente las últimas enseñanzas condensan, tienen un fundamento de que son parte de las palabras más relevantes que tenía que decir nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos. Pero además de eso, hermanos queridos, hay una carga dentro de estos mensajes y estas enseñanzas que apuntan a estimular a dichos discípulos ante su inminente partida, a que tuvieran fe, a que tuvieran esperanza, a que tuvieran la confianza de que aunque Él se fuera, ellos no quedarían solos, y que evidentemente eso tendría que ocurrir para que pudiéramos obtener la salvación de nuestras almas.

Jesús pide ser glorificado en medio de la prueba

Visto esto, hermanos queridos, quiero compartir con ustedes tres cosas. En primer lugar, queremos ver lo que es la implicación de esta oración que hace el Señor Jesucristo por sí mismo. Luego veremos la gracia y el privilegio de la vida eterna, cómo se obtiene, cómo yo accedo a ella. Y finalmente veremos que la vida eterna solo es posible en la vida del creyente a través de la gloria del Señor, en los versículos 4 y 5.

Entonces, entrando en materia, vemos aquí a nuestro Señor Jesucristo en una actitud de oración, alzando los ojos al cielo. Una lectura ligera, una lectura superficial de este pasaje, pudiera darnos a nosotros la idea de que el Señor Jesucristo está teniendo una oración egoísta por su propia exaltación. Pero si avanzamos más en el texto, podemos ver que esa no era la intención de nuestro Señor Jesucristo, sino que nuestro Señor Jesucristo está pidiendo que el Padre le glorifique a Él ante la inminente situación que tendría que atravesar, que era su camino a la cruz.

Esta oración apunta, hermanos, al cumplimiento de su misión, apunta al cumplimiento de su obra redentora en la cruz del Calvario. Apunta a que el Señor pudiera cumplir todo esto después de su muerte, a través de su resurrección y su exaltación al cielo. El Señor Jesucristo ora más bien conociendo la unidad que Él tiene con su Padre celestial. Sabe que se le ha encomendado esta tarea, pero que el Padre no lo dejará solo, no lo abandonará, no lo desamparará.

Y aplicando de una vez, hermanos queridos, yo les pregunto —guardando todas las diferencias—: cuando nosotros estamos en medio de una situación difícil, cuando nosotros estamos en medio de una situación apremiante, cuando usted está en medio de una prueba de gran peso para usted, ¿usted ha orado para que el Padre le glorifique? ¿Para que en medio de ese tránsito, que inevitablemente usted tendrá que atravesar, por esa situación en la cual usted tendrá que estar, usted glorifique a su Padre?

Porque muchas veces en esa prueba, hermanos queridos, cuando nos sobreviene, ahí mismo nos quemamos. Ahí mismo, en vez de ser aprobados, terminamos deshonrando a nuestro Señor. Entonces, hermanos queridos, debemos tomar el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo: aunque Él era Dios, aunque su propósito fundamental desde su encarnación y durante todo su ministerio público fue glorificar al Padre, aun en el momento más difícil de su vida, le dice: “Padre, glorifícame”, porque lo necesita.

Asimismo debe de haber en nosotros esa intención de que, por la dificultad que estemos atravesando, nuestros pensamientos muchas veces divagan, se van, y una oración recurrente debería ser: “Señor, aun en medio de esta situación, no nos permitas deshonrarte. Señor, aun en medio de esta situación, glorifícate, de forma tal que yo también pueda glorificarte a ti. Susténtame aun en medio de esta dificultad”.

Orar para glorificar a Dios en medio de las pruebas

Es difícil, porque a veces uno entiende todos estos conceptos, y para nosotros vienen siendo conceptos que ya los tenemos por sabidos y ya se olvidan. Pero en el momento de la definición, en el momento en el cual debemos echar mano de eso, hacemos todo lo contrario. Sin embargo, aquí vemos al Hijo de Dios pidiéndole a su Padre que le glorificara. La hora había llegado: la hora de consumar su obra en la cruz, la hora de manifestar aún más obediencia que la que había tenido anteriormente, la hora de tomar ese trago amargo y sufrir la humillación y esa muerte.

Jesús ora para que el Padre le ayude a seguir cumpliendo este propósito por el cual se encarnó: glorificar su nombre. Glorificar su nombre. Le pide ayuda para que pueda seguirlo glorificando aun en los momentos más angustiantes que sabía que se avecinaban. Ora para que pueda ser sostenido en medio de la terrible prueba.

¿Oramos así nosotros? ¿O sencillamente, aunque todavía no estemos en el fragor, en el calor de la situación, uno viene y dice: “Bueno, si eso se me avecina, yo voy a resolver como yo quiera, sin importar que eso va a deshonrar al Señor”? Qué triste, qué lamentable. Créanme, también yo he tenido esa situación y esa sensación en mi corazón. Pero gloria sea al Señor de que podemos aprender del ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, de que aun antes de que se avecine algo que sea inminente, oremos al Señor para que podamos glorificarle en medio de dicha prueba.

En el versículo 2 hay dos verdades que son contundentes. Dice que el Padre le había dado a nuestro Señor Jesucristo potestad sobre toda carne. El Padre le había confiado la autoridad sobre toda la humanidad a nuestro Señor Jesucristo. Aquellos que no consideran a nuestro Señor y Salvador Jesucristo como Rey de reyes y Señor de señores están en un grave problema, y es suyo. Pero la gran verdad es que el Padre le ha conferido dicha autoridad sobre toda la humanidad.

Y déjeme decirle que eso no es una autoridad solamente de nombre, sino que será una autoridad real, cuando todos tendrán que comparecer ante el tribunal de Cristo. Esa autoridad sobre toda la humanidad le ha sido conferida por el Padre a nuestro Señor Jesucristo, para juicio: algunos para vida eterna y otros para la perdición eterna. Pero además de esto, hermanos, no seamos tan trágicos. El propio versículo 2 nos dice que se le ha dado esta autoridad para dar vida eterna a todos los que el Padre le ha dado.

La autoridad de Cristo y el acceso a la vida eterna

Al Señor Jesucristo también se le ha conferido la autoridad de salvar. Aun usted siendo pecador, usted tiene la oportunidad, si usted camina en arrepentimiento y fe, si usted descansa en los méritos y el señorío de Cristo, que cuando usted esté allí delante de Él, el juicio que Él tendrá que ejecutar sea para que usted pase la eternidad junto a Él y su Padre celestial. En conclusión, podemos decir que el Hijo pide ser glorificado para mostrar su verdadera naturaleza divina, que es la misma del Padre. ¿Para qué? Para mostrar compasión y amor por una humanidad pecadora. Porque si esto no hubiera tenido lugar, definitivamente la humanidad no hubiera tenido esperanza alguna.

Por eso nuestro Señor Jesucristo pide ser glorificado. Esta es la implicación de esta oración: nuestro Señor Jesucristo está orando para que pueda glorificar al Padre y que el Padre lo glorifique a Él mismo aun en medio de esta situación complicada, difícil, que tendría que atravesar. Ahora, en el versículo 3, la gracia y el privilegio. Gracia, porque es otorgada sin nosotros merecerlo, y privilegio porque es algo de sumo placer el poderlo disfrutar y confiar de que uno lo tiene: la vida eterna.

Hermanos y amigos que están aquí presentes, yo le puedo hacer una pregunta: en algún momento de su vida, ¿usted se ha hecho el siguiente cuestionamiento, de que si había algo después de la muerte? Creo que todo ser humano en su cabal juicio, en algún momento antes de conocer a Cristo, debió haberse hecho esa pregunta: ¿qué hay después de esto? Y probablemente, al hacerse ese cuestionamiento, le habrá llegado una incertidumbre muy pesada sobre usted. Porque usted dice: “Mira, yo no sé si hay algo”. Hay dos opciones, la gente viene y, ante dicho cuestionamiento natural que se hace, tiene dos caminos: dice “Bueno, todo se acaba aquí y no hay nada después de la muerte, todo se acaba aquí, no queda nada”, o usted puede decir: “Bueno, en efecto sí hay algo”.

Hay algo, pero quien no tiene una comprensión de Cristo no está seguro de lo que hay. A veces hay gente que viene y dice: “No, porque uno va a reencarnar en otra criatura, que nosotros vamos a estar en otra realidad”, pero no sabe a ciencia cierta qué es lo que hay, qué es lo que tiene. Y estas preguntas, que es una pregunta totalmente existencial, antes de usted conocer a Cristo, me imagino que en algún momento usted debió habérsela hecho. O cuidado si somos como algunos dicen: “No, yo no voy a pensar en eso para no martirizarme y vivo mi vida como que nada pasó”.

Qué hay después de la muerte: dos destinos eternos

Pero es un planteamiento serio. Debo decirle que los que piensan que en efecto hay algo después de la muerte, ya tienen la media verdad, están casi correctos. Porque dicen que no saben lo que hay, pero lo que hay es lo siguiente: después de la muerte sí hay algo, una vida con mi Padre celestial por toda la eternidad, la vida eterna, y un lugar de tormento eterno, de perdición eterna. No hay más alternativas.

La iglesia católica por siglos creó una aberración de que había un estado intermedio, pero olvídense de eso. Solo hay dos lugares: o la eternidad junto a nuestro Padre celestial y nuestro Señor Jesucristo, o el lugar de tormento eterno, alejados de su presencia. Dos lugares. Entonces sería algo inteligente de parte nuestra, sería algo que nos libraría de mucha angustia, que si aquí en el versículo 3 del capítulo 17 del Evangelio de Juan nos dice: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”, yo no actúe en consecuencia. Yo no actúe en consecuencia.

Y evidentemente vemos que la única manera de acceder a la vida eterna es a través del conocimiento de nuestro Padre celestial en Jesucristo. En Jesucristo. La eternidad no es más que la vida junto a nuestro buen, sabio, santo, justo y amoroso Dios. Vida eterna. Ahora bien, hermanos, hay un planteamiento: si yo accedo a la vida eterna, ¿qué es? En el Nuevo Testamento, hermanos, esta expresión “vida eterna” aparece más de 50 veces. Inclusive, en el propio mensaje de nuestro Señor Jesucristo, esa expresión fue muy recurrente durante todo su ministerio público.

¿Acaso no fue Él mismo que se definió como el camino, la verdad y la vida? ¿Y acaso no fue el mismo que dijo: “Yo he venido para que tengan vida, pero vida en abundancia”? ¿Acaso en el versículo 16 del capítulo 3, Juan 3:16, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree tenga…” qué? Vida eterna. Recurrente. Sus discípulos, después de su partida, tenían como parte recurrente el mensaje de la vida eterna, la frase “vida eterna” en el mensaje del Evangelio. El apóstol Pablo, en sus cartas, la ponía con gran claridad y de manera reincidente.

La vida eterna como calidad de vida en Dios

Y por si esto fuera poco, en el Antiguo Testamento, los profetas y los salmistas también hablaban de la vida eterna. Aun los fariseos, siendo enemigos de nuestro Señor Jesucristo, tenían un concepto de la vida eterna. Sí, es una realidad. Entonces, la vida eterna es algo que es congruente con el carácter de nuestro Dios. Y nuestro Dios, una de las características que tiene, es que Él es eterno. Por tanto, reitero: la vida eterna no es más que la vida de Dios.

Y usted puede decir: “Pero okey, ¿qué significa este término ‘eterno’ en el original?” El término griego que se aplica para “eterno” es una palabra que más que ver con la duración de algo, tiene que ver con la calidad de eso. Porque es algo que nosotros debemos preguntarnos. Usted puede decir: “Bueno, algo que sea interminable pudiera ser no necesariamente algo deseable”. Imagínese que usted tenga un padecimiento en esta vida terrenal y que usted venga y relacione lo eterno con lo inmortal, y diga: “Bueno, yo sí eternamente, por los siglos de los siglos, estaré padeciendo diabetes. Sí, yo eternamente, por los siglos de los siglos, hasta que me muera, voy a seguir sufriendo de presión arterial. Sí, yo voy a estar sufriendo de alguna desviación de la columna”. ¿Sería agradable esa vida? ¿Sería agradable? Evidentemente no.

Entonces, hermanos, el concepto “eterno” solo puede ser aplicado de manera satisfactoria y perfecta en el caso de Dios. El hecho de que sea placentera la vida eterna consiste en que está fundamentada en el carácter de Dios. La vida eterna es una vida en la cual yo puedo disfrutar de la majestad de su gloria. ¿Acaso eso no es placentero para mí? Lo que dicen las Escrituras acerca de la gloria de Dios no es algo que para mí pueda ser deseable y placentero. Esa es la vida que el Señor me ofrece a través de la vida eterna.

La vida eterna es una vida en la cual yo puedo disfrutar de una paz y una tranquilidad a sus pies de manera permanente. Aquí en la tierra yo no tengo eso. Es cierto que dice la Escritura que Él guarda en completa paz a aquel cuyo pensamiento en Él persevera. Es cierto, aun en medio de las situaciones turbulentas el Señor nos anima, nos estimula, nos fortalece, pero no estamos exentos de que siempre será así. Ahora, cuando estemos en el cielo, paz todo el tiempo, parte de su carácter.

Lo otro es, hermanos, que es una vida de gozo de estar en su presencia. Hay muchas cosas que nosotros podemos ver en las Escrituras concernientes a la eternidad y a la vida en el cielo: mar de cristal, millares de ángeles, millones de ángeles adorando el nombre del Señor y sirviéndole allí, el resplandor de la gloria de Dios. Pero aun nosotros no sepamos todas esas cosas, que sí están plasmadas en las Escrituras, solamente por el hecho de que vamos a pasar la eternidad con el Señor, ya estamos pagos. Claro está, usted tiene que saber quién es ese Dios; tiene que conocer quién es Dios.

Delicia de la santidad y comunión con Dios

Lo otro, hermanos: en la vida eterna usted va a disfrutar de la hermosura de su santidad, la hermosura de la santidad de Dios. Por tanto, todas estas cosas que hacen la vida eterna plena y deseable para nosotros —su santidad, el gozo, su presencia, la paz que me representa estar a sus pies, la majestad de su gloria— son cosas que son verdaderamente deseables. Y si usted no tiene la vida eterna, por lo menos oro para que el Señor, a través de estas cosas, le abra los ojos.

La vida eterna es algo que uno debe tener, debe entrar en ella, debe experimentarla con todo su esplendor. Es una vida de trato con el Señor a través de Jesucristo, es la participación de la eternidad con el Verbo de Dios; el Verbo de Dios es Jesucristo. Esa es la vida eterna. Esa es la vida eterna.

Entonces, ¿cómo usted obtiene la vida eterna? Dice aquí: “Que te conozcan a ti, al único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. ¿Qué es conocer? Implica usted saber, implica usted comprender, implica usted reconocer, implica usted sentir algo. El conocer aquí, hermanos, está apuntando a que nosotros podamos tener una relación íntima con el Señor, una comunión fuerte, permanente con el Señor. Eso es conocer, eso es conocer.

En este caso es entrar en una relación profunda y cercana con mi Dios. Por tanto, conocer a Dios es tener una comunión íntima; es una unión de amor recíproco, para poder ser partícipe de su voluntad hacia nosotros. ¿Por qué yo digo que es un amor recíproco? Bueno, dice las Escrituras que si nosotros le amamos a Él es porque Él nos amó primero. Dice la misma Escritura que en esto muestra su amor para con nosotros, en que nosotros, aun siendo pecadores, Cristo murió por nosotros. Quiere decir que el Padre nos estaba amando aun cuando nosotros ni siquiera teníamos conciencia de ese amor. Nos estaba amando.

Conocer a Dios vs. conocer acerca de Dios

Entonces, tiene que ser recíproco. Si usted sabe que el Padre le ha amado, si usted ha conocido en efecto al Padre celestial, si usted ha tenido conciencia de la gracia, de los favores, de la misericordia que el Señor ha tenido para con usted, una forma de usted manifestar gratitud a Él es amándole. Debe ser recíproco.

Y le voy a decir algo: este conocimiento del Señor, como he puesto desde hace unos instantes, no es un conocimiento intelectual, no es un conocimiento teórico, no es un conocimiento filosófico. Es un conocimiento de relación, de relación. Hay mucha gente, hermanos, que conocen acerca de Dios. Conocer acerca de Dios no es lo mismo que conocer a Dios. Conocer de Dios no es lo mismo que usted tener una relación con Dios, no es lo mismo.

Hay muchísimas personas, hermanos queridos y amigos que nos visitan, que saben que Él existe, saben que Él es Dios creador, saben que Él tiene poder, pero no tienen una relación con Dios. Lo conocen de lejos, de lejos. Eso mismo pasa, hermanos queridos, con nosotros. Yo puedo decir: “Mira, yo conozco de Londres. Sí, sé que ahí está el río Támesis. Sé que ahí está la Torre de Londres y en la Torre de Londres está el Big Ben. Sé que ahí está la abadía de Westminster, donde están enterrados los ingleses más ilustres. Veo el Parlamento. Sé que existe una guardia muy particular, que son los beefeaters”. Muy bien.

Usted también puede conocerlo de la misma manera que lo conocí yo: leyendo, viendo un documental, viendo una película. Ahora, ¿yo puedo decir que yo conozco Londres? No, yo nunca he estado allí. Es lo mismo. Hay gente que conoce de Dios, pero nunca han estado en su presencia, nunca han disfrutado de su comunión, nunca han tenido una relación continua, constante, cálida con su creador.

Entonces, eso mismo pasa, hermanos. Usted puede decir: “Oh sí, yo conocí a Gregorio Luperón”. Sí, lo que dicen los libros, lo que los historiadores han permitido, porque eso es así, la historia es complicada; uno lee la historia de acuerdo al enfoque del que escribe. “Bueno, sí, conozco de Gregorio Luperón”. ¿Yo conocí a Gregorio Luperón? No. Y le aseguro que ninguno de ustedes tampoco.

Por qué debemos conocer a Dios

Y es lo mismo: hay gente que sí conoce de Dios, pero evidentemente, al no tener una relación con Él, no conoce a Dios. Conocer a Dios no es lo mismo que conocer de Él. Entonces, ¿por qué nosotros debemos conocer a Dios? ¿Por qué es importante, hermanos, conocer a Dios? En primer lugar, porque solo a través del conocimiento de Dios nosotros podemos acceder a la vida eterna, como dice el versículo 3. Así, solo aquellos que han nacido de nuevo, solo aquellos que han sido impulsados por el Espíritu Santo, solo aquellos que han sido inquietados por el Espíritu Santo a entrar en una relación con nuestro Señor y Salvador Jesucristo y, por consiguiente, con el Padre, son los que acceden a esa vida.

Por eso nos estimula el conocer a Dios: porque yo puedo disfrutar de la vida eterna, en primer lugar. ¿Por qué yo debo conocer a Dios? Porque el conocimiento de Dios implica un conocimiento de nosotros mismos. ¿Cómo es esto, hermano? Sencillo: cuando yo conozco a Dios, yo tengo un parámetro en el cual yo me mido. Y al yo ver la majestuosidad y la perfección de Dios, ahí mismo yo reconozco mi pequeñez y mi insuficiencia, y eso me hace ser humilde y saber cuál es mi posición ante Dios, que es una posición de criatura.

Pero en el caso de los que han creído, son un poquito más que una criatura; no un poquito más, sino significativamente más: son hijos de Dios, son miembros del pueblo de Dios. Dice que a todos los que le recibieron y creen en su nombre les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. La humanidad entera, incluyéndonos nosotros antes de conocer a Cristo, eran criaturas. Los que han confesado a Jesucristo y han creído en su nombre, han depositado su fe en sus obras y en el mérito de Él, forman parte del pueblo de Dios.

Conocer a Dios me permite eso. Cuando yo conozco su perfección, cuando yo conozco su deidad, cuando yo conozco su santidad, yo tengo un estándar a través del cual medirme, y si yo voy a estar teniendo una relación con Dios, yo intentaré parecerme a Él cada vez más.

Conocimiento de Dios, santidad y poder en la iglesia

¿Por qué yo debo conocer a Dios? Porque el conocimiento de Dios nos lleva a la santidad personal. Hay gente que dice: “Sí, yo creo en Dios, yo soy miembro de una iglesia”. ¿Y de qué manera usted practica la santidad? ¿Cómo usted la manifiesta? El yo conocer a Dios me permite, al yo interactuar con el Dios santo, al yo estar en la presencia del Señor, ser santificado por Él mismo.

Al yo estar cada vez más en una relación satisfactoria, en una relación de comunión íntima, cercana con mi Dios, me permite conocerlo, me permite saber cómo es Él, me permite yo amarlo de la manera que Él requiere ser amado. Y al yo conocer cómo es Él, al yo saber cómo es su trato, al yo saber cómo es Él en esencia, si yo evidentemente quiero tener esa comunión íntima y cercana con Él, yo tengo que procurar mi propia santificación.

¿Por qué conocer a Dios, hermanos? Porque el conocimiento de Dios lleva a su iglesia, y a aquellos que componen la iglesia de Dios, a experimentar una vida de poder. ¿Cómo es esto? Muy bien. El Señor ha dicho que la iglesia debe ser columna y baluarte de la verdad. Ha dicho acerca de la iglesia que las puertas del Hades no prevalecerían contra ella. Pero desafortunadamente, el escaso conocimiento de Dios que se tiene hace que las iglesias —no quiero generalizar, de que solamente es al día de hoy, pero también hoy— se vean anémicas, se vean débiles, se vean famélicas.

Qué gran cosa, hermanos, sería si dentro de la iglesia, conociendo más a Dios, nosotros pudiéramos conocer al Dios de Daniel, que es el mismo Dios al que decimos que profesamos seguir. ¿Cómo experimentó Daniel eso? En primer lugar, recuérdense que cuando él decidió en su corazón no contaminarse con la comida que le servía el rey y la bebida, ellos confiaron en el Señor. ¿Y qué pasó? El Señor se glorificó, el Señor mostró su poder allí, permitiéndoles que cuando fueran evaluados ellos estuvieran más robustos que los siervos de Nabucodonosor.

Pero ¿qué pasó? La Escritura también dice que Daniel le servía continuamente al Señor, y aunque hay también una canción infantil que tiene ese estribillo, también está en la Biblia, que tres veces oraba Daniel en el día. Era una relación tan cercana, tan íntima, que tenían no solamente Daniel, sino inclusive sus amigos; porque cuando sus amigos tuvieron que ser puestos en el horno de fuego, el Señor mandó un ángel allá para que no se quemaran. Cuando Daniel fue echado al foso de los leones, el Señor mandó ángeles a taparle la boca a esos leones.

Cómo conocer a Dios: palabra, obediencia y comunión

¿Por qué? Porque Daniel tenía una comunión íntima con su Señor. Eso debe ser un ejemplo fuerte, contundente, para la iglesia en el día de hoy de por qué debemos conocer a Dios. Debemos conocer al Dios que ha obrado salvando a sus siervos durante toda la historia. Oraba nuestro hermano pastor ahorita diciendo: “Sí, nuestra salvación fue puntual”, pero evidentemente, a pesar de que nuestra salvación haya sido puntual, el Señor nos salva continuamente, a veces ni siquiera nosotros teniendo conciencia de que nos ha salvado.

Me gusta mucho esta definición de J. I. Packer. Usted puede decir: “Okey, ¿cómo yo conozco al Señor?” En su libro El conocimiento del Dios santo, el cual le recomiendo, dice: conocer a Dios implica, primero, escuchar la palabra de Dios y recibirla según la interpretación del Espíritu Santo, para poderla aplicar a nuestras vidas. Segundo, conocer a Dios es aprender sobre la naturaleza y el carácter de Dios, como revelados en sus palabras y en sus obras. Tercero, aceptar sus invitaciones y hacer lo que Él ordena. Cuarto, reconocer y regocijarse en su amor, que Él ha demostrado al acercarse a nosotros y al traernos a su comunión divina.

De esa forma usted conoce a Dios. Ahora, ¿usted está dispuesto a pagar el precio de conocer a Dios? ¿Usted está dispuesto a sacrificarse para conocer a Dios? Recuérdese lo que ya le he dicho en el versículo 3: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. En palabras llanas, conocemos a Dios a través de la comunión íntima por medio de su palabra.

Y evidentemente, en su palabra está todo lo que es necesario y suficiente para que nosotros podamos acceder y conocer a Dios para nuestra salvación. Ya que, hermanos queridos, la mente de Dios no puede ser contenida por la nuestra, pero Él, en su sabiduría, Él en su bondad, ha permitido revelarse de Él mismo y de su carácter, para que nosotros tengamos como necesario y suficiente los elementos, la materia prima, de forma tal que podamos conocerle.

Recuérdense que nosotros no podemos conocer al Dios que no está bajo ningún escrutinio. No podemos conocer al Dios cuyos designios nuestra mente no puede comprender en su totalidad. Pero yo sí puedo conocer al Dios que se ha presentado en la Biblia para salvación, teniendo una relación vibrante por medio de la oración, guiada por el Espíritu Santo. Una relación en la cual Él me hable a mí a través de su palabra, una relación en la cual yo le hable a Él por medio de la oración, una relación en la cual yo me encuentre con Él por medio de la adoración y la alabanza de su santo nombre.

El único Dios verdadero y los ídolos modernos

Eso es conocer a Dios. Así, si yo hago esto continuamente, en efecto, cada día yo conoceré más y más a mi Dios. Entonces uno viene y se pregunta: en la misma oración que está aquí, ¿por qué en la oración de nuestro Señor Jesucristo a su Padre contiene la expresión “que conozcan al único Dios verdadero”? ¿Acaso hay otros dioses que son evidentemente falsos? Sí, sí, hermano. De acuerdo al contexto mundial en el cual se escribe esto, predominaba el Imperio romano; tenía dominio sobre esta región, y evidentemente la manifestación religiosa del Imperio romano era el politeísmo pagano. Tenían múltiples deidades: deidad de la guerra, el dios supremo Zeus o Júpiter, dependiendo si era griego o romano, la diosa de la guerra Diana, Atenea, múltiples deidades. Y más aún, el emperador era un dios, y exigía que se le rindiera culto como un dios.

Pero no obstante eso, hermanos queridos, a pesar de que tal vez no sea tan frecuente este paganismo al día de hoy —aunque hay naciones que sí tienen un paganismo bien arraigado, como por ejemplo la India—, al día de hoy hay otros ídolos, hay otros dioses que pueden ser hasta más sutiles, a los cuales nosotros caemos rendidos, dando la adoración, hasta de manera inconsciente.

¿Qué tal el dios dinero y los bienes materiales? Que todo mi enfoque, todas mis energías, yo las canalizo para el dinero y los bienes materiales. Eso es lo más importante en mi vida, por encima de mi familia, por encima de las relaciones. “No tengo tiempo para ir a la iglesia, para conocer a Dios, no. Yo no tengo tiempo para orar, es el dinero”. Yo caigo rendido en adoración a eso. “¿De qué tú dependes?” Del dinero. “¿Tu dios es el dinero?” “No, ¿quién dijo?” ¿Y dónde tú depositas todo tu tiempo? ¿Dónde tú canalizas todas tus energías? ¿Cuántas cosas tú has desaprovechado y has perdido por estar detrás del dinero?

¿Y qué tal la fama, hermano? Famoso. La fama tiene un componente, y es que el dios eres tú mismo. Usted lo que quiere es el aplauso y el reconocimiento. ¿Qué tal, hermanos queridos, el ocio? Hay cosas que son sanas; nosotros debemos descansar, es verdad. Pero muchas veces nosotros, por estar detrás del ocio, no congregamos: “No, mira, yo tengo que ver este partido, yo no creo en cuento ni relajo, eso es a las 10:00 de la noche y yo no estoy para nadie”. “Viaje, ¿no vamos para allá?” “No, no me digas nada, me voy”.

Tecnología, ideologías y la idolatría del corazón

¿Y qué tal la tecnología, hermano? La tecnología. En estos días estaba la feria tecnológica de Claro y había un revuelo porque iban a traer una robot que tenía inteligencia artificial, y ahí estaba la gente, vuelta loca y sin idea, detrás de Sofía se llamaba. Dios de la tecnología. Dios de la tecnología.

De manera también más concreta y más estructurada, el pensamiento filosófico, como el materialismo y el naturalismo. Las corrientes políticas, corrientes filosóficas, ideológicas. Hay gente que se involucra tanto en eso que ese es su dios. Y quienes escribieron acerca de esos, los ponen en un pedestal: “No, no, no, mira, ese es el núcleo, la teoría que él está planteando ahí, a ese es que le vamos a caer atrás”.

Ahora, también un movimiento por el medio ambiente excesivo. Es verdad, debemos cuidar el medio ambiente, es cierto que el Señor nos ha conferido la autoridad para preservar esta creación. Pero cuando usted trata de endiosar a la creación por encima del Creador, usted está llegando a un punto de idolatría. Eso se ha convertido en un dios para usted. Y ninguno de ellos da vida eterna, ninguno. El único que da vida eterna es Dios, el único y verdadero Dios, y Jesucristo, a quien ha enviado.

Y como dijo Calvino, hermano, mire, nosotros aún no estamos exentos de eso porque es que nuestro corazón es una fábrica de ídolos. Tumbamos uno y de una vez surge el otro. Pero cuando usted tiene conciencia de quién es el verdadero y único Dios, usted no hace más que decir: “Mira, mi Dios es verdadero, mi Dios es fiel, mi Dios es aquel que es poderoso. Mi Dios es aquel que ha dicho que no me va a desamparar ni me va a dejar. Mi Dios es aquel que es santo, mi Dios es aquel que es perfecto. Mi Dios es aquel que me ha amado tanto yo siendo pecador, que ha extendido su brazo para darme salvación. Ese es mi Dios. Mi Dios está vivo. Mi Dios no es una imagen, mi Dios no es una persona humana. Mi Dios es aquel que me escucha, es aquel que está pendiente de mis necesidades”. Ese es el único, poderoso y verdadero Dios, al cual nuestro Señor Jesucristo se está refiriendo.

Jesucristo, el enviado divino que otorga vida eterna

Entonces, “que conozcan a Jesucristo”. Dice: “Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. Miren qué interesante: mientras estudiaba este pasaje me di cuenta de algo. Esta es la única vez en la cual Jesús se refiere a sí mismo como “Jesucristo”. La única vez. Y recuérdense que “Jesús” es “Dios salva” y “Cristo” es “Mesías ungido”. Es ungido. ¿Y cuál era la función de Jesucristo? Ser el Ungido de Dios que iba a venir a salvarnos. Allí Él está manifestando toda su divinidad. Allí está manifestando todo lo que Él significaba.

¿Ustedes saben por qué? Porque una criatura no puede salvarme. Tiene que ser Dios mismo. Y allí, entonces, cuando Jesús manifiesta “Jesucristo, a quien has enviado”, está diciendo: es el enviado de Dios. Y Él estaba consciente de que el Señor le había conferido ese privilegio, le había conferido esa autoridad para salvar. Y allí manifiesta a cabalidad la plenitud de su deidad, ya que solo Dios otorga vida eterna. Una criatura no puede darnos vida eterna, es Dios mismo. Y allí Él se está identificando como Dios.

En Juan 14:9 recuerdo una pregunta que le hace Felipe al Señor: “Tanto que hablas del Padre, muéstranos al Padre”. Dice: “Ay, Felipe, tanto tiempo que tú has estado con nosotros, y tú dices que te muestre al Padre. El que me ha visto a mí ha visto al Padre, porque yo y el Padre somos uno”.

El apóstol Juan, en su primera carta, capítulo 5, versículo 20, dice:

Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.

— 1 Juan 5:20

¿Qué requiere de nosotros la vida eterna? Requiere que los creyentes estemos en una relación personal de sujeción, de obediencia, de humillación con Dios en Cristo Jesús, confesando nuestros pecados, arrepintiéndonos de ellos y caminando en fe, de acuerdo a lo que nos demanda nuestro Señor Jesucristo.

La vida eterna depende de la gloria de Cristo

Finalmente, me muevo al último punto, y vamos a ver un poco de lo que es que la vida eterna solamente es posible con la gloria de Dios, en los versículos 4 y 5:

Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.

— Juan 17:4-5

Como dice el comentarista Matthew Henry —cito—: “La vida eterna no podía ser dada a los creyentes, a menos que Cristo, su fiador, glorificara al Padre y fuera glorificado por Él. Era imposible, no había forma”. La glorificación del Hijo busca, en efecto, la gloria de su Padre, en el hecho de obrar obedientemente por la redención de la humanidad.

¿Y de qué manera ocurrió esto? Bueno, ¿cómo el Señor Jesucristo glorificaría al Padre, ya que la obra se había cumplido, ya que Él estaba ante la inminente situación de, como Cordero perfecto, entregar su vida para la redención nuestra? ¿De qué manera?

En primer lugar, glorificaría al Padre mostrando su amor compasivo, al morir por nosotros, sufriendo en nuestro lugar, considerándose a sí mismo como maldición por el pecado de la humanidad. Solamente un amor sublime, solamente un amor compasivo, podía hacer eso. Él no tenía que hacerlo, no tenía que hacerlo; pero por amor a nosotros, para que nosotros pudiéramos tener esperanza, para que nosotros pudiéramos descansar en la promesa de la vida eterna, glorificó al Padre mostrando este amor compasivo por la humanidad.

Y evidentemente, hermanos queridos, aquellos que hemos creído debemos tomar muy en cuenta esto y tenerlo siempre, siempre, siempre pendiente en nosotros. Porque yo siempre he dicho que si nosotros podemos comprender la magnitud del amor de nuestro Señor al entregarse en la cruz, es una salvaguarda tremenda para nosotros pecar contra Él. Si Él se entregó derramando su sangre para redimirme a mí, y yo vengo y le pago deshonrándole, yo sería el más vil de todas las criaturas, yo sería el más vil de todos los hombres.

La obra de Cristo: paciencia, poder y victoria total

Entonces, debemos tener en cuenta esto. Lo segundo, hermanos: ¿de qué forma el Señor Jesucristo glorificaría al Padre? Es mostrando su paciencia al beber la copa que se le tenía reservada, voluntariamente y en obediencia. El Señor oró en el huerto para que le fuera quitada la copa, pero en obediencia a Dios dijo: “No se haga como yo quiero, sino como tú”. Ahí voy: trago amargo, pero lo tomó, bebió de allí por amor a nosotros y para glorificar al Señor, a nuestro Padre celestial, por medio de su paciencia.

¿De qué otra forma el Señor Jesucristo glorificaría al Padre? Mostrando su poder al ir a la cruz. Lo que pudo haber sido, humanamente hablando, una gran derrota —“El Hijo de Dios murió”— vino a ser, hermanos queridos, la victoria más gloriosa que ha tenido el Señor en favor de su pueblo. En el Antiguo Testamento, de manera puntual, el Señor salvaba a Israel puntual, de ejércitos, de naciones, de pueblos circundantes, y lo salvaba; gloria sea al Señor. Pero la victoria que ha tenido el pueblo de Dios en la cruz del Calvario es incomparable con eso.

El Señor Jesucristo, al llevar todos nuestros pecados, todas nuestras transgresiones, todas nuestras ofensas al Padre que nosotros habíamos cometido, venció la muerte porque resucitó. Él venció al pecado porque ya el pecado no tiene poder sobre nosotros, y venció al enemigo de nuestras almas, Satanás, allí en la cruz del Calvario. Como decía Génesis 3:15, en el protoevangelio, la simiente de la mujer le pisó la cabeza a la serpiente. ¿Por qué? Porque nuestro Señor murió, pero Él resucitó. Y no obstante que resucitó, fue ascendido con toda la gloria posible y se le dio toda la autoridad, toda, absolutamente toda la autoridad.

A través de esta obra, el Señor nos salvó, nos redimió, nos justificó, perdonó nuestros pecados: victoria total. Antes no hubiera sido posible. Recuérdense que en el Antiguo Testamento, para el perdón de pecados, se tenía que ofrecer un cordero de año en año. Sin embargo, el sacrificio de nuestro Dios fue de una sola vez y para siempre. Gloria sea nuestro Dios.

En concreción, al glorificar al Padre, el Señor Jesús está inmerso en una obra que tiene cuatro eventos, cuatro situaciones: su muerte, su resurrección, su ascensión y su exaltación sobre todas las cosas, como dice Filipenses 2:9-11:

Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

— Filipenses 2:9-11

Exhortación a creer, asegurar el destino eterno

Y más aún, el Señor estaba consciente: “Sí, tendré que atravesar eso, pero yo volveré a tener la gloria que una vez tuve contigo”. Dice en el mismo versículo 5: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. El Señor fue exaltado y volvió a su posición a la diestra de nuestro Padre, con mayor poder, porque se le dio autoridad para que en el día del juicio nosotros seamos juzgados por Jesús.

Si usted ha depositado su fe en el Señor Jesucristo, muy bien; trate de tener una vida consecuente y congruente con lo que el Señor nos ha dejado. Pero si usted todavía no ha puesto su fe en el Señor Jesucristo, este es un buen momento para que lo haga, un buen momento. Recuérdese que esta existencia terrenal es como un pestañear; usted no sabe cuándo cesará su existencia. Compre su póliza de seguro temprano. Compre su póliza de seguro. No se vaya con la incertidumbre de que: “Okey, si muero, el Señor va a salvar a todos”. No. No. El Señor salvará a quienes hayan confiado en Cristo.

Concluyo: la vida eterna no es como una posesión que usted tenga y usted la usa de manera esporádica y puntual. Por ejemplo, usted se compró unos tenis para hacer jogging, y usted se pone sus tenis y hace su jogging, pero usted no anda con los tenis todo el tiempo, no duerme con ellos, no va a todas las actividades con ellos. Solamente usted lo compró, es suyo, el tenis es suyo: usted lo usa y lo pone ahí. La salvación no es así.

La salvación es algo para ser experimentado diariamente. La vida eterna, a pesar de que es una promesa para la eternidad, aquí yo tengo la capacidad, conociendo cada vez más a mi Dios y con la ayuda del Espíritu Santo, de experimentar dicha vida eterna. Y evidentemente, como la vida eterna está basada en el conocimiento de Dios, con mayor razón. Porque ¿qué es lo que yo conozco de Dios al día de hoy? Si mantengo una comunión íntima con Él, yo mañana le conoceré un poco más, y eso yo se lo aseguro. Eso yo se lo aseguro.

El conocimiento de Dios no es un conocimiento estático, de que ya yo lo conocí y se quedó ahí. ¿Por qué? Porque en este mundo caído, nosotros debemos depender de Él para cualquier situación de la cual nosotros no tenemos control. Es algo que no tendremos que esperar para el futuro, sino que de manera constante debemos procurar conocer cada vez más a nuestro Señor, disfrutándonos, deleitándonos en nuestra comunión con Él desde ya. Y por eso es que desde ya la vida eterna es una realidad en el creyente.

Conocer más a Dios y llamado a arrepentimiento

A pesar de lo que conocemos del Señor, usted lo conoce; anhele conocerle más, anhele eso. Mire, cuando usted conoce a alguien y ese alguien le puede ser agradable, usted tiene un amigo que le es cercano, usted pasa mucho tiempo con él, y usted no se queda diciendo: “Bueno, sí, ya yo lo conozco”. No. Si esa persona le es agradable, usted quiere conocerle más, usted quiere conocer otros aspectos de su vida.

Lo mismo pasa con nuestros cónyuges, hermano. Gloria sea al Señor, a los cuales el Señor nos ha dado esposa, y a mis hermanas, esposo. Pero eso debe ser una relación en la cual yo procure conocer más a mi cónyuge, para que eso sea placentero, para que eso sea deleitoso. Entonces, yo en una relación de comunión con mi Señor tengo que procurar conocerle más y más, para que eso sea deleitoso, para que eso sea placentero, para que eso no sea una carga: “Ay, me voy a presentar delante del Señor”. No. Debe ser algo deleitoso: “Me voy a encontrar con mi Señor, yo sé que donde quiera que yo me mueva puedo entrar en comunión con Él, porque le conozco, y esa comunión me permite conocerle cada vez más”.

Hermano, si usted ya conoció al Señor, tiene la vida eterna; trate de conocerle más, que de seguro eso no repercutirá en ningún perjuicio, sino en mucho beneficio para su vida. Ahora, amigo, me dirijo a usted: si usted todavía tiene esa incertidumbre de qué habrá después de la muerte, qué hay después de la existencia terrenal, recuerde que solamente hay dos posibilidades: la vida eterna junto a nuestro Señor y Salvador, y la perdición eterna.

Ahora, hay una buena noticia para usted, amigo, y es que nosotros estuvimos en su lugar. Nosotros fuimos pecadores, y esta gracia ha sido dada, está allí para perdonarnos, y el Señor no guarda para siempre su enojo. Usted, como pecador, el Padre es cierto, está airado con usted, pero en Jesucristo, en Jesucristo, usted tiene la posibilidad de reconciliarse con su Padre celestial. Hágalo. Hágalo ahora, no lo deje para después.

Si usted entiende que el Espíritu Santo le ha guiado, le ha mostrado, le ha inquietado, a través de —puede ser— este sermón, puede ser el testimonio de algún otro hermano, no lo postergue, no lo postergue más, no lo postergue. Él no guarda para siempre su enojo, Él es misericordioso, es lleno de amor, y la prueba de ello es que nos ha dado a su Hijo para que nosotros podamos tener vida eterna a través de Él.

Oro para que esto sea una realidad en el corazón de mis hermanos, en primer lugar tratando de conocer cada vez más a nuestro Señor Jesucristo, y que aquellos que no le han conocido puedan entrar en una relación íntima y vibrante con nuestro Señor y Salvador.

Oración final y despedida

Padre, bendigo y alabo tu nombre. Señor, permite que nosotros podamos elevar nuestros ojos al cielo y anhelar y pedir, reclamarte que nosotros podamos conocerte aún más, Señor, que nosotros podamos conocerte en tu perfección, en la hermosura de tu santidad, en tu justicia; que podamos comprender la plenitud de tu amor, Señor, y que esto nos sirva para que desde ya nosotros podamos disfrutar de una promesa de que estaremos toda la eternidad junto a ti, Señor.

Pero también oro por aquellos que todavía pueda ser que estén un poco dubitativos, que tal vez, Señor, tu Santo Espíritu les haya inquietado. Permite, oh Dios, que de manera definitiva puedan dar el paso para caminar en arrepentimiento y fe hacia nuestro Señor Jesucristo, para que conozcan al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien tú has enviado, y que entonces así puedan tener el don, puedan tener la gracia, puedan tener el privilegio de la vida eterna, Señor. Oro para que estas realidades se cumplan en nuestras vidas.

En Cristo Jesús, Señor nuestro. Amén, amén y amén.

Que nuestros hermanos del ministerio de adoración nos despidan con canciones.

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