Dios les bendiga, hermanos queridos. Los niños pueden ya pasar a su clase bíblica. Vamos a darle ahí un momentito para que ellos puedan acomodarse. Y los más grandecitos acompáñenme en la sagrada escritura. Estemos juntos en el libro de los Hechos en el capítulo 1. Pueden ponerse un momento sobre sus pies para leer la palabra de Dios. Vayamos al libro de Hechos en el capítulo 1 para leer tres versículos de la sagrada escritura.
Le damos nuevamente la bienvenida a quienes nos acompañan hoy y les reiteramos la invitación para que compartan siempre con nosotros. Es un deleite estar juntos exaltando el nombre del Señor con alabanzas y también exponernos a la predicación de su palabra. Es el libro de los Hechos en el capítulo 1.
Leeremos versículos desde el versículo 6 y hasta el versículo 8. Es la última pregunta que le hicieron los apóstoles a su Rey. Dice así la sagrada escritura, libro de los Hechos, capítulo 1, versículos 6, 7 y 8:
Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.
— Hechos 1:6-8
Podemos leer juntos todos el versículo 6, dice así la escritura: “Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” Pueden sentarse, hermanos.
Un Rey ya nacido y un Reino todavía pendiente
Quisiera, con esta pregunta de los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo a su Rey cuando ya estaba presto para ascender hasta el cielo, edificar a la congregación respecto de este Rey que a nosotros nos ha nacido. A modo de introducción, les diré que los primeros discípulos no tenían como práctica habitual recordarse los unos a los otros que su Rey había nacido. Ellos no tenían esta necesidad que parece que sí tenemos nosotros, de decirnos los unos a los otros: “Recuerda que el Rey nació”.
Para ellos este era un hecho irrebatible, un asunto palpable. No había duda alguna en los discípulos de nuestro Señor Jesucristo de que Él era el Rey que había nacido. De hecho, en su corazón ellos no albergaban ninguna duda respecto de esto; su duda estaba en otro sentido. Ellos estaban seguros de que su Rey había nacido y que estaba ante ellos.
A diferencia de nosotros, ellos tuvieron un privilegio único: ellos pudieron tocar a su Rey, ellos pudieron realmente inclinarse físicamente delante de Él diciéndole: “Tú eres más grande que todos nosotros”. Ellos no tenían que recordarse el nacimiento; lo que sí enfatizaban era lo impresionante de este hecho, el hecho de que el Verbo se había hecho carne, y aquello que estaba todavía pendiente: que su Rey volvería y establecería definitivamente su reino, no solamente en su sentido espiritual, sino un reino físico, político, material. Y lo mismo necesitamos nosotros.
Nosotros creemos en la primera venida de Cristo como un hecho irrefutable en la historia, pero necesitamos avivar entre nosotros esta bendita esperanza: que así como vino y fue visto ascender al cielo, un día volverá. Hoy, mientras celebramos que ha nacido el Rey, pongamos nuestra mirada en la consumación de su reino.
Cuando los discípulos tuvieron la oportunidad de hacer una última pregunta, aquello que ellos querían preguntar, la única duda que todavía estaba en su mente, era esta: “Señor, el reino físico que estamos esperando, tu trono físico, ¿habrá de manifestarse delante de todas tus criaturas ahora mismo, o será en el tiempo venidero?” Quisiera pastorear a la iglesia con esta misma pregunta.
Comenzaré explorando la pregunta misma que están haciendo los apóstoles y el momento en que esta pregunta ocurrió. El Señor ya había vivido en medio de ellos por más de tres años. El Señor ya había sido crucificado, había muerto y se había levantado de entre los muertos. En este momento ya no había duda alguna entre ellos de que en Él había poder.
De hecho, dice el versículo 3:
A quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.
— Hechos 1:3
El contexto de esta pregunta es que nuestro Señor ya ha resucitado, está compartiendo ahora durante cuarenta días con sus discípulos acerca del reino de Dios, está ya por ascender al cielo. Sus discípulos, antes de que Él se vaya, le dicen: “Señor, hemos creído que tú eres el Rey, tú eres nuestra esperanza, nosotros somos tus súbditos; lo que queremos saber es: ¿el reino físico será ahora o vendrá después?”
No estamos hablando aquí de los discípulos en su momento anterior, cuando preguntaban del reino con unas expectativas materialistas que recibían la reprensión del Señor. Estamos hablando de discípulos que ya han madurado en su entendimiento acerca de quién es Él, pero que todavía albergan esta duda. Y me gustaría que ustedes se sientan bien teniendo también esta preocupación.
Un anhelo saludable: “Venga tu reino”
A mí me parece que es saludable que el pueblo del Señor no se conforme a que ya esto es todo lo que tenemos. Me parece muy necesario que nosotros también anhelemos profundamente en nuestro corazón aquella que fue la oración que nos enseñó el Señor: “Venga tu reino” y “Hágase tu voluntad”. Y mientras tengamos fuerza y tengamos tiempo, que nos recordemos los unos a los otros que lo que tenemos ahora mismo no es el todo, sino que lo mejor está todavía por delante.
Que celebramos que ha nacido, pero al mismo tiempo esperamos que reine total y definitivamente. Y mientras la iglesia no llegue a anhelar estas cosas como si fuera una necesidad apremiante, creo que todavía hay oportunidad para predicar. Hasta que sinceramente no podamos decirlo desde adentro: “Venga tu reino”, deberíamos seguir trabajando.
Ellos estaban reunidos y la pregunta fue una pregunta grupal. Es evidente ese ámbito, la situación donde hay un grupo de personas que todos tienen la misma duda, pero nadie se atreve a preguntar. Ellos tuvieron tres años para hacer la pregunta, y después de tres años tuvieron cuarenta días para hacer la pregunta. Se está acabando el tiempo y ellos todos tienen la misma pregunta, pero nadie se atreve a hacerla.
A veces uno ha estado en esa situación, donde dentro del corazón hay incertidumbre, pero nosotros no queremos ser el primero que pregunta. Y estando juntos, “entonces los que se habían reunido le preguntaron”, o sea, todos ellos tenían la misma pregunta. A mí me sorprendería que mis hermanos no la tengan también.
De hecho, yo no me engaño a mí mismo; yo no creo que ninguno de ustedes dé por hecho que ya tenemos todo lo que se nos ha prometido. Hay muchas cosas que están pendientes y de esas cosas que están pendientes es que yo hoy he venido a predicarles. Hay cosas que todavía están por delante, y hasta que estas cosas no sean concretas y una realidad, nosotros deberíamos mantener esta inquietud. Deberíamos mantener esta oración, deberíamos mantener este deseo delante del Señor: “Padre, hemos creído en ti, nos sabemos salvos, pero todavía anhelamos que venga tu reino, no solamente el reino espiritual, sino el reino físico. Queremos que tú seas el único y definitivo Rey sobre todas tus criaturas”.
Quizás ellos no preguntaban porque la pregunta podría causar la impresión de que ellos todavía se sentían insatisfechos con la obra de Cristo. Ya el Señor perdonó sus pecados y murió por ellos en una cruz. Sería un exabrupto preguntarle ahora por su reino: “Padre, ya tú diste tu vida por amor, caminaste por mí hacia la cruz, ¿cómo te voy a decir yo ahora que todavía faltan cosas?” Pero, hermano, de hecho faltan cosas, y por muy piadoso que usted sea, yo creo que es sabio mantener en nuestro corazón este anhelo profundo de que faltan cosas.
Podemos decirle al Señor: “Padre, hemos confiado en ti, hemos creído en ti, pero todavía nos faltan cosas, no nos sentimos completos, todavía anhelamos que venga completamente tu reino y que se haga tu voluntad”.
Una ilustración de anhelo y la realidad de lo que falta
Para ilustrar esto, en un momento Carolina y yo fuimos a Pedernales. De camino, nos paramos en este lago que está cerca, la Laguna de Oviedo, y cuando llegamos allá, unos niños del lugar nos dieron un tour interno en esa laguna. Durante cuarenta minutos, ellos, que están acostumbrados a nadar en esas aguas, estuvieron explicándonos las especies del lugar, estuvieron diciéndonos lo que se hace allí, con mucha amabilidad, y no nos pidieron nada a cambio.
Uno se sentía hasta raro con el tour completo que nos dieron. Nos tomamos una foto con ellos, les dimos las gracias, eran dos, y después nos despedimos. Y cuando nos despedimos, uno de ellos comenzó a sentir inquietud. Yo lo escuchaba detrás, decía: “Se están yendo, güey… No le vas a decir nada”. Uno de ellos le decía al otro. Yo estoy escuchando y me hago el desentendido y sigo caminando, y le dice: “Se están yendo, no han dado nada”. Y él mismo dice: “El hombre, el hombre…”. Llega un momento, abre los brazos, así como quien dice: “El hombre… ¿no va a dar algo?”
Hermano, nuestro Señor se está yendo ya. Ya sabemos que Él resucitó, ya sabemos que el Padre le levantó de entre los muertos, pero todavía su reino físicamente no está aquí, y se está yendo. Los apóstoles, entonces, reunidos todos juntos, le preguntaron diciendo: “Señor…”, eso les viene como desde abajo, “¿restaurarás el reino de Israel en este tiempo?” “Padre, nos sabemos satisfechos en ti, nos sabemos perdonados en ti, sabemos que tu obra fue a favor de nosotros, pero todavía hay algo que nos falta. Nos sentimos agradecidos, Señor, pero todavía hay algo que nos falta”.
Hermano, esta pregunta evidencia que aun en su momento de madurez, los apóstoles seguían esperando un reino físico. Ellos sabían que todavía, en lo político, eran esclavos de Roma. Ellos sabían que aunque en lo espiritual eran libres y sus pecados habían sido perdonados, todavía se enfermaban, todavía tenían deudas, todavía tenía aflicción su corazón. Ellos sabían que todo lo que el Padre había prometido, como el Padre es veraz, todo debía ser cumplido, pero les faltaban cosas.
“Señor, te estás yendo, ¿y qué va a pasar?” Al igual que nosotros, ellos luchaban también con su situación de opresión, con sus expectativas frustradas. Ellos estaban esperando pacientemente la consumación de los planes de Dios. En este momento no están demandando, están preguntando.
Yo creo que es sabio que un creyente vaya a la presencia del Señor y le pregunte, y le diga: “Señor, tú perdonaste mis pecados, tú me salvaste, tú moriste por mí, pero me faltan cosas. No tomes esta oración, Señor, como un asunto de una actitud de mal agradecimiento, pero Señor, todavía hay partes en mí que no están saciadas. Todavía en mí hay hambre, hay sed de justicia; todavía en mí, Señor, hay deseos que no han sido llenos. Yo sé que así como el Padre que te dio a ti por nosotros nos dará contigo también todas las cosas. Lo que me están faltando son las otras cosas. Yo sé que hay que buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, y las demás cosas os serán añadidas. Señor, lo que estoy esperando son las añadiduras”.
Lo que le estoy enseñando a mi iglesia en este momento es que, mientras nos sentimos satisfechos en Cristo, al mismo tiempo deberíamos seguir preguntando en Cristo por las otras cosas. Que Dios no se ofende cuando uno dice: “Señor, ¿restaurarás el reino en este tiempo?” Que hay lugar para el desahogo y el ruego cuando son desahogos y ruegos piadosos.
Que, como el salmista en el Salmo 94 decía: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?”, nosotros también deberíamos y podemos decirlo. Que, como en Apocalipsis 6, aquellos que estaban esperando la consumación de todas las cosas clamaban al Señor, nosotros podemos también rogarle al Señor: “Señor, haznos justicia”. Que, de hecho, no desear y no rogar esas cosas sería una mala señal.
Contentamiento en Cristo y expectativas de Reino
Cuando un creyente me dice a mí que él está del todo satisfecho, y poéticamente me dice que no le hace falta nada, yo podría entenderlo en su intención, pero yo digo: “Hermano, te entiendo… ¿y las añadiduras? ¿Y las otras cosas?” Es más, podemos afirmar que en Cristo ya tenemos la cosa más importante, pero al mismo tiempo decir que hay otras cosas que también las tendremos en Él.
Estamos esperando un reino físico permanente. Estamos esperando un escenario donde la carencia ya no será realidad. Estamos esperando aquel momento descrito por el profeta Isaías, donde él dice que hasta los animales se van a reconciliar y que el niño jugará con la serpiente, y que los instrumentos bélicos y de guerra se convertirán en herramientas agrícolas porque ya no habrá necesidad de luchar y de pelear. Y mientras tanto, en esta tierra haya guerra, podemos decir: “Señor, ¿hasta cuándo? ¿Restaurarás tu reino en este tiempo?”
Yo quisiera pastorear una congregación que no está conforme con la situación de las cosas, sino una congregación que se sienta satisfecha en Cristo y se mantiene expectante en Cristo. Y ambas cosas son correctas: mientras decimos con una mano que el Señor es todo para nosotros, decimos con la otra que todavía el Todo de nosotros tiene más que puede darnos. En Él hay más satisfacción, en Él hay más paz, en Él todavía hay más dominio. “Señor, ¿hasta cuándo?”
Muchos creyentes luchan en silencio con estas mismas cosas. Quizás, como los apóstoles, no se atreven a preguntarlas, pero yo sé que en tu corazón quizá, sin manifestarlo, tú dices: “Realmente yo amo a Cristo, pero las enfermedades siguen siendo una dolorosa realidad. Señor, ¿hasta cuándo?”
“Padre, te amo profundamente en mi corazón, pero mi cuerpo, en mi enfermedad, anuncia que todavía faltan expresiones de tu reino. Señor, ¿hasta cuándo?” Podemos decir que estamos espiritualmente saciados y satisfechos, pero que las limitaciones materiales y físicas siguen siendo una constante. Podemos decir que estamos en la verdad, pero que todavía tenemos muchos retos en el matrimonio, en el sustento, en las expectativas.
No es algo pecaminoso tener expectativas de bienestar material, salud y paz. Lo que deberíamos evitar es que ellas nos dominen, y para evitarlo, el mejor camino no es anularlas, sino canalizarlas correctamente en un ardiente anhelo por la llegada de su reino.
Hermano, si acaso le falta a usted en este momento salud, si le falta paz en algún área de su vida, si todavía hay expectativas insatisfechas, usted, como yo, debería estar orando al Señor: “Que venga tu reino, Señor, que venga tu reino, que se consuma, que sean consumadas todas las cosas”. “Señor, nos gozamos con tu primera venida, pero anhelamos profundamente la segunda, no nos damos por satisfechos, Señor. Entendemos que hay más de ti todavía que podemos tener”.
Afirmar que no deseamos nada generalmente sería mentir. Es que yo sé, hermanos, somos muy prudentes, y quizá tú dices: “Sería más exabrupto yo decirle al Señor que me falta algo”. Sí: Él sabe que te falta algo todavía y Él quiere darte eso que todavía te falta. “Estoy bien, bendecido, prosperado y en victoria…” No es verdad. Estás triste, desesperado y quizá estás por jalarte los moños, pero no lo dices.
“¿Y qué hago? ¿Me desespero?” No: ora, “Que venga tu reino y que se haga tu voluntad”. “¿Y qué hago si no puedo resolver?” Clama al Señor y dile: “Señor, anhelo que venga tu reino. ¿Restaurarás el reino de Israel en este tiempo? Porque todavía siento que la bota de mi opresor la siento sobre el cuello. Señor, ¿bajarás el pie del reino en este tiempo?”
Israel, las profecías y el Reino físico esperado
Recuerden que estas personas estaban todos ellos por dar su vida por la causa de Cristo. De hecho, el Señor les dijo a ellos que en el mundo tendrían aflicción. No eran personas que estaban cómodas; eran personas que en los próximos diez años quizá todos ellos iban a vivir el martirio. Y ellos, que están por dar su vida por la causa de Cristo, no se sienten conformes con eso y dicen: “Señor, estamos listos; cuando haya que morir, morimos”. No. Lo que dicen es: “¿Restaurarás tu reino en este tiempo? Por favor, hermano, no se sienta usted más piadoso que los apóstoles”.
A veces yo tengo la preocupación de que pastoreo una iglesia que parece que no sufre. Tú le preguntas a los hermanos: “Hermano, ¿cómo estás?” “Perfecto, hermano, en bendición, estamos en victoria”. No, no, no. A veces estás en desesperación, pero no te atreves a verbalizarlo.
Hermano, lo que quiero llevarte no es al desconsuelo; lo que quiero llevarte es a un ruego piadoso donde mantengas en tu corazón una expectativa de que venga tu reino y se haga tu voluntad. “¿Lo restaurarás en este tiempo, Señor? Porque sería muy bueno…” “No, pero ve al martirio, que te apedreen por mi causa”. “No, no, Señor, sería muy bueno si lo restauraras en este tiempo. De hecho, si lo haces ahora, Señor, ¿no sería maravilloso? Me quitaría mucha presión del corazón, me quitaría mucho sobresalto”.
Este autoengaño de que todo está bien, de que no nos falta nada, puede causar una impresión negativa de nuestra fe. Hay mucha gente que piensa que el cristianismo es un conformismo, que el cristianismo es una religión indiferente, que los cristianos somos gente fría. Porque en la casa se está sintiendo el agua hasta arriba y tú dices que todo está bien. No, espérate.
En mi corazón, con relación a mis pecados, todo está bien, pero ¡guau!, qué bueno sería si el Señor mandara una brisita en este asunto. Como cristianos a veces podemos causar la impresión de ser gente indiferente, como que no nos preocupan los problemas del mundo: “No, hay mucha violencia”. “Sí, eso es normal”. No, no es normal. “Que venga su reino y que se haga su voluntad”. “No, la enfermedad, eso son cosas comunes”. No. Nosotros no fuimos diseñados para estar enfermando. El problema con nosotros, con la enfermedad, es que la enfermedad es algo nuevo en esta creación que llegó a causa del pecado, y el Señor ya perdonó nuestro pecado, pero nos deja todavía la enfermedad. ¡Qué cosa! “Que venga tu reino, Señor. ¿Lo vas a restaurar ahora mismo?” “Ay, Señor, restáuralo”.
Hermanos, si como iglesia no mantenemos este deseo de que todas las cosas sean restauradas, no hemos logrado todavía el propósito del Señor. ¿Cuál es la diferencia entre conformismo y contentamiento? Que el contentamiento cristiano tiene su origen en la ayuda del Espíritu Santo y nuestro arraigo en las firmes promesas de Dios. ¿Cómo tú sabes que estás contentado? Porque eso no era natural en ti. Sabes que has alcanzado contentamiento porque el Espíritu Santo te ayudó y las promesas del Señor te han pastoreado.
Lo otro no es contentamiento, es un conformismo que es primo hermano de la desesperanza. Esa gente que está dizque conforme es la misma persona que mañana está por apostatar de la fe. Un creyente sabio dice: “Señor, estoy en ti contentado, pero la aflicción todavía es real, y convivo con ella a causa de las promesas tuyas que están por delante”.
¿Cuál era el reino por el cual ellos estaban preguntando? Dicen ellos: “El reino de Israel”. Miren, las promesas del Antiguo Testamento están ahí. Las promesas dicen que Israel, como nación, será restaurada, y que el reino le será devuelto, y que el Señor se sentará en el trono de David, y que pondrá su pie en el monte santo. Y todas esas cosas nosotros creemos que son reales.
Como iglesia, nosotros no somos un paréntesis en los planes de Dios; somos una rama injertada en el buen olivo que es Israel, según dice Romanos 11:23-25. No tenemos que habitar exagerando el lugar de Israel como nación, pero tampoco disminuyamos su lugar como instrumento escogido de Dios. Le dijeron a Abraham: “En ti serán benditas todas las familias, todas las naciones de la tierra”.
Profecías del Reino y la esperanza bendita
Tampoco deberíamos espiritualizar las promesas de Israel, hermanos. Se van a cumplir porque Dios no miente. Si ustedes buscan la escritura, textos, por ejemplo, como el libro de Zacarías en el capítulo 9, versículos 9 y 10, hablan del reino. En el 9 dice: “He aquí, viene tu rey humilde, subido sobre un asno”, pero el 10 habla de la consumación física del estado de Israel. Y la gente lee el 9 y se da por satisfecha, ¿y el 10 qué hacemos con él?, porque está ahí.
De hecho, los evangelistas se cuidaron cuando citaron ese texto, porque no citaron los dos versículos, sino solamente la primera parte, y la citaron parcialmente. Pues en la mente de los evangelistas, la primera venida de Cristo había sido el cumplimiento parcial de esa profecía, pero había cosas que estaban por delante. Y esa es la razón por la cual ahora los apóstoles preguntan: “¿Restaurarás el reino de Israel en este tiempo?” Porque ellos saben lo que dijo la profecía: que tú ibas a venir de manera humilde, pero después ibas a destruir a todos nuestros enemigos. “¿Lo harás en este tiempo?”
Profecías como la profecía de Simeón, ¿recuerdan aquel hombre anciano que cargó al niño en el templo? Hermano, lo que dijo Simeón acerca del Señor pareciera una contradicción: llamó a Jesús “gloria de tu pueblo Israel”. En este momento Jesús no parece ser la gloria de su pueblo Israel, sino su perdición. Pero nosotros entendemos que en un momento el Señor vendrá, y así como fue rechazado la primera vez, en ese momento será recibido en gloria, con todo su estruendo, con todo su poder, y realmente el conocimiento del Señor llenará toda la tierra como las aguas cubren la mar.
Y usted me dirá: “Pastor, ya hemos predicado mucho; eso sucedió”. No. Todavía eso no ha sucedido. Todavía hace falta agua, todavía hace falta que parte de esta tierra conozca el precioso nombre de nuestro Señor. Me voy a mover al versículo 7 y al 8, pero les diré que todas las presentaciones de este reino en la escritura son físicas, vívidas y muy concretas.
Siempre que se habló del reino no era un asunto espiritualizado, como que esto es un ambiente de paz. No. Se decía… El Señor habló del reino como si fuera una mansión, una casa grande. Él dijo: “Yo iré a preparar lugar para ustedes; en la casa de mi Padre muchas moradas hay. Si así no fuera, yo no se lo hubiera dicho”. Él habló como de un estado de paz general. Él habló como de una ciudad hermosa, de calles de oro y mar de cristal, que descendería desde el cielo. Y usted dice: “¿Y eso existe ahora mismo?” No. Todavía no existe, pero lo estamos esperando.
De hecho, en la carta a Tito, Pablo le llama a esto “nuestra bendita esperanza”. ¿Cómo puede un creyente vivir en esta tierra? Nosotros vivimos en la tierra a la luz de que tenemos firmes y preciosas promesas que están por delante, y cuando la aflicción arrecia, nosotros decimos: “Tenemos firmes y preciosas promesas; lo que el Señor prometió se cumplirá”.
Se habla, hermanos, como de una ciudad deseada, una ciudad donde anhelamos vivir. Ese reino… “¿Restaurarás el reino de Israel en este tiempo?” Y el Señor va ahora a responder su pregunta. He estado primero hablando de la pregunta misma; déjenme decirles ahora cuál fue la respuesta que recibieron del Señor.
“Y les dijo”, versículo siguiente. ¡Guau, hermano!, una imagen de que el Señor hubiese dicho en ese momento: “Pasado mañana lo restauro”, ¡eso sería una fiesta! Anhelemos en el corazón, hermanos, como si quizá pasado mañana el Señor pudiera restaurar todo el reino; anhelemos eso. Pero Él les dijo, versículo 7: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad”.
Guau, hermano, eso parece un balde de agua fría. Sin embargo, en la respuesta también hay asuntos muy positivos. Por ejemplo, el Señor no dijo que no lo iba a restaurar; lo que Él está diciendo es que no sabemos cuándo. Pero Él no dijo en este momento: “Dejen de esperar eso, que eso no viene”. No. Lo que Él está diciendo es: “No les toca a ustedes saber cuándo”, pero la respuesta infiere que viene.
Por favor, hermano, toma esa respuesta del mismo modo: tómala con la humildad de que nosotros no sabemos cuándo, pero al mismo tiempo con el asunto positivo de que eso está en camino. Lo que no sabemos es cuándo.
No los reprendió por anhelar la restauración del reino. El Señor no les dijo: “Dejen de estar preguntando por eso, miren lo que yo he hecho”. No, hermano. Me llama la atención que Él empatiza con nosotros. Espérese: nosotros servimos a un Dios que se encarnó, se hizo hombre y padeció todas nuestras aflicciones, de forma tal que puede compadecerse de nosotros.
Cuando ellos le están diciendo al Señor: “Señor, ¿vas a restaurar el reino en este tiempo?”, el Señor no se ofendió. Yo me imagino que el Señor se sintió bien. Él dijo: “¡Wow!, ustedes están esperando mi reinado, me están anhelando como Rey, realmente todavía quieren que venga mi reino”. “Sí, Señor, queremos que venga tu reino”.
El “no saber cuándo” y el poder del Espíritu Santo
Iglesia, el Señor no se ofende cuando nosotros anhelamos aquello que ya el Señor quiere darnos. De hecho, el Señor se goza de que nosotros, en este tiempo, todavía podamos decir, a miles de años de distancia: “Señor, todavía decimos: ‘Venga tu reino y hágase tu voluntad’”.
La pregunta no ofende; lo que Él está diciendo es: “Tranquilos, que a ustedes no se les va a decir cuándo”. Él no dijo que no venía; lo que dijo es que no sabemos cuándo. Él no la reprendió, Él no corrigió sus expectativas. Este era un buen momento para decirles: “Miren, eso que dijeron los profetas ya se cumplió completamente, era un asunto espiritual”. No. Él no los corrigió.
De hecho, al no corregirlos, los confirmó: “Sí, lo voy a restaurar; lo que no les sé decir es cuándo”. Hay una fecha, hermano. A mí me estimula mucho saber que hay una fecha que yo la desconozco, pero el Señor la tiene en su potestad. Genera mucha incertidumbre cuando tú no sabes si algo es concreto; pero esto está en firme, hermano, eso está en firme, eso es seguro: el reino viene, lo que no sabemos es cuándo.
Quisiera mostrar a la iglesia que preguntar mucho sobre estas cosas, de hecho, es un rasgo de madurez. A mí me preocupa más el creyente a quien no le importa que venga su reino. Cuando un hermano me dice: “Mira, yo estoy tan bien en esta tierra que yo no estoy anhelando la segunda venida de Cristo”, yo me preocuparía. “Yo me siento tan satisfecho en este momento que se pueden quedar las cosas como están y estamos bien”. Yo les diría: “Lo perdimos”.
Si tú te dices: “Estoy pago y satisfecho”, si ya tú no esperas a Cristo, entonces ¿para qué sirve el evangelio? Nosotros creemos que Cristo, así como se fue, así mismo volverá, y esa expectativa, hermanos, es la que nos acompaña. Se nos ha dado la revelación del reino venidero, no así el tiempo preciso de su consumación. Y esto es una oportunidad para ejercitar la fe.
Dice Hebreos 11:1:
Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.
— Hebreos 11:1
“Yo tengo fe, pero no tengo certeza en nada, yo no estoy esperando nada”. Perdiste la fe. Un creyente tiene esta fe, hermano: que el Señor, así como se fue, volverá, y que todas sus promesas son ciertas en Él; todas sus promesas son el “sí” y el “amén”.
Terminaré poniendo el versículo 8. Pero, respecto al versículo 7, quiero mostrarle a la iglesia cómo avivar la esperanza bienaventurada. Tú quizás puedes decir: “Pastor, la verdad es que ya yo no lo estaba ni esperando, ya yo había dado por hecho que mi vida solamente es esto, que si algo no lo tuve ahora nunca lo tendré”. ¿Cómo yo puedo avivar la bendita esperanza? ¿Cómo yo puedo trabajar con mi corazón para que realmente pueda decir con sinceridad: “Venga tu reino”?
Es toda una práctica cristiana, hermano, una disciplina espiritual el mantener nuestro estado expectante ante la segunda venida de Cristo. ¿Cómo podemos lograrlo? ¿Cómo yo puedo trabajar con mi corazón para que mi corazón diga, sinceramente: “Yo anhelo la segunda venida de Cristo, anhelo su reino físico”?
Lo primero que puedo recomendarte es que asumas cualquier deleite presente como una pequeña, muy pequeña muestra de lo que está por venir. Si hay algo que a ti, al día de hoy, te satisface mucho, dite lo siguiente: “Eso a mí me satisface, pero por delante hay algo que me satisfará aún más. Es todavía más grande lo que está por delante que lo que he recibido”.
En este mundo de injusticia, de pecado, de maldad, después de Génesis 3, cualquier gozo que tenemos aquí es muy pequeño con relación a lo que Dios diseñó para nosotros. Una manera de preparar nuestro corazón es decir: “No, esto a mí me gusta, pero yo sé que en este momento he perdido la capacidad de disfrutarlo plenamente. Esto mismo ha sido limitado porque estoy esperando un deleite, algo que es mucho más grande, algo que es mucho más satisfactorio, algo que me da una satisfacción mucho más profunda y permanente. Todavía no lo he probado, pero a la luz de la promesa del Señor yo sé que eso está firme y que viene en camino”.
Eso a mí me gusta, pero lo que viene en camino me gusta aún más. Es comenzar a desearlo, es comenzar a anhelarlo. Mira cualquier deleite presente como una pequeña muestra de algo que está por delante, un reflejo de algo mucho más grande que el Señor tiene reservado: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón de hombre…”
“Que venga tu reino, porque yo quiero de esa, Señor”.
El deterioro de esta vida y la ocupación como testigos
Agarra las cosas más comunes, como un plato de comida que a ti te guste mucho. Cuando tú pruebas eso y te deleitas el paladar —hay comidas como que explotan el paladar—, tú dices: “Por ahí viene una ciudad que va a descender del cielo, y yo sé que lo que ahí crezca va a ser aún más satisfactorio. Yo sé que mi paladar, con un cuerpo glorificado, será aún más expresivo. Yo sé que todavía no he comido las cosas tan sabrosas como algún día podré comerlas. Si algo al día de hoy te gusta, el Señor tiene guardado algo que te gustará todavía más”.
Una manera de preparar tu corazón: acepta que muchos de tus sueños y anhelos temporales no serán cumplidos en este tiempo, pero que el Señor sabrá cómo sostenerte y que eventualmente te dará todavía más. Hay cosas que, por mucho que tú las desees en tu corazón, no te las van a dar. En nuestra existencia temporal, hermano, en este pestañear que nosotros le llamamos “vida”, hay cosas que, por mucho que tú las desees, nunca van a ser posible. Y llegará un momento en la vida que tú dices: “Guau, pasó el tiempo y eso no va a ser posible”. Eso te va a llenar de frustración. Entonces tú dices: “Señor, que venga tu reino, porque en esta existencia temporal corta, efímera, no lo logré, pero el reino del Señor eterno está por delante, y si en eso yo puse mis esperanzas ahora mismo y no me lo diste, yo creo que en la eternidad me tienes guardadas cosas aún más grandes”.
Hermano, hagamos las paces: muchos de nuestros sueños no se van a cumplir. Cuánta gente se entretiene con sueños que son ilusorios. Hay sueños nuestros que ya se vencieron, cosas que ya se les fue el tiempo. La gente te dirá: “No, no pierdas tus sueños”. Ajusta las expectativas diciendo: “El reino está por delante, y si eso ahora mismo no se cumplió, del otro lado hay mucho más”.
De hecho, la gente, cuando pasa de cierta edad, comienza a desesperarse con sus sueños y dice: “Guau, ya voy envejeciendo, ya se me pasa la edad y nunca logré eso”. No, no lo lograste. “Que venga tu reino, Señor”. Quizá lo que no logramos ahora lo logremos después; lo que el Señor no te ha dado ahora quizá te lo dará después y te dará todavía más.
Acepta que muchos de tus sueños no se cumplirán. Utiliza la tendencia actual al deterioro de todas las cosas en esta dispensación como una invitación a buscar hacer tesoros en el cielo, lugar donde las cosas no se corrompen. En esta tierra, todo lo que tú tienes va bajando, desbaratándose. Es la vanidad que dice el libro de Eclesiastés: tú tienes hoy algo y eso va como deteriorando, y pronto se te desbarata en las manos. Tú dices: “Guau, lo que antes tenía, que era tan valioso, ya no se ve tan valioso como antes”.
Todo en esta tierra va perdiendo su brillo, todo va perdiendo su esencia; hay una entropía aquí: todo tiende a la maldad. Las cosas más buenas y deleitosas, de año a año, se van depreciando a un punto tal, hermano, que eso podemos mandarlo por caja chica: “Eso no sirve ya, reemplácenlo”. La depreciación acumulada que tienen las cosas en esta creación, hermano, eso no se soporta.
Tú tienes bienes hoy; ¿cuánta gente se ha deleitado diciendo: “Tengo una casa”? Pasaron cinco años y ya la casa no se ve tan bien como se veía antes; y lo que antes era una alegría llegar a ella, ahora se vuelve un hartazgo: “Yo no quiero ni ir a la casa, se me está desbaratando encima”. Eso es esta creación. Y lo cual puesto que tenemos encima, hermanos: las fotos nos dicen que esto no es igual. Y tú dices: “Guau, yo me veía así antes; si lo hubiera sabido…”.
“Que venga tu reino, Señor”. La foto debería decir: “Que venga tu reino, Señor, que venga tu reino: un cuerpo glorificado, un momento donde ya no hay más de esto”. Las mismas relaciones se deterioran; lo que hoy da alegría mañana da tristeza. Utiliza la tendencia al deterioro en esta dispensación como una invitación a orar conmigo: “Que venga tu reino y que se haga tu voluntad”.
Terminaré mostrando el versículo 8 y cómo el Señor reenfoca la atención de los apóstoles. Dice el Señor —ahí hay un “pero” positivo, hermano—. Qué hermoso es el Señor, que Él no solamente dice “no”, sino que el “no” también como que dura un poco la píldora. Dice: “No, no van a saber cuándo”, pero ese “pero” es positivo. Cuando te han dicho algo bueno y después hay un “pero”, tú te preocupas; pero si te dicen algo malo y después hay un “pero”, ese “pero” es positivo. El “pero” del versículo 8 es bueno.
El Señor les está diciendo: “No, no les vamos a decir cuándo el reino viene; tú no sabes cuándo, vas a tener que seguir sufriendo, vas a tener que soportar a Roma, vas a tener que soportar el martirio, vas a tener que soportar esta creación que se va deteriorando”. Sin embargo, en el versículo 8 hay un “pero”, pero ese “pero”, hermano, ahí es muy positivo. Dice: “Pero…”
El Espíritu Santo: poder para esperar y para testificar
Hay muchas manos que leen el versículo 8 y no entienden que es la respuesta a una expectativa que está en el versículo 6 y 7. Hermano, hablan del versículo 8 como que eso es una isla. Eso no es una isla; ahí se está hablando de la expectativa que ellos tenían en el 6 y en el 7. Recuerda: en el 6 y el 7 ellos están esperando que venga un reino físico, que venga un reino donde ellos ya no van a ser maltratados, donde venga un reino donde ya va a haber justicia. Y el Señor les dice ahora, en el versículo 8: “Pero recibiréis poder…” ¿Y para qué?
“Yo quiero poder, poder para soportar esto”, hermano. “Esto se volvió insoportable”. Pero el Señor dice: “Pero recibiréis poder”. Espérense: “Yo sé que ustedes están apretaditos, yo sé que el agua ya les llegó al cuello y va subiendo, ya les está alcanzando la nariz, pero recibiréis poder”. Le está diciendo el Señor, hermano: el Espíritu Santo no es un accesorio; el Espíritu Santo es un asunto imprescindible para poder vivir vidas dignas como cristianos en esta tierra. Sin el Espíritu Santo, nos jalamos los moños, hermanos.
Si el Espíritu Santo no nos socorriera, si el Espíritu Santo no nos consolara, si el Espíritu Santo no nos ayudara, la existencia en esta tierra, sin el reino físico del Señor, sería insoportable. Él está diciendo: “Yo sé que ustedes están desesperados; no les vamos a decir cuándo viene el reino, pero recibiréis poder”. ¿Poder para qué? Primero, para soportar este asunto.
Hermano, tú me vas a decir: “Pastor, se me está desbaratando la vida”. Sí, pero ahí está el Espíritu Santo. Hermano, yo no puedo decirte cuándo viene el reino, pero puedo decirte que el Espíritu Santo ya llegó, que el Espíritu Santo ya está con nosotros. Que, verdad que entonces, mira, la vida es dura.
Mientras yo tengo ya doce años en el ministerio pastoral, y ya mientras más pasan los años, hermano, más yo puedo ver las interioridades del dolor humano, y la conclusión a la que yo he podido llegar es que nuestra vida en esta tierra es dura, desesperante. Y yo no quiero decirle a nadie que eso no es así. La gente viene a mí y me dice: “Pastor, no soporto mi problema”. Yo le digo: “Hermano, yo te entiendo; roguemos y digámoslo como el salmista: ‘¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?’ Y al mismo tiempo llenémonos del Espíritu Santo para que sea posible, porque sabemos que es difícil, hermano”.
La enfermedad está ahí, los problemas están ahí, las crisis están ahí, las expectativas irrealizadas están ahí, “pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo”.
El Señor está diciendo: “Eh, yo sé que todavía yo no estoy reinando físicamente, pero el Espíritu Santo ya yo se lo voy a dar”. “Pero recibiréis poder”, dice el Señor. Miren, el Espíritu Santo es la garantía del reino, en primer lugar. Dice, asimismo, 2 Corintios 1:22, que el Espíritu Santo es las arras de nuestra promesa. En la antigüedad, cuando alguien hacía un negocio importante, daba algo de valor, y para que tú sepas que eso está firme te daba una garantía. Y la garantía que el Señor nos ha dado de que el reino viene, de que se va a hacer tarde o temprano en esta tierra su voluntad, es que nos dio el Espíritu Santo.
¿Cómo sabemos que el reino viene? Porque ya el Espíritu Santo está aquí. ¿Cómo tenemos la seguridad de que el Señor vendrá a reinar sobre todos nosotros y que todas sus promesas serán ciertas? Porque nos dio el Espíritu Santo, nos dio las arras de la promesa: un avance, hermano, una garantía.
En la antigüedad, cuando alguien hacía un negocio importante, daba una prenda, se hacía un compromiso público con una ceremonia, para que si tú no correspondías con el compromiso que asumiste te sintieras avergonzado. Un ser querido… ¿recuerdan cuando José estaba en Egipto, que sus hermanos dijeron: “Déjame ir donde nuestro padre”? Él dijo: “Sí, déjenme el hermano aquí y vayan donde él”. El hermano quedaba en garantía.
Si el Señor quiso garantizar que su reino viene, hermano, nos dio la tercera persona de la Trinidad y nos la mandó. El reino viene, y para que sepan que el reino viene, aquí está el Espíritu Santo. “Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo”.
Doble utilidad del Espíritu Santo: primero, nos da el poder para esperar con paciencia. Miren, en la adversidad todo el mundo busca una manera de paliar la crisis. En la guerra, por ejemplo, el relato que tenemos de la guerra es que las personas que habían perdido toda su esperanza… Cuando le preguntan a un soldado que regresa de la guerra: “¿Cómo pudiste soportar el campo de batalla?”, él dice: “Yo tenía, en mi bolsillo, en mi cartera, una foto de mi esposa, y cuando veía la guerra, entonces miraba la fotografía”. Esa era, hermanos, su confianza.
Lo que nosotros tenemos es el Espíritu Santo, y cuando la cosa se vuelve complicada, tú dices: “Espíritu Santo, por favor, abrázame, dame testimonio de que soy tuyo, dame testimonio de que las cosas pueden cambiar, de que lo que tenemos ahora mismo no es el todo. Dame testimonio de que viene el reino”.
Jesús Santo, confirma en mi corazón que la promesa del Padre es real; así como en el campo de batalla el soldado sacaba la cartera y miraba la foto de su esposa y se sentía y decía: “Vamos a pelear, que hay algo por delante”, a veces, hermano, a nosotros se nos acaba el combustible, y miramos de nuevo al Señor y decimos: “Señor, que tu Espíritu dé testimonio en mi corazón de que viene tu reino. Señor, he dejado de anhelar las promesas, me he frustrado con la situación presente. Que venga tu reino, que tu Espíritu Santo me ayude”.
En el Holocausto judío le preguntaban a aquellos que soportaron el Holocausto, donde murieron millones de personas: “¿Cómo ustedes soportaron?” Ellos decían: “Porque teníamos la expectativa de que nos podían rescatar”. A veces las cosas se nos ponen difíciles, hermano, la piña se pone agria, pero decimos: “Señor, que venga tu reino, y que el Espíritu Santo lo confirme, que dé testimonio en mi corazón, de forma tal que yo no pierda la esperanza. Señor, que el Espíritu Santo dé este testimonio en mi corazón de que seremos rescatados”.
Hay otros que imaginan cómo serían las cosas cuando termine la adversidad; a eso la gente le llama “visión”. Cuántos son los relatos que hay de empresarios que tuvieron que capear el temporal, y les preguntan: “¿Qué pudo usted soportar?” Estuve leyendo parte de la biografía del fundador de Nike, por ejemplo, y él decía que en los momentos difíciles de su empresa, él entendía que cuando su empresa alcanzara la visión las cosas eran diferentes, y en medio de la adversidad él imaginaba el futuro que podía tener su empresa, y eso le ayudó a llegar hasta el final.
¿Qué podemos hacer como cristianos, hermano? Imaginemos un lugar donde podamos transitar por las calles con seguridad; imaginemos un lugar donde no habrá pobreza; imaginemos un momento donde ya no habrá enfermedad; imaginemos el momento donde realmente podrá haber paz entre todas las naciones. Visualicemos eso.
Testigos ocupados mientras esperamos el Reino
De lo último que les dijo: primero, “recibiréis poder cuando haya venido el Espíritu Santo”; “no les vamos a decir cuándo”, pero no se van a morir en la víspera porque les daré el Espíritu Santo. Y después dice: “Y me seréis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra”. El tiempo que ustedes van a estar en esta tierra no es un tiempo de ocio, no es un tiempo de desesperanza; ustedes se van a ocupar haciendo algo a favor mío. Lo que van a estar haciendo es siendo mis testigos.
Este trabajo debe ocupar nuestra atención en este tiempo, no estemos “emocionando” la sociedad. El ocio es un asunto perverso. “Mi sueño no se está cumpliendo…” Ocúpate en ser un testigo de Cristo en este tiempo. Mientras más ocupado tú te encuentres, más soportable será este paréntesis: un reino que no es el nuestro, un mundo que no nos ama. “Estamos cansados…” Ocúpate.
Él les está diciendo dos cosas: “Recibiréis poder”, y después: “Me seréis testigos”. Bueno, cuando uno se llena del poder del Espíritu Santo, y cuando uno se ocupa de ser un testigo de Cristo, nuestra existencia en este tiempo se vuelve más llevadera. El ser testigo le da a nuestra existencia temporal un sentido de propósito y de utilidad.
Nosotros somos embajadores. Hay embajadores que están en naciones que son peores que la suya, pero no están ahí solamente estando: están siendo embajadores. Y ser embajador en una nación peor que la tuya es un asunto más satisfactorio: tú dices: “Ok, quizá esta no es un país del primer mundo, pero yo no estoy aquí en una situación cualquiera, yo estoy aquí en misión; yo soy embajador”.
Hermano, cuando las cosas se pongan difíciles en esta tierra, recuerde que usted es un embajador de Jesucristo, y que no estamos aquí de brazos cruzados esperando que venga su reino; estamos aquí trabajando para representar a Cristo, y en lo que viene, su reino. Es distinto. No es lo mismo estar aquí de brazos cruzados esperando la consumación de todas las cosas que estar aquí representando a Cristo dignamente, anunciando que vendrá un reino y que vendrá un Rey.
Mientras más tiempo invertimos siendo testigos, menos ansiedad generamos por la segunda venida. Nos sentimos útiles, ocupados; nuestro tránsito en esta tierra, en medio de un reino que no es el nuestro, tiene sentido, utilidad y propósito. ¡Que venga su reino y que se haga su voluntad!
Oro por la congregación para que el Señor que nació en Navidad sea el mismo que reine sobre todos nosotros. Gracias, Padre, por tantas cosas preciosas que nos has dado en este tiempo. Anhelamos, Señor, que venga tu reino, deseamos que tus promesas sean todas concretadas. Padre, anhelamos que tú reines físicamente sobre nosotros, ya que estás reinando en nuestro corazón. Es tan bueno, Señor, pero queremos que definitivamente tu trono sea visible, Señor.
Padre, te pido por mis hermanos que en esta temporada están sufriendo especialmente. Mira a aquellos que tienen aflicción en sus cuerpos. Mira a aquellos que tienen aflicción en sus trabajos. Mira a aquellos, Señor, que tienen aflicción en sus mentes. Mira a aquellos, Señor, que están luchando con tristezas profundas. Al pastorear en este tiempo, permite que el Espíritu Santo, Señor, muestre su poder en ellos, trayendo contentamiento de verdad, trayendo gozo de verdad, Señor, en medio de su aflicción, que en medio de su quebranto ellos puedan decir que tú has sido más fuerte, Señor, en ellos; que el Espíritu Santo es real, Señor, que el Consolador está aquí, Padre, que tenemos las arras, que tenemos la promesa.
Permite que la Navidad, para nosotros, Señor, tenga un sentido diferente. Así como celebramos que has nacido, Señor, anhelamos que reines completamente.
Si hay alguien que está aquí hoy congregado y todavía no ha aceptado espiritualmente el señorío de Cristo sobre su vida… Nosotros somos embajadores de Cristo y estamos aquí siendo sus testigos. Estamos aquí para decirle que realmente ese Rey ha venido, que ya está reinando sobre una parte de esta tierra, que es su iglesia, porque eventualmente reinará sobre toda su creación. Que este es el momento en que podemos recibir voluntariamente su reino, porque tarde o temprano Él vendrá en una nube y todo ojo le verá.
Estamos aquí para decirle a las personas que están congregadas que hemos recibido a Cristo como el Señor de nuestras vidas, nuestro Salvador personal, y estamos esperando a Cristo como el Señor de toda la creación y aquel que recompensará a cada uno: destrucción para algunos, salvación para los otros. Estamos aquí para testificar de Cristo, para decirle a cualquier persona congregada que “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron; mas a todos los que le recibieron, y creen en su nombre, Él les ha dado la potestad de ser hechos hijos de Dios”.
Este reino que estamos esperando no es para todo el mundo, sino para aquellos que han recibido a Cristo como su Señor y Salvador. Yo te invito a ser parte de este reino que en este momento es espiritual, porque eventualmente será físico, político, material. Recibe a Cristo en tu corazón; puedes decir ahí, con tus palabras: “Señor, perdona mis pecados, te acepto como mi Señor, te acepto como mi Rey, reina sobre mi vida, Señor, dame el Espíritu Santo que aquí se ha estado predicando”.
Permite, Señor… Ay, Padre, escucha cualquier persona que esté orando en este momento y trae salvación hoy, Señor, este domingo de Navidad. No hay un ritual para esto; lo que hace falta es arrepentimiento, fe, sinceridad de corazón. Dile al Señor con tus palabras: “Perdona mis pecados, Señor, vengo a ti en arrepentimiento, pongo en ti mi fe, acéptame como tu súbdito, reina sobre mi vida, Señor”. Él vendrá en algún momento a reinar sobre toda la creación, pero dile ahí, en oración: “Reina sobre mi vida, Señor; entrónate en mi corazón, me humillo ante tu deidad, ante tu poder, ante tu majestad”.
“Humillaos bajo la poderosa mano de Dios, y Él os exaltará cuando fuere tiempo”, dice la escritura. “Si confesamos nuestros pecados”, dice la escritura, “Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”. Si has orado ahí con convicción, confía en que así como el reino es cierto, la salvación también es verdadera; que a todo el que pide el Señor le responde.
Padre, gracias por este momento, gracias por tu palabra. Bendice especialmente a tu iglesia, Señor. Permite que haya, Señor, la ayuda del Consolador, el Espíritu Santo, que nos pastoree y nos acompañe especialmente en este tiempo. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Dios les bendiga y les guarde. Un gusto compartir. Yo espero que el coro hoy, hermano, no se vaya sin darnos una reposición que hemos estado esperando, ¿verdad? Dios les guarde y terminemos cantando al Señor.