Dios les bendiga, hermanos amados. Les damos la bienvenida nuevamente a la casa del Señor. Ahí donde están, pónganse de pie para que leamos la Sagrada Escritura. Pueden acompañarme al libro del profeta Isaías, en el capítulo 9. Estaremos volviendo a leer los primeros siete versículos; al comenzar el culto, nuestra hermana Leticia leyó este texto, y volvamos nuevamente a él, porque es la proclamación del Reino y la presentación de nuestro Rey. Dice así la Sagrada Escritura:
Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles.
El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos. Multiplicaste la gente, y aumentaste la alegría. Se alegrarán delante de ti como se alegran en la siega, como se gozan cuando reparten despojos. Porque tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor, como en el día de Madián. Porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego.
Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.
— Isaías 9:1-7
Podemos leer juntos el versículo 6, hermanos queridos: «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz». Pueden sentarse, hermanos queridos. Creo que es propicio el tiempo de la inauguración de la temporada navideña para recordar el Reino venidero de nuestro Señor Jesucristo. Qué alegría, hermano querido, poder celebrar todos los elementos de la Navidad; pero hay una alegría todavía más profunda, todavía más permanente. Hay algo que todavía está en el porvenir, y es la esperanza gloriosa que acompaña a todo verdadero creyente.
Quisiera decirles a las personas que están aquí hoy congregadas que si como cristianos nosotros solamente esperáramos lo que hasta ahora hemos recibido, nuestra esperanza sería un asunto defraudado. Sin embargo, en Cristo Jesús tenemos un gozo que ya está en nuestro corazón, pero esperamos del Señor cosas aún más grandes. Le pido al Señor que me permita hoy exponer delante de esta congregación su reino glorioso, tal cual ha sido anunciado por el profeta Isaías, de forma tal que todos los creyentes aquí hoy congregados puedan avivar esa esperanza que nosotros llamamos bendita, esa esperanza gloriosa. Quisiera que la iglesia no solamente dijera de manera superficial que está celebrando la Navidad, sino que la iglesia, con convicción, realmente espere la consumación de todas las cosas; aquel momento que por fe sabemos que está cerca, cuando todo lo que se ha anunciado para nosotros tendrá una realidad palpable, un asunto concreto, cuando ya no solamente tendremos las arras, sino que todas las promesas de nuestro Señor serán para nosotros cumplidas.
Razones para proclamar el Reino en este tiempo
El profeta Isaías fue describiendo la densa oscuridad que, a consecuencia de su pecado, le había venido a la nación de Israel, y al mismo tiempo señales de esperanza para un tiempo futuro. La situación del pueblo era aparentemente irreversible. Ellos iban de mal en peor, iban de la rebeldía a la infidelidad y desde allí a la idolatría; pero también afloran en la descripción de Isaías destellos de un mejor tiempo. Y en un momento brilla una gran luz: el relato se interrumpe para proclamar la gloria de un reino venidero y presentar a su Rey. Entonces la luz vuelve a apagarse.
La profecía no es su realidad. Nosotros tenemos el privilegio de haber visto las maneras concretas en que todo esto se ha venido cumpliendo. Hoy, como preparación de la Navidad, estaremos proclamando el Reino y presentando al Rey. Aunque una parte de esta profecía sigue estando pendiente, desde ya podemos dar testimonio de ella mientras esperamos su completo cumplimiento. Como creyentes, nosotros no nos engañamos; las cosas que nosotros predicamos no dicen que todo ya está hecho. Gran parte de las promesas de nuestro Señor Jesucristo son promesas que para el pueblo del Señor están por delante, pero desde ahora, como cristianos, nosotros podemos saludar esas cosas. De hecho, nuestra esperanza está anclada en un futuro glorioso que Dios tiene reservado para todos aquellos que han aceptado a Jesucristo como su Señor y Salvador. Como cristianos no solamente nos conformamos con el gozo y la paz que hasta este momento hemos recibido: estamos anhelando, estamos expectantes de un futuro aún más glorioso para el pueblo del Señor.
¿Qué razones tenemos para proclamar el Reino en este tiempo? Yo creo que todo creyente debe tener un sincero lamento por la situación del mundo. Cuando nosotros miramos a nuestro alrededor, esto que se describe en Isaías capítulo 9 está muy lejos todavía de nuestra realidad. Cuando vemos las noticias encontramos que el mundo está lleno de violencia; encontramos que la guerra todavía sigue siendo el estado del ser humano; encontramos que la enfermedad y el dolor todavía nos alcanzan, y que este futuro glorioso que para nosotros está prometido definitivamente todavía tiene que estar por delante.
Lo que quiero hoy no es aliviar la insatisfacción; lo que me gustaría es avivar el gozo de la esperanza, decirle a mi iglesia que estas cosas son reales y que el Señor que comenzó a cumplirlas él mismo terminará de hacerlo. Nos gozamos en nuestra salvación, pero al mismo tiempo nos lamentamos por el estado de nuestra propia alma. Todo creyente verdadero, así como tiene un sincero lamento por el mundo, debería tener un sincero lamento por su propia alma. Todavía nuestro ser interior no es tan correcto como debería serlo, y por temporadas nos sentimos cansados. El pecado nos alcanza, la insatisfacción nos visita, pareciera que por momentos perdemos el gozo, la libertad y hasta la esperanza. Isaías capítulo 9 nos prueba que por delante hay mucho más gozo del que hasta ahora hemos recibido, y mucha más perfección de la que hasta ahora hemos experimentado.
Miramos alrededor y vemos el estado del pueblo del Señor. Me gustaría decir que la iglesia del Señor tiene en este momento una condición perfecta, pero todos nosotros podemos testificar que al pueblo del Señor todavía le faltan cosas. Anhelamos la perfección de Cristo, pero todavía el pueblo de Dios es un pueblo muy mejorable. Al ver el estado del mundo, el estado de nuestra alma y el estado del pueblo del Señor en su conjunto, yo creo que todos nosotros deberíamos hacer esta oración que nos enseñó Jesucristo: «Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra así como se hace en el cielo». Hasta que un creyente no pueda decir esa oración desde lo profundo de su alma, yo creo que todavía no ha hecho la reflexión correcta.
Mientras más veamos las noticias, mientras más veamos nuestra propia alma y mientras más veamos la condición lastimosa del pueblo del Señor en su conjunto, más deberíamos decir: «Señor, que se haga realidad Isaías capítulo 9». Estamos expectantes porque llegue ese reino de aquel que es Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno y Príncipe de Paz. Estamos esperando que lo dilatado de su imperio y la paz no tengan límite. Estamos esperando que el Señor se siente en el trono de David y sobre su reino. Estamos esperando que el Señor disponga todas las cosas y confirme todo esto con juicio y con justicia desde ahora y para siempre. Hermanos queridos, hay que amar el reino del Señor y hay que poder orar como oraba el Señor: «Venga tu reino».
«Porque un niño nos es nacido»: la certeza de la profecía
Le pido al Señor que me dé hoy todos los recursos para presentarles la foto más clara que esté a mi alcance de aquello que para nosotros está por venir. Espero que, al considerar Isaías capítulo 9, nosotros podamos decir sinceramente que estamos expectantes. Iré primero al versículo 6, para después ir atrás, porque creo que hay que aclarar y mostrar el sentido que tiene esa expresión: «porque un niño nos es nacido».
Acotaré un poco del asunto gramatical que está aquí presente. Lo primero es esa expresión «porque»: está continuando algo. «Porque un niño nos es nacido» parece un asunto abrupto si solamente se lee ese versículo. Y después, algo que llama la atención es que dice «nos es nacido», pero todavía no había nacido el niño. También menciona el texto que «nos» es nacido; o sea, es un asunto personal. No es que ha nacido, no es que nacerá un niño.
Isaías, en todo este capítulo, se había estado moviendo en dos contrastes, y ahora resuelve el asunto. Los contrastes que él había estado visitando eran, primero, el asunto de la oscuridad y el asunto de la luz. Él decía: el pueblo del Señor, la nación de Israel, en este momento está en oscuridad, y al pueblo que ha habitado en tinieblas le ha llegado gran luz. El otro contraste que Isaías había estado visitando es el contraste entre la tristeza y la alegría. Él decía: el pueblo está esclavizado, el yugo y el látigo todavía le visitan, pero vendrá un tiempo de absoluta libertad.
Lo que puedo decir al respecto de todo esto —y es la razón por la cual ese «porque» aparece al principio del versículo 6— es que, para valorar a Cristo y a su reino, nosotros tenemos que ser muy conscientes de la situación del mundo. ¿Y cuál es la situación actual? Lo que Isaías estuvo describiendo fue una cadena de pecados aparentemente indetenible. Uno mira a su alrededor y dice: ¿en qué momento esto se detendrá? Parece que no tiene solución. Lo que Isaías estuvo describiendo fue un estado de oscuridad cada vez más permanente. Lo que estuvo describiendo era que el pueblo iba de un castigo hasta el otro, en un círculo vicioso, y que parecía que nunca iba a salir de esa cadena.
Sin embargo, cuando él documentó su profecía, no habló como si fuera un asunto futuro, ni como si fuera un asunto presente: él está hablando como que era un hecho ya consumado. Él dice: «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado». Él no está diciendo que un niño va a nacer, él está diciendo que un niño ya ha nacido. Llama la atención que desde la perspectiva de Isaías esta profecía tenía una completa seguridad para él; esto era un hecho irrefutable. ¿Qué podemos decir nosotros al respecto de esto, hermanos? Que mientras llega el mayor brillo y esplendor de Cristo, ya nosotros, al igual que Isaías, podemos hablar de estas cosas como si fueran cosas ciertísimas.
El Reino avanza por la periferia
Isaías comienza proclamando el reino del Señor y dice en el versículo 1:
Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles.
— Isaías 9:1
Cuando él comienza a proclamar el Reino, dice que el Reino definitivamente llegará, que es un asunto concreto, pero que llegará de una manera que podemos describir como la manera inversa. Si usted espera que un reino sea establecido, usted pensaría que las ciudades principales serían aquellas donde llegaría primero la noticia. Lo que está diciendo Isaías es que el Reino va a llegar, pero va a llegar como en reversa: va a venir primero por la periferia y después va a llegar hasta las ciudades principales.
Estas ciudades que aquí se describen eran ciudades muy marginadas. La tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí eran las ciudades más al norte de Israel; eran aquellas ciudades que ellos entendían que eran poco importantes. Si estuviéramos esperando que venga un rey y que se siente en un trono, no esperaríamos que llegue por la tierra de Zabulón y por la tierra de Neftalí; esperaríamos que llegue por la tierra de Judá. Sin embargo, lo que está aquí enseñándonos el profeta es que el Reino estaría avanzando, pero no de la manera en que nosotros estaríamos esperándolo: ocurriría a la inversa. Y en todo esto vemos que Dios tiene un interés especial en todos aquellos que habían quedado marginados. De hecho, cuando el Señor vino a esta tierra, la primera región donde hizo ministerio no fueron las regiones principales, sino precisamente esa tierra, la tierra de Neftalí y la tierra de Zabulón.
Los judíos tenían prejuicios contra esa tierra por estar tan al norte. Estas ciudades estaban en las rutas mercantes, y por esas rutas mercantes muchos gentiles llegaban a vivir allí, y ellos decían: esa tierra es como una tierra caída, es una tierra abandonada, esas son tierras de gentiles. También podemos decir que, en todas las circunstancias de invasión de los enemigos de Israel, las primeras ciudades que eran invadidas eran esas. ¿Recuerdan aquel momento, en tiempos de los reyes, cuando las ciudades fueron despobladas y trajeron extranjeros a vivir en ellas? Precisamente se trataba de esos territorios. Y lo que está diciendo el Señor es que aquellos territorios con los cuales ustedes no cuentan, aquellos territorios que estaban en la periferia, aquellos territorios olvidados, serían los primeros territorios que llegarían a ver la luz.
En esto, hermano, podemos confirmar lo mismo que dice el libro de Romanos en el capítulo 5, versículo 20: que cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia. El reino del Señor avanza, pero no avanza de las maneras estereotípicas que nosotros estamos esperando; el reino de los cielos avanza en reversa. De hecho, nosotros mismos podemos testificar que las primeras partes de una población en las que avanza el evangelio no son las partes de opulencia. Frecuentemente son los desamparados, frecuentemente son los olvidados, frecuentemente son los marginados. Qué hermoso es proclamar que el reino de los cielos avanza, pero no de la manera en que el hombre esperaría que lo haga: el reino de los cielos avanza primero por la periferia. A los olvidados de Israel les nacería primero el sol.
La conquista de las tinieblas y de la tristeza
Después de esto, Isaías describe desde el versículo 2 y hasta el versículo 5 las tres grandes conquistas de este reino que estaría por venir. El versículo 2 dice:
El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos.
— Isaías 9:2
La primera conquista del reino del Señor es la conquista de las tinieblas. Podemos decir que el Reino avanza, pero no avanza de la manera en que estamos esperando, y que lo primero que conquista el Reino es la oscuridad de las tinieblas. Esta es la evaluación que él hace. ¿Cuál era la condición del pueblo? Dice: el pueblo que estaba en tinieblas. Pareciera que, desde la perspectiva del Señor, el castigo físico al cual el pueblo de Dios estaba siendo sometido no era lo prioritario; lo prioritario era la oscuridad en la cual ellos estaban viviendo. Desde el capítulo 1 y hasta el capítulo 8, Isaías estuvo describiendo el pecado de Israel, y ahora engloba todo ese pecado en algo que llama oscuridad.
Si a mí me dicen cuál es el primer problema que hay en el mundo, yo respondo que el principal problema que hay en el mundo no es que en el mundo hay guerra. El principal problema que hay en el mundo es la oscuridad, es la falta de luz, es la falta de Dios en el mundo. Lo primero que conquista Cristo son las tinieblas. ¿Cuál es su evaluación? El mundo está en tinieblas. ¿Cuál es el peligro que esto tiene? Le llama sombra de muerte: la oscuridad es un asunto peligroso.
Y después describe la forma en que serían iluminados. No es que el pueblo se llenaría a sí mismo de luz, sino que la luz resplandecería sobre el pueblo. Todas estas cosas tienen implicaciones al respecto de cómo funciona el evangelio, de cómo Cristo mejora al mundo, de cómo Cristo mejora a su pueblo, de cómo Cristo hace que la luz resplandezca en nosotros: es resplandeciendo él en nosotros. La luz que nosotros tenemos es la luz de Cristo. El Señor no está diciendo que su pueblo se iluminaría por sí mismo; él dice que una luz refulgente estaría reflejándose en todos ellos. Esa luz que se refleja es la luz de Cristo, y es lo que estamos anunciando.
Me detendré un poco más, hermano querido, para explicar que la manera en que esto funciona es que Cristo resplandece sobre nosotros. De hecho, la iglesia del Señor no cambia porque nosotros tengamos una capacidad en nosotros mismos; cambia porque vemos a Cristo, y como dice la Escritura, a cara descubierta, mientras más le vemos a él, más su luz se va reflejando en nosotros. La manera en que el Señor hace que avance su reino es haciendo que su luz resplandezca sobre cada uno de nosotros. Esa es la primera conquista del Reino.
Hablemos ahora al respecto de la alegría. Dice el versículo 3:
Multiplicaste la gente, y aumentaste la alegría. Se alegrarán delante de ti como se alegran en la siega, como se gozan cuando reparten despojos.
— Isaías 9:3
Anteriormente el pueblo estaba en tristeza, el pueblo estaba en aflicción. Lo que se describe desde el capítulo 1 y hasta el capítulo 8 es un tipo de aflicción tan fuerte que incluía desde hambre hasta conflictos y ciudades despobladas: falta de gozo. Y ahora él dice que tendrían un gozo tan grande que no lo describe con palabras, sino que elige dos imágenes para describirlo. Primero, el gozo de un agricultor en la siega; y el segundo, el gozo de un soldado triunfante al final de una batalla.
Yo nunca he participado en una batalla, pero yo he sembrado algo, hermano, y da mucha alegría cuando usted cosecha algo que sembró con sus propias manos. Es un gozo muy particular y profundo. Quizá la persona que menos ha sembrado ha sembrado alguna matita y dice: «Guau, esa matita la sembré yo y estoy comiendo de su fruto». Quizás no sea el fruto más grande ni el fruto más abundante, pero como es una matita suya, la siega de ese fruto que usted sembró da como un sentido de recompensa. Es una alegría muy profunda: yo planté la semilla, yo esperé el tiempo y ahora estoy cosechando el fruto de mi esfuerzo. Qué alegría da eso. Asimismo dice la palabra del Señor, que los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.
La manera en que el Señor describe su reino venidero es como el agricultor muy sacrificado, que pone su semilla debajo de la tierra y después espera el tiempo necesario, espera con paciencia, riega esa esperanza que es una semilla, y al final del tiempo entonces su esfuerzo es recompensado y él salta de alegría cuando llega la temporada de la siega. Así mismo será, hermano querido, cuando llegue el reino de nuestro Señor Jesucristo, y así será recompensada toda esperanza de los creyentes. Con esta primera imagen, Isaías trata de avivar nuestro deseo de que venga el Reino: es un agricultor que está recogiendo los frutos.
Después hay otra imagen con la que él lo describe, y es la de un soldado que participa de aquel ejército que ha ganado la batalla. ¿Quiénes eran los que repartían despojos? Los que ganaban la batalla. Los perdedores eran despojados y los ganadores repartían los despojos. El Señor está diciendo que la alegría de la llegada del Reino será similar a la de cuando un ejército gana la batalla y al final llega a repartir los despojos.
Estoy en el versículo 3: «Multiplicaste la gente, y aumentaste la alegría». Primera imagen: «se alegrarán delante de ti como se alegran en la siega». Segunda imagen: «como se gozan cuando reparten despojos». Hago una pausa aquí, hermano, para recordarle que lo que Isaías estaba describiendo todavía no existía; pero él quería que el pueblo se gozara desde ahora por aquellas cosas que estaban por venir. Lo mismo podemos decirle a la iglesia: muchas de las cosas que nosotros predicamos todavía no son cosas concretas, pero a la luz de la seguridad de la promesa de Dios, nosotros podemos gozarnos en estas cosas desde ahora, como si ya fueran ciertas. Aún antes de que el Reino llegue en toda su gloria y todo su esplendor, ya nosotros podemos comenzar a gozarnos con estas imágenes que se nos van presentando.
La conquista de la libertad: el fin de la guerra
He estado mostrando las grandes conquistas del Reino: primero la conquista de las tinieblas, la luz resplandece y se va la oscuridad; después la conquista de la tristeza, viene el gozo, viene la alegría, y la temporada pasada es cambiada. Muestro ahora esta otra conquista, y es que el Rey traería una temporada de gran libertad. Dice el versículo 4:
Porque tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor, como en el día de Madián.
— Isaías 9:4
Aquí él está describiendo una conquista militar y está apelando a algo que Israel recordaba: el día de Madián. Fue aquel momento en que Gedeón, con un ejército muy malogrado, un ejército muy humilde, llegó a hacer algo muy grande, y el Señor le dio una victoria a través de algo que no parecía posible. Aquí se nos está describiendo la conquista de la libertad, el triunfo del pueblo del Señor sobre todos sus enemigos. Dice primero que quebraría el yugo: desaparecería para siempre la esclavitud. Después, que quitaría el dolor, porque ya no existiría la vara sobre su espalda. Y después, que lo haría con una apariencia insignificante, al igual que lo hizo el ejército de Gedeón cuando luchó contra Madián.
Todas estas cosas tienen que ver con la manera en que está conquistando nuestro Señor Jesucristo. El ejército de Cristo físicamente no impresiona. El poder de Cristo no es el poder del ejército tradicional; su poder es algo mucho más grande, pero al mismo tiempo en apariencia es algo muy humilde. Todo esto describe el Reino que traería libertad y un triunfo absoluto sobre todos nuestros enemigos. Entonces aquí hace sentido lo que dice el versículo 5:
Porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego.
— Isaías 9:5
Imagínense la imagen del final de una guerra. Cuando terminó la guerra solamente quedan aquellos que han luchado, y aquellos que han luchado tienen sus ropas sucias, tienen sus prendas de vestir manchadas con sangre. Pero dice que, como esto terminó, ellos no tendrán que volver a utilizar esa ropa, sino que esa ropa podrá quemarse como se quema el pasto.
El Señor está describiendo un tiempo de absoluta libertad, donde el pueblo del Señor ya no tendrá que volver a luchar. Está describiendo un tiempo por venir que será tan glorioso que ya podremos despojarnos permanentemente de nuestros pertrechos militares. Está describiendo un tiempo por venir donde hasta la ropa misma de los soldados será quemada. Ya no hay más batalla, ya el triunfo es definitivo. Había un momento donde el ejército luchaba y decía: no nos quitamos los pertrechos, porque todavía no hemos ganado la batalla. Pero llegó un momento cuando el ejército triunfa, y es un triunfo ya definitivo, y dicen: necesitamos ropas limpias, ya vale la pena bañarse, ya vale la pena cambiarse, ya vale la pena desechar nuestra ropa de guerra porque no hará más falta. El Señor está describiendo aquel momento donde su triunfo será definitivo.
Usted dirá: «Pastor, pero la verdad es que yo no tengo que levantar una espada por la causa de Cristo». No, hermano, pero la lucha espiritual es tan real como la lucha física, y todo creyente en algún momento anhela despojarse de esta actitud beligerante, despojarse de esta actitud de resistencia. Nosotros anhelamos aquel momento donde podamos despojarnos de nuestros pertrechos militares y entrar en una temporada de paz, de absoluto gozo, donde ya no habrá guerra sobre la tierra. ¡Qué hermoso será, hermano, cuando no haya que luchar contra el pecado! ¡Qué hermoso será que llegue una temporada donde ya no haya que luchar contra el mundo! ¡Qué hermosa será aquella temporada donde nuestro enemigo el diablo sea definitivamente vencido! Isaías está describiendo un momento anhelado por el pueblo del Señor, y es un momento donde nuestra paz sea realmente permanente.
De hecho, todo creyente testifica, hermano, que por momentos se cansa y dice: «Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo tendremos que luchar? ¿Hasta cuándo tendremos que vestir vestiduras ensangrentadas? ¿Hasta cuándo el pecado nos visitará? ¿Hasta cuándo tendremos que tener esta actitud de precaución?». Mire, la guerra, hermano: mi generación no ha vivido eso. De hecho, los dominicanos que más se aproximan a eso son aquellos que vivieron la revolución del 65, que para muchos historiadores no calificaría como guerra, pero localmente es lo que más se nos parece. Sin embargo, podemos leer los libros de historia universal en los cuales se describen cuáles eran las actitudes y los ambientes de guerra, y lo que describen esos libros es que, aunque usted no estuviera en el campo de batalla, cuando un pueblo está en guerra hay una actitud de precaución, hay una actitud de peligro, hay una actitud de falta de seguridad. Usted no sabe qué pasará el día de mañana. Qué hermoso es cuando se anuncia la paz, porque cuando se anuncia la paz ya podemos deponer esa actitud.
¡Qué hermoso será, hermano, cuando Cristo triunfe sobre todos nuestros enemigos, ponga su pie en el monte santo y diga: ya no hay lucha, ya no hay guerra, ya solamente hay por delante un reino de absoluta paz! Pueden quemar sus pertrechos, que ya no se los volverán a poner. Gloria al Señor por ese tiempo glorioso que nosotros estamos esperando expectantes. Leo de nuevo el versículo 5 para reforzar la idea: «Porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego». Como si fueran hojas secas: toda nuestra ropa militar se va a quemar. Yo leía esto esta semana, hermano, y decía: «Señor, que venga tu reino; que venga esa temporada donde ya no haya que luchar, que venga esa temporada donde ya no haya que tener una actitud beligerante».
Que llegue una temporada donde ya no tengamos que cuidarnos, hermanos. De hecho, un creyente vive en una actitud de alerta: en nuestra conversación nos estamos cuidando, en nuestras decisiones nos estamos cuidando, en nuestras aproximaciones a cualquier área de la vida nos estamos cuidando. Llegará un momento, hermano, donde usted no tendrá que cuidarse. Ya no hay posibilidad de conflicto, ya no hay posibilidad de guerra: el Señor venció definitivamente. Estoy diciendo cosas que para nosotros todavía están por venir, hermano, pero deberíamos saludarlas desde ahora. Esta es nuestra bendita esperanza, esto es lo que acompaña al pueblo del Señor. Es decir, en este momento, hermano, no nos quitemos la ropa todavía, pero llegará un momento en que dejaremos de pelear.
De hecho, en otra profecía se describe que los pertrechos militares se convierten en herramientas agrícolas, y dice que aquello con lo que anteriormente íbamos al campo de batalla, ahora podremos dedicarlo a arar la tierra. Gloria al Señor por esa temporada que está por venir.
Un niño nos es nacido a nosotros
Aquí hace sentido ese «porque». Gramaticalmente es una conjunción: une lo anterior con lo nuevo. Ahora da mucha alegría el versículo 6: «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado». ¿Por qué se ha cambiado todo aquello? ¿Por qué se ha cambiado de la guerra a la paz, por qué se ha cambiado de la tristeza a la alegría, por qué se ha cambiado de la oscuridad a la luz? Ha cambiado por lo siguiente: porque un niño nos es nacido.
Esta es la realidad de la Navidad para los creyentes; la razón por la cual nosotros celebramos es que un niño nos ha nacido. Y usted me dirá: «Pastor, pero nosotros estamos en la misma condición en que estaba el pueblo en tiempos de Jeremías». Perdóneme, en los tiempos de Isaías. No, no estamos en las mismas condiciones. Él hablaba de estas cosas cuando el niño no había nacido todavía; nosotros supimos cómo el niño nació. Y por otro lado, cuando esta profecía fue anunciada, nosotros no éramos parte de esa promesa; en este momento, sí.
Recuerden: no asuma, hermano querido, al leer el Antiguo Testamento, que el Antiguo Testamento fuera un libro para los gentiles. El Antiguo Testamento era un libro para judíos. Cuando Isaías describió esta profecía, la verdad es que los gentiles todavía estábamos muy en la periferia. «El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz». Hermano, ¿para qué sirvió el nacimiento de Cristo? Para muchas razones, y entre ellas, para que esta promesa hoy nosotros podamos sentirla como un asunto personal. Antes de que naciera Cristo, antes de que Cristo predicara no solamente para los judíos sino también para los gentiles —porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna—, antes de que Cristo predicara, esto era celebrado solamente por los judíos.
Yo podría ilustrar esto como cuando le nace un hijo a la realeza. Uno se entera porque sale en la televisión, pero uno dice: «Bueno, que le vaya bien. Ah, que al príncipe de tal nación europea le ha nacido un hijo. Muy bien, que le vaya bien». Uno, en esta parte del globo terráqueo, puede saludar aquello a la distancia, pero eso tiene que ver con los de Inglaterra, les nació a los de Mónaco, muy bien por allá. De hecho, al presidente le nació una nieta. ¿Y qué ha pasado? Que le vaya bien. Uno de los problemas que tenemos nosotros cuando nos aproximamos a la Escritura, hermano, es que la leemos con ojos contemporáneos.
Recuérdense que cuando comienza el capítulo 9 y dice «mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia», esa que está ahora en angustia es la nación de Israel. Y usted no es judío; para usted estas cosas no tendrían tanta alegría. Sin embargo, algo que se logró con la venida de nuestro Señor Jesucristo es que Cristo nos incluyó, y esto que describían los profetas de la antigüedad, que al final de dos pueblos se haría uno en Cristo, fue real. Por eso, si usted está en Cristo, usted puede decir que un niño nos ha nacido. Sí, nos ha nacido. Si usted está en Cristo, usted puede decir esto con seguridad. Ahora, con la venida de Cristo, nosotros podemos apropiarnos de las promesas de Israel como si fueran propias, hermano querido, porque de dos pueblos el Señor ha hecho uno. Esa es la razón por la cual el pueblo del Señor ama las profecías dadas a la nación de Israel: porque por extensión también nosotros somos parte de esa promesa.
Nosotros podemos decir también que somos hijos de Abraham, porque a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron; mas a todos los que le recibieron y creen en su nombre, les ha dado la potestad de ser hechos hijos de Dios. Si usted todavía no tiene a Cristo, por favor, cuando yo lea el versículo, tradúzcalo a su propia realidad. Los cristianos decimos «porque un niño nos ha nacido»; por favor, cuando yo lo lea, si usted todavía no tiene a Cristo, diga: «porque un niño les es nacido». No es que quiero alejarte; lo que quiero es atraerte. Lo que me gustaría es dejar establecido de una vez por todas que las promesas del Señor no son promesas accesorias. Si usted tiene la convicción de que Cristo es suyo y de que usted es de Cristo, usted puede decir que le ha nacido un niño; pero, por favor, entienda que si esto para usted no es real, la Navidad es una fiesta ajena y usted mismo no tendría razón para celebrar. De hecho, yo oigo al mundo entero diciendo «feliz Navidad» y siempre me río de eso. Digo: «Ah, ¿le ha nacido un niño a otro?».
Ahora, si usted es de Cristo y Cristo es suyo, usted puede decir con convicción el versículo 6: «Porque un niño nos es nacido». Hermano, subráyelo ahí, ese «nos»; si usted está en Cristo, subráyelo, porque ese «nos» es suyo. «Hijo nos es dado». Ay, hermano, yo tiemblo al pensar que en algún momento de mi vida yo tuve que haber dicho «un hijo les es dado»; en Cristo podemos decir «nos». «Y el principado sobre su hombro, y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz». Si usted está en Cristo, esto es para usted.
Y si usted no está en Cristo… Oiga, me reuní con una persona esta semana que tiene un niño de un mes. La reunión era para diferentes cosas, y todas las conversaciones terminaban en que él me quería mostrar la foto de su bebé en el celular. Y llega un momento en que ya yo vi al niño, ya me hice a la idea de que le había nacido un niño, hermano. Y él tenía una pasión por que yo mirara todas las fotos: el hermano con la carreta completa ahí, dándole con el dedo a su celular, «mira el niño, míralo aquí, míralo allí, ya mueve el bracito, ya esto». Y yo: «Guau, qué bueno». O sea, no es que quiero ser indolente, yo me puedo gozar a la distancia, pero no puedo sentir ese niño como si fuera mío: es de él. Los padres podemos ser un poco intensos cuando compartimos la foto, hermano, sobre todo en Instagram.
«Mira la foto del nieto, mira el nieto», y otra abuela te dice: «Bueno, ese es el nieto tuyo; déjame mostrarte el mío. Siéntate ahí, que ahora te voy a mostrar el mío». Ay, hermano querido, no celebremos a este niño como si fuera nuestro a menos que tengamos a Cristo. Qué hermoso es poder decir como cristianos: «Porque un niño nos ha nacido». Y tú dirás: «Ya, pero le ha nacido al pueblo de Israel». Yo soy parte por fe de ese pueblo; nos ha nacido a nosotros. «Un hijo nos es dado»: a nosotros también, hermano. Si usted está en Cristo, esta promesa es suya, y gócela, hermano, con esa calidez de cuando a uno le nace un niño.
Quizá lo que más se parece a eso es cuando le nace un sobrino, que uno lo siente como si fuera suyo también porque es parte de la familia; o cuando le nace un nieto, hermano. El Hijo vino a través de la nación de Israel, pero vino para todos nosotros. Él se presenta como el deseado de todas las naciones. ¿Qué es lo que asume Isaías ahí en el versículo 6? Él asume que nosotros somos parte de este reino. Si tú no eres parte del reino, tú ni quisieras leer esta historia. Si tú no eres parte de este reino, tú no deberías estar celebrando. Si tú no eres parte de este reino, tú podrías verlo desde lejos y decir que es importante que haya nacido un niño, pero tú no estás personalmente implicado. Y si tú no eres parte del reino, deberías tomar la descripción que hizo Isaías como una invitación a que seas parte de él.
Sabemos, hermano, que Cristo es un don para todos los pueblos; al mismo tiempo sabemos que ese nacimiento tiene una vocación universal. Y el alcance de esta promesa es también un alcance particular: Cristo es para todas las naciones, pero se recibe de manera personal por aquellos que han creído en su nombre. Podemos decir Juan 3:16, que de tal manera amó Dios al mundo; pero al mismo tiempo podemos decir que, siendo la promesa universal, tiene una aplicación particular para aquellos que han creído y han venido a él en arrepentimiento y fe. Qué hermoso sería si alguien saliera de aquí hoy diciendo: «Isaías capítulo 9 es para mí». Qué hermoso sería si alguien saliera de aquí diciendo: «Yo antes no esperaba este reino; ahora espero que venga un reino». Qué hermoso sería si a cualquier persona que está aquí hoy y que tiene la promesa de Cristo se le avivara esa llama en su corazón, entendiendo que lo que tenemos todavía no es la plenitud completa, que hay cosas que están por delante.
Él asume también la condición que tiene de Hijo. Los superficiales piensan que Cristo fue Hijo solamente en el momento en que fue encarnado; nosotros entendemos que él ha sido Hijo eternamente, desde la antigüedad pasada y hasta el futuro. Él siempre ha estado vinculado con el Padre. Esta es la razón por la cual un hijo se nos ha dado: ya el Hijo era suyo, y él nos lo entregó a nosotros. Si este Hijo es nuestro, hermano, si se nos ha dado a nosotros, nosotros deberíamos proclamarlo. Yo quisiera que Cristo, como el regalo de Dios dado a nosotros, fuera más bien un tema de conversación frecuente entre nosotros. Así como le digo que como padres y hasta abuelos podemos abusar de mostrar la foto de nuestros hijos, a mí me generaría cierta preocupación que una madre o un padre, después de haber conversado con esa persona durante mucho tiempo, no mencionara nunca que tiene un hijo.
O, por ejemplo, que tiene esposo o esposa: eso siempre es una señal de alerta. ¿Cómo va a ser que tú tienes una persona tan cercana a ti, que es parte de ti, y tengamos tanto tiempo conociéndonos y yo no sepa que tú tienes un esposo o una esposa, o que no sepa que tú tienes un hijo o una hija? ¿Cómo va a ser que tú tengas un tesoro tan grande, que el Hijo unigénito del Padre fue dado a ti, y nadie sepa que a ti te lo dieron? Hermano, así como es verdad que podemos abusar hablando de nuestros hijos naturales, por otro lado puedo decirle que quizás estamos siendo negligentes al hablar poco del tesoro que tenemos en Jesucristo. Si realmente el Hijo es tuyo, tú deberías salir de aquí a proclamarlo. Tú deberías aprovechar esta temporada para decir: yo no solamente celebro la Navidad, yo celebro la Navidad con entendimiento de causa, con un entendimiento de lo que realmente ha sucedido. Para mí no es solamente una temporada del año; para mí es un hecho histórico: la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, que es mi Señor, que es mi Dios.
Si realmente el Hijo es tuyo, tú deberías hablar un poco más del Hijo. Qué triste sería que un amigo cercano, una amiga cercana, tenga hijos y tú no sepas que los tiene, con tanto tiempo conociéndolo. Qué triste sería que Cristo sea el regalo más valioso que tú puedes recibir en tu vida y tú no menciones a Cristo en tus conversaciones casuales. Si realmente es nuestro, él debería capturar toda nuestra atención. Si realmente es tuyo, tú deberías atesorarlo, él debería cautivar tu atención, debería ser para ti un asunto prioritario. Si realmente él ha nacido para ti, deberías tenerlo como tu bien más valioso.
No nos quedemos en el pesebre
He estado mencionando algunas cosas que Isaías asume: asume que nosotros somos parte de este reino, asume que él tiene desde antes la condición de Hijo, y también asume que aún en la vulnerabilidad de su nacimiento él llegaría a reinar. Él dice: «Y el principado sobre su hombro».
Quiero aquí, por favor, traer entendimiento a los cristianos. Como cristianos estamos a un paso de cometer idolatría cuando tomamos partes aisladas de la historia de Cristo y abusamos emocionalmente de ellas. Nosotros no queremos quedarnos en el pesebre, y lo mismo podría pasar con la cruz. Un creyente no debería quedarse solamente en el pesebre, y no debería quedarse solamente en la cruz. Cuando usted toma hechos aislados de la obra de Cristo, usted está a un paso de cometer idolatría. ¿Saben qué es idolatría? Es quedarte mirando el becerro, es quedarte mirando el pesebre, es quedarte mirando la estrella. Eso no es la Encarnación completa, eso no es la historia completa, eso es una parte de la historia; y cuando se abusa de una sola parte de la historia, estás casi cometiendo idolatría.
Yo quisiera que en esta temporada, cuando mis hermanos vean un nacimiento, no se queden allí embelesados. Que lo vean, y podríamos decir, hermano, que es una parte de la historia, pero no es toda la historia. Lo mismo pasa cuando vemos la cruz: un creyente ve la cruz y entiende que la cruz hace un efecto místico sobre él. No; él tiene que ver la cruz, y antes de ver la cruz pone su atención en el nacimiento, y antes pone la atención en las promesas, y antes pone la atención en Génesis capítulo 3, y después va hacia adelante, y después de la cruz ve a Cristo crucificado, ve a Cristo resucitado, y después de verlo resucitado lo ve sentado a la diestra de Dios Padre.
Y desde allá lo ve volviendo a establecer su reino en medio de nosotros. Es un esfuerzo intencional y dinámico para no quedarnos con escenas aisladas de lo que Dios está haciendo en medio de nosotros. Yo temo por mi iglesia en Navidad; temo que mis hermanos vean un pesebre y se queden así, ensimismados, mirando un pesebre. Hermano, el pesebre importa como parte de la Encarnación, pero la historia es un asunto mucho más grande. Estás a un paso de cometer idolatría cuando te quedas mirando solamente al niño. Y por favor, hermano, que nadie más me enseñe un nacimiento con el niño Jesús con el bracito levantado, que ese es un asunto idolátrico. Eso no es. Nosotros podemos entender que él se encarnó, pero no queremos quedarnos con él ahí. No quiero venir ahora como a aprovecharme, pero tengo que hacerlo por la salud de mi iglesia: es lo que ha hecho el catolicismo romano, se ha quedado con Cristo clavado en una cruz y se ha quedado con Cristo postrado en un establo. No se quede con Cristo allá, hermano, porque él está sentado en este momento a la diestra de Dios Padre. No veamos la Navidad solamente como un hecho aislado; entendamos que esto es parte de una historia mucho más amplia.
Cada vez que alguien quiera abusar de eso, por favor remítalo inmediatamente a Filipenses capítulo 2, desde el versículo 6 en adelante:
El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
— Filipenses 2:6-8
«El cual, siendo en forma de Dios»: está hablando aquí de nuestro Señor Jesucristo aún antes de que se encarnara, está apuntando al tiempo atrás, aún antes de su Encarnación. «Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres»: está hablando aquí de él en su Encarnación. «Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz»: está describiendo ahí su ministerio público en esta tierra.
Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
— Filipenses 2:9-11
«Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo»: está hablando ahí de su resurrección y su glorificación. Y después, lo más importante, los versículos 10 y 11. Si usted lo ve en un pesebre, usted lo va a ver debilitado y va a querer ayudarlo. Si usted lo ve en una cruz, usted lo va a ver debilitado y va a querer desmontarlo de la cruz por su propio medio. No, no lo haga, porque usted no pudo ponerlo ni en un pesebre ni en una cruz. Si usted no pudo ponerlo, no puede hacer que se pare del pesebre ni que se desmonte de la cruz; el Padre le colocó allá por amor a todos nosotros.
Ahora nos gozamos: lo leo de nuevo, desde el 9 hasta el 11. «Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo». En este momento está exaltado hasta lo sumo. «Ah, míralo ahí, que está en un pesebre, qué pena». No, no; ese que estuvo en un pesebre en este momento está exaltado hasta lo sumo. «Y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre». Nosotros creemos que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Por eso me entusiasma que Isaías no se conformara con decir que se nos dio un niño, sino que lo rematara al final diciendo: «y el principado sobre su hombro». Ese que nació, el principado fue puesto sobre su hombro. Todas las cosas le han sido dadas, dice asimismo la Escritura.
La presentación del Rey: su nombre
Terminaré mostrando la presentación que hizo Isaías del Rey. Él describió el Reino: un reino de paz, un reino de justicia, un reino de gozo, de mucha alegría, un reino de cosas concretas, perfectas y permanentes. Ahora él va a describir cuál es el Rey que va a establecer ese reino.
Primero, hermano, entienda cómo un oriental se refería al nombre. Para nosotros, el nombre es lo que se pone en el acta de nacimiento. Por ejemplo, yo me llamo Rafael Ernesto: este es mi nombre, y está en mi acta de nacimiento, y después está mi apellido, Pérez Félix. Ese es el nombre para nosotros. Para un oriental, «nombre» era un concepto mucho más amplio. No era: «Ah, mira, como él es mío, le voy a poner mi propio nombre», o un asunto combinado; no, no era eso para ellos. Nombre era una buena descripción de lo que era el interior de una persona. Por eso ellos llegaban a tener muchos nombres, porque eran muchas descripciones de lo que realmente ellos eran. Y cuando alguien eventualmente demostraba ser otra cosa, se le cambiaba el nombre y se le ponía un nombre que se acomodara mejor a describir lo que la persona realmente era.
Cuando se nos están dando aquí los nombres de Jesús, no nos están hablando de nombres para ponerle en un acta de nacimiento. Imagínese usted, hay gente que tiene tres nombres; pero Cristo llegó a tener, hermano, una gran cantidad de nombres, una gran cantidad de descripciones de lo que realmente era: de su carácter, de su persona y, en consecuencia, también de su obra. Lo que tenemos aquí, de nuevo, no son nombres propios; no era que uno podía decirle: «Mira, Admirable, ven acá». No, no, no; tú puedes decir: «Tú eres admirable». Eso es lo que significaba.
Aquí hay un asunto en el versículo 6, donde dice «y se llamará su nombre». Se puede debatir si es «Admirable Consejero», o si la palabra «admirable» tiene que ver con la primera descripción, «consejero», o si es admirable por todo lo que viene a continuación: que es admirable porque es Consejero, que es admirable porque es Dios Fuerte, que es admirable porque es Padre Eterno. Ambas cosas pueden ser correctas, y todo es bueno. Él es admirable por cada una de esas cosas de manera granular, y es admirable por todas esas cosas en su conjunto. Por donde quiera que usted mire a Cristo, hermano, él es admirable.
Los hombres naturales no reunimos esa condición. Hay hombres que son admirables en una parte de su ser: uno puede decir «miren, en lo intelectual es admirable», pero en lo moral es deplorable. Hay otro de quien puedo decir que en cuanto a su carácter es admirable, pero con sus actitudes espirituales no cuente. Cristo impresiona por donde quiera que usted le mire, por donde quiera que usted le mida, por donde quiera que usted le vea: él produce admiración. Pero, hermano, voy a tomarlas como si fueran descripciones particulares, cada una de ellas. ¿Por qué decimos que él es admirable?
Él es admirable por su perfección. No hay ningún ser humano que haya reunido lo siguiente: que sus amigos, sus enemigos y sus familiares lo miraran por todas las partes por donde usted puede mirar a otro ser, y no encontraran en él falta alguna. Sus enemigos lo estuvieron escudriñando durante años buscando ocasión; buscaron testigos, lo observaron ellos mismos, le hacían preguntas, buscaban ocasión para acusarle, y decían: «Este hombre parece que es perfecto». Es perfecto. Lo primero que genera admiración en Cristo, hermano, es su perfección. De hecho, cuando uno lee los evangelios, los evangelios irradian que estamos ante la presencia de uno que es perfecto. En él no hay falta alguna; no hay manera en que usted observe en él alguna imperfección en sus palabras, en sus pensamientos o en sus motivaciones. Cristo no tenía agendas ocultas como tenemos los seres humanos. Era un ser absolutamente perfecto; por eso produce admiración.
Pero además, hermano, imagínense lo que era ver en vivo y en directo a Dios hecho hombre. ¡Guau! Por eso, desde que era un bebé, todos los que le veían se admiraban. Era algo como temor y admiración al mismo tiempo: aquel que hizo todo, en este momento está en medio de lo que él mismo hizo; aquel que hizo el cielo y la tierra por el poder de su palabra, en este momento entró en la historia. Él entró en la historia, hermano. Y eso admira. De hecho, a mí todavía se me rompe la cabeza pensando cómo eso fue posible: que aquel que hizo todo pusiera su tabernáculo en medio de nosotros, como comienza el Evangelio de Juan.
Siempre impresiona ver gente en un lugar donde uno no la esperaría; uno dice: «¿Tú, aquí, en medio de nosotros?». Sí, el Emanuel, él estuvo en medio de nosotros. Eso es admirable: esa disposición para estar en contacto con nosotros. Salvando toda la diferencia, porque el ejemplo no llega ni al nivel del tobillo, piense en una persona, una superestrella, una celebridad mundial. Usted puede admitir que quizá se la encuentre en un hotel; pero imagínese que esa celebridad, esa superestrella, le mire a usted a los ojos y quiera darle la mano: usted diría «¡guau!». Humanamente hablando, a nosotros nos impresiona estar ante gente que uno entiende que es grande.
En algún momento yo admiré mucho a Fito Páez, por ejemplo. Me lo encontré en un avión, hermano; lo vi de espalda y yo dije: «Guau, el Fito ahí delante». Y es un hombre que se lo va a comer el gusano. Yo no me atreví ni siquiera a saludarlo. Pues imagínese: una celebridad, hermano, un hombre. Esas cosas nos impresionan. Imagínese lo que es… Porque mucha gente lo tuvo al lado suyo, pero algunos llegaron a entender que estaban al lado del Hijo de Dios. Pedro, por ejemplo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». ¡Guau! Ayudaba mucho estar al lado de él con ignorancia; pero duro es cuando uno entiende que realmente está caminando al lado de aquel que tiene un poder absoluto, que tiene una perfección absoluta. Uno se sentiría avergonzado, se sentiría quizás atemorizado. Él es admirable, hermano.
Después, otra de sus características —primero el Reino, después el Rey— es que él es Consejero. Y es el mejor consejero que existe, porque de verdad es el único que te conoce perfectamente. Cualquier buen consejero trata de inferir cosas, y lo primero que se hace en una sesión de consejería es hacer preguntas: primero preguntas particulares, después preguntas generales. Y usted hace preguntas generales tratando de entender lo que hay en el corazón de un ser humano; y después, cuando usted ha tenido algunas sesiones de preguntas donde ha escuchado atentamente, usted podría inferir lo que puede estar pasando adentro, en las interioridades de ese corazón. Cuando Cristo miraba a una persona, él te miraba y te conocía. Yo imagino, hermano, que tú sentías que te estaba mirando como llegándote a los ojos, yéndose profundo. Hermano, cuando él te miraba, él te conocía.
Él conocía tus capacidades, él conocía tus incapacidades. ¿Saben por qué Cristo es Consejero? Porque él realmente te conoce. Tú dices: aquel que verdaderamente me conoce, aquel ante cuyos ojos nosotros todos estamos desnudos. Todos los seres humanos mostramos una parte de nuestra existencia, frecuentemente la mejor, y sabemos mostrar una parte de la historia que es favorable a la imagen que creamos ante los otros. Pero él conoce las dos partes de tu historia: la parte contada y la parte inédita, aquellas partes de tu existencia que tú no te atreves a verbalizar ni siquiera ante tus familiares más directos. Él las conoce. Y el que te conoce no solamente te conoce, sino que quiere lo mejor para ti. Qué experiencia, hermano, estar ante aquel que no solamente es Admirable, sino que es Consejero.
Él conoce particularmente a cada ser humano, él conoce particularmente cada dolencia. Él sabe dónde comenzó, él sabe cómo se desarrolló y, sobre todo, él sabe cómo sanarla. Él es el que sana todas tus dolencias. Qué hermoso es tener a alguien que no solamente te conoce, sino que quiere lo mejor para ti, y que al mismo tiempo sabe cómo conseguirlo. Él es Consejero. Primera expresión de su nombre: Admirable. Otra expresión de su nombre: Consejero.
Después se nos describe como Dios Fuerte. Llama la atención que Cristo nunca se subestima. Hay gente que tiene una caricatura de nuestro Señor como de debilidad, y siempre piensan que él se veía a sí mismo como un ser débil. Él no se veía como un ser débil; él conocía toda su potencia. Él decía: hay ángeles que están a mi disposición, con que yo lo diga podría hacerlo; el asunto es que no quiero hacerlo. «Oye, pero por favor, ayúdate a ti mismo, que tal cosa no te acontezca». «Espérate, que no es que yo tengo falta de poder en este momento. ¿Tú quieres ver cómo me veo yo cuando estoy en toda mi gloria y en todo mi esplendor?».
Me llama la atención que Isaías quiso acotar que su nombre no solamente era Admirable y Consejero, sino también Dios Fuerte. Por favor, nunca hable de nuestro Dios como si él estuviera en debilidad. Él no está en debilidad; él tiene toda potencia, toda fortaleza. Todo lo que él dijo que iba a hacer, lo hace. Y de hecho, para poder establecer este reino precioso que se describe desde el versículo 1 hasta el 5, hace falta un Dios fuerte. Para lidiar con las tinieblas hace falta un Dios fuerte; para lidiar con nuestros niveles de pecado hace falta un Dios fuerte; para lidiar con nuestros niveles de impotencia y de inconstancia hace falta toda su potencia. Para establecer este reino que está describiendo hace falta mucho poder, y la mejor noticia es que él tiene ese poder.
Yo me decepcionaría si se me presenta un reino idílico y al mismo tiempo un rey admirable y consejero, pero débil; que tenía la mejor intención, pero que no creo que pueda. Yo creo que él puede. Cuando yo leo Isaías capítulo 9, yo digo: yo creo que él puede, yo creo que él tiene potencia, yo creo que tiene capacidad. Yo creo que lo que él prometió, sus promesas, hermano, en él son sí y amén, porque él no tiene debilidad: él tiene toda la potencia, él tiene toda la capacidad para establecer su reino.
Qué bueno que él es bueno; pero aún mejor es saber que este Rey que es bueno es al mismo tiempo un Rey que es fuerte. Él tiene toda su deidad. Doy dos más, hermano, para terminar. Él es Padre Eterno. Miren, en todo ser humano hay un sentido de orfandad, y eso es muy profundo. La gente piensa que la orfandad la experimentan solamente aquellos que no conocieron a su padre, que no conocen a su madre. Usted puede tener el mejor padre que exista sobre esta tierra y puede tener la mejor madre que exista sobre esta tierra, y con todo, en su corazón hay más espacio. Es una caricatura decir: «Ah, mira, esa persona se siente así, un poco desamparada, porque no tiene a su padre», o «esta persona porque no conoce a su mamá». Usted pudo haber conocido a su padre, a su madre, a sus abuelos, y tener un ejército de tías, y todavía usted va a sentir un sentido de desamparo. El ser humano tiene adentro de sí un sentido de orfandad.
Hay un deseo insatisfecho de protección, de representación, de sustento, de un buen ejemplo, de un amor sin condición. Usted pudo haber tenido el mejor papá sobre esta tierra y, de todos modos, en su corazón hay más espacio. Alguien va a decir: «No, yo jamás podría decir que me siento en orfandad, porque mi madre me llenó de tanto amor, mis abuelos de ambos lados están vivos y me llenaron de tanto amor, todos mis tíos, mis tías, y adicional a eso había un ejército de gente que me amaba». Y todavía en tu corazón hay más espacio. Hay un amor de Padre que llegamos a conocer en Cristo, hermano, y ese sí es un amor profundo.
El Espíritu clama allá dentro de nosotros cuando da testimonio de que somos suyos, hermanos. Eso no se compara con el vínculo filial que tú llegas a tener con tus progenitores naturales. Hay un amor que nosotros recibimos de Cristo que realmente llena todo en todo; ese sí es un amor profundo, y ese sí rompe definitivamente la orfandad. Ahora le digo: si a usted le faltó un papá, si a usted le faltó una mamá, aunque tu padre y tu madre te dejaran, con todo, tu Dios te puede recoger. La orfandad en el ser humano solamente la llena él, porque él es Padre Eterno.
Miren, no hay ningún padre ni ninguna madre en esta tierra que, cuando concibe, no llegue a cuidarse y diga: «Yo tengo que cuidar mis decisiones, porque mis hijos me están mirando». Pero por bueno que usted sea como padre, en algún momento usted pisará mal.
Si hay alguien que dice «yo quisiera tener un mejor ejemplo», consígalo con el Padre Eterno, porque en esta tierra los ejemplos son limitados. Si usted quisiera sentir a alguien que lo ame sin condición, yo le diré: mire para arriba, porque para adelante no lo va a conseguir. Si usted quiere sentir que realmente alguien lo ama… porque aun nuestros padres naturales llegan a decepcionarse de nosotros, y es una decepción silente, pero hay padres que han llegado a decepcionarse profundamente de sus hijos. Él sí realmente te ama, y con amor eterno:
Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.
— Jeremías 31:3
Esa sensación de tener un Padre eterno, hermano, es algo que nosotros podemos celebrar en la Navidad; y ese espacio ancho y profundo que hay en mi corazón, en él se llenó perfecta y permanentemente. Él sí realmente me ama, él sí realmente me guarda, él sí realmente es un ejemplo para mí. En él sí hay un sustento permanente, justo y verdadero. Él es un Padre, es un Padre Eterno. Qué bueno es poder testificar que nuestra vinculación con él no es un asunto institucional, sino un asunto también filial y afectivo; no una relación solamente distante. Realmente nos ama, realmente nos busca, realmente nos guarda.
La última descripción que se nos da es Príncipe de Paz. Esta no la explicaré, sino que comparto dos versículos, y con eso doy por terminada la descripción de sus nombres:
Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.
— Romanos 5:1
Él es Príncipe de Paz.
Y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca.
— Efesios 2:16-17
Él es Príncipe de Paz, hermano. Él pudo proclamar una paz, y él pudo hacerla posible.
Como termina este texto es hablando de lo dilatado de su imperio y de la razón por la cual será posible. Dice el versículo 7:
Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.
— Isaías 9:7
Y esto será posible porque el celo de Jehová de los ejércitos hará esto.
Oración final
Oro por la iglesia, hermanos queridos, oro por las personas que están congregadas, para que el celo de Jehová de los ejércitos haga que su reino de paz, de justicia, de verdad y de luz avance hoy un poco más en el corazón de alguna persona que está aquí congregada.
Oro al Señor dándole las gracias. Ay, Señor, hemos estado proclamando tu nombre, que es glorioso, tu nombre, que es admirable. Hemos estado diciendo que tú eres Consejero. Señor, te pedimos que esto que hoy proclamamos, quizás desde la distancia, sea realidad para alguien. Permite, Señor, que un hombre o una mujer huérfanos hoy encuentren en ti al Padre Eterno. Permite, Señor, que alguien que está aquí hoy confundido encuentre al Consejero. Permite que alguno que esté lejos hoy encuentre al Príncipe de Paz. Ay, Señor, permite que alguno que está admirado hoy respecto de otras cosas, del pecado del mundo, de situaciones terrenales y temporales, hoy llegue a admirar algo que es todavía mucho más grande, mucho más brillante. Señor, que tu luz brille hoy más refulgente que cualquier pecado, que brille hoy de manera más refulgente que cualquier deleite temporal.
Bendice a tu pueblo, Señor, con una esperanza gloriosa. Permite que hablar de tu reino sea para nosotros más constante. Permite, Señor, que saludarlo a la distancia nos provoque deleite y placer. Permite, Señor, que nuestros instintos espirituales sean avivados de forma tal que podamos decir desde adentro, como un ruego, como un deseo profundo: «Señor, que venga tu reino, Señor, que venga tu reino». Queremos que Isaías 9 sea un asunto permanente para nosotros. Bendice a tu pueblo, Señor, con una esperanza gloriosa; bendice a tu pueblo, Señor, con una esperanza bendita. Permite que en medio, Señor, de las luchas temporales, saludemos a la distancia aquellas cosas perfectas que están en el porvenir.
Mantengan sus ojos cerrados, hermanos queridos. Si hay alguna persona que nos ha escuchado hoy hablar del Reino y de su Rey, si hay alguna persona aquí hoy congregada que todavía no puede decir con convicción «un niño nos es nacido, hijo nos es dado», si aquí hay alguien que todavía dice «a ellos les nació el niño, a ellos les nació»: ay, Señor, permite que su expresión sea hoy personal. Dice la Escritura que a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron; mas a todos los que le recibieron y creen en su nombre, les ha dado la potestad de ser hechos hijos de Dios. Dile al Señor ahí, con tus palabras: «Señor, quítame la orfandad; Señor, quita la separación, quita la distancia; hazte real en mi vida; hazte presente, Padre; perdona mis pecados». Dile ahí, con tus palabras: «Acéptame como tu hijo, inclúyeme en tu reino, reina sobre mí, Señor».
«Permíteme experimentar desde ahora la paz que sobrepasa todo entendimiento, ese gozo que es permanente; y dame, Señor, la seguridad de las promesas, de que estas cosas son para mí». Díselo ahí, en oración al Señor. Qué hermoso sería si para ti la Navidad en esta temporada tuviera un significado mucho más alto.
Gracias, Señor, por este tiempo. Te celebramos aquí; tú has nacido en medio de nosotros. En el nombre de Jesucristo, amén. Que el Señor les bendiga, hermanos amados, que el Señor les guarde. Nos despedimos cantando alabanzas al Señor.