Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
Saltar al contenido

La marcha difícil

Éxodo 14

La vida del creyente se parece a la marcha de Israel entre Egipto y la tierra prometida: una marcha difícil, repetitiva y desesperante, en la que Dios nos arrincona hasta que dependamos por completo de su providencia y de sus rescates sobrenaturales. En medio de pronósticos humanos sombríos, la iglesia está llamada a confiar en que el Dios que ya nos salvó una vez puede volver a rescatarnos.

Predicado29 de diciembre de 2019
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Que el Señor les bendiga, hermanos queridos, que el Señor les guarde. Les pido que me acompañen en la sagrada Escritura. Vayamos al libro de Éxodo. Ponga en este momento sus pies, póngase sobre sus pies, para que leamos juntos esta extensa porción de la sagrada Escritura. Pueden buscar sus Biblias en el libro de Éxodo, en el capítulo 14. Leeremos juntos 31 versículos de la sagrada Escritura. Doy un momento para que todos puedan buscar el libro de Éxodo, en el capítulo 14.

La intención que hay hoy en mi corazón no es simplemente traer una instrucción a la iglesia, no es que usted “aprenda algo” en el sentido de adquirir información nueva. Lo que pretendo es que podamos aprender con h intercalada, que podamos interiorizar algunas cosas que me parece que la iglesia ya conoce. Podemos entenderlo en lo intelectual, pero hace falta que podamos ahora interiorizar estas cosas en nuestro corazón. Es una porción de la Escritura muy leída, son partes de la revelación del Señor muy bien conocidas.

Lo que me gustaría hoy no es que ustedes conozcan esto como quien acumula datos, sino que realmente lo conozcan, que realmente lo interioricen, que puedan tomar esto como que es realmente del Señor para nosotros hoy. Hay un momento para enseñar y hay un momento también para exhortar acerca de lo que ya se había enseñado. El propósito de hoy es exhortar a la iglesia en aquellas cosas que la iglesia quizás ya conoce.

Libro de Éxodo, capítulo 14. Yo estaré leyendo dos versículos, ustedes dos, y así sucesivamente hasta que lleguemos al final. Dice la sagrada Escritura, libro de Éxodo, capítulo 14.

Habló Jehová a Moisés, diciendo: Dí a los hijos de Israel que den la vuelta y acampen delante de Pi-hahirot, entre Migdol y el mar, hacia Baal-zefón; delante de él acamparéis junto al mar. Y Faraón dirá de los hijos de Israel: Encerrados están en la tierra, el desierto los ha encerrado. Y yo endureceré el corazón de Faraón para que los siga; y seré glorificado en Faraón y en todo su ejército; y sabrán los egipcios que yo soy Jehová. Y ellos lo hicieron así. Y fue dado aviso al rey de Egipto que el pueblo huía; y el corazón de Faraón y de sus siervos se volvió contra el pueblo, y dijeron: ¿Cómo hemos hecho esto de haber dejado ir a Israel, para que no nos sirva? Y unció su carro, y tomó consigo su pueblo; y tomó seiscientos carros escogidos, y todos los carros de Egipto, y los capitanes sobre ellos. Y endureció Jehová el corazón de Faraón rey de Egipto, y siguió a los hijos de Israel; pero los hijos de Israel habían salido con mano poderosa. Siguiéndolos, pues, los egipcios, con toda la caballería y carros de Faraón, su gente de a caballo, y todo su ejército, los alcanzaron acampados junto al mar, al lado de Pi-hahirot, delante de Baal-zefón. Y cuando Faraón se hubo acercado, los hijos de Israel alzaron sus ojos, y he aquí que los egipcios venían tras ellos; por lo que los hijos de Israel temieron en gran manera, y clamaron a Jehová. Y dijeron a Moisés: ¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir en el desierto. Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos. Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo; y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco. Y he aquí, yo endureceré el corazón de los egipcios para que los sigan; y yo me glorificaré en Faraón y en todo su ejército, en sus carros y en su caballería; y sabrán los egipcios que yo soy Jehová, cuando me glorifique en Faraón, en sus carros y en su gente de a caballo. Y el ángel de Dios que iba delante del campamento de Israel, se apartó e iba en pos de ellos; y asimismo la columna de nube que iba delante de ellos se apartó y se puso a sus espaldas. E iba entre el campamento de los egipcios y el campamento de Israel; y era nube y tinieblas para aquéllos, y alumbraba a Israel de noche; y en toda aquella noche nunca se acercaron los unos a los otros. Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas. Entonces los hijos de Israel entraron por en medio del mar, en seco, teniendo las aguas como muro a su derecha y a su izquierda. Y siguiéndolos los egipcios, entraron tras ellos todos los caballos de Faraón, sus carros y su caballería, por en medio del mar. Y aconteció, a la vigilia de la mañana, que Jehová miró el campamento de los egipcios desde la columna de fuego y nube, y trastornó el campamento de los egipcios, y quitó las ruedas de sus carros, y los trastornó gravemente. Entonces los egipcios dijeron: Huyamos de delante de Israel, porque Jehová pelea por ellos contra los egipcios. Y Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano sobre el mar, para que las aguas vuelvan sobre los egipcios, sobre sus carros y sobre su caballería. Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y cuando amanecía, el mar se volvió en toda su fuerza, y los egipcios, al huir, se encontraban con el mar; y Jehová derribó a los egipcios en medio del mar. Y volvieron las aguas, y cubrieron los carros y la caballería, y todo el ejército de Faraón que había entrado tras ellos en el mar; no quedó de ellos ni uno. Y los hijos de Israel fueron por en medio del mar, en seco, teniendo las aguas por muro a su derecha y a su izquierda. Así salvó Jehová aquel día a Israel de mano de los egipcios; e Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar. Y vio Israel aquel grande hecho que Jehová ejecutó contra los egipcios; y el pueblo temió a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés su siervo.

— Éxodo 14:1–31

Puede sentarse, hermanos queridos.

Entiendo que esta es una porción de la Escritura muy propicia para el momento en que está viviendo nuestra iglesia. Así como en la agricultura se suele llevar un récord de la cosecha y hay años que son evaluados como años regulares, años muy buenos y también años muy malos, del mismo modo podríamos nosotros evaluar cómo ha sido nuestro año. Yo no vivo atraído fuera de mi pueblo; yo paso tiempo con mi gente, paso tiempo con mis hermanos, y les pregunto: ¿cómo ha estado tu año? En la evaluación que muchos de ellos han hecho acerca de este año que estamos por cerrar, ha sido casi unánime: ha sido un año duro.

Un año duro y un desierto por delante

Estamos por cerrar un año que ha sido especialmente difícil para muchos de nuestros hermanos, con asuntos aún pendientes que ya sabemos tendremos que arrastrar. Si usted esperaba que le quedaran días al año en curso para resolver asuntos pendientes, ya se fue el tiempo. Y lo que está pendiente en este año se arrastra para el siguiente: planes, proyectos, metas, sueños, motivos de oración que hemos estado llevando a la presencia del Señor. Al parecer ya terminó el año y no será un asunto para este tiempo, sino que se trasladará al tiempo por venir.

Vamos entrando entonces a otro año que, según los pronósticos, en él nos aguardan grandes dificultades. La gente tiende a escuchar consejos de los economistas. Aquí no tenemos quizás un Warren Buffet, pero tenemos a Alejandro Fernández W., que localmente le dice a la gente más o menos hacia dónde va la economía. La gente mira la geopolítica, ya todo el mundo sabe de qué eso se trata, dice: hay conflictos por aquí, hay conflictos por allá, nuestra región en este momento está muy atribulada. Y lo que nos está esperando a la vuelta de la esquina es un año doblemente electoral.

Los empresarios han hecho sus proyecciones y dicen: no es un momento para expandirse, sino para retraerse. Y del mismo modo dicen mis hermanos, y digo yo también, que si confiáramos solamente en lo humano, razones tenemos para preocuparnos. Aún no nos reponemos del trauma del año anterior y lo que tenemos por delante es un desierto desconocido, el escenario ideal para entregarse a la desesperanza. Si alguien podría perder la fe o deprimirse, este parece ser el momento, este es el momento.

Si usted entiende que puede ser fácilmente tambaleado, agárrese de aquí. En momentos como estos, en lo humano estamos siendo especialmente desafiados. Cuando miro hacia el año que estamos por cerrar, veo enfermedad, veo desempleo, veo hermanos con turbulencia en sus vidas. Y cuando uno junta el año que cerramos con el año que abrimos, siento que estamos como Israel mirando de frente el mar, y lo que queda por delante es un desierto, y detrás, ya alcanzándome, está mi enemigo.

La salida de Israel de Egipto y su tránsito hacia la tierra prometida representan bien el caminar del creyente en este mundo: una marcha incierta y difícil, en la que con frecuencia se nos indica que volvamos a caminar sobre los mismos trayectos que ya antes con dificultad habíamos recorrido. Una marcha en la que la información, si es que llega, se recibe gota a gota, y en que nuestra única seguridad está puesta en la bondad, en el poder y en los planes que tiene nuestro Dios para nosotros. Y aun eso, hermano, por temporadas podría volverse incierto en nuestra percepción.

Tomo esta porción de la Escritura para que hoy veamos uno de los momentos más desafiantes en el viaje de Israel e intentemos encontrar aliento en este relato para el mismo momento que está viviendo nuestra iglesia. Quisiera que veamos esto porque lo que he encontrado es que frecuentemente somos engañados al creer que estamos sufriendo solamente nosotros o que nuestras aflicciones son tan particulares que nadie más las está experimentando. Me gustaría implicar a toda la iglesia en el respeto de que, como iglesia, estamos siendo atribulados.

Que en lo humano no tenemos nada que esperar, pero que hay un Dios muy grande que va por delante y también va por detrás de nosotros. Que lo que dicen los pronósticos puede ser cierto, pero que el pueblo del Señor está confiando en provisiones que son sobrenaturales. Que si en este mundo esperáramos las mismas cosas que los hombres comunes, este es el momento para entristecerse; pero que si estamos esperando en que hay un Dios muy grande que va por delante y por detrás de nosotros, hay muchas razones para tener esperanza.

Cuando Dios nos hace repetir trayectos ya sufridos

No es, hermano, para darle un empujoncito y que usted se entregue al desespero. Es para mostrarle, hermano, que cuando estamos más desesperados, a veces es cuando el Señor más cerca está con nosotros. Y que cuando las aflicciones nos alcanzan de manera especial, podría ser el momento en que nuestro Dios está más cerca de glorificarse. Comienzo mostrando que esta marcha es una marcha difícil porque se nos envía a repetir las mismas cosas.

Escasos días atrás el pueblo de Israel había sido providencial y poderosamente liberado del yugo de Egipto. Hacía menos de una semana que el Señor, con su mano poderosa, había tomado este pueblo que había crecido ya en la esclavitud, había abierto especialmente las puertas de un imperio y había permitido que su pueblo saliera, y que saliera bien. De hecho, cuando Israel salió, no vio a su enemigo. El Señor trazó el día, y en ese día específico el Señor les dijo: salgan. Y ellos salieron.

Ahora que están ya dejando Egipto, que están en la frontera, imaginen un mapa: ellos van caminando un trayecto, el camino lo van recorriendo, y cuando están a las afueras de Egipto, entonces el Señor habla por medio de Moisés. Versículo 1: “Habló Jehová a Moisés diciendo: Di a los hijos de Israel que den la vuelta”. Del lugar a donde yo los acabo de sacar, y sabiendo que su enemigo está detrás de ellos, ahora dile al pueblo que dé la vuelta. Esta es una marcha especialmente difícil porque se vuelve a veces un loop repetitivo donde frecuentemente somos enviados a vivir las mismas cosas.

Hermano, usted no ha terminado de celebrar bien que por primera vez tiene quizás cuatro días de distancia de su enemigo y ahora el Señor le dice: ya usted está en la salida, ya cruzaron, ahora devuélvanse. Señor, ¿cómo que “devuélvase”? ¿Para qué? Quiero comenzar inmediatamente a aplicar estas cosas. Hermano, este es nuestro mismo trayecto, es nuestro recorrido. Frecuentemente, después que usted ha superado algunas cosas, el Señor vuelve a recetarle las mismas situaciones de antes. Y usted dice: Señor, ¿pero para qué, si tú acabas de liberarme con tu mano poderosa, para qué tú me mandas de nuevo a exponerme a mi enemigo?

Son los hermanos que dicen: estoy viviendo situaciones de dolor que ya viví antes. La enfermedad que me alcanzó años atrás vuelve ahora y me alcanza. Aquello que yo celebré como una victoria, ahora me siento hasta un poco avergonzado, porque yo dije que el Señor me libertó y ahora el Señor me muestra que estoy de regreso. Los mismos problemas que tenía en las relaciones antes vuelven a repetirse, y tú tienes como una repetición de que esto ya yo lo he vivido. Sí, antes de ayer yo te saqué con mi mano poderosa.

Moisés podría sentirse que esto es contradictorio. ¿El Señor está tratando de llevarnos a la tierra prometida o el Señor está tratando de llevarnos de nuevo a Egipto? Imagínense que el destino de ellos estaba en el noroeste, y cuando están ya encaminados hacia el noroeste, el Señor les dice: deténganse y caminen ahora hacia el sur. De hecho, en el lugar donde Israel ya se encontraba, estaba en un paso donde no tenían ni siquiera que encontrarse con el mar; iban a poder bordear. Estaban en el borde superior del mar. Y desde ese borde superior, donde tenían distancia de su enemigo y podían tomar ya sea la ruta del norte o la ruta del sur rumbo a la tierra prometida, el Señor les dice: no tomen ni la ruta del norte ni la ruta del sur, dejen la ruta del sur, devuélvanse.

Dí a los hijos de Israel que den la vuelta y acampen delante de Pi-hahirot, entre Migdol y el mar hacia Baal-zefón; delante de él acamparéis junto al mar.

— Éxodo 14:2

El lugar adonde el Señor los está llevando, hermano, parece una emboscada. Es el lugar más apropiado para ser encontrados por su enemigo. Señor, si tú me estás protegiendo, ¿para qué me expones? Son estas cosas donde uno vuelve a vivir un ciclo desesperante y aparentemente sin sentido, donde uno se enfrenta con la futilidad de la vida, donde uno dice: todo es una repetición, y cuando yo entendí que superé eso, vuelven y me lo recetan.

Hermano, nadie quiere volver a dar la misma clase. Por asunto de negligencia yo tuve que dar materias dos veces. Lo digo en la universidad. Después tuve que repetir la misma materia en otra universidad, y yo no podía evitar luchar con el desespero de que esto ya yo lo vi antes. Y nuevamente tendré que hacerlo, tendré que hacer las mismas asignaciones y tendré que luchar con las mismas cosas. Me gusta mucho una traducción de Eclesiastés 3:15 que dice: “Los sucesos del presente ya ocurrieron en el pasado, y lo que sucederá en el futuro ya ocurrió antes, porque Dios hace que las mismas cosas se repitan una y otra vez”.

Al igual que tú, yo quisiera que mi vida fuera una vida lineal donde cada cosa superada es una cosa enterrada, pero desde la providencia del Señor, a veces las cosas superadas serán las cosas repetidas. Y aquellas cosas que vivimos el año anterior se repetirán para el año siguiente. Y uno dice: Señor, ¿hasta cuándo?

Dios despierta de nuevo a Faraón y nuestros viejos enemigos

No podemos evitar luchar con la sensación de haber tomado una mala decisión. Dice el versículo 4: “Y yo endureceré el corazón de Faraón para que los siga”. Señor, pero tú lo que dijiste es que nos ibas a liberar de Faraón, ¿para qué me lo mandas atrás de nuevo? No era que él quería venir, fue que el Señor lo mandó detrás de ellos. Miren, para uno crecer en el entendimiento y conocimiento de Dios y de la providencia, tiene que tener cierta disposición devocional, porque nuestro Dios parece que nos está exponiendo. Faraón ya no quería ir detrás de ellos, pero ahora el Señor lo inquieta y hace que Faraón quiera perseguir de nuevo a Israel. El de Israel dice: Señor, ¿pero hasta cuándo?

Parece que la decisión indicada por Moisés fue lo que puso a Faraón en movimiento al ver al pueblo devolverse. Versículo 5: “Fue dado aviso al rey de Egipto que el pueblo huía; y el corazón de Faraón y de sus siervos se volvió contra el pueblo, y dijeron: ¿Cómo hemos hecho esto de haber dejado ir a Israel para que no nos sirva?” Yunció su carro y tomó consigo su pueblo, y tomó seiscientos carros escogidos, y endureció Jehová el corazón de Faraón rey de Egipto, y él siguió a los hijos de Israel, porque los hijos de Israel habían salido con mano poderosa.

Siguiéndolos, pues, los egipcios, con toda la caballería y carros de Faraón, su gente de a caballo y todo su ejército, los alcanzaron acampados junto al mar, al lado de Pi-hahirot, delante de Baal-zefón.

— Éxodo 14:9

Ahora el Señor les recuerda: habían salido con mano poderosa. Siguiéndolos, pues, los egipcios, con toda la caballería y los carros de Faraón, su gente de a caballo y todo su ejército, los alcanzaron acampados junto al mar, al lado de Pi-hahirot, delante de Baal-zefón. Los encontraron acampados en el lugar donde el Señor los había puesto.

No quiero seguir, hermanos, redundando en estas mismas cosas, lo que quiero es establecer el punto de que frecuentemente en nuestras vidas superamos determinada etapa, superamos determinados retos, superamos determinada aflicción, y el Señor en su providencia vuelve a repetirnos las mismas cosas. Y luchamos con este asunto de que estamos inmersos no solamente en una incertidumbre, sino en un asunto repetitivo, tal cual como Faraón entendió que ellos estaban encerrados en la tierra.

¿Cómo podemos nosotros aplicar estos nuevos encuentros con nuestro enemigo de siempre? Hay hermanos que en una temporada de su vida fueron afligidos por tentaciones y luchas espirituales que ya habían dado por superadas, y a veces diez años después esas mismas tentaciones y luchas espirituales vuelven a perseguirte. Y lo que tú entendías que estaba en tu pasado, tu hermano aprobado con mérito, ahora el Señor dice: vamos a dar de nuevo una repetición de los mismos conocimientos, a ver las mismas cosas, son encuentros con nuestro viejo hombre.

Yo le llamo a eso tener un avivamiento carnal. A veces tú despiertas y tú ves al espejo, y al que tú ves en el espejo es el de antes. Y tú dices: Señor, pero esa área de mi vida ya tú la habías refinado, ya la santificación había llegado hasta ahí. Hermano, a veces es como una ola de santidad que llega hasta una parte y vuelven a verse las rocas. Yo quisiera que mi hombre espiritual siempre prevalezca, pero por momentos el viejo hombre aparece: “Tú estabas aquí todavía”.

Ay, hermano, si el Señor va obrando contigo, a veces él te sorprende. Emergen actitudes, comportamientos en ti que eran los comportamientos de antes. Son situaciones mentales y emocionales, depresión, inestabilidad, debilidades que vuelven a alcanzarte. Y uno entendía, hermano, que habíamos salido con mano poderosa y que nunca más; y ahora el Señor no solamente te permite volver atrás, sino que va a permitir que tú le veas el rostro a tu enemigo.

He estado mostrando que la marcha es difícil porque el Señor a veces nos indica que volvamos a repetir las mismas cosas, y lo que una vez luchamos con eso volveremos a luchar. Hay otra razón por la cual también la marcha es muy difícil, y es que el Señor providencialmente no solamente nos coloca en situaciones de inestabilidad, sino que él a veces nos conduce hasta nuestro desespero.

Dios nos arrincona hasta el punto de la desesperación

Todos luchamos con situaciones, pero nosotros sabemos que las situaciones tienen diferentes grados, tienen diferentes niveles. Hay una situación desesperante, y a esa situación desesperante a veces el Señor te ve jugando. Por favor, hermano, sea un poco paciente. Si usted no está acostumbrado a entender la providencia del Señor, usted tiene una perspectiva quizás romántica de la voluntad de nuestro Dios. Usted entenderá que todo lo que Dios manda son flores. Y pareciera que yo estoy haciéndole aquí un flaco favor a mi Dios, que yo estoy diciendo que no solamente manda flores, sino que manda a veces más espinas que flores.

Pero lo que yo he visto en la vida de todos los hombres de Dios que están documentados en su Palabra es que el Señor les fue graduando la presión y a veces los colocó contra la pared. Y, del mismo modo, veo frecuentemente a mis hermanos, veo a mis hermanos luchando con cosas que yo estoy seguro que ni ellos, ni tampoco yo, tenemos la capacidad para salir de ahí por nuestros propios medios. Yo estoy convencido, hermano, que hay situaciones de la vida donde los consejos no serán suficientes. Y usted puede rodear, hermano, con el mejor de los consejos, y el consejo no es suficiente. Hace falta la providencia del Señor para sacarle de ahí.

A veces vemos al hermano arrinconado en posiciones, en situaciones, en presiones, y a veces duele mucho ver al hermano ingenuo que entiende que con mover el círculo él va a lograr salir, o sea: cámbiame del lugar donde Dios providencialmente me puso. Hermano, hay veces que lo que hace falta no son tres versículos, sino que el Señor aparezca con su mano poderosa. Y yo quisiera mostrarle a mi iglesia que a veces redundamos y llovemos sobre mojado diciendo: “Hermano, tú no has salido porque no has hecho lo que hay que hacer”. Ya yo hice lo que hay que hacer.

“Hermano, no has salido porque no has orado lo suficiente”. He orado lo suficiente. “Hermano, estás donde estás porque tomaste tal decisión”. No. Yo lo que hice fue que cuando el Señor me dijo que recoja, recogí; me fui, y cuando me dijo que me devuelva, me devolví. Y cuando me devolví, entonces me agarraron. Y ahora dice el Señor que marche, y yo digo: Señor, yo lo que veo es agua, ¿será que nade?

Lo que quiero es que mi iglesia madure en este sentido, para que dejemos de ser ingenuos, tomando hermanos que Dios le ha colocado contra la pared y tratando de que el hermano crea que con repetir tres versículos, con orar aquí conmigo, con tener una mejor actitud, las cosas van a cambiar. Las cosas no van a cambiar con una mejor actitud. Las cosas cambiarán cuando Dios quiera cambiarlas.

Si hay algo que puedo decirte, hermano, que estás en este momento especialmente afligido, es que yo no tengo ni de cerca la capacidad para sacarte de tu aflicción. Tú no tienes la capacidad para salir de tu aflicción por tus propios medios, pero así como tu Dios te pasó en el primer momento de muerte a vida, ese Dios de nuevo te puede pasar de una situación a otra situación. Y aunque lo que haya por delante sea un desierto abierto, tú entiendes que el Señor vez tras vez volverá a rescatarte.

Me gustaría que, como iglesia, maduremos a tener una actitud de ser rescatables. Una actitud de ser rescatable no es que estamos entregados a la indiligencia, donde no vamos a hacer nada, la inoperancia, sino que estamos muy abiertos a reconocer que por nuestro raciocinio, por nuestra capacidad, por nuestros recursos, por nuestro consejo, no saldremos, pero el Señor nos sacará.

Qué hermoso es una iglesia que ya no está esperando como si esto fuera coaching, terapia, o algo así de dos para adelante y tres para atrás. Es una iglesia que está esperando que su Dios tiene una mano poderosa, que el mismo que te sacó volverá a sacarte.

Dios repite los milagros para que confiemos en lo sobrenatural

Si hay una lección que yo pude extraer de aquí mientras comencé a estudiar este texto, surgió, hermano, con una conversación que tuve en la semana y sentí que el Señor ministró especialmente mi corazón. Me dediqué a estudiar el texto, y cuando estudiaba me encontré aquí algo, hermano. Y es que el Señor nos hace repetir vez tras vez las mismas cosas porque en esa repetición hay una predisposición de nosotros a confiar más en su providencia, a confiar más en su poderío.

¿Para qué él hace el milagro una vez y luego nos coloca en la posición de repetir el milagro? Para que confiemos, hermano, que no estamos en este mundo caminando en lo natural, sino en lo sobrenatural, que no es solamente madurez intelectual, sino dependencia del Señor. El Señor que te rescató una vez te rescatará diez veces si hace falta.

Este ejército impresionante que venía detrás de Israel… Recuerden esto, hermano: miren, Israel era esclavo en Egipto. Ellos nunca habían enfrentado a Egipto de poder a poder. Es la primera vez que Israel va a ver el armamento militar de Egipto. Ellos lo que eran era servidumbre en ese país. Y quizá habían visto de lejos los carros de Faraón. Hermano, una cosa es que tú estás limpiando y tienes que limpiar los carros, y otra cosa es que tú veas el carro venir a buscarte a ti. Es distinto.

Ellos no habían conocido lo que es ser perseguidos por el poder de Egipto, pero el Señor quiere que ellos sientan. Uno podría decir: “Guau, Señor, qué maravilloso hubiese sido si esto solamente fuera: tal día se van, ellos se van, y ya no hay ningún problema”. Sí, pero el Señor quiere que ellos constaten vez tras vez que están en lo sobrenatural. Ahora el Señor los coloca en estrecho, y cuando sienten que se van a morir, dice el versículo 9: “Siguiéndolos, pues, los egipcios con toda la caballería, carros de Faraón, su gente de a caballo y todo su ejército, los alcanzaron acampados junto al mar, al lado de Pi-hahirot, delante de Baal-zefón”.

La historia no fue que no lograron alcanzar. Dice aquí que los alcanzaron. Este ejército: seiscientos carros escogidos, todos los carros de Egipto, cada carro con su capitán, Faraón enfurecido, con un corazón endurecido, con el sentimiento de haber sido burlado. ¿Tú has visto una persona que se siente burlada, qué agresiva puede ser? Si Faraón era duro con el pueblo todavía bajo su señorío, imagínense lo duro que iba a ser Faraón ahora que se siente burlado por Israel.

Yo siento que el Señor como que movió un avispero, y después le dice: vayan detrás de ellos. Señor, ¿pero para qué tú mueves las avispas? No las muevas, no inquietes a ese hombre. Déjalo tranquilo. Ya sabemos que él es perverso y sabemos que él es malo. Dios pudo haber evitado el encuentro, pero lo permitió.

Veo, hermano, mío, que hay quienes le tienen cierto temor a determinadas cosas. No todo el mundo le teme a lo mismo. Hay gente que su temor principal está en la salud y dice: “Guau, si un hijo se me enfermara, si la esposa se me enfermara, ¿qué me pasaría a mí si me sobreviniera tal cosa?” Si lo tuyo es la salud, hay veces que el Señor no solamente permite, sino que te muestra la enfermedad y te dice: mira, aquí está la enfermedad, está en todas partes. Uno escucha a veces “de oídas te había oído” de la enfermedad, pero una cosa es oír de la enfermedad y otra cosa es ver la enfermedad.

Hay hermanos que su aflicción está en pensar en que le han faltado los medios de sustento y dicen: “Guau, y si no tuviera”. Y tú has escuchado de lejos lo que es eso de tener crisis financiera, pero otra cosa es vivir eso. Israel “de oídas” había oído todo esto, pero ahora por primera vez mira hacia atrás y se da cuenta de que ahí está el enemigo, ahí están los carros, ahí están ellos que están buscando.

Frecuentemente el Señor elige rescatarnos en vez de evitar exponernos. Señor, si tú querías de todos modos liberarme, no permitas que me sobrevenga. “Sí, te va a sobrevenir para yo rescatarte”. Ese razonamiento que el Señor en su humanidad tenía en Getsemaní cuando decía: “Señor, si te es posible, pase de mí esta copa”. Y ahí en su oración… No, no va a pasar de tajo. Lo que va a pasar es que te voy a rescatar desde la muerte.

Hermano, mi oración y mi deseo natural es que a mí el Señor me evite esas cosas, pero a veces el Señor no las evita, sino que permite que lleguen para rescatarnos. Ya se lo he contado antes, pero recuerdo un momento que estaba pastoreando a alguien y le mencioné a Job. Y la persona abrió los brazos y dijo: “No, no, no, yo no aguanto, mira, yo no aguanto”. La persona estaba afligida, yo le menciono el caso de Job, y la persona: “No, como Job no”. Y yo le entiendo, hermano. Si a mí me dicen que yo voy a ser afligido al nivel de Job, yo me entrego al suelo y digo: “No, me mato”.

No juegues con tu resistencia, hermano, que se relajan con eso y dicen: “No, yo puedo”. Tú no puedes. Tú eres más débil de lo que piensas. Hermano, si no fuera por la misericordia del Señor, ya nosotros hubiésemos sido consumidos. Si acaso tú estás en pie, es porque Dios ha mostrado todavía más fuerza a favor tuyo. Pero humanamente hablando, hermano, yo no tengo capacidad; cualquier brisita me tumba. “Vamos a caminar por aquí, que ahora yo estoy más fuerte”. No, no, hermano, no se exponga. Confíe en la providencia, pero no se exponga, porque somos más débiles de lo que pensamos.

Yo he encontrado gente muy madura que en los momentos de presión, hermano, se comportan como el que menos, y uno dice: “¿A dónde se fue toda esa madurez?” Es que una cosa es comprensión y otra cosa es bajo presión.

El clamor y la amargura: lo mejor y lo peor que sale del corazón

Este era el peor lugar para ser encontrados por su enemigo. Miren, cualquier huida los enviaría aún más lejos de la tierra prometida. Si ellos iban a correr hacia algún lugar, sería al sur profundo. Ya no pueden correr hacia el norte, ya no pueden ir hacia el nordeste. A la derecha el agua, y hacia el fondo el sur; mientras más corran, más lejos van de la tierra prometida.

Pongo aquí la acotación de que, a este punto, ellos no sabían que el mar se iba a abrir. Uno lo mira retrospectivamente y está convencido de que no hay problema, el mar se va a abrir. Pero, hermano, todavía para quienes no tienen fe, este es uno de los milagros más irrisorios que hay en todo el Antiguo Testamento. Y uno habla de estas cosas y ya no está necesariamente afligido porque “el mar se va a abrir”, pero, ¿y quién sabe tú que se va a abrir en dos?

Bueno, ¿quién mete un milagro en una tabla de Excel? En la celda B2 tú pones, en la B17: “milagro”. ¿Usted se imagina que en su presupuesto pongan en alguna celda: “milagro, providencia, rescate”? Nadie sabe cuándo se va a venir. Algún hermano me va a decir: “No, yo tengo tanta fe que yo lo meto ahí”. Usted lo que es ingenuo; eso no es fe. “Yo lo meto ahí, mira, eso ahí en la tabla, yo le voy a poner en color verde, voy a poner que eso es milagro”. Bueno, los milagros no se presupuestan, se esperan.

Yo camino todos los días con la expectativa de que mi Dios puede rescatarme, y tú me dices: “¿Qué hora puntual tú crees? Porque se está como tardando”. A veces, cuando ya te están agarrando del cuello, cuando ya Faraón está detrás, lo primero que llegará será el caballo del carro. Bueno, cuando el caballo ya te alcance, ahí el Señor te rescata. El Señor pudo haber abierto el mar antes de que ellos llegaran. Pudo haberlo hecho así, hermano, pudo haber abierto el mar antes que el pueblo se acercara. El Señor esperó a que estuvieran en el mayor punto de aflicción para entonces disponer hacer este milagro.

Lo mismo pasa con la providencia del Señor: hay que esperarle en silencio. Yo quisiera que mis hermanos hablen unos a otros: “Mis hermanos, ¿se resolvió el asunto?” “No se ha resuelto. Y humanamente hablando cada vez parece que está peor, pero estoy confiando, estoy esperando. Hasta ahora seguimos en pie por la misericordia del Señor, y yo espero que aún antes de que seamos derribados, el Señor nos salvará”. Eso es convicción, hermano, eso es fe.

Lo que he visto es que la situación desesperante saca lo mejor y lo peor de nosotros. Y la situación desesperante sacó lo mejor y también lo peor del pueblo de Israel. Las dos cosas salieron aquí. Salió primero una dependencia del Señor, y al mismo tiempo la amargura que era característica de Israel y la queja continua que tenían delante del Obrador del Señor.

¿Cómo la aflicción les afectó a ellos? Miren lo que dice el versículo 10:

Y cuando Faraón se hubo acercado, los hijos de Israel alzaron sus ojos, y he aquí que los egipcios venían tras ellos; por lo que los hijos de Israel temieron en gran manera, y clamaron a Jehová.

— Éxodo 14:10

El Señor pudo haber abierto el mar en dos antes que llegaran. Oye, qué hermoso es eso, hermano, cuando tú sientes que hay un edecán que va por delante y antes de que tú sientas la necesidad, ya eso se dispuso. Pero aquí no fue así. Dice que clamaron a Jehová: sacó lo mejor, hermano, clamaron. Para eso el Señor manda aflicción: primero, para fomentar nuestra dependencia de su providencia, y al mismo tiempo para trabajar en nuestra santificación.

Lo primero que hicieron fue clamar a Jehová. Yo, particularmente, nunca he clamado tan fuerte como cuando el agua estaba más para arriba. Sucede algo, y es que cuando las cosas están despejadas, tú puedes orar. Tengo pendiente predicar a la iglesia respecto de lo que es clamar. Clamar no es oración solamente. El clamor es una oración desesperada. El clamor es algo que sale, hermano, no desde los labios, algo que sale desde adentro. Para que alguien clame, tiene que haber sentido ya la presión.

¿Cuándo fue que Israel clamó en Egipto? Cuando los apretaron, los apretaron, los apretaron a un punto tal que salió como desde adentro. Hermano, eso subió a la presencia del Señor. Una iglesia que clama es una iglesia que no trivializa su aflicción, es una iglesia que no relaja con eso: “Señor, yo necesito que tú me rescates, porque yo siento que…”. Estaba yo leyendo esta semana y recordaba una vez que me dieron una bola en una camioneta que no había de qué agarrarse, y eso saltaba, hermano, y yo esperaba que en cada salto todavía cayera adentro.

Pero no había de qué agarrarse. Entonces tú como que hacías esfuerzo de tender los brazos, de tantear algo, pero cada vez que la camioneta saltaba, tú saltabas y te sentías en el aire, con la expectativa de aterrizar todavía en la cama de la camioneta. Hermano, el Señor se va moviendo en su providencia, y tú le dices: “Señor, que no me caiga, Señor, que no me caiga, pero soy débil, Señor, soy débil”. No: “Yo no me caigo, yo soy firme, mira, yo puedo ir adelante”. Hermano, no se exponga, que usted es débil. Confíe: “Señor, rescátame”. Y claro, diciéndole: “Señor, cada vez soporto menos. Señor, cada vez lo siento más”.

¿Qué hicieron ellos? Clamaron a Jehová. Eso es lo primero, sacó lo mejor. Pero también sacó lo peor: afectó su juicio. Versículo 11:

Y dijeron a Moisés: ¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto?

— Éxodo 14:11

“No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto”. ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿Fuiste tú que nos sacaste de Egipto? Pero tú eras el que no quería ir, ellos eran los que querían salir. El clamor vino de ustedes. Uno es ligero y se quiere burlar de Israel, hermano. Nosotros en la aflicción somos peor.

Sabemos que fue el Señor que mandó la aflicción, pero yo quiero encontrar algún fulano de turno para darle un pedazo de aflicción, decirle: “Tú eres mi culpable de turno, por ti estoy yo aquí”. Y digo, veámoslo con tristeza, pero frecuentemente los más afectados cuando nosotros nos agarra el momento de tribulación y de aflicción son otros seres queridos. Nuestra desesperación nos vuelve gente irritable, gente poco paciente. La misma cosa que había estado ahí siempre ahora parece mucho más grande.

Ellos dejaron de confiar en la promesa del Señor. Dice: “Nos has sacado para que muramos en el desierto”. El Señor les había prometido que los iba a llevar a la tierra prometida, pero ahora cambian la promesa del Señor por muerte: “Para lo que nos sacaron fue para matarnos”. En la práctica solo queda incredulidad. La gente dice: “No, yo no me comporto como un incrédulo”. Sí: cuando tú dejas de confiar en las promesas del Señor, te estás comportando como un incrédulo.

Se les olvidó que eran ellos los que querían salir de Egipto y clamaron antes al Señor al respecto. Acusaron a Moisés de haberlos obligado a hacer lo que ellos no querían. El que no quería eso era Moisés. Recuerden que cuando a Moisés lo llamaron, él fue el que dijo que no. Ahora le están diciendo: “Tú eres el culpable; tú fuiste el que nos vendiste sueño. Nosotros estamos aquí por tus sueños. Tú eres engañador, tú eres un vende-sueños. Tú nos trajiste a una emboscada”.

Tú dices: “No, yo no soy así”. Sí, hermano, miren, cuando somos especialmente afligidos nosotros podemos verbalizar la promesa del Señor, pero a veces dejamos de creerla en el corazón. Podemos llegar a acusar injustamente a nuestros relacionados, a los cónyuges, a los líderes de las iglesias. Es una actitud cuestionadora, una actitud amarga.

Qué triste ver a un creyente cubierto por la desesperanza. Pero también tócalo con cuidado, hermano, porque cuando tú veas a uno así digas: “Ahí puedo estar yo también; solamente sabe el Señor lo que le recetaron a ese”.

Miren, mientras más yo paso tiempo en los caminos del Señor, y sobre todo en el ministerio pastoral, más respeto tengo por la aflicción de los otros. Porque es que yo puedo compartirte una aflicción con palabras, pero la manera en que eso me está afectando a mí desde adentro yo no te la puedo transmitir. No es que tú estás exagerando; no digas: “Tranquilo”, porque solamente él y el Señor saben el rincón donde el Señor lo ha mandado.

En el boxeo, que es uno de los deportes más violentos, el entrenador respeta ese asunto porque él no es el que está cogiendo los golpes, es el otro. Y el entrenador le dice: “¿Tú crees que resistes?” Yo nunca he visto un entrenador en boxeo diciendo: “No, tú resistes, sal de nuevo, yo creo que tú puedes”. No, hermano, él le quiere preguntar porque es él que está ahí fajado. “Hermano, yo creo que tú puedes, yo creo que tú resistes”. Espérate, déjalo respirar, que le están dando por el hígado, déjalo tranquilo, hermano.

Cómo sufrir con entendimiento y abrir la lucha a otros

Ahora, puedo decirle a la iglesia antes de moverme que hay manera de no agravar estas cosas. Y la manera más sabia que he encontrado es reconocer que Dios receta este tipo de aflicción. Tú no vas a poder evitar ser afligido. Ahora, tú puedes ser afligido con entendimiento o sin entendimiento. Un creyente que es afligido con entendimiento le manda todo eso al Señor y dice: “Jehová dio, Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. No fue este, no fue aquel; más allá de todos ellos, fue el Señor que te colocó allí. Y eso cambia la historia, porque ya no se vuelve un asunto personal hacia alguien, hacia una institución, hacia una persona, sino entre tú y Dios.

Otra cosa que ayuda es compartir abiertamente con tus relacionados las áreas en las cuales tú estás luchando. Es más, pídele a tu gente que sean pacientes contigo. Algo que yo he tenido como carga en este fin de año es que he sentido que los evangélicos, sobre todo los hombres evangélicos, sufrimos callados y nadie comparte su lucha. Y en eso, hasta los incrédulos nos sacan la milla, porque aun el incrédulo tiene un compadre con quien él llama y le dice: “Compadre, yo quiero decirle, mire, estoy luchando, para que usted sepa”.

Tú le preguntas al hermano: “Hermano, ¿cómo estás?” Y todo el mundo: “Bien”. “¿Y cómo va?” “Excelente, en victoria”. Así, con el agua hasta aquí, hermano, y tú no puedes dejar de ver al hermano en su situación, dónde estará. “En victoria”. Hermano, que te quiero llamar es para que te abra la posibilidad de decir que en este mundo de injusticia, de pecado y de maldad somos afligidos, a veces por tribulación cruzada, y no estamos tan cómodos como quisiéramos estar. Pero no digas que tú estás cómodo cuando estás luchando.

Tú te imaginas que Moisés preguntara al pueblo: “¿Cómo estamos? ¿Cómo está el ánimo hoy aquí?” “Maravilloso, esperando que lleguen los carros que nos desbaraten a todos”. Iglesia, no es que hagamos de esto un show. En todo hay una caricatura, hay un abuso también de eso, y es la gente que utiliza su aflicción para llamar la atención hacia él. No lo haga, porque también yo estoy siendo afligido. Yo puedo empatizar con tu aflicción hasta un punto, pero entiende que esto no es para que tú busques un protagonismo porque “nadie sufre lo que sufro yo, nadie aguanta lo que aguanto yo”.

Más que tú. Evita darte permiso de imitar a Israel. Hay alguien que va a decir: “No, porque mira cómo Israel, entonces también yo”, y se da el permiso. Hay dos cosas que son distintas. Primero, usted tiene mucho más conocimiento que Israel; y segundo, tiene la ayuda del Espíritu Santo. Yo encuentro hermanos que quieren repetir: “Ah, no, mira, porque los hombres del Antiguo Testamento se daban el permiso de hacer tal cosa”. Ellos no tenían el entendimiento que tú tienes ni tenían el Espíritu Santo.

Eso es una razón para que tú pongas un estribo en tus palabras, para que pongas un estribo en tus actitudes, para que no le des “play” a tu agrura, a tu amargura: “No, a mí hay que entenderme porque yo estoy siendo afligido”. Espérate, porque el Espíritu Santo tú lo tienes, y tienes más entendimiento que la media de los hombres del Antiguo Testamento.

Un líder que sufre igual pero anima por convicciones

Me muevo ahora, hermano, para que veamos que el instrumento que Dios usó para alentar a su pueblo fue sometido a las mismas angustias y tribulaciones que todos ellos. Dice el versículo 13:

Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.

— Éxodo 14:13–14

Marque ahí el 13, porque ahí, hermano, yo me doy cuenta del nivel de liderazgo que llegó a tener Moisés. Y Moisés dijo al pueblo: “No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos”.

Yo me imagino cómo se dio ese discurso, hermano. Bueno, yo he dado ese discurso: el pueblo afligido, y uno dice: “Hermanos, vamos hacia adelante. El Señor está con nosotros, no temáis”. Pero tú también tienes la cabeza grande. A ti es al primero que te van a buscar. Y esa es la razón por la que en el versículo 15 dice:

Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen.

— Éxodo 14:15

Moisés dio el discurso, hermano, y se mandó a clamar a Jehová también. Fuera de la esfera espiritual, una persona apta para dar consejos es una persona que tiene su vida resuelta. En el mundo, fuera de la esfera espiritual, una persona que puede darte a ti confianza es una persona que no tiene aflicción: “Todo va a estar bien porque yo estoy bien. Tú vas a ser exitoso porque yo lo soy”. Él es el paradigma, él es el referente.

De hecho, hermanos, en el paquete para dar esas charlas y demás, tú tienes que tener un porte físico que lo anuncie. Si usted va a dar ese tipo de charlas motivacionales y demás, trate de tener un cuerpo, trate de tener un vehículo que represente su discurso, trate de tener ropas que anuncien eso, prendas, decorados que anuncien eso. Si no, no da el discurso.

Ahora, el liderazgo espiritual es diferente. Moisés no está dando el discurso porque Moisés tenga sus problemas resueltos. Moisés no está dando el discurso porque Moisés esté del otro lado del agua y desde allí les esté gritando: “Quédense quietos, que ya yo crucé, y no se preocupen, que ustedes también pueden nadar; ustedes cruzan”. No, no es el caso. Moisés está siendo afligido con la misma fricción de su pueblo.

Lo que diferencia el liderazgo espiritual son sus convicciones y su longanimidad, esa capacidad para extenderse, para aligerar la carga de los otros mientras ellos luchan con sus propias necesidades. Moisés no está estimulando al pueblo porque él mismo se sienta seguro. Lo que Moisés tenía en este momento no era seguridad, era convicción.

De hecho, un buen criterio para elegir un líder para cualquier aspecto de la iglesia es preguntarte lo siguiente: si para animar a otros esa persona tiene que tener sus problemas resueltos, no es un buen líder. Tú dices: “Mira, él es excelente líder, siempre y cuando su presupuesto esté bien, siempre y cuando su matrimonio esté bien, siempre y cuando su salud esté bien; pero si le falta en alguna de esas áreas hay que quitarlo del pueblo porque lo daña”.

Un líder es una persona que puede decir: “Mira, en mi enfermedad yo puedo traerte aliento a ti”. Qué hermoso eso. Cuántos son los testimonios de personas que van a dar aliento a un creyente maduro, a un creyente que tiene convicción, y esos mismos creyentes desde su enfermedad les pastorean. Y tú dices: “Yo vine sano a darle aliento a él, y él desde su enfermedad me está dando aliento a mí”. Es que lo que marca la diferencia son las convicciones.

Habían tres cosas que Moisés entendía. Dice Moisés: “Jehová nos salvará hoy”. Y tú me preguntas: ¿Y por qué hoy? ¿O sea que el Señor se lo haya revelado a Moisés que definitivamente vienen hoy? ¿O está diciendo: el Señor nos dijo que nos iba a llevar a la tierra prometida, y hoy no vienen a matarnos? Y dado que el Señor nos va a salvar, o nos matan o nos salvan; y yo creo que nos salvan.

Yo creo que fue por descarte. Por deducción. Él dice: “Si ya Faraón está ahí, y hay seiscientos carros que vienen a buscar la cabeza de todos nosotros, y el Señor dijo que nos va a llevar a la tierra prometida, hoy o nos matan o nos salvan. Y yo le creo más a la salvación del Señor que al poder de Faraón; entonces sí, hoy nos salva”.

Hermanos, es un asunto de convicciones. En el momento de la aflicción no salgas por ahí diciéndole a la gente: “Mañana tu aflicción se detiene”. Ahora, si la persona se está muriendo y tú sientes que no llega mañana, tú puedes decirle: “El Señor te va a salvar”. Y tú dices: “Bueno, pero me estoy por morir”. Sí, quizá matándote el Señor te salva. A la frontera ya no falta nada.

Él dice: “O nos matan a todos o nos salvan, y yo creo que el Señor nos va a salvar, hermano”. Es que la salvación del Señor es un asunto muy grande y la promesa del Señor es segura. Le dijo Moisés también algo que a mí me estimula mucho. Oye, yo tengo que subrayar eso en mi Biblia, hermano, escuchen esta expresión. Estoy en el 13, en la segunda parte:

Porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis.

— Éxodo 14:13

Mano, los traductores hicieron ahí una labor de enfatizar algo que es difícil de traducir, pero eso es como “nunca jamás”, lo que dice es: “Eso es para nunca; ya no más egipcios”. Oye, qué hermoso sería si el Señor nos enfrenta a nuestro peor enemigo en un momento, y tú dices: “Quizá esto está tan recio en este momento porque esta es la definitiva”. Habían descansado ese asunto. Lo vieron, lo vieron bien, se asustaron bien, pero no lo volverán a ver. Hermano, ¡qué promesa!

Qué hermoso sería si en esta temporada de aflicción en tu vida el Señor te diera una victoria contundente y para siempre en esa área. Que tú digas: “Guau, Señor, gracias, porque mira, esto fue la definitiva”. Qué hermoso sería si ese pecado que te está persiguiendo, el Señor le quita la rueda, y ese pecado no corre más sobre ti. Qué hermoso sería si esa aflicción recurrente en tu vida el Señor la desarma, y no solamente la desarma, sino que hace que el mar entero lo cubra, hermano, qué hermoso sería.

Señor, si lo que tenía que haber pasado para que eso sea una victoria contundente y definitiva sobre ese pecado, sobre esa actitud, sobre ese dolor, es que yo me encuentre arrinconado, ¡gloria al Señor! Por el momento, suframos esta temporada confiando en que el Señor nos libertará para siempre.

Dice Moisés en el versículo 14: “Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos”. ¡Wow, qué hermoso, hermano! Y después, aquí mismo, Moisés se fue a clamar a Jehová, y parece que clamó tanto que el Señor le dijo: “Ya, deja de orar”. Posiblemente debido a ese discurso donde él se comprometió ante el pueblo y habló en nombre del Señor, Moisés estuvo clamando tan insistentemente que aquí es que el Señor le dice a Moisés:

Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen.

— Éxodo 14:15

Moisés estaba clamando de una manera tan grande, tan insistente, tan desesperada, que le acarrea también la reprensión: “Confía, confía. No te entregues tú también. ¿Por qué clamas a mí? Dile al pueblo que marche”. Al parecer, el sentido de esa expresión es que ya había sido suficiente, que ya esa oración había sido escuchada, que ya era el momento de actuar, no tanto de seguir orando.

Clamar sí, pero también obedecer y marchar en fe

Aclaro aquí lo siguiente, hermano: es tan peligroso intentar actuar sin clamar, como evitar actuar a causa del clamor. Llega un momento que se convierte en un vicio. Hay gente que siempre está clamando por las mismas cosas. Llega un momento en que lo que hay que hacer es cruzar. Y usted me dirá: “Pastor, ¿y cómo yo sé que es el momento?” Hermano, clame, yo también estoy clamando, pero a veces tú te das cuenta de que ya el Señor te ha indicado que ya no es orar más por eso, sino tomar una decisión valiente.

He encontrado una gran cantidad de creyentes que han hecho del clamor un vicio de indecisión. Tienen que tomar decisiones en su vida, pero quieren seguir orando cuando es el momento de decidir. En la iglesia donde yo crecí, cada tres meses había un culto especial que se llamaba “Culto de decisión”. Y ahora yo he entendido la lógica de ese asunto. La vida cristiana no consiste solo en introspección, no consiste solamente en erudición. La vida cristiana consiste principalmente de decisiones valientes: clamar al Señor y tomar una decisión de decir: “Yo voy a encaminarme a hacer en esto la voluntad del Señor, y si ha de morir, que muera”.

A veces lo que hace falta es esa decisión valiente. Hay cantidad de hermanos míos que tienen un vicio de esto, han hecho un vicio de la dirección. Esperan tener todos los detalles puntuales antes de moverse en obediencia. “Después te clamo al Señor”. Lo que falta es obedecer al Señor, moverse en obediencia. “No, yo quiero que me digan todos los detalles antes de obedecer”. Hermano, obedezca. A Moisés no le dieron los detalles.

Es interesante que a medida que Moisés fue actuando en fe y obediencia, el Señor fue respondiendo con providencia. Yo creo que mis hermanos están en inoperancia muchas veces porque no han tomado la decisión que está al alcance. Hagan algo. Parece una locura marchar cuando el mar está por delante.

Hay otros que han hecho un vicio tremendo: quieren que para cada cosa, pequeña o grande, aparezca alguien que les autorice, que les confirme su decisión, que se la endose. “Yo quiero muchos endosos para mi decisión. Fulano, dime que tú estás de acuerdo conmigo”. “Sí, estoy de acuerdo”. “Dime que debo cruzar”. “Sí, debes cruzar, hermano”. Después de tu clamar, llega un momento que tienes que decidir.

Hay otros que esperan siempre ser muy bien entendidos por todo el mundo y en todo tiempo. Eso no es posible. El campo de las decisiones que uno toma para el Señor a veces la gente no entiende eso. Y quien anda esperando que todo el mundo diga: “Vamos a hacer aquí un consenso, hagan grupos en dos, resuélvanme mi dilema”, hermano, hay veces que no tenemos eso.

Hay otros que tienen un vicio del camino fácil. Tú oyes a esta gente que dice: “No, yo creo que si Dios está en un asunto siempre hay paz”. Dígaselo a Moisés. Vaya y aplique ese criterio simplista que tiene una persona: “A veces la voluntad del Señor, si Dios está en el asunto, yo tengo que tener paz”. Ajá. Ellos entienden que si en algo hay aflicción, si hay incertidumbre, Dios no está. Hermano, hay veces que en medio de la turbulencia es que está el Señor, en el viento recio, ahí también. “Ah, no, no, no, no; en el viento recio no, el Señor siempre está en el silbo apacible”. No exagere el asunto, hermano.

He estado mostrando en primer lugar que el camino, la marcha es difícil porque se repiten las mismas cosas. En segundo lugar, que la marcha es difícil porque el Señor nos arrincona intencionalmente hasta la situación más desesperante. Terminaré mostrando que la marcha es difícil porque la salida frecuentemente son salidas sobrenaturales.

Salidas sobrenaturales que nos humillan y exaltan a Dios

Humanamente hablando, este tipo de salida a nosotros nos humilla. Hermano, yo quiero salir de la aflicción, pero yo quisiera salir de mi aflicción a mi manera, a mi ritmo, con mis recursos, con mi capacidad. Y el Señor reduce nuestro protagonismo, nos quita la autoexaltación. Al hombre natural le encanta decir que estaba en una situación muy precaria, pero salió con astucia. “No, mira, los acreedores estaban sobre mí, ahí me tenían contra las cuerdas, pero yo dije: ‘No, yo estoy en esta situación, a mí no me van a postrar; tú vas a ver’. Hice tres llamadas, moví aquí, moví allá y salí”. Aplausos. Tú te salvaste por tus propios medios.

En este tipo de situación, el Señor se coloca él, que saca su mano poderosa y te saca. Y la gente te dice: “Fulano, ¿y cómo fue que tú saliste?” y tú a veces no sabes describir cómo fue que tú fuiste sacado. Lo mejor que tú puedes decir es: “El Señor a mí me libertó de noche, yo no sé”. “¿Pero qué fue lo que tú hiciste?, porque tú estabas ahora mismo muy desesperado, y yo veo que ya el Señor te sacó”. “Yo no te puedo decir, yo solo sé que yo era ciego y ahora veo”, dijo el muchacho.

Sea cuidadoso, hermano. Hay hermanos míos que mezclan la providencia del Señor y su rescate sobrenatural con el esfuerzo humano, la autodisciplina, y se pavonean ellos mismos. ¿Has escuchado aquella porción de la Escritura —bueno, sí la conocen— Mateo 8, donde el Señor calmó la tempestad? Recuerdan que dice que los pescadores estaban con el Señor en la barca, y el Señor se durmió. Y llegó una tempestad. Y pensaban que se iban a morir.

¿Usted se imagina que Juan hiciera la historia? “No, mira, íbamos con el Maestro y se durmió el Maestro, y vino una tempestad, pero no importa: yo tiré las anclas, el barco estaba así que se movía, yo me tiré nadando, se me cayó Judas, yo me tiré abajo, lo rescaté y lo subí. Y cuando el Maestro despertó le dije: ‘Señor, ya yo tengo la situación bajo control, no tienes que hacer nada, no pierdas el sueño’”. ¿Ese es el testimonio que tú heredaste?

El testimonio que tú debes dar es: “Yo, que soy pescador, estuve con el Señor en una barca, y la aflicción era tan fuerte que pensábamos que nos íbamos a morir, que la barca se partiría en dos, pero el Señor se levantó y le habló a la tempestad, y con sus palabras calmó el viento. Y lo que yo como pescador no pude haber hecho, el Señor con su poder lo hizo: él calmó la tempestad”. Ese testimonio no te exalta a ti, te humilla y exalta a Cristo.

Qué hermoso es un creyente que dice: “Mira, en esa temporada, en mi matrimonio, por mis propios medios yo nunca habría podido salir, pero Dios fue más fuerte que nosotros. En esa temporada con mi salud no fue 2+2=4 la fórmula que tú sabes; no. No fueron las treinta vidas en contra. Ahí fue que el Señor me tomó con las dos manos y me levantó así, y yo sentí cuando el Señor me levantó y me puso en un lugar de tranquilidad, y sobre peña puso mis pies. Amén. Sobre peña puso mis pies”.

¿Recuerdan aquella historia cuando Pedro vio al Señor venir caminando sobre el mar y los discípulos decían que era un fantasma y no sabían si era el Señor? Y Pedro le dijo al Señor: “Señor, di que yo camine sobre el agua”. Y él le dijo: “Sí, Pedro, camina sobre el agua. Ven”. Y Pedro caminó, hermano, dio algunos pasos firmes sobre el agua, pero en un momento la tempestad estaba ahí. Y lo movió, hermano. Y cuando él sintió la tempestad, ahí está el Maestro, aquí está la tempestad, pero el ruido era muy fuerte, digo yo, y se hundió. Y dice: “Maestro, sálvame, que perezco”.

Entonces, imagina a Pedro carnal haciendo la historia: “No, yo vi al Señor, y todos decían que era un fantasma, pero yo conozco a mi Maestro, yo sabía que era él, y era el Señor. Para demostrarle a todo incrédulo que yo sé que tú eres Maestro, le dije: ‘Di que yo camine’, y yo caminé. Y salí del barco, hermano, di tres brinquitos así sobre el agua y no me hundí. Caminé y abracé al Señor. Después le dije a todos ellos: ‘Ustedes ven que definitivamente el Señor…’”. No, no es esa la historia.

La victoria es que te estás hundiendo, y que aun con la orden del Señor de que caminaras, llegó un momento en que tú fuiste vencido por la tempestad y que casi te ahogas, y que quizá te pegaste tu traguito de agua. Pero el Señor te tomó por la mano y te levantó. Esa historia te humilla y exalta al Señor, hermano.

La historia del rescate de Israel aquí no deja nada para buscar protagonismo humano. La gente no tenía pertrechos militares. La gente no tenía inteligencia militar, no tenían estrategia militar. Era un grupo de obreros, artesanos, campesinos que están aquí supuestamente rivalizando con Egipto y con su carro de caballo. Ninguno de ellos tuvo que rivalizar con nada de eso. El Señor les sacó de una manera que, cuando ellos hicieran la historia, se la iban a reír.

Hermano, ¿tú estás dispuesto a hacer tu historia de cómo Dios te rescató y que la gente se ría? Esta historia que tenemos aquí no puede ser repetida o replicada. Ella no aumenta nuestra capacidad, aumenta nuestra dependencia de Dios.

¿Usted quiere tener otro milagro como este? Dependa del Señor. “Señor, enséñame para yo salir en la próxima, yo quiero salir a mi manera, yo no quiero que tú me des un pescado, yo quiero que tú me enseñes a pescar”. Hay hermanos que quisieran aprenderse el milagro como la fórmula: cómo tuvo lugar, y te dan un plato muy bueno, y dicen: “Oye, dame la receta, que a mí me gustaría ahora hacerla yo mismo. Señor, ¿cómo fue que tú lograste que se abriera el mar, para que cuando de nuevo vengan a buscarnos ahora los de Tiro y Sidón, nosotros hagamos la misma técnica?”. No es una técnica tuya, hermano. Esto no va a aumentar tu capacidad, lo que va a aumentar es tu fe, va a aumentar tu dependencia del Señor.

Sabes que cuando el Señor te rescata tú no sales de ahí siendo más sabio, tú sales de ahí siendo más dependiente, con la confianza de que si el Señor ya abrió el mar, hermano, ¿no podrá ahora mandar las abejas?, ¿no podrá ahora mandar las aves? Si el Señor ya lo hizo, lo hará otra vez.

Me he dado cuenta de que todo esto comienza con otra salvación. Si la gente entiende que se salvó por sus propios medios la primera vez, después en su vida se acostumbra a tratar de desarrollar capacidad. Si tú recuerdas la salvación de tu alma, tú no fuiste salvo porque fueras más inteligente, no fuiste salvo porque fueras más diligente, tú no fuiste salvo porque fueras más religioso que la media, tú no fuiste salvo porque fueras más bueno. Tú fuiste salvo porque Dios te salvó con su mano poderosa.

Y mientras más impresionado estés tú por la salvación de tu alma, más impresionado estarás tú del rescate emergente que el Señor podría hacer sobre ti. Qué hermosos son creyentes que no confían en que ellos se salvaron por sus propios medios, sino que dicen: “Mira, si el Señor me hubiera dejado a mí donde yo estaba, ya yo estuviera hoy muerto, yo estuviera hoy mucho más perverso, estuviera hoy todavía mucho más duro. El Señor ablandó mi duro corazón”. Y si él ablandó tu duro corazón, ¿no podrá el Señor hacer un milagro en tu familia?, ¿no podrá hacer un milagro en tu salud?

Un creyente que está impresionado por su salvación es un creyente que de manera consistente está confiando en que el Señor le va a rescatar. Recuerda: esto riñe con tu deseo natural de autoabastecerte, de autoprotegértete, de ser ordenado y responsable. No te dé vergüenza ser rescatado por el Señor, decir que tú hiciste quizá lo que había que haber hecho, y lo que había que haber hecho no fue suficiente.

Dios mueve la columna, abre el mar y desarma los carros

¿Qué es lo que vemos aquí? Que toda instrucción dada por Dios a Moisés iba a llevar a Moisés y al pueblo a actuar en fe antes de ver la respuesta del Señor. En el versículo 15 le dijo: “Di a los hijos de Israel que marchen”. ¿Hacia dónde, Señor? No hay para dónde marchar. Por otro lado, el Señor le habla en términos de un ejército. “Que marchen”: ¿que marchen contra los egipcios? No: que marchen hacia el mar; es hacia el mar que van a marchar.

Después le dice: “Alza tu vara, extiende tu mano sobre el mar y divídelo”. Luego de esto, dice: “Entren en el medio”. Hermano, de hecho, entrar dice que las aguas se pusieron como columnas, como muros, y entrar ahí… Usted quizá dudaría dos veces: “¿Y si se cierra?, ¿y si se confunden y lo cierran antes de tiempo?” Después dice: “Yo haré que Faraón y el ejército sigan adelante, y me glorificaré” (versículo 17). Solo reitero que la salida completa aquí fue un asunto sobrenatural.

Miren: el ángel del Señor se puso… primero iba adelante, y ahora se puso detrás del pueblo para protegerlos. Versículo 19:

Y el ángel de Dios, que iba delante del campamento de Israel, se apartó e iba en pos de ellos; y asimismo la columna de nube que iba delante de ellos se apartó y se puso a sus espaldas.

— Éxodo 14:19

La nube se puso entre los dos pueblos. Para unos era oscuridad, y para el otro era luz. Es sobrenatural el asunto. Las aguas efectivamente se abrieron, y para hacerlo dice que Dios envió un viento recio. Versículo 21:

Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.

— Éxodo 14:21

Después de ese viento, no fue que bajó el caudal de agua, sino que hubo un hoyo entre dos columnas de agua, y por ahí caminaron ellos. Después dice que Jehová quitó las ruedas de los carros. Eso a mí me parece gracioso: “Señor, ¿para qué le vas a quitar las ruedas, si aunque lo cubra el agua es suficiente?”. No, vamos a desarmar el carro. Es como el ícono, el símbolo. En la antigüedad un carro ahora aparece como algo muy poco, pero antes era como un tanque de guerra, un F-16, qué sé yo, un asunto que impresionaba.

Era tal el momento que ellos entendían que ahí estaba la confianza de Egipto, en sus carros de combate, y el Señor le quita las ruedas. Y los desarma. Es como si él estuviera humillando lo que era su poderío: “Mira eso que era lo que te aterrorizaba, yo ahora lo voy a ahogar de todos modos, pero primero lo desarmo para que tú veas que puedo quitar la rueda”. Ay, hermano, el Señor puede quitarle las ruedas a lo que te está persiguiendo. Qué hermoso.

Luego, los egipcios no sabían hacia dónde huir, y cuando intentaron huir no pudieron, el agua los alcanzó y los cerró. Versículo 27:

Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y cuando amanecía, el mar se volvió en toda su fuerza; y los egipcios, al huir, se encontraban con el mar; y Jehová derribó a los egipcios en medio del mar.

— Éxodo 14:27

¿Qué puedo decirte al respecto de todo esto, hermano? No intentemos salir por nuestros propios medios. El Señor nos puede sacar. Clamemos a Dios, marchemos en fe, confiemos en que en medio de nuestra desesperación nosotros podemos ser rescatados. Si nuevamente somos enviados a encontrarnos con nuestro enemigo, que el Señor nos libre de eso para siempre, hermano.

Oración final y esperanza para el año que viene

¿Qué te digo a fin de año? ¿Cuál es la situación de la cual tú estuviste intentando salir en este año y no pudiste por tus propios medios? El año entrante quizá tampoco tú puedas, pero tu Dios es poderoso, y si él lo hizo una vez, puede hacerlo otra vez.

Oro por la iglesia, para que busquemos, hermanos, aumentar nuestra confianza en este Dios que puede salvarnos. No sabemos, Señor, de dónde, por dónde, no sabemos, Señor, cuándo, pero nuestra salvación vendrá de parte tuya por alguna parte.

Permite que mis hermanos que están luchando, Señor, en este momento por tribulaciones que están en su cuerpo, tribulaciones en sus relaciones, tribulaciones en sus medios de sustento, tribulaciones, Señor, en su caminar contigo… Padre, lo que te queremos pedir es: rescátanos, Señor. Padre, hemos perdido toda expectativa de poder salir por nuestros propios medios y prevalecer. Rescátanos, Señor.

Padre, mueve tú a la iglesia evangélica Pez Mundial a confiar aún más en tu providencia, a confiar aún más, Señor, en rescates sobrenaturales que llenen tu nombre de gloria y a nosotros de humildad y dependencia. Permite, Señor, que esta iglesia confíe en el año por venir aún más que, contra todo pronóstico, Señor, con tu ayuda y para tu gloria, podamos todos nosotros atravesar el mar.

Todo esto en el nombre de Jesucristo, que es nuestro Señor. Amén.

Dios les guarde, hermanos. Que el Señor nos ayude. Nuestro ministerio de alabanza nos despide con canción.

Recibe lo nuevo por correo

Los mensajes del domingo, los devocionales y los artículos. Sin frecuencia fija y sin publicidad.

Puedes darte de baja cuando quieras.

En vivo PezMundial Radio