El domingo pasado nuestro hermano Bello también estuvo predicándoles acerca de la importancia de estar en santidad antes de servir al Señor. Y hoy quiero volver a la misma carta, que es la primera carta del apóstol Juan, en el capítulo 3, y les pido que lo busquen en su Biblia para que entendamos el proceso de la santificación. La expectativa que tengo es que, al final de hoy, este no sea solamente un sermón que ustedes puedan escuchar, sino que sea un sermón que ustedes también puedan compartir, y que con palabras sencillas puedan explicarle a cualquier persona que esté en los caminos del Señor qué es lo que está sucediendo en su vida, de qué manera ahora mismo son santos, de qué manera dentro de un tiempo lo serán aún más, y de qué manera, en el día a día, debemos parecernos al Señor en santidad.
Es la primera carta del apóstol Juan, en el capítulo 3; leeremos solamente 3 versículos. Le voy a pedir que tengan un lápiz para que allí, en su programa, anoten citas bíblicas, porque no puedo predicar este sermón sin enseñar algunas referencias en otras partes de las Escrituras que me gustaría que ustedes anoten allí, aunque yo se las leeré, para que luego en su casa vuelvan a meditar en estas cosas. Estaremos considerando 3 versículos de la primera carta de Juan, en el capítulo 3, versículos 1, 2 y 3, y estaremos considerando 7 porciones adicionales en otras partes de las Escrituras sobre el proceso de la santificación.
Les leo nuestra introducción que está en el bosquejo, y nos dice así: en tiempos del apóstol Juan se levantó un grupo muy influyente que afirmaba la posibilidad de ser parte de la iglesia de Cristo y seguir participando en las actividades comunes de la vida pagana, o lo que es lo mismo, que se podía ser cristiano sin vivir en santidad. Ante esta situación respondió el apóstol Juan en su primera carta —que es primera de Juan— demostrando que, si realmente somos hijos de Dios, seremos desconocidos para el mundo, que tenemos la esperanza gloriosa de recibir una nueva naturaleza semejante a la de Él, y que esa esperanza debería animarnos a vivir aún más en santidad, sabiendo que nuestra lucha contra el mundo, el diablo y los deseos incorrectos de la carne tienen un punto final, y también como preparación para lo que sería nuestra vida eterna ante la presencia del Señor.
En el siglo primero, este grupo decía que una persona no tenía que abandonar el paganismo para asumir el cristianismo. Que tú podías mentalmente ser un cristiano, aunque en tu vida diaria y en tu vida práctica tú no te parecieras a un hijo de Dios. Este grupo recibió el nombre de los gnósticos. Ellos decían que se podía ser un cristiano intelectualmente, pero que en tu vida diaria, en la práctica, no reflejaras el carácter de Dios. Y miren que era complicado, en el siglo primero, abandonar el paganismo; el paganismo había inundado toda la vida.
Ser cristiano en un mundo pagano y el llamado a la diferencia
Les pongo ejemplos: si usted vivía en Éfeso, por ejemplo, la vida en Éfeso giraba alrededor del templo pagano. En el templo se hacían los sacrificios, y al lado del templo estaba la carnicería, y si tú querías comer carne, tenías que comer la carne que había sido sacrificada a los ídolos. Pero no solamente eso, toda la vida social, en un mundo pagano, giraba en relación al paganismo. Y si tú eras un cristiano, entonces tenías que abandonar no solamente algunos hábitos gastronómicos, sino que también tenías que abandonar esa vida de socialización con personas que no tenían las convicciones tuyas.
Ante esta realidad de que era muy difícil ser un cristiano en un mundo pagano, apareció este grupo que decía: tú puedes mentalmente ser un cristiano y hacer con tu vida diaria lo que bien te parezca. Tú puedes ser un cristiano sin vivir en santidad. Congregación que está aquí reunida, hermanos y no creyentes, ¿no es lo mismo que nos dicen a nosotros hoy en día? ¿No es lo mismo que andan afirmando algunos grupos, que podemos ser cristianos y seguir con nuestra vida normal? ¿No es lo mismo que se está predicando en nuestros días, que un cristiano ya no es diferente a un no cristiano, que es posible tú mantener tus mismos hábitos de siempre, tus mismas relaciones de siempre, tus mismos pensamientos de siempre, y aun así llamarte cristiano?
Lo que demuestra la primera carta del apóstol Juan es que es imposible que te llames cristiano y sigas participando de una vida normal; que un prerrequisito en la vida cristiana es la vida en santidad. Si tú vienes de un contexto católico, permíteme hacer este preámbulo: quizás tú piensas que un santo es una persona que está totalmente apartada de la realidad y que vive quizá en una ermita, y que no tiene ningún contacto con el mundo. Según las Escrituras, los santos somos nosotros.
Y un santo es cualquier persona que ha puesto su confianza en el Señor y que su corazón, que su hombre interior, ha sido separado para Dios. Hay 3 palabras que, de modo introductorio, se utilizan en la Escritura para enseñar lo que es la santidad. Lo primero que se utiliza es la palabra “separación”. Y el Señor se encargó, a través de todo el Antiguo Testamento, de enseñar que si eres parte del pueblo de Dios, tienes que apartarte de otros pueblos. Lo logró por medio de actos simbólicos y también por medio de actos prácticos.
Separación, exclusividad y perfección: qué es santidad
Era prohibido para Israel tener mucho contacto con los pueblos que estaban alrededor, porque eran pueblos idólatras. El Señor les dijo a ellos: no se junten con esos pueblos, porque esa gente va a cambiar su corazón y los va a llevar a idolatría. Hay otra expresión que se utiliza y es la expresión de “exclusividad”. Aparece en el templo, por ejemplo: había objetos que eran objetos dedicados exclusivamente para el servicio al Señor, que no debían ser empleados en otros actos comunes. Se decía que eso era santo, porque era algo exclusivo para la adoración al Señor.
Y hay otro término, que es el término “perfeccionamiento”; algo que se decía que era santo es algo que el Señor había perfeccionado con unos niveles de pureza que sean agradables a Él mismo. Con todo esto nos enseñan las Escrituras que, si somos cristianos, tenemos que tener una vida diferente, y que es imposible decir que somos cristianos y seguir con una vida normal. Este tema de la santidad, hermanos, es un tema urgente en los caminos del Señor. La tendencia ahora es al cristianismo nominal, al cristianismo común y corriente.
Dicen las personas —y yo he participado también en este comentario—: ahora mismo ser cristiano es fácil, difícil era antes; ahora mismo ser cristiano es cómodo, difícil era para los cristianos de antes. Hermano, lo que tengo para decirte es que ser cristiano ha sido difícil en todas las épocas. Y que la realidad es que ser cristiano, a la manera de Dios, al día de hoy es más difícil que poder ser cristiano ayer, porque el mundo ha ido en deterioro. Y la realidad no es que a los cristianos ahora mismo nos va mejor en el mundo porque el mundo sea un mejor lugar; quizás a algunos cristianos les va mejor en el mundo porque se parecen más al mundo.
Lo que ha cambiado no es que el mundo nos recibe de manera diferente; lo que ha cambiado es que nosotros estamos asumiendo el mundo de una manera diferente. En 3 partes les diré lo que significa la santidad. Acompáñenme a la primera carta de Juan, capítulo 3, del versículo 1 hasta el versículo 3. Dice así la Palabra del Señor, 3 versículos, 3 puntos acerca del proceso de la santificación:
Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.
Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.
— 1 Juan 3:1–3
Santidad como posición: “terreno” de Dios
Tres versículos, hermanos, 3 puntos: lo que significa la santidad. Lo primero que te explicaré es que la santidad se puede entender como 3 momentos en la vida de un cristiano, o 3 posiciones en la vida de un cristiano, o 3 estados en la vida de un cristiano, o 3 procesos que el Señor ha estado encadenando en su hombre interior. El primero se entiende a la luz del primer versículo. Leamos el primer versículo: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. Ese es el primer aspecto de la santidad, y se podría llamar una santidad por posición.
Si tú eres un cristiano, tú eres un santo, aunque en tu vida ahora mismo quizás seas un nuevo creyente y tú mismo tengas profundos cuestionamientos. El nuevo creyente a veces se pregunta si realmente será un cristiano; quien está comenzando a dar los primeros pasos en la vida cristiana se ve a sí mismo y dice: “¿Qué tan diferente soy yo de lo que Dios espera que yo sea? ¿Seré yo un cristiano?”. Tengo para decirte que la Escritura, desde que tú eres cristiano, te llama santo, y es porque has sido separado para Dios. Dice la Escritura que has sido llamado hijo de Dios, y comienza el versículo con una expresión que es muy significativa: dice “Mirad”.
Ese “mirad” quizá se pueda traducir como “consideren” o “contemplen esto”, “tengan esta expectativa”, “regocíjense con lo que les voy a decir a continuación”. Primer aspecto de la santidad: eres santo desde que llegas a Cristo, lo que se podría llamar santidad por posición. Quiero ilustrar esto, hermano, con una metáfora. Imagínense ustedes que yo quisiera construir un castillo, una casa, en algún lugar; lo primero que haría sería comprar un terreno. Y en ese terreno todavía no hay nada, quizá no haya ni siquiera empalizadas, es un terreno baldío donde la grama está subiendo, donde la hierba mala está subiendo.
Pero sucede, hermano, que si usted va a Catastro usted encontrará que ese terreno, ubicado en la parcela tal del lugar tal, tiene el nombre de que le pertenece a Rafael Ernesto Pérez. Eso es mío. Y quizás, cuando yo te diga que yo tengo un solar, tú te rías de mí, tú me digas: “¿Solar? Tú tienes un terreno baldío en medio del monte”. Pero ante Catastro, para mí hay una propiedad que probablemente después voy a deslindar, voy a poner una cerca, voy a limpiar, pero ya eso es mío por posición.
Considera tu nueva identidad y quién es realmente “hijo de Dios”
Cuando decimos que los cristianos somos santos, decimos que somos santos porque somos el pueblo de Dios. Y quizá tú y yo sabemos que adentro de nosotros hay áreas de nuestra vida que todavía no se parecen a lo que el Señor quiere que se parezcan, pero tú sabes: yo soy santo porque estoy separado para Dios, porque soy un hijo de Dios. Considera primero, hermano, tu nueva identidad. Lo primero que el apóstol Juan te dijo que consideraras es tu nueva identidad en el Señor. Dice la Escritura que tú ahora eres hijo, y aquí es que esto es raro: para todo el mundo, todo el mundo se considera hijo de Dios.
Mira, el asunto no es lo que tú te consideras, el asunto es cómo te considera Dios a ti. Yo no soy lo que yo quiero ser, yo soy lo que Dios dice que yo soy. Busquen lápiz, que vamos a anotar, a la luz de las Escrituras, porciones que nos dicen que una persona que no tiene paz con Dios no puede ser hijo de Dios, que anteriormente éramos enemigos y ahora somos hijos. Efesios, capítulo 2; si no pueden buscarlo rápido, yo se lo voy a leer a ustedes. Dice así la Palabra del Señor, el capítulo 2 del libro de Efesios, desde el versículo 1. Quizá tú tienes un compañero de trabajo, quizás tienes un familiar, quizás tienes un ser querido que te dice: “Yo también soy un hijo de Dios, ¿y por qué tú lo eres y yo no?”.
Busca tu lápiz y anota la referencia, el libro de Efesios, el capítulo 2, del versículo 1, dice así:
Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados,
en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia,
entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.
— Efesios 2:1–3
¿Qué dice el Señor? Que estábamos muertos. Sí, probablemente tú puedes decir, a nivel técnico, que eres un hijo de Dios, pero si no tienes paz con Dios, si no tienes comunión con Dios, te estoy leyendo cómo el Señor ve a una persona antes de venir a Cristo. Entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo, en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos, por naturaleza, hijos de ira, lo mismo que los demás.
Hay una generación de cristianos que se ha levantado, una generación incluyente, que quiere incluir en el pueblo de Dios a aquel que ni siquiera Dios lo ha incluido. Y son personas tan “buenas” que quisieran decirle: “Mira, tú también eres cristiano, y tú sí, tú también, y tú…”. Hermano, no tenemos la capacidad de decir quién es o no es; ahora, el Señor ha dicho que quien no ha sido hecho hijo de Dios está ahora mismo operando según el espíritu del diablo, y que está en desobediencia. Y no es que Rafael quiera ser excluyente, es que el Señor ha establecido una clara separación entre lo que es su pueblo y lo que no es su pueblo.
De enemigos a hijos: la potestad legal de ser hijos de Dios
Anoten Colosenses 1:21, que dice así:
Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado.
— Colosenses 1:21
La Escritura le llama a la persona que todavía no está en Cristo “extraños” y “enemigos”. Juan 1:12:
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.
— Juan 1:12
¿Sí? Juan 1:12 es así. Hermano, no es a todo el mundo; es a todo el mundo… ¿a quiénes? A los que le recibieron, a los que creen en su nombre; a esos les dio potestad. Miren que el término es un término legal: pueden seguirme en esto. Lo que el Señor te dio fue la “potestad”, o sea que en el registro del cielo tú eres inscrito entre los hijos de Dios.
Y no todo el mundo está inscrito en ese libro, que es el Libro de la Vida. Dice que quienes están escritos en el Libro de la Vida son todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre; a ellos les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios. Hermano, este primer aspecto de la santidad no es un aspecto emocionante a nivel de sentimientos. Y miren, la primera parte del recorrido de la vida cristiana, cuando una persona entrega su vida a Cristo, lo que se acaba esperando es: “¿Y ya? ¿Y eso es?”. Hermano, es un asunto legal: cuando tú vienes a Cristo, tú lo que recibes inmediatamente no es un nuevo carácter, un nuevo comportamiento; tú lo que recibes es un documento.
Ese documento se llama “potestad”, y es la potestad de ser hecho hijo de Dios. Con todos estos versículos lo que estoy tratando de demostrar es que el apóstol, cuando nos manda a que consideremos nuestra nueva identidad en Cristo, nos dice: ahora somos hijos, antes éramos enemigos. Aquí hay una alerta: miren, hay una falsa enseñanza que se llama “universalismo”. El universalismo te dice que Cristo murió por todos los hombres. Bueno, dice Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para quién… para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”.
Hermano, Cristo murió por los pecados de todos los hombres, pero solamente su sangre es eficaz sobre aquellos hombres que ponen su fe en Cristo. Es paradójico tener que enseñar a la iglesia esto, pero hay que enseñárselo; hay que marcar una diferencia que no es caprichosa entre lo que es ser cristiano y lo que no es ser cristiano, y lo que es ser un santo de Dios y lo que es ser un impío. No es capricho, hermano, es la revelación de Dios que lo enseña así.
Salvación como decreto y seguridad en los decretos de Dios
Cristo murió por todos, pero los beneficios de su sacrificio alcanzan personal e intencionalmente por medio de la fe. Por eso la salvación es un hecho concreto, hermano, y el primer aspecto de la salvación —te lo digo de nuevo— es un asunto legal. Yo testificaba que una vez tengo la sospecha: la gente siempre quiere salvarse por medio de las obras. Y tú le dices a una persona: “Cristo puede perdonar tus pecados si tú pones tu confianza en Cristo”, y te dice: “¿Y ya? ¿Y eso es? ¿Y nada más? ¿Y ya yo voy a ser salvo? ¿Y todo por hacer una oración de arrepentimiento?”. Y él mismo se dice: “Pero yo no me siento distinto”.
Hermano, no es cómo te sientas, es cómo Dios te considere. Y Dios te considera salvo no porque hiciste un esfuerzo extraordinario, sino porque se te dio una potestad. Y hay que aprender a encontrar satisfacción, hermanos, en los decretos del Señor. Un cristiano maduro tiene que aprender a encontrar regocijo en los decretos del Señor, en que el Señor me llama “hijo”, y eso a mí me emociona, aun si yo no lo he visto todavía. Yo sé que, por fe, mi nombre está inscrito en el Libro de la Vida. Eso da aliento.
Primer aspecto de la santidad, hermanos: nosotros somos santos aunque nuestra vida todavía no lo refleje plenamente. Somos santos por posesión de Dios; tenemos la posición de santidad ante Él. Y no hay nada que todavía se manifieste —aunque se va a manifestar—, pero aunque nada se manifieste aún, ya somos santos del Señor. Y aquí es que hace sentido aquella carta, hermano, más contundente que el apóstol Pablo escribió contra la vida carnal, que fue a los hermanos de Corinto. Es una carta a una congregación que vivía en inmoralidad sexual, que vivía en fornicación, en adulterios, en conflictos entre ellos. ¿Saben cómo los saludó el apóstol Pablo?
A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos…
— 1 Corintios 1:2
El apóstol Pablo escribió cartas de reprensión a la iglesia de Corinto y saludó a la iglesia como “los santos que están en Corinto”, no porque tuvieran un comportamiento de santos, sino porque ya ellos en Corinto eran posesión de Dios.
En el momento en que tú vienes a Cristo, en ese mismo momento eres considerado santo, no porque ya tu carácter lo manifieste, sino porque ya Dios te considera así. Eres terreno de Dios, eres campo de Dios, eres parte del pueblo de Dios. Mirad, hermanos, lo primero que te quiero animar a que hagas es a que consideres tu nueva identidad en Cristo. Ahora quiero animarte a que consideres tu absoluta —y la palabra que estoy utilizando es intencional—, tu absoluta posición en Dios. Yo les pregunto: ¿es posible ser “más o menos” hijo? ¿Es posible ser “medio hijo”, tres cuartos de hijo de Dios? Hermano, dice la Escritura que nosotros somos considerados por Dios hijos de Dios completamente.
Cristianismo carnal, caída y práctica del pecado
Alguien te puede preguntar: “¿Qué tanto yo soy de Dios?”. Hermano, totalmente. Eres hijo de Dios. El versículo repite: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos”. Esto es un asunto raro, porque hay cristianos que son cristianos carnales, y usted me pregunta: “¿Es posible que una persona sea cristiana y…?”. Miren, aquí entramos en el terreno de lo que a veces es hasta difícil de explicar, pero hay cristianos que, habiendo entregado su vida a Cristo, todavía hay áreas de su vida donde intencionalmente están haciendo cosas que no glorifican al Señor.
Bueno, dice el mismo Juan que quien es cristiano no practica el pecado, pero caemos en pecado, hermano. Y quiero marcar una diferencia en esto. Miren, hay gente que detiene el proceder a salvación porque dice: “Yo no tengo la capacidad para mantenerme sin pecado”. Yo tampoco. Es imposible, hermano. Dice la Escritura que aquel hombre que dice que nunca peca es un mentiroso. Pero que, de ese pecado, abogado tenemos, que nos defiende. Hay casos excepcionales, hermanos, de cristianos que, como cristianos, participan en cosas de manera aislada y puntual que no glorifican al Señor.
Ahora, una cosa es tú participar en un pecado, ya sea por error, por omisión, ya sea por debilidad, y otra cosa es tú establecerte en ese pecado. Y tú me dirás: “¿Es posible que una persona se establezca en el lodo?”. No, no, no es posible. Ahora, ¿es posible que una persona resbale y caiga en el lodo? Es posible. ¿Qué sucede? Se limpia. Una cosa es practicar el pecado y permanecer en el pecado, y otra cosa, hermano, es haber caído en el pecado; son hechos distintos.
Tú eres santo cuando vienes a Cristo; eres santo por posesión. Dice ahí que somos totalmente hijos y no hay medio, no hay tres cuartos de hijo. Pero también, hermano, tienes que considerar tu nueva naturaleza. Y esto es algo que a veces es difícil de identificar, porque yo quisiera que existiera, hermano, algo que midiera al Espíritu Santo en la vida de alguien, un dispositivo que, cuando se lo coloquen en el corazón de alguien, le diga: “Mira, tu corazón es ahora mismo un 90% posesión del Espíritu Santo y un 10% no”, un 15… No existe tal cosa.
Pero es un asunto real en la vida de todos los cristianos. Y déjenme decirlo así: es que adentro de nosotros hay algo como que nos anhela para Dios.
Dice la Escritura:
¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros…?
— 1 Corintios 6:19
Y dice también que el Espíritu nos anhela celosamente.
El Espíritu que anhela, la lucha interna y el deseo de obedecer
Es un asunto que hay, hermanos, en la vida de un nuevo creyente: cuando tú vienes a Cristo, tú sientes como una impotencia adentro de ti. Tú sabes que quieres hacer la voluntad de Dios, pero como que el cuerpo no te ayuda, y tú dices: “Oye, yo quiero, yo quiero, yo quiero hacerlo”. Es que está vivo el Espíritu de Dios; ya te está anhelando para Dios. Eres santo por posición, es lo primero; eres santo, hermano, y, teniendo nueva naturaleza, deseas hacer su voluntad, aunque te parezca imposible.
Cuando uno viene a Cristo, hermano, ¿no le parece que la vida cristiana es imposible para un hombre normal? “Yo no me imagino viviendo de esa manera”. Lo que es imposible para los hombres, hermano, es posible para Dios. Y lo que yo he visto en la vida cristiana es que las cosas que a nosotros nos parecían obstáculos insalvables, con la ayuda del Espíritu Santo es posible proceder a santidad.
Considera no solamente tu nueva relación con el Señor, no solamente tu absoluta posición en el Señor, sino también tu nueva naturaleza. Hermano, hay adentro de ti como un deseo de hacer la voluntad del Señor; ese es el Espíritu Santo que te anhela celosamente. Y, por último, en este primer aspecto de la santidad, dice la Escritura aquí que también tenemos que considerar nuestra nueva situación ante el mundo: dice que el mundo ya no nos conoce.
Hermano, cuando tú te haces cristiano, tú te vuelves hijo del enemigo del mundo. Y eso es difícil. Un cristiano, hermano, vive en un mundo que está en conflicto eterno con Dios, y como tú te haces cristiano entonces te vuelves hijo del enemigo del mundo. ¿Cómo te van a conocer? Cuando dice la Escritura “y el mundo no nos conoce”, lo que significa, hermano, es que el mundo ya con nosotros no tiene ni parte ni suerte.
Un cristiano se vuelve siempre un poco “indeseable” para el mundo, díganme ustedes si no es así. Y no es que uno lo quiere, hermano, es que el mundo ya no nos considera igual. Ha sucedido algo, hay una enemistad. Miren, la enemistad que hay en algunos casos familiares, donde el mundo está en enemistad con Dios y también con los hijos de Dios.
Les decía: mi padre me hace una historia de su papá, de mi abuelo, que mi abuelo tenía unas tierras que le había dejado su mamá en posesión. En esas tierras había un “cabo de agua”, no sé si conocen el cabo de agua, el que le distribuye las aguas de un terreno al otro, y él tuvo un problema allá en esos terrenos que él sembraba. Dice mi abuelo que tuvo un conflicto con un hombre, que estuvo hasta preso por el conflicto, tuvieron un altercado, una trifulca.
Enemistad con el mundo y la tentación de ser aplaudido
Y que su mamá le dijo a mi abuelo: “Mira, Ovidio, no vayas por ahí comprando otra parte, ni te acerques a esa familia; esa familia te aborrece”. Y me dice mi papá que su papá, o sea, mi abuelo, le dijo a él mismo: “Mira, no te juntes con esa familia, que con esa familia hay unos problemas que se han tenido”. Para sorpresa, en otro contexto y en otro momento, mi papá conoció a un hijo de ese hombre, y me dice mi papá que llegaron a ser buenos amigos; mi papi sabía que su papá no… y él ni se lo mencionó nunca. Enemigos históricos, ¿verdad que hay problemas familiares?
Miren, hay dos familias, hermanos: está la descendencia diabólica y la descendencia de Dios, y estas dos familias están en conflicto. Y tú no puedes pretender ser parte de la familia de Dios y al mismo tiempo ser celebrado en el mundo. Ahora yo te pregunto: ¿y por qué el mundo celebra a los cristianos? ¿Y cómo es que acepta tanto a los cristianos? Ahora mismo somos aplaudidos por el mundo. Hermano, si el mundo que crucificó a tu Maestro a ti te aplaude, preocúpate.
Si el mismo mundo que aborreció al Señor a ti te “aupa”, preocúpate. Me he dado cuenta de que mientras más el mundo me ama, típicamente menos yo amo a Dios. Cuando vienes a ver, lo que sucede es que el mundo no sabe que tú eres hijo de ese Hombre. Tú puedes ser buen amigo del mundo siempre y cuando el mundo no sepa que tú eres un hijo de Dios.
Hermano, la enemistad que hay entre el mundo y Cristo es enorme. Dice la Escritura que el mundo no nos conoce porque ahora somos hijos de Dios. Y es difícil eso, hermano, y se siente; se siente el rechazo del mundo, se siente la hostilidad. Lo que tú tienes que considerar es que tú eres santo, y eso sucede de manera inmediata. Primer aspecto: la santidad es una santidad inmediata que depende de tu nueva posición en el Señor. Ahora eres hijo, ahora eres terreno de Dios, ahora eres posesión de Dios.
Pero hay otra santidad, hermano, que cuando yo estaba preparando el tema, decía: “Pero el apóstol como que debió haber hecho el orden inverso”, porque él comienza hablando de nuestra santidad inmediata, después habla de la santidad futura y después habla de la santidad diaria. Pero eso tiene una explicación. Dice la Escritura —y díganme si esto no es difícil de asumir humanamente hablando—:
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.
— 1 Juan 3:2
Hermano, tal Escritura es un misterio.
Predestinados a parecernos a Cristo: santidad futura
Y les hablé, cuando estaba predicando acerca de Apocalipsis, que cuando la Biblia dice que eso es un misterio no es que es un asunto oculto o esotérico, sino algo que no se había revelado aún y ahora se reveló. Hermano, el misterio que había en la creación desde la fundación del mundo es que la voluntad del Señor es que nosotros lleguemos a ser uno con Él, y que nuestra semejanza sea semejante a la de Cristo.
Y esa es una obra que no se va a terminar ahora mismo; ahora mismo tú ves una vida de perfección “en proceso”, pero va a llegar un momento —lápiz, por favor, citas bíblicas— Romanos 8, capítulo 8, versículo 29. Va a llegar un momento, hermano, donde la imagen de Cristo, que ahora mismo es parcial en ti, entonces será completa. Va a llegar un momento en que el carácter de Cristo, que ahora mismo se ha comenzado a manifestar en ti, será total. Va a llegar un momento en que la pureza, para ti, no será una pureza que tú la ves desde lejos, sino que será una pureza real y que en ti no habrá nada corruptible.
Quizás dice la Escritura, Romanos 8:29–30:
Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.
— Romanos 8:29–30
Hermano, miren, en Romanos 8 se enseña el escenario de la salvación como una trazada hacia delante. Él comienza diciendo que el Señor no solamente nos llamó, sino que Él nos predestinó, ¿saben para qué? Nos predestinó para que nos parezcamos a Cristo. El molde que hay hecho para ti es un molde que solamente lo llena Cristo. La expectativa de Dios no es que tú llegues a donde tú estás ahora mismo, sino que tú seas hecho como Cristo, en su perfección, en su integridad, en su carácter, en su verdad.
Hermano, el llamado que hay para un cristiano es que nosotros eventualmente llegaremos a ser conformes a la imagen de Cristo. La doctrina de la predestinación, algunos hermanos de trasfondo calvinista la han distorsionado y enseñan la predestinación como que esto es un sello de que, si una persona ha sido salva, entonces ya jamás va a volver atrás. Hermano, lo que dice la Escritura no es con relación al lugar de la salvación; lo que dice es con relación a la forma, a la imagen que se va a formar en ti, que es la imagen de Cristo.
El día de Jesucristo y la herencia incorruptible
Que cuando nos veamos en el cielo, en nosotros no habrá nada corruptible, sino que todos nos pareceremos a Cristo. Y esto no va a suceder ahora mismo, no la melena para ahora mismo, pero debe ser una esperanza concreta. ¿Qué más dice la Escritura? Anoten esa cita, pero también anoten Filipenses 1:6:
estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.
— Filipenses 1:6
Y 1 Pedro, capítulo 1, versículo 3:
Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos,
para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros.
— 1 Pedro 1:3–4
Hermano, esto es un misterio en la Escritura, pero se reveló, y lo que nos dice es que en el cielo nosotros tendremos una naturaleza que será incorruptible. ¿Cuál es el dilema de la vida cristiana ahora mismo? Que tú quieres hacer la voluntad de Dios, y la carne no te ayuda. ¿Cuál es el dilema de la vida cristiana ahora mismo? Que tú quieres hacer la voluntad de Dios, y Satanás se te entromete. ¿Cuál es la dificultad en la vida cristiana ahora mismo? Que quieres hacer la voluntad de Dios, y tus relaciones con impíos no te ayudan.
En el cielo tú vas a tener una nueva naturaleza, vas a tener una nueva relación, y Satanás ya no va a tener el dominio y la influencia que tiene sobre tu naturaleza. Una nueva naturaleza en Cristo. Hermano, gran parte de la paz que recibiremos en el cielo es que tendremos —voy a ponerlo muy técnico esto— miren, ahora mismo un cristiano tiene dos “partes”: tiene el Espíritu Santo, que despierta en él la nueva naturaleza, y tiene el viejo hombre.
Y tú quieres hacer la voluntad del Señor y hay que decidir. Tú te levantas el domingo y dices: “Voy a la iglesia”, pero el cuerpo dentro de ti te dice: “No vayas a la iglesia”. Hay que decidir ahora mismo. Ahora mismo, hermano, hay una lucha en el interior de uno. Es lo que dice el apóstol Pablo: tú dices “Mira, yo sé que eso no le conviene a un hombre de Dios” o “Yo quiero hacer la voluntad del Señor, aléjame de eso”, entonces la carne te dice: “Aguántate, que aquí habemos dos, hay que decidir”.
Transformación final: un cuerpo incorruptible
Entonces el Espíritu dice: “No, yo soy un hombre de Dios, no procedo de esa manera. ¿Qué hago yo aquí?”. Hermano, adentro de nosotros hay una vieja naturaleza que constantemente nos recuerda que hasta que lleguemos al cielo no vamos a tener plena libertad. Gran parte de la paz que tendremos en el cielo, hermano, es tener una sola naturaleza, y es una naturaleza inmarcesible e incorruptible. Dice la Escritura: algo que no se corrompa, algo que no se mancha, algo que no se puede destruir.
Cuando tú llegas a la presencia del Señor, la santidad será una santidad completa. ¿Más versículos? ¿Quieren, los que lo están anotando todo, quieren otro más? Dice 1 Corintios, capítulo 15, a partir del versículo 51:
He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados,
en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.
Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.
Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.
— 1 Corintios 15:51–54
Hermano, la santidad es una realidad actual por motivo de que ya somos del Señor por posesión, pero llegará un momento en que tu vida entera, tú, serás transformado, y recibirás una nueva naturaleza y un nuevo cuerpo, y las cosas a las cuales antes tú estabas sujeto, hermano, ya no estarás sujeto más, y podrás disfrutar una eternidad en la presencia del Señor, teniendo paz. ¿Y esto qué tiene que ver con la santidad presente?
Lo primero que tiene que ver es que sí tiene que ver en muchos aspectos. Lo primero: nuestra esperanza de santidad. Hermano, el alcance de los 3 enemigos —que yo lo prediqué el domingo antepasado— es limitado. Va a llegar un momento en que no tendremos que luchar contra el diablo, contra el mundo y contra la carne. Va a llegar un momento en que podremos tener plena libertad para hacer la voluntad del Señor, y eso da cierta esperanza.
Esperanza contra la mentira del pecado y perfilarnos para el cielo
Algo que hace Satanás es que nos engaña, diciendo: “Eso va a ser para siempre, ríndete. Tú estás luchando contra el pecado y tú no te puedes pasar la eternidad luchando”. No, no es la eternidad; va a llegar un momento en que yo tendré una nueva naturaleza. No son enemigos inmortales e invencibles; no, son enemigos limitados y que, de aquí a poco, ya no tendrán influencia sobre nosotros.
Hermano, la promesa segura es mucho más grande que la mentira temporal. El pecado siempre conlleva una mentira y una expectativa de satisfacción que nunca se concreta. Podemos vencer el pecado pensando en el destino glorioso que nos espera. Y lo otro, hermano, es que es natural asumir el perfil de lo que estamos buscando. Le pongo un ejemplo: si usted está estudiando abogacía, derecho, en la universidad, usted comienza a hablar como abogado. Los abogados, desde que estudian, comienzan como a tirar palabritas, hablan de código, hablan de jurisprudencia. ¿Por qué? Porque se están formando para ser abogados, pero todavía tú no eres abogado porque hables así; tú hablas así porque te estás preparando para ser abogado.
Fulano, ¿por qué tú no andas en ciertas cosas? “Porque yo me estoy preparando para ser abogado”. Fulano, ¿por qué tú no andas metido en ciertas cosas? “Porque yo me estoy preparando para…”. Bueno, en el cielo, ¿qué va a pasar? Que yo me estoy preparando para vivir en la gloria. “¿Y cómo es que tú estás tan apartado del pecado?”. “Es que yo estoy ya enfilándome para allá, estoy cogiendo la forma del cuerpo”. Eso es así, hermano.
Mire, la gente tiene que irse perfilando según para dónde va. Si tú vas para el cielo, si tu destino es el cielo, tú tienes que comenzar a conducirte desde ahora como si estuvieras en la presencia del Señor. Yo no creo que tenga la capacidad de explicar esto tan bien, hermano, como lo hizo hace muchos años un predicador que se llama J. C. Ryle. Él decía lo siguiente —es una porción de un sermón de él—: “Supongamos que pudieras ir al cielo sin santidad. Supongamos que pudieras ir al cielo sin santidad. ¿Qué harías? ¿Estarías feliz allí? ¿Con cuál de los santos querrías conversar y de qué?”. Sus placeres, sus gustos y su carácter no tendrán nada en común con los tuyos.
¿Cómo podría ser feliz con ellos en el cielo, si en la tierra tú aborreciste la santidad? Quizás aquí tú disfrutas la compañía de gente rebelde, gente vana, gente mundana, amante del placer y gente profana, pero ellos no son los que habitarán el cielo. Quizás tú evitas a los santos de Dios porque te parecen muy estrictos y serios, pero ellos son los que habitarán el cielo. Tal vez, para ti, orar, leer la Biblia y adorar a Dios son cosas pesadas, aburridas y tontas, que a veces toleras, pero sin ningún placer. Quizás consideres que ir a la iglesia el domingo es una obligación pesada y no entiendes cómo alguien puede desperdiciar su tiempo metido allí todo el día. Pero no olvides que en el cielo todo es adoración.
¿Cómo disfrutar el cielo si ahora aborrecemos la santidad?
Allí nunca cesan la adoración y los cantos de alabanzas al Cordero, diciendo: “Santo, santo, santo, Señor Dios Todopoderoso”. ¿Cómo podría un hombre impío encontrar placer en una vida como esta? “Aspirar al cielo sin tener la santidad, hermano, esto es una tragedia. Una persona que no disfruta ahora mismo entrar en una iglesia, estar entre gente que ama a Dios, cantar al Señor, ¿cómo podría disfrutar el cielo? ¿De qué va a hablar allá? ¿Con quién se va a reunir? ¿Con quién va a compartir?”.
Ahora yo me pregunto: ¿cómo es que tanta gente quiere ir al cielo, si eso es el cielo? Si el cielo es un lugar santo, si el cielo es un lugar de paz, si el cielo es un lugar donde lo único que hay allá, hermano, es santidad al Señor, ¿cómo es que hombres impíos anhelan pasar un “buen momento” en el cielo? Bueno, sigue diciendo el predicador: “¿Crees que un pecador se deleitaría en vivir con David, Pablo y Juan, después de vivir aquí haciendo las cosas contra las cuales ellos hablaron? ¿Qué tendría en común con ellos? ¿Podría alegrarse al ver cara a cara a Jesús el Crucificado, después de deleitarse en los pecados por los cuales Él murió? De ser amigo de sus enemigos y burlador de sus amigos, ¿se sentiría cómodo adorando con los que cantan: ‘Este es nuestro Dios, le hemos esperado, nos gozaremos y alegraremos en su salvación’?”.
¿No se le pegaría la lengua al paladar de la vergüenza y querría que lo sacaran de allí inmediatamente? ¿No se sentiría extraño, como una oveja negra en el santo rebaño de Dios? “Espero que te des cuenta de que el cielo sería miserable para un hombre sin santidad”.
Amigo que estás aquí congregado y que tú aspiras a ir al cielo, si realmente tú aspiras a ir al cielo, te recomiendo comenzar a cultivar la santidad desde ahora. Sería imposible que el cielo sea agradable para ti, a menos que disfrutes de la santidad del Señor. Y esto nos conduce, entonces, hermano, a la última parte: la santidad, ahora mismo, es un asunto de posición de salvación ante el Señor; la santidad también será un momento total cuando el Señor nos glorifique; pero también la santidad es un asunto progresivo que tenemos que cultivar en nuestra vida diaria.
Dice así mismo la Escritura:
Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.
— 1 Juan 3:3
Hermano, si tú estás preparándote para vivir una eternidad ante la presencia del Señor, lo mejor que tú puedes comenzar a hacer ahora es cultivar la santidad, una vida que sea agradable al Señor, que su rostro no te moleste tanto. Cultivar la santidad en el día a día, hermano, esto evidencia nuestra posición. Es un asunto natural: si tú tienes una esperanza de santidad, tú comienzas a vivir en santidad, anuncias tu posición por medio de tu vida diaria, evidencias tu nueva esperanza, y eso significa que realmente eres un cristiano.
Por eso también dice la Escritura que el que pecaba, no peque más. Termino con esto: 3 formas en las cuales podemos cultivar esta santidad. La santidad es un asunto de tu posición ante el Señor, es un asunto de tu esperanza en el Señor, de glorificación, y también es un asunto que se cultiva en la vida diaria.
Cultivar santidad diaria: mente, práctica y dependencia
Hermano, tienes que cambiar tu forma de pensar. Si te estás preparando para vivir una eternidad en la presencia del Ser que es todo verdad, sería un gran avance que comiences ahora a quitarte la mentira de tu mente y cambiarla por la revelación de Dios. Cambiar nuestra manera de vivir no es solamente conocer, sino también practicar. Hacer “pinitos” espirituales: la gente te dice: “¿Y para qué? Pero, si eventualmente el Señor me va a glorificar y mi naturaleza se me va a cambiar, ¿por qué yo tengo que apartarme del pecado ahora?”. Porque eso anuncia, hermano, tu intención de santificarte totalmente.
¿Le darían una beca “full price” a una persona que nunca se ha dedicado al estudio? No. Uno tiene que manifestar que tiene un índice académico que anuncie, el índice, que hay una intención. ¿Puede llegar al cielo una persona que no haya dedicado, en la tierra, su vida a parecerse al Señor? No, no puede ser, porque evidencia en su actitud que no ha valorado estas cosas.
Hermano, cambia la fuente de tu capacidad: hay que depender del Señor, no en tu propia fuerza, sino en la fuerza de Él. Termino aquí. Iglesia, la santidad es un asunto urgente. Yo esperaría, hermano —estaba analizando ayer— que yo quisiera encontrarme con muchos de ustedes allá en la gloria. ¿Ustedes se imaginan lo bonito que sería que con los hermanos con los que adoramos al Señor aquí, en la tierra, también nos encontremos en la eternidad? Ahora, dice la Escritura un asunto que es innegable: “Sin santidad, nadie verá al Señor”.
Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.
— Hebreos 12:14
Cierre sus ojos ahí un momento. Si tú no eres un cristiano, pero anhelas ir al cielo, si tú no tienes la plena convicción de que tus pecados han sido perdonados, si tú no tienes la plena certidumbre de fe de saber que eres un hijo de Dios, tengo para decirte que la Escritura te llama “enemigo de Dios”. Dice que estás muerto en tus delitos y pecados, dice que tienes una expectativa de condenación y no de gloria, dice que vas a ser destruido.
Mantengan sus ojos ahí cerrados. Si tú no eres un cristiano, has venido al lugar correcto: esta es la iglesia del Señor. Dice la Palabra de Dios que si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos, limpiarnos de toda maldad.
Llamado al arrepentimiento y nueva vida en Cristo
La voluntad del Señor es que tú seas santo, y tú no lo eres. No tengo que conocerte para saberlo, pero si no estás viviendo una relación con Dios es imposible que permanezcas en santidad. Te invito a que hoy entregues tu vida a Cristo totalmente. Quizás tú viniste a la iglesia del Señor a otra cosa, pero el Señor dispuso que hoy sea día de salvación para ti. Dice la Escritura que hay fiesta en el cielo cuando un pecador se arrepiente.
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Es tan sencillo como que le digas al Señor, en oración: “Señor, yo anhelo la santidad. Quiero comenzar en esta tierra a cultivar aquellas cosas que haré en la eternidad”. Puedes decirle al Señor —no le analices tu pecado uno a uno, porque son muchos—, tú puedes decirle al Señor: “Señor, perdona todos mis pecados. Me arrepiento en este momento de ellos, me convierto a Ti”.
Es una oración de fe que tú la pronuncias y el Señor la escucha. No es ante mí, es ante el Señor; Él conoce tu corazón. No debes anhelar pasar una eternidad en la presencia del Señor si ahora mismo la santidad no es una realidad, aunque sea un anhelo para ti.
Amigo que estás aquí, quizá yo no sé qué será de tu vida mañana. Quizá pasen los meses y no vuelvas a una iglesia, quizá pasen los años y no te vuelvan a predicar el evangelio. Iglesia que está aquí presente, sean un poco pacientes, que quizás no siempre es oportunidad de salvación. Amigo que estás aquí hoy presente, quizás la próxima vez en que vuelvas a escuchar el evangelio pasen muchos años. Hoy estás en la iglesia del Señor, y te digo, usando la Escritura como sustento:
El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.
— 2 Pedro 3:9
Que la voluntad del Señor no es que ninguno se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento para salvación. Humíllate bajo la poderosa mano de Dios y Él te exaltará cuando fuere tiempo.
Dile al Señor ahí, con tus palabras: “Señor, hoy estoy aquí…”. No cierres la puerta de tu corazón el día de salvación. Mantengan sus ojos cerrados ahí. La cosa más extraordinaria que pueda suceder en tu vida es que tu vida comience a llenarse de la paz de Dios. Tú no necesitas un sobresalto; lo que necesitas es la convicción de que eres posesión de Dios.
A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.
— Juan 1:12
Si tú puedes recibir a Cristo hoy como tu Salvador personal, si tú puedes creer hoy en el nombre del Señor, si tú deseas que tus pecados te sean borrados, es tan sencillo como que le digas ahí al Señor, en oración: “Señor, perdona mis pecados”. El Señor conoce el corazón, Él sabe cuáles son. “Recíbeme como tu hijo. Permíteme disfrutar de santidad y apartarme del mundo”.
Si has hecho esta oración de fe, dice la Escritura que tienes que confesar a Cristo por medio de las aguas. Dice su Palabra:
El que creyere y fuere bautizado, será salvo.
— Marcos 16:16
Pronto, en nuestra iglesia, tendremos talleres de membresía donde ayudamos a las personas a entender la doctrina cristiana y lo que el Señor espera de ellas. Me gustaría que te acerques a mí al final de la reunión de hoy para inscribirte en el próximo taller de membresía. No le des tiempo a estas cosas. Hermano, el que no se está regenerando en el Señor se está destruyendo en el mundo; en el corazón donde no reina Cristo, reina el diablo.
Exhortación a los creyentes: sin santidad nadie verá al Señor
Ahora, ahora por la iglesia. Hermano, quizá tú eres un creyente, quizá hasta has sido bautizado, pero vives una vida carnal. Quizá eres un cristiano evangélico que vienes a tu iglesia todos los domingos, pero de lunes a sábado participas en conversaciones, en actividades, en actitudes que deshonran al Señor. No puedes ser amigo del mundo y al mismo tiempo amigo de Dios.
Hermano, creyente que estás aquí, como tu pastor quiero animarte a que vivas una vida consagrada al Señor, a que resuelvas hoy apartar tus ojos, tus manos, alejarte de las cosas que no contribuyen a que te parezcas a Cristo. No hay que buscar una bola de cristal, tú sabes cuáles son tus pecados y las cosas en las cuales has estado fallando. Tú lo sabes, porque cuando pecas el Espíritu Santo te dice que eso es contrario a Dios, inquieta tu corazón, Él te anhela celosamente.
Hermano que estás aquí, sin santidad nadie verá al Señor. No nos engañemos, pasando años en una iglesia, cuando sabemos que al final de la eternidad lo que nos espera es destrucción. No te engañes a ti mismo ni engañes a ningún hombre; sin santidad nadie verá al Señor. Es imposible entrar por la puerta de los cielos y contemplar el rostro del Señor cuando aquí, en la tierra, hemos estado viviendo como si el Señor no existiera.
Hermano que estás aquí presente, hoy te animo a consagrar tu vida al Señor. Los grandes avivamientos comenzaron con gente que se consagró al Señor. El que pecaba, no peque más; el que hacía negocios indebidos, que no los haga más; el que prestaba sus labios a las cosas impuras, que no los preste más; el que participaba en relaciones indecentes, que se aparte de todo aquello.
La iglesia del Señor es un pueblo santo, es un pueblo puro. Es santo ahora mismo porque es del Señor; es santo porque en el día a día se va regenerando y, eventualmente, seremos totalmente consagrados a Él.
Le pido ahora, Señor, por toda mi congregación. Mira mi iglesia. Permite que en esta semana de febrero tengamos una victoria especial sobre la carne, sobre el diablo, sobre el mundo. Permítenos, Señor, recibir testimonio de gente que renunció esta semana a algo, de gente que con tu ayuda venció al mundo, gente que con tu ayuda venció al diablo, gente que con tu ayuda venció la carne. Trae santidad, Señor, a la Iglesia Pez Mundial. Permítenos, Señor, ser reconocidos como un pueblo santo, aunque nos volvamos indeseables al mundo. Señor, que el mundo no nos conozca, pero que nos conozcas Tú.
Te pedimos esto para tu gloria, en el nombre de Jesús. Amén. Que el Señor les bendiga, hermanos, y les animo a que vivan una semana en santidad.