Estamos orando, en un reconocimiento de que la palabra del Señor, en su perfección, necesita ser ayudada por tu Santo Espíritu para entenderla, y que en nuestra debilidad, hermanos, a veces no tenemos la capacidad para hacerlo. También el Santo Espíritu de Dios nos ayuda. Ponga su manito así sobre alguna persona que tenga cerca, y en un reconocimiento de que, como el pueblo de Dios, como pueblo suyo, hoy venimos a humillarnos ante la hermosura de su palabra, de su revelación.
Nos encomendamos al Señor en oración. Nos disponemos, Padre, a predicar tu palabra sobre este tema urgente que es la santidad. Permite que mis hermanos aquí presentes, que ya por casi dos meses han estado escuchando el mismo tema desde diferentes perspectivas, la perspectiva de Dios, Señor, y la perspectiva de hoy en la sanación de un leproso, pueda traer nueva luz sobre su propia vida. Permite que aquellos que hoy nos acompañan y quizá, Señor, no habían entendido la urgencia de estas cosas, puedan no solamente entender, sino también obedecer.
Como te pedí ayer, Señor, vuelvo a pedirte hoy: permite que este domingo 10 de marzo sea un domingo de salvación. Permite que alguna persona que esté aquí hoy congregada, Señor, pueda testificar pronto que este sermón abrió sus ojos, que por tu misericordia, Señor, vieron la luz y que hoy fue día de salvación para ellos. De la manera que tú me alcanzaste a mí con salvación, Señor, hace muchos años, de la manera que alcanzaste tú con salvación a algunos de nuestros hermanos el año pasado, permite que este domingo, Señor, en tu iglesia sea un domingo de salvación.
Háblanos a nosotros en este tiempo, Señor, a través de tu palabra. Todas estas cosas te las pedimos en el nombre de Jesús. Amén. Dentro de sus programas está la introducción al sermón de hoy. En nuestra serie de enseñanza sobre la vida en santidad, estaremos viendo la curación de un leproso y, a través de esta historia, nuestra propia santidad y nuestra propia limpieza. Es el Evangelio de Mateo, en el capítulo 8, pueden buscar allí sus Biblias. Estaremos leyendo el versículo 1 y hasta el versículo 4. La curación de un leproso y nuestra propia limpieza.
Doy un chance para que puedan buscar sus Biblias y compartir quizá su Biblia con alguna persona que tengan cerca. Es el Evangelio de Mateo en el capítulo 8.
Contexto de la lepra y lectura bíblica
Leeremos los primeros versículos, desde el versículo 1 y hasta el versículo 4. Un milagro del Señor, que es la curación de un leproso. Dice nuestra introducción que la lepra era la gran enfermedad de la antigüedad: incurable, altamente contagiosa, progresivamente destructiva. El leproso era enviado a vivir a las afueras de la ciudad y, al acercarse a una persona, le era obligatorio gritar: “¡Inmundo, inmundo!”. Un hecho dramático, hermanos. Por esto la lepra es un símbolo del pecado y sus consecuencias.
En un hecho sin precedentes, Jesús tocó y limpió un leproso, evidenciando su gran compasión, su carácter puro, que no es contaminado cuando entra en contacto con nosotros, y su poder para limpiar la más terrible enfermedad. Aprenderemos también que nuestros pecados solamente pueden ser limpiados por un toque de Dios.
A modo de introducción, le diré que al día de hoy la lepra no genera la misma reacción que antes. Por casi 2000 años, la lepra era la gran enfermedad de la humanidad; una enfermedad destructiva, una enfermedad contagiosa, una enfermedad con una carga de vergüenza muy grande. Era una enfermedad que aislaba. A los leprosos no les era permitido vivir en la ciudad. Cuando a un hombre le era diagnosticada la lepra, era enviado a las afueras.
Quizá podían estar por los caminos junto con otros leprosos. No podían juntarse con su familia, no podían tocar sus hijos y tampoco los hijos querían tocarle. No era solamente que la ciudad no quería leprosos allí, sino que el mismo leproso sabía que su presencia afectaba a su familia.
La lepra como metáfora del pecado
Era una enfermedad ampliamente destructiva, que se manifestaba inicialmente por medio de llagas, pero eventualmente comenzaba a deteriorar todas las partes del cuerpo. Primero los nudillos, se caían los dedos. Los leprosos experimentaban progresivamente cómo todo su cuerpo se convertía en una bola de carne amorfa. Perdían las orejas, perdían la nariz, sus ojos. Era una enfermedad repugnante. El mismo hecho de encontrarse aislado, pero al mismo tiempo de encontrarse en deterioro, hacía la experiencia aún más terrible. Era una enfermedad para la cual no había una cura posible.
Se tenía que la misma sociedad, en un asunto de defensa, cuando veía a los leprosos les tiraba piedras. Si un leproso intentaba entrar en la ciudad, las personas le agredían, podía perder la vida. Ellos mismos gritaban: “¡Inmundo, inmundo!”, por dos razones: para no contagiar a nadie y para que no le tiraran más piedras. Hermanos, esta gran enfermedad fue la enfermedad que eligió el Señor en su Escritura para ser una metáfora de las consecuencias del pecado.
Esta gran enfermedad, de la cual el hombre, después de ser contagiado, no podía librarse por sus propios medios, fue la enfermedad que eligió el Señor para hacer una metáfora del pecado. Esta enfermedad que tenía consecuencias personales, pero también consecuencias relacionales, porque dañaba al enfermo y también dañaba el círculo íntimo del enfermo, fue la enfermedad que eligió el Señor para representar lo que era y lo que es el impacto del pecado en la vida del hombre. El pecado es igual a lepra.
Hermano, he venido a decirle, primero, la utilidad de los milagros del Señor y para qué nuestro Señor hacía milagros. He venido a decirles, en segundo lugar, cuál es la situación actual del pecado en el mundo y qué ha pasado con la lepra. En tercer lugar, les estaré explicando una pequeña descripción de esta enfermedad y por qué es tan parecida a las consecuencias del pecado. Y en cuarto lugar, analizaremos la actitud del leproso que fue sanado por el Señor. Acompáñenme en sus Biblias: libro de Mateo, capítulo 8, versículo 1 y hasta el versículo 4. Dice así la palabra del Señor:
Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente. Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció. Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos.
— Mateo 8:1‑4
La utilidad de los milagros de Jesús
En primer lugar, la utilidad de los milagros. En segundo lugar, estaremos viendo, a la luz de las Escrituras, después de entender la utilidad del milagro, la situación que tiene el pecado ahora mismo en el mundo. En tercer lugar, una descripción de la enfermedad y por qué se parece tanto al pecado. Y en cuarto lugar, veremos algunas lecciones prácticas extraídas de la curación de este leproso.
Hermano, ¿para qué nuestro Señor hacía milagros? Dice el apóstol Juan que los milagros de Jesús no solamente eran extraordinarias manifestaciones del amor de Dios, sino que también eran señales. Cuando el Señor obraba milagros, obraba milagros con dos propósitos principales: primero, en su carácter, que es todo amor, Él quería beneficiar a algún ser humano con alguna manifestación extraordinaria de su amor; pero en segundo lugar, el Señor establecía que ese mismo milagro se convirtiera en alguna señal.
Una señal, un signo, un acto dramático, simbólico, que nos permitiera entender algo más. Le doy ejemplo de algunos milagros de Jesús. El primer milagro de Jesús que se documenta en las Escrituras es la conversión del agua en vino. Había unas tinajas que tenían agua, y el Señor permitió milagrosamente que esas tinajas de agua, su contenido, se convirtiera en vino. Y después explicó entonces el significado que tenía la señal. Él dijo: el agua significa la religión antigua, el vino significa el nuevo reino que yo he traído: más valioso, más deseable, más completo, más perfecto.
Así como el agua fue convertida en vino, el Señor estaba hablando acerca de esto, del nuevo orden que era establecido por Él milagrosamente. Que si la anterior era útil, porque útil es el agua, el nuevo es mucho más deseable que el anterior. Fue un milagro porque, al mismo tiempo, había una boda en la cual se había acabado el brindis, pero fue una señal porque nos estaba anunciando algo que vino a establecer el Señor.
Milagros como actos de amor y señales espirituales
Milagros del Señor: alimentó a 5000 una vez. Y usted me pregunta, ¿con qué motivo alimentó el Señor a 5000 personas? Él lo dice ahí mismo. Él dice que tenían hambre. Y ante una multitud hambrienta, un Dios amoroso responde con pan. Pero inmediatamente después dijo: “Yo soy el pan de vida”. Era un milagro que trataba de beneficiar a esas personas allí congregadas con su hambre, pero al mismo tiempo era una señal que le decía a ese grupo de personas: ese pan les quita temporalmente el hambre física, pero el hambre espiritual que hay en el corazón del hombre solamente la quita el pan de vida, y el pan de vida soy yo. Es amor y es señal.
Otro milagro de Jesús: en un momento sanó a un ciego. Y después dijo: todos ustedes tienen el entendimiento entenebrecido. El muchacho experimentó sobrenaturalmente el amor de Dios porque le devolvió la visión, pero todo el que estaba cerca entendió que la situación en que estaba el muchacho era la misma situación en que estaban todos ellos. Los milagros de Jesús son actos de amor, pero también son señales. Tienen una implicación práctica para la persona que lo recibe, pero al mismo tiempo tienen bendición para toda la persona que presencia el milagro de Cristo.
En un momento, el Señor levantó un muerto después de cuatro días. Intencionalmente, el Señor esperó que el muerto hediera. Y después de cuatro días, el Señor se apareció donde el muerto e hizo un milagro. Bueno, fue una bendición para la familia del muerto y para el muerto mismo. Pero al mismo tiempo, esto tiene una gran señal espiritual, y es que nuestro Señor tiene el poder para levantar un muerto, que Él es vida. No solamente que Él da la vida, lo que Él es vida, y que en Él hay poder para preservarnos hasta después de la muerte.
Era beneficioso para la familia del resucitado, del revivido –que quizás es la palabra más adecuada–, sí, era beneficioso, pero al mismo tiempo tiene una gran lección espiritual para toda la humanidad. Estamos muertos en nuestros delitos y pecados, y solamente, milagrosamente, por Cristo podemos ser levantados. Este milagro es el primero en una serie de milagros que describe el evangelista Mateo, y es la curación de un leproso. ¿Tuvo un beneficio para este leproso ser sanado? Claro que tuvo un beneficio: le quitaron su lepra, le quitaron su llaga, le permitieron volver a integrarse a la sociedad. Pero al mismo tiempo el milagro del leproso todavía puede ser beneficioso para el día de hoy, para ti.
Como el Señor curó a este hombre, así mismo el Señor desea que toda la humanidad sea curada. Dice el Señor que en sus llagas somos nosotros sanados. Ya te he mostrado la utilidad de los milagros de Cristo: que no solamente era un beneficio temporal, sino también un beneficio eterno; que no solamente era un acto de misericordia y de amor, sino que también era una señal para que reconozcamos el poder que había en Jesús.
La situación actual del pecado y la comparación con la lepra
Ahora permíteme enseñarte cuál es la situación actual de la humanidad con relación al pecado. Hermano, si la lepra es pecado, yo le diré que en el siglo pasado, a finales de los 80, un venezolano que se había dedicado toda su vida a trabajar con pacientes con lepra identificó una posible cura para la lepra. Si acaso el leproso estaba en el primer momento de la enfermedad, determinadas sustancias, determinados químicos, se podían administrar a su cuerpo y la llaga podría retroceder y hasta, en determinados casos, podría ser curada.
No significa esto que si por la lepra usted perdió los ojos, o perdió los dedos, o perdió las manos, las partes amputadas de su cuerpo se le van a devolver. Lo que significa es que la lepra, desde el siglo pasado, puede retroceder. La lepra es sinónimo de pecado. Hermano, no significa esto que al día de hoy la lepra sea menos peligrosa, que antes no es igual de peligrosa. Lo que significa es que hay un paliativo para la lepra. Si acaso fueras a entrar en contacto con un leproso, te recomendaría: usa guantes, ten cuidado, ten precauciones. La lepra es contagiosa, es destructiva, la lepra sigue teniendo el mismo poder que antes. Hay solución ya para la lepra, hay solución para la lepra, pero no significa esto que bajemos la guardia.
¿Qué tiene que ver esto con el pecado? ¿Cuál es la situación actual del pecado? Es la falta de precaución. Hermanos, se ha perdido el respeto al pecado. La realidad, la situación actual, es que el pecado no molesta tanto como antes y, ante el pecado, no hay tanta precaución como antes. El pecado ha sido relativizado. Pecado es igual a lepra. Bueno, también te diré que, con relación al pecado, no hay un contagio parcial sino un contagio universal.
Y todos los aquí presentes, como les leía en el primer salmo que leí en nuestro culto de hoy, decía el salmista: “En pecado me concibió mi madre”. Dice: yo tengo esto desde que nací. Por la situación actual, hermanos, todo el mundo lo tiene. Ni siquiera tú estás limpio. Y hay gente que dice: “No, ustedes son muy quisquillosos con ese asunto, esos no son pecados, es mi estilo de vida”. Hermano, como el mundo entero ha sido alcanzado por el efecto del pecado, entonces el mundo entero ha comenzado a decir que el pecado es posible. Que eso que nosotros le llamamos inmundicia delante del Señor, esto que ustedes dicen que es inmundicia, que tienen el poder para destruir una vida, una familia y toda una generación, es que ustedes han cogido eso muy en serio. Que el pecado no mata, que eso era antes.
Quiero advertirle a mi congregación que el pecado en el 2013 ha sido tan destructivo como lo fue en los primeros siglos. Lo que ha sucedido es que cuando el pecado se ha multiplicado por el mundo, el mundo ha llegado a entender que esta es la situación normal. Hay excepciones en la historia de la humanidad, y una de esas, por ejemplo, es el caso de la esclavitud. La esclavitud llegó por partes, por partes, por partes, por partes, y llegó un momento en que se extendió tanto la esclavitud en los Estados Unidos que ellos decían: “Pero es que la esclavitud es la cosa normal”. Es más, algunos legisladores le llamaban a la esclavitud “la ley natural lo indica”.
Que haya mucho esclavo no significa que la voluntad del Señor es que el hombre sea esclavizado por sus hermanos. Que haya mucho pecado en el mundo y que el pecado abunde no significa que la voluntad del Señor es que la lepra nos consuma. ¿Cuál es la situación actual del mundo con relación al pecado? Al pecado se le llama preferencia, al pecado se le llama estilo de vida, al pecado se le llama que son deseos. Es más, se ha poetizado el pecado. Lo que ante Dios es aberración, por medio de poesías se ha enseñado como algo hermoso.
¿Cuántas son las canciones que al día de hoy celebran los engaños, los venden y te lo ponen por medio de lírica? Hacen que eso parezca hermoso. Ante el Señor es lepra.
Pecado relativizado y normalizado
Y es la lepra adornada, es la llaga armonizada. Hermano, ¿cuál es la situación del mundo alrededor del pecado en este tiempo? El pecado es tu preferencia, ya no es aberración. En primer lugar te dije cuál es el objetivo de los milagros de Cristo: no solamente que tú seas sanado, es que entiendas como una señal el milagro. Lo segundo: la situación del pecado en este tiempo, la relativización del pecado. El entender el pecado… hermano, cosas que antes se escandalizaban y Claudia se ponía la mano en la cabeza, al día de hoy no escandalizan.
No, no, no, no voy a entrar en detalles. Tú sabes cuáles son las cosas que hace 10 años eran vistas y la gente se ponía la mano en la cabeza; hoy son vistas y la gente se sonríe. A uno mismo, hermano, ya no le molesta tanto. El frecuente contacto con la lepra, el frecuente contacto con el pecado, el roce, ha hecho que el pecado llegue a ser considerado como algo normal.
Paso a mi tercer punto: ya te dije cuál es el objetivo del milagro, ya te dije cuál es la situación actual del pecado del mundo. Permíteme decirle una pequeña descripción de esta enfermedad. Miren, la lepra comienza por etapas. En la primera etapa de la lepra tú no sabes que tienes lepra, pero la lepra está ahí. Es como diferentes momentos, diferentes etapas. La primera etapa de la lepra, que es la etapa temprana, tú no sabes que tienes lepra, pero la lepra está ahí. En tu cuerpo no hay ninguna evidencia, no hay ningún síntoma, tú no sabes que estás contagiado por la lepra, pero está ahí.
Pasan los años en que la gente convive con la lepra en el cuerpo y no sabe que tiene lepra. Después comienzan a aparecer pequeñas erupciones en la piel: “Eso es una alergia”, “Sí, parece que algo me picó”. Y salen las llagas. El segundo momento de la lepra son llagas, y cuando ya hay llagas, entonces ya hay preocupación, porque hay una señal externa de que eso que anteriormente solamente estaba a nivel interno ya se ha comenzado a manifestar.
En el primer momento de la lepra no se sabe que hay lepra, pero en el segundo momento de la lepra hay llagas.
Progresión de la lepra y progresión del pecado
Hermano, si la llaga no se corrige a tiempo, entonces la lepra entra en su tercera etapa, que es la mutilación de partes. Se comienzan a caer las uñas, se caen los nudillos, se caen los dedos. Los leprosos, una foto común, son leprosos enseñando su mano: “No tengo dedos, no tengo dedos, la lepra me quitó los dedos”. Eventualmente se va perdiendo la flexibilidad del cuerpo, se caen las orejas, se cae la nariz, se caen los dientes. Hermano, ver un leproso físicamente es un asunto repugnante.
Primera etapa: ningún síntoma. Segunda: pequeñas llagas. La tercera: mutilación. Y la cuarta se llama desfiguración. Por eso el leproso avanzado utiliza vendas. Se cubre el rostro, se cubre las partes del cuerpo con vendas para que tú recuerdes que ahí detrás hubo un cuerpo, que ya quizás no se puede entender por medio de su fisionomía; ya tú le ves y no le entiendes, se cubre con trapos. La lepra avanza por etapas.
¿Qué tiene que ver esto, pastor, con el pecado? Del mismo modo avanza el pecado. Es sorprendente, hermano. Dice la Escritura que el pecado está en nosotros desde que nacimos. Usted ve a un niño, el niño no es culpable ante el Señor todavía, pero dentro de él, hermano, ya está la enfermedad. La enfermedad del ser humano se llama pecado. Es un asunto en que hemos sido contagiados; esto se llama el pecado original. El pecado universal está dentro de nosotros. El pecado, la inclinación hacia la maldad.
Es hermoso ver un niño. ¿Sabe por qué es hermoso ver un niño? Porque el pecado todavía no ha salido, no se ha manifestado. Pero a veces avisan. Vaya uno en serio y verá que los niños avisan que adentro hay algo que no está bien. Chiquitico dan señales, hermano, de que ahí dentro hay algo. El niño agrede, el niño dice: “Eso es mío”. Cuando comienzan a verbalizar, una de las primeras cosas que aprenden es a mentir. Y usted dice: ¿cómo el niño aprende a mentir? Hermano, el pecado. A veces el padre se sienta avergonzado: “¿Será que lo habrá aprendido de mí?”. No, quizá no lo aprendió de ti. Lo aprendió del mismo lugar que lo aprendiste tú: está en tu naturaleza. Tu naturaleza es pecaminosa.
¿Saben por qué los leones no se tienen como mascotas? Porque de niños son tan tiernos, pero en cualquier momento se comen al dueño. Son animales salvajes, no han sido domesticados. De niños pueden ser controlados, pero ten cuidado con el león porque te come. El pecado está en nosotros. En la primera etapa ni siquiera se ve. Es más, hay gente que desarrolla tarde los síntomas. Hay personas que se dicen: “Somos ‘bonachones’”, así como medio bonachón, medio manso. En el manso está el pecado, en el bonachón dentro está la capacidad; no están los síntomas, pero está ahí.
Hermano, hay un gran beneficio de diagnosticar y tratar temprano la lepra. Me dijo a mí una vez una persona: “Bueno, Rafael, ¿y tú no sientes que has perdido tu juventud?”. No. Yo estoy en los caminos del Señor desde mi temprana edad, temprano, temprano. Gloria al Señor por usted que llegó en sus 40, sus 60, pero miren, yo le diré a usted, hermano: casi, si a mí me permitieran volver atrás, más temprano todavía. Como dice el Salmo 1: bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni en silla de escarnecedores se ha sentado.
La gente se siente avergonzada porque dice: “Yo vine al Señor en mi juventud, ya como que me estoy perdiendo de algo”. Hermano, sanarse de lepra temprano no es malo. Sanarse de la lepra antes que aparezca la llaga no es malo. Estoy convencido de que el Señor no puede hasta devolver la parte del cuerpo que está mutilada, pero te diré que sanarse temprano de la lepra no es malo.
Insensibilidad, deformación y aislamiento espiritual
Es el gran beneficio de que, a temprana edad, un niño reciba inclusión en los caminos de Dios. Bueno, yo fui llevado a escuelita bíblica de temprano, y una cosa que yo recuerdo es que en mi adolescencia yo llegué, hermano, a veces a sentir que yo me debatía por conocer la voluntad de Dios, porque decía: “Es que yo quiero hacerlo, pero acá, dentro de mí, hay algo que me dice que eso no es bueno”. La voluntad de Dios, hermano, es la que te mantiene preservado de los síntomas del pecado. Te animo, te animo, te animo aquí: mientras más temprano, mejor.
Otro asunto de la lepra se ha encontrado, hermano, que la lepra, por lepra, no hace que se pierdan miembros del cuerpo. Que las amputaciones del leproso no son causadas por la misma lepra. Lo que la lepra causa es la insensibilidad. La lepra hace que se pierda la sensibilidad del cuerpo y los leprosos, con cualquier cosa, tienen un problema en un dedo, en una mano, se dan un golpe y no lo sienten; tienen infección en parte del cuerpo y no lo saben. Una característica de la lepra es la insensibilidad.
Bueno, el pecado, cuando avanza, dice la Escritura que hace que nuestras conciencias se endurezcan. Un hombre con una conciencia endurecida es un hombre que puede participar en todo tipo de pecado, que él daña, él daña a su familia, daña su entorno y él no lo siente. ¿Por qué se parece el pecado a la lepra? Porque el pecado insensibiliza.
¿Por qué razón nos dice el Señor que huyamos del pecado? Hermanos, porque cuando tú convives con el pecado, llega un momento en que llegas a insensibilizarte. Gloria al Señor por el hombre que tiene una conciencia sensible, por el hombre que peca y todavía lo siente. Avanzada la lepra está en el hombre que peca, al Señor le deshonra de diferentes maneras y ni siquiera siente convicción.
El Salmo 51, salmo de David, es un salmo de un hombre que la lepra le llegó temprano: ya hay llaga, pero todavía lo siente. Es el hombre que está arrepentido de sus pecados. La lepra produce deformación. Dice la Escritura, hermano, que el Señor ha puesto su imagen en todo hombre. Fuimos creados a imagen de Dios. ¿Y qué ha pasado con este hombre que tiene la capacidad de destruir, de este hombre que es abominable? Que la imagen de Dios, por consecuencia de la lepra, se ha distorsionado.
Estamos diseñados siguiendo la imagen de Dios, pero el pecado ha desfigurado la imagen de Dios en nosotros. Consecuencias del pecado hacen que no te parezcas a Dios. Consecuencias del pecado hacen que no ames las cosas de Dios. La lepra produce aislamiento. El primer aislamiento en la lepra, en el mundo antiguo, en el mundo judío, era que un leproso iba donde el sacerdote para que le examinara, y el sacerdote entendía que ese hombre no era digno ni siquiera de estar cerca del templo de Dios. “Inmundo, inmundo”. Tal cosa no podía estar en el pueblo del Señor.
El primer aislamiento que te da el pecado es el aislamiento de Dios. Tú quieres decir que tienes comunión con Dios, pero Dios dice: “No te conozco, estás inmundo”. Segundo aislamiento: la familia. ¿Cuántas familias han sido desmembradas, destruidas? Siempre se piensa en el divorcio, que es lo más común ahora mismo, pero cuántos hijos al día de hoy no tienen buena relación entre ellos. ¿Saben cómo se manifestó el pecado en el libro de Génesis? La primera expresión del pecado: un hermano mató al otro.
Divisiones familiares, guerras, conflictos. El pecado aísla, el pecado te deja solo, el pecado te manda a vivir a las afueras. El pecado es incurable humanamente hablando. No hay un solo hombre que pueda decir que resolvió su problema de pecado juntando nada. No hay crema poderosa de esa que anuncian en la guagüita por la calle que tenga el potencial para evitar la lepra del alma. No hay remedios caseros, no hay “cómprate tal cosa”, no hay “a mí me funcionó esto”. El pecado, humanamente hablando, es incurable.
Pero dice la Escritura que la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado. Es vergonzosa. Y para cerrar este punto le diré que la lepra era un misterio. Se sabía cómo se manifestaba, pero no se sabía de dónde provenía.
El misterio del pecado en la humanidad
Hermano, en el mundo al día de hoy el pecado es un misterio. Uno ve que del ser humano salen cosas que son aborrecibles, abominables, y dice: “¿De dónde es que sale esto?”. Científicamente no es posible determinar de dónde viene la violencia. Se buscan razones. En un momento se entendió que la violencia era un asunto conductual, que venía de un entorno violento, o sea, un entorno violento produce hombres violentos. Pues hacían estudios, buscan las estadísticas, y encontrarán que en países violentos hay casos de muchachos que crecieron en la violencia y no tienen el deseo de tirar un tiro, y hay otros que crecieron en un ambiente de paz y entonces lo hacen.
Otros decían en otro momento que la violencia era causada por las necesidades y las injusticias sociales, y que había maldad en el mundo porque había algunos que tenían mucho y otros que tenían poco. Busquen los países que tienen un Producto Interno Bruto más alto y encontrarán que la violencia es la misma. No tiene que ver con la carencia, tiene que ver, hermano, con un asunto que está dentro de nosotros: es lepra.
La lepra se sabía que dañaba el cuerpo, pero no se sabía por qué. La gente, en este tiempo, sabe que el pecado hay conductas que se manifiestan, pero no saben el origen de esas cosas. El origen de eso es la maldad.
En primer lugar, te he dicho la utilidad de los milagros. Lo segundo: el estado en que está el pecado en el mundo, que ha inundado el mundo y se ha relativizado. Lo tercero: en qué se parece la lepra al pecado. Y permítame terminar con esto. Veamos cómo un leproso fue curado. Leo nuevamente Mateo capítulo 8, y analizo expositivamente esta parte de la Escritura. Dice que Jesús estaba en un lugar y descendió.
Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente. Y he aquí vino un leproso…
— Mateo 8:1‑2a
Hermano, ¿qué está pasando aquí? El leproso se acercó a Jesús cuando Jesús no estaba solo, había una multitud de gente que no amaba al leproso, había una multitud de gente que, al ver al leproso, entendía que podía importunar. Rompió la norma de gritar “¡Inmundo!” y fue corriendo, se arrodilló delante del Señor.
Primera cosa que te enseñaré: es que el leproso se expuso para ser sanado. Mire, todo hombre que ha venido a Cristo de algún modo siente cierta exposición. Alicea, Zoemy y más han sentido: “¿Pero qué dirá la multitud? Me está haciendo sentido el Evangelio, pero me pueden tirar piedras”. Hay personas que no acostumbran a visitar una iglesia: “Yo no voy a la iglesia porque yo no sé si en la iglesia yo voy a molestar, yo no sé si en la iglesia habrá una silla para mí, yo no sé cómo sentarme, yo no sé si tengo ropa para ir a la iglesia”. El leproso se expuso a la multitud para ser sanado.
El leproso se expone, viene solo y se humilla
Bueno, hay veces que, para la salvación de nuestra alma, hay que dar unos pasos que parecen difíciles, pero hay que darlos. Es decirle ante la gente: “Yo voy donde el Señor y yo quiero ser sanado”. Él se expuso. Lo otro: vino solo. Ningún leproso en la antigüedad vivía solo, vivían juntos, hacían comunas en las afueras. No quiero abusar del texto bíblico, no quiero abusar, pero puedo inferir que este leproso quizá mencionó ahí a sus otros leprosos: “Miren, hay un hombre que está haciendo milagros ahí abajo”. Y ellos dijeron: “Cállese, es el Hijo de Dios”. “¿Qué les parece si vamos donde el Señor a ver si nos sana?”. “¿Qué? ¿La última vez que bajamos al pueblo nos tiraron palos y piedras y ahora tú quieres que vayamos a Jesús, que siempre está rodeado de la multitud?”.
Hermano, este hombre –infiero, porque la Biblia no lo dice, yo sospecho– que en un acto muy valiente dejó a los demás leprosos en su lepra y se fue a donde Jesús a ser sanado solo. Hay un grupo de personas que quieren ser salvos por lote, se quieren venir con cinco amigos al Señor: “Aquí vinimos los leprosos, somos leprosos todos aquí”. Hermano, tú vienes solo. Se viene solo, se viene uno. A veces hace falta el acompañamiento de otro leproso para no sentirse incómodo en la iglesia. La gente afuera dice: “No, vamos para la iglesia, vamos juntos, camino, yo no quiero entregarme al Señor solo”. Hay personas que tienen un sueño donde está toda la familia agarrada de la mano, viniendo donde el Señor a las aguas del bautismo.
Hermano, en la familia normalmente a veces viene uno, después viene otro, después el Señor alcanza a otro. No esperes la multitud de leprosos para buscar tu salud. “Ah, cuando… si acaso mi mamá quisiera venir conmigo, mis hijos o mi esposo…”. Hermano, no. No es que no lo deseemos, pero hay veces que es una familia de dos leprosos y el Señor sana a uno. El sano entiende: “Estoy sano” y quiere eso mismo para el otro, porque mire, se requiere un extraordinario acto de amor, como dice el apóstol Pablo, para cuando el Señor alcanza a una mujer cristiana, ella seguir amando a su esposo en el matrimonio y permanecer al lado suyo.
¿Pero cuánto quisiera esa mujer que su esposo también sea sanado por el Señor? Se requiere mucho valor para un hombre permanecer con una mujer que se está desbaratando al lado suyo como consecuencia del pecado, insensible ante las cosas del Señor. Se requiere mucho amor cristiano. ¿Cuánto quisiera un marido cristiano que a su mujer le sea quitada la lepra de su pecado?
Hermano, este leproso vino solo al Señor. Quiero desestimar aquí a la gente que esté esperando un momento de conversión donde haya una multitud y diga: “Aquí estamos todos los leprosos, vinimos a ser sanados por el Señor”. Normalmente uno viene solo y recibe del Señor salud.
Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
— Mateo 8:2
Pero antes de eso, hermano, dice que se postró ante él. Miren, postrarse. En la Escritura una de las manifestaciones de adoración que hay es postrarse. ¿Y saben por qué postrarse es una manifestación de adoración? Porque un hombre viejo postrado se ve feo. Esa es la razón. Porque cuando tú te postras, lo que tú entiendes que es valioso es más que tu ropa, como que se ensucia.
La humillación del pecador y el toque de Cristo
Porque postrarse es difícil cuando el cuerpo no es el cuerpo de un niño. Hay veces que tú doblas las rodillas y el cuerpo no está tan cómodo. Pero dice que este leproso vino donde el Señor e hizo así. Hermano, esta es la posición con que viene un pecador ante el Señor. Nadie quiere que le tiren una foto así. Esa es la posición con que viene un pecador ante el Señor: se dobla, se agacha, se humilla. Hermanos, dice: “Señor, yo estoy lleno de pecados. Si tú quieres, yo puedo ser limpio”. Se humilla, hermanos, se humilla.
¿Saben por qué no hay más leprosos sanados en este tiempo? Porque humillarse es un acto un poco vergonzoso. Nadie, nadie, nadie ha recibido salvación con el pecho abierto: “Señor, sálvame; tú eres un leproso, ¿quién eres tú para sacar pecho?”. Dice que el leproso vino al Señor lleno de lepra. Este mismo caso lo relata Mateo, lo relata Marcos y lo relata Lucas. Lucas dice que el hombre estaba lleno de lepra. Parece que estaba la lepra en su peor momento.
Hay una paradoja, hermano, que yo no entiendo: la gente preparando limpiarse para venir a Cristo. El leproso que dice: “Mira, es que yo estoy muy maltratadito ahora mismo, pero déjame ver si la llaga no se me cubre un poco y yo vengo”. Hay leprosos, hermano, que están llenos de lepra y dicen: “Guau, si yo pudiera, así como que se me quitara la lepra de aquí para venir donde el Señor para que perdone mi pecado; si yo pudiera dejar el vicio, si yo pudiera de algún modo rectificar en mi vida en tal área…”. Hermano, venga lleno de lepra y póstrase delante del Señor.
El leproso le dijo: “Si quieres, puedes limpiarme”. Él no dudaba ni por un momento del poder de Dios, pero tenía alguna restricción con relación a su amor: “Yo sé, porque tú has levantado muertos, yo sé que tú puedes sanar, el asunto que yo no estoy seguro es si tu poder puede obrar a favor mío”. Aquí hay gente que está convencida de que el Señor tiene salvación, pero no sabe si la salvación del Señor es para él.
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
— Juan 3:16
El Señor quiere; no solamente puede, sino que quiere, hermano. Y me sorprende la ternura de la respuesta del Señor al leproso:
Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.
— Mateo 8:3
¿En qué condición un judío podía tocar un leproso? En ninguna. Era un gran problema para un judío ritualista tocar a un leproso, porque tocando un leproso se quedaba inmundo y tenía que esperar tiempo y después irse a presentar y ver si no se contagió. El Señor tocó al leproso, hermano, lo tocó. Eso a mí me sobrecoge: ver la vinculación del Señor con el hombre. Este está lleno de lepra, pero tu lepra a mí no me contagia.
El incorruptible tocó al leproso. Hay gente que es tan vana, hermanos, que piensa que sus pecados son tan grandes que van a ensuciar a Cristo. Bueno, usted no puede, amigo, usted no puede ensuciar a Cristo. Cristo toca al leproso, Cristo sigue siendo Cristo, pero el leproso es sanado. Este es el dilema de la humanidad. Mire, todos mis mentores, el pastor Rafael Pérez, lo han dicho: el dilema de la humanidad ha sido cómo un Dios que es todo santo y todopoderoso se ha de reunir con criaturas tan inferiores.
Es el famoso cuadro que pintan al hombre con un dedo y a Dios con un dedo del otro lado, haciendo un pequeño toque. Es como decir: Dios es tan santo, Dios es tan puro y nosotros somos tan rupestres, estamos tan perdidos en delitos y pecados que no podemos estrechar la mano de Dios, solamente tocarle con la yema de un dedo. Pecador que estás aquí presente, abraza al Señor, que tú no le corrompes.
Te diré: fue el Señor que tocó al hombre. Y después le dijo: “Quiero; sé limpio”. Oye, hermano, qué hermoso sería si ya esta tardecita alguna persona se anima a tocar al Señor en fe y recibe del Señor esta misma respuesta, que estoy absolutamente seguro que la recibirá. Qué hermoso sería si una persona hoy puede decir: “Ciertamente el pecado está en mí, quizá no me ha desfigurado el rostro todavía, pero yo puedo sentir la influencia del pecado sobre mi vida”. Quizás aquí hay una persona que tiene problemas familiares, que entiende que el pecado está destruyendo su familia, y quizá que hay gente que entiende que el pecado está destruyendo su vida misma.
Invitación a recibir el toque de Jesús
Quizás hay personas que tienen amplias necesidades de Dios. Te animo a que hoy permitas recibir el toque del Señor y no le dudes, porque estoy seguro que lo mismo que el Señor te dirá fue lo que le dijo a este hombre: “Quiero; sé limpio”. Hermano, el Señor me dijo a mí eso. El Señor le ha dicho a muchos cristianos lo mismo: “Quiero…”. O sea, como casi: “Quiero, quiero hoy, no me dejes, que estoy aquí”. La duda del ser humano es: “¿Y realmente el Señor estará pensando en mi salvación? ¿Podría yo ser un cristiano, yo? ¿Yo podré tener una vida ordenada delante del Señor? ¿Y podré tener movilidad en mis manos? ¿Podré yo ser limpio?”. “Quiero”, dice el Señor, “sé limpio”.
Y al instante su lepra desapareció.
— Mateo 8:3b
Oye, yo quisiera tener la oratoria, hermano, para explicar con palabras… yo quisiera tener la facilidad para explicar con palabras el hecho sin precedentes de que un pecador puede pasar de muerte a vida en un instante. Yo quisiera tener, así como la oratoria, para explicarle a la gente con palabras lo que significa que tus pecados te son perdonados. Salgo en mi mente a usar ejemplos, y los ejemplos que encuentro, hermano, son tan pobres que no me atrevo ni a mencionarlos.
Te podría decir que eso es como que tú tengas una deuda y te van a quitar una casa y alguien te paga la casa… ¿qué es una casa ante la salvación? Te podría decir que esto es como si tú tienes la tarjeta de crédito, que ya no solamente está sobregirada, sino que está en mora y ya casi va a lo legal, y desde allá entonces alguien te paga los recargos, te paga la mora, los intereses y te deja la tarjeta en cero. ¿Pero qué es una tarjeta de crédito ante la salvación?
Te podría decir que es una persona que va a morir y hace falta que se le ponga algún procedimiento médico y no tiene los recursos y aparece un hombre poderoso de este mundo, que sale en televisión, y dice: “Yo voy a costear el procedimiento porque me importa esa vida”… ¿pero qué es nuestra vida actual con relación a la eternidad?
Hermano, hasta la lepra se queda pequeña para poder representar lo que es que a un hombre pecador sus pecados le sean borrados ante el Señor. Y eso sucede en un segundo. Sucede tan rápido, hermano, que a veces desde aquí ya sucedió. Hermano, sucede tan rápido que la gente viene a la iglesia, confiesa su pecado delante del Señor y son perdonados, y dicen: “¿Qué pasó? ¿No me van a dar un certificado? Denme algo para yo…”. Hermano, tus pecados no están ante Rafael Pérez, tus pecados están ante el Señor.
Amigo, yo no veo tus rebeliones, pero el Señor las ve, las tiene contadas. El mismo Señor dice que ha elegido voluntariamente no tomarle a los hombres en cuenta sus pecados. No tengo más nada que decir que esto: dice el Señor que donde hay dos o tres reunidos en su nombre, allí está Él, y que si acaso leprosos, como lo era yo antes, como lo era todo cristiano –hermano, porque no hay un cristiano que no pueda decir que su lepra le fue quitada–, si tú eres hoy el leproso, yo te invito a que aquí, en oración, le toques.
Recibas el toque del Señor y quizá le preguntes: “¿Puedo?”. Y el Señor te dirá: “Sí, quiero”. Tienen sus ojos cerrados un momento y permítanme orar por la congregación. Mira las personas que están aquí hoy, Señor, considerando el Evangelio. Esto es el Evangelio: que tú, rebelde, estás bien apartado de Dios, y que Dios, en su infinita misericordia, se hizo hombre, pagó tu deuda en tu lugar, y ahora te dice que con tan solo aceptar a Jesucristo, este precioso regalo que Él te ha dado, puedes ser limpio.
No es un hecho muy ceremonioso, no es una ceremonia muy elaborada. Es tan sencillo como decirle al Señor: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y el Señor te puede responder: “Sí quiero; sé limpio”.
Llamado al arrepentimiento y oración de confesión
Tú no lo sabías, pero tus problemas, la causa de ellos, es el contagio. La causa de ellos es el pecado que está en ti. Se ha comenzado a manifestar por llagas, se ha comenzado a manifestar por desmembraciones. Quizás el pecado ya te ha hecho una persona que ni siquiera tú mismo te conoces, te ha desfigurado. La lepra ha desfigurado tu vida.
Voy a invertir el orden y orar primero por los hermanos cuyos pecados han sido perdonados. Hermanos, si el Señor borró tu lepra, siéntete agradecido. Qué hermoso saber que el Señor desde el cielo, en un momento, te dijo a ti: “Sí quiero”. Qué hermoso es recordar que nuestros delitos y pecados fueron borrados en un momento. Eso es el Evangelio: el perdón de nuestros pecados y la liberación del pecado. El Señor te quita la consecuencia del pecado y, al mismo tiempo, te permite anular la influencia del pecado sobre tu vida. Liberación se llama.
Estimo que en más del 80% de esta congregación hay personas que son leprosos sanados. Yo soy un leproso sanado por el Señor. Quiero orar ahora por las personas que están aquí, que quizás el Señor te trajo milagrosamente a que te encontraras con esta multitud para que, de paso, seas sanado. Puedes decirle ahí al Señor, con tus palabras, con tus palabras, puedes decirle ahí al Señor: “Señor…”. Dile: “Señor, reconozco que soy un leproso, reconozco que soy pecador, reconozco que mi transgresión te ofende. Reconozco que uso camisa de manga larga para que no se me vea la llaga, reconozco. Reconozco que el pecado está en mí, me avergüenzo. Si quieres, puedes limpiarme”.
Puedes decirle ahí eso solamente al Señor. Puedes decirle: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Enseña tu lepra ante el Señor, enséñale tus llagas, enséñale tus mutilaciones. Enséñale tu familia que ha sido dañada, enséñale tu cuerpo que ha sido dañado, enséñale tu carácter que ha sido corrompido, enséñale tu relación con Él que ha sido destruida. Y dile: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.
Confiesa tu pecado delante del Señor, confiesa tu lepra. Dile: “Señor, confieso mis pecados delante de ti”. Hermano, y con esto que te digo no miento, ya el Señor te lo dijo desde antes: Él ha dicho que si confesábamos nuestros pecados, Él es fiel y es justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
“Sé limpio”, dice el Señor.
Seguridad del perdón y nueva vida en el Espíritu
Aún con tus ojos cerrados –no vas a sentir nada físico–, pero la carga de pecado que separaba tu relación con Dios en este momento ha sido eliminada. El Señor lo ha dicho y el Señor es fiel y es justo. Si confiesas tu pecado, Él será fiel y justo. Si has hecho una confesión sincera de pecado ante el Señor, puedes entender en este momento, por fe, que el Señor ha perdonado tus pecados.
Ahora, dice la Escritura, que el Espíritu Santo será puesto en tu corazón. Y así como la lepra está destruida, ahora el Espíritu Santo te regenera, te reconstituye. Sentirás como la sensibilidad vuelve a tu conciencia. Sentirás, cuando vuelvas a participar del pecado, al Espíritu de Dios, que ahora te reclama para Dios. Sentirás la fortaleza que da el Espíritu Santo para tener victoria en diferentes áreas de tu vida.
Te invito a que el próximo domingo estés aquí, y al final del culto te acerques a mí. Me gustaría, pronto. Nuestra iglesia tiene talleres de membresía para acompañar a las personas hasta las aguas, a las personas que pueden testificar que el Señor ha limpiado sus pecados. Pronto, no tardes. Tenemos talleres de membresía y me gustaría yo mismo inscribirte para que esto que ha sucedido en tu alma mañana sea testificado ante la iglesia.
Termino orando por todos ustedes: mira, Señor, esta congregación. Mira, Señor, este conjunto aquí de leprosos sanados, 100% sanidad. De aquellos que ya, Señor, recuperaron la movilidad del cuerpo y de aquellos, Señor, que comienzan a recuperarla. Mira esta congregación de gente aquí, Señor, que tú has reconstituido por tu misericordia. Mira a mis hermanos que testifican que estaban muertos en su pecado, sin deterioro, y ahora, Señor, pueden confesar que su vida ha sido reencauzada para tu gloria y por tu misericordia.
Mira a aquellos, Señor, que quizás oraron y están dubitativos, pon ahora convicción de arrepentimiento, Señor. Ay, Señor, como te oraba al principio, te oro al final. Ante tus ojos cerrados, mantén tus ojos ahí cerrados un momento y permíteme decirte esto como una oración. Mantén tus ojos ahí cerrados. Decía David:
Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio. He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre. He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido. Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente.
— Salmo 51:1‑12
Trae el gozo de tu salvación, Señor, hoy a tu congregación. Te pedimos esto en el nombre de Jesús. Amén.
Que el Señor les bendiga mucho, hermanos. Nos vemos aquí, para glorificar al Señor, el próximo domingo.