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Lecciones sobre la edificación de un templo

2 Samuel 7:1-17

La edificación de un templo es un acto extraordinario de adoración, pero Dios no depende de los templos para manifestar Su poder y Su gloria. Tener un edificio propio es un privilegio y una gran responsabilidad, que debe asumirse con desprendimiento, exclusividad y reverencia.

Predicado16 de junio de 2013
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

La razón, el mandato que tengo para compartir con ustedes hoy esta porción de la Escritura es que, por primera vez en cinco años, nuestra iglesia podrá dedicar un lugar exclusivamente para el servicio a Dios, un lugar donde no se hará otra cosa más allá de exaltar Su nombre en las diferentes formas que Él lo ha determinado. Hoy aprovecharemos el contexto de este importante momento para explicar, tomando como base la intención que tenía el rey David de edificar un templo a su Dios, que la edificación de un templo puede ser un extraordinario acto de adoración. También para explicar que Dios recibe con agrado estas cosas, aunque ni Su poder ni Su gloria dependen de ello, y por último, que la oportunidad de edificarle casa debe ser tenida por los hombres como un gran privilegio.

En cortas palabras, hermanos, yo he venido aquí a evitar que esta iglesia tropiece con un templo. Ahora mismo estamos cómodos, estamos celebrando que tenemos este lugar, pero este lugar podría ser de bendición y también podría ser de tropiezo. Ahora mismo estamos recibiendo cerca de 90 metros cuadrados que el Señor nos permita administrar con mucha libertad para Su gloria, y esto podría ser nuestra bendición, pero podría también ser nuestro tropiezo. Hermanos, las herramientas no basta con tenerlas, hay también que usarlas bien. Y la labor que vengo a hacer en esta mañanita, ya tardecita, es explicarles a ustedes que esta herramienta que hemos recibido del Señor puede ser una herramienta extremadamente útil para las actividades de nuestra iglesia, pero también puede ser un peligro.

Administrar un templo, hermanos, para la gloria del Señor es un gran reto. Hasta ahora no ha sido más que venir a utilizar las instalaciones de la plaza, la Telefónica; que esté como esté, esa plaza no es un templo del Señor, sino un lugar que uno rentaba, y el Señor lo entiende. Ahora tenemos del Señor la provisión de un templo, pero también tenemos una gran responsabilidad. De algún modo he venido hoy a advertirles, con la intención, hermanos, de que el templo, como puede estar aquí, y esperar que cuando pasemos a otro lugar, quizás un lugar ya definitivo, quizás más grande y aun propio, no solamente nos emocionemos con la mudanza, sino también que pensemos cómo vamos a usar este lugar de forma tal que el nombre del Señor sea levantado.

No quiero entrar todavía en mi sermón, pero les diré que el Señor no le ha pedido a nadie que construya templo. No encontrarán en ninguna referencia de la Escritura al Señor diciendo a los hombres: “Ve tú y constrúyeme un templo”, no lo encontrarán. Pero cuando los hombres construyeron templos, el Señor se lo permitió, y cuando comenzaron a comportarse en esos templos desordenadamente, entonces el Señor mismo se hizo hombre, tomó un látigo y volteó las mesas. Hermanos, el Señor no le ha demandado templo a ningún hombre, pero, si acaso tendremos templo para el Señor, evitemos que el Señor tenga que voltear las mesas en el templo de la Iglesia Evangélica Pez Mundial. Esto es un privilegio, hermanos, pero también una gran responsabilidad.

La intención de David y la respuesta de Dios

Veamos hoy la historia de un hombre que quiso construir un templo para el Señor y veamos cuál fue la respuesta que recibió desde el cielo. El segundo libro de Samuel, en el capítulo 7, dice así la Palabra del Señor: “David desea edificar un templo”.

Aconteció que cuando ya el rey habitaba en su casa, después que Jehová le había dado reposo de todos sus enemigos en derredor, dijo el rey al profeta Natán: Mira ahora, yo habito en casa de cedro y el arca de Dios está entre cortinas. Y Natán dijo al rey: Anda, y haz todo lo que está en tu corazón, porque Jehová está contigo.

Aconteció aquella noche que vino palabra de Jehová a Natán, diciendo: Ve y di a mi siervo David: Así ha dicho Jehová: ¿Tú me has de edificar casa en que yo more? Ciertamente no he habitado en casa desde el día en que saqué a los hijos de Israel de Egipto hasta hoy, sino que he andado en tienda y en tabernáculo. Y en todo cuanto he andado con todos los hijos de Israel, ¿he hablado yo palabra alguna a las tribus de Israel, a quien haya mandado apacentar a mi pueblo de Israel, diciendo: ¿Por qué no me habéis edificado casa de cedro?

Ahora, pues, dirás así a mi siervo David: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel. Y he estado contigo en todo cuanto has andado, y delante de ti he destruido a todos tus enemigos, y te he dado nombre grande, como el nombre de los grandes que hay en la tierra. Además, yo fijaré lugar a mi pueblo Israel, y lo plantaré, para que habite en su lugar y nunca más sea removido, ni los inicuos le aflijan más, como al principio, desde el día en que puse jueces sobre mi pueblo Israel; y a ti te daré descanso de todos tus enemigos. Asimismo, Jehová te hace saber que él te hará casa. Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino.

— 2 Samuel 7:1-13

Hermanos, tenemos aquí la intención de un rey de construir un templo al Señor, y encontramos del otro lado al Señor diciéndole a este rey que no. Al estudiar las Escrituras del Antiguo Testamento, encuentro que la persona quizás más apasionada en la adoración al Señor que ustedes encontrarán se llamaba David. David escribió salmos donde él dice que deseaba estar en la casa del Señor todos los días. David escribió salmos donde él decía que anhelaba conducir al pueblo del Señor de camino hacia Su casa. David escribió salmos donde se derramaba en adoración delante del Señor. Si hay una aspiración que podía estar de construir un templo en el corazón de un hombre, ese corazón era el corazón del rey David.

Pero cuando David tuvo la intención, el Señor dijo que no. Y no solamente el Señor dijo que no, sino que le dijo, en resumidas cuentas: “David, eso ni siquiera es necesario”. “Tú no eras nada cuando yo te llamé y te hice príncipe sin necesitar un templo. Ustedes no eran pueblo cuando yo los llamé y les hice pueblo sin necesitar un templo. Yo he destruido a todos tus enemigos y destruí tus enemigos sin usar un templo. David, es una gran cosa que tú me quieras construir templo, pero déjame decirte que eso no es imprescindible o absolutamente necesario. Es más, David, ni siquiera tú tendrás ese privilegio”.

Hermanos, hay varias cosas que quiero decirles al respecto de esto, pero para comenzar les diré un primer punto: que la edificación de un templo es un acto de adoración.

Edificar un templo como acto de adoración espontánea

En otra parte de la Escritura dice el Señor que Él se sintió agradado porque David tuviera en su corazón la intención de construir un templo, aunque no se lo permitiera. Y esto es un acto de adoración, y siendo un acto de adoración tiene que ser un acto absolutamente espontáneo. Si ustedes buscan el libro de Génesis, leerán al principio que Abel quiso ofrecer una ofrenda al Señor; no encontrarán al Señor diciéndole a Abel y a Caín: “Tráiganme ofrenda”. No, hermanos, la adoración es un acto espontáneo.

Hermanos, construimos un templo no porque el Señor nos haya puesto un imperativo de que, para que una iglesia funcione, necesite un templo. Construimos un templo porque esto es un acto de adoración de que el pueblo quiere construir una casa en la cual se adore el nombre del Señor. Si leen más adelante en Génesis, encontrarán que Noé, después que pasó el diluvio, hizo un altar y ofreció sacrificio al Señor, pero no aparece el Señor diciéndole a Noé: “Noé, eleva ahí un altar y ofréceme sacrificio”. La adoración es un acto espontáneo al Señor, eso es edificar un templo.

Después encontrarán a Abraham, que dondequiera que Abraham iba tomaba piedras, derramaba aceite y decía: “Este lugar ha sido consagrado al Señor, porque aquí me encontré yo con Él”. Pero no encontrarán al Señor diciéndole a Abraham: “Abraham, recuérdate de sacar una piedra, derramar aceite y elevar allí un pequeño santuario”. Hermanos, edificar un templo es un acto de adoración al Señor y debe ser un acto absolutamente espontáneo. El Señor tampoco le dijo a David: “Constrúyeme templo”. Esto salió de David.

Hermanos de nuestra iglesia, lo que tengo para decirles en primer lugar es que esto sale de nosotros hacia Dios. Es que nuestra iglesia ama a su Dios y nuestra iglesia quiere dedicar 90 metros cuadrados para que solamente allí se haga adoración al nombre de su Señor. Pero esto es un acto de adoración, no es un asunto imprescindible. Es un acto también que anuncia convicción. Cada vez que usted pasa por un lugar y ve un letrero donde dice “Iglesia cristiana”, en ese lugar hay personas que creen que en el cielo hay un Dios y que recibe estas cosas.

Cada vez que yo voy a Pedernales, a veces he ido con Carolina, y me paro, y en cada pueblo encuentro en la carretera por lo menos tres iglesias pequeñas; algunas son iglesias de techos de zinc y tablas, otras son iglesias de madera, otras son iglesias de cemento, y yo no veo la iglesia allí reunida, pero el edificio me anuncia que en ese lugar se reúne gente que tiene convicción. Edificar un templo al Señor es un acto de adoración y este acto anuncia la convicción del pueblo que está dentro. Cuando las personas por aquí pasen y vean que hay un letrero que dice “Iglesia evangélica”, estas personas entenderán: “Parece que en ese lugar algunos días de la semana se reúne gente que entiende que en el cielo hay un Dios”. Nuestra adoración anuncia nuestras convicciones.

Desprendimiento, exclusividad y simbolismo del templo

También les diré que es un acto simbólico y lleno de muchos significados. El primer significado que tiene este acto de adoración es el significado del desprendimiento. Hermanos, en las iglesias evangélicas no nos regalan las cosas. Si en esta iglesia hay dos sillas, es porque alguien se desprendió; y si en este momento hay 57, parece que el desprendimiento fue todavía más grande. Si en este lugar usted entra y encuentra que hay una unidad de aire puesta, parece que alguien se desprendió para adorar al Señor. Nos hemos desprendido.

Decía David al principio: “Ya yo estoy cómodo, ya yo vivo en una casa de cedro, ya el Señor me ha dado reposo, pero todavía el arca de Dios está entre cortinas”. Es natural que todo hombre devoto al Señor quiera que el espacio del Señor esté correctamente acondicionado, y había esto en el corazón de David. Es un acto de adoración lleno de simbolismo. El primer simbolismo es el desprendimiento.

En segundo lugar, hermanos, está la exclusividad. Por primera vez en cinco años nuestra iglesia tendrá un lugar que todos los días de la semana estará disponible para que en ese lugar se levante el nombre del Señor de manera exclusiva. Ya no es un lugar donde estamos diciendo: “Mira, vamos a ver qué se hace aquí”, no. Es un lugar donde lo único que se hace es adorar el nombre del Señor, con exclusividad. Es un acto de adoración exclusivo.

Déjenme decirles algo antes, para evitar las preguntas: en este lugar no haremos baby showers. En este lugar no haremos cumpleaños. En este lugar no haremos reuniones de negocios, o gente vendiendo un nuevo producto y que quiere que le prestemos el lugar para vender algo; eso no se hará aquí. Esto podría ser un local, pero va a ser otra cosa: esto será un templo. ¿Entienden la diferencia? Una cosa es un local, un espacio cuadrado con sillas que se usa para muchas cosas, y otra cosa es un templo que se dedica absolutamente para la adoración al Señor.

En esa exclusividad, hermanos, hay adoración. En ese decir: “Señor, esto es para ti solamente”. Así como el Señor reservó un día de la semana donde Él dice: “Ese es el día del Señor”, y lo único que se debe hacer en ese día de la semana es adorar al Señor, así mismo el Señor ha querido que cuando uno le dedique espacios, sean espacios exclusivos, que se use solamente para eso. ¿Saben cuál fue el tropezadero de Israel? Que comenzaron a hacer diferentes cosas en el templo. El Señor no les pidió templo, pero si ya se lo dieron y se lo dedicaron, el Señor dijo: “Pero si me están dedicando el templo…”.

Después se les quejó por allá, al final de los profetas, y les dijo: “Ustedes viven cómodos, pero mi casa está desatendida”. “Señor, pero Tú no querías casa”. “Bueno, pero ustedes me la quisieron dar”. Miren qué dilema, hermanos: el Señor no está pidiendo templo, pero si le vamos a dar templo al Señor, démoslo de manera exclusiva. Así se hará aquí, hermanos. Aquí se darán estudios bíblicos. Aquí se levantará el nombre del Señor con canciones. Aquí se darán cursos de formación. Aquí tendremos actividades que tengan que ver con levantar el nombre del Señor, para eso sí.

La Biblia es una paradoja, porque una iglesia se reúne en cualquier parte. Un buen pueblo del Señor se reúne en cualquier parte; pero cuando la iglesia dedica un lugar para la adoración del Señor como templo, eso debe ser un lugar exclusivo. Además, en este lugar se espera que al Señor se le tenga reverencia.

Reverencia, orden y comportamiento en la casa de Dios

Yo siempre he tenido en estos cinco años una gran preocupación por los visitantes más jóvenes que no saben comportarse en un lugar dedicado al Señor. Un templo, hermanos, anuncia que en este lugar lo que hacemos es adorar el nombre del Señor. Es un lugar para comportarse con cierta reverencia. Dice la Escritura: “Jehová está en Su santo templo; calle delante de Él toda la tierra”. “Calle delante de Él toda la tierra”, ¿no es que tenemos que estar mudos? No, hermanos, es que nos comportemos en el templo del Señor como si realmente el Señor estuviera allí.

¿Verdad que hay lugares y hay lugares? A mí me sorprende un poco cuando hago una fila en un banco; en la fila de un banco todo el mundo se pone moderado, la gente como que no habla mucho, se queda como ahí. Es raro que usted encuentre a una persona sentada en el piso. Hermanos, hay lugares y hay lugares. El hecho de tener un templo al Señor es una oportunidad para que la reverencia al nombre del Señor en nuestra iglesia aumente. El templo de Israel, cada uno de los templos de Israel, eran lugares ordenados.

Y quiero pedirles algo, hermanos, y que no volvamos a hablar del asunto, porque no vamos a estar ahora que tenemos un templo matándonos con este tema todos los días. Mire, esas sillas se organizan en un orden, y se ponen de a cuatro, o aquí se van a poner cinco, o el orden que el hermano que organiza las sillas disponga. Cuando usted llegue, siéntese. ¿Usted me entiende? Usted llega, se sienta y espera que se va a adorar el nombre del Señor. ¿Qué asunto es ese que tiene el ser humano que llega a un lugar y desordena todos los espacios? Y alguien dice: “No, yo no quiero sentarme ahí”. Hermano, siéntese donde se puso la silla.

No es que vamos a tener un asunto religioso como que la silla fuera un objeto santo, no. Pero entienda que el templo del Señor debe tener cierto orden. Este lugar, por ejemplo, no es un lugar para comer. Si usted tiene una mentica o un dulce chiquito, hágalo, pero ya; no traiga que “vamos a traer la comida, que vamos a dársela a los muchachos”. No, hermano, este es el lugar para adorar el nombre del Señor. Es un lugar donde uno tiene que estar relativamente tranquilo, aprender a comportarse en un templo; ese es el reto, ese es el reto.

Si este lugar va a ser para la adoración al Señor, entendamos que Jehová está en Su santo templo y calle delante de Él toda la tierra. Es un lugar que anuncia por medio de los elementos, es una oportunidad para que la infraestructura y los espacios anuncien que se adora el nombre del Señor. Si uno lee las dimensiones que tenía el templo, ve que todo eso anunciaba armonía, orden, arte. Todo eso anunciaba un Dios de orden.

Descanso, enfoque y la crítica del impío

Hermanos, quiero darles esto como una ñapa: este lugar también será una oportunidad para que podamos concentrarnos en recibir y no solamente en dar. Yo tengo gran preocupación porque muchos de los hermanos de nuestra iglesia tienen cinco años “moviendo” el templo del Señor. Este es un lugar para que dejemos de mover ya de un lugar a otro la casa del Señor y que nos sentemos a que el Señor nos mueva a nosotros. Ya no hay que estar montando y desmontando todos los días; usted va a venir y va a venir a adorar el nombre del Señor solamente.

En primer lugar, les he dicho que la edificación de un templo es un acto de adoración. Tengo que pasar al segundo punto, pero quiero darle otra ñapa: al impío, al incrédulo, estas cosas le parecen innecesarias. Usted encontrará personas que le dicen: “Wow, pero habiendo tanta gente que en su casa no tiene ni sillas, ¿cómo que la iglesia tiene 70 sillas ahí?”. “Oye, y que un templo, y que para estarlo ahí en la cuarta, y nada más usarlo dos veces”. Queremos darle un uso, pero que sea para la adoración del nombre del Señor.

Hay personas que te van a decir: “¿Por qué ustedes no ponen un negocio? Algo entre semana, y los domingos entonces ustedes se reúnen”. Hermano, al impío estas cosas le parecen locura. Necesito un caso: Judas. Cierta vez apareció una mujer y derramó delante de los pies del Señor un frasco de un valioso perfume, y limpió al Señor los pies con su mismo cabello. ¿Y saben qué dijo Judas? “Ese mismo perfume bien pudo haber sido vendido y se lo damos a los pobres”, dijo Judas. ¿Y sabe qué dice después el escritor? Que eso él lo decía porque les robaba.

Hermanos, Judas no quería que eso se lo dieran a los pobres. El perfume que le estaban untando al Maestro, Judas lo que quería era untárselo él. Aparecerá gente que nos dirá: “¿Y para qué ustedes quieren tener un templo, si ustedes solamente se reúnen ahí, como mucho, dos veces por semana? Ese es un lugar que vamos a usarlo como oficina y vamos a rentarlo, alquilenlo”. Pero nosotros queremos adorar al Señor de manera exclusiva, queremos adorar al Señor de manera ordenada. Queremos, en vez de nosotros untarnos el perfume, untárselo a Él; queremos desprendernos nosotros para que el Señor lo tenga.

Un templo no hace a la iglesia “de verdad”

Paso al segundo punto: así como la edificación de un templo es un acto de adoración al Señor, también la edificación de un templo no es algo necesario para que el Señor se manifieste. Me dijo alguien en la semana: “Guau, ya entonces ustedes van a ser una iglesia de verdad”. Me lo dijeron. “Guau, entonces ustedes van a tener un templo… y guau, entonces ya van a ser una iglesia de verdad”. Hermanos, ¿y qué es lo que hemos sido durante cinco años? ¿Un demo, una muestra?

A diferencia de los paganos, los cristianos no necesitamos pomposidad para sentir que en el cielo hay un Dios. Si usted busca las religiones paganas, las religiones paganas construyen unos templos enormes y muy ruidosos. Y los cristianos, en nuestros peores tiempos, ¿saben lo que hemos hecho? Construir catedrales. El momento en que en el mundo la convicción del Señor ha estado más por el suelo, los templos han sido más altos. ¿Saben que durante cerca de 350 años la iglesia cristiana no tuvo un templo? ¿Y dónde se reunían? En las casas, en el pórtico de Salomón, en lugares públicos, en un lugar que les prestaban, en otro lugar, en las catacumbas.

Yo tengo que decirles hoy que no piensen que es que, a partir de hoy, ahora Dios es más grande. Nuestro Dios sigue siendo el mismo Dios. El que nuestra iglesia tenga un templo, a partir de este momento, no hace que nuestro Dios sea más poderoso, como pensaban los paganos. ¿Cuál era el pensamiento del pagano? A mayor cantidad, a mayor tamaño de templo, entonces una deidad más grande. Hermanos, nuestro Dios sigue siendo grande aunque lo que tenga sea una pequeña carpita o un pequeño tabernáculo forrado de cortinas.

Le dijo el Señor, versículo 5: “Ve y di a mi siervo David: Así ha dicho Jehová: ¿Tú me has de edificar casa en que yo more? Ciertamente no he habitado en casas desde el día en que saqué a los hijos de Israel de Egipto…”. El Señor no necesitó un templo para sacar al pueblo de Egipto. “Es más —diríamos nosotros—, al Dios que ustedes no ven fue que Faraón vio más que a cualquier otro Dios”. Nosotros servimos al Dios invisible que no necesita de templo para hacerse presente.

Dios ha obrado en nosotros “sin usar un templo”

Después le dice Él, versículo 7: “Y en todo cuanto he andado con todos los hijos de Israel, ¿he hablado yo palabra alguna… diciendo: ¿Por qué no me habéis edificado casa de cedro? Ahora, pues, dirás así a mi siervo David: Así ha dicho Jehová de los ejércitos…”. Y es como si dijera: “Déjame decirte ahora a ti; ya yo te dije lo que hice con Israel, déjame decirte ahora a ti. Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo Israel”, sin usar un templo.

Hermanos, yo no quiero extralimitarme en la interpretación del pasaje, pero parece que David entendió: “Guau, pero ahora yo tengo, yo soy más grande que Dios; no puede ser que yo me vea mejor que cómo se ve mi Dios. Yo tengo que hacer que mi Dios se vea bien”. Pues no se sorprendan que ese pensamiento exista al mismo tiempo hoy en la mente de mucha gente poderosa de esta tierra, que piensa: “Cuando yo me convierta al Señor, yo tengo que reunirme en un templo que sea grande, porque yo soy un hombre poderoso. Yo necesito un lugar que sea amplio y que haya mucho espacio, que haya muchas cosas adentro, porque en mi casa yo tengo más que eso”.

Parece que David estaba pensando: “Óyeme, pero ahora mi casa es más grande que la casa de Dios”. Y el Señor le responde: “David, yo te digo a ti que tú eres príncipe hoy de mi pueblo porque yo, sin usar un templo, te puse”. Hermanos de esta iglesia, yo tengo que decirles que Dios se ha manifestado entre nosotros en estos cinco años sin usar un templo. Sin usar un templo, el Señor reunió una iglesia dispersa de la nada. Nosotros no éramos un pueblo que nacimos y que somos una iglesia ya; no. Nosotros el Señor nos reunió de los lugares más impensables, de a uno, de a uno, y a través del tiempo, sin usar un templo.

Sin usar un templo, el Señor alcanzó con salvación a muchos de ustedes que hoy están aquí presentes. Sin usar un templo, el Señor comenzó en esta iglesia familias, y tenemos familias que aquí comenzaron y ya tienen hasta hijos, sin usar un templo. Sin usar un templo, el Señor durante cinco años nos ha preservado a nosotros a través del desierto, en las circunstancias más hostiles, en momentos que nuestra iglesia pudo haber desaparecido, y el Señor la preservó sin usar un templo.

Tengo que decirles que sin usar un templo el Señor en esta iglesia nos ha bendecido materialmente. Lo que pasa es que ustedes no lo sienten, pero yo, que lo veo desde afuera, veo que el Señor los ha enriquecido en diferentes maneras, sin usar un templo. Sin usar un templo, el Señor en esta iglesia ha edificado espiritualmente a la gente. Personas que antes no sabían ni siquiera buscar en las Escrituras, ya pueden trazar doctrina cristiana, entender las Escrituras y explicar las Escrituras, a un punto que yo hablo con hermanos de esta iglesia y digo: “Caramba, pero esta persona parece que tiene 20 años en el evangelio”, por la manera en que usa las Escrituras, sin usar un templo.

El templo como herramienta, no como “envase” de Dios

Hermanos, tal como le dijo el Señor a David, yo tengo que decirles a ustedes que estas cuatro paredes no son necesarias para que el Señor se mueva en medio de Su pueblo. Él ha dicho: “Yo habito en medio de la alabanza de mi pueblo”, sin usar un templo. En este segundo punto yo tengo que explicarles que es una gran cosa que nuestra iglesia tenga un templo, pero que esto no es necesario. Y que si mañana volvemos nosotros a estar en medio de esta gran ciudad rodando de un lugar al otro, siempre y cuando el pueblo del Señor tenga alabanza, el Señor seguirá habitando en medio de la alabanza de Su pueblo, sin usar un templo.

Les he explicado, en primer lugar, que la edificación de templos es un acto extraordinario de adoración, y que podemos considerarlo del mismo modo. En segundo lugar, les he dicho que para que el Señor se glorifique no necesita usar un templo. Leíamos en esta semana, y con esto cierro el segundo punto, la historia de Elías. Elías tenía dudas de que el Señor se estuviera manifestando en medio de Su pueblo porque no había templo, no había santuario, no había sacerdotes; no había nada. Y él estaba en una cueva, y en una cueva el Señor se manifestó primero en viento recio, después en un terremoto, después con fuego, después con un viento apacible, sin usar un templo.

Nosotros no podemos hacer un pote para meter a Dios adentro. Leíamos la semana antepasada que el Señor habita en las nubes y que no hay infraestructura humana que pueda contener al Señor. Este deseo de contener al Señor no es cristianismo, es paganismo. ¿Saben qué es lo que hace el pagano? El pagano busca un objeto y le dice al objeto: “Divinidad, lléname el objeto”, y comienza a llevar su pequeño objeto de un lugar al otro creyendo que está llevando a Dios. Hermanos, nosotros no podemos meter a Dios en una botella y poner la tapa para decir: “Aquí tengo a Dios”. Nosotros no podemos cerrar las puertas de un lugar y decir: “Lo dejamos ahí adentro, no lo dejemos salir”.

Hermanos, las paredes no pueden contener a nuestro Dios. El templo para la iglesia cristiana es una herramienta que puede ser de bendición en muchos aspectos, pero un templo no puede contener la majestad de nuestro Dios. No hay edificio en esta ciudad donde quepa Dios. ¿Usted me entiende? Nos dan el edificio más grande y dicen: “Miren, cojan el Guacalito para que metan a su Dios”. Hermano, ni siquiera un dedo de Dios cabe en el Guacalito. Buscan el edificio más grande, dicen: “Hagan el Faro a Colón para que metan a su Dios adentro”. Hermano, la uña de Dios sobrepasa las dimensiones del Faro a Colón. Buscan el edificio más grande de esta ciudad y nuestro Dios no cabe allí.

Sin embargo, podemos decirle al Señor con humildad, y es lo que estaremos haciendo el próximo domingo: “Señor, dedicamos este templo para tu gloria; no creemos que en este templo vamos a ponerle la tapa y quedamos contigo adentro, pero creemos que en este lugar tú te manifiestes”. ¿Saben qué era lo que hacía Jacob? Jacob buscaba una piedra y decía: “Oh, y esto es Peniel, aquí… Señor, mira, como Tú te encontraste conmigo aquí, en otro tiempo vuelve a encontrarte conmigo en este lugar”. Queremos que el Señor aquí se manifieste, hermanos, pero aquí no podemos nosotros encerrar al Señor. No aspiremos a tal cosa.

El privilegio de que Dios nos deje edificarle casa

Termino con un tercer punto. Le dijo el Señor a David, versículo 10 en adelante —leemos los últimos tres—:

“Además, yo fijaré lugar a mi pueblo Israel, y lo plantaré, para que habite en su lugar y nunca más sea removido, ni los inicuos le aflijan más, como al principio, desde el día en que puse jueces sobre mi pueblo Israel; y a ti te daré descanso de todos tus enemigos. Asimismo, Jehová te hace saber que él te hará casa. Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino”.

— 2 Samuel 7:10-13

Ese hombre fue Salomón, y así mismo lo hizo el Señor. El templo de Israel no llegó a ser el templo de David, fue el templo de Salomón, el hijo de David, porque el Señor no le permitió a David, que era un hombre que tenía un corazón de acuerdo al corazón del Señor, que edificara un templo, sino a un hijo suyo, y este hijo suyo fue Salomón.

Yo quiero terminar diciéndoles a ustedes que la edificación de un templo debe ser tomada por nosotros como un gran privilegio. Yo les dije hace cerca de un año que la limitante para que nuestra iglesia pudiera disponer de un templo no eran los recursos. No, hermanos, porque los recursos son del Señor. ¿O ustedes no creen que el Señor tenga recursos suficientes para edificarse un templo? Hay gente que piensa: “No, que la iglesia todavía no tiene un templo porque no puede mucho, no tiene mucha fuerza, entre nosotros no hay ricos, no hay gente que tenga…”. Hermanos, del Señor es la tierra y su plenitud. Amén. No solamente la tierra es del Señor, también los que habitamos la tierra somos del Señor.

Es más, ¿no saben qué es lo que hace falta para que podamos hacer un templo? Que el Señor nos dé el permiso. Yo les testifico que en el retiro de oración que tuvimos como iglesia, yo estaba ahí con esta decisión, yo estaba como el que iba a buscar visa. No, ni siquiera como el que iba a buscar visa, yo estaba todavía peor que eso. Estaba muy delante del Señor, toda la iglesia rogando, y yo lo que pensaba era: “Guau, Señor, si Tú nos autorizaras a construir este templo… la madera aparecería en alguna parte. Si Tú nos autorizaras a construir este templo…”.

Recuerdo que estaba con toda la iglesia llorando, orando, y lo que pensaba ahí ante el Señor era: “Guau, si el Señor desde el cielo dijera: ‘Sí, hombre, que la iglesia Pez Mundial… búscale un pedazo de tierra ahí en esa ciudad y dénselo para que ellos adoren allí mi nombre, que esta gente parece que quieren hacerlo en verdad’”. Hermanos, lo que hacía falta era el permiso. Y les testifico que después del retiro de oración comenzaron a aparecer oportunidades para que nuestra iglesia edificara un templo.

Antes del retiro, la verdad es que yo fui a ese retiro muy frustrado, porque no aparecían opciones en ningún lugar, humanamente hablando. Pero después del retiro comenzaron a aparecer locales. Hacía falta que el Señor dispusiera que sí. Yo les pregunté, pensando en un próximo momento para nuestra iglesia: “Bueno, quizá un próximo momento para nuestra iglesia sería que ahora tengamos un templo que no sea rentado, sino un templo propio”. Y ahí, hermanos, la enseñanza de este pasaje es: si el Señor nos da el privilegio de edificarle casa, veamos esto no como una meta lograda, sino como una gran responsabilidad delante de Él, y administremos este templo de tal manera que el nombre del Señor sea levantado.

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