Permite que a través de la predicación de tu Palabra, Señor, nuestra iglesia hoy pueda ser corregida por ti; que nuestra iglesia hoy pueda ser enderezada por ti; que nuestra iglesia pueda ser hoy alentada en las cosas que todavía puede hacer mejor. Permite que aquellos que están aquí presentes, Señor, que quizás por primera vez escuchan estas cosas, las atesoren en su corazón; y que aquellos que ya las habían escuchado antes tengan una disposición especial, Señor, para obedecer. Te pedimos que nos conduzcas tú, que nos acompañes tú. En el nombre de Jesús, amén.
Acompáñenme en sus Biblias al libro de la primera carta a los Corintios, en el capítulo 11, y aprendamos acerca de la mesa del Señor. Hemos estado desarrollando una serie de enseñanzas sobre la iglesia en las Escrituras y hoy le damos el punto final a esta serie, ya que el próximo domingo estaremos hablando acerca de los acontecimientos finales. Este es un tema importante para la iglesia.
Es la última enseñanza de esta serie. Nuestro hermano comenzó aquí mismo enseñando cuáles son las señales de una iglesia viva; después dimos una serie de cuatro enseñanzas acerca de la carta de Pablo a Tito, y hoy estaremos viendo un acontecimiento sumamente importante de la iglesia del Señor en las Escrituras: la cena del Señor o mesa del Señor, como también se le llama. Busquen sus Biblias en la primera carta a los Corintios, en el capítulo 11. Este es un capítulo donde el apóstol Pablo habla de dos temas distintos. En la primera parte del capítulo, que va desde el versículo 1 hasta el versículo 16, habla de un asunto cultural que quizás no tenga tanta aplicación para la iglesia de hoy en día, pero que sí tenía mucha urgencia para la iglesia en aquel tiempo: las personas tenían unas normas de vestimenta en aquella época y los cristianos tenían que ser respetuosos con aquello para no ser escandalosos.
Las instrucciones de Pablo a la iglesia de Corinto
Pero la segunda parte del capítulo sí habla de algo que tiene que ver con la iglesia del Señor al día de hoy, y es la mesa del Señor, la comunión, el partimiento del pan: una de las ordenanzas de Cristo que la iglesia conmemora con regularidad. La introducción a este tema nos dice que compartir la mesa del Señor es uno de los momentos más solemnes del culto cristiano, una de las dos ordenanzas —junto al bautismo— establecidas por Cristo para su pueblo, y una actividad exclusiva para miembros de la iglesia. Entender su significado y su utilidad es un asunto vital para la iglesia local, pues así como quien participa en ella con entendimiento recibe grandes beneficios, quien en esta mesa participa desordenadamente cosecha graves consecuencias.
Hoy estudiaremos de manera expositiva las instrucciones que le dio Pablo a la iglesia de Corinto sobre la mesa del Señor, destacando especialmente cuatro cosas: la primera de ellas, los diferentes beneficios que obtenemos al participar; en segundo lugar, el doble significado que tiene esta ordenanza; en tercer lugar, algunas faltas que podríamos evitar; y por último, la forma correcta de hacerlo. Leamos juntos en la primera carta a los Corintios, en el capítulo 11, a partir del versículo 17.
Pero al anunciaros esto que sigue, no os alabo; porque no os congregáis para lo mejor, sino para lo peor. Pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo. Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados. Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga. Pues qué, ¿no tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen nada? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo.
Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí.
Así pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen —o sea, muchos ya han muerto por esta causa—. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo. Así que, hermanos míos, cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros. Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio. Las demás cosas las pondré en orden cuando yo fuere.
— 1 Corintios 11:17-34
Asuntos escriturales y asuntos prácticos
Es la mesa del Señor. En otras partes del Nuevo Testamento a esta misma ordenanza se le llama el partimiento del pan, en el libro de los Hechos; se le llama también la mesa del Señor, en 1 Corintios 10; se refiere a ella como la comunión de los santos, en 1 Corintios 10:16; se habla de la cena del Señor; se habla del ágape, en la carta de Judas; y se habla de la fiesta del amor. Todos son términos que describen la misma ordenanza que estableció Cristo para su iglesia. Yo prefiero llamarle la mesa del Señor, porque no todas las iglesias la toman de noche.
Y al respecto de esto, en la introducción les diré que esto tiene asuntos que son prácticos y asuntos que son escriturales. Hay asuntos con relación a la mesa del Señor que se tienen que hacer de un modo porque el Señor así lo estableció, pero hay otros asuntos con relación a la mesa del Señor en los que el Señor nos ha dado libertad para que, siempre y cuando lo hagamos con la intención de glorificarle, dispongamos hacerlo de una manera o dispongamos hacerlo de otra. Les muestro algunos asuntos que no son escriturales. Por ejemplo, la Escritura no dice qué tamaño es la porción que se debería comer.
Al parecer, en el Nuevo Testamento eran ágapes reales, eran fiestas donde se tenían grandes cantidades de alimentos, pero lo que prima es el asunto simbólico. Tampoco nos dice aquí el horario en que se debe celebrar: hay iglesias que la toman en la mañana, iglesias que la toman en la noche; hay iglesias que hacen una actividad especial para compartir la mesa del Señor y hay iglesias que lo hacen en su culto regular. Otros asuntos prácticos son el tipo de pan o el tipo de vino. Muchos han discutido acerca de si debería ser vino o jugo de uva, si debería ser pan de verdad o si podrían ser pequeñas galletitas, si debería ser pan sin levadura o pan con levadura. A pesar de que la mesa del Señor tiene referencias con la Pascua judía, no es la Pascua judía, y lo que se hacía en la Pascua judía no necesariamente es lo que se acostumbra hacer en la mesa del Señor.
Yo mismo he participado en iglesias donde, por ejemplo, utilizan unas grandes vigas de pan, y ese pan es partido allí mismo y los diferentes hermanos van y toman un trozo. En nuestra iglesia acostumbramos hacerlo con galletas pequeñitas. El domingo pasado, al parecer, fue galleta Guarina; a mí me pareció muy raro, pues por asunto de costumbre: estamos acostumbrados a tomarlo con galletita de soda y con jugo de uva, y quizás eso no cambia nada, pero uno piensa: «ay, no, esa no es la mesa del Señor». Hermano, recuerden que en el Nuevo Testamento quizás uno no sabe qué tipo de pan era el que utilizaban, o si era vino o jugo de uva; son elementos simbólicos, no son elementos reales.
Hay iglesias, por ejemplo, que toman vino real. Les cuento una anécdota de dos iglesias que tuvieron un culto unido: había una iglesia que acostumbraba tomar la comunión con vino real, fermentado, y otra que solamente tomaba jugo de uva, no fermentado. Entonces, cuando dieron la comunión, para aquellos hermanos que acostumbraban tomar jugo de uva fue un asunto muy difícil, porque no estaban acostumbrados a tomar ese vino tan concentrado. Lo que les quiero decir al respecto de esto, hermanos, es que la mesa del Señor tiene asuntos que son prácticos y tiene asuntos que son escriturales.
Los beneficios de participar
En cuanto a los asuntos que son escriturales no podemos tener mucha libertad, porque el Señor estableció que se hiciera así; pero en cuanto a los asuntos prácticos —que si lo vamos a tomar sentados en una silla o en una mesa, o lo vamos a tomar al ras del suelo, como probablemente lo tomó el Señor con sus discípulos— en eso la iglesia tiene absoluta libertad, siempre y cuando se haga para la gloria del Señor. Hoy me concentraré exclusivamente en aquellos asuntos que son escriturales, los que la Escritura dice textualmente que debe ser la mesa del Señor.
Y me gustaría comenzar hablando acerca de los beneficios de participar de la mesa del Señor. El primer beneficio lo encontramos en el capítulo 11, en el versículo 18, que dice: «Pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones». El apóstol Pablo está estableciendo aquí que los cristianos no solamente somos la iglesia del Señor simbólicamente, sino que en determinadas ocasiones nos reunimos como la iglesia del Señor. Y la ordenanza de la comunión está establecida de manera que se participa solamente siendo miembro de la iglesia del Señor.
Y esto puede parecer raro para algunas personas: que no se les sirva el pan y el vino a las personas que no son miembros de la iglesia del Señor. Pero lo que sucede es que, para una persona que no entiende lo que esto significa, eso es pan y eso es vino, y no tiene ningún valor. Como es una ceremonia simbólica y representativa, es lo mismo que el bautismo. Si acaso el bautismo funcionara solamente por sumergirse en agua, entonces de toda persona que fuera a la playa podríamos decir que fue bautizada. Un cristiano es bautizado en un lugar y después viene otra persona y se mete en el agua después que terminó el bautismo: ¿son también esas personas bautizadas? No. Recuerden que son asuntos representativos y simbólicos, y tienen valor para el que entiende en lo que está participando.
Por otro lado, la mesa del Señor es también una oportunidad de establecer cuál es el límite y la frontera de una iglesia. Las personas a veces no hacen una diferenciación entre lo que es un templo, lo que es un lugar de reunión y lo que es la iglesia del Señor, pero los tres son asuntos muy distintos. La iglesia del Señor está compuesta por aquellos que hemos aceptado a Jesucristo como nuestro Salvador personal y nos hemos bautizado por medio de las aguas; así una persona llega a ser miembro de la iglesia del Señor. Ahora, la iglesia del Señor también hace reuniones, y en las reuniones de la iglesia del Señor participan todas las personas: todo el mundo está invitado, y es una gran cosa que las personas vengan a las reuniones de la iglesia del Señor, porque dice la Escritura en el libro de Romanos que la fe viene por oír la Palabra de Dios.
Sin embargo, el Señor estableció que estas ordenanzas son ordenanzas en las cuales participan los miembros de la iglesia del Señor, y es una manera de establecer una frontera, para que las personas, cuando vienen a la iglesia y se da la comunión, entiendan: «mira, yo estoy entre ellos, pero yo no soy parte de la iglesia del Señor». Y esto no es para hacerle un daño a nadie, es por su beneficio. Miren, hay gente que visita la iglesia del Señor con frecuencia y a veces, por la familiaridad, se entiende parte de la iglesia del Señor. La comunión es una oportunidad para que las personas recuerden que solamente es parte de la iglesia del Señor aquel que ha aceptado a Jesucristo como Salvador y que ha sido bautizado. Por eso todo el mundo está invitado a presenciar la mesa del Señor, pero a participar, a rememorar estas cosas, solamente están invitados los cristianos.
Del mismo modo, aparte de ser una oportunidad para establecer las fronteras de la iglesia local, es una oportunidad para recordar el bien más valioso que tiene la iglesia de Cristo. Lo dicen los versículos 25 y 26: dice Cristo «hagan esto en memoria de mí»; dos veces dice lo mismo, «hagan esto en memoria de mí». El mandato es que en la mesa del Señor se recuerde el sacrificio de Cristo, el nuevo pacto que tenemos en su sangre. Lo explicaré más detenidamente dentro de un momento, pero lo que significa esto es que cuando participamos de la mesa del Señor, la iglesia recuerda que es más que lo que nosotros ahora mismo estamos mirando: que el bien más valioso que tiene la iglesia es que Cristo murió por su pueblo y que Cristo hizo un nuevo pacto en su sangre por su pueblo.
Pero no se queda esto aquí, hermanos. También dice la Escritura que cuando nosotros participamos de la mesa del Señor tenemos que tener una actitud introspectiva. Tenemos que revisar si nuestra conducta y nuestro caminar han estado a la altura de la expectativa de Dios. ¿Y qué dice aquí la Escritura que sucede con aquellos que participan indignamente? Dice que algunos se enferman y que algunos ya están muertos. Y esas son las partes de la mesa del Señor que son peligrosas. Dice la Escritura que antes de participar del pan y del vino uno tiene que revisarse, hacer un ejercicio introspectivo, y esta es una oportunidad para que la iglesia frecuentemente revise cuál es su situación ante el Señor. Una iglesia que no entiende el valor que tiene la comunión y que deja de participar en la comunión es una iglesia que termina siendo una iglesia carnal.
La mesa del Señor es una oportunidad para que la iglesia frecuentemente haga un ejercicio introspectivo y se pregunte cada miembro: ¿cómo está mi relación con el Señor? ¿Me he apartado yo del pecado, como se espera de un hijo de Dios, o estoy participando en cosas que deshonran al Señor? Ningún cristiano debe ausentarse de la mesa del Señor por haber pecado; lo que tiene que hacer es arrepentirse en ese momento y con libertad participar del pan. La mesa del Señor es un beneficio para la iglesia porque es un recurso santificador: la iglesia, por lo menos una vez al mes, se pregunta a sí misma «¿cómo está mi relación con el Señor?, ¿me he apartado yo del pecado?». Es una oportunidad para que a lo largo del año la iglesia completa sea santificada.
El doble significado: el pan y la copa
Después de explicarles algunos beneficios de participar de la mesa del Señor, déjenme decirles ahora el doble significado que tienen estas cosas. El apóstol Pablo, cuando vio el desorden que había en la iglesia de Corinto, antes de ir a la forma fue al fondo, y trató de enseñarles qué era lo que esto significaba. Está en los versículos 23 al 25, que dicen así:
Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí.
— 1 Corintios 11:23-25
Sucede que alguno de ustedes entregó su vida a Cristo hace un año, y otros entregaron su vida a Cristo quizás hace veinte años. Y el ser humano no tiene mucha memoria; uno de los problemas que nosotros hemos heredado de la caída es que hemos perdido algunas de nuestras facultades intelectuales. Tristemente, a veces tenemos más facilidad para recordar aquellas cosas que son trivialidades que aquellas cosas que son importantes. Y el Señor, conociendo esa condición, permitió que ustedes puedan recordar cada cierto tiempo la cosa más extraordinaria que ha sucedido en la vida de un cristiano: que Cristo murió por sus pecados y que en la sangre de Cristo tiene un nuevo pacto, un nuevo pacto de seguridad.
A veces, hermano, uno tiene una conciencia reprobada ante el Señor. Satanás, dice la Escritura, es un acusador, y hay personas que cuando vienen a Cristo, Satanás les dice: «no, mira, tú no eres cristiano; tú has estado participando en cosas que deshonran al Señor». Es bueno recordar cada cierto tiempo que Cristo murió por mis pecados, y es bueno recordar cada cierto tiempo que tenemos un pacto con el Señor. Un pacto es un acuerdo entre las partes; esto es lo que es un pacto, hermano: un acuerdo entre las partes.
Con el pueblo de Israel el Señor hizo un pacto, y recuerdan cuál fue la señal que él puso del pacto. No, ese fue el pacto en tiempo de Noé; la circuncisión era la señal del pacto, y un judío tenía en su cuerpo las marcas de que era parte del pueblo del Señor. No había duda, hermano, de que uno era parte del pueblo del Señor en aquel tiempo, porque cuando usted se bañaba, entonces lo recordaba; los padres recordaban que habían circuncidado a sus hijos, y la circuncisión era la señal del pacto. En este tiempo el Señor estableció también una señal que nos permite recordar que somos firmantes, que nosotros hemos firmado un pacto con el Señor, y ese pacto en este tiempo es su sangre, recordada por medio del vino.
Así como cuando usted tiene un certificado de depósito y cada cierto tiempo dice «¿y dónde está por ahí el certificado?», lo tengo guardado, y usted va y mira: sí, yo tengo tanto depositado en un banco. Así, hermano, la sangre de Cristo recordada por medio del vino nos recuerda a nosotros que tenemos un pacto con el Señor. El bautismo es un primer momento, pero esto, hermano, es un volver a recordar; es un volver a recordar y hacemos memoria de lo que Cristo hizo por cada uno de nosotros. El pan anuncia el sacrificio de Cristo: él murió por mis pecados.
Hermano, a veces yo he sentido también una conciencia reprobada ante el Señor, pero cuando he venido a la iglesia a participar de la comunión, me arrepiento de mis pecados y recuerdo que el Señor hizo el sacrificio en mi lugar; yo no tengo que sacrificarme, el Señor murió por mis pecados. Y el vino nos recuerda a todos nosotros que el pacto que tenemos con el Señor es un pacto seguro.
Es un testimonio recurrente. Quizás nosotros no entendemos esto tan claramente porque no estamos tan acostumbrados a los pactos antiguos, pero en la antigüedad, cuando dos hombres hacían un acuerdo, a veces ponían una piedra. Y cada vez que había una duda decían: «recuerden, ahí está la piedra». Y volvían a la piedra, y cuando se volvía a la piedra la gente decía: «recuerden, usted y yo hicimos un negocio». Se utilizaba también que cuando dos personas hacían un acuerdo comercial, aparte de hacer un juramento se daban posesiones de valor en intercambio: yo me quedaba con una posesión tuya y tú te quedabas con una posesión mía, y cuando había alguna duda en la transacción, entonces estaba la evidencia de que yo tengo tu posesión. Hermanos, el vino de la comunión nos recuerda a nosotros que tenemos un pacto firmado con el Señor, y que ese pacto es un pacto seguro, porque el Señor dice que él no es hijo de hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. La mesa del Señor es una oportunidad para recordar que Cristo murió por tus pecados y, al mismo tiempo, para recordar que tienes un nuevo pacto en Jesús.
Primera falta: prejuicios al compartir con los hermanos
Fuera de esto tengo que decirles también tres grandes faltas que tenía la iglesia de Corinto y que nosotros también podemos evitar en este tiempo. La primera de ellas era que tenían prejuicios al compartir con sus hermanos. Miren qué asunto más extraño estaba sucediendo: parece que los ricos estaban viniendo temprano y se comían su comida solos. Léanlo, hermanos, a ver lo que estaba sucediendo. Él les dice: cuando ustedes se reúnen, eso no es la cena del Señor, porque al comer cada uno se adelanta a tomar su propia cena, y unos tienen hambre y otros se embriagan.
Ese era el problema que estaba sucediendo en Corinto. Hermano, quiera el Señor que algún día nosotros podamos tener un ágape más grande, ¿verdad? Quiéralo el Señor, hermano; pero tenemos que hacerlo con cuidado para que no se convierta en otra cosa, para que no pierda el propósito. La cena en la iglesia de Corinto, hermano, era una cena de verdad, y lo que sucedía es que todo el mundo traía alimentos. Los ricos traían su comida —quizás traían la mejor comida, los jamones serranos los traían ellos—, entonces llegaban temprano y se comían su comidita, y cuando venían los otros tenían que comerse el pan vacío.
Bueno, el primer problema que había con relación a la cena del Señor es que los ricos no querían juntarse con los pobres, y decían: «no, yo me voy a comer mi comida, yo solo con los míos aquí». Y les decía Pablo: eso no es participar de la mesa del Señor. ¿Y qué les diría? No los podía alabar por esto. Prejuicios al compartir con los hermanos; dice que había divisiones.
Hermanos, tenemos que ser cuidadosos. Cada vez que participe de la mesa del Señor, examinémonos; entre las cosas que examinamos: ¿tengo yo algún prejuicio con relación a alguno de mis hermanos? No le digo si usted lo tiene o no lo tiene, pero yo he notado aquí algunos prejuicios que la gente tiene. Hay gente que tiene prejuicios económicos, y yo creo que el Señor nos ha cuidado a nosotros en esto, hermano, pero tristemente tengo que manifestar que en algunas iglesias hay gente que anda por grupos: el grupo de los empresarios, el grupo de los que no tienen, el grupo de los que tienen mucho, el grupo de los que tienen poco, y cada quien como que se junta con el grupito que le gusta.
Hay prejuicios que son prejuicios económicos, pero hay gente también que tiene prejuicios espirituales: «nosotros somos el grupo de los espirituales, y aquel es el grupito de los que son carnales». Hermano, cuando usted participe de la mesa del Señor, recuerde que una de las cosas que nos anuncia a nosotros el que todos tengamos el mismo pan y el mismo vino es que somos una sola iglesia. Que no es que somos tres iglesias, cuatro iglesias o cinco iglesias, sino que somos la única iglesia del Señor. Y que en la iglesia del Señor no debe haber prejuicios económicos, pero tampoco debe haber prejuicios espirituales.
Tenga cuidado si usted tiene preferencia con algún hermano: «yo con fulano no quiero juntarme demasiado porque es medio carnal, él habla medio cosas; no, yo con fulano no me voy a juntar». Hermano, somos parte del pueblo del Señor todos. Pero también aquí hay prejuicios de personalidad, y gente diciendo que fulano y yo como que no congeniamos. Hay hermanos en nuestra iglesia que tienen una personalidad más explosiva y otros una personalidad más introspectiva, y hay gente que dice: «no, yo con fulano no, porque es como muy volado, va muy rápido»; o «yo con fulano no, fulano ni habla, yo con él no tengo nada que hablar». Hermano, ese es su hermano. Búsquenle la vuelta.
En la iglesia del Señor no todo el mundo tiene la misma personalidad, pero lo que usted y yo tenemos en común no es que usted tenga una personalidad parecida a la de Rafael; es que tenemos una fe, un Señor y un bautismo. Y cuando usted tenga su pan y su vino en la mano, recuérdese: aquí todos somos iguales, todos somos hijos por adopción del Señor, no hay nadie que sea más importante que otro.
También hay prejuicios sociales. Algo que yo lamento de la iglesia en Estados Unidos —lo lamento— es que las iglesias que he conocido allá dividen el pueblo, y dice la iglesia: los hispanos se van a reunir allá, y la iglesia de los anglos se va a reunir aquí. Y yo me pregunto: ¿y no es que somos el mismo pueblo del Señor? No, no, no: los hispanos para allá y los anglosajones para acá. Pero aquí mismo también la iglesia dice: «bueno, en tal iglesia también tenemos un culto para los haitianos, en tal horario». Hermano, cuando usted tenga su pan y su vino en la mano, recuerde que Cristo murió por aquel de la misma manera como murió por usted.
La mesa del Señor nos iguala; nos hace sentarnos a nosotros todos en la misma mesa a comer del mismo pan y beber del mismo vino. Por asunto de salud e higiene esa práctica ya no se mantiene, pero en los primeros tiempos era una sola la copa, hermano, y era uno solo el pan. Faltas, hermano, faltas con relación a la mesa del Señor: lo primero es que había prejuicios, y esos prejuicios hacían que la gente llegara primero y se comiera su pan y su vino diciendo que era la mesa del Señor, y después los otros que se comieran lo que ellos trajeran. Hermano, dice la Escritura que el pan es uno, que la mesa es una y que nosotros somos un solo pueblo.
Segunda y tercera falta: desabastecimiento y desórdenes
El segundo problema que había en la iglesia de Corinto es que algunos estaban quedando desabastecidos. Este es el ministerio de misericordia, hermano; es una oportunidad para que los hermanos de nuestra iglesia que tenemos más compartamos con aquellos que tienen menos. El ágape cristiano era una oportunidad para que el hermano que quizás en su casa no tenía otra cosa que comer, aquí comiera una buena comida. Sería una gran cosa, hermanos, que nosotros cada cierto tiempo tuviéramos un ágape de este tipo y nos reuniéramos como iglesia a comer juntos, y que tú traigas lo tuyo y yo traigo lo mío. Dice aquí que algunos hermanos —se lo leo— dice así: cuando ustedes se reúnen, eso no es comer la mesa del Señor, porque al comer cada uno se adelanta a tomar su propia cena, y hay unos que se quedan con hambre.
Hermano, cuando usted participe de la mesa del Señor, hágase la siguiente pregunta —tenga cuidado usted, Rafael Pérez—: ¿tengo yo recursos en abundancia y hay hermanos de mi iglesia que no tienen ni siquiera los recursos más básicos? Perdónenme, pero yo he tenido carga con esto, porque siento que venimos aquí, adoramos al Señor, somos el pueblo de Dios, y quizás yo tengo unos recursos por ahí y hay hermanos aquí que no tienen para pagar la luz mañana. Hermanos, es una vergüenza para la iglesia del Señor que alguno de los otros hermanos esté ahora mismo en extrema pobreza. Es una vergüenza para el pueblo del Señor que en nuestras iglesias haya hermanos que tengan abundancia y otros que no. Y no le voy a decir que todos tengan abundancia, pero por lo menos los asuntos más básicos toda esta iglesia debería tenerlos.
Estoy convencido de que en la iglesia del Señor la pobreza extrema no debe existir. Ser pobre es muy relativo, porque la gente dice: «yo soy pobre porque no tengo tanto». No, hermano, pero los asuntos más básicos: tener el abrigo y tener el sustento diario, es un asunto que nos lo recuerda la mesa del Señor. Así mismo lo dijo Santiago: sus riquezas, que están cogiendo moho, van a testificar contra usted en el día del Señor.
Otro asunto estaba sucediendo aparte de que los más desposeídos se estaban quedando sin nada: estaban aprovechando la mesa del Señor para desórdenes y borracheras. Hermano, es totalmente factible que cuando tengamos la mesa del Señor con pan real, con alimentos reales, tengamos elementos variados; eso es factible siempre y cuando se haga para la gloria del nombre del Señor. El problema está en que eso no se convierta en una oportunidad para la gula, para el desorden y para el desperdicio. Es más: si en eso vamos a terminar, sigamos con la galletica de soda y el vasito con lo básico de vino. El tercer problema que había en la iglesia de Corinto eran los desórdenes: algunos se estaban emborrachando.
La forma correcta de participar
Ya les he explicado los beneficios de participar de la mesa del Señor; les he dicho el doble significado, el significado del pan y el significado del vino; les he explicado también las tres faltas que tenía la iglesia de Corinto cuando estaba participando de la mesa del Señor. Por último, déjenme decirles cuál es la forma correcta de participar de la comunión, de participar de la cena del Señor, de participar del ágape, de participar de la mesa, que son todos términos para referirse a una sola cosa.
Lo primero: dice la Escritura, dos veces, que tenemos que participar haciendo memoria. Si usted comió el pan y usted bebió el vino y usted no hizo memoria del sacrificio de Cristo, del nuevo pacto, perdió su tiempo.
Hermano, la mesa del Señor es una oportunidad para hacer memoria, y para eso a veces no tiene ni que sentarse. Yo siempre les digo, cuando lo vamos a tomar: haga memoria de su salvación, recuerde que el Señor perdonó sus pecados. Si venimos a participar de la mesa del Señor y nos llenamos el estómago y nuestra mente se queda igual, perdimos el tiempo. La mesa del Señor no es una oportunidad para llenar el estómago, es una oportunidad para llenar el alma por medio de las convicciones. Esa es la primera cosa que uno tiene que hacer cuando va a participar de la mesa del Señor: tenemos que participar haciendo memoria del sacrificio de Cristo y del nuevo pacto.
Segunda cosa: tenemos que participar con precaución. Hermanos, es una realidad que hay quien viene y está enfermo porque está participando descuidadamente. Esto parece difícil de entender: ¿cómo alguien se va a enfermar por participar? Pero dice la Escritura que algunos en Corinto estaban enfermos porque estaban participando descuidadamente de la mesa del Señor. Así como debe ser un alimento espiritual y debemos ser sustentados espiritualmente cuando vamos con convicción, hay otros que lo que están acarreando es muerte. Le pongo un ejemplo: hay personas que dicen que son cristianas y se pasan la vida comportándose de manera indigna, y después vienen, se sientan y toman la mesa del Señor como que nada ha pasado. ¿Usted cree que eso va a pasar desapercibido en la presencia del Señor? No. «Juicio come y bebe para sí», dice la Escritura.
¿Cómo tenemos que hacerlo? Hágalo con precaución. Hágalo con precaución; o sea, si usted va a participar de la mesa del Señor, hágalo entendiendo que eso es como un medicamento muy efectivo, que administrado correctamente, hermano, es una panacea, pero mal administrado es casi un veneno.
Por último, dice la Escritura que tenemos que esperarnos los unos a los otros. Aquí yo quería detenerme un poco más, pero por asunto del tiempo voy a tener que cerrar. Esperarnos los unos a los otros: hermano, vamos a esperar que todo el mundo llegue, vamos a esperar que todo el mundo tenga, vamos a tratar de no servirnos nosotros primero, de no tomar nosotros con la cuchara grande y dejarle al otro lo que quede.
Servir una mesa, hermano, de algún modo testifica la madurez que uno tiene como cristiano. O sea, cuando usted se va a servir, ¿considera al hermano que viene detrás? Y esta actitud la podemos extrapolar a muchas otras áreas. Hermano, vamos a esperarnos los unos a los otros, así como nos esperamos al comer los unos a los otros. Dice la Escritura más de veintisiete veces «los unos a los otros».
Por último, recuerden que estos son asuntos simbólicos. A pesar de que hay iglesias que tienen un pan grande, en viga, hay otras iglesias que solamente tienen un pan pequeño; hay iglesias que cada cierto tiempo acostumbran tener un ágape real y tienen una gran mesa y comen alimentos hasta saciarse el estómago. Recordemos que el principal valor de la mesa del Señor es un valor simbólico y un valor espiritual. Aquí hay hermanos que fueron bautizados en una pequeña tina, hay otros que fueron bautizados en un río, hay otros que fueron bautizados en la playa. ¿Es más efectivo el bautismo cuando se hace en la playa que cuando se hace en una piscina? ¿Es más efectivo el bautismo cuando se hace en el río, hermano, o cuando se hace en un pequeño jacuzzi? Hermano, lo que hace valioso el bautismo no es la cantidad de agua, es el significado que eso tiene. ¿Es más valiosa la mesa del Señor cuando son panes reales que cuando son pequeñas galletitas? No, hermano, es igual de valioso. Recuerde que lo que hace valiosa la mesa del Señor es el significado con el cual estas cosas se están tomando.
Termino aquí, hermano. Es el privilegio de los hijos del Señor poder participar de su mesa. Les animaré a que cuando volvamos a tomar la comunión en nuestra iglesia, que será pronto —quizás, si el Señor lo dispone, logramos mudarnos a algún lugar y lo primero que tengamos que hacer sea partir el pan en ese espacio—, pero recuerden, hermanos: en esta semana, en esta semana, váyanse preparando para la comunión. Quizás en nuestra iglesia no es una práctica, pero hay congregaciones donde anuncian: «miren, tal día vamos a tomar la mesa del Señor», y los hermanos van revisando su hombre interior, los hermanos van revisando su conducta, se van arrepintiendo de sus pecados, y cuando participamos de la mesa del Señor todos salimos descargados. Permítanme orar para que podamos crecer en este aspecto en nuestra congregación. Tome también la mano de algún hermano que tenga cerca, señalando que estamos juntos en esto.
Oración final
Cerramos, Señor, esta serie de enseñanzas sobre la iglesia en las Escrituras hablando de tu mesa. Te quiero pedir especialmente, Señor, que como iglesia local podamos crecer en esta área. Permite que aquellos de nuestra iglesia, Señor, que hemos sido bendecidos, quizás ahora mismo más que otros, podamos ayudar con generosidad, para que cuando seamos nosotros los que estemos en carencia, otros también nos ayuden. Permite que esta preciosa ordenanza, Señor, nos recuerde tu intención de igualar a todos los hombres en tu iglesia.
Mira aquí a los presentes, Señor: si hay personas que tienen prejuicios sociales, quita ese prejuicio de su mente. Mira a aquellos que puedan tener prejuicios espirituales, que se sientan más santos que sus hermanos, y quita ese prejuicio de su mente. Mira a aquellos que tienen prejuicios de clase, prejuicios de género, prejuicios de edad, prejuicios raciales: quita toda esa cosa de tu iglesia, Señor, para que cuando nos sentemos de nuevo y tengamos un mismo pan —un mismo sacrificio— y tengamos una misma copa —un nuevo pacto para todos—, podamos recordar, Señor, que tú nos miras como un solo pueblo.
Termino orando un momento más, hermanos. Dice el apóstol Pablo que en la iglesia había divisiones y que son una oportunidad para que se manifieste cuáles son los aprobados. Cuida nuestra iglesia, Señor, de aferrarse a sus diferencias de opinión; cuida nuestra iglesia, Señor, de estar jalando cada uno para su propia agenda; cuida nuestra iglesia, Señor, de estar creando divisiones por prejuicios. Permite que cuando nuestra iglesia tenga que ponerse de acuerdo, Señor, todos tratemos de glorificarte a ti y no a nuestras agendas particulares. Glorifícate, Señor, en nuestra comunión. En el nombre de Jesús, amén.