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Serie-La iglesia en las escrituras-El testimonio de la Iglesia II

Tito 3:1-2

Este tercer capítulo de la carta de Pablo a Tito describe cuál será la evidencia de que la sana doctrina está transformando la vida de los creyentes, ahora no solamente en sus relaciones más cercanas, como se describe en el capítulo dos, sino también ante las autoridades civiles y los ciudadanos en general. Hoy aprenderemos que el testimonio de nuestra iglesia no solamente debe ser cultivado entre nosotros y nuestras relaciones más íntimas, sino también entre los de afuera.

Predicado28 de abril de 2013
PredicadorRafael Pérez
SerieLa iglesia en las escrituras
TranscripciónAutomática

Cierren sus ojos un momento y permítanme dirigirles en oración. Después de haberte, Señor, adorado en diferentes maneras, ahora queremos ser conducidos a través de tu Palabra. Te ruego por los pensamientos de mis hermanos aquí presentes. Permite que sean conducidos, Señor, por tu perfecta revelación. Permite, Señor, que este pasaje de la Escritura de algún modo alimente nuestro hombre interior. Mira esta enseñanza, Señor, tan práctica que tú le has dado a la iglesia, a la iglesia de Creta y por extensión también a nosotros en Santo Domingo. Permítenos sentirnos involucrados, sentirnos, Señor, implicados. Permítenos oír, Padre, tu voz hablando directamente a nuestra necesidad. Permite que la iglesia sea mejorada, permite que la iglesia sea corregida hablando, Señor, de manera contundente; permite que nuestro testimonio en esta gran ciudad sea levantado para la gloria tuya. En el nombre de Jesús, amén.

Hermanos, estamos en el marco de una serie amplia de enseñanzas acerca de la iglesia en las Escrituras. Esta serie de enseñanza ya la comenzó nuestro hermano Edwin hace ahora cuatro semanas, hablando de cuáles son los elementos distintivos de una iglesia cristiana cuando está viva. Luego comenzamos en el libro de Tito, en la carta de Pablo a Tito, y ya vimos el capítulo 1 y el capítulo 2. Hoy comenzamos a ver el capítulo 3, la primera parte del capítulo 3, y mañana, en nuestro retiro de ayuno, oración y enseñanza, estaremos completando todo el libro de Tito.

Es una gran experiencia para nuestra iglesia, porque no solamente hemos tomado capítulos específicos de la Palabra de Dios, sino que hemos podido estudiar juntos todo un libro de la Biblia, el libro de Tito completo, del capítulo 1 hasta el capítulo 3. Si acaso pudiera refrescarles la estructura: el primer capítulo del libro lo titulamos «una iglesia que mejora», y dijimos que el fundamento de la iglesia de Cristo es un fundamento que establecieron los apóstoles, y que el liderazgo de una iglesia está para que este fundamento sea mantenido y se edifique encima suyo.

En el capítulo 2 de la carta de Pablo a Tito aprendimos cómo la doctrina cristiana tiene que encontrar cabida en nuestras relaciones más cercanas. Hablamos, por ejemplo, de los padres, de los hijos, de los más adultos en una iglesia; hablamos también de las relaciones entre pareja y cómo la doctrina cristiana tiene que ser exhibida en nuestras relaciones para edificar el testimonio de una iglesia. Esto fue el domingo pasado, y lo que les decía al respecto es que cuando se está predicando la doctrina cristiana, si realmente está siendo aprovechada, esto tiene que manifestarse en nuestras relaciones y en la manera en que nos conducimos.

Hoy estaremos abordando parte del mismo tema del testimonio de la iglesia, pero ya no de nuestro testimonio en nuestras relaciones cercanas, sino del testimonio de la iglesia hacia los de afuera, aquellos que quizás no son parte de nuestra iglesia pero necesitan ver a Cristo que se está formando en nuestras vidas y que nuestras vidas comienzan a ser también mejoradas.

Dice en nuestra introducción que este tercer capítulo de la carta de Pablo a Tito describe cuál será la evidencia de que la sana doctrina está transformando la vida de los creyentes, ahora no solamente en sus relaciones más cercanas, como se describe en el capítulo 2, sino también ante las autoridades civiles y los ciudadanos en general. Pablo primero da instrucciones sobre cómo cultivar nuestro testimonio público ante ellos, en los versículos 1 y 2; luego nos recuerda cómo era nuestra vida antes de venir a Cristo, en el versículo 3; la forma en que fuimos cambiados, esto es del versículo 4 hasta el 7; y termina con el resultado de este cambio en la vida de nosotros, del versículo 8 hasta el versículo 11.

Hoy aprenderemos que el testimonio de nuestra iglesia no solamente debe ser cultivado entre nosotros y nuestras relaciones más íntimas, sino también entre los de afuera. Hoy comenzamos con el capítulo 3 y veremos solamente dos versículos, con la expectativa de que mañana, en nuestro retiro, entonces concluimos la carta de Tito, hablando de cómo era nuestra vida antes de venir a Cristo y hablando de qué milagro extraordinario ha sucedido para que nuestra vida sea cambiada.

El texto: Tito 3:1-2

Lo que hoy nos compete son los primeros dos versículos del capítulo 3. Pueden buscarlo en su Biblia para que todos lo leamos juntos. Es la carta de Pablo a Tito, en el capítulo 3. Tito está antes de Filemón, antes de Hebreos, antes de Santiago. Son las cartas pastorales. Dice así la Palabra del Señor, en el capítulo 3 de la carta de Pablo a Tito, los versículos 1 y 2:

Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra; que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres.

— Tito 3:1-2

«Recuérdales», esto es, recuérdale a la iglesia que está en Creta. Es un consejo sencillo en dos versículos, muy parecidos a los consejos que vimos anteriormente en el capítulo 2. Los consejos del capítulo 2 eran más para nuestras relaciones íntimas; los consejos del capítulo 3 son para nuestras relaciones extendidas, nuestras relaciones más amplias.

¿Y por qué es importante que la iglesia hable de estas cosas? Bueno, porque hay un gran problema cuando una persona se llama cristiano, y quizá en su iglesia se comporta como un cristiano, en su familia se comporta como un hijo de Dios, pero en su interacción con otras personas de la sociedad que quizá no le conocen, o ante las autoridades civiles, entonces se comporta desordenadamente. Hemos visto en todo esto que no hace falta solamente haber creído en Cristo; es necesario que esta convicción se manifieste en nuestra vida personal, se manifieste en nuestras relaciones más cercanas, y que se manifieste también hasta en nuestras relaciones más amplias.

Hoy pretendo cubrir solamente dos partes: nuestro testimonio público ante los gobernantes y las autoridades, y nuestro testimonio público ante la sociedad. ¿Cómo debe un cristiano proceder ante el gobierno? ¿Cómo debe proceder un cristiano ante las leyes civiles? ¿Cómo deberíamos comportarnos aun ante aquellos que no nos conocen? Vamos a estudiar cada una de estas palabras y las implicaciones que ellas tienen para nosotros hoy.

Sujeción a los gobernantes y autoridades

En el primer aspecto, nuestro testimonio público ante las autoridades y gobernantes, ¿qué debemos hacer? Lo primero es que parecería una redundancia: dice que tenemos que cuidar nuestro testimonio ante los gobernantes y también ante las autoridades. Esto es porque hay un poder que es un poder genuino, y también ese poder genuino a veces se delega.

Dice que un cristiano no debería sublevarse. Un cristiano tendría que ser cuidadoso, pensando que esas autoridades están ahí. Y la palabra que utiliza, hermanos, es una palabra que a mí mismo me sorprende. Dice la Escritura que nosotros como cristianos tenemos que estar sujetos ante los gobernantes, y la palabra «sujeción» es la misma palabra que utiliza para decir cómo está la iglesia sujeta a Cristo y cómo está la mujer sujeta a su marido. Es el mismo término. Hermanos cristianos, nosotros estamos llamados a tener un comportamiento ante las autoridades y gobernantes de nuestro país que nos lleve a sujetarnos a ellos.

Y esto no es raro. Acompáñenme al libro de Romanos, el capítulo 13. Dice así la Palabra del Señor, los primeros versículos del capítulo 13 del libro de Romanos:

Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten acarrean condenación para sí mismos.

— Romanos 13:1-2

A veces uno aprende como cristiano con facilidad a someterse en su iglesia, a su liderazgo local. Hay otros que ya aprendieron a someterse a la relación que el Señor estableció para su familia. Pero si vas a ser un hijo del Señor, también tienes que aprender a sujetarte ante las autoridades y los gobernantes. Y la razón para esta sujeción es la misma razón que tiene una mujer cristiana para someterse a su marido: es la autoridad que le puso Dios. La razón por la cual un cristiano tiene que estar sujeto a las autoridades civiles es porque uno entiende que toda autoridad, dice el libro de Romanos en el capítulo 13, ha sido establecida por Dios.

La pregunta natural: ¿y si la autoridad no es buena? Miren lo que hace un ciudadano ante un gobernante deficiente. Es lo mismo que el caso de una mujer cristiana ante un marido que no glorifica al Señor: en cuanto no tenga que faltar a mi primer compromiso, que es mi compromiso con Dios, sin importar la eficiencia del gobierno, sin importar la eficiencia del liderazgo de mi esposo, entonces yo me sujeto, porque entiendo que la autoridad ha sido establecida por Dios. Hermanos, no dice aquí que tenemos que someternos a las autoridades porque las autoridades hagan lo que nosotros entendemos que tienen que hacer. Recuerdo que el año pasado tuve varias discusiones con determinados ministros que decían que los cristianos teníamos que salir a la calle, que teníamos que levantarnos, que teníamos que reclamarle al gobierno. Hermanos, la autoridad ha sido establecida por Dios.

A mí me llama esto poderosamente la atención, porque en los tiempos en que Pablo escribió, la autoridad era peor que la autoridad que hay hoy. ¿Saben quién era el gobernante en tiempos de Pablo? Un hombre que se llamaba Nerón. Y este hombre que se llamaba Nerón fue aquel que encendía la ciudad de Roma, que alumbró a Roma con los cuerpos encendidos de los cristianos. ¿Y saben qué decía Pablo acerca de Nerón? Nada. Ustedes van a leer todas las cartas de Pablo, y en ninguna de las cartas de Pablo encontrarán una queja visceral de Pablo ante Nerón. ¿Saben qué decía Pablo? El Señor ha permitido que Nerón esté ahí; en cuanto te sea posible, sométete a Nerón. He visto cristianos que quieren mover el mundo por medio de las fuerzas políticas, y buscar sublevación, y buscar activismo. Dice el Señor que nuestra condición ante las autoridades y los gobernantes debe ser de sujeción.

Pero no solamente eso, también nos llama a la obediencia. Y esto es raro, porque si estás sujeto, en todo también debes estar obediente. Pero expresamente Pablo dice a los cretenses, a quienes anteriormente les había llamado que eran como bestias indomables: obedezcan a la autoridad. Quiero animar a mis hermanos a que nos dispongamos, con la ayuda del Señor, a ser ejemplo de ciudadanos que se supeditan al gobierno que está establecido, entendiendo que lo puso el Señor, y ciudadanos que obedecemos las leyes que este gobierno establece, aunque no sean las mejores leyes. Un problema que tenemos los cristianos a veces es que pensamos que estamos en el cielo, y que si la ley no parece celestial entonces entendemos que no debe ser cumplida. Hermanos, mientras tanto estamos aquí, y cualquier autoridad que esté establecida es una autoridad que ha sido puesta por el Señor y nos demanda obediencia.

Ejemplo en buenas obras ciudadanas

Y donde quisiera detenerme, hermanos, es en el tercer lugar: nos llama también a que seamos ejemplo con buenas obras. Y estas buenas obras no son las buenas obras que son fruto de la caridad; son buenas obras ciudadanas. Hermano de mi iglesia, como cristiano tú estás llamado no solamente a tener un ministerio de iglesia, sino a que seas un ciudadano que contribuya de algún modo al avance de la sociedad.

Nos dice asimismo el libro de Tito que estén dispuestos a toda buena obra, y esta expresión en el original tiene dos términos: el primer término habla de bondad y el otro de utilidad. O sea, tu contribución debe ser una contribución buena y al mismo tiempo que sea útil. La iglesia debería producir en el mundo los mejores ciudadanos de esta tierra. La iglesia debería producir los ciudadanos más productivos que tenga un estado. La iglesia debería ser ejemplo en buenas obras ciudadanas.

¿En qué ejemplo podemos contribuir? Hermano, usted puede participar, usted puede involucrarse, usted puede hacer comercio, usted puede comenzar fundaciones, comenzar patronatos. Usted puede al mismo tiempo respaldar propuestas legislativas. Usted puede participar en juntas de vecinos. Eso no es fácil, hermanos. Miren, ser presidente de una junta de vecinos es la cosa más complicada que hay. Administrar un condominio, miren, eso no es fácil, no es fácil, no es fácil. Pero qué hermoso sería si ante la junta de vecinos se levanta un hijo de Dios y dice: «Ey, aquí hay un cristiano que quiere ser ejemplo en buenas obras ciudadanas, déjenmelo a mí».

Yo recuerdo siempre el apartamento donde vivía mi madre. Ahí había un señor que se mudó, un hombre emprendedor que hacía falta en ese contexto; se mudó y él era el que dirigía la junta de vecinos, y resolvía y demás. Oye, qué bonito. Y todos los vecinos pueden testificar; y tenemos a Casilda aquí también, que podría testificar de eso. Él resolvía asuntos en el día. Qué hermoso sería si un cristiano… Y tristemente, hermano, aquellos que somos cristianos en los condominios siempre andamos como que «no me lo den a mí, que no me lo den a mí»; nadie quiere echarse eso encima. Pero qué hermoso sería si se levantaran los hijos del Señor y dijeran: «Quiero ser ejemplo en las obras civiles, asumiendo la junta de vecinos».

Los patronatos. Mira, hay cantidad de patronatos que están en esta ciudad en los cuales los evangélicos no queremos tener parte. Y los negocios: qué hermoso sería si se levantaran comerciantes cristianos que hicieran negocios según los valores de Dios, que sean ejemplos de buenas obras. Quiero explicar aquí una cosa: la iglesia no está llamada a comenzar fundaciones, a comenzar patronatos, a comenzar negocios. La iglesia es una organización que no tiene nada que ver con eso. Pero los cristianos que son miembros de una iglesia bien harían en comenzar negocios, en comenzar fundaciones y en comenzar patronatos. Bien harían en asumir incidencia en la sociedad.

Una preocupación que yo he tenido en los últimos años es que veo que el número de evangélicos cada vez en las estadísticas queda más arriba, y dice la Gallup que ya los evangélicos son el 17%, pero no se siente. Los cristianos cada vez somos más en este país, pero no se siente. ¿Qué ha sucedido? Lo que ha sucedido es que tenemos que hacer lo que le recomendó Pablo a Tito en esta carta: tenemos que ser ejemplo de buenas obras. ¿Qué distinta sería esta ciudad si, en vez de quejarnos, los evangélicos tuviéramos incidencia en la sociedad? En vez de aislarnos, en vez de retraernos, que tomemos participación.

William Wilberforce: un ejemplo de incidencia

Miren, hay un ejemplo del siglo XVIII: William Wilberforce. Cuando la esclavitud era una realidad en Inglaterra, este señor era un legislador evangélico, y como legislador en el parlamento inglés ahí se fajó a impulsar durante años proyectos de leyes para que fuera derrotada la esclavitud. «Ay, ¿cómo va a ser que un hermano cristiano…?». Quisiera yo que hubiera uno de esos en algún lugar. Hermanos, nos han dicho que no, que los cristianos no deben participar en política. Espérame, espérame: la iglesia no debe involucrarse en política, eso es una cosa; pero eres tú como miembro de una iglesia y tú como miembro de un país. O sea, tú eres un ciudadano de la República Dominicana, y como ciudadano estás invitado a hacer para la gloria del Señor cualquier deber ciudadano al que se te invite.

Este señor era un evangélico comprometido, hermanos. Del parlamento dicen que no sé si es el único, o de los pocos, que nunca perdió una elección: siempre fue electo, siempre fue el pueblo el que quería que el señor Wilberforce estuviera ahí, era el pueblo el que quería que él le estuviera dirigiendo. Pero no solamente eso, hermanos: quizás el logro de la esclavitud, desaparecerla como institución en Inglaterra cuando era impensable, porque la economía dependía de ella, la medida de esto se puede atribuir a las acciones de él. Pero no solamente esto. Miren lo que dice su biografía:

No debe darse la impresión de que todo lo que le importaba a Wilberforce, o todo aquello por lo cual trabajó, fuera la abolición de la esclavitud. De hecho, la diversidad de las causas evangelizadoras y de beneficencia que se esforzó por adelantar hace que su entrega a la abolición sea aún más maravillosa. La mayoría de nosotros hacemos de la multiplicidad de las exigencias una excusa para no entregarnos a ninguna gran causa a largo plazo. No fue así en el caso de él. En él había una corriente continua de acción destinada a aliviar el dolor y a producir el mayor bien social que le fuera posible. Hubo un momento en que él estaba activo en 79 iniciativas distintas.

Hermano, yo no le voy a decir que usted tenga la energía que tenía William Wilberforce, pero agarre algunas. Agarre aunque sean dos. Yo no le voy a pedir, hermano, que usted se involucre en 79 iniciativas distintas, pero agarre dos o agarre tres y respáldelas.

Su participación era muy amplia. Estuvo involucrado con la labor de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, con la Sociedad Misionera de la Iglesia, con la sociedad para los pobres fabricantes y la sociedad para una mejor observancia del domingo. Trabajó para que se aliviaran las duras condiciones de trabajo de los niños, como el uso de niños pequeños por los deshollinadores para subir por las chimeneas. Estuvo involucrado en las reformas agrícolas que le proporcionarían a los pobres una alimentación que se pudieran permitir. Estaba involucrado en las reformas de las prisiones, para que se restringiera la pena capital a fin de impedir que se usara por cualquier motivo, y también para evitar la crueldad con los animales.

Iniciativas concretas para nuestra ciudad

¿Qué dice Pablo a Tito? «Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan y que estén dispuestos para toda buena obra». Hermanos, el testimonio de la iglesia en Santo Domingo dependerá, entre otras cosas —muchas de ellas más importantes—, pero entre ellas, de que ustedes se involucren en iniciativas de esta ciudad. Que yo pueda decir: «Ey, aquí hay un cristiano. Ey, yo soy un siervo del Señor». ¿Cuántas oportunidades? Yo quisiera darles el menú, el menú de oportunidades, oportunidades.

Yo quisiera ver al hermano que se involucrara en la iniciativa para sacar la cantidad de indigentes que están pidiendo en los semáforos. Yo quisiera que mis hermanos se involucraran en iniciativas sociales para evitar que se deterioren los espacios públicos. Yo quisiera que mis hermanos se involucraran en iniciativas para ayudar a los haitianos que están por allá, ayudarlos a resolver su situación o a que tengan una condición más digna. Yo quisiera que mis hermanos se involucraran en iniciativas así, y doy iniciativas como sueltas para que ustedes piensen.

Quizá hay médicos —aquí hay médicos— que podrían comenzar hospitales, operativos médicos. Yo tengo ciertas reservas de que sea la iglesia la que tenga que comenzar el operativo médico; me gustaría que sean nada más los médicos cristianos los que asumieran el operativo médico. Miren, el rango de acción de una iglesia según las Escrituras es muy limitado. La iglesia no está para operativos médicos; ahora, los miembros de una iglesia sí.

Yo quisiera que el hermano que está haciendo el diplomado comience una iniciativa para estimular el ahorro, para que la gente lleve presupuestos familiares. Eso sería bueno como una iniciativa de hermanos de la iglesia. Miren, vamos a glorificar al Señor con las finanzas. ¿Y para que la gente tenga mejores hábitos alimenticios, hermano? Una iniciativa de mi iglesia, sí, y me inscriben a mí de primero. Para ayudar a nuestros hermanos a que glorifiquen al Señor con su peso corporal. ¿Eso no sería bonito? Eso sí sería bonito, hermano. Un maratón; ahí la iglesia… no el maratón de la iglesia, sino el maratón de los hermanos de la iglesia que quieren glorificar al Señor porque somos templo del Espíritu Santo , y templo donde cabe mucha gente.

Yo sé que estos ejemplos parecen muy rupestres, esta cosa parece muy humana. Lo que les estoy diciendo son ejemplos, a veces más chistosos que otros, pero que ilustran que los cristianos tenemos que prepararnos para involucrarnos en buenas obras.

Resumo mi primer punto de dos: nuestro testimonio público ante los gobernantes y autoridades, siendo ejemplo de sujeción, de obediencia, de contribución de buenas obras. Ese es solo el primero.

Segundo: a nadie difamen

Y en segundo lugar nos dice aquí Pablo —y aquí me voy a detener un poco más— «que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres». En primer lugar les dije cuál es nuestra responsabilidad ante las autoridades y gobernantes; ahora permítanme decirles cuál es nuestra responsabilidad ante los otros ciudadanos.

Primera responsabilidad de un cristiano para cuidar el testimonio de Cristo en medio de Santo Domingo: hermano, quiero compelerles a todos ustedes a que hagan un compromiso por no difamar. Y eso es difícil. Y para que ustedes puedan hacer un compromiso de no difamar, yo creo que debo explicarles qué es la difamación. Quiero explicar la diferencia entre difamar, emitir un juicio y defender, hacer apología. Quiero enseñarles cuál es la causa principal por la cual la gente difama y cuál es la carnalidad que está detrás de esto, y quiero darles algunas expresiones prácticas de lo que es difamación, porque uno a veces no sabe qué es difamación.

Difamar es expresar cosas acerca de una persona cuando la persona no está ahí o no ha sido enterada al respecto. Difamar es decir sobre una persona una persuasión que tú tienes, que puede ser verdadera o puede ser falsa, pero esa persona no está ahí o tú no la has puesto en aviso.

Yo recuerdo que hace cuatro años prediqué en esta iglesia un sermón acerca de la murmuración, en el cual mostré una lengua como de este tamaño; recuerdo la portada del sermón, una lengua que ocupaba la pantalla entera. Hermanos, dice la Escritura que la lengua es inflamada desde el infierno. O sea, que Satanás es el que pone a la gente a que difame de los demás. Hay que ser cuidadoso, porque difamar es muy fácil, es muy fácil participar en esta cosa.

Dice la Escritura que lo que tú tienes que hacer es que cuando ves en un hermano algo, una oportunidad que pueda mejorar, tú no deberías contárselo a nadie más, sino que tú deberías ir donde la persona y ponerle en aviso y decirle: «Mira, a mí me parece que esto en lo que estás participando es algo que no glorifica al Señor». Y dice que si ese hermano no te hace caso, tú deberías buscar un grupito pequeño de hermanos de tu iglesia e ir donde él y ponerlo sobre aviso. Y que si esa persona no procede, tú deberías decirle a la iglesia: «Mira, a esa persona ya yo fui solo, ya yo fui con un grupo de personas y no ha cambiado su actitud». Y si después la persona no procede de ninguna manera, entonces tú deberías tenerle como alguien que ha claudicado de la fe. Ese proceso es un poco largo y tedioso, y casi nadie lo hace.

Ahí ves a un hermano que tuvo una oportunidad, hasta en una iglesia que no es la tuya, y tú te quedas callado. Mira, a mí me ha dado lucha, pero en los últimos tres años yo he llamado por lo menos al liderazgo de tres congregaciones distintas de Santo Domingo. No para buscar un pleito, no para buscar una confrontación, sino para decirles: «Miren, a mí me parece que yo he visto tal cosa, prácticas ministeriales que no están ajustadas al fundamento de Dios, y como queremos tener comunión, queremos mantenernos cerca, a mí me interesaría que ustedes por lo menos traten de observarlo». Hermano, eso da lucha. Lo primero: «¿Y quién eres tú para estar opinando de un hermano tuyo en la fe?». Eso soy yo, esa es la lucha, hermano. Yo he tenido que llamar a hermanos míos y decirle a la persona: «Mira, estas cosas me parece que no están glorificando al Señor, y como tu hermano me gustaría avisarte». Lo que hace el inconverso es que te ve, tiene algo y sigue caminando de largo, y después va con un tercero y le dice: «Mira, fulano tal cosa».

Hermano, tenga cuidado de que cuando usted le diga a alguien «fulano tal cosa», ya usted haya ido donde esa persona y hecho todo lo que esté a su alcance para poderle sacar de esa conducta. Ahora, como cristianos no estamos llamados a quedarnos callados; hay personas que están difamando el nombre del Señor, y nosotros deberíamos ser los primeros para decir: «Mira, esa persona se está comportando de una manera que es inadecuada para un cristiano». Y eso no es difamar. Difamar, hermanos, es cuando usted está promoviendo comentarios que a veces son infundados o ante los cuales usted no le ha dado la oportunidad al otro de que siquiera rectifique.

Difamar, juzgar y hacer apología

¿Qué diferencia hay entre la difamación, el juicio y la apología? Algunos han tomado el versículo que dice «no juzguéis para que no seáis juzgados» como un argumento para decir que un cristiano no debería emitir ningún juicio de valor. No se refiere a eso, hermanos. A lo que se está refiriendo la Escritura en ese momento es a cierta actitud que tienen determinadas personas de entender que son Dios y que pueden decir lo que es bueno y lo que es malo. Sin embargo, dice la Escritura también que el que es piadoso juzga todas las cosas.

Que no te erijas tú como la norma, que pongas al Señor. Tú no tienes ninguna autoridad para decir que el comportamiento de nadie es bueno o es malo, pero tienes toda la autoridad para decir: «Mira, me parece que ese comportamiento, con estas reglitas que tenemos todos, que es la revelación de Dios, mírate ahí». ¿Me pueden seguir en esto? O sea, yo no tengo ninguna autoridad para ir a una persona y decirle que su comportamiento, según mi preferencia, es bueno o es malo, porque ¿quién soy yo? Ahora, todos los cristianos tenemos que medirnos de acuerdo a la voluntad de Dios, y yo puedo medirme por aquí y decirte: «Hermano, te presto mi regla para que te midas tú mismo». Dice la Escritura que nosotros tenemos que juzgar todas las cosas. Una cosa es difamar, que es decir «mira, fulano es un impío», y otra cosa es ir donde fulano y decirle: «Hermano, aquí está la regla del Señor, y ante esto todos nosotros nos tenemos que medir».

Otro asunto: también tenemos que defender la fe. Si difamar fuera quedarse callado, entonces dejaríamos que cualquier persona predicara cualquier doctrina de error y no tendríamos la manera de rescatarle. Dice la Escritura que estamos llamados a defender la fe, y dice la Escritura a contender ardientemente por la fe. Escuchen la expresión que utiliza la Escritura.

Fuera de esto, también les diré que sean muy cuidadosos al separar la persona de la conducta. A veces uno está defendiendo la fe y ataca a la persona. Hermano, no estamos atacando a la persona, estamos atacando una conducta, o estamos atacando una forma de pensar, no a la persona que está llevando esa forma de pensar.

Recuerdo, y tengo que dar esto como un testimonio a mis hermanos, algo que a mí me ha parecido como un modelo. Vi un debate donde participó el hermano Miguel Núñez, que es pastor de una iglesia en Santo Domingo, con un representante activista de los derechos homosexuales. Y comenzó el hermano Miguel Núñez el debate diciendo: «Yo quiero decirle a esta persona que está aquí al lado mío que yo le amo en el Señor, porque Cristo también murió por él, y que fuera de su conducta, a la cual yo me opongo totalmente, yo entiendo que hay algo en él de la imagen de Dios, y que no tengo nada en contra de su persona, no así en contra de la conducta que su persona está defendiendo».

Sean cuidadosos con esto, porque uno tiene que separar la conducta de la persona. O sea, podemos refutar conductas, podemos refutar comportamientos, podemos refutar ideas, pero no estamos llamados a difamar.

La razón por la cual la gente difama es una carnalidad muy común, y es que es una manera de tú sentir que eres más grande que los demás. Hay gente que, en vez de tratar de parecerse más a Cristo, lo que hacen es tratar de que todos los demás se parezcan menos a Cristo, y para tú sentir que has crecido, entonces tú con palabras haces que los otros decrezcan. Hermano, estamos llamados a no difamar.

Ejemplos prácticos de difamación

Ejemplos. Miren, aquí hay una serie de programas de investigación en Santo Domingo que ponen a una gente en televisión y a esa persona se le cae el mundo encima. ¿Eres tú un tribunal? ¿Esa persona fue juzgada por las autoridades civiles? ¿Se determinó ya que es ladrón, se determinó ya que es estafador? Mira, yo tuve la experiencia de ver en esos programas de investigación a un hombre que yo conozco y de cuya seriedad tengo constancia de primera mano. ¿Y quién se quita eso de encima, si sale en un programa de esos, si salió en Nuria?

Hermano, Nuria no es Dios. Alicia Ortega no es Dios. Coger una cámara y decirle a la audiencia «mira, esta persona esta cosa», tú le estás juzgando. Yo diría: si hay indicios de que esa persona ha tenido un mal comportamiento, las autoridades deberían someterlo, y cuando eso vaya a juicio y se le determine a ese hombre, entonces yo diría que es un ladrón. Mientras tanto, no. Yo he tenido dificultad porque estoy en un grupo de personas y dicen «fulano es un ladrón». ¿Y por qué tú le dices a fulano ladrón? «Ah, ¿pero tú no viste que salió en Nuria?». ¿Quién es Nuria? Ventaja, es difícil interactuar socialmente cuando uno no está dispuesto a difamar. Es raro a veces, pero alguien me ha venido a decir algo y yo le he dicho: «¿Y tú fuiste a llamar a la persona? ¿Eso se lo dijiste?». «No, yo no se lo he dicho». Bueno, pues entonces no me lo diga a mí, porque dice la Escritura que tú tienes que ir donde la persona.

Maneras, hermano. A veces, miren, esos entremeses en los trabajos: la gente comienza a decir cosas, comienza a sugerir cosas para que se difame. No difamando a nadie, dice la Escritura. Hay gente que una vez cometió un error y a veces entonces todo lo malo se le pega. Hay alguien que en algún momento tuvo un comportamiento inadecuado y ahora, ante la leve sospecha, ya la persona es juzgada como tal cosa. Ten cuidado con eso.

Otra expresión que hace mucho daño, que es una expresión difamatoria, es decir: «Fulano es». Mira, cuando tú dices que una persona «es», eso significa que esa conducta ya se estableció tanto en lo interno de esa persona que ya llega a identificarle, ya llega a caracterizarle. Y el hermano haya cometido un pecado, no le hace eso. Fue un hermano que se desvió, fue engañado y comparó; no es que él «es» eso, él participó en eso.

Miren, hay grupos frecuentes que son muy dados a que sean difamados. Cualquier persona que esté bajo autoridad es una persona que se presta a una difamación. Empleadores, por ejemplo: no hay una cosa que genere más difamación que un empleador, porque no me paga tanto como yo quiero que me pague, pero te está pagando lo que te dijo, ¿no? Autoridades, autoridades: la gente piensa que un político es como que es un cerdo de otro planeta. Hermano, esa gente tiene familia. Yo soy muy cuidadoso en esto, porque yo no quisiera que cuando el Señor me lo permita, verdad… el primero que se iba a levantar a decir «no me le digan eso a mi hermana» soy yo. ¿Usted me entiende este asunto?

O sea, una de las dificultades que tienen nuestros países para avanzar es que se ha relacionado político con ladrón, político con corrupto, entonces los hombres serios no quieren ser políticos. Es un problema. Ahí mismo se tranca la sociedad, se atranca, ahora mismo estamos entrampados en un asunto donde ninguna familia seria… Dígale a su mamá que usted quiere engancharse en algo de eso, para ver qué es lo que le va a decir: «No, no, mijo, ¿y cómo va a ser, tú diputado? ¿Cómo, si esos son ladrones?». No, no, no, hermano. Se ha hecho un círculo ahí donde solamente participan los que ya son —o aquellos que se supone— y hay que hacer un espacio, marcar la diferencia.

Por favor, hermano de mi iglesia, no me gustaría que ninguno de ustedes llamara a ningún diputado, a ningún síndico, a ningún legislador, ni ladrón ni estafador, a menos que usted tenga constancia, constancia, y ahí donde esas personas se lo haya manifestado.

Otro, hermanos: los ministros del Señor. No es un secreto para nadie que la sociedad dice: «No, porque si hay un ministro del Señor, entonces esta persona está buscando algún beneficio personal en eso». Hay que ser cuidadosos con esas cosas. Dice la Escritura que de un ministro del Señor no se debe recibir testimonio a menos que esté contando con más de dos testigos. Y usted sabe por qué este asunto: porque una gente se va guapa de una iglesia, porque la cabeza le confronta su pecado, y comienza a emitir chismes y murmuraciones sobre esa iglesia. Hay gente que se va reprendida de un lugar y, para no confesar su pecado, entonces lo que comienza es a difamar ese lugar, y uno entonces participa de esas cosas. Hermanos, hagan un compromiso por lo que le ha dicho Pablo a Tito: no difamar.

No ser pendencieros

Otro consejo que leemos, dice también al respecto, que a nadie difamen, y también que no sean pendencieros. Miren, la palabra «pendenciero» es una palabra que ya con el uso tomó otra connotación: cuando hablan de pendenciero, la gente entiende que es alguien que anda mendigando. Pero lo que dice el original es que no sean contenciosos. Es una persona que tiene una predisposición a pelear. Así mismo lo tradujo Reina Valera del 95, lo tradujo la Biblia de las Américas y otras biblias con un lenguaje más moderno. Lo que significa es cierta actitud que tienen determinadas personas de estar peleando; o sea, es un picapleitos. Llegó un ámbito, esta gente dice: «No, que yo tengo la mecha corta, yo ante cualquier cosa me exaspero». ¿Han escuchado esa expresión, ustedes, de gente? «Yo tengo la mecha corta, a mí no se me puede molestar, yo sé que me exaspero». Se les llama picapleitos, son, les digo, sinónimos.

¿Qué es esto de no ser contencioso? Son personas que tienen reacciones desproporcionadas. Viene otra persona y las pincha con un dedo, y ya están como… Son personas que pelean por vanidad, exagerando: «A mí nadie me desconsidera, a mí nadie me dice tal cosa, yo soy fulano». Hay otros que exageran sus propios derechos. Bueno, hay gente que si le quitas una cosita, eso es un caos. Le quitaron una cosita, y esos son contenciosos. Hay otros hermanos que están predispuestos hacia la gente, ambientados, hombres que siempre tienen como una actitud ofensiva, con una cara larga ante cualquier cosa: «Yo hablo duro». Ante cualquier cosa manotean. Dice la Escritura que no debemos ser contenciosos. Y hay gente, hermano, que para ellos eso es orgullo, porque «a mí me enseñaron que yo no debo dejar que nadie me pise».

Uno se ríe, hermano, pero quizás ese eres tú. Mira, yo leyendo esto, hermano, yo me sentiría reflejado. A mí, cuando me quitan mi derecho, yo me siento exasperado. En una fila, yo estoy en una fila, hermano, y se me pone una gente, yo no le digo nada, pero seguido se me junta eso y comienzo por dentro: «Y yo estoy en mi derecho, y esta persona es abusiva». Hay gente que se hace la loca para meterse en la fila y se cuelan así. A mí me da un pique eso por dentro, hermano. Pero son maneras, son maneras de uno. «No, yo no me quedo callado». Dice la Escritura que nosotros tenemos que tener la disposición de que si nos quitan la capa, que le demos la otra; si nos quitan una prenda, que le demos la otra. O sea, en vez de estar reclamando siempre.

Hay un momento, hermano, para usted quizá decir «hey», como dijo Pablo. A Pablo lo habían azotado y después lo azotaron, y Pablo: «Hey, hey, yo soy ciudadano romano, a mí no se me puede azotar». Pero Pablo tenía ya los 39 latigazos en la espalda. ¿Me pueden entender la analogía? O sea, a Pablo lo estaban maltratando injustamente; él era ciudadano romano y los romanos no le ponían un dedo a sus ciudadanos, ¿y saben qué sucedió con Pablo, hermano? Que lo maltrataron y después entonces le dijo: «Hey, yo soy ciudadano romano». Hermano, no le enseñan la varita y en seguida «no, ¡tarda, mi derecho!». No sean contenciosos, dice la Escritura. Esta obsesión por nuestros derechos, por exagerar el yo, por pelear, hermano. Hay algunos de mis hermanos que ante ciertas situaciones yo no quisiera mandarlos a hacer algo por uno, porque yo sé que tienen la tentación de pelear.

Dice que Cristo era humilde y que él fue llevado como res al matadero, que no abrió su boca. La iglesia del Señor, los cristianos ante la sociedad, estamos también en situación desventajosa humanamente hablando, porque nosotros no estamos llamados a quejarnos; nosotros estamos llamados a dejarlo todo por la causa de Cristo. Hermano, dice la Escritura que si a ti te han engañado, en vez de tú ir a los tribunales civiles, mejor que tú pierdas tus cuartos. Miren qué fuerte, miren qué fuerte el llamado que tiene un cristiano: tú tienes que dar tu brazo a torcer para que avance el testimonio de la iglesia.

Amabilidad y toda mansedumbre

Por lo contrario, nos llama a tener amabilidad. Es un amor práctico que se aplica en las relaciones. Una persona amable, hermano, una persona que tiene esa amabilidad, es alguien cuya principal intención, cuya primera impresión, es una impresión de amor.

Y por último nos dice que tenemos que tener toda mansedumbre. Aquí termino, hermanos: toda mansedumbre ante toda persona. Mira lo que dice: toda mansedumbre, ante toda situación, ante toda persona. Yo no sé si es tu caso, pero hay gente que son muy mansos ante los poderosos de este mundo, y cuando ven, cuando se encuentran con los ricos, eso es una oveja de Dios. Eso se llama servilismo, eso es una actitud servil ante los poderosos: «Ahí está don fulano». Pero ante los que están abajo, entonces son altivos, son bravucones. Dice la Escritura que tenemos que tener toda mansedumbre ante toda persona.

Mire, un hombre manso no es un hombre débil. Un hombre manso no es un hombre que le falta vitalidad. Una persona de Dios que es mansa no es una persona que es poco productiva. ¿No saben cuál es la definición que aparece en el original? Es un caballo domesticado, que tiene toda su fuerza, todo su brío, pero en vez de emplear eso para galopar así totalmente, puede utilizarlo para una labor que es productiva.

¿Saben quién es un hombre manso? Pablo. No había un hombre más fiero que Saulo de Tarso, pero se encontró con el Señor y él tuvo mansedumbre. Uno ve a Pablo después, hermano, y lo ve con la misma energía con que perseguía a la iglesia, pero canalizada de forma tal que el nombre del Señor sea glorificado. Un cristiano manso no es una persona tonta, no es una persona débil; es una persona que tiene todos sus bríos, que tiene toda su energía, que tiene toda su vitalidad, pero que en vez de destruir, edifica.

Moisés, después del encuentro con el Señor. Mira, Moisés, recuerden que él mató a un hombre una vez; Moisés fue un asesino, mató a un hombre una vez. Pero la mansedumbre era parte de él; dice de él mismo que no había un hombre tan manso como él en Israel. El pueblo, hermano, decía cosas y él era ese: «Señor, no se lo tomes en cuenta al pueblo». Cristo era manso. ¿Saben lo que es, hermano, que al que hizo esta tierra por el poder de su palabra, se le ocurra a un capón darle con una varita por la cabeza a Cristo? Cuando los soldados cogieron una varita para golpearlo por la cabeza, sí, ¿y sabe qué? Que no abrió su boca.

Llamado final y oración

Hermanos de la iglesia, termino con esto. Estos primeros dos versículos nos llaman aquí a que tengamos una actitud de sujeción ante las autoridades civiles, una actitud de colaboración ante la sociedad; nos llama esta carta al mismo tiempo a tener buenas obras; y nos llama, en cuanto a nuestra labor ciudadana, a no difamar, a no ser contenciosos, a tener amabilidad y a manifestar toda mansedumbre.

Me gustaría que hagamos una oración sincera delante del Señor. Cierren sus ojos un momento. Cuando uno habla estas cosas, la tendencia del hombre natural es defenderse, su caparazón. Y la tendencia del hombre natural es decir «ese no soy yo». Quizá eres tú el bravucón. Quizá eres tú el que no le soporta nada a nadie. Quizá eres tú aquel que reclama sus derechos de forma muy insistente, quizá el contencioso. Quizá tenemos aquí hermanos que son contenciosos.

Mantén tus ojos cerrados. Me gustaría, antes de orar, hacer unas preguntas de reflexión para que sea una oración sincera. ¿Cómo reaccionas tú cuando un vecino te coge el parqueo? ¿Cómo reaccionas tú cuando alguien te barre para el frente de tu casa? ¿Cómo reaccionas cuando en una fila alguien se te pone delante? ¿Qué haces tú en tu trabajo cuando no se te tomó en cuenta para algo? ¿Qué haces cuando todo un grupo de personas está difamando a alguien? ¿Acaso participas tú de la difamación? ¿Acaso aportas datos? Quiero animarles, a las personas que están aquí: ¿qué piensas tú sobre los políticos, sobre los gobernantes, las autoridades? ¿Tú reconoces la autoridad que está como tu presidente, o eres de los que dicen «no, yo no voté por él, ese no es mi presidente»?

Hermano, no estamos llamados nosotros a respaldar la plataforma de un partido político o de otro; estamos llamados nosotros a sujetarnos a la autoridad que fue electa, una o la otra. Quiero preguntarte: ¿quizá eres tú? Sí, sí, quizá eres tú de esos que, cuando le ponen un dedo, se exasperan. ¿Si acaso te has sentido tú identificado y sientes que necesitas que sea el Espíritu Santo quien tome control de ese caballo interior, de esas malas bestias, como decía el apóstol Pablo que eran los cretenses, malas bestias indomesticables, indomables, gente fiera? Yo quiero animarte a que canalices esa energía, por la ayuda del Espíritu Santo, de forma tal que el Señor sea glorificado.

De nuevo, hermano, yo pienso que debes sentirte tú reflejado de algún modo, no pensar en el vecino que tienes a tu lado. Dios también me ha hablado a mí a través de la preparación de esta enseñanza; también he visto oportunidades donde yo puedo cerrar la boca.

Permítenos, Señor, orar por la iglesia. Que sea el Santo Espíritu, Señor, llevando a tu iglesia la verdad. Mira a aquellos de mis hermanos en los que todavía es el hombre natural, la carne, la que domina sus inquietudes. Mira a aquellos de mis hermanos, Señor, que tienen problemas para refrenar su lengua, que tienen problemas para no manotear, para no alzar los brazos. Permítenos, Señor, tener un testimonio público bueno. Permite que nuestra iglesia, no solamente aquí cuando estamos reunidos, sino en su trabajo, en las calles…

Pídale ahí, hermano, al Señor, tú específicamente, por esa herramienta de tu personalidad que evita… quizás te ves reflejado. Quizás eres impaciente: pídele al Señor que te dé paciencia. Y si tienes problema para dominar tu lengua, pídele al Señor que te dé dominio. Quizás reaccionas de manera impetuosa: pídele al Señor que te haga pacífico.

Padre, levanta aquí una congregación de gente mansa. Levanta aquí, Señor, una congregación de gente mansa, de gente que tenga vitalidad, que tenga energía, Señor, pero que la canalice para tu gloria. Mira los Saulos de Tarso que tenemos entre nosotros, Señor: gente fiera, aguerrida, gente comunicativa. Con mansedumbre, ahora, Señor. Pon amabilidad ahora en nosotros. Permite que estas partes tan prácticas de la doctrina cristiana también anuncien, Señor, nuestro testimonio en Santo Domingo. Te lo pedimos por todas estas cosas en el nombre de Jesús, amén.

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