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Mensaje

Llevando todo pensamiento cautivo a la obediencia a Cristo

2 Corintios 10:1-6

La mente humana es el campo de batalla donde se desata diariamente una guerra espiritual. Cristo ya ganó la guerra, pero la batalla continúa. Necesitamos las armas espirituales para derribar las fortalezas de nuestro pensamiento y someter cada idea a la obediencia a Cristo.

Transcripción automática

A medida que el tiempo pasa nos damos cuenta de que a diario llevamos una lucha constante con el pecado. Esa es nuestra realidad. El Espíritu Santo está en nosotros, y a través de esa misma lucha Él nos guía a toda luz y a toda verdad por la fuerza y el poder que nos ha sido otorgado. Las fuerzas necesarias para luchar contra nuestras debilidades, contra el pecado que mora en nuestra carne, contra el sistema corrompido a causa del pecado. Como dice Efesios 6:12: «Porque no tenemos lucha contra sangre ni carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.»

Solo con Cristo, a través de la ayuda del Espíritu Santo y su Palabra, podemos tener las herramientas necesarias para afrontar esta realidad día tras día. Esa lucha interior, la guerra que algún día terminará, tiene su campo de batalla en nuestra mente. En la mente humana no solo tenemos una lucha de pensamientos, ideologías o psicología, sino que es el lugar donde día tras día se desata una batalla espiritual. Cristo ya ganó la guerra, pero el Espíritu Santo sigue luchando la batalla por nosotros y con nosotros.

Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.

— 2 Corintios 10:5

El contexto de Pablo en Corinto

Para comprender por qué Pablo escribió estas cosas a la iglesia de Corinto debemos entrar en el contexto. El versículo 5 comienza con minúscula y termina con coma, lo que nos indica que es parte de un argumento más amplio. Vamos a 2 Corintios 10 desde el verso 1: «Yo, Pablo, os ruego por la mansedumbre y ternura de Cristo, yo que estando presente ciertamente soy humilde entre vosotros, mas ausente soy osado para con vosotros.»

Los falsos apóstoles habían obtenido considerable influencia en la iglesia, presentando a Pablo como despreciable en su persona y su ministerio. Ellos decían que Pablo parecía muy reservado en persona, muy tranquilo, muy humilde, pero que cuando escribía sus cartas era un Pablo osado, con autoridad. Esto denota la madurez que Pablo había adquirido por medio del Espíritu Santo: tenía la madurez de saber comportarse como un verdadero cristiano, aun teniendo la autoridad eclesiástica. Hablaba con ruego, con suplica, se comportaba humildemente, pero también tenía la autoridad para corregir, no para denotar la falta de los hermanos, sino para el crecimiento de ellos mismos. Lo más difícil para nosotros es cuando nos corrigen, porque siempre entendemos que tenemos la razón en todo. La parte de la madurez y la humildad del hombre radica en reconocer cuando tienes tus faltas, tus malas costumbres, tus malos pensamientos.

Aún tenían argumentos para debatir los argumentos sólidos del conocimiento de Dios. Pablo sigue suplicando de manera humilde que modifiquen sus pensamientos y que dejen de levantar falso testimonio de su persona, porque esto solo estaba haciendo división congregacional. Había un grupo de hermanos levantando falsos testimonios, diciendo que Pablo se beneficiaba de la ofrenda, que hacía uso indebido de su autoridad. Cuando ponemos la mirada en el hombre con nuestra mente pecaminosa, distorsionamos la realidad. Somos un grupo de personas con culturas, conductas y sistemas de crianza totalmente diferentes. Y cuando venimos a congregarnos, esto es un choque de pensamientos e ideas que puede generar conflicto. Pero lo bonito es que al ver lo que hace Cristo en nosotros, identificamos que el Espíritu Santo está en nosotros, porque hoy podemos estar sentados en armonía como hermanos.

Las armas de nuestra milicia

Dice el verso 3: «Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne.» Pablo admite su condición humana, la condición que todos tenemos. En Romanos 7 detalla claramente su realidad: el pecado que mora en él estará con nosotros hasta que partamos a su presencia o el Señor venga. La diferencia entre Pablo y los feligreses de Corinto era la siguiente: ambos tenían conocimientos filosóficos, pero Pablo echó todo por basura a causa de Cristo. Lo primario en su vida era el conocimiento del Señor, a diferencia de los argumentos filosóficos que tenían en la congregación.

El mundo siempre va a estar en conflicto con el creyente. El sistema siempre va a estar en contra de los pensamientos del Señor. Esto conlleva confrontación, rechazo, pero ya Cristo venció. El entender que ya Él venció nos genera una paz y un entendimiento de que debemos seguir la carrera hasta llegar a la meta del supremo llamamiento en Cristo Jesús. Dice el verso 4: «Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas.»

En Efesios 6, Pablo enlista las armas espirituales: el cinto de la verdad, la coraza de la justicia, el calzado del evangelio, el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu. Nadie te va a poder quitar esa fe y confianza en el Señor si estás consciente de que posees esas armas. Los cristianos de Corinto tenían su confianza puesta en su entendimiento, en lo que ellos sabían, pero no en el evangelio de Jesucristo. No se puede ser cristiano sin Cristo. No se puede caminar una vida cristocéntrica sin el Espíritu Santo. En lugar del cinto de la verdad, luchaban con manipulación. En lugar de la coraza de justicia, luchaban con imagen de éxito. En lugar del calzado del evangelio, luchaban con palabras suaves. En lugar del escudo de la fe, luchaban con percepción de poder. Pablo les está diciendo: todo esto tiene que ser derribado y llevado cautivo a la obediencia a Cristo.

Derribando fortalezas

Ese grupo de hermanos entendía que lo que ellos poseían era suficiente para ser salvos. Todo lo contrario. No poseemos nada. No podemos hacer nada para ser salvos ni para ganar el amor de Dios, porque ya Él nos amó primero y nos escogió desde antes de la fundación del mundo. La humanidad rechaza el evangelio porque entiende que es más fácil llevar argumentos sólidos, científicos, que den evidencias. Pero la ciencia constantemente se equivoca, mientras que la Palabra permanece veraz a través de los siglos.

Cuando nos comportamos a la manera de Cristo, nos tachan de débiles. Pero hay que saber cuándo el enemigo está tratando de desviarte de la mirada de Cristo. Para eso necesitas el discernimiento espiritual, y para tener ese discernimiento necesitas estar activamente envuelto en una vida de oración y su Palabra. Porque cuando llega una situación difícil, si no tienes nada del Señor, responderás con lo que tienes en la carne. Pero si tu mente se está llenando de lo que el Señor tiene, responderás con lo que Él te da: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, templanza. Entonces dices: el Señor sí está haciendo la obra en mí.

Desaprender para aprender

¿Qué son estas fortalezas? Son los malos pensamientos y las percepciones que contradicen el verdadero conocimiento de Dios. Lo más difícil para el ser humano es cambiar los hábitos. Desaprender para aprender. Normalmente hemos sido criados desde pequeños con un sistema de crianza, conducta y carácter que forman nuestros padres. Si te dicen que lo que estabas haciendo es errado y tienes que dar pasos diferentes, esto conlleva un proceso de dolor porque vas a tener que negarte a ti mismo. Cristo ya lo dijo.

A nivel espiritual, cuando alguien cree que tiene un sistema de creencias que es la verdad absoluta y le dicen que no es así, que ese es el evangelio, se desata la disputa. Pablo perseguía la iglesia hasta que se encontró con el Señor en Damasco. Y a partir de ahí tuvo que retroceder para poder avanzar. Todo el conocimiento que tenía acerca de su teología y sus fundamentos filosóficos, lo echó por basura por el conocimiento de Cristo. A nivel carnal hay métodos y personas preparadas para ayudarnos. Pero a nivel espiritual, solamente Cristo puede hacerlo. Esta confianza en métodos carnales y el hábito del pensamiento carnal es una verdadera fortaleza que de manera obstinada se arraiga en el corazón y la mente. Pero el poder de Dios puede destruir cualquier fortaleza, cualquier argumento.

Pensamientos que deben ser cautivos

Debemos ponerlo en forma práctica y aplicarlo en nuestras vidas. «Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.» La manera carnal y mundana de pensar siempre va a ir en contra del sistema de Dios. El hombre busca siempre la gloria, ser reconocido, ser venerado, ser aceptado. Sin embargo, el discípulo busca servir, busca amar, busca ser mediador para solución de conflictos. Esto solamente lo hace Cristo.

Pablo no les predicaba a gentiles ni a incrédulos. Les predicaba a cristianos que estaban en la iglesia de Corinto. Ellos eran los que tenían esas fortalezas mentales y en sus corazones había arraigado un sistema que les impedía ver el evangelio de manera efectiva. Como dice Calvino: «Nada se opone más a la sabiduría espiritual de Dios que la sabiduría de la carne, y nada se opone más a su gracia que las habilidades naturales del hombre.»

Es natural que una persona no regenerada por el Espíritu actúe de esa forma. Aun dentro de la iglesia de Corinto había personas que no habían nacido de nuevo y estaban creando conflicto. Cristo dijo que siempre habrá trigo y cizaña. Sea parte del trigo y no de la cizaña. Y corte de raíz cuando venga un hermano queriéndole hablar mal de otro hermano. Confronte y diga: vamos a hablar con él de la situación. Y verá cómo de una vez el chisme se desvía, porque lo que estaba buscando era chismear. Qué bueno es el Señor y su misericordia que ha dejado al Espíritu Santo para que podamos discernir situaciones como esta, y su Palabra para que sirva de ejemplo.

Todo pensamiento cautivo

Si llevamos esos pensamientos cautivos significa que ya no le obedecemos al pecado, sino que le obedecemos al Señor. Cristo es el Señor nuestro para toda la eternidad. Cuando empezamos a pensar de forma carnal debemos detener nuestro pensamiento, tomar dominio sobre él en Jesús, y no conformarnos a los pensamientos de este siglo. «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.»

Pensamientos de lujuria, de ira, de miedo, de avaricia, de amargura, de juicio injusto: estos son parte de los pensamientos que pueden ser llevados cautivos a la obediencia a Cristo por medio de su Palabra y el Espíritu Santo en nosotros. El filósofo dice: «Mis pensamientos no pueden ser cautivos bajo ninguna persona.» Sin embargo, Cristo te dice que te sometas a sus pensamientos, a la obediencia a Él. Tus pensamientos siempre estarán cautivos ya sea a Cristo o al enemigo. Aquí no hay punto medio.

¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

— 1 Corintios 6:19-20

Somos criaturas de Dios. Por causa del pecado actuamos en desobediencia, nos creemos altivos en nuestra manera de pensar, entendemos que tenemos la verdad absoluta. Y lo que hace Cristo, por medio de su Palabra, es derribar esos pensamientos para que podamos ver el evangelio a la luz de su Palabra. ¿Cómo puedo hacer frente y tener las herramientas para llevar estos pensamientos cautivos? Por medio de la santa, bendita, gloriosa, majestuosa, admirable e irrefutable Palabra de Dios. No hay otro medio. Cristo es el Verbo encarnado. Cristo es la Palabra vivificada. El evangelio está en su Palabra. La Palabra es viva y eficaz y penetra hasta lo más profundo de nuestro corazón, derribando toda altivez y toda fortaleza. Nos cambia y nos transforma de muerte a vida.

La obediencia a Cristo

La obediencia es la parte esencial de la fe cristiana. Un cristiano que no obedece no es cristiano, porque si no obedeces el mandato de tu Señor, estás obedeciendo el mandato del enemigo. No hay punto medio. Jesús mismo fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Para los cristianos, tomar nuestra cruz y seguir a Cristo es lo que dice Mateo 16:24: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» Esto significa obediencia.

¿Cómo se define la obediencia? Es el cumplimiento obediente y sumiso de los mandatos de quien tiene toda autoridad. Nuestra obligación es obedecer a Dios por encima de todo, así como Jesús cumplió su deber con el Padre al morir en la cruz por nuestro pecado. Sumiso indica que cedemos nuestra voluntad a Dios. A nosotros nos cuesta ser sumisos, no solamente a Dios, sino incluso ante las autoridades y las personas que nos rodean. Las Escrituras son donde Dios ha delineado claramente sus instrucciones. No podemos ir a la guerra sin herramientas. ¿Cómo pretendes luchar contra el pecado si no conoces ni siquiera al Dios que está establecido en su Palabra? No tendrás herramientas, no conocerás los dardos del enemigo, no sabrás con quién tienes la lucha.

Cuidado con la máscara de obediencia

Vivir la vida cristiana no consiste solamente en cumplir reglas. Podríamos estar haciendo de manera automática cosas que creemos que están bien delante de Dios, pero nuestro corazón está muy lejos de lo que estamos haciendo. Los fariseos perseguían incansablemente los actos de obediencia de la ley. Se convirtieron en santurrones, creyendo que por lo que ellos podían hacer se consideraban dignos ante Dios. Sin embargo, la Biblia dice que sin Cristo, incluso nuestras más justas obras son como trapo de inmundicia.

Jesús les dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.» Dios nos libre de ser como los fariseos. Los fariseos eran obedientes en algunos aspectos pero descuidaban lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Si amamos a Dios, le obedeceremos. No seremos perfectos en nuestra obediencia, pero nuestro deseo es someternos al Señor. Cuando obedecemos los mandatos de Dios, nos convertimos en luz y sal en un mundo oscuro.

Debemos derribar todo argumento filosófico que el enemigo pueda aflorar alrededor nuestro, y también esos pensamientos que pudieran estar todavía en nosotros. Llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. La guerra ya Cristo la ganó, pero la batalla continúa. No por nosotros, sino el Espíritu Santo en nosotros, por nosotros y para nosotros.