Doy un momento para que todos puedan buscar sus Biblias. Es el Salmo 51, un salmo de arrepentimiento. Son diecinueve versículos. Dice así la palabra del Señor:
Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio. He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre. He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido. Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti. Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación; cantará mi lengua tu justicia. Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza. Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén. Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, el holocausto u ofrenda del todo quemada; entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.
— Salmo 51:1-19
Pueden sentarse, hermanos amados. Dice nuestra introducción que pensar en el pasado no siempre es cómodo. Para muchos se trata de una caja cerrada donde los asuntos vergonzosos se guardaron en secreto. La caja da un poco de paz, pues los hombres no pueden ver su contenido; pero la paz no es completa, ya que sigue estando a la vista de Dios y en nuestra conciencia. Para dejar el pasado atrás verdaderamente —es decir, dejar la culpa, la vergüenza, el miedo a volver a caer—, la solución no está en la aparente seguridad del secreto, sino en la confesión del pecado, el arrepentimiento ante Dios y la provisión que solamente en él puede ser hallada.
El Salmo 51 es un salmo muy dramático, escrito por el rey David. David es uno de los personajes de las Sagradas Escrituras mejor documentados. Usted podría acompañar al rey David desde su niñez hasta su juventud, su edad adulta, su vejez y hasta su muerte. Son pocos los personajes de quienes uno pudiera ver en la Escritura el testimonio de toda su vida. Y cuando evaluamos toda la vida del rey David, lo que podemos concluir es que justo solamente Cristo, perfecto solamente él, que todos nosotros nos descarriamos, y que el más grande rey de Israel era un hombre pecador que escribía salmos como este.
Este salmo es un ejemplo dramático de lo que estoy diciendo. David, el más grande rey de Israel, quien tenía todos los medios disponibles para ocultar sus pecados, y sin importar el riesgo que esto representaba de ser reprendido, eligió confesarlos ante Dios y documentó su arrepentimiento. No en forma anónima o abstracta, sino en un salmo para que públicamente fuera cantado, y en cuyo título se aseguró de hacer explícita la ocasión puntual en que fue escrito.
La ocasión: cuando Natán vino a David
El epígrafe del Salmo 51 no es como el de otros capítulos de la Escritura, donde el traductor le puso el título. Si ustedes leen los evangelios, los traductores ponen «Jesús entra en tal ciudad», «Jesús sana a tal persona»; eso lo pone el traductor. En este salmo el epígrafe fue traducido desde el original, porque quien compuso el salmo, que fue el rey David, se aseguró de dejar una nota en la cabecera para que podamos entender la ocasión para la que fue escrito: «Salmo de David, cuando después que se llegó a Betsabé, vino a él Natán el profeta».
Después de una vergonzosa cadena de pecados, por medio del arrepentimiento David dejó la culpa atrás. En esta primera parte de esta serie de enseñanzas, hermanos, estaremos viendo cómo se deja la culpa atrás. Ustedes conocen la historia: es aquel acontecimiento cuando David cometió una cadena de pecados que solamente por la misericordia del Señor pudo ser detenida. Primero se entregó a la lujuria: consideró a una mujer desnuda y la estuvo mirando desde su palacio. No se conformó con la lujuria, con desearla en su corazón y deleitar su vista con la mujer ajena, sino que la mandó a buscar y estuvo con ella. Después de haberla conocido, la embarazó, y cuando la embarazó, entonces mandó a matar a su marido y lo mató.
En una serie de estratagemas el rey David trató de ocultar su pecado, y cuando entendió que todo estaba resuelto, entonces el Señor le envió al profeta Natán. Y cuando llegó, el profeta Natán utilizó un recurso figurado para confrontar a David en su pecado. Y cuando David, mirando su pecado figuradamente, pudo evaluarlo, él dijo que tal hombre merecía morir. Y después el profeta Natán lo reprende directamente y le dice: «David, tú eres ese hombre». En ese momento David se arrepiente de su pecado y escribe este salmo.
Me llama la atención que este es el tipo de testimonio que uno quisiera barrer por debajo de la alfombra, para que nadie se entere del asunto. Pero cuando David escribe el salmo, dice: «Al músico principal». Él no quiere que su testimonio de arrepentimiento se quede en una esfera privada donde nadie más sabe, sino que David públicamente está dispuesto a confesar sus pecados, arrepentirse ante el Señor, y quiere que su pueblo cante esta experiencia traumática, triste y vergonzosa en la cual el rey de Israel había estado participando.
Al respecto de este salmo, hermanos: este es distinto a otros salmos que ya he expuesto en nuestra iglesia local, que tienen una métrica definida. Hay salmos que tienen un propósito pedagógico, y parece que el salmista eligió secciones completas donde abordó en cada una de ellas diferentes temas. Este es un salmo muy difícil de dividir. Es un salmo largo, es un salmo extenso, donde usted lo que ve es como un río que está brotando; es como algo que va saliendo. Y es que así es que sale el arrepentimiento. El arrepentimiento no es un asunto estructurado donde tú primero dices una cosa y después dices otra; es abrir tu corazón delante del Señor.
Dicen los hidrólogos, por ejemplo, que un río corre a tantos metros cúbicos por segundo, y usted no puede ver uno y después ver el siguiente: los metros cúbicos van saliendo juntos, es mucha agua a gran velocidad. Así mismo es el arrepentimiento. Cuando el Señor nos confronta en el pecado y el Espíritu Santo nos contrita, abrimos el corazón delante del Señor y eso sale a borbotones. En este salmo, el arrepentimiento que hay en el corazón de David sale a borbotones. Es algo que no se puede detener.
Y de hecho, es una de las evidencias más contundentes acerca de la inspiración de las Sagradas Escrituras. Porque si David hubiese escrito los salmos que escribió basado en su propio corazón, en sus preferencias, quizás no escribe un salmo como este. Pero el Señor le guio a que documentara un testimonio como este y que llegara a componer las Sagradas Escrituras. A mí me emociona el saber que el Señor no oculta las áreas oscuras de los instrumentos que utilizó en el pasado, sino que las enseña completamente. Este no es el salmo que una persona quisiera, porque una persona quisiera ser recordada de otra manera. Este es el salmo que el Señor inspira para que su pueblo aprenda.
El pecado no es una piscina, es un accidente aéreo
Antes de exponer versículo por versículo este salmo, me gustaría advertir que esto no es parecido a un «hale aquí en caso de emergencia». Yo estaré exponiendo que el Señor perdonó inmediatamente el pecado de David, en el mismo momento que subió de su corazón el arrepentimiento. Y usted podría pensar: «Bueno, pues si es así, entonces yo podría participar del mismo pecado, y ya yo sé cuál es el proceso de arrepentirse». Hermano, el pecado no es como lanzarse a la piscina sabiendo nadar. Hay quienes quieren aprender a nadar con relación al pecado, y dicen: «Bueno, como yo quiero tirarme a la piscina, yo quiero aprender a nadar para poderme lanzar y poder salir, poderme lanzar y poder salir». El pecado no funciona así. No es como lanzarse a la piscina sabiendo nadar, sino como sobrevivir a un accidente aéreo.
Usted está a miles de metros de altura, y cuando le practican el protocolo de emergencia, usted quisiera no tener que practicarlo. Nadie quiere aprender cómo sobrevivir a una catástrofe aérea; uno quisiera no experimentarla. Estadísticamente hablando, usted puede sobrevivir, pero probablemente quedará lisiado. Usted no será el mismo. Es una experiencia que usted no quisiera repetir. Así es visitar el pecado. Yo no vengo a mostrarle el arrepentimiento para que ustedes aprendan a salir; yo quisiera evitar que entren. Y si el corazón de ustedes es el corazón de Cristo, usted no quiere tener nada que ver con el pecado. Esto no es «hale en caso de emergencia»; esto es «no entre». Porque por la misericordia del Señor se puede sobrevivir a una catástrofe aérea, pero queremos no experimentarlo.
Yo nunca he visto en un avión, ni siquiera cuando lanzan las mascarillas, y no quiero tener que verlo. Yo lo sé por los diagramas, que dicen que cuando hay alguna contingencia las mascarillas bajan; pero yo no quiero tener que verlo. Cuando comencé a viajar yo quería experimentar una turbulencia. Vi un poquito y me devolví. Esa es la actitud de un creyente con relación al pecado. No es saber salir del pecado para practicarlo, sino entender que el pecado tiene consecuencias. Y de hecho, David se arrepintió, fue perdonado inmediatamente, y las consecuencias lo acompañaron por generaciones.
¿Qué incluye el verdadero arrepentimiento? Estaré mostrándole tres cosas principalmente, y cerraré con una cuarta; es como una expresión que se va componiendo. Diré primero que el arrepentimiento incluye el reconocimiento de nuestra falta. En segundo lugar, que ese reconocimiento de nuestra falta no es solo delante de Dios, sino que es contra Dios. En tercer lugar, que es con profunda dependencia de él. Y en cuarto lugar, que se hace para su gloria.
Primero: el reconocimiento de nuestra falta
Comienzo mostrando a mi iglesia los primeros tres versículos: el reconocimiento de nuestra falta. ¿Qué es lo que David está diciendo respecto de su falta?
Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí.
— Salmo 51:1-3
Hay tres expresiones aquí que quisiera exponer. Pero antes de eso, muestro que David estaba reconociendo su falta ante Dios, y esto es importante: ¿cuál es su interlocutor? Él dice: «Ten piedad de mí, oh Dios». Él clama por piedad. Y hermano, ¿quién clama por piedad? El que no tiene nada que decir respecto de su falta. Es una persona que no tiene recursos de los cuales valerse; no tiene recursos racionales, materiales ni de justicia. Usted no va a la presencia del Señor a arrepentirse tratando de argumentarle a Dios; usted va pidiendo piedad. David se acerca pidiendo piedad.
Y él apela a la piedad basado en el carácter de Dios. Esa expresión, «conforme a tu misericordia», es uno de los grandes temas del Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento nos muestra un Dios a quien el hombre le falla y no le devuelve las consecuencias. Eso se llama misericordia. Es un tema muy recurrente en todo el Antiguo Testamento, porque uno de los propósitos del Antiguo Testamento es que entendamos que el Dios santo al cual tú y yo estamos sirviendo, al mismo tiempo es el Dios misericordioso que no nos da como nos corresponde, sino que es amplio en misericordia. Se parece mucho al salmo que expuse el domingo pasado, el Salmo 100: es el mismo término, misericordia. El Dios que se presenta en el Antiguo Testamento es un Dios justo, pero también es un Dios misericordioso. David está apelando a la piedad de un Dios misericordioso.
Hay tres expresiones con las cuales él describe vívidamente su pecado. El primer término es rebelión, el segundo término es maldad y el tercero es el término mismo de pecado. Los tres son diferentes y se complementan. Para usted entender la profundidad de su maldad, usted debería ajustar su mente a como David estuvo describiendo su pecado.
La primera manera en que él lo describe es rebelión. Alguien que se rebela es una persona que conocía cuál era el límite y se fue un poquito más allá. Alguien que se reveló es una persona a quien le dijeron «no vayas» y fue. Es transgredir un límite establecido. ¿Y el pecado es rebelarse contra qué? Contra la ley de Dios, contra lo que el Señor explícitamente ha dicho. Lo primero que le está diciendo es: en mi pecado transgredí un límite, me fui más allá del límite establecido por Dios.
El otro término con el cual él lo describe es el término maldad. La maldad es obrar con falta, con corrupción, con impureza. Cuando él reconoce su maldad, está reconociendo que en él hay algo que es profundamente desagradable. Figuradamente lo puedo ilustrar con tener en el cuerpo algo descompuesto. Está diciendo: yo no solamente estoy reconociendo que me rebelé, que fui más allá del límite de Dios, sino que reconozco que en mí hubo algo que no es agradable ante la santidad de Dios. Lo primero es rebelión, transgredir el límite; lo otro es hacer algo que tiene corrupción, que está descompuesto, algo que es repulsivo. Si lo primero es contrario a la ley de Dios, lo segundo es contrario a la santidad de Dios. Como dijo el profeta: «Muy limpio eres de ojos para ver el mal». Lo que yo he hecho es repulsivo ante tu presencia.
Tengo que describirlo así porque al día de hoy muchas personas creen que se han arrepentido y no han llegado a sentir lo que David está sintiendo en este salmo. Arrepentirse no es solamente decir «falta mía, lo hice mal». Arrepentimiento es decir: transgredí un límite intencionalmente, conociendo el límite, y al mismo tiempo he participado en algo que está descompuesto ante el Señor, que es aborrecible delante del Señor, que es contrario a la santidad de Dios.
La otra expresión es la más común en el Antiguo Testamento para describir el pecado: él se describe a sí mismo como pecador. Pero pecado y maldad son distintos. Este pecado aquí tiene una connotación de errar en un propósito, de errar al blanco, de lanzar un asunto hacia un objetivo y no darle. Es como no dar en la diana. Si lo primero era contrario a la ley de Dios y lo segundo era contrario a la santidad de Dios, lo tercero es contrario al propósito de Dios. Lo que le está diciendo es: Dios me llamó para un propósito determinado y yo no lo alcancé; me perdí, me desvié.
Esto se complementa, hermanos, y me recuerda a Isaías, que utiliza los dos términos. Recuerden cuando Isaías vio la presencia del Señor y descubrió que Dios era un Dios santo. Dice que el Señor toma un carbón encendido y lo pasó sobre sus labios y le dijo: «He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa». Esa culpa ahí es la palabra que le describí ahorita, que tiene una connotación de algo inmundo, de algo sucio, de algo repulsivo. Y después él dice: «y limpio tu pecado». O sea, el Señor primero está purificando los labios y al mismo tiempo está quitando el despropósito, está quitando el desvío. Son ambas cosas.
Hermanos, cuando decimos delante del Señor que nos estamos arrepintiendo de nuestro pecado, no es solamente un asunto psicológico, no es solamente un reconocimiento. Cuando en nosotros hay maldad, tiene tres connotaciones: la connotación primera de rebelión, que estás rebelado contra Dios; la connotación segunda, que David también incluyó, de que hay algo descompuesto en ti, hay algo que es inmundo en ti, hay algo que tú no quieres que Dios vea, que Dios huela, que Dios sienta; y al mismo tiempo, que tu vida no caminó hacia alcanzar el propósito que Dios para ella había previamente determinado.
Aquí me desvío un poco, hermanos, y tengo que reconocer que eso no sale solo. Lo que evidencia este profundo reconocimiento es que David había ido más allá de un entendimiento racional de la culpa. Él tenía sentimiento y al mismo tiempo tenía repulsión. Es el testimonio de un hombre vivo, de un hombre que está sensible. El hombre natural no siente esas cosas. Y aquí es que tiene sentido aquello que se dice en la Escritura, que David era un hombre conforme al corazón de Dios. No estamos diciendo que David era perfecto. Lo que estamos diciendo es que David se arrepentía no solamente con palabras, no solamente con una expresión poética, sino que realmente estaba sintiendo lo que estaba diciendo.
Y digo que el hombre natural ni siente así, ni se expresa así, ni quiere eso. No hay en él un deseo por la santidad, no hay en él un deseo por el propósito de Dios, no hay en él un deseo sincero por la ley de Dios. Él puede reconocer una culpa, quizá por la vergüenza, quizá porque ha dañado a alguien; pero él no puede reconocerlo como lo está reconociendo aquí el rey David. De hecho, dice Segunda de Corintios, capítulo 3, versículo 15, que el velo está puesto sobre el corazón de ellos. El hombre natural no siente esas cosas.
Si alguien puede arrepentirse, si alguien puede sentir al nivel que está sintiendo David, es porque el Espíritu Santo le está guiando a la verdad. Si usted puede sentir eso, diga que el Espíritu Santo se mueve en usted, porque el hombre natural ni quiere eso, ni siente eso, ni busca eso. Dice Efesios capítulo 2 que en ellos opera el espíritu del príncipe de la potestad del aire; en ellos hay otro espíritu. Y dice así mismo el libro de Efesios en el capítulo 4, que ellos perdieron toda sensibilidad. Si David puede sentir lo que está sintiendo, es que David tiene el corazón de Dios. En él no ha habido el comportamiento correcto, pero en él hay por lo menos la sensibilidad.
Y eso es lo que a mí más me emociona. En la consejería pastoral, cuando una persona viene buscando desesperadamente, cuando reconoce su transgresión, yo tengo que ver que en él estaba morando profunda y abundantemente el Espíritu de Dios. Y te puedo decir que aun con faltas de este tamaño se puede decir que el Espíritu de Dios está en ese corazón. Esa es la contradicción en la que vivimos los hombres del Señor, que a veces tenemos la sensibilidad en nivel diez y el pecado en nivel quince. Pero ya por la sensibilidad misma hay que darle las gracias al Señor, porque un corazón enternecido es obra suya solamente.
Segundo: una falta contra Dios
Lo primero es que está reconociendo que en él hay una falta, con tres expresiones distintas. Pero donde yo quiero llevar a mi iglesia el día de hoy es a un entendimiento más relacional de la falta. Entender que en nosotros hay maldad, eso lo logra cualquier psicólogo. De hecho, por eso existe la psicología y hasta la psiquiatría: porque como seres humanos hemos llegado al entendimiento de que en nosotros hay cosas que no están bien, y hay personas que pueden llegar a reconocerlo. Un creyente arrepentido, un verdadero creyente arrepentido, no solamente reconoce que en él hay cosas que no están bien. Si usted llegó solamente a ese nivel, que son los primeros tres versículos, reconocer su pecado vívida, profunda y explícitamente, usted llegó al mismo nivel al que le puede acompañar la psicología.
El cristianismo no es solamente la expresión de que en los hombres hay una naturaleza pecaminosa, de que en los hombres hay maldad; eso lo entienden todos los hombres, no solamente los cristianos. Lo que los cristianos hemos reconocido es que nuestra maldad no solamente está entre nosotros, sino que nuestra maldad ha afectado a alguien. ¿Y a quién ha afectado nuestra maldad? A Dios. David no se quedó aquí, sino que fue más adelante, y él está reconociendo una falta contra Dios. Son los versículos del cuatro al nueve. Aquí el asunto se vuelve personal: contra él.
Esta sección él la comienza con una reiteración, y cuando la Escritura se reitera está poniendo énfasis. El énfasis lo logra con dos expresiones similares: «contra ti, contra ti». ¿Qué está diciendo? Más allá de que en mí hay maldad, más allá de mi rebelión, más allá de que en mí hay algo que es repulsivo, de que en mí hay algo que no alcanza su propósito, yo estoy reconociendo que mi pecado no solamente está en mi corazón, en mi esfera privada e íntima, sino que mi pecado está contra Dios. Yo he ofendido a Dios. Eso es lo que está diciendo un pecador arrepentido: no solamente reconoce que en él hay pecado, reconoce que su pecado ha ofendido a Dios primeramente.
Hay una diferencia entre reconocer nuestra falta que está ante Dios y nuestra falta que está contra Dios. Eso que está contra Dios es lo que la Escritura llama pecado realmente. Tu pecado no es solamente un asunto psicológico; es un asunto ofensivo que ha ofendido en primer lugar a Dios. Me llama la atención que en todo este texto, diecinueve versículos, el rey David no está mencionando a Betsabé, no está mencionando al hijo que tuvo con Betsabé, no está mencionando al profeta, no está mencionando al pueblo, no está mencionando al sacerdote, no está mencionando a Urías, a quien él mató. Sino que está diciendo: contra Dios, contra Dios, contra ti, contra ti. Cuando un creyente se arrepiente, él está reconociendo que antes de haber ofendido a cualquier hombre, ha ofendido a Dios.
Y sobre este asunto del pecado, entonces él enumera tres cosas distintas. Primero, que el pecado ha dañado primeramente a Dios. Dice él: «Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos». Es contra él y es delante de los ojos de él. Ay, amigo que estás aquí presente, persona que todavía no se ha arrepentido en su corazón: tú no tienes que reconocer que en primer lugar afectaste a tu familia, que en primer lugar dañaste la empresa, que en primer lugar defraudaste a la sociedad. No. Un creyente arrepentido está reconociendo primero: «Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos».
Repito, hermano: cuando pecamos dañamos primeramente a Dios, aunque no hayamos dañado a nadie más. Y aquí está el dilema del pecador que dice: «Mi pecado es aceptable porque con mi pecado yo no le hago daño a nadie». Estás dañando a Dios. No es que «mira, cuando yo practico ese pecado es un asunto tan discreto que yo no daño a nadie, no daño a mi familia, no daño a la sociedad; eso solamente está en mi corazón». Si está en tu corazón, está delante de los ojos de Dios, y muy limpio de ojos es él para ver el mal. Los ojos del Señor recorren la tierra, y cada vez que un hombre participa en rebelión, participa en maldad, participa en pecado, en despropósito, ese hombre está pecando contra el Dios que reina sobre el cielo y sobre la tierra.
Lo segundo sobre el pecado: en los versículos cuatro y cinco él manifiesta un contraste, y es que el pecado había evidenciado una diferencia muy grande. Hermano, nosotros vemos a Dios tan grande porque conocemos lo que hay en nosotros. Cuando uno llega a entender la perfección de Dios, la santidad de Dios, la grandeza de Dios, lo único que a uno le queda es adorar. La adoración, hermanos, es una manifestación de la distancia que hay entre nosotros y él. Si el pecado sirve para algo —y no estoy diciendo que sirva, pero si sirviera para algo—, para lo que sirve el pecado es para aumentar el contraste entre la santidad de Dios y la imperfección de la criatura.
¿Para qué sirvió el pecado de David? Él está diciendo: «Para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio». ¿Para qué sirve el pecado? Para evidenciar la santidad de Dios y la imperfección de nosotros. «Ah, bueno, si sirve para eso, entonces vamos a practicarlo». No, hermano. Ese era el argumento de Romanos: cuando abundó el pecado sobreabundó la gracia, para manifestar la multiforme gracia del Señor. No significa esto que tengamos que ir tras el pecado; no hay que ir detrás de él, porque ya está en nosotros. No hay que añadir más mal.
Usted observa su corazón, y cuando observa su corazón, Dios se va a ver más grande. Usted observa su propia justicia, y cuando ve su propia justicia, usted se dará cuenta de lo alta que es la justicia de Dios. Usted ve su día y lo evalúa, y usted dice: «Guau, y mi Señor Jesucristo vivió todos estos años sobre esta tierra y no conoció pecado, y hoy por mí se hizo pecado». Lo que hace nuestro pecado es maximizar la manifestación de la gloria de Dios. Él se ve más grande porque nosotros sabemos que somos pequeños. Que en nosotros haya maldad y que podamos reconocerla nos coloca en la posición de podernos sobrecoger ante la perfección de Dios: que nosotros no lo logramos y que él sí lo logró.
Somos distintos, él y nosotros. Somos distintos no solo en cuanto a nuestros actos, sino también en cuanto a nuestra naturaleza. En cuanto a los actos, él es reconocido justo, él es tenido por puro; ¿y yo qué soy? Soy injusto y soy impuro. Y en cuanto a la naturaleza, si esa es la perfección de Dios, ¿cuál es la de nosotros? Dice él acerca de su naturaleza: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre». Está diciendo: la naturaleza mía, la matriz que hay en mí, no es buena.
Y en esto no se está disculpando, porque un hombre pecador se podría disculpar con su naturaleza y decir: «Bueno, ya que yo soy inclinado a la maldad, ya que soy inclinado al pecado, entonces está bien que yo peque». No. Lo que él está diciendo es: yo no solamente pequé, sino que en mí todavía hay unos cuantos tiros en la recámara; en mí todavía hay potencialidad para la maldad. Y por eso Dios se vuelve más grande todavía. Cuando tú reconoces que el problema que hay en nosotros no es solamente un problema de conducta, sino que es un problema de naturaleza, tú tendrás que terminar refugiándote en Dios y pidiendo un nuevo corazón, como lo pide él.
El pecado es un problema de diseño
Para pedir un nuevo corazón, tú tienes que haber reconocido que en maldad has sido formado y que en pecado te concibió tu madre; que la maldad en ti es un asunto de diseño. Esta semana explotó la noticia de que los mayores fabricantes de microprocesadores para computadoras —lo que está en su laptop, lo que está en su celular, en su tableta— tienen un problema de diseño. Y ese problema de diseño está en la misma arquitectura de los microprocesadores. Para resolver eso, hermanos, parece que no será tan sencillo. Yo todavía tengo un ojo en la tecnología y he estado buscando noticias, y lo que dicen es que no es algo que pueda ser parcheado tan fácil, porque el problema está en la arquitectura, en el diseño mismo.
Lo que David está diciendo es: el pecado en mí no es un asunto como que se posó encima, como que está fuera de mí. Es como decía la Escritura: en mí no hay sino llaga y podredumbre. Lo que él está diciendo es: la maldad no fue como un errorcito temporal. Él está diciendo: yo estoy viendo que esto está conmigo desde temprano, que se ha manifestado ahora y se manifestó en varios niveles; en mí hay una potencialidad para la maldad tal que yo necesito un nuevo corazón.
Ay, hermano, es un privilegio haber sido sorprendido por el calibre mismo de la maldad que hay en tu corazón; pero aún más, haber sido sorprendido por el calibre que tiene tu corazón para producir maldad. Te ha sorprendido por sus actos, pero también te ha sorprendido por su naturaleza. Él está confesando: yo estoy rodeado, he asesinado, he cometido adulterio, he dañado al país, he dañado la ciudad. Todo este mal soy yo: soy un virus andante, en mí la maldad está a nivel de diseño, está como en mi médula. Eso es lo que está diciendo: «Yo reconozco que en maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre». Yo soy pecador desde chiquito y fui criado en el pecado; es difícil salir de aquí, es imposible. Por eso es que debe terminar rogándole al Señor por una nueva naturaleza.
Hermano, hasta que no reconozcas que lo que hay en ti no es temporal sino permanente, tú no vas a buscar la nueva naturaleza que tiene el Señor. Para tú buscar en el Señor una nueva naturaleza, tú tienes que entender que eso no es una conducta aislada, que eso no es algo que yo practico de vez en cuando y después puedo dejarlo. No: en mí hay podredumbre, en mí hay lepra, me estoy muriendo. El problema de diseño no se resuelve cambiándose la vestidura; el pecado está en la médula misma, está dentro de mi corazón.
Lo tercero es que su pecado había sido conocido por Dios, aun cuando él lo había querido ocultar. Llegó un momento en el pecado de David en que él entendió que había controlado la situación. Urías, por ejemplo, era su soldado, un soldado fiel, el esposo de Betsabé, la mujer que él mandó a buscar y a quien poseyó. Este hombre era uno de sus soldados, y él utilizó a otro soldado para matarlo. En el mundo antiguo, usted lee la historia de cómo vivían esos monarcas orientales y eso no era raro; de hecho, que el rey tomara o mandara a otro a hacerlo era algo que se entendía en la vida de las monarquías antiguas.
Pero David era rey de la monarquía que es del Señor, y él puede adelantar los hombros y utilizar el ejército para cubrir su maldad, pero su pecado está delante de Dios. Por eso el Señor le mandó al profeta Natán. Él había intentado cubrirlo, él había intentado ocultarlo.
Natán confronta al rey
Me di cuenta, hermanos, que si expongo Segunda de Samuel y también el Salmo 51, es tanto el texto que no da el tiempo; pero me veo obligado a leer por lo menos una parte. Vayan conmigo al segundo libro de Samuel, capítulo 12.
David había entendido que él había tomado control de su pecado: «Ya yo lo administré». Cuando uno va leyendo Samuel y llega al capítulo 11, parece que ya el asunto se resolvió. Él dispuso una cosa, dispuso la otra, y ya está el hombre en paz. Lo que era en él parecía un asunto aislado: «Ya yo dominé eso». Quizás había hecho alguna oración delante del Señor y entendía que estaba listo. Guau, cuánto se me parece esta historia a la historia del rey Acab, cuando le quitó la propiedad a Nabot y después el Señor le mandó el profeta. Cuando él entendía que el asunto ya estaba listo, el Señor estaba comenzando.
Cuando David entendía que el problema ya estaba resuelto desde su punto de vista, ante Dios el problema estaba comenzando. Cuando Adán se vistió con ropas naturales, entendió que había cubierto su vergüenza delante del Señor; pero ante el Señor el asunto estaba comenzando. Cuando tú intentes ocultar tu pecado delante de Dios, entiende que tu pecado sigue gritando ante la presencia del Señor: lo que para ti terminó, para Dios está comenzando. A David yo me lo imagino, hermano, un poco satisfecho, diciendo: «Mi estrategia funcionó, soy un mago de la estrategia, puedo hacerlo. De hecho, ahora quedo en mejor posición de repetir un asunto como este». Escuchen lo que el Señor hizo:
Jehová envió a Natán a David; y viniendo a él, le dijo: Había dos hombres en una ciudad, el uno rico, y el otro pobre. El rico tenía numerosas ovejas y vacas; pero el pobre no tenía más que una sola corderita, que él había comprado y criado, y que había crecido con él y con sus hijos juntamente, comiendo de su bocado y bebiendo de su vaso, y durmiendo en su seno; y la tenía como a una hija.
— 2 Samuel 12:1-3
Yo me imagino que David, que era pastor de ovejas, estaba identificado y decía: «Guau, yo he tenido ovejitas así». ¡Guau! Le están hablando a un pastor de ovejas, hermano, acerca de cómo se tiene una oveja.
Y vino uno de camino al hombre rico; y éste no quiso tomar de sus ovejas y de sus vacas, para guisar para el caminante que había venido a él, sino que tomó la oveja de aquel hombre pobre, y la preparó para aquel que había venido a él. Entonces se encendió el furor de David en gran manera contra aquel hombre, y dijo a Natán: Vive Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte.
— 2 Samuel 12:4-5
Cuando el pecado se ve fuera de uno, uno lo ve grotesco; pero desde la propia perspectiva se ve como un asunto menor. No evalúes tu pecado desde tu naturaleza ni desde tu experiencia; evalúa tu pecado desde los ojos de Dios, porque desde los ojos de uno siempre se ve más pequeño. Se ve como una práctica privada, se ve como un asunto pequeño. Cuando él lo vio afuera, hermano, él dijo: «El que tal hizo es digno de muerte». Versículo seis: «Y debe pagar la cordera con cuatro tantos, porque hizo tal cosa, y no tuvo misericordia».
Entonces dijo Natán a David. Natán es uno de los hombres más valientes de toda la Escritura, porque decirle esto a un rey, probablemente ante la corte, a un rey guerrero…
Entonces dijo Natán a David: Tú eres aquel hombre. Así ha dicho Jehová, Dios de Israel: Yo te ungí por rey sobre Israel, y te libré de la mano de Saúl, y te di la casa de tu señor, y las mujeres de tu señor en tu seno; además te di la casa de Israel y de Judá; y si esto fuera poco, te habría añadido mucho más. ¿Por qué, pues, tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos?
— 2 Samuel 12:7-9
«A Urías heteo heriste a espada». Guau. Yo creía que ya eso se había quedado en el pasado. Yo creí que controlé el asunto, que había administrado la situación. «A Urías, que yo lo conocí, conozco su nombre; ese que tú estás tratando de tapar el sol con un dedo, yo lo estoy mirando».
A Urías heteo heriste a espada, y tomaste por mujer a su mujer, y a él lo mataste con la espada de los hijos de Amón. Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste, y tomaste la mujer de Urías heteo para que fuese tu mujer. Así ha dicho Jehová: He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vista del sol. Porque tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol.
— 2 Samuel 12:9-12
Hermano, lo que nosotros entendemos que se quedó en secreto y que nadie vio, el Señor lo saca a pleno sol. Entonces dijo David a Natán: «Pequé contra Jehová». Ahí está, hermano, la palabra clave. Ahí cayó.
A veces, hermano, yo tengo que entender a Dios por revelación, porque emocionalmente yo no entiendo a mi Dios. Dependiendo del tipo de pecado, cuando estamos hablando de una persona que se emborrachó, o de una persona que sustrajo algo… Estamos hablando aquí de un asesino, que no solamente asesina, sino que le toma la mujer al que mató. Estamos hablando de un hombre que está trayendo una destrucción tremenda, y ese es el rey de Israel, el pueblo del Señor, un líder espiritual como David. Y cuando alguien dice «pequé»…
Entonces dijo David a Natán: Pequé contra Jehová. Y Natán dijo a David: También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás.
— 2 Samuel 12:13
¿Y eso tan rápido? Oye, hermano, el brazo del Señor para salvar va rápido. Es un asunto que tiene velocidad. La misericordia del Señor no dice «vamos a darle tres vueltas al parque, vamos a darte un tiempo, vamos a ver». «Pequé contra Jehová». «Jehová ha remitido tu pecado». ¡Guau! Ese es el Dios que tú y yo estamos sirviendo: es el Dios ante quien uno viene avergonzado a su presencia y dice «pequé», y él dice «ya yo ofrecí por ti». A mí me sobrecoge la velocidad de la gracia del Señor. Inmediatamente: «Pequé contra Jehová». «Jehová ha perdonado tu pecado, no morirás».
Lo que quiero transmitirle en este momento, hermano, es que nuestro pecado no podemos ocultarlo, que nuestras rebeliones no pasan desapercibidas. Me recuerda al Señor cuando llamó a Caín: «La sangre de tu hermano». Caín entendió que había resuelto el problema, y el Señor le dice: «La sangre de tu hermano». El Salmo 51, hermano, es el testimonio de una persona que ha escuchado eso: «También Jehová ha remitido tu pecado, no morirás».
«He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría». Que el Señor ame la verdad en lo íntimo, hermano, significa que las reglas de los hombres no dan para medir las micras, los pequeños detalles; pero el Señor ama la verdad no solamente pública, no solamente la apariencia de verdad, sino que el Señor ama la verdad en lo íntimo, donde nadie te ve, donde nadie puede acusarte, ahí donde tú entiendes que eso está pasando desapercibido. El Señor lo está mirando, hermano. La pequeña impiedad en tu corazón es detectada, porque tu Dios no solamente ama la verdad pública.
Hay creyentes que han llegado a entender que ser cristiano es tener un testimonio público. De hecho, en determinados momentos de la historia las personas han entendido que con tener un porte cristiano, como una persona que no se ha entregado abiertamente a pecados graves, él puede tener determinados asuntos privados que se disculpan porque son privados. Lo que David está diciendo es que el Señor no solamente ama tu manifestación pública, sino que él ama los pequeños detalles que hay en tu corazón. El Señor ama la verdad tanto en lo público como en lo íntimo.
Ay, hermanos, que tu Dios te conozca tan profundamente debería producir en ti un profundo ardor por la santidad. El saber que tu Dios no se conforma con el bien hacer, con el buen nombre, con una persona que no es díscola; el Señor está mirando y está atento a los pequeños detalles de nuestro podrido corazón. Dice él: «He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo». No es que la verdad yo la aplico en lo privado; no, el Señor ama la verdad donde nadie te está mirando, en la profundidad de tu ser. En lo más profundo el Señor te ve, «y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría».
Purifícame con hisopo
El pecado había dañado primeramente a Dios; el pecado había evidenciado el contraste entre David y su Dios; y el pecado había sido conocido por Dios, aun cuando David lo había querido ocultar. Ahora David comienza a solicitar, y él le está diciendo: «Purifícame con hisopo».
No intenten entender esa purificación con los hisopos contemporáneos, que son bastoncitos para limpiar. Usted no está en una obra de nivel de pecador diciendo «purifícame con hisopo» como quien quita pequeñas partículas de polvo, como limpiando el lente de una cámara fotográfica. No, hermano. El hisopo era una planta con la cual se rociaba cuando los sacerdotes querían declarar limpia una casa o limpia una persona: tomaban la sangre, y el hisopo, que era un tipo de planta flecosa, lo sumergían en ella y lo rociaban. Lo que está diciendo es un asunto ceremonial.
La purificación, hermano, no es «Señor, quítame esto»; es «Señor, purifícame como el sacerdote purifica al pueblo. Rocíame de la sangre». Él está hablando de la limpieza. Un creyente debe anhelar ser purificado por su Señor, que la sangre de Cristo sea rociada frecuentemente sobre nosotros, que nos limpie de toda maldad. Esa limpieza que está ahí no es la limpieza práctica ni la limpieza física; él está hablando de una limpieza ceremonial. Él se siente sucio, y él sabe que cuando alguien se siente sucio, lo que resuelve la suciedad es ese rociado. «Señor, rocíame con hisopo, declárame limpio». Eso es lo que él está diciendo.
Después dice el versículo 8: «Hazme oír gozo y alegría». ¿Y saben cuándo es que uno oye gozo y alegría? Cuando le dicen: «Tu pecado ha sido perdonado». Eso produce un gozo, una alegría, como que tú dices: «Guau, esa voz». Declarado justo por la fe, hermano. «Hazme oír gozo y alegría»: la noticia de que estaba limpio. Él quiere escuchar: «Señor, yo quiero oír que tú me limpiaste». Y después habla de la justificación misma: «Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades».
Hermano, qué gozo saber que nosotros podemos clamar igual que clamó David por limpieza delante del Señor, por purificación, y ser aceptos a su presencia porque la sangre de Cristo ha sido rociada sobre nosotros. Qué gozo, hermano, escuchar «declarado justo por la fe», «tu pecado ha sido perdonado, no morirás». Es por eso que el evangelio es buena noticia: tu pecado, tu rebelión ha sido quitada, no morirás. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. Borrón y cuenta nueva: «Borra todas mis maldades», versículo 9.
Tercero: con profunda dependencia de él
¿Qué es el verdadero arrepentimiento, hermano? Primero, el reconocimiento de nuestra falta. Después, el reconocimiento de nuestra falta contra Dios —recuérdese, contra Dios, no necesariamente una maldad aislada en nuestro corazón, un asunto conductual. Y lo tercero, con profunda dependencia.
Me propongo ahora mostrarle, hermano, que esto no se queda solamente en que tu falta puntual se ha borrado. ¿Recuerdan el corito que yo les enseñé hace mucho tiempo, el del borrachito? Recuerden que había un borrachito, un hombre entregado a la bebida. Y se convirtió, pero él sentía la inclinación, sentía la adicción, sentía la atadura de la bebida. Y él figuradamente hablaba de la bebida como si fuera una telaraña que lo iba presionando, y le decía: «Señor, quítame, quítame, quítame la telaraña». Pero volvía a beber, y otra vez el borrachito regresaba y decía: «Quítame, quítame, quítame la telaraña». Entonces después el borrachito entendió, y decía: «Señor, quítame, quítame, quítame la telaraña; mátame, mátame, mátame también la araña».
Si David se queda solamente en el versículo 8, le han quitado la telaraña; pero David está preocupándose ahora, de aquí en adelante, por la araña. Yo quisiera no solamente ser declarado justo, yo quisiera no solamente ser purificado con hisopo, yo no quisiera solamente que mis rebeliones fueran quitadas, sino tener una nueva naturaleza en el Señor. Que usted pueda sentir que ya no se está produciendo nueva telaraña sobre su corazón. Y para que no se produzca nueva telaraña en su corazón, hacen falta los versículos que van del diez en adelante.
Dice así el diez: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio». Cuando la Escritura habla del corazón está hablando del centro mismo de nuestras emociones, de lo más profundo en el ser de un hombre. Es lo que está diciendo: Señor, la matriz de mi corazón, lo más profundo, el génesis en mí, créalo de nuevo. Ese término, «crea», es de los términos más impresionantes del Antiguo Testamento. En el original es bará, y es un término que solamente se utiliza cuando uno se va a referir a Dios. Es un asunto técnico: en latín le llaman una creación ex nihilo, crear algo de la nada. El único que puede hacer algo de la nada es Dios; nosotros hacemos cosas con trozos, de remiendo, de otros pedazos. Ese bará es como cuando el Señor dijo en Génesis: «Sea la luz», y fue la luz. ¿Y de dónde la sacó? De ninguna parte. Dios crea, la saca con el poder de su palabra.
Cuando está diciendo aquí «crea en mí, oh Dios», está diciendo: bará en mí, oh Dios. O sea, Señor, decláralo, que se haga por el poder de tu palabra. Él no está hablando aquí de un asunto progresivo, de un remiendo, de un «vamos a ver si te reparamos». Es decir: yo no quiero un corazón reparado, yo quiero un nuevo corazón. Ay, hermano, dice la canción: «Dame un nuevo corazón, oh Dios, un corazón para servirte». Lo que él está diciendo aquí es: crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; o sea, lo que yo tengo no sirve. Señor, yo no te estoy pidiendo que me lo repare. «Esto está averiado, ¿se lo vamos a reparar?». No, yo no quiero reparar, yo quiero un equipo nuevo, que no se me vuelva a dañar; yo no quiero que tenga soldadura. Es lo que está diciendo: Señor, en mi corazón hay algo tan malo que tendrás que crear un nuevo corazón.
Y de hecho, hermano, ese es el nuevo nacimiento en el Señor. Cuando tú naces de nuevo no es una reparación de lo anterior, no es un consejo, no es un palito que te ponen atrás para que no te caigas. Es un nuevo corazón. El Señor te ha dado nueva naturaleza. Lo que David está pidiendo en este momento es: Señor, yo quiero que en lo profundo de mi ser haya una nueva naturaleza; yo rechazo lo que hay, y quiero que tú crees, que tú bará en mí, del mismo modo que creaste la luz, del mismo modo que creaste los peces, del mismo modo que hiciste al hombre con el poder de tu palabra. Así mismo yo quiero ser hecho. Bará en mí, oh Dios.
Ese bará, hermano, solamente se utiliza en la Escritura en el contexto de Dios, porque Dios es el único que puede hacer las cosas desde cero con el poder de su palabra. Los hombres combinan, los hombres remiendan; pero Dios crea desde cero. Por eso un creyente es un hombre nuevo. Un creyente no es una persona que solamente ha sido aconsejada, que solamente ha sido remendada, que solamente ha sido controlada o medicada. Es una persona a quien le han dado una nueva naturaleza, un nuevo hombre. He aquí que las cosas viejas pasaron; he aquí que todas son hechas nuevas. Esa es la nueva naturaleza que está pidiendo, que con el poder de la palabra el Señor cree en él.
Después dice que eso lo que va a producir es una renovación en su espíritu: «Y renueva un espíritu recto dentro de mí». Para un espíritu recto hace falta un nuevo corazón. Primero pide una nueva naturaleza, un corazón limpio, y después la renovación de un espíritu recto.
Dice el once. Está clamando ahora por la presencia de Dios: «No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu». Hermano, lo que nos permite a nosotros que ese bará que ha sido creado en nosotros desde cero se mantenga en santidad delante del Señor, es que vamos frecuentemente a la presencia del Señor. Y cuando vamos a la presencia del Señor mirándole a él, nosotros frecuentemente estamos siendo sustentados, estamos siendo purificados todos los días. Está diciendo: yo quisiera un corazón nuevo, yo quisiera una naturaleza nueva, y al mismo tiempo yo quisiera una llenura fresca de la presencia del Señor.
Lo que hace que se rompa la telaraña y que se mate también la araña es que tú tengas un nuevo corazón y que tú estés constantemente en la presencia de tu Dios. Esa expresión, «tu santo Espíritu», es de las primeras veces que aparece en ese orden en el Antiguo Testamento. Ese Espíritu, hermano, es la tercera persona de la Trinidad, y aquí se manifiesta que el Espíritu de Dios está dentro de nosotros vivificándonos desde adentro. Escuchen el conocimiento de Dios que llegó a tener David antes de que el Nuevo Testamento se nos mostrara a nosotros, que teníamos que anhelar que viniera el Espíritu, que iba a venir el Espíritu. Ya David estaba pidiendo que el Espíritu de Dios viniera sobre él.
La diferencia entre los hombres antiguos y nosotros, que estamos del lado del nuevo pacto, es que en el Antiguo Testamento el Espíritu de Dios venía y se posaba sobre las personas durante un tiempo; pero el creyente tiene permanentemente la presencia de Dios en él. Y esa es la razón por la cual el estándar a nosotros nos ha sido puesto todavía más alto. Las personas de la antigüedad, Dios las había tolerado; a nosotros, hermano, esas cosas no nos disculpan, porque nosotros tenemos libre acceso a la presencia del Señor y una presencia constante de su Espíritu. El Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu de que somos suyos; el Espíritu de Dios preserva nuestro corazón; el Espíritu de Dios nos lleva a la verdad; el Espíritu Santo nos identifica, nos regenera, nos consagra para el Señor. David está pidiendo en este momento un nuevo corazón, y al mismo tiempo él quiere estar constantemente en la presencia del Señor, lleno del Espíritu de Dios. Así es, hermano, como uno se consagra a él.
Si el Señor perdonó tu pecado puntualmente, avanza un poco más y entiende que el Señor puede crear en ti un nuevo corazón, y que el Señor puede hacer de tu corazón el habitáculo de su presencia; que nuestra vida sea una casa donde permanentemente esté la presencia del Señor.
Ese versículo once, hermanos: «No me eches de delante de ti». Eso es la muerte. Cuando alguien ha sido echado de la presencia de Dios, no hay nada que buscar. La presencia del Señor es lo que consagra, la presencia es lo que rectifica, la presencia del Señor es lo que santifica, la presencia es lo que preserva. Cuando alguien ha sido echado de la presencia del Señor, hermano, viene a ser irremediable. Recuerden a Caín, que fue echado de la presencia del Señor. Ser echado de la presencia del Señor es perder el mayor privilegio que se puede tener en la vida; el mayor privilegio que se puede tener en la vida es tener comunión con Dios. El mayor anhelo que debe haber en la vida de uno es tener comunión con Dios, y eso es lo que hace Cristo: nos permite tener comunión con el Padre. Esa relación que había sido interrumpida, la vuelve a conectar. «No me eches de tu presencia, Señor, no me sueltes irremediablemente».
En el doce dice: «Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente». Hermano, el gozo de un creyente es algo que ayuda a que la naturaleza del creyente se mantenga pura, se mantenga consagrada, se mantenga preservada en la presencia del Señor. El gozo de la salvación es algo que pastorea a uno en la vida diaria. ¿Por qué no nos entregamos al pecado? Porque hay un gozo en nuestro corazón. El gozo de la salvación nos preserva. Yo he estado por lo menos tres veces en el año pasado hablando de la importancia de tener gozo, porque un creyente que está gozoso es un creyente que se santifica, es un creyente que busca la presencia del Señor, es un creyente que se preserva en el Señor. Tres cosas, hermano, que lo preservan: un nuevo corazón, la presencia del Señor y el gozo de nuestra salvación. Eso no solamente quita la telaraña, sino que también mata la araña.
¿Qué es el verdadero arrepentimiento? Es el reconocimiento de una falta que ha sido contra Dios, en profunda dependencia de él; porque solamente él da un nuevo corazón, solamente él nos llena profundamente de su santo Espíritu, solamente él da el gozo de la salvación.
Cuarto: todo esto es para su gloria
Termino diciendo que todas estas cosas son para la gloria suya. ¿Por qué el Señor perdona? ¿Por qué lo hace tan rápido? «Ay, Señor, pero dale un chancecito a David, para que por lo menos el pueblo pueda notar…». La gente no entendió eso, hermano. Cuando el Señor castigó a David, se vieron las dos cosas juntas: el castigo del Señor y el perdón de sus pecados vinieron juntos. El Señor castigó y el Señor perdonó. Dice que David se levantó, y los sirvientes vieron como una contradicción. Ellos decían: «¿Cómo el rey se levanta tan rápido? Tú que estabas llorando ahora mismo». Dice que él se levantó, ungió su cabeza con aceite, se bañó, y fue y adoró.
Y el pueblo se quedó contrariado: «¿Pero cómo es que, si ahora mismo estaba llorando, se levanta?». Hermano, eso es lo que hace una persona cuando entiende que su pecado ha sido quitado, que el Señor no le quitó su presencia. Mire el castigo que el Señor le dio: el hijo que concibió con Betsabé iba a morir; la espada no se iba a apartar de su casa. Eso le dolió a él. Todos los hijos de David murieron a consecuencia de ese pecado puntual; el reino se debilitó, el ejército se dividió, Israel comenzó ese proceso de declive después del pecado de David. Y en todo eso él se levantó, lavó su cabeza, se ungió, fue al templo y adoró. ¿Y saben por qué adoró? Porque el Señor le quitó muchas cosas, pero no le quitó su presencia.
Bueno, si el Señor te quita cualquier cosa y no te ha quitado todavía su presencia, te fue bien. Que no te quiten ni la una ni la otra, hermano; pero si perdiste cualquier cosa y todavía tú estás en los caminos del Señor, aunque sea, gloria sea dada al Señor por su misericordia.
Él también está hablando en los versículos del 13 al 19 de que todas estas cosas ahora son un testimonio de la gloria del Señor. Dice él: entonces, después que sucedió todo esto, después que yo reconocí mi maldad, después que reconocí mi pecado contra Dios, después que el Señor me ha purificado, el Señor me ha libertado, el Señor ha borrado mi transgresión; después que yo le he pedido que haga en mí un corazón nuevo, que me dé su presencia, después de haberle pedido al Señor que no me eche de su presencia, que me mantenga en él, entonces dice: «Enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti».
¿Y saben por qué los pecadores se convertirán a Dios después que él haga eso? Porque si el Señor perdonó a uno como David, yo creo que el Señor te puede perdonar a ti también. Si tú vas a David, ¿tú te has dado cuenta de que el pecado de David fue perdonado? Tú dices: «No, pues yo soy…». Quizá tú eres peor, hermano; pero así es nuestro Dios: misericordioso. Cuando esto sucede, que el Señor ha borrado una transgresión, que el Señor nos ha purificado, que el Señor quitó la vergüenza, que el Señor no nos sacó de su presencia, que no nos borró irremediablemente, entonces con eso nosotros les enseñamos a los transgresores cuál es su camino y los pecadores se convierten a él. Un pecador da testimonio a otro pecador. Esto es, hermano, de transgresor a transgresor: «Querido pecador, yo era como tú». Ese es el testimonio de un creyente: alguien que sabe lo que es eso, y que el Señor aun así extendió su misericordia, y dice que sobre ti también. Si el Señor lo hizo por mí, también lo puede hacer por ti.
Y cómo esto glorifica al Señor. Dicen los versículos 14 y 15, que nos hablan acerca de la alabanza: «Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación; cantará mi lengua tu justicia. Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza». Él está publicando en este salmo la alabanza del Señor. En todo este salmo David es disminuido y Dios es exaltado; en todo este salmo David queda maltrecho y Dios queda magnificado. Esa es, hermano, nuestra realidad: cuando nuestros despropósitos han dañado al Señor, el Señor magnifica su gloria y a nosotros nos disminuye. David se reduce y Dios sube. «Publicará mi boca tu alabanza».
Después dice él, del 16 al 19, cuál es la verdadera ofrenda de un corazón arrepentido:
Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén. Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, el holocausto u ofrenda del todo quemada; entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.
— Salmo 51:16-19
Ese corazón contrito, hermano, literalmente es un corazón aplastado. Es un corazón que entendió la presión del pecado, que entendió y colapsó. Eso es lo que el Señor recibe: un corazón aplastado, cuando te has sentido el peso de tu culpa, el peso de tu falta. «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios».
Y termino con esto, hermano: ¿qué tiene que ver Sion y Jerusalén con el pecado de David? Estamos hablando de tu pecado, estamos hablando de tu maldad, ¿y hay que estar mencionando a Sion, edificar los muros de Jerusalén? Estamos hablando de que tú te estás arrepintiendo. Hermano, el que se está arrepintiendo es el rey de Israel, y a Israel no le iba a ir bien con un rey pecador. «Edifica los muros de Jerusalén»: es que el arrepentimiento del rey bendice al pueblo, edifica. Así mismo, el arrepentimiento de los líderes bendice a la iglesia; y así mismo el arrepentimiento de un esposo bendice el matrimonio, y el arrepentimiento de los padres bendice la familia. Cuando David se arrepiente, hermano, no está siendo bendecido solamente él, sino que esto tiene un efecto multiplicador hasta sobre los muros de la ciudad.
Un rey perverso no edifica la ciudad. Un rey perdonado, un rey restituido, un rey con el gozo de la salvación, puede edificar perfectamente. Cuando Dios edifica a David, Dios indirectamente edifica también la santa ciudad. Que el Señor permita que en ti haya arrepentimiento, y que ese arrepentimiento repercuta en bendición para todos los tuyos, para tu iglesia, para la sociedad y para cualquier lugar donde el Señor te haya puesto.
Llamado al arrepentimiento
Cierren sus ojos y oro por todas las personas aquí congregadas. Si aquí hay alguien que ha visto el arrepentimiento de David, y el Señor entusiasmó tu corazón, si el Señor te permitió sentir, si el Señor te vio y te ha tocado: esta historia existe para que otras historias existan. Esta historia fue documentada para que tú puedas conocerla. «Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti». Si aquí hay alguien que ha visto la historia de David y el Señor está convirtiendo su corazón, este es día de arrepentimiento.
Como dijo David cuando Natán lo reprendió: «He pecado contra Dios». Pues dilo ahí, con tus palabras, delante del Señor: «He pecado contra Dios». Si te habías mantenido al margen, si te habías mantenido fuera de su presencia, si su Espíritu no está morando en tu corazón, tú puedes decirle: «He pecado contra Dios». Reconoce hoy tu pecado delante del Señor, para que te responda lo mismo que le respondieron a David: el Señor ha borrado tu pecado, el Señor ha borrado tu rebelión, el Señor ha purificado tu maldad. Es tan rápido como cuando tú lo pronuncias: el Señor responde. Dice la Escritura que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.
Si aquí hay alguien que tiene que reconocer delante del Señor su pecado para recibir misericordia, para alcanzar gracia para el oportuno socorro, este es día de salvación. Dile al Señor con tus palabras: «Señor, perdona mis pecados, reconozco mis rebeliones. Manifiesto que santo solamente tú, que puro solamente tú, que tú eres grande y yo pequeño. Reconozco que en mí hay un problema de diseño, reconozco que la maldad no solamente está desde mi nacimiento, sino que he estado practicando la maldad. Reconozco que solamente con un nuevo corazón podré agradarte, y que solamente con tu Espíritu se podrá vivificar el mío. Reconozco que solamente tu presencia podrá preservarme».
No hay un estándar, no hay una plantilla. Lo que hace falta es un espíritu quebrantado, un corazón contrito y humillado, y eso no es despreciado por Dios. Si hay contrición en ti, es que el Espíritu Santo se está moviendo, porque tu corazón ayer estaba duro. Dile al Señor: «Perdona, Señor, mis pecados. Reconozco tu justicia, reconozco tu santidad, reconozco tu verdad, reconozco, Señor, la santidad de tus propósitos. Acéptame en tu presencia, recíbeme como tu hijo, escribe mi nombre en el libro de la vida». Si confesamos nuestros pecados, el Señor es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si te has arrepentido, bienvenido a la comunidad de hombres que exaltan a su Dios porque sus pecados fueron borrados.
Oro por mi iglesia un momento. Ay, hermanos, si el Señor ha traído a tu memoria un pecado reciente, recuerda que tú tienes más que David: que el Espíritu Santo habita en tu corazón, que lo que él veía como un deseo, en ti hoy es realidad. Que el Espíritu Santo está en nosotros, ha sido derramado abundantemente en nuestros corazones, que ya no tenemos excusa; que el Espíritu Santo está todos los días, cada hora, cada segundo, llevándonos a la verdad, dando testimonio a nuestro corazón de que somos suyos, anhelándonos celosamente. Si el Señor hoy te ha confrontado con un pecado, confiesa tu pecado, hermano; reconoce tu maldad, reconoce tu impureza, y clama que la sangre de Cristo sea nuevamente rociada en tu corazón.
Señor, gracias por este tiempo en tu presencia. Gracias por este tiempo en tu palabra. Señor, bendice a este pueblo aquí congregado con bendición especial. Bendícenos con un 2018 donde la culpa se quede atrás. Permite, Señor, que hoy la culpa sea dejada atrás por medio del arrepentimiento. Desde ahora te pedimos por el próximo domingo: Señor, permite que algo más se quede atrás. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesucristo. Amén.