Invito a los más grandecitos a que vayan buscando sus biblias. Que la abran y que vayamos al Nuevo Testamento. Y dentro del Nuevo Testamento, que nos movamos hacia las epístolas generales. Lleguemos a los escritos del apóstol Pedro y dirijámonos hacia la segunda carta, capítulo 1. Es la segunda de las cartas del apóstol Pedro. Si ya la consiguió, puede poner ahí su marcador. Estaremos hoy considerando la segunda carta del apóstol Pedro en el capítulo 1.
Son quince versículos, desde el versículo 1 y hasta el versículo 15. Pero antes aún de leer la Escritura, permítame ubicarle dónde estamos como iglesia ahora mismo. Nuestro plan de enseñanza regular, hermanos queridos, no es un asunto al azar, no es algo que se deja a la casualidad. Hay prioridades en mi corazón al respecto de por dónde quisiera conducir la congregación en la Palabra del Señor, y cuando llegamos al último domingo de noviembre, yo siento que en cierto sentido ya terminé. Nos quedan por delante unos domingos de diciembre para hablar acerca de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, y el último sermón del año, que será en el culto especial de fin de año.
Pero en cuanto a la enseñanza regular, si quitáramos los sermones de diciembre, donde siempre recordamos la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, ya estamos terminando. Y no encuentro mejor manera de terminar esta parte del plan de enseñanza de nuestra iglesia que mostrarles a ustedes el mapa de lo que Dios hizo y está haciendo por su pueblo, de forma tal que puedan ubicarse en cuanto a cuál es la gran obra del Señor para nuestras vidas, que sepan dónde estamos ahora mismo y que puedan saber hacia dónde el Señor nos está conduciendo. Lo que quiero hacer hoy, hermanos, es darles ubicación, orientación acerca de qué ha hecho el Señor por su pueblo, qué espera que su pueblo haga en consecuencia, cómo su pueblo hace estas cosas y qué hacemos siempre para que el pueblo lo recuerde.
Cuatro cosas acerca del plan general del Señor para nuestras vidas. Es el primer capítulo de la segunda carta de Pedro, desde el versículo 1 y hasta el versículo 15. Leeré completa esta parte de la Escritura y luego entonces estaremos exponiendo las diferentes partes. Como hemos estado haciendo, hermanos, yo leeré un versículo, ustedes leerán el siguiente, y así hasta que lleguemos al versículo 15. Dice la Palabra del Señor:
Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra.
Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.
Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación. También yo procuraré con diligencia que, después de mi partida, vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.
— 2 Pedro 1:1-15
Pueden sentarse, hermanos queridos. Les introduzco diciéndoles que esto que estoy por mostrar es algo maravilloso. Por maravilloso me refiero a algo que no puede dejarnos indiferentes, algo que produce en nosotros cierto asombro. Cuando la Escritura habla de algo que es maravilloso, habla de maravillas, está hablando de un asunto que cuando uno lo ve dice: «Guau, me sobrecoge, no lo sabía». Lo que es maravilloso y he venido hoy a mostrarle a mi iglesia es que, por el poder de Dios, mediante su conocimiento, impulsados por sus promesas, a los que hemos alcanzado la fe se nos ha permitido participar de la naturaleza divina.
¿Escuchan lo que estoy diciendo? Participar de la naturaleza divina. Esto es superior a un cambio de comportamiento y diferente a solamente esperar la glorificación de nuestros cuerpos en la segunda venida de Cristo. Significa que desde ya, en este tiempo, podemos comenzar a experimentar algunos de los atributos de nuestro estado eterno, donde estaremos en incorruptible perfección. Estos atributos extraordinarios que podemos experimentar ahora son presentados por el apóstol Pedro como el fruto del conocimiento del Señor.
Pedro nos muestra en quince versículos cómo los recibimos; en segundo lugar, cómo los experimentamos; en tercer lugar, buenas razones para poner en esto toda nuestra diligencia; y en cuarto lugar, la disposición que él mismo tenía a insistir e insistir en estas cosas, de forma tal que los creyentes no fueran ociosos ni sin frutos. Quiero mostrarles, hermanos, cuál es el mapa general de la vida cristiana y cómo se ve a grandes rasgos.
Estaré mostrando, en primer lugar, cómo recibimos nosotros esta nueva naturaleza. En segundo lugar, quiero mostrar que no basta con recibirla: hay que poderla experimentar, hay que ponerla en práctica, hay que verla manifestarse, expresarse en nosotros. En tercer lugar, las razones que tenemos para desear esta nueva naturaleza, para participar de la naturaleza divina. Y, por último, mostraré la disposición que tenía Pedro al respecto de esto: él decía, yo voy a insistir y voy a insistir.
Esta parte de la Escritura, hermanos, es como si fuera una cascada. Usted tiene que entender la parte previa para entender la parte siguiente. De hecho, del capítulo 1 de Segunda de Pedro frecuentemente se predica solamente la parte central, que son las cosas que Pedro dice: añadid, añadid, añadid. Algunas veces he visto que esto se enseña a la iglesia como si fuera una escalera.
Un texto escrito a la iglesia, no a cualquiera
Es como si el Señor nos diera un checklist de todo lo que deberíamos estar haciendo. Yo quisiera cambiar la perspectiva de mi iglesia al respecto de esta porción de la Escritura. Yo quiero mostrar que, para usted poder entender los versículos que van del 3 al 4, tiene que haber entendido primero del 1 al 2; y para entender del 5 al 7 tiene que entender del 3 al 4. Uno va abriendo el entendimiento para el otro, y el otro para el otro. Quiero comenzar desde abajo e ir edificando en consecuencia.
Comenzaré diciéndole que tenemos que ser muy cuidadosos cuando nos aproximamos a los textos del Nuevo Testamento, porque ningún texto del Nuevo Testamento fue dirigido en primer lugar a incrédulos. Cuando los apóstoles del Señor estaban escribiendo, siendo inspirados por el Espíritu Santo, ellos tenían en mente cuál era su audiencia, y la audiencia que tenían era el pueblo del Señor.
Cuando Pedro saluda en los primeros versículos de su carta, él dice: «Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo». ¿Y a quién le escribe? «A los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra». Pedro no está escribiendo a cualquier interlocutor. Pedro tiene una audiencia específica, y la audiencia específica que él tiene son personas que habían alcanzado una fe igualmente preciosa que la suya. Con esto quiero ir descartando que lo que estoy predicando hoy sea algo que cualquier persona, por sus propios medios, podría entender y vivir.
Pedro no tenía en mente a toda audiencia. Pedro tenía una audiencia muy concreta a la cual él estaba apuntando, y era aquellos que habían alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra. Le digo que es como una cascada, porque si usted no entiende esa parte, después, cuando se nos dice lo que se debería manifestar, usted va a decir: «En mí eso no se manifiesta». Este texto no es para todo el mundo. Si usted tiene en Cristo su confianza, siéntase invitado a practicar y aplicar aquello que hoy yo estaré exponiendo. Pero si usted todavía no tiene una relación con nuestro Señor Jesucristo, asuma solamente una posición de espectador.
Todas las cosas nos han sido dadas
Dice él en el versículo 2: «Gracia y paz os sean multiplicadas en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús». Lo primero que establezco es que Pedro tiene en mente la iglesia. Pedro tiene en mente a creyentes; él está interactuando por medio de su carta con la iglesia del Señor. Y a la iglesia del Señor él le está explicando ahora cómo recibió una nueva naturaleza. Son los versículos 3 y 4, dice así:
Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder.
— 2 Pedro 1:3
¿A quiénes les han sido dadas? A aquellos que han alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra. No es un texto general, es un texto para la iglesia.
Lo primero que Pedro está haciendo es estableciendo la forma en que nosotros hemos recibido del Señor, no solamente un llamado a que tengamos una vida diferente, sino una capacidad para tener una vida diferente. Dice él:
Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas lleguéis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia.
— 2 Pedro 1:3-4
En esta introducción a su ponencia, el apóstol está haciendo algo que es completamente incluyente, para no dejar nada afuera. Él dice «todas las cosas». Lo que él está estableciendo es que todo lo que nosotros necesitamos para vivir la vida cristiana, una vida agradable al Señor, para tener el comportamiento cristiano, para tener la relación con Dios, para tener la comunión con Dios, no son cosas que hemos conseguido por nuestros propios medios. Todas estas cosas nos han sido dadas.
Con esto introduzco también para mi iglesia que él está en este momento invirtiendo el orden que los hombres naturales esperan tener para su aproximación con Dios, que es: yo tengo un buen comportamiento y entonces yo busco a Dios. Él ha dicho: yo te capacité para que tú tengas esta vida, y después te dice lo que Dios está esperando. Reconocer este orden, hermanos, es el primer paso para el crecimiento cristiano.
El orden que le está estableciendo es primero la vida y después la piedad. Si uno lee este texto muy rápido puede perder de vista los detalles, y es que cada palabra aquí tiene significado, cada palabra hace una función dentro del discurso completo. Él no lo está presentando primero la piedad, sino primero la vida. Le dice: «todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad». La piedad es la manifestación externa de lo que ya se ha manifestado en nuestro corazón. La vida es esta vida espiritual extraordinaria y sobrenatural que el Señor ha puesto en todo creyente.
Lo que Pedro está diciendo no es que un creyente tiene una vida piadosa y por eso se manifiesta en él la vida de Dios. Él ha dicho que todas las cosas, tanto la vida como la piedad, nos han sido dadas por el Señor. Yo quisiera comenzar a aplicar esto inmediatamente a mi iglesia, diciéndole que nosotros queremos ser una iglesia no solamente piadosa: nosotros queremos ser una iglesia que tenga vida. Podemos gastar una gran cantidad de energía tratando de producir piedad, pero no se producirá piedad a menos que haya vida. La piedad, el comportamiento piadoso, la manifestación externa de lo que está pasando en nosotros, es la consecuencia natural de que en nosotros hay vida.
Y esa vida, y también esa piedad, son dadas por nuestro Señor Jesucristo. No son cosas que nosotros tenemos o que podemos agenciarnos por nuestros propios medios. Hay tres cosas aquí que se nos mencionan, y las tres tienen su origen en Dios. Primero se nos dice que estas cosas vienen a nosotros por su divino poder: el poder de Dios es la fuente. Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad, todo lo que compone nuestro caminar, todo lo que compone la vida cristiana, nos ha sido dado por su divino poder. Es lo primero: la vida de un creyente, lo que produce la piedad, viene por el poder de Dios que se está manifestando en él.
El conocimiento que transforma
Después del poder de Dios hay otra cosa que depende del Señor, que también nos ha sido dada, y es el conocimiento de Dios. En esto quisiera que mi iglesia madure respecto de los términos. Cuando la Escritura menciona conocimiento, aquí no se está refiriendo solamente a gnosis, no se está refiriendo solamente a un cuerpo de ideas que tú tienes en tu cerebro. De hecho, el término que tiene el original es epignosis: epi, algo que está superior. Epignosis, un conocimiento que no es el conocimiento normal que tienen los hombres. Es un conocimiento que depende de la experiencia, que depende de la vida.
Es una persona que no necesariamente ha estudiado algo, sino que ha vivido en algo, y a causa de haber vivido en ello llega a conocerlo. Esta nueva naturaleza, la expresión de la nueva naturaleza, la vamos a manifestar nosotros por el poder de Dios y mediante el conocimiento; pero no solamente porque usted va a leer un libro y va a llegar a entender la naturaleza divina. Esto significa que usted va a vivir con Dios y, a causa de vivir con él, a causa de relacionarse con él, usted va a llegar a manifestar su naturaleza, porque llega a tener su conocimiento. Es más que un entendimiento intelectual, es una relación íntima con la fuente del conocimiento.
Usted podría hablar de la pesca con un pescador, y él nunca ha leído un manual. Él no conoce, quizá de manera técnica, qué es lo que es la pesca, pero él ha pescado. Él se ha mojado, ha estado en el agua, y este conocimiento práctico que llega a tener permite que él hable horas tendidas acerca del oficio de la pesca. Un creyente que ha conocido a Dios no es aquel que lo ha estudiado de manera profunda a través de libros, a través de conocimientos; es aquel que ha vivido con Dios y a través de la vida con Dios llega a manifestar el conocimiento de Dios, a un punto tal que tú dices: yo conozco a Dios. Pero es más que conocer asuntos académicos sobre Dios: es que tú te has relacionado con él, y en esa relación tú has tenido un conocimiento de primera mano.
El conocimiento de Dios que produce un cambio en la vida de un creyente, que produce que se manifieste en él una nueva naturaleza, que llegue a participar de la naturaleza divina, no es un conocimiento intelectual que se toma en un aula. En esto tenemos que ser cuidadosos, porque en nuestra iglesia frecuentemente tenemos aulas; pero que nuestros hermanos escuchen hablar sobre Dios o que tomen clases sobre Dios no significa que se va a manifestar en ellos una nueva naturaleza. La nueva naturaleza se manifiesta cuando el poder de Dios infunde vida y cuando la persona llega a relacionarse con Dios como se relaciona el pescador con los peces: de una manera práctica, de forma tal que él habla de eso en primera mano. No es que él leyó un manual sobre pesca: él ha pescado, y la pesca le ha transmitido un nuevo cuerpo de conocimientos.
Esa epignosis es conocimiento profundo, es el conocimiento que permite que la vida de la iglesia sea transformada, que la vida de la iglesia se parezca a la vida de Dios. Es diferente a los otros términos que utiliza la Escritura, y yo creo que en esto hay intencionalidad. Se menciona, por ejemplo, en el texto de la Escritura, el término sabiduría; se menciona el término revelación; pero también se menciona este término, que es conocimiento profundo, y cuando se habla de conocimiento profundo se está hablando de una relación con Dios.
Un ejemplo donde esto se ve muy claro es en Efesios capítulo 1, versículo 17, que dice:
Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él.
— Efesios 1:17
Hay sabiduría, que tiene que ver con conocimiento: es sofía, el término en griego. Después dice «y de revelación»; revelar es algo que estaba oculto y que ahora se le quita el manto, ese término es apokalypsis, revelación. Y después dice «en el conocimiento de él», y ahí el conocimiento es el mismo término que utilizó Pedro en el capítulo 1 de su carta: es epignosis. O sea, usted puede tener un conocimiento, usted pudo haber visto algo que ha sido develado, pero todavía esto no es conocer a Dios de cerca, profundamente. El conocimiento te permite el saber, te permite llegar a conocer, pero no te garantiza llegar a manifestar la naturaleza de Dios. El medio que se utiliza es un conocimiento profundo de Dios, para lo cual se requiere haber pasado tiempo en intimidad con Dios. Ese tiempo de cercanía e intimidad es lo que permite que la vida de un creyente sea transformada.
Preciosas y grandísimas promesas
Le dije que tres cosas menciona el apóstol Pedro que vienen directamente de Dios. Primero, el poder de Dios, que infunde en nosotros vida y piedad. Segundo, el conocimiento de Dios, un conocimiento relacional, que por haber estado en su presencia nos transforma: nos parecemos a él, podemos hablar de él con autoridad. Y en esto, hermanos, no nos sorprendamos. Mire, usted puede notar cuando una persona le habla de Dios y esa persona conoce a Dios, y usted puede notar cuando una persona habla de Dios lo que ha oído acerca de él. Hay cierta confianza, hay cierta desnudez al hablar del Señor que se tiene solamente desde este tipo de conocimiento cercano que se obtiene en su presencia. Lo otro que él dice es un estímulo que nos impulsa: son sus promesas.
Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas lleguéis a ser participantes de la naturaleza divina.
— 2 Pedro 1:3-4
Hay tres cosas que dependen del Señor: el poder de Dios, el conocimiento de Dios y también las promesas de Dios. ¿Qué lugar, hermanos, tienen las promesas de Dios en la vida de un creyente? Miren, las promesas son lo que nos permiten caminar, avanzar hacia adelante sin retroceder. Un creyente que no conoce lo que está esperando es un creyente que no se va a mover.
La vida de un creyente depende de este estímulo espiritual. El estímulo espiritual es que tú ves algo que está por delante, que te impulsa a seguir caminando. Me recuerda a mi Señor cuando estaba caminando hacia la cruz: dice que él, poniendo el gozo por delante, caminó hacia la cruz. Un creyente, para poder tener una vida cristiana militante, una vida cristiana que permita la transformación, que permita la participación de la naturaleza divina, tiene que conocer cuáles son las promesas que Dios le ha dado.
Aquí hay dos características de la promesa que tenemos que mencionar. Nos menciona primero que son promesas preciosas, y aquí «preciosas» no es de belleza. Uno ha llegado a considerar el término «precioso» como sinónimo de bello. Sí, también pueden decir ustedes que las promesas del Señor son bellas.
Sí, es un poco poético. Pero lo que Pedro tiene en mente en este momento es el valor de la promesa. Lo que está diciendo es: es una promesa valiosísima, algo que usted no puede comprar por sus propios medios, de extremado valor. Me recuerda la perla de gran precio. Es algo que usted reconoce, no solamente de gran belleza; la perla lo que tiene es de gran precio, es el valor de la perla misma, y la belleza también. Las promesas de un creyente son asuntos valiosísimos que nosotros no pudimos haber adquirido comprando a precio de dinero.
Pero también, aparte de preciosas, también son grandísimas. Y miren qué manera grandilocuente utiliza. A mí me llama la atención cómo los traductores tuvieron que hacerlo, porque hubieran utilizado el término «grande», pero no es «grande»: es que el término original tiene una connotación superlativa, es algo en extremo. Por eso el traductor con corrección lo traduce como promesas que son preciosas y promesas que son grandísimas. O sea, escuchen: primero su extremado valor, y después ese extremado tamaño, esa grandísima dimensión.
Si yo pudiera, hermanos, aplicar eso: ¿cómo es que son grandísimas? Son grandísimas en su capacidad. A mí me emociona, por ejemplo, la promesa de Romanos 6:23. Es grandísima para pagar el pecado. Dice así:
La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.
— Romanos 6:23
Yo no sé cómo, hermanos, pero lo promete y lo hace. No nos da lo que nos correspondía, sino que nos da algo que es grandísimo y valiosísimo.
La promesa del Señor es grande en su alcance. Alcanza a todos los hombres, por eso dice Romanos capítulo 10, versículo 13:
Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.
— Romanos 10:13
Y si yo fuera el mensajero que lo recibió de primera mano, yo diría: «Señor, estás ofreciendo mucho», y yo podría tratar de limitarlo, tratar de restringirlo. Pero la promesa del Señor es grandísima también en su alcance: dice «todo aquel que invocare el nombre del Señor».
La promesa del Señor es grandísima en su deleite para satisfacernos. Yo no sé, hermanos, hasta qué punto uno podría experimentar deleite, porque sucede un asunto con el deleite, y es que las cosas que tú deseas, tú no sabes que las deseas. Está muy raro eso de entender, hermanos.
Un deleite que no sabemos medir
Hay comida que usted no la pide porque no la conoce. De hecho, mientras más usted crece en su paladar, en su gastronomía, mejor usted come. Una persona que no tiene un paladar desarrollado va al mejor restaurante y pide pollo frito. Y podría decirle: «Pero también tenemos aquí este plato», y dice: «Yo no conozco ese plato, yo no quiero arriesgarme, a mí me gusta mucho el pollo frito, el pollo frito es lo mejor que hay». Tú dices que el pollo frito es lo mejor que hay porque lo único que has comido es pollo frito. El nivel de deleite que el ser humano puede experimentar, una de las limitaciones para experimentarlo es que él no lo conoce.
Si hay unos niveles de satisfacción en Dios que yo no he visto, entonces yo no puedo pedirle al Señor ni siquiera en oración esos niveles de satisfacción. Pero las promesas del Señor son grandísimas, hermanos, porque el Señor ha dicho que nos va a dar cosas que nosotros ni siquiera sabemos que necesitamos. Y yo estoy preparado, hermanos, porque en la vida eterna cada vez más yo veo que lo que el Señor ha descrito en el Apocalipsis acerca de ese estado futuro, la vida eterna, son cosas, hermanos, que están descritas con términos que nosotros podamos entender: calles de oro, mar de cristal. No crea que es que literalmente las calles serán de oro, aunque si el Señor quisiera ponerlas de oro las pondrá.
Lo que está diciendo es que las calles son calles tan hermosas que parecen de oro, y que el mar es un asunto tan extremadamente valioso, bello, satisfactorio, que parece que fuera de cristal. El Señor no se dedicó a decirnos de manera puntual cómo es que vamos a ser satisfechos. ¿Por qué, hermanos? Porque nosotros no podemos verlo. Es como que le explicaras al ciego los colores. Lo que él ha dicho en Primera de Corintios capítulo 2, versículo 9:
Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.
— 1 Corintios 2:9
O sea que el Señor está prometiendo algo, hermanos, que tiene un nivel de deleite, un nivel de satisfacción, un nivel de gratificación en nosotros que no hay palabras ni siquiera para describirlo. Las promesas del Señor son valiosísimas porque nosotros no pudimos comprarlas, pero también son grandísimas.
Son tan grandes, hermanos, que no podemos ver la dimensión. Yo estuve caminando en Luisiana la propiedad de alguien que no se le veía dónde terminaba. Y yo le pregunté a una persona: «¿Cuánto mide esto?». «Son tantos acres y medio». «¿Pero más o menos por dónde termina?». «No sé». Es que tú no puedes dimensionar el nivel de gozo que el Señor nos ha prometido, como tú no podías dimensionar ese terreno, en el cual ya los ojos no te permiten ver dónde termina. El nivel de satisfacción, el nivel de deleite dispuesto para nosotros, hermanos, es algo grandísimo, y nosotros no sabemos dónde comienza y tampoco sabemos dónde termina.
¿Para qué son todas estas cosas? ¿Para qué son estas promesas? Lo que dice aquí es que por medio de ellas «lleguéis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia». Un creyente que no conoce las promesas del Señor, un creyente que no está acariciando las promesas del Señor, es un creyente que está acariciando lo que el mundo ofrece y lo que el mundo da. Usted tiene a la mano izquierda la concupiscencia, los deleites del mundo, y en la mano derecha tiene las promesas del Señor. Un creyente que se deleita en las promesas del Señor, sabiendo que el Señor ha guardado algo para él en sobremanera grande, es un creyente que puede huir de la corrupción del mundo.
Yo me pregunto: ¿por qué la iglesia no se santifica más? Porque la iglesia no busca más estas cosas, porque la iglesia no las desea. Mientras más usted considera las promesas del Señor, en mayor capacidad estará para llegar a tener su deleite en el Señor y poder huir del mundo, como dice aquí la Escritura. Algunos no experimentan la vida del Señor porque no desean la vida del Señor; pero mientras más usted mira la promesa, más usted la desea, usted dice: «Yo quiero de eso». Y de hecho hay promesas del Señor, hermanos, que uno no las ve como que sean eficientes a la vida de uno, pero cuando usted las enuncia, entonces usted llega a desearlas. Mientras más usted enuncia las promesas del Señor, más deseo tendrá por ellas, y más usted se alejará de aquello que no satisface verdaderamente el alma de los hombres.
Huir del mundo, no solo apartarse
Me impresiona aquí el término con que se expresa lo que nosotros tenemos que hacer con el mundo. Lo que nos dice es que tenemos que huir del mundo: «habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia». Hermanos, la aproximación que el creyente tiene al mundo no es solamente apartarse: es correr. A lo que nos está llamando no es a un distanciamiento del mundo, es a un escape. Ese huir es como de una ciudad que está siendo corrompida, donde hay un gran incendio y usted tiene que elegir entre quedarse con sus pertenencias o huir por su vida dejando atrás las pertenencias.
Lo que el creyente ha hecho con relación al mundo es que ha huido del mundo; él no tiene el deseo de rescatar nada de lo que hay en el mundo. Me recuerda a Lot saliendo de Sodoma. Es rápido, es un asunto acelerado. La huida del creyente del mundo, hermanos, es un asunto imprevisto. Cuando usted ve la luz, usted huye hacia la luz. Usted huye del mundo y corre hacia la luz. Es huir por tu vida lo que nos están llamando a hacer del mundo, no solamente un distanciamiento. Más que una separación, es una actitud de rechazo por su corrupción.
Puedo ilustrar esto: que usted tenga un lugar donde usted sabe que hay una bacteria, que hay una enfermedad contagiosa. Usted no solamente quisiera correr, usted quisiera huir de ese lugar a causa de la corrupción, porque eso te está alcanzando, es algo con lo cual tú no quieres que te alcance. Y nos menciona aquí también qué es lo que produce tal nivel de corrupción en el mundo, y lo que produce esto es la concupiscencia.
El término concupiscencia significa deseos incorrectos de nuestra alma. Técnicamente la concupiscencia comienza con algo bueno, que son los instintos que el Señor puso en nosotros; pero a consecuencia del pecado, nuestros instintos han sido retorcidos. Todo instinto es un deseo natural que hay en el corazón del hombre, el cual no hay que animarlo, sino que eso está ahí. Usted tiene instinto de alimentación, tiene instinto de adquisición, tiene instinto de reproducción, tiene el instinto de dominio. Todas estas cosas están en el corazón del hombre, pero a consecuencia del pecado todo eso es trastornado, todo eso es doblado. De ahí, por el instinto de dominio, de mayordomía, viene la corrupción del poder; por el instinto de adquisición viene el robo; por el instinto de reproducción viene la lujuria, viene la fornicación.
El instinto es algo bueno que hay en el hombre, y el pecado lo dobla. Lo que ha pasado al mundo, hermanos, es que el mundo está siendo presa de sus deseos incorrectos, y eso produce una gran cantidad de mal. De eso los creyentes hemos huido.
No una escalera, sino la expresión de lo que ya tienes
Puede que la naturaleza divina ya está en nosotros, ese es el punto que se establece. Si usted es del Señor, usted está participando de una nueva naturaleza y ha huido. Sin embargo, lo que uno puede decir con sinceridad es: yo entiendo que respondo a lo que dice el versículo 1, que por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo yo tengo una fe igual que la de Pedro; yo puedo decir que respondo por fe a lo que dice el versículo 3 y 4, que yo he sido hecho participante de una nueva naturaleza; pero yo siento que esa naturaleza no se está manifestando en mí. Entonces aquí es que llegamos a la parte central del texto, que es lo que casi siempre se predica, que son los versículos 5 al 7. Un creyente no solamente tiene una capacidad, no solamente tiene una naturaleza: tiene que practicar esa naturaleza y expresar esa capacidad.
Una cosa es recibir el poder del Espíritu Santo, una cosa es recibir las promesas del Señor, una cosa es recibir el conocimiento del Señor, y otra cosa es parecernos a él. Y a parecernos a él es a lo que le estoy llamando —para diferenciarlo— experimentar esta nueva naturaleza; y dado que tenemos la capacidad, entonces podemos hacerlo. Quiero desalentar a mi iglesia respecto de ver los versículos 5 al 7 como si fuera esto un listado de cosas por hacer. Una hermana puede decir: «Bueno, ya tengo fe, entonces tengo que añadir a mi fe virtud. Check, tengo la virtud. Voy por el conocimiento ahora. Check, conocimiento, tengo conocimiento». No es eso, hermanos. Lo que Pedro está haciendo aquí en su ejercicio es decirte: dada toda esta naturaleza, esto así se ve.
No es que en este momento no tienes dominio propio, o que en este momento tú no tienes conocimiento del Señor, o que en este momento tú no tienes tanta virtud. Él te está haciendo un ejemplo para mostrarte: mira, así se ve una vida cristiana bien vivida a la luz de la nueva naturaleza que tú has recibido. No lo estés tomando como un orden, tampoco como una escalera. De hecho, hay atributos de esos que se solapan: por ejemplo, se menciona el amor fraternal y al final se menciona el amor de nuevo. Parece como que está repetido, pero es que la intención de Pedro no es ser exhaustivo. Él está ejemplificando que la vida de un creyente no se puede quedar solamente en anunciar que tenemos por fe una relación con el Padre a través de Cristo. No: dada la naturaleza que un creyente tiene, tiene que parecer creyente.
El perro ladra. ¿Entienden esto? Es decir, dada tu naturaleza, eso se debería manifestar. Lo que Pedro está por decir depende de lo anterior. La traducción de la Reina Valera dice, versículo 5: «vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo». Y yo siento que esa traducción no le da tanta claridad al texto original como debería tener, porque pone «por esto mismo» después de «toda diligencia». Entonces mis hermanos leen «toda diligencia» y lo que entienden es: esfuérzate diligentemente por ser un creyente virtuoso, esfuérzate diligentemente por ser un creyente que tenga amor fraternal, esfuérzate diligentemente. No es eso lo que está diciendo. Lo que está diciendo es: dado lo anterior.
Por eso me parece más correcto como lo traduce la Biblia de las Américas, o como lo traduce la Nueva Traducción Viviente también. La Biblia de las Américas comienza diciendo «por esta razón también»; o sea, dado lo que les acabo de decir, que ustedes tienen una nueva naturaleza, que tienen el poder de Dios, que tienen las promesas de Dios y que tienen un conocimiento que parte de una relación con Dios, por tanto, que su fe no se quede en fe, sino que sea una fe que tenga también virtud.
Esta es la clave, hermanos, para entender todo el capítulo. Fallar en la interpretación de esto nos conduce a un esfuerzo humano. Y de hecho yo voy a ver a mis hermanos aquí diciendo: «Guau, yo debo tener dominio propio, pero como que no me sale». Hermanos, es que el dominio propio no depende de ti: el dominio propio depende de la naturaleza de Dios que está en ti. Tú quizás no tienes dominio propio, pero tú miras a Cristo, tú entiendes que en Cristo hay dominio propio. Tú quizás no tienes paciencia, pero tú miras a Cristo y te das cuenta de que en Cristo hay una amplia, grandísima provisión de paciencia.
No está diciendo que salgan a buscar el dominio propio como si fuera esto un libro de autoayuda, donde yo te digo: «Yo logré dominio propio y tú también puedes lograrlo». Lo que está haciendo es mostrando a Cristo. Él está diciendo: en Cristo hay una amplia provisión para todos ustedes, y ustedes son participantes de la naturaleza de él; y si Cristo tiene eso, yo también puedo tenerlo. Un creyente, en algún momento de su vida, debe envalentonarse en que mira a Cristo, entiende en su mente y ve que Cristo tiene más cosas de las que él mismo tiene, y dice: «En Cristo hay de eso, en mí hay, porque si alguno está en Cristo… y yo estoy en Cristo». La deducción es lógica, hermanos: si yo estoy en Cristo y Cristo tiene, yo también tengo. Humanamente hablando, yo me pregunto: ¿dónde está mi paciencia? Yo no tengo una paciencia en mí mismo; yo tengo una paciencia que depende de la naturaleza de Cristo que está en mí. Si soy participante de su naturaleza, yo tengo paciencia, aunque humanamente hablando yo dude de mí mismo.
Añadir es traer lo que ya está servido
De hecho, el término «añadir» no es el mejor. Ahora estoy yo, hermanos, que sí me he cuidado de estar predicando siempre «no es este término, sino este otro»; pero la realidad, hermanos, es que el original de la Escritura tiene una hermosura que no se deja ver en ese término. «Añadir», que aparece ahí, no es añadir como un asunto aritmético de suma: dos suma dos, suma dos. Sino de una persona que ve —imagínese usted— una amplia provisión que está ahí servida, y usted toma eso y lo pone junto a lo suyo. No te está diciendo: sal a buscar dominio propio por tu propia fuerza. Te está diciendo: aquí hay dominio propio, añádelo al tuyo. Ya el Señor lo sirvió y el Señor lo logró para ti, ya tú tienes su naturaleza; entonces toma el dominio propio.
Ese término «añadir», hermanos, esto es lo que nos diferencia a nosotros de los estoicos. Yo prediqué de los estoicos el domingo pasado. Los estoicos lo que trataban era, con un dominio propio que dependía de ellos, tratar de vivir una vida piadosa. Y los estoicos veían que los demás se entregaban a todos los deleites, y decían: «No, el deleite a mí no me domina, porque yo soy un estoico, yo tengo dominio propio». Un creyente no es un estoico. Lo que el creyente dice es: yo siento que voy a ser tumbado, pero yo miro a Cristo, y en Cristo hay dominio propio; el dominio propio está en Cristo, yo tengo su naturaleza, soy participante de ella, entonces mi dominio propio depende de Cristo. La diferencia entre el estoico y el cristiano es que el cristiano no busca estos atributos en su corazón, en sí mismo, en su propia capacidad; el cristiano depende de Cristo para satisfacer todas estas cosas, su satisfacción está en el Señor.
Ese término «añadir» es epichoregeo, un término que se utilizaba para una persona que en una gran ciudad sustentaba un gran coro. En el mundo antiguo, un coro, una obra dramática griega, llegaba a tener hasta trescientas personas en un solo escenario, y no había quizás los medios para sustentar estas trescientas personas. Lo que aparecía era un mecenas de la ciudad, una persona que quería que la ciudad tuviera esa obra, y traía todo lo que hacía falta. Es que tú dices: «Mira, ya están montando esa obra dramática, pero yo siento que falta un barítono». Añado un barítono; añado aquí esto, añado otro más, añado otro más. Es una persona que tenía la capacidad para añadir porque podía sustentarlos.
El bolero de Ravel: todos los instrumentos están presentes
No se trata de una lista, hermanos, es una carta de ruta. Quizás así se parece mejor de entender. Imagínense a Nehemías cuando salió de camino a reconstruir la ciudad: a él le dieron una carta, y esa carta era una carta de ruta. Camino abierto, camino abierto, para que vayas aquí, vayas allá, nada podrá detenerte, tienes una carta de ruta. Lo que el Señor te está mostrando es un mapa. «Añadid a vuestra fe virtud; a vuestra virtud, conocimiento; a vuestro conocimiento, dominio propio». No es «háganlo por ustedes mismos»: eso ya está disponible, añádelo. Eso está disponible, úsalo. No se trata de un orden de prioridad, sino de siete ejemplos de expresiones de nuestra nueva naturaleza. Es que si la nueva naturaleza está, se ve así.
Y el otro ejemplo, hermanos, quizás apelando a lo mismo que transmite la sentencia original: imagínense un director de orquesta. Yo no tengo mucho conocimiento de esto, hermanos, pero tengo muchos amigos —bueno, quizá tres— que son directores orquestales. Y cuando me reúno con ellos les hago muchas preguntas, porque me interesa. Mi oído no ha sido cultivado para que pueda seguir una pieza muy elaborada. De hecho, cuando todas esas frecuencias están sonando juntas, hermanos, yo no puedo distinguir. Yo puedo entender lo básico; ellos pueden entender más, ellos pueden separar en su mente, ellos pueden escuchar por aquí los metales, escuchar por allá. Eso ellos pueden hacerlo; yo lo escucho y a mí los sonidos como que se me solapan.
Pero yo lo he mencionado antes: yo admiro a Gustavo Dudamel, porque cuando él dirige, hermanos, yo veo la energía que le pone a esa dirección. Él se está viviendo esa pieza. Y la obra que más disfruto cuando Gustavo Dudamel está ejecutando es una obra clásica que se llama el Bolero de Ravel, que para muchas personas es una obra desesperante. Porque te encuentras en escena quizás cien músicos, y cuando la obra comienza —una obra que dura dieciséis minutos— comienza un redoblante: ta ta ta ta, tan tan. Y todos los músicos están ahí. Imagínense, hermanos, una persona que ha dedicado treinta años de su vida a poder ejecutar el arpa.
Y hay un redoblante haciendo ta ta ta ta, tan tan tan tan, y la persona que toca el arpa está ahí esperando, y los violines, hermanos, no se están moviendo. O sea, la obra comenzó, y uno ve al director, qué tal su obra, pero está sonando un redoblante ta ta ta ta, tan tan tan tan. Y eso dura ahí unos cuantos segundos. Después del redoblante entra una flauta: ta ta ta ta, tan. Y el sonido de la flauta, dos frecuencias juntas; y viene otro, y viene otro, y los instrumentos van entrando, repitiendo una misma cadencia, una misma cadencia, una misma cadencia.
Yo lo que hago es que pongo primero el minuto 1 y escucho el redoblante ta ta ta ta, tan tan tan. Después doy un salto —eso uno puede hacerlo en la computadora, en YouTube uno da el salto— hasta el minuto 5, y cuando usted llega al minuto 5 usted dice: «¿Pero estas son las mismas personas?». Usted siente como un ejército en formación, porque ya no es un instrumento, sino que son veinte que entraron. Y si usted salta al minuto 16, usted siente como que viene un ejército que viene triunfando en una batalla, porque ya hay decenas de instrumentos de toda naturaleza que están sonando al unísono, en la misma cadencia. Y al final vienen por ahí instrumentos que ni habían estado al principio, pero ya al final de la obra viene alguien: ¡tan! Y la obra terminó, hermanos, y guau.
Cuando todos los instrumentos están presentes, hermanos, a mí me emociona, aunque el comienzo de la obra es muy precario. Hermanos, en la vida tuya ahora mismo hay dominio propio, hay virtud, aunque solamente tengamos el redoblante. Y tú dices: «Guau». Pero es que hay gente que se han quedado solamente a nivel de fe y uno escucha ahí lo que la obra tiene al comenzar. Al final, hermanos, el redoblante sigue: todo, todo, todo. Y si tú lo ves ahí, el redoblante seguiría durante los dieciséis minutos y medio de la obra, haciendo el tu tu tun tun tun tun; pero en medio, hermanos, mire: viene el redoblante, después viene la flauta, después un clarinete, después viene el fagot, después del fagot viene un clarinete alto, después viene un oboe, después viene una flauta, una trompeta, un saxo tenor, después un saxo soprano, y aquel que les mencioné que entra al final. Y al final de la obra tú dices: «Guau, ¿pero qué?». La obra no es como comienza y como termina. Y tu vida de creyente ahora mismo, que está solamente a nivel de fe, lo que te están diciendo es: oye.
No es que lo que estamos diciendo es que tú toques la flauta. Dudamel no toca la flauta. Lo que él hace cuando está montando la obra es que esos momentos virtuosos ya están dados: usted lo tiene. Imagínese: él está dirigiendo, lo que está haciendo es dirigir. Un Bolívar es un muchacho que desde chiquitico está en ese sistema de la orquesta sinfónica juvenil en Venezuela, y cuando llegan a sus manos ya son virtuosos. Las virtudes son de los músicos, no depende de Dudamel. Lo que Dudamel dice, según la pieza del Bolero de Ravel: ahí entra la flauta, y la flauta entra.
Le estoy diciendo, hermanos, que en la vida cristiana todos los instrumentos entran, aunque al comienzo usted solamente escuche un redoblante. En la vida de muchos de mis hermanos ahora mismo yo veo una práctica de la virtud que yo digo: como que no se eleva mucho. Pero yo veo los músicos que están ahí sentados, hermanos, y yo veo los músicos que están sentados, porque si es de Cristo, en Cristo él tiene de eso. Me llama la atención, hermanos, que todos los instrumentos están presentes, aunque no estén siendo ejecutados al momento. Las entradas son sutiles, hermanos, son casi imperceptibles, pero mueven la obra. Y el asunto de la ejecución: uno no siente cuando todos los instrumentos van entrando, pero cuando usted llega al minuto 17, esto no suena como sonaba en el minuto 1. Lo que Dudamel añade, hermanos, no fue producido ni sustentado por él: la orquesta tenía esa capacidad.
Los instrumentos de una vida cristiana bien vivida
Entonces ahora me permito leerles, hermanos, cuáles son los instrumentos que suenan en la orquesta de una vida cristiana bien vivida y sustentada por el Señor. Los instrumentos que suenan son los siguientes: «poniendo toda diligencia por esto mismo» —¿y qué es «esto mismo»? Lo que le he dicho anteriormente. Esfuérzate, porque tienes la capacidad de hacerlo. Lo que le está diciendo no es que ustedes son creyentes que no tienen eso: ustedes lo tienen, si son de Cristo.
Añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad.
— 2 Pedro 1:5-6
Imagínense que lo que están diciendo es: hay trompeta, flauta, fagot, percusión; que entre todo, que toda la frecuencia esté sonando, que todos los instrumentos estén sonando para el Señor. Nada de eso viene por nuestra propia fuerza, hermanos: nosotros lo incluimos por fe. Luchamos a veces para conseguirlo, hermanos, pero sabemos que lo tenemos.
Yo testifico, hermanos: miren mi vida cristiana. A veces yo no he escuchado la flauta, hermanos, pero yo sé que yo tengo contentamiento. Y a veces me vas a ver que como que no parece, pero yo sé, hermanos, que hay contentamiento, porque yo sé que en Cristo hay contentamiento. A veces, hermanos, la tentación es tan fuerte que yo pienso que yo no tengo el dominio propio, y yo veo que eso viene para arriba y digo: «Voy a ser vencido». Pero yo sé, hermanos, yo sé que en mí hay un fagot, y yo no lo he visto, usted no lo ve; es que yo veo a Cristo, hermanos, yo sé que en Cristo hay dominio propio.
Hermanos, yo sé que en Cristo hay gozo. Y a veces en mi corazón yo no puedo verlo, pero es que yo no dependo del gozo que tengo en mi corazón: yo dependo de un gozo que viene desde él. Y me van a decir: «No, ¿y exactamente dónde es que está sonando?», porque tú no sabes tocar. Hermanos, es que no depende de mí, depende del Señor. Yo sé que tengo una paz que sobrepasa todo entendimiento. Todo lo que él ha creído, lo tengo yo por fe, hermanos, porque yo estoy en Cristo. Lo que te están diciendo aquí no es «agénciatelo por tus propios medios», sino: si tú tienes la naturaleza divina, si tú eres partícipe de esto, estas cosas se van a manifestar en ti.
¿Qué lugar ocupa la diligencia?
No quiero, hermanos, dedicarme a cada una de sus expresiones. Solamente quiero mencionar con palabras sencillas qué significa cada una; pero tengo que explicar qué lugar ocupa la diligencia en una vida de completa dependencia. Si el Señor ha hecho en nosotros todas estas cosas, ¿para qué nos pide diligencia? Parece una contradicción. Si tú lo vas a hacer, ¿por qué tengo yo que ser diligente? Dice aquí, hermanos, no solamente «diligencia», sino «toda diligencia». Digo: pero si yo vivo una vida que depende completamente del Señor, yo puedo ponerme en piloto automático y todas esas cosas van a salir.
Hermanos, Dios nos requiere diligencia para honrar su diseño, el diseño de su criatura. Nosotros somos seres racionales, y al mismo tiempo para permitir la adoración. Si fuéramos autómatas, si estas cosas se manifestaran por sí mismas, entonces todo fuera, hermanos, no una ejecución de la Filarmónica de Viena dirigida por Gustavo Dudamel, sino que esto fuera un casete que lo grabaron y lo están reproduciendo. Lo que es maravilloso de la ejecución de una obra como esa es que uno se da cuenta de que estas personas han logrado excelencia a través de ensayo, ensayo, ensayo y ensayo, y eso es lo que la hace sublime y sobrecogedora. La vida de un creyente no es la vida de un autómata, mecánica: es una vida cultivada para la gloria del Señor, y en esto podemos nosotros glorificar al Señor. Para que sea permitida la adoración, es necesario que el Señor pueda demandar la diligencia, porque el Señor se goza en ver que su criatura funciona según su diseño y que nosotros elegimos, en vez de cultivar la carne, cultivar el espíritu.
¿Qué lugar ocupa la diligencia en una vida de dependencia? Dios nos requiere diligencia para que podamos hacer nuestra función de mayordomos. Recuérdense que él a nosotros nos ha mandado a administrar su creación, y a la iglesia no solamente a administrar la creación, sino a administrar su gracia, su multiforme gracia, como la Escritura así mismo lo presenta. Nosotros tenemos que ser buenos mayordomos, buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Como él nos ha mandado administrar su multiforme gracia, él quiere que seamos diligentes haciendo eso.
El Señor nos requiere diligencia para que podamos percibir la realidad de nuestro estado anterior dramáticamente. Hermanos, cuando a ti te dé demasiada lucha hacer la voluntad del Señor, tú tienes que recordar qué lejos he estado yo de Dios. Cuando el pecado genera en ti una atracción tal que tú sientas que tú no puedes sobreponerte a tal pecado, tú deberías recordar la santidad de Dios; y esa lucha, que es una lucha donde el Señor termina triunfando, permite que tú la experimentes para que entiendas lo lejos que tú estabas de Dios, y el abismo de separación que había entre nosotros y él, y la santidad de Dios y nuestra propia precariedad.
Si tú pudieras entrar en esto automáticamente, tú no podrías recordar o percibir lo lejos que tú estabas de Dios. El Señor te lleva hacia allá progresivamente, te va santificando; pero esta lucha, hermanos, te permite experimentar dramáticamente lo que era tu anterior condición. Y mientras más tú miras tu imperfección, más tú te gozas en la perfección que hay en Dios. Mientras más tú miras tu impotencia, tu incapacidad humana, más tú te deleitas en la santidad de Dios, en su provisión y en lo que él ha hecho a favor de nosotros.
Si pudiéramos hacer la vida cristiana, hermanos, la voluntad del Señor, de una manera muy sencilla, nosotros quizás no glorificaríamos al Señor como lo hacemos, porque sabemos el poder que está actuando en nosotros para que podamos hacer su voluntad. Mientras más nosotros luchamos por hacer la voluntad de Dios en algún área de nuestra vida, más entendemos lo lejos que hemos estado de Dios y lo mucho que tuvo él que acercarse para salvarnos. Esto, hermanos, lo que hace es que nos sobrecoja aún más el amor de Dios. Dice Romanos 5:8, y este versículo, hermanos, es de esos versículos que deberíamos tenerlos siempre frescos en la memoria:
Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.
— Romanos 5:8
¿En qué manifestó el Señor su amor para nosotros? En que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Por eso el Señor nos manda a que seamos diligentes en estas cosas: porque esto nos recuerda que nosotros éramos pecadores, que Cristo murió por nosotros, y nos permite experimentar de manera dramática este cambio de vida, este cambio de naturaleza, para que podamos glorificarle.
Los términos, uno por uno
Los términos, hermanos, solamente los voy a mencionar. La fe es lo único que se asume que tenemos como base, y es la base del creyente; y aun la fe es un don de Dios. Dice: «añadan a su fe», o «pongan junto a su fe», la virtud. La virtud es la excelencia en la práctica de la fe, lo que llega a ser anunciado como un reconocimiento; por ejemplo, las virtudes de Cristo, que se anuncian: «que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable».
El conocimiento, como aparece aquí, ya no es la epignosis que se mencionó primero. Este conocimiento tiene que ver con conocer el nombre de Dios, conocer sus atributos, sus grandes obras. Cabe la pregunta: ¿una persona podría tener virtud sin conocimiento? Hasta cierto punto. Usted puede haber conocido un área del carácter de Dios y haberle glorificado con mucha virtud en esa; después conoce algo más y sigue creciendo.
Dominio propio: ¿qué es esto? Me gusta como el latín introducía eso, antes le ponían «temperancia». Temperancia es la capacidad no solamente de decir que no, sino de soportar una gran cantidad de tribulación y mantenerte en tu elemento; es que algo te quiere doblar, algo te quiere derribar, y tú permaneces firme para la gloria del Señor. Ese dominio propio es la capacidad de negarnos a los deseos de nuestra carne. Es lo contrario al mundo: el mundo no tiene dominio propio, por eso está en concupiscencia. El mundo va en piloto automático hacia su destrucción, ¿por qué? Porque no tiene dominio propio; y donde hay que decir que no, el mundo no dice que no, y a lo que hay que decirle que sí, no tiene el poder para decirle que sí. Por eso la destrucción de este mundo.
Después nos menciona la paciencia. Ese término paciencia, hermanos, recuerdo que lo expuse cuando expuse Hebreos capítulo 12. La piedad es el testimonio externo de lo que está pasando en nuestro corazón. El afecto fraternal es el amor que el Señor pone hacia nuestros hermanos, algo, hermanos, de lo cual hemos hablado por lo menos dos veces en este año. Y al final entonces viene poniendo amor. Le digo, no es una lista concluyente, sino un ejemplo. Lo que Pedro está estableciendo es: si tú eres un creyente, todas estas cosas deberían estar sonando. La vida de un creyente completamente se ve así.
Razones para desear esta nueva naturaleza
Termino, hermanos, mostrando las razones para desear esta nueva naturaleza y después la disposición que tenía Pedro al respecto. Las razones, dice él, es «porque si estas cosas están en vosotros y abundan» —oigan, no solamente están presentes, sino que abundan, o sea que hay niveles— «no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo».
Y eso es vergonzoso. Hay hermanos nuestros que tienen ya veinte años que los cambió el Señor y todavía están a nivel de redoblante, y uno dice: «Oye, el hermano tiene fe, pero yo siento como que su fe no avanza más». Debe moverse, debe manifestarse; todas estas cosas deberían estar presentes. Son ociosos y están sin fruto. Un creyente ocioso es un creyente que tú sientes que no está practicando los instrumentos, un creyente que no está siendo diligente, un creyente que tú no le ves un deseo por la vida piadosa, un deseo de cultivar esto. Es como un músico que tú nunca lo ves ensayar: él siempre va a estar ejecutando al mismo nivel que lo ha hecho siempre. Un creyente tiene que ser diligente en todo esto para no estar ocioso y no ser sin fruto.
Un creyente sin fruto es una persona que por sus convicciones sabe que es del Señor, pero él no parece que es del Señor. Uno que es sin fruto es una persona que en palabra él puede decirte «yo he puesto en el Señor mi confianza», pero su vida no anuncia que su vida está en el Señor. Un creyente con fruto es un creyente que se parece al Señor en el conocimiento.
Valió la pena. Más adelante él dice que con estas cosas hacemos firme nuestra vocación. La vocación, hermanos, es la identificación con algún deseo profundo. De vocación uno dice: «Yo soy maestro por vocación». Es que tú sientes que es tu llamado, que tú sientes que es la misión de tu vida. Él dice: cuando nosotros hacemos estas cosas, nosotros anunciamos que realmente tenemos vocación y también tenemos llamado.
Después, más adelante, dice que con todo esto nosotros evitamos la caída. Quiero, al respecto de estas cosas, decirles a mis hermanos: hermanos, no lo duden, vivir sin pecar es posible. Recuerdo que los puritanos debatían ese tema, que si acaso una persona podría vivir completamente sin pecar. Yo no diría que puede vivir completamente sin pecar, pero tampoco me lo tengan como que un creyente tiene que estar siempre revolcado en el suelo. Entienden los dos niveles que eso tiene. Una persona que te dice como que es imposible vivir sin pecar, yo admito eso; pero tampoco me digan que la naturaleza de un creyente es que sea siempre dominado por el pecado. Tampoco es verdad. Usted debe poder decir de alguna área de su vida donde hace tiempo que usted no visita eso, donde el Señor le sacó de eso.
Y dice que cuando nosotros dejamos de ser ociosos, dejamos de ser sin fruto, entonces podemos vivir sin caída. Un creyente que siempre se vive cayendo, hermanos, es un creyente que no ha salido de los asuntos iniciales de la vida cristiana. ¿Es posible, hermanos, alejarse del pecado? ¿Es posible vivir temporadas completas donde el pecado no te visite? Yo estoy convencido, hermanos, que con el poder que actúa en nosotros no es posible que un creyente sea siempre presa de pecado dominante, que llegue un momento en que el pecado te domine. No puede ser que tú seas de Cristo al mismo tiempo, hermanos, que tú seas del pecado: de ahí te sacó el Señor.
Cuando estas cosas están ausentes, dice, son personas que tienen la vista muy corta: viven el día a día, no viven pensando en las promesas del Señor, no tienen perspectiva espiritual. Son ciegos, olvidaron que sus pecados fueron borrados. Hay gente, hermanos, que ya se ha olvidado de lo que el Señor hizo en ellos inicialmente, y lo que permanece es como un dejo de costumbre, como un asunto de que aquí estamos.
La insistencia de Pedro
Yo quisiera… no, no quiero darme el permiso de quejarme por esto, porque parece que el mismo apóstol Pedro entendía que la iglesia necesitaba ser afirmada y afirmada en estas cosas. Decía él —leo ya hasta el final y después expongo lo que me falta:
Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
— 2 Pedro 1:9-11
Tiene la vista muy corta, no tiene perspectiva espiritual, es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados: ya ni siquiera se recuerda de eso. Aquí, en la última parte, parece que Pedro veía la realidad de que la iglesia necesita ser martillada y martillada en el mismo asunto. Dice él: «Por esto, yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros las sepáis, y estéis confirmados en la verdad presente». Él dice: yo voy a seguir insistiendo en lo mismo.
«Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación». Hermanos, una iglesia necesita frecuentemente que se la amoneste. ¿Y qué es amonestar? Es recordarte: hermano, usted es del Señor, usted está vivo, usted tiene la capacidad, espiritualmente hablando usted no está tullido, usted tiene capacidad de moverse. ¡Muévase! Eso es amonestar. Lo que Pedro está diciendo es: yo tengo que recordarles a ustedes constantemente que ustedes están vivos y son del Señor, que ustedes tienen la capacidad, tienen la potencia para estarse moviendo.
Sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado. También yo procuraré con diligencia que, después de mi partida, vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.
— 2 Pedro 1:14-15
Pedro entendía, hermanos, que una iglesia saludable necesita ser recordada frecuentemente al respecto de que tiene la capacidad para la piedad, de que tiene el poder del Señor, tiene las promesas del Señor, que el Señor lo está haciendo, y anda en una nueva naturaleza de la cual nosotros somos partícipes. Quizá Pedro tenía tanta confianza, hermanos, para hablarle de esto porque él mismo lo había experimentado y él sabía que era posible. Cuando usted se ha movido espiritualmente, usted sabe que moverse espiritualmente es posible, que no tenemos que quedarnos siempre donde hemos comenzado.
Por qué predico así a esta iglesia
Termino aquí, hermanos. Que todo esto se nos haya concedido es lo que permite que la predicación tenga sentido durante todo este año. Hermanos, yo he estado predicando en esta iglesia porque yo creo que esta iglesia tiene capacidad. Si yo dudara que usted tiene piernas, yo no quisiera que usted corra; pero si las tiene, tiene potencia, tiene posibilidad. Si somos del Señor, podemos tener la vida piadosa. Que nos haya sido concedido es lo que hace posible otra cosa: las consejerías.
Cuando yo aconsejo a mis hermanos en las reuniones pastorales, lo primero que yo trato de establecer es si verdaderamente son creyentes, porque la aproximación no es la misma. Usted no puede aconsejar a una persona que haga la voluntad del Señor si no tiene el poder para hacer la voluntad del Señor. Ahora, si usted es un creyente, usted puede ser bíblicamente aconsejado. Si la naturaleza divina está en nosotros, el poder del Señor está en nosotros, podemos recibir consejería bíblica. Esto hace posible el discipulado. Esto hace posible la exhortación. Esto hace posible hasta la reprensión. Si yo reprendiera a mi iglesia acerca de vivir una vida virtuosa y yo no creyera que mi iglesia tiene el poder para hacerlo, entonces estaría perdiendo el tiempo.
Toda esta nueva naturaleza manifestada en nosotros: durante todo este año hemos estado exhortando, amonestando, reprendiendo, animando a la iglesia, predicando a la iglesia al respecto de que la vida en la piedad es posible, no en otras fuerzas, sino en la fuerza del Señor. Quiero animar a la iglesia, hermanos, a que nos apropiemos y experimentemos esta nueva naturaleza.
Oro por ustedes, que el Señor me los acompañe. Entiendan, hermanos, que mientras tu pastor ora por ti, trata de recordar algún pecado que te haya estado visitando, algún área de debilidad especial que haya en tu vida, algún asunto donde consistentemente este año hayas sido avergonzado, un área donde ya tú dejaste de intentarlo, donde tú pensaste que no va a ser posible que tú tengas victoria. Todas las cosas que pertenecen a la vida y la piedad nos han sido dadas. Todas estas cosas nos han sido dadas por el divino poder, mediante el conocimiento de Jesucristo y las promesas. No lo olviden.
Oración final
Padre, en esta culminación de una parte de las enseñanzas de este año, clamo por mi iglesia. Mira a mis hermanos, Señor, que hay pecados que han estado prevaleciendo en ellos. Yo te pido que haya hoy, Padre, completa libertad, completa liberación, y un testimonio, Padre, de que definitivamente tu poder está en ellos. Padre, permítenos apropiarnos de esta nueva naturaleza y vivir una vida piadosa. Mira aquellos, Señor, que consistentemente han caído; permite una racha de virtud, Señor, donde podamos caminar derechos. Mira aquellos, Señor, donde consistentemente han sido avergonzados; permite que hoy se levanten.
Mira aquellos que estaban, Señor, con cenizas, haciendo cilicio; permite que ahora manifiesten esplendor. Enséñales, Señor, que tu poder obra a favor de nosotros. Padre, gracias por tus recursos. A veces no los vemos, Señor, pero sabemos que hay virtud en nosotros porque hay virtud en ti. A veces no lo vemos, Señor, pero lo sabemos: sabemos que hay dominio propio porque en ti hay dominio propio. A veces parece que el mundo gana, Señor, pero sabemos que hemos creído en ti, que tú has vencido al mundo, y nosotros hemos vencido contigo. Permite que de manera especial, Señor, en esta última parte del año, esta iglesia pueda experimentar la nueva naturaleza que tenemos en ti y el poder que viene desde lo alto.
Si alguien ha estado hoy congregado aquí entre nosotros y ve hablar de estas cosas desde lejos: nosotros no hicimos un gran esfuerzo para tener esto, solamente nos apropiamos por fe de la promesa del Señor. «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Pon en el Señor tu confianza y el poder del Señor vendrá a vivir en ti; poder desde lo alto, potencia, dynamis, algo que te impulsa.
Bendice, Señor, toda esta congregación. Gracias por este domingo en tu casa, gracias por este domingo en tu presencia. En el nombre de Jesucristo, amén. Nuestros hermanos de adoración nos despiden con alabanzas al Señor.