Los más grandecitos pueden ir buscando en su escritura, buscando la palabra del Señor, y vayamos juntos al primer libro de la Biblia, el libro de Génesis, hasta el capítulo 45. Pueden ponerse un momento sobre sus pies para que leamos. Génesis, capítulo 45, desde el versículo 1 y hasta el versículo 16. Es la historia de José cuando perdona a sus hermanos. Dice así la palabra del Señor, libro de Génesis, capítulo 45, desde el versículo 1 y hasta el versículo 16:
No podía ya José contenerse delante de todos los que estaban al lado suyo; y clamó: Haced salir de mi presencia a todos. Y no quedó nadie con él, al darse a conocer José a sus hermanos.
Entonces se dio a llorar a gritos; y oyeron los egipcios, y oyó también la casa de Faraón. Y dijo José a sus hermanos: Yo soy José; ¿vive aún mi padre? Y sus hermanos no pudieron responderle, porque estaban turbados delante de él.
Entonces dijo José a sus hermanos: Acercaos ahora a mí. Y ellos se acercaron. Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto. Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros.
Pues ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra, y aún quedan cinco años en los cuales ni habrá arada ni siega. Y Dios me envió delante de vosotros para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación.
Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón, y por señor de toda su casa, y por gobernador en toda la tierra de Egipto.
Daos prisa, id a mi padre, y decidle: Así dice tu hijo José: Dios me ha puesto por señor de todo Egipto; ven a mí, no te detengas. Habitarás en la tierra de Gosén, y estarás cerca de mí, tú, tus hijos, y los hijos de tus hijos, tus ganados y tus vacas, y todo lo que tienes.
Y allí te alimentaré, pues aún quedan cinco años de hambre; para que no perezcas de pobreza tú, tu casa, y todo lo que tienes. He aquí, vuestros ojos ven, y los ojos de mi hermano Benjamín, que mi boca os habla.
Haréis, pues, saber a mi padre toda mi gloria en Egipto, y todo lo que habéis visto; y daos prisa, y traed a mi padre acá. Y se echó sobre el cuello de Benjamín su hermano, y lloró; y también Benjamín lloró sobre su cuello.
Y besó a todos sus hermanos, y lloró sobre ellos; y después sus hermanos hablaron con él. Y se oyó la noticia en la casa de Faraón, diciendo: Los hermanos de José han venido. Y esto agradó en los ojos de Faraón y de sus siervos.
— Génesis 45:1-16
Pueden sentarse, hermanos queridos. Esta es una de las historias más conocidas de todo el Antiguo Testamento. Por ser conocida, no se puede tomar la libertad de comenzar en el capítulo 45 esperando que el pueblo entienda cuál es el contexto de la historia. José es un personaje popular, no solamente en las iglesias, sino en la cultura misma. Su historia en la Escritura comienza en el capítulo 37 y va llegando a tener el desenlace en el capítulo 45, pero los últimos capítulos completos del libro de Génesis tratan de la historia de José.
Nuestra introducción dice que en la imaginación popular, el héroe es un hombre que se ve obligado injustamente a atravesar una serie de experiencias difíciles, y al final se sobrepone a todas ellas para terminar cobrando venganza o humillando a sus enemigos. Ese es el héroe de la cultura popular. Gran parte de las películas tratan de eso: una persona que injustamente es apresada, una persona que injustamente es maltratada, alguien que tiene que experimentar una serie de vicisitudes, y al final entonces termina siendo levantado tomando venganza o humillando a sus enemigos.
El héroe cultural versus José
Entre las películas, por ejemplo, películas clásicas del cine como Ben-Hur tratan de eso. El Conde de Montecristo, quizá han podido ver la película o leer el libro. El Padrino, parte dos, trata de ese asunto: Vito Corleone tomando venganza, viaja hacia Italia, y su hijo entonces toma venganza en los Estados Unidos. El Padrino 2 trata sobre venganzas familiares, dos generaciones tomando venganza. La historia de José es diferente. José fue incomprendido y rechazado en su casa, puesto en una cisterna por sus hermanos y vendido como esclavo.
Primero fue vendido a una caravana de ismaelitas y luego en Egipto. Tuvo entonces un corto momento de prosperidad para terminar en la cárcel injustamente. De allí lo sacó Dios para prosperarlo, llevándolo a ser el segundo hombre en Egipto. Entonces tiene un reencuentro con sus hermanos, que le da la oportunidad de tomar venganza. Pero José, a diferencia del héroe popular de las películas, no aparece endurecido por el dolor o dominado por la ira, sino sensible y hasta con expresiones de debilidad.
En vez de reclamar que había sido tratado de forma injusta, asume el pasado de forma positiva y se refugia en la soberanía de Dios, y en vez de destruir a sus enemigos, los protege. El desenlace de la historia no es la exaltación del ego de José. Él llegó a entenderse a sí mismo y a sus hermanos como instrumentos en las manos de Dios para alcanzar sus propósitos. Hoy veremos cómo, al considerar nuestras vidas a la luz de los propósitos de Dios, podemos dejar atrás la ira, el rencor y las experiencias amargas del pasado.
En esta serie de enseñanzas, hermanos, acerca de lo que quedó atrás, veremos cómo dejar atrás la ira, el rencor, la retaliación y los dolores del pasado. Para eso utilizaremos la historia de José. Tuve la oportunidad en esta semana de encontrar un libro que no conocía, que había escrito uno de mis biógrafos favoritos, Walter Isaacson. Él escribió primero una biografía de Steve Jobs y después escribió otro libro que es como un libro complementario a la biografía que había escrito primero.
Historias de redención y el corazón que no se endurece
Cuando comencé a leer el libro, descubrí que se trata de lo mismo. La historia que el mundo celebra es un empresario como Steve Jobs que comienza en el garaje de su casa una gran empresa. Eventualmente la empresa crece y entonces él contrata un gerente para que dirija los asuntos operativos de la empresa y termina siendo despedido por su propia empresa. Después, Steve Jobs, cuando es despedido, comienza una cosa, comienza la otra, y por una serie de vicisitudes la vida lo coloca en la posición de regresar a su empresa, reestructurar su equipo directivo y entonces coloca a Apple como la empresa mejor cotizada en bolsa hasta el día de hoy.
Esa es la historia que el mundo celebra, son las historias de redención que el mundo aplaude. He traído hoy una historia de redención distinta: es la historia de un hombre que atraviesa vicisitudes, pero su corazón no se endurece; de un hombre que el Señor le coloca en situaciones hostiles, pero termina con un corazón tierno; de uno que, cuando tiene la oportunidad de tomar venganza de aquellos que le colocaron en esa posición, evidencia que sus 20 años no lo alejaron de Dios, no endurecieron su corazón ni afectaron su testimonio, sino que lo colocaron en la posición de comportarse como se comporta un hombre del Señor.
Cuando expongo este tema, temo que mis hermanos piensen: “Yo no estoy siendo impulsado ni por la ira ni por el rencor, en mi corazón no hay nada de eso”. Hermano, se ha podido acomodar con relación al pecado, porque el pecado toma ribetes sutiles. Y quizás piensas que tu corazón está tierno y libre de rencor, ira y amargura, pero probablemente en tus actitudes, palabras y comportamiento evidencias que hay cosas que tienen que ser dejadas atrás. A modo de preámbulo, antes de mostrarle lo que José sintió, lo que José entendió y lo que José hizo, permítame mostrarle algunas evidencias de personas que están siendo impulsadas por la ira o por el rencor.
¿Cómo sabes que estas emociones se han anidado en tu corazón? Son aquellos que están fantaseando al día de hoy por tener recibimientos o regresos triunfales: “Algún día yo regresaré y tendrán que reconocer; algún día yo seré restituido”. Son aquellos que esperan que el tiempo les dé la razón: “Ellos tendrán que reconocer que yo estaba en la razón y ellos no”. Son otros que hacen diferentes cosas para conseguir la aprobación de alguien: “Después que haga esto, sí realmente se me reconocerá y se me dará el lugar que yo realmente merezco”.
Señales de ira y rencor escondidos
Son otros que viven recreando momentos dolorosos del pasado: una experiencia familiar traumática, un padre difícil, un empleador muy duro, alguien que no reconoció tu talento, tu potencial; aquel que en algún momento de tu vida te puso zancadillas. O aún aquellos que perdonan o ayudan a los otros para mostrarse más grandes o mejores, la llamada “galleta sin manos”: “Ellos van a venir donde mí y yo les serviré y ni les voy a decir nada, pero tendrán que recordar que yo soy grande y ellos pequeños, que yo tengo y ellos no”.
Tomo la historia de José para mostrar a mi iglesia, a las personas que están aquí hoy congregadas, cómo dejar atrás la ira, la amargura, el rencor y las memorias tristes del pasado. ¿Qué fue lo que pasó con José? El Señor permitió que él viera lo que Dios estaba por hacer, y si uno lee mal la historia de Génesis capítulo 37, parece que José es un joven grandilocuente que tiene delirios de grandeza. El Señor le permitió ver a José un asunto muy grande. Lo que le permitió ver no se trataba principalmente de José, se trataba de cómo Dios iba a alcanzar sus propósitos.
Pero cuando José compartió la historia con sus hermanos, sus hermanos lo tomaron como un muchacho “cubano”, como un muchacho engreído. Y después compartió la historia con sus padres, y su padre también le dijo lo mismo: “¿Tú quieres engrandecerte?”. Eventualmente sus hermanos llegaron a tener hacia él cierto rencor, cierta amargura, y cuando lo vieron entonces lo tomaron y querían matarle. Uno de ellos interviene y les dice: “No lo matemos, sino que pongámoslo en esta cisterna”. Lo ponen en una cisterna, matan a un animal, toman sus vestiduras, las embadurnan de sangre y mandan a su padre y le dicen que una bestia lo había devorado.
Entonces pasa una caravana de ismaelitas, que eran mercaderes antiguos que circulaban de un lugar al otro comprando y vendiendo mercancías, y venden a su propio hermano como si fuera una mercancía. Después termina siendo revendido en Egipto. Y donde quiera que José iba, a José le iba bien: el Señor le prosperó temporalmente, lo levantó. Y después tuvo un caso con la esposa de Potifar. Injustamente es acusado, con mentira, y es arrojado en la cárcel. Después de una experiencia en la cárcel, también traumática, donde pone sus esperanzas en alguien que al final no le ayuda, el Señor termina sacándolo de la cárcel y engrandeciendo a José.
La emoción contenida de José y la intercesión de Judá
Definitivamente, en medio de ese proceso que ha tardado quizás 22 años entre el capítulo 37 y el capítulo 45, lo que se evidencia aquí en el capítulo 45 es lo que José está sintiendo, lo que José está entendiendo y lo que José está haciendo. Comienzo a mostrarle a mi iglesia: dice Génesis 45:1, “No podía ya José contenerse delante de todos los que estaban al lado suyo; y clamó: Haced salir de mi presencia a todos. Y no quedó nadie con él, al darse a conocer José a sus hermanos”. Cuando José ya era grande en Egipto, cuando ya José había resuelto el problema del hambre en Egipto, cuando el Señor había mostrado su favor a José, en este encuentro con sus hermanos, que viene desde capítulos atrás, José está conteniendo algo en su corazón, y es una profunda emoción.
Él está como por desbordar. Dos momentos antes, al verse con sus hermanos, él tenía que refugiarse en la habitación, dejarles ahí para no evidenciar la emoción profunda que estaba invadiendo su corazón. Él había estado conteniendo sus emociones. Dice el texto: “Ya no podía contenerse”. Hay una emoción de 22 años, hermano, que estaba en ese corazón, gran emoción que estaba por salir a borbotones. Lo que quebró definitivamente el corazón de José, cómo termina el capítulo 44, es Judá, su hermano, que está intercediendo por un hermano suyo, que es Benjamín.
Sucede un caso donde José, para ver cuál era el corazón de sus hermanos, los prueba y trata de retener al más joven entre ellos, y aparece entonces Judá. Judá no era el más adulto, pero parece que era el más honorable, y así se evidencia en otras decisiones suyas. Dice el capítulo 44, versículo 18:
Entonces Judá se acercó a él y dijo: ¡Ay, señor mío! te ruego que permitas que hable tu siervo una palabra en oídos de mi señor, y no se encienda tu enojo contra tu siervo, pues eres como Faraón.
Mi señor preguntó a sus siervos, diciendo: ¿Tenéis padre o hermano? Y nosotros respondimos a mi señor: Tenemos un padre anciano, y un hermano joven, pequeño aún, que le nació en su vejez; y un hermano suyo murió, y él solo quedó de los hijos de su madre, y su padre lo ama.
— Génesis 44:18-20
Aquí parece que le tocó la fibra a José: “Me está mencionando… ese soy yo, el que piensan que murió, ese soy yo, y ese Benjamín, ese es mi hermano, hijo de mi madre”. Y sigue diciendo Judá:
Y tú dijiste a tus siervos: Traédmelo, y pondré mis ojos sobre él. Y nosotros dijimos a mi señor: El joven no puede dejar a su padre, porque si lo dejara, su padre morirá.
— Génesis 44:21-22
El corazón tierno de José y su protección prudente
Y tú dijiste a tus siervos: “Si vuestro hermano menor no desciende con vosotros, no veréis más mi rostro”. Aconteció, pues, que cuando llegamos a mi padre, tu siervo, le contamos las palabras de mi señor; y dijo nuestro padre: “Volved, compradnos un poco de alimento”. Y nosotros respondimos: “No podemos ir; si nuestro hermano va con nosotros iremos, porque no podremos ver el rostro del varón si no está con nosotros nuestro hermano menor”.
Entonces tu siervo, mi padre, nos dijo: “Vosotros sabéis que dos hijos me dio a luz mi mujer; y el uno salió de mi presencia, y pienso de cierto que fue despedazado, y hasta ahora no le he visto”. Esta cosa, hermano, va tocando la fibra emocional de José: 22 años sin ver su familia, y cuando se encuentra con su familia, viene Judá, uno de los hermanos, y le intercede por él a favor de Benjamín. Y sigue diciendo Judá que si toman también a Benjamín delante de su padre y le acontece algún desastre, harán descender sus canas con dolor al Seol.
Dice: “Ahora, pues, cuando vuelva yo a tu siervo, mi padre, si el joven no va conmigo, como su vida está ligada a la vida de él, sucederá que cuando no vea al joven morirá, y tus siervos harán descender las canas de tu siervo, nuestro padre, con dolor al Seol. Como tu siervo salió por fiador del joven con mi padre, diciendo: ‘Si no te lo vuelvo a traer, entonces yo seré culpable ante mi padre para siempre’, te ruego, por tanto, que me quede ahora tu siervo en lugar del joven por siervo de mi señor, y que el joven vaya con sus hermanos”.
Judá le dice en esencia: “Porque cómo volveré yo a mi padre sin el joven; no podré, por no ver el mal que sobrevendrá a mi padre”. Al José escuchar a Judá interceder por Benjamín de esta manera, donde él mismo prefiere esclavizarse para salvar a su hermano, le ha dado muy profundo, hermano, y esas emociones que él tenía contenidas por 22 años entonces comienzan a emerger. Y esa es la razón por la cual el versículo 1 dice: “No podía ya José contenerse”.
Judá, su hermano, se mostró dispuesto a sacrificarse por su hermano Benjamín, lo que no hizo antes. Recuerdan cuando José estaba en la cisterna: fue Judá que le dijo a los demás: “No lo matemos, sino que vamos a venderlo como esclavo”. Ahora viene Judá e intercede a favor de Benjamín en manos de José y le dice: “Yo prefiero esclavizarme en nombre suyo”. Esto le está dando muy profundo a José en su corazón. Benjamín era hijo de su madre, entonces es como si lo hicieran por él mismo. Benjamín y José eran hermanos porque eran hijos de Raquel, que había muerto ya; o sea, que el más cercano a José, por el vínculo filial de su madre, era Benjamín.
La sensibilidad como regalo de Dios
Este relato evocó la imagen de Raquel, su madre ya muerta. “Mi madre ya Raquel murió, y le dio solamente este hijo, murió de parto”. Quizás lo más profundo es que Judá se está preocupando por cuidar de su padre, que ya es anciano. Él dice: “No para no causarle este dolor a mi padre, yo prefiero esclavizarme yo mismo”. Me emociono, hermano, al ver que José se emociona por cosas como esa. El temor siempre es que las personas en posición de poder, en posición de autoridad, terminen teniendo un corazón duro, un corazón petrificado, que sean personas que no sienten.
A mí me emociona saber que José, después de 22 años y mucho poder, mucho dinero, sigue sintiendo, hermano. Tener un corazón tierno delante del Señor es un regalo. Poder experimentar emociones, poder no convertirte en una persona dura, en un dictador, en no llenar el molde de los dictadores orientales, en que José no llenara el molde de los directores orientales, ya es gracia del Señor a favor de José. El mundo ve estas cosas como debilidad, una persona que puede sentirse compungida ante emociones profundas. El Señor dice: “Bienaventurados los que lloran”.
Hermano querido, tener un corazón duro, tener un corazón que no sienta, permitir que los errores del pasado, los dolores de atrás, endurezcan tu corazón, no es privilegio, es pérdida. Tener un corazón sensible, tener emociones que están por salir y ya no pueden contenerse, es un regalo del Señor. Me emociono también ver cómo José protege a sus hermanos ante los egipcios. Él estaba en una corte rodeado por todos sus sirvientes egipcios, y ahí estaban también sus 11 hermanos, y él les dice a todos sus sirvientes egipcios: “Salgan, por favor, déjenme aquí ahora solamente con mis hermanos”.
En esto se puede ver el cuidado tierno de José hacia ellos, porque quizás con el poder que José tenía en Egipto, si los sirvientes suyos egipcios saben lo que sus hermanos hicieron con él hace 22 años, no solamente no los reciben en su tierra, hermano, sino que les llevan la cabeza de los 11. “Haced salir de mi presencia a todos; y no quedó nadie con él, al darse a conocer José a sus hermanos”. Qué prudencia tuvo José. La prudencia de José en este momento aseguró, y en esto veo la mano del Señor, que en Egipto pudieran habitar su padre y sus hermanos y que el Señor alcanzara su propósito a través de ellos.
Discreción al perdonar y el llanto de impotencia
Cuelgo aquí un consejo sabio, hermano, para la iglesia: sean discretos al perdonar. Cuando ustedes vayan a perdonar a una persona, sean discretos al perdonar. Cuando vayan a perdonar a una persona, no hay que tocar campana de forma tal que toda la “polti” lo sepa. Traten de que el perdón se quede en tu corazón y en la relación que fue restaurada solamente. Y la razón de esto es que nosotros, con la ayuda del Señor, quizás podemos hacer algo que nuestros relacionados no hagan. El Señor te da mayor gracia y tú puedes lidiar con los asuntos del pasado, pero no necesariamente tus relacionados podrán dejar las cosas atrás.
No siempre hay que dar parte a los amigos de los conflictos que tuvimos con otros. Si una persona te ofendió, si una persona te maltrató, si una persona te desconsideró, y has decidido, con la ayuda del Señor, perdonar, primero has podido y después has decidido, con la ayuda del Señor, perdonar. No hay que tocar campana para anunciar tu perdón, porque estás prejuiciando a los demás con las heridas que tú mismo sentiste. Lo que está haciendo José con mucha prudencia es decir: “Yo he resuelto perdonar a mis hermanos”. Y en la corte de los egipcios van a poder escuchar mi llanto, pero no sabrán por qué yo estoy llorando.
De hecho, afuera escuchan lo que estaba pasando. Dice el versículo 2: “Entonces se dio a llorar a gritos; y oyeron los egipcios, y oyó también la casa de Faraón”. Ellos supieron que este hombre, que es el segundo en el reino, está llorando, pero no saben la razón por la cual José está llorando. Hermano, qué sabiduría hay al perdonar, y es que no necesariamente hay que darle parte a los amigos de los conflictos que tuvimos con otros. No siempre hay que darle parte a los hijos de los conflictos que tuviste con el cónyuge. La cosa que tú perdonaste en tu esposo, en tu esposa, no necesariamente tus hijos tengan la misma fibra o la misma gracia para hacerlo.
No siempre hay que contar ni siquiera al cónyuge los conflictos que tuviste en tu familia de origen. Las cosas que tú perdonaste a tus hermanos, no necesariamente tu esposo o tus hijos tengan que conocerlas. Hermano, seamos sabios y prudentes al perdonar. Estoy animando a mis hermanos que al perdonar no toquen campana, que entiendan que los conflictos se tienen que quedar en el lugar donde comenzaron. José, con mucha prudencia, evacuó a sus sirvientes egipcios y se quedó solamente con sus 11 hermanos.
¿Qué expresa el llanto de José?
Dice que se dio a llorar a gritos, hermano. Era un llanto muy profundo, 22 años con esas emociones en el corazón. Sin ánimo de traer cosas al texto, yo haré una digresión corta para ponernos en el corazón de José y pensar por qué José llora a gritos y qué evidencia este llanto de José. Miren, hay veces que en el corazón de uno se entremezcla el afecto con el dolor. Cuando se trata de relaciones familiares y esas cosas, la gente no puede entender lo que está pasando, porque por un lado emerge el cariño, la ternura, pero por otro lado emerge el dolor, emerge la insatisfacción y la frustración, y esas cosas a veces van como de la mano.
Es la impotencia del justo cuando entiende que detrás del hombre que le daña están los designios del Señor. Hermano, ese llanto de impotencia que sucede a veces cuando tú ves que una persona te ha hecho mal, pero tú, por tus convicciones, sabes que Dios es quien está detrás de esa persona, y tú dices: “¿Qué hago?”. Es la impotencia que causa el hecho de que alguien te ha dañado, y ya no vale la pena tomar venganza, porque quien está detrás de ese alguien es Dios. Ay, hermano, cuando tú creces en el conocimiento de la soberanía de Dios, asimismo tendrás, a veces, que tener un llanto de impotencia, porque tú sabes que lo que hay alrededor tuyo, que tú entiendes que son los culpables de tu dolor, de tu desgracia, de tu tragedia, no son ni más ni menos que aquellas personas que el Señor ha permitido.
Entender la soberanía de Dios es algo que nos permite solamente vaciarnos ante el Señor con lágrimas, porque sabemos que cualquier otra cosa… esas gentes son las manos del Señor para alcanzar el Señor su propósito, a veces a través del dolor. Lo que José llegó a entender es que sus hermanos no eran verdugos, sino que eran instrumentos en la mano del Dios que había llamado a José para propósitos más grandes. Me emociona que, aún teniendo la posición, el poder y el derecho legítimo a tomar venganza, José sea dominado por un llamado que era superior al de cualquier hombre, que los otros no podían entender ni ver, pero que él sabía que le correspondía actuar en misericordia.
Perdonar sin olvidar: convicciones sobre la soberanía de Dios
Es un hombre dividido. Por un lado está la emoción negativa de tomar venganza por su propia madre, pero por otro lado está el llamado tierno del Señor para nosotros, que nos dice que la venganza es suya y que dejemos las cosas en las manos del Señor. Hermano, lo que realmente significa perdonar es que a veces la emoción permanece ahí, pero la decisión es más grande que la emoción. En este encuentro, hay gente que piensa que perdonar es olvidar que fuiste puesto en una cisterna, que perdonar es olvidar el maltrato de un familiar, que perdonar es que jamás vas a recordar que estas personas te vendieron como esclavo. No. Él recuerda todo lo que sucedió, pero cuando evoca el recuerdo, ya el recuerdo no le provoca venganza, sino que el recuerdo le provoca ver a Dios en soberanía, ver los propósitos del Señor y actuar con misericordia.
Cuando el Señor te lleva a perdonar y a dejar el pasado atrás, no significa que las cosas se olvidan. En ese sentido, “lo que quedó atrás” no significa que el recuerdo no sea evocado; lo que significa es que lo que evoca el recuerdo no es venganza, sino que es misericordia. Tú sabes que has perdonado no porque olvidaste, sino porque cuando recuerdas, la emoción resultante no te provoca daño, es decir, no te provoca retaliación. Es que no le das a la persona lo que anteriormente le hubieras dado, sino que no le devuelves en consecuencia. No le das lo que merece humanamente hablando, sino que le das lo mismo que el Señor te ha dado: gracia.
José les dice eventualmente a ellos: “Es que Dios a mí me ha engrandecido; ustedes ninguno me pudieron quitar nada que Dios no me pudiera dar todavía más”. Este convencimiento de José es lo que le permite perdonar. Me he ocupado en primer lugar, hermano, de mostrarle lo que José siente. Lo que José siente es esta mezcla entre los recuerdos del pasado y sus nuevas convicciones, entre el llamado del corazón y el llamado de Dios, entre lo que sus hermanos han hecho y lo que humanamente merecen recibir, y lo que él entiende que, como hombre de Dios, como persona llamada por el Señor y a la luz de los propósitos que ha recibido del Señor, él tiene que hacer.
Si me pudieran poner como tres capas, es primero lo que José siente; después, lo que José entiende; después, lo que José hace. Y esa es la consistencia de un cristiano. Un cristiano tiene que tener cierta consistencia entre sus sentimientos, sus convicciones y sus acciones. Lo que José siente, lo que José entiende y lo que José hace, todas esas cosas son coincidentes. De hecho, tenemos que estar atentos para identificar en nuestro corazón las contradicciones. No puede ser que lo que tú sientas y lo que tú entiendes sean cosas divorciadas. Tus convicciones deberían dirigir tus emociones, y tus emociones deberían anunciar tus convicciones, y lo que tú haces debería ser consistente con lo que tú estás entendiendo y con lo que tú estás sintiendo. Ese es un hombre conforme al propósito del Señor.
Las convicciones de José y su paralelo con Romanos
¿Qué es lo que José ha llegado a entender? El entendimiento de José se ve que no está basado en la moral de los egipcios ni en lo que él aprendió en su entorno. Se sabe que este hombre ha conocido a Dios. Las convicciones de José, hermano, son las mismas convicciones que tenía el apóstol Pablo en el libro de Romanos. Y yo me emociono al ver la consistencia de mi Dios. José conoció a Dios casi 2000 años antes, y yo le he conocido 2000 años después; los dos vamos a llegar a las mismas conclusiones.
Miren las conclusiones a las que llegó José en Egipto, las mismas conclusiones a las que llegó Pablo cuando estaba escribiendo Romanos, y uno dice: “Estas personas que vivieron siglos de diferencia, milenios de diferencia, llegan a la misma conclusión”. Hermano, es que si usted ha conocido a Dios y yo lo he conocido, los dos llegaremos a las mismas conclusiones. De hecho, para tú entender Romanos, tienes que entender Génesis; y si tú no entiendes Génesis, tienes que entender Romanos. Son pasajes que son paralelos.
¿Cuál es el convencimiento de José? Dice él en el versículo 3 en adelante:
Y dijo José a sus hermanos: Yo soy José; vive aún mi padre. Y sus hermanos no pudieron responderle, porque estaban turbados delante de él.
— Génesis 45:3
Hasta aquel momento, ellos están creyendo que están hablando con el segundo en Egipto solamente; pero el segundo en Egipto era su hermano, y ellos no lo sabían. No pudieron responder, hermano. Yo me imagino… si usted mira esta historia desde una perspectiva baja, usted piensa que aquí José está teniendo satisfacción: “Los dejé sin palabras; este es el momento que he esperado durante 22 años; así quería tenerlos. Respondan ahora, ¿por qué lo hicieron?, ¿qué han sentido?”. Esa es la película, hermano, ese es el héroe popular.
Pero el hombre de Dios lo que dice es, versículo 4:
Entonces dijo José a sus hermanos: Acercaos ahora a mí. Y ellos se acercaron. Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto.
— Génesis 45:4
Acercaos ahora a mí. ¿Y cómo que “acercaos”, si no querían estar muy cerca, hermano? Él les dice: “Acercaos ahora a mí”, y ellos se acercaron. Y cuando se acercaron, él dijo: “Yo soy José”. Y aquí le agrega: “Vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto”. Hermano, perdonar no es olvidar que te fue vendido a Egipto. Eso no es perdonar. Y sigue:
Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros.
— Génesis 45:5
Eso es perdonar. El perdón está concatenado a entender el propósito del Señor para tu vida. Él les está diciendo: “Ustedes han creído que me han hecho un mal, pero yo he llegado a entender que no se trataba de ustedes. Ustedes no eran mis verdugos; ustedes eran el agente de Dios para que el Señor me colocara en el centro de su propósito”.
Todas las cosas ayudan a bien: Romanos y Génesis
Madurez cristiana es entender que ya el mundo no está en contra tuyo y que te están persiguiendo, sino lo que Pablo resumió en el libro de Romanos: que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a aquellos que han sido llamados conforme a sus propósitos. Es el mismo entendimiento de José: “Ustedes no son mis enemigos; ustedes han sido agentes en las manos de Dios”. No significa que lo que ustedes hicieron era bueno; lo que significa es que el Señor lo ha tornado para bien.
Hermano, el convencimiento profundo que tienen los creyentes en todas las épocas, en la época de los egipcios y en la época de los romanos, es que Dios, a aquellos que ha llamado conforme a su propósito, orquesta las cosas de forma tal que les ayuden a bien. Que el despropósito más grande para nosotros tiene sentido. Quizás no podemos reconocerlo en el momento, pero viendo la historia en retrospectiva, nosotros llegamos a entender que Dios es bueno, que tiene propósito para nosotros, y que Dios es soberano y hará que sus propósitos se cumplan.
José no está perdonando porque dice: “Uno se tiene que dejar las cosas atrás; y después de 20 años, ¿qué es lo que vamos a estar peleando? Ya yo no recuerdo eso tanto; además, ya yo tengo mucho dinero en Egipto”. No. José está perdonando porque él entiende que no son sus hermanos, es el Dios que ha llamado a José conforme a su propósito, que está aún detrás de sus hermanos. Para tú perdonar, no es un asunto de comenzar a disipar la mente, a olvidar lo que ocurrió, a racionalizar. Para tú perdonar, lo que hace falta es entender que el propósito de Dios está por encima de cualquier agente humano.
Y si has sido llamado según el propósito de Dios, todas las cosas ayudarán a bien, aún aquellas cosas que tengan una apariencia negativa. Lo que sucedió no fue bueno, pero Dios tornó eso malo para algo que era mucho mejor. Primer entendimiento de él es: “No os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá, porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros”. Ese es el entendimiento en José y es lo que le permite perdonar, hermano querido. Esas heridas del pasado no se perdonan olvidando, se perdonan entendiendo. Y lo que tenemos que entender es que, si el Señor nos ha llamado, esas heridas del pasado valieron la pena.
Propósito, soberanía y riqueza en Dios
Ay, que “mi familia me dejó, que yo no conocí mis padres, que mi mamá se fue, mi papá me dejó, es que mis hermanos ninguno tienen ningún entendimiento de mí, todos me han dejado, entonces soy desdichado”. No, hermano. Si has sido llamado conforme al propósito de Dios, aunque tu padre y tu madre te dejen, con todo, Jehová te recogerá. El entendimiento de un creyente para perdonar es: “Me has herido, me has hecho daño; yo no puedo decir que lo que hiciste fue bueno, pero yo estoy seguro que hay alguien que está por encima tuyo, y aún tus errores puede utilizarlos para mi edificación. Aún lo malo, Dios utiliza para algo bueno. Por eso perdono: porque he entendido el propósito del Señor para la vida mía”.
Aquel que no entiende que ha sido llamado conforme al propósito de Dios siempre tendrá problemas para perdonar, porque siempre el perdón para él será un asunto emocional: “Lo siento o no lo siento”. Quizás José no lo está sintiendo, pero al mismo tiempo está mirando algo que está por encima de sus sentimientos. Son sus profundas convicciones. Las convicciones de José es que él no estaba en manos de sus hermanos cuando estaba en la cisterna, sino que estaba en las manos de Dios en la cisterna. La convicción de José es que cuando estaba siendo vendido como esclavo a una caravana de ismaelitas, él no estaba en manos de sus hermanos que lo estaban vendiendo como esclavo, él estaba en las poderosas manos de Dios.
Él no lo sintió en la transacción, él lo entendió quizás después. Pero cuando lo entendió, dijo: “Gloria al Señor, ya no hay nada que reclamarle a mis hermanos; Dios ha utilizado eso para bien”. Hermano, usted está aquí hoy por una serie de circunstancias que usted no va a poder entender en perspectiva, si no es en retrospectiva. Y lo que le trae a usted a los caminos del Señor, quizá usted no pueda poner dos más dos igual a cuatro. Usted tendrá que concluir que el Señor ha estado hilando su historia personal y particular de forma tal que los propósitos de Dios están siendo alcanzados, y usted no lo entiende en este momento, pero lo puede entender en retrospectiva. Lo que no entendemos hoy lo entenderemos después.
Después dice él, versículo 6 y 7:
Pues ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra, y aún quedan cinco años en los cuales ni habrá arada ni siega. Y Dios me envió delante de vosotros para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación.
— Génesis 45:6-7
“Dios me envió”. Lo que está diciendo, hermano, es que mientras usted no sienta la poderosa mano de Dios, usted siempre estará buscando retaliación contra los hombres. Usted siempre sentirá que alguien lo está persiguiendo, alguien que le está dañando. A menos que usted vea una mano más poderosa que la mano del vecino, que la mano del papá, que la mano del hermano, que la mano del empleador, usted siempre estará buscando venganza. Para usted dejar de buscar venganza y perdonar, usted tiene que ver la poderosa mano de Dios a favor de su causa. Mientras más usted sienta la mano del Señor en su vida, más fácil le será perdonar.
Tres convicciones que liberan del rencor
¿Por qué dejamos ir al pasado? Porque entendemos que no hay nada que buscar; todo está en el Señor, y el Señor puede hacer cosas más grandes que cualquier cosa que alguien nos quitó ayer. Lo otro que él dice es, versículo 8:
Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón, y por señor de toda su casa, y por gobernador en toda la tierra de Egipto.
— Génesis 45:8
Él les va diciendo: “Miren, eso que ustedes hicieron… la verdad es que el Señor quería traerme para acá; el Señor quería ponerme por padre de Faraón; el Señor quería prosperarme aquí. Ustedes lo que estaban haciendo era un medio”. Hermano, cuando usted tiene la conciencia de que ha sido llamado conforme al propósito de Dios, usted llega a ver a todas las personas como instrumentos para que Dios alcance su propósito. Ya no es si yo tengo la razón o si tienes razón tú, es: ¿qué dice Dios en su soberanía, en su poder y en su voluntad?
Él dice: “Yo no lo he logrado, es Dios; fue Dios que me puso. No ha sido que yo he demostrado una diligencia, una capacidad; no, es que Dios es que me ha puesto en este lugar. Todo ha sido como muy fluido, muy natural”. Las tres convicciones equilibraron a José del aire, del resentimiento. Están en el versículo 5, 7 y 8. Primera convicción que dirigió a José para salir de la ira, el resentimiento, la retaliación, la venganza: ¿por qué José no es Ben-Hur? ¿Por qué José no es El Padrino? ¿Por qué no es el Conde de Montecristo? Hermano, tres convicciones principales.
La primera convicción que él tenía: él estaba absolutamente convencido de la soberanía de Dios. “No ustedes, sino Dios”. Bueno, dice Mateo 10:29:
¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.
— Mateo 10:29
Cuando tú entiendes que Dios es soberano de la creación, entiendes que toda la creación es agente en las manos de Dios. “Ajá, entonces usted me va a decir: ¿y si el pajarito muere de muerte natural, pero si hay otro que mata el pajarito?”. Hermano, el pajarito caiga por muerte natural o caiga porque lo mató alguien, ese pajarito no cayó sin que el Señor lo sepa. Y si el Señor quería que el pajarito no caiga, le quita al niño que tira piedras y le da salud al pajarito. Es el Señor que dispone de todas las cosas.
Soberanía, propósito e identidad enriquecida en Cristo
Hermano, este convencimiento de la soberanía de Dios nos permite vernos a nosotros como alguien mucho más pequeño, entender que nosotros no somos tan importantes, nuestros enemigos tampoco. La exaltación del ser humano le hace pensar que él tiene un valor supremo y que nadie puede ponerle un dedo encima. Cuando tú entiendes que tú eres un simple agente en la mano de un Dios absolutamente poderoso y soberano, tú dices: “Sea la soberanía de Dios sobre mí”, y aceptas esto con beneplácito. Primera convicción: él estaba absolutamente convencido de que Dios era soberano. Sus hermanos, no. Sus hermanos, quizá desde su perspectiva vulnerable y pequeña, eran soberanos sobre él; pero él dice: “Ustedes no son tan poderosos como el Dios que dispone de todas las cosas”.
Hermano, José ha visto a Dios proveyendo alimentación para millones de personas. Él ha visto a Dios proveyendo para su vida. Él llega a entender que no depende del que corre, del que salta, sino del que Dios tenga misericordia. Dios es soberano, y si Dios es soberano, no hay venganza, no hay ira, no hay resentimiento. Segunda convicción profunda que cuidó a José de la venganza, de la ira, del resentimiento, del rencor: la primera es que estaba sirviendo a un Dios soberano. Sus hermanos eran, hasta cierto punto, poderosos; él era vulnerable, el más pequeño. Ellos eran más, él era uno solo. Ellos tenían fuerza entre sí, él era único en ese momento.
La segunda convicción es que la vida, hermano, no es una serie de asuntos aleatorios: “El que da primero ganó, porque dio primero y ya se acabó el tiempo”. No, hermano. La historia tiene propósito. Si tú no llegas a entender que la historia tiene propósito, tú verás cada hecho particular de la historia como un asunto que ahí terminó, que eso no hace ningún sentido, que “el que pueda que tome provecho, que el que pueda que abuse, porque esto se va a terminar pronto”. Pero si tú entiendes que esta historia tiene propósito, ya no hay en ti ansiedad y desesperación por tomar venganza, por sacar partido. Tú entiendes que lo que se va a alcanzar en esta historia no es que a ti te vaya bien, sino que Dios alcance su propósito.
Hermano, yo no sé cómo terminará tu vida, cómo terminará la mía. Yo lo que sé es que al final de la historia Dios alcanza su propósito, y si yo estoy con Él, si yo soy en Él, entonces mi vida tiene sentido porque hace sentido dentro del propósito de Dios para la historia. Yo no soy una casualidad, yo no soy un punto aislado, esto tiene sentido. Y como esto tiene sentido, no es porque a mí me está yendo bien, es porque Dios está alcanzando su propósito. Él está diciendo: “Dios me ha puesto a mí para la preservación de ustedes”.
Propósito histórico y relevancia como pueblo de Dios
Recuerden la promesa dada a Abraham. Él se está mirando, hermano, como que él es un eslabón en un propósito mucho más grande, diciendo: “El Señor tiene que preservar la promesa que le ha hecho a Abraham, que ha pasado de Abraham a Isaac, de Isaac a Jacob, y de Jacob a nosotros, y la manera en que Dios lo está haciendo es que me manda a mí como esclavo a Egipto, para que yo aquí consiga el favor de este pueblo y yo pueda cuidar, no yo sino Dios pueda cuidar a través de mí, una promesa mucho más grande que el Señor le hizo a un antepasado nuestro”.
El asunto ya no es: “¿Y mi vida tiene sentido, si mi vida tiene razón o no la tiene, si yo tengo razón o la tienen ustedes?”. El asunto aquí es que Dios está alcanzando su propósito. Él se cuidó del resentimiento, se cuidó del dolor profundo, se cuidó de la frustración, se cuidó de la ira, de la raíz de amargura. Primero entendiendo que Dios es soberano, y después que desde la perspectiva de Dios la vida tiene un propósito. Dios estaba haciendo algo en la historia. Hermano, tu vida tiene sentido porque Dios está haciendo algo en la historia. Nosotros somos relevantes, no porque seamos ricos y famosos; nosotros somos relevantes porque somos parte del pueblo de Dios, y el pueblo de Dios tiene sentido, significado y propósito.
Nosotros somos parte de la historia de Dios, y eso nos da un sentido de relevancia, y ya no nos importa tanto tener o no tener razón. Si Dios termina ganando, yo vuelvo a Apocalipsis y veo que al final Dios triunfa, Dios reina y Dios tiene la razón. Y si estamos del lado de Él, ya no son nuestras historias personales, no son triunfos locales, es el triunfo global de Dios en su historia. José está sintiendo, hermano, que “guau, Dios me está utilizando a mí para algo que no tiene que ver solamente conmigo, sino con salvar un pueblo completo y asegurar que la promesa dada se cumpla”.
Primera convicción profunda: Dios es soberano. Segunda convicción profunda: la historia tiene sentido, Dios tiene un propósito. Ay, hermano, la tercera convicción me emociona especialmente. Dice el versículo 8:
Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón, y por señor de toda su casa, y por gobernador en toda la tierra de Egipto.
— Génesis 45:8
Oigan todo lo que Dios me ha dado. Tú tienes dos opciones en la vida: o tú te pasas la vida pensando lo que los hombres te han quitado, o tú miras todo lo que Dios te ha dado. Y cuando tú contrapongas todo lo que Dios te ha dado con cualquier cosa que alguien te quitó, tú te vas a dar cuenta que eso es insignificante con relación a todo lo que Dios te ha dado. ¿Por qué los creyentes perdonamos, hermano? Por todo lo que Dios nos ha dado. Tú tienes que mirar tu propia vida a la luz de la bondad del Señor a favor tuyo.
La abundancia en Dios facilita el perdón
Hermano, Dios te ha dado salvación, Dios te ha dado familia, Dios te ha dado gozo, Dios te ha dado paz, y nada de eso lo tenías antes. A la luz de todo lo que Dios te ha dado, tú dices: “Mira, perdonar para mí es realmente sencillo, porque lo que ustedes me han quitado en comparación con lo que Dios me ha aumentado es nada; lo que ustedes me quitaron en comparación con lo que Dios me ha aumentado es nada”. La promesa de Dios, hermanos, no es que Él nos va a guardar de las pruebas; es que Él nos va a guardar en las pruebas. La promesa de Dios, hermano, es que ya nosotros estamos enriquecidos en Él, y la abundancia del Señor a favor de sus hijos es tan amplia que los hijos pueden prodigar el perdón.
“Me quitaron mi derecho, me quitaron mi padre, me quitaron esto, pero miren todo lo que Dios me ha dado. Y lo más emocionante es que ahora también Dios a ustedes me los está dando, y también me está dando a mi padre”. Hermano, qué emocionante es perdonar desde la perspectiva del Señor. No es que perdonamos porque logramos ponernos de acuerdo emocionalmente internamente, porque logramos quitarnos el asunto del pasado de la mente, porque llegamos a racionalizar. Nosotros perdonamos porque servimos a un Dios que es soberano, porque entendemos que aún en el dolor nuestra vida tiene un significado porque Dios tiene propósito, y porque sabemos que lo que Dios nos ha dado es mucho más de lo que cualquier hombre ha podido quitarnos.
Hermano, no se centre en lo que los hombres le han quitado; entienda la dimensión de la riqueza que nosotros tenemos en Cristo. Mientras más enriquecido estés en Dios, más fácil será perdonar al esposo, más fácil será perdonar al hijo, más fácil será perdonar al hermano, más fácil será perdonar al familiar. Y el que no siente que está enriquecido en Dios, no perdona. La abundancia de la misericordia del Señor a favor de nosotros permite que podamos dispensar con generosidad el perdón. José perdonó porque sabía que Dios le había dado más de lo que cualquiera de sus hermanos le pudo haber quitado.
He dicho, primero les he mostrado lo que José estaba sintiendo, hermano, y que José sintiera ya es un regalo del Señor. Les he mostrado en segundo lugar cuáles eran las convicciones regentes en el corazón de José, tres principales: Dios es soberano, Dios tiene propósito, Dios ha sido bueno a favor mío; y por eso los perdono. Ahora, ¿qué es lo que José hace? Lo que él hace es consistente con lo que José cree. Versículo 9: en primer lugar, él manda a buscar a su papá.
Restauración familiar: traer al padre y a todos
Dice el versículo 9:
Daos prisa, id a mi padre, y decidle: Así dice tu hijo José: Dios me ha puesto por señor de todo Egipto; ven a mí, no te detengas.
— Génesis 45:9
Hermano, yo imagino que él se está emocionando aquí. Así como le dijo a ellos “yo soy su hermano”, ahora le está diciendo a su papá: “Yo soy tu hijo”. Las relaciones en la vida de los hermanos se están restaurando. Esa es la hermosura del evangelio, hermano: el evangelio es familias restauradas. El evangelio es que las heridas del pasado se quedan atrás, y no es que nos lavamos la mente, hermano; es que tenemos tanto del Señor en nosotros, es que entendemos tanto sus propósitos, tanto su soberanía, que con facilidad las relaciones se restauran.
Y esa es la hermosura, hermano, que usted viene solo al evangelio y eventualmente se reconcilia con sus hermanos, se reconcilia con sus padres, se reconcilia con sus vecinos; y la Escritura hasta dice, con sus enemigos. El Señor nos reconcilia. La reconciliación depende de eso: de nuestra abundancia en el Señor, de nuestro entendimiento de sus propósitos y de nuestro entendimiento de su soberanía. Él manda a buscar a su papá y le dice: “Ven, tu hijo te está mandando a buscar”. Les dice a ellos: “Yo soy su hermano”.
Dice: “Así dice tu hijo José: Dios me ha puesto por señor de todo Egipto; ven a mí, no te detengas”. Ellos están pensando: “Bueno, pero eso es con papi… ¿y con nosotros qué?”. “Está bien, papi, es verdad, yo entiendo que con papi bien. El papá y mamá, a eso hay que honrarlos; pero el problema no es papi, el problema somos nosotros. Y que nosotros vamos a traer a papi, y cuando lo traigamos, ¿qué va a pasar?”. Versículo 10:
Habitarás en la tierra de Gosén, y estarás cerca de mí, tú, tus hijos, y los hijos de tus hijos, tus ganados y tus vacas, y todo lo que tienes.
— Génesis 45:10
“Somos todos que venimos. Hay paz con todos”. ¡Wow, hermano! Así es que lo hace el Señor. Aquí yo imagino el descanso que tienen los 11 hermanos diciendo: “No nos vamos a morir de hambre; no nos va a matar José”. El doble peligro, hermano. José pudo no haber hecho nada; José pudo haberse quedado brazos cruzados, decir: “Váyanse, que se lo trague el hambre. Aquí hay pan, allá no hay”. No. “Busquen a papi, vengan todos, aquí hay suficiente comida para todos”.
Incluye a sus hermanos. Ay, que el Señor permita que nuestra prosperidad bendiga también nuestras relaciones primarias. Que cuando el Señor nos aumente, que cuando Dios nos bendiga, podamos bendecir a papi, a mami, a “manito”, a todo el mundo. Que el Señor permita que todas las relaciones les vaya bien con nuestra prosperidad, y que con esto, hermano, el evangelio sea anunciado entre nosotros.
Abrazos, lágrimas y buena noticia en la casa de Faraón
En el versículo 11 les dice:
Y allí te alimentaré, pues aún quedan cinco años de hambre, para que no perezcas de pobreza tú, y tu casa, y todo lo que tienes.
— Génesis 45:11
“Guau, estamos cuidados aquí por cinco años, ¿no?”. Él abraza su palabra, él la confirma diciendo:
He aquí, vuestros ojos ven, y los ojos de mi hermano Benjamín, que mi boca os habla.
— Génesis 45:12
O sea, ustedes ven, soy yo el que estoy hablando, soy yo el segundo en Egipto que se lo estoy diciendo. Y los ojos de mi hermano Benjamín… hermano, con Benjamín la relación es especial, porque eran hermanos de padre y madre y era el más pequeño. Dice: “Mi hermanito de papá y mamá, él ve también que mi boca os habla”. O sea, él puede dar fe. “Haréis, pues, saber a mi padre toda mi gloria en Egipto, y todo lo que habéis visto; y daos prisa, y traed a mi padre acá”.
Ay, hermano, lo más emocionante aquí: versículo 14:
Y se echó sobre el cuello de Benjamín su hermano, y lloró; y también Benjamín lloró sobre su cuello.
— Génesis 45:14
José no había tenido la oportunidad de abrazar a un hermano suyo en años. Qué bendición es la familia, qué bendición es tener hermanos, qué bendición es tener esas relaciones primarias para abrazar a la gente con quien uno puede identificarse: “Ese es mi hermano”. No subestime esas cosas familiares que el Señor le ha dado; son regalos del Señor. Después de 22 años, José puede abrazar a un hermano suyo. Esa vinculación, hermano, tan especial, sobre todo después de la restauración, ese abrazo… “Guau, mi hermanito”.
“Y se echó sobre el cuello de Benjamín su hermano, y lloró”. Ay, hermano, gloria al Señor por esas lágrimas, gloria al Señor por poder que salga de nosotros, de nuestros ojos, esas lágrimas. “Y también Benjamín lloró sobre su cuello”. Hermano, fue precioso, un abrazo así con lágrimas, apretado. Gloria al Señor por esas relaciones. “Ah, pero eso es con Benjamín, que Benjamín no participó de aquello; eso es con Benjamín porque Benjamín no fue el que te vendió, porque Benjamín no fue el que fue la piedra en tus zapatos, eso es con Benjamín, ¿verdad?”. ¿Y nosotros diez que estamos aquí?
Versículo 15:
Y besó a todos sus hermanos, y lloró sobre ellos; y después sus hermanos hablaron con él.
— Génesis 45:15
Oh, hermano, eso es lo que el Señor hace. Eso es lo que es restauración, eso es lo que es dejar el dolor del pasado atrás. Versículo 16:
Y se oyó la noticia en la casa de Faraón, diciendo: Los hermanos de José han venido. Y esto agradó en los ojos de Faraón, y de sus siervos.
— Génesis 45:16
Escuchen cuál fue la historia que salió en la casa de Faraón, hermano. Después de todo este llanto, después de todas estas lágrimas, después de todo este ruido, escuchen cuál fue la noticia que se oyó en casa de Faraón. No fue: “Aquí hay 11, y estos 11 son unos perversos, hombres malos”. No. Lo que se oyó en casa de Faraón fue: “Los hermanos de José han venido”. Y esto agradó en los ojos de Faraón y de sus siervos.
Persistencia del perdón después de la muerte de Jacob
¡Guau, hermano! Que la noticia sea la restauración familiar, la noticia de que las faltas del pasado, que las rencillas, el rencor, el dolor entre padres e hijos, hijos entre ellos… que el Señor permita que todo eso sea buena noticia para alguien más, que nuestra restauración produzca en nosotros ese efecto. Termino, hermano, mostrando que con el tiempo José afirmó aún más sus convicciones. Creció en ellas, hermano. Ah, y si el Señor permite que tus relaciones se restauren, no deje eso donde está. Cultívalas todavía más.
Impregna tu mente de que estás sirviendo a un Dios que es soberano. Impregna tu mente de que Dios tiene propósito. Impregna tu mente de que Dios ha sido bueno a favor tuyo. Que no se quede un asunto emocional, temporal, puntual, sino que estas convicciones vayan cada vez afirmándose más en tu corazón. Que no sea la emoción de un momento, sino que Dios permita que las relaciones se cultiven, que las relaciones permanezcan y que las convicciones se hagan año tras año más firmes en tu corazón.
Caminemos a Génesis 50, del 15 al 21, cómo termina esta historia. Ellos vinieron todos a Egipto, se establecieron allá, prosperaron en Egipto, murió el papá de José y sus hermanos. Y ya cuando se fueron papá y mamá… eso es lo que pasa en la familia. ¿Saben? Cuando se va papá y mamá, la familia se queda como acéfala, y ahí emerge la rencilla del pasado. Y cuando se muere papá, ya como que: “Uy, es que lo que nos vinculaba era papá”.
Génesis 50, del 15 al 21:
Viendo los hermanos de José que su padre era muerto, dijeron: Quizás nos aborrecerá José, y nos dará el pago de todo el mal que le hicimos.
— Génesis 50:15
Hace lógica. José manda a buscar a papi, papi fue, y después nosotros nos colamos ahí; pero ya papi no está. “¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin papá aquí que nos proteja, sin papá que interceda por nosotros?”. Y enviaron a decir a José:
Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos, y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre.
— Génesis 50:16-17
No rascar la herida y la respuesta final de José
Eso, hermano, yo no sé si fue verdad, que Jacob mandó ese mensaje, pero le mandaron a decir a José: “Tu padre mandó antes de su muerte diciendo: ‘Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre’”. Y dice el texto: “Y José lloró mientras hablaban”.
Después que ya esto pasó, después volvemos más. Quiero aconsejar en dos lados, hermanos: si a usted lo perdonaron, deje de estar rascando ese asunto, ya déjelo atrás. “¿Tú me perdonaste de verdad? Y cuidado si tú estás pensando…”. Hermano, deje eso atrás. Si ya por la soberanía de Dios, por su propósito y por su amor tierno para nosotros hemos perdonado, no hay que estar de nuevo preguntando, no hay que estar de nuevo insistiendo. Eso es lo que hace que traiga más daño y le da lugar al diablo.
Cuánto daño ha hecho el que vuelve a recalcar las cosas. “Pero cuidado si tú te estás recordando… quizás me recuerdo de vez en cuando…”. Ya no hablemos de eso, no hablemos más del asunto. “Y José lloró mientras hablaban”. Versículo 18:
Vinieron también sus hermanos, y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos.
— Génesis 50:18
La gente entiende que, como no se ha hecho, buscan alguna salida, y se están ofreciendo como esclavos para guardar la vida. Hermano, todo eso tiene tono de cine en toda la Escritura, pero esa es la película El Padrino. El Padrino 2 es eso: el hombre tenía una rencilla con su hermano y le dijo: “No lo maten”, y después dijo: “Sirviente hasta que se muera mamá”. Y cuando murió mamá, lo mandó en un barquito, y se escuchó por ahí el tiro, y ahí termina el asunto. Le dijo: “No lo maten”, su hermano lo traicionó, su propio hermano, entonces él no perdonó al hermano, sino que le perdonó la vida hasta que se muera mamá, pero después del funeral de mamá…
Aquí no es así. Versículo 19:
Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios?
— Génesis 50:19
Cuando José dice esto, no era un asunto emocional, eran convicciones profundas. Su mente, su cosmovisión, está impregnada de que Dios es soberano, de que Dios tiene propósito, de que Dios es bueno. “No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios?”. Versículo 20:
Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.
— Génesis 50:20
Versículo 21:
Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.
— Génesis 50:21
“Y habitó en Egipto él y la casa de su padre; y vivió José ciento diez años”. Hermano, si el Señor te dio gracia para perdonar, si el Señor te dio convicción para perdonar, que eso florezca con el tiempo, que se aumente. Que mientras más pase el tiempo, en la presencia del Señor, más convencido estés de que tu Dios es soberano, de que Dios tiene propósitos, de que tu Dios es bueno. Que eso no sea un asunto del momento, sino que sea algo que se mantenga constante en tu corazón y que crezca con el tiempo. Que el Señor permita que todas las rencillas, la ira, el rencor del pasado, las retaliaciones, queden atrás.
Oración: dejar atrás las heridas y resolver perdonar
Oro al Señor por toda la iglesia. Con la ayuda del Señor, el domingo próximo estaremos cerrando la serie de “Lo que quedó atrás”.
Mira, Señor, esta congregación aquí reunida, y las heridas del pasado. Mira, Señor, las historias, mira las historias familiares, las historias laborales, mira, Señor, los conflictos de ayer, los conflictos de antes. Mira el corazón dañado, Señor, mira el corazón herido. Lo que te puedo pedir para este pueblo es que nos llenes de un convencimiento aún más profundo de que tú eres soberano, Señor, de que cualquier persona que nos dañó tú lo viste, Señor, y lo permitiste. Y si lo permitiste, ya el asunto no es con ellos, sino contigo.
Permítenos entender, Señor, que tienes propósito, y que la historia tiene sentido de acuerdo al propósito de Dios para su pueblo. Ay, Señor, que si hemos sido llamados conforme a tu propósito, todas estas cosas puedan quedar atrás. Ay, Señor, haz memoria reciente de tu favor, de tu gracia a favor nuestro, Señor, de tu misericordia a favor de tu pueblo. Que mientras más veamos tu constancia en proveernos, tu amor paciente y sacrificial, más, Señor, nos desbordemos en nuestras relaciones para perdonar.
Permite, Señor, que haya hoy resoluciones de perdón en los matrimonios, que haya, Señor, resoluciones de perdón de padres hacia hijos. Permite que aquel hijo abandonado, Señor, no devuelva en consecuencia. Permite, Señor, que aquel cónyuge herido con facilidad pueda dejar el pasado atrás. Permite, Señor, que haya historias hoy de renovación familiar, de restauración, Señor, de gracia renovada, de convicción. Permite que a la casa de Faraón llegue el testimonio, Señor, de que hay fiesta, de que hay paz, Señor, de que tú lo has hecho a favor de nosotros.
Bendícenos, Señor, permitiendo que muchas cosas hoy sean dejadas atrás. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesucristo, amén.
Que el Señor les bendiga, hermanos queridos, que el Señor les guarde. Nuestro ministerio de adoración nos despide con alabanza.