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Parabola de la fiesta de bodas

Mateo 22:1-14

El Señor nos invita como Rey a la boda de su Hijo, una invitación reiterada, inminente y llena de gracia, pero que exige responder con humildad y con las vestiduras de salvación y justicia que Él mismo provee.

Predicado4 de febrero de 2018
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Se Evangelio de Mateo, capítulo 22. Estaremos leyendo Evangelio de Mateo, capítulo 22 desde el versículo 1 y hasta el versículo 14. Evangelio de Mateo, capítulo 22 desde el versículo 1 y hasta el versículo 14, es la parábola de la fiesta de bodas. Dice así la palabra del Señor, parábola de las fiestas de bodas.

Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas, diciendo: El Reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo; y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas éstos no quisieron venir. Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi comida, mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas. Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios; y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron. Al oírlo, el rey se enojó; y, enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas y quemó su ciudad. Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos. Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis. Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados. Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

— Mateo 22:1-13

Puede sentarse, hermanos, amigos queridos.

Es una parábola de nuestro Señor Jesucristo que guarda cierta similitud con otra parábola que en otra ocasión ya he expuesto, y aún con otra que expuse recientemente. Guarda relación con la parábola de los labradores malvados y guarda también relación con aquella parábola del gran banquete. Es una parábola particular de nuestro Señor porque fue pronunciada en presencia de aquellos que ya habían resuelto apresarle, que habían resuelto destruirle, justo al final de su ministerio público.

Dice nuestra introducción que las fiestas eran el principal acontecimiento social del mundo antiguo, una forma de construir relaciones, mostrar favor a otros y respeto a quien te invitó. El Señor mismo participó en una gran cantidad de bodas; no solamente fueron parábolas, sino que Él mismo asistió con sus discípulos a actividades de este tipo, bodas y fiestas. Y eligió reiteradamente la imagen de una fiesta para presentar lecciones espirituales; sus oyentes podían identificarse profundamente con el mensaje, pues ya sea participando ellos mismos o desde lejos, viendo a otros participar, podían sentir la emoción de ser convidados o no, la emoción de corresponder a otros y ser correspondidos ellos mismos.

La invitación al Reino como boda del hijo del Rey

Esta es una de las últimas parábolas del Señor; la contó justo después de su entrada triunfal en Jerusalén. ¿Y qué muestra ella? Muestra que la entrada del Reino es una invitación de un rey a la boda de su hijo, una invitación importante, una invitación también reiterada y una invitación que al mismo tiempo es condicionada. Con la ayuda del Señor, desde este texto pretendo mostrarle esas cosas hoy a la iglesia: que el Señor nos ha convidado a un gran banquete, a una gran boda; que es una invitación importante, no de importancia secundaria, sino principal en primer lugar.

En segundo lugar, quiero enfatizar la reiteración del Señor en llamarnos: “Venid a las bodas”. Y en tercer lugar quiero expresar la condición que el Señor ha establecido para aquellos que pretenden participar. La otra parábola que le estuve refiriendo está en Lucas, capítulo 14. Son parábolas muy parecidas y lo que muestra la evidencia es que parece que éstas eran historias que eran parte de la vida de Israel. El Talmud judío, por ejemplo, tiene por lo menos dos historias parecidas a estas, donde había banquetes, donde había invitados, donde se mencionan vestiduras, donde se menciona la actitud de aquel que había convidado, y evidentemente el Señor conocía estas historias y las utilizaba, adaptando algunas partes para alcanzar su propósito pedagógico: a veces confrontar, a veces instruir.

En primer lugar me propongo, con la ayuda del Señor, mostrarle a la iglesia que esta es una invitación importante. Yo imagino que cuando el Señor comenzó a describir los elementos de su parábola, su audiencia comenzó a sentirse muy enojada. Por ejemplo, en esta parábola no solamente es un hombre que está convidando, sino que es un rey. Y este rey está invitando a sus súbditos que vengan a participar de un banquete de boda de su hijo. Justo antes de esto, el Señor había tenido una entrada triunfal en Jerusalén como un rey, o por lo menos como el invitado de alguna persona importante.

Confrontación a las autoridades y gravedad de rechazar al Rey

Ya sus detractores se sentían en su corazón, tenían en su corazón esta resolución de perseguirle, de apresarle. Y dice introduciendo el texto: “Respondiendo Jesús”. La pregunta de rigor es, ¿a qué está respondiendo el Señor? No le habían hecho una pregunta; estas personas que estaban aquí presentes no le pidieron que relatara una parábola. A lo que el Señor está respondiendo desde esta parábola no es una pregunta que sus interlocutores le han hecho, es una actitud que había en el corazón del pueblo. ¿Y cuál era esta actitud? Dice asimismo el capítulo anterior, que es el capítulo 21, los versículos 45 y 46, después de narrar otra parábola:

Y oyendo sus parábolas los principales sacerdotes y los fariseos entendieron que hablaba de ellos. Pero al buscar cómo echarle mano, temían al pueblo, porque éste le tenía por profeta.

— Mateo 21:45-46

Lo que el Señor pretende hacer por medio de esta parábola es cavar aún más hondo. Ya por una parábola anterior había confrontado a las autoridades judías, y ahora viene y remata con una parábola adicional. Ya ellos habían entendido que se trataba de ellos, ya esto no es un asunto que se suelta al aire, tratando de que alguien entienda; sus detractores sabían que el objetivo de la parábola del Señor era confrontarles a ellos. Y el Señor intencionalmente describe la parábola y los elementos que menciona, y en los elementos que menciona entonces pone un rey y sus súbditos.

Si ellos se sentían anteriormente ofendidos porque el Señor hablaba como quien tiene autoridad, imagínense lo que había en este momento en su corazón: que Él no solamente habla como quien tiene autoridad, sino que Él dice, “Yo soy el Rey, o por lo menos el Hijo del Rey, y ustedes todos son los súbditos míos”. Esta parábola no se recibió en el contexto de otra donde simplemente hay atención, entretenimiento, expectativas. Las personas que estaban del otro lado del Maestro estaban enfurecidas, y a estas personas enfurecidas el Señor les relata la parábola de una fiesta de bodas.

En primer lugar, hermano, la invitación es importante. ¿A qué están invitándolo? Están invitando a una boda, que es un acontecimiento único. En otras parábolas del Señor, Él habla, por ejemplo, de un gran banquete, Lucas capítulo 14, la parábola del gran banquete, hasta cierto punto paralela a esta, pero diferente. En la parábola de Lucas 14, el gran banquete lo daba un señor acaudalado; quien está invitando aquí es un rey, único, absolutamente poderoso.

La boda del hijo del Rey y la obligatoriedad de acudir

Allí era un simple banquete; aquí el Señor no estaba hablando de un simple banquete, Él está hablando de un banquete de bodas, un acontecimiento irrepetible. Un hombre hace muchos banquetes en su casa, pero solamente tiene una oportunidad de casar un hijo. En la parábola anterior, los convidados se disculparon por no asistir; aquí no se disculparon, sino que se negaron intencionalmente a asistir y mataron a los sirvientes. Los invitados de la otra parábola del Señor, que es una parábola más general, fueron dejados fuera; aquí son destruidos por el Señor.

Quiero mostrarle que esta parábola es un punto álgido en la enseñanza del Señor. El Señor no solamente está tratando de dejar ideas al aire para mover; el Señor está reprendiendo, y el énfasis de toda esta parábola es una profunda reprensión. No es una enseñanza figurada que se le da a una persona para que despierte; es la reprensión de aquellos que el Señor tenía años removiéndole y no terminaban de abrir los ojos ante la realidad de nuestro Señor. La audiencia de allá era una audiencia general, personas que estaban participando en una fiesta, sus discípulos; la audiencia aquí eran sacerdotes y ancianos del pueblo.

Dice asimismo el capítulo 21, versículo 23:

Cuando vino al templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas, y quién te dio esta autoridad?

— Mateo 21:23

Entonces aquí fue que el Señor comenzó a hablar en parábolas. Esta audiencia que está aquí está representando corporativamente a todo Israel, porque están por un lado los sacerdotes, están por otro lado los líderes del pueblo, que eran los ancianos; virtualmente todo Israel está representado en estas autoridades. Y a todo Israel el Señor le está diciendo: yo les invité a una fiesta de bodas y ustedes no quisieron asistir.

Si la actitud anterior era una actitud de descortesía, de quien no corresponde a una invitación, de quien no atiende al llamado, en este momento el Señor no está hablando de simple descortesía, el Señor está hablando de deslealtad. “Yo soy absolutamente poderoso y superior, y todos ustedes son mis súbditos, y no responden en consecuencia”. Mientras leía esto, hermano, yo pude por un momento sentir el enojo, la reprensión de una persona que no ha abierto sus ojos al Señor, y el Señor del otro lado que está confrontando a esta persona. Ustedes tienen que sentir la angustia, la desesperación, al mismo tiempo la impotencia que están sintiendo los ancianos de Israel y los sacerdotes que durante años han visto el ministerio de nuestro Señor Jesucristo y no han abierto los ojos al Señor.

Paciencia y reprensión del Rey; el carácter único de una boda

Ya el Señor no les está llamando, el Señor les está reprendiendo, el Señor les está echando fuera, el Señor les está diciendo figuradamente: ustedes serán destruidos. Comenzaré introduciendo con lo que debería terminar. Hay personas aquí presentes que deben entender que el Señor no siempre habla del mismo modo; a veces llama y atrae, pero a veces expulsa y reprende, y que la paciencia de nuestro Señor no es una paciencia para todo momento. El tono de las parábolas cambia y las demandas del Señor hacia el pueblo cambiarán también. En un momento el Señor te está buscando atraer, y en otro momento el Señor te dice: “Te he dejado fuera, te llamé tres veces y no viniste, ya no hay esperanza para ti”.

Llama la atención el hecho de que el Señor hablaba puntualmente de una boda. Miren, aún en la actualidad las bodas son acontecimientos a los cuales estamos obligados. A usted le invitan a una boda, lo están invitando a jarabina; eso no es “si te parece, si tú quieres”. Te he enviado una invitación, no es una invitación opcional; usted va o va. La invitación, una de las invitaciones más comprometedoras que hay al día de hoy, es una invitación para una boda. Y si eso es en la actualidad, donde el matrimonio, el pacto matrimonial, ha sido tan relajado, imagínense cómo comprometía una invitación a boda en los tiempos del Señor.

De hecho, en la consejería prematrimonial yo le digo a las personas que voy a casar que si dos novios se ponen de acuerdo para hacer un listado y la sangre no llega al río, esa persona puede permanecer casada, porque el estrés que genera ponerse de acuerdo acerca de a quién invitar a una fiesta de bodas, hermano, eso es algo que separa familias. Y usted dice: ¿cuántos son los invitados? Los invitados son 70, y vamos a ponernos de acuerdo. Y tenemos que invitar a este tío mío. “¿Y qué tío es este que yo no conozco?” “Sí, es el hermano de mi padre, el hermano de mi madre”.

El filtro de la invitación y el peso de la boda real

Miren, a quien le invitan a una boda ha pasado un filtro, y un filtro, y otro filtro, y otro filtro. Cuando esa invitación llegó a sus manos, acuda; eso no es opcional. El estrés que genera invitar a una persona a una fiesta de bodas debe anunciarte que hay que acudir. El Señor no estaba invitando a un banquete, está invitando a una fiesta de boda; “acude”, te está diciendo. Hay una boda, parece en último momento, ya está yendo y estamos por encima de la capacidad, y aparece un amigo de infancia de un primo segundo que vino de fuera.

Bueno, estoy contrastando una boda en la actualidad para decirle, hermanos, que una boda es de los acontecimientos únicos, singulares, irrepetibles, allí donde una persona, cuando te dice “ven”, tú tienes que acudir. Y si la boda es una boda, si los hombres de a pie tenemos la capacidad de mover, hay gente que compra un vuelo para ir a una boda. Hay una persona que viene del campo, hay una guagua de familiares porque “hay que ir a la boda de fulano”. Si eso somos nosotros, que podemos tener esa capacidad de convocatoria con una boda, imagínense ustedes la boda del hijo de un rey.

Ese es el tipo de acontecimiento que hace que una agenda se despeje. “No hay espacio en la agenda, no hay fecha disponible hasta que se case el hijo del Rey”, porque tú eres su súbdito. La relación aquí no es una relación de iguales, como en la parábola del gran banquete; es una relación de sujeción. Y aquel que es una autoridad por encima de ti te está diciendo: “Te doy el privilegio de asistir, de unirte a mí en mi fiesta, porque voy a celebrar las bodas de mi hijo”.

La invitación del Señor a que vengamos a Él no es una invitación en condición de iguales; es que Dios, como presento mi Dios consistentemente, aquel que hizo el cielo y la tierra con el poder de su palabra, te está diciendo: “Vengan”. ¿Quién te está invitando? La invitación del evangelismo no es una invitación desde iguales, no es una invitación desde abajo; es la invitación de un Rey que dice: “Vengan”. Es el Señor, es el Rey que te está diciendo: “Tengo la cortesía contigo; yo no tendría que llamarte, pero te estoy invitando”. La invitación del Señor es una invitación que viene desde una posición de autoridad.

El rey que ruega y el mandato de arrepentirse

Por cortesía es invitación, pero es una obligatoriedad. Hay cosas que a usted lo invitan porque el formato corresponde, hay que hacer invitación; pero hay cosas que usted tiene que ir. Si el Rey invita, usted viene. ¡Ay, hermano!, dice asimismo la Escritura en Segunda de Corintios 5:20 que el Señor ruega por medio de nosotros, pero yo tengo que aclarar hoy que nuestro Dios no tiene que rogar, y ruega. Dice la Escritura que nosotros somos embajadores en nombre de Él, como si rogara por medio de nosotros a los pecadores que vengan a Él: “Reconciliáos con Dios”.

Oigan, el Rey está invitando a los súbditos a que vengan a Él: “Reconciliados, por favor, vengan”. Cuando usted vea que su Dios está rogando, tiemble, porque Dios es absolutamente poderoso, y aún así Él ruega. Cuando el Rey se toma la molestia de invitar a sus súbditos, usted atiende, porque Él es el Rey. El llamado de la evangelización no es un asunto voluntario: “Si te parece, si te queda tiempo, si tú crees que es conveniente en este momento y no afecta tu apretada agenda, ven al Señor”. No. La invitación que hace el Señor la hace desde abajo, pero la está haciendo el Rey, y el Señor espera que sea atendida su invitación.

Mire, un buen súbdito tiene que asistir y tiene que tomar esto como un mandato, como un buen empleado asiste a la fiesta del año. Esta es la fiesta del año, su trabajo; usted va, sobre todo si en esa empresa tiene una posición de autoridad, porque un gran empresario está esperando en su fiesta del año tener ahí a sus capitanes sobre la mesa, no que “el gerente se nos quedó”. Si el peón va, usted va. O sea, si usted entiende que es súbdito, le corresponde; usted tendrá que asistir a su fiesta, es que está obligado. A jarabina se va porque se va. Es una invitación, pero debe ser tomada como un mandato.

Por eso dice Hechos, capítulo 17, versículo 30:

Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan.

— Hechos 17:30

Cuando tu Dios invita, tu Dios realmente manda. Si es Dios que habló, hermano, no es sugerencia. Les he dicho en primer lugar que a lo que te están invitando es una boda, no es un desayuno, un brunch, “vamos a cenar”. No; a una cena se responde en otro momento, la boda no se repone.

La inmediatez de la boda y la inminencia del Reino

Si te invitan a la boda, no habrá otra boda de un hijo; eso no es una cena de “nos vemos, vamos a ver si lo podemos hacer el sábado, el viernes, otro día”, eso no se reprograma. Una boda es única, un acontecimiento importante, de una sola vez, y es un Rey que está invitando, y el Rey está invitando para la boda de su hijo. O sea que aquel que se está casando, Él es el heredero, Él es tu futuro Rey. Ausentarse es una señal de rebelión.

Ay, Señor. Esto no es un rey cualquiera, no es una democracia representativa supuestamente, donde hay un día que hay que ir a saludar al presidente, y los funcionarios hacen fila: “Señor Presidente, aquí estamos”. Y si acaso un funcionario no va, hay otro funcionario que dice: “Fulano no vino”. Y usted no quiere ser el fulano que no fue, porque si el presidente lo constituyó a usted ministro, el presidente quiere que usted se presente. Todavía hay un expresidente de nosotros que el día de su cumpleaños la gente peregrina, hay que ir a saludar al presidente; es parte. Si el Rey te invitó, no solamente es una boda, no solamente es el Rey que te invita, sino que es la boda de su hijo, hermano. Que se caiga cualquier cosa por ese compromiso, se atiende.

Sería aún más gravoso que ausentarse un evento político. Me está recordando cuando Saúl quería tener a David en la mesa y preguntaba: “¿Y dónde está David?” Él mandó a decir que está indispuesto. Hay que ver cómo se le responde a un Rey cuando está esperando ver a un súbdito sentado en la mesa. David estaba huyendo ya de Saúl, y Saúl quería verlo en la mesa, y en un momento se enojó: “¿Dónde está David, que no está acudiendo?” Es que ahí es que hay que estar.

Si el Rey llamó, usted atiende. Le está diciendo el Señor a las autoridades judías: ustedes están en una posición muy gravosa, porque quien les invitó a la boda fue el Rey; era un acontecimiento único y era la boda de su hijo. Se iba a celebrar, dice el versículo 4: “Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí he preparado mi comida, mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas”. Miren, eso es un acontecimiento inminente.

Que el Señor reina, que el Señor esté invitando a una boda, que el Señor está preparando una gran fiesta y que nosotros estamos emocionados porque vamos a participar en una fiesta, eso es un asunto impostergable, hermano. Algo que a mí me emociona del dominio absoluto del Señor sobre la tierra, de su Reino que vendrá sobre nosotros, es que nada podrá detenerlo. Hermano, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, el Reino del Señor será físicamente establecido.

La fiesta no se detiene: inminencia y certeza del plan de Dios

Esos son acontecimientos que nada puede detener; es un asunto inminente. Ya fue algo tan concreto que va a suceder, que ya se preparó la comida, que ya los toros y animales engordados fueron muertos; esa comida está servida. Hermano, la venida de nuestro Señor es un asunto tan inminente que es como que usted tenga una comida para comérsela ahora: usted se la come o se la come. La venida del Señor sucederá, almas queridas. La convicción de los creyentes es que nuestro Señor invitó, y esa fiesta va.

Y nosotros estamos invitados a la fiesta. El Señor le está diciendo a todas las autoridades judías que el hecho de que ustedes no me reciban no significa que la fiesta se cancela. “Ah, pero ¿sabe qué? Nosotros no atendimos ninguno, el Señor va a tener que reprogramar la fiesta”. El Señor está diciendo: la fiesta no se reprograma, la boda va. O sea, hay gente que frente a un acontecimiento espera el último momento para llamar: “El asunto va”, y el círculo de la casa te debe responder: “Ya matamos los animales y el asunto está aquí, y solamente faltas tú”.

Hay gente que pregunta: “¿Esto será verdad, que Cristo viene, que el Reino del Señor está cerca?” Tal vez. Él no dijo “el Reino ya vendrá”, dijo que “el Reino ya está entre nosotros”. Esto es un asunto inminente; no es para algún día, ya está funcionando en medio de nosotros. El acontecimiento será celebrado porque será celebrado.

Les he mostrado, hermano, que es una invitación importante; esta es la invitación a la cual un hombre prudente no le dice que no. Quiero mostrarle ahora la gracia de mi Señor, que siendo el Rey, tratándose de una boda y de la boda de su Hijo, aún así reitera. El protocolo en las fiestas en el tiempo de Jesús eran dos invitaciones. Primero se convidaba un listado, como hacemos nosotros, a quienes queremos tener en nuestra fiesta de boda: se hacía un listado, se avisaba a las personas, y ya cuando el acontecimiento había llegado entonces se les decía: “Es el momento de venir”, la segunda invitación.

En los tiempos de Jesús, las actividades como ésta tenían dos invitaciones. Yo quiero mostrarle hoy a la iglesia, a cualquier persona que está aquí hoy congregada, que el Señor mandó tres veces. Él había ido más allá del protocolo.

Tres llamados del Rey: la gracia que insiste

Voy a contar con ustedes las veces. Primero, dice el versículo 3: “Y envió a sus siervos a llamar a los convidados”. O sea, que ya les había convidado; literalmente, como dice ahí, el original es “a llamar a los llamados”. Aquellos que ya yo les dije que vengan, lo que estoy diciendo ahora es: “Es el momento”. Lo que para nosotros es la primera invitación, para el Señor ya es la segunda. Si Él está mandando a llamar a los llamados, mandando a llamar a los convidados, como lo traduce la Reina-Valera, es que estas personas ya sabían que el evento iba, ya yo les dije primero tiempo atrás que el evento iba, y ahora estoy enviando a mis siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas éstos no quisieron venir. Ya van dos veces.

“Volvió a enviar a otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí he preparado mi comida, mis toros y mis animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas”. Tres invitaciones distintas del Señor. Yo le digo primero: es un Rey, un Rey; usted quiere ser invitado por Él. Los reyes no tienen que invitar tres veces, pero el Señor invitó tres veces. Cuando el Señor te está reiterando la invitación, yo quisiera que todos ustedes vieran aquí un cartel, una valla, un asunto inmenso, que lo que está diciendo es “gracia”.

Alguien dirá: “¿Y por qué el Señor invita tanto?” Yo mismo me he preguntado lo mismo. Algo me dice, ¿cómo que la iglesia siempre está diciendo a todos los perdidos, a todos los sedientos: ‘Venid a las aguas’, a todo aquel que venga al Señor? ¿Y qué es lo que tanto llama el Señor? Si eso fuera importante, el Señor dejara de llamar. Es el Rey que está llamando a una boda, es la boda de su Hijo. Mientras más el Señor llama, el evento no pierde ninguna pompa, no pierde mérito, el evento no pierde su caché porque el Señor llama mucho. Ahora, el Señor, cuando llama mucho, te está hablando de su gracia, de su misericordia.

Él pudo destruirte la primera vez y aún así el Señor hoy está llamando. El Señor pudo haberte destruido el domingo pasado, pudo haberte destruido el 2018, y todavía el Señor manda a sus siervos y les dice: “Vengan”. Después que a un Rey usted le dice que no va, lo que le toca es perder la cabeza, y aún así el Señor no te quita la cabeza de sobre el torso de tu cuerpo, sino que todavía manda otro siervo: “Vengan, por favor”.

Oigan, el Señor tiene una pasión porque todos vengan, que a ratos el llamamiento que aparece, a veces pareciera que pierde hasta su dignidad, pareciera a veces que ha perdido su poder, pareciera a veces que se hace muy inferior a nosotros para decirnos “vengan”. ¿Qué hace un Rey justificando que tiene que estar diciendo? Un Rey dice: “Que llamen a los animales”. Esto es lo que no entendemos. Ves a los siervos del Señor, nosotros mismos, que siendo nosotros mismos aquellos que el Señor les llamó reiteradamente, terminamos estando aquí, acudiendo quizá al séptimo llamado, después que llamamos a otros. Y uno mira a la gente y dice: “¿Qué es lo que tanto tardan para venir? Que vengan, es el Rey que está llamando”.

Y cuando le decimos al Rey: “Córtale la cabeza”, el Rey dice: “Llámalo de nuevo, manda otro más: vengan, vengan, vengan”. Cuando el Señor dice “vengan” muchas veces, el Señor te está hablando de su gracia. Yo me gozo en ver que en esta invitación reiterada el Señor lo que está haciendo es comunicarnos a nosotros el carácter, la gloria que hay en Él, la dignidad. El Señor llama muchas veces y no pierde su gloria.

Dos tipos de pecadores: el pasivo y el violento

Aquí hay, hermano, dos actitudes distintas en el mismo pueblo, pero con las mismas consecuencias. Hay unos, dice el versículo 5: “Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza y otros a sus negocios”. Ese grupo, hermano, es el grupo discreto entre los pecadores, en el universo de los pecadores, en el cual nosotros, por gracia, hemos sido justificados, pero no hemos salido del círculo, sino que nos han puesto un label, una etiqueta: “justificado”. Eso somos nosotros, hermano, pero hay dos subconjuntos.

Está el pecador pasivo y está el pecador violento. Está el pecador silencioso y está el pecador ruidoso. Está el pecador de bajo perfil y está el pecador militante. Aquí se ven los dos grupos. El pecador de bajo perfil es aquel que dice: “Sin hacer caso, nosotros no vamos a pelear. Nosotros ni siquiera vamos a decir nada, vamos a trabajar, hagamos otras cosas”. Pero hay otro. Es un tipo de pecador, un pecador pasivo, que dice: “Yo estoy bien porque nunca rechacé ir; la realidad es que yo nunca le dije a Él, nunca lo ofendí, nunca le puse un dedo encima a un siervo, lo que yo pido es que me dejen tranquilo, que me dejen trabajar, que me dejen irme a mi negocio, eso es lo que yo pido”. Ese es un tipo de pecador.

Hay un pecador del versículo 5 de Mateo 22:5 y un pecador de Mateo 22:6. El pecador de Mateo 22:5 “se fueron unos a sus labranzas y otros a sus negocios”, un pecador que lo que quiere es que lo dejen en paz: “Dejen de estarme invitando, que yo tengo una vida muy ocupada para el Señor. Lo que tanto me dicen que vaya a la iglesia, lo que tanto me dicen que me convierta, lo que tanto me dicen que me bautice, lo que tanto me dicen que me arrepienta. Déjenme en paz, yo lo que quiero es que me dejen atender mi negocio. Soy un hombre muy ocupado. Yo no me opongo a que se haga una boda; yo lo que no quiero es estar ahí”.

¿Cuántos pecadores reconocen ustedes en esa categoría, que dicen: “Yo no estoy opuesto ni a la iglesia, ni a los evangélicos, ni a los cristianos; que hagan ellos su mundo. Yo lo que quiero es que me dejen en paz”? Es el pecador de Mateo 22:5. Ese pecador de Mateo 22:5 tiene sus particularidades, pero hay otro, que es el virulento. Es aquel que dice: “Y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron”.

La violencia contra los siervos y la ofensa de la indiferencia

Oye, ¿pero por qué tú estás matando a una gente que te invita? ¿Por qué no cierras la puerta y ya? Hay alguien que no solamente es pasivo con relación a la obediencia al Señor; hay personas que son violentamente militantes, son aquellos que matan a los siervos. El Señor está poniendo un subconjunto a todos los pecadores de Israel, porque había algunos que decían: “No, nosotros no fuimos los que crucificamos al Señor; lo que nosotros hicimos fue que nos quedamos en otra casa, es distinto; los que le mataron fueron las autoridades”. El Señor, en este momento, engloba al pueblo, diciéndole: “Algunos de ustedes son violentamente pecadores, que matan directamente, y la sangre está sobre sus manos; y hay otros que, con su silencio, han logrado lo mismo, y ambos serán destruidos”.

No ponerse violentamente al Señor es despreciarle lo mismo. El grupo uno y el otro fueron destruidos por el Señor, no entraron a las bodas. Es posible ofender a Dios, amigos queridos, haciendo cosas correctas. Usted que piensa que el que necesita de Dios es la persona que se ha entregado a la inmoralidad, la persona que se ha entregado a la promiscuidad, la persona que se ha entregado a los vicios. Estas personas no estaban entregadas a los vicios, eran gente muy ocupada, haciendo cosas loables.

Y uno diría: “Pero ¿por qué quisiéramos nosotros que los súbditos estén trabajando la tierra y atendiendo sus negocios?” “Yo estoy aquí fajado, para que el Rey pueda ser Rey, porque si no trabajo la tierra, si no estoy aquí en la labranza, si no estoy atendiendo los negocios, no hay impuestos para que Él pueda matar la vaca”. “Y en total, estoy trabajando”, es el pensamiento de muchas personas que entienden que están sirviendo al Señor porque no se oponen directamente a Él, y ante el Señor son iguales.

Hay otros que se escudan en la conducta grotesca de los que matan al Señor pensando: “El Señor conmigo va a hacer algo, porque yo nunca me puse directamente. Yo sospecho que hay gente que le gusta ver la noticia porque ve pecadores que son superiores a él. Y cuando ve la noticia, dice: ‘No, pero si esos…, mira esa gente, lo que están haciendo, yo soy un santo’”. Ante el Señor, hermano, todos están en proporción. El Señor está diciendo en Israel: todos están bien. Por eso en el libro de los Hechos lo que dijeron los apóstoles fue: “Ustedes mataron al Hijo de Dios, ustedes todos”.

La ciudad quemada y la fiesta que continúa

Y tú vas a decir: “No, nosotros no dijimos: crucifíquenlo”. Todos lo hicieron, activa o pasivamente están matando al Señor. Si aquí hay alguien que no se opone al Señor, pero no ha acudido a la invitación del Señor a las bodas, está en la misma condición de aquel que es violento. Esto que le menciono que veo en las noticias son los que piensan que la conducta de otro les disculpa de rechazar la invitación del Señor: “Arrepiéntete, ven al Señor. ‘En el caso Odebrecht’, tú sabes…” “¿Y qué tiene que ver eso contigo?” “Sí, esos fueron…”. “Ay, arrepiéntete, ven a Cristo”. “La Marcha Verde”, tú sabes… Hermano, que una persona tenga una condición extrema no significa que tú te has disculpado delante de Él.

En este momento yo quiero hablarles a aquellos que, cuando ven pecadores peores, piensan que son mejores. “Todos se descarriaron como oveja”, dice el Señor, “cada cual se apartó por su camino; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. Tengo que mover la fiesta un poco más adelante, hermano. La fiesta va; o sea, yo he venido hoy a decirle a todas las personas que están aquí presentes que la fiesta va. Después del rechazo de todos ellos, pareciera que la fiesta del Señor quedó aguada, que ya no hay. El Señor entró a la ciudad y la ciudad no le recibió, y ¿qué hacemos con el Señor?

“Al oír esto”, versículo 7, “al oírlo, el Rey se enojó; y enviando sus ejércitos…” La diferencia es que quien te invita tiene ejército, porque es Rey. Si te hubiera invitado un hombre normal, él no tiene nada que hacerte, quizá te dice: “No, cuando se case el hijo tuyo tú vas a ver, tú me invitas, no voy”. Así piensa el hombre normal: “Si él viene a mi cumpleaños, le voy al suyo”. Esto no estamos hablando de un hombre que le corresponde el cumpleañito al otro; estamos hablando del Rey. El Rey tiene ejército, y como el Rey tiene ejército, dice el versículo 7: “Al oírlo, el Rey se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó aquellos homicidas y quemó su ciudad”.

¿Se acabó la fiesta, ya el Señor no reina, se desabasteció la fiesta del Señor? Hermano, vine hoy a establecer que la fiesta continúa, que el hecho de que alguien le diga que no a mi Señor no significa que mi Señor no tendrá una boda para su Hijo. La fiesta sigue en pie, versículo 8: “Entonces dijo a sus siervos: Las bodas, a la verdad, están preparadas”.

Los convidados indignos y la invitación “al portador”

Y desde aquí alguien que dice: “El Señor va a tener que detenerse, porque todavía, de la población, hay gente que tiene estadística demográfica y dice: ‘Yo veo el globo terráqueo completo y hay zonas completas donde las personas no están sirviendo al Señor, y porque proporcionalmente todavía no están sirviendo al Señor, el Señor no va a poder hacer lo que quiere hacer’”. Hermano, la boda va, la fiesta continúa. El Señor no se amilana, el Señor no se devuelve, el Señor no sale a buscar el calendario de “vamos a ver si podemos reprogramar: agarre cada uno su calendario”. No.

El Señor le dijo a sus siervos: “Las bodas, a la verdad, están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos. Id, pues, a las salidas de los caminos y llamad a las bodas a cuantos halléis”. Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos, y las bodas fueron llenas de convidados. Hermano, yo no sé cuándo, pero al final las bodas se llenan. Sea que entre el pecador A o el pecador C, tal, hermano, yo no sé; yo lo que sé es que al final la boda se llena.

Y el Señor lo hace. Yo no tengo ninguna duda en que al final mi Señor reina, en que al final mi Señor triunfa, en que al final todo lo que mi Dios dijo se hará. Ahora, mis ojos a veces me engañan; estadísticamente hablando, a veces yo lo veo más rápido, a veces más lento, pero esto es contra pronóstico, hermano: nuestro Señor llenará su boda. Unos serán destruidos y otros vendrán, pero al final, hermano, la boda va, no se detiene. Me gozo que dice el versículo 9: “A cuantos halléis”.

Yo, como siervo de mi Señor, siervo de la casa, me refiero, yo me emociono: “A cuantos halle”. Hermano, nosotros tenemos una invitación que dar que en este momento es una invitación que no tiene nombre, “al portador”. El evangelio, hermano, el evangelismo, usted no le pone el nombre. Yo hace rato que estuve animando mi iglesia que deje de ponerle nombre a las invitaciones, de que “si será este, que si será el otro”. Hermano, yo no sé; yo lo que sé es que la boda va, que no se detiene. Y ya esto no es para fulanito de tal, que es el responsable de tal territorio; “a cuantos halléis”, hermano, la invitación está abierta.

Qué emoción me da a mí, como predicador del evangelio, saber que aquí hay alguno de “cuantos halléis”. “Ay, que yo notaba, tú sabes, que yo pienso…” Hermano, el Señor me dice aquí que “a cuanto halle”, y dice: “Cuantos hay, también es para ti; el ‘cuanto halle’ también es para ti, y para ti también”. ¿Hay alguien que quiere ir a una boda? Hermano, a nosotros nos han dado un fajo de invitaciones, nos han dicho: “Tráiganlos”.

Sin perfil demográfico: malos y buenos llamados por igual

Qué emoción me da a mí, en la evangelización, saber que la evangelización no está condicionada por factores demográficos. Hay gente que quiere ponerme esto en una derivada, una curva. Hermano, deje de aplicarle factores demográficos; esto es “a cuantos halléis”. El evangelio es para todas las criaturas, en todas las provincias, en los cruces del camino, para los “foreign” o para los de la casa. Cristo, hermano, es para todas las naciones, para todas las personas; no hay nadie que esté fuera del factor demográfico.

Quien quiera hacerle un perfil demográfico a la evangelización, agarre el mapa y embárrelo; dígale “ahí, ahí y ahí también”. Ese “a cuantos halléis” dice “juntamente buenos y malos” —no, “malos y buenos”, a la inversa. Ese “a cuantos halléis” no es “a cuantos halléis que tú creas que tienen un perfil más o menos”. Ay, hermano, hace rato que dejamos, como iglesia, de apelar a que el Señor va a salvar a aquellos que aparecen buenos. El evangelio no es para aquellos que tú crees que son más fáciles.

Hay gente que piensa: “Fulano, ese primo mío, ese está a un toquecito del Señor; hermano, pasa carrera, un fly alto y anota”. No, hermano; la evangelización no funciona así. Es para los malos y para los buenos, es para todos, demográficamente hablando: “a cuantos halléis”. No hay ya un criterio específico, ya no hay un factor demográfico. Y después dice: “juntamente malos y buenos”. El evangelio del Señor, la invitación que estamos haciendo aquí, decimos que el evangelio no es para los mejores; pero al mismo tiempo hay gente que hace discriminación negativa y piensa: “Tienen que ser el mayor perverso para salvarse”. No; tampoco es sólo para los mejores, ni tampoco sólo para los peores. Cristo es para todo el mundo, Cristo es para todas las personas.

El bueno y el malo pudieron entrar. ¿Saben cuál fue el único que no entró? El altivo, el que no respondió a la invitación. ¿Cuál es el factor condicionante, cuál es el factor determinante? Atender a la invitación. Por eso me gozo en lo que dice el Salmo 138, que el Señor mira: el Señor atiende al humilde, pero mira de lejos al altivo. “Porque Jehová es excelso”, dice la canción histórica que tanto hemos cantado: “Porque Jehová atiende al humilde, mas mira de lejos al altivo”. El único que no entró fue el altivo.

Si a mí me dicen cuál es el impedimento principal para que las personas vengan a la fiesta de boda que el Rey está haciendo a su Hijo, no es que sean muy buenos, no es que sean muy malos; es que sean altivos. El altivo no entra, el humilde pasa, aquel que con humildad recibe la invitación. Alguien va a decir: “Ay, pero es que no era yo que estaba inicialmente invitado”. Es verdad, eran los judíos; para nosotros también, hermanos, gloria al Señor. Atendamos a la invitación.

Les hemos mostrado en primer lugar que la invitación es importante, porque viene de un Rey, a la boda, y a la boda de su Hijo. Les he mostrado que fue una invitación reiterada, que fue difícil, pero dice el versículo 10: “Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos, y las bodas fueron llenas de convidados”. Hermano, tarde o temprano se llena.

El Rey revisa a sus convidados: condición de la invitación

Termino mostrándole a mi iglesia: esta invitación es una invitación condicionada. Quiero establecer hoy que la generosidad de mi Señor en la puerta no significa que usted pueda permanecer en cualquier condición. Dice el versículo 11: “Y entró el Rey para ver los convidados”. Ay, hermano, cuánto me gozo yo en saber que el Señor está atento a su pueblo, que no tomó un lote de gente y los tiene en un almacén que van entrando; no, el Señor va encontrando deleite en nosotros, el Señor va encontrando deleite en sus convidados, y sale a vernos.

Dice Segunda de Crónicas 16:9:

Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con Él.

— 2 Crónicas 16:9

Me gozo al saber que el Señor no solamente nos recluta, no solamente nos convida, sino que el Señor nos repasa y el Señor viene a deleitarse en quienes acudieron: “Están aquí, bienvenidos”. El Señor es un anfitrión que nos revisa; el Señor está atento, hermano, a su pueblo, el Señor está atento a quienes están presentes, el Señor está mirando a los que vinieron.

El contexto de esto es que era una costumbre antigua proveer vestido a los invitados. Yo había leído eso hace mucho tiempo, porque eso es lo que llama la atención de la parábola, que uno dice: “Pero, ¿por qué el Señor…? ¿Qué fue lo que él hizo?” Dice: “Y entró el Rey para ver los convidados; y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda”. Y usted me dirá: “Pero es que llegó de último”. Lo que yo había leído hace mucho tiempo es que era una costumbre entre los judíos que las personas adineradas, cuando te invitaban a una boda, te proveían la vestidura.

Pero eso a mí me parecía muy raro, y me dediqué a buscar la historia. Y sí, hermano, encontré dos referencias en el Talmud judío de historias donde reyes, donde personas que tenían posición privilegiada económicamente, eran solventes, podían no solamente convidar sino también proveer la vestimenta. Y esta es la razón por la cual un grupo de personas que estaban en la calle pudieron asistir todos con las vestiduras apropiadas: porque quien estaba invitando también les daba la vestidura.

Segunda de Crónicas 16:9 dice que los ojos de Jehová contemplan toda la tierra: Él quiso verles. Hermano, todo el que invita, si usted invitó a una persona para que celebre sin usted, eso no tiene gracia. El que invita a una boda, él quiere deleitarse en la boda, él quiere estar presente. De hecho, últimamente las novias se han rebelado con eso y tienen dos pares de zapatos, porque después se bajan de los tacos y comparten la fiesta; quieren compartir. Se ha hecho eso como una costumbre: “Claro, porque queremos compartir”. Las personas han entendido que la fiesta, nosotros queremos deleitarnos en ella; quienes se están casando también participan.

Vestiduras de boda: la dignidad que Dios provee

Hace tiempo atrás eso era como algo decorativo; sobre todo el novio, como que estaba ahí, y la gente celebraba y no estaba mirando. La gente celebraba; últimamente es algo en lo que se van integrando a la celebración. Hermano, el papá que está casando a su hijo, él quiere deleitarse en la boda de su hijo, y él sale a ver quiénes están viniendo. “Y entró el Rey para ver los convidados; y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda”, y ahí está el problema, el punto álgido de esta parábola.

Todos están invitados, lo pone “recogido de la calle”, pero cuando tú llegas aquí, usted tiene que estar en unas condiciones particulares. Y aquí es que no se detiene el evangelio: “A todos los sedientos, venid a mí; todos vengan, todo el mundo venga a Cristo”. Pero cuando tú vienes a Cristo, tú tienes que estar vestido de una manera diferente. La evangelización no se detiene en “venir”. “Id por todo el mundo y predicad el evangelio”, y después dice: “Enseñándoles que guarden todas las cosas que el Señor os ha mandado”.

La evangelización no termina cuando usted cruza la puerta, termina cuando usted cruza la puerta y permite que el Señor le vista de vestiduras blancas, le vista de vestiduras apropiadas. Y estoy convencido que las mismas vestiduras que el Señor está exigiendo son las mismas vestiduras que el Señor quiere proveernos. Si usted está desnudo en la boda del Señor, usted está desnudo porque usted quiso, porque el Señor a todos los demás los vistió.

Me llama la atención que en un grupo de convidados el único que encontró mal vestido fue él. ¿Y qué pasó con todos los otros, que fueron lo suficientemente diligentes para tener la provisión del Señor, apelando a sus medios de gracia y permitiendo que el Señor haga lo que quiso hacer? No quiero abusar de la parábola, porque la parábola no hace específico qué era lo que pasaba con el vestido. Ahora, se ve que él sabía: dice “vestiduras de boda, tú no estás vestido para una boda”.

Hermano querido, en una fiesta de boda, usted tiene que humillarse un poco ante quien lo está invitando: no sea estrafalario. Estoy hablando de las bodas entre nosotros. Si a usted le invitan a una boda, hay gente que dice: “No, es que a mí no me gusta utilizar ropa formal, yo quiero ir en ropa casual a la boda”. La boda es un acontecimiento único, te están invitando: adecúese a su anfitrión. De hecho, en algunas invitaciones le ponen la ropa esperada: “La vestimenta formal, business casual”. “No, yo quiero ir… yo prefiero ir con unos tenis cómodos, unos pantalones cortos y un T-shirt, porque yo soy así, alternativo”. Es que la boda no es suya, la boda es del otro que lo invitó.

No dañe la boda ajena, porque él quiere tirar la foto y quiere que usted salga bonito. Hermano, trasladando esto, el Señor explica lo mismo: esta es la fiesta del Señor, y se hace en los términos del Señor. Si ustedes han tenido la gracia de ser invitados, tenga usted la gracia de ponerse lo que el Señor quiere darle. Yo no sé cuál es el vestido de boda, pero yo estoy convencido desde la Escritura que cada vez que se utilizan términos de ropa en fiesta, el Señor está hablando de dignidad.

Recuerdo, por ejemplo, el joven pródigo cuando regresó, que el papá encontró que esas no eran las vestiduras adecuadas para su hijo, y le puso una vestidura, le puso un anillo, y después hizo la fiesta. La ropa transmite cierta dignidad, cierto cuidado, cierto honor que te están poniendo; te están vistiendo. El Señor quiere verte, quiere verte bien vestido.

Vestiduras espirituales y el ojo que todo lo ve

Hermano que usted está aquí presente, persona que entendió que cruzó la puerta, aquel que entendió que ya está participando de las bodas del Señor, que está entrando al Reino, que es lo que significa la boda: si usted va a entrar al Reino del Señor, usted tiene que estar correctamente vestido. Vestiduras regias, vestiduras como para la boda de un Rey. Entienda la dignidad que tiene ser el pueblo del Señor. El pueblo del Señor no es para que usted siga, espiritualmente hablando, vistiendo, viviendo como usted vestía, como usted vivía. El pueblo del Señor tiene una dignidad especial.

El nivel de esto es nivel regio, nivel de bodas, la boda de un Rey. Espiritualmente hablando, lo que estamos hablando aquí no es de una vestidura física, estamos hablando de la vestidura del corazón. Me llama la atención que Él pudo reconocer un invitado imprudente dentro de una multitud. Hermano, que mi Dios pueda ver más allá de lo que tú ves, a mí me avergüenza. El saber que el Señor está atento a nuestra verdadera condición debería ponernos en alerta. Entre nosotros podemos engañarnos, hermano, pero el Señor conoce nuestro corazón; Él sabe cuál es nuestra dignidad delante de Él.

Quizás, en una boda grande, él pensó: “Yo me cuelo aquí, nadie me ve”. El Señor te ve. Espiritualmente hablando, dice Jeremías 23:24:

¿Se ocultará alguno, dice Jehová, en escondrijos que yo no lo vea? ¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?

— Jeremías 23:24

No es que el Señor sabe y tú tienes eso ahí, pero el Señor no lo ve; el Señor lo ve. “¿Se ocultará alguno en escondrijo?”, dice el Señor. Hermano, tu Dios es trascendente, Él es inmanente, Él está presente en todas partes. El Señor conoce cuál es el verdadero estado de tu corazón. Y dice el libro de Hebreos que “no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”.

El hecho de que el Señor nos vea desnudos, abiertos como un libro en su presencia, debería ser una alerta para estar correctamente vestidos, espiritualmente hablando, cuando venimos a su presencia. El Señor lo sabe; Él permite que todos vengan, pero todos tienen que venir con unas condiciones: póngase las vestiduras.

¿Qué representa este vestido, hermano? Es algo que Dios quiere proveerte; tú y yo no podemos vestirnos adecuadamente delante del Señor. Todos seremos vestidos y revestidos por Él. La dignidad nos la pone Él. Hermano, los medios de gracia del Señor se deben buscar diligentemente. Él te ha dado la vestidura, pero quiere que tú te la pongas, y funciona. Lo medios de gracia no son un asunto del hombre, no es que tenemos la capacidad nosotros de vestirnos, pero el Señor nos está dando ropa; usted se la pone.

Rechazar la vestidura: altivez y viejas ropas

Si el Señor ya le está dando la ropa adecuada para estar sin vergüenza en su presencia, póngase la ropa que el Señor le está dando. Son los medios de gracia del Señor. Estuve buscando, según Calvino, según Lutero, según Agustín; cada uno habló, por ejemplo, que pudiera ser la virtud, que pudiera ser la misericordia, que pudiera ser la fe. Hermano, en la Escritura no está específico. Estoy infiriendo entonces que se trata de algo que el Señor quiere darnos; no le ponga nombre, pero cuando usted viene a Cristo, usted recibe todo lo que Cristo quiere darle.

Cristo le va a dar la santidad, Cristo le va a dar a usted el buen comportamiento, Cristo le va a dar la paz, Cristo le va a dar el arrepentimiento; pero usted tiene que ponérselo. Todos los que estamos en la boda del Hijo del Rey tenemos que estar apropiadamente vestidos. No compramos nosotros los vestidos, los recibimos por gracia y nos los ponemos humildemente. Pero hay otros que son lo suficientemente necios para decir: “Yo no me lo pongo, y estoy aquí”.

¿Qué representa esto, hermano? ¿Cuáles son las razones para no estar correctamente vestido? Quizá él entendió su vestimenta anterior como apropiada: “Y ni siquiera estoy tan mal; de hecho, yo vengo de otra boda, y yo venía, y digo: ‘Puedo entrar, yo tengo ropa de boda’”. No. Es la boda del Hijo del Rey. Hay personas que no han dejado su vestidura anterior; entendieron que el Señor te está dando la boda, que él entendió que era perdón. No han dejado su vestidura anterior para entender que el Señor te está dando nueva vestidura, que la vestidura con la cual tú acudes a la boda del Hijo del Rey, tu vestimenta anterior no aplica, por muy elegante que fuera.

Él quizás se estaba disculpando; quizás él entendió que la premura le disculpaba: “Ah, pero a mí me acaban de recoger en el camino, y yo estoy aquí”. “¿Pero los otros están vestidos y tú no? Otros fueron recogidos a última hora igual que tú; a todos les dimos vestidura, y todos se la pusieron. ¿Por qué no te la pones tú?”

Quizás él pensó que no sería reconocido por el anfitrión; quizás estaba con argumentos filosóficos, tratando de negarse. Hermano, cuando uno viene del camino del Señor y entra por su puerta, uno entra con humildad y uno dice: “Señor, aquí está la ropa vieja, adelante; tú me pones la ropa nueva”. Hay gente que es altiva, hay gente que es suficiente, hay gente que es sabia en su propia opinión, y por eso nunca se les acepta en la presencia del Señor, porque tú tienes que reconocer con humildad: “Señor, nada de mí y todo de ti; todo lo que anteriormente era para mí, ahora yo lo tengo como trapo de inmundicia; recibo la dignidad que solamente en Cristo se puede recibir”.

Ningún mérito propio: todo honor es de Él

Usted deja atrás sus trapos y se viste de la virtud que el Señor quiere darle. Algunos le recordarán aquello que les decía, que son pecadores convertidos: algunos que lograron entrar, esos pecadores combatientes, cuando entran a la iglesia del Señor, ellos comienzan a argumentar y comienzan a filosofar, y dicen: “No, pero otros rechazaron la invitación y yo estoy aquí”. Hay gente que cree que está apoyando el pueblo del Señor y por eso puede estar como quiera, y que no le falta nada de dignidad. Hermano, el pueblo del Señor tiene toda la dignidad que el Señor quiso darle. No eres tú quien adorna la fiesta; el Señor es quien pone la comida, el Señor es quien pone la vestimenta, el Señor es quien pone los convidados. Todo el honor, la gloria es suya. No hay nadie aquí que esté hermoseando la casa del Señor; la casa del Señor es hermosa.

Entonces usted tiene que dejar atrás el argumento de: “No, como yo vine aquí a apoyar, como yo vine aquí a ayudar, porque como yo lo que estoy aquí es para que se utilicen mis dones”. Hermano, aquí no hay nadie que sea especial para Dios. Todos nosotros éramos basura y trapo de inmundicia; la dignidad es suya, el honor es suyo, la vestidura también. Póngase lo que el Señor quiere darle.

No quiero quedarme aquí fijo para siempre, hermano, pero yo me gozo, un poquito me gozo, en que el Señor reprendiera al hombre imprudente y no a su sirviente; porque nosotros nos podemos colar, hermano, pero a Dios no. Dios no puede ser burlado. Hay gente que sabe que no está dignamente en la presencia del Señor y piensa: “No, porque los líderes no me ven”. Hay gente que ha entrado al pueblo del Señor, hay algunos que han llegado hasta ser ministros del Señor y no tienen la vestidura apropiada. Hubo un sacerdote que el Señor les llevó a su presencia y tuvo que purificarlo, y si no fuera por la misericordia del Señor, se muere.

Entendamos, hermano, que es el Señor quien lo hace. Cuando Él reprendió, Él no le dijo a sus servidores: “¿Y ustedes, imprudentes, que dejaron que uno cruzara? ¿Uno puede engañar a mí?” No. Él ve todas las cosas como son. Es un pecador que puede pensar: “Ah, yo estoy aquí conviviendo en el pueblo del Señor, tengo ya años en el pueblo del Señor, me tratan como uno de ellos”. Un día el Rey vendrá y Él revisará sus convidados.

El silencio del altivo frente al Rey

Él dirá: “¿Y qué pasa?” Y le dijo: “Amigo, ¿cómo entraste aquí sin estar vestido de boda?” Ese “¿cómo entraste aquí?”, hermano, dice que él tuvo que enmudecer. ¿No debería llenarnos de temor y temblor al ver a este hombre que está siendo reprendido en la presencia del Señor, sin argumento, no hay nada que pueda hacer, no hay nada con que pueda defenderse? Tuvo que enmudecer. Cualquier argumento que tú tienes en tu mente, en tu corazón, para esgrimir delante del Señor, cuando tú estés en su presencia, será insuficiente.

Cualquier razón que tú entendías que te disculpaba, cuando tú tengas que ver a tu Señor cara a cara, con el rostro resplandeciente, será insuficiente. Cualquier mérito, cualquier argumento, cualquier carta de dispensa que tú puedas esgrimir delante del Señor, cuando estés ante su presencia, enmudecerás. Y esa es la sensación que da ese enmudecimiento; es la reacción que da cuando una persona piensa que está acepto ante la presencia del Señor, pero queda evidenciado en lo imprudente de su actitud.

A una persona que ha hecho algo absolutamente imprudente, cuando le dicen: “¿Por qué tú lo has hecho?”, no tiene nada que decir a favor suyo. “Guau, yo pensé…” Ese talante delante de alguien que es absolutamente poderoso; eso genera impresión cuando tú estás delante de alguien que puede disponer de tu vida, y tú te encuentras sin argumentos, usted la boca se le cierra.

Pecadores aquí congregados que no han rendido su vida delante del Señor, no hay nadie que pueda generar argumentos, esgrimir cosas ante la presencia, ante el trono del Señor. Llegará un momento que todos compareceremos ante el tribunal de Dios, unos para recompensa y otros por castigo. Y cuando estemos ante el tribunal de Dios no habrá nada que decir. No imaginen el juicio final como que será un asunto de abogados: “Que yo tengo un buen abogado, alguien que me defiende”. Nadie podrá defenderse, hermanos; la santidad del Señor nos confrontará, a todos nosotros nos avergonzará; con el resplandor suyo caeremos como muertos.

La mirada de Dios y la urgencia de vestirse de salvación

Es la impresión de estar expuesto delante de Dios. Ay, si el Señor permitiera que alguien aquí hoy presente pueda sentir esta condición de intemperie que tiene un pecador cuando está ante la santidad de Dios. Puede ver a un Dios misericordioso que le invitó tantas veces a que venga a la boda, y él siempre, con palabras o con hechos, dijo que no. Puede ver a un Dios que está considerando las vestiduras, y él puede ver sus propias vestiduras, y ante la presencia de un Dios que ha provisto la vestidura y tú no te la pusiste, no tendrás ninguna palabra.

Si alguien pudiera sentir hoy su precariedad, su incapacidad delante del Señor, que está desnudo ante Él, Él te conoce verdaderamente. La mirada del Señor, solamente imaginarlo, hermano. ¿Te ha visto la mirada de alguien que te conoce, de una persona ante la cual usted ha tratado de evadir? Usted puede engañar a muchas personas, pero hay alguien —estoy hablando en este momento de seres humanos— hay un ser humano que con la mirada te desnuda. Hay una persona que te conoce profundamente, hay una persona que sabe cuando tú estás mintiendo, que sabe que ante los demás tú puedes argumentar, que ante los demás tú puedes decir una cosa u otra, pero esa mirada penetrante, esa persona tiene la capacidad de desarmarte.

Imagina que en un momento tú tendrás que mirar los ojos del Señor y su mirada fijamente sobre ti. ¿Qué dirás ante la presencia del Señor? “Yo fui más sabio que todos los demás, yo estuve por encima del común de los hombres, yo estaba exento de utilizar las vestiduras”. Hermanos queridos, el Señor no se quedó en reiterar vez tras vez la invitación; también Él está atento a criterios cualitativos. Al Señor no solamente le importa que su fiesta se llene; Él quiere que se llene de las personas que están correctamente investidas.

Que el Señor no ve el gozo sólo en ver por las calles, recoger a los pecadores, a los buenos y a los malos, traerlos aquí, entrarlos a la casa, sino que todo el que entra a la casa, con humildad, permita que el Señor le cubra con su presencia, que el Señor le quite la indignidad. Como dice asimismo la palabra del Señor, que cuando vengamos a la casa del Señor, Isaías 61:10:

En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas.

— Isaías 61:10

Que haya aquí hoy alguien presente que el Señor le vista con vestiduras de salvación y que el Señor le rodee de manto de justicia.

Llamado final: vestiduras de salvación y manto de justicia

Oro por toda la congregación, para que el Señor permita que la salvación llegue hoy a esta casa. Le pido a la iglesia que me ayude a clamar ahí delante del Señor, y que sienta la necesidad como si fuera suya. Si hay alguien aquí hoy congregado que ha escuchado reiteradamente a mi Señor, que está llamando; si aquí hay alguien que está hoy congregado que se ha detenido de asistir a la convocatoria del Señor, que entienda que es un Rey quien está llamando. Que yo soy un hombre igual que tú, lleno de debilidades, pero soy solamente el mensajero; que quien me mandó a llamarte tiene dignidad, tiene poder y tiene ejército; es la boda de su Hijo, que es el acontecimiento histórico más importante que podrá presenciar la humanidad.

Que en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, vendrá el Señor y todo ojo le verá, y nosotros desde ahora estamos caminando hacia esta gran celebración. Si hay alguien que quiere unirse hoy a las bodas del Cordero, si hay alguien que quiere unirse hoy a esta gran celebración, a este, como dice el Señor, a este Reino, “el Reino de los cielos”, si hay alguien que quiere hoy ser parte de este Reino, que figuradamente atienda esto. “He aquí”, dice el Señor en su palabra:

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

— Apocalipsis 3:20

El Señor ha mandado una invitación abierta; el Señor ha mandado una invitación al portador: ir por las calles, por los cruces de camino, decirle: “Únanse conmigo a la boda de mi Hijo”. Si hay alguien aquí que puede responder hoy la invitación del Señor, yo le invito a que entienda —y como dice Isaías— no hay que tener el vestido apropiado; el Señor te viste de salvación y el Señor te viste con justicia.

Si alguien hoy ha sentido la indignidad de su condición delante del Señor, que entienda que hay tiempo; que el Señor te viste de salvación, que el Señor te rodea con un manto de justicia: vestiduras de salvación, un manto de justicia; vestiduras de salvación, un manto de justicia. Imagina, visualiza, que aquí hoy hay manto de justicia, que hay vestiduras de salvación, que el Señor hoy está vistiendo a alguien para que sea acepto en su presencia. Si hay alguien que hoy puede ponerse vestiduras de salvación, un manto de justicia, vestiduras de salvación, un manto de justicia; si hay alguien que ha escuchado la predicación de la palabra, si hay alguien que puede hoy poner en el Señor toda su confianza.

Oración y despedida: que la casa se llene de gloria

Vestiduras de salvación, un manto de justicia. Señor, danos vestiduras de salvación, un manto de justicia. Que se sienta la dignidad que hay en tu casa. Si algún hermano mío querido ya permitió que su vestido se ensucie, si algún hermano mío querido ha sentido la precariedad de su alma, yo le invito a que venga delante del Señor. El Señor nos viste de salvación y nos da un manto de justicia.

Padre, rodéanos con tu salvación; Señor, rodéanos con tu justicia, y no la nuestra. Aquí estamos; nosotros estamos por el camino, mal vestidos, estamos en tu casa por tu misericordia. Ay, Señor, antes que nos sorprendas, nosotros vamos a tu presencia: danos, Señor, vestiduras de salvación, un manto de justicia. Permite, Señor, que este no solamente sea el pueblo convidado; permite que sea hoy el pueblo acepto: vestiduras de salvación, Señor, un manto de justicia.

Gracias, Señor, por tu palabra; gracias, Señor, por las personas que has permitido que hoy escuchen que tú estás invitando y estás vistiendo, que entren y se vistan, Señor. Para la gloria tuya se ha puesto hoy en el Señor tu confianza. Será un gusto recibirte el próximo domingo en otros talleres de membresía, y que se llene de gloria la casa del Señor; participemos juntos de esta gran fiesta.

Gracias, Señor, por tu palabra, en el nombre de Jesucristo bendice ampliamente esta congregación. En el nombre de Jesús, que el Señor les bendiga, hermanos queridos. Nuestro ministerio de adoración nos despide con alabanzas al Señor.

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