Dios les bendiga hermanos, amigos queridos. Le damos la bienvenida a los que se han unido últimamente; le invito a que se ponga sobre sus pies un momento para que leamos la sagrada Escritura, con la expectativa con que siempre lo hacemos: de que esta es la palabra del Señor, de que esta es la aproximación más alta que tendremos a la mente de aquel que hizo el cielo y la tierra, aquel que es sabio por los siglos. Sabiendo que la palabra del Señor es para nosotros refrigerio y verdadera comida, le invito a que me acompañen al libro de Eclesiastés y lleguemos juntos hasta el capítulo cuatro. Libro de Eclesiastés, capítulo cuatro. Estaremos leyendo desde el versículo 9 en adelante.
Quiero presentarles desde esta porción de la Escritura los amplios beneficios que tiene la compañía. Dice así la palabra del Señor en Eclesiastés, capítulo cuatro, desde versículo 9 y hasta el versículo 12. Doy un momento para que todos puedan ubicarlo. Dice así la sagrada Escritura, el libro de Eclesiastés en el capítulo cuatro, desde el versículo 9 en adelante. Leemos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo:
Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que le levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.
— Eclesiastés 4:9-12
Leámoslo de nuevo, hermanos, por ahora en forma antifonal: yo leo el primero y ustedes el siguiente, comenzaremos desde el 9. “Mejores son dos que uno, porque tienen mejor paga de su trabajo.” “También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo?” Leamos todos juntos de nuevo el versículo 12: “Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.” Pueden sentarse, hermanos queridos.
Lo que he venido hoy a predicarles es solamente una expresión, una oración, algo muy sencillo. Si usted recuerda esa oración, entonces usted recordará todo el mensaje. El mensaje que he venido a traerle es este: hermano querido, la soledad no te hace bien. Dios le bendiga, están despedidos… Ese es el mensaje. Hermano, me tomará un poquito explicarle cada una de las cosas, pero en esencia yo he venido a decirte que la soledad no te hace bien. Si fueras a recordar algo, recuerda, hermano: la soledad no te hace bien.
Estaré dando cuatro motivos distintos acerca de los beneficios que tiene estar acompañados. Dice nuestra introducción que el agricultor sabe que, para tener una buena cosecha, primero que el agua, que el abono o que la semilla misma, hay que limpiar el terreno. Necesitas quitar las piedras y extraer la maleza. Si no lo haces, la cosecha nunca será buena y, aun para tener algo de fruto, se requerirá un esfuerzo superior.
Introducción: disciplinas espirituales y peligro de la soledad
Asimismo, para cultivar las disciplinas espirituales ayuda mucho combatir primero las actitudes que se consideran normales, pero que les son contrarias. Por ejemplo, para cultivar la oración, hay que combatir primero la autosuficiencia. Mientras menos usted confía y cuenta con usted mismo, más pasión tendrá para orar. Para cultivar la lectura de la palabra, tenemos que luchar con esto de ser sabios en nuestra propia opinión; mientras menos usted confía en su propio juicio, más usted amará la palabra del Señor. El punto de apalancamiento no es: “Hermano, lea las Escrituras”, sino: “Hermano, confíe menos en usted mismo”.
Y así mismo, para llegar a practicar la vida en comunidad, en vez de insistir e insistir en la necesidad de congregarnos, hagamos conciencia de los peligros de la soledad y de los múltiples beneficios que atiende la compañía. Hoy estaremos viendo cuáles son estos beneficios. Es un llamado recurrente en la iglesia local: “Hermano, congrégate; hermano, no dejes de congregarte.” Yo haré otro movimiento, que es: en vez de decirte “Hermano, ve a congregarte”, quiero explicarte los peligros que tiene quedarte en soledad. Espero darte tantos argumentos de forma tal que tú termines deseando congregarte.
Esta porción de la Escritura en el libro de Eclesiastés, capítulo cuatro, del versículo 9 al versículo 12, es muy recurrida en los momentos de bodas. Se parece mucho a Primera de Corintios 13, que son como los versículos clásicos. Aplica al matrimonio, pero aquí en ninguna parte le dirán que esto está circunscrito exclusivamente al matrimonio. Debemos evitar limitar este efecto solamente al matrimonio, y también deberíamos evitar circunscribir todo el compañerismo a la vida matrimonial. Usted necesita más que el matrimonio.
Expongo este texto porque parte de mi trabajo pastoral es recordar a esta iglesia cuáles son sus enormes privilegios. Cosas que uno da por hecho, por sentado, son preciosos recursos del Señor y medios de gracia. Esto que está sucediendo aquí ahora mismo es un milagro del Señor. ¿Cuántas son las personas que en esta hora de la mañana están solos en su casa, en la más patente soledad, y usted está aquí? Dada la realidad de que estamos en un mundo caído, que nosotros podamos estar hoy congregados y en comunidad, es un milagro del Señor; y que tengamos en esto deleite, hermano, eso no es poca cosa.
Lo hacemos tantas veces en el año que venimos y nos congregamos, nos vemos los unos a los otros, que entendemos que eso “nos toca”. No nos toca. Lo que nos toca, lo que merecíamos, es no tener comunión con Dios y tampoco entre nosotros, y por la misericordia del Señor aquí estamos congregados. He venido, hermano, a hablar en contra de la soledad porque entiendo que la soledad es un gran peligro, y uno de los medios que utiliza Satanás para dañar la gente. No es la voluntad del Señor que usted esté solo; esa es la voluntad del enemigo de su alma.
Testimonio personal y resolución de no quedarse solo
Se ha difundido la soledad como si fuera un asunto superior, un asunto mejor; hasta pareciera que es más elegante no depender de nadie, no dar cuenta a nadie. Pero eso no es bueno; traerá daño sobre tu alma. Cuando yo predico con la Escritura, hermano querido, yo tengo agenda. No predico la Escritura sobre el vacío. Yo quiero mover la iglesia. Son como puntos en el camino para doblar, no es para seguir por donde íbamos; es para doblar a la izquierda o a la derecha rumbo a la voluntad del Señor.
Al respecto te diré, hermano querido, que le doy al Señor las gracias que mis prácticas ministeriales al respecto de estas cosas han cambiado. He resuelto, con la ayuda del Señor, que no me voy a quedar solo y voy a luchar por ese asunto. Y yo sé que año tras año yo tendré por lo menos cuatro motivos al año para quedarme solo, pero yo estoy aferrado: hermano, la soledad no es buena.
Y lo mismo quisiera contagiar a mi iglesia local: no te quedes solo. Entre las prácticas que he cambiado, hermano querido, todos los lunes en la mañana yo tengo reuniones de oración con otro pastor, porque en mi ministerio yo no quiero hacerlo solo. Y no somos gente necesariamente que tenemos en todas las cosas la misma página; tenemos personalidades distintas, tenemos trasfondo distinto, tenemos asuntos secundarios que son distintos, hermanos queridos, pero yo quiero esa reunión.
Todos los lunes en la noche tengo reunión con líderes locales con los cuales estamos haciendo juntos el ministerio. Yo lucho por esa reunión, hermano; yo la espero. He resuelto no quedarme solo y quiero invitar a esta iglesia que tampoco se quede sola.
Al día de hoy soy más consciente que en otros años, y más abierto acerca de mi necesidad de compañía. Mientras más leo los evangelios, más me doy cuenta que el mismo Señor Jesucristo, cuando estuvo en medio nuestro, cultivó ese tierno afecto, y que los apóstoles del Señor preferían hacer el ministerio acompañados. No hay apóstoles solitarios. Estaremos dando una cantidad de evidencia, hermano, que creo que esto es un caso contundente al respecto de que el trabajo en el Reino es un trabajo mínimo de a dos en dos.
He descubierto también que esto no es un asunto de preferencia o de afinidad, sino de necesidad y de seguridad. No buscamos la compañía de nuestros hermanos porque esa sea nuestra personalidad o porque esa sea nuestra preferencia; no, es porque lo necesitamos urgentemente. He visto que Satanás nos engaña con estos artilugios mentales de que “esa no es mi personalidad”, de que “yo no soy así”, de que “yo soy un tipo solitario”. No: un creyente nunca será un lobo solitario. Un creyente es una oveja que está en el redil del Señor. Caminamos los unos con los otros.
He venido hoy a difundir, a promover la vida en comunidad. Reitero este asunto, hermano, que no es algo de preferencia.
No es personalidad: necesidad de comunidad y primera razón bíblica
La semana pasada me tocó hacer un test, de estos test que te hacen muchas preguntas tratando de inferir cosas. Y una de las preguntas que había en el test era la siguiente: “Si usted se encuentra en una habitación, ¿preferiría colocarse en el centro de la misma o más cerca de una pared?” Oiga la pregunta. Me dice: “Si usted estuviera en una habitación, ¿usted preferiría colocarse en el centro de la misma o cerca de una pared?” Y yo quise preguntar: si hay una mesa, ¿me ponen a mí abajo…? Hermano, que yo esté aquí no es mi personalidad.
El mes pasado, comenzando junio, estuve hablando acerca de la prioridad del amor y les decía que esto no es sobre personalidades; es un asunto urgente, primero de obediencia al Señor y después de tu seguridad. Tú necesitas tener hermanos, tú necesitas tener una iglesia local, tú necesitas tener compañerismo. No es que lo prefieras, es que lo necesitas.
En esta porción de Eclesiastés se nos dan cuatro razones distintas acerca de por qué la vida en compañía es superior a la vida solitaria. La primera razón que se nos da está en el versículo 9:
Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo.
— Eclesiastés 4:9
Comienza el autor de Eclesiastés poniendo nuestros ojos en la recompensa y nos dice: si trabajan juntos, la recompensa es mayor. Hay una gran cantidad de razones bíblicas que confirman este punto de vista; “dos o más” es casi un estándar en el trabajo del Reino. Usted no podría decirme que eso es una ley que no se puede hacer de uno en uno, pero le diré que es una evidencia tan contundente en todo el texto bíblico, de que el trabajo para el Señor se hace de a dos en dos o más, que eso es casi un estándar.
Cuando el Señor mandó a sus apóstoles, en Marcos capítulo 6, los mandó de dos en dos, y después que mandó los setenta, ¿cómo los mandó? De dos en dos. Y el Señor bien pudo haberlos mandado a cada uno de manera individual y decirles: “Vayan ustedes, cada uno haga la obra del Señor.” No: el Señor los mandó de dos en dos. Y estoy casi seguro, hermano, de que esos dos no necesariamente eran un asunto de afinidad, de que “vamos a poner estos dos juntos porque ellos se llevan bien”. No: es un asunto de obediencia y de seguridad. Es como la guerra: en la guerra a usted no le atan a su mejor amigo; le ponen otro soldado al lado que quizás usted desconocía, pero en ese momento y para los fines, ese es su mejor amigo.
Desde el Edén hasta Jesús y los apóstoles: diseño comunitario
Una de las necesidades más rápidas que evidenció el ser humano cuando estuvo en el jardín del Edén fue la soledad. El Señor vio a Adán y dijo:
No es bueno que el hombre esté solo.
— Génesis 2:18
Eva fue tentada y pecó cuando estaba sola. Hermano, la soledad… Podemos hacer un caso completo de que esto es un estándar en todas las Escrituras: “Mejores son dos que uno.”
Aun el Señor, que es parte de una Trinidad que ha coexistido eternamente en comunidad, cuando se hizo hombre, se encarnó y habitó entre nosotros, Él tuvo apóstoles, discípulos, y aun entre ellos tuvo un círculo íntimo con los cuales compartía y vivía experiencias que eran únicas. Eran Pedro, Jacobo y Juan; y aun entre ellos, Él tuvo uno que le llamaba “el discípulo amado”.
Y es el Señor, que no tiene quizás la amplia necesidad que tenemos nosotros, y para Él fue seguro, necesario y un medio de sustento tener compañía de otros; ¿y no lo vamos a desear nosotros? Me emociona el saber que el Señor no negaba sus necesidades de compañía. Uno de los obstáculos, de las piedras que hay para la vida en comunidad, es que avergüenza un poco decir que uno necesita a sus hermanos, pero mire, hermano: yo le necesito, y usted también me necesita a mí.
Vamos a tener que acostumbrarnos a poder manifestar que necesitamos la compañía de los creyentes, porque el Señor mismo, cuando se hizo hombre, Él no se avergonzó. En un momento, cuando caminaba al punto más álgido de su ministerio, dice:
Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.
— Mateo 26:37-38
Hemos sido precondicionados para no manifestar angustia, para no manifestar tristeza; para estar entre nosotros y decirle a una persona: “¿Cómo estás?” “Estoy bien, está todo bien.” Ese “está todo bien”… no me pregunten. Cuando alguien le pregunta: “¿Cómo está?”, “Todo bien”, ahí hay un acuerdo tácito en que cuando te preguntan cómo estás, respondas “Todo bien”. Porque quien se sale de ese script crea un problema. “¿Cómo tú estás, realmente tú quieres saber cómo yo estoy? Siéntate ahí.”
“¿Cómo tú estás?” “Todo bien.” Eso es lo que se espera. Es el estándar. Al Señor: “¿Cómo estás?” “Mi alma está muy triste, hasta la muerte.” “Oh, este es un hombre depresivo, esta es una persona insegura…” No. Ese es el Hijo de Dios encarnado, experimentando las mismas emociones que tú y yo experimentamos, y por un asunto de orgullo y vanidad no nos atrevemos a decir que estamos solos, no nos atrevemos a decir que estamos tristes, no nos atrevemos a decir: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”, le dice el Señor. “Quedaos aquí, velad conmigo.” Ay, quédense un ratito.
Ese “quedaos aquí”, hermano, el Señor está manifestando: “Yo en este momento los necesito a ustedes; no me suelten. Mi alma está triste hasta la muerte, por favor, no me suelten.” Iglesia, me gustaría que entremos a un momento en nuestro ministerio donde podamos más abiertamente decir: “Hermano, estoy solo, pasa por aquí, necesito verte.”
Ejemplos de ministerio en compañía y razones prácticas
Pedro igual: “iban juntos” a la oración. Hechos 3, cuando sanaron al cojo, estaban juntos. Padecieron juntos la cárcel y, al salir juntos de la cárcel, dice que regresaron a los suyos y les contaron las grandes cosas que habían visto. Hermano, tú y yo necesitamos compañía, aunque sea para contarles las grandes cosas que el Señor está haciendo en medio de nosotros.
Pablo, quizás el estándar en misiones, cuando emprendió su primer viaje misionero fue con Bernabé y con Juan Marcos, y en medio tuvo una desilusión, una de esas decisiones que le diré que por lo menos cuatro veces al año tocarán. Usted va a tener cuatro momentos en el año que usted va a querer mudarse en el monte y soltar cualquier expresión de compañerismo.
Cuando a Pablo le tocó una de esas, que fue una gran decepción con Juan Marcos y un altercado con Bernabé, uno podría decir: “En este momento es para decir, Pablo: yo me voy solo, yo no dependo de nadie, yo por mis propios dones y mi medio me valgo, yo no necesito compañero de ministerio.” Pero no: Pablo no quiso quedarse solo. Y después de no prosperar el ministerio con Bernabé y Juan Marcos, entonces buscó a Silas y buscó a Timoteo. Es elegir no quedarte solo. Gracias, hermana querida.
El liderazgo de la iglesia cristiana se presenta mayoritariamente en el Nuevo Testamento en plural. Cada vez que se habla de los líderes se mencionan “los ancianos”. Otro término para referirse a ellos: “los obispos”. Otro más: “los pastores”. Son términos plurales, no hombres sueltos que hacen el ministerio de su propio modo y según ellos entiendan, sino un grupo de personas que trabajan en comunidad.
Le he dado algunas razones bíblicas por las cuales “mejores son dos que uno”. Déjeme darle algunas razones prácticas. Miren, cuando trabajamos junto a otros, operamos según otro diseño. Nosotros somos seres gregarios, seres relacionales, seres comunitarios. El ser humano, para vivir en su potencialidad, en su plenitud, necesita otros seres humanos. Castigo ha sido frecuentemente dejar a un hombre solo.
Cuando trabajamos junto a otros, creamos ciertas sinergias que van más allá que la suma de las partes. Lo que podemos hacer juntos es mucho más que lo que podríamos hacer sueltos. Hay una expresión que se usa mucho en liderazgo y es que dicen: “Si tú quieres ir rápido, ve tú solo; pero si quieres llegar lejos, ve acompañado.” Es cierto: cuando estás solo tienes mucho más libertad de movimiento, tienes mucho más velocidad, pero no llegarás muy lejos trabajando tú solo.
Si usted está atento a la literatura de negocios, hace veinte años todo lo que nos decían era del teletrabajo: que llegará un momento que la tecnología, la comunicación, los datos, van a permitir que usted no tenga que ir a una oficina, sino que usted puede quedarse desde su casa en pijama, trabajar desde allá. Eso nunca ha funcionado porque es contrario a la naturaleza humana. Realmente los seres humanos no queremos eso.
Y ahora mismo la tendencia en la literatura de negocios son los espacios de coworking. Y uno dice: ¿es el teletrabajo o es el coworking? Esa es la filosofía humana que no se pone de acuerdo. Dice Eclesiastés, capítulo cuatro, versículo 9:
Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo.
— Eclesiastés 4:9
Tienen mucho mayor rendimiento. Miren, la pereza está hermana a la soledad. Quédese solo y usted se dará cuenta cómo no tendrá deseo de hacer nada, ni siquiera de levantar los brazos. Estuve analizando estos asuntos de productividad: personas que hacen trabajo creativo prefieren no trabajar solos; prefieren trabajar en entornos donde no tengan interrupción, pero que haya aunque sea una percepción de compañía. Por ejemplo, casi todos los escritores prefieren trabajar en una cafetería. ¿Y qué es lo que te ofrece la cafetería? Que no te sientes solo.
Cuando trabajamos juntos crecemos, no solamente profesionalmente, no solamente en nuestro resultado, no solamente en el “delivery”; crecemos también como personas. Dice Proverbios 27:17:
El hierro con hierro se aguza; y el hombre aguza el rostro de su amigo.
— Proverbios 27:17
Quien trabaja solo y suelto puede hacer muchas cosas y tendrá algún resultado, tendrá algún beneficio, pero quienes trabajamos juntos no solamente tenemos un entregable; al mismo tiempo, crecemos hacia adentro como personas. El roce con las personas produce en nosotros cierto refinamiento.
La última de otras razones prácticas que quiero darle es que hay cosas que están fuera del alcance de una sola persona. Hay determinados asuntos que glorifican al Señor para los cuales usted va a necesitar más de uno. Las misiones mundiales despegaron porque hombres del Señor de diferentes trasfondos, de diferentes iglesias locales, decidieron no estar solos y decidieron trabajar juntos; y eso permitió el gran avance misionero de los últimos 200 años.
Los grandes avivamientos no comenzaron con un hombre suelto que estaba orando desde su casa; comenzaron con creyentes de diferentes partes que se reunían para orar. “Mejores son dos que uno”, dice la Escritura, “porque tienen mejor paga de su trabajo.” La primera razón es la recompensa.
Segunda razón: seguridad, arraigo y el “ay del solo”
La segunda razón que da está en el versículo 10:
Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que le levante.
— Eclesiastés 4:10
Si la primera razón para buscar la compañía de otros creyentes es la mayor recompensa o mejor recompensa, la segunda razón es la mayor seguridad. Trabajar acompañados, estar en comunidad con otros creyentes, tener comunión, tener una iglesia local, tener otros creyentes que te conozcan y ser conocido por ellos, trae mucha seguridad sobre tu vida.
De hecho, el que está solo siempre da una percepción negativa. Usted me dice a mí que hay una iglesia que está ella sola, no tiene comunión con ninguna otra iglesia, y yo pregunto: ¿y por qué? “No, porque ellos son sueltos, ellos trabajan ellos solamente.” Algún problema habrá. Por lo menos la percepción es una percepción negativa. ¿Será que tienen dificultad para conectarse con otros creyentes? ¿Será que tienen un sentido de superioridad donde nadie está a la altura de sus expectativas? ¿Será que atienden alguna creencia errónea que nadie más admite esa creencia? Una iglesia que está sola da una apreciación negativa; y lo mismo pasa con un creyente que está suelto.
Usted me dice: es un hombre que ha nacido de nuevo, es una mujer del Señor, pero no tiene ningún otro creyente, no hay nadie a quien pueda llamarle “hermano”. Y yo le diré: ¿pero el amor no es uno de los frutos del Espíritu Santo? ¿Realmente habrá nacido de nuevo? Una de las evidencias de que hemos nacido de nuevo es que tenemos ferviente amor; de que hay un deseo de buscar a nuestros hermanos, de que hay una identificación por pueblo del Señor. Sí, es un creyente verdadero, pero no se identifica con el pueblo del Señor, y yo me pregunto: ¿pero qué evangelio fue que abrió sus ojos?
Porque si fue el mismo evangelio que abrió los ojos míos, cuando uno vino a la comunión del Señor uno entró a esta realidad y dijo: “Este es mi hermano, y este es mi hermano, y este también.” El amor del Señor nos constriñe, dice la Escritura. No eres un creyente que no tiene necesidad de vivir en comunidad. Yo me preguntara: ¿pero realmente el Espíritu de Dios está en él? Que nos anhela. No es que el Espíritu te anhela de manera particular, sino que “nos anhela celosamente”.
Razón por la cual hay más seguridad: miren, para restaurar a un hermano que ha caído se requiere por lo menos dos. “Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo!…”
Cada vez que he expuesto Mateo, capítulo 18, la restauración de un creyente, le he mencionado que el propósito que hay ahí no es avergonzar a un creyente, es restaurarle. Y para restaurarle dice:
Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.
— Mateo 18:16
Qué triste es un creyente que no tiene ninguna ancla en el pueblo del Señor, que ha faltado y no hay manera de restaurarle. Eso produce una impotencia cuando un creyente está en necesidad y tú no puedes identificar ningún otro creyente que se identifique con él: “Vamos a restaurar al hermano”, pero ni siquiera nos considera hermanos.
Mire, una persona que no tiene arraigo es peligrosa. Eso funciona en el pueblo del Señor y funciona hasta en la familia natural. Yo conocí a una persona del mundo de los negocios que quería invertir en algún momento en mi empresa, y la razón principal que yo tenía para no aceptar su inversión es que yo no le conocía familia. Digo: “Pero este hombre, no le conozco mamá, no le conozco papá…” Yo trato de indagarle y no… Él dijo: “Desde Uruguay pasé a Argentina y caí aquí con una mano delante y otra atrás.” Y uno dice: “Pero no tiene amigos, no hay nadie que hable con él; él no tiene una iglesia, él no tiene un pastor, no tiene a nadie.” Una persona sin arraigo es peligrosa.
De hecho, cuando tú conoces a una persona y sabes que esa persona tiene mamá o papá, tú como que descansas. El desconectado es peligroso. Lo mismo pasa en los caminos del Señor. Cuando yo conozco un creyente que no tenga una iglesia local que le reconozca como creyente y donde él mismo no se reconozca como parte de esa entidad, ese es un creyente peligroso.
En gran medida, las cosas que te limitan en la vida es porque tú tienes seres queridos. Hay gente que tú piensas: “Yo no puedo decidir eso, porque cómo le salgo yo a fulanito de tal, que es mi amigo querido, que es mi hermano, que es mi mamá, que es mi hermano de la iglesia; cómo me presento donde mi pastor a decirle que estoy participando en esas cosas.” Esos son medios de gracia que hacen que el pecado sea limitado; pero una persona que no tiene estribos en los caminos del Señor, una persona que no tiene otro creyente con los cuales está cargando un yugo, es una persona peligrosa.
Y esos mismos son los que más daño le hacen a la causa de Cristo: un desconectado solitario que no tiene iglesia, que no tiene hermanos, que él es solo, que él es suelto y que se dispara hacia un lado y hacia el otro porque no tiene a nadie a quien cuidar. Cuántas personas se han limitado de una cosa a la otra porque tienen una comunidad de creyentes a los cuales él siente que está representando. Sentir el peso de una iglesia local, que su testimonio está sobre tus hombros, hace que tú cuides la manera en que hablas, la manera en que decides y la manera en que ahorras tu compromiso, porque ya no eres suelto. “¡Ay del solo!”
Ese entramado social fuerte es un asunto que trae mucha salud sobre la vida de una persona. El autor de Eclesiastés expresó la deplorable condición que es estar en soledad con un gesto; esto fue “¡ay!”. Es como “wow…”.
Hay cosas, hermanos, que con palabras no alcanza y hay que ponerle sentimiento, hay que ponerles intención, y esos gestos a veces expresan más, hermano, que tres párrafos. El gesto es: “¡Ay!” “No, mira, yo soy cristiano, pero yo no tengo necesidad de mi iglesia local; yo puedo vivir a mi manera, yo me suplo por mi propia necesidad…” “¡Ay!” Es como: “Wow.” Cuando tú lo escuchas, te produce espanto.
Esto expresa un sentido de compasión al que está en soledad; algo para compadecernos: “¡Ay del solo!”, de compadecerte de él. Si usted viviera en una sociedad donde no hay testimonio público del Señor, donde estamos en persecución, donde no hay iglesias que se reúnen, yo le puedo entender. Pero cuántas iglesias locales bíblicas hay que están a escasas cuadras de su casa, pero usted dice que ninguna iglesia es digna de donde usted congregarse; es que usted es un suelto, que usted visita una o dos de vez en cuando, usted ya no es un extranjero ni un advenedizo, sino un conciudadano de los santos y un miembro de la familia de Dios.
El castigo de la soledad en Caín y el llamado a congregarse
Así como provoca sentido de compasión, también esto expresa un sentido de rechazo a entregarse a esa condición; un asunto para evitar: “¡Ay!” Es compasión, pero también hay algo que yo no quiero que se me pegue, es algo que yo no quiero que me llegue, es algo a lo cual yo rehúso entregarme. Hermano, rehúsate a vivir en soledad. Te diré: por lo menos cuatro veces al año Satanás te atentará con que “quédate solo”, que “tú no necesitas una iglesia”, y tú tienes que recordar: “¡Ay del solo!”
La soledad fue uno de los primeros males que experimentó el hombre. Fue superada así mismo con una de las primeras provisiones del Señor y fue también decretada como uno de los primeros castigos dados por el Señor a Caín. A Caín le dijeron que iba a ser errante, y Caín, perverso, no lo aceptó.
El Señor castigó a Caín, le dijo: “Serás errante.” Y ¿sabe lo que dijo Caín? “Ay, Señor, cosa muy dura.” Acompáñenme a Génesis capítulo cuatro. Caín, que era un perverso… Miren cómo reaccionó Caín, siendo perverso, cuando le recetaron la soledad. ¡Wow!
Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; errante y extranjero serás en la tierra. Y dijo Caín a Jehová: Grande es mi castigo para ser soportado.
— Génesis 4:10-13
“Grande es mi castigo para ser soportado”; y quién aguanta eso, quién lo soporta. Nadie. Y eso era un perverso. Uno dirá: “Pero, Caín, si tú matas a tu propio hermano, parece que tú quieres vivir solo, parece que a ti te afecta la vida en comunidad…” No: “Yo no quiero eso.” Y hay gente que me dice a mí que no puede soportar la tierna comunión de los santos, que se entiende que es lo suficientemente suficiente en sí mismo, independiente en sí mismo, que él puede desconectar sus raíces del pueblo del Señor.
Caín era un perverso y lo que dijo fue: “Grande es mi castigo para ser soportado.” Versículo 14:
He aquí me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé; y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare me matará.
— Génesis 4:14
Pero ¿eso no es lo que la gente quiere en estos días, “seré errante y extranjero”? Y sucederá que cualquiera que me hallare me matará. Él sabía el riesgo de estar solo. Y respondió Jehová:
Ciertamente cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado.
— Génesis 4:15
¡Wow! El Señor lo protegió un poco. “¡Ay del solo!” Yo podría, hermanos, sentarme aquí, pararme aquí y decirte: “No dejemos de congregarnos, como algunos tienen por costumbre…” No. Es: “¡Ay del solo!” Es que tú tienes que recordarte que tu iglesia ahorita se ha reunido y que tú te quedaste en tu casa a dormir. Tú dices: “Mi iglesia se reunió y yo me quedé durmiendo”, y tú tienes que decirte a ti mismo: “¡Ay del solo! Me estoy quedando solo. Hoy la iglesia se vio, hoy se reunió y aquí estoy yo en mi patente soledad. ¡Ay del solo!”
Es que debe ser un asunto, hermano, como un rayón en tu mente que te haga lamentar: “¡Ay del solo! Me lo perdí. Estoy corriendo un riesgo enorme.” La primera razón, hermano, el primer gran beneficio, es que tiene una mejor recompensa; el segundo es que tiene mayor seguridad. “Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero.” Qué triste es un creyente que necesita ser restaurado en cualquier área y no tiene arraigo.
Supe de una persona que tenía una situación de salud muy gravosa y yo preguntaba: “¿Pero quién? ¿Y su iglesia, dónde está? Es un creyente.” Yo preguntaba: “¿Y su iglesia, dónde está? ¿Y sus hermanos, dónde están? ¿Y su pastor?” Tengo que venir yo, que para él soy un hombre médico, tratar de ayudarle, pero me pregunto: ¿y dónde están sus relaciones primarias con el pueblo del Señor? “No, a él nadie le conoce…” “¡Ay del solo!”, que cuando cayere no hay quien le levante.
Tercera razón: calor, pertenencia y amor al prójimo
El tercer gran beneficio está en el versículo 11:
También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo?
— Eclesiastés 4:11
Yo atribuyo que por este versículo la gente ha concluido que esto es para el matrimonio. Un poco es en el matrimonio que la gente duerme juntos. Sí, hermano. En la sociedad contemporánea ha habido ciertos prejuicios acerca de que todo el mundo duerme solo, pero no están diciendo aquí que es para la vida matrimonial; están hablando de una necesidad fisiológica, que es el calor.
Y miren, nuestras necesidades van más allá del calor físico. Como seres humanos tenemos necesidades amplias, múltiples, y el Señor quiere llenar esas necesidades a través de la gente. El calor es un ejemplo que lo ilustra bien. Hermano, “¡ay del solo!”, porque si fueran dos se calentarían mutuamente. Y de hecho, el calor ya de manera contemporánea usted puede apalear un poco eso con un abanico, con un aire acondicionado. El calor físico ya no es un problema. Pero si fuera solamente calor físico, usted consigue un abanico y lo resuelve; pero usted necesita más que calor físico.
Hay muchas otras necesidades que hay en ti y el Señor también quiere suplirlas a través de otros. “Si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo?” Están hablando de una necesidad natural del ser humano, que es el calor corporal, y te están diciendo que otro te la puede suplir. Pero tú tienes muchas otras necesidades. Cualquiera consigue un abanico, ponte un aire acondicionado. Una frisa… Bueno, perdóname, es lo contrario, una frisa cualquiera la consigue. Pero hay otras necesidades que no son tan accionables.
Adentro del ser humano no solamente hay necesidad de calor físico. Adentro del ser humano también hay un natural sentido de pertenencia. Todo ser humano quiere ser parte. De las personas más penosas a nivel de política internacional son aquellos que son apátridas: aquellos que no tienen un país que le reclame como suyo. Qué triste es aquel que no tiene sentido de pertenencia, que no hay ningún lugar en esta tierra donde él pueda decir: “Esta es mi casa.”
Qué triste una persona que no tiene ningún lugar donde le estén esperando. En los países que se llaman desarrollados, la gente se muere y se dan cuenta semanas después. Se ha perdido el afecto natural, se ha perdido el entramado social, ya los hijos no se preocupan por los padres ni los padres por los hijos; los ancianos mueren en la casa y se dan cuenta semanas después.
Todo ser humano tiene un natural sentido de pertenencia; por eso la gente sigue un equipo de béisbol. Porque si usted no tiene nada, por lo menos usted dice que es del Licey. Y miren que yo no soy liceísta, pero los liceístas son casi más ruidosos… Sí, entonces ya me metí en un lío, me estoy haciendo daño al asunto. Vamos a hablar de fútbol, hermano, vamos a hablar de fútbol. Por béisbol no vamos a llegar, vamos por fútbol.
Las marcas locales han tenido un problema grave porque es que aquí… últimamente es que seguimos el fútbol, pero aquí no hay arraigo del fútbol. Una empresa dominicana hizo una campaña donde la gente se pintaba la cara del lado de uno de los equipos que están en el mundial y que juegan fútbol, y del otro lado la bandera dominicana. Y decían: “Nosotros seguimos el fútbol de allá, pero con el corazón para acá”, algo parecido. Yo digo: “Mira, pero ingenioso; es buscar la manera de darnos algún sentido de pertenencia e identificación, aunque sea para colarnos su anuncio.”
Pero el ser humano necesita identificarse con algo. Por eso usa marcas específicas, por eso prefiere lugares, por eso la gente tiene una nación, por eso tiene una bandera. ¡Ay de aquel que no tiene a nadie que le supla el sentido de pertenencia! Qué hermoso es alguien que dice: “Esta es mi iglesia.” Oye, qué bonito una persona que dice: “Te invito a mi iglesia.”
Yo ayer tuvimos en mi casa a los hermanos que están tomando el taller de membresía y les decía las diferentes formas en que alguien se refiere a una iglesia local. Hay algunos que dicen: “Esa es la iglesia que yo visito.” Otro dice: “Aquí yo me estoy congregando.” Y hay una persona que dice: “Te invito a mi iglesia.” ¿Oye qué bonito es eso, cuando alguien te dice: “Te invito a mi iglesia”?
Estamos en “la iglesia que yo visito”, “el lugar donde yo me congrego”… “Esta es mi iglesia.” Y qué bonito se siente un creyente cuando llega a su iglesia, cuando él pasa por la puerta: ahí están mis hermanos. Él dice: “Llegué.”
“¡Ay del solo!” que no tiene quien le caliente espiritualmente. Qué hermoso es alguien que tiene sentido de pertenencia con la casa del Señor, que dice: “Esta es mi casa. Aquí yo no soy un advenedizo, aquí yo no soy un raro, aquí no soy un visitante, aquí no soy un invitado; esta es mi iglesia.”
Todo ser humano tiene un natural sentido, una necesidad de reconocimiento, de ser parte de alguna causa; un sentido natural hacia la amistad, hacia el afecto. Él quiere tener un sentido de utilidad, es decir: “Aquí yo soy útil, mis dones aquí se usan, aquí yo me siento valioso.” Qué triste es aquel que no se siente necesitado por nadie.
Dicen los malvados: “Nadie me necesita y yo no necesito a nadie.” Eso es mentira. Todos nos necesitamos. Hay otro que dice: “Yo no tengo familia, yo crecí yo solo.” Nadie crece solo. Eso es de los que son malagradecidos, pero nadie crece solo. Aun el que no tuvo un papá tuvo un tío; el que no tuvo un tío tuvo un abuelo; el que no tuvo un abuelo tuvo un vecino, pero alguien le ayudó.
Yo tengo que repetirme eso frecuentemente. Si usted encuentra un caracol en medio de la ciudad, asegúrese que alguien le dio una bola, porque los caracoles no cogen guagua. Alguien lo llevó, alguien lo puso. “No, que yo llegué aquí por mis propios medios, nadie a mí me dio la mano, yo soy un hombre que me he hecho a mí mismo…” Mentiroso y malagradecido es lo que eres. Nadie se hace a sí mismo. Algún instrumento utilizó el Señor para bendecirte.
“¡Ay de aquel!” que no tiene a nadie que le caliente. Miren, un creyente no necesariamente es el ser más sociable que hay sobre esta tierra, pero ha tomado una decisión radical de unirse a un cuerpo, de pensar colectivamente, de no entregarse a la soledad, de atar su destino a otros creyentes más. Hermano, y eso es gravoso, pero es liberador.
Ya esto es un tema impresionante, porque cuando uno decide ser miembro de una iglesia uno no conoce perfectamente a todos sus hermanos, pero yo le aseguro que después de cinco años usted les conocerá un poco menos. Porque siempre hay una ilusión. O sea, uno no llega a conocer profundamente el corazón de un ser humano. Ahora, lo que tú llegas a conocer es que yo decidí amarte.
Eso parece raro cuando lo diga, hermanos queridos, pero yo a ti te quiero porque tú eres de mi iglesia; yo tengo que quererte. Tú eres mi prójimo, mi próximo; un prójimo es el que tú tienes al lado. No porque “yo quiero amar a este hermano porque él es bonito, yo quiero amar a este porque es inteligente, este porque es muy piadoso, este porque es muy sabio”; yo lo amo porque fue aquí que el Señor lo puso.
Y para eso soy pragmático: si me hubiera puesto otro, lo voy a amar igual. Y para mí fuera súper fresco. Hermanos, nosotros como creyentes no amamos por afinidad; nosotros estamos llamados a amar al prójimo. El prójimo es el que tú tienes al lado. “Ah, ¿es este hermano? Ah, ok, es este que yo voy a amar, Señor, aquí voy.”
Miren, a la iglesia de Lucerna, la iglesia donde yo más fui formado, yo quería mucha gente y hace años que no sé de ellos, pero yo sé de usted. Ay, ¿qué pasó con los otros? Bueno, si nos encontramos vamos a evocar, vamos a llorar, pero en este momento al que yo tengo al lado eres tú. Yo no estoy esperando un “set” específico de hermanos: “Si usted está a este lado, cuente con mi calor cristiano…” No. Amar al prójimo, amar al prójimo, amar al que el Señor te ha puesto al lado.
Tu impresión, iglesia, hermano, cuando usted decide: “Esta es mi iglesia local”, la gente piensa que esta es tu iglesia porque ya tú te fuiste a reuniones particulares con cada uno de los hermanos, los visitaste a cada uno en su casa, ya tú sabes cómo ellos son, ya tú no te vas a decepcionar de ninguno. No, hermano. Ay, hermano, se ha vuelto muy gracioso, pero no es la intención hacer de esto como un chiste; pero una iglesia, en gran medida, es como una paca.
Usted compra una paca de ropa y usted no sabe lo que está comprando; tú sabes que ahí hay ropa. Y le pones: “Cierta paca”, y hay una paca de pantalones o paca de camisas. Hay pacas que están clasificadas, pero una paca, hermano, es de conocimiento; usted no sabe lo que está comprando. Cuando usted se afilió a esta iglesia, hermano, usted compró una paca. Y usted dice: “Ok, vamos a ver lo que hay aquí. Está este, voy contigo, te estoy llamando, porque eres mi hermano, porque estás aquí.”
“¡Ay de aquel!” que no tiene quién lo caliente. A mí me mandaron para acá, aquí voy a amar. Yo tengo que amar la iglesia evangélica Pez Mundial; tengo que amar la ciudad de Santo Domingo. Hermano, cuente con eso. Si a mí el Señor me mandara, por la razón que fuera, a cualquier país del mundo, yo me pusiera para ese país, yo lo voy a amar. Me tocó porque voy a amar al prójimo. Es un asunto de convicción cristiana, no de afinidad.
Pablo, hermano, no dice: “Wow, pero Pablo rápidamente se desentendió de Bernabé, ya Silas…” Hermano, esto no es asunto de afinidad, es de amor cristiano. El amor cristiano es una decisión. Tú tienes que decidir amarme y yo tengo que decidir amarte. No es algo de que “nos llevamos bien y por eso nos amamos”. No: estamos en Cristo y nos debemos el amor cristiano el uno al otro.
Cultivar compañía, trabajar acuerdos y evitar la ilusión de afinidad perfecta
Quiero hacer un llamado aquí, hermano querido, a que cultivemos las compañías. Para usted dejar de estar solo tiene que hacer un esfuerzo intencional, porque vivir en compañía, hermano, no es fácil. Ser miembro de una iglesia, yo lo reconozco, le digo, yo admito que por lo menos cuatro veces al año usted tendrá una decisión que le tentará peligrosamente a vivir solo, y usted dirá: “Me resisto a vivir solo.”
Yo supe de alguien en el matrimonio que tomó esa decisión, que cuando se decían cualquier cosa, la esposa le decía: “No, tú y yo vamos a envejecer juntos.” Gloria al Señor por eso. A su hermana de la iglesia usted tiene que decirle: “Tú y yo estamos atados a este proyecto; esta es nuestra iglesia, vamos aquí a buscarnos la vuelta.” No le digo, hermano, que esto es un matrimonio; no, usted no está atado de por vida a una iglesia local, pero la verdad es que usted debe tener cierta resolución de amor, porque si no, cada decepción le va a tumbar. “No, esto no puede ser ya mi casa, como que no…” Estamos juntos en estos momentos para darnos calor los unos a los otros.
Recomendaciones generales para cultivar la compañía: para usted vivir en compañía tiene que ser consciente de sus propias carencias, de sus propios defectos. Quien no ha hecho conciencia de sus propios defectos siempre entiende que está dando más que los demás. Oye, hermano, usted debe reconocer: “Mira, yo sé que soy difícil, pero tú me estás amando.” “Ah, aquel hermano es muy difícil…” al otro también recuérdale la parábola de los deudores: si el Señor a mí me acepta, ¿cómo no te voy a aceptar a ti?
Recomendaciones generales para cultivar el compañerismo: entiende el valor singular que tiene la amistad dentro del contexto de un mundo caído. En este mundo caído todo tiende a soledad. En este mundo caído, hermano, aquí la cosa toda tiende a soledad. Esto está diseñado para que usted muera solo, y por la misericordia del Señor usted muera acompañado. Cultive eso, hermano, como un regalo precioso de Dios. La amistad en un mundo caído, eso es un tesoro.
No sea mezquino con relación a la contribución de los otros, desarrollando la suya propia. Ese caso se repite vez tras vez en los negocios: socios comerciales que tienen contribuciones diferentes. Hay uno, por ejemplo, que es muy relacional y es bueno para atraer los clientes; y hay otro que es muy analítico y es bueno para hacer los procesos; y hay uno que dice: “Vamos a romper esta sociedad porque aquí soy yo el único que trabaja.” Ay, ¿quién fue que trajo los clientes? Y después se encuentra con la tirita de la realidad de que él tiene el mejor motor intelectual del mundo, pero no tiene la atracción de aquel que era quien traía los clientes. Hermanos, nosotros nos complementamos.
No sea mezquino con relación a las contribuciones de los otros. Mire todas sus relaciones a la luz del Evangelio; es la única posibilidad de vivir en comunidad. Cada vez que tu hermano te decepcione, recuérdate, hermano: tesoro en vasijas de barro. Cada vez que tu hermano no llene tus expectativas tú tienes que recordar: “Y a pesar de eso, aquí está el Evangelio.” El Evangelio es “a pesar de”.
Hermano, la comunión cristiana es posible a la luz del Evangelio, y es que Cristo a todos nos ha redimido con su sangre y nos ha integrado a todos en un mismo pueblo. No hay cinco pueblos del Señor, hermano; hay un solo pueblo del Señor. Ahí nos injertó. Para el Señor eso es tan importante que Él no hizo con la iglesia gentil un plan paralelo a lo que iba a hacer con los judíos; no. Nosotros fuimos injertados como un olivo silvestre dentro de aquellos que ya tenían una relación con el Señor.
El Señor no te hace un pueblo nuevo para cada personalidad, para cada preferencia, para cada etnia; no. El Señor tiene un solo pueblo, ahí nos va a poner a todos. Si usted está en Cristo está en misión, y si yo estoy en Él también, estoy en usted.
Recomendaciones generales: evita la ilusión de la completa afinidad. Para que tú y yo nos amemos y seamos hermanos no necesitamos necesariamente estar así, que desaparezcamos uno detrás del otro. Hay veces que estamos así y tú dices: “Lo esencial ahí está: una fe, un Señor y un bautismo.” Y el hecho de que estamos caminando juntos porque el Señor nos mandó a vivir en Santo Domingo, República Dominicana, en el Caribe insular, y como estamos cerca, estamos aquí. Él es mi próximo; con él voy a amar para ti.
Pero si tú estás buscando una completa afinidad en todas tus relaciones, tú no vas a encontrar eso, porque no son mellizos. O sea, todo el mundo tiene intereses distintos.
Alguien entonces va a salir y me va a decir: “Ah, pero dice la Escritura: ¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” Permíteme, ahí voy. Lo primero es que dice el texto: que no andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo; el texto infiere que hay que ponerse de acuerdo. Un acuerdo es un compromiso entre las partes.
No es: “¿Andarán dos juntos si no son iguales?” No. Es: ponerse de acuerdo. Ponerse de acuerdo es trabajar una relación, ponerse de acuerdo es limar una aspereza.
Y el nivel de diferenciación que plantea el Señor no son diferenciaciones superficiales. Él dijo:
¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas?
— 2 Corintios 6:14
Y “¿cómo andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo?” Hermano, el nivel de diferenciación que hay ahí era abismal: luz y tiniebla. Quizá no es el nivel de diferenciación que va a haber entre dos creyentes, porque los dos son luz.
Por norma general, hermano, si de los dos tenemos el mismo Señor, tenemos el mismo Padre, somos hermanos y tenemos que tratarnos como tal. Este asunto de la completa afinidad es una trampa diabólica, diabólica, diabólica, para dejarte solo. Yo tengo una tristeza porque veo hermanos míos que para ellos todo es “Evangelio”. “No, que tal no es distinto a mí en ese asunto; no, él y yo no podemos tener comunión por amor al Evangelio.” Y eso no es el Evangelio. Cualquier cosa que ellos entiendan que es diferenciación lo llevan al nivel del Evangelio. Hermano, es cierto: hay cosas por las cuales no podemos transigir, pero no todo es el Evangelio. Hay asuntos que son secundarios; no todo es central, hay cosas que son periferia.
Tengo que moverme, hermano, hacia el final. Pero en esto de satisfacer nuestras necesidades mutuas, como iglesia en el Señor, como hermanos, algo que ayuda es poderlas reconocer abiertamente. Si tú no estás dispuesto a decir que necesitas a tus hermanos, tú nunca vas a tener a tus hermanos. Si tú te comportaras como si la comunión cristiana no es algo para ti, algo que vas a cultivar y a buscar, tú nunca vas a tener hermanos; siempre van a ser nominales.
Pablo y la expresión abierta de necesidad emocional
Me emociona casi cómo el Señor fue muy abierto en sus relaciones de amistad acerca de sus necesidades emocionales. El apóstol Pablo lo fue igual. En su última carta, segunda carta de Pablo a Timoteo, dice él en el capítulo 1, versículo 16:
Tenga el Señor misericordia de la casa de Onesíforo, porque muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas.
— 2 Timoteo 1:16
La palabra “me confortó”… Hay gente que parece que no necesita ser confortada por nadie. Frecuentemente son los más debilitados por dentro. Oye cómo Pablo decía abiertamente: “Detenga el Señor misericordia de ellos porque él me confortó, me fue útil; en mis cadenas me confortó.” Qué hermoso es un creyente que puede decir abiertamente: “Hermano, tú me has confortado hoy. Yo hoy estaba dubitativo, hoy yo estaba alicaído, hoy yo no sentía esta expectativa victoriosa y triunfante, y cuando tú viniste, hermano, tú me confortaste.”
El apóstol Pablo hablaba tan abiertamente acerca de sus sentimientos. Te lo muestro, hermano, como una foto para que lo imitemos: que no estés cerrado, como que tú eres de piedra, de roca. Tú tienes sentimientos. Segunda Timoteo 4:16 dice el apóstol Pablo:
En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon.
— 2 Timoteo 4:16
¡Guau, hermano! Está hablando: “Estoy solo, me siento caído.” Le decía a Timoteo, en el mismo capítulo cuatro, versículo 11:
Procura venir pronto a verme, porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica; Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia. Solo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio.
— 2 Timoteo 4:10-11
Pablo está diciendo: “Yo tengo necesidades afectivas y emocionales que mis compañeros de ministerio las llenan en mí. Yo no soy autosuficiente, yo no soy de acero ni tampoco de plástico; yo no puedo extenderme indefinidamente.”
Piensan que los líderes cristianos tienen una resistencia emocional extraordinaria. Hermano, yo cada vez soy más consciente de mis necesidades emocionales. Por eso dos veces a la semana yo voy a programar café con gente, que me alienta verme con ellos, me motiva, me da aliento, porque necesito resistir.
Una estrategia para resistir esa presión… También la gente cuando me trae cosas muy duras, yo se lo digo: “Mira, mal paso…”, porque hay gente que piensa que un pastor lo soporta todo. “Bueno, no tiene corazoncito; a él hay que hablarle…” No, a mí hay que darme cariño. Hay hermanos que, con su trato brusco, a mí me afecta. Yo les digo: “Hermano, con más cariño, yo le mando con más cariño, por favor; con un poquito más…” “No, pero todo pastor, a usted eso no lo…” ¿Cómo que no?
Ni de piedra ni de goma, hermano querido; ser humano. Uno necesita. Lo que te digo: cuando tú te vas habituando a eso, entonces te das cuenta. Es una manera chistosa quizás de reconocerlo, de decir: “Hermano, yo te necesito, yo no soy de piedra; la manera en que tú hablas, la manera en que tú te comportas, me está afectando.” Es entender que no somos de piedra ni somos de goma; expresarlo.
Es el anuncio de que tú tienes necesidades emocionales. El apóstol Pablo decía: “Timoteo, ven pronto a verme; yo estoy muy solo aquí.” Y dice: “Ven antes que llegue el invierno.” Parece que Pablo estaba pensando: “Wow, si esta necesidad emocional se me junta con el invierno yo no voy a poder soportarlo. Ven pronto a verme.” O sea, guau, y uno llega a sentir eso; claro, hermano, lo que pasa es que no lo anuncia. Anúncielo. Hágalo público.
Como Onésimo… Le dijo a Filemón: “Yo desearía quedarme con él.” Pablo acariciaba emocionalmente, anhelaba a sus hermanos, la comunión de ellos. Le decía: “Guau, anhelando verte para llenarme de gozo.”
He estado mostrando, en primer lugar, el primer doble beneficio: una mejor recompensa; en segundo lugar, la mayor seguridad; en tercer lugar, la satisfacción mutua de nuestras múltiples necesidades; y en último lugar, hermano, protección y resistencia. Dice el versículo 12:
Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.
— Eclesiastés 4:12
Una cuerda tejida. Miren, la soledad es un estado muy vulnerable. Dice: “Si alguno prevaleciere contra uno…”, el que se quedó solo está corriendo peligro. Ahí es que está el énfasis principal de la parábola de la oveja perdida. Una oveja perdida está corriendo un riesgo operativo enorme; hay que dejar cualquier cosa para irla a rescatar. Dice que dejó las noventa y nueve. Claro, porque están acompañadas. Interesante: si hay noventa y nueve se pueden quedar solas por un momento, pero aquella está sola, va corriendo un riesgo enorme.
El riesgo del creyente solitario… Hermano, no te quedes solo; es un riesgo enorme. La soledad es un estado muy vulnerable. Miren, es difícil luchar contra el mundo sin una red de creyentes que nos estimulen al amor y a las buenas obras. Si yo no tengo a mis hermanos, yo no voy a poder luchar.
Empresas que están tratando de lograr avances se mudan a zonas geográficas donde hay otras empresas que están haciendo lo mismo porque las unas con las otras se van animando y van consiguiendo el objetivo que están persiguiendo. Por eso existen los centros de innovación. Una iglesia, hermano, esto es un centro de avivamiento espiritual, es un centro de refrigerio. Uno viene aquí y solamente saber que hay otros que están luchando…
Esa soledad es algo que desmotiva mucho; venir aquí es un mecanismo de resistencia. Además, lo nuevo y excepcional en nosotros, la fe… El mundo viene solo. Lo que yo necesito en mi semana es esto, porque de mundanalidad allá afuera estamos llenos, hermano. Eso no hay que buscarlo, eso va a venir solo. Lo que hay que buscar es esto.
La razón por la que tenemos para congregarnos, hermano, es porque el mundo usted no tiene que salir a buscarlo. Usted está rodeado del mundo. Usted vive adentro del mundo; usted no es parte del mundo, pero está dentro del mundo. La mundanalidad usted no tiene que solicitarla, eso le llega solo. Esto es lo que hay que buscar. Por eso, hermano, domingo y jueves eso debe ser bloqueado en su agenda, porque esto es lo excepcional, esto es particular, esto hay que buscarlo con intencionalidad; lo otro les va a llegar solo.
El mundo viene solo. Estar acompañado, hermano querido… Termino aquí: esto es un mecanismo de resistencia. Dice: “Una cuerda tejida, de tres dobleces.” Tejer una cuerda aumenta su resistencia. Toda una clase de física, pero lo que hay detrás de esto es que cuando la cuerda está tejida, la resistencia no es el valor de las cuerdas solas; entre ellas se fortalecen, se retroalimentan. Si teje una cuerda de tres hilos no es lo mismo que tomar tres cuerdas sueltas. No son tres cuerdas; tejidas, tejerlas les da una resistencia especial, porque una afecta a la otra.
Eso es lo que es la iglesia, hermano: es un cordón bien tejido. Ese entramado, ese tejido de la iglesia, lo que la hace fuerte es el sistema de red. Lo que hace una red fuerte, hermano, es que entre ellos sus puntos se encuentran en muchas partes. La resistencia no es solamente el número de hilos, sino también su disposición, su tejido. La iglesia está tejida de forma tal que podemos resistir juntos.
Metáforas de la iglesia, hermanos, usan esta realidad, la realidad de que no basta con estar juntos; necesitamos estar tejidos, tejidos el uno del otro, hermano, enredados el uno con el otro. Un cuerpo, dice la Escritura en Efesios, bien concertado:
De quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.
— Efesios 4:16
El cuerpo, hermano, no es solamente órganos que están juntos; el cuerpo no son órganos reunidos, es un sistema que se va retroalimentando, y eso es lo que lo hace fuerte: un cuerpo bien concertado, dice la Escritura.
La iglesia no es un montón de piedras; esto no son piedras que están amontonadas. No, dice la Escritura que la iglesia es un edificio bien construido:
Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual.
— 1 Pedro 2:5
La iglesia no es solamente la reunión de las piedras; es la disposición de las piedras en un orden armonioso que permite que tenga resistencia. La iglesia se presenta como una viña cultivada; no solamente somos plantas sueltas, silvestres. Dice que somos ramas injertadas, intencionalmente cultivadas.
La iglesia se presenta como columna y baluarte. En la historia de la arquitectura, hermanos, diseñar una columna fue un asunto impresionante porque eso tiene un punto de resistencia particular. Y hablamos de columna porque está relacionada a un baluarte para defender el edificio completo. La iglesia no es solamente piedras, es columna y baluarte de la verdad.
Por último, la iglesia es un rebaño con pastor, según Juan 10, y este rebaño tiene dueño. Que el Señor permita, hermano, que cada vez que usted piense quedarse en soledad su oído suene. Yo oro por toda la congregación: Padre, mira cómo he tratado de estimular aquí a estos hermanos míos al respecto de que no se queden solos. Padre, permite que la tentación ellos la venzan. Mira cómo el enemigo de su alma, Señor, vendrá a decirles que es mejor estar solo, que es mejor estar sueltos, que ellos pueden lograrlo por sus propios medios. Quita, Señor, de nosotros esa tentación. Déjanos, Señor, los unos con los otros. Permite que haya aquí, Señor, un cordón de tres dobleces. Permite, Señor, que los unos estemos ligados a los otros.
Padre, mira aquellos que están hoy congregados y todavía no tienen una iglesia local. Abre en ellos, Señor, hambre al respecto de congregarse y pertenecer. Permite, Señor, que pronto ellos digan que esta iglesia, que era la iglesia que yo visitaba, por ahora es mi iglesia. Permite que pronto, Señor, ellos digan:
Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.
— Efesios 2:19
Mantenga sus ojos ahí cerrados un momento. Dice la Escritura que a los que le recibieron y creen en su nombre, el Señor les ha dado la potestad de ser hechos, no visitas, no gente que asiste, sino ser hechos hijos de Dios. El Señor está edificando esta familia espiritual y tú puedes ser parte de esta familia. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia del Señor.
Lo que nos une no es la afinidad; lo que nos une es la sangre de Cristo, es el Evangelio, es el poder del Señor que nos sacó de enemistad y nos convirtió en hijos. Si tú has escuchado la predicación y quieres poner en el Señor tu confianza, en este momento ora y habla al Señor con tus palabras. Dile al Señor: “Sácame de esta soledad, dame una iglesia local, dame hermanos. Dame gente, Señor, con los cuales yo pueda tejerme, dame gente, Señor, con los cuales yo pueda resistir. Cuídame, Señor, de la tentación de la soledad. Hazme parte de tu pueblo, hazme parte de tu familia, hazme parte de tu edificio. Hazme parte, Señor, de esta comunidad de fe, esperanza y amor que tú estás edificando. Todo esto, Señor, para tu gloria. En el nombre de Cristo.”