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Los caminos inesperados de la providencia

Hechos 12:1-24

La providencia es la manera en que Dios orquesta todas las cosas para alcanzar sus propósitos, incluso a través de caminos que nos dejan perplejos. En Hechos 12, Jacobo muere, Pedro es encarcelado y Herodes reina impunemente, pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba.

Transcripción automática

Providencia es la manera en que nuestro buen Dios organiza todas las cosas de forma tal que Él termina alcanzando sus propósitos. Hoy muestro los caminos inesperados de la providencia: maneras poco convencionales en las cuales nuestro Dios ha obrado. Yo creo que en los tiempos de paz uno debe hacer la reserva para los días malos. Y yo quisiera pastorear una iglesia que esté lista para padecer aflicción. Se ve muy feo cuando uno ha militado por años en los caminos del Señor y ha construido una teología, un carácter cristiano, y cuando llega el momento de usarla, nuestra fe hace aguas. Yo quisiera preparar la iglesia para que con entereza asuma, reciba y se una a la providencia de Dios.

En aquel mismo tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la iglesia para maltratarles. Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan. […] Mas Herodes, habiéndole buscado sin hallarle, después de interrogar a los guardas, ordenó llevarlos a la muerte. […] Al momento un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios, y expiró comido de gusanos. Pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba.

— Hechos 12:1-2, 19, 23-24

Dios permite que su iglesia sea maltratada

Este texto comienza como algunas series donde en el primer episodio matan al protagonista. El rey Herodes echó mano a algunos de la iglesia para maltratarles y mató a espada a Jacobo. Así es que comenzamos: antes de discutir, antes de explicar, ya Jacobo está muerto. Lo que sigue es una serie de maltratos intencionales con agenda. Aparece uno desconsiderado que dice que Jacobo estaba frío en la fe, que había dejado de orar. Pero a veces la providencia del Señor pasa por encima de ti, y a veces los planes y proyectos del Señor incluyen que nosotros nos demos presente.

¿Qué final feliz, humanamente hablando, le podemos dar a una historia que comienza con que uno de los nuestros, que es Jacobo, muy querido, uno de los tres más cercanos del Señor, ha sido matado por Herodes? Hay un rasgo de la fe cristiana madura: sale de la ingenuidad del mundo, donde se asume que todas las cosas son bien si somos del Señor. A veces el malvado triunfa, aunque sea temporalmente. La providencia del Señor puede dejarnos perplejos, pero sabemos que Dios siempre alcanza sus propósitos. De forma tal que la satisfacción está, no en mis caprichos, sino en hacer que el fin de mi vida sea que con ella se alcancen los propósitos de mi Dios.

Un cristiano es el hombre, es la mujer que abandona su proyecto personal para asumir el proyecto de Dios. Tenemos que morirnos a nosotros mismos. Un discípulo de Cristo es una persona que no anda esperando caprichos particulares, sino que los grandes y eternos propósitos del Señor se alcancen con su propia vida. Hace ya unas cuatro semanas tuve una quemadura de segundo grado en la mano izquierda. Una persona de mi aprecio, un no creyente, me hizo una pregunta sincera y respetuosa: «Rafael, tú me dices ya tres veces que gracias al Señor. Pero yo me pregunto, ¿cómo se puede conciliar eso con el hecho de que Dios lo permitió, siendo tú un hijo suyo?»

La respuesta que yo pude darle fue la más sencilla: yo realmente creo que el Señor lo vio, realmente creo que Él lo concedió, y que mi Dios a través de esto alcanzará algún propósito, aunque sinceramente yo no sé en este momento cuál es. Y me siento tan desconcertado como él. Mi convicción de que mi Dios es bueno y organiza todas las cosas de forma tal que sus propósitos están siendo alcanzados va por encima de mi comodidad. Porque yo tuve una pequeña quemadura en la mano izquierda, pero aquí comenzamos con que Jacobo fue pasado a espada. La iglesia está siendo perseguida y Pedro está preso.

Pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba

Yo creo que el recurso que más frecuentemente saca al creyente de circulación es cuando tiene que luchar con la providencia. Yo estaba muy bien, pero ahora me visitó una enfermedad. Todo iba lo más bien, pero ahora comenzó todo a ir mal. Es interesante que este es un texto extenso y se resuelve con un solo versículo al final: el versículo 24. Un texto extenso y lo que dice el 24 es «pero», y ese «pero» se espera que me dé satisfacción. Pero, a pesar de que Santiago está muerto. Pero, a pesar de que la iglesia ha sido perseguida. Pero, a pesar de que Pedro está preso, amarrado, con tres guardias y una puerta de metal: pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba.

Cuando hago este ejercicio, cualquier creyente sincero diría: ¿entonces eso debe darme satisfacción? Sí. Por eso les digo que la vida cristiana no es fácil. Porque un cristiano es la persona que encuentra satisfacción en versículos como ese. Pero en mi casa estoy haciendo lucha en matrimonio, pero no tengo seguridad laboral, pero estoy enfermo, pero estoy cansado de coger lucha. Pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba. Un cristiano maduro es aquel que lucha con versículos como ese y se clava en ese versículo, perplejo, hasta que el Señor le dé satisfacción a su alma. Señor, permíteme detenerme en Hechos 12:24 hasta que tus planes y propósitos me den más satisfacción que mis caprichos particulares.

Una iglesia que ora, no que combate

¿Qué es lo que tiene el creyente? Es una profunda convicción de que Dios es bueno a pesar de lo que me parezca a mí, de que Dios está obrando aunque yo no pueda entenderlo, y que los planes de Dios son más importantes que los deseos nuestros. La iglesia de los apóstoles no dominaba en la sociedad. No eran la mayoría dominante. La iglesia era un grupo de ovejas en medio de los lobos. Esto contrasta con la idea que se tiene al día de hoy de la iglesia de Cristo, que es una iglesia combatiente. Por primera vez en la historia tenemos un tipo de creyente con el pechito parado, que no soporta el agravio, y que ante cualquier cosa anda levantando pancarta y reclamando derechos.

La iglesia de Cristo en este mundo nunca ha sido local, siempre visitante. Nosotros nunca hemos sido los que llevamos la espada, a nosotros es que nos dan con la espada. Herodes era movido por el aplauso y cada vez que maltrataba a un creyente, el pueblo lo aplaudía. Yo no veo a aquella iglesia manifestándose, no veo revueltas ni exigencias morales para Herodes. Veo la iglesia haciendo algo: orar. Yo he sentido en los últimos años que ante cada perversidad de este mundo, hay cantidad de creyentes que quieren levantar cinco pancartas. Y tú le dices: no, hermano, vamos a orar. Y pareciera que la oración es un facilismo. Pero yo no puedo conciliar el hecho de que a mi Señor lo clavaran en una cruz y a mí me tiren las flores.

Se habla más de Trump, de Maduro, que del evangelio. Esa no es nuestra lucha. Por un asunto de empatía cristiana y de la gracia común, nosotros podríamos incidir, pero esa no es nuestra lucha. Nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra principados, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo. Le decía Pablo a Timoteo: «Acuérdate de Jesucristo del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio, por el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor, mas la palabra de Dios no está presa.» Pablo creía que su victoria era que la palabra de Dios no estuviera presa. La cosa más importante que Dios está haciendo en este momento es la predicación del evangelio.

El poder de Dios para liberar a Pedro

Pedro estaba entregado ya. Amarrado con dos soldados, en el cuarto otros dos soldados más, después dos soldados más y después una puerta. Según las leyes de los romanos, si un soldado perdía al prisionero, tenía que responder con su propia vida. Y el Señor libera a Pedro con unos niveles de delicadeza, poder y gloria que contrasta con su pasividad para castigar a Herodes. Escuchen la delicadeza: se presentó un ángel del Señor, una luz resplandeció en la cárcel, tocando a Pedro en el costado le despertó diciendo «levántate pronto», y las cadenas se le cayeron de las manos.

Le dijo el ángel: «Cíñete, y átate las sandalias.» Lo van a sacar vestido. En un corredero como ese, cualquiera sale como pueda. Pero a Pedro le están diciendo: yo quiero que tú pruebes lo que es la providencia, la soberanía de Dios, el detalle de Dios y el poder de Dios para libertar a un hijo suyo. Esto nos contrasta un poco con Jacobo, al que acaban de llevarle la cabeza. Pero si Dios permitió que a Jacobo lo asesinaran, ¿por qué tanto detalle con Pedro? El Señor en su providencia tiene detalles que yo no puedo discernir. Como mucho puedo recibirlo.

«Envuélvete en tu manto y sígueme.» No salgas desnudo. Y Pedro pensaba que veía una visión. Esa es la poderosa mano del Señor deteniendo la aflicción de un creyente en el momento que el Señor quiera. Y aquella también era la poderosa mano del Señor permitiendo el martirio cuando el Señor quiera. Habiendo pasado la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad, la cual se abrió por sí misma. Pedro no empujó. Simplemente salió. No hay señas de que el hombre luchara ni de que se forzara ninguna puerta. El Señor le estaba sacando por la puerta grande.

Liberación sin reivindicación

Los ángeles obedecen porque ya entendieron que Dios es soberano. Pedro volviendo en sí dijo: «Ahora entiendo verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de la mano de Herodes.» El poder de Dios en la liberación de Pedro contrasta profundamente con su paciencia y aparente indiferencia con otros asuntos. A menudo el cristiano es librado, pero no es reivindicado. Son dos sentimientos: una cosa es que el Señor te sacó de ahí con mano poderosa y otra cosa es que el Señor le haya destruido el brazo a la persona que te dañó. Los seres humanos queremos las dos cosas: que el Señor nos libre y también que el Señor nos reivindique. Pero a veces no hace las dos cosas juntas.

Cualquiera de nosotros devuelve al ángel: «¡Señor ángel, acompáñeme allá al palacio de Herodes para que no vuelva a hacer pasar a ningún cristiano lo que me ha hecho pasar a mí!» Pero Pedro no anda pensando en dar un ejemplo. Pedro sintió la poderosa mano del Señor en su liberación y se dio por satisfecho. Nosotros no estamos en esta tierra para estar reclamando justicia humana. La justicia está en la mano de Dios, y nuestro Dios hará justicia y reivindicará a su pueblo. ¿Para qué el Señor lo estaba haciendo? Para fortalecer a su iglesia. Un precioso testimonio para que sepan que todavía Él está en control.

Pedro fortalece la fe de la iglesia

Lo que la iglesia necesita en este momento no es salir de Herodes; lo que la iglesia necesita es salir del pensamiento de que Dios no estaba en control. Pedro fue directamente a la iglesia a decirles: el Señor lo hizo, el Señor es poderoso, el Señor está en control. Aunque hayan matado a nuestro hermano, aunque todavía sigamos siendo maltratados, aunque Herodes siga reinando, yo sé que mi Dios es poderoso y que cumplirá todos sus planes, porque así como me sacó a mí de la cárcel con su mano poderosa, Él hará que todo lo que ha dispuesto se haga.

Cuando llamó Pedro a la puerta del patio, salió a escuchar una muchacha llamada Rode, la cual cuando reconoció la voz de Pedro, de gozo no abrió la puerta, sino que corriendo adentro dio la nueva de que Pedro estaba a la puerta. Y ellos le dijeron: estás loca. Pero ella aseguraba que así era. Pedro persistía en llamar. ¿Para quién es el milagro? Para ellos. ¿Para quién es el gozo? Para ellos. ¿Para quién es la liberación? Para el pueblo del Señor. Herodes no sabe todavía lo que ha pasado, pero la iglesia ya sabe que el Señor sigue en control.

Hay motivos de oración que el Señor concede, que cuando los concede, el primero que se asusta soy yo. Y me dicen: pero eso no es lo que tú estás pidiendo. Yo sé, pero no lo estaba esperando ahora mismo. Un testimonio sirve para que el creyente sepa que Dios está en control. Por eso hay que testificar. No es que todos vamos a recibir lo mismo: no todo el mundo va a ser liberado como Pedro. Pero el testimonio es para que la iglesia sepa que Dios reina, que Herodes no es más fuerte que Él. Y el que necesita saberlo no es Herodes, somos nosotros.

No manipules la providencia, únete a ella

Pedro les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel, y dijo: «Haced saber esto a Jacobo y a los hermanos.» Y salió y se fue a otro lugar. Qué maduro fue Pedro. No fue a la casa de Herodes a mostrarle, no buscó represalias. Si el Señor lo liberó, parece que el Señor no quería que lo mataran hoy. Si el Señor te sacó de la cárcel, no vayas de nuevo atrás. Eso aplica en cantidad de áreas. Hay hermanos que les gusta coger golpes porque se sienten un poco más espirituales. No hay nada más espiritual o menos en que te maten hoy o te maten mañana.

Herodes buscó a Pedro sin hallarlo, interrogó a los guardas y ordenó llevarlos a la muerte. El hombre sigue haciendo daño. Pero después descendió de Judea a Cesarea y se quedó allí. Pasó el tiempo. No es un asunto instantáneo: no se vuelve a mencionar a Pedro. Ya el caso no era Pedro. Herodes tiene su problema con Dios. No asuma usted que Herodes le debe algo a usted. A Cristo es que está ofendiendo. Y Herodes estaba enojado contra los de Tiro y de Sidón, pero ellos fueron mejores que él: vinieron a pedir paz porque su territorio era abastecido por el rey.

El juicio de Dios a su tiempo

Un día señalado, Herodes vestido de ropas reales se sentó en el tribunal y les arengó. El pueblo aclamaba gritando: «¡Voz de Dios y no de hombre!» Él quiere el lugar de Dios. Dice Josefo, un historiador de esa época, que tenía unas vestiduras resplandecientes que cuando se manifestaba el pueblo lo veía como si fuera una deidad. Al momento, un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios. Y no fue por Jacobo, ni por Pedro, ni por los creyentes maltratados, ni por los soldados inocentes. El Señor juzgó el pecado de la idolatría. Con esto hago un llamado a cualquier no creyente que esté escuchando: el Señor permite que los impíos practiquen su pecado confortablemente, pero todo pecado tiene un límite.

La gota le llegó al vaso en su momento de mayor gloria. Él dijo: mira, vamos a poner ese día para que me vengan a adorar. ¿Saben qué dijo el Señor? Vamos a poner ese día para que te coman los gusanos. El pecador en esta tierra se mueve libre, se regodea en su pecado, dice que estamos prevaleciendo. Y el Señor le da hilo a la chichigua, y después lo suelta en banda. A su tiempo, al tiempo de la providencia del Señor, el Señor juzgó el pecado de Herodes. Me recuerda a Al Capone: no fue juzgado por el contrabando, sino por evasión de impuestos, pero está preso.

Hay por lo menos dos casos en la Escritura que se parecen. Uno es Sodoma y Gomorra, que el Señor le dijo a Lot: su pecado ya colmó el vaso. «Por cuanto el clamor contra ellos ha subido de punto delante de Jehová.» A los cananeos, el Señor le dijo a Israel: «Aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí.» Se van a degenerar aún más, y cuando alcancen su abominación, ahí Dios intervendrá. Dios no puede ser burlado, no puede ser detenido, no puede ser adelantado. La vida de todo hombre está en la mano de Dios, para gloria o para deshonra.

Tú y yo no vamos a entender el mecanismo de la justicia de Dios. Déjale eso a Dios, es lo que dice la Palabra. El rey Acab intentó evadir el castigo de Dios: iba para la guerra y mandó a otro con su ropa. Y cuando pensaron que se había liberado, un soldado lanzó una flecha al aire, y ¿saben dónde terminó? En el cuerpo del rey. No hay azar en el castigo de Dios. El rey Saúl, que era un perverso, los filisteos lo aflecharon pero no lo mataron; le pidió a un sirviente que lo matara, y el sirviente se llenó de temor y no pudo; Saúl tomó su espada y se clavó en ella, y aun así tuvo que venir otro a terminar la obra. Pero dice Crónicas: «Así murió Saúl por su rebelión con que prevericó contra Jehová.» Al final, quien mató a Saúl fue Dios.

La palabra del Señor crecía y se multiplicaba

Con esto muestro que la providencia del Señor incluye su justicia. Y que nosotros deberíamos no gastar pólvora tratando de ver cómo Dios lo hace o cuándo lo hace. Gócese cuando el Señor le salve. Al mismo tiempo, gócese cuando la providencia del Señor le coloque en una posición difícil. Y gócese cuando el Señor castigue al impío. Y gócese con que el Señor, al final de los tiempos, establecerá un reino nuevo, cielo nuevo y tierra nueva donde realmente prevalecerá la justicia.

¿Cómo se ve el evangelio en todo esto? La enseñanza principal del capítulo es el versículo 24: pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba. La predicación del evangelio es la tarea principal que Dios está desarrollando ante nosotros ahora mismo. La predicación del evangelio continuará a pesar de la muerte de figuras importantes como Jacobo, a pesar del apresamiento de Pedro, a pesar de la falta de fe de la iglesia, a pesar de la oposición de cualquier gobernante. La manera en que Dios abrirá camino para la predicación de la Palabra puede ser desconocida para nosotros, pero tenemos seguridad de que Dios lo hará.