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Los caminos inesperados de la providencia

Hechos 12:1-24

La providencia es la manera en que Dios orquesta todas las cosas para alcanzar sus propósitos, incluso a través de caminos que nos dejan perplejos. En Hechos 12, Jacobo muere, Pedro es encarcelado y Herodes reina impunemente, pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba.

Predicado18 de agosto de 2024
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Acompáñenme en sus Biblias, al libro de Hechos, en el capítulo 12, para leer este amplio texto de la Sagrada Escritura. Estaremos haciendo la lectura completa desde el versículo 1 y hasta el versículo 24, para ver desde aquí los caminos inesperados de la providencia. ¿Qué es providencia? Es la manera en que nuestro buen Dios orquesta todas las cosas de forma tal que sus propósitos son alcanzados. En este amplio texto que estamos por leer quisiera llevar la atención de la iglesia a los caminos inesperados de la providencia. Subrayo la palabra *inesperado* porque de eso se trata: mostrarles maneras poco convencionales en las cuales nuestro Dios ha obrado, y sobre todo la manera en que nuestro Dios alcanza su propósito aunque nosotros no lo entendamos.

Ya voy a leer la Escritura, hermanos, solamente introduciéndola. Yo creo que en los tiempos de paz uno debe hacer la reserva para los días malos. Yo quisiera pastorear una iglesia que esté lista para padecer aflicción, en la manera en que la aflicción nos visite. Se ve muy feo cuando uno ha militado por años en los caminos del Señor y ha construido una teología, un carácter cristiano, y cuando llega el momento de usarla, nuestra fe hace aguas. Yo quisiera preparar la iglesia para que con entereza asuma, reciba y se una a la providencia de Dios. Por lo cual selecciono este texto, texto largo y lleno de aflicción, para mostrarle a mi iglesia que aun en los caminos inesperados su Dios está obrando.

Dice así la Escritura. Jacobo muerto, Pedro encarcelado.

En aquel mismo tiempo, el rey Herodes echó mano a algunos de la iglesia para maltratarles. Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan —uno de los doce, y entre los doce de los más cercanos—. Y viendo que esto había agradado a los judíos, procedió a prender también a Pedro. Eran entonces los días de los panes sin levadura. Y habiéndole tomado preso, le puso en la cárcel, entregándole a cuatro grupos de cuatro soldados cada uno, para que le custodiasen, y se proponía sacarle al pueblo después de la Pascua. Así que Pedro estaba custodiado en la cárcel, pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él.

— Hechos 12:1-5

Y cuando Herodes le iba a sacar… Ese «le iba a sacar» es un eufemismo para describir que lo iba a sacar para matarle.

Y cuando Herodes le iba a sacar, aquella misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, y los guardas delante de la puerta custodiaban la cárcel. Y he aquí que se presentó un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel; y tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Y las cadenas se le cayeron de las manos. Le dijo el ángel: Cíñete, y átate las sandalias. Y lo hizo así. Y le dijo: Envuélvete en tu manto, y sígueme. Y saliendo, le seguía; pero no sabía que era verdad lo que hacía el ángel, sino que pensaba que veía una visión.

— Hechos 12:6-9

Sigue el relato.

Habiendo pasado la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad, la cual se les abrió por sí misma; y salidos, pasaron una calle, y luego el ángel se apartó de él. Entonces Pedro, volviendo en sí, dijo: Ahora entiendo verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de la mano de Herodes y de todo lo que el pueblo de los judíos esperaba. Y habiendo considerado esto, llegó a casa de María la madre de Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban reunidos orando. Cuando llamó Pedro a la puerta del patio, salió a escuchar una muchacha llamada Rode, la cual, cuando reconoció la voz de Pedro, de gozo no abrió la puerta, sino que corriendo adentro, dio la nueva de que Pedro estaba a la puerta. Y ellos le dijeron: Estás loca. Pero ella aseguraba que así era. Entonces ellos decían: ¡Es su ángel!

— Hechos 12:10-15

Ese Jacobo que se menciona a continuación era otro Jacobo; este era el hermano del Señor.

Mas Pedro persistía en llamar; y cuando abrieron, le vieron, y se quedaron atónitos. Pero él, haciéndoles con la mano señal de que callasen, les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel. Y dijo: Haced saber esto a Jacobo y a los hermanos. Y salió, y se fue a otro lugar. Luego que fue de día, hubo no poco alboroto entre los soldados sobre qué había sido de Pedro. Mas Herodes, habiéndole buscado sin hallarle, después de interrogar a los guardas, ordenó llevarlos a la muerte. Después descendió de Judea a Cesarea y se quedó allí.

— Hechos 12:16-19

Y así termina el capítulo.

Y Herodes estaba enojado contra los de Tiro y de Sidón; pero ellos vinieron de acuerdo ante él, y sobornado Blasto, que era camarero mayor del rey, pedían paz, porque su territorio era abastecido por el del rey. Y un día señalado, Herodes, vestido de ropas reales, se sentó en el tribunal y les arengó. Y el pueblo aclamaba gritando: ¡Voz de Dios, y no de hombre! Al momento un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y expiró comido de gusanos. Pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba.

— Hechos 12:20-24

Y ahí termina el relato principal. ¿Cómo termina el relato? Con un «pero», que es un pero importante: «pero la palabra de Dios crecía y se multiplicaba». Pueden sentarse, mis hermanos.

Un pensamiento que le ha hecho daño al pueblo del Señor

Muestro hoy los inesperados caminos de la providencia. Hay un pensamiento que le ha hecho mucho daño al pueblo del Señor, y es el pensamiento de que, ya que somos el pueblo del Señor, entonces en nuestras vidas todo caminará bien. Ese pensamiento principal tiene otras sucursales. Está la sucursal que te dice que te irá bien porque estás haciendo la voluntad de Dios, que si obedeces a Dios y vives de acuerdo a su palabra, entonces te irá bien. Este pensamiento no solamente es incorrecto, sino que hace un daño tremendo. Y yo creo que nos faltarán décadas para erradicar este pensamiento, que ha sido popular en estos años, de que el pueblo del Señor, dado que es el pueblo del Señor, siempre vivirá bien.

Aquí hay una historia donde se describen amplios padecimientos del pueblo del Señor. De hecho, comienza como algunas series donde en el primer episodio matan al protagonista. Vamos a describir lo que sucedió, y lo que sucedió comienza diciendo que en aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la iglesia para maltratarles y mató a espada a Jacobo. Lo que sigue después de esto es una serie de maltratos intencionales, con agenda. «Es que Herodes se oponía a la iglesia». No, no es que Herodes se oponía a la iglesia: es que mató a Jacobo, apresó a creyentes para maltratarlos, y ahora tiene a Pedro.

Me parece a mí desconsiderado, hermano mío, el que dice: «lo que pasa es que Jacobo estaba frío en la fe, había dejado de orar, por eso lo mataron». Hermano querido, a veces la providencia del Señor pasa por encima de ti. Y a veces los planes y proyectos del Señor incluyen que nosotros nos demos por presente. La providencia, como la definí, es la manera en que nuestro buen Dios organiza todos los detalles de los asuntos de forma tal que sus propósitos son alcanzados; y a veces eso pasa porque los propósitos particulares tuyos no verán la luz, y lo que era tu deseo no se concederá.

Este es un relato extenso en el que la iglesia aparentemente siempre está perdiendo sus batallas, pero que finalmente revela cómo el Señor tiene dominio sobre todas las cosas, incluso sobre aquellas que ahora mismo no podamos comprender o explicar. Se describe la persecución de Herodes —este Herodes es Herodes Agripa, nieto del Herodes de los tiempos de Jesús—. Se describe el martirio de Jacobo, hermano de Juan. Se describe la satisfacción de los judíos por la persecución de la iglesia: se regodeaban, estaban satisfechos, de forma tal que Herodes quería seguir persiguiendo a la iglesia.

Y esto no sucedió un día, una semana. Fue un asunto consistente que se prolongó a través del tiempo. Y en medio de toda esta aflicción y estas muertes, nuestro buen Dios estaba alcanzando su propósito. Continúa el relato con Herodes buscando a Pedro después que Pedro fue rescatado, con Pedro saliendo de la ciudad, con Herodes matando a los soldados y aparentemente haciendo todas estas cosas sin consecuencia alguna. Hay gente que dice: «esa serie no es buena, porque el malo siempre lo logra. ¿Y el final feliz dónde está?».

Cuando la providencia nos deja perplejos

Díganme ustedes, ¿qué final feliz, humanamente hablando, le podemos dar a una historia que comienza con que uno de los nuestros, que es Jacobo, muy querido, uno de los tres más cercanos del Señor, en este momento ha sido matado por Herodes? ¿Qué final feliz puede haber? No van a devolver a Jacobo. Un rasgo de la fe cristiana madura es que sale de la ingenuidad del mundo, donde se asume que todas las cosas son bien si somos del Señor y todas las cosas son mal para los que no aman al Señor. A veces el malvado triunfa, aunque sea temporalmente. Y tú te vuelves loco porque a Herodes no se le pone un stop, y el Señor lo admite.

Como admitió que durante cuatrocientos años sus enemigos esclavizaran a su pueblo Israel. Y después de cuatrocientos años el Señor se acordó de su pueblo. Y alguien me dice: «pastor, el Señor se olvidó de mí, porque yo ya tengo diez años en esta aflicción y parece que el Señor nunca la va a detener». Al parecer hay cosas que el Señor admite durante mucho tiempo, que a mí particularmente me dejan descolocado. La providencia del Señor puede dejarnos perplejos, pero sabemos que Dios siempre alcanza sus propósitos. De forma tal que la satisfacción está no en mis caprichos, sino en hacer que el fin de mi vida sea que con mi vida se alcancen los propósitos de mi Dios.

De esto se trata ser cristiano a grandes rasgos. Un cristiano es el hombre, es la mujer, que abandona su proyecto personal para asumir el proyecto de Dios. De forma tal que tenemos que morirnos a nosotros mismos. «El que no se niega a sí mismo no puede ser mi discípulo», decía el Señor. Un discípulo de Cristo, a grandes rasgos, es una persona que no anda esperando caprichos particulares, sino que los grandes y eternos propósitos del Señor se alcancen con su propia vida. Y lo que yo quiero experimentar es que mi Dios tiene agenda. Aunque yo no siempre pueda entenderlo, la mayoría de las veces yo no puedo unir los puntos, pero yo creo que hay un Dios que tiene los puntos unidos.

Porque esta creación se sostiene porque Él todavía la sostiene. Yo no necesito entender las minucias de la providencia del Señor para servirle. El reto de mi vida es sujetarme a los planes de Dios para mi vida, no someter a Dios a lo que yo creo que debe ser mi vida. Hace ya unas cuatro semanas tuve una quemadura de segundo grado en la mano izquierda. Un sábado en la tarde estaba limpiando algo con agua caliente, intenté manipular algo, me di mal y me quemé la mano. Yo vi la piel cuando corrió. Me estaba preparando porque al otro día era el día de los padres y teníamos una cena familiar. Lo primero fue llamar a los familiares para decirles que la cena no iba.

Gracias al Señor me recuperé, recibí atención médica. Pero me llamó una persona de mi aprecio, un no creyente, y yo le dije: «mira, estoy en este momento recuperándome de una quemadura de segundo grado. Gracias al Señor el asunto no pasó a mayores, gracias al Señor recibí atención médica pronto y gracias al Señor me estoy recuperando». La persona me hizo una pregunta sincera y respetuosa que no pude responder con palabras sencillas. Para nada me sentí ofendido ni molesto por la pregunta. Me dijo: «Rafael, tú me dices ya tres veces “gracias al Señor”. Gracias al Señor no pasó a mayores, gracias al Señor recibiste atención médica y gracias al Señor te estás recuperando».

«Pero yo me pregunto», dice él, «¿cómo se puede conciliar eso con el hecho de que Dios lo permitió, siendo tú un hijo suyo? Imagina que tú sabes que tu hijo se va a hacer una quemadura de segundo grado, y tú lo vas a conceder». Cuando me preguntó, la respuesta que yo pude darle fue la más sencilla: yo realmente creo que el Señor lo vio, realmente creo que Él lo concedió, y creo que mi Dios a través de esto alcanzará algún propósito, aunque sinceramente yo no sé en este momento cuál es. Y me siento tan desconcertado como te sientes tú. Yo no espero que mi respuesta sea satisfactoria para él. Ahora, yo espero que él entienda que realmente yo no tengo toda la respuesta.

El Señor permite que su iglesia sea maltratada

Mi convicción de que mi Dios es bueno y organiza todas las cosas de forma tal que sus propósitos están siendo alcanzados va por encima de mi comodidad. Y eso que yo tuve una pequeña quemadura en la mano izquierda. Pero aquí comenzamos con que Jacobo —que con toda seguridad es más importante que yo— fue pasado a espada. La iglesia está siendo perseguida y Pedro está preso. Y yo me estoy quejando en el siglo XXI porque probablemente no voy a poder tomar las vacaciones que había pensado. Muestro desde este texto que el Señor en su providencia permite que su iglesia sea maltratada. Yo digo: «Señor, pero si tú amas a tu pueblo; Señor, si realmente estamos haciendo tu voluntad, ¿cómo es que el pueblo del Señor consistentemente está perdiendo sus batallas y el impío siempre prevalece?».

Pues aquí tenemos a Herodes entronado consistentemente, sistémicamente, como le gusta decir a la gente al día de hoy, practicando la maldad a cancha abierta. Arrancó por matar a Jacobo, y después que lo mata dice: «si a esto le gustó, si con esto sube mi popularidad, tráeme también cuatro más; y a Pedro guárdamelo, para matarlo después de la Pascua». Bueno, ¿sabes la dignidad que se pierde cuando tú sientes que están usando tu vida como si fueras un objeto? Entonces la vida de los cristianos no vale. Entonces la iglesia del Señor no tiene importancia. Esta vida no es ideal. Y la manera en que nuestro Dios lidia con sus criaturas a mí me deja perplejo.

Hay cantidad de cosas que yo no puedo responder en este momento, pero hay unas cosas que yo respondo por convicción. Y es que en medio de todas estas cosas, por convicción digo que mi Dios es bueno, que mi Dios alcanza propósitos, aunque del lado nuestro esté la confusión, esté la perplejidad y esté el dolor. Un creyente maduro soporta la providencia de Dios. Yo creo que el recurso que más frecuentemente saca al creyente de circulación es cuando tiene que luchar con la providencia. «Yo estaba muy bien, pero ahora me visitó una enfermedad. Estaba toda la cosa de lo más bien, pero ahora comenzó todo a ir mal». Y ahí es que nos sentimos descolocados.

Es interesante que este es un texto extenso y se resuelve con un solo versículo al final, el versículo 24. Un texto extenso, y lo que dice el 24 es un «pero». Y ese pero se espera que me dé satisfacción, ¿entiendes? Ese pero se espera que a mí me satisfaga.

Pero, a pesar de que Jacobo está muerto; pero, a pesar de que la iglesia ha sido perseguida; pero, a pesar de que Pedro está preso, amarrado, con tres guardas y una puerta de metal amplia para que no se salga… pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba. Ay, hermano, cuando hago el ejercicio —no es que sea mi corazón, es el ejercicio que tiene cualquier creyente sincero—, entonces me están diciendo que eso debe darme satisfacción. Sí. Por eso les digo que la vida cristiana no es fácil. Porque un cristiano es la persona que encuentra satisfacción en versículos como ese.

Pero en mi casa estoy cogiendo lucha en el matrimonio; pero en este momento no tengo seguridad laboral; pero estoy enfermo, son muchas las pastillas que hay que beberse; pero estoy cansado de coger lucha. Pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba. Un cristiano maduro es aquel que lucha con versículos como ese, y se clava en ese versículo, perplejo, hasta que el Señor le dé satisfacción a su alma. «Señor, permíteme detenerme en Hechos capítulo 12, versículo 24, hasta que tus planes y propósitos me den más satisfacción que mis caprichos particulares. Señor, permíteme sembrarme en versículos como ese hasta que la vida cristiana tenga sentido para mí, aunque pareciera que estoy perdiendo mis batallas».

Aunque Pedro esté preso, Señor; aunque le lleven la cabeza a Pedro también; aunque estemos haciendo el duelo de Jacobo; aunque mañana tú y yo seamos los próximos. Ay, Señor, pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba. Eso se llama providencia, y es lo que tiene un creyente maduro. Es una profunda y sincera convicción sobrenatural —porque no es natural, es sobrenatural; esto no es filosófico—. Es una convicción sobrenatural de que nuestro Dios está en control, aunque aparentemente el impío esté ganando las batallas. Y eso es lo que marca la diferencia entre el creyente y el impío. ¿Qué es lo que tiene el creyente? Una profunda convicción de que Dios es bueno a pesar de lo que me parezca a mí, de que Dios está obrando aunque yo no pueda entenderlo, y de que los planes de Dios son más importantes que los deseos nuestros.

Una iglesia visitante, no combatiente

Estoy mostrando que el Señor permite que su iglesia sea maltratada. La iglesia de los apóstoles no dominaba en la sociedad. Ellos no eran la mayoría dominante que aplastaba a los otros. La iglesia era un grupo de ovejas en medio de los lobos. Y se describe aquí la iglesia de manera tan vulnerable que a mí me deja pasmado. Yo digo: pero esta persona parece que no tiene ningún derecho, parece que su vida no vale la pena para nadie, parece que tienen a todo el mundo en contra; tienen a Roma en contra, tienen a los judíos en contra. Es que los cristianos son minoría, una minoría aplastada. Eso es lo que el pueblo del Señor es: pueblo minoritario que aparentemente siempre pierde sus batallas. Pero el Señor está en control.

Esto contrasta con la idea que se tiene al día de hoy de la iglesia de Cristo, que es una iglesia combatiente. Por primera vez en la historia tenemos un tipo de creyente con el pechito parado, que no soporta el agravio, y que ante cualquier cosa anda levantando pancartas y reclamando derechos. Hermanos, vivimos en días donde a un creyente se le pone un dedo encima y hay protestas, revueltas, «no podemos permitirlo». Yo no veo aquí una iglesia enardecida porque a Jacobo le hayan llevado la cabeza. ¿Saben por qué? Porque el Señor a Jacobo y a Juan se lo dijo. Ellos querían sentarse uno a la izquierda y otro a la derecha. ¿Y saben lo que les dijo el Señor? Que de la copa que Él iba a beber ellos también iban a beber —la copa y la cruz—, pero que sentarse a la izquierda o a la derecha es algo que el Padre celestial se ha guardado para Él.

Lo que pasó con Jacobo no fue un asunto extraño. Y lo que a nosotros nos dijeron fue: «en el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo». Por primera vez en la historia tenemos una rareza. La rareza es una iglesia poderosa, una iglesia que soporta poco, una iglesia combativa, una iglesia que se planta de tú a tú contra Herodes. Y pareciera que quienes predicamos esto somos unos desconectados sociales, débiles, que nos falta garra. Porque ahora el creyente que prevalece es el creyente combatiente: el creyente que quiere tomar los medios de comunicación, el creyente que quiere tomar el Estado, el creyente magisterial que quiere que las autoridades civiles estén del lado suyo.

Ay, hermano, la iglesia de Cristo en este mundo nunca ha sido home club, siempre visitante. Nosotros nunca hemos sido los que llevamos la espada; a nosotros es que nos dan con la espada. La iglesia de Cristo siempre ha sido el pueblo oprimido que soporta el golpe. «Ah, pastor, ¿debemos entregarnos a la aflicción?». No, tampoco es eso, hermano. Si el Señor milagrosamente nos rescata, vamos a tratar con toda la gracia de irnos a otra ciudad, como hizo Pedro. Pero al mismo tiempo le voy a mostrar que a veces el Señor concede la aflicción, y que esa aflicción tiene sentido para nosotros a la luz de los grandes propósitos de Dios.

El maltrato aquí es un maltrato sin aparente consecuencia, y es un asunto muy intencional. Herodes era movido por el aplauso, y cada vez que él maltrataba a un creyente el pueblo lo aplaudía. Ay, hermano, ponte tú en el lado del creyente, que te están aplaudiendo a Herodes para que te maltrate a ti. Yo no veo a aquella iglesia manifestándose; no veo revueltas, no veo exigencias morales para Herodes. Veo a la iglesia haciendo algo, que es orar. Yo he sentido en los últimos años que, ante cada perversidad de este mundo, hay cantidad de creyentes que quieren levantar cinco pancartas. Y tú les dices: «no, hermano, vamos a orar». Y pareciera que la oración es un recurso, un facilismo. Hermano, es que yo no puedo conciliar el hecho de que a mi Señor lo clavaran en una cruz y a mí me tiren flores.

Realmente hay un problema cuando la iglesia de Cristo está siendo celebrada por el mundo, pues el mundo a mi Señor no lo celebró. Y si realmente usted vive de frente a Dios, usted va a vivir de espaldas al mundo. Por temporadas el Señor te puede dar solaz, pero tarde o temprano va a venir la aflicción, va a venir la persecución. La iglesia en los Hechos no parece tener un plan de resistencia, un gran activismo. La iglesia no está llamada a participar en esas controversias secundarias. Yo veo a mis hermanos que al día de hoy están muy ocupados en la noticia. Y pareciera que la iglesia va a poner un televisor al lado del púlpito con CNN o Fox News para que le transmitan toda la noticia.

Se habla más de Trump, de Maduro, que del evangelio. Hermano querido, esa no es nuestra lucha. Por un asunto de empatía cristiana, por un asunto de la gracia común, nosotros podríamos incidir, pero esa no es nuestra lucha. Lo que dice la palabra del Señor es que nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Hay fuerzas que son más grandes que Herodes, y esa es nuestra lucha: es una lucha espiritual. No eres mejor que Cristo.

De hecho, le decía Pablo a Timoteo: «acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio, en el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa». Pablo no entendía que su victoria era que él le fuera dando la clase a los magistrados y que él pudiera trazar la pauta. Pablo creía que su victoria era que la palabra de Dios no estaba presa. La cosa más importante que Dios está haciendo en este momento es la predicación del evangelio. Y siempre y cuando la iglesia de Cristo pueda predicar el evangelio, yo creo que está ganando sus batallas. Pues de eso se trata nuestra vida ahora mismo: no de estar cómodos, sino de hacer la voluntad de Dios.

La primera cosa que he mostrado es que el Señor permitió providencialmente que su iglesia fuera perseguida. Usted me dice: «pero el Señor no podía detener la persecución». Podía. ¿Y por qué no la detuvo? Pregúntenle a Él. Vamos a preguntar todos, no me lo dejen a mí solamente. ¿Me entienden el pensamiento? Un creyente no es una persona que espera tener respuesta a todas las cosas. Un creyente lucha con dudas como esa. «Ay, ¿por qué el Señor concedió eso? Rafael tres veces ha dicho que gracias al Señor; pero si Él lo vio, si Él tiene control de todas las cosas, ¿por qué no lo detuvo?». No es fácil consolar a un creyente maduro. Tú acabas de perder un familiar y vamos a consolarte: «pero el Señor está en control». «Yo sé que Él está en control, pero me hace falta». ¿Entienden lo que es la dificultad de consolar a un creyente maduro?

Es más fácil consolar a una persona diciéndole «pero se hará justicia». Ese tipo de cosas al hombre natural le dan satisfacción. Pero a un creyente que realmente cree que Dios está sentado en su trono y que tiene control milimétrico de la historia es difícil consolarlo. A veces hay que guardar silencio. Tantas veces, hermano, le he hablado de este hermano nuestro, tiempo atrás, figura relevante en la historia de la iglesia, que perdió a su familia en un naufragio, y él vio cuando el barco se hundió. Ve y consuélalo. «El Señor lo permitió». Yo sé. «El Señor está en control». Lo acepto. Pero de que duele, duele; de que es desconcertante, es desconcertante. Y ya yo no quiero entrar en ese facilismo de intentar dar explicaciones sencillas a cosas que son muy complejas.

Hay dolores que duelen mucho. Y al que está desesperado y desconsolado yo quiero ser tan respetuoso que, como mucho, le digo: «hermano, espero que el Señor te dé satisfacción en tu dolor». Porque yo sé que él sabe que Dios está en control. Yo puedo recordarle que el Señor le sigue amando, que el Señor va a terminar ganando su batalla. Paradójicamente, a veces yo encuentro satisfacción en ver la historia transcurrir, y la pongo como en velocidad rápida, le doy forward para ver a Cristo reinando sobre todas las cosas. Va a llegar un momento donde va a brillar el sol de justicia. Va a haber un momento donde al malvado no se le tolerará ni siquiera un día. Va a haber un momento donde habrá completa paz. Pero del lado nuestro, ahora mismo, lo que hay es dolor, confusión, y aparentemente estamos perdiendo la batalla.

El Señor liberta a Pedro, pero no castiga a Herodes

Lo que veo a continuación es que el Señor providencialmente libera a Pedro, pero no castiga a Herodes. Y viendo el poder que demuestra el Señor para liberar a Pedro, yo le digo: «Señor, pero mientras tú lo vas liberando con tanto cuidado, dale unos cuantos pescozones al primer guardia. Permíteme darle un pellizquito al de la puerta. Y a Herodes, que se lo coman los gusanos antes de ayer; no pasado mañana, sino antes de ayer. Ya está muy tarde, Señor, que se lo coman hoy». El Señor liberta a Pedro, pero no hay reivindicación. Y esperó el último momento para liberarle.

«Señor, ¿y por qué le permitiste a Pedro el sobresalto? Tú pudiste haberlo hecho el primer día». Ay, hermano, perdónenme que no sea muy respetuoso al hablar de mi Dios; hablo como habla la gente. ¿Y por qué hay que esperar que la aflicción llegue hasta allá? Pedro estaba entregado ya, amarrado con dos soldados; en el cuarto de delante, dos soldados más; después, dos soldados más; después, una puerta; y sobre todo, el decreto de Herodes. Según las leyes de los romanos, si un soldado perdía al prisionero tenía que responder con su propia vida. Así que ninguno de estos hombres iba a colocar la vida de Pedro por encima de la vida suya. Y el Señor libera a Pedro con unos niveles de delicadeza, poder y gloria que contrastan con su pasividad para castigar a Herodes. Escuchen la delicadeza con que el Señor lo hace.

Y cuando Herodes le iba a sacar, aquella misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, y los guardas delante de la puerta custodiaban la cárcel. Y he aquí que se presentó un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel; y tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Y las cadenas se le cayeron de las manos.

— Hechos 12:6-7

Estaban amarrados al hombre, pues ellos iban a responder con su vida. Y escuchen el poder del Señor: las cadenas se le cayeron de las manos. El Señor tiene poder para romper cadenas y para libertar a Pedro. ¿Y por qué no molestar un chin al guardia que está durmiendo ahora mismo? Señor, cáele allá, muévelo. Los gusanos, que vengan los gusanos del mes entrante. Ahora, eso es lo que hacemos los seres humanos cuando queremos usar a Dios como si Él fuera un muñequito y nosotros pudiéramos usar el control para mandar a que Dios haga cosas. ¿Han visto a este creyente que siempre quiere jugar a que él controla a Dios? «¡Señor, ahora! ¡Castígalo mañana! ¡Que no se levante!». Bueno, viendo el poder que está demostrando el Señor para libertar a un solo hombre, yo digo: si el Señor tiene poder para sacar a Pedro de la cárcel, romper cadenas, que se caigan, que los soldados queden perplejos y no lo vean, ¿no tendrá poder el Señor para detener a Herodes? ¡Lo tiene!

¿Y por qué Él no detiene a Herodes, sino que solamente liberta a Pedro? Porque el Señor es soberano. Los planes de Dios no caben en mi pensamiento. Sus caminos son más altos que mis caminos. Yo no puedo darle recomendaciones a Dios. Yo no soy el asesor. Porque hay gente que se cree consultora: «Señor, plan estratégico para la liberación del pueblo: usamos la cadena, y todos felices para siempre». No funciona así la providencia, hermano. Dios es soberano y tiene planes que tú y yo no vamos a entender. No lo vamos a sujetar a Él.

Escuchen el poder que hay aquí, hermanos. Le dijo: «cíñete —estoy en el ocho— y átate las sandalias». Lo va a sacar vestido. Aquí se ve que Pedro está un poco desnudo, y el ángel le dice: no solamente te vamos a sacar, sino que te vamos a sacar con confort y vestido. «Cíñete y átate las sandalias». Hermano, en un corredero como ese cualquiera sale como pueda. A Pedro le están diciendo: mira, yo quiero que tú pruebes lo que es la providencia, la soberanía de Dios, el detalle de Dios y el poder de Dios para libertar a un hijo suyo. Y esto contrasta un poco con Jacobo, a quien acaban de llevarle la cabeza. Permite al Señor que te ate las sandalias, porque el Señor en su providencia tiene detalles que yo no puedo discernir, pero que sí puedo recibir. Ahora, cuando el Señor me mande a mí a quemar mis sandalias, hermano, con mucho gusto. «Rafael, recoge, que terminó la aflicción». ¡Gloria al Señor! Y si no, también. Eso es un creyente maduro, el que dice: Señor, si tú me dices que salga, yo salgo; y si tú me dices que no, alabado sea el Señor.

Paradójicamente, según la historia de la iglesia, Pedro también sufrió el martirio. O sea, te vamos a sacar ahora con mano poderosa, pero de todos modos, Pedro, tarde o temprano. Eso es madurez. Escuchen los detalles. No es un corredero, como una persona que se liberó y salió corriendo. No: tú vas a salir con tus sandalias puestas, ceñido, con tu ropa puesta; tú vas a salir de aquí por la puerta grande.

Y saliendo, le seguía; pero no sabía que era verdad lo que hacía el ángel, sino que pensaba que veía una visión.

— Hechos 12:9

Hermano, esto fue tan cómodo, tan confortable, que él sentía que estaba en un sueño. Uf. Esa es la poderosa mano del Señor deteniendo la aflicción de un creyente en el momento que el Señor quiera. Y aquella otra también era la poderosa mano del Señor, permitiendo el martirio cuando el Señor quiso. De forma tal que a veces, cuando nosotros entendemos que el Señor fracasó, el Señor ganó; y cuando entendemos que ganó, también ahí ganó. No somos objetivos; el Señor es sabio.

«Habiendo pasado la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro». Detalla aquí: puerta de hierro, la que daba a la ciudad. Primera guardia, nadie dice nada. Segunda guardia, tampoco nadie dice nada. Eso es el Señor libertando a su hijo en la aflicción, con su mano poderosa. Recuerden a Egipto, cuando el Señor los sacó, que después de cuatrocientos años les dieron sus propias prendas. Y los egipcios decían: «mira, aquí este collarcito, para que no te vayas así; y tómate también este aretico, para que no vayas con las orejas vacías». Las mismas personas que te estaban dando la aflicción y los ladrillos son las mismas que te andan dando sus propias pertenencias. Es que el Señor está mostrando que tenía providencia en los cuatrocientos años de esclavitud y también tenía providencia en la liberación. Y eso es madurez: entender que siempre es Dios.

«Habiendo pasado la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad, la cual se les abrió por sí misma». Pedro no empujó. A Pedro le preguntan: «¿y qué fue lo que sucedió?». Yo solamente salí. «Pero tú empujaste la puerta». ¡Que no! No fue que yo me escapé, no fue que yo luché. No hay señas de que el hombre luchara, no hay señas de que se forzara ninguna puerta. La puerta se abrió delante de mí. El Señor está librando a Pedro de la aflicción; le está sacando por la puerta grande.

«Y salidos, pasaron una calle». Interesante que el ángel no lo dejó afuera y ya. Un chin más para allá, Pedro; no lo dejes ahí mismo cerca, llévalo a otra cuadra, más para allá. Pasaron una calle y luego el ángel se apartó de él. Los ángeles son como medio militares: ellos hacen lo que hay que hacer sin mucho detalle. ¿Qué es lo que hay que hacer? Que se ponga las sandalias, que se ponga la ropa, que se abra la puerta y que salga. Y después lo dejan allá, una esquina más para allá. Los ángeles lo hacen así mismo, militarmente, porque los ángeles sí saben lo que es la providencia: que cuando Dios habla, las cosas ocurren. Nosotros no; nosotros luchamos. Si me mandan a mí yo digo: «¿tú crees, Señor, que él se despierte? Yo tendré que jamaquearlo, y las sandalias van a estar cerca y la ropa va a estar ahí. ¿Y la puerta, qué hacemos? ¿Le quito la llave al soldado?». Los ángeles obedecen, pues ya ellos entendieron que Dios es soberano.

Librados, pero no reivindicados

Entonces Pedro, volviendo en sí, dijo: Ahora entiendo verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de la mano de Herodes y de todo lo que el pueblo de los judíos esperaba.

— Hechos 12:11

Pedro dice «verdaderamente»: no era un sueño, el Señor me libró. El poder de Dios en la liberación de Pedro contrasta profundamente con su paciencia y aparente indiferencia con otros asuntos. ¿Qué veo aquí, hermano? A menudo el cristiano es librado, pero no es reivindicado. Hablaba con una persona esta semana en una reunión que no era pastoral, pero terminó siéndolo. La persona ha vivido dos años de aflicciones, de una persecución malsana en su contra. Y la persona dice: «yo reconozco que en medio de todas estas cosas el Señor me ha librado». Pero después dice: «y en el fondo todavía yo sigo esperando justicia. Porque yo sé que el Señor me libró, pero yo quiero que se haga justicia». Escucha, son dos sentimientos.

Una cosa es que el Señor te sacó de ahí con mano poderosa, y otra cosa es que el Señor le haya destruido la mano y el brazo a la persona que te dañó. Son dos cosas que van aparte. Y los seres humanos queremos las dos cosas: nosotros queremos que el Señor nos libre y también queremos que el Señor nos reivindique. Pero a veces no hace las dos cosas juntas. Y vuelve y nos deja perplejos. Cualquiera de nosotros devuelve al ángel: «¡Hey, señor ángel! ¡Para que me acompañe allá al palacio de Herodes! ¡Para que él no se imagine jamás hacer pasar a ningún cristiano lo que me ha hecho pasar a mí! ¡Vamos a hacerle una visita, venga, antes que salga el sol! ¡Vamos a caerle allá, a dar un ejemplo!».

Pedro no anda pensando en dar un ejemplo. Pedro sintió la poderosa mano del Señor en su liberación y se dio por satisfecho. Porque nosotros no estamos en esta tierra para estar reclamando justicia humana. La justicia está en la mano de Dios, y nuestro Dios hará justicia y reivindicará a su pueblo. Me gozo con los santos del libro de Apocalipsis, que están diciendo: «Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo?». Y el libro de los Hechos comienza con los apóstoles mirando al Señor resucitado y preguntándole: «Señor, ¿tú vas a restaurar el reino a Israel en este momento, o lo vas a hacer después?». Y yo puedo sentir, hermano, la carga de su pensamiento. Dicen: Señor, es que estamos cansados de los romanos, estamos cansados de que nos den hasta con el cubo del agua, estamos cansados de ser esa minoría.

El testimonio que fortalece a la iglesia

Aquellas promesas de la restauración, de la vindicación, ¿van a ser ahora o van a ser después? En medio de todo esto, ¿saben para qué el Señor lo estaba haciendo? Para fortalecer a su iglesia. ¿Qué es lo que estaba produciendo el Señor? Un precioso testimonio. ¿Qué es lo que el Señor le está diciendo a su pueblo? Vamos a permitir que Pedro sea poderosamente liberado, que salga de ahí por la puerta grande, para que vaya y se lo diga, y para que ustedes sepan que todavía yo estoy en control, aunque Herodes esté reinando. A veces el Señor permite un testimonio poderoso de liberación, de provisión, de sanidad. ¿Y por qué no sana a todo el mundo? Porque lo que el Señor quiere es que tú sepas que Él está en control.

¿Han pensado eso, hermano? Que el Señor levanta a un paralítico y después deja quince más. «Pero levántalos a todos». Es que lo importante no es que todos los paralíticos se hayan levantado. Lo importante es que tú entiendas que tu Dios tiene el control para eso y mucho más, y que tarde o temprano su promesa se cumplirá por su palabra segura. Lo que la iglesia necesita en este momento no es salir de Herodes. Lo que la iglesia necesita en este momento es salir del pensamiento de que Dios no estaba en control.

¿Y qué hizo Pedro? Dice el 12: «y habiendo considerado esto, llegó a casa de María, la madre de Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban reunidos orando». Pedro fue directamente a la iglesia a decirle: el Señor lo hizo, el Señor es poderoso, el Señor está en control. Aunque hayan matado a nuestro hermano, aunque todavía sigamos siendo maltratados, aunque Herodes siga reinando, aunque todavía el pueblo no nos celebre, yo sé que mi Dios es poderoso y que está en control, y que cumplirá todos sus planes; porque así como me sacó a mí de la cárcel con su mano poderosa, Él hará que todo lo que ha dispuesto se haga. Fortalece la fe de la iglesia. ¿Para qué sirve un testimonio? Un testimonio sirve para que el creyente sepa que Dios está en control. Por eso hay que testificar.

La gente piensa que el testimonio es para que todo el mundo vea que vamos a recibir lo mismo. «Ah, hermano, estamos testificando que el Señor te sanó, y eso significa que todos vamos a ser sanados». No; quizás yo me muera de la mía. Pero el Señor está en control. Y la sanidad tuya me conforta, me recuerda que no estamos en esta tierra como desabastecidos, que no estamos aquí sueltos, que realmente no somos el equipo visitante, sino que nuestro Dios está en control. ¿Han visto ese pensamiento de que el testimonio siempre es para que yo también reciba lo mismo, para que yo también vaya a tener mi liberación? No todo el mundo va a ser liberado como Pedro. El testimonio es para que la iglesia sepa que Dios reina, que Herodes no es más fuerte que Él.

«Pero que se lo diga a Herodes, que no nos lo diga a nosotros, nosotros lo sabemos». Ahí está el problema. Es que la iglesia quiere vivir haciendo que los enemigos del pueblo del Señor entiendan lo que ni nosotros hemos entendido. No es Herodes quien necesita saberlo: soy yo, eres tú. Herodes no importa; importamos nosotros. No es el mundo el que debe saber que Dios está en control: somos nosotros. «Vamos a hacer una rueda de prensa, a publicar un comunicado para que el mundo sepa que Dios está en control». El mundo no va a saber que Dios está en control. Tú debes saber que Cristo reina y que Él tiene control de todas las cosas.

La iglesia ahora va a ser fortalecida. Interesante que ni siquiera la iglesia estaba esperando el asunto. Miren qué silencio, porque Pedro ha salido y la puerta se abrió sola; ahora, para entrar, casi tuvo que tumbar la puerta.

Y habiendo considerado esto, llegó a casa de María la madre de Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban reunidos orando. Cuando llamó Pedro a la puerta del patio, salió a escuchar una muchacha llamada Rode, la cual, cuando reconoció la voz de Pedro, de gozo no abrió la puerta, sino que corriendo adentro, dio la nueva de que Pedro estaba a la puerta.

— Hechos 12:12-14

¡Wow! ¡Qué emoción, qué gozo, qué impresionante! El Señor está produciendo un testimonio para un conjunto de creyentes que son su iglesia.

Dejemos de esperar que el mundo se goce en lo que se goza el pueblo de Dios. Dejemos de esperar que el mundo entienda lo que el mundo nunca va a entender. Entendámoslo nosotros. Gózate tú con el testimonio, aunque el otro no entienda. Yo he perdido la esperanza de darme a entender ante aquel que no ha nacido de nuevo. Yo hago la debida diligencia, pero cuando no me entienden, yo digo: yo entiendo que tú no me entiendas. Yo concedo que tú no entiendas que mi Dios es bueno a pesar de haber concedido eso. Pero yo entiendo que mi Dios reina y tiene control a pesar de mí, a pesar de mi confort, a pesar de mi comodidad.

Aunque no me responda lo que yo estoy esperando que me responda, yo sé que Él está en control y que Él es bueno. Eso quiero entenderlo yo, y yo puedo entenderlo por un asunto sobrenatural: porque el Espíritu Santo abrió mi entendimiento. Eso no se entiende físicamente, eso no se entiende filosóficamente; se entiende espiritualmente. Y ellos le dijeron —la iglesia reunida le dijo—: «estás loca». Ese no es Pedro, porque Pedro está amarrado en la cárcel, con dos hombres al lado, en el mejor de los casos; si no es que ya también lo pasaron a espada.

Yo digo: pero ustedes están orando. Yo entiendo a la iglesia, hermano. Yo le pido cosas al Señor, se las pido por convicción, pero yo sé que si el Señor me las concediera, el primero que se va a asustar soy yo. Hay motivos de oración que el Señor concede y que, cuando me los concede, me asusto. Y me dicen: «pero eso no es lo que tú estás pidiendo». Yo sé, pero no lo estaba esperando, o no lo estaba esperando ahora mismo. El Señor en su gracia concede eso. Le concedió a la iglesia a Pedro. Qué alegría para la iglesia ver a su hermano Pedro. Y la alegría mayor fue cuando Pedro le contó la manera en que él salió. «¡Te escapaste!». Alguno pensará que mató a tres y rompió la puerta.

Interesante, estoy en el 15: «y ellos le dijeron: estás loca. Pero ella aseguraba que así era». Ahora vamos a debatir, a hacer grupos de cuatro, a ver si es Pedro o no es Pedro. ¡Gócense! «Entonces ellos decían: es su ángel. Mas Pedro persistía en llamar». ¡Abran! Él está asustado porque le van a llevar la cabeza en un ratico. ¡Abran! «Mas Pedro persistía en llamar; y cuando abrieron y le vieron, se quedaron atónitos». ¿Para quién es el milagro? Para ellos. ¿Para quién es el gozo? Para ellos. ¿Para quién es la liberación? Para el pueblo del Señor. Herodes no sabe todavía lo que ha pasado, pero la iglesia ya sabe que el Señor sigue en control.

«Pero él, haciéndoles con la mano señal de que callasen, les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel, y dijo: haced saber esto a Jacobo y a los hermanos». Que se goce todo el mundo, que nuestro Dios sigue controlando, nuestro Dios sigue sentado en su trono, nuestro Dios es más fuerte que Herodes, aunque Herodes no lo sepa. «Y salió, y se fue a otro lugar». Ay, hermano, qué maduro fue Pedro. Es una actitud de madurez. «No, Pedro, vamos ahora para la casa de Herodes, vamos a mostrarle». No; vayan ustedes, vámonos para otro sitio. Yo no me quería escapar, pero si el Señor me liberó, parece que el Señor no quiere que me maten hoy.

¿Han visto a estos creyentes que siempre están entregando su vida para ser martirizados, que siempre andan buscando padecer por causa de la justicia? Ay, no, hermano, yo no. Si el Señor me lo receta, yo soporto la enfermedad, soporto los azotes y hasta la muerte. Pero yo no quiero salir a buscarlo. ¿Saben qué hizo Pedro? Se fue. ¿Y qué estaba buscando Herodes? «No, el Señor le va a mandar de nuevo el ángel; cada vez que Herodes venga, el ángel va a venir». No, hermano, no se exponga en lo que le estoy diciendo. ¿Por qué hay hermanos míos a quienes el Señor rescata con su poderosa mano de la aflicción y quieren volver para atrás? Hay quien está dando demostraciones públicas del poder de Dios: «ya yo vi al ángel, el ángel y yo somos amigos; cada vez que me pongan un dedo encima, el ángel va a estar ahí». No, hermano. Lo que le estoy diciendo es: no manipule la providencia, únase a ella, fluya. Si el Señor te sacó de la cárcel, no vayas de nuevo para atrás. Eso aplica, hermano, en cantidad de áreas. Hay hermanos míos a quienes les gusta coger los golpes, porque se sienten como un poco más espirituales. Hermano, no hay nada más espiritual o menos espiritual en que te maten hoy o te maten mañana; eso no es.

No hay que exponerse. Pedro tomó una decisión madura: se fue. Actuó con prudencia. Él no quería escaparse, pero tampoco quería que le llevaran la cabeza hoy. Hay una estirpe de creyentes; hay como dos grupos. Hay un grupo que no quiere nada de aflicción, y hay otro grupo que hace de la aflicción el mote de su vida. No, hermanos. El Señor, como le dijo Pablo a los esclavos: si el Señor te llamó siendo esclavo, tú eres salvo; y si tú puedes liberarte de la esclavitud, libérate. Bueno, si el Señor te quitó la aflicción, no la salgas a buscar, que su poderosa mano te sacó de allí.

Todo pecado tiene su colmo

Termina el texto mostrando que el Señor eventualmente castigó a Herodes, pero no por los pecados que nosotros estábamos esperando. Lo castigó, pero no por el pecado que tú y yo estábamos esperando, sino por otra cosa.

Luego que fue de día, hubo no poco alboroto entre los soldados sobre qué había sido de Pedro. Mas Herodes, habiéndole buscado sin hallarle, después de interrogar a los guardas, ordenó llevarlos a la muerte. Después descendió de Judea a Cesarea y se quedó allí.

— Hechos 12:18-19

Nadie sabía qué fue de Pedro. El hombre estaba amarrado aquí, ahí quitaron las cadenas, no hay señales, no está su ropa. ¿Qué pasó? ¿Saben lo que está pasando? Que el Señor se está glorificando. Y cuando el Señor comienza a glorificarse, hay no poco alboroto. La gente hace grupos, se ponen de acuerdo a ver qué pasó, y concluyen en que Dios tiene poder y que esa gente no está sola. Cada uno de esos soldados tiene familia; Herodes tiene familia. Ahí la gente sabe que algo raro está pasando. Y lo menos que yo quiero que se diga de mi Dios, cuando mi Dios está obrando, es que algo raro está pasando. Eso no es normal. No, no es normal. Que las ovejas en este momento no estén siendo degolladas no es normal. El Señor está en control.

Los soldados están tratando de darse una explicación de qué es lo que pasó. Y Herodes, habiéndole buscado sin hallarle, seguía buscando a Pedro. No lo va a encontrar; el Señor se lo llevó. Hermano, gócese cuando el Señor le quita el cuerpo suyo de la mano al enemigo. Tú le querías seguir maltratando al hijo del Señor; el Señor ya te dijo que no, ya, suéltalo. Recuerda a Faraón: dile que deje ir a mi pueblo. Aquí Herodes buscando a Pedro y no lo encuentra, ni lo va a encontrar. «Mas Herodes, habiéndole buscado sin hallarle, después de interrogar a los guardas, ordenó llevarlos a la muerte». O sea, el hombre sigue haciendo daño, porque estos hombres son inocentes: estaban amarrados al lado, hicieron su debida diligencia. «Bueno, pues la ley es la ley», dirá él. Pero tiene sus años y sigue haciendo daño. «Después descendió de Judea a Cesarea y se quedó allí».

Muerte de Herodes. Hermano, pasó el tiempo. Entonces no es un asunto instantáneo, no es que «mira, por lo que le hizo a Pedro sucedió tal cosa». Ni se vuelve a mencionar. Ya el caso no era Pedro; Herodes tiene su problema con Dios. Hay cosas que hay que dejarle al Señor. No asumas que Herodes a mí me debe algo; no le debe a usted nada. A Cristo es que está ofendiendo. «Y Herodes estaba enojado contra los de Tiro y de Sidón». El hombre estaba enojado contra mucha gente. Tiene un problema grande en el corazón Herodes: una falta de gozo tremenda, de contentamiento. Está peleando con todo el mundo. Pero ellos fueron mejores que él: «vinieron de acuerdo ante él, y sobornado Blasto, que era camarero mayor del rey, pedían paz, porque su territorio era abastecido por el del rey».

O sea, para ellos comer necesitaban que Herodes mandara la comida. Fueron a buscar la paz y dijeron: «Blasto, ayúdanos». «Y un día señalado, Herodes, vestido de ropas reales, se sentó en el tribunal y les arengó». Él fue a ver a sus súbditos, a ver a la gente que comía porque Herodes se lo concedía. «¿Tienen hambre? Yo les doy comida». Él quiere el lugar de Dios; eso es lo que está buscando. «Y el pueblo aclamaba gritando: ¡voz de Dios, y no de hombre!». En otras traducciones queda aún más marcado que lo estaban aclamando como si fuera un dios. Y dice Josefo, un historiador de esa época, que él tenía unas vestiduras resplandecientes, de forma que cuando él se manifestaba el pueblo lo veía como si fuera una deidad. Están adorándolo.

¿Saben qué pasó? Que el Señor veía el corazón de Herodes. «Al momento» —uf, al momento— «un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios». Aguántenme aquí, hermano. Es verdad que él no dio la gloria a Dios, pero hace rato que él está haciendo cosas raras. Y esta es la causa. Y no es por Jacobo, y no es por Pedro, y no es por los creyentes maltratados, y no es por los soldados que le estaban sirviendo y a quienes les llevó la cabeza. No, hermano: el Señor juzgó el pecado de la idolatría, y fue eso lo que colmó la ira del Señor.

Y con esto yo quiero hacer un llamado a cualquier no creyente que esté escuchando. El Señor permite que los impíos practiquen su pecado confortablemente, pero todo pecado tiene un límite. Y llega un momento en que el Señor le dice: basta, ya, se acabó. Dios no puede ser burlado. Herodes, tú puedes practicar tu pecado unos cuantos años, pero tú no eres más fuerte que Dios. Tarde o temprano el pecado será juzgado. Esto me recuerda a Al Capone. Al Capone no fue juzgado por el contrabando, fue por evasión de impuestos, pero está preso. Este hombre lleva practicando su pecado desde la juventud, y ahora, en su momento de mayor dominio pecaminoso, cuando ya está dominando sobre multitudes que le están arengando como a un dios, en ese momento viene el Señor y dice: basta. «Pero si antes yo podía, ¿qué es lo que pasa?». Basta.

El Señor les dijo a los gusanos: a ti te van a comer ahora los gusanos, porque te llegó el día del Señor; y el día del Señor llegará para todo el mundo. La gota le llegó al vaso en su momento de mayor gloria. «El día señalado», dice él. Herodes dijo: vamos a poner ese día para que me vengan a adorar. ¿Sabes qué dijo el Señor? Vamos a poner ese día para que te coman los gusanos. El pecador en esta tierra se mueve libre, se regodea en su pecado. Dice: estamos prevaleciendo, lo estamos logrando, ustedes son unos fracasados, nosotros somos exitosos. El Señor le da hilo a la chichigua y después la suelta en banda. A su tiempo —escucha, al tiempo de Dios, al tiempo de la providencia del Señor— el Señor juzgó el pecado de Herodes. «Hey, Herodes, tú, ya, está listo». «¿Y qué pasa con mi adoración, con mi asunto?». Ya, Herodes, ya.

Y fue tan rápido, tan rápido, que lo más fuerte es que Herodes no entendió. Interesante que el pecador, cuando sea castigado, no va a entender ahora mismo. Él tendrá por delante la eternidad y un infierno para entender cómo fue que deshonró a Dios y las oportunidades que tuvo. El Señor no le explicó, ni mandó a Pedro para que le cayera allá en la tribuna a Herodes a explicarle. Hay gente que se morirá sin entender; entenderá después. Así como no hay azar en las cosas que Dios concede, tampoco hay azar en el castigo de Dios: hay intención. El nivel de degeneración del hombre todavía no era tan fuerte como iba a llegar. Pedro, él te está maltratando a ti, pero él se va a degenerar todavía aún más.

Y así como la iglesia es un testimonio de la preservación, el impío es un testimonio negativo de degeneración. La iglesia creía que Herodes ya no aguantaba más vueltas. No, todavía él se va a degenerar más. Él ahora va a intentar ser adorado como un dios. Y en ese momento es que Dios va a intervenir. No cuando nosotros queríamos, sino cuando Dios lo había determinado. Hay por lo menos dos casos en la Escritura que se parecen a ese. Uno es el caso de Sodoma y Gomorra, cuando el Señor le dijo a Lot que su pecado ya había colmado el vaso. ¿Y por qué en este momento van a destruir a Sodoma y Gomorra? El Señor lo dijo: porque su pecado alcanzó ya un límite.

Por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo.

— Génesis 18:20

El pecador sigue practicando el pecado, la chichigua sigue cogiendo hilo, el Señor te lo permite, te lo concede en su providencia. Dale. Pero tarde o temprano todo pecado será juzgado. A los cananeos, el Señor le dijo a Israel: miren, todavía no les voy a entregar la tierra, porque ellos están degenerados, pero no se han degenerado todavía al punto al que van a llegar.

Porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí.

— Génesis 15:16

Ellos se van a dañar aún más, y cuando manifiesten su abominación y su aborrecimiento, ahí yo voy a intervenir.

Dios no puede ser burlado. Dios no puede ser detenido. Dios no puede ser adelantado. La vida de todo hombre está en la mano de Dios, para gloria o para deshonra. La vida de todo ser humano está en la mano de Dios, y nadie va a poder practicar su pecado olímpicamente y a perpetuidad. Todo tiene un colmo, todo tiene un límite. Que el Señor en su misericordia te haya concedido un día más, un año más, no significa que el Señor te esté aprobando. Herodes, tú vas a ser juzgado. Yo no tengo que entender el mecanismo del juicio de Dios.

Visitando el hospital, uno llega a conocer a los médicos, a conocer a los pacientes. Y hubo un alboroto no pequeño: alguien dijo que había muerto el esposo de la doctora fulana. Y todo el mundo se entristeció, las personas llamando y todo. Después salió alguien y dijo: «no, no, no es el esposo actual, sino el que era su esposo, el padre de la niña». Y cambió la atmósfera. Y comenzaron los cuentos: «ese hombre la puso a coger mucha lucha, y tú ves, la tenía en tal cosa, y la metió en una deuda», y mil cosas más. «Y está bueno que se muriera. Y Dios lo juzgó». La gente pasó de la empatía a un sentido de justicia. Dijeron: qué bueno, eso fue por lo que le hizo a la doctora fulana, por eso fue que Dios lo mató.

Hermano, tú y yo no vamos a entender el mecanismo de la justicia de Dios. Déjale eso a Dios, es lo que dice la palabra. Dios es perfecto, Él juzgará el pecado. No es que hay que hacerlo ahora, o de tal manera, o que quede documentado que fue porque mató a Jacobo o porque persiguió a la iglesia. Hermano, lo que el Señor quiso documentar fue que fue por su idolatría, porque quiso ocupar el lugar de Dios. Acab, el rey Acab, intentó evadir el castigo de Dios: iba para la guerra y, como sabía que al rey es al primero que intentan llevarle la cabeza, le dijo al otro: «ponte tú la ropa mía, vamos para la batalla, ponte la ropa mía». Y la gente agarró al que llevaba la ropa del rey y se dieron cuenta de que no era él, porque el hombre gritó: «¡hey, no soy yo!». «¡Ah, no es él!». Y cuando pensaron que Acab se había liberado, dice que un soldado lanzó una flecha al aire.

¿Y sabes dónde terminó la flecha que fue lanzada al aire? En el cuerpo del rey. Hermano, no hay azar en el castigo de Dios. Tú y yo no sabemos qué es lo que Dios está juzgando, pero Dios juzgará todo pecado. Dios no puede ser burlado. El rey Saúl, que era un perverso, los filisteos lo aflecharon, pero no lo mataron. Él tenía la flecha y se dio cuenta de que se iba a morir de eso. Y le dijo a un sirviente suyo: «¡mátame tú!». Y dice que el sirviente se llenó de temor y no pudo. No pudieron los filisteos; no pudo el sirviente.

Y él tomó su espada y se clavó en la espada. Y vino otro, porque no terminó de morir, y le dijo: «tírate tú encima de mí». Y vino el hombre y se le tiró encima. Y ahí termina 1 de Samuel, y pareciera que Saúl murió porque uno se le tiró encima para clavarlo en su propia espada. Pero aparece 2 de Samuel y el rey seguía vivo. Y tuvo que venir un extranjero y matar al rey. O sea que así como tú no puedes saber cuándo comienza tu vida, tampoco sabes cuándo termina tu vida. La vida de cada hombre y de cada mujer está en la mano de Dios, y Dios juzgará cada pecado cuando lo entienda justo, cuando lo entienda necesario.

Así murió Saúl por su rebelión con que prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó, y porque consultó a una adivina, y no consultó a Jehová; por esta causa lo mató, y traspasó el reino a David hijo de Isaí.

— 1 Crónicas 10:13-14

Al final, quien mató a Saúl fue el Señor. Con esto muestro que la providencia del Señor incluye su justicia, y que nosotros no deberíamos gastar pólvora tratando de ver cómo Dios lo hace o cuándo lo hace. Gócese cuando el Señor le salve. Al mismo tiempo, gócese cuando la providencia del Señor le coloque a usted en una posición difícil. Y gócese cuando el Señor castigue al impío. Y gócese con que el Señor, al final de los tiempos, establecerá un reino nuevo, cielo nuevo y tierra nueva, donde realmente prevalecerá la justicia.

Cómo se ve el evangelio en todo esto

La enseñanza principal del capítulo es el versículo 24: «pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba». La predicación del evangelio es la tarea principal que Dios está desarrollando ante nosotros ahora mismo. Es algo para lo cual Dios puede usarnos a nosotros, pero no está limitado a nosotros. La predicación del evangelio continuará a pesar de la muerte de figuras importantes como Jacobo, a pesar del apresamiento de Pedro, a pesar de la falta de fe de la iglesia, a pesar de la oposición de cualquier gobernante. La manera en que Dios abrirá camino para la predicación de la palabra puede ser desconocida para nosotros, pero tenemos seguridad de que Dios lo hará.

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