Póngase sobre sus pies ahí para que leamos la palabra del Señor. Hemos tenido situación tras situación y el Señor siempre en control. Primero se nos dañó el inversor, y el Señor ya proveyó inversor. Después tuvimos una situación con el agua, y ya tenemos agua. Y hoy tenemos una situación con la energía eléctrica. Pero tenemos el evangelio, hermano, y aquí hay gente que necesita escuchar el evangelio.
Yo me gozo cuando el Señor crea el contexto necesario para que el evangelio se predique. Pues hoy he venido a mostrar el incontenible avance del evangelio a pesar de toda oposición. Yo he venido a hablar, hermano, de que dos naciones poderosas no pudieron detener el avance del evangelio. Y que habrá un poquito de calor.
Dice así la palabra del Señor, libro de los Hechos, capítulo 28. Es la última parte del libro, la llegada final de Pablo a Roma. De hecho, todo el libro de los Hechos muestra cómo avanza el evangelio desde Jerusalén y hasta lo último de la tierra. El apóstol Pablo quería llegar a Roma a predicar el evangelio, no porque fuera su deseo, sino porque era el deseo de Dios. Y aquí vemos a Pablo llegando a Roma a predicar el evangelio.
Pasados tres meses, nos hicimos a la vela en una nave alejandrina que había invernado en la isla, la cual tenía por enseña a Cástor y Pólux. Y llegados a Siracusa, estuvimos allí tres días. De allí, costeando alrededor, llegamos a Regio; y otro día después, soplando el viento sur, llegamos al segundo día a Puteoli, donde, habiendo hallado hermanos, nos rogaron que nos quedásemos con ellos siete días; y luego fuimos a Roma, de donde, oyendo de nosotros los hermanos, salieron a recibirnos hasta el Foro de Apio y las Tres Tabernas; y al verlos, Pablo dio gracias a Dios y cobró aliento. Cuando llegamos a Roma, el centurión entregó los presos al prefecto militar; pero a Pablo se le permitió vivir aparte, con un soldado que le custodiase.
— Hechos 28:11-16
Por fin están en la ciudad.
Aconteció que tres días después, Pablo convocó a los principales de los judíos, a los cuales, luego que estuvieron reunidos, les dijo: Yo, varones hermanos, no habiendo hecho nada contra el pueblo, ni contra las costumbres de nuestros padres, he sido entregado preso desde Jerusalén en manos de los romanos; los cuales, habiéndome examinado, me querían soltar, por no haber en mí ninguna causa de muerte. Pero oponiéndose los judíos, me vi obligado a apelar a César; no porque tenga de qué acusar a mi nación. Así que por esta causa os he llamado para veros y hablaros; porque por la esperanza de Israel estoy sujeto con esta cadena. Entonces ellos le dijeron: Nosotros ni hemos recibido de Judea cartas acerca de ti, ni ha venido alguno de los hermanos que haya denunciado o hablado algún mal de ti. Pero querríamos oír de ti lo que piensas; porque de esta secta nos es notorio que en todas partes se habla contra ella.
— Hechos 28:17-22
Así le llamaban a los cristianos: esta secta.
Y habiéndole señalado un día, vinieron a él muchos a la posada, a los cuales les declaraba y les testificaba el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, persuadiéndoles acerca de Jesús, tanto por la ley de Moisés como por los profetas. Y algunos asentían a lo que se decía, pero otros no creían. Y como no estuviesen de acuerdo entre sí, al retirarse, les dijo Pablo esta palabra: Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres, diciendo: Ve a este pueblo, y diles: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis; porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos han cerrado, para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane.
— Hechos 28:23-27
Y sigue:
Sabed, pues, que a los gentiles es enviada esta salvación de Dios; y ellos oirán.
— Hechos 28:28
Ese versículo es importante en todo el Nuevo Testamento; eso es un parteaguas.
Y cuando hubo dicho esto, los judíos se fueron, teniendo gran discusión entre sí. Y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento.
— Hechos 28:29-31
Ese es el resumen de todo el libro: predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento. Pueden sentarse, mis hermanos. Parece que hoy hay impedimento para que prediquemos el evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
Una fuerza que nadie pudo detener
Este capítulo es el final del libro de los Hechos. Pero aún más importante, es un punto de transición que nos conduce a uno de los momentos culminantes en la historia de la redención: el versículo 28. Esta salvación es enviada a los gentiles y ellos oirán. Es una transición importante.
Aunque puede parecer una narración anecdótica, llena de detalles, muchas personas dicen: es que Lucas era un historiador y por eso ponía muchos detalles. No, no, no. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para redargüir. Y yo creo que a través de esta nube de detalles el Señor está tratando de redargüirnos respecto de un asunto. Y ese asunto es el incontenible avance del evangelio contra toda oposición.
Una fuerza incontenible. Un asunto que Roma no pudo detener, que los judíos no pudieron detener, que Agripa y Berenice no pudieron detener, que los centuriones no pudieron detener, que jinetes y hombres armados no pudieron detener, que una víbora no pudo detener. El Señor está salvando.
Y el evangelio será predicado hasta que el Señor venga. La mayoría de la gente no entenderá el evangelio, pero toda persona necesita que se le dé una presentación relevante del evangelio de Jesucristo. Se nos ha establecido obligatoriedad para esto. No es que Pablo era un necio y estaba exponiendo su vida para llegar a Roma. Es que Cristo quería que el evangelio fuera predicado en Roma, y eligió que fuera predicado en Roma en medio de mucha oposición.
Más que una extensa digresión, es un solemne llamado de Dios al arrepentimiento y un ejemplo de la determinación de Dios de predicar el evangelio a toda criatura y hasta lo último de la tierra. Sobre todo, es un testimonio del incontenible avance del evangelio. A pesar de la oposición de Roma, a pesar de la oposición de los judíos, a pesar de la conspiración de más de cuarenta hombres, doscientos soldados, setenta jinetes, doscientos lanceros, tribunos, reyes, una víbora, las fuerzas de la naturaleza que querían romper las naves, y sobre todo la incredulidad de la gente. El Señor salió a salvar y está salvando.
Es una fuerza incontenible. Nuestra apatía no va a detener el evangelio. Nuestro Dios salió a salvar. Para que la salvación fuera posible, nuestro Padre celestial clavó a su Hijo en la cruz del Calvario para el perdón de nuestros pecados por su sangre. Y después de que la cosa más importante ha sucedido —que Cristo fue crucificado por nosotros— sería un abierto desperdicio que el evangelio de Jesucristo se dejara de predicar porque hay oposición. El evangelio va avanzando como una fuerza incontenible: no con comodidad, avanzando a tropezones, pero avanza.
Un largo camino para entregar un mensaje
No es una línea recta, no es un camino despejado. Hay cantidad de obstáculos, pero avanza el evangelio. A pesar del martirio de Jacobo, a pesar del apresamiento de Pedro, a pesar de los conflictos de la iglesia, a pesar de desavenencias, chismes, murmuraciones, engaños, mentiras y traiciones. El Señor hará todo lo que haga falta para que tú recibas una presentación relevante del evangelio.
Y tú dirás: ¿para qué tanto detalle? Para que tú veas lo comprometido que está Dios en salvar. Hay personas que necesitan salvación, y aunque la nave parezca que se está por romper, el Señor enviará a esas personas un instrumento y recibirán una presentación relevante del evangelio. Y al final, esta historia es como la boda donde se cae el bizcocho. ¿Han visto esa boda? La novia está soñando con su boda, y cuando entra el bizcocho, se cae el bizcocho. Cuando Pablo logra llegar a Roma y predicar el evangelio, las personas le dicen que no.
Yo digo: ¡qué desperdicio! No hay desperdicio alguno. El evangelio les fue predicado. El Señor nos ha establecido solemnemente la comisión de predicar el evangelio a personas indiferentes, a personas hostiles, a personas que no quieren escuchar el evangelio pero que necesitan escuchar el evangelio. Yo predico el evangelio en la iglesia local a las personas que necesitan el evangelio, pero que no ven su necesidad. Y ustedes me dirán: pastor, ¿y por qué usted sigue predicando? Porque no depende del interés de ellos, depende de la voluntad de un Dios soberano en que el evangelio sea predicado. No por resultados, por convicción.
Comienzo mostrando un largo camino para entregar un mensaje. Pablo salió de Jerusalén siete capítulos atrás; la parte final de Hechos comienza llena de detalles que parecen accesorios, pero no son accesorios en absoluto. Este es el desenlace de una larga trama que comenzó en los capítulos 21 al 27. Es la historia de la predicación del evangelio hasta lo último de la tierra. Pablo fue liberado de un complot. Se puso al cuidado de dos centuriones, doscientos soldados, setenta jinetes, doscientos lanceros. Pareciera que el hombre estaba siendo apresado. Lo que no se ve en la historia es que estaba siendo protegido. ¿Saben para qué? Para que el evangelio fuera predicado en Roma. Pareciera que a Pablo le ha sobrevenido un infortunio.
No, no es un infortunio. A Pablo le ha sobrevenido la oportunidad de su vida, y más que a Pablo, a estos judíos que estaban en Jerusalén. El Señor está rompiendo lo que hay que romper de forma tal que a esta persona le sea predicado el evangelio. Y cuando estas personas reciben la oportunidad de que se les predique el evangelio, lo ven como un asunto accesorio, lo ven como un asunto innecesario. Le dicen: nosotros habíamos tenido noticias y queríamos saber más exactamente, si tú pudieras darnos algunos detalles. El Señor está usando las fuerzas de la naturaleza, los vientos, para que el evangelio les sea predicado.
Cuando el instrumento de Dios llega a tu puerta, te manda a buscar y quiere hablar contigo, ese instrumento ha recorrido un largo camino para que el mensaje te sea entregado. Y cuando llega ante ti, tú te mantienes indiferente: ay, Pablo, gracias por venir, ojalá que te suelten. Este largo camino para entregar un mensaje nos muestra lo altamente comprometido que está nuestro Padre celestial en que el evangelio sea predicado. No es la historia de Pablo, es la historia del evangelio.
El tramo final, del 11 al 16, confirma la providencia de Dios y nos prepara para la transición. Esta descripción del viaje es un testimonio de muchos peligros, pero siempre hacia adelante. Dos años y medio tuvo Pablo viajando para llegar a Roma. Fueron dos años y medio de aflicción. No fue que un día ocurrió todo esto; fueron dos años y medio de aflicción para que un grupo de incircuncisos de corazón recibiera el evangelio y no lo viera en su justa dimensión.
Aquí hay personas que han recibido reiteradamente predicación, que han recibido reiteradamente el evangelio, y se están manteniendo indiferentes. Si hay alguien que en este momento te está predicando el evangelio, tú deberías ver detrás de ese alguien la intención de Dios. Si alguien está escuchando en este momento la predicación del evangelio, no debería ver solamente que hay una iglesia reunida donde se está predicando; debería ver cómo Dios ha estado moviendo la historia y las circunstancias de forma tal que en este momento tú estés recibiendo la predicación del evangelio. Esto no es casualidad, es intención. Yo no quisiera que las personas vieran solamente: ah, mira, y sobrevivió Pablo. No, el Señor guardó a Pablo porque tú necesitas a Cristo.
La descripción de este viaje es un testimonio de que el Señor quiere salvarte. Aun antes de llegar a Roma, el Señor ha estado mostrando que Él quiere salvar. Y la cantidad de detalles que incluyó Lucas persigue este propósito: que tú veas el amor de Dios que está moviendo viento y marea de forma tal que tú llegues a conocer a Cristo. Así de comprometido está mi Padre celestial con que tú recibas una presentación del evangelio.
Hermano, el evangelio no es solamente para aquellos que están abiertamente perdidos. Hay cantidad de gente en medio de nosotros que necesita el evangelio, comenzando por mí. Y yo veo la pasión del Señor para que yo escuche una presentación del evangelio. Rutas marítimas, personajes, intrigas, tramas, datos geográficos, nombres de naves, fechas. Es la orquestación para que el evangelio te sea predicado a ti. Yo vivo en el Caribe insular, y a mí, en el Caribe insular, se me predica el evangelio.
Así de comprometido está Dios con nuestra salvación, de forma tal que podamos decir: ¡ay de mí si descuidare una salvación tan grande! Que nosotros llegáramos a conocer a Cristo ha representado un esfuerzo titánico, dramático. De forma tal que un creyente debería gozarse de su salvación.
Una reunión difícil que tuvo poco fruto
He estado mostrando un largo camino para entregar un mensaje. Tengo que mostrar ahora una reunión difícil que tuvo poco fruto. Dice el 17: aconteció, ya Pablo en Roma, que tres días después Pablo convocó a los principales de los judíos, a los cuales, luego que estuvieron reunidos, les dijo. Ah, hermano, Pablo los convocó.
Escucha esto: Pablo tiene dos años y medio de aflicción porque los judíos en Jerusalén le persiguieron, ¿y para qué tú mandas a buscar a esa misma gente? Oye, Pablo, la verdad que tú eres un tonto, a ti te gusta coger golpes. No, hermano, es que Pablo se debe al evangelio de Jesucristo. Y le predica el evangelio de Jesucristo, no a las personas que son receptivas, sino a las personas que de verdad lo necesitan. Pablo tiene dos años y medio de aflicción a causa de los judíos, y cuando llega a Roma, lo primero que hace es mandar a buscar a los principales de los judíos. La razón por la que Pablo llegó preso eran ellos, y a esos mismos les manda a predicar, porque Pablo está predicando el evangelio, no su comodidad.
Impresiona esta larga descripción para no haber fruto aparente. ¿No es amplia la descripción que incluye Lucas de la predicación del evangelio a los judíos? Lucas, descríbeme mejor la predicación del evangelio a los gentiles, pues los gentiles sí oirán, sí lo recibirán. No: en este momento estamos documentando el endurecimiento del corazón de la gente. Yo creo que esto también tiene beneficio para nosotros. Si usted tuviera la ocasión en un año de predicar el evangelio cien veces, quizás noventa o noventa y cinco veces las personas dirán que no. Pero las cien veces han valido la pena. El evangelio no solamente se predica porque va a haber un resultado; el evangelio se predica porque hay una obligatoriedad. Todo hombre necesita escuchar el evangelio.
Yo lucho con esta impotencia de predicar la palabra del Señor y ver poco fruto. Yo quisiera ver fruto, pero yo no predico la palabra del Señor por resultados, la predico por fidelidad. Es evidente que Pablo está siendo guiado por obediencia. Me estimula su resolución de predicar el evangelio a esta gente, y que tomara la iniciativa de buscarles. Yo creo que eso es el ministerio de la palabra.
Yo hablo con pastores que dicen: nos vamos a dedicar a la oración y al ministerio de la palabra. Y piensan que el ministerio de la palabra es encerrarse en una biblioteca, leer los libros y bajar de allá, de vez en cuando, a mostrar lo que aprendieron en los libros. ¿Saben qué es el ministerio de la palabra? Es servir la palabra a gente indiferente. Es servir la palabra a quienes realmente la necesitan. Es hacer que la palabra del Señor llegue a oídos que en este momento están cerrados, a ojos que en este momento están cerrados, a corazones que están endurecidos.
El ministerio de la palabra es una tarea que parece como la minería. ¿Han visto a estos mineros que salen a buscar y encuentran poco? Muchas rocas, pocas piedras preciosas. Lo mismo pasa con la predicación del evangelio: multitud de gente, a borbotones, rechazando a Cristo. Pero todo ha valido la pena. Llegará un momento en que todos nos veremos ante el tribunal de Dios.
Y a ti te dirán que desde Jerusalén, durante dos años y medio, el Señor te estuvo preparando un instrumento. Que este instrumento sobrevivió a naufragios, a persecución, a oposición; que el Señor te lo mandó fresco y te lo instaló dos años en una casa, aún en cadenas, para que te predicara el evangelio. De forma tal que todo hombre tendrá que decir que fue advertido, que no hay injusticia en Dios, que el evangelio le fue predicado.
Es lanzar la red, aunque aparentemente no haya señales de vida espiritual. Ya noten mi resolución, hermano. ¿Cuál es mi resolución? Yo necesito predicarte el evangelio por comisión de Dios. Lo haré aunque no muestres interés. Lo haré aunque te burles de mí. Lo haré aunque pierda tu amistad. Lo haré aunque tenga que sacrificar oportunidades temporales. ¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!, dijo Pablo a los corintios.
Nosotros no vamos a anunciar el evangelio porque haya una gran oportunidad y ahí la gente se esté salvando. Vamos a anunciar el evangelio porque ahí hay gente. Y esto es como la medicina: la persona que más necesita el tratamiento es la persona que menos quiere tomar el tratamiento. Pero tú necesitas a Cristo.
Doy un momento, hermano, para reflexión. Nosotros nos quejamos de que la gente no responde, y yo veo a Pablo sobreviviendo a un naufragio para encontrarse con gente que no responde. Qué poco estimulante. Pablo, ya deja de hacerlo. Ay, hermano, es que no es Pablo que quiere hacerlo, es Dios que quiere salvar. Y dar noticias de ese tipo no es fácil. Es ver a una persona que no quiere a Cristo, y eso es duro. Hay gente que abiertamente te lo dice; a veces las personas son un poco más recatadas, pero te lo dicen: no me hable de eso.
Pero hay una necesidad imperiosa. Es una notificación. El evangelio, así como es buena noticia, a veces es notificación. Tú has sido notificado de que en este tiempo el justo y santo Dios ha hecho un paréntesis, y de que en ese paréntesis, en tu condición de pecado y separación de Dios, hay oportunidad y hay esperanza. No, pero él ni siquiera te está entendiendo. Yo sé que tú no me estás entendiendo, pero quizá el Señor providencialmente abra la ventana de tu entendimiento y tú entiendas que estás corriendo peligro. En tu aparente religiosidad, en tu aparente neutralidad, tú estás perdido en tus delitos y pecados. Tú necesitas un Salvador, y ese Salvador está disponible. Es un compromiso por salvar a los hombres.
Hay un hecho aquí casi marginal, en el versículo 24. Dice que algunos. Me gusta cómo lo traduce la Nueva Traducción Viviente, porque lo hace explícito: algunos se convencieron por las cosas que decía. Algunos. Hermano, se le predica a muchos, pero son salvados algunos. Con relación a la cantidad de gente a la que se le predica, el resultado sigue siendo realmente poco: algunos. ¿Cuántos? Uno esperaría que después de este drama, Roma entera. Vámonos todos. Algunos.
Y la solemne palabra con que Pablo dio por concluida su misión, yo quisiera que mi iglesia la escuche. Hermanos, consistentemente, durante todo el libro de los Hechos, el Señor le ha estado mandando predicación a los judíos. No fue una vez, fueron varias veces. Consistentemente los judíos tuvieron oportunidad de arrepentimiento, de contrición. Y consistentemente lo que terminaron fue apedreando, martirizando, persiguiendo, burlando. Y aquí hay una última oportunidad de arrepentimiento.
No es que quiero crear un falso drama, hermano, y decirte que esta es tu última oportunidad. Yo mismo quizá te predique el evangelio lo que te queda de vida, por lo menos cincuenta veces más. ¿Han visto a estas personas que crean como una falsa urgencia? Y es verdad, hermano, hay un peligro. El peligro es real. Pero no te estoy diciendo que te vas a morir mañana; quizás el Señor te siga dando tiempo. Pero a estos, el apóstol Pablo les dijo: ¡hey, sepan! Ay, ay, ay.
Un corazón engrosado en medio del pueblo
Dice el 25: y como no estuvieron de acuerdo entre sí, al retirarse, les dijo Pablo estas palabras. Ay, hermano, qué hermoso: Pablo le predicó primero el evangelio y después las palabras solemnes. Quizá hay alguien que necesite escuchar estas palabras. ¿Cuáles son las palabras? Dímelas ya, ¿cuáles son las palabras que yo tengo que escuchar? Estas palabras.
Tú no eres judío, yo sé, pero probablemente tu perfil se parece al de ellos. Son gente que entendía que tenía una relación especial con Dios. Son gente que tenía formación, personas que tenían la ley, personas que tenían una identidad, que estaban en medio del pueblo. Quizás tú necesites escuchar esta palabra.
Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres, diciendo: Ve a este pueblo, y diles: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos han cerrado, para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane.
— Hechos 28:25-27
Así como me ha mandado a mí, le dice él: ve y diles. Así como yo vine y le dije a ustedes. Quizás tú necesites escuchar esta palabra. Hay preciosas palabras que te están siendo predicadas y, a causa de la condición y el estado de tu corazón, tú no puedes verlo. Lo menos que debería hacer un hombre o una mujer diligente es pedir que el Señor tenga misericordia. Y decir, ante textos como estos: probablemente yo me estoy perdiendo de algo. Aquí hay algo que quizás está ocurriendo y yo no estoy viendo. Aquí se está dando algo, y si yo no entiendo algo, no estoy en capacidad de recibirlo.
Te están diciendo que tu corazón tiene un problema, y como tu corazón tiene un problema, ni tus ojos ni tus oídos están listos. De forma tal que, en vez de decir «como yo no entendí, me fui», si tú fueras un hombre o una mujer responsable, tú le dirías: Señor, permite que mis ojos hoy sean abiertos y que yo vea el evangelio. Permite que esto que este hombre está diciendo haga sentido para mí, porque no está haciendo sentido para mí, pero hay algo que me estoy perdiendo. Hay gente que tiene rumores de salvación; es como un ruido interno, sentir que hay algo que yo no puedo ver. Quiere el Señor abrir hoy tus oídos y tus ojos para que puedas ver a Cristo.
Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyeron pesadamente. Eso como que me hizo un poco de sentido, pero no del todo: pesadamente. Y sus ojos han cerrado, para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane.
El caso de estos judíos evoca el estado de muchos cristianos nominales de la actualidad. Y pongo «cristianos» entre comillas. Son personas que tienen vida de iglesia, personas que crecieron en la iglesia, gente que tiene testimonio de Dios. Pero son consistentemente indiferentes a lo que Dios está haciendo en medio de ellos. Hay personas que necesitan esto, y está aquí, está en medio del pueblo. Entienden que como está en medio del pueblo, como tienen una identidad, ya es suficiente. Eso no te va a salvar.
Porque dice la palabra que en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos. Tu militancia nominal en el pueblo del Señor no te salvará. Haber estado desde niño en medio del pueblo del Señor no te salvará. Tener familiares creyentes tampoco lo hará. Ser amigo de cristianos no salva.
Creo que el caso de estos judíos evoca el caso de mucha gente de iglesia de nuestros días. Han tenido la oportunidad de ver a Cristo, pero continúan en su ignorancia. Muchos nacieron en hogares cristianos, tienen familiares creyentes y hasta se congregan, pero no han sido salvos; todavía no ven. Han recibido reiteradamente la predicación del evangelio, pero su corazón se ha engrosado. Lo que le estoy diciendo es que el problema de su corazón está impidiendo que vea y que escuche. Y que probablemente te das por seguro porque ni ves ni escuchas. El peligro es el mismo.
Pareciera ahora que todas mis anécdotas e ilustraciones vienen de la unidad de quemados de Ney Arias. Estando allí encontré a un hombre, más o menos de mi misma edad, que tenía quizá el cuarenta por ciento de la superficie de su cuerpo quemada. Estaba con su mamá, que era quien lo llevaba, lo cuidaba, lo llevaba en silla de ruedas. Los deditos de los pies estaban quemados, deditos así. Tú lo veías como chamuscado, todo el cuerpo afectado. Él casi no podía ni hablar; hablaba por momentos y como con gran esfuerzo. La mamá explicaba que se quemó porque no tenía olfato. Estaba haciendo algo en la cocina, no tenía olfato, no se dio cuenta de que había una fuga de gas, y explotó. En lo espiritual, hay gente que no tiene olfato. Sus sentidos se han bloqueado, y como no tienen olfato, creen que están seguros.
Lo que no salva
¿Y saben por qué creen que están seguros? Porque dicen: como yo no entiendo —tú sabes que yo no entiendo—, como yo no entiendo, el Señor tendrá misericordia de mí. Ay. Asumen que son salvos, pero realmente no lo son; están corriendo peligro. Aquí hay oportunidad de salvación para gente que necesita a Cristo y no entiende que necesita a Cristo.
Se ha creado el estereotipo de que debemos predicarle a las personas que están dispuestas. Vamos a predicarle a los buscadores. El evangelio no se le predica al buscador; el evangelio se le predica primero al que no está buscando. Tú crees que estás seguro, tú crees que tu dinero te va a salvar, tú crees que tu religiosidad te va a salvar, tú crees que tu familia te va a salvar, tú crees que tu moralidad te va a salvar, pero no tienes olfato, y tarde o temprano te explotará y no habrá para ti misericordia.
Hay otros que tienen un interés general, superficial, en la iglesia, pero ellos no ven a Cristo. Yo doy cursos de historia de la iglesia, y a quienes más les interesa la historia de la iglesia es a los que no han sido salvados. A ellos les encanta, tienen curiosidad: háblame de aquel y dime del otro. Porque es un interés cultural, superficial. Ellos entienden que son más inteligentes que la media de la gente. Además, si entienden la historia de la iglesia, pueden hacer una nube de humo: dejan caer unos cuantos personajes de la historia de la iglesia, y los creyentes se quedan como confundidos y no les predican el evangelio. Y ellos creen que están haciendo con eso la labor de su vida, evitando recibir a Cristo.
Amigo, la historia de la iglesia no salva. De hecho, para salvación, la historia de la iglesia no importa. Tú puedes no conocer de dónde venimos nosotros; lo que tú debes conocer es que hoy el evangelio está siendo predicado ante ti.
El crecimiento de la iglesia. Yo tengo un amigo no creyente que conoce todas las iglesias grandes. Y me pregunta, porque él siente que con eso me afecta: pero mira aquella, aquella tiene ciento y pico de miembros, aquella tiene mil y pico. Y me dice: vamos a ver qué es lo que están haciendo, para que ustedes también sean una iglesia grande. Ay, hermano, sea una grande o sea una chiquita: tú estás perdido en tus delitos y pecados y tú necesitas un Salvador.
Y el Salvador hoy está disponible; quizás no esté disponible mañana. Hoy tú necesitas escuchar a Cristo.
El testimonio de los creyentes es algo que la gente ve. Hay personas que no han sido salvadas pero han visto creyentes cuya vida ha sido transformada. Ya pueden gustar de que hay un cambio. Esto no es psicológico, esto no es filosófico, esto no es moralidad. Esto es un cambio que se hace en el poder del Espíritu Santo, una transformación verdadera. A ellos les encanta escuchar los testimonios; yo los veo, hermanos, hasta comparten testimonios: mira este, mira esta salvación, mira aquello. Pero tú necesitas eso. Eso que en este momento te maravilla, te admira, eso que tú sabes que no puedes explicar por nuestros propios medios, quizás está siendo el instrumento que el Señor mandó desde Jerusalén hasta Roma para predicarte a ti el evangelio.
Pero tú siempre quieres que alguien también diga «wow». Diciendo «wow» no hay salvación. Hay que creer en el nombre. ¿Entiendes? Que el «wow» no salva. Y si es droga, hermano, yo no sé qué es lo que pasa con los testimonios de capos, de gente que mataba. Esos son los que más les gustan: mira ese, lo que hacía, tal cosa, y el Señor le salvó. Ay, hermano, esto no es la serie Narcos de Netflix, esto no es una serie de capos. Esto es el evangelio que está siendo predicado.
Y luego está el otro registro: «Dios les bendiga, que la gracia, la bendición y la misericordia de Dios los acompañen. Bendiciones. Bendiciones.» Con su piolín. Hermano, el piolín no salva. El meme no salva. La cultura popular cristiana ya prevaleció, ya la gente sabe cómo se dice y sabe cómo se reparte. Instagram está lleno de eso: gente con la ropa taquí, hablando así, y la gente lo comparte y se ríe. Entretenimiento. Esto se ha vuelto entretenimiento. Y en su entretenimiento cristiano la gente está muerta en sus delitos y pecados. Y no ven a Cristo.
No, pero yo quiero ver ahora lo que digan. Digo esos dos, hermano, porque son los más populares: vamos a ver lo que dicen. Y viste el video, y viste la declaración, y la gente: oh, sí, y mira lo que dijo. Ahora están dando consejo sexual, hermano; ahora todo, ahora son expertos en sexología. Y ahora la combinación de entretenimiento más fuerte de nuestros días es ese evangélico característico que además es experto en sexualidad, explicando. Y cada vez que dicen un tema sexual, una palabra, y la hermana fulana, y tú la ves, y ese contraste, y la gente entretenida: el siguiente capítulo, hicieron un live, y ahora, compártemelo, guárdalo, mándamelo ahí, hermano. Eso no salva.
Viendo cultura popular evangélica no vas a ser salvo. Tú necesitas un gran Salvador. Y probablemente ese ruido mediático está haciendo que la gente permanezca en sus delitos y pecados. Pablo no era entretenimiento. De hecho, él no era el protagonista. Pablo vino a predicar a Cristo. Y habiéndole señalado un día, vinieron a él muchos a la posada, a los cuales les declaraba y les testificaba el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, persuadiéndoles acerca de Jesús.
No es historia de la iglesia lo que tú necesitas. No es cultura cristiana, no es música evangélica. Tú necesitas un Salvador, y el Salvador se llama Jesucristo. No hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos. Yo me gozo en Pablo, hermano, porque Pablo iba al punto: yo vengo desde muy lejos, y ustedes están muy cansados, sé que tienen muchas ocupaciones; yo a lo que vine fue a esto, a predicar a Cristo. Pablo, pero vamos a hablar de la cultura de los judíos, del judaísmo del segundo templo. No, no me interesa ese tema ahora mismo.
Yo vengo de muy lejos porque ustedes necesitan a Cristo. Yo vine a mostrarles a Cristo. ¿Tú quieres o no quieres a Cristo? No me entretengas. Dímelo rápido. Yo vine aquí y hay más gente que necesita esto. ¿Tú quieres o no quieres a Cristo? Pablo, no seas agresivo, dame tiempo. Yo sé; tiempo te estamos dando. Tú has recibido reiteradamente oportunidades de salvación. A la gente no le gusta que la presionen, pero a veces hace falta un chin de presión. ¿Cuándo es que tú vas a resolver si vas a rechazar a Cristo o vas a aceptar a Cristo? Pues la gente no entiende que a Cristo o se le recibe o se le rechaza. ¿Han visto a las personas que quieren vivir en la nebulosa, que dicen que todavía no saben si van a rechazar o a aceptar a Cristo?
Sabed, pues: la solemne advertencia
El que conmigo no recoge, desparrama, decía Él. De forma tal que hay dos opciones, no hay neutralidad; en esto no hay Suiza. No, yo estoy aquí, pero yo todavía no he tomado mi decisión. Hace rato que tomaste tu decisión. Yo no sé de qué otra cosa te agarraste, pero si tú no tienes a Cristo, te agarraste de otra cosa. La neutralidad no existe. Cristo era disruptivo a ese respecto: aquí está Él, ¿qué tú vas a hacer con Él? No, yo voy a postergar mi decisión. Estás decidiendo. Ya decidiste.
La solemne advertencia, yo creo que deberías recibirla como si fuera para ti. «Sabed, pues.» Ay, ese «sabed, pues», hermano. Esa transición. Sabed, pues. ¿Qué es lo que va a decir? Déjalo así, Pablo; quizás vamos a estar aquí cuarenta años, vamos a estar viniendo, vamos a comer juntos, vamos a hacer culto. Yo no vine para acá a hacer un grupo pequeño con ustedes, yo vine a predicarles a Cristo. ¿Ustedes entienden eso?
Cuando los creyentes quieren alimentar la incredulidad del impío, facilitándole las cosas para que tenga la percepción de que está siendo aceptado por Dios… Yo te puedo aceptar, pero mi aceptación no te va a salvar. Podemos comer juntos todos los días, pero eso no salva. Pastor, hay que entregarse a ellos durante veinte años. Si nosotros los amamos durante veinte años… Mi amor no salva. Mi cariño no salva. Que yo diga cosas positivas sobre ti no marca la diferencia. Hay solamente una persona que puede decir algo positivo sobre ti cuando tú estés ante su trono, y es Cristo.
Tarde o temprano todo hombre se verá ante el tribunal de Dios, y cuando esté ante el tribunal de Dios no va a aparecer un Rafael Pérez que diga algo positivo sobre ti. Mejora de vida. Ay, pero sigan viniendo, que quizás con el tiempo… ¿Sabed, pues? Sabed, pues. Hey, tarde o temprano hay un «sabed, pues». Estoy en el 28. Sabed, pues. Uy. Leo desde antes: para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane. El Señor quiere que tú te conviertas para Él sanarte. Pablo, yo no lo necesito, yo estoy por encima. El evangelio está allá abajo, yo estoy arriba, yo no necesito el evangelio. Entonces: sabed, pues.
En algún momento yo dejé de ser neutral
Hablo a los más jóvenes. En algún momento de mi adolescencia yo dejé de ser neutral. Yo entendí que tenía que tomar una decisión por un camino o por el otro. Yo no tengo el testimonio de que vendió droga, de que era sicario. Nada de eso, hermano. Yo lo que jugaba era Nintendo. Mira, él tenía un punto de droga. Nada de eso, hermano, no lo he visto ni de lejos. Nintendo, Mario 3, eso era. Pero en mi distracción, en mi entretenimiento, yo estaba perdido en mis delitos y pecados y necesitaba un Salvador.
En algún momento en la adolescencia yo pude ver que necesitaba tomar una decisión. Y sabía que yo vivía la vida como un pantalón, en doble; yo vivía en estéreo, dos vidas. Este era un canal y aquel otro canal. En este canal yo sabía hablar en cristiano, y en el otro canal yo sabía hablar como los mundanos. Tenía por un lado el deleite en las cosas de este mundo, y por otro lado tenía un deleite en las cosas del Señor. Y cuando llegaba el domingo, usted me veía en la iglesia, y yo era el que se paraba y decía los versículos. Yo era el incrédulo que, siendo un adolescente, llevaba a la iglesia una Biblia de estudio porque quería debatir.
Pero se me impuso la necesidad de tomar una decisión. Se predicó el evangelio en mi iglesia local. Y cuando se predicó el evangelio, el Señor permitió providencialmente que mis oídos se abrieran, y cuando yo vi a Cristo, vi la necesidad de tomar una decisión a favor o en contra. No hay drama en eso, hermano; no fue que yo vi una luz. No vi nada. No hubo drama, no hubo sonido; hubo un entendimiento claro de que Cristo era real y de que había que tomar una decisión a favor o en contra. El que conmigo no recoge, desparrama.
Yo me debatía en mis diatribas internas: ¿qué va a pensar mi papá, que no es cristiano, cuando yo le diga que soy cristiano? Ay, hermano, yo vivía en eso. Pero hay una realidad, y es que si tú estás mirando, esto es una oportunidad, y es la oportunidad de tu vida. En ningún otro hay salvación, pues no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos. Yo recuerdo el momento en que en mi corazón hubo una decisión por Cristo. No hubo drama, no hubo sonido; hubo una conciencia, una convicción de pecado, una decisión intencional. Yo no tengo una vida perfecta, yo no soy un cristiano perfecto. A tropezones, hermano; pero así como avanzó el evangelio en el libro de los Hechos, a tropezones.
Hacia Cristo, avanzando, caminando hacia Él, a tropezones, pero con un ánimo creciente. Nunca se ha detenido. Y aquel que comenzó en mí la buena obra la seguirá perfeccionando hasta el final. Que tú estés en la iglesia y seas joven no significa que puedas darte el lujo de esperar. Para muchas cosas tú sí entiendes. ¿Comprenden ustedes? Los jóvenes entienden muchas cosas. Están claros de muchas cosas, clarísimos. Están en la capacidad de ver a Cristo y de tomar una decisión por Cristo. Esa es la decisión más importante en la vida de una persona. Hay que decidir qué vamos a hacer con Cristo.
Ay, hermano, pero si no decides por Cristo, recuerda: ahí viene el «sabed, pues». La guagua se mueve. Llegamos hasta aquí para que tú recibieras el evangelio, te mandamos a buscar a tu casa, mañana y tarde te lo predicamos, no lo quieres recibir. Sabed, pues —esto es en el 28— que a los gentiles… Oye, para un judío eso es duro. Que a los gentiles es enviada esta salvación, no de Pablo, sino de Dios, y ellos oirán.
Aquí está la oportunidad servida. Yo no me creo tan importante como para decirte que un ángel me despertó hoy temprano y me dijo que tomara la avenida Monumental, que ocupara el púlpito en la iglesia PezMundial y que te viniera a decir a ti tal cosa. No, hermano. Yo creo que Cristo, desde la cruz del Calvario, está gritando fuertemente, te está diciendo: salvación, salvación, salvación. Y tú estás diciendo, en tu pasividad: no, no y no. Y cuando tú te veas ante el Señor, yo creo que habrá testimonio de que un día, en este año 24, tú estabas en una iglesia donde se predicó a Cristo y te dijeron que había oportunidad.
Abiertamente y sin impedimento
Hermano, la guagua se mueve. Escuchen a Pablo en su resolución: sabed, pues, que a los gentiles es enviada. Qué interesante: todavía no se les había enviado el evangelio, sino que Pablo está hablando aquí proféticamente. Ellos van a recibir a Cristo, ellos oirán. Y por cada persona que no oye, hay cantidad de gente que sí oye. Mi salvación testifica en contra tuya. No, que esto no funcionaba. Funcionaba, pues los gentiles se convirtieron.
Dice el 30: y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían. Claro: ¿tú quieres salvación? Aquí hay salvación. ¿Tú quieres conocer a Cristo? Aquí vamos a conocer a Cristo. Yo tengo la resolución, hermano, de estar tan en el centro como sea posible. Si tengo una ocasión para predicar, yo no quisiera predicar de la periferia, de los asuntos secundarios; habrá momentos para aquello. Pero hay una urgencia de predicar a Cristo.
Pablo durante dos años estuvo predicando a Cristo. En cadenas, interesante. Con un custodio, y en una casa. Y nosotros nos quejamos porque hoy no tenemos los aires acondicionados disponibles. Lo único necesario para predicar a Cristo es que haya un instrumento enviado por Dios y que haya necesidad. Y suceden las dos cosas: aquí hay necesidad y aquí está el instrumento.
Hermoso sería que una persona recordara que cuando en su iglesia hubo un apagón —una temporada en que se dañó el inversor, se dañó la bomba sumergible, se dañó también la energía eléctrica—, cuando no había nada, se predicó el evangelio. Y ese predicador que siempre estaba hablando de cosas periféricas, ese día Dios lo ayudó y predicó a Cristo. Y ese fue el día en que yo me convertí. ¿Quiere el Señor que sea memorable que en los días de los apagones, en esa temporada, hubo salvación?
La situación de Pablo hace contraste con las exigencias contemporáneas y los estándares de nuestra época. Nosotros creemos que porque la gente esté más cómoda va a ser más salvada, y no es así. Hay lugares al día de hoy donde se están congregando en medio de dificultades, precariedades y limitaciones, y allá el Señor está salvando. Y hay otros lugares en esta ciudad donde hay comodidad, donde hay mucha liturgia, donde hay mucho arte, donde hay mucho confort, y la gente se está perdiendo a borbotones. Lo único necesario para que las personas sean realmente salvas es que se les predique el evangelio de Jesucristo. El confort no salva, y la aflicción tampoco. ¿Entienden? La gente dice: entonces vamos a vivir en aflicción para predicar. No, hermano; vamos a entender que hay una prioridad.
Pero la situación de Pablo, predicando encarcelado durante dos años, habla fuertemente a nuestra situación, que quizás durante dos domingos nos faltó el agua. Él recibía a todos los que venían, dice el 30. Me llama la atención que siempre su mensaje era el centro. Pablo era un filósofo, fue formado en el judaísmo, era un maestro. Pablo podía hablar de quinientas cosas secundarias, pero elegía hablar de las cosas principales. Y no es que Pablo no fuera un buen apologista; es que ese no era su llamado. No es que Pablo no fuera un buen historiador; es que ese no era su llamado. Pablo fue puesto para la predicación del evangelio.
¿Qué les predicaba? Dice el 31: predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo. Y el libro se resume así: después de toda la oposición, después de los martirios, después de Esteban, después de Saulo, después de Ananías y Safira, después de Jacobo martirizado, después de que a Pablo lo levantaran en Jerusalén, después de una conspiración, después de carceleros, después de toda esta historia de persecución, dice: enseñando acerca del Señor Jesucristo abiertamente y sin impedimento.
Quizás tú no sabes qué vas a comer mañana, pero aquí tienes lo que de verdad necesitas comer: abiertamente y sin impedimento. Quizás tu situación no mejore mucho de hoy a mañana, pero tu condición espiritual puede cambiar; tú puedes estar como un muchachito antes de mañana. Porque la palabra de Dios no está presa. Tú puedes tener en este momento miles de cosas que están llamando tu atención, pero todavía se te está predicando el evangelio de Jesucristo abiertamente y sin impedimento.
El evangelio que hoy se te predica
¿Qué es el evangelio, hermano? El evangelio es la buena noticia de que, a pesar de que los hombres estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, Dios, el Dios santo y justo, dio a su Hijo, Jesucristo, que fue el sacrificio perfecto y único para comprar la salvación de los hombres. Y que al poner nuestra confianza en Él, en arrepentimiento y fe, nuestros pecados son perdonados. Por lo cual dice la palabra:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Este es el evangelio:
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
— Juan 3:16
Hermano, entienda la solemnidad de esas palabras. Aquí hay gente reunida que será testimonio en el cielo de que en un momento alguien le leyó a viva voz Juan 3:16.
Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.
— Hechos 4:12
Este es el nombre: ¡Jesucristo! La salvación es del Señor. Pero tú tienes la ocasión. La predicación del evangelio no es un asunto de intereses o de resultados. Todo hombre necesita recibir una presentación relevante del evangelio, y debemos estar dispuestos a hacerlo tantas veces como el Señor nos lo conceda.
Dios nos colocará providencialmente en lugares y situaciones para que demos testimonio de Él. Y como cristianos, al terminar este relato del libro de los Hechos, deberíamos sentirnos cargados para predicar y envalentonados de que recibiremos ocasión para representar a Cristo. Hechos no es la historia de Pablo; es la pasión de Dios de llegar con el evangelio de Jesucristo hasta los confines de la tierra.